miércoles, 10 de diciembre de 2014

La relacion de la cosa de CLARICE LISPECTOR

La relación de la  cosa


Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj. No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. Mi juego es claro: digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta relación es la antiliteratura de la cosa. El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir ‘despierta’. Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo. Para la hora. Para el instante. Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila. No es de muñeca, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie en la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual. Pero la dueña del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa. Pues lo principal es que él es el tiempo. Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es más persona que muchas personas. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, a lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es antichoque, puede mojarse a placer. Ésos son más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo vi. Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver. Pero también es importante dormir para soñar con la falta de tiempo. Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también vienen de Marte. Están ocurriéndome cosas, desde que sé la existencia del Sveglia, que parecen un sueño. Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la realidad parece un sueño. Estoy melancólica porque estoy feliz. No es paradójico. Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía? De la plenitud. Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto la vigilia. Tú no paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres. Tú eres muy delgado. Y nada te acontece. Eres tú quien hace acontecer las cosas. Acontéceme, Sveglia, acontéceme. Estoy necesitando un determinado acontecimiento sobre el cual no puedo hablar. Y dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal. Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en el espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien. ¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una cosa? Sé que estoy con poca capacidad de amar. Mi capacidad de amar fue demasiado pisoteada, Dios mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir corrompiéndose importa mucho. Un vivir seco: un vivir esencial. Si él se quebrara, ¿creería que murió? No, sería simplemente fuera de sí mismo. Pero tú tienes flaquezas, Sveglia. Yo supe por tu dueña que necesitas una capa de cuero para protegerte de la humedad. Supe, también, en secreto, que una vez te detuviste. La dueña no se asustó: te dio unos golpecitos muy simples y tú nunca más te paraste. Yo te entiendo, te perdono: tú viniste de Europa y necesitabas un mínimo de tiempo para aclimatarte, ¿no? ¿Quiere decir que tú también eres mortal, Sveglia? ¿Tú eres tiempo que para? Yo oí al Sveglia, por teléfono, dar la alarma. Es como en el interior de las personas: uno se despierta de dentro hacia afuera. Parece que su electrónico-Dios se comunica con nuestro cerebro electrónico-Dios: el sonido es suave, sin la menor estridencia. Sveglia marcha como un caballo blanco suelto y sin silla. Yo supe de un hombre que poseía un Sveglia y a quien aconteció Sveglia. Él caminaba con el hijo de diez años, de noche, y el hijo dijo: Cuidado, papá, hay macumba1 ahí. El padre retrocedió (¿no es que pisó de lleno en la vela encendida, apagándola?). No pareció haber ocurrido nada, lo que también es mucho de Sveglia. El hombre se fue a dormir. Cuando despertó vio que uno de sus pies estaba hinchado y negro. Llamó a los amigos médicos que no apreciaron ninguna señal de herida: el pie estaba intacto, sólo negro y muy hinchado, de aquella inflamación que deja la piel toda estirada. Los médicos llamaron a otros colegas. Y nueve médicos decidieron que era gangrena. Tenían que amputar el pie. Lo marcaron para el día siguiente, a una hora exacta. El hombre se durmió. Y tuvo un sueño terrible. Un caballo blanco quería agredirle y él huía como un loco. Todo eso pasaba en el Campo de Santana. El caballo blanco era lindo y enjaezado con plata. Pero no tuvo suerte. El caballo le golpeó el pie, pisándolo. En ese momento, el hombre despertó gritando. Pensaron que estaba nervioso, le explicaron que eso sucedía cuando se estaba cerca de una operación, le dieron un sedante, se durmió otra vez. Cuando despertó, miró hacia el pie. Gran sorpresa: el pie estaba blanco y del tamaño normal. Vinieron los nueve médicos y no lo supieron explicar. Ellos no conocían el enigma del Sveglia contra el cual sólo un caballo blanco puede luchar. No había motivo para hacer la operación. Sólo que no podía apoyarse en ese pie: flaqueaba. Era la marca del caballo de arreos de plata, de vela apagada, del Sveglia. Pero Sveglia quiso triunfar y ocurrió una cosa. La esposa de ese hombre, en perfecto estado de salud, en la mesa del comedor, comenzó a sentir fuertes dolores en los intestinos. Interrumpió la comida y se fue a echar a la cama. El marido, preocupadísimo, fue a verla. Estaba blanca, exangüe. Le tomó el pulso: no había. La única señal de vida era que su frente se perlaba de sudor. Llamaron al médico que dijo que podía ser un caso de catalepsia. El marido no se conformó. Le descubrió el vientre e hizo sobre él movimientos simples, como él mismo los había hecho cuando el Sveglia se paró, movimientos que no sabía explicar. La mujer abrió los ojos. Estaba perfectamente bien de salud. Y continúa viva, que Dios la guarde. Eso tiene que ver con el Sveglia. No sé cómo. Pero que tiene que ver, tiene. ¿Y el caballo blanco del Campo de Santana, que es plaza de pájaros, palomas y quatis?2 Muy enjaezado, con adornos de plata, de crines altivas y erizadas. Corriendo rítmicamente contra el ritmo del Sveglia. Corriendo sin prisa. Estoy en perfecta salud física y mental. Pero una noche estaba durmiendo profundamente y me oyeron decir en voz alta: ¡quiero tener un hijo con Sveglia! Yo creo en el Sveglia. Él no cree en mí. Piensa que miento mucho. Y miento. En la Tierra se miente mucho. Yo pasé cinco años sin engriparme: eso fué por el Sveglia. Y cuando me engripé, duró tres días. Después me quedó una tos seca. Pero el médico me recetó un antibiótico y me curé. El antibiótico es el Sveglia. Ésta es una relación. El Sveglia no admite cuento o novela u otra cosa. Sólo permite transmisión. Mal admite que yo llame a esto relación. Lo llamo relato de misterio. Y hago lo posible porque sea un relato seco como el champán ultraseco. Pero a veces —pido disculpas— se moja. ¿Podría hablar con más dureza con relación al Sveglia? No, él sólo es. Y en verdad, Sveglia no tiene nombre íntimo: conserva el anonimato. Además, Dios no tiene nombre: conserva el anonimato perfecto: no hay lengua que pronuncie su verdadero nombre. Sveglia es estúpido: actúa clandestinamente, sin meditar. Voy a decir ahora algo muy grave que parecerá herejía: Dios es burro. Porque Él no entiende, no piensa, sólo es. Ciertamente, su estupidez se ejecuta a sí misma. Pero Él comete muchos errores. Y sabe que los comete. Basta mirarnos a nosotros mismos, que somos un error grave. Basta ver el modo como nos organizamos en sociedad e intrínsecamente, de tú a tú. Pero hay un error que Él no comete: Él no muere. Sveglia tampoco muere. Todavía no vi al Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo. Sobre todo, con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos. Los celos llegan a mojar, de tan húmedos. Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de sentimientos. El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco, de cascara seca, completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema cruda es Sveglia. ¿Quieren ver qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué? Imposible de explicar. Quizás porque no ha respetado el anonimato. La discusión es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: ya que tú no quieres dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces ella se puso furiosa — eso es Sveglia— y dijo que tenía muchos problemas —tener problemas no es Sveglia—. Entonces intenté calmarla y todo quedó bien. Mañana no la llamaré. La dejaré descansar. Me parece que escribiré sobre el electrónico sin verlo jamás. Parece que tendrá que ser así. Es fatal. Tengo sueño. ¿Estará permitido? Sé que voy a soñar con el Sveglia. El número está permitido. Aunque el seis no lo sea. Rarísimos poemas están permitidos. De novela, ni se puede hablar. Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, sólo. Ella era Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento. Suecia es Sveglia. Pero ahora me voy a dormir, aunque no debo soñar. El agua, a pesar de ser mojada por excelencia, es Sveglia. Escribir es. Pero el estilo no es. Tener senos es. El órgano masculino es muy Sveglia. La bondad no es. Pero la nobondad, el darse, es. Bondad no es lo opuesto a maldad. ¿Estaré escribiendo mojado? Me parece que sí. Mi sobrenombre es. Ya el primero es muy dulce, es para el amor. No tener ningún secreto —y, sin embargo, mantener el enigma— es Sveglia. En la puntuación, las reticencias no son. Si alguien llega a entender este mi irrevelado relato, ese alguien es. Parece que yo no soy yo, de tanto yo que soy. El Sol es, la Luna no. Mi cara es. Probablemente la suya también es. El whisky es. Y, por increíble que parezca, la Coca-cola es, pero la Pepsi-cola nunca fue. ¿Estoy haciendo propaganda gratis? Eso está mal, ¿sabes, Coca-cola? Ser fiel es. El acto del amor contiene en sí una desesperación que es. Ahora voy a contar una historia. Pero antes quiero decir que quien me contó esta historia fue una persona que, a pesar de ser bondadosísima, es Sveglia. Ahora me estoy muriendo de cansancio. Sveglia —si uno no se cuida— mata. La historia es la siguiente: Sucede en una localidad llamada Coelho Neto, en Guanabara. La mujer de la historia era muy desgraciada porque tenía una herida en la pierna y la herida no cerraba. Trabajaba mucho y el marido era cartero. Ser cartero es Sveglia. Tenían muchos hijos. Y casi nada de comer. Pero ese cartero tomó sobre sí la responsabilidad de hacer feliz a su mujer. Ser feliz es Sveglia. Y el cartero resolvió la situación. Le mostró a una vecina que era estéril y sufría mucho por eso. No había modo de tener un hijo. Le enseñó a su mujer cómo era feliz por tener hijos. Y ella se volvió feliz, aun con la poca comida. Le enseñó también el cartero que otra vecina tenía hijos pero el marido bebía mucho y la golpeaba, a ella y también a los hijos. Mientras que él no bebía y nunca había golpeado a su mujer o a sus hijos. Lo que la hizo feliz. Todas las noches ellos tenían pena de la vecina estéril y de la que era golpeada por el marido. Todas las noches ellos eran muy felices. Y ser feliz es Sveglia. Todas las noches. Yo quería llegar a la página nueve en la máquina de escribir. El número nueve es casi inalcanzable. El número trece es Dios. La máquina de escribir es. El peligro de pasar a no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con los sentimientos de la persona que está escribiendo. Yo aborrecí el cigarrillo Cónsul, que es mentolado y dulce. En cambio, el cigarrillo Garitón es seco, es duro, es áspero, y sin complicidad con el fumador. Como cada cosa es y no es, no me molesta hacer propaganda gratis al Garitón. Pero, en cuanto a la Coca-cola, no perdono. Quiero mandar este relato a la revista Senhor y quiero que me paguen muy bien. Como usted es Sveglia, juzgue si mi cocinera, que cocina bien y canta el día entero, es. Me parece que voy a encerrar este relato esencial para explicar los fenómenos enérgicos de la materia. Pero no sé qué hacer. Ah, me voy a vestir. Hasta nunca más, Sveglia. El cielo es muy azul. Las olas blancas de espuma del mar son más que mar. (Ya me despedí del Sveglia, sólo continuaré hablando por vicio, tengan paciencia.) El olor del mar mezcla masculino y femenino y nace en el aire un hijo que es. La dueña del reloj me dijo hoy que él es el dueño de ella. Me dijo que él tiene unos agujeritos oscuros por donde sale el sonido suave como una ausencia de palabras, sonido de satén. Tiene un disco interior dorado. El disco exterior es plateado, casi sin color, como una aeronave en el espacio, metal volando. ¿La espera es o no es? No sé responder porque sufro de urgencia y quedo incapacitada de juzgar esta pregunta sin implicarme emocionalmente. No me gusta esperar. Un cuarteto de música es muchísimo más que una sinfonía. La flauta es. El clave tiene un elemento de terror: los sonidos salen abiertos y quebradizos. Cosa de alma de otro mundo. Sveglia, ¿cuándo me dejarás en paz? ¿Me vas a perseguir toda la vida, transformando la claridad en insomnio perenne? Ya te odio. Ya querría poder escribir una historia: un cuento o novela o una transmisión. ¿Cuál va a ser mi próximo paso en la literatura? Me parece que no escribiré más. Pero también es cierto que otras veces pensé que no escribiría más, y escribí. ¿Y qué he de escribir, Dios mío? ¿Me contaminé con la matemática del Sveglia y sólo sabré hacer relaciones ? Ahora voy a terminar este relato de misterio. Ocurre que estoy muy cansada. Voy a tomar un baño antes de salir y me perfumaré con un perfume que es un secreto mío. Sólo digo una cosa de él: es agreste y un poco áspero, con una dulzura escondida. Él es. Adiós, Sveglia. Adiós para siempre jamás. Hay una parte de mí que tú ya mataste. Ya morí y me estoy pudriendo. Morir es. Y ahora, ahora adiós. 1_ Maleficio. (N. de la T.) 2_ Pájaro del Brasil. (N. de la T.)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Elena Poniatowska

CRÓNICA-

Los desaparecidos

HÁBEAS CORPUS


¿Quién tiene el cuerpo? Hemos presentado un recurso de amparo. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde mi esposo? ¿Dónde mi hermano? ¿Qué le pasó? Vinieron a buscarlo en la madrugada diez hombres armados que no se identificaron y desde entonces no sé de él. Oí en la calle el ruido de los frenos. Cada vez se oye más, en las madrugadas, ese ruido de frenos. Es un coche sin placas. Mírelo, aquí tengo su foto, si, sí es un hombre guapo, y joven sí, y sí, siempre andaba sonriendo. Lo vinieron a buscar sólo para unas preguntas de rutina, al menos eso dijeron, preguntas de rutina, contraté un abogado pero es poco lo que puede hacer, yo por lo menos quisiera saber dónde quedó su cuerpo para poder ir a ponerle unas flores, no pido mucho, ya no pido más que eso, saber en dónde quedó...
En América Latina son muchos los que despiertan a medianoche sobresaltados. Las madres piensan en su preso. ¿Lo habrán puesto de cara a la pared? ¿Sonreirá valientemente como siempre lo hizo? Cualquier ruido en la calle es sospechoso, el portazo de un automóvil, el arrancón de un tranvía. ¿Qué será? ¿Quién será? ¿Qué estará pasando? Los "operativos", como los llaman en Argentina, se llevan a cabo en plena calle, frente a los vecinos que no intervienen, que no estiran los brazos hacia el que llevan, que no extienden las manos para tomar la suya, que se quedan parados con la boca abierta, que nunca preguntan siquiera: "¿A dónde se lo llevan? ¿Qué quieren de él? ¿Qué van a hacer con él?", no se los vayan a llevar a ellos también. [...]
Dice Mariclaire Acosta, representante de Amnistía Internacional en México: "El mecanismo empleado para desaparecer a una persona en Latinoamérica es relativamente sencillo: se trata de aparentar un simple secuestro, perpetrado en forma rápida, violenta y anónima como lo dictan los cánones de la tradición. Generalmente el acto es precedido por un allanamiento de morada en el cual un grupo armado irrumpe violentamente, a altas horas de la noche, en el hogar de la víctima, y, tras el amedrentamiento y maltrato del resto de los habitantes, lleva consigo a su presa además de todos los objetos que pudo hurtar durante el operativo".
"En México —dice el informe de Amnistía Internacional—, el gobierno no ha dado una explicación satisfactoria sobre la situación de más de 300 personas desaparecidas desde 1968 —la mayoría campesinos— después de haber sido detenidas por fuerzas de seguridad."

QUÉ COSA RECLAMO SI NO SÉ LEER Y NADIE ME HACE CASO.

En el campo de México, llegan los soldados y simplemente se llevan a los campesinos. Y no por ello se mueve la hoja del árbol. Solo hasta hoy los familiares empiezan a denunciar las desapariciones de hombres y de mujeres que no poseen el alfabeto y que de un día al otro, simplemente no amanecen en su casa, no echan tortillas, no salen al corral. Los vecinos recogen entonces a los niños hambrientos, tratan de cuidar la choza vacía, se encargan, si los hay, de la marranita, de las gallinas. En esa casa que antes humeaba se han esfumado los adultos. Los niños, con sus grandes ojos de pobre como diría Rosario Castellanos, en vano otean el camino, si acaso alguien regresa son los soldados para atemorizar a los vecinos, para que sepan que si se meten a reclamar, así les va a ir. Un buen día, nomás, no estarán. La muerte que a todos nos toca tarde o temprano les tocará en otra parte, y donde sea no habrá quien les dé cristiana sepultura. Y los pobres, entre sus pocas pretensiones, quieren saber a dónde van a quedar.
La mayor parte de los presos políticos mexicanos son jóvenes (en América Latina resulta peligroso ser joven), sus edades oscilan entre los dieciocho y los treinta años y su nivel económico es muy bajo. Los desaparecidos de origen campesino en su mayoría son analfabetos, por lo tanto no conocen la ley y no recurren a su amparo. No interponen ningún recurso aunque este sea, como en el resto de América Latina, sistemáticamente violado. Todos sabemos que cualquier gobierno, por más democrático, persigue a sus opositores políticos, y en el caso de los desaparecidos de México, la mayor parte está involucrada en acciones guerrilleras; son disidentes, y en muchas ocasiones para explicar su desaparición se alega que murieron en un enfrentamiento con el ejército. Sin embargo, su desaparición los convierte —a ellos y a sus familiares— en victimas y le confiere al gobierno —responsable o no— el papel de perseguidor. Su desaparición, además de ilegal, es una infamia, de las que muy pocos parecen darse cuenta. Si Rosario Ibarra de Piedra no hubiera iniciado una campaña de protesta y de difusión, no estaríamos enterados a la fecha del problema de los desaparecidos y solo tendríamos una noción muy vaga y fácilmente desechable de cómo, en casos de oposición política, son pisoteadas en nuestro país las libertades democráticas.

ES INFAMANTE LO QUE LES SUCEDE A LOS DESAPARECIDOS, SI ES QUE LES SUCEDE ALGO MÁS QUE LA MUERTE

México es aún el refugio de todos los perseguidos y exiliados políticos de América Latina. Vienen a nuestro país porque aquí se sienten libres. Pero aquí también hay desaparecidos. No se parecen a los del resto de América Latina, porque no tienen nombre. En su mayoría son campesinos y son analfabetos. ¿Qué sucede con la familia, con la esposa, con los hijos? Casi no lo sabemos. Al menos, en el caso de las familias mexicanas más pobres. ¿En qué tormento viven los familiares del desaparecido? ¿Cómo viven? ¿Qué es lo que viven? Habría que preguntárselo a la doctora Laura Bonaparte, sicóloga, madre de hijos asesinados por la Junta, en la Argentina, con horas, días, años-luz de sufrimiento. Ella mejor que nadie sabe que la vida normal se hace prácticamente imposible, sabe que todos los remedios no llegan ni siquiera a paliativos, porque en el caso de una desaparición el dolor es permanente. "Quizás este vivo" "quizás lo estén torturando." Los certificados de defunción que pretenden extender las juntas militares agravan aún más este desgarrante proceso. Si son desaparecidos, ¿como saben que están muertos? Y si no lo saben ¿por qué los certificados de defunción? Laura Bonaparte conoce a fondo —porque lo ha vivido— todo el desgaste sicológico y sus efectos, "que minan la resistencia y alteran diversas áreas de actividad: trabajo, estudio, sexualidad". En el caso de los mexicanos, se alega que no hay presos "políticos", que se trata de delincuentes, de reos del orden común. Si así es ¿por qué no se les procesa? ¿Por qué no hay juicio? ¿Por qué no se les presenta en juzgado alguno? Si son delincuentes los guerrilleros, como lo dijo el presidente López Portillo (aunque en 1978 los llamó: "extremistas con vocación de justicia"), ¿por qué no purgan una sentencia al lado de los presos que en los penales tienen derecho a visita conyugal y a que los vean sus familiares? ¿Por qué se les esconde? ¿Por qué se les recluye —siendo civiles— en el Campo Militar? Sí son delincuentes y asaltantes de camino real, ¿por qué no reciben el mismo trato que los demás infractores del orden social? ¿Por qué, Dios mío, se les desaparece?

¿ESTÁ PERDIDA LA CAUSA DE LOS DESAPARECIDOS?

A pesar de que el término "desaparecido" se emplea en todo el continente latinoamericano, debería cambiarse por el de secuestrado. El desaparecido se esfuma, no existe, y al cabo de un tiempo nadie vuelve a pensar en él. Un objeto que desaparece es simplemente un objeto perdido. También la causa de los desaparecidos parece una causa perdida. Pienso en tantos campesinos encarcelados y desaparecidos por invadir tierras enfrentándose a los caciques, en tantos jóvenes que mueren en la tortura. No deberían llamarse desaparecidos, es malo ese nombre: lo que desaparece ya no vive, no tiene fuerza. Podrían definirse como secuestrados porque es eso lo que son, secuestrados por un gobierno del cual son enemigos y que los considera peligrosos. Por lo tanto los borra del mapa, desapareciéndolos. Los desaparecidos del continente —está ya demostrado— han sido secuestrados por un gobierno concreto que se empeña ahora en negar su existencia. Los desaparecidos no están en ninguna parte ni vivos ni muertos. El silencio que guardan las autoridades es su principal acusación. Si no podemos romperlo, al menos podemos divulgar el secuestro y la desaparición de cientos de latinoamericanos. Así como América Latina inaugura esta práctica infamante, puede inaugurarse otra forma de lucha que la mine en sus cimientos: la de la inmediata divulgación a nivel internacional. Los militares tuvieron la suficiente imaginación para desaparecer a los que consideran sus enemigos políticos y convertir a América Latina en el continente de los desaparecidos. Los familiares atónitos aún no se reponen del golpe, apenas inician su lucha, tan al margen de toda posibilidad jurídica institucional, tan desprovista de ciudadanía, de membrecía de una comunidad humana, tan abandonados y sospechosos como sus propios hijos, maridos y hermanos desaparecidos. Hasta ahora se incorporan. Pero si se lo proponen lograrán hacer surgir de las mazmorras al desaparecido. Incluso sí Rosario Ibarra de Piedra, si Marta Conti, si Lilia Walsh, no recuperan el despojo de sus desaparecidos, estos seguirán viviendo, su memoria respetada por los hombres y las mujeres que saben que nada cuesta tanto como la libertad de opinar, disentir y actuar conforme a las propias convicciones, y que "por la libertad y por la honra se puede aventar la vida" como decía el Quijote y que ellos, ahora libres, serán honrados siempre mientras nuestro continente —si nos dejamos envilecer— seguirá debatiéndose como lo advierte Ariel Dorfman en su poema "Esperanza":

Mi hijo se encuentra
desaparecido
desde el 8 de mayo
del año pasado.
Lo vinieron a buscar,
solo por unas horas,
dijeron,
solo para algunas preguntas
de rutina.
Desde que el auto partió
ese auto sin patente
no hemos podido
saber
nada más
acerca de él.

Ahora cambiaron las cosas.
Hemos sabido por un joven compañero
al que acaban de soltar,
que cinco meses más tarde
lo estaban torturando
en Villa Grimaldi,
que a fines de septiembre
lo seguían interrogando
en la casa colorada
que fue de los Grimaldi.

Dicen que lo reconocieron 
por la voz, por los gritos, 
dicen.

Quiero que me respondan con franqueza.
¿Qué época es esta,
en qué siglo habitamos,
cuál es el nombre
de este país?
¿Cómo puede ser,
eso les pregunto,
que la alegría de un
padre,
que la felicidad de una
madre,
consista en saber
que a su hijo
lo están
que lo están torturando?

¿Y presumir por lo tanto
que se encontraba vivo
cinco meses después,
que nuestra máxima
esperanza
sea averiguar
el año entrante
que ocho meses más tarde
seguían con las torturas
y puede, podría, pudiera,
que esté todavía vivo?.

jueves, 13 de noviembre de 2014

En el café de Kjell Askildsen (Noruega, 1929)

EN EL CAFÉ

Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo  de verano, lo recuerdo bien, porque  casi todo  el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gen­te tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me habría importado intercambiar unas cuan­ tas palabras  con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera». Si uno dejara de albergar esperanzas,  se ahorraría  un  montón  de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez.
Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.
Últimas notas de Thomas F. para la humanidad (Thomas F’s siste nedtegnelser til almenheten, 1983)
en Todo como antes

jueves, 23 de octubre de 2014

El círculo de Antonio Tabucci


EL TIEMPO ENVEJECE DEPRISA
(nueve relatos)
Antonio Tabucci

El círculo


«Le pregunté sobre aquellos tiempos en que éramos aún tan jóvenes, ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos. Algo de eso ha quedado, excepto la juventud, respondió.»

El viejo profesor se había interrumpido, tenía una expresión casi contrita, se había enjugado precipitadamente una lágrima que se le había asomado a una pestaña, se había dado un golpecito en la frente, como diciendo qué idiota, perdonen, se había aflojado el corbatín de aquel increíble color anaranjado y había dicho con su francés marcado por un fuerte acento alemán: les ruego que me disculpen, les ruego que me disculpen, se me había olvidado, el título del poema es «El viejo catedrático», de la gran poetisa polaca Wisława Szymborska, y en ese momento se había señalado a sí mismo, como queriendo indicar que el personaje de ese poema en cierto modo coincidía con él, después se había bebido otro calvados, más responsable de su conmoción que el poema, y se le había escapado una especie de sollozo, todos de pie, consolándolo: Wolfgang, no hagas eso, sigue leyendo, el viejo profesor se había sonado la nariz con un amplio pañuelo de cuadros: «Le pregunté por la fotografía», prosiguió con voz estentórea, «esa en el marco, sobre el escritorio. Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada, mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa, el gato en los brazos de mi hijita, y un cerezo en flor, y sobre el cerezo un pájaro volador no identificado, respondió.»

El resto ya no lo había escuchado, o tal vez ya no quiso seguir escuchándolo, qué amable el viejo profesor del cantón de San Galo, los primos de San Galo son un poco paletos, eran palabras de la tía abuela oídas en alguna ocasión en la cocina, criaturas extrañas, son buena gente, pero viven en ese sitio tan aislado entre montes y lagos, en cambio quien le parecía delicioso a ella era el viejo profesor de San Galo, hasta había hecho fotocopias del poema que quiso leer en el brindis, qué delicadeza, y las había dejado a disposición de los invitados sobre la mesa ya puesta, entre el postre y los quesos, porque, según decía, ése era el mejor homenaje a la memoria del abuelo, «mi añorado e inolvidable hermano Josef, en cuyo lugar el Señor hubiera debido llamarme a mí». Y, en cambio, era él el que estaba vivito y coleando, con sus abundantes venillas rojas en la nariz que el alcohol hacía aún más evidentes, y entretanto la abuela escuchaba embelesada (o acaso dormitaba) el elogio poético de su cuñado hacia su difunto marido, porque el aniversario de aquella muerte, ya hacía una década, era el motivo de la solemne reunión de familia, hay que conmemorar a los difuntos aunque a pesar de todo la vida siga, y la vida que sigue merece ser celebrada tanto o más que los difuntos, y que se fastidien los envidiosos, porque la familia es la familia, sobre todo una familia histórica como la nuestra, que ya a principios del siglo xix tenía casas de postas que llegaban desde Ginebra hasta el cantón de San Galo, y desde el lago Constanza hasta Alemania, y desde Alemania hasta Polonia, quedan aún grabados y fotografías, están todos en el álbum familiar, de esas antiguas casas de
postas nació después la red comercial que hace hoy célebre a la familia Ziegler en Suiza y en toda Europa, los fundadores hace tiempo que murieron, los herederos más viejos no tardarán en hacerlo, pero la familia continúa, porque la vida continúa, por eso estamos aquí, para celebrar la vida que continúa, con nuestros hijos y nietos, concluyó triunfalmente el tío abuelo de San Galo.
Y ahí estaban, los herederos de tanta tradición. El gesto teatral del tío abuelo de San Galo, que declamaba con voz conmovida el poema, parecía dirigirse precisamente a ellos: al chiquitín de ricitos rubios que ya llevaba corbata y a la niñita del rostro lleno de pecas,ignaros ambos de que aquella mano se dirigía precisamente a ellos, e ignaros de la memoria del desconocido abuelo Josef, abstraídos como estaban en disputarse una porción de tarta de chocolate, y el varón, que había sobrepujado a su hermana, llevaba ya el signo de la victoria bajo la nariz, como unos bigotes en un teatrillo de títeres, y la última nuera, la
blanca Greta, tan cumplida, con una servilletita de
encaje, de San Galo también, como el tío abuelo,
limpió la mancha de chocolate del rostro de su hijo y
sonrió. Una hermosa sonrisa sobre un lozano rostro
de leche y de sangre, como había oído decir una vez
en aquel pueblo, aunque tal vez no fuera en Ginebra,
sino en Lugano: leche y sangre. Qué extraña mezcla,
la primera vez que había oído esa expresión le había
causado un extraño efecto, casi de náusea, tal vez porque se había imaginado una jarra de leche en la que
caían unas gotas de sangre. Y su pensamiento, por su
cuenta, había vuelto a una infancia que no era la
suya, sin embargo, a una aldea perdida en el tiempo,
a los pies de las montañas de un país que allí, en esa
ciudad donde estaban conmemorando ahora a un
abuelo Josef que no era el suyo y a quien no llegó a
conocer, llamaban el Magreb, como si perteneciera a
una abstracta geografía. Cuando ella era niña, no sabía que el lugar en el que vivían sus padres se llamaba
Magreb, ni siquiera ellos lo sabían, vivían allí y nada
más, y no lo sabía tampoco su abuela, cuya imagen le
afloró desde el recuerdo como desde un pozo enterrado, qué extraño, porque no era el recuerdo de una
persona, era el recuerdo de una persona que le habían
contado, ella no llegó a conocer a su abuela, ¿cómo
podía acordarse tan bien de un rostro que nunca había visto? Y después se le vino a la cabeza su madre,
porque su madre era fuerte, pero muy frágil también,
y qué hermosa era, con ese perfil altivo y los ojos
grandes, y se acordó de su forma de hablar, y de su
acento antiguo, antiquísimo, porque provenía del corazón del desierto, donde nunca se habían atrevido a
penetrar los saqueadores árabes que comerciaban con
los cuerpos de las personas, ni los sacerdotes católicos, que comerciaban con las almas, lo mejor era dejar en paz a los bereberes, son personas no comerciables. Y pensó al mismo tiempo de dónde provenía esa
profunda percepción de sí misma que sintió aflorar
por un instante frente al gesto perfecto y decidido
con el que Greta limpiaba la mancha de chocolate de
la mejilla de su hijo. De la nada, esa percepción provenía de la nada, como su recuerdo, que no era un
verdadero recuerdo, sino el recuerdo de un relato, y
no era aún un sentimiento, era una emoción y, en el
fondo, ni siquiera emoción era, no eran más que imá-
genes que su fantasía había construido de niña escuchando recuerdos ajenos, pero de aquel lugar remoto e imaginario se había olvidado después, y eso la
sorprendió. ¿Por qué aquellos lugares de arena de los
que le había hablado su madre cuando ella era una
niña habían quedado sepultados en las arenas de su
memoria? Los Grands Boulevards, ésa era la geografía que pertenecía a su memoria, las grandes avenidas
de París donde su padre tenía un elegante despacho
de notario con florido papel pintado en las paredes
y sillones de cuero, su padre, conocido abogado de un gran despacho parisiense. En la planta de encima del despacho estaba el piso en el que se había criado, un piso de ventanas altísimas y molduras de estuco en los techos: es un edificio construido por Haussmann, en casa siempre se había dicho eso: es un edificio de Haussmann, y Haussmann era Haussmann, punto y final, pero ¿qué tenía Haussmann que ver con lo que ella era?
Se lo preguntó mientras Greta limpiaba con el pañuelo de San Galo la mancha de chocolate del rostro de su hijo,y eso que se preguntaba a sí misma le hubiera gustado preguntárselo a todos los comensales de aquella fiesta familiar, a aquella familia tan hospitalaria y generosa que celebraba a un abuelo emprendedor que había sabido transformar unas viejas casas de postas en una rentable empresa comercial que ahora le pertenecía a ella también, porque le pertenecía a Michel. Pero ¿a qué propósito sacar a relucir ahora a Monsieur Haussmann? La habrían mirado como si estuviera loca. Querida mía, le habría dicho Greta (quizá se lo hubiera dicho Greta precisamente), pero ¿a qué viene eso de Haussmann? Es el mayor urbanista francés del siglo xix, rehízo París, tú te criaste en uno de los edificios que él construyó, ¿por qué se te ha venido a la cabeza Haussmann? Greta se sentía acomplejada por vivir en Ginebra, que en comparación con París consideraba una ciudad de provincias y tal vez lo hubiera tomado como una provocación. La verdad es que no era algo que pudiera decirse en el comedor de una fiesta familiar, en aquella sólida casa de amplias ventanas que daban al lago, ante una mesa aparejada en la que había de todo, hubiera podido hablar del desierto, pero le habrían preguntado a qué venía eso del desierto, ella hubiera podido contestar que el desierto, si tenía algo que ver, era por oposición, pues vosotros, aquí, delante de vosotros, tenéis un magnífico lago rebosante de agua que tiene incluso un surtidor en el centro que lanza el agua verticalmente a cien metros de altura, y en cambio mi abuela estaba rodeada de arena y cuando era niña, para ir a coger un cántaro de agua, por la mañana tenía que ir al pozo de Al Karib, ahora se me ha venido a la cabeza hasta el nombre, y ella tenía que recorrer tres kilómetros a oscuras de ida y tres kilómetros bajo un sol ardiente para volver con el cántaro sobre la cabeza, y vosotros no podéis saber lo que es de verdad el agua, porque tenéis demasiada.
¿Eran ésas cosas que debían decirse? ¿Y ellos qué culpa tenían? ¿A lo mejor podía decirles que se le había venido a la cabeza la expresión leche y sangre, realmente monstruosa, en su opinión, porque cuando era muy pequeña su abuela se la llevaba con ella a veces por la noche al establo y ella miraba fascinada aquel líquido cándido que su abuela extraía de las ubres de las cabras en una palangana de zinc, y después lo llevaban a casa con la reverencia debida a un regalo divino, pero si en ese cándido líquido hubieran
caído unas gotas de sangre, habría resultado monstruoso, habría huido espantada, pero no podía decirlo, porque no era un recuerdo, era una fantasía, un falso recuerdo, ella nunca había estado en aquel establo, y así,huyendo de un falso recuerdo, ahora me hallo aquí, pensó, con esta amable familia que con tanto afecto me ha abierto sus brazos, pido disculpas a todos, lo que digo no tiene lógica, será porque estaba mirando mis manos algo más oscuras y la expresión leche y sangre me ha sonado realmente extraña, es que quizá me haga falta un poco de aire fresco, en verano en Ginebra hace más calor incluso que en París, hay más humedad, quizá lo que me haga falta es tomar el aire, esta fiesta me ha gustado mucho, sois todos de lo más amable, pero es como si realmente me hiciera falta un poco de aire, hace años, cuando éramos novios, Michel me llevó hasta unos prados de los montes, fuimos en autobús, el que llega a la última aldea, si no recuerdo mal, en el fondo no estaban muy lejos, si cojo un taxi llegaré en media hora, en el fondo los prados no están ni a mil metros, Michel debe de haberse ido ya a echar la siesta, decidle que no se preocupe, estaré de regreso antes de cenar.
* * *

viernes, 3 de octubre de 2014

«El asesino» de Ray Bradbury

El asesino
La música se movía con él por los blancos pasillos. Pasó ante una puerta de oficina: La viuda alegre. Otra puerta: La siesta de un fauno. Una tercera: Bésame otra vez. Dobló en un corredor. La danza de las espadas lo sepultó bajo címbalos, tambores, ollas, sartenes, cuchillos, tenedores, un trueno y un relámpago de estaño, todo quedó atrás cuando llegó a una antesala donde una secretaria estaba hermosamente aturdida por la Quinta de Beethoven. Pasó ante los ojos de la muchacha como una mano; ella no lo vio.
La radio pulsera zumbó.
-¿Sí?
-Es Lee, papá. No olvides mi regalo.
-Sí, hijo, sí. Estoy ocupado.
-No quería que te olvidases, papá- dijo la radio pulsera.
Romeo y Julieta de Tchaikovsky cayó en enjambres sobre la voz y se alejó por los largos pasillos. El psiquiatra caminó en la colmena de oficinas, en la cruzada polinización de los temas, Stravinsky unido a Bach, Haydn rechazando infructuosamente a Rachmaninoff, Schubert golpeado por Duke Ellington. El psiquiatra saludó con la cabeza a las canturreantes secretarias y a los silbadores médicos que iban a iniciar el trabajo de la mañana. Llegó a su oficina, corrigió unos pocos textos con su lapicera, que cantó entre dientes, luego telefoneó otra vez al capitán de policía del piso superior. Unos pocos minutos más tarde, parpadeó una luz roja, y una voz dijo desde el cielo raso:
-El prisionero en la cámara de entrevistas número nueve.
Abrió la puerta de la cámara, entró, y oyó que la cerradura se cerraba a sus espaldas.
-Lárguese-dijo el prisionero, sonriendo.
La sonrisa sobresaltó al psiquiatra. Una sonrisa soleada y agradable, que iluminaba brillantemente el cuarto. El alba entre lomas oscuras. El mediodía a medianoche, aquella sonrisa. Los ojos azules chispearon serenamente sobre aquella confiada exhibición de dientes.
-Estoy aquí para ayudarlo- dijo el psiquiatra frunciendo el ceño.
Había algo raro en el cuarto. El médico había titubeado al entrar. Miró alrededor. El prisionero se rió.
-Si está preguntándose por qué hay aquí tanto silencio, deshice la radio a puntapiés.
Violento, pensó el doctor.
El prisionero le leyó el pensamiento, sonrió, y extendió una mano suave.
-No, sólo con las máquinas que chillan y chillan.
En la alfombra gris se veían pedazos de cable y lámparas de la radio de pared. Sintiendo sobre él aquella sonrisa como una lámpara calorífera, el psiquiatra se sentó frente a su paciente, en un silencio insólito que era como la amenaza de una tormenta.
-¿Es usted el señor Albert Brock que se llama a sí mismo El Asesino?
Brock asintió agradablemente.
-Antes de empezar.-Se movió con rapidez y sin ruido y le sacó al doctor la radio pulsera. La mordió como si fuese una nuez, y la radio crujió y estalló. Brock se la devolvió al médico como si le hubiese hecho un favor- . Es mejor así.
El psiquiatra se quedó mirando el arruinado aparato.
-Su cuenta de daños y perjuicios está creciendo.
-No me importa-sonrió el paciente-. Como dice la vieja canción: ¡No me importa lo que pasa!
El hombre tarareó.
-¿Empezamos?-dijo el psiquiatra.
-Muy bien. Mi primera víctima, o una de las primeras, fue el teléfono. Un crimen espantoso. Lo eché en el sumidero mecánico de mi cocina. Puse el aparato en punto medio. El pobre teléfono murió por estrangulación lenta. Luego maté a tiros el televisor.
-Mmm-dijo el psiquiatra.
-Le disparé seis tiros en el cátodo. Se oyó un hermoso tintineo, como una araña de luces que cae al piso.
-Linda imagen.
-Gracias, siempre soñé con ser escritor.
-¿Por qué no me dice cuando empezó a odiar el teléfono?
-Me aterrorizaba ya en la infancia. Un tío mío lo llamaba la máquina de los fantasmas. Voces sin cuerpo. Me ponía los pelos de punta. Más tarde, nunca me sentí cómodo. El teléfono me parecía un instrumento impersonal. Si a él se le ocurría, dejaba que la personalidad de no fuese por sus cables. Si no lo quería así, lo mismo le sacaba a uno la personalidad hasta que por el otro extremo salía una voz de pescado frío, toda acero, cobre, plásticos, sin calor, sin realidad. Es fácil decir alguna inconveniencia cuando se habla por teléfono; el teléfono cambia el significado de las frases. Y al fin uno se entera del hecho que se ha ganado un enemigo. Luego, por supuesto, el teléfono es algo tan conveniente. Ahí está, exigiendo que uno llame a alguien que no quiere que lo llamen. Mis amigos estaban siempre llamando, llamando, llamándome. Demonios, no me dejaban tiempo para nada. Cuando no era el teléfono, era la televisión, la radio, el fonógrafo. Cuando no era la televisión, la radio o el fonógrafo eran las películas en el cine de la esquina, películas proyectadas en nubes bajas, con publicidad. Ya no llueve más agua, llueve espuma de jabón. Cuando no eran los anuncios en nubes de alta visibilidad, era la música de Mozzek en todos los restaurantes; música y anuncios en los ómnibuses que me llevaban al trabajo. Cuando no era la música, eran los intercomunicadores de la oficina, y la cámara de horror de una radio pulsera desde donde mis amigos y mi mujer me llamaban cada cinco minutos. ¿Qué hay en esas conveniencias que las hace parecer tan tentadoramente convenientes? El hombre común piensa: Aquí estoy, dispongo de tiempo, y aquí en mi muñeca hay un teléfono pulsera. ¿Por qué no llamar al viejo Joe, eh? «¡Hola, hola!» Quiero mucho a mis amigos, a mi mujer, la humanidad. Pero cuando mi mujer me llama para preguntarme: «¿Dónde estás ahora, querido?», y un amigo me llama y dice: «¿Conoces este chiste verde? Parece que una vez un tipo...» Y un desconocido me llama y grita: «Esta es la encuesta Encuentra-Rápido. ¿Qué caramelo de goma está masticando en este instante?» ¡Bueno!
-¿Cómo se sentía durante la semana?
-Al borde del precipicio. Aquella misma mañana hice eso en la oficina.
-¿Qué fue?
-Eché un vaso de agua en el intercomunicador. El psiquiatra anotó en su libreta
-¿Y el sistema se apagó?
-¡Magníficamente! ¡El cuatro de julio en ruedas! Dios mío, las estenógrafas corrían de un lado a otro como perdidas. ¡Qué confusión!
-¿Se sintió mejor durante un tiempo, eh?
-¡Muy bien! Al mediodía se me ocurrió cerrar la radio pulsera en la calle. Una voz aguda me gritaba: «Encuesta popular número nueve. ¿Qué almuerza usted? » En ese mismo momento, ¡se acabó la radio pulsera!
-¿Se sintió mejor aún, eh?
-¡Cada vez mejor!-Brock se frotó las manos- . ¿Por qué no iniciar, pensé, una revolución solitaria, liberando al hombre de ciertas «conveniencias»? «¿Conveniente para quién?», grité. Conveniente para los amigos. «Eh, Al, te llamo desde el bar de Green Hills. Acabo de abrir una botella de whisky, Al. Hermoso día. Ahora estoy tomando unos tragos. ¡Pens&;eacute ; que te gustaría saberlo, Al!» Conveniente para mi oficina, de modo que cuando ando trabajando en mi coche, la radio no pierde el contacto conmigo. ¡Contacto! Palabra tímida. Contacto, demonios. ¡Estrujamiento. Manoseo, mejor. Aporreo y masajeo. Uno no puede dejar el coche sin avisar: «Me he detenido en la estación de gasolina para ir al cuarto de baño.» «Muy bien, Brock, ¡rápido!» «Brock, ¿por qué tarda tanto?» «Lo siento, señor.» «Que no se repita, Brock.» «¡No,señor!»¿Sabe usted que hice, doctor? Compré un cuarto kilo de helado de chocolate y lo eché en el transmisor de radio del coche.
-¿Tuvo alguna razón especial para echar helado de chocolate en el aparato?
Brock pensó un momento y sonrió.
-Es mi helado favorito.
-Oh-dijo el doctor.
-Pensé, demonios, lo que es bueno para mí es bueno también para el transmisor.
-¿Y por qué echar helado en la radio?
-Hacía calor.
El doctor calló un momento.
-¿Y qué vino luego?
-Luego vino el silencio. Dios, era hermoso. Aquella radio del auto codeando todo el día. Brock, venga aquí, Brock, vaya allá, Brock, llame, Brock, escuche, muy bien, Brock, hora de almorzar, Brock, ha terminado el almuerzo, Brock, Brock, Brock, Brock. Bueno, aquel silencio fue como si me hubiese echado helado en las orejas.
-Parece que le gusta mucho el helado.
-Me paseé en el auto disfrutando del silencio. Es la franela más blanda y suave del mundo. El silencio. Una hora entera de silencio. Yo paseaba en el coche, sonriendo, sintiendo aquella franela en mis oídos. ¡Me emborraché de libertad!
-Continúe.
-Entonces se me ocurrió lo de la máquina portátil de diatermia. Alquilé una, y aquella noche subí con ella al ómnibus que me llevaría a casa. Todos los viajeros hablaban con sus mujeres por la radio pulsera diciendo: «Ahora estoy en la calle Cuarenta y tres, ahora en la Cuarenta y cuatro, aquí estoy en la Cuarenta y nueve, ahora doblamos en la Sesenta y una.» Un marido maldecía: «Bueno, sal de ese bar, maldita sea y vete a casa a preparar la cena. ¡Estoy en la Setenta!» Y una radio de transistores tocaba Cuentos de los bosques de Viena, y un canario cantaba una canción acerca de una sopa de cereales. En ese momento..., ¡encendí mi aparato de diatermia! ¡Estática! ¡Interferencia! Todas las mujeres separadas de los maridos que habían acabado una dura jornada en la oficina. ¡Todos los maridos separados de sus mujeres que acababan de ver cómo sus chicos rompían una ventana! Talé los Bosques de Viena. El canario se atragantó. ¡Silencio! Un terrible, inesperado silencio. Los pasajeros del ómnibus tuvieron que afrontar la posibilidad de conversar entre ellos. ¡El pánico! ¡Un pánico puro y animal!
-¿Se lo llevó la policía?
-El ómnibus tuvo que detenerse. Después de todo, la música había desaparecido, maridos, mujeres habían perdido contacto on la realidad. Un pandemonio, un tumulto, y un caos. ¡Ardillas que chillaban en sus jaulas! Llegó una patrulla, me descubrieron rápidamente, me endilgaron un discurso, me multaron, y me mandaron a casa, sin el aparato de diatermia, en un santiamén.
-Señor Brock, ¿puedo sugerirle que su conducta hasta ese momento no había sido muy... práctica? Si no le gustaban las radios de transistores, o las radios de oficina, o las radios de auto, ¿por qué no se unió a alguna asociación de enemigos de la radio, firmó petitorios, o luchó por normas legales y constitucionales? Al fin y al cabo, estamos en una democracia.
-Y yo-dijo Brock- estoy en lo que se llama una minoría. Me uní a asociaciones, firmé petitorios, llevé el asunto a la justicia. Protesté todos los años. Todos se rieron, todos amaban las radios y los anuncios. Yo estaba fuera de lugar.
-Entonces tenía que haberse conducido como un buen soldado, ¿no le parece? La mayoría manda.
-Pero han ido demasiado lejos. Si un poco de música y «mantenerse en contacto» es agradable, piensan que mucha música y mucho «contacto» será diez veces más agradable. ¡Me volvieron loco! Llegué a casa y encontré a mi mujer histérica. ¿Por qué? Porque había perdido todo contacto conmigo durante medio día. ¿Recuerda que bailé sobre mi radio pulsera? Bueno, aquella noche hice planes para asesinar la casa.
-¿Pero quiere que lo escriba así? ¿Está seguro?
-Es semánticamente exacto. Había que enmudecerla. Mi casa es una de esas casas que hablan, cantan, tararean, informan sobre el tiempo, leen novelas, tintinean, entonan una canción de cuna cuando uno se va a la cama. Una casa que le chilla a uno una ópera en el baño y le enseña español mientras duerme. Una de esas cavernas charlatanas con toda clase de oráculos electrónicos que lo hacen sentirse a uno poco más grande que un dedal, con cocinas que dicen: «Soy una torta de durazno, y estoy a punto» o «Soy un escogido trozo de carne asada, ¡sácame!», y otras cosas semejantes. Con camas que lo mecen a uno y lo sacuden para despertarlo. Una casa que apenas tolera a los seres humanos, se lo aseguro. Una puerta de calle que ladra: «¡Tiene los pies embarrados, señor!» Y el galgo de una válvula de vacío electrónica que lo sigue a uno olfateándolo de cuarto en cuarto, sorbiendo todo fragmento de uña o ceniza que uno deja caer. ¡Jesucristo! ¡Jesucristo!
-Cálmese-sugirió el psiquiatra.
-¿Recuerda aquella canción de Gilbert y Sullivan, Lo he anotado en mi lista, y jamás lo olvidaré? Me pasé la noche anotando quejas. A la mañana siguiente me compré una pistola. Me embarré los zapatos a propósito. Me planté ante la puerta de calle. La puerta chilló: «¡Pies sucios, pies embarrados! ¡Límpiese los pies! ¡Por favor sea aseado!» Le disparé un tiro por el ojo de la cerradura. Corrí a lacocina, donde el horno lloriqueaba: «¡Apáguenme!» En medio de una tortilla mecánica, enmudecí la cocina. O cómo siseó y gritó: «¡Un corto circuito!» Entonces sonó el teléfono, como un murciélago. Lo eché en el sumidero mecánico. Debo declarar aquí que no tengo nada contra el sumidero. Lo siento por él, un dispositivo útil sin duda, que nunca dice una palabra, ronronea como un león soñoliento la mayor parte del tiempo, y digiere nuestros restos. Lo arreglaré. Luego fui y maté el televisor, esa bestia insidiosa, esa Medusa, que petrifica a un billón de personas todas las noches con una fija mirada, esa sirena que llama y canta y promete tanto, y da, al fin y al cabo, tan poco, y yo mismo siempre volviendo a él, volviendo y esperando, hasta que... ¡pum! Como un pavo sin cabeza, mi mujer salió chillando a la calle. Vino la policía. ¡Y aquí estoy!
Brock se echó hacia atrás, feliz, y encendió un cigarrillo.
-¿Y no pensó usted, al cometer esos crímenes, que la radio pulsera, el transmisor, el teléfono, la radio del ómnibus, los intercomunicadores, eran todos alquilados, o pertenecían a algún otro?
-Lo haría otra vez, que Dios me proteja.
El psiquiatra se quedó inmóvil bajo el sol de aquella beatífica sonrisa.
-¿Y no quiere que lo ayude la Oficina de Salud Mental? ¿Está preparado a soportar las consecuencias?
-Esto es sólo el comienzo-dijo el señor Brock- . Soy la vanguardia de unos pocos cansados de ruidos y órdenes y empujones y gritos, y música en todo momento, en todo momento en contacto con alguna voz de alguna parte, haz esto, haz aquello, rápido, rápido, ahora aquí, ahora allá. Ya veremos. La rebelión comienza. ¡Mi nombre hará historia!
-Mmm.
El psiquiatra parecía pensativo.
-Llevará tiempo, por supuesto. Era tan agradable al principio. La sola idea de esas cosas, tan prácticas, era maravillosa. Eran casi juguetes con los que uno podía divertirse. Pero la gente fue demasiado lejos, y se encontró envuelta en una red de la que no podía salir, ni siquiera advertía que estaba dentro. Así que dieron a sus nervios otro nombre «La vida moderna»,dijeron. «Tensión», dijeron. Pero recuérdelo, se ha echado la semilla. Me conocen en todo el mundo gracias a la TV, la radio, las películas. Es una ironía. Eso fue hace cinco días. Un billón de personas me conoce. Revise las columnas de las finanzas. Un día notará algo. Quizá hoy mismo. ¡Una alza repentina en las ventas de helado de chocolate!
-Entiendo-dijo el psiquiatra.
-¿Puedo volver a mi hermosa celda privada, donde podré estar solo y en silencio durante seis meses?
-Sí- dijo el psiquiatra en voz baja. -No se preocupe por mí- dijo el señor Brock incorporándose- . Me voy a entretener un tiempo metiéndome ese blando, suave y callado material en las orejas.
-Mmm-dijo el psiquiatra yendo hacia la puerta.
-Saludos-dijo el señor Brock.
-Sí- dijo el psiquiatra.
Apretó el botón oculto de acuerdo con la clave. La puerta se abrió, el psiquiatra salió del cuarto, la puerta se cerró. El psiquiatra atravesó oficinas y corredores. Los primeros veinte metros de su marcha fueron acompañados por El tamboril chino. Luego se oyó Tzigana, Passacaglia y fugaen algo menor, E1 paso del tigre, El amor es como un cigarrillo. Sacó la radio pulsera rota del bolsillo como una mantis religiosa muerta. Entró en su oficina. Sonó un timbre. Una voz llegó desde el cielo raso:
-¿Doctor?
-Acabo de terminar con Brock.
-¿Diagnóstico?
-Parece completamente desorientado, pero jovial. Rehusa aceptar las más simples realidades de su ambiente, y cooperar con ellas.
-¿Pronóstico?
-Indefinido. Lo dejé disfrutando con un trozo de material invisible.
Llamaron tres teléfonos. Un duplicado de su radio pulsera zumbó en un cajón del escritorio como una langosta herida. El intercomunicador lanzó una luz robada y un clic-clic. Llamaron tres teléfonos. El cajón zumbó. Entró música por la puerta abierta. El psiquiatra, tarareando entre dientes, se puso la nueva radio pulsera en la muñeca, abrió el intercomunicador, habló un momento, atendió un teléfono, habló, atendió otro teléfono, habló, atendió un tercer teléfono, habló, tocó el botón de la radio pulsera, habló serenamente y en voz baja, con una cara descansada y tranquila, mientras se oía música y las luces se apagaban y encendían, los dos teléfonos llamaban otra vez, y él movía las manos, y la radio pulsera zumbaba, y los intercomunicadores conversaban, y unas voces hablaban desde el techo. Y así siguió serenamente el resto de una larga y fresca tarde de aire acondicionado; teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera, intercomunicador, teléfono, radio pulsera...

de Las doradas manzanas al sol(1956)