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viernes, 27 de noviembre de 2015

Elsa Morante (Roma, 1912 - 1985)

EL HOMBRE DE LOS ANTEOJOS



El tres de diciembre (era un jueves), el hombre salió de su sórdido estudio situado en la periferia de la ciudad. Sus cabellos estaban enmarañados, la barba larga y rígida por el frío, y las ojeras ponían en sus mejillas una sombra negra. Tuvo la sensación, vaga y casi extraña, de tambalearse, y el rechinar de la escalera de madera sonó como un estruendo muy cerca de sus oídos.
En la entrada de los estudios, la portera que quitaba la nieve con una pala se detuvo y lo miró.
—¿Qué hora es? —le preguntó.
—Son las nueve —contestó ella, y lo siguió curiosamente con sus ojos rojos—. ¿Ha estado usted fuera estos días? —preguntó al final.
—¿Qué días? —dijo él, fatigándose terriblemente al pronunciar las palabras—. No me he movido de la ciudad.
—Lo decía porque no lo he visto —explicó la portera.
El hombre habría querido recordarle que justo la tarde anterior había pasado por su chiribitil a retirar el correo, pero pensó que era inútil perder el tiempo con semejante bruja. Y prosiguió su camino por la calle helada, seguido por su mirada estúpida.
Eran las nueve; iría a la lechería a desayunar y después trataría de pasar de cualquier manera las horas hasta el momento de ir junto a ella. El día antes, por ser fiesta, no había podido verla. «Horrible domingo», pensó. Recordaba que había errado todo el día por las calles de la ciudad, bajo las casas altas y oscuras y por la nieve sucia, tratando de divisar en algún sitio aquellas redondas pantorríllas desnudas, aquellos graciosos ojos de pájaro. Quizá por ello se había despertado con los huesos rotos. Naturalmente, ayer había sido inútil todo su errar de loco; pero hoy, como de costumbre, la vería. Ante esta certeza una niebla cubrió sus pupilas, y la sangre corrió a su corazón, cortándole el aliento.
Caminaba por la blanda nieve sin mirar, hundiéndose a menudo en las negras pisadas de los caballos. Larguísimos árboles sin sombra sobresalían de las casas de tejado blanco. Ante la lechería, tres hombres habían encendido un fuego; se sentó en su sitio de siempre, dando la espalda al espejo empañado, y se quitó los anteojos. Presurosa, la lechera acudió junto a él; pero tenía la sensación de ver las caras que le rodeaban extrañamente retorcidas y encogidas, llenas de ojos, y sin labios. Una vez más, se sentía tambalear.
—¿El señor ha estado enfermo estos días? —preguntó la voz de la lechera.
—¡Claro que no! —contestó secamente—. Recordará usted que ayer vine por aquí y estaba perfectamente.
—¿Cómo? —exclamó la otra, asombrada—. Usted no viene por aquí desde el domingo.
—Y justamente ayer fue domingo —murmuró, agotado.
—¡Pero si hoy es jueves! —continuó la mujer.
Él sacudió la cabeza y calló, despreciativo. Nadie mejor que él podía recordar que el día antes era domingo; nadie conocía como él la excitada fiebre de los domingos, las continuas vueltas, las inútiles esperas. Ahora una incomprensible niebla se adensaba en torno suyo y experimentaba el oscuro temor de desmayarse en aquel lugar. «Mi frente chocará con el mármol de la mesa», pensó. Pero sintió que sus dientes penetraban en el pan fresco, y que su árida lengua se humedecía. Las manos le temblaban al partir el pan, y tragaba a duras penas; pero ahora, tras el cristal opaco, divisaba con claridad los árboles similares a grandes pájaros inmóviles. Creyó oír el silbido del viento, y salió a la calle; desde la tienda lo seguían unas miradas compasivas. «Es jueves —pensó—, y ayer era domingo. No es posible». Y se rió con sarcasmo de semejante absurdo.
—Veamos, chico, ¿qué día es hoy? —preguntó al guarda del establo, con pinta de borracho.
—Jueves —contestó el otro, mirándolo torvo, con desconfianza.
—¡Dios mío! —murmuró, y trató con esfuerzo de recordar, y volvió a ver sin lugar a dudas la tarde anterior, festiva, las tiendas cerradas, la muchedumbre, su ansia, y cómo se había encerrado en su estudio, por la noche, tras haber retirado el correo en portería.
Atravesó el puente de hierro, con barandilla de arabescos, en equilibrio sobre el río helado. El cielo estaba verduzco, pesado. Aparecieron las cúpulas de la ciudad, los campanarios puntiagudos. «¿Dónde se han metido estos tres días?», pensó oscuramente. Y se rió con fuerza, oyendo cómo su voz repercutía prolongadamente sobre el puente vacío.
—Pues no bebo nunca —dijo en voz alta, como justificándose.
Y de repente advirtió que se encontraba ya cerca de la escuela. El patio estaba cuidadosamente barrido, pero el tejado estaba cubierto de nieve. «Aún faltan dos horas para la salida», pensó aturdido, y caminó de arriba abajo por el patio, con los brazos caídos a los costados, como una marioneta. Por último salió del patio y echó a andar, inerte, por el prado, oyendo el angustioso crujido de la nieve bajo sus pies; se detuvo bajo un árbol no muy alto, de ramas finas y secas, y sonrió, pensando en que ahora sólo tenía que esperar allí y que la vería. Pero le pareció ver su propia sonrisa deformada, nueva, ante sí, en un espejo, y tuvo un sobresalto.
Por aquella calle no pasó nadie; en ciertos momentos oía el ruido amortiguado de un carro, las patas de los caballos que golpeaban en la nieve. Pero todo resultaba remotísimo. El frío y la inmovilidad lo dejaron inerte y su inercia lo espantaba; pero la idea de mover un miembro del cuerpo, aunque sólo fuera alzar una mano o pestañear, lo llenaba de un espanto aún mayor. Sentía que a duras penas se mantenía en equilibrio ante un enorme vacío, y que bastaría un mínimo gesto para hacerlo resbalar por el borde. «Ahora perderé la razón, me quedaré ciego y me caeré, no puedo impedirlo», pensó con repentina lucidez.
Pero en ese instante advirtió que sonaba la campana de la salida. Inmediatamente después oyó los gritos de las alumnas y vio correr fuera a las primeras, con sus impermeables y sus gorritos y las carteras colgando de las correas. Hablaban en voz alta, se apretaban entre sí y reían; le pareció ver relampaguear entre ellas aquella sonrisa, y le acometió un temblor convulso; pero se había equivocado. Ahora sentía un calor abrasador en todo el cuerpo, salvo en las manos, que estaban sudorosas y gélidas.
Por último, vio salir a su grupo. Reconoció en seguida a las tres chicas que salían todos los días con ella, pero hoy ella no estaba. Caminaban tranquilas, sin hablarse, y él reconoció desde lejos el abrigo marrón de la más alta y su orgulloso modo de andar, sacando la barbilla. Sentía que no podía soportar la espera y la duda un minuto más, pero no daba un paso. Vio entonces con claridad que una de las tres se apartaba del grupo y caminaba hacia él.
A medida que se acercaba, pudo distinguir mejor aquella adolescente robusta, su rostro redondo de ojos oscuros y vivos, las manos gordezuelas que sostenían la cartera. Llevaba un corto abrigo por el que asomaba un borde del delantal. No tenía, como las otras, las piernas desnudas, sino abrigadas con medias de lana. Se detuvo ante él y lo miró, dubitativa, moviendo apenas los labios. El sintió una voluntad desesperada de formular la pregunta, pero ningún sonido salió de su pecho.
—Murió ayer —dijo la chica, sin esperar la pregunta—, murió de repente, pero ya estaba enferma.
—¿Cómo? —dijo, y se espantó al oír su propia voz distinta y clara.
—El profesor habló de ella y todas nos pusimos de pie —continuó la otra—. También yo dije «presente» cuando en la lista pasaron su nombre.
Al hablar observaba al hombre, con atenta curiosidad. El estaba inmóvil contra el árbol y los anteojos empañados ocultaban su mirada; tenía extrañas hinchazones en las sienes y la frente, y la barba hacía grisácea su cara viscosa y enferma. Sus labios caídos, sin color, balbucieron débilmente, y el cuerpo sobre el cual aquellas ropas sórdidas parecían como pegadas se agitó convulso, mientras sus manos parecían aferrarse al vacío. Sin hablar, se volvió y la niña lo vio bajar por el sendero; con los brazos abandonados y los hombros inclinados, con una pesada torpeza, pareció desvanecerse en la niebla.
La niña retrocedió hacia la escuela; sus compañeras, seguramente cansadas de esperarla, se habían marchado, y las ventanas estaban cerradas; también la verja estaba cerrada, y ella se asombró de que la escuela, tan animada antes, se hubiera quedado desierta en pocos minutos. Le pareció que tenía ante sí un largo trecho de tiempo que no sabía en qué gastar. Una niebla inesperada, pesada, había recubierto la parte baja de la ciudad, pero las cúpulas y las cimas de las torres aún estaban visibles y parecían colgadas de lo alto. Desde la explanada ella veía las calles, el puente y el río, pero todo indistinto, sumergido. Caminó entre los árboles, y ya no se veía la escuela; recorría un sendero de nieve sin pisotear y se dio prisa, pensando: «Voy a verla».
El lugar al que llegó no le resultaba conocido; era vasto, anegado por la niebla, y en él se alzaban elevados edificios cuyas formas y colores no se distinguían bien. Una gente oscura se ajetreaba con una velocidad febril, sin chocar entre sí ni detenerse, y ella no conseguía distinguir las caras ni la forma de los trajes de esta multitud innumerable; todos se cruzaban y se adelantaban a su alrededor, y el sonido de sus pasos era continuo, similar a una lluvia, y como amortiguado por una inmensa distancia.
Entonces ella echó a correr.
—¡María! —llamó con fuerza; y un eco replicó a su voz, después otro eco, desde puntos lejanos.
—¡María! —repitió, deteniéndose confusa.
Una voz sofocada, huidiza, como cuando se juega al escondite, contestaba por último:
—¡Clara!
Y ella echó a andar sin dirección entre aquella muchedumbre presurosa, que la rozaba sin tocarla. Gritaba, corriendo, el nombre de su compañera, hasta que la vio inmóvil en medio de la gente, de pie. La distinguía con mayor claridad cada vez; sólo llevaba puesto su delantal de la escuela, y tenía los ojos fijos y desorbitados.
—¿No tienes frío? —le preguntó, y no obtuvo respuesta—. El viento te ha despeinado —le dijo.
Entonces la otra, con un gesto distraído, se pasó dos dedos entre los rizos.
—¿Sabes? ¡Lo he visto y le he hablado! —continuo Clara, en voz baja. Su amiga se apartó de ella con una mirada asustada, meneando la cabeza.
—No quería meterte miedo —se excusó Clara a toda prisa, y la asaltó una angustia penosa.
En el rostro de su compañera se habían formado unas arrugas, sus pupilas se volvían opacas y parecía mucho más flaca.
—Seguramente es su enfermedad —pensó Clara.
—Fue él quien me mató —dijo la otra de inmediato, con una voz tan aguda que ella se estremeció.
No era posible hacerse oír sin gritar; ahora toda aquella gente en fuga hacía nacer a su alrededor un viento fragoroso y era necesario apretarse el cuerpo con los brazos para sujetar los vestidos.
—¿Por qué quieres hablar en medio de tanta gente? —preguntó ella— ¿Por qué no nos retiramos a una esquina?
Pero no consiguió que oyese su pregunta, ni su acento de reproche.
María inclinó la cabeza, seria y absorta, como quien recuerda a duras penas. Cuando empezó a hablar de nuevo, bajó el tono de la voz, hasta el punto de que sus palabras se perdían en el silbido del aire y apenas se comprendían por el movimiento de los labios. Parecía no advertir la niebla y la fuga circundante, y hablaba ya de prisa ya despacio, como un pájaro perdido que bate las alas.
—Me esperaba todos los días junto al árbol —murmuró, mirando de soslayo a su alrededor.
—Todos los días, junto al árbol.
—Y cuando enfermé —prosiguió la otra, en secreto—, entró de repente en mi cuarto. El aire no era claro, y yo creía encontrarme con ustedes en la calle. Ustedes se reían de sus anteojos, y yo le grité que los echaran; pero después me acordé de que me había quedado en la cama con fiebre y de que aquél era mi cuarto. Él se agrandaba como una mancha negra, avanzando desde el fondo de la pared, y decía: «Aquí estoy, he venido». Sus dientes se entrechocaban, mientras trataba de sonreír. Yo grité: « ¡No te conozco! ¡Vete! » Entonces se quitó los anteojos para darse a conocer, y descubrí sus dos ojos inmóviles. «¿Por qué me miras como un ciego?» —pregunté. «Porque duermo —me contestó—, estoy cansado. Ayer fue vacación, tú tenías fiesta, y he vagado hasta la noche para encontrarte, olfateando la nieve como un perro para buscar las huellas de tus pies. Estoy cansado, los brazos me pesan, las rodillas se me doblan». «¡Vete! —le dije—. Este cuarto es mío. Tengo miedo.»
«Quiero darte miedo —contestó balbuciendo—. Pero aún no me atrevo a tocarte». Y yo comprendí que iba a matarme, por la forma en que agitaba las manos. Me daba vergüenza hablar de él a mí madre, que no lo veía, aunque él seguía de pie en un rincón. Durante todo el día y toda la noche se quedó allí, y yo lo miré sin poder dormir ni un minuto, porque el colchón quemaba y las mantas pesaban. Por la mañana me dijo: «Mañana», y repetía «mañana» cada vez más despacio. Me habría escapado a la calle, pero no tenía fuerzas en las piernas. Nadie me liberaba.
Todos caminaban de puntillas, y después empecé a gritar, porque la habitación se vació, y yo no vi a nadie, excepto a él. Estaba mal vestido, pálido, clavaba en mí los ojos, y se tambaleaba, apretando los puños y sonriéndome. Sentía que la nieve caía alrededor, y las paredes descendían replegándose sobre mí y sobre él. Entonces fue cuando mi madre dijo: «Incluso con tantas mantas tiene frío. Tiembla, la criatura. Hay que ponerle otro camisón, el de lana».
Acabada la segunda noche, el tercer día fue corto como un minuto, y yo sentí que él se reía con un rumor bajo. Su carcajada corría por el cuarto como un ratón, y yo no conseguía expulsarla, ni siquiera tapándome los oídos. Oía a lo lejos vuestras voces que hablaban de mí, y comprendía que errabais en torno a mi cama. «No es posible —pensé—, que le permitan acercarse». Y en cambio sentí un aliento en la cara. « ¡No! —grité—. ¡No quiero! » Él ya no hablaba y sus manos, cuando me mataron, quedaron flojas como trapos; echó a andar por una calle lejana, subió unos peldaños de madera, hasta una puerta, y sus ojos se cerraban de sueño. Entonces pude alejarme de él.
—Has gritado tanto, antes —observó, pensativa. Clara.
—Nadie lo comprendía —dijo la otra, con voz de llanto, airada; y volvió hacia su amiga una cara como envejecida, con ojos secos que parecían agrandados por un maquillaje.
—Ya no está —murmuró con un suspiro—. Se ha marchado.
En medio de aquellas casas altas e informes, ella parecía tan pequeña que a Clara le dio pena.
—Hoy —le anunció entonces en secreto— todas hemos contestado «presente», en la lista, cuando leyeron tu nombre.
María se sacudió y le dijo:
—Ven.
Las dos amigas se cogieron de la mano. María conducía a Clara y caminaba temerosa, empujando hacia adelante su nueva y pequeña cara marchita. El viento se debilitaba y la muchedumbre raleaba a su paso; cuando llegaron junto a un muro bajo, sobre el que crecía la hierba, la niebla se había vuelto transparente como un cristal.
—Ya no hay nadie —bisbisearon.
María se detuvo recelosa, aún jadeando. Después sacudió la cabeza y se arrimó al muro, con una ansiosa y extravagante sonrisa.
—¡Mira! —exclamó con un breve chillido de triunfo. Y despacio, con infinita trepidación y respeto, como quien descubre un misterio, se abrió el escote del delantal.
«No lleva nada debajo», pensó la otra.
E inclinadas, miraron juntas, conteniendo la respiración, asombradas. Se veía que el pecho empezaba a nacer; en la piel infantil, blanca, a los dos lados, despuntaban dos pequeñas cosas desnudas, parecidas a dos yemas nacientes de una flor.
Se rieron juntas, muy bajito.

domingo, 5 de abril de 2015

Giovanni Papini (Italia, 1881-1956)

LA PLEGARIA DEL BUZO

1
El mismo día en que cumplí dieciocho años mi padre me llamó dulcemente y me dijo con la debida gravedad:
-El Señor, Dios, quiere que todo hombre haga, en la tierra, un trabajo. Él no quiere a los que miran, sentados al borde de los campos, la obra de los sembradores y de los labradores. Es preciso, pues, que elijas sin demora un arte que dé a tu vida un sentido y una finalidad. Cualquiera que sea tu elección, te prometo no ponerte obstáculos. Así, pues, decide y habla.
Y yo, que reverenciaba profundamente al Señor, Dios, y obedecía siempre a mi padre, respondí:
-Mi elección está hecha: seré buzo.
Mi padre palideció un poco, pero contestó en seguida:
-¡Hágase tu voluntad!
2
Así, desde aquel día, fui buzo. Durante muchos y largos años he vivido, solo y en silencio, bajo las grandes aguas. He habitado en todos los mares, he explorado todos los océanos, he bajado a todos los abismos. He encontrado esqueletos de barcos, cuellos de viejas anclas despuntadas, arcones llenos de monedas de oro cuyas efigies estaban corroídas por el agua; grandes; grandes monstruos luminosos, con enormes ojos blancos, me han iluminado con su resplandor irreal; largos cuerpos verdosos, semejantes a los de las sirenas, me han acariciado; he penetrado en las bocas oscuras de los volcanes sumergidos; he pisado el suelo de las Atlántidas desaparecidas; he topado con los hinchados cadáveres de los náufragos; me he debatido entre los tentáculos de pulpos colosales; he sacado a la luz montones de maravillosas perlas, de extrañas conchas, de árboles fosforescentes, los puñales que arrojaron en la noche los tremebundos homicidas, los anillos de los Dogos y la áurea copa del Rey de Tule…
Llegó, pues, el día en que conocí todas las profundidades marinas, todos los valles de los océanos y todos los golfos más tenebrosos y los tesoros más ocultos. Llegó un día en que estuve impregnado por todos los perfumes salobres y supe todos los ritmos de las olas y todas las sinfonías de las tempestades, y entonces pensé que el Señor, Dios, podía estar ya satisfecho de mi obra y decidí volver a vivir en mi ciudad, entre los seres terrestres que había dejado desde hacía larguísimos años.
3
Pero, apenas llegué a la ciudad en donde había nacido y en donde quería morir, tuve como una sensación de terrible disgusto y de tormentoso estupor. Ya no reconocía ni amaba todo aquello que me había visto niño. Acostumbrado a las grandes soledades submarinas, iluminadas por reflejos milagrosos y por luces intensas que parecen venir de las profundidades, no podía habituarme a la angosta colmena fangosa que se llama ciudad. El cielo se me antojaba como juna especie de extraña prisión, surcada por estrechos y sucios corredores, en los que pequeños animales, corrían mirándose cruel o lascivamente. Ruidosas carcajadas móviles se arrastraban por los corredores, llevando dentro a bestezuelas aprisionadas y acurrucadas; el aire pesaba por el humo y el polvo, y pesaba a alientos infectos y a olores sofocantes. Los hombres me daban la idea de condenados a muerte, enloquecidos en la inútil espera de la gracia. Sus caras me resultaban odiosas, como las de los reptiles blanquecinos que deponen sus huevos cerca de las tumbas; sus ojos me parecían vacíos, como si el alma los hubiera abandonado; sus palabras sonaban en mis oídos como cantinelas de mendigos eternamente hambrientos o como gritos descompuestos de águilas a las que están cortando las alas. En sus casas tenebrosas y angostas vi yacijas en que se arrojaban por la noche como si fueran a morir, y mesas cubiertas de restos de cadáveres y de hojas arrancadas brutalmente a la frescura de la tierra. Habían fabricado grandes habitaciones, en donde algunos simulaban amar y morir, moviéndose con vestidos de muchos colores y bordados bajo la luz falsa de lámparas redondas, y grandes salas, en donde algunos de ellos, vestidos grotescamente de negro, simulaban salvar a la patria y al mundo chillando con gran seriedad. Y otras salas, en cuyas paredes estaban colgados pedacitos de tela cubiertos de colores y de líneas, con la intención de hacer soñar un mundo mejor que aquel en que viven.
Pero yo no comprendía, acostumbrado a los deslumbrantes silencios de las profundidades, muchos de sus gestos y muchas de sus palabras. Toda aquella vida, en medio de la cual, sin embargo, había nacido y crecido, me parecía sin significado: vacía, pavorosa, torpe, soez, pútrida, como la de un cubil subterráneo habitado por bestias ciegas, débiles e inmundas. Me parecía haber caído en un pozo habitado por cadáveres ambulantes y hediondos, y por la noche no tenía fuerzas para levantar los ojos, temiendo que de aquel cielo, demasiado ciudadano, hasta las estrellas hubieran huido.
Y yo pensé entre mí: “¿Quién puede haberme reducido a este estado? ¿Quién puede haberme cambiado el alma de tan terrible modo que ahora descubre lo ridículo, lo oscuro y lo feo dondequiera que mire? La ciudad es como yo la dejé de jovencito. Es más, dicen que desde aquel tiempo ha hecho muchos e insignes progresos de todo tipo. ¿Por qué, pues, se presenta ante mí, que vuelvo de los mares, tan extraña y nauseabunda, a mí que, sin embargo, la amé siendo niño con toda el alma y la encontré más bella, más majestuosa y más hospitalaria que ninguna?”
Pero no supe contestar a tales preguntas. Un hombre, que me asistía en aquel terrible estado, me aconsejó que leyera los libros de los médicos del alma y del cuerpo para encontrar el origen y el remedio de aquella que él llamaba, con sincera tristeza, mi alienación.
Y yo leí centenares y millares de libros, día y noche, siempre despierto y siempre ansioso en busca de salud. Pero en ningún libro encontré lo que buscaba. Entonces, encerrado en mi casa paterna, pensé y sufrí durante centenares y millares de horas, siempre despierto y siempre atento a la tremenda ansiedad de la salud. Pero todavía no he encontrado lo que buscaba.
Ahora me dirijo a ti, hombre que estás ante mí con tu malvada sonrisa de verdugo ocioso y con tus ojos que nunca han mirado el cielo; me dirijo a ti, hombre de las precoces e insaciables perversidades y de los secretos bien custodiados, y te ruego, en nombre de la tierra de la que naciste, de la tierra de que te nutres, de la tierra por la que te arrastras, te ruego que me digas por qué no comprendo y no amo la vida de los hombres.
Y, si me contestas, te daré una perla que recogí un día en el valle más fantástico del mar y que ningún ojo, fuera de los míos, ha visto.
Lo trágico cotidiano (Il tragico quotidiano, 1906)

martes, 13 de enero de 2015

Giuseppe Ungaretti. (Alejandría, 1888 - Milán, 1970)

ECO

Descalza vas desde arenas lunares,
Aurora, amor festivo, y con un eco
Pueblas el universo desterrado y dejas
en la carne de los días,
perenne rastro, una llaga velada.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Alberto Moravia



FINAL DE UNA RELACIÓN


Una tarde de noviembre, Lorenzo, joven rico y ocioso, corría en automóvil hacia su casa, donde sabía que su querida lo estaba esperando hacía ya más de media hora. El tiempo, que había empeorado repentinamente con una lluvia desordenada e intermitente y un viento muy desagradable, que encontraba siempre la manera de soplar en plena cara fuera cuál fuera la dirección en que se marchara, cierto insomnio que todas las noches, tras las primeras horas de sueño, lo despertaba de improviso y lo mantenía en vela hasta el alba, una sensación de pánico, de persecución y de opacidad de la que hacía meses no conseguía librarse, todo contribuía a poner a Lorenzo en un estado de ánimo enardecido y rabioso. «Acabar con todo esto», se repetía continuamente mientras conducía el coche por las calles de la ciudad y sentía que la menor nadería -el limpiaparabrisas que interrumpía un momento su vaivén sobre el vidrio empapado, la palanca de las marchas que en medio del tráfico, bajo su mano frenética, no entraba bien, los inútiles clamores de las bocinas de los automóviles parados tras el suyo- le producía una pena aguda y miserable, con ganas de gritar: «Pero ¿acabar con qué?» Lorenzo no habría podido responder con exactitud a esta pregunta. Cada vez que dirigía la mirada desde su injustificada miseria a su propia vida comprendía que no le faltaba nada, que no había nada que cambiar, que había obtenido todo lo que deseaba e incluso algo más. ¿Acaso no era rico? ¿Y no hacía de sus riquezas un uso juicioso y refinado?
Casa, automóvil, viajes, trajes, diversiones, juego, veraneos, vida de sociedad y querida; a veces se le ocurría enumerar todo lo que poseía, con una especie de hastío vano y orgulloso, para acabar concluyendo que el origen de su malestar debía buscarse en algún trastorno físico. Pero los médicos a los que había acudido con el alma llena de esperanzas lo habían desilusionado de inmediato: estaba sanísimo, no aparecía en él ni la más leve sombra de enfermedad. Así, sin motivo, la vida se había convertido en un árido y opaco tormento para Lorenzo. Cada noche, al acostarse después de un día vacío y tétrico, se juraba a sí mismo: «Mañana será el día de la liberación.» Pero a la mañana siguiente, al despertarse de un sueño fatigoso, le bastaba con abrir no ya los dos ojos, sino uno solo, para comprender que aquel día no sería muy distinto de los que lo habían precedido. Le bastaba con echar una ojeada a su dormitorio, en el cual todos los objetos parecían recubiertos con la pátina opaca de su pena, para estar seguro de que tampoco ese día la realidad aparecería más nítida, más alentadora y más comprensible de lo que había sido una semana o un mes antes. Sin embargo, se levantaba, se ponía una bata, abría la ventana, lanzaba un disgustado vistazo a la calle ya llena de la madura luz de muy entrada la mañana, y luego, como esperando que el agua fría y caliente pudiera quitarle de encima aquella especie de funesto encantamiento, como le quitaba los sudores y las impurezas de la noche, se encerraba en el baño y se dedicaba a un arreglo personal que parecía hacerse cada vez más refinado y minucioso a medida que se ahondaba su extraña miseria. Así transcurrían dos horas en cuidados inútiles; dos horas durante las cuales Lorenzo, una y mil veces, tomaba un espejo y se quedaba escrutando su propio rostro, como si esperara sorprender en él una mirada, hallar una arruga que pudiera hacerle intuir los motivos de su cambio. «Es la misma cara -reflexionaba rabiosamente- que tenía cuando era feliz, la misma cara que les gustó a las mujeres a las que amé, que sonrió, que estuvo triste, que odió, envidió y deseó; en suma, que tuvo su vida. Y ahora, en cambio, quién sabe por qué, todo parece acabado.» Pero a pesar de la vaciedad y la amargura de esos cuidados dedicados a su persona física, aquellas dos horas eran las únicas de la jornada durante las que lograba olvidarse de sí mismo y de su miserable estado, quizá debido a que el empleo que les daba era preciso y limitado y no exigía ninguna reflexión. Por lo demás, él lo sabía («una prueba más -solía pensar a veces- de que no soy ya más que un cuerpo sin alma, un animal que pasa su tiempo alisándose el pelo») y las prolongaba de intento. Después comenzaba verdaderamente la jornada, y con ella su árido tormento.
El departamento de Lorenzo estaba en la planta baja de un palacete nuevo, situado al final de una callejuela aún incompleta que, partiendo de la avenida suburbana, se perdía en el campo pocas casas más allá. Salvo la suya, todas las casas del callejón se hallaban deshabitadas o en trance de construcción; no existía adoquinado, sino un fango espeso surcado por las rodadas profundas y duras que habían dejado los carros en su ir y venir a las obras con su cargamento de tierra y de piedras; sólo había dos farolas junto a la entrada de la calle, de forma que aquel día, tan pronto como atravesó el vasto y antiguo charco que obstruía el comienzo, por una luz que brillaba al final de la oscura calle, húmeda y reluciente, más o menos en el punto en que estaba su dormitorio, Lorenzo comprendió que -como se había figurado- su amante ya había llegado y estaba esperándolo. Ante este pensamiento le asaltó un mal humor intenso e irracional contra la mujer, que no tenía ninguna culpa y que había acudido a la cita que él le diera; y, al mismo tiempo, un presentimiento de que estaba a punto de ocurrir algo decisivo. Apretando los dientes debido a la gran ferocidad del sentimiento que oscurecía su mente, detuvo el coche ante la puerta, cerró con ira la portezuela y entró en la casa.
Sobre el mármol amarillo de la mesita de falso estilo Luis XV que había en el vestíbulo vio, junto al corto paraguas y al bolso, un curioso paquete erizado de puntas agudas. Intrigado, deshizo la envoltura del papel: era una pequeña locomotora de lata; antes de acudir a la cita, su amante, que estaba casada desde hacía ocho años y tenía dos niños, había ido, como buena madre que era, a comprar un juguete para regalárselo aquella noche cuando, cansada y lánguida, volviera a casa poco antes de la cena. Lorenzo envolvió de nuevo el juguete en su papel, colgó el impermeable y el sombrero y pasó al dormitorio.
De inmediato, a la primera mirada, comprendió que la mujer, para entretenerse durante la espera, se había preparado a sí misma y al cuarto de manera que él, al llegar desde la noche fría y lluviosa, recibiera inmediatamente la impresión de una intimidad afectuosa y confortante. Sólo estaba encendida la lámpara de la cabecera, y ella la había envuelto con su camisa de seda rosa para que la luz fuera cálida y discreta; en una mesita estaban preparadas la tetera y las tazas; su bata de seda, desplegada en una butaca, y sus pantuflas afelpadas puestas en el suelo, bajo la bata, parecían dispuestas a saltar encima de él y a revestirlo, tan grande era el cuidado con que habían sido arregladas. Pero el malhumor que le inspiraron estas atenciones casi conyugales se redobló cuando vio que la mujer, para recibirlo dignamente, había tenido la idea de ponerse un pijama suyo. La mujer estaba tendida de lado sobre la colcha amarilla y suntuosa de la cama, y el pijama de grandes rayas azules, demasiado estrecho para sus caderas amplias y rotundas y para su pecho lleno y prominente, mal abrochado y mal puesto, la obligaba a adoptar una torpe e inconveniente actitud, que contrastaba desagradablemente con sus cabellos, negros y largos, y con la expresión plácida e indolente de su rostro. Todo esto lo observó Lorenzo en la primera y aguda ojeada que echó al cuarto. Luego, sin decir palabra, se sentó sobre la colcha, al borde de la cama.
Hubo un instante de silencio.
-¿Sigue lloviendo? -preguntó por fin la mujer, mirándolo con una serena e inerte curiosidad y acurrucándose junto a él, como si hubiera percibido inconscientemente la crueldad que había en los ojos inmóviles y absortos de Lorenzo.
-Llueve -contestó él.
Hubo un nuevo silencio, la amante le dirigió tres o cuatro preguntas, recibiendo siempre las mismas breves y angustiadas respuestas, y en seguida le preguntó:
-¿Qué tienes?
Y, mientras hablaba así, se arrastró hasta él y se acurrucó a su lado.
-¿Qué tienes? -repitió anhelante, con un principio de aprensión en sus hermosos ojos, negros e inexpresivos.
Al verla tan cerca, viva y ansiosa, y al mismo tiempo tan remota a causa de su malestar, Lorenzo sintió que un mutismo árido y angustioso oprimía su garganta. «Quizá toda la culpa sea de ese maldito pijama que se le ha metido en la cabeza ponerse», pensó. Y, mientras contestaba que no tenía nada, intentó quitarle la chaqueta de gruesas rayas con manos desmañadas e impacientes.
Creyendo que el joven quería desnudarla para acariciarla mejor, bastante satisfecha por poder atribuir su inquietante silencio a una turbación de los sentidos, la mujer se apresuró a deshacerse del pijama y, desnuda y plácida, se tendió de nuevo en la actitud de pasiva espera en la que Lorenzo la había encontrado al entrar en el cuarto. Siempre sin decir una palabra, él se sentó a su lado y comenzó a acariciarla de manera distraída y preocupada, casi sin mirarla y como pensando en otra cosa. Sus dedos se enredaban ociosamente en los negros cabellos, desordenándolos y volviéndolos a alisar, su mano se posaba abierta e insegura ora en su pecho desnudo, como si quisiera sentir la tranquila respiración que lo animaba a intervalos, ora sobre el vientre, como teniendo la curiosidad de sorprender bajo su amplia e inmóvil blancura el latido del deseo; pero, en realidad, para él era como tocar un tronco exánime e informe; con lucidez, mientras lo acariciaba, advertía que no experimentaba ningún amor por aquel hermoso cuerpo y que ni siquiera percibía su vida, fuera aliento o deseo; y esta irremediable sensación de alejamiento se agudizaba dolorosamente debido a las miradas angustiadas e interrogativas con las que su amante no dejaba de examinarlo, como un enfermo tendido en la camilla de hierro de un médico. Luego, Lorenzo se acordó de pronto del tranquilo e indiferente disgusto con que un gato suyo, cuando ya no tenía hambre, desviaba el hocico ante el plato que se le ofrecía.
-El animal está saciado -exclamó entonces, con voz irónica y triunfante- y no quiere comer más.
-¿Qué animal, Renzo? -preguntó, inquieta, la mujer-. ¿Qué te pasa?
Lorenzo no contestó nada a esta pregunta, pero al mirarla, con ojos aguzados por el árido sufrimiento que le oprimía, su vista se detuvo en la mano con la cual -en un gesto lánguido y patético de inconsciente defensa- ella se cubría el pecho. Era una mano bastante bonita y más bien grande, ni demasiado gordezuela ni demasiado nerviosa, blanca y lisa, y llevaba en el anular un sencillo anillo de bodas.
Durante un rato Lorenzo miró ese anillo, miró el cuerpo desnudo, joven y espléndido, aovillado con cierto empacho sobre la colcha amarilla y lisa del lecho, y luego, de repente, fue como si -en un arrebato irresistible- todo el odio acumulado durante los tristes últimos meses en las zonas interiores de su conciencia rompiera los debilitados diques de su voluntad e inundase su alma.
-¿Qué anillo es ése? -preguntó, indicando la mano.
La amante, sorprendida, bajó los ojos sobre su pecho.
-Pero Renzo -contestó luego, sonriendo-, ¿en qué estás pensando? ¿No ves que es la alianza?
Hubo de nuevo un breve silencio; Lorenzo trataba en vano de dominar el extraño y cruel sentimiento que se había apoderado de él. Después:
-¿No te da vergüenza? -preguntó de pronto, bajando la voz-. Dime, ¿no te da vergüenza estar así, desnuda, en mi cama? Tú, una mujer casada y madre de dos niños.
Si le hubiera dicho que era de madrugada y que el sol estaba a punto de salir, la mujer no se habría quedado más asombrada. Con todos los signos de una sorpresa dolorida y aprensiva, se sentó en la cama y lo miró.
-¿Qué quieres decir con eso? -interrogó.
Absolutamente incapaz ya de contenerse, Lorenzo sacudió con violencia la cabeza y no contestó.
-¿No te da vergüenza? -repitió después-, ¿no te preguntas qué pensarían tu marido y tus hijos si te vieran aquí, en mi cama, sin nada de ropa encima, o si pudieran verte cuando nos abrazamos y observar cómo la cara se te pone roja y excitada, y cómo meneas el cuerpo, y qué posturas adoptas? ¿O si pudieran oír las cosas que me dices a veces?
Más que la vergüenza de la que Lorenzo hablaba, parecía que la mujer experimentaba una sensación de espanto. Replegando las piernas bajo los muslos, se incorporó aún más en la cama, y al hacer este gesto sus largos y negros cabellos cayeron sobre su pecho y sus hombros; en seguida, suplicante y cohibida, puso una mano en la mejilla del joven.
-Pero ¿qué tienes? -volvió a preguntar-. ¿Por qué me haces esas preguntas? ¿Qué tienen que ver con nosotros?
-Tienen que ver -contestó Lorenzo; y con un rudo movimiento de la cara apartó aquella mano afectuosa. Sin comprender, perpleja, la amante se calló un rato, mientras lo observaba.
-Pero yo te quiero -objetó por último, dejando al descubierto la verdadera naturaleza de su preocupación-. ¿Es que crees que no te quiero?
Su sinceridad era evidente; pero volvía a hacer sentir a Lorenzo su propia incapacidad para hablar, sin mentir, el vago e impreciso lenguaje del amor; y esto ensanchó la distancia que ya los separaba. Durante mucho tiempo, mudo y trastornado, él la miró sin moverse. «Lo malo es que yo no te quiero», le habría gustado contestar. En vez de ello se levantó y comenzó a pasear de arriba a abajo por la amplia habitación llena de sombra. De vez en cuando lanzaba una ojeada a la mujer, allá sobre la cama, y veía cómo cada vez que sus miradas se detenían en ella cambiaba atemorizada de actitud, ora cubriéndose el regazo, ora sacudiéndose los cabellos, ora poniendo una mano sobre los pies aplastados por los pesados muslos, sin dejar de seguir con sus ojos intimidados su silencioso ir y venir. «Me quiere -pensaba mientras tanto-. ¿Cómo puede decir que me quiere si ni siquiera remotamente sabe cómo soy ni quién soy?»
La aridez de su sentimiento le secaba la garganta; se detuvo de improviso ante un bargueño dorado y falso como todos los otros muebles del cuarto, lo abrió, sacó una botella y se sirvió un gran vaso de soda. Entonces, en el momento en que se disponía a beber:
-Renzo -profirió la mujer con su voz bonachona, cálida y un poco vulgar-, Renzo, dime la verdad. Alguien te ha hablado mal de mí y tú te lo has creído. Dime la verdad, ¿no es así?
Ante estas palabras detuvo el vaso que se estaba llevando a los labios y se demoró un momento observándola: con el rostro desconcertado y suplicante, con los cabellos blandamente esparcidos sobre el pecho y los brazos, con el cuerpo blanco y lleno, enteramente plegado y recogido, le pareció que su amante no habría podido dar a entender más claramente su propia ceguera ante lo que ocurría. Sin responderle, bebió y dejó el vaso sobre el bargueño.
-Vístete -le dijo luego brevemente-. Es mejor que te vistas y te vayas.
-Eres malo -dijo la mujer, con aquel tono suyo indolente y juicioso, como si estuviera segura de que esta conducta de Lorenzo se derivaba de un mal humor pasajero-, eres malo e injusto. También yo creo que será mejor que me vaya.
Se echó el pelo hacia atrás, sobre los hombros, con un gesto pleno de indiferencia y de seguridad, bajó de la cama e hizo un ademán para acercarse a la butaca donde había dejado sus ropas. En estas palabras y en esta actitud sólo había la serenidad indolente y un poco bovina con que la mujer lo hacía todo. Pero a Lorenzo, irritado, le pareció descubrir una ironía insolente y despreciativa; y de golpe le acometió un cruel deseo de humillarla y castigarla. Se encaminó rápidamente hacia su ropa, la cogió y empezó a recorrer la habitación lentamente, tirando las prendas al suelo una a una y preocupándose de elegir los sitios más recónditos y difíciles. «Así tendrá que inclinarse al suelo para recogerlas», pensaba; y le parecía que no podía haber nada más humillante para su querida, desnuda como estaba, que esta ridícula y penosa búsqueda.
-Y ahora recógelas -dijo, volviéndose hacia la cama.
Muy asombrada, aunque ya enteramente segura de sí y de los motivos de su resentimiento, la mujer lo miró un momento sin abrir la boca.
-Te has vuelto loco -dijo por fin, tocándose la frente con el dedo en un gesto expresivo.
-No, no estoy loco -contestó Lorenzo; fue hasta la lámpara, cogió la camisa rosa con la que la mujer la había envuelto y la tiró debajo de la cama.
Se miraron. Después la mujer se encogió de hombros con indiferencia, bajó de la cama e inclinándose aquí y allá, sin la menor vergüenza, recorrió el cuarto recogiendo las ropas que Lorenzo había tirado al suelo. Hundido en su butaca, Lorenzo la seguía atentamente con la mirada; la veía, blanca y ligera, recorrer la oscura habitación, ora doblándose con la cabeza hacia abajo y las nalgas al aire, ora agachándose diligentemente con la cara pegada al suelo y el pelo esparcido alrededor, ora inclinándose hacia un lado con los senos colgantes y un pie en el aire; y le parecía que se había castigado a sí mismo en vez de a su amante; porque, mientras ella no parecía experimentar vergüenza ni humillación, y sí solamente fastidio, a él, que la miraba con crueldad, le parecía en cambio que aquellas grotescas actitudes de animal torpe destruían el deseo y también cualquier sentimiento de humana simpatía. Todo estaba perdido -reflexionaba, lleno de sufrimiento-, jamás podría salir de estas condiciones de disgusto y de desilusión; incapaz de amar, semejante a un hombre que se hunde en la arena, el menor esfuerzo que hiciera para despertar su sentimiento muerto lo hundiría un poco más en este pantano de la crueldad y de la fría práctica. Absorto en estos pensamientos, le parecía ver desde muy lejos, envuelta ya en un aire funesto e irreparable de ruptura, a su amante, que comedidamente se iba vistiendo una prenda tras otra del otro lado de la cama.
-Hasta la vista y, por favor, cúrate -le dijo ella finalmente, con un resentimiento bonachón, pero firme, desde el umbral.
Un minuto después la puerta de la casa se cerró de golpe en el vestíbulo, y sólo entonces Lorenzo, saliendo bruscamente de su amarga distracción, advirtió que se había quedado solo.
Permaneció inmóvil durante mucho rato, contemplando la colcha amarilla e iluminada de la cama, en cuyo centro persistía aún el hueco que había excavado al yacer el cuerpo de su amante. Por último, se levantó, fue a la ventana y la abrió. Ya no llovía fuera de la habitación cálida y cerrada, frente a la fresca noche invernal; sintió que su mente, como una jaula repleta de malignas arpías, se vaciaba de pronto, quedando vacía y sucia. Estaba quieto, sus ojos veían el negro y confuso terreno en construcción que había bajo la casa, con sus montones de inmundicias, los hierbajos y unas formas cautas y lentas que debían de ser gatos famélicos; sus oídos percibían los rumores de la cercana avenida, bocinas de automóviles, chirridos de tranvías, pero su pensamiento permanecía inerte y sólo creía existir a través de aquellas laceraciones solitarias y casuales de los sentidos. «Como yo, más aún, mejor que yo -pensaba mientras observaba las sombras móviles y cautelosas de los gatos sobre los blancuzcos montones de basura-, esos gatos oyen los ruidos, ven esas cosas; ¿qué diferencia hay entre yo, que soy hombre, y esos gatos?» Esta pregunta le parecía absurda, pero al mismo tiempo comprendía que en el punto al que había llegado lo absurdo y lo real se confundían estrechamente, hasta no distinguirse uno de otro. «¡Qué desdichado soy! -comenzó luego a murmurar en voz baja, sin apartarse del antepecho-. ¿Cómo me las he arreglado para verme reducido a tanta desdicha?» De pronto se le ocurrió la idea de quitarse una vida ya tan vacía e incomprensible; le pareció que el suicidio era fácil y maduro, como un fruto que le bastaría con tender la mano para coger; pero además de una especie de desprecio ante una acción que siempre había considerado como una debilidad, además de un sentido casi de deber, le pareció que lo retenía una esperanza extraña y, en su presente condición, inesperada: «No vivo -pensó de repente-, estoy soñando. Esta pesadilla no durará lo bastante para convencerme de que no se trata de una pesadilla, sino de la realidad. Y un día me despertaré y reconoceré el mundo, con el sol, las estrellas, los árboles, el cielo, las mujeres y todas las demás cosas hermosas; hay que tener paciencia; el despertar no puede tardar.» Pero el frío nocturno lo iba penetrando lentamente; al fin reaccionó y, cerrando la ventana, volvió a sentarse en la butaca, frente a la cama vacía e iluminada.

jueves, 23 de octubre de 2014

El círculo de Antonio Tabucci


EL TIEMPO ENVEJECE DEPRISA
(nueve relatos)
Antonio Tabucci

El círculo


«Le pregunté sobre aquellos tiempos en que éramos aún tan jóvenes, ingenuos, entusiastas, tontos, inexpertos. Algo de eso ha quedado, excepto la juventud, respondió.»

El viejo profesor se había interrumpido, tenía una expresión casi contrita, se había enjugado precipitadamente una lágrima que se le había asomado a una pestaña, se había dado un golpecito en la frente, como diciendo qué idiota, perdonen, se había aflojado el corbatín de aquel increíble color anaranjado y había dicho con su francés marcado por un fuerte acento alemán: les ruego que me disculpen, les ruego que me disculpen, se me había olvidado, el título del poema es «El viejo catedrático», de la gran poetisa polaca Wisława Szymborska, y en ese momento se había señalado a sí mismo, como queriendo indicar que el personaje de ese poema en cierto modo coincidía con él, después se había bebido otro calvados, más responsable de su conmoción que el poema, y se le había escapado una especie de sollozo, todos de pie, consolándolo: Wolfgang, no hagas eso, sigue leyendo, el viejo profesor se había sonado la nariz con un amplio pañuelo de cuadros: «Le pregunté por la fotografía», prosiguió con voz estentórea, «esa en el marco, sobre el escritorio. Fueron, pasaron. Mi hermano, mi primo, mi cuñada, mi esposa, mi hijita sobre las rodillas de mi esposa, el gato en los brazos de mi hijita, y un cerezo en flor, y sobre el cerezo un pájaro volador no identificado, respondió.»

El resto ya no lo había escuchado, o tal vez ya no quiso seguir escuchándolo, qué amable el viejo profesor del cantón de San Galo, los primos de San Galo son un poco paletos, eran palabras de la tía abuela oídas en alguna ocasión en la cocina, criaturas extrañas, son buena gente, pero viven en ese sitio tan aislado entre montes y lagos, en cambio quien le parecía delicioso a ella era el viejo profesor de San Galo, hasta había hecho fotocopias del poema que quiso leer en el brindis, qué delicadeza, y las había dejado a disposición de los invitados sobre la mesa ya puesta, entre el postre y los quesos, porque, según decía, ése era el mejor homenaje a la memoria del abuelo, «mi añorado e inolvidable hermano Josef, en cuyo lugar el Señor hubiera debido llamarme a mí». Y, en cambio, era él el que estaba vivito y coleando, con sus abundantes venillas rojas en la nariz que el alcohol hacía aún más evidentes, y entretanto la abuela escuchaba embelesada (o acaso dormitaba) el elogio poético de su cuñado hacia su difunto marido, porque el aniversario de aquella muerte, ya hacía una década, era el motivo de la solemne reunión de familia, hay que conmemorar a los difuntos aunque a pesar de todo la vida siga, y la vida que sigue merece ser celebrada tanto o más que los difuntos, y que se fastidien los envidiosos, porque la familia es la familia, sobre todo una familia histórica como la nuestra, que ya a principios del siglo xix tenía casas de postas que llegaban desde Ginebra hasta el cantón de San Galo, y desde el lago Constanza hasta Alemania, y desde Alemania hasta Polonia, quedan aún grabados y fotografías, están todos en el álbum familiar, de esas antiguas casas de
postas nació después la red comercial que hace hoy célebre a la familia Ziegler en Suiza y en toda Europa, los fundadores hace tiempo que murieron, los herederos más viejos no tardarán en hacerlo, pero la familia continúa, porque la vida continúa, por eso estamos aquí, para celebrar la vida que continúa, con nuestros hijos y nietos, concluyó triunfalmente el tío abuelo de San Galo.
Y ahí estaban, los herederos de tanta tradición. El gesto teatral del tío abuelo de San Galo, que declamaba con voz conmovida el poema, parecía dirigirse precisamente a ellos: al chiquitín de ricitos rubios que ya llevaba corbata y a la niñita del rostro lleno de pecas,ignaros ambos de que aquella mano se dirigía precisamente a ellos, e ignaros de la memoria del desconocido abuelo Josef, abstraídos como estaban en disputarse una porción de tarta de chocolate, y el varón, que había sobrepujado a su hermana, llevaba ya el signo de la victoria bajo la nariz, como unos bigotes en un teatrillo de títeres, y la última nuera, la
blanca Greta, tan cumplida, con una servilletita de
encaje, de San Galo también, como el tío abuelo,
limpió la mancha de chocolate del rostro de su hijo y
sonrió. Una hermosa sonrisa sobre un lozano rostro
de leche y de sangre, como había oído decir una vez
en aquel pueblo, aunque tal vez no fuera en Ginebra,
sino en Lugano: leche y sangre. Qué extraña mezcla,
la primera vez que había oído esa expresión le había
causado un extraño efecto, casi de náusea, tal vez porque se había imaginado una jarra de leche en la que
caían unas gotas de sangre. Y su pensamiento, por su
cuenta, había vuelto a una infancia que no era la
suya, sin embargo, a una aldea perdida en el tiempo,
a los pies de las montañas de un país que allí, en esa
ciudad donde estaban conmemorando ahora a un
abuelo Josef que no era el suyo y a quien no llegó a
conocer, llamaban el Magreb, como si perteneciera a
una abstracta geografía. Cuando ella era niña, no sabía que el lugar en el que vivían sus padres se llamaba
Magreb, ni siquiera ellos lo sabían, vivían allí y nada
más, y no lo sabía tampoco su abuela, cuya imagen le
afloró desde el recuerdo como desde un pozo enterrado, qué extraño, porque no era el recuerdo de una
persona, era el recuerdo de una persona que le habían
contado, ella no llegó a conocer a su abuela, ¿cómo
podía acordarse tan bien de un rostro que nunca había visto? Y después se le vino a la cabeza su madre,
porque su madre era fuerte, pero muy frágil también,
y qué hermosa era, con ese perfil altivo y los ojos
grandes, y se acordó de su forma de hablar, y de su
acento antiguo, antiquísimo, porque provenía del corazón del desierto, donde nunca se habían atrevido a
penetrar los saqueadores árabes que comerciaban con
los cuerpos de las personas, ni los sacerdotes católicos, que comerciaban con las almas, lo mejor era dejar en paz a los bereberes, son personas no comerciables. Y pensó al mismo tiempo de dónde provenía esa
profunda percepción de sí misma que sintió aflorar
por un instante frente al gesto perfecto y decidido
con el que Greta limpiaba la mancha de chocolate de
la mejilla de su hijo. De la nada, esa percepción provenía de la nada, como su recuerdo, que no era un
verdadero recuerdo, sino el recuerdo de un relato, y
no era aún un sentimiento, era una emoción y, en el
fondo, ni siquiera emoción era, no eran más que imá-
genes que su fantasía había construido de niña escuchando recuerdos ajenos, pero de aquel lugar remoto e imaginario se había olvidado después, y eso la
sorprendió. ¿Por qué aquellos lugares de arena de los
que le había hablado su madre cuando ella era una
niña habían quedado sepultados en las arenas de su
memoria? Los Grands Boulevards, ésa era la geografía que pertenecía a su memoria, las grandes avenidas
de París donde su padre tenía un elegante despacho
de notario con florido papel pintado en las paredes
y sillones de cuero, su padre, conocido abogado de un gran despacho parisiense. En la planta de encima del despacho estaba el piso en el que se había criado, un piso de ventanas altísimas y molduras de estuco en los techos: es un edificio construido por Haussmann, en casa siempre se había dicho eso: es un edificio de Haussmann, y Haussmann era Haussmann, punto y final, pero ¿qué tenía Haussmann que ver con lo que ella era?
Se lo preguntó mientras Greta limpiaba con el pañuelo de San Galo la mancha de chocolate del rostro de su hijo,y eso que se preguntaba a sí misma le hubiera gustado preguntárselo a todos los comensales de aquella fiesta familiar, a aquella familia tan hospitalaria y generosa que celebraba a un abuelo emprendedor que había sabido transformar unas viejas casas de postas en una rentable empresa comercial que ahora le pertenecía a ella también, porque le pertenecía a Michel. Pero ¿a qué propósito sacar a relucir ahora a Monsieur Haussmann? La habrían mirado como si estuviera loca. Querida mía, le habría dicho Greta (quizá se lo hubiera dicho Greta precisamente), pero ¿a qué viene eso de Haussmann? Es el mayor urbanista francés del siglo xix, rehízo París, tú te criaste en uno de los edificios que él construyó, ¿por qué se te ha venido a la cabeza Haussmann? Greta se sentía acomplejada por vivir en Ginebra, que en comparación con París consideraba una ciudad de provincias y tal vez lo hubiera tomado como una provocación. La verdad es que no era algo que pudiera decirse en el comedor de una fiesta familiar, en aquella sólida casa de amplias ventanas que daban al lago, ante una mesa aparejada en la que había de todo, hubiera podido hablar del desierto, pero le habrían preguntado a qué venía eso del desierto, ella hubiera podido contestar que el desierto, si tenía algo que ver, era por oposición, pues vosotros, aquí, delante de vosotros, tenéis un magnífico lago rebosante de agua que tiene incluso un surtidor en el centro que lanza el agua verticalmente a cien metros de altura, y en cambio mi abuela estaba rodeada de arena y cuando era niña, para ir a coger un cántaro de agua, por la mañana tenía que ir al pozo de Al Karib, ahora se me ha venido a la cabeza hasta el nombre, y ella tenía que recorrer tres kilómetros a oscuras de ida y tres kilómetros bajo un sol ardiente para volver con el cántaro sobre la cabeza, y vosotros no podéis saber lo que es de verdad el agua, porque tenéis demasiada.
¿Eran ésas cosas que debían decirse? ¿Y ellos qué culpa tenían? ¿A lo mejor podía decirles que se le había venido a la cabeza la expresión leche y sangre, realmente monstruosa, en su opinión, porque cuando era muy pequeña su abuela se la llevaba con ella a veces por la noche al establo y ella miraba fascinada aquel líquido cándido que su abuela extraía de las ubres de las cabras en una palangana de zinc, y después lo llevaban a casa con la reverencia debida a un regalo divino, pero si en ese cándido líquido hubieran
caído unas gotas de sangre, habría resultado monstruoso, habría huido espantada, pero no podía decirlo, porque no era un recuerdo, era una fantasía, un falso recuerdo, ella nunca había estado en aquel establo, y así,huyendo de un falso recuerdo, ahora me hallo aquí, pensó, con esta amable familia que con tanto afecto me ha abierto sus brazos, pido disculpas a todos, lo que digo no tiene lógica, será porque estaba mirando mis manos algo más oscuras y la expresión leche y sangre me ha sonado realmente extraña, es que quizá me haga falta un poco de aire fresco, en verano en Ginebra hace más calor incluso que en París, hay más humedad, quizá lo que me haga falta es tomar el aire, esta fiesta me ha gustado mucho, sois todos de lo más amable, pero es como si realmente me hiciera falta un poco de aire, hace años, cuando éramos novios, Michel me llevó hasta unos prados de los montes, fuimos en autobús, el que llega a la última aldea, si no recuerdo mal, en el fondo no estaban muy lejos, si cojo un taxi llegaré en media hora, en el fondo los prados no están ni a mil metros, Michel debe de haberse ido ya a echar la siesta, decidle que no se preocupe, estaré de regreso antes de cenar.
* * *

jueves, 14 de junio de 2012

Juan Rodolfo Wilcock (Argentina-Italia, 1919-1978)

CAPITÁN LUISO FERRAUTO

Una vez al año, en primavera, el capitán Luiso Ferrauto cambia de piel; de la piel vieja emerge lustroso y rosado como un recién nacido, pero al cabo de unas horas la piel nueva recobra su color normal, que es aceitunado, y también el pelo, que se ha desprendido junto con la piel del cráneo, vuelve a crecer rápidamente, como corresponde a un oficial de la Seguridad Pública. Su mujer, unida a él por un amor inusitado en estos tiempos, suele guardar estas pieles usadas de su marido y rellenarlas de goma espuma color carne, para hacer así un muñeco bastante presentable, bien cosido y armado, con su uniforme puesto. Ya tiene unos quince, en el garaje: todos oficiales de policía, tan parecidos a su marido que da gusto verlos a todos juntos, tan dignos, tan rectos, tan inalcanzables por la corrupción. La señora hizo instalar un equipo estéreo en el garaje y cuando el capitán está de servicio fuera de casa, la mujer baja para hacerles oír a sus ex-maridos las mejores páginas de la lírica mundial. Absortos, como embelesados, los quince policías escuchan inmóviles la muerte de Desdémona, el merecido asesinato de Scarpia, la disputa fatal entre Carmen y Don José, delitos todos que exigen el arresto inmediato del culpable, hechos de sangre y de violencia como tantas veces han visto a lo largo de su carrera. Puesto que los muñecos de piel policíaca son producidos a razón de uno por año y cada uno es de edad más avanzada que el anterior, presentan esta insólita característica: que el más joven de los quince es el más viejo de todos.
El libro de los monstruos (1978), trad. Ernesto Montequin, Buenos Aires, Sudamericana, 1999, págs. 17-18.