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jueves, 23 de octubre de 2014

El círculo de Antonio Tabucci


EL TIEMPO ENVEJECE DEPRISA
(nueve relatos)
Antonio Tabucci

El círculo


«Le pregunté sobre aquellos tiempos en que éramos aún tan jóvenes, ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos. Algo de eso ha quedado, excepto la juventud, respondió.»

El viejo profesor se había interrumpido, tenía una expresión casi contrita, se había enjugado precipitadamente una lágrima que se le había asomado a una pestaña, se había dado un golpecito en la frente, como diciendo qué idiota, perdonen, se había aflojado el corbatín de aquel increíble color anaranjado y había dicho con su francés marcado por un fuerte acento alemán: les ruego que me disculpen, les ruego que me disculpen, se me había olvidado, el título del poema es «El viejo catedrático», de la gran poetisa polaca Wisława Szymborska, y en ese momento se había señalado a sí mismo, como queriendo indicar que el personaje de ese poema en cierto modo coincidía con él, después se había bebido otro calvados, más responsable de su conmoción que el poema, y se le había escapado una especie de sollozo, todos de pie, consolándolo: Wolfgang, no hagas eso, sigue leyendo, el viejo profesor se había sonado la nariz con un amplio pañuelo de cuadros: «Le pregunté por la fotografía», prosiguió con voz estentórea, «esa en el marco, sobre el escritorio. Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada, mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa, el gato en los brazos de mi hijita, y un cerezo en flor, y sobre el cerezo un pájaro volador no identificado, respondió.»

El resto ya no lo había escuchado, o tal vez ya no quiso seguir escuchándolo, qué amable el viejo profesor del cantón de San Galo, los primos de San Galo son un poco paletos, eran palabras de la tía abuela oídas en alguna ocasión en la cocina, criaturas extrañas, son buena gente, pero viven en ese sitio tan aislado entre montes y lagos, en cambio quien le parecía delicioso a ella era el viejo profesor de San Galo, hasta había hecho fotocopias del poema que quiso leer en el brindis, qué delicadeza, y las había dejado a disposición de los invitados sobre la mesa ya puesta, entre el postre y los quesos, porque, según decía, ése era el mejor homenaje a la memoria del abuelo, «mi añorado e inolvidable hermano Josef, en cuyo lugar el Señor hubiera debido llamarme a mí». Y, en cambio, era él el que estaba vivito y coleando, con sus abundantes venillas rojas en la nariz que el alcohol hacía aún más evidentes, y entretanto la abuela escuchaba embelesada (o acaso dormitaba) el elogio poético de su cuñado hacia su difunto marido, porque el aniversario de aquella muerte, ya hacía una década, era el motivo de la solemne reunión de familia, hay que conmemorar a los difuntos aunque a pesar de todo la vida siga, y la vida que sigue merece ser celebrada tanto o más que los difuntos, y que se fastidien los envidiosos, porque la familia es la familia, sobre todo una familia histórica como la nuestra, que ya a principios del siglo xix tenía casas de postas que llegaban desde Ginebra hasta el cantón de San Galo, y desde el lago Constanza hasta Alemania, y desde Alemania hasta Polonia, quedan aún grabados y fotografías, están todos en el álbum familiar, de esas antiguas casas de
postas nació después la red comercial que hace hoy célebre a la familia Ziegler en Suiza y en toda Europa, los fundadores hace tiempo que murieron, los herederos más viejos no tardarán en hacerlo, pero la familia continúa, porque la vida continúa, por eso estamos aquí, para celebrar la vida que continúa, con nuestros hijos y nietos, concluyó triunfalmente el tío abuelo de San Galo.
Y ahí estaban, los herederos de tanta tradición. El gesto teatral del tío abuelo de San Galo, que declamaba con voz conmovida el poema, parecía dirigirse precisamente a ellos: al chiquitín de ricitos rubios que ya llevaba corbata y a la niñita del rostro lleno de pecas,ignaros ambos de que aquella mano se dirigía precisamente a ellos, e ignaros de la memoria del desconocido abuelo Josef, abstraídos como estaban en disputarse una porción de tarta de chocolate, y el varón, que había sobrepujado a su hermana, llevaba ya el signo de la victoria bajo la nariz, como unos bigotes en un teatrillo de títeres, y la última nuera, la
blanca Greta, tan cumplida, con una servilletita de
encaje, de San Galo también, como el tío abuelo,
limpió la mancha de chocolate del rostro de su hijo y
sonrió. Una hermosa sonrisa sobre un lozano rostro
de leche y de sangre, como había oído decir una vez
en aquel pueblo, aunque tal vez no fuera en Ginebra,
sino en Lugano: leche y sangre. Qué extraña mezcla,
la primera vez que había oído esa expresión le había
causado un extraño efecto, casi de náusea, tal vez porque se había imaginado una jarra de leche en la que
caían unas gotas de sangre. Y su pensamiento, por su
cuenta, había vuelto a una infancia que no era la
suya, sin embargo, a una aldea perdida en el tiempo,
a los pies de las montañas de un país que allí, en esa
ciudad donde estaban conmemorando ahora a un
abuelo Josef que no era el suyo y a quien no llegó a
conocer, llamaban el Magreb, como si perteneciera a
una abstracta geografía. Cuando ella era niña, no sabía que el lugar en el que vivían sus padres se llamaba
Magreb, ni siquiera ellos lo sabían, vivían allí y nada
más, y no lo sabía tampoco su abuela, cuya imagen le
afloró desde el recuerdo como desde un pozo enterrado, qué extraño, porque no era el recuerdo de una
persona, era el recuerdo de una persona que le habían
contado, ella no llegó a conocer a su abuela, ¿cómo
podía acordarse tan bien de un rostro que nunca había visto? Y después se le vino a la cabeza su madre,
porque su madre era fuerte, pero muy frágil también,
y qué hermosa era, con ese perfil altivo y los ojos
grandes, y se acordó de su forma de hablar, y de su
acento antiguo, antiquísimo, porque provenía del corazón del desierto, donde nunca se habían atrevido a
penetrar los saqueadores árabes que comerciaban con
los cuerpos de las personas, ni los sacerdotes católicos, que comerciaban con las almas, lo mejor era dejar en paz a los bereberes, son personas no comerciables. Y pensó al mismo tiempo de dónde provenía esa
profunda percepción de sí misma que sintió aflorar
por un instante frente al gesto perfecto y decidido
con el que Greta limpiaba la mancha de chocolate de
la mejilla de su hijo. De la nada, esa percepción provenía de la nada, como su recuerdo, que no era un
verdadero recuerdo, sino el recuerdo de un relato, y
no era aún un sentimiento, era una emoción y, en el
fondo, ni siquiera emoción era, no eran más que imá-
genes que su fantasía había construido de niña escuchando recuerdos ajenos, pero de aquel lugar remoto e imaginario se había olvidado después, y eso la
sorprendió. ¿Por qué aquellos lugares de arena de los
que le había hablado su madre cuando ella era una
niña habían quedado sepultados en las arenas de su
memoria? Los Grands Boulevards, ésa era la geografía que pertenecía a su memoria, las grandes avenidas
de París donde su padre tenía un elegante despacho
de notario con florido papel pintado en las paredes
y sillones de cuero, su padre, conocido abogado de un gran despacho parisiense. En la planta de encima del despacho estaba el piso en el que se había criado, un piso de ventanas altísimas y molduras de estuco en los techos: es un edificio construido por Haussmann, en casa siempre se había dicho eso: es un edificio de Haussmann, y Haussmann era Haussmann, punto y final, pero ¿qué tenía Haussmann que ver con lo que ella era?
Se lo preguntó mientras Greta limpiaba con el pañuelo de San Galo la mancha de chocolate del rostro de su hijo,y eso que se preguntaba a sí misma le hubiera gustado preguntárselo a todos los comensales de aquella fiesta familiar, a aquella familia tan hospitalaria y generosa que celebraba a un abuelo emprendedor que había sabido transformar unas viejas casas de postas en una rentable empresa comercial que ahora le pertenecía a ella también, porque le pertenecía a Michel. Pero ¿a qué propósito sacar a relucir ahora a Monsieur Haussmann? La habrían mirado como si estuviera loca. Querida mía, le habría dicho Greta (quizá se lo hubiera dicho Greta precisamente), pero ¿a qué viene eso de Haussmann? Es el mayor urbanista francés del siglo xix, rehízo París, tú te criaste en uno de los edificios que él construyó, ¿por qué se te ha venido a la cabeza Haussmann? Greta se sentía acomplejada por vivir en Ginebra, que en comparación con París consideraba una ciudad de provincias y tal vez lo hubiera tomado como una provocación. La verdad es que no era algo que pudiera decirse en el comedor de una fiesta familiar, en aquella sólida casa de amplias ventanas que daban al lago, ante una mesa aparejada en la que había de todo, hubiera podido hablar del desierto, pero le habrían preguntado a qué venía eso del desierto, ella hubiera podido contestar que el desierto, si tenía algo que ver, era por oposición, pues vosotros, aquí, delante de vosotros, tenéis un magnífico lago rebosante de agua que tiene incluso un surtidor en el centro que lanza el agua verticalmente a cien metros de altura, y en cambio mi abuela estaba rodeada de arena y cuando era niña, para ir a coger un cántaro de agua, por la mañana tenía que ir al pozo de Al Karib, ahora se me ha venido a la cabeza hasta el nombre, y ella tenía que recorrer tres kilómetros a oscuras de ida y tres kilómetros bajo un sol ardiente para volver con el cántaro sobre la cabeza, y vosotros no podéis saber lo que es de verdad el agua, porque tenéis demasiada.
¿Eran ésas cosas que debían decirse? ¿Y ellos qué culpa tenían? ¿A lo mejor podía decirles que se le había venido a la cabeza la expresión leche y sangre, realmente monstruosa, en su opinión, porque cuando era muy pequeña su abuela se la llevaba con ella a veces por la noche al establo y ella miraba fascinada aquel líquido cándido que su abuela extraía de las ubres de las cabras en una palangana de zinc, y después lo llevaban a casa con la reverencia debida a un regalo divino, pero si en ese cándido líquido hubieran
caído unas gotas de sangre, habría resultado monstruoso, habría huido espantada, pero no podía decirlo, porque no era un recuerdo, era una fantasía, un falso recuerdo, ella nunca había estado en aquel establo, y así,huyendo de un falso recuerdo, ahora me hallo aquí, pensó, con esta amable familia que con tanto afecto me ha abierto sus brazos, pido disculpas a todos, lo que digo no tiene lógica, será porque estaba mirando mis manos algo más oscuras y la expresión leche y sangre me ha sonado realmente extraña, es que quizá me haga falta un poco de aire fresco, en verano en Ginebra hace más calor incluso que en París, hay más humedad, quizá lo que me haga falta es tomar el aire, esta fiesta me ha gustado mucho, sois todos de lo más amable, pero es como si realmente me hiciera falta un poco de aire, hace años, cuando éramos novios, Michel me llevó hasta unos prados de los montes, fuimos en autobús, el que llega a la última aldea, si no recuerdo mal, en el fondo no estaban muy lejos, si cojo un taxi llegaré en media hora, en el fondo los prados no están ni a mil metros, Michel debe de haberse ido ya a echar la siesta, decidle que no se preocupe, estaré de regreso antes de cenar.
* * *

jueves, 12 de abril de 2007

Antonio Lobo Antunes

Mi muerte



Hablo poco. Hablo poco y cada vez hablo menos. En primer lugar porque me distraigo y olvido el tema de las conversaciones y en segundo lugar porque las personas no esperan que les responda sino que las oiga, lo que es fácil si asientes de vez en cuando y dices
         -Pues claro
       cuando me miran con las cejas levantadas a la espera de aprobación y aplauso. Me he hecho un especialista del
         -Pues claro
        que sé pronunciar por lo menos en veintitrés tonos diferentes según el humor y el ímpetu
        (o la falta de él)
        del interlocutor, y si me preguntan con sorpresa

        -¿Pues claro qué?
      tuerzo la boca en una sonrisa enigmática y sutilmente aprobadora para que el otro, tranquilizado, deshaga sus dudas, me dé en el hombro una palmada satisfecha, suelte con alivio
         -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
      y se lance a un relato sinuoso en cuya primera curva me pierdo, aunque vuelva a murmurar pensando quién sabe en qué
         -Pues claro
      en los intervalos de silencio que de vez en cuando me abren, destinados a mi admiración y a mi aplauso. 
         Porque yo no puedo hablar
         (y no hablo)
      pero estoy de su parte, estoy siempre de su parte, y estoy de su parte por no haber escuchado nada y porque detesto argumentar, tener razón, opiniones, convicciones, motivos. Por eso me limito al
         -Pues claro
       y al asentimiento mudo. Concentrado. Fruncido el ceño. Fraternal. Algunas veces sustituyo esta forma de aplauso por un suspiro que significa
        -A mí me lo vas a decir
         o por el adverbio
         -Exactamente
       que al contrario de lo que se pueda imaginar es el más vago, el más inocuo y estimulante de los comentarios, aquel que posibilita a mi compañero explorar diversas variantes de su tema, cotejarlas, elegirlas, rechazarlas, enfrentar unas con otras, valorar su densidad y su peso
         -Exactamente
         que en general hago seguir de la frase
         -Ya te digo
         que hasta ahora se ha revelado como un éxito seguro. Por eso no comprendo lo que ocurrió la semana pasada, cuando Pedro me telefoneó y quedamos en la cafetería de al lado de la casa. Yo pedí un té de limón y él pidió un café y comenzó a hablar. Eran las tres de la tarde, sólo había un señor mayor resolviendo crucigramas en una mesita cerca del escaparate y el camarero limpiando botellas detrás de la barra. No comprendo porque me comporté como de costumbre. Dije
          -Pues claro
          asentí con la cabeza, esbocé la sonrisa enigmática, alentadora, murmuré en cuatro o cinco ocasiones
          -Ya te digo
         suspiré solidario
          -A mí me lo vas a decir
          Pedro me dio en el hombro una palmada satisfecha
          -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
          y aproveché para añadir, pensando en Ana, en el cuerpo de Ana, en los besos de Ana
          -Si yo fuese tú haría lo mismo
          y no entiendo el  motivo que lo llevó a sacar el revolver y a pegarme dos tiros en el pecho.
          Me preocupa sobre todo que Ana se quede sola con los niños por tener a su marido en la cárcel. Me preocupa también no poder visitarla por estar aquí en el hospital conectado a este aparato sin poder levantarme. Es poco probable que vuelva a verla: el médico ha accedido a esperar a que mi hermana menor llegue del Fundao para despedirse de mí antes de desconectar el aparato.

miércoles, 21 de marzo de 2007

Fernando Pessoa


El Libro del Desasosiego FIRST ARTICLE Cuando nació la generación a la que pertenezco, encontró al mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro, y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las generaciones anteriores había hecho que el mundo para el que nacimos no tuviese seguridad en el orden religioso, apoyo que ofrecernos en el orden moral, tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político. Ebrias de las fórmulas exteriores, de los meros procesos de la razón y de la ciencia, las generaciones que nos precedieron derrocaron todos los fundamentos de la fe cristiana, porque su crítica bíblica, ascendiendo de la crítica de los textos a la crítica mitológica, redujo los evangelios y la anterior hierografía de los judíos a un montón dudoso de mitos, de leyendas y de mera literatura; y su crítica científica señaló gradualmente los errores, las ingenuidades salvajes de la «ciencia» primitiva de los evangelios; y, al mismo tiempo, la libertad de discusión, que sacó a pública discusión todos los problemas metafísicos, arrastró con ellos a los problemas religiosos donde perteneciesen a la metafísica. Ebrias de algo dudoso, a lo que llamaron «positividad», esas generaciones criticaron toda la moral, escudriñaron todas las reglas de vida, y de tal choque de doctrinas sólo quedó la seguridad de ninguna, y el dolor de no existir esa seguridad. Una sociedad indisciplinada así en sus fundamentos culturales no podía, evidentemente, ser otra cosa que víctima, en la política, de esa indisciplina; y así fue como despertamos a un mundo ávido de novedades sociales, y que con alegría iba a la conquista de una libertad que no sabía lo que era, de un progreso que nunca definió. Pero el criticismo ordinario de nuestros padres, si nos legó la imposibilidad de ser cristianos, no nos legó el contentamiento con que la tuviésemos; si nos legó la incredulidad en las fórmulas morales establecidas, no nos legó la indiferencia ante la moral y las reglas de vivir humanamente; si dejó dudoso el problema político, no dejó indiferente a nuestro espíritu ante cómo se resolvería ese problema. Nuestros padres destruyeron alegremente porque vivían en una época que todavía tenía reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruían lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiesen destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados. En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación. 4 Pertenezco a una generación que ha heredado la incredulidad en la fe cristiana y que ha creado en sí una incredulidad de todas las demás fes. Nuestros padres tenían todavía el impulso creyente, que transferían del cristianismo a otras formas de ilusión. Unos eran entusiastas de la igualdad social, otros eran enamorados sólo de la belleza, otros depositaban fe en la ciencia y en sus provechos, y había otros que, más cristianos todavía, iban a buscar a Orientes y Occidentes otras formas religiosas con que entretener la conciencia, sin ella hueca, de meramente vivir. Todo esto lo perdimos nosotros, de todas estas consolaciones nacimos huérfanos. Cada civilización sigue la línea íntima de una religión que la representa: pasar a otras religiones es perder ésta y, por fin, perderlas a todas. Nosotros perdimos ésta, y también las otras. Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la formula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso. Sin ilusiones, vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos nos disminuimos, porque el hombre completo es el hombre que se ignora. Sin fe, no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida. No teniendo una idea del futuro, tampoco tenemos una idea de hoy, porque el hoy, para el hombre de acción, no es sino un prólogo del futuro. La energía para luchar nació muerta con nosotros, porque nosotros nacimos sin el entusiasmo de la lucha. Unos de nosotros se estancaron en la conquista necia de lo cotidiano, ordinarios y bajos buscando el pan de cada día, y queriendo obtenerlo sin trabajo sentido, sin la conciencia del esfuerzo, sin la nobleza de la consecución. Otros, de mejor estirpe, nos abstuvimos de la cosa pública, nada queriendo y nada deseando, e intentando llevar hasta el calvario del olvido la cruz de existir simplemente. Imposible esfuerzo en quien no tiene, como el portador de la Cruz, un origen divino en la conciencia. Otros se entregaron, atareados por fuera del alma, al culto de la confusión y del ruido, creyendo vivir cuando se oían, creyendo amar cuando chocaban contra las exterioridades del amor. Vivir, nos dolía, porque sabíamos que estábamos vivos: morir, no nos aterraba, porque habíamos perdido la noción normal de la muerte. Pero otros, Raza del Final, límite espiritual de la Hora Muerta, no tuvieron el valor de la negación y el asilo en sí mismos. Lo que vivieron fue en la negación, en el desconocimiento y en el desconsuelo. Pero lo vivimos desde dentro, sin gestos, encerrados siempre, por lo menos en el género de vida, entre las cuatro paredes del cuarto y los cuatro muros de no saber hacer. 5 Envidio —pero no sé si envidio— a aquellos de quienes se puede escribir una biografía, o que pueden escribir la propia. En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi biografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y, si nada digo en ellas, es que no tengo nada que decir. ¿Qué tiene alguien que confesar que valga o que sirva? Lo que nos ha sucedido, o le ha sucedido a otros no es mundo o sólo a nosotros; en un caso, no -es novedad, y en el otro no es cosa que sea comprendida. Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir. Lo que confieso no tiene importancia, pues nada tiene importancia. Hago paisajes con lo que siento. Hago fiestas de las sensaciones. Comprendo bien a las bordadoras gracias a la amargura, y a las que hacen punto de media porque hay vida. Mi tía vieja hacía solitarios durante lo infinito de la velada. Estas confesiones de sentir son solitarios míos. No los interpreto, como quien usase cartas para saber el destino. No los ausculto, porque en los solitarios las cartas no tienen propiamente valor. Me desenrollo como una madeja multicolor, o hago conmigo figuras de cordel, como las que se tejen entre los dedos estirados y se pasan de unos niños a otros. Sólo me preocupo de que el pulgar no estropee el lazo que le corresponde. Después, vuelvo la mano y la imagen resulta diferente. Y vuelvo a empezar. Vivir es hacer punto de media con una intención de los demás. Pero, al hacerlo, el pensamiento es libre, y todos los príncipes encantados pueden pasear por sus parques entre zambullida y zambullida de la aguja de marfil de pico al revés. Punto de ganchillo de las cosas… Intervalo… Nada Por lo demás, ¿con qué puedo contar conmigo? Una acuidad horrible de las sensaciones, y la comprensión profunda de estar sintiendo… Una inteligencia aguda para destruirme, y un poder de ensueño ávidamente deseoso de entretenerme… Una voluntad muerta y una reflexión que la arruIla, como a un hijo vivo. Sí, punto de ganchillo... 6 Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir —dormir— ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino? He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados —pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros. En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual. Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (…) Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiaría, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores. Tal vez mi destino sea eternamente ser contable y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza. Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones? Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y Cía. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre. 7 El patrón Vasques. Siento, muchas veces, inexplicablemente, la hipnosis del patrón Vasques. ¿Qué es para mí ese hombre, salvo el obstáculo ocasional de ser el dueño de mis horas, durante un tiempo diurno de mi vida? Me trata bien, me habla con amabilidad, salvo en los momentos bruscos de preocupación desconocida en que no habla bien a alguien. Sí, ¿pero por qué me preocupa? ¿Es un símbolo? ¿Es una razón? ¿Qué es? El patrón Vasques. Me acuerdo ya de él en el futuro con la nostalgia que sé que he de sentir entonces. Estaré tranquilo en una casa pequeña de los alrededores de algo, gozando de un sosiego en el que no haré la obra que no hago ahora, y buscaré, para continuar el no haberla hecho, disculpas diferentes de aquella en que hoy me esquivo a mí mismo. O estaré internado en un asilo de mendigos, feliz por la derrota completa, mezclado con la ralea de los que se creyeron genios y no fueron más que mendigos con sueños, junto con la masa anónima de los que no tuvieron poder para triunfar ni renuncia generosa para triunfar al revés. Esté donde esté, recordaré con nostalgia al patrón Vasques, a la oficina de la Calle de los Doradores, y la monotonía de la vida cotidiana será para mí como el recuerdo de los amores que no tuve, o de los triunfos que no habrían de ser míos. El patrón Vasques. Veo hoy desde allí, como le veo hoy desde aquí mismo —estatura media, achaparrado, ordinario con límites y afectos, franco y astuto, brusco y afable—, jefe, aparte su dinero, en las manos peludas y lentas, con las venas marcadas como pequeños músculos coloreados, el pescuezo lleno pero no gordo, los carrillos colorados y al mismo tiempo tersos, bajo la barba oscura siempre afeitada a tiempo. Le veo, veo sus ojos de vagar enérgico, los ojos que piensan para dentro cosas de fuera, recibo la perturbación de su ocasión en que no le agrado, y mi alma se alegra con su sonrisa, una sonrisa ancha y humana, como el aplauso de una multitud. Será, tal vez, porque no hay cerca de mí una figura más importante que el patrón Vasques por lo que, muchas veces, esa figura vulgar y hasta ordinaria se me enreda en la inteligencia y me distrae de mí mismo. Creo que hay símbolo. Creo o casi creo que en alguna parte, en una vida remota, este hombre fue en mi vida algo mas importante que lo que es hoy. 8 ¡Ah, comprendo! El patrón Vasques es la Vida. La Vida, monótona y necesaria, dirigente y desconocida. Este hombre trivial representa la trivialidad de la Vida. El lo es todo para mí, por fuera, porque la Vida lo es todo para mí por fuera. Y, si la oficina de la Calle de los Doradores representa para mí la Vida, este segundo piso mío, donde vivo, en la misma Calle de los Doradores, representa para mí el Arte. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia de la Vida sin aliviar de vivir, que es tan monótono como la misma Vida, pero sólo en un sitio diferente. Sí, esta Calle de los Doradores comprende para mí todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el de que existan los enigmas, que es lo que no puede tener solución. 9 A veces, cuando levanto la cabeza aturdida de los libros en que escribo las cuentas ajenas y la ausencia de la propia vida siento una náusea física, que puede ser de inclinarme, pero que trasciende a los números y a la desilusión. La vida me disgusta como una medicina inútil. Y es entonces cuando siento con visiones claras lo fácil que sería alejarse de este tedio si tuviese la simple fuerza de querer alejarlo de verdad. Vivimos gracias a la acción, es decir gracias a la voluntad. A los que no sabemos querer —seamos genios o mendigos— nos hermana la impotencia. ¿De qué me sirve llamarme genio si soy ayudante de contabilidad? Cuando Cesário Verde hizo que le dijeran al médico qué era, no el señor Verde, empleado de comercio, sino el poeta Cesário Verde, se valió de uno de esos verbalismos del orgullo inútil que exudan el olor de la vanidad. Lo que siempre fue, pobrecillo, fue el señor Verde, empleado de comercio. El poeta nació después de su muerte, porque fue después de su muerte cuando nació la estimación por el poeta. Hacer, he ahí la inteligencia verdadera. Seré lo que quiera. Pero tengo que querer lo que sea. El éxito está en tener éxito, y no en tener condiciones para el éxito. Condiciones de palacio las tiene cualquiera en la ancha tierra, pero ¿dónde está el palacio si no lo hacen allí?