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lunes, 5 de septiembre de 2016

Guy de Maupassant (Francia, 1850-1893)

LA NOCHE
Amo la noche con pasión. La amo, como uno ama a su país o a su amante, con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos mis sentidos, con mis ojos que la ven, con mi olfato que la respira, con mis oídos, que escuchan su silencio, con toda mi carne que las tinieblas acarician. Las alondras cantan al sol, en el aire azul, en el aire caliente, en el aire ligero de la mañana clara. El búho huye en la noche, sombra negra que atraviesa el espacio negro, y alegre, embriagado por la negra inmensidad, lanza su grito vibrante y siniestro.
El día me cansa y me aburre. Es brutal y ruidoso. Me levanto con esfuerzo, me visto con desidia y salgo con pesar, y cada paso, cada movimiento, cada gesto, cada palabra, cada pensamiento me fatiga como si levantara una enorme carga.
Pero cuando el sol desciende, una confusa alegría invade todo mi cuerpo. Me despierto, me animo. A medida que crece la sombra me siento distinto, más joven, más fuerte, más activo, más feliz. La veo espesarse, dulce sombra caída del cielo: ahoga la ciudad como una ola inaprensible e impenetrable, oculta, borra, destruye los colores, las formas; oprime las casas, los seres, los monumentos, con su tacto imperceptible.
Entonces tengo ganas de gritar de placer como las lechuzas, de correr por los tejados como los gatos, y un impetuoso deseo de amar se enciende en mis venas.
Salgo, unas veces camino por los barrios ensombrecidos, y otras por los bosques cercanos a París donde oigo rondar a mis hermanas las fieras y a mis hermanos, los cazadores furtivos. Aquello que se ama con violencia acaba siempre por matarlo a uno.
Pero ¿cómo explicar lo que me ocurre? ¿Cómo hacer comprender el hecho de que pueda contarlo? No sé, ya no lo sé. Sólo sé que es. Helo aquí.
El caso es que ayer -¿fue ayer?-. Sí, sin duda, a no ser que haya sido antes, otro día, otro mes, otro año -no lo sé-. Debió ser ayer, pues el día no ha vuelto a amanecer, pues el sol no ha vuelto a salir. Pero, ¿desde cuándo dura la noche? ¿Desde cuándo…? ¿Quién lo dirá? ¿Quién lo sabrá nunca? El caso es que ayer salí como todas las noches después de la cena. Hacía, bueno, una temperatura agradable, hacía calor. Mientras bajaba hacia los bulevares, miraba sobre mi cabeza el río negro y lleno de estrellas recortado en el cielo por los tejados de la calle, que se curvaba y ondeaba como un auténtico torrente, un caudal rodante de astros. Todo se veía claro en el aire ligero, desde los planetas hasta las farolas de gas. Brillaban tantas luces allá arriba y en la ciudad que las tinieblas parecían iluminarse. Las noches claras son más alegres que los días de sol espléndido.
En el bulevar resplandecían los cafés; la gente reía, pasaba o bebía. Entré un momento al teatro; ¿a qué teatro? ya no lo sé. Había tanta claridad que me entristecí y salí con el corazón algo ensombrecido por aquel choque brutal de luz en el oro de los balcones, por el destello ficticio de la enorme araña de cristal, por la barrera de fuego de las candilejas, por la melancolía de esta claridad falsa y cruda.
Me dirigí hacia los Campos Elíseos, donde los cafés concierto parecían hogueras entre el follaje. Los castaños radiantes de luz amarilla parecían pintados, parecían árboles fosforescentes. Y las bombillas eléctricas, semejantes a lunas destellantes y pálidas, a huevos de luna caídos del cielo, a perlas monstruosas, vivas, hacían palidecer bajo su claridad nacarada, misteriosa y real, los hilos del gas, del feo y sucio gas, y las guirnaldas de cristales coloreados.
Me detuve bajo el Arco del Triunfo para mirar la avenida, la larga y admirable avenida estrellada, que iba hacia París entre dos líneas de fuego, y los astros, los astros allá arriba, los astros desconocidos, arrojados al azar en la inmensidad donde dibujan esas extrañas figuras que tanto hacen soñar e imaginar.
Entré en el Bois de Boulogne y permanecí largo tiempo. Un extraño escalofrío se había apoderado de mí, una emoción imprevista y poderosa, un pensamiento exaltado que rozaba la locura.
Anduve durante mucho, mucho tiempo. Luego volví.
¿Qué hora sería cuando volví a pasar bajo el Arco del Triunfo? No lo sé. La ciudad dormía y nubes, grandes nubes negras, se esparcían lentamente en el cielo.
Por primera vez sentí que iba a suceder algo extraordinario, algo nuevo. Me pareció que hacía frío, que el aire se espesaba, que la noche, que mi amada noche, se volvía pesada en mi corazón. Ahora la avenida estaba desierta. Solos, dos agentes de policía paseaban cerca de la parada de coches de caballos y, por la calzada iluminada apenas por las farolas de gas que parecían moribundas, una hilera de vehículos cargados con legumbres se dirigía hacia el mercado de Les Halles. Iban lentamente, llenos de zanahorias, nabos y coles. Los conductores dormían, invisibles, y los caballos mantenían un paso uniforme, siguiendo al vehículo que los precedía, sin ruido sobre el pavimento de madera. Frente a cada una de las luces de la acera, las zanahorias se iluminaban de rojo, los nabos se iluminaban de blanco, las coles se iluminaban de verde, y pasaban, uno tras otro, estos coches rojos; de un rojo de fuego, blancos, de un blanco de plata, verdes, de un verde esmeralda.
Los seguí, y luego volví por la calle Royale y aparecí de nuevo en los bulevares. Ya no había nadie, ya no había cafés luminosos, sólo algunos rezagados que se apresuraban. Jamás había visto un París tan muerto, tan desierto. Saqué mi reloj. Eran las dos.
Una fuerza me empujaba, una necesidad de caminar. Me dirigí, pues, hacia la Bastilla. Allí me di cuenta de que nunca había visto una noche tan sombría, porque ni siquiera distinguía la columna de Julio, cuyo genio de oro se había perdido en la impenetrable oscuridad. Una bóveda de nubes, densa como la inmensidad, había ahogado las estrellas y parecía descender sobre la tierra para aniquilarla.
Volví sobre mis pasos. No había nadie a mi alrededor. En la Place du Château-d’Eau, sin embargo, un borracho estuvo a punto de tropezar conmigo, y luego desapareció. Durante algún tiempo seguí oyendo su paso desigual y sonoro. Seguí caminando. A la altura del barrio de Montmartre pasó un coche de caballos que descendía hacia el Sena. Lo llamé. El cochero no respondió. Una mujer rondaba cerca de la calle Drouot: «Escúcheme, señor.» Aceleré el paso para evitar su mano tendida hacia mí. Luego nada. Ante el Vaudeville, un trapero rebuscaba en la cuneta. Su farolillo vacilaba a ras del suelo. Le pregunté:
-¿Amigo, qué hora es?
-¡Y yo que sé! -gruñó-. No tengo reloj.
Entonces me di cuenta de repente de que las farolas de gas estaban apagadas. Sabía que en esta época del año las apagaban pronto, antes del amanecer, por economía; pero aún tardaría tanto en amanecer…
«Iré al mercado de Les Halles», pensé, «allí al menos encontré vida».
Me puse en marcha, pero ni siquiera sabía ir. Caminaba lentamente, como se hace en un bosque, reconociendo las calles, contándolas.
Ante el Crédit Lyonnais ladró un perro. Volví por la calle Grammont, perdido; anduve a la deriva, luego reconocí la Bolsa, por la verja que la rodea. Todo París dormía un sueño profundo, espantoso. Sin embargo, a lo lejos rodaba un coche de caballos, uno solo, quizá el mismo que había pasado junto a mí hacía un instante. Intenté alcanzarlo, siguiendo el ruido de sus ruedas a través de las calles solitarias y negras, negras como la muerte.
Una vez más me perdí. ¿Dónde estaba? ¡Qué locura apagar tan pronto el gas! Ningún transeúnte, ningún rezagado, ningún vagabundo, ni siquiera el maullido de un gato en celo. Nada.
«¿Dónde estaban los agentes de policía?”, me dije. «Voy a gritar, y vendrán.» Grité, no respondió nadie.
Llamé más fuerte. Mi voz voló, sin eco, débil, ahogada, aplastada por la noche, por esta noche impenetrable.
Grité más fuerte: «¡Socorro! ¡Socorro! ¡Socorro!»
Mi desesperada llamada quedó sin respuesta. ¿Qué hora era? Saqué mi reloj, pero no tenía cerillas. Oí el leve tic-tac de la pequeña pieza mecánica con una desconocida y extraña alegría. Parecía estar viva. Me encontraba menos solo. ¡Qué misterio! Caminé de nuevo como un ciego, tocando las paredes con mi bastón, levantando los ojos al cielo, esperando que por fin llegara el día; pero el espacio estaba negro, completamente negro, más profundamente negro que la ciudad.
¿Qué hora podía ser? Me parecía caminar desde hacía un tiempo infinito pues mis piernas desfallecían, mi pecho jadeaba y sentía un hambre horrible.
Me decidí a llamar en la primera casa. Toqué el timbre de cobre, que sonó de una forma extraña, como si este ruido vibrante fuera el único del edificio. Esperé. No contestó nadie. No abrieron la puerta. Llamé de nuevo; esperé… Nada.
Tuve miedo. Corrí a la casa siguiente, e hice sonar veinte veces el timbre en el oscuro pasillo donde debía dormir el portero. Pero no se despertó, y fui más lejos, tirando con todas mis fuerzas de las anillas o apretando los timbres, golpeando con mis pies, con mi bastón o mis manos todas las puertas obstinadamente cerradas.
Y de pronto, vi que había llegado al mercado de Les Halles. Estaba desierto, no se oía un ruido, ni un movimiento, ni un vehículo, ni un hombre, ni un manojo de verduras o flores. Estaba vacío, inmóvil, abandonado, muerto.
Un espantoso terror se apoderó de mí. ¿Qué sucedía? ¡Oh Dios mío! ¿qué sucedía?
Me marché. Pero, ¿y la hora? ¿y la hora? ¿quién me diría la hora?
Ningún reloj sonaba en los campanarios o en los monumentos. Pensé: «Voy a abrir el cristal de mi reloj y tocaré la aguja con mis dedos.» Saqué el reloj… ya no sonaba… se había parado. Ya no quedaba nada, nada, ni siquiera un estremecimiento en la ciudad, ni un resplandor, ni la vibración de un sonido en el aire. Nada. Nada más. Ni tan siquiera el rodar lejano de un coche, nada.
Me encontraba en los muelles, y un frío glacial subía del río.
¿Corría aún el Sena?
Quise saberlo, encontré la escalera, bajé… No oía la corriente bajo los arcos del puente… Unos escalones más… luego la arena… el fango… y el agua… hundí mi brazo, el agua corría, corría, fría, fría, fría… casi helada… casi detenida… casi muerta.
Y sentí que ya nunca tendría fuerzas para volver a subir… y que iba a morir allí abajo… yo también, de hambre, de cansancio, y de frío.
“La Nuit”, 1887

jueves, 21 de mayo de 2015

Margarita Duras


El último cliente de la noche La carretera atravesaba la Auvernia y el Cantal. Habíamos salido de Saint-Tropez por la tarde, y condujimos hasta entrada la noche. No recuerdo exactamente qué año era, fue en pleno verano. Le conocía desde principios de año. Le había encontrado en un baile al que había ido sola. Es otra historia. Quiso parar antes del amanecer en Aurillac. El telegrama había llegado con retraso, había sido enviado a París, y luego reenviado de París a SaintTropez. El entierro debía tener lugar al día siguiente, a última hora de la tarde. Hicimos el amor en el hotel «Aurillac», y luego volvimos a hacerlo. Por la mañana lo hicimos de nuevo. Creo que fue allí, durante este viaje, cuando el deseo se esclareció en mi cabeza. Por él. Creo. Pero, estoy menos segura. Pero por él, sin duda, sí, desde el momento que se unía a mí en este deseo. Pero él, como otro, como el último cliente de la noche. Apenas dormimos, y remprendimos el viaje muy pronto. Era una carretera muy bonita y terrible, interminable, con curvas cada cien metros. Sí, fue durante este viaje. Esto nunca se ha vuelto a repetir en mi vida. El lugar ya estaba allí. Sobre el cuerpo. En estas habitaciones de hotel. Sobre las orillas arenosas del río. El lugar era oscuro. Estaba también en los castillos, en sus muros. En la crueldad de las cacerías. De los hombres. En el miedo. En los bosques. En el desierto de las alamedas. De los estanques. Del cielo. Tomamos una habitación al borde del río. Volvimos a hacer el amor. No podíamos hablarnos más. Bebíamos. En la sangre fría, golpeaba. El rostro. Y ciertos lugares del cuerpo. No podíamos acercarnos ya el uno al otro sin tener miedo, sin temblar. Me llevó hasta lo alto del parque, a la entrada del castillo. Estaban los de Pompas Fúnebres, los guardianes del castillo, el ama de mi madre y mi her mano mayor. A mi madre no la habían metido toda vía en el ataúd. Todo el mundo me esperaba. Mi madre. Besé la frente helada. Mi hermano lloraba. En la iglesia de Onzain éramos tres, los guardianes se habían quedado en el castillo. Yo pensaba en este hombre que me esperaba en el hotel al borde del río. No me daban pena, ni la mujer muerta ni el hombre que lloraba, su hijo. Nunca más he tenido. Después vino la cita con el notario. Consentí a las disposiciones testamentarias de mi madre, me desheredé. Él me esperaba en el parque. Dormimos en este hotel al borde del Loira. Después, nos quedamos varios días junto al río, dando vueltas por allí. Permanecimos en la habitación hasta entrada la tarde. Bebíamos. Salíamos para beber. Volvíamos a la habitación. Luego, volvíamos a salir por la noche. Buscábamos cafés abiertos. Era la locura. No podíamos marcharnos del bar, de este lugar. De lo que buscábamos, no se hablaba. A veces, teníamos miedo. Sentíamos una profunda pena. Llorábamos. La palabra no se pronunciaba. Lamentábamos no amarnos. Ya no sabíamos nada. Existía sólo lo que se decía. Sabíamos que esto no volvería a ocurrir en nuestra vida, pero de esto no se decía nada, ni que éramos los mismos frente a esta disposición de nuestro deseo. Esto siguió siendo la locura durante todo el invierno. Después, fue menos grave, una historia de amor. Posteriormente aún escribí Moderato Cantabile.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Margarita Duras


El tren a Burdeos Marguerite Duras Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado. Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer. El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida. Volvió. Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío. ***

viernes, 13 de enero de 2012

Marguerite Duras


El cortador de aguas Era un día de verano, hace unos años, en un pueblo del este de Francia, tres años tal vez, o cuatro años, por la tarde. Un empleado de las Aguas vino a cortar el agua de una gente que estaba un poco marginada, que era un poco diferente de los demás, digamos atrasada. Vivía en una estación desalojada -el T.G.V. pasaba por la región- que el municipio les había dejado. El hombre hacía pequeños trabajos en casa de la gente del pueblo. Y debían contar con el auxilio de la alcaldía. Tenían dos hijos, de cuatro años y de un año y medio. Por delante de su casa, muy cerca, pasaba esta línea del T.G.V. Eran personas que no podían pagar su recibo de gas ni de electricidad, ni de agua. Vivían en una gran pobreza. Y un día, apareció un hombre para cortar el agua en la estación donde vivían. Él vio a la mujer silenciosa. El marido no estaba allí. La mujer un poco atrasada con un niño de cuatro años y uno pequeño de un año y medio. El empleado aparentemente era un hombre como todos los hombres. A este hombre le llamé el Cortador del agua. Él vio que era pleno verano. Sabía que era un verano muy caluroso, puesto que lo vivía. Vio al niño de un año y medio. Se le había ordenado que cortara el agua, y lo hizo. Respetó su empleo del tiempo: cortó el agua. Dejó a la mujer sin agua para bañar a los niños, y para darles de beber. La misma noche, esta mujer y su marido cogieron a los dos niños con ellos y fueron a arrojarse sobre los raíles del T.G.V.; que pasaba por delante de la estación desalojada. Murieron juntos. Sólo tuvieron que andar. Arrojarse. Mantener a los niños tranquilos. Adormecerlos quizá con canciones. El tren se detuvo, dicen. Ésta es la historia. El empleado habló. Dijo que había ido a cortar el agua. No dijo que había visto al niño, que el niño estaba allí con su madre. Dijo que ella no se había defendido, que no le había pedido que no cortara el agua. Esto es lo que se sabe. Cojo este relato que acabo de hacer, y de pronto oigo mi voz. Ella no hizo nada, no se defendió. Así es. Se debe saber por el empleado de las aguas. Él no tenía motivo para hacerlo, puesto que ella no le pidió que lo hiciera. ¿Es esto lo que se ha de comprender? Es una historia que enloquece. Prosigo. Intento ver. Ella no dijo al empleado de las aguas que había los dos niños, puesto que los veía, a los dos niños, ni que el verano era caluroso, puesto que estaba allí, en el verano caluroso. Ella dejó marchar al Cortador del agua. Se quedó sola con los niños, un momento, y luego se fue al pueblo. Se fue a una taberna que conocía. No sé si la patrona habló. Lo que se sabe es que no habló de la muerte. Tal vez le contó la historia, pero no le dijo que quería matarse, matar a sus dos nihos y a su rnarido y matarse ella. Los periodistas, al no saber lo que ella había dicho a la patrona del café, no señalaron este suceso. Entiendo por «suceso» el instante en que esta mujer salió de su casa con sus dos hijos, después de haber decidido la muerte de toda la familia, con una finalidad que se ignora, de hacer algo o de decir algo, que ella tenía que hacer o decir antes de morir. Aquí, restablezco el silencio de la historia, entre el momento del corte del agua y el momento en que ella volvió del café. Es decir que restablezco la literatura con su silencio profundo. Es lo que me hace avanzar; es lo que me hacer penetrar en la historia, sin esto, me quedo fuera. Ella habría podido esperar a su marido y anunciarle la noticia de la muerte que había decidido. Pero, no. Se fue al pueblo, allá abajo, a esta taberna. Si esta mujer se hubiera explicado, no me habría interesado. Christine Villemin, que no es capaz de alinear dos frases, me apasiona, porque tiene lo que esta mujer también tiene: la violencia insondable. Hay un comportamiento instintivo, que uno puede tratar de explorar, que se puede traducir en silencio. Traducir en silencio un comportamiento masculino es mucho más difícil, mucho más falso, porque los hombres no son el silencio. En tiempos remotos, desde hace milenios, el silencio es las mujeres. Luego, la literatura es las mujeres. Se hable en ésta de ellas o la hagan, es ellas. Luego, esta mujer de la que se creía qúe no hablaría, porque no hablaba jamás, debió hablar. No debió hablar de su decisión. No. Debió decir una cosa en su lugar, en lugar de su decisión y que para ella era el equivalente y seguiría siendo el equivalente para toda la gente que se enterara de la historia. Tal vez era una frase sobre el calor. Se habría vuelto sagrada. Es en estos momentos cuando el lenguaje alcanza su poder último. Dijera lo que dijera a la patrona de la taberna, sus palabras lo decían todo. Estas tres palabras, las últimas que precedían a la ejecución de la muerte eran el equival ente de l silencio de esta gente durante su vida. Estas palabras nadie las retuvo. Esto ocurre todos los días así en la vida, en el momento de una partida, de una muerte, de un suicidio que la gente no sospecha. La gente olvida lo que se ha dicho, y lo que ha precedido'y habría debido alarmarla. Los cuatro juntos fueron a arrojarse sobre los raíles del T.G.V. delante de la estación, cada uno con un niño en los brazos, y esperaron el tren. El Cortador del agua no tuvo ninguna molestia. Añado a la historia del Cortador del agua, que esta mujer -que decían atrasada- por lo menos sabía algo de manera definitiva : es que nunca podría contar ya, al igual que nunca había podido, con alguien para que la sacara de allí donde estaba con su familia. Que estaba abandonada por todos, por toda la sociedad, y que sólo le quedaba una cosa por hacer, y era morir. Ella lo sabía. Es un conocimiento terrible, muy grave, muy profundo que tenía. Luego, incluso sobre el atraso de esta mujer, a partir de este suicidio, habría que insistir, si se hablara de ella alguna vez, lo que no sucederá jamás. Sin duda, es aquí donde su memoria se evoca por última vez. Iba a decir su nombre, pero no lo conozco. El asunto ha sido archivado. Queda en la cabeza la sed fresca y viva de un niño en el verano demasiado caluroso a unas horas de la muerte, y la vuelta en redondo de la joven madre atrasada esperando la hora.

jueves, 6 de octubre de 2011

Anatole France (Francia, 1844-1924)

LOS PANES NEGROS

En aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.
El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.
Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.
Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.
Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.
-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.
-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.
Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.
-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.
El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.
-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?
San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.
-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?
-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.
-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.
-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.
Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:
-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!
Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.
Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.
Le puits de Sainte Claire (1895), trad. Anne-Claire Girod

martes, 24 de marzo de 2009

Katherine Mansfield (Nueva Zelanda, 1888-1923)

La Dicha


Aunque Bertha Young tenia ya treinta años aún había mo­mentos como estos en Ios que deseaba correr en vez de caminar, subir y bajar el cordón de la vereda con un de paso baile, hacer rodar un aro, arrojar algo al aire para recogerlo otra vez o quedarse quieta y reírse de... nada... plenamente de nada.
¿Qué se puede hacer si uno tiene treinta años y, al doblar la esquina de la propia calle, se ve repentinamente invadido por una sensación de dicha... de dicha absoluta... como si de pronto se hubiera tragado uno un buen trozo de ese sol del crepúsculo y le estuviera quemando el pecho, esparciendo una lluvia de chispas en cada partícula, en cada dedo de la mano y del pie?... Oh, ¿acaso no hay modo de expresarlo sin que a uno lo usen de estar "en estado de ebriedad o extrema agitación?". ¡Qué estúpida es la civilización! ¿Para qué se nos un cuerpo si hay que mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera un violin único y valioso?
"No, eso del violín no es exactamente lo que quiero decir", pensó ella mientras subía corriendo los peldaños y tanteaba en la cartera en busca de la llave, que como de costumbre se había olvidado, así que tuvo que llamar hacie­ndo repiquetear la tapa del buzón. "No es eso lo que quiero decir porque..."
—Gracias, Mary —dijo, entrando en el vestíbulo—. ¿Ha regresado la niñera?
—Si, señora.
—¿Y han traído la fruta?
—Si, señora. Han traído todo.
—Traiga la fruta al comedor, por favor. La acomodaré antes de subir.
El comedor estaba sombrío y bastante helado. Pero de todos modos Bertha se despojó del abrigo, no podía tolerar ni un momento más la sensación de sentirse oprimida, y aire frío cayó sobre sus brazos.
Pero en su pecho subsistía aún ese lugar brillante y reluciente -esa lluvia de chispas que emergía de su interior. Era casi intolerable. Apenas si se atrevía a respirar por temor de avivar el fuego, y sin embargo respiraba profunda, profundamente. Apenas si se atrevía a mirarse en el frío espejo... pero sí miró, y el espejo le devolvió una muier radiante, de labios sonrientes y temblorosos, ojos grandes oscuros y un aire de estar a la escucha, a la espera de que sucediera algo... divino ... algo que ella sabía que cedería... infaliblemente.
Mary trajo fa fruta en una bandeja, junto con un cuenco cristal y un plato azul, muy hermoso, que tenía un reflejo extraño, como si lo hubieran sumergido en leche.
—¿Enciendo la luz, señora?
—No, gracias. Puedo ver muy bien.
Había mandarinas y manzanas moteadas con el rosa de las fresas. Algunas peras amarillas, tersas cono la seda, unas uvas blancas cubiertas por un reflejo plateado y un gran racimo de uvas rojas, casi púrpura, que había comprado para que hicieran juego con la nueva alfombra del comedor. Si, eso sonaba bastante absurdo y rebuscado, pero por eso las había comprado. En la frutería había pensado: "Debo comprar unas uvas púrpura para que la alfombra suba hasta la mesa". Y en ese momento le habla parecido absoluta­mente sensato.
Cuando terminó de acomodarlas y hubo hecho dos pirá­mides con las formas brillantes y redondeadas, se alejó de la mesa para contemplar el efecto... y era realmente cu­rioso. Pues la oscura mesa parecía diluirse en el aire en penumbras y el cuenco de cristal y el plato azul quedaban flotando en el aire. Por supuesto que esto, en su estado de ánimo actual, era tan increíblemente hermoso... empezó e reir.
—No, no. Me estoy poniendo histérica.
Y recogió su cartera y corrió escaleras arriba al cuarto de su niña.
La niñera estaba sentada ante una mesa baja dándole la Cena a la pequeña Bertha tras haberla bañado. La nena llevaba puesto un camisoncito de franela blanca y un saco de lana azul y su pelo oscuro y fino estaba peinado hacia atrás en un rizo muy cómico. Cuando vio a su madre em­pezó a saltar.
—Ahora, queridita, come como una niñita buena —dijo la niñera, apretando los labios de un modo que Bertha co­nocía muy bien, y que significaba que ella había elegido otra vez un mal momento para entrar el cuarto.
—¿Ha sido buena, Nanny?
—Se ha portado maravillosamente toda la tarde —susurró Nanny—. Fuimos al parque y yo me senté y la saqué del cochecito y vino un perro enorme que apoyó la cabeza en mis rodillas y ella le agarró las orejas y se las tironeó. IOh, tendría qua haberla visto!
Bertha quería preguntar si no era peligroso dejarla tironear las orejas de un perro. Pero no se atrevió. Se quedó mirándolas con las manos caídas, como si fuera una niñita pobre frente a la rica niñita que tiene la muñeca.
La nena levantó nuevamente la mirada y observó a su madre, y luego le sonrió de un modo tan encantador que Bertha no pudo evitar gritar:
—¡Oh! Nanny, déjeme terminar de darle la cena mientras usted ordena las cesas del baño!
—Señora, la niña no debe cambiar de manos mientras está comiendo —dijo Nanny, aún susurrando—. Eso la inquieta, se trastorna fácilmente.
Qué absurdo era todo. ¿Para qué tener un niño si hay que mantenerlo —no en un estuche como un violin único y valioso— en dos brazos de otra mujer?
—¡Oh, quiero hacerlo!
Muy ofendida, Nanny le entregó la nene.
—Ahora bien, no la excite después de la cena. Usted sabe que siempre lo hace, señora. ¡Y después me da tanto trabajo!
¡Gracias a Dios! Nanny salió de la habitación con las toallas.
—Ahora sí que te tengo sola para mí, preciosa —dijo Bertha mientras la niña se apretaba contra ella.
Comía con deleite, tendiendo los labios hacia la cuchara y agitando después las manitos. A veces no soltaba la cu­chara; y otras, en el momento en que Bertha la tenía llena, desparramaba el contenido a los cuatro vientos.
Cuando terminó la sopa Bertha se volvió hacia la chimenea.
—¡Eres hermosa... hermosa! —le dijo, besándola—. Te quiero mucho. Me gustas.
Y sin duda amaba tanto a la pequeña Bertha... el cuello de la niña cuando se agachaba, los exquisitos dedos de sus pies que se hacían casi transparentes con el reflejo del fuego... que otra vez sintió ese sentimiento de dicha, y otra vez tus incapaz de expresarlo, otra vez se quedó sin saber qué hacer con él.
—La llaman por teléfono —dijo Nanny, regresando con aire de triunfo para alzar a su pequeña Bertha.
Voló abajo. Era Harry.
—¿Eres tú, Ber? Mira, llegaré tarde. Tomaré un taxi y estaré allí lo más pronto posible pero retrasa diez minutos, la cana... ¿lo harás? ¿De acuerdo?
—Si, perfectamente. ¡Oh, Harry!
—¿Si?
¿Qué podia decirle? No tenia nada que decirle. Sólo quería estar un momento en contacto con él. No podía gritar absurdamente: "¿No ha sido un día divino?"
—¿Qué querías? —repitió la vocecita lejana.
—Nada. Entendu. —dijo Bertha y colgó el receptor, pen­aando que la civilización era más que estúpida.
Tenían gente a cenar. Los Norman Knight —una pareja muy sólida; él estaba por abrir un teatro y ella era extraordinariamente hábil como decoradora de interiores—, un hombre joven, Eddie Warren, que acababa de publicar un librito de poemas y al que todo el mundo estaba invitando a cenar, y un "hallazgo" de Bertha, una mujer llamada Pearl Fulton. Bertha no sabia qué hacia la señorita Fulton. La había encontrado en el club y Bertha se habla enamorado de ella, como lo hacía siempre de las mujeres algo extrañas.
Lo más estimulante e intrigante era que, aunque se habían encontrado varias veces y habían hablado mucho, Bertha aún no podia desentrañarla. Hasta un cierto punto la señorita Fulton era rara y maravillosamente franca, pero ese cierto punto estaba allí y Bertha no podia ir más alla.
¿Habia algo más allá? Harry decía: "No". Decía que era opaca y “fría como todas las rubias, con un toque, quizá, de anemia cerebral". Pero Bertha no estaba de acuerdo con él, al menos, no todavía.
—No, Harry, ese modo de sentarse con la cabeza ligeramente ladeada oculta algo, y debo averiguar qué es ese algo.
—Lo más probable es que sea un buen estómago —dijo Harry.
Siempre le tomaba el pelo a Bertha con respuestas de esa clase..." el hígado helado, querida'', "pura flatu­lencia", o "alguna enfermedad renal"— y así por el estilo. Por algún extraño motivo a Bertha le gustaban sus respuestas, y casi lo admiraba por ellas.
Fue a la sala y encendió la chimenea, después recogió los almohadones uno por uno, los mismos que Mary habla dispuesto tan cuidadosamente, y los arrojó sobre las sillas y los divanes. Todo cambió, la habitación pareció cobrar vida. Cuando estaba a punto de arrojar el último se sorprendió al encontrarse abrazándólo con pasión, con pasión. Pero no extinguió el fuego de su pecho. ¡Oh, no, por el contrario!
Las ventanas de la sala se abrían sabre un balcón que daba al jardín. En el otro extremo del jardín, junto a le tapia, habla un peral alto y esbelto, en plena floración: se erguía perfecto y calmado, recortado contra el cielo verde jade. Aún a la distancia, Bertha podía sentir que no tenía ni un capullo ni un pétalo marchito. Más abajo, en los canteros del jardin, unos tulipanes rojos y amarillos, cargados de flores parecían recostarse sobre la penumbra. Un gato gris cruzó el jardín arrastrando la panza, y otro negro, su sombra, lo siguió. Al verlos tan rápidos y decididos, Bertha se estremeció.
—¡Qué animales tan sigilosos son los gatos! -tartamudeó y se alejó de la ventana y se puso a caminar por la habi­tación.
¡Cómo olían los junquillos en la cálida habitación! ¿De­masiado intenso? Oh, no. Y sin embargo, se arrojó sabre un diván cubriéndose los ojos con las manos, como si no pudiera resistirlo más.
—¡Soy demasiado feliz ... demasiado feliz! —murmuró,
Y le parecía ver, flotando en sus pestañas, el adorable peral con sus enormes capullos como símbolo de su propia vida.
Realmente... realmente... lo tenía todo. Era joven. Ha­rry y ella estaban tan enamorados como siempre, y se lle­vaban espléndidamente y eran buenos camaradas. Tenía una niñita adorable. No tenían que preocuparse por el dinero. Tenían esta hermosa casa con jardín. Y amigos, amigos modernos e interesantes, escritores y pintores y poetas o gente de mundo... justo la clase de amigos que les gus­taba. Y además estaban los libros y la música, y había en­contrado una maravillosa modista, y este verano viajarían al extranjero, y la nueva cocinera hacia unas omelettes realmente soberbias . .
—¡Soy ridicula, ridícula!
Se levantó, pero se sentía coma embriagada, mareada. Seguramente sería la primavera.
Si, era la primavera. Ahora se sentia tan cansada que le costó trabajo subir a vestirse.
Un vestido blanco, una sarta de cuentas de jade, zapatos y medias verdes. La combinación no era casual. Ya había pensado en ella horas antes de quedarse en la ventana de la sala.
Su vestido crujió suavemente cuando fue al vestíbulo y besó a la señora Norman Knight, que estaba quitándose un abrigo tremendamente divertido, de color naranja y con toda una procesión de monos negros que formaban una franja en el ruedo y subían por el frente.
—... ¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué será tan obtusa la clase media, tan carente de sentido del humor! Querida mía, estoy aquí simplemente por casualidad... porque Norman ha sido mi protector. Pues mis queridos monos han trastornado tanto al tren que todo el mundo me comía con los ojos. No se reían... no les hacía gracia, eso me hubiera gustado. No, sólo me miraban fijo, y eso me aburrió tre­mendamente.
—Pero lo mejor de todo fue —dijo Norman, calzándose un monóculo con armazón de carey—... no te importa si lo cuento, ¿verdad, Face? (En su casa y entre amigos se llamaban Face y Mug). Lo mejor de todo fue cuando ella, que ya estaba harta, se dirigió a la mujer que estaba a su lado y le dijo: "¿nunca antes ha visto un mono?"
—¡Oh, sí! —dijo la señora Norman Knight riéndose a las carcajadas—. ¡Esa si que fue lo mejor!
Y lo más divertido era que ahora que se había quitado el abrigo, la señora Knight parecía un mono inteligentísi­mo... que se había hecho su vestido amarillo con cáscaras de bananas. Y sus aretes de ámbar parecían dos pequeñas nueces colgantes.
—Esto es triste, muy triste —dijo Mug, deteniéndose ante el cochecito de la pequeña Bertha—. Cuando hay un coche de bebé en el vestíbulo... —y dejó su cita inconclusa.
Sonó el timbre. Era el delgado y (como siempre) pálido Eddie Warren, en un estado de aguda angustia.
—¡Es esta la casa, verdad? —rogó.
—Oh, eso creo... eso espero —dijo brillantemente Bertha.
—He tenido la más espantosa experiencia con un taxista, era verdaderamente siniestro. No podia hacer que se datuviera. Cuanto más golpeaba yo el cristal para avisarle; tanto más rápido iba él. A la luz de la luna era una figura gro­tesca con esa cabeza achatada inclinada sobre el volante...
Se estremeció, quitándose al mismo tiempo una inmensa bufanda de seda. Bertha advirtió que también sus mediae eran blancas ... un detalle encantador.
—¡Pero qué horrible! —gritó.
—Sí que lo fue —dijo Eddie, siguiéndola a la sala—. Ya me veía rodando hacia la Eternidad en un taxi sin marcador.
Ya conocía a los Norman Knight. En realidad, iba a, es­cribir una obra de teatro para N. K. cuando se pusiers en marcha su teatro.
—Bien, Warren... ¿cómo anda la obra? dijo Norman Knight dejando caer su monóculo y dándole a su ojo la oportunidad de salir a'la superficie antes de volver a quedar atrapado detrás del cristal.
Y la senora Knight dijo:
—Oh, señor Warren, ¡qué feliz elección la de sus medias!
—Estoy tan complacido de que le gusten —dijo Warren mirándose los pies—. Parecen haberse vuelto muchísimo más blancas desde que salió la luna. Y volvió hacia Bertha su rostro delgado y apenado: —Pues sabrá usted que hay luna
—¡Estoy segura de que hay... a menudo... a menudo! —quería gritar ella.
Verdaderamente, Warren era un joven muy atractivo. Pero también Face lo era, encogida delante del fuego con sus cáscaras de banana, y también lo era Mug, que fumaba un cigarrillo y decía al sacudir la ceniza:
—¿Por qué se demora el novio?
—Ahí llega.
La puerta del frente se abrió y se cerró de un golpe. Harry gritó:
—Hola a todos. Bajo, en cinco minutos.
Y lo escucharon subir corriendo la escalera. Bertha no pudo evitar una sonrisa: sabía cuánto le gustaba a Harry hacer todas las cosas a gran velocidad, aunque, después de todo, ¿qué importaban cinco minutos más? Pero él fin­gía que importaban muchísimo. Y después se preocupba mucho de entrar en la sala con todo sosiego y deliberación.
Harry tenía un tremendo gusto por la vida. ¡Oh, cómo apreciaba Bertha esta característica! Y su pasión por la lucha... por buscar en todo lo que aparecía frente a él una prueba de su poder y su valor... también eso lo entendía Bertha. Aún cuando eso lo hiciera aparecer ocasio­nalmente ridículo ante cierta gente que no lo conocía bien... Porque había momentos en los que él presentaba batalla aunque no hubiera con quien... Ella habló y se, río y se olvidó verdaderamente hasta que él entró (tal como lo había Imaginado) de que Pearl Fultor aún no habla dado señales de vida.
—Me pregunto si la senorita Fulton no se habrá olvidado.
—No me extrañaría —dijo Harry—, ¿tiene teléfono?
—¡Ah, ahí llega un taxi! —y Bertha sonrió con ese ligero aire de propiedad que asumía siempre que sus descubrimientos femeninos eran nuevos y misteriosos—. Vive arriba de los taxis.
—Engordará mucho si lo hace —dijo Harry con frialdad, haciendo sonar la campanilla para que trajeran la cena—. Es un peligro que siempre corren las rubias.
—Harry, no sigas —advirtió Bertha, riéndose de él.
Otro momentito pasó, un momento de espera durante el cual allas se rieron y charlaron, un poco demasiado a gusto, un poco demasiado naturalmente. Y después entró la se­ñorita Fulton, toda de plateado, con una redecilla plateeda sujetando sus rubios cabellos, sonriendo y con la cabeza ligeramente ladeada.
—¿Llego tarde?
—No, en absoluto —dijo Bertha—. Adelante.
Y la tomó del brazo y todos pasaron al comedor.
¿Qué había en el roce de ese braze frío que podía avi­var... avivar... hacer arder... arder... el fuego de esa dicha con la que Bertha no sabia bien qué hacer?
La señorita Fulton no la miró, pero casi nunca miraba directamente a las personas. Tenía entrecerrados los pesados párpados y sobre sus labios flotaba, iba y venía, esa extraña semisonrisa, como si viviera escuchando más que viendo. Pero Bertha sintió de repente, como si entre ellas hubieran cruzado la más íntima de las miradas, como si se hubieran dicho: "¿También tú?", que Pearl Fulton, que revolvía la bella sopa roja en el plato gris, sentía exactamente lo mismo que ella estaba sintiendo.
¿Y los otros? Face y Mug, Harry y Eddie; sus cucharas subían y bajaban, se limpiaban la boca con las servilletas, partían el pan, manipulaban los tenedores y los cuchillos y hablaban.
—La conocí en el show Alpha... era una personita fantástica. No sólo se había cortado el pelo sino que parecía haberse quitado un trozo de piernas y brazos y cuello —y también un poco de nariz.
—¿No es ella la que está muy liée con Michael Oat? —¿EI que escribió. "El amor con dentadura postiza"?
—Quiere escribir una obra para mí. Un acto. Un hombre idea suicidarse. Expone todas las razones para hacerlo y para no hacerlo. Y justo cuando está a punto de decidir si lo hará o no... telón. No es mala idea.
—¿Cómo la llamará: "Dolor de estómago"?
—Creo que he visto la misma idea en una ravistita francesa, casi desconocida en Inglaterra.
No, ninguno de ellos compartía sus sentimientos. Pero eran encantadores ... encantadores y a ella le encantaba tenerlos allí ante su mesa, y darles comidas y vinos deli­ciosos. En realidad, ansiaba poder decirles lo deliciosos que eran, qué grupo tan decorativo formaban, cómo parecía que cada uno de ellos destacaba al otro y de qué modo la hacían acordar a una obra de Chejov.
Harry estaba disfrutando de su cena. Era parte de su... bien, no de su naturaleza exactamente, ni tampoco de su pose, sino de su ... algo.... eso de hablar de la comida y de regodearse por su "desvergonzada pasión por la blanca carne de langosta" y "por el verde de los helados de pistacho, verdes y fríos coma los párpados de las danzarinas egipcias."
Cuando él levantó la mirada y le dijo: "¡Bertha, este soufflé es admirable!", a ella poco le faltó para echarse a llorar como una niña.
Oh, ¿por qué sentía tanta ternura ante todo el mundo esta noche? Todo era bueno... estaba bien. Todo lo que sucedía parecía calmar otra vez la desbordante copa de su dicha.
Y aún subsistía, en la profundo de su mente, la imagen del peral. Se vería plateado ahora, bañado par la luz de la luna del pobre Eddie, plateado como la señorita Fulton, sentada allí haciendo girar una mandarina entre sus dedos tan pálidos que parecían irradiar luz.
Lo que no podía imaginarse ... lo más milagroso de todo, era de qué modo había podido adivinar, con tanta exactitud y tanta rapidez, el estado de ánimo de la señorita Fulton. Pues no tenia dudas de que lo había adivinado y... ¿ba­sándose en qué? En menos que nada.
"Creo que esto sucede muy, muy raramente entre muje­res. Nunca entre hombres", pensó Bertha. "Pero tal vez mientras esté preparando el café en la sala ella "me dé una señal".
No sabía qué quería decir con eso, y ni siquiera podía imaginar lo que sucedería después.
Mientras pensaba esto se veía charlar y reir. Tenía que hablar a causa de su tremendo deseo de reír.
"Debo reír o me moriré."
Pero cuando advirtió que Face tenía el hábito de llevarse la mano al escote, como si almacenara allí una sacreta provisión de nueces, Bertha tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no reírse demasiado.
Por fin la cena terminó.
—Vengan a ver mi cafetera nueva. Dijo Bertha.
—Sólo tenwmos cafetera nueva cada quince días —dijo Harry.
Esta vez fue Face quien la tomó del brazo, la señorita Fulton agachó la cabeza y las siguió.
El fuego de la sala se había convertido en ascuas rojas que parecían un titilante “nido de pichones de ave Fénix", como dijo Face.
—No enciendas la luz todavía. Es tan hermoso —dijo Face.
Y volvió a agacharse ante el fuego. Siempre tenía frío… "Sin su chaqueta de franela roja, por supuesto", pensó Bertha.
Y en ese momento la señorita Fulton le "dio la señal"…
—¿Tiene usted jardín? —preguntó la voz fría y somno­lienta.
Esto fue tan exquisito de su parte que Bertha sólo pudo obedecer. Cruzó la habitación, abrió las cortinas de un tirón y abrió los ventanales.
—¡Aquí está! — suspiró.
Y las dos mujeres permanecieron una al lado de la otra, contemplando el esbelto árbol en flor. Aunque todo estaba en calma, el árbol parecía extenderse y temblar en el aire brillante como la llama de una vela, creciendo a medida que lo contemplaban hasta casi tocar el borde de la luna redonda y plateada.
¿Cuánto tiempo permanecieron allí? Fue como si ambas estuvieran aprisionadas en ese círculo de luz sobrenatural, comprendiéndose mutuamente a la perfección, ambas cria­turas de otro mundo que se preguntaban qué hacían en éste con ese tesoro de dicha que ardía en sus pechos y que se derramaba en flores de plata de su pelo y de su manos.
¿Fue eterno o fue sólo un momento? ¿Y la señorita Ful­ton murmuré de veras: "Sí. Eso es", o Bertha simplemente lo soñó?
Después la luz se encendió de repente y Face hizo el Café y Harry dijo:
—Mi querida señora Knigttt, no me pregunte por mi hija. Jamás la veo. No sentiré el más mínimo interés por ella hasta que no tenga novio.
Y Mug dejó su ojo al aire y volvió a ocultarlo detrás del monóculo y Eddie Warren tomó su café y dejó la taza con una expresión de angustia tan intensa como si al beber hubiera visto una araña.
—Lo que quiero es darle una oportunidad a tos jóvenes. Creo que Londres está repleta de obras de primera sin escribir. Lo que quiero decirles a los jóvenes es: "Aquí tienen un teatro. Adelante."
—Sabes, querida, voy a decorarles un cuarto a los Jacob Nathan. Oh, estoy tan tentada de hacer un proyecto de pescado frito, con los respaldos de las sillas en forma de sartén y unas adorables patatas fritas bordadas en las cortinas...
—El problema de ustedes, los escritores jóvenes, es que son aún demasiado románticos. No se puede salir al mar sin marearse y, sin necesitar una palangana. Bien, ¿por qué no tienen el coraje de decirlo?
—Un horrible poema acerca de una muchacha violada por un mendigo sin nariz en un bosquecito...
La senorita Fulton se hundió en la silla más baja y más profunda y Harry ofreció cigarrillos.
Por el modo en que se paró frente a la señorita Fulton sacudiendo la caja plateada y diciendo abruptamente: "¿Egipcios? ¿Turcos? ¿De Virginia? Están todos mezclados, Bertha se dio cuenta de que no sólo lo aburría, en realidad, la mujer no le gustaba. Y por el modo en que ella le contestó: "No, gracias, no deseo fumar", Bertha advirtió que también ella se habia dado cuenta y se sentía herida.
"Oh, Harry, no te sientas disgustado con ella. Estás equi­vocado. Es maravillosa, maravillosa. Y además, ¿Cómo pue­des sentir algo así por alguien que significa tanto para mi? Esta noche, cuando estemos en la cama, trataré de contarte lo que ha ocurrido entre nosotras, lo que hemos com­partido."
Y con estas últimas palabras, algo extraño y casi ate­rrador cruzó por la mente de Bertha. Y ese algo ciego y sonriente le murmuró: "'Pronto se irá la gente. La casa quedará silenciosa... silenciosa. Se apagarán las luces. Y tú y él estarán solos en el cuarto a oscuras... en el !echo cálido...."
Bertha se levantó de un salto y corrió hacia el piano.
—¡Qué lástima que nadie sepa tocar! —gritó—. ¡Qué lás­tima que nadie sepa tocar!
Por primera vez en su vida, Bertha Young deseaba a su marido.
Oh, lo había amado... se había enamorado de él, por supuesto, en todos los otros aspectos, pero no en éste.
igualmente, por supuesto, había comprendido que él era diferente. Lo habían charlado tantas veces. AI principio se habia preocupado muchísimo por ser tan fria, pero al cabo de un tiempo el hecho parecía haber perdido importancia. Eran tan sinceros entre ellos, tan buenos camaradas. Eso era lo mejor de ser tan modernos.
Pero ahora lo deseaba... ¡ardientemente, ardientemente! ¡La palabra le dolía en todo su cuerpo ardiente! ¿En esto concluiría ese sentimiento de dicha? Pero entonces...
—Mi querida —dijo la señora Norman Knight—, sabes que por desgracia somos víctimas de trenes y horarios. Vivimos en Hampshire. Ha sido todo muy agradable.
—Los acompañaré hasta la puerta —dijo Bertha—. Me ha encantado ove vinieran, pero no deben perder el último tren. Es espantoso, ¿verdad?
—Knight, ¿no tomará un whisky antes de irse? —gritó Harry.
—No, gracias, viejo.
Agradecida por esto, Bertha le dio un pellizco al estre­charte la mano.
—Buenas nochos, buenas noches —gritó desde el último escalón, sintiendo que su viejo yo se despedía de ellos para siempre.
Cuando regresó a la sala todos los demás estaban a punto de partir.
—Entonces usted puede venir parte del camino conmigo, en mi taxi.
—Me agradará tanto no tener que enfrentarme con otro viaje solo después de mi horrible experiencia...
—Pueden conseguir un taxi en la parada que está al fi­nal de la calle. Sólo tienen que caminar unos metros.
—Eso si que es cómodo. irá a ponerme el abrigo.
La señorita Fulton se dirigía al vestíbulo y Bertha ya la seguía cuando Harry oasi la empujó a un lado y se ade­lantó:
—Permítame ayudarla.
Bertha supo que se arrepentía de su rudeza anterior, asi que no lo detuvo. En algunos aspectos era como un niño —tan impulsivo, tan... simple.
Y Eddie y ella se quedaron junto al fuego.
—Me pregunto si ha visto usted el nuevo poema de Bilks, llamado Table d'Hote —dijo con suavidad Eddie—. Es tan maravilloso. Está en Ia última antología ¿Tiene un ejemplar? Me gustaría tanto mostrárselo. Empieza con una linea increíblemente hermosa: "¿Por qué será siempre sopa de tomate?"
—Sí —dijo Bertha. Y se movió silenciosamente hacia una mesa enfrentada con la puerta de !a sala y Eddie se deslizó silenciosamente tras ella. Ella recogió un librito y se to entregó; ninguno habla hecho el menor ruido.
Mientras él buscaba el poema ella miró hacia el vestíbulo. Y vio... a Harry con el abrigo de la señorita Fulton en las manos y a la senorita Fulton de espaldas hacia él y con la cabeza gacha. El arrojó lejos el abrigo, puso sus manos sobre los hombros de ella y la hizo girar con vio­lencia. "Te adoro", dijeron sus labios, y la senorita Fulton apoyó sus dedos como rayos de luna en las mejillas de él y sonrió con su sonrisa somnolienta. Harry respiraba con esfuerzo, sus labios se curvaron en una horrible mueca cuando murmuró; "¿Mañana?", y la señorita Fulton contestó con un parpadeo: "Si".
—Aquí está —dijo Eddie—, "¿Por qué será siempre sopa de tomate?" Es tan profundamente cierto, ¿no cree? La sopa de tomate es tan espantosamente eterna.
Si lo prefieren —diijo la voz de Harry muy fuerte desde el vestíbulo—, puedo llamar un taxi por teléfono.
—Oh, no, no es necesario —dijo la señorita Fulton, acer­cándose a Bertha y entregándole sus esbeltos dedos.
—Adiós. Muchísimas gracias.
—Adiós —dijo Bertha.
La señorita Fulton retuvo un momento su mano.
—¡Su adorable peral! —murmuró.
Y después se fue, con Eddie detrás de ella, como el gato negro que seguía al gato gris.
—Bien, cerraré el negocio —dijo Harry, extravagantemen­te frío y compuesto.
"¡Su adorable peral... peral... peral!"
Bertha corrió hacia el ventanal.
—¡Oh! ¿Qué va a pasar ahora? –gimió.
Pero el peral estaba tan adorable y tan colmado de flo­res y tan quieto como siempre.

martes, 18 de septiembre de 2007

Margarite Duras


El aviador inglés El principio, el inicio de una historia. Es la historia que voy a contar, por primera vez. La de este libro. Creo que es una dirección del escrito. Eso es, el escrito dirigido, por ejemplo, a ti, del que aún no sé nada. A ti, lector: Transcurre en un pueblo muy cerca de Deauville, a algunos kilómetros del mar. El pueblo se llama Vauville. El departamento, Calvados. Vauville. Ahí está. La palabra en el rótulo. Cuando fui allí por primera vez, lo hice siguiendo el consejo de amigas, comerciantes de Trouville. Me habían hablado de la encantadora capilla de Vauville. Así pues, aquel día, aquella primera vez, vi la iglesia, sin ver nada de lo que voy a contar. En efecto, la iglesia es muy hermosa, incluso encantadora. A su derecha hay un pequeño cementerio del siglo xix, noble, lujoso, que recuerda al Pére-Lachaise, muy ornamentado, como una fiesta inmóvil, detenida, en el centro de los siglos. Al otro lado de esa iglesia se encuentra el cuerpo del joven aviador inglés muerto el último día de la guerra. Y en mitad del césped, hay una tumba. Una losa de granito gris claro, perfectamente pulida. No vi esa piedra enseguida. La vi cuando me enteré de la historia. Era un niño inglés. Tenía veinte años. Su nombre está inscrito en la losa. Al principio se le llamaba el Joven aviador inglés. Era huérfano. Estaba en un colegio de la provincia del norte de Londres. Se alistó como muchos jóvenes ingleses. Eran los últimos días de la guerra mundial. Quizás el último, es posible. Había atacado una batería alemana. Para reírse. Dado que había disparado contra su batería, los alemanes replicaron. Dispararon contra el niño. Tenía veinte años. El niño quedó preso en su avión. Un Meteor monoplaza. Eso es, sí. Quedó preso en el avión. Y el avión cayó en lo alto de un árbol del bosque. Es ahí -cree la gente del pueblo- donde murió, durante la noche, la última de su vida. Todos los habitantes de Vauville lo velaron en el bosque, durante un día y una noche. Como antes, en los tiempos antiguos, como lo habrían hecho antes, lo velaron con velas, rezos, cantos, llantos y flores. Y luego consiguieron sacarlo del avión. Y extrajeron el avión del árbol. Fue largo, difícil. Su cuerpo había quedado prisionero de la red de acero y del árbol. Lo bajaron del árbol. Fue muy largo. Al final de la noche, se había acabado. Una vez hubieron bajado el cuerpo, lo llevaron hasta el cementerio y a continuación cavaron la tumba. Al día siguiente, creo, compraron la losa de granito de color claro. Es el principio de la historia. El joven inglés sigue allí, en aquella tumba. Bajo la losa de granito. Al año de su muerte, alguien llegó para verle, para ver al joven soldado inglés. Trajo flores. Un hombre viejo, también inglés. Llegó hasta allí para llorar sobre la tumba del niño y rezar. Dijo que era el profesor de aquel niño en un colegio del norte de Londres. Fue él quien dijo el nombre del niño. También fue él quien dijo que el niño era huérfano. Que no había nadie a quien avisar. Volvió, cada año. Durante ocho años. Y la muerte siguió eternizándose, bajo la losa de granito. Y luego nunca más volvió. Y nadie más sobre la tierra se acordó de la existencia de ese niño salvaje, y loco, algunos decían: de ese niño loco que, él solo, había ganado la guerra mundial. Sólo quedaron los habitantes del pueblo para acordarse y ocuparse de la tumba, de las flores y de la losa de piedra gris. Creo que durante años nadie, excepto la gente de Vauville, supo la historia. El profesor había dicho el nombre del niño. El nombre fue grabado en la tumba: W.J. CLIFFE Cada vez que el anciano hablaba del niño, lloraba. Al octavo año, no volvió. Y nunca más volvió. Mi hermano menor murió durante la guerra de Japón. Murió, y murió sin sepultura. Fue arrojado a una fosa común encima de los últimos cuerpos enterrados. Y pensarlo es tan terrible, tan atroz, que no se puede soportar, y, antes de haberlo experimentado, no se puede saber hasta qué extremo. No se trata de la mezcla de cuerpos, en absoluto; es la desaparición de ese cuerpo en la masa de otros cuerpos. Es el cuerpo, su cuerpo, el suyo, arrojado a la fosa de los muertos, sin un nombre, sin una palabra. Excepto la de la oración de todos los muertos. No fue ése el caso del joven aviador inglés, ya que los habitantes del pueblo cantaron y rezaron de rodillas en el césped alrededor de su tumba y permanecieron allí toda la noche. Pero, con todo, la historia me remitió al osario de los alrededores de Saigón donde se encuentra el cuerpo de Paulo. Pero ahora creo que hay algo más que eso. Creo que un día, mucho después, mucho después aún, no sé exactamente, pero ya lo sé, sí, mucho después, volveré a encontrar, ya lo sé, algo material que reconoceré como una sonrisa fija en las cuencas de sus ojos. Los ojos de Paulo. Allí, hay algo más que Paulo. El hecho de que la muerte del joven aviador inglés se haya convertido en un acontecimiento tan íntimo, se debe a que encerraba más de lo que yo creo. Nunca sabré qué. Nunca se sabrá. Nadie. Eso también me remite a nuestro amor. Existe el amor del hermano menor y existía nuestro amor, el suyo y el mío, un amor muy fuerte, oculto, culpable, un amor a cada instante. Encantador aún después de tu muerte. El joven muerto inglés era todo el mundo y también era sólo él. Era todo el mundo y él. Pero todo el mundo no hace llorar. Y además ese deseo de ver a ese joven muerto, de verificar sin conocerle en absoluto si había sido realmente su rostro eso, ese agujero, al final del cuerpo sin ojos, ese deseo de ver su cuerpo y cómo era su rostro de muerto, destrozado por el acero del Meteor. ¿Podíamos ver aún algo de eso? A duras penas se nos ocurre. Nunca pensé que pudiera escribir eso. Era asunto mío, mío, y no de los lectores. Tú eres mi lector, Paulo. Ya que te lo digo, te lo escribo, es verdad. Eres el amor de mi vida entera, el administrador de nuestra cólera frente al hermano mayor y así fue a lo largo de toda nuestra infancia, tu infancia. La tumba está sola. Como lo estuvo él. Tiene su edad de muerte... cómo decirlo... no sabemos... el estado del césped, también del jardincito. La proximidad del otro cementerio también contaba. Pero, realmente, ¿cómo decirlo? ¿Cómo hacer coincidir al niñito muerto a los seis meses cuya tumba está en la parte de arriba del césped con ese otro niño de veinte años? Ahí siguen los dos, y sus nombres, y su edad. Están solos. Y luego vi otra cosa. Luego, siempre vemos cosas. Ha dejado de ser sólo la muerte de cualquiera. Es la muerte de un niño. Vi el cielo con el sol a través de los árboles también muertos en los campos, mutilados, los árboles negros. Vi que los árboles seguían siendo negros. Y además la escuela municipal, también estaba allí. Y oí niños que cantaban: «Nunca te olvidaré». Para ti. Solo. En el origen de todo eso había en lo sucesivo ese alguien, y ese niño, mi niño, mi hermano menor, y alguien más, el niño inglés. Iguales. La muerte también bautiza. Aquí, estamos muy lejos de la identidad. Es un muerto, una muerte de veinte años que llegará hasta el final de los tiempos. Es todo. El nombre, el nombre no importa: era un niño. Podemos quedarnos ahí. Podemos quedarnos ahí, en ese lugar de la vida de un niño de veinte años, el último muerto de la guerra. Cualquier muerte es la muerte. Cualquier niño de veinte años es un niño de veinte años. La muerte de cualquiera es la muerte entera. Cualquiera es todo el mundo. Y ese cualquiera puede adoptar la forma atroz de una infancia en desarrollo. Esas cosas se saben en los pueblos, me las han enseñado los campesinos con la brutalidad de un acontecimiento convertido en ese acontecimiento, de un niño de veinte años muerto en una guerra con la que se divertía. Ese joven muerto inglés quizá permaneció intacto también por eso, permaneció clavado en esa edad, terrible, atroz, la de los veinte años. Llegó a haber amistad con esas gentes del pueblo, sobre todo con la anciana encargada de la iglesia. Los árboles muertos están ahí, locos petrificados en un desorden fijo, tanto que el viento no quiere saber nada de ellos. Están enteros, mártires, están negros, de la sangre negra de los árboles muertos por el fuego. Ese joven inglés muerto a los veinte años se convirtió en algo sagrado para mí, la transeúnte. Cada vez le lloraba. Y después, el anciano caballero inglés que llegaba todos los años para llorar en la tumba de ese niño; lamenté no haberlo conocido para hablar del niño, de su risa, de sus ojos, de sus juegos. Todo el pueblo se hizo cargo del niño muerto. Y el pueblo lo adoró. El niño de la guerra siempre tendrá flores sobre su tumba. Queda una incógnita: la fecha del día en que dejará de ser así. En Vauville, el recuerdo del canto de la mendiga vuelve a mí. Ese canto tan simple. El de los locos, de todos los locos, por todas partes, los de la indiferencia. El de la muerte fácil. Los de la muerte por obra del hambre, la de los muertos de los caminos, de las fosas, medio devorados por los perros, los tigres, las aves de presa, las ratas gigantes de los pantanos. Lo más dificil de soportar es el rostro destruido, la piel, los ojos arrancados. Los ojos vacíos de mirada, sin mirada. Fijos. Vueltos hacia nada más. Eso tiene veinte años. La edad, la cifra de la edad se detuvo con la muerte, eso en lo que se ha convertido siempre tendrá veinte años. No se sabe. No se ha averiguado. He querido escribir sobre él, el niño inglés. Y ya no puedo escribir sobre él. Y escribo. Ya veis, sin embargo, escribo. Dado que lo escribo no sé que eso se pueda escribir. Sé que eso no es un relato. Es un hecho brutal, aislado, sin eco alguno. Los hechos deberían bastar. Se debería referir los hechos. Y el anciano que siempre lloraba, que vino durante ocho años, y que, en determinado momento, no volvió más. Nunca. ¿Que también él fue presa de la muerte? Sin duda. Y luego la historia acabaría para la eternidad, igual que la sangre del niño, los ojos, la sonrisa del niño petrificada por la boca descolorida de la muerte. Los niños de la escuela cantan que hacía mucho tiempo que querían a ese niño de veinte años, y que nunca lo olvidarían. Lo cantan todas las tardes. Y yo lloro. Hubo crepúsculos del azul de los ojos de esos niños de la escuela. Hubo ese color azul en el cielo, de ese azul que era el del mar. Hubo todos los árboles que fueron asesinados. Y el cielo también estaba allí. Lo miré. Cubría la totalidad de las cosas con su lentitud, con su indiferencia de cada día. Insondable. Veo los lugares ligados unos a otros. Salvo la continuidad del bosque, que ha desaparecido. De repente ya no quería volver. Y seguía llorando. Lo veía por todas partes, al niño muerto. El niño muerto por jugar a la guerra, por jugar a ser el viento, a ser un English de veinte años, heroico y hermoso. Que jugaba a ser feliz. Aún te veo: a ti. El mismísimo Niño. Muerto como un pájaro, de muerte eterna. La muerte lenta en llegar y, con el dolor del cuerpo destrozado por el acero del avión, él rogaba a Dios que le diera una muerte rápida para dejar de sufrir. Se llamaba W.J. Cliffe, sí. Eso es lo que ahora aparece escrito en el granito gris. Hay que cruzar el jardín de la iglesia y dirigirse hacia la escuela municipal que está allí, en el mismo recinto. Ir hacia los gatos, esos chalados, esos locos, esas pandillas de gatos, de increíble y cruel belleza. Esos gatos llamados «caparazones de tortuga», amarillos como las llamas rojas, como la sangre, blancos y negros. Negros como los árboles ennegrecidos para siempre por el hollín de las bombas alemanas. A lo largo del cementerio hay un río. Y luego a lo lejos otra vez los árboles muertos, al otro lado del lugar donde está el niño. Los árboles quemados que gritan contra el viento. Es un ruido muy fuerte, una especie de barrido estridente de fin de mundo. Da mucho miedo. Y luego cesa, bruscamente, sin que se sepa qué era. Y luego los campesinos dicen que no es nada, que son los árboles que conservan en su savia el carbón de sus llagas. En efecto, el interior de la iglesia es admirable. Todo se reconoce. Las flores son flores, las plantas, los colores, los altares, los bordados, los tapices. Es admirable. Como una habitación momentáneamente abandonada que aguardara a los amantes ausentes a causa del mal tiempo. Uno desearía llegar a algún lugar con esta emoción. Escribir por fuera quizá, con sólo describir quizá, describir las cosas que están ahí, presentes. No inventar otras. No inventar nada, ningún detalle. No inventar en absoluto. Nada y todo. No acompañar a la muerte. Que la dejen, por fin, que no la miren de ese lado, por una vez. Las carreteras que conducen al pueblo son antiguos caminos, muy antiguos. Pertenecen a la prehistoria. Están ahí desde siempre, parece, según dicen, eran lugares de paso obligado hacia lo desconocido de los senderos y fuentes y orillas de mar o por si uno quería protegerse de los lobos. Nunca me había sucedido eso de sentirme trastornada hasta ese extremo por el hecho de la muerte. Completamente atrapada. Pegada. Y ahora, para mí, se acabaron los alrededores, he dejado de ir. Queda Vauville, esa rayuela; queda el desciframiento del nombre de algunas tumbas. Queda el bosque, el bosque que cada año avanza hacia el mar. Siempre de hollín, negro, preparado para la eternidad venidera. El niño muerto también era un soldado de la guerra. Y también habría podido ser un soldado francés. O un americano. Estamos a dieciocho kilómetros de la playa del Desembarco. La gente del pueblo sabía que era del norte de Inglaterra. El anciano caballero inglés les había hablado de ese niño, aquel anciano caballero no era el padre de ese niño, el niño era huérfano, él debía de ser su profesor, o quizás un amigo de sus padres. El hombre quería a aquel niño. Como a su hijo. ¿Como a un amante quizá? Quién sabe. El dijo el nombre del niño. Ese nombre se grabó en la losa de color gris claro. W.J. Cliffe. No puedo decir nada. No puedo escribir nada. Debiera existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática. Extraviadas. Ahí, escritas. Y abandonadas de inmediato. Quisiera contar el ceremonial que se organizó alrededor de la muerte del joven aviador inglés. Conozco algunos detalles: todo el pueblo se vio implicado, recobró una especie de iniciativa revolucionaria. También sé que la tumba se hizo sin autorización. Que el alcalde no se inmiscuyó. Que Vauville se convirtió en una especie de fiesta fúnebre alrededor de la adoración del niño. Una fiesta libre de llantos y de cantos de amor. Toda la gente del pueblo conoce la historia del niño. Y también la historia de las visitas del hombre viejo, aquel viejo profesor. Pero ya nunca hablan de la guerra. La guerra, para ellos, era ese niño asesinado a los veinte años. La muerte había reinado en el pueblo. Las mujeres lloraban, no podían evitarlo. El joven aviador desaparece, muere de una muerte verdadera. Si se cantara esa muerte, por ejemplo, no se trataría de la misma historia. Esa sublime discreción de las mujeres que hizo que, lo creo -aunque no esté absolutamente segura-, el niño fuera enterrado al lado de la iglesia, allí donde todavía no había ninguna tumba. Allí donde sigue habiendo sólo una tumba, la suya. Al abrigo del viento enloquecido. Las mujeres cogieron el cuerpo del niño, lo lavaron y lo colocaron en ese sitio, en la tumba, la de la losa de granito claro. Las mujeres no dijeron nada de todo eso. Si yo hubiera estado allí con ellas, para hacerlo con ellas, no habría podido escribirlo; lo creo. Digo quizá que esa sensación increíblemente intensa que experimenté, esa sensación de sentirme implicada, quizá no existiría. Es la emoción que aún me asalta ahora cuando estoy sola. Sola aún lloro por ese niño que se ha convertido en el último muerto de la guerra. Ese hecho inagotable: la muerte de un niño de veinte años asesinado por las baterías alemanas justo el día de la paz. Veinte años. Digo su edad. Digo: tenía veinte años. Tendrá veinte años durante toda la eternidad, ante lo Eterno. Exista o no, lo Eterno será aquel niño. Decir veinte años es terrible. Lo más terrible es eso, es la edad. Este dolor que siento por él es una banalidad. Es curioso, alrededor del niño nunca se planteó la idea de Dios. Nadie pronunció esa palabra tan fácil, la más fácil de todas, que es la palabra Dios. Nunca se pronunció durante el entierro del niño de veinte años que había jugado a hacer la guerra en su Meteor por encima del bosque normando, bello como el mar. No hay nada a la medida de este hecho. Hay muchos hechos así en el universo. Brechas. Ahí, el acontecimiento se vio. Y también se vio que el niño murió por haber jugado a la guerra. En tomo a la muerte del niño todo está claro. Había estado contento, había sido muy feliz al salir del bosque, no veía a ningún alemán. Estaba contento de volar, de vivir, de haberse decidido a matar soldados alemanes. A ese niño le gustaba hacer la guerra, como a todos los niños. Muerto, era siempre otro niño, cualquier niño de veinte años. Y luego eso se acabó con la noche, la primera noche. El, el aviador inglés, se convirtió en el niño de ese pueblo francés. Firmó su muerte, aquí, delante de los habitantes de Vauville que miraban. Este libro no es un libro. No es una canción. Ni un poema. Ni pensamientos. Sino las lágrimas, el dolor, los llantos, las desesperaciones que seguimos sin poder frenar ni razonar. Intensas cóleras políticas como la fe en Dios. Más intensas aún. Más peligrosas por infinitas. Este niño muerto en la guerra es también un secreto de cada uno de quienes lo encontraron en lo alto del árbol, crucificado en aquel árbol por el armazón de su avión. No se puede escribir sobre esto. O se puede escribir sobre todo. Escribir sobre todo, todo a la vez, es no escribir. Es nada. Y es una lectura insoportable, igual que un anuncio publicitario. Oigo de nuevo los cantos de los niños de la escuela municipal. Los cantos de los niños de Vauville. Debería poderse soportar. Aún nos resulta dificil. Siempre he llorado al oír ese canto de los niños. Y sigo llorando. La tumba del joven aviador inglés se ve ya menos. Sigue siendo visible en el paisaje que la rodea. Pero ya se ha alejado de nosotros hacia la eternidad. Y su eternidad se vivirá así a través de este niño desaparecido. Los lugares alrededor de la iglesia dan acceso a la tumba del niño. Allí, sigue sucediendo algo. Ahora nos hallamos separados del suceso por decenios y sin embargo aquí está el acontecimiento de la tumba. ¿Acaso es esta soledad de un niño muerto en la guerra, caricias dulces en el helado granito de su piedra sepulcral? No sé. El pueblo se ha convertido en el pueblo de este niño inglés de veinte años. Es como una especie de pureza, un lujo de lágrimas. El sumo cuidado dedicado a su tumba será eterno. Eso ya lo sabemos. La eternidad del joven niño aviador inglés está ahí, presente, podemos besar la piedra gris, tocarla, dormir en ella, llorar. Como un recurso, esa palabra -la de eternidad asoma a los labios- será la fosa común de todos los muertos de la región que matarán las guerras futuras. Quizá sea el nacimiento de un culto. ¿Dios sustituido? No, Dios es sustituido cada día. Nunca nos encontramos carentes de Dios. No sé qué nombre dar a esta historia. Todo está ahí en unas decenas de metros cuadrados. Todo está ahí en este fárrago de muertos, este esplendor de tumbas, ese lujo, que hace que este lugar resulte tan impresionante. No es la cantidad, ahí la cantidad se dispersó en otra parte, en las llanuras alemanas del norte de Alemania, en las hecatombes de las regiones de toda la costa atlántica. El niño siguió siendo él mismo. Y estando solo. Los campos de batalla quedaron lejos, por toda Europa. Aquí ocurrió lo contrario. Aquí está el niño, el rey de la muerte a causa de la guerra. También es un rey: es un niño tan solo en la muerte como un rey en la misma muerte. Se podría fotografiar la tumba. El hecho de la tumba. Del nombre. Puestas de sol. La negrura de hollín de los árboles quemados. Fotografiar esos dos ríos gemelos que se volvieron locos y aúllan cada atardecer, nunca sabremos a qué ni por qué, como perros hambrientos, esos ríos mal hechos, fallos de Dios, mal nacidos, que cada atardecer entrechocan, se golpean entre sí, se inundan el uno al otro. Es lo nunca visto, en ninguna parte. Dementes de otro mundo, en un ruido de chatarra, de degollina, de acarreo, y que buscan dónde desembocar, en qué mar, en qué bosque. Y los gatos, las nubes de gatos aúllan de miedo. En los cementerios siempre los hay al acecho de no se sabe qué acontecimiento de naturaleza indescifrable, excepto para ellos, los gatos, sin dueño. Perdidos. Los árboles muertos, los prados, el ganado, todo mira hacia el sol de la tarde en Vauville. El lugar queda muy desierto. Vacío, sí. Casi vacío. La encargada de la iglesia vive muy cerca de allí. Cada mañana, después del café, va a ver la tumba. Una campesina. Lleva el delantal de tela azul oscuro que llevaba mi madre en el Pas-de-Calais, a los veinte años. Olvido: también hay el cementerio nuevo, a un kilómetro de Vauville. Es un cementerio grandes almacenes. Hay macizos de flores grandes como árboles. Todo está pintado de blanco. Y aquí no hay nadie, nadie ahí dentro, diríase que no hay nada. Que no es un cementerio. Que es no se sabe qué, quizás un campo de golf. Vauville está rodeado de caminos muy antiguos anteriores a la Edad Media. Sobre esos caminos se construyeron nuestras actuales carreteras. A lo largo de setos milenarios, hay carreteras para los nuevos vivos. Robert Gallimard me descubrió la existencia de esa red de caminos primitivos de Normandía. Primeras carreteras de los hombres de la costa, los Nord-men. Seguramente hay mucha gente que habría escrito la historia de las carreteras. Lo que habría que hacer es hablar de la imposibilidad de explicar ese lugar, aquí, y esta tumba. Sin embargo, podemos besar el granito gris y llorarte. W.J. Cliffe. Hay que empezar al revés. No hablo de escribir. Hablo del libro una vez escrito. Partir de la fuente y seguirla hasta la reserva de su agua. Partir de la tumba y llegar hasta él, hasta el joven aviador inglés. Con frecuencia hay relatos y con muy poca frecuencia hay escritura. Quizá sólo haya un poema y además, para intentar... ¿qué? No sabemos nada más, ni siquiera eso, lo que habría que hacer. Hay la grandiosa banalidad del bosque, la pobre gente, los ríos locos, los árboles muertos, y esos gatos carnívoros como perros. Estos gatos rojos y negros. La inocencia de la vida, sí, es cierto, ahí está, igual que esas canciones populares cantadas por los niños de la escuela. Cierto, existe la inocencia de la vida. Una inocencia que hace llorar. A lo lejos queda la guerra de antaño, la que ahora está hecha añicos cuando se está solo en este pueblo, frente a los árboles mártires calcinados por el fuego alemán. El cuerpo de árboles de hollín, asesinados. No. Ya no hay guerra. El niño, de la guerra, lo ha sustituido todo. El niño de veinte años: ha sustituido todo el bosque, toda la tierra, y también el futuro de la guerra. La guerra, sí, la guerra está encerrada en la tumba con los huesos del cuerpo de aquel nino. Ahora está tranquila. El esplendor central, la idea, la idea de veinte años, la idea de jugar a la guerra, se tomó resplandeciente. Un cristal. Si no existieran cosas así, la escritura no existiría. Pero aunque la escritura esté ahí, dispuesta a aullar, a llorar, no se la escribe. Son emociones de esta índole, muy sutiles, muy profundas, muy carnales, también esenciales, y completamente imprevisibles, las que pueden anidar vidas enteras en el cuerpo. Eso es la escritura. Es el tren de la escritura que pasa por vuestro cuerpo. Lo atraviesa. De ahí es de donde se parte para hablar de esas emociones difíciles de expresar, tan extrañas y que sin embargo, de repente, se apoderan de ti. Estaba en mi casa en el pueblo, aquí, en Vauville. Cada día iba allí a llorar. Y luego un día dejé de ir. Escribo debido a esa capacidad mía para mezclarme con todo, a todo, a esa capacidad para estar en ese campo de la guerra, en ese teatro vacío de la guerra, en el desarrollo de esta reflexión, y ahí en el desarrollo que gana terreno a la guerra, muy lentamente, la pesadilla en curso de esa muerte del joven niño de veinte años, en ese cuerpo muerto del niño inglés de veinte años de edad, muerto con los árboles del bosque normando, de la misma muerte, ilimitada. Esta emoción se extenderá más allá de sí misma, hacia el infinito del mundo entero. Durante siglos. Y luego un día: en toda la tierra se comprenderá algo como el amor. De él. Del niño inglés muerto a los veinte años por haber jugado a la guerra contra los alemanes en este bosque monumental, tan hermoso, se dirá, tan antiguo, secular, incluso encantador, sí, eso es: encantador es la palabra. Se debería poder hacer cierta película. Una película de insistencias, de miradas retrospectivas, de reinicios. Y luego abandonarla. Y filmar también este abandono. Pero no se hará, ya se sabe. Nunca se hará. ¿Por qué no hacer una película de lo que se desconoce, de lo que aún se desconoce? No tengo nada entre manos, nada en la cabeza para hacer esa película. Y es en lo que más he pensado este verano, aquí. Porque, con todo, esa película sería una película de la idea inalcanzable y loca, una película sobre la literatura de la muerte viva. La escritura de la literatura, ésa es la escritura que plantea un problema a cada libro, a cada escritor, a cada uno de los libros de cada escritor. Y sin ella no hay escritor, ni libro, nada. Y de aquello parece que puede decirse otro tanto, que de aquel asunto quizá ya no quede nada. El derrumbamiento silencioso del mundo habría empezado aquel día, el del acontecimiento de esa muerte tan lenta y tan dura del joven inglés de veinte años en el cielo del bosque normando, ese monumento de las costas atlánticas, esa gloria. Esta noticia, este simple suceso, esta misteriosa noticia, se había introducido en la cabeza de la gente aún viva: en el primer silencio de la tierra se habría alcanzado un punto sin retorno. Se supo que en lo sucesivo sería inútil seguir esperando. Por todas partes sobre la tierra y a partir de ese único motivo de un niño de veinte años, de ese joven muerto de la última guerra, el olvidado de la última guerra de la primera edad. Y luego un día, no habrá nada que escribir, nada que leer, sólo existirá lo intraducible de la vida de ese muerto tan joven, joven hasta aullar.