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martes, 21 de junio de 2016

J.D. Salinger (Estados Unidos, 1919- 2010)





EL GUARDIÁN EN EL CENTENO
(Fragmentos)



Empezó a afeitarse otra vez. Siempre lo hacía dos veces para estar guapísimo. Y con la misma cuchilla asquerosa.

—Y si no viniste con la Fitzgerald , con quién entonces? - le pregunté. Había vuelto a sentarme en el lavabo - ¿Con Phyllis Smith?

—No, iba a salir con ella, pero se complicaron las cosas. Ha venido la compañera de cuarto de Bud Thaw. ¡Ah! Se me olvidaba . Te conoce.

—¿Quién? - pregunté.

—La chica ésta.

—¿Sí? - le dije -. ¿Cómo se llama?

Aquello me interesó.

—Esperá.... ¡Ah, sí! Jane Gallaher.

¡Ja! Cuando lo oí por poco me desmayo.

—¡Jane Gallaher! - le dije. Hasta me levanté del lavabo. No me morí de milagro -. ¡Claro que la conozco! Vivía muy cerca de la casa donde pasamos el verano el año antepasado. Tenía un Dobberman. Por eso la conocí. El perro venía siempre a nuestra ...

—Me estás tapando la luz, Holden - dijo Stradlater-. ¿Tenés que ponerte precisamente ahí?

¡Ja! ¡Qué nervioso me había puesto! De verdad.

—¿Dónde está? - le pregunté -. Debería bajar a saludarla. ¿Está en el recibidor?

—Sí.

—¿Cómo es que hablaron de mí? ¿Va a B.M. ahora? Me dijo que iba a ir allí o a Shipley. Creí que al final había decidido ir a Shipley. Pero ¿cómo es que hablaron de mí?

Estaba excitadísimo, de verdad.

—No sé. Levantate, querés? Te sentaste encima de mi toalla - me había sentado en su maldita toalla.
¡Jane Gallaher! ¡No podía creerlo! ¡Quién lo iba a decir! Stradlater se estaba poniendo Vitalis en el pelo. Mi Vitalis.

—Sabe bailar muy bien - le dije -. Baila ballet. Practicaba siempre, dos horas al día aunque hiciera un calor horroroso. Tenía mucho miedo de que se le estropearan las piernas,... de que se le pusieran gordas. Jugábamos a las damas todo el tiempo.

—¿Jugaban a qué?

—A las damas.

—¿A las damas? No jodas.

—Sí. Ella nunca las movía, a las damas. Cuando tenía una, nunca la movía. La dejaba en la fila de atrás. Le gustaba verlas así, todas alineadas. No las movía.

Stradlater no dijo nada. Esas cosas casi nunca interesan a nadie.

.....
”Era un taxi viejísimo que olía como si alguien hubiera acabado de vomitar dentro. Siempre me toca uno de ésos cuando voy a algún lado de noche. Pero más deprimente todavía era que las calles estuvieran tan tristes y solitarias a pesar de ser sábado. Apenas se veía a nadie. De vez en cuando cruzaban un hombre y una mujer abrazados por la cintura, o una pandilla de tipos riéndose como hienas de algo que apuesto la cabeza a que no tenía la menor gracia. Nueva York es terrible cuando alguien se ríe de noche. La carcajada se oye a millas y millas de distancia, y hace que uno se sienta aún más triste y deprimido. En el fondo, lo que me hubiera gustado habría sido ir a casa un rato y charlar con Phoebe. Pero, en fin, como les iba diciendo, subí al taxi, y pronto el taxista empezó a darme un poco de conversación. Se llamaba Howitz y era mucho más simpático que el anterior. Por eso se me ocurrió que a lo mejor sabía lo de los patos.

-Dígame, Howitz -le dije-. ¿Pasa usted muchas veces junto al lago del Central Park?

-¿Qué?

-El lago, sabe. Ese lago pequeño que hay cerca de Central South Park.

Donde están los patos. ¿Sabe, no?

-Sí. ¿Qué pasa con ese lago ?

-¿Se acuerda de esos patos que hay siempre nadando ahí? Sobre todo en primavera. ¿Sabe usted por casualidad dónde van en invierno?

-¿Adónde va, quién?

-Los patos. ¿Lo sabe usted, por casualidad? ¿Viene alguien a llevárselos a alguna parte en un camión o se van ellos por su cuenta al sur, o qué hacen?

El tal Howitz volvió la cabeza en redondo para mirarme. Tenía muy poca paciencia, pero no era mala persona.

-¿Cómo quiere que lo sepa? -me dijo-. ¿Cómo quiere que sepa semejante estupidez?

-Bueno, no se enoje por eso.

-¿Quién se enoja? Nadie se enoja.

Decidí que si iba a tomarse las cosas tan a pecho, mejor era no hablar. Pero fue él quien sacó de nuevo la conversación. Volvió otra vez la cabeza en redondo y me dijo:

-Los peces son los que no se van a ninguna parte. Los peces se quedan en el lago. Esos sí que no se mueven.
……
” Único hijo de un acaudalado matrimonio de misioneros, el “hombre que ríe” había sido raptado en su infancia por unos bandidos chinos. Cuando el acaudalado matrimonio se negó (debido a sus convicciones religiosas) a pagar el rescate para la liberación de su hijo, los bandidos, considerablemente agraviados, pusieron la cabecita del niño en un torno de carpintero y dieron varias vueltas hacia la derecha a la manivela correspondiente. La víctima de este singular experimento llegó a la mayoría de edad con una cabeza pelada, en forma de nuez (pacana) y con una cara donde, en vez de boca, exhibía una enorme cavidad ovalada debajo de la nariz. La misma nariz se limitaba a dos fosas nasales obstruidas por la carne. En consecuencia, cuando el “hombre que ríe” respiraba, la abominable siniestra abertura debajo de la nariz se dilataba y contraía (yo la veía así) como una monstruosa ventosa. (El Jefe no explicaba el sistema de respiración del “hombre que ríe” sino que lo demostraba prácticamente.) Los que lo veían por primera vez se desmayaban instantáneamente ante el aspecto de su horrible rostro. Los conocidos le daban la espalda. Curiosamente, los bandidos le permitían estar en su cuartel general-siempre que se tapara la cara con una máscara roja hecha de pétalos de amapola. La máscara no solamente eximía a los bandidos de contemplar la cara de su hijo adoptivo, sino que además los mantenía al tanto de sus andanzas; además, apestaba a opio. Todas las mañanas, en su extrema soledad, el “hombre que ríe” se iba sigilosamente (su andar era suave como el de un gato) al tupido bosque que rodeaba el escondite de los bandidos. Allí se hizo amigo de muchísimos animales: perros, ratones blancos, águilas, leones, boas constrictor, lobos. Además, se quitaba la máscara y les hablaba dulcemente, melodiosamente, en su propia lengua. “

......
... miró a Franny

- ¿ Me escuchas o no?

- Sí.

- Tienes a dos de los mejores profesores del país en tu maldito Departamento de Inglés. Manlius. Espósito. Dios mío, ya quisiera yo tenerlos aquí. Por lo menos son poetas.

- No, no lo son -dijo Franny-. En parte eso es lo espantoso. Quiero decir que no son verdaderos poetas. No son más que personas que escriben poemas que se publican y aparecen en antologías por todas partes, pero no son poetas.

Se calló, incómoda, y apagó el cigarrillo. Desde hacía minutos había ido palideciendo. De repente su lápiz de labios parecía un tono o dos más claro, como si se lo hubiese quitado con un pañuelo de papel.

- No hablemos de eso -dijo, casi con indiferencia, aplastando la colilla en el cenicero-. Estoy desatada. Voy a estropearte el fin de semana. Ojalá hubiera una trampa debajo de mi silla y me hiciera desaparecer.

El camarero se acercó un momento y dejó otro Martini delante de cada uno. Lane rodeó con sus dedos -que eran finos y largos y casi siempre estaban a la vista- el pie de la copa.

- No estás "estropeando" nada -dijo en voz baja. Simplemente me interesa averiguar de qué diablos se trata. Quiero decir, ¿hay que ser un maldito bohemio, o estar muerto, por Dios santo, para ser un "verdadero poeta"?

¿Qué es lo que quieres, un idiota de pelo largo?

- No. ¿Por qué no lo dejamos pasar? Por favor. Me siento absolutamente fatal, y me está entrando un terrible...

- Estaría encantado de dejar el tema.... me encantaría. Pero dime primero qué es un "verdadero poeta", si no te importa. Me encantaría. De verdad.

Había un ligero brillo de transpiración en la frente de Franny. Posiblemente era sólo que hacía demasiado calor en el comedor, o que los martinis estaban demasiado fuertes, o que tenía el estómago revuelto; en cualquier caso, Lane no pareció notarlo.

- No sé qué es un verdadero poeta. Me gustaría que terminaras, Lane. En serio. Me siento muy mal y muy rara, y no puedo...

- Está bien, está bien... De acuerdo. Tranquila -dijo Lane-. Sólo trataba de...
- Lo que yo sé es esto, nada más -dijo Franny-. Que si eres poeta, haces algo hermoso. Quiero decir que dejas algo hermoso cuando terminas la página o lo que sea. Esos de los que tú hablas no dejan ni una sola cosa hermosa. Lo único que hacen, tal vez, los que son algo mejores, es meterse en tu cabeza y dejar "algo" allí, pero el que lo hagan, el que sepan "dejar algo" no significa que sea un poema, no ¡por Dios! Puede tratarse simplemente de una especie de excrementos, terriblemente fascinantes y sintácticos, con perdón. Como pasa con Manlius y Espósito y todos esos pobres hombres.

Lane se tomó tiempo para encender un cigarrillo antes de decir nada.

-Creí que te caía bien Manlius. De hecho, si no recuerdo mal, hace aproximadamente un mes, dijiste que era "un encanto"y que tú...

-Y me cae bien. Estoy harta de que la gente me caiga bien solamente. Quisiera conocer alguien que pudiese respetar... ¿Me disculpas un momento?

Franny se puso de pie con el bolso en la mano. Estaba muy pálida.
…… (La señora Glass (Bessie), madre de los siete hermanos prodigio, empezando por Seymour -que se ha suicidado hace varios años- y terminando por Zooey y Franny, habla con el primero sobre la crisis nerviosa con ribetes místicos que está atravesando la segunda; la escena, en el baño de la casa materna.)

...la señora Glass dio un innecesario tirón a su redecilla, luego sacó los cigarrillos y las cerillas, pero únicamente los sostuvo en la mano.

-Para tu información -dijo-, yo no dije que fuera a llamar al psicoanalista de Philly Byrnes, sólo dije que estaba pensando en hacerlo. En primer lugar, no se trata de un psicoanalista cualquiera. Da la casualidad de que es un psicoanalista católico y muy devoto, y pensé que podría ser mejor eso que quedarse sentado y ver cómo esa niña...

-Bessie, te lo advierto, maldita sea. Me da lo mismo que sea un veterinario budista muy devoto. Si llamas a algún...

-No es preciso ponerse sarcástico, jovencito. Conozco a Philly Byrnes desde que era un niño pequeño. Tu padre y yo actuamos con sus padres en el mismo programa durante años. Y sé seguro que ir al psicoanalista ha convertido a ese muchacho en una persona absolutamente nueva y encantadora. Estuve hablando con su...

Zooey dejó el peine dentro del botiquín con un golpe seco, luego cerró la puerta del armarito con un gesto de impaciencia.

-¡Qué estúpida eres, Bessie! -dijo-. Philly Byrnes. Philly Byrnes es un pobre hombre, impotente, sudoroso y cuarentón, que ha dormido durante años con un rosario y un número de Variety debajo de la almohada. Estamos hablando de dos cosas tan distintas como el día y la noche. Ahora...escúchame, Bessie -Zooey se volvió para mirar de frente a su madre y la examinó cuidadosamente, con la palma de la mano sobre el lavabo, como buscando apoyo-. ¿Me escuchas?

La señora Glass terminó de encender otro pitillo antes de comprometerse. Luego, exhalando el humo y sacudiendo imaginarias briznas de tabaco de su regazo, contestó sombríamente:

-Te escucho.

-De acuerdo. Ahora te estoy hablando muy en serio. Si tú... Escúchame bien. Si no quieres, o no puedes, pensar en Seymour, sigue adelante y llama a algún psicoanalista ignorante. Hazlo. Llama a algún analista experto en adaptar a la gente a los placeres de la televisión, de la revista Life todos los miércoles, de los viajes a Europa, de la bomba H, de las elecciones presidenciales, de la portada del Times, de las responsabilidades de la Asociación de Padres y Profesores de Westport y Oyster Bay, y Dios sabe qué otras cosas gloriosamente normales..., hazlo, y te juro que, en menos de un año, Franny estará en un manicomio o vagando por un maldito desierto con una cruz ardiente en las manos.

La señora Glass sacudió más briznas de tabaco imaginarias.

-Está bien, está bien. No te alteres tanto -dijo-. Por Dios santo, nadie ha llamado a nadie.

Zooey abrió bruscamente la puerta del armarito, contempló el interior, sacó una lima de uñas y cerró la puerta. Tomó el cigarrillo que había puesto en el borde del estante de cristal y le dio una chupada, pero estaba apagado.

-Toma- dijo su madre y le tendió su paquete de extra largos y su carterita de fósforos.

Zooey tomó un cigarrillo del paquete y llegó a ponérselo entre los labios y a encender un fósforo, pero la presión de sus pensamientos le impidió ir más allá; apagó la cerilla y se quitó el pitillo de la boca. Sacudió la cabeza con impaciencia.

-No sé -dijo-. Me parece que debe de haber un psicoanalista escondido en alguna parte que podría ayudar a Franny..., lo pensé anoche -hizo una ligera mueca-. Pero yo no conozco a ninguno. Para que un psicoanalista le sirviera de algo a Franny, tendría que ser un tipo muy especial. No sé. Tendría que creer que si tuvo la inspiración de estudiar psicoanálisis fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si no le atropelló un maldito camión antes de que obtuviera su licencia para ejercer, fue por la gracia de Dios. Tendría que creer que si posee la inteligencia natural que le permite ayudar en algo a sus malditos pacientes es por la gracia de Dios. No conozco a ningún buen analista que piense nada parecido. Pero ése es el único tipo de psicoanalista que podría servirle a Franny. Si da con alguien terriblemente freudiano, o terriblemente ecléctico, o sólo terriblemente mediocre, alguien que ni siquiera sienta una absurda y misteriosa gratitud por poseer intuición e inteligencia..., saldrá del análisis en peor estado que Seymour. Me preocupa horrores pensar en eso...

……
Si de verdad les interesa lo que voy a contarles, lo primero que querrán saber es dónde nací, cómo fue todo ese rollo de mi infancia, qué hacían mis padres antes de tenerme a mí, y demás puñetas estilo David Copperfield, pero no tengo ganas de contarles nada de eso. Primero porque es una lata, y, segundo, porque a mis padres les daría un ataque si yo me pusiera aquí a hablarles de su vida privada. Para esas cosas son muy especiales, sobre todo mi padre. Son buena gente, no digo que no, pero a quisquillosos no hay quien les gane. Además, no crean que voy a contarles mi autobiografía con pelos y señales. Sólo voy a hablarles de una cosa de locos que me pasó durante las Navidades pasadas, antes de que me quedara tan débil que tuvieran que mandarme aquí a reponerme un poco. A D.B. tampoco le he contado más, y eso que es mi hermano. Vive en Hollywood. Como no está muy lejos de este antro, suele venir a verme casi todos los fines de semana. El será quien me lleve a casa cuando salga de aquí, quizá el mes próximo. Acaba de comprarse un «Jaguar», uno de esos cacharros ingleses que se ponen en las doscientas millas por hora como si nada. Cerca de cuatro mil dólares le ha costado. Ahora está forrado el tío. Antes no. Cuando vivía en casa era sólo un escritor corriente y normal. Por si no saben quién es, les diré que ha escrito El pececillo secreto, que es un libro de cuentos fenomenal. El mejor de todos es el que se llama igual que el libro. Trata de un niño que tiene un pez y no se lo deja ver a nadie porque se lo ha comprado con su dinero. Es una historia estupenda. Ahora D.B. está en Hollywood prostituyéndose. Si hay algo que odio en el mundo es el cine. Ni me lo nombren.
……
“Creí que era, “Si un cuerpo coge a otro cuerpo” -le dije-, pero, verás. Muchas veces me imagino que hay un montón de niños jugando en un campo de centeno. Miles de niños. Y están solos, quiero decir que no hay nadie mayor vigilándolos. Sólo yo. Estoy al borde de un precipicio y mi trabajo consiste en evitar que los niños caigan a él. En cuanto empiezan a correr sin mirar adonde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos. Yo sería el guardián entre el centeno. Te parecerá una tontería, pero es lo único que de verdad me gustaría hacer. Sé que es una locura.
……
Pensé que encontraría trabajo en una gasolinera poniendo a los coches aceite y gasolina. Pero la verdad es que no me importaba qué clase de trabajo fuera con tal de que nadie me conociera y yo no conociera a nadie. Lo que haría sería hacerme pasar por sordomudo y así no tendría que hablar. Si querían decirme algo, tendrían que escribirlo en un papelito y enseñármelo. Al final se hartarían y ya no tendría que hablar el resto de mi vida. Pensarían que era un pobre hombre y me dejarían en paz. Yo les llenaría los depósitos de gasolina, ellos me pagarían, y con el dinero me construiría una cabaña en algún sitio y pasaría allí el resto de mi vida. La levantaría cerca del bosque, pero no entre los árboles, porque quería ver el sol todo el tiempo. Me haría la comida, y luego, si me daba la gana de casarme, conocería a una chica guapísima que sería también sordomuda y nos casaríamos. Vendría a vivir a la cabaña conmigo y si quería decirme algo tendría que escribirlo como todo el mundo. Si llegábamos a tener hijos, los esconderíamos en alguna parte. Compraríamos un montón de libros y les enseñaríamos a leer y escribir nosotros solos”.
 …..
“Nunca puedo rezar cuando quiero. En primer lugar porque soy un poco ateo. Jesucristo me cae bien, pero con el resto de la Biblia no puedo. Esos discípulos, por ejemplo. Si quieren que les diga la verdad no les tengo ninguna simpatía. Cuando Jesucristo murió no se portaron tan mal, pero lo que es mientras estuvo vivo, le ayudaron como un tiro en la cabeza. Siempre le dejaban más solo que la una. Creo que son los que menos trago de toda la Biblia. Si quieren que les diga la verdad, el tío que me cae mejor de todo el Evangelio, además de Jesucristo, es ese lunático que vivía entre las tumbas y se hacía heridas con las piedras. Me cae mil veces mejor que los discípulos”.
……
 “Una de las cosas malas que tengo es que nunca me ha importado perder nada. Cuando era niño, mi madre se enfadaba mucho conmigo. Hay tíos que se pasan días enteros buscando todo lo que pierden. A mí nada me importalo bastante como para pasarme una hora buscándolo. Quizá por eso sea un poco cobarde. Aunque no es excusa, de verdad. No se debe ser cobarde en absoluto, ni poco ni mucho. Si llega el momento de romperle a uno la cara, hay que hacerlo. Lo que me pasa es que yo no sirvo para esas cosas. Prefiero tirar a un tío por la ventana o cortarle la cabeza a hachazos, que pegarle un puñetazo en la mandíbula. Me revientan los puñetazos. No me importa que me aticen de vez en cuando —aunque, naturalmente, tampoco me vuelve loco—, pero si se trata de una pelea a puñetazos lo que más me asusta es ver la cara del otro tío. Eso es lo malo. No me importaría pelear si tuviera los ojos vendados. Sé que es un tipo de cobardía bastante raro, la verdad, pero aun así es cobardía. No crean que me engaño”.
……
“Antes yo era tan tonto que la consideraba inteligente porque sabía bastante de literatura y de teatro, y cuando alguien sabe de esas cosas cuesta mucho trabajo llegar a averiguar si es estúpido o no. En el caso de Sally me llevó años enteros darme cuenta de que lo era. Creo que lo hubiera sabido mucho antes si no hubiéramos pasado tanto tiempo besándonos y metiéndonos mano.”
……
“Supongo que eso no estaría mal, pero no me gusta. Me gustaría si los abogados fueran por ahí salvando de verdad vidas de tipos inocentes, pero eso nunca lo hacen. Lo que hacen es ganar un montón de pasta, jugar al golf y al bridge, comprarse coches, beber martinis secos y darse mucha importancia. Además, si de verdad te. pones a defender a tíos inocentes, ¿cómo sabes que lo haces porque quieres salvarles la vida, o porque quieres que todos te consideren un abogado estupendo y te den palmaditas en la espalda y te feliciten los periodistas cuando acaba el juicio como pasa en toda esa imbecilidad de películas? ¡Cómo sabes tú mismo que no te estás mintiendo? Eso es lo malo, que nunca llegas a saberlo”.
……
 “El oficial de marina y yo nos dijimos que estábamos encantados de habernos conocido, que es una cosa que me fastidia muchísimo. Me paso el día entero diciendo que estoy encantado de haberlas conocido a personas que me importan un comino. Pero supongo que si uno quiere seguir viviendo, tiene que decir tonterías de esas.”

jueves, 1 de enero de 2015

JEROME DAVID SALINGER (E.E.U.U.-Nueva York, 1919 - Cornish, New Hampshire, 2010)

JEROME DAVID SALINGER
PARA ESMÉ, CON AMOR Y SORDIDEZ

Hace poco recibí por vía aérea una invitación para asistir a una boda que se celebrará en Inglaterra el dieciocho de abril. Me hubiera gustado mucho asistir y, al principio, cuando llegó la invitación, pensé que tal vez podría realizar el viaje, por avión, sin reparar en gastos. Pero desde entonces he tratado el asunto bastante detenidamente con mi mujer—una chica muy sensata—y decidimos que no iría; simplemente, había olvidado por completo que mi suegra esperaba ansiosamente el momento de pasar con nosotros la segunda quincena de abril. En realidad, no tengo demasiadas oportunidades de ver a mamá Grencher, y ella cada día es un poco mayor. Tiene cincuenta y ocho años (como ella misma es la primera en confesar).
Pero, de todos modos, donde quiera que esté, no soy de las personas que no mueven un dedo para evitar que fracase una boda. Así que puse manos a la obra e hice algunos reveladores apuntes sobre la novia tal como la conocí hace ya casi seis años. Si estos apuntes le proporcionan al novio, a quien no conozco, uno o dos momentos de malestar, tanto mejor. Aquí nadie intenta complacer a nadie, sino más bien edificar, instruir.
En abril de 1944 yo formaba parte de un grupo de unos reclutas norteamericanos que participaban en un curso de entrenamiento «pre-invasión», bastante especializado, bajo la dirección del Servicio de Inteligencia inglés, en Devon, Inglaterra. Cuando me pongo a pensar en el grupo creo que todos éramos bastante singulares, en el sentido de que no había un sólo tipo sociable. Todos éramos por naturaleza escritores de cartas, y cuando nos hablábamos por motivos ajenos al servicio, casi siempre era para pedirle a alguien un poco de tinta que no le hiciera falta. Cuando no estábamos escribiendo cartas o asistiendo a clase, cada uno andaba generalmente en lo suyo. Yo aprovechaba los días buenos para dar vueltas por los alrededores. Cuando llovía buscaba un lugar a cubierto y me ponía a leer algún libro, a veces a pocos pasos de una mesa de ping-pong
El curso de entrenamiento duró tres semanas y terminó un sábado especialmente lluvioso. A las siete de la tarde todo nuestro grupo debía tomar el tren a Londres, donde, según se rumoreaba, íbamos a ser destinados a las divisiones de infantería y de paracaidistas organizadas para el día de la invasión. A las tres de la tarde ya había guardado todas mis pertenencias en mi macuto, incluyendo una funda para máscara anti-gas repleta de libros que yo había traído conmigo desde el otro lado del océano. (La máscara anti-gas había sido arrojada unas semanas antes por un ojo de buey del Mauretania, pues yo sabía perfectamente que si el enemigo, alguna vez, llegaba a emplear gases asfixiantes, jamás podría ponerme a tiempo el maldito aparato.) Recuerdo haberme quedado de pie durante mucho tiempo junto a la ventana en un extremo de nuestro barracón, mirando caer la lluvia inclinada y pertinaz, con un ligero escozor apenas o nada perceptible en el dedo del gatillo. Podía oír a mis espaldas el poco acogedor rasgar de muchas estilográficas sobre muchas hojas de papel de avión. De pronto, sin tener un plan definido, me aparté de la ventana y me puse el impermeable, la bufanda de cachemira, las botas de agua, los guantes de lana y el gorro (el cual, según me dijeron, yo llevaba con una inclinación particular, ligeramente hundido sobre las orejas). Acto seguido, después de sincronizar mi reloj con el de la letrina, me dirigí hacia el pueblo bajando por la larga cuesta adoquinada, mojada por la lluvia. No presté atención a los relámpagos que estallaban a mi alrededor. Los rayos o están destinados a uno, o no lo están.
En el centro del pueblo, tal vez la parte más mojada del lugar, me detuve frente a una iglesia para leer los avisos de la pizarra, porque me habían llamado la atención los números, blancos sobre fondo negro, y también porque, al cabo de tres años de ejército, me había aficionado a leer los avisos de las pizarras. A las tres y cuarto, decía el anuncio, iba a ensayar el coro infantil. Miré mi reloj, y después otra vez la pizarra. Habían clavado con chinchetas una hoja de papel con los nombres de los niños que debían participar. De pie bajo la lluvia leí todos los nombres y luego entré en la iglesia.
Sentados en los bancos había más o menos una docena de adultos, la mayoría de ellos con pequeñas botas de agua sobre las rodillas, con las suelas hacia arriba. Pasé de largo y me senté en la primera fila. Sobre el podio, sentados en tres filas compactas de sillas, había unos veinte chicos, la mayoría niñas, de siete a trece años de edad, más o menos. En ese momento la instructora del coro, una mujer enorme con un traje de tweed, les aconsejaba que al cantar abrieran la boca todo lo posible. ¿Alguna vez, preguntó, alguien oyó hablar de algún pajarito que se atreviera a cantar su hermoso canto sin abrir su piquito mucho, mucho, mucho? Al parecer, nadie había oído hablar nunca de tal cosa. La mujer recibió como respuesta una mirada colectiva firme y opaca. Luego continuó diciendo que quería que todos sus niños captaran el significado de las palabras que cantaban, y que no se limitaran a repetirlas como loritos. En seguida hizo sonar una nota en el diapasón y los chicos, como si fuesen levantadores de pesas, alzaron sus libros de himnos.
Cantaron sin acompañamiento instrumental o, más exactamente, sin interferencias. Sus voces eran melodiosas y sin sentimiento. Posiblemente un hombre más religioso que yo hubiera caído en trance sin demasiado esfuerzo. Alguno que otro de los más pequeños se retrasaba un poco, pero únicamente la madre del compositor se lo hubiera reprochado. Nunca hasta entonces había oído ese himno, pero estaba deseando que tuviera una docena o más de estrofas. Mientras escuchaba, escudriñé las caras de todos los niños. Me atrajo particularmente la atención la de la niña más próxima a mí, situada en el último asiento de la fila de delante. Tendría unos trece años, con un pelo rubio ceniciento que le caía hasta el lóbulo de la oreja, una frente exquisita y unos ojos aburridos que, pensé, muy posiblemente ya habrían hecho el recuento de los que estaban presentes en la sala. Su voz se destacaba de la de los otros chicos, y no solamente porque estaba más cerca de mí. Tenía el mejor registro alto, el más seguro, el más dulce, y automáticamente guiaba a los demás. Pero la jovencita parecía estar levemente hastiada de su propia capacidad para cantar, o tal vez simplemente de estar allí. Dos veces, entre una estrofa y otra, la vi bostezar. Era un bostezo de dama, con la boca cerrada, pero uno no podía equivocarse: las aletas de la nariz la delataban.
Apenas terminó el himno, la instructora empezó a dar su extensa opinión sobre la gente que no puede tener los pies quietos y la boca cerrada durante el sermón del pastor. Comprendí que había terminado la parte cantada de la función y antes de que la voz disonante de la instructora lograra romper del todo el hechizo del canto de los niños, me levanté y salí de la iglesia.
Llovía con más fuerza. Bajé por la calle y miré a través de la vidriera de la sala de juegos de la Cruz Roja, pero había soldados agolpados de a tres en fondo frente al mostrador. Incluso a través del cristal podía oír las pelotas de ping-pong que rebotaban en la otra habitación. Crucé la calle y entré en una cafetería de civiles, totalmente desierta salvo una camarera de mediana edad que me dio la sensación de que hubiera preferido un cliente con el impermeable seco. Lo colgué con el máximo cuidado de un perchero y después me senté a una mesa y pedí té y tostadas con canela. Era la primera vez que hablaba con alguien en todo el día. Después hurgué en todos mis bolsillos, incluso los del impermeable, y por fin encontré dos o tres cartas marchitas para releer, una de mi mujer, que contaba qué mal estaba el servicio en el restaurante de Schrafft's, y una de mi suegra, que pedía que por favor le mandara un tejido de cachemira en cuanto pudiera escaparme del «campamento».
Estaba todavía en mi primera taza de té, cuando entró en la cafetería la jovencita del coro que yo había estado mirando y escuchando. Traía el pelo empapado y se le veían los bordes de ambas orejas. Venía con un niño muy pequeño, sin ninguna duda su hermano, al que le quitó el gorro, levantándolo con dos dedos, como si fuera un espécimen de laboratorio. Atrás venía una mujer de aspecto eficiente, con un sombrero de fieltro de ala baja, presuntamente su institutriz. La chica del coro, quitándose el abrigo mientras caminaba, eligió la mesa. Una buena elección desde mi punto de vista, ya que estaba justamente frente a mí, a unos tres metros. Ella y la institutriz se sentaron. El chiquillo, que tendría cinco años, aún no estaba listo para sentarse. Se apartó y se quitó la bufanda, luego, con la expresión impávida de quien ha nacido para fastidiar a los demás, se dispuso metódicamente a molestar a la institutriz empujando varias veces su silla hacia delante y hacia atrás, mientras la observaba atentamente. La institutriz, sin levantar la voz, le ordenó dos o tres veces que se sentara y que, de una vez por todas, dejara de jorobar, pero sólo cuando le habló su hermana desistió y depositó el trasero en el asiento. Inmediatamente tomó la servilleta y se la puso en la cabeza. Su hermana la recogió, la abrió y se la colocó extendida sobre los muslos.
Cuando les trajeron el té, la jovencita del coro descubrió que yo los estaba mirando. Me miró a su vez fijamente, con esos ojos escrutadores que tenía, y luego, de pronto, me dedicó una pequeña y especial sonrisa. Era una sonrisa curiosamente radiante, como a veces lo son esas pequeñas y especiales sonrisas. Yo le respondí con otra sonrisa, mucho menos radiante, tapándome con el labio superior un empaste provisional, negro como el carbón, que me habían hecho en el ejército entre dos dientes delanteros. De pronto me di cuenta de que la jovencita estaba de pie, con envidiable aplomo, junto a mi mesa. Tenía puesto un vestido escocés, creo que con los colores del clan Campbell. Me pareció un vestido maravilloso para una señorita tan joven en un día tan, tan lluvioso.
—Creía que los norteamericanos odiaban el té.
No era la observación de una marisabidilla, sino de una persona que amaba la verdad o las estadísticas. Le dije que algunos no tomábamos nada más que té. Le pregunté si quería acompañarme. Respondió:
—Gracias. Tal vez sólo por un momento.
Me incorporé y le retiré una silla, la que estaba frente a mí, y se sentó en el borde, manteniendo la columna dorsal fácil y primorosamente derecha. Volví casi corriendo a mi propia silla, más que dispuesto a participar en la conversación. Aunque una vez sentado no se me ocurrió nada que decir. Sonreí de nuevo, ocultando siempre el empaste renegrido. Comenté que, por cierto, hacía un tiempo terrible fuera.
—Sí, efectivamente—dijo mi invitada, con el tono claro, inconfundible, de quien aborrece la charla intrascendente. Apoyó los dedos en el borde de la mesa, como en una sesión de espiritismo, y luego, casi instantáneamente, cerró las manos: tenía las uñas comidas hasta la carne. Usaba un reloj pulsera de aspecto militar, que parecía más bien un cronómetro marino. La esfera era demasiado grande para su muñeca menuda.
—Usted estuvo presente en el ensayo del coro—dijo a título de mera información—. Yo lo vi.
Dije que efectivamente había estado allí y que había notado cómo su voz se destacaba de las otras. Le dije que en mi opinión su voz era muy bonita.
Asintió con la cabeza:
—Lo sé. Voy a ser cantante profesional.
—¿De veras? ¿Ópera?
—No, por Dios. Voy a cantar jazz en la radio y a ganar mucho dinero. Y cuando tenga treinta años me voy a retirar y viviré en un rancho en Ohio.—Se tocó la coronilla húmeda con la mano abierta—. ¿Conoce Ohio?—preguntó.
Le dije que había pasado por allí en el tren algunas veces, pero que en realidad no lo conocía. Le ofrecí una tostada con canela.
—No, gracias—dijo—. En realidad soy como un pajarito para comer.
Yo mordí una tostada, y le comenté que en los alrededores de Ohio hay algunos sitios bastante salvajes.
—Ya sé. Me lo dijo un norteamericano que conocí. Usted es el undécimo norteamericano que conozco.
La institutriz le hacía ahora apremiantes señales de que volviera a su mesa, en fin, de que dejara de molestar al señor. Mi invitada, no obstante, desplazó tranquilamente su silla dos o tres centímetros de modo que su espalda interrumpió toda posible comunicación con la mesa de origen.
—Usted va a esa escuela del Servicio de Inteligencia ahí, en el cerro, ¿no?—preguntó con displicencia.
Yo, bastante convencido de la necesidad de no hablar de más en tiempos de guerra, dije que estaba en Devonshire por motivos de salud.
—¿De veras?—dijo—. No nací ayer, ¿sabe?
Le dije que, por supuesto, sabía que no había nacido ayer. Bebí un sorbo de té. Me estaba intimidando un poco mi posición y entonces me senté algo más derecho en la silla.
—Para ser norteamericano, parece usted bastante inteligente—murmuró mi invitada, pensativa.
Le dije que eso me parecía una cosa demasiado afectada para decir, si uno lo pensaba un poco, y que yo confiaba en que no fuera digna de ella.
Se sonrojó, proporcionándome automáticamente el aplomo que me había estado faltando.
—En realidad... la mayoría de los americanos que he visto se comportan como animales. Se pasan el tiempo dándose trompazos unos a otros, insultando a todo el mundo y... ¿sabe qué hizo uno de ellos?—Moví negativamente la cabeza.
—Arrojó una botella de whisky vacía a través de la ventana de mi tía. Por suerte, la ventana estaba abierta. Dígame, ¿a usted le parece una cosa inteligente?
No parecía serlo especialmente, pero no se lo dije. Le dije que había muchos soldados, en todo el mundo, que estaban lejos de sus hogares, y que muy pocos habían podido disfrutar verdaderamente de la vida. Le dije que creía que la mayoría de las personas podía imaginárselo por su cuenta.
—Posiblemente —dijo mi invitada, sin convicción. Nuevamente se puso la mano sobre el pelo húmedo, separó algunos rubios y finos mechones y trató de cubrirse los bordes de las orejas—. Tengo el pelo empapado—dijo—. Debo de tener un aspecto horrible.—Me miró—. Mi pelo es completamente ondulado cuando está seco.
—Ya me doy cuenta, ya lo veo.
—En realidad, no rizado, sino ondulado—dijo—. ¿Es usted casado?
Dije que sí.
Asintió con la cabeza.
—¿Está usted profundamente enamorado de su mujer? ¿Le estoy haciendo preguntas demasiado indiscretas?
Le dije que cuando considerara que lo eran, se lo diría.
Adelantó las manos y las muñecas hacia el centro de la mesa, y recuerdo que quise hacer algo con ese enorme reloj pulsera que llevaba puesto... posiblemente aconsejarle que se lo pusiera en la cintura.
—Por lo general, no soy muy gregaria—dijo, y me miró como tratando de ver si yo conocía el significado de la palabra. Yo no le di a entender nada sin embargo, ni en un sentido ni en otro—. Me acerqué pura y simplemente porque parecía estar usted muy solo. Se le ve en el rostro que es muy sensible.
Dije que tenía razón, que efectivamente me había sentido muy solo, y que me alegraba mucho de que ella hubiera venido a mi mesa.
—Estoy tratando de ser más compasiva. Mi tía dice que soy terriblemente fría—dijo, y de nuevo se tocó la cabeza—. Vivo con mi tía. Es una mujer sumamente bondadosa. Desde que murió mamá, ha hecho todo lo posible para que Charles y yo nos sintamos adaptados.
—Me alegro.
—Mi madre era terriblemente inteligente. Muy sensual, en muchos sentidos.—Me miró con una especie de fresca agudeza—. ¿Yo le parezco terriblemente fría?
Le dije que no, en absoluto, muy al contrario. Le dije mi nombre y le pregunté el suyo.
Vaciló.
—Mi primer nombre es Esmé. Creo que, por el momento, no voy a decirle mi nombre completo. Tengo un título nobiliario y a lo mejor a usted le impresionan los títulos. A los norteamericanos les suele ocurrir, ¿no es cierto?
Dije que no creía que me ocurriera a mí, pero que, de todos modos, podría ser una buena idea no tocar el asunto del título por ahora.
En ese preciso momento, sentía el cálido aliento de alguien en mi nuca. Me volví, y pude evitar a tiempo un choque entre mi nariz y la del hermanito de Esmé.
Ignorándome, el chico se dirigió a su hermana con una voz atiplada:
—La señorita Megley dice que vuelvas y termines de tomar el té.—Transmitido el mensaje, se instaló en la silla que estaba entre su hermana y la mía, a mi derecha. Lo miré con bastante interés. Estaba muy elegante con unos pantalones cortos castaños, jersey azul marino, camisa blanca y corbata a rayas. Me devolvió la mirada con unos inmensos ojos verdes—. ¿Por qué en las películas la gente besa de lado?—preguntó.
—¿De lado?—dije—. Era un problema que me había intrigado en mi infancia. Dije que suponía que era porque las narices de los actores resultan demasiado grandes como para que puedan besarse de frente.
—Su nombre es Charles—dijo Esmé—. Es sumamente brillante para su edad.
—La verdad es que tiene los ojos verdes. ¿No es así Charles?—dije yo.
Me clavó la impávida mirada que merecía mi pregunta y después se fue escurriendo hacia delante y hacia abajo en la silla hasta que todo su cuerpo quedó debajo de la mesa salvo la cabeza, apoyada sobre el asiento, como en una llave de lucha grecorromana.
—Son anaranjados—dijo, con voz forzada, dirigiéndose al cielo raso. Con una punta del mantel se cubrió la carita inexpresiva.
—A veces es brillante y a veces no—dijo Esmé—. ¡Charles, siéntate derecho!
Charles se quedó donde estaba. Parecía contener la respiración.
—Echa mucho de menos a nuestro padre. Lo mataron en África del Norte.
Expresé mi pesar por la noticia.
Esme asintió.
—Papá lo adoraba.—Con aire pensativo se mordió la cutícula del pulgar—. Se parece mucho a mi madre, Charles, quiero decir. Yo soy idéntica a mi padre—siguió mordiéndose la cutícula—. Mi madre era muy apasionada. Tenía un carácter extravertido. Papá era introvertido. Aunque hacían una buena pareja, por lo menos en apariencia. Para serle sincera, papá necesitaba una compañera más intelectual que mamá. Él fue un genio extraordinariamente dotado.
Esperé más información con la mejor voluntad, pero no continuó. Miré hacia abajo a Charles, que apoyaba ahora la mejilla en el asiento. Cuando vio que yo lo miraba, cerró los ojos en forma soñadora, angelical, y después me sacó la lengua—un apéndice de sorprendente longitud—e hizo un ruido que en mi país hubiera sido un glorioso tributo a un árbitro de béisbol miope. El ruido sacudió totalmente la cafetería.
—Basta ya—dijo Esmé, con evidente calma—. Se lo vio hacer a un americano en una cola para comprar pescado frito con patatas, y ahora lo hace cada vez que se aburre. Basta ya, o te mando ahora mismo con la señorita Megley.
Charles abrió sus enormes ojos como señal de que había escuchado la amenaza de su hermana, pero por lo demás no se dio por enterado. Cerró de nuevo los ojos y siguió apoyando la mejilla sobre el asiento.
Yo comenté que a lo mejor debería conservarlo—refiriéndome al ruido propio del Bronx que había hecho con la boca—hasta que empezara a usar su título nobiliario con regularidad. Siempre, claro está, que él también tuviera un título.
Esmé me dirigió una larga mirada, levemente clínica.
—Usted tiene un sentido del humor muy particular, ¿no es así?—dijo con un deje nostálgico—. Papá decía que yo no tengo ningún sentido del humor. Solía decir que no estaba preparada para afrontar la vida porque me faltaba sentido del humor.
Encendí un cigarrillo sin dejar de mirarla y dije que no creía que el sentido del humor sirviera de algo en una situación verdaderamente apurada.
—Papá decía que sí.
Era una declaración de fe, no una contradicción, de modo que en seguida cambié de opinión. Asentí con la cabeza y dije que seguramente la visión de su padre era de largo alcance, mientras que la mía era de corto alcance (cualquiera que esto significase).
—Charles lo echa muchísimo en falta—dijo Esmé, al cabo de un rato—. Era un hombre sumamente encantador y además muy guapo. Claro que la apariencia no tiene mucha importancia, pero él era muy apuesto. Tenía unos ojos terriblemente penetrantes, pese a ser un hombre intrínsecamente bondadoso.
Asentí. Dije que suponía que su padre tenía un vocabulario fuera de lo común.
—Oh, sí, totalmente—dijo Esmé—. Era archivero... aficionado, por supuesto.
En ese momento sentí una palmada inoportuna en el brazo, casi un puñetazo, que provenía de donde estaba Charles. Me volví hacia él. Ahora estaba sentado casi normalmente en su silla, salvo que tenía una pierna recogida.
—¿Qué le dijo una pared a la otra pared?—chilló—. ¡Es una adivinanza!
Levante la mirada hacia el techo en actitud pensativa y repetí la pregunta en voz alta. Después miré a Charles con expresión resignada y dije que me daba por vencido.
—¡Nos encontraremos en la esquina!—fue la respuesta, enunciada a todo volumen.
El que más festejó el chiste fue el propio Charles. Le pareció intolerablemente gracioso. Tanto, que Esmé se vio obligada a acercarse para golpearlo en la espalda, como si hubiera tenido un acceso de tos.
—Bueno, basta—le dijo. Volvió a su asiento—. Le cuenta esa adivinanza a todo el mundo y siempre le da un ataque. Generalmente, cuando ríe babea. Bueno, basta, por favor.
—Sin embargo, es una de las mejores adivinanzas que me han contado—dije, mirando a Charles, que se iba recuperando poco a poco.
Como respuesta a mi cumplido, se hundió bastante más en su asiento y volvió a taparse la cara hasta la nariz con una punta del mantel. Entonces me miró con esos ojos llenos de una risa que se calmaba gradualmente, y del orgullo de quien sabe una o dos adivinanzas realmente buenas.
—¿Me permite preguntarle qué hacía antes de incorporarse al ejército?—me preguntó Esmé.
Dije que no había hecho nada, que había salido de la universidad hacía apenas un año, pero que me gustaba considerarme un escritor de cuentos profesional.
Asintió cortésmente.
—¿Ha publicado algo?—me preguntó.
Era una pregunta familiar que siempre daba en la llaga, y que no se contestaba así como así. Empecé a explicarle que en los Estados Unidos todos los editores eran una banda de...
—Mi padre escribía maravillosamente—interrumpió Esmé—. Estoy guardando algunas de sus cartas para la posteridad.
Dije que me parecía una excelente idea. Yo, casualmente, estaba mirando otra vez su enorme reloj parecido a un cronómetro. Le pregunté si había pertenecido a su padre.
Miró su muñeca con solemnidad.
—Sí, era suyo—dijo—. Me lo dio poco antes de que Charles y yo fuéramos evacuados.—Automáticamente retiró las manos de la mesa, mientras decía—: Puramente como un recuerdo, por supuesto.—Cambió de tema—. Me sentiría muy halagada si alguna vez usted escribiera un cuento especialmente para mí. Soy una lectora insaciable.
Le dije que lo haría, sin duda, siempre que pudiera. Dije que no era un autor demasiado prolífico.
—¡No tiene por qué ser prolífico! ¡Basta que no sea estúpido e infantil! —Recapacitó y dijo—: Prefiero los cuentos que tratan de la sordidez.
—¿De qué?—dije, inclinándome hacia adelante.
—De la sordidez. Estoy sumamente interesada en la sordidez.
Estaba a punto de pedirle mayores detalles, pero sentí que Charles me pellizcaba con fuerza en el brazo. Me volví haciendo una leve mueca de dolor. Estaba de pie a mi lado.
—¿Qué le dijo una pared a la otra?—preguntó, sin demasiada originalidad.
—Ya se lo preguntaste—dijo Esmé—. Ahora basta.
Sin hacer caso de su hermana y pisando uno de mis pies, Charles repitió la pregunta clave. Observé que el nudo de su corbata no estaba correctamente ajustado. Lo deslicé hasta su lugar y después, mirándolo fijo, sugerí:
—¿Te encuentro en la esquina?
Apenas terminé de decirlo me arrepentí. La boca de Charles se abrió de golpe. Tuve la sensación de habérsela abierto yo de una bofetada. Se bajó de mi pie y, con furibunda dignidad, se dirigió hacia su mesa sin volver la vista.
—Está furioso—dijo Esmé—. Tiene un carácter violento. Mi madre tendía a malcriarlo. Mi padre era el único que no lo malcriaba.
Yo seguía mirando a Charles, que se había sentado y empezaba a tomar su té, sosteniendo la taza con las dos manos. Tuve la esperanza de que se volviera, pero no lo hizo.
Esmé se puso de pie.
—Il faut que je parte aussi—dijo, suspirando—. ¿Usted habla francés?
Me puse de pie con una mezcla de confusión y pesar. Esmé y yo nos dimos la mano; la suya, como había sospechado, era una mano nerviosa, con la palma húmeda. Le dije, en inglés, cuánto había disfrutado de su compañía.
Asintió con la cabeza.
—Pensé que sería así—dijo—. Soy bastante comunicativa para mi edad.—Se tanteó otra vez el pelo—. Lamento mucho lo de mi pelo—dijo—. Debo tener un aspecto horrible.
—¡En absoluto! Creo que las ondas se están formando de nuevo.
De nuevo se tocó rápidamente el pelo.
—¿Cree que volverá aquí en un futuro inmediato? —preguntó—. Venimos todos los domingos, después de los ensayos del coro.
Contesté que nada hubiera podido resultarme más agradable, pero que, por desgracia, estaba seguro de que ya no volvería.
—En otras palabras, no puede hablar sobre movimientos de tropas—dijo Esmé.
No hizo ningún ademán de alejarse de la mesa. Sólo cruzó un pie sobre el otro y, mirando hacia abajo, alineó las puntas de los zapatos. Fue un hermoso gesto, ya que llevaba calcetines blancos, y sus pies y tobillos eran encantadores. De pronto me miró.
—¿Le gustaría que yo le escribiera?—dijo, con las mejillas ligeramente ruborizadas—. Escribo cartas muy bien redactadas para alguien de mi...
—Me encantaría—dije. Saqué lápiz y papel y anoté mi nombre, grado, matrícula, y número de correo militar.
—Yo le escribiré primero—dijo ella tomando el papel—, para que usted no se sienta comprometido en modo alguno.—Guardó la dirección en un bolsillo del vestido—. Adiós—dijo, y volvió a la mesa.
Pedí otra taza de té y permanecí sentado mirándolos hasta que, junto a la atribulada señorita Megley, se pusieron de pie para marchar. Charles iba delante, renqueando trágicamente como un hombre que tiene una pierna mucho más corta que la otra. No miró hacia mí. Después salió la señorita Megley, y a continuación Esmé, que me saludó con una mano como despedida. Le devolví el saludo, incorporándome a medias. Fue un momento de extraña emoción para mí.


jueves, 6 de diciembre de 2012

Un día perfecto para el pez plátano de J. D. Salinger

Un día perfecto para el pez plátano


      En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
       No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
       Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
       —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
       —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
       —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
       A través del auricular llegó una voz de mujer:
       —¿Muriel? ¿Eres tú?
       La chica alejó un poco el auricular del oído.
       —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
       —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
       —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
       —¿Estás bien, Muriel?
       La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
       —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
       —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
       —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
       —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
       —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
       —¿Cuándo llegasteis?
       —No sé... el miércoles, de madrugada.
       —¿Quién condujo?
       —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
       —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
       —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
       —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
       —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
    hecho arreglar el coche?
       —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
       —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
       —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
       —Muy bien—dijo la chica.
       —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
       —No. Ahora tiene uno nuevo
       —¿Cuál?
       —Mamá... ¿qué importancia tiene?
       —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
       —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
       —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
       —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
       —Lo tienes tú.
       —¿Estás segura?—dijo la chica.
       —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
       —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
       —¡Pero está en alemán!
       —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
       —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
       —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
       —Muriel, mira, escúchame.
       —Te estoy escuchando.
       —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
       —¿Sí?—dijo la chica.
       —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
       —¿Y...?—dijo la chica.
       —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
       —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
       —¿Quién? ¿Cómo se llama?
       —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
       —Nunca lo he oído nombrar.
       —De todos modos, dicen que es muy bueno.
       —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
       —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
       —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
       —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
       —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
       —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
       —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
       —Me he quemado toda, mamá, toda.
       —¡Qué horror!
       —No me voy a morir.
       —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
       —Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
       —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
       —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
       —Bueno, ¿qué dijo?
       —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
       —¿Por que te hizo esa pregunta?
       —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
       —¿El verde?
       —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
       —Pero ¿qué dijo él? El médico.
       —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
       —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
       —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
       —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
       —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
       —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
       —Bien. Le subí un poco las hombreras.
       —¿Cómo es la ropa este año?
       —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
      —¿Y tu habitación?
       —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
     camión.
       —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
       —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
       —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
       —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
       —¿Y no quieres volver a casa?
       —No, mamá.
       —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
       —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
       —Mamá, esta llamada va a costar una for...
       —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
       —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
       —¿Dónde está?
       —En la playa.
       —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
       —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
       —No he dicho nada de eso, Muriel.
       —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
       —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
       —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
       —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
       —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
       —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
       —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
       —Muriel, hazme caso.
       —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
       —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
       —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
       —Muriel, quiero que me lo prometas.
       —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

       —Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
       —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
       La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
       —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
       —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
       —Estáte quieta, Sybil, cariño...
       —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
       La señora Carpenter suspiró.
       —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
       Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
       Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
       —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
       El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
       —¡Ah!, hola, Sybil.
       —¿Vas a ir al agua?
       —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
       —¿Qué?—dijo Sybil.
       —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
       —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
       —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
       —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
       —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
       Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
       —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
       Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
       —Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
       —¿En serio? Acércate un poco más.
       Sybil dio un paso adelante.
       —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
       —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
       —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
       Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
       —Necesita aire—dijo.
       —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
       —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
       —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
       Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
       —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
       —Sí que podías.
       —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
       —¿Qué?
       —Me imaginé que eras tú.
       Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
       —Vayamos al agua—dijo.
       —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
       —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
       —¿Que eche a quién?
       —A Sharon Lipschutz.
       —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
       —¿Un qué?
       —Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
       Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
       Los dos echaron a andar hacia el mar.
       —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
       Sybil negó con la cabeza.
       —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
       —No sé—dijo Sybil.
       —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
       Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
       —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
       —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
       Sybil lo miró:
       —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
       Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
       —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
       Sybil soltó el pie:
       —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
       —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
       —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
       —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
       —No eran más que seis—dijo Sybil.
       —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
       —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
       —¿Si me gusta qué?
       —La cera.
       —Mucho. ¿A ti no?
       Sybil asintió con la cabeza:
       —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
       —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
       —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
       —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
       Sybil no dijo nada.
       —Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
       —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
       Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
       —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
       —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
       —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
       —No veo ninguno—dijo Sybil.
       —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
       Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
       —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
       Ella negó con la cabeza.
       —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
       —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
       —¿Qué pasa con quiénes?
       —Con los peces plátano.
       —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
       —Sí—dijo Sybil.
       —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
       —¿Por qué?—preguntó Sybil.
       —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
       —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
       —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
       Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
       Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
       —Acabo de ver uno.
       —¿Un qué, amor mío?
       —Un pez plátano.
       —¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
       —Sí—dijo Sybil—. Seis.
       De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
       —¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
       —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
       —¡No!
       —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
       —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
       El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
       En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
       —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
       —¿Cómo dice?—dijo la mujer.
       —Dije que veo que me está mirando los pies.
       —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
       —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
       —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
       Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
       —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
       Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
       Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
       Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.