miércoles, 6 de junio de 2007

Robert Graves

Ulises


Según la Odisea, poema que muestra a Ulises bajo una luz diferente, primero partió hacia Tracia después de dejar Troya. Allí saqueó y quemó la ciudad de Ismaros. Un sacerdote de Apolo, cuya vida se comprometió a guardar le dio como agradecimiento muchas jarras de vino dulce, la mitad de las cuales se las bebieron sus hombres en un almuerzo en la playa. Algunos habitantes de Tracia, que vivían en el interior, vieron llamas elevándose de Ismaros y como venganza cargaron sobre los marineros borrachos. Ulises embarcó a la mayoría de ellos otra vez, aunque tuvo que abandonar a los muertos y a los heridos de gravedad. Entonces, un violento vendaval del noreste llevó a su flota por el mar Egeo hacia Citera, una isla en la punta más meridional de Grecia. Aprovechando una calma repentina, hizo que sus hombres remaran e intentaron doblar Citera, dirigiéndose hacia el noroeste, hacia Itaca, pero el vendaval soplaba con mayor furia que antes y duró nueve días.
Cuando al final cesó, Ulises se encontró a la vista de Sirinx, la isla de los lotófagos, frente a la costa norteafricana. El loto es una baya dulce, sin hueso, amarilla y bastante saludable, aparte de que quien la come pierde la memoria. Ulises desembarcó en Sirinx y, mientras llenaba las tinajas de agua, envió a tres exploradores para que comprobaran qué comida podía comprarse o cogerse. Los exploradores, después de haber comido unos cuantos lotos ofrecidos por los simpáticos nativos, olvidaron, inmediatamente, dónde estaban, por qué habían ido allí e, incluso, sus propios nombres. No querían nada más que pasar el resto de sus vidas allí, comiendo lotos.
Ulises se dirigió hacia el norte hasta que llegó a la fértil, pero deshabitada isla de Sicilia, llena de cabras salvajes, algunas de las cuales mató para comérselas. Después tomó una sola nave para explorar la costa por el otro lado. Esta era la tierra de los feroces cíclopes, u ojos-redondos, llamados así porque todos tenían un deslumbrante ojo en medio de la frente. Los cíclopes eran pastores gigantes y huraños, que vivían apartados los unos de los otros en cuevas excavadas en la roca. Ulises y sus compañeros vieron la entrada de una de estas cuevas, alta y cubierta de hiedra, detrás de un corral de ovejas. Entraron sin darse cuenta de que era la casa de Polifemo, un cíclope antropófago. Al ver que no había nadie, encendieron un fuego, mataron y asaron algunos cabritillos que rondaban por allí, acompañándolos con queso de algunas cestas que colgaban de las paredes, y comieron felizmente. Hacia la tarde, Polifemo llegó, condujo su rebaño hacia la cueva y cerró la entrada con una piedra tan enorme que ni treinta pares de bueyes apenas podrían haberla movido. Algunos minutos después, cuando Polifemo se sentó a ordeñar las ovejas y las cabras, levantó la mirada y vio a Ulises.
-¿Qué se os ofrece? -preguntó bruscamente.
-Somos griegos, recién llegados del famoso saqueo de Troya -respondió Ulises-, y confiamos en tu hospitalidad.
Polifemo cogió inmediatamente a dos marineros, estampó sus cabezas contra el suelo de piedra y se los comió crudos. Ulises se contuvo para no atacar al monstruo, puesto que ni él ni sus compañeros eran lo suficientemente fuertes para desbloquear la entrada, poca esperanza podían tener en escaparse matándole. A la hora del desayuno Polifemo se comió a dos marineros más, después quitó la piedra haciéndola rodar, sacó el rebaño y volvió a poner la piedra en su sitio.
Ulises encontró una estaca verde de olivo, afiló uno de sus extremos con la espada y la escondió bajo un montón de excrementos de oveja. Aquella tarde, a su vuelta, Polifemo volvió a comerse dos marineros más. Ulises, que había traído una bota de vino, le ofreció un tazón. El monstruo se lo bebió con gula, pues nunca antes había probado el vino, y pidió otro.
-¿Cómo te llamas? ~preguntó.
-Me llamo Nadie -contestó Ulises, escanciándole vino.
~¡Entonces prometo comerte el último, querido Nadie! Me gusta tu vino. ¡La próxima vez échame el doble!
Pronto cayó en el sueño de los borrachos. Ulises prendió fuego en el extremo afilado de su estaca y lo clavó en el ojo de Polifemo, retorciéndolo. El ojo estalló, Polifemo gritó, y los demás cíclopes, al oír el bullicio, se agruparon fuera de la cueva.
-¿Qué pasa, vecino? -gritaron.
-¡Socorro! ¡Estoy ciego y agonizo! ¡Es culpa de Nadie! -respondió gritando.
-¡Pobre muchacho! Si no es culpa de nadie no hay nada que decir. ¡Adiós y, por favor, haz menos ruido!
Polifemo se arrastró hasta la entrada de la cueva a tientas, con la esperanza de coger a uno o dos marineros, pero la luz del fuego les ayudó a esquivarle.
Al alba, Ulises ató a cada uno de sus compañeros boca arriba, bajo la barriga de una oveja, la que estaba en medio de tres.
-Ponedías en fila cogiéndolas por la lana -ordenó.
El mismo Ulises eligió el carnero mayor y, cuando Polifemo sacó el rebaño a pastar, palpándoles los lomos para asegurarse de que nadie las montaba, se acurrucó bajo ese carnero, colgando de los dedos de las manos y de los pies. Polifemo detuvo al gran carnero y le habló larga y tristemente, sin darse cuenta de lo cerca que estaba su enemigo. Así que Ulises y los marineros supervivientes escaparon y subieron todo el rebaño a bordo de su nave. Cuando partieron, burlándose a gritos, Polifemo les lanzó tres rocas inmensas, pero ninguna acertó.
Entonces, Ulises se dirigió, pasando por Sicilia, a la isla del rey Eolo, el guardián divino de los vientos. Allí fue amablemente atendido durante un mes; después del cual Eolo le dio una bolsa de cuero cerrada con hilo de plata.
-He encerrado a todos mis vientos en esta bolsa -dijo-, excepto el suave viento del oeste. El te llevará a través del mar hasta Itaca. Pero si cambias tu rumbo, abre la bolsa con cuidado y convoca al viento que necesites.
La nave estaba tan cerca de Itaca que se podía ver el humo que salía de los fuegos del palacio real, cuando Ulises se durmió, absolutamente exhausto. Sus hombres, que pensaban que la bolsa de cuero contenía vino, desataron el hilo de plata y la abrieron del todo. Los vientos salieron de golpe bramando, conduciendo la nave ante ellos. Había transcurrido menos de una hora cuando Ulises se encontró de nuevo en la isla del rey Eolo, disculpándose y suplicando más ayuda. Eolo se la denegó.
-¡Usa tus remos! -gritó secamente.
Los hombres de Ulises remaron y al día siguiente llegaron a Formia, un puerto italiano cerrado y habitado por los caníbales lestrígonos. Atracó su flota en la playa y mandó a algunos marineros a buscar agua. Pero, reunidos sobre los acantilados, los lestrígonos lanzaron piedras que hicieron pedazos sus naves.Después asesinaron y se comieron a la tripulación. Ulises escapó en una nave.
Un violento vendaval del sur le condujo después hasta el final del mar Adriático y tomó tierra en Eea, una pequeña isla gobernada por la diosa Circe. Cuando el amigo de Ulises, Euríloco, se llevó a un grupo de veinte hombres a tierra, Circe les invitó a todos a su palacio. Lobos y leones rondaban por el jardín. Para sorpresa de Euríloco, en lugar de atacar a los marineros, se alzaban sobre sus patas traseras y les acariciaban cariñosamente.
Circe ofreció a sus visitantes un buen banquete, que consistía en queso, pan de cebada, miel y vino; pero estaba drogado. Habían comido sólo unos pocos bocados cuando ella les golpeó en los hombros con su varita. Se convirtieron en cerdos que encerró en una sucia pocilga, y les lanzó bellotas como postre. Aquellos leones y lobos también eran hombres, encantados del mismo modo. Sólo Euríloco escapo: había temido alguna trampa y, en vez de entrar en palacio, observó desde una ventana.
Ulises cogió su espada y se apresuró al rescate. Por el camino se encontró con Hermes, que amablemente le dio un amuleto contra la magia de Circe: una flor blanca muy aromática con una raíz negra, llamada «hierba de vida».
Circe sirvió a Ulises el mismo tipo de comida, perocuando agitó su varita para transformarle, Ulises olió la flor de la hierba de la vida, se salvó y la amenazó con cortarle la cabeza. Circe cayó a sus pies llorando. Ulises le perdonó la vida con la condición de que devolviera a todos los animales su forma humana y que nunca volviera a usar tan terribles encantos. Se hicieron muy amigos y pasaron tres años juntos como marido y mujer.
Circe ayudó a Ulises a visitar el mundo subterráneo de las tinieblas, donde él intercambió noticias con los fantasmas de Agamenón, Aquiles y otros viejos camaradas (sólo el gran Áyax frunció el ceño y se marchó enfadado). Entonces, Ulises dijo adiós a Circe, prometiéndole que volvería pronto, y zarpó hacia el sur, hacia Itaca. Circe le advirtió sobre la isla de las sirenas. Las sirenas eran mitad pájaro, mitad mujer, y cantaban tan maravillosamente que los marineros que oían sus voces siempre intentaban ir tras ellas, pero sus naves chocaban contra las rocas ocultas que guardaban la orilla. Ulises tapó las orejas de sus marineros con cera e hizo que le ataran al mástil para poder escuchar las canciones de las sirenas cuando la nave pasara por allí.
-¡Desatadme -gritó-, u os mataré uno por uno!
Ya que los marineros no podían oír ni a las sirenas ni a Ulises, obedecieron su primera orden de atarle aún más fuerte al mástil. Su nave pudo así escapar del desastre, y las sirenas se suicidaron ofendidas.
Entonces, Ulises tuvo que navegar entre dos acantilados que separaban Italia de Sicilia. En el lado siciliano vivía Caribdis, un monstruo que bebía enormes cantidades de agua tres veces al día y que después, de repente, la escupía en forma de remolino. En el lado italiano vivía Escila, una perra de seis cabezas que comía marineros. Alejándose poco a poco de ella para evitar el mayor peligro de Caribdis, Ulises perdió una cuarta parte de la tripulación: Escila emergió y atrapó a dos marineros con cada par de mandíbulas y los devoró tranquilamente.
Al día siguiente, atracó en Sicilia para esperar un viento favorable, pero las provisiones de Circe ya se habían acabado y los marineros tenían hambre. Mientras Ulises dormía, mataron y asaron algunas vacas que pertenecían al dios del sol, Hiperión, que se quejó a Zeus todopoderoso. Cuando partieron de nuevo, Zeus lanzó su rayo sobre la nave y la hundió.
Todos se ahogaron, excepto Ulises. Se agarró al mástil partido y, después de nueve días a la deriva, fue arrojado a la orilla de la isla de Calipso, hambriento y casi muerto.
Calipso, una hermosa hechicera, se enamoró enseguida de Ulises, y lo retuvo cinco años más. El se cansó pronto de su compañía, al no haber nadie más por allí, y miraba el horizonte durante todo el día sentado tristemente en la orilla. Al final, Zeus envió una orden que Calipso no se atrevió a desobedecer: «¡Libera al rey Ulises!». Ella fue a buscar un hacha, una sierra y otras herramientas que tenía en un escondrijo y le dijo que construyera una balsa con troncos de árbol. Cuando la finalizó, Ulises le dio a Calipso un beso de despedida, puso comida a bordo, arrastró la balsa haciéndola rodar sobre troncos, se hizo a la mar y fue llevado por una suave brisa. No había recorrido una gran distancia cuando una inmensa ola volcó la balsa. Ulises nunca llegó a descubrir a qué dios tenía que culpar por este desastre.
Dos días después fue arrastrado hasta la orilla, desnudo, cerca de Drépane, en Sicilia, donde la encantadora princesa Nausicaa había llevado a sus muchachas a lavar la ropa a la boca de un río. Mientras jugaban juntas en su descanso del mediodía, la pelota fue a parar al agua, cerca de un bosquecillo detrás de donde Ulises estaba oculto. Las muchachas gritaron
cuando apareció Ulises, pero Nausicaa le prestó ropa y se lo llevó al palacio de su padre, el rey Alcinoo. Después de escuchar el relato, no muy fiel, de las aventuras de Ulises, Alcinoo le envió a Itaca en una buena nave. Una vez más, al ver su propia isla, Ulises se durmió.
Los marineros no se atrevieron a despertar a Ulises; en vez de eso, le dejaron echado en la playa y se marcharon. Atenea le despertó, disfrazada de pastorcillo, y Ulises se hizo pasar por un cretense al que habían desembarcado en contra de su voluntad. Atenea se río.
- Nunca mientas a una diosa! -dijo ella-. Si quieres hacerme caso, visita a Eumeo, tu viejo porquerizo, y oirás las últimas noticias. Puedes fiarte.
Ulises se dio a conocer, debidamente, a Eumeo y supo que ciento doce insolentes nobles jóvenes estaban cortejando a su esposa Penélope y organizando fiestas cada día en el palacio a sus expensas.
-Amenazan con quedarse hasta que ella decida con cuál se va a casar -explicó Eumeo-. Pero la reina Penélope sabe por un oráculo que volverás pronto, así que ella está haciendo tiempo. Dijo a sus pretendientes que tenían que esperar hasta que acabara un complicado bordado. Aunque trabaja todo el día, deshace los puntos por la noche, mes tras mes.
Vestido con harapos, como un pedigüeño, Ulises fue al palacio, y allí vio a Argos, su viejo perro de caza, acurrucado en un montón de estiércol, sucio, decrépito y atormentado por las pulgas, pero todavía vivo. Argos agitó la poca cola que le quedaba y murió feliz; Ulises se secó una lágrima. En el patio, caminó alrededor de las mesas, pidiendo a los pretendientes de Penélope que le dieran los restos de la comida. Nadie le ofreció nada; uno incluso le lanzó un taburete a la cabeza. Entonces, Iros, un pedigüeño de verdad, intentó echarlo y, cuando se negó, le desafió a un combate de boxeo, pero quedó derrotado con un solo golpe.
Mientras tanto, el hijo de Ulises, Telémaco, volvía de un viaje. Al detenerse en la tienda de Eumeo, supo que los pretendientes estaban planeando matarle y que su padre acababa de llegar disfrazado. Pronto, los tres se reunieron y planearon cómo castigar a los pretendientes. Cuando Ulises visitó a Penélope, ella no le reconoció, así que él le explicó una larga historia acerca de que había encontrado a su marido de camino al oráculo de Zeus en Dodona.
-Estará aquí dentro de pocos días -dijo Ulises.
Penélope le escuchó ansiosamente y ordenó a Euriclea, una sirvienta muy anciana que había sido la niñera de Ulises, que lavara los pies del noble forastero. Cuando Penélope salió de la habitación, Euriclea reconoció una cicatriz de su pierna y lanzó un grito de alegría, pero Ulises la agarró por el cuello y la hizo callar, pues no estaba seguro todavía de si Penélope era digna de confianza.
A la tarde siguiente, por advertencia de Telémaco, Penélope anunció a los pretendientes que se casaría con el que acertara a lanzar una flecha por los aros de doce hachas puestas en fila (estos aros se usaban para colgar las hachas en las paredes). Todos debían disparar con el propio arco de Ulises, dijo ella.
Todos quisieron tensar el arco, que estaba tan rígido por haber estado doce años en desuso que ninguno pudo hacerlo. Finalmente, Ulises, a pesar de las muchas protestas y de los groseros insultos, cogió el arco, lo tensó con facilidad y su flecha traspasó limpiamente la hilera de aros.
Telémaco, que se había escabullido en silencio, volvió a entrar blandiendo una espada. Enseguida Ulises disparó al cuello al jefe de los pretendientes. Sus compañeros saltaron para coger las lanzas colgadas en la pared, pero Telémaco las había quitado de ahí la noche anterior. Las flechas de Ulises alcanzaban a los pretendientes a montones; y Telémaco, ayudado por Eumeo y otro sirviente de palacio armado, se deshizo del resto. Sólo después de todo esto, Ulises se dio a conocer a Penélope.
Estos mismos aguerridos hombres lucharon en una dura batalla al día siguiente contra los familiares de los pretendientes, y estaban cerca de conseguir una segunda victoria cuando Atenea descendió e impuso una tregua. Entonces, Ulises gobernó Itaca en paz hasta que murió.

Thomas Mann(Alemania,1875-1955)


Horas penosas Se levantó del escritorio, un mueble pequeño y frágil; se levantó como un desesperado y se dirigió con la cabeza colgante al ángulo opuesto de la habitación, donde estaba la estufa, alta y alargada como una columna. Puso las manos en los azulejos, pero se habían enfriado casi del todo, pues era ya muy pasada la medianoche; por lo que se arrimó de espaldas a la estufa, buscando un bienestar que no encontró, recogió los faldones de su bata, de cuyas solapas sobresalía colgando una descolorida pechera de encaje, y resopló con todas sus fuerzas por la nariz, para proporcionarse un poco de aire, pues, como de costumbre, estaba acatarrado. Era un catarro realmente singular y fatídico, que casi nunca le abandonaba totalmente. Tenía los párpados inflamados y los bordes de sus narices completamente escocidos, y en su cabeza y en todo su cuerpo este catarro le producía el efecto de una borrachera pesada y dolorosa. ¿O era que la culpa de toda esta laxitud y pesadez la tenía la enojosa permanencia en la habitación que el médico había vuelto a imponerle, hacía unas semanas? Sólo Dios sabe si hizo bien en mandárselo. El catarro crónico y los calambres de pecho y abdomen podían tal vez hacerlo necesario. Además, en Jena, reinaba un tiempo muy malo desde hacía varias semanas -sí, esto era cierto-, un tiempo miserable y abominable, que atacaba los nervios, un tiempo cruel, caliginoso y frío; y el viento de diciembre bramaba por el tubo de la estufa resonando como un eco del desierto nocturno en la tormenta, extravío y aflicción desesperada del alma. Sí, todo esto era cierto. Pero no era bueno este angosto cautiverio; no era bueno para las ideas ni para el ritmo de la sangre, del que manaban las ideas... Aquella habitación hexagonal, desnuda, sobria e incómoda, con su techo blanqueado, bajo el que flotaba el humo del tabaco, con sus paredes empapeladas de cuadriláteros en diagonal, de las que colgaban siluetas encuadradas en marcos ovalados, y sus cuatro o cinco muebles de patas delgadas, estaba iluminada por la luz de dos velas, que ardían en el escritorio, a la cabecera del manuscrito. Cortinas rojas colgaban por encima del bastidor superior de la ventana; no eran más que trapos, retazos de indiana aprovechados y combinados simétricamente; pero eran rojos, de un rojo cálido y sonoro, y a él le gustaban y quería conservarlas siempre, porque aportaban un poco de lujuria y voluptuosidad en medio de la pobreza y austeridad absurdas de su habitación... Estaba junto a la estufa y miraba, con un parpadeo acelerado y dolorosamente forzado, hacia el otro lado de la habitación, la obra de la que había huido: este peso, este agobio, este tormento de la conciencia, este mar que había que apurar, esta misión terrible, que era su orgullo y su miseria, su cielo y su condenación. Esta obra se arrastraba, se paraba, se atascaba... ¡una y otra vez! El tiempo tenía la culpa, y su catarro y su fatiga. ¿O quizás era la obra la culpable? ¿O acaso el trabajo en sí, era una concepción desgraciada y destinada a la desesperación? Se había levantado para poner un poco de distancia entre la obra y él, pues a menudo la lejanía física del manuscrito hacía que uno se formara una idea de conjunto, una nueva visión del asunto, y pudiera tomar nuevas providencias. Sí, había casos en que, si uno se apartaba del lugar de la lucha, el sentimiento de desahogo producía un efecto entusiasmador. Y era éste un entusiasmo más inocente que el que provocaba el licor o el café negro y cargado... La jícara estaba sobre la mesita. ¿Y si ella le ayudara a salvar este obstáculo? ¡No, no, nunca más! No era únicamente el médico; hubo otra persona, un hombre de prestigio, que le había disuadido también de la bebida por prudencia: era el otro, el de allí, de Weimar, al que él quería con una amistad nostálgica. Éste era sabio. Sabía vivir y crear; no se maltrataba a sí mismo; tenía mucha consideración con su propia persona... En la casa reinaba el silencio. Sólo se oía al viento roncar allá abajo, en las callejuelas de la ciudadela, y la lluvia al repicar en las ventanas, impulsada por el viento. Todos dormían: el hostelero y los suyos, Lotte y los niños. Sólo él velaba junto a la estufa fría, mirando con angustiosos parpadeos la obra en que su insaciabilidad enfermiza no le permitía creer... Su cuello blanco sobresalía larguirucho de la camisa, y por entre el faldón de su bata aparecían sus piernas, torcidas hacia dentro. Su pelo rojizo estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto una frente alta y delicada - formaba sobre las sienes dos entradas, cruzadas por venas incoloras - y cubría las orejas de delgados rizos. Junto al arranque de la nariz, gruesa y aguileña, que terminaba bruscamente en una punta blanquecina, se reunían unas cejas recias, más oscuras que el pelo de la cabeza, lo cual confería a la mirada de sus ojos hundidos e irritados una expresión trágica. Obligado a respirar por la boca, abría sus delgados labios, y sus mejillas, pecosas y descoloridas por el aire enrarecido, enflaquecían y se hundían... ¡No, era un fracaso, y todo era inútil! ¡El ejército! ¡El ejército hubiera tenido que ser expuesto en su obra! ¡El ejército era la base de todo! Puesto que no podía tenerlo a la vista, ¿se podía concebir un arte tan fantástico que lo impusiera a la imaginación? Y el héroe no era héroe, ¡era innoble y frío! La inspiración era falsa, la lengua era falsa, y no era más que un curso de historia árido, sin entusiasmo, prolijo y sobrio y perdido para el teatro. Bien, se acabó. Una derrota. Una empresa malograda. Bancarrota. Quería explicárselo a Korner, al bueno de Korner, que creía en él, que tenía una confianza casi infantil en su genio. Se mofaría, suplicaría, pondría el grito en el cielo... su amigo; le recordaría al Don Carlos, que había surgido también de dudas, fatigas y transformaciones, y que, al fin, tras toda clase de tormentos, como algo insigne a partir de entonces, demostró ser una obra gloriosa. Pero aquello fue distinto. Entonces era todavía el hombre capaz de agarrar una cosa con mano venturosa y forjarse la victoria. ¿Escrúpulos o luchas? ¡Oh, sí! Y había estado enfermo, mucho más enfermo que ahora, hambriento, prófugo, Desmembrado del mundo, oprimido y pobrísimo en lo humano. ¡Pero joven todavía, muy joven! Cada vez que se hallaba desfallecido, su espíritu se había sentido impulsado ágilmente hacia lo alto, y tras las horas de pesadumbre habían venido las de la fe y el triunfo interior. Pero éstas ya no habían vuelto, apenas si habían aparecido una vez más. Una noche de espíritu inflamado, en que uno se sentía envuelto de repente en una luz y llegaba a ser genialmente apasionado; cualquiera que fuese la noche, en que a uno le era dado disfrutar siempre de tal merced, una sola de estas noches tenía que ser pagada con una semana de tinieblas y entumecimiento. Era un hombre fatigado; aún no tenía treinta y siete años y ya estaba acabado. Ya no tenía aquella fe en el futuro, que había sido su estrella en la miseria. Así era, ésta era la verdad desesperada: los años de estrechez y nulidad, que él había tenido por años de sufrimiento y prueba, en realidad habían sido ricos y fructuosos; y ahora que gozaba de un poco de felicidad, que había salido de la piratería del espíritu y entrado en una justa legalidad y en la sociedad civil (tenía un cargo y una reputación, mujer e hijos) ahora estaba exhausto y acabado. Fracaso y descorazonamiento: era todo lo que le quedaba. Gimió, apretó las manos ante los ojos y echó a andar por la habitación como un animal acosado. Lo que en aquellos precisos instantes pensó era tan terrible, que no pudo permanecer en el lugar donde le vino aquel pensamiento. Se sentó en una silla junto a la pared, dejó caer sus manos juntas entre las rodillas y miró tristemente los maderos del suelo. La conciencia... ¡Qué gritos tan agudos profería su conciencia! Había faltado, había pecado contra sí mismo durante todos aquellos años, contra el delicado instrumento de su cuerpo. Los excesos de su ardor juvenil, las noches pasadas en vela, los días entre el aire viciado por el humo del tabaco, excesivamente preocupado del espíritu y despreocupado del cuerpo, las borracheras con las que se estimulaba para trabajar..., todo, todo esto tomaba ahora su desquite. Y puesto que todo se vengaba, quería él porfiar con los dioses, que inculpaban e infligían luego el castigo. Había vivido como había podido, no había tenido tiempo de ser juicioso, no había tenido tiempo de ser prudente. Aquí, en este lugar del pecho, cuando respiraba, tosía, bostezaba, este dolor siempre en el mismo punto, este pequeño aviso diabólico, punzante, perforador, que no enmudecía desde que, cinco años atrás, en Erfurt, cogió aquella fiebre catarral, aquella tuberculosis pulmonar abrasadora..., ¿qué quería decir? En realidad, sabía muy bien lo que significaba... indiferente a lo que el médico pudiese o quisiese decir. No había tenido tiempo para tratarse con prudencia y miramiento, para economizar moralidad e indulgencia. Lo que quería hacer, debía hacerlo inmediatamente, hoy mismo, con rapidez... ¿Moralidad? Pero, ¿cómo fue que precisamente el pecado, la entrega a lo nocivo y consuntivo le pareciera, en último término, más moral que cualquier sabiduría y fría continencia? ¡No, no era eso lo moral: el cultivo despreciable de la buena conciencia, sino la lucha y la necesidad, la pasión y el dolor! Dolor... ¡Cómo ensanchaba su pecho esta palabra! Se desperezó, cruzó los brazos, y su mirada, bajo las cejas rojizas, muy juntas una de la otra, se animó con una hermosa lamentación. No se era todavía desdichado, no se era totalmente desdichado en tanto existía la posibilidad de dar un nombre orgulloso y noble a su desdicha. Una cosa faltaba: ¡el valor necesario para dar a su vida un nombre grande y hermoso! ¡No reducir la aflicción a aire viciado y a estreñimiento! ¡Ser lo suficiente sano como para ser patético..., para poder sobreponerse a lo corporal y no sentirlo! ¡Ser ingenuo sólo en eso, y sabio en todo lo demás! Creer, poder creer en el dolor... Pero él creía realmente en el dolor, tan intensamente, tan entrañablemente, que nada de lo que sucedía entre dolores podía ser, a consecuencia de esta fe, ni inútil ni malo... Su mirada vaciló por encima del manuscrito, y sus brazos se estrecharon con más fuerza sobre el pecho... El talento mismo, ¿no era dolor? Y si el talento que estaba allí, aquella obra fatal, le hacía sufrir, ¿no era, pues, que estaba en regla?, ¿no era ya casi una buena señal? El talento nunca había brotado todavía a borbotones, y hasta que no lo hiciera, no surgiría realmente su recelo. Sólo brotaba en ignorantes y aficionados, en los contentadizos e indoctos, que no vivían bajo el apremio y la continencia del talento. Pues el talento, señoras y señores que os sentáis allá abajo en las plateas, el talento no es una cosa fácil, juguetona, no es un poder sin más ni más. En sus raíces es necesidad, un conocimiento crítico del ideal, una insaciabilidad, que no se labra su poder y no se acrecienta sin pasar por el martirio. Y para los más grandes, para los más insaciables el talento es la disciplina más rigurosa. ¡Nada de lamentaciones! ¡Nada de vanaglorias! ¡Pensar humildemente, pacientemente, en todo la que hay que sufrir! Y si ni un solo día de la semana, ni una sola hora del día estaba libre de sufrimiento.... ¿qué había que hacer? Menospreciar, desdeñar los agobios y los trabajos, las exigencias, las molestias, las fatigas... ¡esto era lo que hacía grande! Se levantó, abrió la cajita y tomó rapé ávidamente; cruzó las manos a la espalda y se puso a andar por la habitación con unos pasos tan impetuosos, que las llamas de las velas oscilaron con la corriente de aire que levantó... ¡Grandeza! ¡Conquista secular e inmortalidad del nombre! !Qué vale toda la felicidad de lo eternamente desconocidos frente a este destino? ¡Ser conocido..., conocido y amado por todos los pueblos de la tierra! ¡Charlad de egoísmo, los que no sabéis de la dulzura de este sueño y de esta premura! Egoísta es todo lo extraordinario en tanto sufre. ¡Tal vez vosotros mismos lo veis, vosotros que no tenéis ninguna misión, que os es tan fácil estar en el mundo! Y la ambición habla: ¿ha de existir en vano el sufrimiento? !Él debe hacerme grande ... ! Las aletas de su nariz estaban distendidas, su mirada era amenazadora y vaga. Su diestra había caído violenta y pesadamente en el revés de la bata, mientras que la izquierda colgaba cerrada. En sus enjutas mejillas había aparecido un rubor pasajero, una llamarada, emergida de la brasa de su egoísmo de artista, de aquella pasión por su propio Yo, que ardía inextinguiblemente en las profundidades de su ser. Conocía bien la embriaguez secreta de esta pasión. A veces, necesitaba sólo contemplar su mano, para llenarse de una dulzura exaltada por su propia persona, a cuyo servicio resolviera poner todas las armas del talento y del arte que le habían sido dadas. Tenía derecho a ello, nada era innoble. Pues, más profundo que este egoísmo anidaba en la conciencia el saber que estaba consumiéndose e inmolándose enteramente, a pesar de todo, al servicio de algo sublime, sin beneficio, ¡qué duda cabe!, pero obligado por una necesidad. Y en esto radicaba su ansia de emulación: en que nadie llegara a ser más grande que él, en que nadie sufriera más intensamente que él por este ideal. ¡Nadie... ! Seguía de pie, con la mano sobre los ojos y el cuerpo vuelto un poco hacia un lado, evasivo, huidizo. Pero en su corazón sentía ya el aguijón de este pensamiento inevitable, de este pensamiento hacia el otro, el luminoso, el beatífico, el sensual, el divinamente inconsciente, aquel de Weimar, al que quería con una amistad nostálgica... Y ahora de nuevo, como siempre, en profundo desasosiego, con premura y porfía, sentía nacer en sí la labor que seguía a estos pensamientos: afirmar y delimitar el propio ser y el propio arte frente a los del otro... ¿Era, entonces, él el más grande? ¿En qué? ¿Por qué? ¿Habría un sangriento "a pesar de todo" si él vencía? ¿Sería incluso su rendición una tragedia? Un dios, tal vez lo era..., un héroe, no. ¡Pero era más fácil ser un dios que un héroe ... ! Más fácil... ¡Para el otro era más fácil! Separar con mano sabia y afortunada el conocer y el crear: esto quería hacerlo serenamente, sin congoja, de modo pletóricamente fructuoso. Pero, si el crear era de dioses, el conocer era de héroes, ¡y era ambas cosas, dios y héroe, aquel que creaba conociendo! La voluntad de lo difícil... ¿Podía tan sólo sospecharse cuánta continencia, cuánto vencimiento de sí mismo le costaba una sola frase, un simple pensamiento? Pues, en resumidas cuentas, era ignorante y poco ilustrado, un soñador abúlico y delirante. Era más difícil escribir una carta de Julio que componer la mejor de las escenas..., ¿y no era, también por esto, casi lo más sublime ... ? Desde el primer impulso rítmico de arte interior hacia sustancia, materia, posibilidad de efusión, hasta el pensamiento, la imagen, la palabra, la línea..., ¡qué lucha!, ¡qué calvario! Milagros de anhelo eran sus obras: anhelo de forma, figura, límite, corporeidad, anhelo de llegar más allá, al mundo diáfano del otro, que, directamente y con boca divina, llamaba por su nombre a las cosas, inundadas de sol. Sin embargo, y a despecho de aquél, ¿dónde había un artista, un poeta igual que él? ¿Quién creaba, como él, de la nada, de su propio seno? ¿ o había nacido en su alma una poesía que era como música, como arquetipo puro del ser, mucho antes de que tomara prestados del mundo de las apariencias el parecido y el ropaje? Historia, filosofía, pasión: medios y pretextos - nada más que eso - para algo que poco tenía que ver con ellos, que tenía su patria en profundidades arcanas. Palabras, ideas: sólo eran teclas que su arte creaba para hacer vibrar una melodía secreta.,. ,Se sabía esto? La gente buena le aplaudía por la fuerza de expresión con que él pulsaba esta o aquella cuerda. Y su palabra predilecta, su énfasis postrero, la gran campana con la que llamaba al alma a las fiestas más sublimes, seducía a muchos de ellos... Libertad... Probablemente, él entendía por libertad ni más ni menos lo mismo que ellos, cuando ellos se alborozaban. Libertad... ¿Qué significaba? ¿No sería un poco de dignidad como ciudadanos ante los tronos de los príncipes? ¿Podéis imaginaros todo lo que un espíritu se expone a decir con esta palabra? ¿Libertad de qué? ¿Libertad de qué, en último término? Tal vez, incluso de la felicidad, de la felicidad humana, esta cadena de seda, esta carga suave y dulce... Felicidad... Sus labios temblaban. Era como si su mirada se volviera hacia dentro; y su rostro se hundió lentamente en las manos... Estaba en el dormitorio. De la lámpara manaba una luz azulina, y la cortina floreada ocultaba la ventana con sus quietos pliegues. Estaba de pie junto a la cama, se inclinó sobre la dulce cabeza que se reclinaba en la almohada... Un rizo negro se ensortijó en la mejilla, que brillaba con la palidez de las perlas, y aquellos labios infantiles se abrieron en un sueño ligero... ¡Mi mujer! ¡Querida! ¿Seguiste mi deseo y viniste a mí para ser mi felicidad? Eres tú, ¡calla! ¡Y duerme! ¡No abras ahora estas pestañas dulces, de sombras alargadas, para contemplarme tan grande y oscuro cual fui otras veces, cuando preguntabas y me buscabas! ¡Dios mío, Dios mío, cuánto te amo! Sólo a veces no puedo hallar mis sentimientos, porque a menudo estoy muy fatigado por el sufrimiento y la lucha con la tarea que mi propio Yo me impone. Y no puedo ser demasiado tuyo, no puedo ser enteramente feliz en ti, a causa de mi misión... La besó, se separó del calor agradable de su somnolencia, miró en torno a sí y se alejó. La campana le anunció cuán entrada era ya la noche, pero era como si, a la vez, anunciara benévolamente el fin de una hora penosa. Respiró, sus labios se cerraron con firmeza; echó a andar y empuñó la pluma... ¡Nada de cavilaciones! ¡Era demasiado profundo para tener que andar con cavilaciones! ¡No bajar al caos, o por lo menos no detenerse en él! Antes bien, sacar del caos, que es la plenitud, a la luz del día todo lo que está dispuesto y maduro para adquirir forma. No cavilar: !trabajar! Separar, suprimir, configurar, acabar... Y aquella obra de dolor se acabó. Tal vez no era buena, pero se acabó. Y cuando estuvo acabada, he aquí que entonces también fue buena. Y de su alma, cuajada de música y de idea, forcejearon por salir nuevas obras, creaciones sonoras y rutilantes cuya forma divina permitía vislumbrar la patria eterna, del mismo modo que en la concha marina silba el mar del que ha sido extraída.

sábado, 21 de abril de 2007

F. S. Fitzgerald

Uno de mis viejos amigos


Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco años de matrimonio.


Cuando oyó los pasos de Michael en el vestíbulo, levantó la cabeza y prestó atención; le gustaba oírle caminar, siempre con cuidado, como si los niños estuvieran durmiendo muy cerca.


—Michael.


—Ah, hola. —El entró en la habitación; era un hombre alto, fuerte y delgado, de treinta años, con frente amplia y unos ojos negros y tiernos—. Tengo que contarte algo—dijo en seguida—. Charley Hart se va a casar.


—¡No!


El reafirmó con la cabeza.


—¿Con quién?


—Con una de las chicas del pueblo.—Titubeó—. Llega mañana a Nueva York y creo que deberíamos hacer algo por ellos mientras estén aquí. Charley es uno de mis más viejos amigos.


—Invitémoslos a cenar...


—Me gustaría hacer algo más —la interrumpió él—. Quizás ir al teatro.—Volvió a titubear—. Sería un bonito gesto hacia él, ¿me entiendes?

—Muy bien—asintió Marion—. Pero no debemos gastar mucho. Y no creo que estemos obligados

El la miró sorprendido


—Quiero decir—siguió Marion—que últimamente hemos visto poco a Charley. En realidad, no lo vemos casi nunca.


—Bueno ya sabes cómo son las cosas en Nueva York—explicó Michael, en tono de disculpa—. Está tan ocupado como yo. Ahora es muy conocido y supongo que lo buscan continuamente


Siempre hablaban de Charley Hart como de su más viejo amigo. Cinco años atrás, al casarse Michael y Marion, habían llegado los tres juntos desde la misma ciudad del Oeste. Durante más de un año lo habían visto casi todos los días, sin evitar que se enterara de una sola disputa doméstica del más mínimo vaivén de sus sueños y esperanzás. Su aparición en los momentos de dificultad siempre otorgaba a la situación un giro agradable y humorístico.


Claro que los críos habían abierto una brecha y ahora hacía varios años que no llamaban a Chariey a medianoche para anunciarle que se había roto la tubería o se les estaba cayendo el techo sobre la cabeza. Pero la separación había sido tan gradual que Michael aún hablaba de Charley con el orgullo de alguien que ve a un amigo todos los días Durante un tiempo, Charley había cenado con ellos una vez por mes y los tres tenían mucho que contarse, pero los encuentros ya no terminaban con un «Te telefonearé mañana». Por el contrario, se oía un «Tendrás que venir a vernos más a menudo» o incluso después de tres o cuatro años, un «Nos veremos prónto».


—Oh, tengo muchas ganas de organizar una fiesta íntima—dijo Marion mirando a su alrededor especulativamente—. ¿Habéis hablado de alguna fecha en concreto?


—La semana que viene. —Los ojos oscuros de él escrutaron vagamente el suelo—. Podemos quitar las alfombras o algo así.


—No —sacudió ella la cabeza—. Daremos una cena para ocho personas, muy formal, y después jugaremos a las cartas.


Ya estaba pensando a quién podía invitar. Por supuesto que Charley, siendo artista, seguramente veía todos los días a gente interesante.


—Podemos llamar a los Willoughby —sugirió, poco convencida—. Ella es actriz, o algo por el estilo... Y él escribe para el cine.


—No, no me parece —objetó Michael—. Debe ver a gente como ésa todos los días en el almuerzo y la cena, y ya no podrá soportarlos. Además, fuera de los Willoughby, ¿a quién más conocemos como ellos? Se me ocurre algo mejor. Reunamos alguna gente que haya llegado aquí desde el mismo sitio. To do s han se gui do l a c arre ra de Charley y p rob ab l emente les gustaría volver a verlo. Me gustaría que comprobaran que la fama no lo ha echado a perder y que sigue siendo una persona humilde.


Después de discutir un rato se pusieron de acuerdo y Marion llamó por teléfono al primer invitado.


—Es para conocer a la novia de Charley Hart —explicó—. Charley Hart, el artista. Es uno de nuestros más viejos amigos, ¿sabes?


A medida que avanzaban los preparativos aumentaba su entusiasmo. Alquiló una camarera para que el servicio fuese impecable y convenció a la florista del vecindario para que le hiciera personalmente los adornos florales. Toda la gente «de su tierra» había aceptado con mucho gusto y el número de invitados había llegado a la docena.


—¿De qué hablaremos, Michael? —preguntó, inquieta, la víspera de la fiesta—. Imagina que todo sale mal y la gente se enfada y se va a su casa...


El se rió.


—No pasará eso. Ten en cuenta que todas estas personas se conocen.


El teléfono hizo notar su presencia sobre la mesa y Michael contestó.


—Diga. Ah, hola, Charley@


Marion se quedó rígida en su silla.


—¿De verdad? Bueno, lo siento mucho. Lo siento muchísimo... Espero que no sea nada grave.


—¿No puede venir?—exclamó Marion, sin poder evitarlo.

—Chitón—siseó él, y después, al teléfono—: Lo siento, de veras, Charley. No, para nosotros no es ningún problema. Sólo sentimos que estés enfermo.

Michael colgó con un gesto tétrico.


—La Lawrence tuvo que marcharse a su casa anoche y Charley está en cama con un cólico.


—¿Entonces no puede venir?


—No puede.


El rostro de Marion se contrajo repentinamente y se le llenaron los ojos de lágrimas.


—Dice que el médico estuvo todo el día con él —explicó Michael—. Tiene fiebre y ni siquiera querian deJarlo hablar por teléfono.


—¿Y a mí qué me importa?—sollozó Marion—. Me parece horrible. Después de invitar a todos esos amigos para que le vieran...


—La gente no puede evitar caer enferma


—Sí que puede —protestó ella, sin ninguna lógica—. Hay maneras de evitarlo. Y si la chica se fue anoche, ¿por qué no nos lo dijo?


—Dijo que se marchó inesperadamente. Hasta ayer por la tarde estaban seguros de venir los dos.


—Creo que no le importa un comino. Apuesto a que se ha alegrado de caer enfermo. Si le importara la hubiera traído hace mucho tiempo para que lá conociéramos.


De pronto se levantó


—Te diré una cosa—se dirigió a él con vehemencia—. Lo que haré será telefonear a todo el mundo y decirles que se ha suspendido la fiesta.


—No, Marion...


Pero a pesar de sus tibias protestas, ella descolgó el teléfono y empezó a buscar el primer número.


Al día siguiente, compraron entradas para el teatro can la esperanza de colmar el vacío que acarrearía la noche. Cuando a las cinco la florista a la que nada se le había dicho, se presentó con cajas de flores, Marion se echó a llorar y tuvo la sensación de que debería escaparse de casa para evitar los fantasmas que iban a poblarla. Comieron en silencio una sofisticada cena compuesta por todo lo que habían comprado para la fiesta.


—Son sólo las ocho —dijo Michael cuando terminaron—. Pienso que quedaría bien pasar a ver a Charley un minuto, ¿no te parece?


—Pues no—respondió Marion, asombrada—. No se me hubiera ocurrido.


—¿Por qué no? Si está muy enfermo, me gustaría saber si lo cuidan bien.


Ella se dio cuenta de que ya lo había decidido, de modo que se hizo a la idea y fueron en taxi hasta un alto edificio de apartamentos en Madison Avenue.


—Entra tú—dijo Marion, nerviosa—. Será mejor que yo te espere aquí.


—Ven, por favor.


—¿Para qué? Estará en cama y no querrá que entren mujeres.


—Pero se alegrará al verte. Lo animarás. Y sabrá que no estamos enfadados por lo de esta noche. Cuando llamó, parecía terriblemente deprimido.


La hizo bajar del taxi.


—Quedémonos un minuto, nada más —susurró, tensa, mientras subían en el ascensor—. La obra empieza a las ocho y media.


—La puerta de la derecha ~~liju el ascensorista.


Tocaron el timbre y esperaron. La puerta se abrió y entraron en el gran estudio de Charley Hart.


Estaba lleno de gente- una larga mesa alumbrada por lámparas y adornadá con helechos y rosas frescas había sido dispuesta de punta a punta, y el aire ligeramente humeante estaba invadido por un mur mullo de risas y palabras. Veinte mujeres sentadas a un lado, vestidas de noche, charlaban a través de las flores con veinte hombres cn medio de un júbilo nacido del chispeante borgoña que se derramaba desde las botellas en las copas heladas. En una zona de la alta y estrecha galería que rodeaba la sala, un cuarteto de cuerdas tocaba algo de Stravinsky en una clave que se adecuaba al tono de voz de las mujeres y llenaba el aire como un vino musical.


La puerta había sido abierta por un camarero que se hizo a un lado con deferencia para dar paso a los que consideró dos huéspedes retrasados, y de inrnediato un buen mozo que ocupaba la cabecera

de la mesa se levantó, servilleta en mano para quedarse paralizado al mirar a los advenedizós. La conversación se disolvió en un semisilencio y todos los ojos, tras los de Charley, miraron a la pareja que acababa de entrar. Luego, como si se hubiera roto el hechizo, la conversación volvió a desatarse y cobró intensidad palabra por palabra. El momento había terminado.

—¡Vámonos!


El susurro bajo y aterrado de Marion le llegó a Michael desde un hueco, y por un instante se creyó poseído por la ilusión de que, después de todo en la sala no había nadie más que Charley. Luegó se le aclararon los ojos y descubrió que había mucha gente. ¡Nunca había visto tanta! La música se convirtió súbitamente en un tumulto de metales, y un vendaval desatado por las trompetas pareció acometerlos. Sin volverse, los dos retrocedieron ciegamente hasta el pasillo y cerraron la puerta al salir.


—¡Marion. . . !


Había corrido hasta el ascensor y tenía un dedo apretado contra el timbre, cuyo sonido resonaba en todo el pasillo como una nota aguda perteneciente a la música de dentro. De pronto se abrió la puerta del apartamento y Charley Hart salió al pasillo.


—¡Michael! —gritó—. ¡Michael y Marion, quiero explicaros! Entrad. Os digo que quiero explicaros.


Hablaba con ansiedad, con el rostro enrojecido y la boca dando forma a una o dos palabras que no lograban materializarse.


—Date prisa, Michael —di jo tensamente la voz de Marion, desde la puerta del ascensor.


—¡Dejad que os explique! —gritó Charley con desesperación—. Quiero...


Michael se apartó de él- llegó al ascensor y la puerta se abrió con un siséo metálico.


—Actuáis como si hubiese cometido un crimen —Charley seguía a Michael por el pasillo—. ¿ No podéis comprender que todo es un accidente?


—Muy bien—murmuró Michael—. Lo comprendo.


—No, no lo comprendes.—La voz de Charley se elevó, exasperada. Se estaba enfureciendo con ellos,


como en un esfuerzo para justificar su propia e intolerable posición—. Os marcháis enfadados cuando os acabo de pedir que os quedéis. ¿Para qué habéis venido si no os vais a quedar? ¿ No. . . ?


Michael entró en el asccnsor.


—¡Abajo, abajo! —grito Marion—. ¡Oh, quiero bajar, por Javor!


La puerta se cerró.


Le indicaron al taxista que los llevara directamente a su casa; ninguno de los dos hubiera podido soportar la función tcatral. En el camino, Michael hundió su cara en las manos e intentó convencerse de que la amistad quc tanto había significado para él había terminado. Ahora se daba cuenta de que había concluido tiempo atrás, que durante el último año Charley no había buscado la compañía de ellos ni una vez, y el impacto de:l descubrimiento era más fuerte que el de la afrenta rccibida.


Cuando llegaron a su apartamento, Marion, que no había pronunciado en cl taxi una sola palabra, entró en la sala y obligó a su esposo a sentarse.


—Voy a contarte algo que deberías saber—empezó—. Probablemente nunca lo habría hecho de no haber sido por lo que ha sucedido esta noche. Pero ahora creo que tienes que oír la historia entera. —Dudó un momento—. En primer lugar, Charley Hart no era amigo tuyo en absoluto.


—¿Qué?


El la miró, estupefacto.


—Que no era amigo tuyo—repitió ella—. Durante años lo fue. Era amigo mío.


—Bueno, Charley era...


—Sé lo quc vas a decir: que Charley era amigo de los dos. Pero no es cicrto. No sé qué sentía por ti al principio, pero de jó de ser amigo tuyo hace tres o cuatro años.


—Bien—los ojos de Michael chispeaban de perplejidad—, si eso es vcrdad, ¿por qué pasaba con nosotros tanto tiempo?


—Por mí—dijo Marion con firmeza—. Estaba enamorado de mí.

—¿Qué?—Michael se rió incrédulamente—. Estás soñando. Sé que lo decía bromeando...

—No bromeaba—le interrumpió ella—. En el fondo no. Empezó haciendo chistes... y terminó pidiéndome que me escapara con él.


Michael frunció el ceño.


—Sigue—dijo tranquilamente—. Supongo que si no fuera verdad no mc lo contarías. Pero no parece real. ¿Así que de repente empezó a... a...?


Cerró la boca bruscamente, incapaz de emitir palabras.


—Empezó una noche, mientras los tres estábamos en un baile.—Marion vaciló—. Y al principio me gustaba. Tenía una capacidad especial para descubrir cosas: vestidos, sombreros, mis nuevos peinados. Era una buena compañía. Siempre se las ingeniaba para hacerme sentir importantc, en cierto modo, y atractiva. No vayas a creer que prefería estar con él que contigo. No era así. Sabía cuán absolutamente egoísta era y qué desaprensivo. Pero supongo que lo alentaba porque me hacía gracia. Era una faceta nueva de Charley y era divertida, como casi todo lo que hacía él.


—Sí—admitió Michael con un esfuerzo—. Supongo que era... cómicamente divertido.


—Al principio te seguía queriendo. No se le ocurria que pudiera estar traicionándote. No hacía más que obedecer a un impulso natural eso era todo. Pero unas semanas después empezó a éncontrarte en mcdio de su camino. Quiso llevarme a cenar sola y no pudo ser. Bueno, esa clase de situaciones se repitieron durante más de un año.


—¿Entonces qué pasó?


—No pasó nada. Empezó a dejar de visitarnos.


Michael se levantó lentamente.


—¿Quieres decir...?


—Espera un minuto. Si piensas un poco te darás cuenta de que no podía ser de otro modo. Cuando vio que yo intentaba calmar las cosas para que volviera a ser simplemente uno de nuestros más viejos amigos, se apartó. No quería ser uno de nuestros más vieJos amigos. Eso había terminado.


—Entiendo. ^,


—Bueno.—Marion se levantó y empezó a morderse nerviosamente el labio—. Esto es todo. Se me ocurrió que lo de esta noche te lastimaría menos si comprendías todo el asunto.


—Sí —respondió Michael con voz inexpresiva—. Supongo que tienes razón.


Michael atravesó una racha de prosperidad en sus negocios y al llegar el verano alquilaron una pequeña granja vieja en el campo, donde los niños jugaban todo el día en una intrincada extensión de hierba y árboles. El tema de Charley jamás fue mencionado durante esos meses y por fin llegó a convertirse en una sombra relegada a un rincón de sus mentes. A veces, justo antes de dormirse, Michael se sorprendía pensando en los momentos felices aue habían pasado los tres juntos cinco años atrás, pero entonces la realidad anulaba la ilusión y rechazaba los recuerdos con un malestar casi físico.


Un cálido atardecer de julio estaba dormitando en el porche a la luz del crepúsculo. Había sido un día muy pesado en la oficina y le agradaba descansar allí mientras la luz estival se iba borrando del campo.


Levantó la cabeza ociosamente al oír el ruido de un automóvil. Un taxi del pueblo se había detenido al final del sendero y un hombre joven acababa de bajar. Michael se sentó con una exclamación. Podía reconocer aquellos hombros anchos y el paso impaciente incluso en la penumbra.


—Maldición—dijo suavemente.


Cuando Charley Hart se acercó por el sendero de grava, Michael notó con sólo mirarlo que estaba insólitamente despeinado. Su rostro agradable estaba ojeroso y denotaba fatiga; tenía la ropa arrugada y la mirada inconfundible del que necesita dormir unas cuantas horas.


Llegó al porche, advirtió la presencia de Michael y sonrió, triste y confuso.


—Hola, Michael.


Ninguno de los dos hizo el gesto de estrechar la mano del otro, pero al cabo de un momento Charley se derrumbó bruscamente en una silla.

—Me gustaría beber un voz ronca—. Hace un calor

Michael entró en la casa con un vaso de agua que tragos ruidosos.


—Gracias—dijo, atragantándose—. Pensé que iba a pasar de largo.


Miró a su alrededor con ojos que solamente simulaban fijarse en lo que lo rodeaba.


—Bonito sitio este—señaló, y sus ojos regresaron a Michael—. ¿Quieres que me vaya?


—Bueno, pues no. Si lo necesitas, quédate sentado y descansa. Pareces arruinado.


—Lo estoy. ¿Quieres oír la historia?


—En absoluto.


—Bien, de todos modos te la voy a contar—dijo Charley, desafiante—. Para eso he venido. Estoy en un lío, Michael, y eras la única persona a la que podía recurrir.


—¿ Has probado con tus amigos ?—preguntó Michael fríamente.


—He probado con todo el mundo; al menos, con los que tuve tiempo de hacerlo. ¡Dios! —Se secó la frente con la mano—. Nunca me imaginé lo difícil que es encontrar dos mil dólares.


—¿Has venido a pedirme dos mil dólares?


—Espera un momento, Michael. Primero termina de oír. Verás en qué lío puede meterse un tipo sin tener la menor intención. Has de saber que soy el tesorero de una asociación llamada Fundación para Artistas Independientes, un invento para ayudar a los estudiantes con problemas. Había un fondo de tres mil quinientos dólares que permaneció en mi cuenta durante más de un año. Bueno, como ya sabes yo llevo un tren de vida un poco alto—gano mucho y gasto mucho—y hace un mes empecé a especular en pequeña escala por medio de un amigo...


—No sé por qué me estás contando esto—le interrumpió Michael con impaciencia—. Me...


—Espera un minuto, ¿quieres? Ya termino.—Miró a Michael con ojos atemorizados—. A veces usaba ese dinero sin darme cuenta siquiera de que no era mío.


vaso de agua—dijo con infernal.


. sin decir palabra y volvió

Charley bebió a grandes

Siempre he tenido mucho, compréndelo. Hasta esta semana al menos. Esta semana hubo una reunión de la sociedad y me pidieron que devolviera el dinero. Bien, fui a ver a un par de personas para pedirles un préstamo y tan pronto como les di la espalda uno de ellos lo contó todo. Anoche hubo un escándalo terrible. Me dijeron que como no entregara los. dos mil esta mañana me enviarían a la cárcel.—Alzó la voz y echó una mirada atemorizada a su alrededor—. Tengo sobre los hombros una orden de arresto, y si no logro conseguir el dinero me mataré, Michael- juro por Dios que lo haré. No quiero ir a la cárcel. Soy un artista, no un hombre de negocios. Soy...


Hizo un esfuerzo para dominar la voz.


—Michael—murmuró—. Eres mi mejor amigo. No tengo a nadie más que a ti en el mundo.


—Has llegado un poco tarde—dijo Michael, incómodo—. No pensaste en mí hace cuatro años cuando le pediste a mi esposa que se escapara contigo.


Una sincera mirada de sorpresa atravesó el rostro de Charley.


—¿Estás enfadado por eso?—preguntó, confundido—. Pensé que estabas ofendido porque no fui a tu fiesta.


Michael no contestó.


—Supuse que ella te habría hablado de eso hace mucho tiempo— continuó Charley—. No pude evitarlo. Estaba solo y vosotros os teníais el uno al otro. Cada vez que iba a tu casa te dedicabas a contar lo maravillosa que era Marion hasta que al fin... empecé a estar de acuerdo. ¿Cómo podía evitar enamorarme de ella si durante un año y medio fue la única chica decente que conocí?—Miró a Michael altivamente—. Bueno, tú la tienes, ¿no? Ni siquiera llegué a besarla. ¿Vale la pena que sigas machacando?


—Oye—dijo Michael, cortante—. ¿Cuál es la razón de que deba prestarte el dinero?


—Bueno... —Charley vaciló y se rió de mala gana—. No sé la razón exacta. Sólo pensé que lo harias.


—¿Por qué?


—Por ningún motivo; ya veo cómo lo has tomado.

—Ese es el problema. Si te lo diera sería por sentimentalismo y debilidad. Estaría haciendo algo que no quiero hacer.

—Muy bien. —Charlcy sonrió desagradablemente—. Es lógico. Ahora que lo pienso no hay ninguna razón para que me lo prestes. Bueno...— Hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y, al echar la cabeza hacia atrás, dio la impresión de querer desprenderse del tema como si fuese una gorra—. No iré a la cárcel... Y quizá mañana opines de forma diferente.


—Ni lo sueñes.


—Oh, no quiero decir que te vuelva a pedir el dinero. Hablo de algo... muy distinto.


Meneó la cabeza, se volvió rápidamente y avanzó por el sendero hasta que la oscuridad se lo tragó. Michael oyó que los pasos se apagaban, como si vacilase, en el punto en donde el sendero salía al camino.


Después se alejaron por el camino hacia la estación, a una milla de distancia.


Michael se hundió en su silla, con el rostro entre las manos. Oyó salir a Marion.


—Hc escuchado —di jo ella—. No pude evitarlo. Me alegro que no le hayas prestado nada.


Se acercó a él y se hubiera sentado en sus rodillas, pero una repulsión casi física invadió a Michael y lo obligó a levantarse de la silla.


—Tenía miedo de que te trabajara los sentimientos y acabara convenciéndote—siguió Marion. Vaciíó—. Tc odiaba, ¿sabes? Quería que te murieses. Una vez le dije que si volvía a decir eso no lo vería nunca más.


Michael le dirigió una mirada tenebrosa.


—La verdad es que fuiste muy noble.


—Oyc, Michael...


—Permitiste que te dijera cosas como ésa... y ahora que viene arruinado, sin un amigo a quien recurrir, dices que te alegra que lo haya echado.


—Es porque te quiero, cariño...


—¡No, no es por eso!—la interrumpió brutalmente—. Es porque en este mundo el odio es una mercancía barata. Todo el mundo la tiene en venta. ¡Dios míot! ¿Qué crees que pienso de mí en este momento?


—El no se merece que pienses así.


—¡Por favor, vete! —gritó Michael con pasión—. Quiero estar solo.


Ella le hizo caso y él volvió a sentarse en la oscuridad deí porche, sintiendo que lo envolvía una especie de terror. Hizo varias veces un esfuerzo para levantarse pero acabó frunciendo el ceño y permaneciendo inmóvil. Por fin, después de largo rato, se puso en pie de un salto, mientras un sudor frío resbalaba por su frente. La hora anterior y los últimos me se s se disolv ie ron de pron to y sint ió que daba un salto de varios años hacia atrás. Quizás esos años se hubieran escapado con Charlcy Hart, su viejo amigo. Charley Hart, que no tenía otro lugar a donde ir. Michael echó a correr por el porche, aturdido, buscando su sombrcro y su chaqueta.


—¡Oye, Charley! —gritó.


Por fin encontró la chaqueta y, enfundándosela con dificultad, bajó los escalones como una tromba. Le parecía que Charley se había marchado sólo unos minutos antes.


—¡Charley!—gritó al llegar al camino—. ¡Charley, vuelve aquí! ¡Me he equivocado!


Se calló y prestó atención. No hubo respuesta. Jadeando se lanzó a correr como un perro por el camino, á través de la noche tórrida.


Apenas eran las ocho y media, pero el campo estaba en absoluto silencio y las ranas croaban con fuerza en la fran ja pantanosa que bordeaba el camino. El cieío cstaba débilmcntc salpicado de estrellas y pronto saldría la íuna, pero cl camino se cstiraba entre árboles oscuros y Michacl no veía nada que estuviera a más de tres metros. Al cabo de un rato decidió caminar. Una mirada a la csfcra luminosa de su reloj le había bastado para darse cuenta de que el tren dc Nucva York no pasaría hasta una hora después. Tenía mucho tiempo.


A pesar de ello, se puso a correr nuevamente y cubrió en quince minutos el kilómetro y mcdio quc separaba su casa de la estación. Era una estación pe

queña, humildemente encogida en la oscuridad al borde de las vías brillantes. A un lado Michael vio las luces de un taxi que esperaba el próximo tren.

El andén estaba desierto y Michael abrió la puerta para mirar dentro de la turbia sala de espera. Estaba vacía.


—Es gracioso—murmuró.


Despertó al chófer del taxi y le preguntó si había visto a alguien esperando el tren. El chófer lo pensó; sí, había visto a un hombre joven, hacía unos veinte minutos. Había recorrido el andén durante un rato, fumando, y después se había perdido en la oscuridad.


—Es gracioso—repitió Michael.


Formó un megáfono con las manos y dirigiéndolo hacia el bosque, al otro lado de la vía, lanzó un grito:


—¡Charley!


No hubo respuesta. Volvió a probar. Después regresó al taxi.


—¿Tiene idea de hacia dónde fue?


El hombre señaló vagamente la carretera a Nueva York, que corría paralela a la vía.


—Para allí.


Con creciente inquietud, Michael le dio las gracias y se apresuró a tomar la carretera, que ahora se blanqueaba bajo la luna. Estaba completamente seguro de que Charley estaba dispuesto a matarse. Recordó su expresión al volverse y la mano rígida dentro del bolsillo, como aferrando algún objeto amenazador.


—¡Charley! —gritó con voz terrible.


Los árboles en sombras no respondieron. Pasó frente a una docena de campos refulgentes como plata bajo la luna, deteniéndose varias veces a gritar y esperar ansiosamente una respuesta.


Se le ocurrió que era estúpido seguir avanzando en esa dirección; probablemente, Charley estaría en algún lugar del bosque, cerca de la estación. Tal vez todo fuera producto de su imaginación y Charley estuviese en ese mismo instante paseándose por el andén, esperando el tren de la ciudad. Pero un impulso más allá de toda lógica lo llevaba a seguir en la búsqueda. Más aún, experimentó una y otra vez la sensación de que delante de él había alguien, alguien que, fuera del alcance de su mirada y su voz se le escurría en cada curva y sin embargo dejabá a su paso un aura trágica y tenue. En un momento dado creyó oír pasos entre las hojas, al lado de la carretera, pero sólo era una hoja de periódico arrastrada por el débil viento caliente.


Era una noche sofocante, Ia luna parecía arrojar rayos hirvientes sobre la tierra abrasada. Michael se quitó la chaqueta y la dobló sobre un brazo sin dejar de caminar. Ahora tenía a pocos metros un puente de piedra que atravesaba la vía y más allá una línea interminable de postes de teléfono que se extendían en perspectiva decreciente hacia un horizonte inabarcable. Bien, llegaría hasta el puente y después se daría por vencido. Lo habría hecho antes, de no ser por aquella sensación de que alguien caminaba ligera y velozmente un poco por delante.


Al llegar al puente de piedra, se sentó sobre una roca, latiéndole el corazón con fuertes golpes bajo la camisa empapada. No tenía sentido: Charley se había alejado de su alcance y de su ayuda, tal vez para síempre. A lo lejos, más allá de la estación, oyó acercarse la sirena del tren de las nueve y media


Michael se sorprendió preguntándose repentinamente por qué estaba allí. ¿Qué cuerda sensible de su carácter había tocado Charley en aquellos pocos minutos para lanzarlo a aquella carrera asustada y sin destino a través de la noche? Lo habían discutido, y Charley no había sido capaz de darle una razón por la cual debiera ayudarle.


Se levantó con ía idea de regresar, pero antes de volverse se qucdó observando el camino por un minuto bajo la luz de la luna. Después del puente sc cxtendía la línea de postes y, mientras sus ojos la seguían hasta donde les era posible, volvió a oír, ahora más cercana y ominosa, la sirena del tren de Nueva York, elevándose y descendiendo con precisión musical en la noche serena. De pronto, sus ojos, que habían estado deslizándose por las vías, se detuvieron atraídos por un punto de la línea de postes, a unos cientos de metros de distancia. El poste era exactamente igual a los otros y sin embargo poseía algo distinto, algo indescriptiblemente distinto.


Y al observarlo con la concentración que absorbe a veces la figura en una alfombra se produjo un extraño efecto en su mente y de pronto lo vio todo bajo una luz totalmente diferente. Con el murmullo-de la brisa le había llegado una idea que cambiaba por completo el cariz de la situación. Era esto: recordó haber leído en alguna parte que en cierto momento perdido en la oscuridad del medioevo un hombre llamado Gerbert (Gerbert d'Aurillac, el erudito papa Silvestre II, muerto en 1003. (N. del T.)) había resumido en sí toda la civilización europea. Le pareció súbitamente claro que él acababa de pasar por una situación semejante. Por un minuto, un instante del tiempo, toda la piedad del mundo se había agolpado en él.


Lo comprendió en medio de una conmoción en el espacio de un segundo, y en seguida supo pór qué debería haber ayudado a Charley Hart. Era porque hubiera sido intolerable vivir en un mundo sin solidaridad, donde cualquier ser humano pudiera estar tan solo como había estado Charley esa tarde.


Y bien, de eso se trataba, por supuesto- se le había confiado esa oportunidad. Había ido á buscarlo alguien que no contaba con nadie más, y él se había negado.


Durante todo ese tiempo se había quedado absolutamente inmóvil, con la mirada fija en el poste de teléfono más allá de la vía, un poste que sus ojos habían reconocido como distinto a los demás. Ahora la luna brillaba tanto que podía ver una barra blanca que cruzaba el poste cerca de la punta, y al contemplarla el poste pareció aislarse, como si los demás se hubiesen esfumado.


De pronto, a una milla de distancia, oyó el traqueteo y el estrépito del tren eléctrico que abandonaba la estación, y como si el sonido lo hubiera devuelto a la vida, lanzó un grito entrecortado y echó a correr a toda velocidad por el camino, hacia el po s te de la ba rra at rave sada.


El tren silbó una vez más. Clac-clac-clac. Ahora estaba más cerca, a seiscientos, a quinientos metros, y cuando pasó por debajo del puente iluminó a Michael con su faro. No sentía emoción alguna sino mero terror: sólo sabía que debía llegar al poste antes que el tren, y el poste estaba a cincuenta metros, apuntando rígidamente al cielo como una estrella.


Al otro lado de la vía no había sendero junto a los postes, pero el tren estaba tan cerca que decidió no espcrar más porque de lo contrario no lograría cruzar. Se desvió de la carretera, atravesó la vía en dos zancadas y con el ruido del motor sonándole en los taíones se precipitó sobre el campo. Ocho nueve metros; mientras el sonido del tren eléctricó se convertía en bramido en sus oídos, llegó al poste y se llevó por delante al hombre que estaba parado junto a la vía, arrojándolo al suelo con el impacto de su cuerpo.


Su oído registró un estruendo de acero, el pesado deslizarse de las ruedas sobre los rieles, un veloz rugido del aire. Un momento después, el tren de las nueve y media había pasado.


—Charley —balbució incoherente—. Charley...


Una cara lívida le miró atónita. Michael rodó sobre su espalda y se estiró jadeando. Ahora, la noche sofocante estaba serena; sólo se oía el murmullo del tren que se alejaba.


—¡Oh, Dios!


Michael abrió los ojos y vio a Charley sentado, con el rostro entre las manos.


—Está bien —murmuró Michael—. Está bien Charley. Te prestaré el dinero. No sé en qué estabá pensando. Después de todo... eres uno de mis más viejos amigos.


Charley meneó la cabeza.


—No lo entiendo —dijo, con la voz quebrada—. ¿De dónde has salido? ¿Cómo has llegado aquí?


—Te he estado siguiendo. Estaba detrás de ti.


—Hace media hora que estoy aquí.


—Bueno, es una suerte que hayas elegido este poste para... para esperar. Lo estuve mirando desde el puente. Lo elegí por el travesaño.


Charley se había puesto de pie, tambaleándose, y ahora se alejó unos pasos y contempló el poste a la luz de la luna.


—¿Qué has dicho?—preguntó un minuto después, con una voz confundida—. ¿Has dicho que este poste tiene un travesaño?


—Sí, claro. Lo estuve mirando un rato largo. Por eso. . .


Charley levantó nuevamente los ojos y dudó, extrañado antes de hablar.


—No hay ningún travesaño—dijo.


(Publicado en Woman's Home Companion, en 1925.)

jueves, 12 de abril de 2007

Antonio Lobo Antunes

Mi muerte



Hablo poco. Hablo poco y cada vez hablo menos. En primer lugar porque me distraigo y olvido el tema de las conversaciones y en segundo lugar porque las personas no esperan que les responda sino que las oiga, lo que es fácil si asientes de vez en cuando y dices
         -Pues claro
       cuando me miran con las cejas levantadas a la espera de aprobación y aplauso. Me he hecho un especialista del
         -Pues claro
        que sé pronunciar por lo menos en veintitrés tonos diferentes según el humor y el ímpetu
        (o la falta de él)
        del interlocutor, y si me preguntan con sorpresa

        -¿Pues claro qué?
      tuerzo la boca en una sonrisa enigmática y sutilmente aprobadora para que el otro, tranquilizado, deshaga sus dudas, me dé en el hombro una palmada satisfecha, suelte con alivio
         -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
      y se lance a un relato sinuoso en cuya primera curva me pierdo, aunque vuelva a murmurar pensando quién sabe en qué
         -Pues claro
      en los intervalos de silencio que de vez en cuando me abren, destinados a mi admiración y a mi aplauso. 
         Porque yo no puedo hablar
         (y no hablo)
      pero estoy de su parte, estoy siempre de su parte, y estoy de su parte por no haber escuchado nada y porque detesto argumentar, tener razón, opiniones, convicciones, motivos. Por eso me limito al
         -Pues claro
       y al asentimiento mudo. Concentrado. Fruncido el ceño. Fraternal. Algunas veces sustituyo esta forma de aplauso por un suspiro que significa
        -A mí me lo vas a decir
         o por el adverbio
         -Exactamente
       que al contrario de lo que se pueda imaginar es el más vago, el más inocuo y estimulante de los comentarios, aquel que posibilita a mi compañero explorar diversas variantes de su tema, cotejarlas, elegirlas, rechazarlas, enfrentar unas con otras, valorar su densidad y su peso
         -Exactamente
         que en general hago seguir de la frase
         -Ya te digo
         que hasta ahora se ha revelado como un éxito seguro. Por eso no comprendo lo que ocurrió la semana pasada, cuando Pedro me telefoneó y quedamos en la cafetería de al lado de la casa. Yo pedí un té de limón y él pidió un café y comenzó a hablar. Eran las tres de la tarde, sólo había un señor mayor resolviendo crucigramas en una mesita cerca del escaparate y el camarero limpiando botellas detrás de la barra. No comprendo porque me comporté como de costumbre. Dije
          -Pues claro
          asentí con la cabeza, esbocé la sonrisa enigmática, alentadora, murmuré en cuatro o cinco ocasiones
          -Ya te digo
         suspiré solidario
          -A mí me lo vas a decir
          Pedro me dio en el hombro una palmada satisfecha
          -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
          y aproveché para añadir, pensando en Ana, en el cuerpo de Ana, en los besos de Ana
          -Si yo fuese tú haría lo mismo
          y no entiendo el  motivo que lo llevó a sacar el revolver y a pegarme dos tiros en el pecho.
          Me preocupa sobre todo que Ana se quede sola con los niños por tener a su marido en la cárcel. Me preocupa también no poder visitarla por estar aquí en el hospital conectado a este aparato sin poder levantarme. Es poco probable que vuelva a verla: el médico ha accedido a esperar a que mi hermana menor llegue del Fundao para despedirse de mí antes de desconectar el aparato.

sábado, 24 de marzo de 2007

Graham Greene

El inocente

Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina. En una tarde de otoño, uno se acuerda más de su niñez que en cualquier otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no armonizaban demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: Vámonos al campo, y el nombre de Bishop's Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurrido que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas.
Incluso el viejo portero despertó mis añoranzas.
-Habrá un coche a la entrada -dije a Lola.
Y efectivamente así era, aunque al principio no pude verlo, sumido en la contemplación de dos taxis. El lugar resurge de nuevo ante mi vista, pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal me resultaban altamente familiares.
-¿Por qué has escogido este pueblo? -preguntó Lola-. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. (Cuando tenía tres años creía que aquello era lo que otras personas llamaban playa.) Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos más que otra cosa rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha. Atravesamos el puentecillo arqueado y pasamos ante el arruinado hospicio. Cuando tenía cinco años, vi cómo un hombre de mediana edad penetraba en él para suicidarse. Llevaba un cuchillo en la mano, y muchas personas lo perseguían por la escalera.
-Jamás creí que el campo fuese así -dijo Lola.
El hospicio constaba de varias alas, de fea construcción, semejantes a grises bloques de piedra, y nada más. Pero para mí era tan familiar como todo lo demás. Durante el camino me pareció estar escuchando deliciosos acordes.
Era preciso decir algo a Lola. No era culpa suya si no se hallaba allí como en su casa. Pasamos ante la escuela y la iglesia, y salimos a la antigua y amplia calle principal. Yo me sentía de nuevo como en mis doce años. De no haber venido, jamás habría podido saber que dicho sentimiento fuese tan fuerte, porque no recordaba aquella época de mi existencia como particularmente feliz o desgraciada. Fueron unos años rutinarios; pero ahora, con el olor de las fogatas y el frío que parecía levantarse de la propia humedad de las piedras, comprendí la causa que me conmoviera tanto. Lo que yo percibía no era otra cosa sino el olor de la inocencia.
-Hay una posada excelente -dije a Lola-. Nadie nos molestará en ella, ya lo verás. Cenaremos, beberemos un poco y nos acostaremos. Pero lo peor de todo era que no podía menos que desear hallarme solo. No había vuelto a aquel pueblo desde los días de mi infancia, y ello me había impedido comprobar lo bien que recordaba hasta sus menores detalles. Cosas que creía olvidadas, como los montones de arena, volvían a mí, acompañadas de sufrimiento y de nostalgia. Me hubiera sentido muy feliz aquella noche, deambulando en la noche otoñal, recogiendo sugerencias de esa época de la vida en la que, por desgraciados que nos sintamos, no dejamos de confiar en el mañana. No sería igual volver en otra ocasión, porque entonces se interpondría el recuerdo de Lola, y ésta no significaba absolutamente nada para mí. Nos habíamos conocido el día antes en un bar, y los dos simpatizamos. Lola era una chica agradable, pero no cuadraba en aquellos recuerdos. Debíamos haber ido a Maidenhead. También aquello era campo.
La posada no se hallaba exactamente en el lugar que había supuesto. Llegamos frente al Ayuntamiento. Habían construido un nuevo cine con cúpula morisca y un café con garaje. Había olvidado también aquella vuelta a la izquierda, por una colina empinada y llena de casitas.
-No creas que la carretera pasaba por ahí, en mis tiempos -dije.
-¿Tus tiempos? -preguntó Lola.
-¡Ah! Pero, ¿es que no te lo he contado? Nací aquí.
-¡Mira que traerme a tu pueblo! -exclamó Lola-. Creí que imaginabas cosas así tan sólo cuando eras pequeño.
-Sí -repuse, porque no era culpa suya.
Tenía razón. Lola usaba un perfume discreto y un tono de carmín muy bonito. Me estaba costando bastante dinero el haberla invitado. Cinco libras por ella, y además los billetes, las propinas, las bebidas... A pesar de todo, lo habría considerado dinero bien gastado de no encontrarnos en Bishop's Hendron.
Me detuve al llegar a la carretera. Algo pugnaba por perfilarse en mi cerebro. Pero jamás habría tomado forma de no haber sido porque, en aquel instante, una bandada de chiquillos descendió corriendo la colina y pasó bajo la brillante claridad de los faroles, gritando alegremente y expeliendo nubecillas de vapor. Todos llevaban bolsas de lona, algunas de ellas bordadas con sus iniciales, lucían sus mejores atavíos y parecían algo orgullosos. Las niñas formaban grupo aparte, como de costumbre, con sus cintas en el pelo y sus zapatos bien lustrosos. Creí percibir el suave tintineo de un piano, y, de improviso, todo volvió a mi mente con rapidez pasmosa. Regresaban de una clase de danza, igual a aquella a la que yo concurría. La casa, pequeña y cuadrada, se hallaba a medio camino de la colina, entre macizos de rododendros. Más que nunca, deseé verme libre de la presencia de Lola. No cuadraba en aquello. Pensé que algo faltaba al ambiente, y cierto sentimiento de dolor fue surgiendo desde lo más profundo de mi alma.
Bebimos varias copas en el bar, pero transcurrió más de media hora antes de que nos sirviesen la cena.
-Supongo que no querrás deambular por el pueblo -dije a Lola-. Si no te importa, saldré unos diez minutos para echar un vistazo al lugar. Estuvo de acuerdo. En el bar había un hombre, quizá maestro de escuela, que no deseaba otra cosa sino invitar a Lola a un trago. Podía notar cómo envidiaba mi suerte, cómo me consideraba afortunado por venir de la ciudad acompañado de una joven para pasar la noche en el pueblo.

Ascendí la colina. Las primeras casas eran todas nuevas, y experimenté cierto disgusto al contemplarlas. Ocultaban campos y verjas que debían haber permanecido como antes. Era como un mapa estropeado, cuyas distintas partes se han pegado entre sí, ocultando, al abrirlo, pedazos enteros. Pero, a mitad de camino, colina arriba, me encontré de pronto ante la escuela, tal como la conociera en otros tiempos. Quizás incluso continuara regenteándola la misma anciana profesora. La presencia de chiquillos exagera la edad de los mayores. En aquellos tiempos debió contar, a lo sumo, treinta y cinco años. Pude escuchar los acordes del piano. A lo que colegí, seguía la misma rutina de siempre. Los alumnos menores de ocho años, de seis a siete de la tarde. Los de ocho a trece, de siete a ocho. Abrí la verja y penetré en el jardín. Trataba de recordar.
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húmedas hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita con la misma nitidez como si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reírme del amor de los niños. Este posee una característica inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso se sufre menos. Recordé los juegos de la gallina ciega durante fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla entre mis brazos; aunque sin conseguirlo jamás, porque siempre se me escabullía de entre las manos.
Durante dos inviernos, gocé de la ocasión una vez por semana. En efecto, tales días podía bailar con ella. Tuve un gran disgusto cuando cierto día me enteré de que iba a pasar a la clase de las mayores. También me quería, estaba seguro, pero jamás tuvimos ocasión de demostrarnos nuestro afecto. Concurría a sus fiestas de cumpleaños, y yo la invitaba a las mías; pero nunca salimos juntos de nuestras clases de baile. No creo que se nos ocurriera tan sólo; nos hubiera parecido demasiado extraño. Veíame precisado de marchar en grupo, con mis burlones compañeros, y ella se alejaba, rodeada de aquellas niñas revoltosas y chillonas.
Estaba tiritando en aquella fría niebla, y hube de levantarme el cuello del gabán. El piano tocaba un bailable de una antigua revista de C. B. Cochran. Me pareció haber recorrido un largo trecho tan sólo para encontrar a Lola al final de él. Existe algo en la inocencia que uno no se resigna nunca a perder. En la actualidad, cuando una chica me fastidia sólo tengo el trabajo de buscarme otra que la sustituya. En aquellos tiempos de mi niñez, consideraba lo mejor escribir apasionadas frases en un pedazo de papel y correr a esconderlas en algún lugar recóndito... ¡Qué raro! ¡Con qué nitidez me acordaba de todo! Una vez hablé a mi amiguita de aquel escondrijo, y estaba seguro de que, más tarde o más temprano, terminaría por encontrar mis amorosas cartas. Me pregunté en qué habrían consistido. En una edad tan temprana, uno no puede expresar gran cosa. Pero, aunque las frases resultaran insulsas, el dolor de escribirlas no era menor al que se experimenta después, en ocasiones parecidas. Recordé cómo, durante varios días, hurgué en el agujero, encontrando siempre el papelito. Luego, las lecciones cesaron, y probablemente al invierno siguiente todo quedó olvidado.
Al transponer la verja miré hacia el lugar en el que había existido mi escondrijo. En efecto, allí estaba. Introduje un dedo, y oculto en su lugar más íntimo, a salvo de las inclemencias del tiempo, y a pesar de los años transcurridos, el pedacito de papel se conservaba intacto. Lo extraje y procedí a desplegarlo. Luego encendí un fósforo. La llamita produjo una tenue claridad en aquella atmósfera neblinosa y húmeda, y a su luz percibí algo que me dejó petrificado. En el papel aparecía dibujada una escena aterradoramente sexual. No, no podía existir error. Mis iniciales aparecían bien claras, al pie del desmañado dibujo infantil, cuyos personajes eran un hombre y una mujer. Pero aquel descarado croquis despertó en mí menos recuerdos que las nubecillas de vapor que surgían de las bocas de los niños, sus bolsas de lona, las hojas mojadas y los montones de arena. No podía reconocerlo como mío. Igualmente hubiera podido ser trazado por un bribón cualquiera en la pared de un retrete. Todo cuanto mi mente evocaba era la pureza, la intensidad, el sufrimiento de mi amor por la pequeña.
Al principio sentí como si hubiera sido traicionado. Después de todo -me dije-, Lola no se encuentra aquí tan fuera de lugar como pensé al principio. Pero más tarde, aquella misma noche, cuando Lola se dispuso a dormir, empecé a comprender la profunda inocencia del dibujo. Era sólo ahora, tras treinta años de agitada vida, que aquella tosca pintura me parecía obscena.


Luis Gusmán
(Buenos Aires, 1944. Ultimos libros publicados en Alfaguara: Villa y Tennessee.) Graham Greene aclara -en la colección de cuentos El espía, en la que está incluido El inocente- que se decidió a publicarlos para hacerles conocer a los lectores una zona poco frecuentada de su obra: el cuento. Su disculpa de no haber practicado el género le permite ejercer su oficio con maestría sin caer en los gajes del oficio de cómo escribir un cuento. Desde la primera vez que leí El inocente me pregunté por qué ejercía tanto magnetismo sobre mí. Hoy tengo la posibilidad de ensayar una respuesta. En principio, lo enfático, que es propio de todo elogio, me hace considerar que la historia es casi perfecta, lo cual la vuelve más perfecta. La anécdota es simple: un hombre regresa al pueblo después de muchos años y, como suele suceder, se encuentra con otra cosa que la que esperaba. Desde el comienzo, el lector se entera de que el personaje está cometiendo un error. Sin embargo, ninguna consideración lo detiene, con lo cual la narración se va impregnando de cierto tono de inevitabilidad, a lo que se agrega la repetición de acontecimientos, lo cual le otorga al relato el matiz indeleble de la experiencia vivida.

Graham Greene
Autor de novelas memorables, como El americano impasible, tuvo una vida de aventuras y fuertes convicciones. Nació en 1904 en Berkhamsted, Reino Unido. Fue redactor jefe de Times desde 1926 hasta 1930, crítico de cine y director de la sección literaria del Spectator. Convertido al catolicismo en 1936, viajó a Liberia ese mismo año y luego partió a México. De los viajes, su trabajo diplomático y periodístico se fueron constituyendo las novelas: Historia de una cobardía (1929), Orient Express(1932), El poder y la gloria (1940), El revés de la trama (1948), El fin de la aventura (1951) y El americano impasible (1955).