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martes, 7 de abril de 2015

Rubem Braga (Brasil,1913-1990)


Hombre en el mar

 Desde mi balcón veo el mar, entre árboles y tejados. No hay nadie en la playa, que resplandece al sol. El viento es nordeste y va armando aquí y allá, en el hermoso azul de las aguas, escasas espumas que avanzan unos segundos y mueren, como bichos alegres y humildes; cerca de la tierra las olas son de color verde. Pero percibo un movimiento en un punto del mar: es un hombre nadando. Nada a cierta distancia de la playa con brazadas pausadas y enérgicas; nada a favor del agua y del viento y las pequeñas espumas que nacen y mueren parecen ir más ligero que él. Las espumas son leves, hechas de nada, toda su sustancia es agua, viento y luz, y el hombre tiene sus huesos, su carne, su corazón, todo su cuerpo para transportar en el agua. Él usa sus músculos con una energía tranquila. Avanza. Por cierto, no sospecha que un desconocido lo mira y lo admira porque está nadando en una playa desierta. No sé de dónde me viene esa admiración, pero encontré en ese hombre una nobleza calma, me siento solidario con él. Yo acompaño su esfuerzo solitario como si estuviese cumpliendo una hermosa misión. Ya nadó en mi presencia unos trescientos metros, dos veces lo perdí de vista cuando pasó detrás de los árboles, pero esperé con toda mi confianza que reapareciera su cabeza y el movimiento alternado de los brazos. Unos cincuenta metros más adelante lo perderé de vista, lo va a esconder un tejado. Me parece importante que él nade bien esos cincuenta o sesenta metros, es preciso que conserve el mismo golpe de su brazada y que yo lo vea desaparecer del mismo modo en que lo vi aparecer, al mismo ritmo, fuerte, lento, sereno. Será perfecto: la imagen de ese hombre me hace bien. Es sólo la imagen de un hombre y no llego a darme cuenta de su edad ni de los rasgos de su cara. Soy solidario con él y espero que él lo sea conmigo. Ojalá que él alcance el tejado rojo, entonces podré salir del balcón tranquilo, pensando: “Vi a un hombre en el mar, nadando solo, cuando lo percibí él ya estaba nadando, lo observé todo el tiempo y doy fe de que nadó siempre con firmeza y corrección, esperé a que llegara a un tejado rojo, llegó”. Ahora yo no soy más responsable de él, cumplí con mi deber, él cumplió el suyo. Lo admiro. No logro saber en qué reside la grandeza de su tarea, no estaba haciendo un gesto a favor de alguien ni construyendo algo útil, pero ciertamente hacía una cosa hermosa y lo hacía de un modo puro y viril. No desciendo a la playa para darle un apretón de manos, pero le doy mi apoyo silencioso, mi atención y mi estima a ese desconocido, a ese noble animal, a ese hombre, a ese correcto hermano.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Elena Poniatowska

CRÓNICA-

Los desaparecidos

HÁBEAS CORPUS


¿Quién tiene el cuerpo? Hemos presentado un recurso de amparo. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde mi esposo? ¿Dónde mi hermano? ¿Qué le pasó? Vinieron a buscarlo en la madrugada diez hombres armados que no se identificaron y desde entonces no sé de él. Oí en la calle el ruido de los frenos. Cada vez se oye más, en las madrugadas, ese ruido de frenos. Es un coche sin placas. Mírelo, aquí tengo su foto, si, sí es un hombre guapo, y joven sí, y sí, siempre andaba sonriendo. Lo vinieron a buscar sólo para unas preguntas de rutina, al menos eso dijeron, preguntas de rutina, contraté un abogado pero es poco lo que puede hacer, yo por lo menos quisiera saber dónde quedó su cuerpo para poder ir a ponerle unas flores, no pido mucho, ya no pido más que eso, saber en dónde quedó...
En América Latina son muchos los que despiertan a medianoche sobresaltados. Las madres piensan en su preso. ¿Lo habrán puesto de cara a la pared? ¿Sonreirá valientemente como siempre lo hizo? Cualquier ruido en la calle es sospechoso, el portazo de un automóvil, el arrancón de un tranvía. ¿Qué será? ¿Quién será? ¿Qué estará pasando? Los "operativos", como los llaman en Argentina, se llevan a cabo en plena calle, frente a los vecinos que no intervienen, que no estiran los brazos hacia el que llevan, que no extienden las manos para tomar la suya, que se quedan parados con la boca abierta, que nunca preguntan siquiera: "¿A dónde se lo llevan? ¿Qué quieren de él? ¿Qué van a hacer con él?", no se los vayan a llevar a ellos también. [...]
Dice Mariclaire Acosta, representante de Amnistía Internacional en México: "El mecanismo empleado para desaparecer a una persona en Latinoamérica es relativamente sencillo: se trata de aparentar un simple secuestro, perpetrado en forma rápida, violenta y anónima como lo dictan los cánones de la tradición. Generalmente el acto es precedido por un allanamiento de morada en el cual un grupo armado irrumpe violentamente, a altas horas de la noche, en el hogar de la víctima, y, tras el amedrentamiento y maltrato del resto de los habitantes, lleva consigo a su presa además de todos los objetos que pudo hurtar durante el operativo".
"En México —dice el informe de Amnistía Internacional—, el gobierno no ha dado una explicación satisfactoria sobre la situación de más de 300 personas desaparecidas desde 1968 —la mayoría campesinos— después de haber sido detenidas por fuerzas de seguridad."

QUÉ COSA RECLAMO SI NO SÉ LEER Y NADIE ME HACE CASO.

En el campo de México, llegan los soldados y simplemente se llevan a los campesinos. Y no por ello se mueve la hoja del árbol. Solo hasta hoy los familiares empiezan a denunciar las desapariciones de hombres y de mujeres que no poseen el alfabeto y que de un día al otro, simplemente no amanecen en su casa, no echan tortillas, no salen al corral. Los vecinos recogen entonces a los niños hambrientos, tratan de cuidar la choza vacía, se encargan, si los hay, de la marranita, de las gallinas. En esa casa que antes humeaba se han esfumado los adultos. Los niños, con sus grandes ojos de pobre como diría Rosario Castellanos, en vano otean el camino, si acaso alguien regresa son los soldados para atemorizar a los vecinos, para que sepan que si se meten a reclamar, así les va a ir. Un buen día, nomás, no estarán. La muerte que a todos nos toca tarde o temprano les tocará en otra parte, y donde sea no habrá quien les dé cristiana sepultura. Y los pobres, entre sus pocas pretensiones, quieren saber a dónde van a quedar.
La mayor parte de los presos políticos mexicanos son jóvenes (en América Latina resulta peligroso ser joven), sus edades oscilan entre los dieciocho y los treinta años y su nivel económico es muy bajo. Los desaparecidos de origen campesino en su mayoría son analfabetos, por lo tanto no conocen la ley y no recurren a su amparo. No interponen ningún recurso aunque este sea, como en el resto de América Latina, sistemáticamente violado. Todos sabemos que cualquier gobierno, por más democrático, persigue a sus opositores políticos, y en el caso de los desaparecidos de México, la mayor parte está involucrada en acciones guerrilleras; son disidentes, y en muchas ocasiones para explicar su desaparición se alega que murieron en un enfrentamiento con el ejército. Sin embargo, su desaparición los convierte —a ellos y a sus familiares— en victimas y le confiere al gobierno —responsable o no— el papel de perseguidor. Su desaparición, además de ilegal, es una infamia, de las que muy pocos parecen darse cuenta. Si Rosario Ibarra de Piedra no hubiera iniciado una campaña de protesta y de difusión, no estaríamos enterados a la fecha del problema de los desaparecidos y solo tendríamos una noción muy vaga y fácilmente desechable de cómo, en casos de oposición política, son pisoteadas en nuestro país las libertades democráticas.

ES INFAMANTE LO QUE LES SUCEDE A LOS DESAPARECIDOS, SI ES QUE LES SUCEDE ALGO MÁS QUE LA MUERTE

México es aún el refugio de todos los perseguidos y exiliados políticos de América Latina. Vienen a nuestro país porque aquí se sienten libres. Pero aquí también hay desaparecidos. No se parecen a los del resto de América Latina, porque no tienen nombre. En su mayoría son campesinos y son analfabetos. ¿Qué sucede con la familia, con la esposa, con los hijos? Casi no lo sabemos. Al menos, en el caso de las familias mexicanas más pobres. ¿En qué tormento viven los familiares del desaparecido? ¿Cómo viven? ¿Qué es lo que viven? Habría que preguntárselo a la doctora Laura Bonaparte, sicóloga, madre de hijos asesinados por la Junta, en la Argentina, con horas, días, años-luz de sufrimiento. Ella mejor que nadie sabe que la vida normal se hace prácticamente imposible, sabe que todos los remedios no llegan ni siquiera a paliativos, porque en el caso de una desaparición el dolor es permanente. "Quizás este vivo" "quizás lo estén torturando." Los certificados de defunción que pretenden extender las juntas militares agravan aún más este desgarrante proceso. Si son desaparecidos, ¿como saben que están muertos? Y si no lo saben ¿por qué los certificados de defunción? Laura Bonaparte conoce a fondo —porque lo ha vivido— todo el desgaste sicológico y sus efectos, "que minan la resistencia y alteran diversas áreas de actividad: trabajo, estudio, sexualidad". En el caso de los mexicanos, se alega que no hay presos "políticos", que se trata de delincuentes, de reos del orden común. Si así es ¿por qué no se les procesa? ¿Por qué no hay juicio? ¿Por qué no se les presenta en juzgado alguno? Si son delincuentes los guerrilleros, como lo dijo el presidente López Portillo (aunque en 1978 los llamó: "extremistas con vocación de justicia"), ¿por qué no purgan una sentencia al lado de los presos que en los penales tienen derecho a visita conyugal y a que los vean sus familiares? ¿Por qué se les esconde? ¿Por qué se les recluye —siendo civiles— en el Campo Militar? Sí son delincuentes y asaltantes de camino real, ¿por qué no reciben el mismo trato que los demás infractores del orden social? ¿Por qué, Dios mío, se les desaparece?

¿ESTÁ PERDIDA LA CAUSA DE LOS DESAPARECIDOS?

A pesar de que el término "desaparecido" se emplea en todo el continente latinoamericano, debería cambiarse por el de secuestrado. El desaparecido se esfuma, no existe, y al cabo de un tiempo nadie vuelve a pensar en él. Un objeto que desaparece es simplemente un objeto perdido. También la causa de los desaparecidos parece una causa perdida. Pienso en tantos campesinos encarcelados y desaparecidos por invadir tierras enfrentándose a los caciques, en tantos jóvenes que mueren en la tortura. No deberían llamarse desaparecidos, es malo ese nombre: lo que desaparece ya no vive, no tiene fuerza. Podrían definirse como secuestrados porque es eso lo que son, secuestrados por un gobierno del cual son enemigos y que los considera peligrosos. Por lo tanto los borra del mapa, desapareciéndolos. Los desaparecidos del continente —está ya demostrado— han sido secuestrados por un gobierno concreto que se empeña ahora en negar su existencia. Los desaparecidos no están en ninguna parte ni vivos ni muertos. El silencio que guardan las autoridades es su principal acusación. Si no podemos romperlo, al menos podemos divulgar el secuestro y la desaparición de cientos de latinoamericanos. Así como América Latina inaugura esta práctica infamante, puede inaugurarse otra forma de lucha que la mine en sus cimientos: la de la inmediata divulgación a nivel internacional. Los militares tuvieron la suficiente imaginación para desaparecer a los que consideran sus enemigos políticos y convertir a América Latina en el continente de los desaparecidos. Los familiares atónitos aún no se reponen del golpe, apenas inician su lucha, tan al margen de toda posibilidad jurídica institucional, tan desprovista de ciudadanía, de membrecía de una comunidad humana, tan abandonados y sospechosos como sus propios hijos, maridos y hermanos desaparecidos. Hasta ahora se incorporan. Pero si se lo proponen lograrán hacer surgir de las mazmorras al desaparecido. Incluso sí Rosario Ibarra de Piedra, si Marta Conti, si Lilia Walsh, no recuperan el despojo de sus desaparecidos, estos seguirán viviendo, su memoria respetada por los hombres y las mujeres que saben que nada cuesta tanto como la libertad de opinar, disentir y actuar conforme a las propias convicciones, y que "por la libertad y por la honra se puede aventar la vida" como decía el Quijote y que ellos, ahora libres, serán honrados siempre mientras nuestro continente —si nos dejamos envilecer— seguirá debatiéndose como lo advierte Ariel Dorfman en su poema "Esperanza":

Mi hijo se encuentra
desaparecido
desde el 8 de mayo
del año pasado.
Lo vinieron a buscar,
solo por unas horas,
dijeron,
solo para algunas preguntas
de rutina.
Desde que el auto partió
ese auto sin patente
no hemos podido
saber
nada más
acerca de él.

Ahora cambiaron las cosas.
Hemos sabido por un joven compañero
al que acaban de soltar,
que cinco meses más tarde
lo estaban torturando
en Villa Grimaldi,
que a fines de septiembre
lo seguían interrogando
en la casa colorada
que fue de los Grimaldi.

Dicen que lo reconocieron 
por la voz, por los gritos, 
dicen.

Quiero que me respondan con franqueza.
¿Qué época es esta,
en qué siglo habitamos,
cuál es el nombre
de este país?
¿Cómo puede ser,
eso les pregunto,
que la alegría de un
padre,
que la felicidad de una
madre,
consista en saber
que a su hijo
lo están
que lo están torturando?

¿Y presumir por lo tanto
que se encontraba vivo
cinco meses después,
que nuestra máxima
esperanza
sea averiguar
el año entrante
que ocho meses más tarde
seguían con las torturas
y puede, podría, pudiera,
que esté todavía vivo?.

viernes, 5 de abril de 2013

Alejandro Dolina


Refutación de los viajes

Perdidos en Parque Chas es la crónica de una frustada noche de garufa.
Mandeb y sus amigos fueron invitados a un baile en la calle Bucarest.
Desdeñando las advertencias de los hombres sabios, se internaron en el barrio sin salida.
Y ya se sabe lo que ocurre en Parque Chas: uno se pierde irremediablemente. Vale la Pena transcribir una líneas.
"A eso de las doce, llegamos a la misma cigarrería. Ya era la quinta vez.
Como en las otras ocasiones, interrogamos al viejo que atendía.
Sus indicaciones fueron nuevamente distintas. Loco de furor, salté sobre el mostrador y comencé a estrangularlo.
-Viejo mentiroso... ¿cuál es la calle Bucarest? ¿Cómo se sale de este infierno?
-El anciano acabó por confesar que no lo sabía. Muy compungido, admitió que él mismo había desembocado en Parque Chas en 1939. No habiendo podido salir de allí, se resignó a instalar un quiosco, gracias al cual sobrevivía, aunque abrigaba el secreto anhelo de volver a Villa Crespo, barrio del que nunca debió salir."
Este capítulo finaliza con la providencial intervención de un taximetrero, quien si bien no acertó a llevarlos a la calle Bucarest, por lo menos los sacó -después de varias horas- a la Avenida de los Incas. 


de Crónicas del Angel Gris, (Editorial Colihue - 1996).

viernes, 1 de julio de 2011

San Cayetano vs San Perón, de Gabriela Cerruti

Crónica: San Cayetano vs San Perón

Hubo un tiempo en que había tanto trabajo en la Argentina que la discusión era por decidir en qué día se celebraría su fiesta. Empezaba la década del cincuenta, Juan Perón era presidente y la Iglesia Católica le disputaba cada espacio: a San Perón le opusieron San Cayetano, y a la mítica Plaza del 1ª de Mayo, la precesión del 7 de Agosto. Era un a>Guerra Santa, una batalla entre dos religiones, un mal entendido entre obispos y sindicalistas. Los “cabecita negra” se despreocupaban. Obreros, católicos y peronistas, tocaban el bombo y prendía velas. Le rezaba al santo, pero esperaban a Perón.
Cayetano Carbone está viendo todo desde hace cincuenta años. Las marchas, las procesiones, los actos y las misas. Primero fueron las largas y coloridas filas de trabajadores que festejaban, de mujeres piadosas que agradecían y de curas que especulaban. Después llegaron los sindicalistas y se sumaron con desparpajo. Saúl Ubaldini mació del otro lado del arroyo, en Mataderos, y entendió pronto que el “Pan, Paz y Trabajo” de los curas era lo más parecido a una leyenda política que podía levantarse frente a los militares.
Cayetano vio a los osados que en plena dictadura militar levantaba sus espigas de trigo soñado con la democracia y fue testigo de cómo algunos comerciantes del barrio transformaron la carnicería en santería y de cómo otros cambiaron las lechugas por cruces de madera y las berenjenas por estampitas. En 1982, cuando los obispos repartían rosarios en Malvinas, Lorenzo Miguel llegó por primera vez. Ese agosto vio la primera procesión convertida en manifestación política y el párroco tuvo que sumar a la bendición de la foto del santo el pedido por trabajo y democracia.
Con la llegada de los 90, la fila se fue extendiendo hasta lo incontable, y las caras fueron cada vez más tristes y las ropas cada vez más pobres, y la alegría se transformó en desesperanza primero y desesperación después. Ni obreros, ni católicos, ni peronistas, los desocupados redoblarían cualquier bombo o prenderían cualquier vela con tal de que alguien les dé una religión.
La funeraria de los Carbone está justo enfrente de la parroquia de San Cayetano desde hace noventa y un años. El abuelo fue el primer dueño del negocio y el primer bautizado de la iglesia; por eso le pusieron Cayetano. Era otro find e siglo, el anterior, y Liniers era entonces sólo un grupo de casas en las afueras de Buenos Aires. Cayetano Carbone, hijo de napolitanos-como el santo- decidió poner una cochería, pero por aquel entonces no se trataba de trasladar difuntos, sino vivos: el cura, el médico, la partera, todos los que tenían que llegar con alguna urgencia a las quintas de la campaña, del otro lado del arroyo Maldonado. Los Sosa tenían el mercado de frutas, y los Giordano vendían hielo. Ellos tres y el cura de San Cayetano eran el alma del barrio que se insinuaba.
Aprendió la devoción al santo de sus padres italianos, que confiaban en la intercesión de ese letrado de cuna noble que en siglo dieciséis se había vuelto monje y político: es cierto que Cayetano, conde de Thiene, hacía milagros en la Venecia y la Nápoles de los Medici, los papados corruptos y el Renacimiento, pero también que impulsó y lideró la resistencia armada contra los invasores españoles y que fundó el Banco Popular Napolitano para repartir créditos entre pobres y siervos.
En 1912 llegó el tren, y el voto universa y secreto. La cochería cambió vivos por muertos y unificó el punto de llegada: ahora se trataba de trasladar féretros, y siempre hacia el cementerio. El mercado de frutas se convirtió en Mercado de Hacienda, y la campaña en barrio: frigoríficos, fábricas y talleres cambiaron el paisaje, el color del cielo y la composición social de la zona. Más inmigrantes siguieron a los pioneros, y se hicieron obreros y peones: una tarde de octubre de 1945 salieron en columnas desde la parroquia y bajaron por la Avenida Rivadavia hasta Plaza de Mayo para exigir la libertad de un coronel preso en la isla. Cada año desde el último viernes de julio hasta el 7 de agosto, las mujeres llegaban a rezar la Novena al santo de la Providencia, el que garantizaba que hubiera pan en cada mesa y trabajo en cada casa. “Te pedimos, Señor, que les des pan a los que tiene hambre y sed de justicia a los que tienen pan”, oraba el sacerdote. El día del santo la procesión daba la vuelta al barrio y terminaba en el campito lindero con la parroquia, en una explosión de fuegos artificiales que era solo el preludio a la bailanta popular. Si agosto venía benévolo, ese día había asadito y empanadas. Si llovía, pastas o locro.
La hiperinflación llenó la iglesia de pobres, y San Cayetano pasó a ser uno de los centros e ayuda social de la zona. La “revolución productiva” cerró fábricas, y las hileras de trabajadores, que alguna vez bajaron por Rivadavia hacia la Plaza de Mayo para reclamar lo de ellos, anduvieron el camino de regreso para estacionarse en carpas de plástico, de lona o de cartón en las calles que rodean la parroquia, esperando que llegue el 7 de agosto para ser los primeros en arrodillarse frente al santo para que alguien les diga lo que hay que hacer. Los obreros trabajan y s movilizan, los desocupados rezan y obedecen.
Cayetano Carbone narra la historia con monocorde tono de escribano público: imposible adivinar a dónde están apostadas sus emociones o sus pasiones. Sentado en un sillón de mimbre junto a la puerta de la funeraria, deja que el sol le caliente las manos. Es el primer domingo de agosto de 1995, el invierno es frío pero azul, soleado y brillante. Un vecino de gorrita y bufanda saluda y se queda parado, mirando la puerta de la parroquia llena de gente. Entonces señala a algún lugar en el cielo y sonríe: “Por suerte se fue la lluvia.Un día peronista…”, dice. Y los dos festejan la ocurrencia dándose palmadas en el hombro.

martes, 3 de agosto de 2010

EL BUEN PERIODISTA de Roberto Arlt

CRONICA-EL BUEN PERIODISTA



Después lo atenderé a usted que me pide la fórmula para ser periodista; pero antes, permítame que le conteste tres líneas a un muchacho que firma una carta con el nombre de Emilio.
Amigo Emilio: Usted está por hacer el disparate más grande de su vida y que más tarde le va a costar lágrimas de sangre. Déjese de macanas; aguante o váyase al Chaco. Con toda seriedad. Es lo que le puedo decir, respondiendo a su sincerísima carta. ¡Ah! Otra cosa. Cartas así no se escriben nunca a un desconocido, como el que soy yo para usted. Usted es sencillamente una criatura.
Y ahora, volvamos a usted señor que quiere ser periodista y que cree que son suficientes algunos conocimientos de "sociología y dos años de Nacional".

PARA SER PERIODISTA

No me refiero a los buenos periodistas, que son escasos; a las condiciones que se necesitan para improvisarse un mal periodista como los que abundan, por desgracia, en nuestro país.
1° condición: Ser un perfecto desvergonzado.
2° condición: Saber apenas leer y escribir.
3° condición: Una audacia a toda prueba y una incompetencia asombrosa. Eso le permite ocuparse de cualquier asunto, aunque no lo conozca ni por las tapas.
Satisfechas estas condiciones, usted puede triunfar, es decir, convertirse en uno de esos perdularios de cara patibularia que lleva a la cola un fotógrafo desencuadernado y que, en cuanto suceso ocurre en la calle, hacen acto de presencia entre la admiración de la gente que cree que los periodistas se lavan la cara y "son personas preparadas".
De más está decirle, estimado consultor, que la sociología no sirve absolutamente para nada en la profesión de mal periodista. Ni tampoco los dos años de Nacional. Ya ve usted que yo no pude pasar de tercer grado...

LO QUE USTED QUIERE ES UN EMPLEO

Usted no quiere ser periodista; lo que pretende es un empleo en un diario, y tiene razón en poseer esas ambiciones, porque en la mayoría de los diarios abundan como las moscas negras los empleados, y escasean como las moscas blancas, los periodistas. Dedicarse al periodismo por vocación y porque, en realidad, se poseen cualidades para ello, está bien, pero muy bien. Mas es el caso que el gran porcentaje de la gente empleada en los diarios está en ellos por la necesidad de ganarse unos pesos; nada más. Así llegan al periodismo infinidad de individuos que no tienen cabida en otra parte ni sirven para nada. Cuando un individuo se da cuenta de su insuficiencia para toda actividad, exclama con un tupé desconcertante: "¡Me voy a dedicar al periodismo!".
Es fabulosa la cifra o porcentaje de cuadrúpedos que se encuentra en esta profesión.
Uno no sabe si indignarse o reírse, pero de hecho, comienza por admitir que si uno se pudiera convertir en un Mussolini, lo primero que hacía era mandar a la cárcel a cuanto individuo se dijera periodista. ¿Usted se acuerda de la historia del "Buen mozo" de Guy de Maupassant? Es la historia del noventa y cinco por ciento de las personas empleadas en los diarios. Un individuo que se encuentra en la vía y tiene que dedicarse a robar o al asalto en banda, tropieza con un amigo y el amigo se lleva las manos a la cabeza, indignado de ver a un hombre que se ahoga en un vaso de agua. Y exclama:
—Pero ¿por qué no te dedicás al periodismo?
—Pero si no sé escribir —contesta Buen Mozo.
— ¿Quién te ha dicho que para ser periodista hay que saber escribir?
Y Buen Mozo se convierte en periodista.

OFICIO PARA VAGOS

El periodismo, así entendido, es un oficio para vagos y para audaces. Recuerdo (yo he sido periodista) que en la profesión he conocido tipos formidables. Inclasificables. Usted no sabía qué pensar de ellos, si habían cursado un bachillerato especial en la leonera, o de dónde salían. Me acuerdo de uno, que en cuanto crimen se cometía, lo primero que hacía al llegar "al lugar del suceso" era revisarle los bolsillos al muerto. Tenía una habilidad magistral para ese trabajo. He conocido a otro que se hacía seguir de un atorrante de menor cuantía y, lugar adonde llegaba y al cual estaba prohibida la entrada, exclamaba mi tipo al introducirse: "¡Déjelo entrar, es mi secretario!". La gente lo confundía con el juez, y creo que hasta era carterista o lancero de bondi . Más tarde supe que había sufrido persecución de la justicia.
Sin embargo, estos individuos que nos merecen un desprecio cordial son útiles en ciertas formas de las muchas actividades que reviste el periodismo subalterno. Es decir, insustituibles.

EL BUEN PERIODISTA

El buen periodista es un elemento escaso en nuestro país, porque para ser un buen periodista es necesario ser buen escritor. En Europa encontramos que el periodismo cuenta en sus filas con los mejores literatos, políticos, figuras científicas... En fin, si es dado dirigirse al público cuando se han demostrado condiciones de superioridad mental; y no hay ministro de Estado que previamente no se haya dado a conocer como colaborador de algún diario.
Se me argüirá que aquí podría ocurrir lo mismo; pero lo grave está en que casi todos nuestros políticos, apenas si saben leer y escribir; y nuestros escritores... Pero ¡yo soy un individuo sensible! No, no voy a hablar mal; no quiero hablar mal porque no pasa un solo día sin que algunos de los que pretenden conocerme exclame:
— ¡Este tío está cada vez más envenenado!
Y lo curioso es que yo soy un tío cordial y optimista.

domingo, 1 de marzo de 2009

Leila Guerriero (Junín, 1967)

La sala no es muy grande y está en penumbras. Unas veinte personas permanecen en silencio. No toman notas: miran. No cuchichean: miran. Un dedo de luz galáctica brota de un proyector y se estrella en la pantalla que tiembla como un párpado flojo. Allí, en la pantalla, un hombre joven y otro no tan joven tocan el piano. O mejor: el hombre joven toca una sonata de Beethoven y, cada tanto, el hombre no tan joven lo interrumpe y dice cosas como ésta: "El primer sonido es importante: es el que rompe el silencio, y debe quedar muy claro cuándo termina el silencio y cuándo comienzas tú". Entonces el hombre joven vuelve a tocar y la primera nota ya no es una nota sino una sustancia venida de otro mundo que se clava en las encías de las paredes mudas y las hace añicos. 


En la sala no muy grande y en penumbras todos continúan en silencio. No toman notas: miran. No cuchichean: miran. En la pantalla, el pianista joven arremete con otro pasaje y el no tan joven interrumpe y dice: "Ten cuidado: debes obtener un sonido que no sea sólo color, sino también sustancia". Entonces el pianista joven vuelve a tocar y las notas son pequeños ríos radiactivos que se hinchan bajo sus dedos: mundos con respiración y muerte y luz y oscuridades.

En la sala no muy grande y en penumbras todos continúan en silencio cuando el pianista joven emprende un crescendo y el no tan joven le dice que no, que así no, que debe "tener el coraje de hacer el crescendo como si fueras a saltar y, en el último momento, como en el precipicio, no saltas". Pero, entonces, en la sala en penumbras, un hombre se remueve, incómodo, y murmura algo que es claramente una queja y dice que no entiende:

-No entiendo -dice.

Porque él es periodista y está allí -dice- para hacer un seminario de escritura creativa y periodismo, y no entiende -dice- qué tiene que ver esto con el periodismo, donde esto quiere decir la música: eso que sucede en la pantalla: una clase magistral del músico argentino Daniel Barenboim. Una clase que el hombre no entiende.

-No entiendo cómo algo de todo esto puede servirme para escribir mejor -dice- y se levanta, dos grados por encima de la indignación; y empieza a irse, enfurecido por la pérdida de tiempo; y se va, iracundo porque a quién se le ocurrió; y desaparece, embravecido porque esto es periodismo: porque esto es periodismo y entonces ritmo y entonces tono y entonces forma no aportan, a lo que se dice, nada. Porque esto es periodismo y no hay diferencia entre romper el silencio de una página con una sustancia gris o con un tajo inolvidable. Porque esto es periodismo y tampoco hay relación entre el coraje necesario para tocar un crescendo y el que hace falta para guiar a un lector hacia el centro donde, como una angustia lejana, como una enfermedad antigua, late la semilla de una historia. Porque esto es periodismo y, entonces, da lo mismo escribir un texto herido -un río de sustancia radiactiva- o unos cuantos párrafos retráctiles: viscosos. Porque esto es periodismo y no hay por qué tomarse todo ese trabajo si se puede -con menos sudor, con menos riesgo- ser un notario.

No un periodista: un funcionario de la prosa.

 

CRÓNICAS-Música y Periodismo, Leila Guerriero

Publicado en Babelia, Suplemento del diario El País, el 30/08/2008