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miércoles, 23 de noviembre de 2016

Clarice Lispector




Los pasos se están volviendo más nítidos. Un poco más próximos. Ahora suenan casi cerca. Todavía más. Ahora más cerca de lo que podrían estar de mí. Sin embargo continúan acercándose. Ahora no están más cerca, están en mí. ¿Van a sobrepasarme y a seguir? Es mi esperanza. Ya no sé con qué sentido percibo las distancias. Es que los pasos ahora ya no sólo están próximos y fuertes. Ya no sólo están en mí. Yo marcho con ellos.

***

Os passos estão se tornando mais nítidos. Um pouco mais próximos. Agora soam quase perto. Ainda mais. Agora mais perto do que poderiam estar de mim. No entanto continuam a se aproximar. Agora não estão mais perto, estão em mim. Vão me ultrapassar e prosseguir? É a minha esperança. Não sei mais com que sentido percebo distâncias. É que os passos agora não estão apenas próximos e pesados. Já não estão apenas em mim. Eu marcho com eles.

de O Recrutamento/El reclutamiento(frag.)


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Clarice Lispector

“P E R T E N E C E R” (15 de junio 1968)

Un amigo mío, médico, me aseguró que desde la cuna el niño siente el ambiente, el niño quiere: en él el ser humano desde la cuna ya comenzó. Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que no interesan aquí, de alguna manera yo debía estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací sin motivo. Si en la cuna experimenté esa hambre humana, ésta sigue acompañándome en la vida, como un destino. Al punto de que mi corazón se contrae de envidia y deseo cuando veo una monja: ella pertenece a Dios.
Exactamente porque es tan fuerte en mí el hambre de darme a algo o a alguien, es que me volví muy arisca: tengo miedo de revelar cuánto necesito y cuán pobre soy. Lo soy, sí. Muy pobre. Sólo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si no empecé a escribir tan pronto en la vida porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma. Lo que es un triste facsímil. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, perdí mi don de gentes. No sé ya cómo se es. Y una especie completamente nueva de la “soledad de no pertenecer” empezó a invadirme como hiedras a un muro. Si mi deseo más antiguo es el de pertenecer, ¿por qué entonces nunca formé parte de clubes o de asociaciones? Porque no es eso a lo que yo llamo pertenecer. Lo que yo quería, y no puedo, es por ejemplo que todo lo que viniera de bueno desde mi adentro yo pudiera darlo a aquello a lo que perteneciera. Incluso mis alegrías, qué solitarias son a veces. Y una alegría solitaria puede tornarse patética. Es como quedarse con un presente todo envuelto con papel de regalo en las manos —y no tener a quién decirle: tome, es suyo, ábralo. No queriendo verme en situaciones patéticas y, por una especie de contención, que evita el tono de tragedia, raramente envuelvo entonces con papel de regalo mis sentimientos. Pertenecer no resulta sólo de ser débil y necesitar unirse a algo o a alguien más fuerte. Muchas veces las intensas ganas de pertenecer me vienen de mi propia fuerza —yo quiero pertenecer para que mi fuerza no sea inútil y fortifique a una persona o cosa. Si bien tengo una alegría: pertenezco, por ejemplo, a mi país, y como millones de otras personas soy pertenencia de él a tal punto, que soy brasileña. Y yo que, muy sinceramente, jamás deseé o desearía la popularidad —soy demasiado individualista para poder soportar la invasión de la que una persona popular es víctima—, yo, que no quiero la popularidad, me siento sin embargo feliz de pertenecer a la literatura brasileña. No, no es por orgullo, ni por ambición. Estoy feliz de pertenecer a la literatura brasileña por motivos que nada tienen que ver con la literatura, pues ni siquiera soy una literata o una intelectual. Feliz sólo de “ser parte”. Casi logro visualizarme en la cuna, casi logro reproducir en mí la vaga y no obstante apremiante sensación de necesitar pertenecer. Por motivos que ni mi madre ni mi padre podían controlar, yo nací y resulté tan sólo: nacida. Sin embargo, fui preparada para ser dada a luz de un modo muy bonito. Mi madre estaba ya enferma, y, por una superstición muy difundida, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada: con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esta carga de culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Como si contasen conmigo en las trincheras de una guerra y yo hubiera desertado. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza. Pero yo, yo no me perdono. Querría que simplemente se hubiera cumplido un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces, sí: yo habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Yo no podía confiar a nadie esta especie de soledad de no pertenecer porque, como desertor, tenía el secreto de la fuga que por vergüenza no podía conocerse. La vida me hizo de vez en cuando pertenecer, como para darme la medida de lo que pierdo al no pertenecer. Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo experimenté con la sed de quien está en el desierto y bebe sediento los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y es propiamente en un desierto donde camino.



Clarice Lispector. Revelación de un mundo.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La relacion de la cosa de CLARICE LISPECTOR

La relación de la  cosa


Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj. No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. Mi juego es claro: digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta relación es la antiliteratura de la cosa. El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir ‘despierta’. Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo. Para la hora. Para el instante. Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila. No es de muñeca, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie en la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual. Pero la dueña del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa. Pues lo principal es que él es el tiempo. Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es más persona que muchas personas. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, a lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es antichoque, puede mojarse a placer. Ésos son más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo vi. Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver. Pero también es importante dormir para soñar con la falta de tiempo. Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también vienen de Marte. Están ocurriéndome cosas, desde que sé la existencia del Sveglia, que parecen un sueño. Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la realidad parece un sueño. Estoy melancólica porque estoy feliz. No es paradójico. Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía? De la plenitud. Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto la vigilia. Tú no paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres. Tú eres muy delgado. Y nada te acontece. Eres tú quien hace acontecer las cosas. Acontéceme, Sveglia, acontéceme. Estoy necesitando un determinado acontecimiento sobre el cual no puedo hablar. Y dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal. Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en el espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien. ¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una cosa? Sé que estoy con poca capacidad de amar. Mi capacidad de amar fue demasiado pisoteada, Dios mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir corrompiéndose importa mucho. Un vivir seco: un vivir esencial. Si él se quebrara, ¿creería que murió? No, sería simplemente fuera de sí mismo. Pero tú tienes flaquezas, Sveglia. Yo supe por tu dueña que necesitas una capa de cuero para protegerte de la humedad. Supe, también, en secreto, que una vez te detuviste. La dueña no se asustó: te dio unos golpecitos muy simples y tú nunca más te paraste. Yo te entiendo, te perdono: tú viniste de Europa y necesitabas un mínimo de tiempo para aclimatarte, ¿no? ¿Quiere decir que tú también eres mortal, Sveglia? ¿Tú eres tiempo que para? Yo oí al Sveglia, por teléfono, dar la alarma. Es como en el interior de las personas: uno se despierta de dentro hacia afuera. Parece que su electrónico-Dios se comunica con nuestro cerebro electrónico-Dios: el sonido es suave, sin la menor estridencia. Sveglia marcha como un caballo blanco suelto y sin silla. Yo supe de un hombre que poseía un Sveglia y a quien aconteció Sveglia. Él caminaba con el hijo de diez años, de noche, y el hijo dijo: Cuidado, papá, hay macumba1 ahí. El padre retrocedió (¿no es que pisó de lleno en la vela encendida, apagándola?). No pareció haber ocurrido nada, lo que también es mucho de Sveglia. El hombre se fue a dormir. Cuando despertó vio que uno de sus pies estaba hinchado y negro. Llamó a los amigos médicos que no apreciaron ninguna señal de herida: el pie estaba intacto, sólo negro y muy hinchado, de aquella inflamación que deja la piel toda estirada. Los médicos llamaron a otros colegas. Y nueve médicos decidieron que era gangrena. Tenían que amputar el pie. Lo marcaron para el día siguiente, a una hora exacta. El hombre se durmió. Y tuvo un sueño terrible. Un caballo blanco quería agredirle y él huía como un loco. Todo eso pasaba en el Campo de Santana. El caballo blanco era lindo y enjaezado con plata. Pero no tuvo suerte. El caballo le golpeó el pie, pisándolo. En ese momento, el hombre despertó gritando. Pensaron que estaba nervioso, le explicaron que eso sucedía cuando se estaba cerca de una operación, le dieron un sedante, se durmió otra vez. Cuando despertó, miró hacia el pie. Gran sorpresa: el pie estaba blanco y del tamaño normal. Vinieron los nueve médicos y no lo supieron explicar. Ellos no conocían el enigma del Sveglia contra el cual sólo un caballo blanco puede luchar. No había motivo para hacer la operación. Sólo que no podía apoyarse en ese pie: flaqueaba. Era la marca del caballo de arreos de plata, de vela apagada, del Sveglia. Pero Sveglia quiso triunfar y ocurrió una cosa. La esposa de ese hombre, en perfecto estado de salud, en la mesa del comedor, comenzó a sentir fuertes dolores en los intestinos. Interrumpió la comida y se fue a echar a la cama. El marido, preocupadísimo, fue a verla. Estaba blanca, exangüe. Le tomó el pulso: no había. La única señal de vida era que su frente se perlaba de sudor. Llamaron al médico que dijo que podía ser un caso de catalepsia. El marido no se conformó. Le descubrió el vientre e hizo sobre él movimientos simples, como él mismo los había hecho cuando el Sveglia se paró, movimientos que no sabía explicar. La mujer abrió los ojos. Estaba perfectamente bien de salud. Y continúa viva, que Dios la guarde. Eso tiene que ver con el Sveglia. No sé cómo. Pero que tiene que ver, tiene. ¿Y el caballo blanco del Campo de Santana, que es plaza de pájaros, palomas y quatis?2 Muy enjaezado, con adornos de plata, de crines altivas y erizadas. Corriendo rítmicamente contra el ritmo del Sveglia. Corriendo sin prisa. Estoy en perfecta salud física y mental. Pero una noche estaba durmiendo profundamente y me oyeron decir en voz alta: ¡quiero tener un hijo con Sveglia! Yo creo en el Sveglia. Él no cree en mí. Piensa que miento mucho. Y miento. En la Tierra se miente mucho. Yo pasé cinco años sin engriparme: eso fué por el Sveglia. Y cuando me engripé, duró tres días. Después me quedó una tos seca. Pero el médico me recetó un antibiótico y me curé. El antibiótico es el Sveglia. Ésta es una relación. El Sveglia no admite cuento o novela u otra cosa. Sólo permite transmisión. Mal admite que yo llame a esto relación. Lo llamo relato de misterio. Y hago lo posible porque sea un relato seco como el champán ultraseco. Pero a veces —pido disculpas— se moja. ¿Podría hablar con más dureza con relación al Sveglia? No, él sólo es. Y en verdad, Sveglia no tiene nombre íntimo: conserva el anonimato. Además, Dios no tiene nombre: conserva el anonimato perfecto: no hay lengua que pronuncie su verdadero nombre. Sveglia es estúpido: actúa clandestinamente, sin meditar. Voy a decir ahora algo muy grave que parecerá herejía: Dios es burro. Porque Él no entiende, no piensa, sólo es. Ciertamente, su estupidez se ejecuta a sí misma. Pero Él comete muchos errores. Y sabe que los comete. Basta mirarnos a nosotros mismos, que somos un error grave. Basta ver el modo como nos organizamos en sociedad e intrínsecamente, de tú a tú. Pero hay un error que Él no comete: Él no muere. Sveglia tampoco muere. Todavía no vi al Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo. Sobre todo, con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos. Los celos llegan a mojar, de tan húmedos. Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de sentimientos. El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco, de cascara seca, completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema cruda es Sveglia. ¿Quieren ver qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué? Imposible de explicar. Quizás porque no ha respetado el anonimato. La discusión es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: ya que tú no quieres dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces ella se puso furiosa — eso es Sveglia— y dijo que tenía muchos problemas —tener problemas no es Sveglia—. Entonces intenté calmarla y todo quedó bien. Mañana no la llamaré. La dejaré descansar. Me parece que escribiré sobre el electrónico sin verlo jamás. Parece que tendrá que ser así. Es fatal. Tengo sueño. ¿Estará permitido? Sé que voy a soñar con el Sveglia. El número está permitido. Aunque el seis no lo sea. Rarísimos poemas están permitidos. De novela, ni se puede hablar. Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, sólo. Ella era Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento. Suecia es Sveglia. Pero ahora me voy a dormir, aunque no debo soñar. El agua, a pesar de ser mojada por excelencia, es Sveglia. Escribir es. Pero el estilo no es. Tener senos es. El órgano masculino es muy Sveglia. La bondad no es. Pero la nobondad, el darse, es. Bondad no es lo opuesto a maldad. ¿Estaré escribiendo mojado? Me parece que sí. Mi sobrenombre es. Ya el primero es muy dulce, es para el amor. No tener ningún secreto —y, sin embargo, mantener el enigma— es Sveglia. En la puntuación, las reticencias no son. Si alguien llega a entender este mi irrevelado relato, ese alguien es. Parece que yo no soy yo, de tanto yo que soy. El Sol es, la Luna no. Mi cara es. Probablemente la suya también es. El whisky es. Y, por increíble que parezca, la Coca-cola es, pero la Pepsi-cola nunca fue. ¿Estoy haciendo propaganda gratis? Eso está mal, ¿sabes, Coca-cola? Ser fiel es. El acto del amor contiene en sí una desesperación que es. Ahora voy a contar una historia. Pero antes quiero decir que quien me contó esta historia fue una persona que, a pesar de ser bondadosísima, es Sveglia. Ahora me estoy muriendo de cansancio. Sveglia —si uno no se cuida— mata. La historia es la siguiente: Sucede en una localidad llamada Coelho Neto, en Guanabara. La mujer de la historia era muy desgraciada porque tenía una herida en la pierna y la herida no cerraba. Trabajaba mucho y el marido era cartero. Ser cartero es Sveglia. Tenían muchos hijos. Y casi nada de comer. Pero ese cartero tomó sobre sí la responsabilidad de hacer feliz a su mujer. Ser feliz es Sveglia. Y el cartero resolvió la situación. Le mostró a una vecina que era estéril y sufría mucho por eso. No había modo de tener un hijo. Le enseñó a su mujer cómo era feliz por tener hijos. Y ella se volvió feliz, aun con la poca comida. Le enseñó también el cartero que otra vecina tenía hijos pero el marido bebía mucho y la golpeaba, a ella y también a los hijos. Mientras que él no bebía y nunca había golpeado a su mujer o a sus hijos. Lo que la hizo feliz. Todas las noches ellos tenían pena de la vecina estéril y de la que era golpeada por el marido. Todas las noches ellos eran muy felices. Y ser feliz es Sveglia. Todas las noches. Yo quería llegar a la página nueve en la máquina de escribir. El número nueve es casi inalcanzable. El número trece es Dios. La máquina de escribir es. El peligro de pasar a no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con los sentimientos de la persona que está escribiendo. Yo aborrecí el cigarrillo Cónsul, que es mentolado y dulce. En cambio, el cigarrillo Garitón es seco, es duro, es áspero, y sin complicidad con el fumador. Como cada cosa es y no es, no me molesta hacer propaganda gratis al Garitón. Pero, en cuanto a la Coca-cola, no perdono. Quiero mandar este relato a la revista Senhor y quiero que me paguen muy bien. Como usted es Sveglia, juzgue si mi cocinera, que cocina bien y canta el día entero, es. Me parece que voy a encerrar este relato esencial para explicar los fenómenos enérgicos de la materia. Pero no sé qué hacer. Ah, me voy a vestir. Hasta nunca más, Sveglia. El cielo es muy azul. Las olas blancas de espuma del mar son más que mar. (Ya me despedí del Sveglia, sólo continuaré hablando por vicio, tengan paciencia.) El olor del mar mezcla masculino y femenino y nace en el aire un hijo que es. La dueña del reloj me dijo hoy que él es el dueño de ella. Me dijo que él tiene unos agujeritos oscuros por donde sale el sonido suave como una ausencia de palabras, sonido de satén. Tiene un disco interior dorado. El disco exterior es plateado, casi sin color, como una aeronave en el espacio, metal volando. ¿La espera es o no es? No sé responder porque sufro de urgencia y quedo incapacitada de juzgar esta pregunta sin implicarme emocionalmente. No me gusta esperar. Un cuarteto de música es muchísimo más que una sinfonía. La flauta es. El clave tiene un elemento de terror: los sonidos salen abiertos y quebradizos. Cosa de alma de otro mundo. Sveglia, ¿cuándo me dejarás en paz? ¿Me vas a perseguir toda la vida, transformando la claridad en insomnio perenne? Ya te odio. Ya querría poder escribir una historia: un cuento o novela o una transmisión. ¿Cuál va a ser mi próximo paso en la literatura? Me parece que no escribiré más. Pero también es cierto que otras veces pensé que no escribiría más, y escribí. ¿Y qué he de escribir, Dios mío? ¿Me contaminé con la matemática del Sveglia y sólo sabré hacer relaciones ? Ahora voy a terminar este relato de misterio. Ocurre que estoy muy cansada. Voy a tomar un baño antes de salir y me perfumaré con un perfume que es un secreto mío. Sólo digo una cosa de él: es agreste y un poco áspero, con una dulzura escondida. Él es. Adiós, Sveglia. Adiós para siempre jamás. Hay una parte de mí que tú ya mataste. Ya morí y me estoy pudriendo. Morir es. Y ahora, ahora adiós. 1_ Maleficio. (N. de la T.) 2_ Pájaro del Brasil. (N. de la T.)

miércoles, 20 de noviembre de 2013

Clarice Lispector

UN CASO COMPLICADo

Pues sí.
Cuyo padre era amante, con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del médico colgaba una toalla blanca de la ventana, que quería decir que el amante podría entrar, o una toalla de color, y él no entraba.
Pero me estoy confundiendo toda y el caso es muy complicado; voy a ver si puedo desentrañarlo. Algunas cosas son inventadas. Pido disculpas porque además de contar los hechos yo también adivino y escribo lo que adivino. Yo adivino la realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede más que yo.
Pues la hija tuvo gangrena en la pierna y tuvieron que amputarla. Jandira tenía diecisiete años, era fogosa como un potro joven y de cabellos hermosos; tenía novio. Pero el novio vio la figura con muletas, muy alegre (alegría que él no vio que era patética), y tuvo la osadía de simplemente deshacer el noviazgo, que novia desfigurada no quería. Todos, hasta la sufrida madre de la muchacha, le imploraron al novio que fingiera amarla todavía, lo que no sería tan penoso —le dijeron— porque era a corto plazo: es que la novia tenía corto plazo de vida.
Y después de tres meses —como si cumpliera la promesa de no pesar en los débiles ideales del novio—, después de tres meses murió, linda, con los cabellos hermosos, inconsolable, con nostalgias del novio, y asustada con la muerte como niña que tiene miedo de la oscuridad: la muerte es muy oscura. O tal vez no, no sé cómo es, todavía no morí, y cuando haya muerto no lo sabré, quién sabe si es tan oscura. La muerte, quiero decir.
El novio era llamado por el apellido, Bastos, y al parecer vivía, todavía en tiempos en que la novia no había muerto, vivía con una mujer. Y con ésta continúo, para seguir contando.
Bien. Esa mujer un día tuvo celos. Y… —tan perfecta como Nelson Rodrigues, que no olvida los detalles crueles. Pero, ¿dónde estaba yo, que me perdí? Voy a empezar todo de nuevo, y en otra línea y párrafo aparte, para hacerlo mejor.
Bien. La mujer tuvo celos y mientras Bastos dormía deslizó agua hirviendo del pico de la caldera dentro del oído de él, que sólo tuvo tiempo de dar un grito antes de desmayarse, grito ése que podemos adivinar, por lo horrible. Bastos fue llevado al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lucha feroz con aquélla.
La mujer celosa cumplió un año y poco más de condena. De donde salió para encontrarse —¡adivinen con quién!—, para encontrarse con Bastos. A esa altura, un Bastos muy venido a menos y, claro, sordo para siempre, él, que no perdonaba los defectos físicos.
¿Y qué sucedió? Pues que volvieron a vivir juntos, amor para siempre.
Entretanto la muchachita de diecisiete años había muerto hacía mucho tiempo, dejando recuerdos en la madre. Y si me acuerdo fuera de hora de la joven es por el amor que siento.
Ahí es cuando entra el padre de ella, como quien no quiere la cosa. Continuó siendo amante de la mujer del médico que había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir, del amante. Y todos lo sabían, el médico y la madre de la ex novia. Me parece que me perdí de nuevo, está confuso, pero ¿qué puedo hacer?
El médico, que sabía que el padre de la joven era el amante de su mujer, cuidó mucho de la noviecita asustada con la oscuridad de la que hablé. La mujer del padre, por tanto madre de la ex novia, conocía las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj de oro y un anillo que era una joya, alfiler de corbata de brillante; era un negociante próspero, como se dice, pues la gente respeta y halaga largamente a los ricos, a los triunfadores, ¿no es cierto? Él, el padre de la joven, vestido con traje verde y camisa color rosa, a rayas. ¿Cómo lo sé? Simplemente sabiéndolo, con la adivinación imaginadora. Lo sé, y punto.
No me puedo olvidar de un detalle. Es el siguiente: el amante tenía en el frente un dientecito de oro. Y olía a ajo, todo su aliento era puro ajo, y a la amante no le importaba, quería tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé? Lo sé, y punto.
No sé qué destino tuvo esta gente, no tengo más noticias. ¿Se separaron? Pues es historia antigua, y quizás ya ocurrieron muertes.
Agrego un dato importante, y que, no sé por qué, explica el nacimiento maldito de toda la historia: esto ocurrió en Niteroi, con las tablas del muelle siempre húmedas y oscuras y sus barcas de vaivén. Niteroi es un lugar misterioso, de casas viejas, ennegrecidas. ¿Allí puede suceder lo del agua hirviendo en el oído del amante? No lo sé.
¿Y qué hacer con esta historia? Tampoco lo sé, la doy de regalo a quien la quiera, pues estoy harta de ella. A veces me aburro de la gente. Después pasa, y otra vez me siento curiosa y atenta.
Es sólo eso.

De Silencio


silencio

lunes, 22 de abril de 2013

FELICIDAD CLANDESTINA de CLARICE LISPECTOR

CLARICE LISPECTOR – FELICIDAD CLANDESTINA


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Niña con libro, Pintura de Pedro Fausto Rodriguez Pérez
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera.      ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.