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miércoles, 14 de septiembre de 2016

Jonathan Nolan (Londres, 1976)

Memento Mori 



1

"What like a bullet can undeceive!"
—Herman Melville

Tu esposa siempre decía que ibas tarde para tu propio funeral. Recuerdas? Esa pequeña broma te la hacía constantemente porque eras un vago – siempre tarde, siempre olvidándote de las cosas, incluso desde antes del incidente.
En este instante probablemente te preguntes si eras tú el que se dirige tarde para el funeral de ella.
Estuviste ahí, puedes estar seguro de ello. Para eso es la foto que se encuentra clavada en la pared junto a la puerta. No es costumbre tomar fotos en un funeral, pero alguien, tus doctores (supongo) creyeron que no lo ibas a recordar. Ellos la dejaron ahí, grande y bonita, cerca de tu puerta, donde no pudieras evitar verla cada vez que te levantes.
Ves el chico de la foto, aquel con las flores? Ese eres tú. Y qué estás haciendo? Estas leyendo la lápida, intentando descifrar en qué funeral te encuentras; de la misma manera que ahora intentas entender por qué alguien colocó esa foto cerca a la puerta. ¿Por qué molestarse en leer algo que no recuerdas?
Ella se fue, se fue y se fue para bien, y tú, debes estar sintiendo un dolor horrible en este momento, mientras te enteras de esta mala noticia. Créeme. Sé cómo te sientes. Probablemente estás destrozado. Sin embargo dale cinco minutos o tal vez diez y quién sabe si hasta de pronto, puedas ir media hora antes de que lo olvides.
Pero lo vas a olvidar, te lo garantizo. Un par de minutos más y te dirigirás a la puerta buscándola otra vez cuando veas la foto. Cuantas veces tendrás que oír la noticia, antes de que una parte de tu cuerpo diferente de ese destrozado cerebro tuyo empiece a recordar?
La pena nunca termina ni tampoco la rabia. Es inútil si no sabes a dónde dirigirla. Posiblemente no puedas entender qué demonios está pasando. Te confieso que tampoco puedo entenderlo. Una amnesia retrograda. Eso es lo que dice el letrero. La enfermedad de NRM[1]. Tu suposición es tan buena como la mía. 
Lo más probable es que no entiendas qué te paso. No obstante lo anterior, sí puedes recordar que le ocurrió a ELLA ¿estoy en lo cierto? Los doctores no quieren hablar de eso. Ellos no quieren responder mis preguntas ya que creen que no está bien que un tipo en tu condición oiga sobre esas cosas. Sin embargo, ¿recuerdas lo suficiente, cierto? Recuerdas su rostro.

Esa es la razón por la que te escribo. Algo estúpida, supongo. No sé cuántas veces tendrás que leer esto antes de oírme. La verdad tampoco sé cuánto tiempo has estado encerrado en ese cuarto. Tú tampoco lo sabes. Pero tienes una ventaja al olvidar y es que olvidarás estimarte como un caso perdido.
Tarde o temprano vas a querer hacer algo con eso y va a ser en ese momento que confiaras en mí, porque soy el único que puede ayudarte.

2
Earl abre un ojo después del otro para ver un tramo del techo de tejas blancas, interrumpido por un letrero escrito a mano sobre su cabeza, que era lo suficientemente grande para que lo pudiera leer desde su cama.
El reloj despertador sonaba en algún lado. Earl leyó el cartel, parpadeó, lo leyó de nuevo, y luego miró alrededor de la habitación.
Era un cuarto blanco, abrumadoramente blanco, desde las paredes y cortinas, hasta los muebles y el cubrecama. El despertador seguía sonando desde la mesa blanca al lado de la ventana con cortinas blancas. Probablemente en ese punto, se percató que estaba encima de su cubrelecho blanco. Tenía puesta una bata y zapatillas.
Se recostó para leer de nuevo el letrero en el techo que decía con gigantescas mayúsculas ESTA ES TU HABITACIÓN. ESTA ES TU HABITACIÓN EN EL HOSPITAL. ES DÓNDE VIVES AHORA.
Earl se levantó para dar un vistazo alrededor suyo. La habitación era muy grande para ser la de un hospital—el linóleo vacío se extendía desde la cama hacia tres direcciones: dos puertas y una ventana. La vista desde esta no ayudaba mucho: unos árboles en un césped bien cuidado, que terminaban en una carretera de asfalto con dos carriles. Los arboles se encontraban pelados, lo que indicaba que la primavera estaba por empezar o terminaba el otoño.
Cada pulgada de la mesa estaba cubierta por post-it, documentos cuidadosamente impresos, manuales de psicología y fotografías enmarcadas. Encima de todas esas cosas, reposaba un crucigrama medio hecho. El despertador estaba sobre unos periódicos doblados. Earl apagó la alarma del despertador para tomar un cigarrillo del paquete que tenía en la manga de su camisa. Dio una palmadita en los bolsillos vacíos de su piyama en busca de un cerillo, revolvió los papeles de la mesa y revisó los cajones.

Eventualmente se encontró con una cajita de fósforos pegada en la pared al lado de la ventana. Otro letrero estaba encima de la caja y decía en grandes letras amarillas: ¿UN CIGARRILLO? MIRE LOS QUE ENCENDIÓ, IDIOTA.
Earl se rió del letrero, encendió su cigarrillo y tomó una chupada. Pegado en la ventana frente a él, estaba otro trozo de papel de libreta titulado como TU HORARIO.
En él, había una tabla con todo el día dividido en horas: de 10 de la noche a 8 de la mañana, “VUELVE A DORMIR”. Earl observó el reloj despertador para percatarse que eran las 8:15. Según la luz de afuera, debía ser de día. Miró su reloj: 10:30. Luego, lo acercó a su oído para escucharlo y ajustarlo con base en el reloj despertador.
De acuerdo con el horario, entre las 8 y las 8:30, era el momento de LAVARSE LOS DIENTES. Earl rió de nuevo y caminó al baño.
La ventana del baño estaba abierta. Cruzó los brazos por el frio y se percató de un cenicero con un cigarrillo quemándose en su ceniza. Frunció el ceño, apagó la colilla y la reemplazó con otra.
El cepillo de dientes estaba untado de crema. El grifo era de aquellos que tienen un botón, para que cada vez que fuera oprimido, botara agua. Earl estrujó el cepillo en su boca y lo movió en ella mientras abría el botiquín. Los estantes estaban repletos de vitaminas, aspirinas y antidiuréticos de un solo uso[2]. El enjuague bucal también era de un solo uso y contenía un líquido azul dentro de una botella de plástico cerrada que alcanzaba simplemente para llenar un vaso pequeño. Solo la crema de dientes era de tamaño normal. Earl escupió la pasta que tenía en la boca y la reemplazó con el enjuague bucal.  Luego, dejó el cepillo de dientes cerca a la crema y a continuación, se percató de un pequeño papel doblado entre el estante de vidrio y la parte trasera de metal del botiquín. Escupió el espumoso fluido azul en el fregadero y tomó más agua para botar los residuos. Después de aquel ritual, cerró el botiquín y sonrió ante su reflejo en el espejo.
“¿Quién necesita media hora para lavar sus dientes?”
El papel estaba doblado en un tamaño diminuto, por lo que parecía una nota de estudiante de sexto año de primaria. Earl lo desdobló y lo alisó con el espejo para leer el contenido del papelito:
SI PUEDES LEER TODAVÍA ESTO, ES PORQUE ERES UN ASQUEROSO COBARDE
Earl quedó estupefacto, observó nuevamente el papel y lo volvió a leer. Luego lo volteó y se percató que por detrás decía lo siguiente:
PD: DESPUÉS DE QUE HAYAS LEÍDO ESTO, ESCÓNDELO DE NUEVO.

Earl leyó de nuevo los dos lados y posteriormente dobló la nota al tamaño original para dejarla escondida tras el tubo de la crema de dientes.
Se fijó en ese momento en su cicatriz, que empezaba detrás de su áspera y gruesa oreja y desaparecía abruptamente donde nace su pelo. Earl se volteó y observó por el rabillo del ojo la trayectoria de su cicatriz; la siguió con la yema de un dedo antes de volver a mirar el cigarrillo quemándose en el cenicero. Un pensamiento entró en su mente, y después, salió del baño.
La puerta de su habitación atrajo su atención mientras tenía una mano en el pomo. Dos fotos estaban clavadas en la pared, cerca de la puerta. La atención de Earl se dirigió inicialmente a la resonancia magnética en la que se podía ver un pequeño marco negro y brillante, con el cráneo de alguien. La foto había sido marcada como TU CEREBRO. Earl la observó. Miró sus círculos concéntricos en diferentes colores. Diferenció las grandes órbitas de sus ojos y detrás de ellas, los lóbulos gemelos de su cerebro; pequeñas arrugas, círculos y semicírculos.  En la mitad de su cabeza estaba señalado con un marcador, como gusano en albaricoque, desde la parte de atrás de su cuello, algo diferente. Deformado, roto, pero exclusivo. Una mancha negra con forma de flor que reposaba en la mitad de su cerebro.
Earl se inclinó a mirar la otra foto. Era una fotografía de un hombre con flores, parado al lado de una tumba recién cavada. Estaba inclinado leyendo la lápida. Por un momento se miró como en un salón de espejos o al comienzo de un sketch infinito: Earl miró la foto una y otra vez, viendo al pequeño personaje que estaba en ella, inclinado y leyendo la lápida durante mucho tiempo. Luego empezó posiblemente a llorar o quizás miró el dibujo en silencio. Finalmente, volvió a su cama donde se acostó cerrando los ojos para intentar dormir.
El cigarrillo terminó de quemarse en el baño. El reloj despertador contó hasta diez y volvió a sonar de nuevo.
Earl abre un ojo después del otro para ver un tramo del techo de tejas blancas, interrumpido por un letrero escrito a mano sobre su cabeza, que era lo suficientemente grande para que lo pudiera leer desde su cama.

3
No podrás tener una vida normal nunca más. Debes saberlo. Como puedes tener una novia si no puedes recordar su nombre? No podrás tener niños, a menos que quieras que ellos crezcan con un padre que no los reconoce. Seguro que no podrás conseguir trabajo. No hay muchas profesiones que valoren el olvido, salvo posiblemente la prostitución o seguramente la política.
No. Tu vida se acabó. Eres hombre muerto. La única cosa que los doctores desean hacer es enseñarte a que no seas una carga para los camilleros, y ellos probablemente no te dejen ir nunca a tu casa, donde sea que esté.

Así que la cuestión no es “ser o no ser”, porque no lo eres. La cuestión es si deseas hacer algo con aquello; si te interesa la venganza.
Para la mayoría de la gente sí. En pocas semanas, ellos planean, maquinan y toman medidas para realizar su objetivo. Pero el paso del tiempo es lo que se necesita para corroer ese impulso inicial. El tiempo roba; ¿no era lo que ellos decían? Y el tiempo eventualmente convence a la mayoría de ustedes que el perdón es una virtud. De manera conveniente, cobardía y perdón se ven igual desde una determinada distancia. El tiempo te arrebata tu coraje.

Si el tiempo y el miedo no son suficientes para disuadir a las personas de su venganza, siempre está la autoridad, quien moviendo suavemente su cabeza dirá: Nosotros lo entendemos, pero usted va a ser mejor persona si lo deja ir. Va a estar por encima de ellos. No se rebajará a su nivel. Y además dice la autoridad: si intentas algo estúpido, te encerraremos en una pequeña habitación.
Aunque ellos ya te encerraron en una pequeña habitación, ¿no? Solo que no te encerraron con llave ni te cuidan completamente porque eres un lisiado. Un cadáver. Un vegetal que probablemente no podrá recordar que tiene que comer o cagar si alguien no está ahí para recordarte.
Y el paso del tiempo…ya no te importa, ¿cierto? Siempre los mismos diez minutos, una y otra vez. Así que, ¿cómo puedes perdonar, si ni siquiera recuerdas olvidar?
Probablemente eres del tipo de los que dejan así, ¿no? Eso era antes. Pero ya no eres el hombre que solías ser. Ni siquiera la mitad. Eres una fracción; eres el hombre de los diez minutos.
Claro, la debilidad es mayor. Es el impulso principal. Probablemente prefieras estar sentado y llorando en tu cuartico. Vivir en tu finita colección de recuerdos, puliéndolos cuidadosamente uno tras otro. Media vida detrás de un vidrio, enclavijada en un cartón como si fuera una colección de bichos exóticos. ¿Prefieres vivir detrás del vidrio? Conservado en aspic.
Eso quisieras, pero no puedes, ¿cierto? No puedes por la última adición a tu colección. La última cosa que recuerdas. La cara de él, ese rostro y tu esposa, observándote y pidiéndote ayuda.
Y puede que ahí sea donde tú puedas retirarte cuando todo acabe. Tu pequeña colección. Ellos pueden encerrarte en otro cuarto pequeño y puedes vivir el resto de tu vida en el pasado. Pero únicamente si tienes un papelito en tu mano que diga que ya lo atrapaste.
Sabes que digo la verdad. Sabes que hay un montón de cosas por hacer. Parece imposible, pero estoy seguro que si cada uno cumple con su parte, algo se nos ocurrirá. Pero no tienes mucho tiempo. Tienes de hecho, solo diez minutos antes de que todo de empiece de nuevo. Así que haz algo con el tiempo que tienes.

4
Earl abrió sus ojos y parpadeó en la oscuridad mientras sonaba el despertador. Decía 3:20. La luz de la luna entraba por la ventana, indicando que debía ser muy temprano en la madrugada. Earl encendió con torpeza la lámpara, con un movimiento brusco y por poco la tira al suelo. Aquella luz incandescente se propagó por la habitación, coloreando de amarillo los muebles metálicos, las paredes, y también la frazada. Luego se acostó boca arriba para mirar encima las tejas –también amarillas— del techo, interrumpidas por un letrero escrito a mano. Earl leyó aquella inscripción dos, o quizás tres veces, antes de parpadear y mirar el cuarto alrededor suyo.
Era una habitación sin muchos muebles, probablemente institucional. Había un escritorio al lado de la ventana, el cual estaba casi vacío; con excepción de un despertador cuya alarma sonaba por todo el lugar. En aquel momento, Earl probablemente se percató de que estaba vestido y tenía hasta sus zapatos puestos debajo de las sabanas. Se levantó de su cama y se dirigió el escritorio. Nada de aquella habitación podría sugerir a cualquier observador, que alguien vivía, vive o vivió en aquel sitio, excepto aquellos curiosos recortes de cinta pegados en uno y otro lado de la pared. No hay fotos, no hay libros, nada. Por la ventana se puede ver una luna llena brillando sobre aquel césped pulcramente cuidado.       
Earl presionó el botón de apagar la alarma del despertador y luego miró fijamente las dos llaves pegadas con cinta que tenía en la parte trasera de su mano. Empezó a quitarse la cinta, mientras observaba los cajones vacíos. En el bolsillo izquierdo de su chaqueta descubrió un montón de títulos valores por valor de cien dólares, junto a una carta en sobre cerrado. Luego procedió a revisar el resto de la habitación y el baño donde solo había fragmentos de cinta, colillas de cigarrillo y nada más.
Earl jugó de manera distraída con el tejido de la cicatriz que había en su cuello mientras se devolvía para la cama. Se acostó boca arriba, para mirar de nuevo el techo y leer el letrero encima de él: SAL. SAL DE AHÍ AHORA MISMO. ESA GENTE ESTÁ TRATANDO DE MATARTE.
Earl cerró sus ojos.

5
¿Recuerdas cuando intentaron enseñarte a hacer listas en la escuela? Aquellos tiempos en que el reverso de tu mano era tu agenda del día. Si por alguna razón, aquellas asignaciones se iban con el agua de la ducha, simplemente no los hacías. No hay dirección, decían. No hay disciplina. Así que intentaron forzosamente que lo escribieras en un sitio en donde durara más.
Claro, tus profesores se orinarían de la risa si te vieran ahora, ya que te has convertido en el fruto exacto de sus lecciones sobre organización; ni siquiera puedes ir a mear sin consultar una de tus listas.

Ellos tenían razón. Las listas son las únicas capaces de sacarte de este lío.
Esta es la verdad: la gente, incluso la gente normal, no es más que una persona con una serie de atributos. No es tan simple. Todos estamos a merced del sistema límbico, de nubes de electricidad fluyendo por nuestro cerebro. Cada hombre está dividido en fracciones de veinticuatro horas, a las que le siguen otras veinticuatro horas y así sucesivamente. Es una pantomima cotidiana, un hombre tras otro cediendo el control: un backstage lleno de perdedores implorando por sus 5 minutos de fama. Cada semana, cada día. El hombre enfadado le cede la antorcha al malhumorado, este a su vez al adicto al sexo, al introvertido, al extrovertido, etc. Cada hombre es una turba, una larga cadena de idiotas.  
Esta es la tragedia de la vida: por solo unos pocos minutos de cada día, cada hombre se vuelve un genio. Son instantes de lucidez, de revelación, como quieras llamarlo. Las nubes se bifurcan, los planetas se alinean y todo empieza a ser obvio: Debo dejar de fumar, posiblemente; como puedo ganar rápidamente un millón de dólares, o cual es la llave eterna de la felicidad. Esta es la miserable verdad: por unos pocos instantes, los secretos del universo son expuestos a nosotros simples mortales. La vida es como el truco barato de un prestidigitador.
Pero entonces el genio, el erudito, tiene que pasar la antorcha al chico que sigue en la vía, quien seguramente es un pobre diablo que solo quiere comer una simple bolsa de papas y aquella inspiración, lucidez y salvación le es confiada a un imbécil, a un hedonista o a un simple narcoléptico.          
La única forma de salir de este enredo, obviamente, es tomar medidas para asegurarte que controlas a todos esos idiotas en los que te conviertes. Coger de la mano a cada uno de aquella cadena de idiotas y dirigirlos. La mejor forma de hacerlo es con una lista.
Es como una carta que te escribes a ti mismo. Un plan maestro, preparado por el chico que puede ver la luz, hecho con instrucciones sencillas para que el resto de idiotas comprendan; que puedan seguir los pasos desde el uno hasta el cien. Repítelo cuantas veces sea necesario.
Tu problema es un poquito más agudo, posiblemente, pero fundamentalmente es el mismo.
Es como aquel programa de computadora, “La Habitación China”, ¿lo recuerdas? Un chico se sienta en una pequeña habitación con unas cartas con letras en un lenguaje que no comprende, las cuales tiene que ordenar con la secuencia que otro le dictamina. Las cartas, una vez ordenadas, presuntamente forman un chiste en chino, pero el chico, por supuesto, no entiende el idioma. Solo sigue instrucciones.
Hay unas diferencias obvias con tu situación, claro: escapaste de la habitación en que te tenían, así que todo el programa debe ser portátil. Y el chico que da las instrucciones…bueno ese eres tú también, o al menos, una versión anterior de ti.
Y la broma que resulta al final… puede que sea graciosa[3], aunque no creo que los demás la encuentren cómica.
Esa es la idea. Todo lo que tienes que hacer es seguir tus instrucciones. Como al subir las escaleras o descender de las escalinatas. Un escalón a la vez, siguiendo la lista. Así de sencillo.
Y el secreto –obviamente—de cualquier lista es mantenerla en un lugar donde puedas verla.

6
ÉL PUEDE OIR EL ZUMBIDO por medio de sus pestañas. Insistentemente. Estira el brazo con dirección al reloj despertador, pero no puede apagarlo porque su brazo está inmóvil.
Earl abre sus ojos y ve a un grandulón inclinado sobre él. El hombre lo observa irritado, y continua con su trabajo. Earl observa alrededor de él: está muy oscuro para que sea la oficina de un doctor.
Es entonces cuando el dolor inunda su cerebro, bloqueando el resto de preguntas que tiene. Se retuerce de nuevo, jala salvajemente su antebrazo que le quema como si estuviera en llamas. El brazo no se mueve y el hombre vuelve a mirarlo de manera odiosa. Earl se acomoda en la silla para mirar por encima de la cabeza del hombre.
El ruido y el dolor provienen de una pistola que se encuentra el mano del hombre…un arma con una aguja donde debería haber un cañón. La aguja se clava en la parte inferior del antebrazo de Earl, en la carne viva, marcando unas letras con su paso.
Earl intenta acomodarse de nuevo intentando ver mejor las letras en su brazo, pero no puede. Por lo tanto, se recuesta y observa el techo.
Eventualmente el tatuador apaga el ruido; limpia con gasa el antebrazo de Earl y va a un cuarto donde saca un panfleto que describe qué se debe hacer en caso de posible infección. Después, posiblemente, le cuente a su esposa sobre el hombre y su pequeña nota. Posiblemente su esposa lo convenza de llamar a la policía.
Earl observa su brazo. Las letras brillan en su piel con un pequeño sangrado. Ellas salen desde la correíta de su reloj hasta el parte interior del codo. Earl parpadea luego de ver el mensaje y lo lee de nuevo. Este dice con pequeñas letras mayúsculas, YO VIOLÉ Y ASESINÉ TU ESPOSA.

7
Hoy es tu cumpleaños, así que te tengo un regalito. Desearía haberte comprado una cerveza, pero quien sabe dónde habría terminado.

Así que…te traje una campanita. Creo que empeñé tu reloj para comprarla, pero de todas formas, ¿para qué demonios te sirve un reloj?
Probablemente te estás preguntando, ¿por qué una campana? De hecho, estoy seguro que te lo vas a preguntar cada vez que la encuentres en tu bolsillo. Ya hay muchas palabras. Demasiadas para cada pregunta a la que quieres encontrarle su respuesta.
Bueno no, es una broma. Una broma pragmática. Pero piénsalo de esta manera: No estoy me estoy riendo de ti, sino contigo.
Me gustaría pensar que cada vez que tú metas tu mano en tu bolsillo para sacar la campanita, te preguntes ¿por qué tengo esta campanita? Y una parte de ti, una pequeña pieza de tu roto cerebro lo recuerde y te rías como yo lo hago ahora.
Además ya sabes la respuesta. Es algo que ya aprendiste. Así que si le echas cabeza, lo sabrás.
En tiempos remotos, la gente estaba obsesionada con el miedo a ser enterrada viva. Lo recuerdas? La ciencia médica no era una mínima parte de lo que es hoy, por lo que no era extraño que de un momento a otro, muchos desgraciados despertaran en un ataúd. Por tal razón los ricos tenían pequeños tubos de respiración en sus ataúdes, que partían desde su cajón y llegaban a estar por encima del barro; para que en el hipotético caso que alguno de ellos despertara bajo tierra, no se quedara sin respiración. Ahora bien, ellos probablemente probaron los tubos y se percataron que podían gritar a todo pulmón a través de ellos, pero eran muy estrechos para llevar el sonido. Por lo menos no el necesario para llamar la atención. Por tal razón incrustaron en los tubos, unas cuerdas atadas a campanitas que estarían en las lapidas. Si el muerto volvía a la vida, lo único que tenía que hacer era agitar la campanita hasta que alguien viniera y lo sacara de aquel agujero.
Estoy riéndome ahora, mientras te imagino en un bus o probablemente en un restaurante de comidas rápidas, con tu mano introduciéndose en tu bolsillo y encontrándose con la campanita; mientras te preguntas de donde vino, por qué la tengo. Posiblemente la hagas sonar también.
Feliz cumpleaños, compañero.
No sé quién satanáces encontró una solución a nuestro problema, por lo que no sé si te debo felicitar o me debo felicitar a mí mismo. Lo admito, es un pequeño cambio en tu estilo de vida, pero sin embargo, es la solución más elegante.
Mírate y encontrarás la respuesta.
Eso suena como algo salido de una tarjeta de felicitación de esas que venden en las papelerías de los supermercados. No sé cómo se te ocurrió, pero me quito el sombrero ante ti. No es que entiendas de qué demonios ando hablando, pero honestamente, ha sido una idea genial. Después de todo, la gente necesita espejos para recordarse a sí misma quienes son. Tú no eres diferente.

8
LA VOCECITA MECÁNICA HIZO UNA PAUSA, antes de empezar a repetir las mismas palabras. Decía: “son las 8:00 am. Esta es una llamada de cortesía”. Earl abrió sus ojos y colocó el auricular en el lugar que correspondía. El teléfono reposaba en la cabecera de chapa barata que se extendía por detrás de la cama, pasaba por una esquina y terminaba en el minibar. La televisión estaba encendida, con imágenes color carne halagándose entre ellas. Earl se recostó y se sorprendió al verse tan viejo, bronceado y con el pelo alejándose de su rostro, como rayos de sol. El espejo en el techo estaba roto y el color plateado se desvanecía en los pliegues. Earl continuó observándose a sí mismo, estupefacto de lo que veía. Estaba vestido de los pies a la cabeza, pero su ropa era vieja y desgastada.
Earl tocó una zona familiar de su muñeca izquierda, donde ya no estaba su reloj. Dejo de mirar el espejo para centrarse en su brazo. Estaba desnudo y su piel tenía distinto bronceado, como si nunca hubiese tenido un reloj. El color era igual en toda su piel, con excepción de una flecha negra ubicada al interior de su muñeca, que señalaba la manga de su camisa. Observó la flecha por un instante y posiblemente dejó de frotársela para remangar su camisa.
La flecha apuntaba a una frase tatuada alrededor de la parte interior de su brazo. Earl leyó la oración una o posiblemente dos veces. Otra flecha salía del principio de la frase y señalaba un poco más arriba del brazo de Earl y desaparecía con la manga. Desabotonó su camisa.
Bajó su mirada a su pecho, pudo descifrar las formas, pero no pudo enfocarse en ellas, razón por la cual, miró al espejo sobre él.
La flecha iniciaba en el brazo de Earl, cruzaba su hombro y descendía por su torso superior; terminando en la imagén de la cara de un hombre que ocupaba la mayoría de su pecho. La cara era de un hombre alto, calvo, con bigote y barba. Era una cara particular, pero como en los retratos policiales, tenía cierta cualidad irreal.
El resto de su torso superior estaba cubierto por palabras, frases, partes de información e instrucciones, que estaban escritas al revés, pero que se veían al derecho en el espejo.
Luego de observar lo anterior, Earl se levantó, abotonó su camisa y se dirigió al escritorio; donde sacó un lapicero y un pedazo de papel de cuaderno en el que se dispuso a escribir.

9
No sé dónde estarás cuando leas esto. No estoy seguro si te importara leer esto. Supongo que no lo necesitas.
De verdad es una lástima que tú y yo nunca nos podamos conocer. Pero, como dice la canción “Con el tiempo, cuando leas esta nota, yo ya no estaré”.
Así somos de cercanos en este momento. Es lo que siento. Muchas piezas ya se han unido, se han dado a entender. Supongo que es cuestión de tiempo antes de que lo encuentres.
Quien sabe que habremos hecho para llegar ahí. Debe ser una historia infernal; si tan solo tú pudieras recordar algo de eso. Supongo que es mejor que no lo hagas.
Creo que me acabo de dar cuenta de algo, que probablemente encuentres útil.
Todo el mundo está esperando que El Fin de los días empiece, pero ¿qué pasaría si ya pasó al lado de nosotros? ¿Si la última broma del Día del Juicio hubiese ocurrido y nosotros no nos percatamos? El Apocalipsis llegó silenciosamente; los elegidos ya fueron enviados al cielo y el resto de nosotros, los que fallamos la prueba seguimos vagando, inconscientes de ello; muertos, errantes mucho después de que los dioses dejaron de prestarnos atención, optimistas sobre el futuro.
Pienso que si fuera cierto, da igual lo que hagas. No hay expectativas en ti. Si tú no puedes encontrarlo, no importa, porque nada importa. Y si tú lo encuentras, podrás matarlo sin temer por las consecuencias, porque no hay consecuencias.
Eso es lo que pienso ahora, en este miserable cuartico. En la pared hay fotos enmarcadas de barcos. ¿Dónde estamos? Yo no sé; pero si me preguntaras, creo que estamos en algún lugar de la costa. Si estas preguntándote porqué tu brazo izquierdo esta 5 veces más moreno que el derecho, no sé qué decirte. Supongo que hemos estado manejando mucho tiempo… y no, no sé qué le paso a tu reloj.
¿Todas esas llaves? ni idea. No reconozco ninguna. Llaves de autos, llaves de casas, y llavecitas para candados. ¿En qué mierda nos hemos estado metiendo?
Me pregunto si él se sentirá estúpido cuando lo encuentres, hallado por el hombre de los diez minutos. Asesinado por un vegetal.
Me iré en un instante. Dejaré el lapicero, cerraré los ojos y entonces podrás leer esto si quieres.
Solo quiero que sepas que estoy orgulloso de ti. Ya no hay personas importantes que queden para decírtelo. Las que quedan, tampoco querrán hacerlo

10

LOS OJOS DE EARL ESTABAN BIEN ABIERTOS, mirando a través de la ventana del auto. Sus ojos sonreían. Sonreían a través de la ventana en dirección a la muchedumbre que se reunía en el otro lado de la calle. Aquella turba aglomerada alrededor del cuerpo de la puerta. El cuerpo que se vaciaba lentamente a través de la acera en el desagüe de la tormenta.

Un chico gordito, en posición boca abajo y con los ojos abiertos. Era calvo y tenía barba. En la muerte, como en los retratos policiales, los rostros tienden a ser todos iguales. Pero este es definitivamente peculiar, aunque en realidad podría ser cualquiera.
Earl siguió riendo mientras observaba el abyecto cuerpo y el carro se alejaba del lugar. ¿El carro? ¿Quién lo dice? Puede ser un coche de policía o simplemente un taxi.
Mientras el auto se adentraba en el tráfico, los ojos de Earl brillaban bajo la oscuridad de la noche, observando las últimas imágenes del cuerpo, antes de que este desapareciera en el círculo de peatones preocupados que se aglomeraba a su alrededor. Reía mientras el vehículo proseguía con su ruta, alejándose de la muchedumbre.
La sonrisa de Earl empezó a esfumarse poco a poco. Algo le había ocurrido. Empezó de un momento a otro a buscar en sus bolsillos, de manera relajada inicialmente, como un hombre que busca sus llaves; pero luego mucho más desesperado. Posiblemente el par de esposas que estaban en las manos no le permitía buscar bien. Empezó a vaciar el contenido de sus bolsillos en el asiento. Algo de dinero, un montón de llaves, trozos de papel.
Un objeto de metal, salió disparado de su bolsillo y rodó a través del asiento. Earl se puso frenético. Se inclinó con dirección al plástico que lo separaba del conductor y le suplicó que le prestara un lapicero. Posiblemente el conductor del taxi no hablaba mucho inglés o posiblemente el policía no estaba acostumbrado a hablar con los sospechosos. Sea cual sea la razón, la barrera divisoria entre el hombre que conduce y el pasajero de atrás siguió cerrado y ningún lapicero fue a parar a sus manos.
El carro pasó sobre un bache y Earl parpadeó mientras observó su reflejo en el espejo retrovisor. Estaba calmado. El conductor pasó por otra curva y el objeto de metal se movió en dirección a su pierna mientras emitía un minúsculo sonido. Lo tomó para observarlo de manera curiosa. Era una campanita. Una campanita de metal. En ella estaba escrito su nombre y un compendio de fechas. Reconoció la primera: el año en que nació. La segunda no significa nada para él. Nada de nada.
Al mover la campanita entre sus manos, se percató que el espacio en su muñeca donde solía estar su reloj estaba vacío. Solo había una flecha apuntando a su brazo. Earl observó la flecha y empezó a remangarse su camisa.

11
“Vas a llegar tarde a tu propio funeral” te decía. ¿Recuerdas? Entre más lo pienso, más tonto lo veo. Qué clase de idiota, después de todo, tiene alguna especie de prisa por llegar al final de su propia historia?

Y además, ¿cómo puedo saber si voy tarde? Ya no tengo reloj. No sé qué hicimos con él.
De todas maneras, ¿para qué putas necesitas un reloj? Era una antigüedad. Peso muerto para tu muñeca. El símbolo del viejo tú, el que creía en el tiempo.
No. Tacha eso. No fue hace mucho que perdiste tu fe en el tiempo de la misma manera que el tiempo perdió la fe en ti. ¿Quién lo necesita? ¿Quién quiere ser uno de esos pobres diablos que viven en la seguridad del futuro, la seguridad del momento después del momento, en que sintieron algo fuerte? Viviendo en el momento siguiente, donde ellos no sienten nada. Arrastrándose por las manecillas del reloj, lejos de la gente que les hizo cosas innombrables. Creyendo la mentira de que aquel tiempo, curaría todas las heridas, que no es sino una forma eufemística de decir que el tiempo nos insensibiliza.
Pero eres diferente. Eres mucho más perfecto. El tiempo significa tres cosas para la mayoría de la gente, pero para ti, solo una. Una singularidad, un momento: Este momento. Eres como el centro del reloj, el eje donde se mueven las manecillas. El tiempo se mueve alrededor de ti, pero nunca te mueve a ti. Ha perdido la habilidad de afectarte. ¿Qué dicen ellos? ¿Que el tiempo es un ladrón? No para ti. Cierra tus ojos y podrás empezar una y otra vez. Evoca esa emoción necesaria tan fresca como las rosas.
El tiempo es un absurdo. Una abstracción. La única cosa que importa es el momento. Este preciso momento que se repite un millón de veces. Debes creerme. Si este momento se repite, si sigues intentando –porque tendrás que seguir intentando – finalmente podrás seguir con el siguiente punto de tu lista.

[1] En inglés CRS disease, que quiere decir “Can't Remember Shit Disease” o sea, “no recuerdo una mierda”.
[2] Del inglés single –serving package.
[3] La frase en el original es “Got the punch line”. “Punch line es la parte final de un chiste con la que el humorista busca hacer reír. Como en español no hay un equivalente, eso fue lo mejor que pude hacer con aquella frase

jueves, 18 de febrero de 2016

Robert Graves(Inglaterra, 1895-1985)

Anceo en la huerta
de las naranjas

Una tarde de verano, al anochecer, Anceo el lélege, el de la florida Samos, fue abandonado en la costa arenosa del sur de Mallorca, la mayor de las islas Hespérides o, como las llaman algunos, las islas de los Honderos o las islas de los Hombres Desnudos. Estas islas quedan muy cerca unas de otras y están situadas en el extremo occidental del mar, a sólo un día de navegación de España cuando sopla un viento favorable. Los isleños, asombrados por su aspecto, se abstuvieron de darle muerte y le condujeron, con manifiesto desprecio por sus sandalias griegas, su corta túnica manchada por el viaje y su pesada capa de marinero, ante la gran sacerdotisa y gobernadora de Mallorca que vivía en la cueva del Drach, la entrada a los Infiernos más distante de Grecia, de las muchas que existen.
Como en aquellos momentos estaba absorta en cierto trabajo de adivinación, la gran sacerdotisa envió a Anceo al otro lado de la isla para que lo juzgara y dispusiera de él su hija, la ninfa de la sagrada huerta de naranjos en Deia. Fue escoltado a través de la llanura y de las montañas escarpadas por un grupo de hombres desnudos, pertenecientes a la hermandad de la Cabra; pero por orden de la gran sacerdotisa, éstos se abstuvieron de conversar con él durante el camino. No se detuvieron ni un instante en su viaje, a paso ligero, excepto para postrarse ante un enorme monumento de piedra que se hallaba al borde del camino y donde, de niños, habían sido iniciados en los ritos de su hermandad. En tres ocasiones llegaron a la confluencia de tres caminos y las tres veces dieron una gran vuelta para no acercarse al matorral triangular rodeado de piedras. Anceo se alegró al ver cómo se respetaba a la Triple Diosa, a quien están consagrados estos recintos.
Cuando por fin llegó a Deia, muy fatigado y con los pies doloridos, Anceo encontró a la ninfa de las Naranjas sentada muy erguida sobre una piedra, cerca de un manantial caudaloso que brotaba con fuerza de la roca de granito y regaba la huerta. Aquí la montaña, cubierta por una espesura de olivos silvestres y encinas, descendía bruscamente hacia el mar, quinientos pies más abajo, salpicado aquel día hasta la línea del horizonte por pequeñas manchas de bruma que parecían ovejas paciendo.
Cuando la ninfa se dirigió a él, Anceo respondió con reverencia, utilizando la lengua pelasga y manteniendo la mirada fija en el suelo. Todas las sacerdotisas de la Triple Diosa poseen la facultad de echar el mal de ojo que, como bien sabía Anceo, puede convertir el espíritu de un hombre en agua y su cuerpo en piedra, y puede debilitar a cualquier animal que se cruza en su camino, hasta causarle la muerte. Las serpientcs oraculares que cuidan estas sacerdotisas tienen el mismo poder terrible sobre pájaros, ratones y conejos. Anceo también sabía que no debía decirle nada a la ninfa excepto en respuesta a sus preguntas, y aun entonces hablar con la mayor brevedad y en el tono más humilde posible.
La ninfa mandó retirarse a los hombres-cabra y éstos se apartaron un poco, sentándose todos en fila al borde de una roca hasta que volviera a llamarlos. Eran gentes tranquilas y sencillas, con ojos azules y piernas cortas y musculosas. En lugar de abrigar sus cuerpos con ropas los untaban con el jugo de lentisco mezclado con grasa de cerdo. Cada uno llevaba colgado a un lado del cuerpo un zurrón de piel de cabra lleno de piedras pulidas por el mar; en la mano llevaban una honda, otra enrollada en la cabeza y una más que les servía de taparrabo. Suponían que pronto la ninfa les ordenaría que acabasen con el forastero, y ya debatían amistosamente entre sí quién iba a tirar la primera piedra, quién la segunda, y si iban a permitirle salir con ventaja para darle caza montaña abajo o iban a hacerle pedazos cuando se acercara a ellos, apuntando cada uno a una parte distinta de su cuerpo.
La huerta de naranjos contenía cincuenta árboles y rodeaba un santuario de roca habitado por una serpiente de tamaño descomunal que las otras ninfas, las cincuenta Hespérides, alimentaban diariamente con una fina pasta hecha de harina de cebada y leche de cabra. El santuario estaba consagrado a un antiguo héroe que había traído la naranja a Mallorca desde algún país en las lejanas riberas del océano. Su nombre había quedado olvidado y se referían a él simplemente como «el Benefactor»; la serpiente se llamaba igual que él porque había sido engendrada de su médula y su espíritu le daba vida. La naranja es una fruta redonda y perfumada, desconocida en el resto del mundo civilizado, que al crecer es primero verde, después dorada y tiene una corteza caliente y la pulpa fresca, dulce y firme. Crece en un árbol de tronco liso, con hojas brillantes y ramas espinosas, y madura en pleno invierno, al revés de los demás frutos. No se come cualquier día en Mallorca, sino sólo una vez al año, en el solsticio de invierno, después de la ritual masticación de ladierno y de otras hierbas purgantes; si se come de esta forma la naranja concede una larga vida, pero es un fruto tan sagrado que en cualquier otro momento basta con catarla para que sobrevenga la muerte inmediata, a no ser que la propia ninfa de las Naranjas la administre.
En estas islas, gracias a la naranja, tanto los hombres como las mujeres viven tanto tiempo como desean; por regla general sólo deciden morir cuando se dan cuenta de que están convirtiéndose en una carga para sus amigos por la lentitud de sus movimientos o la insipidez de su conversación. Entonces, por cortesía, se marchan sin despedirse de sus seres queridos ni crear ningún alboroto en la cueva —pues todos viven en cuevas— escabulléndose sin decir nada, y se arrojan de cabeza desde una roca, complaciendo de este modo a la diosa quien aborrece toda queja y dolor innecesarios y premia a estos suicidas con funerales distinguidos y alegres.
La ninfa de las Naranjas era alta y hermosa. Llevaba una falda acampanada y con volantes al estilo cretense, de un tejido teñido del color de la naranja con tintura de brezo, y por arriba, como prenda única, llevaba puesto un chaleco verde de manga corta sin abrochar delante, mostrando así la esplendidez y la plenitud de sus senos. Los símbolos de su cargo eran un cinturón formado por innumerables piezas de oro eslabonadas en forma de serpiente con ojos de piedras preciosas, un collar de naranjas verdes secas, y una cofia alta bordada con perlas y coronada con el disco de oro de la luna llena. Había dado a luz a cuatro hermosas niñas, de las cuales la más pequeña la sucedería un día en su cargo, al igual que ella, que era la menor de sus hermanas, sucedería un día a su madre, la gran sacerdotisa en Drach. Estas cuatro niñas, como aún no tenían edad suficiente para ser ninfas, eran doncellas cazadoras, muy diestras en el manejo de la honda y salían con los hombres para darles buena suerte en la caza. La doncella, la ninfa y la madre forman la eterna trinidad en la isla, y la diosa, a quien se venera allí en cada uno de estos aspectos, representados por la luna nueva, la luna llena y la luna menguante, es la deidad soberana. Es ella la que infunde la fertilidad en aquellos árboles y plantas de los que depende la vida humana. ¿No es acaso bien sabido que todo lo verde brota mientras la luna crece y deja de crecer mientras la luna mengua, y que sólo la caliente y rebelde cebolla no obedece sus fases mensuales? Sin embargo, el sol, su hijo varón, que nace y muere cada año, la asiste con sus cálidas emanaciones. Esta era la razón por la que el único hijo varón parido por la ninfa de las Naranjas, puesto que era la encarnación del sol, había sido sacrificado a la diosa, según la costumbre, mezclándose seguidamente los trozos despedidos de su carne con la semilla de la cebada para asegurar una abundante cosecha.
A la ninfa le sorprendió descubrir que la lengua pelasga que hablaba Anceo se parecía mucho a la de las islas. Pero aunque se alegró de poderle interrogar sin verse obligada a recurrir a la pesada tarea de hacer gestos y de trazar dibujos sobre la arcilla con una varita, por otra parte se sintió un poco preocupada al pensar que quizás Anceo había estado conversando con los hombres-cabra sobre asuntos que tanto ella como su madre tenían por norma que ellos desconociesen. Lo primero que le preguntó fue:
—¿Eres cretense?
—No, sagrada ninfa —contestó Anceo—; soy pelasgo, de la isla de Samos en el mar Egeo, y por lo tanto no soy más que primo de los cretenses. Pero mis señores son griegos.
—Eres un viejo y feo despojo humano —dijo ella.
—Perdóname, sagrada ninfa —le contestó—. He llevado una vida muy dura.
Cuando le preguntó por qué lo habían abandonado en la costa de Mallorca, respondió que había sido desterrado de Samos por su obstinada observancia del antiguo ritual de la diosa —pues últimamente los samios habían introducido el nuevo ritual olímpico que ofendía su alma religiosa— y él, sabiendo que en Mallorca se veneraba a la diosa con inocencia primitiva, le había pedido al capitán del barco que lo desembarcara allí.
—Es curioso —observó la ninfa—. Tu historia me recuerda la de un campeón llamado Hércules que visitó nuestra isla hace muchos años cuando mi madre era la ninfa de este huerto. No puedo contarte los pormenores de su historia, porque mi madre no gustaba de hablar de ella durante mi infancia, pero eso sí que me consta: Hércules fue enviado por su señor, el rey Euristeo de Micenas (dondequiera que esté Micenas) a recorrer el mundo para realizar una serie de trabajos que a primera vista parecían imposibles, y todo, según dijo, por su obstinada devoción hacia los antiguos rituales de la diosa. Llegó en canoa y desembarcó en la isla, anunciando con sorprendente osadía que había venido en nombre de la diosa a recoger un cesto de naranjas sagradas de esta huerta. Era un hombre—león y por este motivo llamaba mucho la atención en Mallorca, donde no tenemos ninguna hermandad del León ni entre los hombres ni entre las mujeres, y además estaba dotado de una fuerza colosal y de un prodigioso apetito por la comida, la bebida y los placeres del amor. Mi madre se encaprichó con él y le dio las naranjas generosamente, y además lo honró haciéndole su compañero durante la siembra de primavera. ¿Has oído hablar del tal Hércules?
—En una ocasión fui compañero suyo de navío, si os referís a Hércules de Tirinto —respondió Anceo—. Eso fue cuando navegué a los Establos del Sol, a bordo del famoso Argo, y siento deciros que el muy canalla seguramente engañó a vuestra madre. No tenía ningún derecho a pedirle la fruta en nombre de la diosa, pues la diosa le odiaba.
A la ninfa le divirtió su vehemencia y le aseguró que había quedado satisfecha de sus credenciales y que podía levantar los ojos y mirarle a la cara y hablar con ella con un poquito más de familiaridad, si lo deseaba. Pero tuvo cuidado de no ofrecerle la protección formal de la diosa. Le preguntó a qué hermandad pertenecía y él respondió que era un hombre—delfín.
—Ah —exclamó la ninfa—. Cuando me iniciaron en los ritos de las ninfas por primera vez y me dejé acompañar por hombres en el surco abierto después de la siembra, fue con nueve hombres—delfín. El que elegí como preferido se convirtió en campeón solar, o rey de la guerra, para el año siguiente, según nuestras costumbres. Nuestros delfines forman una hermandad pequeña y muy antigua y se distinguen por su talento musical que supera incluso al de los hombres—foca.
—El delfín responde a la música de forma encantadora —asintió Anceo.
—Sin embargo —continuó la ninfa—, cuando di a luz, no tuve una niña a la que hubiera conservado, sino un niño; y a su debido tiempo mi hijo regresó, despedazado, al surco del cual había salido. La diosa se llevó lo que había dado. Desde entonces no me he atrevido a dejarme acompañar por ningún hombre—delfín, pues considero que esta sociedad me trae mala suerte. A ningún hijo varón de nuestra familia se le permite vivir más allá de la segunda siembra.
Anceo tuvo el valor de preguntar:
—¿Es que ninguna ninfa o sacerdotisa (ya que las sacerdotisas tienen tanto poder en esta isla) ha intentado jamás entregarle su propio hijo varón, en secreto, a una madre adoptiva, criando a la hija de esta madre en su lugar, para que ambas criaturas puedan sobrevivir?
—Puede que en tu isla se practiquen trucos de esta clase, Anceo —le respondió severamente la ninfa—, pero en la nuestra no. Aquí ninguna mujer engaña jamás a la Triple Diosa.
—Naturalmente, sagrada ninfa —respondió Anceo—. Nadie puede engañar a la diosa.
Pero volvió a preguntar:
—¿No es quizás vuestra costumbre, si una ninfa real siente un afecto fuera de lo común por su hijo varón, sacrificar en su lugar un becerro o un cabrito, envolviéndolo en las ropas del pequeño y poniéndole sandalias en los pies? En mi isla se supone que la diosa cierra los ojos ante tales sustituciones y que luego los campos rinden con la misma abundancia. Es únicamente después de una mala estación, cuando el grano se agosta o no crece, que se sacrifica a un niño en la siguiente siembra. Y aun así, siempre es un niño de padres pobres, no de estirpe real.
La ninfa volvió a responder con el mismo tono severo:
—En nuestra isla no. Aquí ninguna mujer se burla jamás de la Triple Diosa. Por eso prosperamos. Esta es la isla de la inocencia y de la calma.
Anceo asintió diciendo que desde luego era la isla más agradable de los cientos que había visitado en sus viajes, sin exceptuar la suya, Samos, llamada Isla Florida.
—Estoy dispuesta a escuchar tu relato —dijo entonces la ninfa—, si no es aburrido. ¿Cómo es que tus primos, los cretenses, han dejado de visitar estas islas como hacían antaño, en tiempos de mi bisabuela, conversando con nosotros con buenas maneras en un lenguaje que, aunque no era el nuestro, podíamos entender muy bien? ¿Quiénes son estos griegos, tus señores, que vienen en los mismos barcos que en un tiempo usaron los cretenses? Vienen a vender las mismas mercancías —jarrones, aceite de oliva, tinturas, joyas, lino, muelas de esmeril y excelentes armas de bronce—, pero utilizan el carnero en lugar del toro como mascarón de proa y hablan en una lengua ininteligible y regatean con unos modales groseros y amenazantes, y miran impúdicamente a las mujeres y roban cualquier pequeño objeto que encuentran en su camino. No nos gusta nada comerciar con ellos y muchas veces les hacemos marchar con las manos vacías, rompiéndoles los dientes con los tiros de nuestras hondas y abollando sus cascos de metal con piedras grandes.
Anceo explicó que la tierra al norte de Creta, que en un tiempo había sido conocida por Pelasgia, se llamaba ahora Grecia en honor de sus nuevos señores. La habitaba una población notablemente mixta. Los pobladores más antiguos eran los pelasgos terrestres quienes, según se cuenta, habían salido de los dientes desparramados de la serpiente Ofión cuando la Triple Diosa la había despedazado. A estos pobladores se unieron primero los colonos cretenses de Cnosos, luego los colonos henetes de Asia Menor, mezclados con los etíopes de Egipto, cuyo poderoso rey Pélope dio su nombre a la parte sur de estas tierras, el Peloponeso, y construyó ciudades con enormes murallas de piedras y tumbas de mármol blanco en forma de colmena como las chozas africanas; y finalmente los griegos, un pueblo bárbaro dedicado al pastoreo, procedentes del norte, más allá del río Danubio, que bajaron a través de Tesalia en tres invasiones sucesivas y acabaron tomando posesión de todas las fuertes ciudades peloponesas. Estos griegos gobernaron a las otras gentes de forma insolente y arbitraria. Y por desgracia, sagrada ninfa —dijo Anceo—, nuestros señores adoran al Triple Dios como deidad soberana y odian en secreto a la Triple Diosa.
La ninfa se preguntó si no habría entendido mal sus palabras.
—Y ¿quién podría ser el dios padre? —preguntó—. ¿Cómo es posible que una tribu adore a un padre? ¿Qué es un padre sino el instrumento que una mujer utiliza de vez en cuando para su placer y para poderse convertir en madre?
Empezó a reír con desdén y exclamó:
—Por el Benefactor, juro que esta historia es la más absurda que jamás he oído. ¡Padres, nada menos! Supongo que estos padres griegos amamantan a sus hijos y siembran la cebada y cabrahígan las higueras y dictan las leyes y, en una palabra, realizan todas las demás tareas de responsabilidad propias de la mujer, ¿no?
Estaba tan irritada que dio unos golpecitos con el pie sobre una piedra y la cara se le oscureció con el calor de su sangre.
Al advertir su irritación cada uno de los hombres-cabra tomó silenciosamente una piedrecita de su zurrón y la colocó en la tira de cuero de su honda. Pero Anceo respondió en tono apacible y suave, bajando de nuevo la mirada. Comentó que en este mundo había muchas costumbres extrañas y muchas tribus que a los ojos de otros parecían estar dementes.
—Me gustaría mostraros los mosinos de la costa del mar Negro, sagrada ninfa —le dijo—, con sus castillos de madera y sus niños tatuados que son increíblemente gordos y se alimentan de tortas de castañas. Viven junto a las amazonas que son tan raras como ellos... Y en cuanto a los griegos, su razonamiento es el siguiente: ya que las mujeres dependen de los hombres para su maternidad —pues no les basta el viento para llenar de nueva vida sus matrices, como ocurre con las yeguas ibéricas—, los hombres son, en consecuencia, más importantes que ellas.
—Pero es un razonamiento de locos —exclamó la ninfa—. Es como si pretendieras que esta astilla de pino es más importante que yo misma porque la utilizo para mondarme los dientes. La mujer, y no el hombre, es siempre la principal: ella es el agente, él siempre el instrumento. Ella da las órdenes, él obedece. ¿No es acaso la mujer quien elige al hombre y le vence con la dulzura de su presencia, y le ordena que se acueste boca arriba en el surco y allí, cabalgando sobre él, como sobre un potro salvaje domado a su voluntad toma de él su placer y cuando ha terminado le deja tumbado como un hombre muerto? ¿No es la mujer quien gobierna en la cueva, y si cualquiera de sus amantes la enoja por su malhumor o su pereza le amonesta tres veces consecutivas para que coja todas sus cosas y se marche al alojamiento de su hermandad?
—Con los griegos —dijo Anceo apresuradamente y con voz apagada— la costumbre es exactamente la contraria. Cada hombre elige a la mujer que desea convertir en la madre de su hijo (pues así le llama), la vence con la fuerza de sus deseos y le ordena que se acueste boca arriba en el lugar que más le convenga y entonces, montándose, toma de ella su placer. En la casa es él el amo, y si la mujer le enoja por su forma de importunarle o por su comportamiento obsceno, la golpea con la mano; y si con esto no consigue que cambie su conducta, la manda a casa de su padre con todas las cosas que ha traído consigo y da sus hijos a una esclava para que se los críe. Pero, sagrada ninfa, no os enfadéis, ¡os lo ruego por la diosa! Yo soy pelasgo, detesto a los griegos y sus costumbres y únicamente estoy obedeciendo vuestras instrucciones, como es mi deber, al contestaros a estas preguntas.
La ninfa se contentó con decir que los griegos debían ser las personas más impías y más asquerosas del mundo, peor aún que los monos africanos —si, en efecto, Anceo no se estaba burlando de ella—. Volvió a interrogarle acerca de la siembra de la cebada y la cabrahigadura de las higueras: ¿cómo se las arreglaban los hombres para obtener pan o higos sin la intervención de la diosa?
—Sagrada ninfa —respondió Anceo—: cuando los griegos se instalaron por primera vez en Pelasgia eran un pueblo de pastores, que sólo se alimentaba de carne asada, queso, leche, miel y ensaladas silvestres. Por consiguiente, nada sabían acerca del ritual de la siembra de la cebada ni del cultivo de ninguna fruta.
—Estos griegos dementes —dijo ella, interrumpiéndole—, supongo entonces que bajaron del norte sin sus mujeres, como hacen los zánganos, que son los padres ociosos entre las abejas, cuando se marchan de la colmena y forman una colonia aparte, separados de su abeja reina, y comen inmundicias en lugar de miel, ¿no es así?
—No —dijo Anceo—. Trajeron consigo a sus propias mujeres, pero estas mujeres estaban acostumbradas a lo que a ti te parecerá una forma de vida indecente y vuelta del revés. Cuidaban del ganado, y los hombres las vendían y las compraban como si ellas también fueran ganado.
—Me niego a creer que los hombres puedan comprar o vender mujeres —exclamó la ninfa—. Es evidente que te han informado mal sobre este punto. Pero, dime, ¿continuaron durante mucho tiempo estos sucios griegos con esta forma de vida, una vez instalados en Pelasgia?
—Las primeras dos tribus invasoras, los jonios y los eolios —contestó Anceo—, que llevaban armas de bronce, no tardaron en rendirse ante el poderío de la diosa al ver que ella consentía en adoptar a sus dioses varones como hijos suyos. Renunciaron a muchas de sus bárbaras costumbres y cuando, poco después, les persuadieron de comer el pan cocido por los pelasgos y descubrieron que tenía un sabor agradable y propiedades sagradas, uno de ellos, llamado Triptólemo, le pidió permiso a la diosa para poder sembrar él mismo la cebada, pues estaba convencido de que los hombres podrían hacerlo con casi tanto éxito como las mujeres. Dijo que deseaba, si es que era posible, evitarles a las mujeres un trabajo y una preocupación innecesarios, y la diosa, indulgente, consintió.
La ninfa se rió hasta que las laderas de la montaña devolvieron el eco de su risa, y desde su roca los hombres-cabra corearon sus carcajadas, revolcándose de alegría, aunque no tenían la menor idea de por qué se estaba riendo.
—¡Qué estupenda cosecha debió de recoger este tal Triptólemo! —le dijo a Anceo—. ¡Todo serían amapolas, beleño y cardos!
Anceo tuvo la suficiente prudencia como para no contradecirla. Empezó a hablarle de la tercera tribu de los griegos, los aqueos, cuyas armas eran de hierro, y de su insolente comportamiento ante la diosa y de cómo instituyeron la familia divina del Olimpo; pero observó que ella no le escuchaba y desistió.
—Vamos a ver, Anceo —le dijo en tono burlón—. Dime, ¿cómo se determinan los clanes entre los griegos? Supongo que no me irás a decir que son clanes masculinos en lugar de femeninos y que determinan las generaciones a través de los padres en lugar de las madres, ¿verdad?
Anceo asintió lentamente con la cabeza, como si se viera forzado a admitir un absurdo gracias a la astucia del interrogatorio de la ninfa.
—Sí —dijo, desde la llegada de los aqueos de las armas de hierro, que ocurrió hace muchos años, los clanes masculinos han sustituido a los femeninos en la mayor parte de Grecia. Los jonios y los eolios ya habían introducido grandes innovaciones, pero la llegada de los aqueos lo volvió todo del revés. Los jonios y los eolios, ya por aquel entonces, habían aprendido a calcular la descendencia a través de la madre, pero para los aqueos la paternidad era, y sigue siendo, lo único que tienen en cuenta al determinar su genealogía, y últimamente han conseguido que la mayoría de los eolios y algunos jonios adopten su punto de vista.
—No, no, ¡eso es manifiestamente absurdo! —exclamó la ninfa—. Aunque es claro e indiscutible, por ejemplo, que la pequeña Kore es mi hija, ya que la partera la extrajo de mi cuerpo, ¿cómo puede saberse con certeza quién fue el padre? Pues la fecundación no proviene necesariamente del primer hombre a quien yo gozo en nuestras sagradas orgías. Puede provenir del primero o del noveno.
—Los griegos intentan resolver esta incertidumbre —dijo Anceo— haciendo que cada hombre elija lo que llaman una esposa. Una mujer a quien le está prohibido tener por compañero a nadie que no sea él. Entonces, si ella concibe, no puede discutirse la paternidad.
La ninfa le miró de hito en hito y le dijo:
—Tienes una respuesta para todo. Pero ¿acaso esperas que me crea que se puede gobernar y guardar hasta tal punto a las mujeres que se les impida disfrutar de cualquier hombre que les apetezca? Imagínate que una mujer joven se convirtiera en la esposa de un hombre viejo, feo y desfigurado como tú. ¿Cómo podría ella consentir jamás en ser su compañera?
Anceo sostuvo su mirada y le respondió:
—Los griegos profesan que pueden controlar así a sus esposas. Pero admito que muchas veces no lo consiguen, y que a veces una mujer tiene relaciones secretas con un hombre de quien no es la esposa. Entonces su esposo se pone celoso e intenta matarlos a los dos, a su esposa y a su amante, y si los dos hombres son reyes, llevan a sus pueblos a la guerra y sobreviene gran derramamiento de sangre.
—Eso no lo pongo en duda —dijo la ninfa—. En primer lugar no deberían decir mentiras, ni luego emprender lo que no son capaces de realizar, dando así lugar a los celos. A menudo me he dado cuenta de que los hombres son absurdamente celosos: es más, después de su falta de honestidad y su charlatanería, diría que es su principal característica. Pero cuéntame, ¿qué les ocurrió a los cretenses?
—Fueron vencidos por Teseo el griego, a quien ayudó a conseguir la victoria un tal Dédalo, famoso artesano e inventor —dijo Anceo.
—¿Qué fue lo que inventó? —preguntó la ninfa.
—Entre otras cosas —contestó Anceo—, construyó toros de metal que bramían artificialmente cuando se encendía un fuego bajo sus vientres; también estatuas de madera de la diosa que parecían de carne y hueso pues las extremidades articuladas podían moverse en cualquier dirección, como si fuese un milagro, y, además, los ojos podían abrirse o cerrarse tirando de un cordón oculto.
—¿Aún vive este Dédalo? —preguntó la ninfa—. Me gustaría conocerlo.
—Por desgracia ya no —contestó Anceo—. Todos estos acontecimientos ocurrieron mucho antes de mis tiempos.
Ella insistió:
—Pero ¿verdad que me podrás decir cómo estaban hechas las articulaciones de las estatuas para que las extremidades pudieran moverse en cualquier dirección?
—Sin duda debían girar en un hueco esférico —dijo él, doblando su puño derecho y girándolo en el hueco formado por los dedos de la mano izquierda para que comprendiera en seguida lo que quería decir—. Pues Dédalo inventó la articulación esférica. En todo caso, gracias a un invento de Dédalo quedó destruida la flota de los cretenses, y por esto ya no son ellos quienes visitan vuestra isla, sino únicamente los griegos y algún que otro pelasgo, tracio o frigio.
—La madre de mi madre me contó —dijo la ninfa— que, aunque los cretenses adoraban a la diosa con casi tanta reverencia como nosotros, su religión difería de la nuestra en muchos aspectos. Por ejemplo, la gran sacerdotisa no elegía a un campeón solar sólo para un año. El hombre que ella elegía reinaba algunas veces durante nueve años o más, negándose a dimitir de su cargo porque alegaba que la experiencia trae consigo la sagacidad. Le llamaban el sacerdote de Minos, o el rey Toro, pues la hermandad del Toro se había convertido en la hermandad suprema de aquella isla. Los hombres-ciervo, los hombres-caballo y los hombres-carnero jamás se atrevieron a luchar por obtener el trono de la guerra, y la gran sacerdotisa solamente se dejaba acompañar por hombres-toro. Aquí mi madre y yo distribuimos nuestros favores por un igual entre todas las hermandades. No es prudente dejar que una sola hermandad obtenga la supremacía, ni dejar gue un rey reine más de dos o tres años a lo sumo; los hombres se dejan llevar fácilmente por la insolencia si no se les mantiene en el lugar que les corresponde, y entonces se creen ser casi iguales a las mujeres. Con la insolencia se destruyen a sí mismos y para colmo hacen enojar a las mujeres. Sin duda alguna esto fue lo que debió de ocurrir en Creta.
Mientras aún conversaban, hizo una señal secreta a los hombres-cabra para que se llevaran a Anceo fuera de su vista y después le dieran caza hasta matarlo con sus hondas. Pues decidió que a un hombre que podía contar historias tan perturbadoras e indecentes no se le podía permitir seguir con vida en la isla, ni siquiera un momento más, ahora que ya le había contado lo que quería saber sobre la forma de articular las estatuas de madera. Temía el daño que podría ocasionar si inquietaba las mentes de los hombres. Además era un viejo encorvado, calvo y feo, un exiliado, y un hombre—delfín que no le traería buena suerte a la huerta.
Los hombres-cabra se postraron en reverencia ante la ninfa de las Naranjas y luego, incorporándose, obedecieron sus órdenes con alegría. La persecución no fue larga.
(Traducido por Lucía Graves)