lunes, 5 de septiembre de 2016

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

LA NOCHE
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.
Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.
Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.
En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.
Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.
Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.
Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:
-¿Amigo, qué hora es?
-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.
Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…
«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.
Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.
Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?
Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría aún el Sena?
Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.
Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.
“La Nuit”, 1887

domingo, 4 de septiembre de 2016

Patricia Highsmith

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EL OBSERVADOR DE CARACOLES


Cuando el señor Peter Knoppert comenzó a aficionarse a la observación de los caracoles, no imaginaba que los pocos ejemplares con que empezó se convertirían tan pronto en centenares. Apenas dos meses después de que los primeros caracoles fueron llevados al estudio de Knoppert, una treintena de tanques y peceras de vidrio, todos llenos de caracoles, cubrían los muros, descansaban en la mesa escritorio y los alféizares, y hasta comenzaban a extenderse por el suelo. La señora Knoppert desaprobaba todo esto enérgicamente y se negaba a entrar en el estudio. Afirmaba que olía mal, y además una vez pisó accidentalmente un caracol, lo que le causó una sensación horrible que nunca olvidaría. Pero cuanto más sus amigos y su esposa deploraban ese pasatiempo poco habitual y vagamente repulsivo, tanto mas gozo parecía encontrar en él el señor Knoppert.
—Antes nunca me interesó la naturaleza —repetía a menudo el señor Knoppert, quien era socio de una firma de agentes de bolsa y había consagrado toda su vida a la ciencia de las finanzas. Y agregaba—: Pero los caracoles me han abierto los ojos a la belleza del mundo animal.
Si sus amigos comentaban que los caracoles no eran propiamente animales y que su entorno viscoso no podía considerarse un buen ejemplo de la hermosura de la naturaleza, el señor Knoppert les contestaba, con una sonrisa de superioridad, que no sabían sobre los caracoles todo lo que él conocía.
Era cierto. El señor Knoppert había sido testigo de una exhibición que no se describía, o en todo caso no apropiadamente, en ninguna enciclopedia o libro de zoología de cuantos había consultado. El señor Knoppert había entrado una tarde en la codina a buscar un bocado antes de cenar, y casualmente se fijó en que un par de caracoles, en el recipiente de porcelana sobre la escurridera, se comportaban de modo muy extraño. Irguiéndose más o menos sobre sus colas, oscilaban uno frente a otro, exactamente como un par de serpientes hipnotizadas por un flautista. Un momento después, sus rostros se juntaron en un beso de voluptuosa intensidad. El señor Knoppert se acercó y los examinó desde todos los ángulos. Algo mas sucedía: una protuberancia, algo parecido a una oreja, estaba apareciendo en el lado derecho de la cabeza de ambos caracoles. Su instinto le dijo que estaba observando algún tipo de actividad sexual.
Entro la cocinera y le dijo algo, pero el señor Knoppert la hizo callar con un impaciente gesto de la mano. No podía apartar la vista de las encantadas criaturas del recipiente.
Cuando las protuberancias estaban precisamente borde a borde, un filamento blancuzco surgió de una oreja, como otro diminuto tentáculo y trazo un arco hasta la oreja del otro caracol. La primera presunción del Señor Knoppert se desvaneció cuando del otro caracol surgió también un tentáculo. “Qué cosa tan peculiar”, pensó. Los dos tentáculos se retiraron, luego salieron de nuevo y cual si hubiesen encontrado alguna señal invisible, se quedaron fijos en el caracol opuesto. Acercándose todavía más, el señor Knoppert miraba atentamente. La cocinera hizo otro tanto.
—¿Había visto usted jamás algo semejante? preguntó el señor Knoppert.
—No. Deben estar peleándose —contestó con indiferencia la cocinera, y se alejó.
Aquella era una muestra de la ignorancia sobre los caracoles que con el tiempo descubrió en todas partes.
El señor Knoppert continuó observando repetidas veces al par de caracoles por mas de una hora, hasta que primero las orejas y luego los tentáculos se retiraron, y los caracoles relajaron su actitud y ya no se prestaron atención el uno al otro. Pero para entonces, otro par había comenzado a flirtear y se iban levantando lentamente, hasta alcanza la posición de beso. El señor Knoppert le dijo a la cocinera que aquella noche no sirviera caracoles. Se llevó el recipiente que los contenía a su estudio, y en el hogar de los Knoppert ya no se volvieron a comer caracoles.
Aquella noche consultó sus enciclopedias y unos cuantos libros de ciencia que poseía, pero no halló absolutamente nada sobre los hábitos de procreación de los caracoles, aunque se describía en detalle el aburrido ciclo reproductivo de las ostras. Tal vez no había sido un apareamiento lo que había visto, se dijo el señor Knoppert al cabo de uno o dos días. Su esposa, Edna, le pidió que se comiera los caracoles o se librara de ellos —fue por aquel entonces cuando pisó un caracol que se había salido de recipiente y caído al suelo—, y el señor Knoppert tal vez lo hubiese hecho, de no haber encontrado una frase en el Origen de las Especies, de Darwin, en una pagina dedicada a los gastrópodos. La frase estaba en francés, lengua que el señor Knoppert no conocía, pero la palabra sensualité le puso en alerta como a un sabueso que de repente encuentra una pista. Estaba en aquel momento en una biblioteca pública y con ayuda de un diccionario tradujo trabajosamente la frase. Era de menos de cien palabras: indicaba que los caracoles manifestaban en su apareamiento una sensualidad que no se encuentra en ninguna otra especie del reino animal. Eso era todo. La frase pertenecía a unos apuntes de Henri Fabre. Obviamente, Darwin había decidido no traducirla para el lector corriente, dejándola en la lengua original para los pocos eruditos que realmente se interesaran por el tema. Ahora, el señor Knoppert se consideraba uno de esos pocos eruditos y su rostro redondo y sonrosado brillaba de satisfacción.
Se enteró de que sus caracoles eran del tipo de agua fresca, los cuales ponen los huevos en arena o tierra, de modo que colocó tierra húmeda y un platito con agua en una palangana amplia, a la que trasladó sus caracoles. Luego esperó a ver que sucedía. No hubo ni un solo apareamiento. Tomó uno por uno los caracoles y los examinó, sin ver nada que sugiriera una preñez. Pero a uno de los caracoles no lo pudo coger. Diríase que la concha estaba pegada a la tierra. El señor Knoppert sospechó que el caracol había enterrado su cabeza en la tierra para morir.
Pasaron dos días y en la mañana del tercero el señor Knoppert encontró un montoncito de tierra desmenuzada allí donde estuviera el caracol. Con curiosidad, investigó la tierra con ayuda de una cerilla y con gran deleite descubrió un hoyo lleno de brillantes huevecillos. El señor Knoppert llamó a su mujer y a la cocinera para que los vieran. Los huevecillos parecían caviar de gran tamaño, pero eran blancos en vez de negros o rojos.
—Bueno, han de reproducirse de algún modo —comentó la esposa.
El Señor Knoppert no lograba comprender su falta de interés. Durante el tiempo que estaba en casa no pasaba una hora sin que acudiera a mirar los huevecitos. Los observaba todas las mañanas, para ver si había ocurrido algún cambio y por la noche ocupaban su último pensamiento antes de meterse en cama. Además, otro caracol estaba abriendo un hoyo. Y otros dos se emparejaban. El primer montoncito de huevos se volvió de color grisáceo y minúsculas espirales de concha se hicieron discernibles en un lado de cada uno de los huevecillos. La impaciencia del señor Knoppert se agudizó. Por fin llegó una mañana —la decimoctava después de la puesta, según la cuidadosa cuenta del señor Knoppert— en la que miró al hoyo con los huevecitos y vio la primera diminuta cabeza moviéndose, la primera diminuta antena explorando incierta el nido. El señor Knoppert se sentía tan feliz como el padre de un recién nacido. Cada uno de los setenta y tantos huevos del hoyo se abrió milagrosamente a la vida. Había visto todo el ciclo reproductivo llegar a su feliz conclusión. Y el hecho de que nadie, por lo menos nadie que supiese, conociera ni un ápice de lo que él sabía ahora, daba a su conocimiento la emoción de un descubrimiento, el sabor picante de lo esotérico. El señor Knoppert tomó nota de los apareamientos sucesivos y de las puestas. Expuso la biología de los caracoles a sus amigos fascinados, a menudo asqueados, y también a sus invitados, hasta que su esposa, embarazada, acababa por no saber donde mirar
—Pero ¿cuando acabará esto, Peter? Si siguen reproduciéndose como hasta ahora, llegar a ocupar toda la casa —le dijo su mujer cuando llegaron a término quince o veinte puestas.
—No se puede detener a la naturaleza —le replicó él con buen humor—. Solo ocupan el estudio. Todavía hay mucho espacio allí…
De modo que llevó al estudio más peceras y tanques de vidrio. El señor Knoppert fue al mercado y escogió a algunos de los caracoles de aspecto más animado y también un par que vio apareándose sin que el resto del mundo se fijara en ellos. Mas y mas nidos aparecieron en la tierra en el fondo de los tanques y de cada nido salieron arrastrándose, finalmente, de setenta a noventa caracolitos, transparentes como gotas de rocío, deslizándose hacia arriba mas bien que hacia abajo de las tiras de lechuga que el señor Knoppert se apresuraba a poner en los nidos a modo de escaleras comestibles. Los apareamientos eran tan frecuentes que ya ni se preocupó de observarlos. Podían durar veinticuatro horas. Pero nunca disminuía la emoción de contemplar aquel caviar blanco convertirse en conchas y empezar a moverse, por mucho que lo viera y volviera a ver.
Sus colegas en el despacho de agente de bolsa se fijaron en que Peter Knoppert parecía gozar mucho más de la vida. Se mostró más audaz en sus decisiones, más brillante en sus cálculos, hasta algo malévolo en sus planes, pero todo esto traía dinero a la compañía. Por un voto unánime, su salario subió de cuarenta a sesenta mil dólares anuales. Cuando alguien lo felicitaba por sus éxitos, el señor Knoppert los atribuía a sus caracoles y al relajamiento benéfico que le proporcionaba el observarlos.
Pasaba todas las veladas con los caracoles, en el cuarto que ya no era un estudio, sino una especie de acuario. Disfrutaba colocando en los tanques pedazos de lechuga y de patata y de remolacha hervidas, luego abría el sistema de aspersión que había instalado en los tanques para simular la lluvia. Entonces, todos los caracoles se animaban comenzaban a comer, a aparearse o simplemente a deslizarse por el agua con evidente placer. A menudo, el señor Knoppert dejaba que un caracol trepara por su dedo índice —se imaginaba que a sus caracoles les gustaba ese contacto humano— y le daba a comer un pedazo de lechuga mientras lo observaba por todos lados, encontrando en ello tanta satisfacción estética como otra persona la hallaría contemplando un grabado japonés.
El señor Knoppert ya no permitía que nadie pusiera los pies en su estudio. Demasiados caracoles tenían la costumbre de deslizarse por el suelo, de dormirse pegados a los asientos de las sillas o a los lomos de los libros en los estantes. Los caracoles pasaban mucho tiempo durmiendo, especialmente los mas viejos. Pero muchos de ellos, menos indolentes, preferían aparearse. El señor Knoppert estimó que en cualquier momento por lo menos una docena de pares de caracoles estaban besándose. Y había ciertamente, una multitud de caracoles pequeños y de caracoles adolescentes. Era imposible llevar la cuenta. El señor Knoppert contó solamente a los que dormían o que se deslizaban solos por el techo y llegó a algo así como mil cien o mil doscientos. En los tanques, las peceras, la parte inferior de su mesa escritorio y los estantes debían de haber por lo menos cincuenta veces esa cifra. El señor Knoppert se propuso arrancar los caracoles del techo un día de aquellos. Algunos llevaban semanas y temía que no se alimentaran lo suficiente. Pero aquellos días estaba muy ocupado y necesitaba demasiado la tranquilidad que le proporcionaba simplemente el sentarse en su sillón favorito del estudio.
Durante el mes de junio estuvo tan atareado, que muchos días trabajo hasta tarde en su despacho. Los informes se acumulaban, porque era el final del año fiscal. Hacia cálculos, descubría una docena de posibilidades de ganancia y se reservaba las decisiones más audaces y las maniobras menos obvias para sus operaciones privadas. Dentro de un año, pensaba, sería tres o cuatro veces más rico. Ya veía los fondos de sus cuentas corrientes multiplicarse tan fácil y rápidamente como sus caracoles. Se lo dijo a su esposa, que se alegro mucho. Hasta le perdonó el estado ruinoso del estudio y el olor nauseabundo, a pescado, que se iba extendiendo por todo el piso superior,
—De todos modos, me gustaría que echaras una ojeada, Peter, para ver si sucede algo —le dijo con cierta ansiedad una mañana—. Puede haberse volcado un tanque o algo así, y no quisiera que se estropeara la alfombra. No has estado en el estudio, desde hace casi una semana ¿verdad?
En realidad el señor Knopert no había entrado en su estudio desde hacía casi dos semanas. No le dijo a su mujer que la alfombra ya estaba destrozada.
—Subiré esta noche —le prometió.
Pero transcurrieron tres días sin que encontrara tiempo para hacerlo. Entró en el estudio una noche, antes de acostarse, y se quedó sorprendido al encontrar el suelo completamente cubierto por dos o tres capas de caracoles. Le costo cerrar la puerta sin aplastarlos. Los densos racimos de caracoles en los ángulos y rincones hacían parecer redondo el estudio y como si el se hallara en el interior de una enorme piedra aglomerada. El señor Knoppert se apretó los nudillos hasta que chasquearon y miró asombrado a su alrededor. Los caracoles no solo habían cubierto todas las superficies, sino que además millares de ellos colgaban de la araña de cristal formando un grotesco, descomunal racimo.
El señor Knoppert buscó el respaldo de una silla en que apoyarse. Bajo la mano encontró solo gran cantidad de conchas. Se sonrió ligeramente: había caracoles en el asiento, amontonados unos sobre otros, formando un almohadón desigual. Tenía que hacer algo acerca del techo, y hacerlo inmediatamente. Tomo un paraguas que había en un rincón, quito con la mano parte de los caracoles que lo cubrían y aparto los de un rincón de la mesa, para poder subirse a ella. La puntera del paraguas rasgo el papel del techo y entonces el peso de los caracoles arranco hacia abajo una larga tira que quedo colgando hasta casi el suelo. El señor Knoppert se sintió, de súbito, frustrado y furioso. Los rociadores los harían mover. Apretó la palanca que los ponía en funcionamiento.
Los rociadores descargaron agua en todos los tanques y la hirviente actividad del cuarto entero aumento inmediatamente. El señor Knoppert deslizo sus pies por el suelo, entre conchas que se revolcaban sonando como guijarros en una playa y dirigió un par de rociadores hacia el techo. En seguida se dio cuenta que había cometido una equivocación. El papel, al ablandarse con el agua, comenzó a desgarrarse y mientras esquivaba una masa desprendida que caía lentamente del techo, recibió a un lado de la cabeza el golpe de una oscilante guirnalda de caracoles, un golpe realmente fuerte. Cayó sobre una rodilla, aturdido. Convendría abrir una ventana, pensó, porque el aire era asfixiante. Los caracoles le trepaban por los zapatos y las perneras de los pantalones. Sacó los pies con irritación. Se dirigió a la puerta, con el propósito de llamar a uno de los criados para que le ayudara, cuando la araña de cristal le cayó encima. El señor Knopper quedo sentado pesadamente en el suelo: Se dio cuenta de que no habría manera de abrir una ventana porque los caracoles estaban pegados fuertemente en gruesas capas en los alfeizares. Por un instante sintió como si no pudiese levantarse, como si se asfixiara. No era solo el olor mohoso del cuarto, sino que dondequiera que mirara, largas tiras de papel desprendidas de la pared y cubiertas de caracoles le tapaban la vista, como si estuviese en una prisión.
—¡Edna! —gritó, y se asombro del tono apagado, sordo, de su voz. Era como si el cuarto estuviera aislado, insonorizado.
Gateó hasta la puerta, sin fijarse en el mar de caracoles que aplastaba con manos y rodillas. No pudo abrir la puerta. Había tantos caracoles en ella y a lo largo de las juntas, en todas direcciones, que inutilizaban sus esfuerzos.
—¡Edna!
Un caracol se deslizó en su boca. Lo escupió asqueado. El señor Knopert trató de sacudirse los caracoles de los brazos. Pero por cada cien que apartaba, parecía que cuatrocientos trepaban y se agarraban a él como si lo buscaran deliberadamente porque era la única superficie del cuarto relativamente libre. Tenía caracoles sobre los ojos. Cuándo se tambaleaba, al tratar de ponerse de pie, algo le golpeó, algo que el señor Knoppert ni tan solo pudo ver. ¡Estaba perdiendo el sentido! En todo caso, se hallaba otra vez en el suelo. Sus brazos le pesaron como si fuesen de plomo al intentar levantarlos hasta la cara para librar los ojos y la nariz de los cuerpos viscosos y asesinos de los caracoles.
—¡Socorro!
Tragó un caracol. Sofocándose, ensancho la boca para que entrara aire y sintió un caracol que se arrastraba por los labios y la lengua. ¡Aquello era infernal! Los sentía deslizarse como un río viscoso por las piernas, pegándolas al suelo
—¡Brrr…!
El aliento del señor Knoppert salía difícilmente en pequeños soplos. La visión se le oscureció, de un horrible y ondulante color negro. No podía respirar, porque no le era posible alcanzar la nariz con las manos. Tenía las manos inmovilizadas. Entonces, por un ojo entrecerrado, vio directamente frente a él, a pocos centímetros, lo que había sido la planta verde que solía estar en una maceta al lado de la puerta. Pegados a ella un par de caracoles estaban haciendo el amor silenciosamente. Y a su lado, diminutos caracoles, puros como gotas de rocío emergían de un hoyuelo, como un ejército infinito que avanzaba por su mundo cada vez más ancho.

jueves, 4 de agosto de 2016

Aldous Huxley, Un mundo feliz(1932)

"Una dictadura perfecta tendría la apariencia de una democracia, una cárcel sin muros en la cual los prisioneros no soñarían en evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos tendrían el amor de su servitud".
Aldous Huxley, Un mundo feliz(1932)

lunes, 11 de julio de 2016

Anton Chejov

El estudiante

En principio, el tiempo era bueno y tranquilo. Los mirlos gorjeaban y de los pantanos vecinos llegaba el zumbido lastimoso de algo vivo, igual que si soplaran en una botella vacía. Una becada1 inició el vuelo, y un disparo retumbó en el aire primaveral con alegría y estrépito. Pero cuando oscureció en el bosque, empezó a soplar el intempestivo y frío viento del este y todo quedó en silencio. Los charcos se cubrieron de agujas de hielo y el bosque adquirió un aspecto desapacible, sórdido y solitario. Olía a invierno.

Iván Velikopolski, estudiante de la academia eclesiástica, hijo de un sacristán, volvía de cazar y se dirigía a su casa por un sendero junto a un prado anegado. Tenía los dedos entumecidos y el viento le quemaba la cara. Le parecía que ese frío repentino quebraba el orden y la armonía, que la propia naturaleza sentía miedo y que, por ello, había oscurecido antes de tiempo. A su alrededor todo estaba desierto y parecía especialmente sombrío. Sólo en la huerta de las viudas, junto al río, brillaba una luz; en unas cuatro verstas a la redonda, hasta donde estaba la aldea, todo estaba sumido en la fría oscuridad de la noche. El estudiante recordó que cuando salió de casa, su madre, descalza, sentada en el suelo del zaguán, limpiaba el samovar, y su padre estaba echado junto a la estufa y tosía; al ser Viernes Santo, en su casa no habían hecho comida y sentía un hambre atroz. Ahora, encogido de frío, el estudiante pensaba que ese mismo viento soplaba en tiempos de Riurik, de Iván el Terrible y de Pedro el Grande y que también en aquellos tiempos había existido esa brutal pobreza, esa hambruna, esas agujereadas techumbres de paja, la ignorancia, la tristeza, ese mismo entorno desierto, la oscuridad y el sentimiento de opresión. Todos esos horrores habían existido, existían y existirían y, aun cuando pasaran mil años más, la vida no sería mejor. No tenía ganas de volver a casa.
La huerta de las viudas se llamaba así porque la cuidaban dos viudas, madre e hija. Una hoguera ardía vivamente, entre chasquidos y chisporroteos, iluminando a su alrededor la tierra labrada. La viuda Vasilisa, una vieja alta y robusta, vestida con una zamarra de hombre, estaba junto al fuego y miraba con aire pensativo las llamas; su hija Lukeria, baja, de rostro abobado, picado de viruelas, estaba sentada en el suelo y fregaba el caldero y las cucharas. Seguramente acababan de cenar. Se oían voces de hombre; eran los trabajadores del lugar que llevaban los caballos a abrevar al río
-Ha vuelto el invierno -dijo el estudiante, acercándose a la hoguera-. ¡Buenas noches!
Vasilisa se estremeció, pero enseguida lo reconoció y sonrió afablemente.
-No te había reconocido, Dios mío. Eso es que vas a ser rico.
Se pusieron a conversar. Vasilisa era una mujer que había vivido mucho. Había servido en un tiempo como nodriza y después como niñera en casa de unos señores, se expresaba con delicadeza y su rostro mostraba siempre una leve y sensata sonrisa. Lukeria, su hija, era una aldeana, sumisa ante su marido, se limitaba a mirar al estudiante y a permanecer callada, con una expresión extraña en el rostro, como la de un sordomudo.
-En una noche igual de fría que ésta, se calentaba en la hoguera el apóstol Pedro -dijo el estudiante, extendiendo las manos hacia el fuego-. Eso quiere decir que también entonces hacía frío. ¡Ah, qué noche tan terrible fue esa! ¡Una noche larga y triste a más no poder!
Miró a la oscuridad que le rodeaba, sacudió convulsivamente la cabeza y preguntó:
-¿Fuiste a la lectura del Evangelio?
-Sí, fui.
-Entonces te acordarás de que durante la Última Cena, Pedro dijo a Jesús: «Estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte». Y el Señor le contestó: «Pedro, en verdad te digo que antes de que cante el gallo, negarás tres veces que me conoces». Después de la cena, Jesús se puso muy triste en el huerto y rezó, mientras el pobre Pedro, completamente agotado, con los párpados pesados, no pudo vencer al sueño y se durmió. Luego oirías que Judas besó a Jesús y lo entregó a sus verdugos aquella misma noche. Lo llevaron atado ante el sumo pontífice y lo azotaron, mientras Pedro, exhausto, atormentado por la angustia y la tristeza, ¿lo entiendes?, desvelado, presintiendo que algo terrible iba a suceder en la tierra, los siguió... Quería con locura a Jesús y ahora veía, desde lejos, cómo lo azotaban...
Lukeria dejó las cucharas y fijó su inmóvil mirada en el estudiante.

-Llegaron adonde estaba el sumo pontífice -prosiguió- y comenzaron a interrogar a Jesús, mientras los criados encendieron una hoguera en medio del patio, pues hacía frío, y se calentaban. Con ellos, cerca de la hoguera, estaba Pedro y también se calentaba, como yo ahora. Una mujer, al verlo, dijo: «Éste también estaba con Jesús», lo que quería decir que también a él había que llevarlo al interrogatorio. Todos los criados que se hallaban junto al fuego le miraron, seguro, severamente, con recelo, puesto que él, agitado, dijo: «No lo conozco». Poco después, alguien lo reconoció de nuevo como uno de los discípulos de Jesús y dijo: «Tú también eres de los suyos». Y él lo volvió a negar. Y por tercera vez, alguien se dirigió a él: «¿Acaso no te he visto hoy con él en el huerto?». Y él lo negó por tercera vez. Justo después de eso, cantó el gallo y Pedro, mirando desde lejos a Jesús, recordó las palabras que él le había dicho durante la cena... Las recordó, volvió en sí, salió del patio y rompió a llorar amargamente. El Evangelio dice: «Tras salir de allí, lloró amargamente». Así me lo imagino: un jardín tranquilo, muy tranquilo, y oscuro, muy oscuro, y en medio del silencio apenas se oye un callado sollozo...
El estudiante suspiró y se quedó pensativo. Vasilisa, que seguía sonriente, sollozó de pronto, gruesas y abundantes lágrimas se deslizaron por sus mejillas mientras ella interponía una manga entre su rostro y el fuego, como si se avergonzara de sus propias lágrimas. Lukeria, por su parte, miraba fijamente al estudiante, ruborizada, con la expresión grave y tensa, como la de quien siente un fuerte dolor.
Los trabajadores volvían del río, y uno de ellos, montado a caballo, ya estaba cerca y la luz de la hoguera oscilaba ante él. El estudiante dio las buenas noches a las viudas y reemprendió la marcha. De nuevo lo envolvió la oscuridad y se entumecieron sus manos. Hacía mucho viento; parecía, en efecto, que el invierno había vuelto y no que al cabo de dos días llegaría la Pascua. Ahora el estudiante pensaba en Vasilisa: si se echó a llorar es porque lo que le sucedió a Pedro aquella terrible noche guarda alguna relación con ella...

Miró atrás. El fuego solitario crepitaba en la oscuridad, y a su lado ya no se veía a nadie. El estudiante volvió a pensar que si Vasilisa se echó a llorar y su hija se conmovió, era evidente que aquello que él había contado, lo que sucedió diecinueve siglos antes, tenía relación con el presente, con las dos mujeres y, probablemente, con aquella aldea desierta, con él mismo y con todo el mundo. Si la vieja se echó a llorar no fue porque él lo supiera contar de manera conmovedora, sino porque Pedro le resultaba cercano a ella y porque ella se interesaba con todo su ser en lo que había ocurrido en el alma de Pedro.
Una súbita alegría agitó su alma, e incluso tuvo que pararse para recobrar el aliento. "El pasado -pensó- y el presente están unidos por una cadena ininterrumpida de acontecimientos que surgen unos de otros". Y le pareció que acababa de ver los dos extremos de esa cadena: al tocar uno de ellos, vibraba el otro.
Luego, cruzó el río en una balsa y después, al subir la colina, contempló su aldea natal y el poniente, donde en la raya del ocaso brillaba una luz púrpura y fría. Entonces pensó que la verdad y la belleza que habían orientado la vida humana en el huerto y en el palacio del sumo pontífice, habían continuado sin interrupción hasta el tiempo presente y siempre constituirían lo más importante de la vida humana y de toda la tierra. Un sentimiento de juventud, de salud, de fuerza (sólo tenía veintidós años), y una inefable y dulce esperanza de felicidad, de una misteriosa y desconocida felicidad, se apoderaron poco a poco de él, y la vida le pareció admirable, encantadora, llena de un elevado sentido.

Tobias Wolff

Bala en el cerebro

Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.
Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”
Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”
Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”
—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.
Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.
Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.
“¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.
¿Entendieron?”
Los cajeros asintieron.
—Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.
Ella lo miró con los ojos húmedos. El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”
Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.
—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.
—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.
—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?
—No—dijo Anders.
—Entonces cerrá el pico.
—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.
—Por favor, cállese—dijo la mujer.
—¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?
—No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.
—¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?
—No—dijo Anders.
—Entonces dejá de mirarme.
Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.
—No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.
Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa— retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.
—¿De qué te reís, genio?
—De nada.
—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?
—No.
—¿Te pensás que podés joder conmigo?
—No.
—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?
Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.
La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.
Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.
No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.
Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.
Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.
Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.
Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.
“Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.
Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.
Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.
La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá.
Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

Traducción: Xtian Rodríguez


martes, 21 de junio de 2016

J.D. Salinger (Estados Unidos, 1919- 2010)





EL GUARDIÁN EN EL CENTENO
(Fragmentos)



Empezó a afeitarse otra vez. Siempre lo hacía dos veces para estar guapísimo. Y con la misma cuchilla asquerosa.

—Y si no viniste con la Fitzgerald , con quién entonces? - le pregunté. Había vuelto a sentarme en el lavabo - ¿Con Phyllis Smith?

—No, iba a salir con ella, pero se complicaron las cosas. Ha venido la compañera de cuarto de Bud Thaw. ¡Ah! Se me olvidaba . Te conoce.

—¿Quién? - pregunté.

—La chica ésta.

—¿Sí? - le dije -. ¿Cómo se llama?

Aquello me interesó.

—Esperá.... ¡Ah, sí! Jane Gallaher.

¡Ja! Cuando lo oí por poco me desmayo.

—¡Jane Gallaher! - le dije. Hasta me levanté del lavabo. No me morí de milagro -. ¡Claro que la conozco! Vivía muy cerca de la casa donde pasamos el verano el año antepasado. Tenía un Dobberman. Por eso la conocí. El perro venía siempre a nuestra ...

—Me estás tapando la luz, Holden - dijo Stradlater-. ¿Tenés que ponerte precisamente ahí?

¡Ja! ¡Qué nervioso me había puesto! De verdad.

—¿Dónde está? - le pregunté -. Debería bajar a saludarla. ¿Está en el recibidor?

—Sí.

—¿Cómo es que hablaron de mí? ¿Va a B.M. ahora? Me dijo que iba a ir allí o a Shipley. Creí que al final había decidido ir a Shipley. Pero ¿cómo es que hablaron de mí?

Estaba excitadísimo, de verdad.

—No sé. Levantate, querés? Te sentaste encima de mi toalla - me había sentado en su maldita toalla.
¡Jane Gallaher! ¡No podía creerlo! ¡Quién lo iba a decir! Stradlater se estaba poniendo Vitalis en el pelo. Mi Vitalis.

—Sabe bailar muy bien - le dije -. Baila ballet. Practicaba siempre, dos horas al día aunque hiciera un calor horroroso. Tenía mucho miedo de que se le estropearan las piernas,... de que se le pusieran gordas. Jugábamos a las damas todo el tiempo.

—¿Jugaban a qué?

—A las damas.

—¿A las damas? No jodas.

—Sí. Ella nunca las movía, a las damas. Cuando tenía una, nunca la movía. La dejaba en la fila de atrás. Le gustaba verlas así, todas alineadas. No las movía.

Stradlater no dijo nada. Esas cosas casi nunca interesan a nadie.

.....
”Era un taxi viejísimo que olía como si alguien hubiera acabado de vomitar dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún lado de noche. Pero más deprimente todavía era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer abrazados por la cintura, o una pandilla de tipos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia, y hace que uno se sienta aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe. Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.

-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?

-¿Qué?

-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park.

Donde están los patos. ¿Sabe, no?

-Sí. ¿Qué pasa con ese lago ?

-¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?

-¿Adónde va, quién?

-Los patos. ¿Lo sabe usted, por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?

El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.

-¿Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?

-Bueno, no se enoje por eso.

-¿Quién se enoja? Nadie se enoja.

Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:

-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven.
……
” Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el “hombre que ríe” había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el “hombre que ríe” respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del “hombre que ríe” sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general-siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el “hombre que ríe” se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. “

......
... miró a Franny

- ¿ Me escuchas o no?

- Sí.

- Tienes a dos de los mejores profesores del país en tu maldito Departamento de Inglés. Manlius. Espósito. Dios mío, ya quisiera yo tenerlos aquí. Por lo menos son poetas.

- No, no lo son -dijo Franny-. En parte eso es lo espantoso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. No son más que personas que escriben poemas que se publican y aparecen en antologías por todas partes, pero no son poetas.

Se calló, incómoda, y apagó el cigarrillo. Desde hacía minutos había ido palideciendo. De repente su lápiz de labios parecía un tono o dos más claro, como si se lo hubiese quitado con un pañuelo de papel.

- No hablemos de eso -dijo, casi con indiferencia, aplastando la colilla en el cenicero-. Estoy desatada. Voy a estropearte el fin de semana. Ojalá hubiera una trampa debajo de mi silla y me hiciera desaparecer.

El camarero se acercó un momento y dejó otro Martini delante de cada uno. Lane rodeó con sus dedos -que eran finos y largos y casi siempre estaban a la vista- el pie de la copa.

- No estás "estropeando" nada -dijo en voz baja. Simplemente me interesa averiguar de qué diablos se trata. Quiero decir, ¿hay que ser un maldito bohemio, o estar muerto, por Dios santo, para ser un "verdadero poeta"?

¿Qué es lo que quieres, un idiota de pelo largo?

- No. ¿Por qué no lo dejamos pasar? Por favor. Me siento absolutamente fatal, y me está entrando un terrible...

- Estaría encantado de dejar el tema.... me encantaría. Pero dime primero qué es un "verdadero poeta", si no te importa. Me encantaría. De verdad.

Había un ligero brillo de transpiración en la frente de Franny. Posiblemente era sólo que hacía demasiado calor en el comedor, o que los martinis estaban demasiado fuertes, o que tenía el estómago revuelto; en cualquier caso, Lane no pareció notarlo.

- No sé qué es un verdadero poeta. Me gustaría que terminaras, Lane. En serio. Me siento muy mal y muy rara, y no puedo...

- Está bien, está bien... De acuerdo. Tranquila -dijo Lane-. Sólo trataba de...
- Lo que yo sé es esto, nada más -dijo Franny-. Que si eres poeta, haces algo hermoso. Quiero decir que dejas algo hermoso cuando terminas la página o lo que sea. Esos de los que tú hablas no dejan ni una sola cosa hermosa. Lo único que hacen, tal vez, los que son algo mejores, es meterse en tu cabeza y dejar "algo" allí, pero el que lo hagan, el que sepan "dejar algo" no significa que sea un poema, no ¡por Dios! Puede tratarse simplemente de una especie de excrementos, terriblemente fascinantes y sintácticos, con perdón. Como pasa con Manlius y Espósito y todos esos pobres hombres.

Lane se tomó tiempo para encender un cigarrillo antes de decir nada.

-Creí que te caía bien Manlius. De hecho, si no recuerdo mal, hace aproximadamente un mes, dijiste que era "un encanto"y que tú...

-Y me cae bien. Estoy harta de que la gente me caiga bien solamente. Quisiera conocer alguien que pudiese respetar... ¿Me disculpas un momento?

Franny se puso de pie con el bolso en la mano. Estaba muy pálida.
…… (La señora Glass (Bessie), madre de los siete hermanos prodigio, empezando por Seymour -que se ha suicidado hace varios años- y terminando por Zooey y Franny, habla con el primero sobre la crisis nerviosa con ribetes místicos que está atravesando la segunda; la escena, en el baño de la casa materna.)

...la señora Glass dio un innecesario tirón a su redecilla, luego sacó los cigarrillos y las cerillas, pero únicamente los sostuvo en la mano.

-Para tu información -dijo-, yo no dije que fuera a llamar al psicoanalista de Philly Byrnes, sólo dije que estaba pensando en hacerlo. En primer lugar, no se trata de un psicoanalista cualquiera. Da la casualidad de que es un psicoanalista católico y muy devoto, y pensé que podría ser mejor eso que quedarse sentado y ver cómo esa niña...

-Bessie, te lo advierto, maldita sea. Me da lo mismo que sea un veterinario budista muy devoto. Si llamas a algún...

-No es preciso ponerse sarcástico, jovencito. Conozco a Philly Byrnes desde que era un niño pequeño. Tu padre y yo actuamos con sus padres en el mismo programa durante años. Y sé seguro que ir al psicoanalista ha convertido a ese muchacho en una persona absolutamente nueva y encantadora. Estuve hablando con su...

Zooey dejó el peine dentro del botiquín con un golpe seco, luego cerró la puerta del armarito con un gesto de impaciencia.

-¡Qué estúpida eres, Bessie! -dijo-. Philly Byrnes. Philly Byrnes es un pobre hombre, impotente, sudoroso y cuarentón, que ha dormido durante años con un rosario y un número de Variety debajo de la almohada. Estamos hablando de dos cosas tan distintas como el día y la noche. Ahora...escúchame, Bessie -Zooey se volvió para mirar de frente a su madre y la examinó cuidadosamente, con la palma de la mano sobre el lavabo, como buscando apoyo-. ¿Me escuchas?

La señora Glass terminó de encender otro pitillo antes de comprometerse. Luego, exhalando el humo y sacudiendo imaginarias briznas de tabaco de su regazo, contestó sombríamente:

-Te escucho.

-De acuerdo. Ahora te estoy hablando muy en serio. Si tú... Escúchame bien. Si no quieres, o no puedes, pensar en Seymour, sigue adelante y llama a algún psicoanalista ignorante. Hazlo. Llama a algún analista experto en adaptar a la gente a los placeres de la televisión, de la revista Life todos los miércoles, de los viajes a Europa, de la bomba H, de las elecciones presidenciales, de la portada del Times, de las responsabilidades de la Asociación de Padres y Profesores de Westport y Oyster Bay, y Dios sabe qué otras cosas gloriosamente normales..., hazlo, y te juro que, en menos de un año, Franny estará en un manicomio o vagando por un maldito desierto con una cruz ardiente en las manos.

La señora Glass sacudió más briznas de tabaco imaginarias.

-Está bien, está bien. No te alteres tanto -dijo-. Por Dios santo, nadie ha llamado a nadie.

Zooey abrió bruscamente la puerta del armarito, contempló el interior, sacó una lima de uñas y cerró la puerta. Tomó el cigarrillo que había puesto en el borde del estante de cristal y le dio una chupada, pero estaba apagado.

-Toma- dijo su madre y le tendió su paquete de extra largos y su carterita de fósforos.

Zooey tomó un cigarrillo del paquete y llegó a ponérselo entre los labios y a encender un fósforo, pero la presión de sus pensamientos le impidió ir más allá; apagó la cerilla y se quitó el pitillo de la boca. Sacudió la cabeza con impaciencia.

-No sé -dijo-. Me parece que debe de haber un psicoanalista escondido en alguna parte que podría ayudar a Franny..., lo pensé anoche -hizo una ligera mueca-. Pero yo no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista le sirviera de algo a Franny, tendría que ser un tipo muy especial. No sé. Tendría que creer que si tuvo la inspiración de estudiar psicoanálisis fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si no le atropelló un maldito camión antes de que obtuviera su licencia para ejercer, fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si posee la inteligencia natural que le permite ayudar en algo a sus malditos pacientes es por la gracia de Dios. No conozco a ningún buen analista que piense nada parecido. Pero ése es el único tipo de psicoanalista que podría servirle a Franny. Si da con alguien terriblemente freudiano, o terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera sienta una absurda y misteriosa gratitud por poseer intuición e inteligencia..., saldrá del análisis en peor estado que Seymour. Me preocupa horrores pensar en eso...

……
Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.
……
“Creí que era, “Si un cuerpo coge a otro cuerpo” -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
……
Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos”.
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“Nunca puedo rezar cuando quiero. En primer lugar porque soy un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos, por ejemplo. Si quieren que les diga la verdad no les tengo ninguna simpatía. Cuando Jesucristo murió no se portaron tan mal, pero lo que es mientras estuvo vivo, le ayudaron como un tiro en la cabeza. Siempre le dejaban más solo que la una. Creo que son los que menos trago de toda la Biblia. Si quieren que les diga la verdad, el tío que me cae mejor de todo el Evangelio, además de Jesucristo, es ese lunático que vivía entre las tumbas y se hacía heridas con las piedras. Me cae mil veces mejor que los discípulos”.
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 “Una de las cosas malas que tengo es que nunca me ha importado perder nada. Cuando era niño, mi madre se enfadaba mucho conmigo. Hay tíos que se pasan días enteros buscando todo lo que pierden. A mí nada me importalo bastante como para pasarme una hora buscándolo. Quizá por eso sea un poco cobarde. Aunque no es excusa, de verdad. No se debe ser cobarde en absoluto, ni poco ni mucho. Si llega el momento de romperle a uno la cara, hay que hacerlo. Lo que me pasa es que yo no sirvo para esas cosas. Prefiero tirar a un tío por la ventana o cortarle la cabeza a hachazos, que pegarle un puñetazo en la mandíbula. Me revientan los puñetazos. No me importa que me aticen de vez en cuando —aunque, naturalmente, tampoco me vuelve loco—, pero si se trata de una pelea a puñetazos lo que más me asusta es ver la cara del otro tío. Eso es lo malo. No me importaría pelear si tuviera los ojos vendados. Sé que es un tipo de cobardía bastante raro, la verdad, pero aun así es cobardía. No crean que me engaño”.
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“Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era. Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano.”
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“Supongo que eso no estaría mal, pero no me gusta. Me gustaría si los abogados fueran por ahí salvando de verdad vidas de tipos inocentes, pero eso nunca lo hacen. Lo que hacen es ganar un montón de pasta, jugar al golf y al bridge, comprarse coches, beber martinis secos y darse mucha importancia. Además, si de verdad te. pones a defender a tíos inocentes, ¿cómo sabes que lo haces porque quieres salvarles la vida, o porque quieres que todos te consideren un abogado estupendo y te den palmaditas en la espalda y te feliciten los periodistas cuando acaba el juicio como pasa en toda esa imbecilidad de películas? ¡Cómo sabes tú mismo que no te estás mintiendo? Eso es lo malo, que nunca llegas a saberlo”.
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 “El oficial de marina y yo nos dijimos que estábamos encantados de habernos conocido, que es una cosa que me fastidia muchísimo. Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas.”