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lunes, 11 de julio de 2016

Tobias Wolff

Bala en el cerebro

Anders llegó al banco poco antes de la hora de cierre, así que por supuesto la cola era interminable y quedó ubicado detrás de dos mujeres que, con su estridente y estúpida conversación, lo pusieron de un humor asesino. De cualquier manera nunca estaba del mejor humor, Anders—un crítico literario conocido por el cansado y elegante salvajismo con el que despachaba casi todo lo que reseñaba.
Aunque la cola serpenteaba siguiendo la cuerda, una de las cajeras puso un cartel de “caja cerrada” en su ventanilla, caminó hacia la parte de atrás del banco, se apoyó contra un escritorio y empezó a hacer tiempo con un hombre que ordenaba papeles. Las mujeres delante de Anders interrumpieron su conversación y observaron a la cajera con odio. “Ah, qué bien”, dijo una de ellas. Se volvió hacia Anders y agregó, confiada en su complicidad, “Uno de esos toquecitos humanos que nos hacen volver por más.”
Anders había acumulado ya su propio odio contra la cajera, pero inmediatamente lo desvió hacia la quejosa presumida que tenía delante. “Es tan injusto”, dijo. “Trágico, realmente. Si no están amputando la pierna equivocada o bombardeando un pueblo ancestral, están cerrando una ventanilla.”
Ella defendió su posición. “No dije que fuera trágico”, dijo. “Sólo creo que es una pésima manera de tratar a los clientes.”
—Imperdonable—dijo Anders.—El cielo tomará nota.
Ella aspiró y ahuecó sus mejillas, miró más allá de él y no dijo nada. Anders vio que la otra mujer, su amiga, miraba en la misma dirección. Y entonces los cajeros dejaron de hacer lo que hacían y los clientes giraron lentamente y un silencio invadió el banco. Dos hombres con pasamontañas negros y trajes azules estaban parados al lado de la puerta.
Uno de ellos apretaba una pistola contra el cuello del guardia. Los ojos del guardia estaban cerrados y sus labios se movían. El otro hombre tenía una escopeta recortada.
“¡Todos callados la boca!”, dijo el hombre con la pistola, aunque nadie había dicho una sola palabra. “Si alguno de los cajeros acciona la alarma son todos boleta.
¿Entendieron?”
Los cajeros asintieron.
—Bravo—dijo Anders.—Boleta—. Giró hacia la mujer que tenía delante.—Excelente guión, eh. La inexorable y aguerrida poesía de las clases peligrosas.
Ella lo miró con los ojos húmedos. El hombre de la escopeta empujó al guardia hasta hacerlo arrodillar. Le dio la escopeta a su compañero, tomó con firmeza las muñecas del guardia y le esposó las manos en la espalda. Lo derribó al piso con una patada entre los omóplatos. Luego tomó la escopeta otra vez y fue hacia la puerta de seguridad ubicada al final de la hilera de cajas. Era petiso y pesado y se movía con una peculiar lentitud, casi con apatía. “Ábranle”, dijo su compañero. El hombre con la escopeta abrió la puerta y avanzó despacio por detrás de los cajeros, entregando a cada uno una bolsa de plástico. Cuando encontró la ventanilla vacía miró al hombre de la pistola, que dijo, “¿De quién es esta caja?”
Anders miró a la cajera. Ella puso una mano en su garganta y giró hacia el hombre con el que hablaba. El hombre asintió. “Mía”, dijo ella.
—Entonces mové ese culo feo y llená esta bolsa.
—Ahí tiene—le dijo Anders a la mujer que tenía delante.—Se hace justicia.
—¡Vos, genio! ¿Te di permiso para que hables?
—No—dijo Anders.
—Entonces cerrá el pico.
—¿Escucharon eso? —dijo Anders.—Genio. Parece sacado de Los asesinos.
—Por favor, cállese—dijo la mujer.
—¿Sos sordo?—El hombre con la pistola fue hasta donde estaba Anders. Le clavó la punta de la pistola en el estómago.—¿Te pensás que estoy jugando?
—No—dijo Anders. Pero el caño le hizo cosquillas como un dedo rígido y tuvo que esforzarse para no reír. Para aguantarse se forzó a mirar al hombre a los ojos, que eran claramente visibles detrás del pasamontañas de la máscara: celestes, y con los bordes rojizos. El párpado del ojo izquierdo temblaba. El hombre suspiró y exhaló un penetrante olor a amoníaco que sacudió a Anders más que todo lo que había sucedido hasta ese momento, e hizo que comenzara a desarrollar un sentimiento de incomodidad cuando de pronto el hombre lo aguijoneó otra vez con la pistola.
—¿Te gusto, genio? —dijo.—¿Querés chuparme la pija?
—No—dijo Anders.
—Entonces dejá de mirarme.
Anders fijó sus ojos en los mocasines del hombre.
—No ahí abajo, acá arriba—. Metió la pistola bajo la pera de Anders y la empujó hacia arriba hasta que lo dejó mirando el techo.
Anders nunca había prestado mucha atención a esa parte del banco, un viejo edificio pomposo con pisos, pilares y mostradores de mármol y arabescos dorados sobre las ventanillas de las cajas. La cúpula en el techo estaba decorada con figuras mitológicas envueltas en togas a cuya fealdad regordeta Anders apenas había echado una mirada hacía muchos años y luego había declinado prestar atención. Ahora no tenía más opción que estudiar el trabajo del pintor. Era peor de lo que recordaba, y todo había sido ejecutado con la mayor seriedad. El artista tenía unos pocos trucos en la manga y los usaba una y otra vez: cierto tono rosado en la parte inferior de las nubes, una tímida mirada hacia atrás en las caras de los cupidos y los faunos. El techo estaba atiborrado con variados dramas, pero el que captó el ojo de Anders era el de Zeus y Europa— retratados, en esta versión, como un toro clavando la mirada en una vaca desde detrás de un montón de heno. Para hacer sexy a la vaca el pintor le había torcido las caderas sugestivamente y la había dotado de unas largas pestañas lánguidas a través de las cuales observaba al toro en una sensual bienvenida. El toro esgrimía una sonrisa afectada y sus cejas estaban arqueadas. De haber existido un globo de historieta saliendo de su boca habría dicho “Cuchi cuchi”.
—¿De qué te reís, genio?
—De nada.
—¿Te parezco gracioso? ¿Te pensás que soy un payaso?
—No.
—¿Te pensás que podés joder conmigo?
—No.
—Seguí jodiendo y sos boleta. ¿Capische?
Anders estalló en una carcajada. Tapó su boca con ambas manos y dijo “Lo siento, lo siento”, y luego resopló por la nariz a través de sus dedos y dijo “Capische, oh dios, capische“, y en ese momento el hombre de la pistola levantó la pistola y le disparó a Anders en la cabeza.
La bala impactó en el cráneo de Anders y atravesó su cerebro y salió detrás de su oreja derecha, dispersando astillas de hueso hacia la corteza cerebral, el cuerpo calloso, y más atrás, hacia los ganglios basales y hacia abajo en el tálamo. Pero antes de que todo esto ocurriera, la primera aparición de la bala en el cerebro desencadenó una cadena chisporroteante de reacciones iónicas y neuro-transmisiones. El peculiar origen de estas reacciones les imprimió un patrón peculiar, reviviendo azarosamente una tarde de verano de hacía cuarenta años, y que hacía mucho tiempo había sido olvidada. Luego de impactar el cráneo, la bala se movía a 300 metros por segundo, una marcha patéticamente lenta y glacial comparada con los relámpagos sinápticos que estallaban a su alrededor. Una vez en el cerebro la bala cayó bajo el control del tiempo cerebral, lo que le dio a Anders tiempo suficiente para contemplar la escena que, en una frase que Anders hubiera aborrecido, “se representó frente a sus ojos”.
Vale la pena notar lo que Anders no recordó, dado lo que sí recordó. No recordó a su primera amante, Sherry, o lo que más había amado locamente en ella, antes de que comenzara a irritarlo: su desvergonzada carnalidad, y especialmente la forma cordial que tenía de dirigirse a su miembro, que ella llamaba Mister Mole, como en “Oh, parece que Mister Mole quiere jugar” o “¡Juguemos a la escondida con Mister Mole!” Anders no recordó a su esposa, a quien también había amado hasta que lo cansó con su rutina, o a su hija, ahora una malhumorada profesora de economía en Dartmouth. No recordó estar parado frente a la puerta de la habitación de su hija mientras ella retaba a su oso de peluche diciéndole que se había portado mal y describía los escalofriantes castigos que le esperaban a Garras a menos que cambiara su comportamiento. No recordó una sola línea de los cientos de poemas que había memorizado en su juventud para poder erizarse la piel a voluntad: ni “Silencioso, en la cima de una montaña en Darien”, ni “Oh dios, hoy escuché”, ni “¿Todas las bellas? ¿Dijiste todas? ¡Oh Dios! ¿Todas?” Ninguno de estos versos recordó; ni uno. Anders no recordó a su madre moribunda diciendo de su padre “debería haberlo apuñalado mientras dormía”.
No recordó al profesor Josephs contándole a la clase cómo los prisioneros atenienses en Sicilia podrían haber sido liberados si recitaban Esquilo ni cuando el mismo Josephs recitó Esquilo, a continuación, en griego. Anders no recordó cómo sus ojos habían ardido con esos sonidos. No recordó la sorpresa de ver el nombre de un compañero de universidad en la solapa de una novela no mucho tiempo después de la graduación, o el respeto que sintió después de leer el libro. No recordó el placer de respetar.
Tampoco recordó Anders ver haber visto a una mujer arrojarse a su muerte desde un edificio enfrente del suyo días después del nacimiento de su hija. No recordó haber gritado “¡Dios, ten piedad!”. No recordó haber chocado el auto de su padre a propósito contra un árbol, o las patadas en las costillas de tres policías en una marcha contra la guerra, o despertarse riendo. No recordó cuando comenzó a mirar los libros apilados en su escritorio con recelo y desdén, o cuando empezó a detestar a los escritores por escribirlos. No recordó cuándo todo empezó a recordarle otra cosa.
Esto es lo que recordó. Calor. Un campo de béisbol. Pasto amarillo, el mundo de los insectos, él mismo reclinado contra un árbol mientras los chicos del barrio se reúnen para armar un partido. Él observa mientras los demás discuten el talento relativo de Mantle y de Mays. Han estado preocupados por este tema todo el verano y se ha vuelto tedioso para Anders: una opresión, como el calor.
Entonces llegan los últimos dos muchachos, Coyle y un primo de él de Mississippi.
Anders nunca ha visto al primo de Coyle antes y nunca lo volverá ver. Anders dice hola con los otros y no le presta más atención hasta que han elegido equipo y alguien le pregunta al primo en qué puesto quiere jugar. “Parador en corto”, dice el muchacho.
“Parador en corto es la mejor posición que es”. Anders gira y se queda mirándolo.
Quiere escuchar al primo de Coyle repetir lo que acaba de decir, pero sabe que no debe preguntar. Los otros pensarán que es un creído, burlándose del chico por su gramática.
Pero no es eso, no es eso para nada: es que Anders está extrañamente exaltado, iluminado por esas dos palabras finales, su sorpresa y su música. Entra al campo en un trance, repitiendo esas palabras para sí.
La bala ya está en el cerebro; no será demorada por siempre, su avance no se detendrá.
Al final hará su trabajo y dejará el cráneo agujereado, arrastrando una cola de cometa de memoria y esperanza y talento y amor hacia el mármol del salón. Y eso no podrá evitarse. Pero por ahora Anders todavía puede hacer tiempo. Tiempo para que las sombras que se alarguen en el pasto, tiempo para que el perro le ladre a la pelota que vuela, tiempo para que el muchacho en el sector izquierdo del campo golpetee su guante negro de transpiración y suavemente entone, Que es, que es, que es.

Traducción: Xtian Rodríguez


miércoles, 15 de julio de 2015

Tobias Wolff: DI QUE SÍ

 DI QUE SÍ
Estaban fregando los platos; su mujer lavaba mientras él secaba. Él había lavado la noche antes. A diferencia de la mayoría de los hombres que conocía, él arrimaba el hombro en las tareas de la casa. Unos meses antes había oído casualmente que una amiga de su mujer la felicitaba por tener un marido tan considerado, y pensó: «Lo intento». Ayudar con los platos era un modo de demostrar lo considerado que era. Hablaron de diferentes cosas y por algún motivo trataron el asunto de si los blancos deberían casarse con los negros. Él dijo que, considerándolo todo, creía que era una mala idea.
—¿Por qué? —preguntó ella.
A veces su mujer ponía aquella expresión en que fruncía las cejas, se mordía el labio inferior y miraba fijamente hacia abajo. Cuando la veía así, él sabía que debía mantener la boca cerrada, pero nunca lo hacía. En realidad le llevaba a hablar más. Ahora tenía esa expresión.
—¿Por qué? —preguntó ella otra vez, y se quedó parada con la mano dentro de un cuenco, no lavándolo sino sólo sosteniéndolo sobre el agua.
—Escucha —dijo él—. Yo fui al colegio con negros, he trabajado con negros y vivido en la misma calle que negros, y siempre nos hemos llevado bien. No me vengas ahora tú dando a entender que soy un racista.
—Yo no he dado a entender nada —dijo ella, y se puso a lavar el cuenco de nuevo, haciéndolo girar en la mano como si le estuviera dando forma—. Lo que pasa es que yo no veo qué hay de malo en que un blanco se case con una negra, o un negro con una blanca, eso es todo.
Él le echó una ojeada. Ella le estaba mirando, y tenía los ojos brillantes.
—Mira —dijo él, adoptando un tono razonable—, esto es estúpido. Si fueras negra, no serías tú —al decir eso se dio cuenta de que era absolutamente cierto. No existía argumento posible en contra del hecho de que ella no sería la misma si fuera negra. Así que repitió—: Si fueras negra, no serías tú.
—Lo sé —dijo ella—, pero vamos a suponerlo.
Él respiró hondo. Había ganado la discusión pero todavía se sentía acorralado.
—¿A suponer qué? —preguntó.
—Que yo soy negra, pero siendo yo, y nos enamoramos. ¿Te casarías conmigo?
Él pensó en eso.
—¿Bien? —dijo ella, y se acercó a él. Sus ojos todavía estaban más brillantes—. ¿Te casarías conmigo?
—Lo estoy pensando —dijo él.
—No te casarías, lo puedo asegurar. Vas a decir que no.
—No vayamos tan deprisa —dijo él—. Hay que tener en cuenta muchas cosas. No queremos hacer algo que podríamos lamentar el resto de nuestra vida.
—No lo pienses más. Sí o no.
—Si lo planteas de ese modo…
—Sí o no.
—Dios santo, Ann. De acuerdo… no.
—Gracias —dijo ella, y salió de la cocina entrando en el cuarto de estar. Un momento después él la oyó pasar las páginas de una revista. Sabía que estaba demasiado enfadada para leerla de verdad, pero no pasaba las páginas bruscamente como habría hecho él; las pasaba despacio, como si estuviera estudiando cada palabra. Le estaba demostrando su indiferencia, y tenía el efecto que él sabía que pretendía ella. Le dolía.
Él no tenía más opción que demostrarle también indiferencia. En silencio, con cuidado, fregó el resto de los platos. Luego los secó y los guardó. Secó la encimera y la cocina, y fregó el linóleo donde había caído la gota de sangre. Mientras estaba en eso, decidió que pasaría la fregona a todo el suelo. Cuando terminó, la cocina parecía nueva, justo como cuando les enseñaron la casa, antes de que vivieran en ella.
Agarró el cubo de la basura y salió. La noche era clara y pudo ver unas cuantas estrellas al oeste, donde las luces de la ciudad no las ocultaban. En El Camino la circulación era constante y ligera, pacífica como un río. Se avergonzó de que su mujer le hubiera empujado a reñir. Dentro de otros treinta años o así estarían muertos los dos. ¿Qué importaría entonces todo esto? Pensó en los años que habían pasado juntos, y lo unidos que estaban y lo bien que se conocían el uno al otro, y se le hizo un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar. La cara y el cuello le empezaron a hormiguear. El calor le inundó el pecho. Se quedó allí un rato, disfrutando de esas sensaciones, luego agarró el cubo y salió por la puerta de atrás del jardín.
Los dos chuchos del final de la calle le habían vuelto a volcar el cubo de basura colectivo. Uno de ellos estaba revolcándose en el suelo y el otro tenía algo en la boca. Cuando le vieron venir se alejaron con pasos cortos, afectados. Normalmente les habría tirado una piedra o dos, pero esta vez los dejó irse.
La casa estaba a oscuras cuando volvió a entrar. Ella se encontraba en el cuarto de baño. Él se quedó delante de la puerta y la llamó. Oyó ruido de frascos, pero ella no le respondió.
—Ann, de verdad que lo siento —dijo—. Te compensaré por ello, lo prometo.
—¿Cómo? —preguntó ella.
Él no se esperaba aquello. Pero por el sonido de su voz, un tono claro y definitivo que le resultó extraño, supo que tenía que dar la respuesta adecuada. Se apoyó contra la puerta.
—Me casaré contigo —susurró.
—Ya veremos —dijo ella—. Vete a la cama. Estaré contigo en un momento.
Él se desnudó y se metió a la cama. Por fin oyó que la puerta del cuarto de baño se abría y se cerraba.
—Apaga la luz —dijo ella desde el umbral.
—¿Qué?
—Que apagues la luz.
Él estiró la mano y tiró de la cadenita de la lamparilla de noche. La habitación quedó a oscuras.
—Ya está —dijo. Permaneció allí tumbado y no pasó nada—. Ya está —dijo de nuevo. Entonces oyó movimiento en la habitación. Se sentó pero no podía ver nada. La habitación estaba en silencio. Su corazón latía con fuerza como la primera noche que pasaron juntos, como todavía latía cuando le despertaba un ruido en la oscuridad y esperaba oírlo de nuevo… el sonido de alguien que se movía por la casa, un extraño.