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jueves, 18 de febrero de 2016

Robert Graves(Inglaterra, 1895-1985)

Anceo en la huerta
de las naranjas

Una tarde de verano, al anochecer, Anceo el lélege, el de la florida Samos, fue abandonado en la costa arenosa del sur de Mallorca, la mayor de las islas Hespérides o, como las llaman algunos, las islas de los Honderos o las islas de los Hombres Desnudos. Estas islas quedan muy cerca unas de otras y están situadas en el extremo occidental del mar, a sólo un día de navegación de España cuando sopla un viento favorable. Los isleños, asombrados por su aspecto, se abstuvieron de darle muerte y le condujeron, con manifiesto desprecio por sus sandalias griegas, su corta túnica manchada por el viaje y su pesada capa de marinero, ante la gran sacerdotisa y gobernadora de Mallorca que vivía en la cueva del Drach, la entrada a los Infiernos más distante de Grecia, de las muchas que existen.
Como en aquellos momentos estaba absorta en cierto trabajo de adivinación, la gran sacerdotisa envió a Anceo al otro lado de la isla para que lo juzgara y dispusiera de él su hija, la ninfa de la sagrada huerta de naranjos en Deia. Fue escoltado a través de la llanura y de las montañas escarpadas por un grupo de hombres desnudos, pertenecientes a la hermandad de la Cabra; pero por orden de la gran sacerdotisa, éstos se abstuvieron de conversar con él durante el camino. No se detuvieron ni un instante en su viaje, a paso ligero, excepto para postrarse ante un enorme monumento de piedra que se hallaba al borde del camino y donde, de niños, habían sido iniciados en los ritos de su hermandad. En tres ocasiones llegaron a la confluencia de tres caminos y las tres veces dieron una gran vuelta para no acercarse al matorral triangular rodeado de piedras. Anceo se alegró al ver cómo se respetaba a la Triple Diosa, a quien están consagrados estos recintos.
Cuando por fin llegó a Deia, muy fatigado y con los pies doloridos, Anceo encontró a la ninfa de las Naranjas sentada muy erguida sobre una piedra, cerca de un manantial caudaloso que brotaba con fuerza de la roca de granito y regaba la huerta. Aquí la montaña, cubierta por una espesura de olivos silvestres y encinas, descendía bruscamente hacia el mar, quinientos pies más abajo, salpicado aquel día hasta la línea del horizonte por pequeñas manchas de bruma que parecían ovejas paciendo.
Cuando la ninfa se dirigió a él, Anceo respondió con reverencia, utilizando la lengua pelasga y manteniendo la mirada fija en el suelo. Todas las sacerdotisas de la Triple Diosa poseen la facultad de echar el mal de ojo que, como bien sabía Anceo, puede convertir el espíritu de un hombre en agua y su cuerpo en piedra, y puede debilitar a cualquier animal que se cruza en su camino, hasta causarle la muerte. Las serpientcs oraculares que cuidan estas sacerdotisas tienen el mismo poder terrible sobre pájaros, ratones y conejos. Anceo también sabía que no debía decirle nada a la ninfa excepto en respuesta a sus preguntas, y aun entonces hablar con la mayor brevedad y en el tono más humilde posible.
La ninfa mandó retirarse a los hombres-cabra y éstos se apartaron un poco, sentándose todos en fila al borde de una roca hasta que volviera a llamarlos. Eran gentes tranquilas y sencillas, con ojos azules y piernas cortas y musculosas. En lugar de abrigar sus cuerpos con ropas los untaban con el jugo de lentisco mezclado con grasa de cerdo. Cada uno llevaba colgado a un lado del cuerpo un zurrón de piel de cabra lleno de piedras pulidas por el mar; en la mano llevaban una honda, otra enrollada en la cabeza y una más que les servía de taparrabo. Suponían que pronto la ninfa les ordenaría que acabasen con el forastero, y ya debatían amistosamente entre sí quién iba a tirar la primera piedra, quién la segunda, y si iban a permitirle salir con ventaja para darle caza montaña abajo o iban a hacerle pedazos cuando se acercara a ellos, apuntando cada uno a una parte distinta de su cuerpo.
La huerta de naranjos contenía cincuenta árboles y rodeaba un santuario de roca habitado por una serpiente de tamaño descomunal que las otras ninfas, las cincuenta Hespérides, alimentaban diariamente con una fina pasta hecha de harina de cebada y leche de cabra. El santuario estaba consagrado a un antiguo héroe que había traído la naranja a Mallorca desde algún país en las lejanas riberas del océano. Su nombre había quedado olvidado y se referían a él simplemente como «el Benefactor»; la serpiente se llamaba igual que él porque había sido engendrada de su médula y su espíritu le daba vida. La naranja es una fruta redonda y perfumada, desconocida en el resto del mundo civilizado, que al crecer es primero verde, después dorada y tiene una corteza caliente y la pulpa fresca, dulce y firme. Crece en un árbol de tronco liso, con hojas brillantes y ramas espinosas, y madura en pleno invierno, al revés de los demás frutos. No se come cualquier día en Mallorca, sino sólo una vez al año, en el solsticio de invierno, después de la ritual masticación de ladierno y de otras hierbas purgantes; si se come de esta forma la naranja concede una larga vida, pero es un fruto tan sagrado que en cualquier otro momento basta con catarla para que sobrevenga la muerte inmediata, a no ser que la propia ninfa de las Naranjas la administre.
En estas islas, gracias a la naranja, tanto los hombres como las mujeres viven tanto tiempo como desean; por regla general sólo deciden morir cuando se dan cuenta de que están convirtiéndose en una carga para sus amigos por la lentitud de sus movimientos o la insipidez de su conversación. Entonces, por cortesía, se marchan sin despedirse de sus seres queridos ni crear ningún alboroto en la cueva —pues todos viven en cuevas— escabulléndose sin decir nada, y se arrojan de cabeza desde una roca, complaciendo de este modo a la diosa quien aborrece toda queja y dolor innecesarios y premia a estos suicidas con funerales distinguidos y alegres.
La ninfa de las Naranjas era alta y hermosa. Llevaba una falda acampanada y con volantes al estilo cretense, de un tejido teñido del color de la naranja con tintura de brezo, y por arriba, como prenda única, llevaba puesto un chaleco verde de manga corta sin abrochar delante, mostrando así la esplendidez y la plenitud de sus senos. Los símbolos de su cargo eran un cinturón formado por innumerables piezas de oro eslabonadas en forma de serpiente con ojos de piedras preciosas, un collar de naranjas verdes secas, y una cofia alta bordada con perlas y coronada con el disco de oro de la luna llena. Había dado a luz a cuatro hermosas niñas, de las cuales la más pequeña la sucedería un día en su cargo, al igual que ella, que era la menor de sus hermanas, sucedería un día a su madre, la gran sacerdotisa en Drach. Estas cuatro niñas, como aún no tenían edad suficiente para ser ninfas, eran doncellas cazadoras, muy diestras en el manejo de la honda y salían con los hombres para darles buena suerte en la caza. La doncella, la ninfa y la madre forman la eterna trinidad en la isla, y la diosa, a quien se venera allí en cada uno de estos aspectos, representados por la luna nueva, la luna llena y la luna menguante, es la deidad soberana. Es ella la que infunde la fertilidad en aquellos árboles y plantas de los que depende la vida humana. ¿No es acaso bien sabido que todo lo verde brota mientras la luna crece y deja de crecer mientras la luna mengua, y que sólo la caliente y rebelde cebolla no obedece sus fases mensuales? Sin embargo, el sol, su hijo varón, que nace y muere cada año, la asiste con sus cálidas emanaciones. Esta era la razón por la que el único hijo varón parido por la ninfa de las Naranjas, puesto que era la encarnación del sol, había sido sacrificado a la diosa, según la costumbre, mezclándose seguidamente los trozos despedidos de su carne con la semilla de la cebada para asegurar una abundante cosecha.
A la ninfa le sorprendió descubrir que la lengua pelasga que hablaba Anceo se parecía mucho a la de las islas. Pero aunque se alegró de poderle interrogar sin verse obligada a recurrir a la pesada tarea de hacer gestos y de trazar dibujos sobre la arcilla con una varita, por otra parte se sintió un poco preocupada al pensar que quizás Anceo había estado conversando con los hombres-cabra sobre asuntos que tanto ella como su madre tenían por norma que ellos desconociesen. Lo primero que le preguntó fue:
—¿Eres cretense?
—No, sagrada ninfa —contestó Anceo—; soy pelasgo, de la isla de Samos en el mar Egeo, y por lo tanto no soy más que primo de los cretenses. Pero mis señores son griegos.
—Eres un viejo y feo despojo humano —dijo ella.
—Perdóname, sagrada ninfa —le contestó—. He llevado una vida muy dura.
Cuando le preguntó por qué lo habían abandonado en la costa de Mallorca, respondió que había sido desterrado de Samos por su obstinada observancia del antiguo ritual de la diosa —pues últimamente los samios habían introducido el nuevo ritual olímpico que ofendía su alma religiosa— y él, sabiendo que en Mallorca se veneraba a la diosa con inocencia primitiva, le había pedido al capitán del barco que lo desembarcara allí.
—Es curioso —observó la ninfa—. Tu historia me recuerda la de un campeón llamado Hércules que visitó nuestra isla hace muchos años cuando mi madre era la ninfa de este huerto. No puedo contarte los pormenores de su historia, porque mi madre no gustaba de hablar de ella durante mi infancia, pero eso sí que me consta: Hércules fue enviado por su señor, el rey Euristeo de Micenas (dondequiera que esté Micenas) a recorrer el mundo para realizar una serie de trabajos que a primera vista parecían imposibles, y todo, según dijo, por su obstinada devoción hacia los antiguos rituales de la diosa. Llegó en canoa y desembarcó en la isla, anunciando con sorprendente osadía que había venido en nombre de la diosa a recoger un cesto de naranjas sagradas de esta huerta. Era un hombre—león y por este motivo llamaba mucho la atención en Mallorca, donde no tenemos ninguna hermandad del León ni entre los hombres ni entre las mujeres, y además estaba dotado de una fuerza colosal y de un prodigioso apetito por la comida, la bebida y los placeres del amor. Mi madre se encaprichó con él y le dio las naranjas generosamente, y además lo honró haciéndole su compañero durante la siembra de primavera. ¿Has oído hablar del tal Hércules?
—En una ocasión fui compañero suyo de navío, si os referís a Hércules de Tirinto —respondió Anceo—. Eso fue cuando navegué a los Establos del Sol, a bordo del famoso Argo, y siento deciros que el muy canalla seguramente engañó a vuestra madre. No tenía ningún derecho a pedirle la fruta en nombre de la diosa, pues la diosa le odiaba.
A la ninfa le divirtió su vehemencia y le aseguró que había quedado satisfecha de sus credenciales y que podía levantar los ojos y mirarle a la cara y hablar con ella con un poquito más de familiaridad, si lo deseaba. Pero tuvo cuidado de no ofrecerle la protección formal de la diosa. Le preguntó a qué hermandad pertenecía y él respondió que era un hombre—delfín.
—Ah —exclamó la ninfa—. Cuando me iniciaron en los ritos de las ninfas por primera vez y me dejé acompañar por hombres en el surco abierto después de la siembra, fue con nueve hombres—delfín. El que elegí como preferido se convirtió en campeón solar, o rey de la guerra, para el año siguiente, según nuestras costumbres. Nuestros delfines forman una hermandad pequeña y muy antigua y se distinguen por su talento musical que supera incluso al de los hombres—foca.
—El delfín responde a la música de forma encantadora —asintió Anceo.
—Sin embargo —continuó la ninfa—, cuando di a luz, no tuve una niña a la que hubiera conservado, sino un niño; y a su debido tiempo mi hijo regresó, despedazado, al surco del cual había salido. La diosa se llevó lo que había dado. Desde entonces no me he atrevido a dejarme acompañar por ningún hombre—delfín, pues considero que esta sociedad me trae mala suerte. A ningún hijo varón de nuestra familia se le permite vivir más allá de la segunda siembra.
Anceo tuvo el valor de preguntar:
—¿Es que ninguna ninfa o sacerdotisa (ya que las sacerdotisas tienen tanto poder en esta isla) ha intentado jamás entregarle su propio hijo varón, en secreto, a una madre adoptiva, criando a la hija de esta madre en su lugar, para que ambas criaturas puedan sobrevivir?
—Puede que en tu isla se practiquen trucos de esta clase, Anceo —le respondió severamente la ninfa—, pero en la nuestra no. Aquí ninguna mujer engaña jamás a la Triple Diosa.
—Naturalmente, sagrada ninfa —respondió Anceo—. Nadie puede engañar a la diosa.
Pero volvió a preguntar:
—¿No es quizás vuestra costumbre, si una ninfa real siente un afecto fuera de lo común por su hijo varón, sacrificar en su lugar un becerro o un cabrito, envolviéndolo en las ropas del pequeño y poniéndole sandalias en los pies? En mi isla se supone que la diosa cierra los ojos ante tales sustituciones y que luego los campos rinden con la misma abundancia. Es únicamente después de una mala estación, cuando el grano se agosta o no crece, que se sacrifica a un niño en la siguiente siembra. Y aun así, siempre es un niño de padres pobres, no de estirpe real.
La ninfa volvió a responder con el mismo tono severo:
—En nuestra isla no. Aquí ninguna mujer se burla jamás de la Triple Diosa. Por eso prosperamos. Esta es la isla de la inocencia y de la calma.
Anceo asintió diciendo que desde luego era la isla más agradable de los cientos que había visitado en sus viajes, sin exceptuar la suya, Samos, llamada Isla Florida.
—Estoy dispuesta a escuchar tu relato —dijo entonces la ninfa—, si no es aburrido. ¿Cómo es que tus primos, los cretenses, han dejado de visitar estas islas como hacían antaño, en tiempos de mi bisabuela, conversando con nosotros con buenas maneras en un lenguaje que, aunque no era el nuestro, podíamos entender muy bien? ¿Quiénes son estos griegos, tus señores, que vienen en los mismos barcos que en un tiempo usaron los cretenses? Vienen a vender las mismas mercancías —jarrones, aceite de oliva, tinturas, joyas, lino, muelas de esmeril y excelentes armas de bronce—, pero utilizan el carnero en lugar del toro como mascarón de proa y hablan en una lengua ininteligible y regatean con unos modales groseros y amenazantes, y miran impúdicamente a las mujeres y roban cualquier pequeño objeto que encuentran en su camino. No nos gusta nada comerciar con ellos y muchas veces les hacemos marchar con las manos vacías, rompiéndoles los dientes con los tiros de nuestras hondas y abollando sus cascos de metal con piedras grandes.
Anceo explicó que la tierra al norte de Creta, que en un tiempo había sido conocida por Pelasgia, se llamaba ahora Grecia en honor de sus nuevos señores. La habitaba una población notablemente mixta. Los pobladores más antiguos eran los pelasgos terrestres quienes, según se cuenta, habían salido de los dientes desparramados de la serpiente Ofión cuando la Triple Diosa la había despedazado. A estos pobladores se unieron primero los colonos cretenses de Cnosos, luego los colonos henetes de Asia Menor, mezclados con los etíopes de Egipto, cuyo poderoso rey Pélope dio su nombre a la parte sur de estas tierras, el Peloponeso, y construyó ciudades con enormes murallas de piedras y tumbas de mármol blanco en forma de colmena como las chozas africanas; y finalmente los griegos, un pueblo bárbaro dedicado al pastoreo, procedentes del norte, más allá del río Danubio, que bajaron a través de Tesalia en tres invasiones sucesivas y acabaron tomando posesión de todas las fuertes ciudades peloponesas. Estos griegos gobernaron a las otras gentes de forma insolente y arbitraria. Y por desgracia, sagrada ninfa —dijo Anceo—, nuestros señores adoran al Triple Dios como deidad soberana y odian en secreto a la Triple Diosa.
La ninfa se preguntó si no habría entendido mal sus palabras.
—Y ¿quién podría ser el dios padre? —preguntó—. ¿Cómo es posible que una tribu adore a un padre? ¿Qué es un padre sino el instrumento que una mujer utiliza de vez en cuando para su placer y para poderse convertir en madre?
Empezó a reír con desdén y exclamó:
—Por el Benefactor, juro que esta historia es la más absurda que jamás he oído. ¡Padres, nada menos! Supongo que estos padres griegos amamantan a sus hijos y siembran la cebada y cabrahígan las higueras y dictan las leyes y, en una palabra, realizan todas las demás tareas de responsabilidad propias de la mujer, ¿no?
Estaba tan irritada que dio unos golpecitos con el pie sobre una piedra y la cara se le oscureció con el calor de su sangre.
Al advertir su irritación cada uno de los hombres-cabra tomó silenciosamente una piedrecita de su zurrón y la colocó en la tira de cuero de su honda. Pero Anceo respondió en tono apacible y suave, bajando de nuevo la mirada. Comentó que en este mundo había muchas costumbres extrañas y muchas tribus que a los ojos de otros parecían estar dementes.
—Me gustaría mostraros los mosinos de la costa del mar Negro, sagrada ninfa —le dijo—, con sus castillos de madera y sus niños tatuados que son increíblemente gordos y se alimentan de tortas de castañas. Viven junto a las amazonas que son tan raras como ellos... Y en cuanto a los griegos, su razonamiento es el siguiente: ya que las mujeres dependen de los hombres para su maternidad —pues no les basta el viento para llenar de nueva vida sus matrices, como ocurre con las yeguas ibéricas—, los hombres son, en consecuencia, más importantes que ellas.
—Pero es un razonamiento de locos —exclamó la ninfa—. Es como si pretendieras que esta astilla de pino es más importante que yo misma porque la utilizo para mondarme los dientes. La mujer, y no el hombre, es siempre la principal: ella es el agente, él siempre el instrumento. Ella da las órdenes, él obedece. ¿No es acaso la mujer quien elige al hombre y le vence con la dulzura de su presencia, y le ordena que se acueste boca arriba en el surco y allí, cabalgando sobre él, como sobre un potro salvaje domado a su voluntad toma de él su placer y cuando ha terminado le deja tumbado como un hombre muerto? ¿No es la mujer quien gobierna en la cueva, y si cualquiera de sus amantes la enoja por su malhumor o su pereza le amonesta tres veces consecutivas para que coja todas sus cosas y se marche al alojamiento de su hermandad?
—Con los griegos —dijo Anceo apresuradamente y con voz apagada— la costumbre es exactamente la contraria. Cada hombre elige a la mujer que desea convertir en la madre de su hijo (pues así le llama), la vence con la fuerza de sus deseos y le ordena que se acueste boca arriba en el lugar que más le convenga y entonces, montándose, toma de ella su placer. En la casa es él el amo, y si la mujer le enoja por su forma de importunarle o por su comportamiento obsceno, la golpea con la mano; y si con esto no consigue que cambie su conducta, la manda a casa de su padre con todas las cosas que ha traído consigo y da sus hijos a una esclava para que se los críe. Pero, sagrada ninfa, no os enfadéis, ¡os lo ruego por la diosa! Yo soy pelasgo, detesto a los griegos y sus costumbres y únicamente estoy obedeciendo vuestras instrucciones, como es mi deber, al contestaros a estas preguntas.
La ninfa se contentó con decir que los griegos debían ser las personas más impías y más asquerosas del mundo, peor aún que los monos africanos —si, en efecto, Anceo no se estaba burlando de ella—. Volvió a interrogarle acerca de la siembra de la cebada y la cabrahigadura de las higueras: ¿cómo se las arreglaban los hombres para obtener pan o higos sin la intervención de la diosa?
—Sagrada ninfa —respondió Anceo—: cuando los griegos se instalaron por primera vez en Pelasgia eran un pueblo de pastores, que sólo se alimentaba de carne asada, queso, leche, miel y ensaladas silvestres. Por consiguiente, nada sabían acerca del ritual de la siembra de la cebada ni del cultivo de ninguna fruta.
—Estos griegos dementes —dijo ella, interrumpiéndole—, supongo entonces que bajaron del norte sin sus mujeres, como hacen los zánganos, que son los padres ociosos entre las abejas, cuando se marchan de la colmena y forman una colonia aparte, separados de su abeja reina, y comen inmundicias en lugar de miel, ¿no es así?
—No —dijo Anceo—. Trajeron consigo a sus propias mujeres, pero estas mujeres estaban acostumbradas a lo que a ti te parecerá una forma de vida indecente y vuelta del revés. Cuidaban del ganado, y los hombres las vendían y las compraban como si ellas también fueran ganado.
—Me niego a creer que los hombres puedan comprar o vender mujeres —exclamó la ninfa—. Es evidente que te han informado mal sobre este punto. Pero, dime, ¿continuaron durante mucho tiempo estos sucios griegos con esta forma de vida, una vez instalados en Pelasgia?
—Las primeras dos tribus invasoras, los jonios y los eolios —contestó Anceo—, que llevaban armas de bronce, no tardaron en rendirse ante el poderío de la diosa al ver que ella consentía en adoptar a sus dioses varones como hijos suyos. Renunciaron a muchas de sus bárbaras costumbres y cuando, poco después, les persuadieron de comer el pan cocido por los pelasgos y descubrieron que tenía un sabor agradable y propiedades sagradas, uno de ellos, llamado Triptólemo, le pidió permiso a la diosa para poder sembrar él mismo la cebada, pues estaba convencido de que los hombres podrían hacerlo con casi tanto éxito como las mujeres. Dijo que deseaba, si es que era posible, evitarles a las mujeres un trabajo y una preocupación innecesarios, y la diosa, indulgente, consintió.
La ninfa se rió hasta que las laderas de la montaña devolvieron el eco de su risa, y desde su roca los hombres-cabra corearon sus carcajadas, revolcándose de alegría, aunque no tenían la menor idea de por qué se estaba riendo.
—¡Qué estupenda cosecha debió de recoger este tal Triptólemo! —le dijo a Anceo—. ¡Todo serían amapolas, beleño y cardos!
Anceo tuvo la suficiente prudencia como para no contradecirla. Empezó a hablarle de la tercera tribu de los griegos, los aqueos, cuyas armas eran de hierro, y de su insolente comportamiento ante la diosa y de cómo instituyeron la familia divina del Olimpo; pero observó que ella no le escuchaba y desistió.
—Vamos a ver, Anceo —le dijo en tono burlón—. Dime, ¿cómo se determinan los clanes entre los griegos? Supongo que no me irás a decir que son clanes masculinos en lugar de femeninos y que determinan las generaciones a través de los padres en lugar de las madres, ¿verdad?
Anceo asintió lentamente con la cabeza, como si se viera forzado a admitir un absurdo gracias a la astucia del interrogatorio de la ninfa.
—Sí —dijo, desde la llegada de los aqueos de las armas de hierro, que ocurrió hace muchos años, los clanes masculinos han sustituido a los femeninos en la mayor parte de Grecia. Los jonios y los eolios ya habían introducido grandes innovaciones, pero la llegada de los aqueos lo volvió todo del revés. Los jonios y los eolios, ya por aquel entonces, habían aprendido a calcular la descendencia a través de la madre, pero para los aqueos la paternidad era, y sigue siendo, lo único que tienen en cuenta al determinar su genealogía, y últimamente han conseguido que la mayoría de los eolios y algunos jonios adopten su punto de vista.
—No, no, ¡eso es manifiestamente absurdo! —exclamó la ninfa—. Aunque es claro e indiscutible, por ejemplo, que la pequeña Kore es mi hija, ya que la partera la extrajo de mi cuerpo, ¿cómo puede saberse con certeza quién fue el padre? Pues la fecundación no proviene necesariamente del primer hombre a quien yo gozo en nuestras sagradas orgías. Puede provenir del primero o del noveno.
—Los griegos intentan resolver esta incertidumbre —dijo Anceo— haciendo que cada hombre elija lo que llaman una esposa. Una mujer a quien le está prohibido tener por compañero a nadie que no sea él. Entonces, si ella concibe, no puede discutirse la paternidad.
La ninfa le miró de hito en hito y le dijo:
—Tienes una respuesta para todo. Pero ¿acaso esperas que me crea que se puede gobernar y guardar hasta tal punto a las mujeres que se les impida disfrutar de cualquier hombre que les apetezca? Imagínate que una mujer joven se convirtiera en la esposa de un hombre viejo, feo y desfigurado como tú. ¿Cómo podría ella consentir jamás en ser su compañera?
Anceo sostuvo su mirada y le respondió:
—Los griegos profesan que pueden controlar así a sus esposas. Pero admito que muchas veces no lo consiguen, y que a veces una mujer tiene relaciones secretas con un hombre de quien no es la esposa. Entonces su esposo se pone celoso e intenta matarlos a los dos, a su esposa y a su amante, y si los dos hombres son reyes, llevan a sus pueblos a la guerra y sobreviene gran derramamiento de sangre.
—Eso no lo pongo en duda —dijo la ninfa—. En primer lugar no deberían decir mentiras, ni luego emprender lo que no son capaces de realizar, dando así lugar a los celos. A menudo me he dado cuenta de que los hombres son absurdamente celosos: es más, después de su falta de honestidad y su charlatanería, diría que es su principal característica. Pero cuéntame, ¿qué les ocurrió a los cretenses?
—Fueron vencidos por Teseo el griego, a quien ayudó a conseguir la victoria un tal Dédalo, famoso artesano e inventor —dijo Anceo.
—¿Qué fue lo que inventó? —preguntó la ninfa.
—Entre otras cosas —contestó Anceo—, construyó toros de metal que bramían artificialmente cuando se encendía un fuego bajo sus vientres; también estatuas de madera de la diosa que parecían de carne y hueso pues las extremidades articuladas podían moverse en cualquier dirección, como si fuese un milagro, y, además, los ojos podían abrirse o cerrarse tirando de un cordón oculto.
—¿Aún vive este Dédalo? —preguntó la ninfa—. Me gustaría conocerlo.
—Por desgracia ya no —contestó Anceo—. Todos estos acontecimientos ocurrieron mucho antes de mis tiempos.
Ella insistió:
—Pero ¿verdad que me podrás decir cómo estaban hechas las articulaciones de las estatuas para que las extremidades pudieran moverse en cualquier dirección?
—Sin duda debían girar en un hueco esférico —dijo él, doblando su puño derecho y girándolo en el hueco formado por los dedos de la mano izquierda para que comprendiera en seguida lo que quería decir—. Pues Dédalo inventó la articulación esférica. En todo caso, gracias a un invento de Dédalo quedó destruida la flota de los cretenses, y por esto ya no son ellos quienes visitan vuestra isla, sino únicamente los griegos y algún que otro pelasgo, tracio o frigio.
—La madre de mi madre me contó —dijo la ninfa— que, aunque los cretenses adoraban a la diosa con casi tanta reverencia como nosotros, su religión difería de la nuestra en muchos aspectos. Por ejemplo, la gran sacerdotisa no elegía a un campeón solar sólo para un año. El hombre que ella elegía reinaba algunas veces durante nueve años o más, negándose a dimitir de su cargo porque alegaba que la experiencia trae consigo la sagacidad. Le llamaban el sacerdote de Minos, o el rey Toro, pues la hermandad del Toro se había convertido en la hermandad suprema de aquella isla. Los hombres-ciervo, los hombres-caballo y los hombres-carnero jamás se atrevieron a luchar por obtener el trono de la guerra, y la gran sacerdotisa solamente se dejaba acompañar por hombres-toro. Aquí mi madre y yo distribuimos nuestros favores por un igual entre todas las hermandades. No es prudente dejar que una sola hermandad obtenga la supremacía, ni dejar gue un rey reine más de dos o tres años a lo sumo; los hombres se dejan llevar fácilmente por la insolencia si no se les mantiene en el lugar que les corresponde, y entonces se creen ser casi iguales a las mujeres. Con la insolencia se destruyen a sí mismos y para colmo hacen enojar a las mujeres. Sin duda alguna esto fue lo que debió de ocurrir en Creta.
Mientras aún conversaban, hizo una señal secreta a los hombres-cabra para que se llevaran a Anceo fuera de su vista y después le dieran caza hasta matarlo con sus hondas. Pues decidió que a un hombre que podía contar historias tan perturbadoras e indecentes no se le podía permitir seguir con vida en la isla, ni siquiera un momento más, ahora que ya le había contado lo que quería saber sobre la forma de articular las estatuas de madera. Temía el daño que podría ocasionar si inquietaba las mentes de los hombres. Además era un viejo encorvado, calvo y feo, un exiliado, y un hombre—delfín que no le traería buena suerte a la huerta.
Los hombres-cabra se postraron en reverencia ante la ninfa de las Naranjas y luego, incorporándose, obedecieron sus órdenes con alegría. La persecución no fue larga.
(Traducido por Lucía Graves)

miércoles, 6 de junio de 2007

Robert Graves

Ulises


Según la Odisea, poema que muestra a Ulises bajo una luz diferente, primero partió hacia Tracia después de dejar Troya. Allí saqueó y quemó la ciudad de Ismaros. Un sacerdote de Apolo, cuya vida se comprometió a guardar le dio como agradecimiento muchas jarras de vino dulce, la mitad de las cuales se las bebieron sus hombres en un almuerzo en la playa. Algunos habitantes de Tracia, que vivían en el interior, vieron llamas elevándose de Ismaros y como venganza cargaron sobre los marineros borrachos. Ulises embarcó a la mayoría de ellos otra vez, aunque tuvo que abandonar a los muertos y a los heridos de gravedad. Entonces, un violento vendaval del noreste llevó a su flota por el mar Egeo hacia Citera, una isla en la punta más meridional de Grecia. Aprovechando una calma repentina, hizo que sus hombres remaran e intentaron doblar Citera, dirigiéndose hacia el noroeste, hacia Itaca, pero el vendaval soplaba con mayor furia que antes y duró nueve días.
Cuando al final cesó, Ulises se encontró a la vista de Sirinx, la isla de los lotófagos, frente a la costa norteafricana. El loto es una baya dulce, sin hueso, amarilla y bastante saludable, aparte de que quien la come pierde la memoria. Ulises desembarcó en Sirinx y, mientras llenaba las tinajas de agua, envió a tres exploradores para que comprobaran qué comida podía comprarse o cogerse. Los exploradores, después de haber comido unos cuantos lotos ofrecidos por los simpáticos nativos, olvidaron, inmediatamente, dónde estaban, por qué habían ido allí e, incluso, sus propios nombres. No querían nada más que pasar el resto de sus vidas allí, comiendo lotos.
Ulises se dirigió hacia el norte hasta que llegó a la fértil, pero deshabitada isla de Sicilia, llena de cabras salvajes, algunas de las cuales mató para comérselas. Después tomó una sola nave para explorar la costa por el otro lado. Esta era la tierra de los feroces cíclopes, u ojos-redondos, llamados así porque todos tenían un deslumbrante ojo en medio de la frente. Los cíclopes eran pastores gigantes y huraños, que vivían apartados los unos de los otros en cuevas excavadas en la roca. Ulises y sus compañeros vieron la entrada de una de estas cuevas, alta y cubierta de hiedra, detrás de un corral de ovejas. Entraron sin darse cuenta de que era la casa de Polifemo, un cíclope antropófago. Al ver que no había nadie, encendieron un fuego, mataron y asaron algunos cabritillos que rondaban por allí, acompañándolos con queso de algunas cestas que colgaban de las paredes, y comieron felizmente. Hacia la tarde, Polifemo llegó, condujo su rebaño hacia la cueva y cerró la entrada con una piedra tan enorme que ni treinta pares de bueyes apenas podrían haberla movido. Algunos minutos después, cuando Polifemo se sentó a ordeñar las ovejas y las cabras, levantó la mirada y vio a Ulises.
-¿Qué se os ofrece? -preguntó bruscamente.
-Somos griegos, recién llegados del famoso saqueo de Troya -respondió Ulises-, y confiamos en tu hospitalidad.
Polifemo cogió inmediatamente a dos marineros, estampó sus cabezas contra el suelo de piedra y se los comió crudos. Ulises se contuvo para no atacar al monstruo, puesto que ni él ni sus compañeros eran lo suficientemente fuertes para desbloquear la entrada, poca esperanza podían tener en escaparse matándole. A la hora del desayuno Polifemo se comió a dos marineros más, después quitó la piedra haciéndola rodar, sacó el rebaño y volvió a poner la piedra en su sitio.
Ulises encontró una estaca verde de olivo, afiló uno de sus extremos con la espada y la escondió bajo un montón de excrementos de oveja. Aquella tarde, a su vuelta, Polifemo volvió a comerse dos marineros más. Ulises, que había traído una bota de vino, le ofreció un tazón. El monstruo se lo bebió con gula, pues nunca antes había probado el vino, y pidió otro.
-¿Cómo te llamas? ~preguntó.
-Me llamo Nadie -contestó Ulises, escanciándole vino.
~¡Entonces prometo comerte el último, querido Nadie! Me gusta tu vino. ¡La próxima vez échame el doble!
Pronto cayó en el sueño de los borrachos. Ulises prendió fuego en el extremo afilado de su estaca y lo clavó en el ojo de Polifemo, retorciéndolo. El ojo estalló, Polifemo gritó, y los demás cíclopes, al oír el bullicio, se agruparon fuera de la cueva.
-¿Qué pasa, vecino? -gritaron.
-¡Socorro! ¡Estoy ciego y agonizo! ¡Es culpa de Nadie! -respondió gritando.
-¡Pobre muchacho! Si no es culpa de nadie no hay nada que decir. ¡Adiós y, por favor, haz menos ruido!
Polifemo se arrastró hasta la entrada de la cueva a tientas, con la esperanza de coger a uno o dos marineros, pero la luz del fuego les ayudó a esquivarle.
Al alba, Ulises ató a cada uno de sus compañeros boca arriba, bajo la barriga de una oveja, la que estaba en medio de tres.
-Ponedías en fila cogiéndolas por la lana -ordenó.
El mismo Ulises eligió el carnero mayor y, cuando Polifemo sacó el rebaño a pastar, palpándoles los lomos para asegurarse de que nadie las montaba, se acurrucó bajo ese carnero, colgando de los dedos de las manos y de los pies. Polifemo detuvo al gran carnero y le habló larga y tristemente, sin darse cuenta de lo cerca que estaba su enemigo. Así que Ulises y los marineros supervivientes escaparon y subieron todo el rebaño a bordo de su nave. Cuando partieron, burlándose a gritos, Polifemo les lanzó tres rocas inmensas, pero ninguna acertó.
Entonces, Ulises se dirigió, pasando por Sicilia, a la isla del rey Eolo, el guardián divino de los vientos. Allí fue amablemente atendido durante un mes; después del cual Eolo le dio una bolsa de cuero cerrada con hilo de plata.
-He encerrado a todos mis vientos en esta bolsa -dijo-, excepto el suave viento del oeste. El te llevará a través del mar hasta Itaca. Pero si cambias tu rumbo, abre la bolsa con cuidado y convoca al viento que necesites.
La nave estaba tan cerca de Itaca que se podía ver el humo que salía de los fuegos del palacio real, cuando Ulises se durmió, absolutamente exhausto. Sus hombres, que pensaban que la bolsa de cuero contenía vino, desataron el hilo de plata y la abrieron del todo. Los vientos salieron de golpe bramando, conduciendo la nave ante ellos. Había transcurrido menos de una hora cuando Ulises se encontró de nuevo en la isla del rey Eolo, disculpándose y suplicando más ayuda. Eolo se la denegó.
-¡Usa tus remos! -gritó secamente.
Los hombres de Ulises remaron y al día siguiente llegaron a Formia, un puerto italiano cerrado y habitado por los caníbales lestrígonos. Atracó su flota en la playa y mandó a algunos marineros a buscar agua. Pero, reunidos sobre los acantilados, los lestrígonos lanzaron piedras que hicieron pedazos sus naves.Después asesinaron y se comieron a la tripulación. Ulises escapó en una nave.
Un violento vendaval del sur le condujo después hasta el final del mar Adriático y tomó tierra en Eea, una pequeña isla gobernada por la diosa Circe. Cuando el amigo de Ulises, Euríloco, se llevó a un grupo de veinte hombres a tierra, Circe les invitó a todos a su palacio. Lobos y leones rondaban por el jardín. Para sorpresa de Euríloco, en lugar de atacar a los marineros, se alzaban sobre sus patas traseras y les acariciaban cariñosamente.
Circe ofreció a sus visitantes un buen banquete, que consistía en queso, pan de cebada, miel y vino; pero estaba drogado. Habían comido sólo unos pocos bocados cuando ella les golpeó en los hombros con su varita. Se convirtieron en cerdos que encerró en una sucia pocilga, y les lanzó bellotas como postre. Aquellos leones y lobos también eran hombres, encantados del mismo modo. Sólo Euríloco escapo: había temido alguna trampa y, en vez de entrar en palacio, observó desde una ventana.
Ulises cogió su espada y se apresuró al rescate. Por el camino se encontró con Hermes, que amablemente le dio un amuleto contra la magia de Circe: una flor blanca muy aromática con una raíz negra, llamada «hierba de vida».
Circe sirvió a Ulises el mismo tipo de comida, perocuando agitó su varita para transformarle, Ulises olió la flor de la hierba de la vida, se salvó y la amenazó con cortarle la cabeza. Circe cayó a sus pies llorando. Ulises le perdonó la vida con la condición de que devolviera a todos los animales su forma humana y que nunca volviera a usar tan terribles encantos. Se hicieron muy amigos y pasaron tres años juntos como marido y mujer.
Circe ayudó a Ulises a visitar el mundo subterráneo de las tinieblas, donde él intercambió noticias con los fantasmas de Agamenón, Aquiles y otros viejos camaradas (sólo el gran Áyax frunció el ceño y se marchó enfadado). Entonces, Ulises dijo adiós a Circe, prometiéndole que volvería pronto, y zarpó hacia el sur, hacia Itaca. Circe le advirtió sobre la isla de las sirenas. Las sirenas eran mitad pájaro, mitad mujer, y cantaban tan maravillosamente que los marineros que oían sus voces siempre intentaban ir tras ellas, pero sus naves chocaban contra las rocas ocultas que guardaban la orilla. Ulises tapó las orejas de sus marineros con cera e hizo que le ataran al mástil para poder escuchar las canciones de las sirenas cuando la nave pasara por allí.
-¡Desatadme -gritó-, u os mataré uno por uno!
Ya que los marineros no podían oír ni a las sirenas ni a Ulises, obedecieron su primera orden de atarle aún más fuerte al mástil. Su nave pudo así escapar del desastre, y las sirenas se suicidaron ofendidas.
Entonces, Ulises tuvo que navegar entre dos acantilados que separaban Italia de Sicilia. En el lado siciliano vivía Caribdis, un monstruo que bebía enormes cantidades de agua tres veces al día y que después, de repente, la escupía en forma de remolino. En el lado italiano vivía Escila, una perra de seis cabezas que comía marineros. Alejándose poco a poco de ella para evitar el mayor peligro de Caribdis, Ulises perdió una cuarta parte de la tripulación: Escila emergió y atrapó a dos marineros con cada par de mandíbulas y los devoró tranquilamente.
Al día siguiente, atracó en Sicilia para esperar un viento favorable, pero las provisiones de Circe ya se habían acabado y los marineros tenían hambre. Mientras Ulises dormía, mataron y asaron algunas vacas que pertenecían al dios del sol, Hiperión, que se quejó a Zeus todopoderoso. Cuando partieron de nuevo, Zeus lanzó su rayo sobre la nave y la hundió.
Todos se ahogaron, excepto Ulises. Se agarró al mástil partido y, después de nueve días a la deriva, fue arrojado a la orilla de la isla de Calipso, hambriento y casi muerto.
Calipso, una hermosa hechicera, se enamoró enseguida de Ulises, y lo retuvo cinco años más. El se cansó pronto de su compañía, al no haber nadie más por allí, y miraba el horizonte durante todo el día sentado tristemente en la orilla. Al final, Zeus envió una orden que Calipso no se atrevió a desobedecer: «¡Libera al rey Ulises!». Ella fue a buscar un hacha, una sierra y otras herramientas que tenía en un escondrijo y le dijo que construyera una balsa con troncos de árbol. Cuando la finalizó, Ulises le dio a Calipso un beso de despedida, puso comida a bordo, arrastró la balsa haciéndola rodar sobre troncos, se hizo a la mar y fue llevado por una suave brisa. No había recorrido una gran distancia cuando una inmensa ola volcó la balsa. Ulises nunca llegó a descubrir a qué dios tenía que culpar por este desastre.
Dos días después fue arrastrado hasta la orilla, desnudo, cerca de Drépane, en Sicilia, donde la encantadora princesa Nausicaa había llevado a sus muchachas a lavar la ropa a la boca de un río. Mientras jugaban juntas en su descanso del mediodía, la pelota fue a parar al agua, cerca de un bosquecillo detrás de donde Ulises estaba oculto. Las muchachas gritaron
cuando apareció Ulises, pero Nausicaa le prestó ropa y se lo llevó al palacio de su padre, el rey Alcinoo. Después de escuchar el relato, no muy fiel, de las aventuras de Ulises, Alcinoo le envió a Itaca en una buena nave. Una vez más, al ver su propia isla, Ulises se durmió.
Los marineros no se atrevieron a despertar a Ulises; en vez de eso, le dejaron echado en la playa y se marcharon. Atenea le despertó, disfrazada de pastorcillo, y Ulises se hizo pasar por un cretense al que habían desembarcado en contra de su voluntad. Atenea se río.
- Nunca mientas a una diosa! -dijo ella-. Si quieres hacerme caso, visita a Eumeo, tu viejo porquerizo, y oirás las últimas noticias. Puedes fiarte.
Ulises se dio a conocer, debidamente, a Eumeo y supo que ciento doce insolentes nobles jóvenes estaban cortejando a su esposa Penélope y organizando fiestas cada día en el palacio a sus expensas.
-Amenazan con quedarse hasta que ella decida con cuál se va a casar -explicó Eumeo-. Pero la reina Penélope sabe por un oráculo que volverás pronto, así que ella está haciendo tiempo. Dijo a sus pretendientes que tenían que esperar hasta que acabara un complicado bordado. Aunque trabaja todo el día, deshace los puntos por la noche, mes tras mes.
Vestido con harapos, como un pedigüeño, Ulises fue al palacio, y allí vio a Argos, su viejo perro de caza, acurrucado en un montón de estiércol, sucio, decrépito y atormentado por las pulgas, pero todavía vivo. Argos agitó la poca cola que le quedaba y murió feliz; Ulises se secó una lágrima. En el patio, caminó alrededor de las mesas, pidiendo a los pretendientes de Penélope que le dieran los restos de la comida. Nadie le ofreció nada; uno incluso le lanzó un taburete a la cabeza. Entonces, Iros, un pedigüeño de verdad, intentó echarlo y, cuando se negó, le desafió a un combate de boxeo, pero quedó derrotado con un solo golpe.
Mientras tanto, el hijo de Ulises, Telémaco, volvía de un viaje. Al detenerse en la tienda de Eumeo, supo que los pretendientes estaban planeando matarle y que su padre acababa de llegar disfrazado. Pronto, los tres se reunieron y planearon cómo castigar a los pretendientes. Cuando Ulises visitó a Penélope, ella no le reconoció, así que él le explicó una larga historia acerca de que había encontrado a su marido de camino al oráculo de Zeus en Dodona.
-Estará aquí dentro de pocos días -dijo Ulises.
Penélope le escuchó ansiosamente y ordenó a Euriclea, una sirvienta muy anciana que había sido la niñera de Ulises, que lavara los pies del noble forastero. Cuando Penélope salió de la habitación, Euriclea reconoció una cicatriz de su pierna y lanzó un grito de alegría, pero Ulises la agarró por el cuello y la hizo callar, pues no estaba seguro todavía de si Penélope era digna de confianza.
A la tarde siguiente, por advertencia de Telémaco, Penélope anunció a los pretendientes que se casaría con el que acertara a lanzar una flecha por los aros de doce hachas puestas en fila (estos aros se usaban para colgar las hachas en las paredes). Todos debían disparar con el propio arco de Ulises, dijo ella.
Todos quisieron tensar el arco, que estaba tan rígido por haber estado doce años en desuso que ninguno pudo hacerlo. Finalmente, Ulises, a pesar de las muchas protestas y de los groseros insultos, cogió el arco, lo tensó con facilidad y su flecha traspasó limpiamente la hilera de aros.
Telémaco, que se había escabullido en silencio, volvió a entrar blandiendo una espada. Enseguida Ulises disparó al cuello al jefe de los pretendientes. Sus compañeros saltaron para coger las lanzas colgadas en la pared, pero Telémaco las había quitado de ahí la noche anterior. Las flechas de Ulises alcanzaban a los pretendientes a montones; y Telémaco, ayudado por Eumeo y otro sirviente de palacio armado, se deshizo del resto. Sólo después de todo esto, Ulises se dio a conocer a Penélope.
Estos mismos aguerridos hombres lucharon en una dura batalla al día siguiente contra los familiares de los pretendientes, y estaban cerca de conseguir una segunda victoria cuando Atenea descendió e impuso una tregua. Entonces, Ulises gobernó Itaca en paz hasta que murió.