jueves, 4 de febrero de 2016

OFFENBACH, crónica de Guillermo Cabrera Infante sobre su gato.

OFFENBACH, crónica de Guillermo Cabrera Infante sobre su gato.


Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach llegó a nuestra vida, sin todos esos nombres, hace exactamente seis años, sin previsión y de repente, como los milagros. Sucedió que un día fui a ver a un amigo, a quien yo visitaba a menudo, y allí estaba, imprevisto, imprevisible, Offenbach, entonces un largo gato flaco y blanco que se subía por las cortinas y casi trepaba las paredes para luego venir a mi regazo, de un salto inaudito, comenzó a hacer los más extraños ruidos oídos jamás por mí: así debían cantar las sirenas. Al otro día llevé a Anita y a Carolita, mis dos hijas, a que lo conocieran. También iba Miriam Gómez. (Aquí tengo que hacer un paréntesis deshonroso: es necesario decir que Miriam Gómez siempre quiso, ya desde Cuba, tener un gato siamés y que yo, que había tenido de niño toda clase de pets, desde cernícalos hasta una jutía, que es como una rata gigante y herbívora de los campos de Cuba, yo siempre había sentido un innato disgusto contra los gatos, y me negué a tener uno, siempre.) Offenbach, que aún no era Offenbach, tenía solamente dos meses de nacido.
Conquista de… unos y otros
A la semana de haber conocido a Offenbach la novia de mi amigo viajaba a Gibraltar y ellos no tenían quien se ocupara del gato. Decidimos todos que viniera a casa por esas dos semanas. (Para completar la ocasión fausta, a mi amigo se le había declarado una fuerte alergia nasal producida por… ¡el pelo de gato!)
La conquista fue rápida y mutua: Offenbach había encontrado su hogar definitivo, el sitio a que estaba destinado, y nosotros habíamos encontrado al gato pródigo. De más está decir que cuando su dueña entre comillas regresó de Gibraltar ya no era la dueña: ella misma se encargó de decir que habíamos nacido el uno para los otros, y viceversa. Offenbach, por mutuo consenso, se quedaría a vivir en casa.
El porqué de un nombre
Todos preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.
Ruidos raros
También a medianoche Offenbach solía visitar nuestra cama para hacer los más raros ruidos. Al principio creímos que se sentía solo o mal y la mejor manera de calmarlo era pasarle la mano por el lomo. Pero esto sólo hacía aumentar los ruidos raros, hasta que supimos que eran ronroneos de felicidad y contento.
Offenbach cambia de casa
Hay una vieja regla inglesa que declara a los gatos más amantes del lugar que de sus dueños, y así hay miles de gatos abandonados en toda Inglaterra, simplemente porque sus dueños cambiaron de casa y decidieron dejar el gato detrás. Con Offenbach ocurrió todo lo contrario: él entró primero que nadie en la nueva casa y pronto estaba tan feliz, más feliz, que sus dueños: no era la primera, ni sería la última regla que Offenbach rompería.
¿Nadie es dueño de un gato?
Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás. No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos. Offenbach es un siamés con puntos de lila.
Pedigree de
Offenbach es el único inglés de esta casa y aunque él se siente mejor al calor del sol, raro en Londres, sus padres y sus abuelos nacieron en Inglaterra. Fue por casualidad que supimos su pedigree: para nosotros Offenbach podía ser un gato de callejón y todavía ser el centro de la casa: nosotros también somos egipcios. Pero sucedió que un día nos vimos forzados a castrarlo –los siameses son criaturas eminentemente sexuales– para terminar con sus celos que lo torturaban y nos perturbaban. Seguimos la indicación de un veterinario, famoso porque escribe libros sobre gatos y perros, a cuya consulta asistimos.
Al llegar a la consulta y ver el veterinario a Offenbach nos preguntó si teníamos su pedigree. Los siameses con puntos de lila son una creación de los criadores ingleses y más raros que el siamés corriente, ese que tiene manchas de café en la cabeza y en las patas y en la cola. Nosotros ni sabíamos ni nos interesaba el pedigree de Offenbach. El veterinario nos preguntó a quién pertenecían sus padres y sólo pudimos decir quién nos lo había regalado, que a su vez lo había recibido de un cantante de pop. El veterinario consultó su memoria y pronto supimos que Offenbach era nieto de una gata propiedad de George Harrison, el músico Beatle. Pero todavía hay más: había una enfermedad de la realeza, como la hemofilia rusa. Offenbach era nieto de un gato de nombre impronunciable que había pasado a toda su progenie una enfermedad fatal del páncreas. Así supimos que todos los hermanos y primos de Offenbach estaban muertos, atacados de repente y por vómitos incoercibles. Offenbach había pasado el periodo peligroso y ahora está vivo solamente porque todas sus comidas llevan polvo de páncreas y no hace más que dos comidas al día, aunque él se las arregla para estirarla a tres. (Más más adelante.)
Como antes, mejor que antes
La castración no afectó a Offenbach más que en su relación con las gatas. En sus relaciones con nosotros si acaso se hizo más afectuoso y mimado. Ahora bien, Offenbach nunca ha abandonado la casa. Excepto por dos veces que se cayó de una ventana trasera abierta al verano al patio de abajo, lo que nos hizo recorrer todos los patios de la vecindad hasta acceder al patio indicado y encontrarlo más aterrado que aventurero.
Offenbach y los gatos
Offenbach jamás ha conocido la relación con otro gato y siempre se ha negado a reconocerse como tal: él se cree de veras un ser humano y, aunque esta creencia es siempre fatal para los animales, su comportamiento es tan humano que Miriam Gómez lo llamó un día “un gato animado”, recordando los gatos de Walt Disney et al.
Una vez un pintor amigo nos hizo atravesar Londres hasta Hampstead para que Offenbach conociera su gata siamesa, Zuzu. Todo iba bien por el camino (Offenbach no teme subir a un auto, solamente subir a un taxi, recordando tal vez que éste es el vehículo en que lo llevamos al veterinario, donde siempre ha sufrido heridas y pinchazos), pero, no bien llegamos a la casa, se engrifó, comenzó a escupir y se quedó aterrado en un rincón. Ver a la gata para él fue como para nosotros ver el demonio encarnado. Al regreso a la casa, Offenbach vomitó y defecó en el pasillo, como para demostrarnos físicamente su malestar espiritual.
A veces Offenbach añora las aventuras de los gatos que se ven por la ventana que da al patio, pero es una añoranza lejana, como si esos gatos fueran héroes de leyendas borrosas.
Un día ocurrió la confrontación inevitable. Compramos un espejo, que vino cuidadosamente envuelto. Curioso como todos los gatos, Offenbach quiso ver lo que contenía el paquete. Desempaquetamos, pues, el espejo que quedaba apoyado en el suelo a su altura y, no bien se vio, quedó fascinado con el espejo, tanto que le dio la vuelta, buscando su imagen que desaparecía en los bordes. Finalmente se enfermó ese día: tal vez acababa de reconocerse como gato. Lo cierto es que el espejo, que está en un extremo del pasillo, a la altura humana, aparece a menudo manchado en su parte inferior, con huellas que parecen de una nariz húmeda o de un lengüetazo. ¿Se habrá enamorado Offenbach, otro Narciso, de su imagen en el espejo?
El tercer gato
El tercer encentro de Offenbach con otro gato ocurrió un día que se apareció en la vecindad (el barrio está poblado por las más variadas especies gatunas) un gatico negro y joven, al que pusimos por nombre Blackie. Blackie era el gato más inteligente que hemos conocido y dio prueba de ello de una manera decisiva.
Blackie había visto a Offenbach sentado en mi mesa-escritorio y pegado a la ventana trasera, y ya desde abajo le intrigó este gato blanco y distante. Pronto atravesó todos los patios aledaños, salió a la calle de al lado, dio la vuelta a media manzana, seleccionó nuestra puerta entre tantas otras en la cuadra y vino a pararse en la ventana delantera, sentado en el poyo. (¡Ese periplo de Blackie es solamente comparable al de un ser humano entrando en un laberinto y encontrando la salida ipso facto!)
Hicimos entrar a Blackie, el pobre, tan amistoso como era, pero Offenbach lo rechazó violentamente y por primera y única vez en su vida atacó a Miriam Gómez que lo tenía cargado. Desde entonces, para dejar entrar a Blackie en la casa y darle de comer, había que encerrar a Offenbach en un cuarto primero.
Desgraciadamente, los días de Blackie en este mundo fueron pocos. Adoptado por una vecina, quien le había comprado un collar contra las pulgas, amaneció un día muerto, atropellado por un auto la madrugada anterior.
Aspecto de
La primera impresión que causa Offenbach es la de ser un gato extraño. Inmediatamente esta impresión es sustituida por la apreciación de su extraordinaria belleza. Largo y flaco, Offenbach tiene una cabeza pequeña y triangular y dominada por sus grandes ojos azules, hechos aún más azules por las manchas color lila que tiene en las orejas y el hocico. El resto del cuerpo es delgado y fuerte con una piel de raros tonos beige o, a veces, rosa pálido, que se vuelve morada en el rabo largo. Pero muchos días Offenbach amanece nevado y todo ese día es un gato color de hielo. Otras veces su tono beige se hace más oscuro y se vuelve como de caramelo, de algodón de azúcar fresa, de chocolate con leche, variando de hora en hora.
Offenbach es sumamente afectado y consciente de la tremenda impresión que produce su primera aparición. Así, camina poniendo una pata delantera delante de la otra, para parecerse a Marlene Dietrich en sus mejores tiempos, mientras la parte trasera de su cuerpo se mueve con el ritmo de un pugilista o de un cowboy del cine. Esta aparición hermafrodita causa asombro en quienes lo ven por vez primera y no han visto todavía su trote de tigre o su andar cauteloso de pantera en acecho, mientras embosca a su juguete preferido: una tapa de corcho o una bolita de papel. (Aquí habría que hablar de los juguetes de Offenbach, de cómo ha rechazado ratones de plástico animados para volver a sus viejos corchos o cómo, de un solo viaje, destroza un león de peluche y se lo come –de hecho se tragó medio león un día y estuvimos una semana esperando su muerte inminente, pero echó la mitad del león como se la había comido, con su centro de alambre saliente pero sin lastimarlo, milagrosamente.)
Offenbach y las hierofanías
Offenbach tiene un lugar reservado en la cocina para su comida, en un plato doble de plástico amarillo, colocado sobre un doyle de goma. Allí está también su platillo para la leche, un jarro con agua y, a veces, su vasija para las vitaminas B de adulto, que devora de tres en tres cada mañana.
Miriam Gómez, por su parte, ha colocado sobre mi buró una hierofanía: una copa de agua para los muertos de la familia, especialmente para mi madre. Desde el primer día que Offenbach la vio, decidió que la copa de agua era para él beber y dejó de beber en el jarro que tiene en su rincón para venir a saciar la sed encima de mi mesa de trabajo. Desde entonces se le incorporó al ritual, y no es raro ver a Offenbach venir y beber sobre mi mesa mientras escribo. No hay mejor compañía para la soledad del escritor de larga distancia.
El lenguaje de
Offenbach se comunica con nosotros con algo más que maullidos. Su repertorio de sonidos forma un lenguaje peculiar al que el oído adiestrado busca y encuentra significados.
Brrr es un ronroneo de placer y de contento.
Burrr es el ronroneo alargado hasta una forma de protesta: no hay que seguir acariciándolo, o se le debe acariciar en otra parte del cuerpo.
Miau es el saludo de por la mañana. Una especie de buenos días que Offenbach nunca deja de dar.
Miauuu es para pedir algo: desde la comida hasta que se le abra una ventana y sentir el olor del jardín.
Miuu es siempre una advertencia: significa que él está presente y por tanto se le puede pisar o, lo que es peor, pasar por alto.
Miu es un simple saludo a cualquier hora del día.
Miawou es el saludo a quienes regresan a la casa. Es también una forma de queja: ha estado demasiado tiempo solo.
Mia miau es una exigencia: la comida que se retrasa o alguien no quiere cargarlo o cederle un asiento.
Miau simple pero seguido o precedido de un bostezo, es soberano aburrimiento: no hay que olvidar que Offenbach es un purasangre y toda actitud en él es francamente soberana: no pide, exige.
Miaourrru es cuando quiere jugar.
Rorroua es siempre un rugido: un atavismo de la selva o rezagos del macho que todavía hay en él.
Hay muchas más entonaciones del maullido, pero se quedan para otro tratado: el lenguaje animal al nivel humano.
Otras voces, otros hábitos
Offenbach tiene un más amplio registro de voces, es solamente mi pobre transcripción que la limita.
Offenbach es tuerto. Es decir, no tiene visión –y con todo es imperfecta– más que en un ojo. Este defecto lo ha hecho, entre otras cosas, adoptar la costumbre de saludar, a quien llega a la casa por primera vez o después de mucho tiempo de no venir, subiéndose al regazo del visitante y acercando su nariz hasta la nariz del recién llegado. Es una forma especial de su saludo, pero pocos saben comprenderla.
Otro hábito de Offenbach es hacerse el centro de atención. Así en una reunión él busca siempre la sección de oro del grupo y allí, donde convergen todas las líneas de atención, se sienta él, adoptando a veces la pose de la “gallina empollando”, que es sentarse con todas las patas debajo del cuerpo y hacerse una compacta bola de pelos. Otra manera de atraer la atención cuando ésta es monopolizada por un periódico, por ejemplo, es venir a sentarse precisamente sobre la noticia que está uno leyendo. Cómo consigue tal precisión, es uno de sus misterios. Otro misterio suyo es saber, como él lo sabe, quién viene a la casa. Aunque vivimos en la planta baja de un edificio de cuatro pisos, donde entra y sale mucha gente, Offenbach sabe siempre cuándo es Miriam Gómez o Carolita, por ejemplo, quienes vienen, y aunque ha estado semidormido hasta ahora va corriendo a la puerta del apartamento a saludar a quien llega. Este alarde de presencia se hace particularmente agudo cuando se acercan las cuatro de la tarde, hora de la comida. Entonces Offenbach espera el regreso de Carolita de la escuela o acosa a Miriam Gómez por toda la casa para obtener su cena rápidamente.
Siempre se acerca él a la puerta a saludar a quien llega, después que la puerta se ha abierto –excepto cuando se trata del limpiador de ventanas, de quien corre a esconderse debajo de la cama, reptando hasta ocultarse del todo y sin salir de allí hasta que se va el limpiaventanas–. ¿Qué ocurrió entre Offenbach y el limpiador de ventanas? Nadie lo sabe. Este misterio se hace más espeso cuando digo que antes eran dos los limpiaventanas y llegaban con su escalera ambulante especial y terminada en punta. Pensamos que tal vez Offenbach le tenía miedo a esta escalera extraña, tan diferente a la escalera propia, donde él se sube el primero cuando la abrimos por cualquier motivo. Pero luego vinieron otros limpiadores sin escalera, y su miedo era igualmente pánico. Ahora es otra persona el limpiaventanas, un muchacho como de unos veinticinco años: a él también le tiene terror Offenbach. Quizás un día desvelemos el espeso misterio: ¿trauma infantil?, ¿atavismo?, ¿reacción pavloviana? Tal vez ni Pavlov, ni Freud, ni siquiera Lorenz, puedan explicar este comportamiento: Offenbach nos tiene acostumbrados a más de una muestra de conducta desusada en un gato. He aquí unas pocas.
Cuando alguien llega a la casa de visita y se queda solo en una habitación, Offenbach nunca se va de allí hasta que volvemos a la reunión. Nosotros bromeamos que el él nuestro gato-policía pero hay más que una broma en su comportamiento. Como hay más que una broma en su costumbre de no dejarme trabajar tarde en la noche, como yo acostumbraba, y el hábito gemelo de despertarme con un maullido particular a las nueve de cada mañana. O su extraordinaria habilidad para abrir puertas. O su peculiar sentido del humor. Sabido es que los gatos son animales sin humor, que se toman terriblemente en serio y que no soportan, como los perros, las bromas. Offenbach no es menos gato que los demás a este respecto, lo que sí es curioso es verlo gastándonos bromas. Para mí él tiene reservada una particularmente apropiada. Cada tarde, después del almuerzo, yo me siento a leer los periódicos y revistas en una silla en la sala. Ésta es mi silla. Todos los saben, incluso Offenbach. Pero en sus días jocosos no es raro verlo correr hacia la silla en cuanto me ve terminar de almorzar y encaminarme hacia ella para sentarse antes que yo. Su broma se continúa por su completa posesión del mueble, agarrado a sus travesaños como un náufrago a una balsa. Si intento levantarlo tendría que levantar la silla junto con Offenbach. La broma culmina siempre con la llegada providencial de Miriam Gómez que me conmina por todos los medios a dejar a Offenbach ocupar mi lugar: su diversión favorita.
Otra costumbre favorita de Offenbach es ocupar mi silla de trabajo. Ésta queda trabada debajo de la mesa de manera que más parece una gaveta que una silla: muchas veces cuando yo vengo a trabajar me encuentro la “gaveta” ocupada. Tengo entonces que cargar a Offenbach como si fuera un niño y depositarlo junto a la calefacción y debajo de mi mesa y además convencerlo con palabras ad hoc de que no debe irse: nadie comprende, hasta que tiene uno, la extrema susceptibilidad de los gatos.
Offenbach hace una tercera comida al día: ésta es la comida compartida con nosotros su familia. Pocos minutos antes de la hora de la cena él se sube a la mesa y sentado hierático espera que se sirva la comida. Casi nunca dice nada, excepto por un leve bostezo de aburrimiento cuando a veces la comida tarda demasiado. Cuando la mesa está servida, él mira sentado uno a uno a los comensales, todavía esperando. Offenbach espera ser alimentado de lo que comamos nosotros y, aunque rechaza toda carne que no sea conejo en su comida de por la tarde y pescado en la de por la mañana, él acepta comer de lo que comamos: pollo, carne de vaca, ternera, cordero, puerco, etc., etc. Muchas veces ha llegado a comer de la salsa preparada por Miriam Gómez y otras veces ha comido hasta papa y arroz, para desmentir a los que creen que los gatos no pueden ser vegetarianos: Offenbach, en la mesa, se muestra omnívoro. Es más, su amor por la comida compartida lo ha llevado hasta comer de nuestros postres: una hazaña increíble para todos los que saben que los gatos detestan el dulce, ya que sus papilas gustativas rechazan el sabor dulce tanto como las nuestras rechazan el sabor amargo. A veces, cuando la comida es totalmente vegetariana, Miriam Gómez le prepara a Offenbach un platillo con crema de leche, que él bebe sobre la mesa. Siempre que prueba de nuestra comida, va de comensal en comensal pidiendo silencioso, sin jamás mendigar, como haría un perro. Cuando ha probado de todos los platos, se baja de la mesa tan silencioso y rápido como subió a ella. Lo más curioso es saber que Offenbach sube a la mesa por las tardes, ya que al medio día siempre almorzamos ligero: una sopa, un sándwich, una tortilla: comidas todas que no tienen el menor interés para él. Su momento malo en la mesa llega cuando tenemos visita a comer: hay que encerrarlo en un cuarto hasta que esté terminada la cena. Es entonces que sale y se refugia en cualquier rincón, lejos de los seres humanos que lo han ofendido relegándolo a su ostracismo.
Offenbach y el universo
Alguen me preguntaba una vez cómo había afectado mi vida la llegada de Offenbach. Dije o creo que dije que mi vida se podía dividir en antes y después de Offenbach. Lo mismo ocurre con la llegada de mi mujer, Miriam Gómez, a mi vida, o de mis hijas. Pero estos últimos son cambios previsibles. El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo. Mi amor por esas doce libras de pelo, garras y ojos azules llega a dividir los visitantes a mi casa en dos categorías: los que admiran y los que desdeñan, aunque sea levemente, a Offenbach. Los primeros se convierten ipso facto en amigos a pesar de que su incidencia sea tan mínima como la de un técnico desconocido que viene a arreglar la televisión. Los segundos pasan a ser cuestionados en seguida, aun después de años de amistad intensa. Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato. A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que más dan pidiendo menos.
A través de Offenbach he podido entender el mundo animal de nuevo, que estaba vedado para mí desde que me hice adulto y los problemas humanos vinieron a abrumarme y a hacerme olvidar la sencilla vida animal, sus ciclos vitales y su ausencia de agonía: lo contrario de la agónica vida del único animal que sabe que d muere.
Offenbach es un animal feliz: sus exigencias son bien pocas y, aparte de una comida en la mañana y otra al final de la tarde, no exige otra cosa que lo que él mismo da a granel: cariño, una mano pasada por la cabeza y el lomo, una cepillada ocasional: atención. Pero a pesar de su humanización y de su reclusión hogareña, la vida de Offenbach está atemperada a los ciclos animales y universales: él y el cosmos son la misma cosa, y el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración.
¿Todo Offenbach?
Releo lo escrito hasta aquí y me abruma su inanidad: la incapacidad de mi escritura para atrapar la esencia de lo que es Offenbach. Quizás algunas anécdotas puedan si no llenar por lo menos rodear ese vacío.
Un día Néstor Almendros vino a Londres y, como estaban los hoteles llenos, se quedó a dormir en casa. A media noche se despertó soñando que lo devoraba un tigre –y al despertar de la pesadilla se encontró con la cabeza de Offenbach que, sentado sobre su pecho, lo miraba dormir.
A Offenbach le gustan las escaleras, recuerdos tal vez de sus antepasados en las selvas siamesas. No hay para él mayor placer que Miriam Gómez saque la escalera de mano para alcanzar algún objeto del desván: en cuanto la abre, allí está Offenbach, salido de la nada, subendo el primero los escalones como un trapecista ebrio.
Offenbach tiene un colmillo partido. Esto le ocurrió al tener un accidente de caza con una ventana: velaba allí unas palomas a las que Miriam Gómez había echado comida en el poyo y, después de muchos asedios y emboscadas, saltó Offenbach sobre la imagen de la paloma más cercana a través del cristal límpido, contra el que dio de boca, partiéndose un colmillo. Desde entonces se le conoce en la casa como el Jefe Colmillo Frágil.
La curiosidad de Offenbach no tiene límites animales: basta que alguno de nosotros se pare frente a las ventanas que dan a la calle, para ver a Offenbach, detrás y abajo, tratando de mirar lo que miramos por todos los medios, llegando a maullar para que lo carguen o a subirse sobre el televisor y alargando el cuello mirar él también lo que miramos.
Un día llegó a la casa la bella G. Ch., de visita breve, y Offenbach, tal vez reconociéndola, extremó su caminado a la Dietrich para emerger de la sala al estudio y para flechar para siempre a la visita: lo mismo hace con cada visitante receptivo a los gatos.
Ver lavarse a Offenbach es una muestra de elegancia suma. A veces adopta poses tan desusadas –una pata trasera extendida y agarrada por las dos patas delanteras, mientras con la otra pata debajo de sí guarda un equilibrio tan precario como elegante–. Verlo es creer que él sabe que ofrece un espectáculo inusitado: la pose natural imposible de alcanzar por el ser humano más afectado.
Ver comer a Offenbach o tomar agua es otro deleite: no puede haber mayor finura en actos tan animales. Su lengua sube y baja desde el agua con una regularidad metronómica, y, al comer, muerde gentilmente la carne y la engulle poco a poco, apenas masticada por sus débiles dientes.
Offenbach es un espectáculo digno de verse hasta durmiendo, sobre todo dormido. Los días de sol él se regala con la luz y el calor, estirando una pata hacia delante mientras coloca sobre ella la cabeza a manera de almohada. Los días fríos se recoge como una gallina empollando junto a uno de los radiadores convirtiéndose en una verdadera bola de pelos, nada más que la cabeza saliendo de entre su abrigo natural. Otras veces coge de almohada los más disímiles objetos: el cable del teléfono, la pata del radiador, el suelo mismo, mientras su cuerpo descansa sobre un cojín. Otras veces…, pero basta.
¿Es esto todo Offenbach? No: ni siquiera he comenzado.

sábado, 30 de enero de 2016

D. H. Lawrence (Inglaterra, 1885.1930)

El Mar

El hermoso amanecer: la hermosa, pura, amplia mañana en medio del mar, con un aire tan áureo y delicioso, con las temblorosas monedas de oro marinas y el cielo lejos, lejos, muy alto, insondablemente diáfano. ¡Qué felicidad estar en una nave! ¡Qué hora dorada para el corazón de un hombre!
Ah, si uno pudiera navegar para siempre en un pequeño, tranquilo barco solitario, de una tierra a otra tierra y de una isla a otra isla, y vagabundear por los espacios de este mundo hermoso, siempre a través de los espacios de este mundo hermoso. ¡Sería dulce a veces bajar a la tierra opaca, bloquearse uno mismo contra la tierra dura, anular la vibración del propio vuelo contra la inercia de nuestra terra firma! Pero la vida misma estaría en el vuelo, en el temblor del espacio. ¡Ah, el temblor del espacio sin fin, mientras uno se mueve en vuelo! Espacio, y la frágil vibración del espacio, el alegre solitario retorcerse del corazón. Para nunca más quedarse atascado en la tierra. Para no ser nunca más como un burro con un tronco en la pata, amarrado a la tierra fatigada que ya no tiene respuesta. Sino para partir.

¡Para encontrar tres almas viriles, perdidas en el mundo y, perdidos en el mundo, vagabundear y vagabundear con ellos, a través del espacio vibrante, mientras dure la vida! ¿Para qué fondear? No hay motivo para anclarse a nada. La tierra ya no tiene respuestas para el alma. Se ha vuelto inerte. Dioses bondadosos, dadme un pequeño barco y tres camaradas mundialmente perdidos. ¡Oídme! Y déjenme vagabundear sin propósito a través de este vívido mundo de ostracismo, el mundo vacío de hombre, donde el espacio vuela feliz.

viernes, 29 de enero de 2016

Daniel Moyano

La fábrica



La palabra surgió de pronto en todas las bocas con un sentido mágico. Nadie había visto una fábrica en su vida, pero allí estaba la palabra para asegurar su existencia. La había traído un alemán. Según algunos, la había pronunciado en un bar, sin convicción alguna, mirando su vaso de cerveza, como si se le hubiese escapado de la boca. Era duro de lengua y en realidad no dijo fábrica sino fabrik, cuyo sonido era tenso como un vidrio. Nadie comprendió al comienzo el hechizo que acababa de producirse. Aquella noche los labradores siguieron bebiendo en silencio su vino cotidiano y se acostaron sin ningún presentimiento.
El alemán se marchó al día siguiente, pero volvió dos meses después para reparar el molino de los Morillo. En aquel pueblo no había mecánicos, pero el alemán venía a menudo en su Overland modelo 30 con la carrocería llena de caños, morsas, terrajas, llaves y repuestos para molinos. La palabra que él había pronunciado un par de meses antes se había convertido ahora en una especie de oración cotidiana. Todo el mundo hablaba de la fábrica y de sueldos increíbles, todo el mundo tenía la esperanza de poder ir allá algún día y ganar sumas fabulosas.
Cuando el alemán volvió y los labradores le preguntaron sobre la fábrica, respondió afirmativamente, pero sin convicción, como la primera vez, cuando anunció el prodigio. Dijo que era cierto y que efectivamente se ganaba mucho. Entonces nadie vaciló más.
Pero había varias leguas hasta la ciudad donde estaba la fábrica y el viaje era muy costoso. A pocos meses de la segunda entrada del alemán, uno solo, Ceballos, había logrado partir. Todos lo envidiaban y hablaban de sus defectos, pero tiempo después comenzaron a elogiar su decisión y a atribuirle poderes absolutos sobre las mujeres, las bebidas caras y los lugares prohibidos. Y nadie lo veía ya como había sido, con su sombrero de trapo, cuyas alas caían sobre su frente como el ruedo de un vestido; pero tampoco podían imaginarlo de otro modo porque un buen traje y un buen sombrero eran muy poco para el poder fabuloso que otorgaba el hecho de trabajar en la fábrica. De manera que Ceballos era un hombre invisible que existía sin embargo y que allá lejos dominaba el mundo a su antojo.
Nadie hablaba de la fuga que se preparaba, pero todos habían decidido partir secretamente, ganar la delantera por si fallaba algo. Temía cada uno para sí que la fábrica no pudiese albergar a tantos, de modo que casi nunca hablaban del asunto, y si lo hacían jamás mencionaban la posibilidad de partir. Pero, reunido el dinero para el pasaje, salían subrepticiamente. Bastaba tener el dinero para el viaje solamente, porque sin duda todo lo demás quedaba a cargo de la fábrica.
Una mañana, en el apeadero ferroviario, que estaba a poco menos de un kilómetro del pueblo, Alcántara esperaba impaciente la llegada del tren, Al fin partiría, como Ceballos, hacia la riqueza. El tren pasaría a las cinco de la mañana. Le quedaba casi media hora para regocijarse a sus anchas. ¡Cuántas cosas dirían de él al otro día! Sería un héroe. Ahora trabajaba en la fábrica. En eso vio moverse una sombra en el camino. Era Antúnez, que traía una valija bamboleando en la mano. Se sorprendieron al comienzo y se miraron con desconfianza, pero no tardaron en urdir una especie de complicidad. Después de todo el trabajo sobraría. Las fábricas eran grandes. En seguida, uno por uno, llegaron Pereyra, Gómez, Ramos, Buitrago, Camaño y Charaviglio. Entonces llegó el temor. Todos se sentían sustituidos, traicionados, y el desaliento los sobrecogía. Pero Buitrago, armado de valor, encomió la grandeza de la fábrica. Aquello era algo monumental. No había por qué tener miedo porque el trabajo no faltaría. Todos creyeron al pie de la letra, como suelen creer los aterrorizados. Buitrago, naturalmente, no tenía la menor idea sobre lo que podía ser una fábrica. Y aunque todos sabían que hablaba por hablar, que lo que decía no tenía ningún fundamento cierto, aceptaron a medias sus conceptos. Después que habló Buitrago llegaron todavía Rodríguez y Arguello, que alcanzaron a oír las últimas palabras del discurso. Los últimos fueron Santucho, Velárdez, Sandoval y Pacheco.
Cuando bajaron del tren empezaron a caminar como ebrios. Antúnez miraba hacia arriba como buscando la fábrica. Cerca de la estación, en una especie de playa, había un camión reluciente. Cuando pasaron por allí, mirando hacia los cuatro puntos, el conductor del camión, maravillosamente vestido, los llamó con un movimiento de la mano. Poco después estaban todos en la carrocería del vehículo viajando, por los últimos suburbios de la ciudad, hacia la fábrica. Santucho no quería explicarse, como otros, ese encuentro milagroso con el camión, que les permitía ahora estar viajando hacia la fábrica sin dudas ni búsquedas de ninguna naturaleza, y desechando toda explicación lógica pensaba que todo se debía al poder absoluto de la fábrica.
El camión había salido de la ciudad y se hallaba ahora en campo abierto. No se detuvo en la garita policial. El policía, viendo que se trataba del camión de la fábrica, hizo una venia respetuosa y lo dejó pasar; el conductor levantó apenas una mano del volante para saludarlo. "Claro, es la fábrica", pensaba Santucho e imaginaba que ella era como un ser humano con atributos tales como ternura, bondad, generosidad y paciencia.
Estaban en pleno campo y la fábrica no aparecía. El camino era de cemento, impecable, limpísimo, construido por la fábrica para su uso exclusivo. Alcántara, alto y flaco, estiraba el cuello de vez en cuando como para atisbarla. El camión comenzó a subir una cuesta. No le daba trabajo subir, pese a la cara que llevaba, y parecía deslizarse suavemente hacia abajo. Sin embargo subía. Cuando el camión llegó a la cúspide el deslumbramiento fue total. Allá estaba, imponente, eterna, poderosa, una mole de hierro y de cemento que turbó el ánimo de todos. Pacheco sintió que el corazón latía fuertemente y que tenía miedo. Siempre que había amado algo, también lo había temido.
El primer día no hicieron casi nada. Los llevaron por diversas dependencias, pincharon sus venas, desnudaron sus cuerpos (quizás no seamos totalmente hombres, pensaron algunos con temor), les preguntaron por sus padres y por sus abuelos, fotografiaron por dentro sus huesos y sus visceras, firmaron montones de papeles y finalmente conocieron el campamento donde dormirían desde esa noche.
Los días pesaban más dentro de la fábrica, pero la idea de las sumas fabulosas que cobrarían a fin de mes pesaba mucho más. Parecía una locura ganar tantos pesos por día, pero era cierto y así lo quería la fábrica. Un día Sandoval tuvo algunas dudas y quiso averiguar la verdad. Quería saber por qué ganaban tanto, hablar con alguien que pudiera explicarlo todo. Pero en la puerta de la oficina que le indicaron decía Do not slam the door, que él tradujo inmediatamente por "No se permiten preguntas", y se volvió explicándose a sí mismo lo que iba a preguntar, es decir, no explicándose nada, porque ahora se daba cuenta de que si hubiese entrado no habría sabido qué decir finalmente.
La leyenda de la puerta, pensaba Sandoval, coincidía con las respuestas que, según Pacheco, daba la muchacha de la entrada principal. Pacheco fue el único que vio la entrada principal de la fábrica. Todos habían entrado directamente por la planta de trabajo, de modo que no conocían todavía el frente del edificio, que sin duda sería imponente. Pacheco, durante el ir y venir del primer día, se desvió en un momento dado de los pasillos por donde los conducían y se encontró de pronto ante una inmensa fachada de aluminio. Vio muy poco, porque para ver todo hubiera necesitado alejarse unos cien metros, pero podía imaginar el resto. Cuando quiso entrar no encontró la puerta por donde había salido, caminó unos metros y se halló en una inmensa sala de vidrio salpicada de guardianes uniformados. Cuando uno de ellos le dijo que se retirara, él había alcanzado a ver y oír a una joven bellísima que sabía a la perfección cuanta pregunta se hiciera sobre la fábrica. Parecía una mujer edénica explicando a los que quisiesen las maravillas del mundo. Sus respuestas eran siempre breves y perfectas. Los que acudían a ella lo hacían generalmente para pedir algo, y ella respondía siempre con frases tales como "No damos tal cosa", o bien "Damos tal cosa". Al lado de la muchacha (y esto lo advirtió Pacheco mucho tiempo después de haberlo visto) había un joven exactamente igual a ella en belleza y donaire. Su aspecto general era el de un Adán perfecto, cinematográfico, y al verlos juntos había que pensar inmediatamente en un idilio. Sin embargo se detestaban. Escasamente hablaban entre ellos (salvo cuando se consultaban para poder brindar un servicio mejor) y sus miradas tenían rasgos fugaces de una ira velada y contenida. En realidad eran un solo ser perfecto, apenas separados por el sexo, suavemente lejano.
El día de pago se acercaba rápidamente y costaba acostumbrarse a la idea de cobrar tanto dinero a fin de mes. Parecía mentira, y Pacheco creía a ratos que, aunque fuese cierto, algún suceso imprevisto evitaría a último momento esa certeza. Por la noche sacaba cuentas y se decía que tanto dinero por mes significaba muchos pesos por día muchos pesos por hora, y hasta por minuto, y ahora estaba ganando dinero, en ese minuto, el dinero se acumulaba inexorablemente, sin término, y el solo hecho de existir significaba dinero. Y pensaba que los sábados por la tarde y los domingos no trabajaban, de manera que la fábrica les pagaba también el descanso. Ella había tomado sus existencias y les pagaba por todos los minutos de vida. Hasta la muerte estaba prevista en unas planillas, donde constaba que al morir ellos sus herederos cobrarían cierta cantidad de dinero.
La sección donde trabajaba Pacheco era una pieza de dos por tres, con muchos estantes y cajones llenos de tarjetas. Su tarea era mantener o guardar el orden, pero se trataba de un puro principio, porque todos sus jefes sabían que allí no podía haber orden y que no lo había habido nunca, salvo el primer día, cuando se abrió la fábrica. Era una especie de oficina de desperdicios administrativos, con numeraciones más bien falsas y documentos fingidos. El orden era simplemente visual. Aunque los cajones fuesen iguales, adentro, entre las tarjetas, figuraba el principio de un caos. Se sabía que era imposible evitarlo por la propia naturaleza de los documentos que allí había, pero él debía tratar de hacerlo, quizás por respeto a alguna ley íntima de la fábrica. Si después de largos esfuerzos lograba restablecer parcialmente el orden al cual se aspiraba, un papelito más que llegara destruiría todo lo hecho. Y eso no significaba en modo alguno que él fuese inútil, como lo había pensado muchas veces, y que tuviesen que echarlo, porque justamente para ese juego imposible lo había empleado la fábrica. Quizás él tuviese que ser, en todo caso, una simple presencia del orden. Lo trasladaron a esa sección desde que los capataces advirtieron que era un poco atolondrado y que una grúa le había rozado la cabeza. El último día del mes estaba próximo, el dinero estaba muy cerca de ellos, pero ellos eran otros. En tan poco tiempo la fábrica los había transformado. Pacheco advirtió el cambio. Sentía que soñaba menos y que hablaba de otro modo. Atribuyó el cambio al hecho de haberse desnudado el primer día. Por eso se había convertido en un hombre de la fábrica. Pero la certeza de ser otro la tuvo cuando recibió la carta de su mujer. Durante los primeros días Laura seguía siendo para él ese cuerpo cálido que con su desnudez lo protegía de la lúbrica y que lo esperaba allá lejos para cuando terminaran los días nuevos con sus infinitas imposiciones, pero ahora había perdido la percepción de aquella intimidad clara y transparente. La carta y las cosas que en ella decía su mujer eran cosas anteriores al conocimiento de la fábrica, y parecían superfluas.
El día anterior al pago fue deprimente. Todos andaban silenciosos, como secretamente cómplices de algún acto reprochable. Pacheco, desde su piecita, podía observarlos detenidamente mientras iban y venían por la planta, y los veía como mutilados. A Santucho, por ejemplo, le faltaba una pierna; a Charaviglio, un brazo; a Antúnez, los dientes; a Pereyra, una oreja. Hasta Arguello, que todos los días se asomaba para decirle así que a fin de mes va a haber plata, con una reiteración obsesiva, pasó ese día sin decir nada, y solo atinó a guiñar un ojo. Y no era que hubiesen variado las cosas, que hubiera algo que temer: la fábrica era siempre la misma y cumpliría con su promesa de pagarles, seguía siendo esa entidad poderosa que habían presentido cuando el alemán pronunció la palabra. Pero era terriblemente sorda, inconmovible, y jamás hubiera podido equivocarse, o ser una simplificación o la medida de sus necesidades. Ella superaba sus sueños y sus cálculos, incluso sus facultades receptivas. Era desmesuradamente cierta cuando ellos hubieran preferido que no fuera tan poderosa, que tuviera algún instante de debilidad.
De manera que era cierto, y al día siguiente cobrarían, tendrían en sus manos una cantidad de dinero que de otra manera hubieran tardado años en reunir. Esa noche, agitados en sus catres, no podían dormir. Iban a ser poderosos, iban a poder hacer muchas cosas vedadas, ni siquiera presentidas. Velárdez juraba que compraría por lo menos cien velas para San Cayetano, que encendería simultáneamente junto a un gran cuadro que haría hacer del santo. Gómez temblaba pensando que todos le robarían, los muy malditos le robarían el dinero que él había ganado en la fábrica. Ramos tendría todas las mujeres que hubiera, se acostaría con dos juntas cada noche, para eso pagaba. Pacheco sentía que en realidad no necesitaba ese dinero. Laura se lo había dicho unas horas antes de partir: "Vamos a tener que estar separados, por un poco más de plata". Pero era absurdo oír esa frase después de haber estado en la fábrica. Eran palabras tontas, infantiles como las de la carta. Nunca hubiera imaginado que Laura fuese tan tonta.
A las diez de la mañana Alcántara asomó la cabeza por la ventana de la pieza donde trabajaba Pacheco. "¿Cobraste?", preguntó. Cerró con llave y se fue a cobrar. Le dieron el sobre y firmó una planilla. Eso era todo. El dinero estaba allí, en sus manos. Después lo contaría.
Esa tarde, en el campamento, decidieron ir a la ciudad. Mientras se vestía, Pacheco pensaba en el instante en que bajaron del tren. La ciudad era ya la fábrica, el deslumbramiento, el orden, la riqueza, pero él extendía los ojos y no la veía por ninguna parte. Quizás fueran puras invenciones del alemán y de todos ellos; quizás fuese solamente la palabra. Sin embargo habían cobrado y ahora tenía el dinero en el bolsillo: dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Un camión de la fábrica los llevó hasta la entrada da de la ciudad y volvió inmediatamente. Todavía era de día y había algunos negocios abiertos. Charaviglio compró un traje nuevo y tiró el otro en un baldío. Velárdez compró zapatos y guantes, pero conservó los zapatos viejos, que llevaba bajo el brazo atados con un hilo. Y casi todos ellos, por un capricho unánime, compraron sombreros de paja que correspondían a una moda en desuso pero que un turco previsor guardaba en polvorientos cajones. En todas partes les preguntaban si eran de la fábrica. Antúnez respondía con severidad, de acuerdo con el respeto con que formulaban la pregunta. Alguien a quien conocieron en un bar céntrico prometió) llevarlos adonde había mujeres, les habló de baños turcos y de casas de juego. El hombre parecía conocer maravillosamente bien todos los lugares, donde uno podía entregarse a algo distinto, donde podía gastarse largamente y olvidar el zumbido de la fábrica. La idea los entusiasmó un rato, pero prefirieron seguir por su cuenta, descubrir ellos mismos esos lugares codiciados. De modo que lo incorporaron al grupo para utilizarlo a su debido tiempo. El hombre, flaco pero robusto, siempre risueño y servicial, bebía alegremente. Todo lo hacía complacido y aclaraba a cada rato que él no tenía dinero. "Ya van a ver cuando estemos en La Gruta, con pocas luces y muchas mujeres", decía, pero los otros entraban a cuanto tugurio encontraban, los más feos y sucios, y lo obligaban a participar de sus alegrías pueriles, de sus pequeños placeres, de sus chistes tontos e inocentes. El hombre se desesperaba a ratos y les decía que estaban desperdiciando la plata, perdiendo cosas mejores y gastando el tiempo en bolichitos de mala muerte. En eso Arguello lo llamó "señor mago" y todos ellos festejaron la ocurrencia con risotadas.
Hacia las dos de la mañana llegaron a un bar suburbano, grande y sucio, ubicado cerca de una estación de ferrocarril. El mago se desesperaba. ¡Cuánto mejor hubiera sido estar en La Gruta, entre mujeres cimbreantes! El tocadiscos automático tocaba un tango, y un japonés dormitaba con la cabeza apoyada en el mostrador. Dejaron los sombreros sobre una mesa grande y juntando tres o cuatro de ellas se sentaron alrededor. Por indicación del mago pidieron cerveza, que "neutralizaba los efectos del vino". Pacheco bebía y se deleitaba oyendo el ruido de la máquina de preparar café. Era un ruido reposado, como si la máquina, ya dormida, respirara suavemente. La oía a través de las voces de sus compañeros y de los tangos melosos que cantaba Charaviglio. El mago hacía gestos de disgusto y engullía grandes cantidades de papas fritas. Habían llegado a la saciedad, pero permanecían allí como para ver qué había más allá. Tenía que haber algo mejor sin duda alguna.
Pacheco apoyó la cabeza contra la mesa. Hacía un buen rato que sentía los efectos del alcohol. Con todo lo bebido, apenas había gastado cien pesos. ¡Y cuánto dinero le quedaba todavía! Cerró los ojos y vio que más allá de la saciedad habían matado al japonés. Tenía dos venas al aire. Por una brotaba sangre y por la otra el mago le echaba vino con una botella. Velárdez caminaba por el techo y Antúnez orinaba una por una las botellas de los estantes. Alguien había amontonado todas las mesas en el centro del salón y con ellas y los sombreros encendían una gran fogata. Entonces venían mujeres desnudas para apagar el incendio, pero en vez de arrojar al fuego el agua de los cántaros danzaban con ellos, mientras un italiano, sentado sobre la máquina del café, tocaba una guitarra larga hasta el suelo.
Alzó la cabeza y miró. Casi todos sus compañeros dormitaban, borrachos, inclinados sobre las mesas. Se levantó. El aire fresco lo reanimó y empezó a caminar despacio. Cuando se acordó había salido de la ciudad. Unas malezas duras le rozaban los tobillos. Caminó mucho en la oscuridad hasta que vio brillar la luna. Al rato oyó el rumor lejano de la fábrica, a la izquierda. Avanzó entonces en dirección contraria, para no oír, pero el rumor, aunque debilitándose, persistía.
Estaba en medio del campo, rodeado de horizontes, con el dinero en el bolsillo. Metió la mano para contarlo otra vez: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil... El rumor de la fábrica se había perdido, pero le quedaba el recuerdo en los oídos. Se sorprendió queriendo contar otra vez el dinero. Se acordó de pronto de una historia leída en una revista de historietas. Se llamaba "El ahorcado". Era la narración de un hombre que perdía mil pesos ajenos y se ahorcaba. Lo rodeaban hombres jóvenes y alegres que bailaban debajo de un árbol, entre una lluvia de billetes. El ahorcado y el dinero y el árbol también bailaban. Dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Se detuvo. Había andado mucho y tendría que caminar rápido para llegar antes de que sonara el pito de la fábrica. No sabía qué hora era, pero el pito comenzaba a sonar cuando el cielo estaba como ahora.
El cielo estaba muy claro cuando llegó al bar. Un instante antes de entrar vio a Charaviglio cantando dentro del tocadiscos, sin cabeza. Todos estaban ahorcados. El japonés y el mago y las sillas y las mujeres desnudas y las baldosas y las mesas bailaban. Una lluvia de billetes rosados y azules caía desde el techo. En un ataúd enorme, en medio del salón, yacía Laura. Todos sus compañeros, a manera de homenaje, habían depositado sobre el cajón sus sombreros de paja. Cuando entró por fin, Argüello, desde lo profundo de su cara tostada, guiñó un ojo. Era el único despierto. Los demás dormían sobre las mesas. Algunos tenían los sombreros puestos. Charaviglio roncaba con la boca abierta. El japonés barría el piso. Entonces Pacheco comenzó a despertarlos sacudiéndolos en sus sillas y señalando la hora en el reloj de la pared. Eran las seis menos cuarto y sin duda ya no tendrían tiempo para llegar a la fábrica. Sin duda los' despedirían a todos por llegar tarde. No querían despertar, pero cuando alcanzaban a ver la hora saltaban de sus sillas como resortes. La idea de llegar tarde los sobrecogía.
Salieron a la calle y oyeron un rumor suave y rítmico entre la oscuridad indecisa, como un gran animal que respiraba en su cueva. Se acercaron. Era un camión de la fábrica, que los esperaba. Cuando subieron todos, sin asombro, el conductor encendió los faros y apretó el acelerador.

martes, 12 de enero de 2016

Ray Bradbury


Noche de verano


 La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas, interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas, murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche. Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor. En uno de los escenarios cantó una mujer. El público se sobresaltó. La mujer dejó de cantar. Se llevó una mano a la garganta. Inclinó la cabeza mirando a los músicos, y comenzaron otra vez. Los músicos tocaron y la mujer cantó, y esta vez el público suspiró y se inclinó hacia delante en los asientos; unos pocos se pusieron de pie, sorprendidos, y una ráfaga helada atravesó el anfiteatro. La mujer cantaba una canción terrible y extraña. Trataba de impedir que las palabras le brotaran de la boca pero éstas eran las palabras: Avanza envuelta en belleza, como la noche de regiones sin nubes y cielos estrellados; y todo lo mejor de lo oscuro y lo brillante se une en su rostro y en sus ojos.... La cantante se tapó la boca con las manos, y así permaneció unos instantes, inmóvil, perpleja. ~¿Qué significan esas palabras? -preguntaron los músicos. -¿De dónde viene esa canción? -¿Qué idioma es ése? Y cuando los músicos soplaron en los cuernos dorados, la extraña melodía pasó otra vez lentamente por encima del público que ahora estaba de pie y hablaba en voz alta. -¿Qué te pasa? -se preguntaron los músicos. -¿Por qué tocabas esa música? -Y tú, ¿qué tocabas? La mujer se echo a llorar y huyó del escenario. El público abandonó el anfiteatro. Y en todos los trastornados pueblos marcianos ocurrió algo semejante. Una ola de frío cayó sobre ellos, como una nieve blanca. En las avenidas sombrías, bajo las antorchas, los niños cantaban: ... y cuando ella llegó, el aparador estaba vacío, y su pobre perro no tuvo nada... -¡Niños! -gritaron los adultos~. ¿Qué canción es ésa? ¿Dónde la aprendisteis? -Se nos ha ocurrido de pronto. Son sólo palabras, palabras que no se entienden. Las puertas se cerraron. Las calles quedaron desiertas. Sobre las colinas azules se elevó una estrella verde. En el hemisferio nocturno de Marte los amantes despertaron y escucharon a sus amadas, que cantaban en la oscuridad. -¿Qué canción es ésa? Y en mil casas, en medio de la noche, las mujeres se despertaron gritando. Las lágrimas les rodaban por las mejillas y los hombres trataban de calmarlas. -Vamos, vamos. Duerme. ¿Qué te pasa? ¿Alguna pesadilla? -Algo terrible va a ocurrir por la mañana. -Nada puede ocurrir. Todo está muy bien. Un sollozo histérico: -¡Se acerca, se acerca! ¡Se acerca cada vez más! -Nada puede sucedernos. ¿Qué podría sucedernos? Vamos, duerme, duerme. El alba de Marte fue tranquila, tan tranquila como un pozo fresco y negro, con estrellas que brillaban en las aguas de los canales, y respirando en todos los cuartos, niños que dormían encogidos con arañas en las manos cerradas, y amantes abrazados, y un cielo sin lunas, y antorchas frías, y desiertos anfiteatros de piedra. Sólo rompió el silencio, poco antes de amanecer, un sereno que caminaba por una calle distante, solitaria y oscura, entonando una canción muy extraña. 

 de Crónicas Marcianas

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Truman Capote

Una Navidad

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa —quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.

Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.


Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo—bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.


Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".


¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.


Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaj e de cuatrocientas mill as , poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
Era Nueva Orleans.


Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba —un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
—¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?


Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
—¿Dónde está?
—¿La casa? No muy lejos.
—No, la casa no. La nieve.
—¿Qué nieve?
—Creía que habría un montón de nieve.


Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
—Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos nunca que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.


No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían —o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta a casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cow-boy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería un caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran escasas las casas que tuvieran radio o refrigerador.
Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo —un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no , antes o de spués recorriero n el camino del altar—en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.


Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente—a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos? desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. iMe sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, invierno o verano.


Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. iPero esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias—sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera. Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.


Me decía:
—Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans?
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.


Dijo mi padre:
—¿Es que a mí no me quieres?
Dije yo:
—Sí.


Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleara con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes. iVer para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, si bien no supiera qué me había parecido tan divertido.


Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.


Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama teman muchas exactamente iguales. iPuro "Moonshine", licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue cormo si el retrato se hubiera desvanecido.


Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse cacr por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
—¡Vaya!—dijo—. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.


Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
—Existe un Papá Noel porque lo que hace es l^oluntad del Senor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
—¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!


Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilia y rizadas guirnaldas de orquídeas—planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.


No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asuntc hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuellc envuelto en pieles.


Había ido a visitarme a uno de esos internado< snobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
—¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues, ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro —yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.


Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... Moon, moon olser Miami... This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?... Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... [Célebre canción ligera de la época.]


Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orlearrs en aquella Nochebuena.


Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaba reunida en el salón, donde un pálido fuego en la chirnenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros mnuchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acorde s de un gramófono. Tras haber sido presentacao a los invitados y agasajado por todos, me enviar on arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor— como mínimo diez años mayor que mi padre, quien? en aquella época, tenía treinta y cinco.


De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, eran más jóvenes que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre.


Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.


Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilia. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿Sabía Sook la verdad, y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era —aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.


Estuve observando hasta que mi padre terminara su tarea y apagara las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos. Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.


Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: "Para Buddy". Todas, excepto una que rezaba: "Para Evangéline". Evangéline era una negra ya mayor que bebía cocacola todo el día y que pesaba trescientas libras; era el ama de llaves de mi padre—también lo había criado ella. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerseys y tonterías por el estilo.


Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. Bang. Bang. Bang.
Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par.
Bang. Bang. Bang.
—Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
Bang. Bang. Bang.
—¡Para eso de una vez!


Me reí.
—Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
Más calmado, entró en el salón y me abrazó.
—¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?


Le sonreí. El me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
—Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia— podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeo y dijo:
—Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?


Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, cuando mi padre rellenó un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme —insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.


Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de "Moonshine"; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
—No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos y en ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúc11an1e, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel.


Me apretaba la muñeca con tanta fuerza que me hacía daño.
—A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
(El nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años.)
—Bésame. Por favor. Por favor. Bésame. Dile a tu papá que le quieres.
Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
—Dilo: "Te quiero". Dilo. Por favor. Buddy.


Dilo.


Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas si podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.


Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.


Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
—Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegarás a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.


Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Clarice Lispector

“P E R T E N E C E R” (15 de junio 1968)

Un amigo mío, médico, me aseguró que desde la cuna el niño siente el ambiente, el niño quiere: en él el ser humano desde la cuna ya comenzó. Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que no interesan aquí, de alguna manera yo debía estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací sin motivo. Si en la cuna experimenté esa hambre humana, ésta sigue acompañándome en la vida, como un destino. Al punto de que mi corazón se contrae de envidia y deseo cuando veo una monja: ella pertenece a Dios.
Exactamente porque es tan fuerte en mí el hambre de darme a algo o a alguien, es que me volví muy arisca: tengo miedo de revelar cuánto necesito y cuán pobre soy. Lo soy, sí. Muy pobre. Sólo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si no empecé a escribir tan pronto en la vida porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma. Lo que es un triste facsímil. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, perdí mi don de gentes. No sé ya cómo se es. Y una especie completamente nueva de la “soledad de no pertenecer” empezó a invadirme como hiedras a un muro. Si mi deseo más antiguo es el de pertenecer, ¿por qué entonces nunca formé parte de clubes o de asociaciones? Porque no es eso a lo que yo llamo pertenecer. Lo que yo quería, y no puedo, es por ejemplo que todo lo que viniera de bueno desde mi adentro yo pudiera darlo a aquello a lo que perteneciera. Incluso mis alegrías, qué solitarias son a veces. Y una alegría solitaria puede tornarse patética. Es como quedarse con un presente todo envuelto con papel de regalo en las manos —y no tener a quién decirle: tome, es suyo, ábralo. No queriendo verme en situaciones patéticas y, por una especie de contención, que evita el tono de tragedia, raramente envuelvo entonces con papel de regalo mis sentimientos. Pertenecer no resulta sólo de ser débil y necesitar unirse a algo o a alguien más fuerte. Muchas veces las intensas ganas de pertenecer me vienen de mi propia fuerza —yo quiero pertenecer para que mi fuerza no sea inútil y fortifique a una persona o cosa. Si bien tengo una alegría: pertenezco, por ejemplo, a mi país, y como millones de otras personas soy pertenencia de él a tal punto, que soy brasileña. Y yo que, muy sinceramente, jamás deseé o desearía la popularidad —soy demasiado individualista para poder soportar la invasión de la que una persona popular es víctima—, yo, que no quiero la popularidad, me siento sin embargo feliz de pertenecer a la literatura brasileña. No, no es por orgullo, ni por ambición. Estoy feliz de pertenecer a la literatura brasileña por motivos que nada tienen que ver con la literatura, pues ni siquiera soy una literata o una intelectual. Feliz sólo de “ser parte”. Casi logro visualizarme en la cuna, casi logro reproducir en mí la vaga y no obstante apremiante sensación de necesitar pertenecer. Por motivos que ni mi madre ni mi padre podían controlar, yo nací y resulté tan sólo: nacida. Sin embargo, fui preparada para ser dada a luz de un modo muy bonito. Mi madre estaba ya enferma, y, por una superstición muy difundida, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada: con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esta carga de culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Como si contasen conmigo en las trincheras de una guerra y yo hubiera desertado. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza. Pero yo, yo no me perdono. Querría que simplemente se hubiera cumplido un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces, sí: yo habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Yo no podía confiar a nadie esta especie de soledad de no pertenecer porque, como desertor, tenía el secreto de la fuga que por vergüenza no podía conocerse. La vida me hizo de vez en cuando pertenecer, como para darme la medida de lo que pierdo al no pertenecer. Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo experimenté con la sed de quien está en el desierto y bebe sediento los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y es propiamente en un desierto donde camino.



Clarice Lispector. Revelación de un mundo.