jueves, 18 de febrero de 2016

Robert Graves(Inglaterra, 1895-1985)

Anceo en la huerta
de las naranjas

Una tarde de verano, al anochecer, Anceo el lélege, el de la florida Samos, fue abandonado en la costa arenosa del sur de Mallorca, la mayor de las islas Hespérides o, como las llaman algunos, las islas de los Honderos o las islas de los Hombres Desnudos. Estas islas quedan muy cerca unas de otras y están situadas en el extremo occidental del mar, a sólo un día de navegación de España cuando sopla un viento favorable. Los isleños, asombrados por su aspecto, se abstuvieron de darle muerte y le condujeron, con manifiesto desprecio por sus sandalias griegas, su corta túnica manchada por el viaje y su pesada capa de marinero, ante la gran sacerdotisa y gobernadora de Mallorca que vivía en la cueva del Drach, la entrada a los Infiernos más distante de Grecia, de las muchas que existen.
Como en aquellos momentos estaba absorta en cierto trabajo de adivinación, la gran sacerdotisa envió a Anceo al otro lado de la isla para que lo juzgara y dispusiera de él su hija, la ninfa de la sagrada huerta de naranjos en Deia. Fue escoltado a través de la llanura y de las montañas escarpadas por un grupo de hombres desnudos, pertenecientes a la hermandad de la Cabra; pero por orden de la gran sacerdotisa, éstos se abstuvieron de conversar con él durante el camino. No se detuvieron ni un instante en su viaje, a paso ligero, excepto para postrarse ante un enorme monumento de piedra que se hallaba al borde del camino y donde, de niños, habían sido iniciados en los ritos de su hermandad. En tres ocasiones llegaron a la confluencia de tres caminos y las tres veces dieron una gran vuelta para no acercarse al matorral triangular rodeado de piedras. Anceo se alegró al ver cómo se respetaba a la Triple Diosa, a quien están consagrados estos recintos.
Cuando por fin llegó a Deia, muy fatigado y con los pies doloridos, Anceo encontró a la ninfa de las Naranjas sentada muy erguida sobre una piedra, cerca de un manantial caudaloso que brotaba con fuerza de la roca de granito y regaba la huerta. Aquí la montaña, cubierta por una espesura de olivos silvestres y encinas, descendía bruscamente hacia el mar, quinientos pies más abajo, salpicado aquel día hasta la línea del horizonte por pequeñas manchas de bruma que parecían ovejas paciendo.
Cuando la ninfa se dirigió a él, Anceo respondió con reverencia, utilizando la lengua pelasga y manteniendo la mirada fija en el suelo. Todas las sacerdotisas de la Triple Diosa poseen la facultad de echar el mal de ojo que, como bien sabía Anceo, puede convertir el espíritu de un hombre en agua y su cuerpo en piedra, y puede debilitar a cualquier animal que se cruza en su camino, hasta causarle la muerte. Las serpientcs oraculares que cuidan estas sacerdotisas tienen el mismo poder terrible sobre pájaros, ratones y conejos. Anceo también sabía que no debía decirle nada a la ninfa excepto en respuesta a sus preguntas, y aun entonces hablar con la mayor brevedad y en el tono más humilde posible.
La ninfa mandó retirarse a los hombres-cabra y éstos se apartaron un poco, sentándose todos en fila al borde de una roca hasta que volviera a llamarlos. Eran gentes tranquilas y sencillas, con ojos azules y piernas cortas y musculosas. En lugar de abrigar sus cuerpos con ropas los untaban con el jugo de lentisco mezclado con grasa de cerdo. Cada uno llevaba colgado a un lado del cuerpo un zurrón de piel de cabra lleno de piedras pulidas por el mar; en la mano llevaban una honda, otra enrollada en la cabeza y una más que les servía de taparrabo. Suponían que pronto la ninfa les ordenaría que acabasen con el forastero, y ya debatían amistosamente entre sí quién iba a tirar la primera piedra, quién la segunda, y si iban a permitirle salir con ventaja para darle caza montaña abajo o iban a hacerle pedazos cuando se acercara a ellos, apuntando cada uno a una parte distinta de su cuerpo.
La huerta de naranjos contenía cincuenta árboles y rodeaba un santuario de roca habitado por una serpiente de tamaño descomunal que las otras ninfas, las cincuenta Hespérides, alimentaban diariamente con una fina pasta hecha de harina de cebada y leche de cabra. El santuario estaba consagrado a un antiguo héroe que había traído la naranja a Mallorca desde algún país en las lejanas riberas del océano. Su nombre había quedado olvidado y se referían a él simplemente como «el Benefactor»; la serpiente se llamaba igual que él porque había sido engendrada de su médula y su espíritu le daba vida. La naranja es una fruta redonda y perfumada, desconocida en el resto del mundo civilizado, que al crecer es primero verde, después dorada y tiene una corteza caliente y la pulpa fresca, dulce y firme. Crece en un árbol de tronco liso, con hojas brillantes y ramas espinosas, y madura en pleno invierno, al revés de los demás frutos. No se come cualquier día en Mallorca, sino sólo una vez al año, en el solsticio de invierno, después de la ritual masticación de ladierno y de otras hierbas purgantes; si se come de esta forma la naranja concede una larga vida, pero es un fruto tan sagrado que en cualquier otro momento basta con catarla para que sobrevenga la muerte inmediata, a no ser que la propia ninfa de las Naranjas la administre.
En estas islas, gracias a la naranja, tanto los hombres como las mujeres viven tanto tiempo como desean; por regla general sólo deciden morir cuando se dan cuenta de que están convirtiéndose en una carga para sus amigos por la lentitud de sus movimientos o la insipidez de su conversación. Entonces, por cortesía, se marchan sin despedirse de sus seres queridos ni crear ningún alboroto en la cueva —pues todos viven en cuevas— escabulléndose sin decir nada, y se arrojan de cabeza desde una roca, complaciendo de este modo a la diosa quien aborrece toda queja y dolor innecesarios y premia a estos suicidas con funerales distinguidos y alegres.
La ninfa de las Naranjas era alta y hermosa. Llevaba una falda acampanada y con volantes al estilo cretense, de un tejido teñido del color de la naranja con tintura de brezo, y por arriba, como prenda única, llevaba puesto un chaleco verde de manga corta sin abrochar delante, mostrando así la esplendidez y la plenitud de sus senos. Los símbolos de su cargo eran un cinturón formado por innumerables piezas de oro eslabonadas en forma de serpiente con ojos de piedras preciosas, un collar de naranjas verdes secas, y una cofia alta bordada con perlas y coronada con el disco de oro de la luna llena. Había dado a luz a cuatro hermosas niñas, de las cuales la más pequeña la sucedería un día en su cargo, al igual que ella, que era la menor de sus hermanas, sucedería un día a su madre, la gran sacerdotisa en Drach. Estas cuatro niñas, como aún no tenían edad suficiente para ser ninfas, eran doncellas cazadoras, muy diestras en el manejo de la honda y salían con los hombres para darles buena suerte en la caza. La doncella, la ninfa y la madre forman la eterna trinidad en la isla, y la diosa, a quien se venera allí en cada uno de estos aspectos, representados por la luna nueva, la luna llena y la luna menguante, es la deidad soberana. Es ella la que infunde la fertilidad en aquellos árboles y plantas de los que depende la vida humana. ¿No es acaso bien sabido que todo lo verde brota mientras la luna crece y deja de crecer mientras la luna mengua, y que sólo la caliente y rebelde cebolla no obedece sus fases mensuales? Sin embargo, el sol, su hijo varón, que nace y muere cada año, la asiste con sus cálidas emanaciones. Esta era la razón por la que el único hijo varón parido por la ninfa de las Naranjas, puesto que era la encarnación del sol, había sido sacrificado a la diosa, según la costumbre, mezclándose seguidamente los trozos despedidos de su carne con la semilla de la cebada para asegurar una abundante cosecha.
A la ninfa le sorprendió descubrir que la lengua pelasga que hablaba Anceo se parecía mucho a la de las islas. Pero aunque se alegró de poderle interrogar sin verse obligada a recurrir a la pesada tarea de hacer gestos y de trazar dibujos sobre la arcilla con una varita, por otra parte se sintió un poco preocupada al pensar que quizás Anceo había estado conversando con los hombres-cabra sobre asuntos que tanto ella como su madre tenían por norma que ellos desconociesen. Lo primero que le preguntó fue:
—¿Eres cretense?
—No, sagrada ninfa —contestó Anceo—; soy pelasgo, de la isla de Samos en el mar Egeo, y por lo tanto no soy más que primo de los cretenses. Pero mis señores son griegos.
—Eres un viejo y feo despojo humano —dijo ella.
—Perdóname, sagrada ninfa —le contestó—. He llevado una vida muy dura.
Cuando le preguntó por qué lo habían abandonado en la costa de Mallorca, respondió que había sido desterrado de Samos por su obstinada observancia del antiguo ritual de la diosa —pues últimamente los samios habían introducido el nuevo ritual olímpico que ofendía su alma religiosa— y él, sabiendo que en Mallorca se veneraba a la diosa con inocencia primitiva, le había pedido al capitán del barco que lo desembarcara allí.
—Es curioso —observó la ninfa—. Tu historia me recuerda la de un campeón llamado Hércules que visitó nuestra isla hace muchos años cuando mi madre era la ninfa de este huerto. No puedo contarte los pormenores de su historia, porque mi madre no gustaba de hablar de ella durante mi infancia, pero eso sí que me consta: Hércules fue enviado por su señor, el rey Euristeo de Micenas (dondequiera que esté Micenas) a recorrer el mundo para realizar una serie de trabajos que a primera vista parecían imposibles, y todo, según dijo, por su obstinada devoción hacia los antiguos rituales de la diosa. Llegó en canoa y desembarcó en la isla, anunciando con sorprendente osadía que había venido en nombre de la diosa a recoger un cesto de naranjas sagradas de esta huerta. Era un hombre—león y por este motivo llamaba mucho la atención en Mallorca, donde no tenemos ninguna hermandad del León ni entre los hombres ni entre las mujeres, y además estaba dotado de una fuerza colosal y de un prodigioso apetito por la comida, la bebida y los placeres del amor. Mi madre se encaprichó con él y le dio las naranjas generosamente, y además lo honró haciéndole su compañero durante la siembra de primavera. ¿Has oído hablar del tal Hércules?
—En una ocasión fui compañero suyo de navío, si os referís a Hércules de Tirinto —respondió Anceo—. Eso fue cuando navegué a los Establos del Sol, a bordo del famoso Argo, y siento deciros que el muy canalla seguramente engañó a vuestra madre. No tenía ningún derecho a pedirle la fruta en nombre de la diosa, pues la diosa le odiaba.
A la ninfa le divirtió su vehemencia y le aseguró que había quedado satisfecha de sus credenciales y que podía levantar los ojos y mirarle a la cara y hablar con ella con un poquito más de familiaridad, si lo deseaba. Pero tuvo cuidado de no ofrecerle la protección formal de la diosa. Le preguntó a qué hermandad pertenecía y él respondió que era un hombre—delfín.
—Ah —exclamó la ninfa—. Cuando me iniciaron en los ritos de las ninfas por primera vez y me dejé acompañar por hombres en el surco abierto después de la siembra, fue con nueve hombres—delfín. El que elegí como preferido se convirtió en campeón solar, o rey de la guerra, para el año siguiente, según nuestras costumbres. Nuestros delfines forman una hermandad pequeña y muy antigua y se distinguen por su talento musical que supera incluso al de los hombres—foca.
—El delfín responde a la música de forma encantadora —asintió Anceo.
—Sin embargo —continuó la ninfa—, cuando di a luz, no tuve una niña a la que hubiera conservado, sino un niño; y a su debido tiempo mi hijo regresó, despedazado, al surco del cual había salido. La diosa se llevó lo que había dado. Desde entonces no me he atrevido a dejarme acompañar por ningún hombre—delfín, pues considero que esta sociedad me trae mala suerte. A ningún hijo varón de nuestra familia se le permite vivir más allá de la segunda siembra.
Anceo tuvo el valor de preguntar:
—¿Es que ninguna ninfa o sacerdotisa (ya que las sacerdotisas tienen tanto poder en esta isla) ha intentado jamás entregarle su propio hijo varón, en secreto, a una madre adoptiva, criando a la hija de esta madre en su lugar, para que ambas criaturas puedan sobrevivir?
—Puede que en tu isla se practiquen trucos de esta clase, Anceo —le respondió severamente la ninfa—, pero en la nuestra no. Aquí ninguna mujer engaña jamás a la Triple Diosa.
—Naturalmente, sagrada ninfa —respondió Anceo—. Nadie puede engañar a la diosa.
Pero volvió a preguntar:
—¿No es quizás vuestra costumbre, si una ninfa real siente un afecto fuera de lo común por su hijo varón, sacrificar en su lugar un becerro o un cabrito, envolviéndolo en las ropas del pequeño y poniéndole sandalias en los pies? En mi isla se supone que la diosa cierra los ojos ante tales sustituciones y que luego los campos rinden con la misma abundancia. Es únicamente después de una mala estación, cuando el grano se agosta o no crece, que se sacrifica a un niño en la siguiente siembra. Y aun así, siempre es un niño de padres pobres, no de estirpe real.
La ninfa volvió a responder con el mismo tono severo:
—En nuestra isla no. Aquí ninguna mujer se burla jamás de la Triple Diosa. Por eso prosperamos. Esta es la isla de la inocencia y de la calma.
Anceo asintió diciendo que desde luego era la isla más agradable de los cientos que había visitado en sus viajes, sin exceptuar la suya, Samos, llamada Isla Florida.
—Estoy dispuesta a escuchar tu relato —dijo entonces la ninfa—, si no es aburrido. ¿Cómo es que tus primos, los cretenses, han dejado de visitar estas islas como hacían antaño, en tiempos de mi bisabuela, conversando con nosotros con buenas maneras en un lenguaje que, aunque no era el nuestro, podíamos entender muy bien? ¿Quiénes son estos griegos, tus señores, que vienen en los mismos barcos que en un tiempo usaron los cretenses? Vienen a vender las mismas mercancías —jarrones, aceite de oliva, tinturas, joyas, lino, muelas de esmeril y excelentes armas de bronce—, pero utilizan el carnero en lugar del toro como mascarón de proa y hablan en una lengua ininteligible y regatean con unos modales groseros y amenazantes, y miran impúdicamente a las mujeres y roban cualquier pequeño objeto que encuentran en su camino. No nos gusta nada comerciar con ellos y muchas veces les hacemos marchar con las manos vacías, rompiéndoles los dientes con los tiros de nuestras hondas y abollando sus cascos de metal con piedras grandes.
Anceo explicó que la tierra al norte de Creta, que en un tiempo había sido conocida por Pelasgia, se llamaba ahora Grecia en honor de sus nuevos señores. La habitaba una población notablemente mixta. Los pobladores más antiguos eran los pelasgos terrestres quienes, según se cuenta, habían salido de los dientes desparramados de la serpiente Ofión cuando la Triple Diosa la había despedazado. A estos pobladores se unieron primero los colonos cretenses de Cnosos, luego los colonos henetes de Asia Menor, mezclados con los etíopes de Egipto, cuyo poderoso rey Pélope dio su nombre a la parte sur de estas tierras, el Peloponeso, y construyó ciudades con enormes murallas de piedras y tumbas de mármol blanco en forma de colmena como las chozas africanas; y finalmente los griegos, un pueblo bárbaro dedicado al pastoreo, procedentes del norte, más allá del río Danubio, que bajaron a través de Tesalia en tres invasiones sucesivas y acabaron tomando posesión de todas las fuertes ciudades peloponesas. Estos griegos gobernaron a las otras gentes de forma insolente y arbitraria. Y por desgracia, sagrada ninfa —dijo Anceo—, nuestros señores adoran al Triple Dios como deidad soberana y odian en secreto a la Triple Diosa.
La ninfa se preguntó si no habría entendido mal sus palabras.
—Y ¿quién podría ser el dios padre? —preguntó—. ¿Cómo es posible que una tribu adore a un padre? ¿Qué es un padre sino el instrumento que una mujer utiliza de vez en cuando para su placer y para poderse convertir en madre?
Empezó a reír con desdén y exclamó:
—Por el Benefactor, juro que esta historia es la más absurda que jamás he oído. ¡Padres, nada menos! Supongo que estos padres griegos amamantan a sus hijos y siembran la cebada y cabrahígan las higueras y dictan las leyes y, en una palabra, realizan todas las demás tareas de responsabilidad propias de la mujer, ¿no?
Estaba tan irritada que dio unos golpecitos con el pie sobre una piedra y la cara se le oscureció con el calor de su sangre.
Al advertir su irritación cada uno de los hombres-cabra tomó silenciosamente una piedrecita de su zurrón y la colocó en la tira de cuero de su honda. Pero Anceo respondió en tono apacible y suave, bajando de nuevo la mirada. Comentó que en este mundo había muchas costumbres extrañas y muchas tribus que a los ojos de otros parecían estar dementes.
—Me gustaría mostraros los mosinos de la costa del mar Negro, sagrada ninfa —le dijo—, con sus castillos de madera y sus niños tatuados que son increíblemente gordos y se alimentan de tortas de castañas. Viven junto a las amazonas que son tan raras como ellos... Y en cuanto a los griegos, su razonamiento es el siguiente: ya que las mujeres dependen de los hombres para su maternidad —pues no les basta el viento para llenar de nueva vida sus matrices, como ocurre con las yeguas ibéricas—, los hombres son, en consecuencia, más importantes que ellas.
—Pero es un razonamiento de locos —exclamó la ninfa—. Es como si pretendieras que esta astilla de pino es más importante que yo misma porque la utilizo para mondarme los dientes. La mujer, y no el hombre, es siempre la principal: ella es el agente, él siempre el instrumento. Ella da las órdenes, él obedece. ¿No es acaso la mujer quien elige al hombre y le vence con la dulzura de su presencia, y le ordena que se acueste boca arriba en el surco y allí, cabalgando sobre él, como sobre un potro salvaje domado a su voluntad toma de él su placer y cuando ha terminado le deja tumbado como un hombre muerto? ¿No es la mujer quien gobierna en la cueva, y si cualquiera de sus amantes la enoja por su malhumor o su pereza le amonesta tres veces consecutivas para que coja todas sus cosas y se marche al alojamiento de su hermandad?
—Con los griegos —dijo Anceo apresuradamente y con voz apagada— la costumbre es exactamente la contraria. Cada hombre elige a la mujer que desea convertir en la madre de su hijo (pues así le llama), la vence con la fuerza de sus deseos y le ordena que se acueste boca arriba en el lugar que más le convenga y entonces, montándose, toma de ella su placer. En la casa es él el amo, y si la mujer le enoja por su forma de importunarle o por su comportamiento obsceno, la golpea con la mano; y si con esto no consigue que cambie su conducta, la manda a casa de su padre con todas las cosas que ha traído consigo y da sus hijos a una esclava para que se los críe. Pero, sagrada ninfa, no os enfadéis, ¡os lo ruego por la diosa! Yo soy pelasgo, detesto a los griegos y sus costumbres y únicamente estoy obedeciendo vuestras instrucciones, como es mi deber, al contestaros a estas preguntas.
La ninfa se contentó con decir que los griegos debían ser las personas más impías y más asquerosas del mundo, peor aún que los monos africanos —si, en efecto, Anceo no se estaba burlando de ella—. Volvió a interrogarle acerca de la siembra de la cebada y la cabrahigadura de las higueras: ¿cómo se las arreglaban los hombres para obtener pan o higos sin la intervención de la diosa?
—Sagrada ninfa —respondió Anceo—: cuando los griegos se instalaron por primera vez en Pelasgia eran un pueblo de pastores, que sólo se alimentaba de carne asada, queso, leche, miel y ensaladas silvestres. Por consiguiente, nada sabían acerca del ritual de la siembra de la cebada ni del cultivo de ninguna fruta.
—Estos griegos dementes —dijo ella, interrumpiéndole—, supongo entonces que bajaron del norte sin sus mujeres, como hacen los zánganos, que son los padres ociosos entre las abejas, cuando se marchan de la colmena y forman una colonia aparte, separados de su abeja reina, y comen inmundicias en lugar de miel, ¿no es así?
—No —dijo Anceo—. Trajeron consigo a sus propias mujeres, pero estas mujeres estaban acostumbradas a lo que a ti te parecerá una forma de vida indecente y vuelta del revés. Cuidaban del ganado, y los hombres las vendían y las compraban como si ellas también fueran ganado.
—Me niego a creer que los hombres puedan comprar o vender mujeres —exclamó la ninfa—. Es evidente que te han informado mal sobre este punto. Pero, dime, ¿continuaron durante mucho tiempo estos sucios griegos con esta forma de vida, una vez instalados en Pelasgia?
—Las primeras dos tribus invasoras, los jonios y los eolios —contestó Anceo—, que llevaban armas de bronce, no tardaron en rendirse ante el poderío de la diosa al ver que ella consentía en adoptar a sus dioses varones como hijos suyos. Renunciaron a muchas de sus bárbaras costumbres y cuando, poco después, les persuadieron de comer el pan cocido por los pelasgos y descubrieron que tenía un sabor agradable y propiedades sagradas, uno de ellos, llamado Triptólemo, le pidió permiso a la diosa para poder sembrar él mismo la cebada, pues estaba convencido de que los hombres podrían hacerlo con casi tanto éxito como las mujeres. Dijo que deseaba, si es que era posible, evitarles a las mujeres un trabajo y una preocupación innecesarios, y la diosa, indulgente, consintió.
La ninfa se rió hasta que las laderas de la montaña devolvieron el eco de su risa, y desde su roca los hombres-cabra corearon sus carcajadas, revolcándose de alegría, aunque no tenían la menor idea de por qué se estaba riendo.
—¡Qué estupenda cosecha debió de recoger este tal Triptólemo! —le dijo a Anceo—. ¡Todo serían amapolas, beleño y cardos!
Anceo tuvo la suficiente prudencia como para no contradecirla. Empezó a hablarle de la tercera tribu de los griegos, los aqueos, cuyas armas eran de hierro, y de su insolente comportamiento ante la diosa y de cómo instituyeron la familia divina del Olimpo; pero observó que ella no le escuchaba y desistió.
—Vamos a ver, Anceo —le dijo en tono burlón—. Dime, ¿cómo se determinan los clanes entre los griegos? Supongo que no me irás a decir que son clanes masculinos en lugar de femeninos y que determinan las generaciones a través de los padres en lugar de las madres, ¿verdad?
Anceo asintió lentamente con la cabeza, como si se viera forzado a admitir un absurdo gracias a la astucia del interrogatorio de la ninfa.
—Sí —dijo, desde la llegada de los aqueos de las armas de hierro, que ocurrió hace muchos años, los clanes masculinos han sustituido a los femeninos en la mayor parte de Grecia. Los jonios y los eolios ya habían introducido grandes innovaciones, pero la llegada de los aqueos lo volvió todo del revés. Los jonios y los eolios, ya por aquel entonces, habían aprendido a calcular la descendencia a través de la madre, pero para los aqueos la paternidad era, y sigue siendo, lo único que tienen en cuenta al determinar su genealogía, y últimamente han conseguido que la mayoría de los eolios y algunos jonios adopten su punto de vista.
—No, no, ¡eso es manifiestamente absurdo! —exclamó la ninfa—. Aunque es claro e indiscutible, por ejemplo, que la pequeña Kore es mi hija, ya que la partera la extrajo de mi cuerpo, ¿cómo puede saberse con certeza quién fue el padre? Pues la fecundación no proviene necesariamente del primer hombre a quien yo gozo en nuestras sagradas orgías. Puede provenir del primero o del noveno.
—Los griegos intentan resolver esta incertidumbre —dijo Anceo— haciendo que cada hombre elija lo que llaman una esposa. Una mujer a quien le está prohibido tener por compañero a nadie que no sea él. Entonces, si ella concibe, no puede discutirse la paternidad.
La ninfa le miró de hito en hito y le dijo:
—Tienes una respuesta para todo. Pero ¿acaso esperas que me crea que se puede gobernar y guardar hasta tal punto a las mujeres que se les impida disfrutar de cualquier hombre que les apetezca? Imagínate que una mujer joven se convirtiera en la esposa de un hombre viejo, feo y desfigurado como tú. ¿Cómo podría ella consentir jamás en ser su compañera?
Anceo sostuvo su mirada y le respondió:
—Los griegos profesan que pueden controlar así a sus esposas. Pero admito que muchas veces no lo consiguen, y que a veces una mujer tiene relaciones secretas con un hombre de quien no es la esposa. Entonces su esposo se pone celoso e intenta matarlos a los dos, a su esposa y a su amante, y si los dos hombres son reyes, llevan a sus pueblos a la guerra y sobreviene gran derramamiento de sangre.
—Eso no lo pongo en duda —dijo la ninfa—. En primer lugar no deberían decir mentiras, ni luego emprender lo que no son capaces de realizar, dando así lugar a los celos. A menudo me he dado cuenta de que los hombres son absurdamente celosos: es más, después de su falta de honestidad y su charlatanería, diría que es su principal característica. Pero cuéntame, ¿qué les ocurrió a los cretenses?
—Fueron vencidos por Teseo el griego, a quien ayudó a conseguir la victoria un tal Dédalo, famoso artesano e inventor —dijo Anceo.
—¿Qué fue lo que inventó? —preguntó la ninfa.
—Entre otras cosas —contestó Anceo—, construyó toros de metal que bramían artificialmente cuando se encendía un fuego bajo sus vientres; también estatuas de madera de la diosa que parecían de carne y hueso pues las extremidades articuladas podían moverse en cualquier dirección, como si fuese un milagro, y, además, los ojos podían abrirse o cerrarse tirando de un cordón oculto.
—¿Aún vive este Dédalo? —preguntó la ninfa—. Me gustaría conocerlo.
—Por desgracia ya no —contestó Anceo—. Todos estos acontecimientos ocurrieron mucho antes de mis tiempos.
Ella insistió:
—Pero ¿verdad que me podrás decir cómo estaban hechas las articulaciones de las estatuas para que las extremidades pudieran moverse en cualquier dirección?
—Sin duda debían girar en un hueco esférico —dijo él, doblando su puño derecho y girándolo en el hueco formado por los dedos de la mano izquierda para que comprendiera en seguida lo que quería decir—. Pues Dédalo inventó la articulación esférica. En todo caso, gracias a un invento de Dédalo quedó destruida la flota de los cretenses, y por esto ya no son ellos quienes visitan vuestra isla, sino únicamente los griegos y algún que otro pelasgo, tracio o frigio.
—La madre de mi madre me contó —dijo la ninfa— que, aunque los cretenses adoraban a la diosa con casi tanta reverencia como nosotros, su religión difería de la nuestra en muchos aspectos. Por ejemplo, la gran sacerdotisa no elegía a un campeón solar sólo para un año. El hombre que ella elegía reinaba algunas veces durante nueve años o más, negándose a dimitir de su cargo porque alegaba que la experiencia trae consigo la sagacidad. Le llamaban el sacerdote de Minos, o el rey Toro, pues la hermandad del Toro se había convertido en la hermandad suprema de aquella isla. Los hombres-ciervo, los hombres-caballo y los hombres-carnero jamás se atrevieron a luchar por obtener el trono de la guerra, y la gran sacerdotisa solamente se dejaba acompañar por hombres-toro. Aquí mi madre y yo distribuimos nuestros favores por un igual entre todas las hermandades. No es prudente dejar que una sola hermandad obtenga la supremacía, ni dejar gue un rey reine más de dos o tres años a lo sumo; los hombres se dejan llevar fácilmente por la insolencia si no se les mantiene en el lugar que les corresponde, y entonces se creen ser casi iguales a las mujeres. Con la insolencia se destruyen a sí mismos y para colmo hacen enojar a las mujeres. Sin duda alguna esto fue lo que debió de ocurrir en Creta.
Mientras aún conversaban, hizo una señal secreta a los hombres-cabra para que se llevaran a Anceo fuera de su vista y después le dieran caza hasta matarlo con sus hondas. Pues decidió que a un hombre que podía contar historias tan perturbadoras e indecentes no se le podía permitir seguir con vida en la isla, ni siquiera un momento más, ahora que ya le había contado lo que quería saber sobre la forma de articular las estatuas de madera. Temía el daño que podría ocasionar si inquietaba las mentes de los hombres. Además era un viejo encorvado, calvo y feo, un exiliado, y un hombre—delfín que no le traería buena suerte a la huerta.
Los hombres-cabra se postraron en reverencia ante la ninfa de las Naranjas y luego, incorporándose, obedecieron sus órdenes con alegría. La persecución no fue larga.
(Traducido por Lucía Graves)

Eudora Welty:Por qué vivo en la oficina de correos

Por Qué Vivo En La Oficina De Correos 


Yo me llevaba de maravilla con mamá, Papá-Daddy y el tío Rondo hasta que volvió a casa mi hermana Stella-Rondo, que se había separado de su marido. ¡El señor Whitaker! Fui yo la que salió primero con el señor Whitaker cuando apareció en China Grove haciendo fotos de esas de «pose usted mismo», pero Stella-Rondo consiguió separarnos. Le dijo que yo era asimétrica, ya sabéis, más grande de un lado que de otro, que no es más que una mentira malintencionada. Yo soy normal. Stella-Rondo es justo doce meses más pequeña que yo y precisamente por eso es la niña mimada.
Ella conseguía siempre lo que se le antojaba, para luego destrozarlo. Papá-Daddy le regaló un precioso collar cuando tenía ocho años y lo rompió jugando al béisbol a los nueve.

Y en cuanto se casó y se marchó de casa, lo primero que se le ocurrió fue separarse. ¡Del señor
Whitaker! El fotógrafo de ojos saltones en quien decía que confiaba tanto. Y volvió a casa desde uno de esos pueblecitos de Illinois y, ante nuestra absoluta sorpresa, con una hija de dos años.
Mamá se llevó un susto de muerte, según dijo, cuando la vio aparecer.
—Te presentas  aquí con esta niñita rubia tan preciosa de la que ni a tu  propia madre habías escrito una palabra —dice mamá—. Me avergüenzo de ti. —Pero se veía que no se avergonzaba de ella.
Y Stella-Rondo va y sin inmutarse se quita muy tranquila aquel sombrero; tendríais que haberlo visto. Y va y dice:
—Pero, mamá, Shirley-T. es adoptada. Puedo demostrarlo.
—¿Cómo? —dice mamá; aunque yo dije solo:
—¡ Mmmmm !
Yo estaba en la cocina, intentando que dos pollos dieran para cinco personas y, además, para una niñita absolutamente inesperada.
—¿Qué quieres decir con ese «Mmmmm»? —me preguntó Stella-Rondo. Y mamá va y dice:
—Lo he oído, Hermana.
Bueno, les aclaré que no quería decir nada, solo que fuera quien fuese Shirley-T., era la viva imagen de Papá-Daddy si se afeitara, lo cual, desde luego, no haría por nada del mundo. Papá- Daddy es el padre de mamá y tiene muy mal genio.
Stella-Rondo se puso furiosa.
—Hermana —dijo—. Todo el mundo sabe que eres una histérica. Siempre lo has sido. Te agradeceré que no vuelvas a hacer comentarios de ningún tipo sobre mi hija adoptiva.
—Está bien —contesté—. Está bien, está bien. En fin, yo he visto enseguida que se parecía también a la familia del señor Whitaker. Ese ceño. Es como un cruce de Papá-Daddy y el señor Whitaker.
—Bueno. Pues yo te digo que no lo es.
—Ay, a mí me parece la viva imagen de Shirley Temple —dice mamá, pero Shirley-T. se zafó enseguida de ella.
En fin, lo primero que hizo Stella-Rondo en la mesa fue poner a Papá-Daddy en mi contra. Va y le dice:
—¡Papá-Daddy! —Él se había puesto a cortar la carne—. ¡Papá-Daddy! —A mí me cogió de sorpresa.
Papá-Daddy tiene como un millón de años y una  barba larguísima—. Papá-Daddy, Hermana dice que no entiende por qué no te cortas la barba.
Papá-Daddy dejó el tenedor y el cuchillo. Papá-Daddy es muy rico, mamá dice que lo es; él dice que no lo es. Bueno, pues va y dice:
—¿He oído bien? ¡Así que no comprendes por qué no me corto la barba!
—¡Oh, Papá-Daddy! —contesto yo—, pues claro que lo comprendo. Yo no he dicho semejante cosa; qué tontería.
—¡Descarada! —dice él.
—¡Papá-Daddy —exclamo yo—, tú sabes perfectamente que no tengo el menor interés en que te cortes la barba! ¡Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza tal cosa! Eso se lo ha inventado Stella- Rondo mientras se comía ahí sentada una pechuga de pollo.
Pero él va y me contesta:
—Así que la administradora de correos no consigue entender por qué no me corto la barba. Tienes el trabajo que tienes gracias a mis influencias en el gobierno. Un nido de pájaros le llamas tú, ¿verdad?
Esto no quiere decir que no sea la segunda oficina de todo el estado de Mississippi, empezando por las más pequeñas, claro.
—¡Oh, vamos, Papá-Daddy! —le digo—. Yo nunca he dicho semejante cosa —insisto—. Nunca he dicho que fuera un nido de pájaros y siempre me he sentido agradecida, aunque por su tamaño sea la penúltima oficina de correos de todo el estado de Mississippi, y, la verdad, he de decirte que no me hace ninguna gracia que mi propio abuelo me llame descarada.
Pero Stella-Rondo va y suelta:
—Claro que lo has dicho. Te ha podido oír todo el que tenga oídos.
—¡Ya basta! —grita mamá mirándome a mí.
Así que puse otra vez la servilleta en el servilletero y me levanté de la mesa. Nada más salir de la habitación, oigo que mamá ordena:
—Llámala y dile que vuelva o se morirá de hambre. Pero Papá-Daddy dice:
—Esta es la barba que empezó a crecerme en la costa cuando tenía quince años...
Y hubiera seguido hasta el anochecer si Shirley-T. no hubiera perdido las Milky Way que había comido en Cairo.
Y Papá-Daddy va y dice:
—Voy a echarme en la hamaca; podéis seguir aquí sentados, pero no olvidéis esto: no me cortaré la barba ni siquiera un milímetro mientras viva, me da igual lo que digáis.
Pasó junto a mí en la entrada y salió al patio, directo hacia la hamaca.
Debía de ser un día festivo, pues no pasaron cinco minutos cuando apareció de pronto el tío Rondo en el vestíbulo, con un quimono encarnado de Stella-Rondo, todo cortado al sesgo, seguramente una prenda que al señor Whitaker debía de parecerle magnífica.
—¡Tío Rondo! —le digo—. ¡Note he reconocido! ¿Adónde vas?
—Hermana —contesta él—. Quítate de mi camino. Estoy envenenado.
—Pues entonces procura no acercarte a Papá-Daddy —le digo—. Mejor que ni siquiera te acerques a la hamaca. Te aseguro que si te pones a su alcance te pegará. Está convencido de que dije a propósito que debía cortarse la barba, pese a haberme conseguido el trabajo de correos; le he dicho y repetido una y mil veces que es mentira, pero hace como si no me oyera. Debe de haberse quedado sordo como una tapia.
—Pues ha elegido un buen día —dice el tío  Rondo; y desapareció hacia el patio sin darme tiempo a abrir la boca.
Se había bebido otra botella de aquella receta. Siempre lo hace el Cuatro de Julio, y cuesta muchísimo dinero. Luego va y se tumba a roncar en la hamaca. Hacia ella iba, caminando en zigzag como un tonto.
Papá-Daddy despertó con aquel grito horrible y, sin moverse un milímetro, allí mismo, intentó poner al tío Rondo en mi contra. Oí todo lo que dijo. Le contó que yo no había aprendido a leer hasta los ocho años y que no comprendía cómo diablos me las arreglaba para hacer mi trabajo en correos, y le dijo que no se  imaginaba siquiera las cosas que había tenido que hacer para conseguirme aquel empleo. Y añadió que, en cambio, Stella-Rondo le parecía inteligentísima y que tenía mucho mérito por haberse marchado del pueblo. Todo esto lo decía allí tumbado en la hamaca. En fin, el tío Rondo estaba demasiado mareado para ponerse en mi contra, de momento. Es el único hermano de mamá y es un caso perfecto de mentalidad unilateral. Todo el mundo lo sabe. Es boticario titulado.
Y justo entonces oí que Stella-Rondo abría las ventanas de arriba. Desde que se casó, se le metió en la cabeza la extraña idea de que se está más fresco con las ventanas herméticamente cerradas.
Así que tiene que abrir la ventana si quiere que la oigan fuera.
Va y sube la ventana y dice:
—¡ Oh! —Parecía herida de muerte.
El tío Rondo y Papá-Daddy ni siquiera alzaron la vista; siguieron como si nada. A mí se me escapó la risa.
Corrí escaleras arriba, abrí la puerta de un empujón y voy y le digo:
—¿Se puede saber qué pasa, Stella-Rondo? ¿Acaso estás herida de muerte?
—No —me contesta—. No estoy herida de muerte, pero quisiera que me hicieras el favor de asomarte a esta ventana y decirme lo que ves.
Así que me protegí los ojos y me asomé a la ventana.
—Veo el patio de delante —digo yo.
—¿Y no ves seres humanos? —dice ella.
—Veo al tío Rondo intentando echar a Papá-Daddy de la hamaca —respondo—. Solo eso. Y, la verdad, hace un calor tan sofocante en la casa, con todas las ventanas herméticamente cerradas, que el que no quiera volverse loco tiene que salir a sentarse en la hamaca antes de que termine el Cuatro de Julio.
—Pero ¿no notas algo raro en el tío Rondo? —pregunta Stella-Rondo.
—Pues no, a no ser que te refieras a ese espantoso disfraz encarnado que lleva; desde luego no me haría ninguna gracia morirme con eso puesto... Yo no veo nada más —le contesto.
—No te preocupes, no te morirás con eso puesto, porque da la casualidad de que forma parte de mi ajuar y el señor Whitaker me hizo montones de fotografías vestida con eso —dice Stella-Rondo—.
Pero qué diablos pretenderá el tío Rondo poniéndose mi quimono y saliendo fuera, sin decir siquiera esta boca es mía, sabiendo que he llegado a casa esta mañana recién separada y que con lo nerviosísima que estaba lo he colgado en la puerta del cuarto de baño...
—Mira, hermana, yo no tengo ni idea. ¿Qué quieres que haga? —le digo—. ¿Que me tire por la ventana?
—No, no quiero que hagas nada de eso. Pero, la verdad, parece un payaso con esa bata. Es solo eso —asegura—. Me revuelve el estómago.
—Pues le sienta bastante bien —digo—. Todo lo bien que le puede sentar a alguien. Así que salí en defensa del tío Rondo, que conste. Y añadí:
—Me parece que yo, en tu caso, si acabara de presentarme en casa con una criatura de dos años, de la que nunca hubiera dicho ni palabra, y sin dar explicación de ningún tipo de mi separación, me cuidaría muy mucho de ponerme a criticar así, tan a la ligera.
—Nada más llegar a esta casa te he pedido que no hicieras comentarios sobre mi hija adoptiva y me has dado palabra de honor de que no los harías —fue todo lo que dijo Stella-Rondo, y se puso a depilarse las cejas con unas pinzas baratísimas.
Así que me limité a cerrar de golpe la puerta al salir, y bajé a preparar unos tomatitos verdes encurtidos. Alguien tenía que hacerlo. Mamá, claro, había dado el día libre a las dos negras;
siempre dice que no habría forma humana de retenerlas en casa el Cuatro de Julio. Así que, claro,
ni siquiera lo intenta. Resulta que Jaypan se cayó al lago y por poco se ahoga.
Y cuando estoy en la cocina aparece mamá corriendo. Y va y dice, muy enfurruñada:
—Mmmmm... Al tío Rondo en el estado en que se encuentra no creo que le siente muy bien eso. Y menos todavía a la pobrecita Shirley-T., la adoptada. ¡Debería darte vergüenza!
En fin, esto me fastidió, la verdad.
—¡Vaya! Menos mal que es Stella-Rondo y no yo quien se ha presentado en casa con esa criatura tan rara. Si llego a ser yo la que vuelve de Illinois con esa chiquilla de dos años... Bueno, tiemblo solo de pensar el recibimiento que me habríais hecho, y lo que diríais si pretendiese además decidir la dieta de toda la familia...
—Será mejor que recuerdes, Hermana, que, en primer lugar, tú no te casaste con el señor Whitaker, ni te marchaste a vivir a Illinois —dice mamá blandiendo una cuchara delante de mis narices—. Pero, de haber sido tú, me habría sentido tan dichosa de veros a ti y a tu preciosa hijita adoptiva como lo estoy de ver a Stella-Rondo y a Shirley-T.
—No lo creo —le respondo.
—No me contradigas —dice mamá.
Le contesté que no me convencería aunque siguiera hablando hasta quedarse afónica. Y añadí:
—Y, además, sabes tan bien como yo que esa niña no es adoptada.
—No existe la menor duda de que lo es —dice mamá, tiesa como un palo.
—Mira, mamá, ten por seguro que es de Stella-Rondo, lo que pasa es que ella se niega a admitirlo.
—Bueno,  chica,  mira  —concluye  mamá—.  Creía  que  íbamos  a  pasar  un  Cuatro  de  Julio agradable y tú empiezas por no creer ni una palabra de lo que dice tu propia hermana pequeña.
—Esa es igual que la prima Anne Flo, que se fue a la tumba negando las verdades de la vida —le recuerdo.
—Ya te advertí que si mencionabas alguna vez a Annie Flo te daría una bofetada —dice mamá, y va y me da una bofetada.
—¡Muy bien! —exclamo yo—. Espera y verás.
—Yo... —empieza mamá—. Yo prefiero fiarme de lo que me dicen mis hijas, siempre que sea humanamente posible.
Bueno, tendríais que ver a mamá. Pesa unos noventa kilos y tiene unos pies pequeñísimos. Y, en aquel mismo instante, se me ocurrió algo espantoso de veras.
—Oye, mamá —le digo—, ¿tú crees que esa cría sabe hablar? Yo no sé si no será...
—¡No tenía más remedio que decirlo!—. Bueno, ya me entiendes —añado—. Te habrás fijado en que no le ha dicho una palabra a nadie desde que han llegado. Es lógico pensarlo —le digo así, con un gesto.
¡Bueno! Mamá y yo nos quedamos mirándonos. ¡Era terrible!
—Recuerdo que Joe Whitaker bebía como un cosaco. Yo creo, la verdad, que tomaba sustancias químicas. —Y, sin que mediara una palabra más, mamá corrió al pie de la escalera y gritó:
—¡Stella-Rondo! ¡Eeeee! ¡Stella-Rondo !
—¿Qué? —contesta Stella-Rondo desde arriba. Ni siquiera tenía la delicadeza de levantarse de la cama.
—¿Sabe hablar esa niña tuya? —pregunta.
—¿Que si sabe qué? —pregunta Stella-Rondo.
—Hablar, hablar —dice mamá—. ¡Blablablablabla! Y Stella-Rondo responde a gritos:
—¿Quién dice que no sabe hablar?
—Lo dice la Hermana —contesta mamá.
—Claro, no hacía falta que lo dijeras. Sé muy bien para quién de esta casa no significa nada la palabra de honor —afirma Stella-Rondo.
Acto seguido la voz yanqui más fuerte que había oído en toda mi vida grita:
—¡Popeye el Marin000 s0000y! —Y alguien empieza a dar brincos en el rellano de arriba.
—¡No solo habla, sino que sabe bailar zapateado! —grita Stella-Rondo—. Que es mucho más de lo que sabe hacer alguien a quien no quiero nombrar.
—¡Ay! Qué niña tan preciosa —exclama mamá, muy sorprendida—. Fíjate qué lista.  —Y empieza a decir niñerías. Luego se vuelve hacia mí y suelta—: Hermana, debería caérsete la cara de vergüenza. Sube ahora mismo y pídeles perdón a Stella-Rondo y a Shirley-T.
—¿Perdón por qué? —pregunto—. Yo solo quería saber si esa cría era normal; ahora que se ha demostrado que lo es, no tengo nada más que decir.
Pero mamá se dio la vuelta de golpe y se fue, muy enfadada. Subió al piso de arriba y abrazó a la niña. Creía que era adoptada. Stella-Rondo consiguió poner a mamá contra mí sin moverse del piso de arriba, mientras yo me quedaba sola y desamparada en la cocina sofocante. Con lo cual ya estaban enfadados conmigo mamá, Papá-Daddy y la niña, los tres del lado de Stella-Rondo.
El siguiente, el tío Rondo.
He de decir que el tío Rondo ha sido extraordinario conmigo en muchas ocasiones y que yo no estaba preparada en absoluto para todo lo que pasó. Stella-Rondo le hizo una vez una cosa horrorosa: rompió una cadena de mensajes de Flanders Field, tras lo cual él le quitó la radio que le había regalado y me la dio a mí. No os imagináis cómo se puso Stella-Rondo; durante seis meses tuvimos que llamarla solo Stella, porque si la llamábamos Stella-Rondo no contestaba. Yo siempre había pensado que el tío Rondo era el cerebro de la familia. En otra ocasión me mandó a Mammoth Cave con todos los gastos pagados.
Pero aquel día, el Cuatro de Julio, era cuando tomaba aquella receta.
Durante la cena, Stella-Rondo alza la voz y dice que creía que el tío Rondo debería comer algo. El tío Rondo dijo que tomaría solo unos bizcochitos y ketchup. Y ella misma se lo sirvió.
—¿Te parece bien ponerte a juguetear con el ketchup vestido con el quimono encarnado de Stella-Rondo? —comento yo. ¡Trataba de ser considerada! Si Stella-Rondo no velaba por su ajuar, alguien tenía que hacerlo.
—¿Alguna objeción? —pregunta el tío Rondo, a punto de verter todo el ketchup.
—No le hagas caso, tío Rondo —dice Stella-Rondo—. Hermana se ha pasado la tarde mirándote desde la ventana de mi cuarto y burlándose de la pinta que tienes.
—¿Qué? —salta el tío Rondo. El tío Rondo tiene un genio terrible. Si le pillas en un mal momento, arma un escándalo por menos de nada.
Y Stella-Rondo va y le dice:
—Hermana ha dicho: «La verdad es que el tío Rondo parece un payaso con ese quimono encarnado».
¿Recordáis quién lo ha dicho? ¿Lo recordáis?
El tío Rondo vierte todo el ketchup, se levanta de un salto de la silla, se quita furioso el quimono, lo tira al suelo sucio, lo pisotea. No habrá más remedio que mandarlo a Jackson a limpiar y plisar.
—¿Así que es eso lo que piensas de tu tío? —dice—. Parezco un payaso, ¿eh? ¡Bien! Esto es la gota que colma el vaso. Todo el santo día en casa sin nada que hacer y ahora resulta que te dedicas a hacer ese tipo de comentarios a mis espaldas...
—Yo no he dicho nada de eso, tío Rondo —respondo—. Pero tampoco diré quién lo ha dicho. Creo que te sienta muy bien el quimono. Cálmate y procura no comer y hablar al mismo tiempo — añado—. Creo que lo mejor sería que te echaras.
—Majaderías —dice el tío Rondo. Tendría que haberme dado cuenta de que se disponía a hacer algo espantoso. Claro que, en el precario estado en que se encontraba aquella noche, se tuvo que limitar a jugar al casino con Stella-Rondo, mamá y Shirley-T.; le dio a Shirley-T. una moneda con cara por ambos lados. La niña se quedó encantada con la moneda, y le llamó «papi». Pero a la mañana siguiente, a las seis y media, el tío Rondo tiró todo un paquete de cinco centavos de unos petardos que no habrían vendido en la tienda, lo tiró con todas sus fuerzas en mi dormitorio; y estallaron todos. No falló ni uno. A cualquier otro le habría fallado al menos uno.
En fin, yo soy extraordinariamente susceptible al ruido, a los ruidos de todo tipo, el médico siempre me decía que yo era la persona más sensible que había conocido en su vida, y bueno, me quedé sencillamente destrozada. ¡No podía ni comer! La gente me contó luego que el ruido se oyó hasta en el cementerio y la anciana Jep Patterson, que siempre se ha conservado muy bien, creyó que había llegado el día del Juicio Final y que iba a reunirse con toda su familia. Por lo general esto es muy tranquilo y silencioso.
Y tengo que deciros que no me llevó más de un minuto tomar una determinación. Mi situación era bien clara: tenía a toda la familia en mi contra, todos del lado de Stella-Rondo. Y yo soy muy orgullosa.
Así que decidí marcharme de inmediato a la oficina de correos. Allí hay espacio de sobra, en la parte de atrás, me dije.
En fin, no me anduve con rodeos a la hora de dar a entender a la familia cuáles eran mis intenciones. No intenté ocultarlas.
Les di la primera pista  cuando  entré donde estaban reunidos todos jugando a la mona y desenchufé el ventilador, con lo cual la cosa quedó bastante clara. Luego cogí del sofá el cojín que yo había hecho, lo saqué de detrás de Papá-Daddy. Dijo: «¡Uff!». Subí las escaleras más deprisa que Stella-Rondo y encontré al fin mi preciosa pulsera en su cómoda, debajo de un retrato de Nelson Eddy.
—Así que esas tenemos —dice el tío Rondo. Allí estaba, mordisqueando jamón—. Bueno, Hermana, me encantaría regalarte mi catre del ejército si encontraras sitio donde colocarlo, con tal de que te largaras cuanto antes y me permitieras vivir con un poco de paz. —El tío Rondo estuvo en Francia.
—Mis más sinceras gracias por el catre, pero «paz» no es precisamente la palabra que yo elegiría si tuviera que recurrir a tirar petardos a las seis y media de la mañana en la habitación de una chica
—le contesto—. Y en cuanto a dónde me propongo irme, me parece que olvidas mi puesto de administradora de correos de China Grove, Mississippi —le digo—. Siempre he tenido la oficina decorreos.
¡Bien! Eso les haría comprender de una vez por todas.
Salí de la casa y empecé a desenterrar unos cuantos dondiegos para plantarlos alrededor de la oficina de correos.
Eh, eh, eh! —dice mamá subiendo la ventana—. Da la casualidad de que esos dondiegos son míos. Todo lo que hay ahí plantado es mío. Que yo sepa, tú nunca has conseguido hacer crecer nada en toda tu vida.
—Está bien —le contesto—. Está bien, pero cogeré el helecho. Ni siquiera tú, mamá, vas a negarme que soy la única que ha regado el helecho. Y da la casualidad de que sé dónde tengo que mandar la tapa de una caja para que me envíen mil semillas variadas, no hay ni siquiera dos de la misma planta, y gratis.
—¡Oh! ¿Dónde? —pregunta mamá con avidez. Pero le respondo:
—Demasiado tarde, querida. Atiende tus asuntos, que yo atenderé los míos. Te enterarías de muchas cosas como esa si oyeras la radio. Ofertas increíbles. Puede conseguirse lo que se quiera, y gratis.
En fin, os diré además que fui y cogí la radio y los dejé con un palmo de narices, sobre todo a
Stella-Rondo, ya que había sido suya y sabía muy bien que no podía recuperarla, la demandaría inmediatamente. Y también cogí, con toda corrección, el motor de la máquina de coser que le habíamos regalado a mamá por Navidad en 1929, pagado casi enteramente por mí, y un calendario grande con las instrucciones de los primeros auxilios; en fin, el termómetro y el ukelele nadie podía decir que no fuesen míos; y me subí a la escalera y cogí todas las conservas que había preparado, todos los tarros, frutas, verduras, mermeladas... Luego me puse a arrancar los ganchos de los jarrones azules de la arcada del comedor.
—¿Quién te ha dado permiso para coger eso, señorita Remilgos? —dice mamá abanicándose con mucho  brío.
—Los compré yo y yo me cuidaré de ellos —le contesto—. Los colocaré a los lados de la ventana de la oficina de correos, así que podrás verlos cuando vayas a por la correspondencia, si tanto te gustan.
—¡De eso nada! No volveré a poner los pies en esa oficina de correos ni aunque viva cien años
—dice mamá—. ¡Desagradecida! ¡Después de todo el dinero que gastamos contigo en la Escuela Normal!
—¡Pues yo tampoco! —salta Stella-Rondo—. Puedes dejar allí mi correspondencia hasta que se pudra, que para lo que me importa... Nunca iré ni a por una sola carta...
—¡Como si me importara eso mucho! —digo yo—. ¿Y quién crees que se va a sentar a escribirte esas larguísimas cartas y postales, si es que puede saberse? ¿El señor Whitaker? Solo porque fue el único hombre que aterrizó en China Grove y porque le cazaste, haciendo trampas, claro, va a sentarse y a dedicarse a escribirte cartas y cartas, después de que vienes a casa así por las buenas y sin dar ningún tipo de explicaciones de tu separación ni sobre la existencia de esa niña.
Quizá es que no soy tan inteligente como tú, pero, la verdad, no lo entiendo.
Y mamá va y dice:
—Hermana, te he dicho un millón de veces que lo único que pasa es que Stella-Rondo nos echaba de menos y que esta niña es demasiado mayor para ser suya. —Y añade—: Bueno, ¿por qué no nos sentamos a jugar al casino?
Y entonces Shirley-T. va y me saca la lengua con aquella mueca absolutamente odiosa. Qué modales.
Le dije que si hacía aquella mueca un día se quedaría bizca para siempre.
—Ahora ya no hay nada que hacer —aseguro—. Deberíais haberlo intentado ayer. Me voy a la oficina de correos y seguramente la única forma de verme que tendréis será ir allí para visitarme.
Y Papá-Daddy dice:
—Pues no me verás poner los pies en esa oficina. Ni aunque se me ocurriera escribirle una carta a alguien. —Luego añade—: No tendrás ocasión de asomarte por aquel ventanuco viejo con unas tijeras en la mano y cortarme ni un pelo de mi barba. ¡Soy más listo de lo que tú te crees!
—¡Todos lo somos! —dice Stella-Rondo.
—Si eres tan lista, ¿dónde está el señor Whitaker? —le pregunto. Y va el tío Rondo y dice:
—Te agradeceré que a partir de ahora dejes de leer todos los pedidos que recibo en tarjetas y de contarle luego a todo China Grove lo que piensas de ellos.
Pero yo le contesto:
—Yo saco mis propias conclusiones y seguiré haciéndolo en el futuro. Si la gente quiere escribir sus secretos más íntimos en postales de un centavo nada podrás hacer tú para impedírmelo, tío Rondo.
—Y si te crees que volveremos a escribir otra postal, estás en un error lamentable —dice mamá.
—Pues muy bien, vengaos a vuestra propia costa —contesto—. Pero si estáis decididos a no tener ningún trato a partir de ahora con el servicio postal del país, pensad una cosa: ¿qué hará
Stella-Rondo si quiere decirle al señor Whitaker que venga a buscarla?
—¿Qué? —salta Stella-Rondo. Yo sabía que había estado llorando. Le dio un ataque de rabia allí mismo, en la cocina.
—A ver, a ver cuánto aguanta —digo—. En fin, tengo que irme.
—Adiós —dice el tío Rondo.
—¡Oh, válgame Dios —exclama mamá—, pensar que mi familia discutiría el Cuatro de Julio o al día siguiente porque Stella-Rondo haya dejado al señor Whitaker y por esta preciosísima criaturita adoptada! ¡Deberíamos estar todos felices!
—¡Uuuaaahh! —suelta Stella-Rondo, al borde del berrinche.
—Fue él quien la dejó a ella... No olvidéis lo que os digo —les advierto—. Así es el señor
Whitaker. Conozco al señor Whitaker. Recordad que yo le conocí primero. Desde el principio dije que se cansaría... y la dejaría. Predije todas y cada una de las cosas que han pasado.
—¿Y adónde se fue? —pregunta mamá.
—Seguro que al Polo Norte, si es que sabe lo que le conviene —contesto.
Pero Stella-Rondo lloraba a voz en grito y no podía decir ya una palabra más. Se fue corriendo a su cuarto y cerró la puerta de un portazo.
—Fíjate bien en lo que has hecho, mira lo que has conseguido, Hermana —reprende mamá—. Sube ahora mismo a pedirle perdón.
—No tengo tiempo, me voy —digo.
—Bueno, ¿a qué estás esperando, si puede saberse? —pregunta el tío Rondo.
Así que cogí el reloj de cocina y me marché sin pronunciar una palabra más y, por supuesto, sin despedirme de Stella-Rondo.
En aquel preciso momento pasaba por allí enfrente una chiquilla negra con una carretilla.
—Eh, negrita —le digo—. Ayúdame a subir todas estas cosas por la cuesta, que me voy a vivir a la oficina de correos.
Tuvo que hacer nueve viajes con la carretilla. El tío Rondo salió al porche y le tiró una moneda de cinco centavos.
Y esa fue la última vez que vi a mi familia y que mis familiares me vieron a mí desde hace ya cinco días completos, con sus correspondientes noches. Stella-Rondo debe de andar contando historias espantosas sobre el señor Whitaker, pero yo no he tenido que oírlas. Como siempre le digo a todo el mundo, saco mis propias conclusiones.
En fin, estoy muy bien aquí, estoy a gusto. Como digo, es ideal. Lo tengo todo ladeado, tal como a mí me gusta. ¿Oír la radio? Oigo todas las noticias de la guerra. Radio, máquina de coser, sujetalibros, la tabla de planchar y la lámpara grande del piano, y paz, que es lo que a mí me gusta. Y enredaderas por toda la fachada, por donde están las guías.
Claro que no hay mucha correspondencia. Mi familia es, claro, la más importante del pueblo y si ellos prefieren desaparecer de la faz de la tierra en cuanto al correo se refiere, en fin, allá ellos. Aquí en el pueblo algunos están de mi parte y otros están en mi contra. Sé muy bien quiénes están de mi parte y quiénes contra mí. Los hay que son capaces de dejar de comprar sellos solo para demostrar que están de parte de Papá-Daddy.
Pero en fin, aquí estoy y aquí seguiré. Y quiero que el mundo sepa que soy feliz.
Y desde luego, si en este instante apareciera aquí Stella-Rondo, se hincara de rodillas e intentara explicarme todos los detalles de su vida conyugal con el señor Whitaker, yo me taparía los oídos y no querría oír ni una palabra.

lunes, 8 de febrero de 2016

El sueño de los héroes de A. Bioy Casares

El sueño de los héroes




"A lo largo de tres días y de tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación. Que alguien haya previsto el terrible término acordado y, desde lejos, haya alterado el fluir de los acontecimientos, es un punto difícil de resolver. Por cierto, una solución que señalara a un oscuro demiurgo como autor de los hechos que la pobre y presurosa inteligencia humana vagamente atribuye al destino, más que una luz nueva añadiría un problema nuevo. Lo que Gauna entrevió hacia el final de la tercera noche llegó a ser para él como un ansiado objeto mágico, obtenido y perdido en una prodigiosa aventura. Indagar esa experiencia, recuperarla, fue en los años inmediatos la conversada tarea que tanto lo desacreditó ante los amigos..."

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sábado, 6 de febrero de 2016

Desolación Olga Salcedo de Medina(Colmbia)

Desolación 

Olga Salcedo de Medina



1
En el sitio en donde desembocan dos calles for­mando una plazuela cerrada por pequeñas casas que suben y bajan en la orilla de andenes torcidos, ahí precisamente, comienza el barrio de Santa Librada. La plazuela sirve de estación a una línea de buses de itinerario fijo y de esta circunstancia toma el nombre: Plazuela de la Estación. Las otras calles, las in­teriores, son tristes, sórdidas y estrechas. Por donde transcurre, inmodificable, la vida de las gentes.
En el centro de la plazuela extiende sus ramas un viejo árbol de calabazo, tan viejo como acogedor y bueno, que sirve de apoyo a los trasnochadores, de refugio a los enamorados y es –al mismo tiempo­– alcahuete empedernido de caricias y de besos; mudo testigo de romances y mentiras; en su tronco arrugado se ahonda el tatuaje de nombres y de fechas y es a manera de un ícono al cual todos se acercan. En la esquina en donde comienza la plazuela está la fune­raria, con sus ataúdes negros y blancos apilados frente a los candelabros ennegrecidos por el tiempo, los Cru­cifijos de rostros desdibujados y toscas coronas de ce­ra. Es una casucha endeble, con techo de paja seme­jante a una cabeza despeinada; bajo el alero, orgullo­samente, aparece el nombre: Funeraria la Comodidad, y anexado un cartelito: "Cajones a plazo". En la misma casucha, en la puerta siguiente, está el Bar-café El Torbellino. El nombre, entre dos bombi­llas de luz anémica, una roja y otra azul, parece que hiciera guiños picarescos, cada vez que una bombilla se enciende y la otra se apaga. Colindante, pero au­dazmente lanzada a la plazuela, está la cocina popular. Es la fritanga de la niña Juana, quien todos los días, a las seis, inicia su faena. A esa hora la niña Juana, con su amplia falda de percal floreado, con su escote inmenso, con un heliotropo en la oreja, muy pintada y coquetona, enciende los carbones en el anafe, rústica hornilla portátil adaptada en una la­ta vacía. Se enrojecen los carbones, hierve la manteca en el caldero, se enfrían en la mesa los chorizos, las butifarras, las morcillas, los muslos y pechugas y me­nudencias de gallinas; lamidos por los ojos ávidos de chiquillos y perros hambrientos, mientras los hom­bres hacen ronda a la niña Juana devorando sus ca­deras y sus senos. A espaldas de la fritanga, el "establecimiento" de Yuspeppi, el zapatero remendón. Un poquito más allá la tienda de la niña Petra. Al doblar la otra esquina, buscando la calle del Mediopaso, vive Carmelina, la comadrona, muy amiga del Profe Moya, el maestro de escuela... Esto lo esencial. Por­que las demás calles, sin casas ni nombres ni personas determinadas, van y vienen como cualquier ca­lle, como cualquier nombre, como cualquier persona de arrabal.
¡Es carnaval!... Ningún vecino viste como Dios manda. El añoso calabazo está arreglado para el ca­so, con serpentinas, y caretas y máscaras, tiras de pa­pel brillante y leyendas alusivas. El señor Samuel, el dueño de la Funeraria La Comodidad, está disfra­zado de médico: con largo y roído saco negro; gafas sin vidrios; un tubo de caucho; unas tijeras y un serrucho, sentado frente a los ataúdes, corta y re­mienda, incansablemente, el abultado vientre de un muñeco de aserrín. De vez en cuando, bebe un sorbo de ron blanco, gritando: "Vengan los enfermos, los cojos, los ciegos, los que tienen un dolor, que yo los curaré". !En tanto, el hijo del propietario del bar-café El Torbellino, vestido de "muerte", siembra el pánico por las calles, atrapando con su guadaña a los transeúntes. Yuspeppies músico: con una totuma que tiene por cuerdas un alambre, toca imaginarias sinfonías ante el mudo auditorio de los zapatos viejos que le escuchan desde las butacas de los armarios, mostrando las lenguas de las suelas desprendidas. La comadrona es Cleopatra. Y el Profe Moya, convertido en Napoleón, imparte órdenes marciales de derecha a izquierda.
Por obra y gracia del carnaval impera la mentira y todos realizan aquello que alguna vez han soñado. Las niñas son señoritas de alto mundo, princesas, artistas de cine. Las viejas, niñas. Algunos hombres –fenómenos del subconsciente– son señoritas. Hay mariposas, gitanos, árabes, pendencieros, bailarines, Pierrots y Colombinas. Ladran los perros de dos patas... Rugen los tigres... Embisten los toros. .. Las danzas de pájaros y de diablos giran sobre sí, entre cantos y coplas. Y todos rinden pleitesía a Su Majestad Lastenia Primera, la reina electa en votación popular. En la puerta de su casa, hoy Palacio Real, Lastenia Primera, bajo un arco de palmas secas, vestida de tul blanco, con un manto rojo de tela barata, con corona de latón, los dedos y brazos repletos de joyas falsas, ríe feliz entre su cortejo de pajes y princesas. 
II
Al final del barrio, medio escondida por las "bellísimas" y "flor de la Habana", está una casita recién pintada, con la puerta y la ventana cerradas. Dentro de la casita, silenciosos se encuentran el marido y la mujer. Hace más de una hora llegó él y permanece sentado en una vieja mecedora de bejuco, con la cabeza recostada contra el espaldar, las manos cruzadas encima de las piernas. Próxima a él, la mujer va y viene, arreglando una cosa, cambiando de lugar otra, pendiente del menor movimiento de su hombre. Los minutos pasan lentos, pesados, angustiosos. La mujer revuelve en su cabeza las frases y palabras, en busca de alguna oportuna que disipe la preocupación del compañero. No la encuentra y al fin piensa: "Antes que oscurezca tengo que hablarle. No puedo acostarme en esta incertidumbre..." y resuelta, avanza hasta él, insinuando cariñosa:
–¿Quieres comer algo?... Te he preparado arroz... Conseguí un poco...
–¡No!– responde seco el marido.
La mujer se dirige entonces a la hornilla. Destapa la olla y revuelve el arroz, desganadamente. Las comadres del barrio le recomendaron a un nuevo santo milagroso y en él, cuyo nombre no recuerda bien, tiene puestas sus esperanzas. Lo invoca mentalmente, y observando hacia atrás, de reojo, habla en voz baja:
–¿Sabes mijo? He descubierto otra cueva de ratones... –Se agacha haciéndose la interesada en lo que dice y prosigue–. La niña Merce me prestó una trampa... ¿Quieres ver la cueva?
Se volvió de frente al hacer la pregunta. Pero el marido ni ve ni oye. Hundido en sí mismo, permanece inmóvil, tieso, como ausente. La mujer se limpia las manos con el borde de la falda y acercándose a la ventana, la entreabre lo suficiente para mirar fuera. Sonriendo dice:
–¿Te has dado cuenta, mijo, del entusiasmo de este año?... ¿La Reina es muy alegre, verdad?... ¡Y qué cantidad de danzas!... Dicen que la del Congo Grande ganará el primer premio. ¿No saldremos un ratico por ahí, Carmelo?... Vale la pena echar una miradita... Los...
–¡Cállate!– ruge Carmelo incorporándose. En pie, como animal en asecho observa de uno a otro lado y se desploma de nuevo en la mecedora de bejuco.
La mujer cierra la ventana. Sus movimientos son lentos y pausados. Las lágrimas le nublan la mirada.
Se encamina a la hornilla, y con los labios apretados revuelve, otra vez, la olla del arroz. Carmelo en silencio, en tanto, recuerda la escena...
Jugando con el sombrero llegó esa mañana donde el Patrón. Para disimular su complejo jugaba con el sombrero. Ocurría que cuando tenía que hablarle y sentía sobre sí su mirada dura y fría, no sabía qué hacer con sus manos ni con sus ojos. Se empequeñecía. Perdía toda noción de su condición humana. Tenía la evidencia que el Patrón podría ocasionarle nuevo trabajo. Y por ello fue a hablarle, a pesar de su miedo, de esa especie de compasión que le inspiraba su propia inferioridad, su ruego, su forma mendicante. Pero era preciso hacerlo y lo había hecho. ¡Cuánto había rogado! Como si fuese una mujer exhibió su miseria con la repugnancia de si mostrase una llaga. "Señor don Roberto... –había dicho– ¿cree usted que no cuesta rogar? ¡Da vergüenza! Pero hágalo por su madrecita... ¡Por los clavos de Cristo!... El se lo pagará... Escúcheme usted: mi mujer... "
El Patrón no lo dejó acabar. ¿Qué sabe el rico del dolor del pobre? ¿Qué comprende el feliz de la angustia del que sufre? ¿El que ríe de quien llora? ¿El harto de quien tiene hambre?... Le respondió que no podía dar a todos lo que pedían, porque él quedaría sin nada. ¿Empleo?... No había. ¿Préstamos?... ¡Bah!... ¿Con cuáles garantías? ¿Iba él a exponer su dinero? Por último lo mandó a salir diciéndole que estaba ocupado...
–¡Maldito!... ¡Maldito!... – dice en voz alta. poniéndose de pies.
La mujer que adivina, que sabe cuánto ocurre en el mundo interior de su marido, le pregunta ansiosamente, sin ocultar ya sus pensamientos:
–¿Visitaste a don Roberto?... ¿Te ofreció empleo?... ¿Te prestó algo?–
–¡Nada mija, nada!... –responde el hombre, rabiosamente–. Esos malditos tienen el corazón como la piedra. Me dijo lo mismo: ¡no hay empleo!... No tiene para prestarme!... ¡Será morirnos de hambre, mija!... ¿Qué otra cosa podemos hacer?... –y entre sollozos largos y hondos añadió–. ¡Malditos! Malditos ellos...
Salió, curvado por el peso de su angustia. La mujer, empequeñecida, vencida, tapó la olla del arroz. Por la calle bailaban alegremente las comparsas y las danzas. 
III

Al día siguiente, como a las diez, se lo trajeron muerto. La mujer había pasado la noche en vela en espera del regreso de Carmelo. Llegaron dos agentes de policía en un carro de ambulancia. Rodeaban el carro el propietario de la agencia funeraria; el hijo del dueño de El Torbellino; Yuspeppi; Carmelina, el Profe Moya y la niña Juana. Tras de ellos, como un río manso, avanzaban los vecinos cabizbajos... Sobre los rostros pintarrajeados, marchitos de trasnocho y sudor, se asomaba el espanto. Seguían al muerto los comentarios:
–Pobrecito Carmelo... buena persona sí era...
–Dios lo perdone...
El mismo se arrojó al río. Traía la nariz rota, llena de sangre coagulada. El rostro amoratado y las ropas empapadas. A la hora del entierro la mujer se abrazó al ataúd, una caja sin pintar ni pulir, burdamente forrada en tela. Mirando al marido muerto, dice:
–Ya nos quitaron la casita... Ahora se me va él, ¿para dónde cojo yo?...
En las entrañas de la mujer se remece el hijo en tanto que desde la calle suben los gritos alegres de los disfrazados y, más lejos aún, los tambores y las gaitas anuncian que es martes de carnaval.

viernes, 5 de febrero de 2016

La máscara de la muerte roja Edgar Allan Poe

La máscara de la muerte roja

Edgar Allan Poe


La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.