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lunes, 29 de febrero de 2016

crónica de María Moreno.

CONFESIONES DE UNA NIÑA FÓBICA QUE DEJO EL COLEGIO,
crónica de María Moreno.


No hay que subestimar la intrepidez de los fóbicos. Durante mi primer día de colegio no comprendí por qué los otros niños lloraban cuando sus madres se retiraban. Luego, a la salida, cuando la maestra ordenó que nos pusiéramos en fila de acuerdo a la dirección de nuestras casas, me sentí súbitamente excitada.
Me puse en la fila de los que iban para la avenida Córdoba pensando que era libre: jamás volvería a ver a mis padres. Fue la primera vez que vislumbré el placer de la huida: taquicardia, alegría soberana, idea de horizontes infinitos. Mi madre estaba en la puerta. Al verla, mientras los otros niños corrían a abrazar a las suyas con una mezcla de alegría y alivio, yo me puse a llorar.
Otra vez, mientras daba un pequeño curso en la Universidad Berkeley, en California, se presentó en la clase el reconocido historiador Tulio Halperín Dongui. Era amable, sentía curiosidad, ¿podía quedarse? Entré en pánico, le expliqué que su figura me resultaba tan amenazadora que no podría abrir la boca delante de él. No me creyó, pero se fue.
Si la fobia es una timidez especializada, puedo decir que la mía es al público. Y mi fobia faro ha sido la escuela. No desde el primer día, claro. La fobia no es lineal. El trauma necesita un segundo tiempo. Si el otro me inspira miedo de a uno, ni hablar del miedo que me inspira en conjunto bajo la forma de mesa redonda, conferencia, seminarios, fiesta de copete, pericón, asamblea, teatro de participación o camping. Mi fobia podría definirse como la impresión ante cualquier exposición pública como primer día de escuela, el que precisamente no viví con miedo
Mi madre, doctora en química, era sarmientina: en su infancia proletaria había plagiado la clásica escena de lectura antes de la lectura fingiendo leer en una libreta en blanco porque se ha olvidado el libro. La niña del conventillo recibió una débil reprimenda y luego se enteró de que se ha rumoreado: “¡Qué inteligente!”. La anécdota se me repite hasta el cansancio junto con otras dignas del tango Acuaforte: ella ha estudiado a la luz de una vela mientras vivía en la misma pieza con el padre y la madre, la escupidera bajo la cama. Se hacía ayudar en los deberes por el repartidor de la carnicería, para entrar en la universidad, en la carrera de química, por los profesionales, padres de sus amigas, en un barrio Once que nunca abandonó.
¡Cómo no haber sido yo una inversión perdida! Dejar la escuela como lo hice más tarde no fue más que reconocerle a mi madre como suyo el campo que tan duramente se ganó.
Pero no me adelanto: mi madre me hará, a todo lo largo de la primaria y los primeros dos años de secundaria, el resumen de cada materia: con el tiempo comprobé que simplemente copiaba, es decir no me dejaba tocar los manuales; para leer, debía pasar por el peaje de su letra titánica. Luego escribirá en todos mis libros, aún cuando yo ya tenga veinte años: María Cristina Forero, María Cristina Forero, María Cristina Forero (mi nombre antes de comenzar la carrera periodística). Escribe también mis composiciones hasta que un día la señorita Cristóbal, mi profesora de castellano, me hace escribir una sin previo aviso y me felicita.
Pero yo dejaré la escuela y volveré cuando la escuela haya ganado la calle y nunca entraré a la universidad.
Soy el Pinocho de mi madre que escribe mis resúmenes, hace mis composiciones, me toma la lección y, los domingos, cuando se me escapa una carcajada durante algún juego, me dice la frase fatal “no te rías tanto que tenés que repasar”. No pienso: estudio de memoria párrafos larguísimos, soy la Funes el memorioso del libro de historia de Ibáñez, del de castellano de María Hortensia Lacau, sólo que jamás los leo.
Tengo diez absoluto. Pero soy impopular, invisible. Los profesores no me quieren. La de historia se pone a enumerar a las inteligentes de la clase. Me preparo para ocupar algún lugar en la lista ya que vagamente asocio inteligencia a calificaciones: Raggio, Frimer, Lewintal, dice la profesora. Luego hace un silencio y agrega mirándome “Forero, no, Forero estudia de memoria”. Yo no sufro, mi madre sí.
Aranovich es la abanderada, tiene 9.25. Yo no digo nada. Hasta que un día alguien lee mi boletín y advierte la injusticia. Me llaman a dirección. Segunda frase brutal, la de la directora: “¿10 en todas las materias? Forero es un caso patológico”. La directora me rodea el antebrazo con la mano: el dedo índice se monta sobre el pulgar.
-Usted, Forero, no podría levantar la bandera 45 grados.
-¿45 grados ¿ Cuándo?
-Durante el Himno nacional.
Me adjudican la bandera, a regañadientes. Aranovich, del disgusto, tiene un surmenage.
En otra ocasión, tengo, sin embargo mis quince minutos de fama. Dos alumnas, con fama de revoltosas, me proponen afiliarme a la FEDE, la Juventud Comunista. Si yo, que soy la abanderada, me afilio, seré una buena coartada para ellas que son malas alumnas. En el aniversario de la Revolución Cubana, durante un recreo, vuelven al aula y subidas a los pupitres cantan Y la reforma agraria va. Me hacen subir con ellas.
Entra la celadora. La única que queda sobre el pupitre soy yo. Le ha llegado el rumor de que soy de la FEDE. No me cree, se ríe. Me hace bajar con aire de desidia, me dice que si vuelvo a hacer una cosa así me sacará la bandera pero lo dice como si recitara, con fatiga, sin fe.
En segundo año me enamoro de la profesora de castellano que tiene la boca carnosa de mi padre y se llama como él, Cristóbal. La señorita Cristóbal odia a las tragas y me pone un 9.25, ¿será ella la que bajó el promedio de Aranovich? No importa, yo la amo, cuando la oigo leer Platero y yo, y el sudor le moja los bigotitos.
Un día, mientras acompaño a mi madre a la farmacia, la veo caminar por la calle sin cartera, despeinada, a las doce de la noche. La amo más porque parece una mujer desesperada, tal vez viuda. Por esa época siempre levanto la mano para pasar al frente, la memoria es un antídoto para la fobia que aún no se ha desencadenado.
Un día la señorita Cristóbal hace representar El capitán veneno. Me da el papel de Rosa, la criada. Entro en pánico “brumas hay, cerrazón y dolor” como dice el tango. Hago que no con la cabeza, la giro locamente mientras me aferro al pupitre.
La señorita Cristóbal se impacienta. “Es una orden” dice. ¿Una orden? “No puedo, no puedo” balbuceo. La señorita Cristóbal se me acerca y me agarra de un brazo. Me arrastra con el pupitre. No cedo. Por fin me deja, está más sorprendida que enojada. A la salida, en la cola del trolley en el que suelo volver a casa, detrás de mí, está la señorita Cristóbal. Le cedo mi lugar, ella no acepta, yo obstruyo la cola, paralizada. Aferrada a la manija de la puerta del trolley, la señorita Cristóbal hace ademán de invitarme a subir. Salgo de la cola y me voy. No vuelvo más al colegio.
Pero hay otras razones soterradas. En tercer año está el profesor Salvadores, el único varón del establecimiento. Se dice que sale con una mujer casada, la jefa de celadoras y algo que me suena atroz “Salvadores te califica por el cuerpo”. ¿Por el cuerpo? Entonces perderé el diez, quizás me saque un uno, pienso. Otro beneficio accesorio de la fobia: durante los próximos años no cesaré de hablar del cuerpo, de abogar por los que no siguen el modelo, por los que lo transforman, lo transgreden, lo inventan.
Doy libre tercer año, tardo dos. Los exámenes me dan pánico. No estudio de memoria, pero no puedo pensar. Cuando logro asistir, la benevolencia de los profesores, que saben que he estudiado pero que tengo surmenage –como Aranovich, dicen– no me ayuda.
Mi madre me lleva al consultorio del doctor Torres, especialista en adolescentes. En la pared del consultorio hay un poster con la imagen de un niño que apunta con un arma. Qué raro. Sospecho que Torres y mi madre conspiran para que vuelva al colegio. Hay una interconsulta con el doctor Caparrós, el padre de Martín. El doctor Caparrós dice, y mi madre lo repite indignada: “La inadaptación escolar es el primer síntoma de salud mental en su hija”.
Tengo 16 años. Vuelvo a estudiar. Es un decir: voy a un nocturno en donde, en lugar de ser una alumna retrasada, seré las más joven. Hago un didáctico de Lolita. Entre mis compañeros hay un estafador que acaba de salir de la cárcel por falsificar firmas, un director de cine porno, un policía.
El estafador me enseña a firmar mis propios boletines, el director de cine porno me apadrina. Tiene debilidad por eso que nunca encuentra: una virgen. Acompaño al policía que, vestido de verdulero, vigila la casa de un sospechoso. Lo espío desde lejos. Las vecinas se le acercan y protestan. Él no tiene idea del precio de las papas, lleva el carro semivacío o con fruta pasada. Yo me río a lo lejos, él se tienta.
Mi virginidad se vuelve un tema de conversación. Jocosa. A la salida de la escuela, el policía, el director porno y el estafador me acompañan. Siempre me hacen el mismo chiste. Al pasar por un hotel alojamiento –en el Once los nombres son imaginativos: Termine, Eleven One– me levantan por el aire y me empujan como si yo fuera un tronco para violar la puerta de entrada. Nos corren con insultos. Nos amenazan con la policía. “Yo soy policía”, dice el policía.
Mis compañeros me preguntan por qué no seguí el colegio de día si sólo estoy atrasada un año. Les cuento el asunto del profesor Salvadores. Me hacen girar y me miran el culo. “Qué boluda, hubieras podido mantener el diez a causa del siete”. No están de acuerdo en que no siga Farmacia como quería mi madre: “Podrías conseguirnos Artane”.
En los recreos se habla de un alumno que falta. Ha tenido un accidente de moto. Luego alguien dice que ha muerto. Pero a los pocos días el alumno aparece con la cabeza vendada. Soy Apollinaire, dice. No entiendo. Va hacia el pizarrón y dibuja dos líneas cruzadas y una estrellita. “¿Qué es?” Me pregunta. No sé. “El Principito”, contesta. Me presta Memorias de una joven formal, dice que me parezco al dibujo de tapa. Comienzo a leer, a vivir. Comienzo.
La fobia me ha traído mucho sufrimiento, echó a perder cosas que tal vez deseaba o que creía que deseaba precisamente porque las había perdido, acallado lo que tenía que decir –sobre todo lo que hubiera sido justo que dijera– pero me llevó a la escritura, ese espacio en donde, aunque los lectores sean diez, son invisibles a los ojos asustados de sus juicios, a lecturas en donde los audaces realizan sus inalcanzables hazañas y, a mi modo, soy feliz.

jueves, 4 de febrero de 2016

OFFENBACH, crónica de Guillermo Cabrera Infante sobre su gato.

OFFENBACH, crónica de Guillermo Cabrera Infante sobre su gato.


Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach llegó a nuestra vida, sin todos esos nombres, hace exactamente seis años, sin previsión y de repente, como los milagros. Sucedió que un día fui a ver a un amigo, a quien yo visitaba a menudo, y allí estaba, imprevisto, imprevisible, Offenbach, entonces un largo gato flaco y blanco que se subía por las cortinas y casi trepaba las paredes para luego venir a mi regazo, de un salto inaudito, comenzó a hacer los más extraños ruidos oídos jamás por mí: así debían cantar las sirenas. Al otro día llevé a Anita y a Carolita, mis dos hijas, a que lo conocieran. También iba Miriam Gómez. (Aquí tengo que hacer un paréntesis deshonroso: es necesario decir que Miriam Gómez siempre quiso, ya desde Cuba, tener un gato siamés y que yo, que había tenido de niño toda clase de pets, desde cernícalos hasta una jutía, que es como una rata gigante y herbívora de los campos de Cuba, yo siempre había sentido un innato disgusto contra los gatos, y me negué a tener uno, siempre.) Offenbach, que aún no era Offenbach, tenía solamente dos meses de nacido.
Conquista de… unos y otros
A la semana de haber conocido a Offenbach la novia de mi amigo viajaba a Gibraltar y ellos no tenían quien se ocupara del gato. Decidimos todos que viniera a casa por esas dos semanas. (Para completar la ocasión fausta, a mi amigo se le había declarado una fuerte alergia nasal producida por… ¡el pelo de gato!)
La conquista fue rápida y mutua: Offenbach había encontrado su hogar definitivo, el sitio a que estaba destinado, y nosotros habíamos encontrado al gato pródigo. De más está decir que cuando su dueña entre comillas regresó de Gibraltar ya no era la dueña: ella misma se encargó de decir que habíamos nacido el uno para los otros, y viceversa. Offenbach, por mutuo consenso, se quedaría a vivir en casa.
El porqué de un nombre
Todos preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.
Ruidos raros
También a medianoche Offenbach solía visitar nuestra cama para hacer los más raros ruidos. Al principio creímos que se sentía solo o mal y la mejor manera de calmarlo era pasarle la mano por el lomo. Pero esto sólo hacía aumentar los ruidos raros, hasta que supimos que eran ronroneos de felicidad y contento.
Offenbach cambia de casa
Hay una vieja regla inglesa que declara a los gatos más amantes del lugar que de sus dueños, y así hay miles de gatos abandonados en toda Inglaterra, simplemente porque sus dueños cambiaron de casa y decidieron dejar el gato detrás. Con Offenbach ocurrió todo lo contrario: él entró primero que nadie en la nueva casa y pronto estaba tan feliz, más feliz, que sus dueños: no era la primera, ni sería la última regla que Offenbach rompería.
¿Nadie es dueño de un gato?
Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás. No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos. Offenbach es un siamés con puntos de lila.
Pedigree de
Offenbach es el único inglés de esta casa y aunque él se siente mejor al calor del sol, raro en Londres, sus padres y sus abuelos nacieron en Inglaterra. Fue por casualidad que supimos su pedigree: para nosotros Offenbach podía ser un gato de callejón y todavía ser el centro de la casa: nosotros también somos egipcios. Pero sucedió que un día nos vimos forzados a castrarlo –los siameses son criaturas eminentemente sexuales– para terminar con sus celos que lo torturaban y nos perturbaban. Seguimos la indicación de un veterinario, famoso porque escribe libros sobre gatos y perros, a cuya consulta asistimos.
Al llegar a la consulta y ver el veterinario a Offenbach nos preguntó si teníamos su pedigree. Los siameses con puntos de lila son una creación de los criadores ingleses y más raros que el siamés corriente, ese que tiene manchas de café en la cabeza y en las patas y en la cola. Nosotros ni sabíamos ni nos interesaba el pedigree de Offenbach. El veterinario nos preguntó a quién pertenecían sus padres y sólo pudimos decir quién nos lo había regalado, que a su vez lo había recibido de un cantante de pop. El veterinario consultó su memoria y pronto supimos que Offenbach era nieto de una gata propiedad de George Harrison, el músico Beatle. Pero todavía hay más: había una enfermedad de la realeza, como la hemofilia rusa. Offenbach era nieto de un gato de nombre impronunciable que había pasado a toda su progenie una enfermedad fatal del páncreas. Así supimos que todos los hermanos y primos de Offenbach estaban muertos, atacados de repente y por vómitos incoercibles. Offenbach había pasado el periodo peligroso y ahora está vivo solamente porque todas sus comidas llevan polvo de páncreas y no hace más que dos comidas al día, aunque él se las arregla para estirarla a tres. (Más más adelante.)
Como antes, mejor que antes
La castración no afectó a Offenbach más que en su relación con las gatas. En sus relaciones con nosotros si acaso se hizo más afectuoso y mimado. Ahora bien, Offenbach nunca ha abandonado la casa. Excepto por dos veces que se cayó de una ventana trasera abierta al verano al patio de abajo, lo que nos hizo recorrer todos los patios de la vecindad hasta acceder al patio indicado y encontrarlo más aterrado que aventurero.
Offenbach y los gatos
Offenbach jamás ha conocido la relación con otro gato y siempre se ha negado a reconocerse como tal: él se cree de veras un ser humano y, aunque esta creencia es siempre fatal para los animales, su comportamiento es tan humano que Miriam Gómez lo llamó un día “un gato animado”, recordando los gatos de Walt Disney et al.
Una vez un pintor amigo nos hizo atravesar Londres hasta Hampstead para que Offenbach conociera su gata siamesa, Zuzu. Todo iba bien por el camino (Offenbach no teme subir a un auto, solamente subir a un taxi, recordando tal vez que éste es el vehículo en que lo llevamos al veterinario, donde siempre ha sufrido heridas y pinchazos), pero, no bien llegamos a la casa, se engrifó, comenzó a escupir y se quedó aterrado en un rincón. Ver a la gata para él fue como para nosotros ver el demonio encarnado. Al regreso a la casa, Offenbach vomitó y defecó en el pasillo, como para demostrarnos físicamente su malestar espiritual.
A veces Offenbach añora las aventuras de los gatos que se ven por la ventana que da al patio, pero es una añoranza lejana, como si esos gatos fueran héroes de leyendas borrosas.
Un día ocurrió la confrontación inevitable. Compramos un espejo, que vino cuidadosamente envuelto. Curioso como todos los gatos, Offenbach quiso ver lo que contenía el paquete. Desempaquetamos, pues, el espejo que quedaba apoyado en el suelo a su altura y, no bien se vio, quedó fascinado con el espejo, tanto que le dio la vuelta, buscando su imagen que desaparecía en los bordes. Finalmente se enfermó ese día: tal vez acababa de reconocerse como gato. Lo cierto es que el espejo, que está en un extremo del pasillo, a la altura humana, aparece a menudo manchado en su parte inferior, con huellas que parecen de una nariz húmeda o de un lengüetazo. ¿Se habrá enamorado Offenbach, otro Narciso, de su imagen en el espejo?
El tercer gato
El tercer encentro de Offenbach con otro gato ocurrió un día que se apareció en la vecindad (el barrio está poblado por las más variadas especies gatunas) un gatico negro y joven, al que pusimos por nombre Blackie. Blackie era el gato más inteligente que hemos conocido y dio prueba de ello de una manera decisiva.
Blackie había visto a Offenbach sentado en mi mesa-escritorio y pegado a la ventana trasera, y ya desde abajo le intrigó este gato blanco y distante. Pronto atravesó todos los patios aledaños, salió a la calle de al lado, dio la vuelta a media manzana, seleccionó nuestra puerta entre tantas otras en la cuadra y vino a pararse en la ventana delantera, sentado en el poyo. (¡Ese periplo de Blackie es solamente comparable al de un ser humano entrando en un laberinto y encontrando la salida ipso facto!)
Hicimos entrar a Blackie, el pobre, tan amistoso como era, pero Offenbach lo rechazó violentamente y por primera y única vez en su vida atacó a Miriam Gómez que lo tenía cargado. Desde entonces, para dejar entrar a Blackie en la casa y darle de comer, había que encerrar a Offenbach en un cuarto primero.
Desgraciadamente, los días de Blackie en este mundo fueron pocos. Adoptado por una vecina, quien le había comprado un collar contra las pulgas, amaneció un día muerto, atropellado por un auto la madrugada anterior.
Aspecto de
La primera impresión que causa Offenbach es la de ser un gato extraño. Inmediatamente esta impresión es sustituida por la apreciación de su extraordinaria belleza. Largo y flaco, Offenbach tiene una cabeza pequeña y triangular y dominada por sus grandes ojos azules, hechos aún más azules por las manchas color lila que tiene en las orejas y el hocico. El resto del cuerpo es delgado y fuerte con una piel de raros tonos beige o, a veces, rosa pálido, que se vuelve morada en el rabo largo. Pero muchos días Offenbach amanece nevado y todo ese día es un gato color de hielo. Otras veces su tono beige se hace más oscuro y se vuelve como de caramelo, de algodón de azúcar fresa, de chocolate con leche, variando de hora en hora.
Offenbach es sumamente afectado y consciente de la tremenda impresión que produce su primera aparición. Así, camina poniendo una pata delantera delante de la otra, para parecerse a Marlene Dietrich en sus mejores tiempos, mientras la parte trasera de su cuerpo se mueve con el ritmo de un pugilista o de un cowboy del cine. Esta aparición hermafrodita causa asombro en quienes lo ven por vez primera y no han visto todavía su trote de tigre o su andar cauteloso de pantera en acecho, mientras embosca a su juguete preferido: una tapa de corcho o una bolita de papel. (Aquí habría que hablar de los juguetes de Offenbach, de cómo ha rechazado ratones de plástico animados para volver a sus viejos corchos o cómo, de un solo viaje, destroza un león de peluche y se lo come –de hecho se tragó medio león un día y estuvimos una semana esperando su muerte inminente, pero echó la mitad del león como se la había comido, con su centro de alambre saliente pero sin lastimarlo, milagrosamente.)
Offenbach y las hierofanías
Offenbach tiene un lugar reservado en la cocina para su comida, en un plato doble de plástico amarillo, colocado sobre un doyle de goma. Allí está también su platillo para la leche, un jarro con agua y, a veces, su vasija para las vitaminas B de adulto, que devora de tres en tres cada mañana.
Miriam Gómez, por su parte, ha colocado sobre mi buró una hierofanía: una copa de agua para los muertos de la familia, especialmente para mi madre. Desde el primer día que Offenbach la vio, decidió que la copa de agua era para él beber y dejó de beber en el jarro que tiene en su rincón para venir a saciar la sed encima de mi mesa de trabajo. Desde entonces se le incorporó al ritual, y no es raro ver a Offenbach venir y beber sobre mi mesa mientras escribo. No hay mejor compañía para la soledad del escritor de larga distancia.
El lenguaje de
Offenbach se comunica con nosotros con algo más que maullidos. Su repertorio de sonidos forma un lenguaje peculiar al que el oído adiestrado busca y encuentra significados.
Brrr es un ronroneo de placer y de contento.
Burrr es el ronroneo alargado hasta una forma de protesta: no hay que seguir acariciándolo, o se le debe acariciar en otra parte del cuerpo.
Miau es el saludo de por la mañana. Una especie de buenos días que Offenbach nunca deja de dar.
Miauuu es para pedir algo: desde la comida hasta que se le abra una ventana y sentir el olor del jardín.
Miuu es siempre una advertencia: significa que él está presente y por tanto se le puede pisar o, lo que es peor, pasar por alto.
Miu es un simple saludo a cualquier hora del día.
Miawou es el saludo a quienes regresan a la casa. Es también una forma de queja: ha estado demasiado tiempo solo.
Mia miau es una exigencia: la comida que se retrasa o alguien no quiere cargarlo o cederle un asiento.
Miau simple pero seguido o precedido de un bostezo, es soberano aburrimiento: no hay que olvidar que Offenbach es un purasangre y toda actitud en él es francamente soberana: no pide, exige.
Miaourrru es cuando quiere jugar.
Rorroua es siempre un rugido: un atavismo de la selva o rezagos del macho que todavía hay en él.
Hay muchas más entonaciones del maullido, pero se quedan para otro tratado: el lenguaje animal al nivel humano.
Otras voces, otros hábitos
Offenbach tiene un más amplio registro de voces, es solamente mi pobre transcripción que la limita.
Offenbach es tuerto. Es decir, no tiene visión –y con todo es imperfecta– más que en un ojo. Este defecto lo ha hecho, entre otras cosas, adoptar la costumbre de saludar, a quien llega a la casa por primera vez o después de mucho tiempo de no venir, subiéndose al regazo del visitante y acercando su nariz hasta la nariz del recién llegado. Es una forma especial de su saludo, pero pocos saben comprenderla.
Otro hábito de Offenbach es hacerse el centro de atención. Así en una reunión él busca siempre la sección de oro del grupo y allí, donde convergen todas las líneas de atención, se sienta él, adoptando a veces la pose de la “gallina empollando”, que es sentarse con todas las patas debajo del cuerpo y hacerse una compacta bola de pelos. Otra manera de atraer la atención cuando ésta es monopolizada por un periódico, por ejemplo, es venir a sentarse precisamente sobre la noticia que está uno leyendo. Cómo consigue tal precisión, es uno de sus misterios. Otro misterio suyo es saber, como él lo sabe, quién viene a la casa. Aunque vivimos en la planta baja de un edificio de cuatro pisos, donde entra y sale mucha gente, Offenbach sabe siempre cuándo es Miriam Gómez o Carolita, por ejemplo, quienes vienen, y aunque ha estado semidormido hasta ahora va corriendo a la puerta del apartamento a saludar a quien llega. Este alarde de presencia se hace particularmente agudo cuando se acercan las cuatro de la tarde, hora de la comida. Entonces Offenbach espera el regreso de Carolita de la escuela o acosa a Miriam Gómez por toda la casa para obtener su cena rápidamente.
Siempre se acerca él a la puerta a saludar a quien llega, después que la puerta se ha abierto –excepto cuando se trata del limpiador de ventanas, de quien corre a esconderse debajo de la cama, reptando hasta ocultarse del todo y sin salir de allí hasta que se va el limpiaventanas–. ¿Qué ocurrió entre Offenbach y el limpiador de ventanas? Nadie lo sabe. Este misterio se hace más espeso cuando digo que antes eran dos los limpiaventanas y llegaban con su escalera ambulante especial y terminada en punta. Pensamos que tal vez Offenbach le tenía miedo a esta escalera extraña, tan diferente a la escalera propia, donde él se sube el primero cuando la abrimos por cualquier motivo. Pero luego vinieron otros limpiadores sin escalera, y su miedo era igualmente pánico. Ahora es otra persona el limpiaventanas, un muchacho como de unos veinticinco años: a él también le tiene terror Offenbach. Quizás un día desvelemos el espeso misterio: ¿trauma infantil?, ¿atavismo?, ¿reacción pavloviana? Tal vez ni Pavlov, ni Freud, ni siquiera Lorenz, puedan explicar este comportamiento: Offenbach nos tiene acostumbrados a más de una muestra de conducta desusada en un gato. He aquí unas pocas.
Cuando alguien llega a la casa de visita y se queda solo en una habitación, Offenbach nunca se va de allí hasta que volvemos a la reunión. Nosotros bromeamos que el él nuestro gato-policía pero hay más que una broma en su comportamiento. Como hay más que una broma en su costumbre de no dejarme trabajar tarde en la noche, como yo acostumbraba, y el hábito gemelo de despertarme con un maullido particular a las nueve de cada mañana. O su extraordinaria habilidad para abrir puertas. O su peculiar sentido del humor. Sabido es que los gatos son animales sin humor, que se toman terriblemente en serio y que no soportan, como los perros, las bromas. Offenbach no es menos gato que los demás a este respecto, lo que sí es curioso es verlo gastándonos bromas. Para mí él tiene reservada una particularmente apropiada. Cada tarde, después del almuerzo, yo me siento a leer los periódicos y revistas en una silla en la sala. Ésta es mi silla. Todos los saben, incluso Offenbach. Pero en sus días jocosos no es raro verlo correr hacia la silla en cuanto me ve terminar de almorzar y encaminarme hacia ella para sentarse antes que yo. Su broma se continúa por su completa posesión del mueble, agarrado a sus travesaños como un náufrago a una balsa. Si intento levantarlo tendría que levantar la silla junto con Offenbach. La broma culmina siempre con la llegada providencial de Miriam Gómez que me conmina por todos los medios a dejar a Offenbach ocupar mi lugar: su diversión favorita.
Otra costumbre favorita de Offenbach es ocupar mi silla de trabajo. Ésta queda trabada debajo de la mesa de manera que más parece una gaveta que una silla: muchas veces cuando yo vengo a trabajar me encuentro la “gaveta” ocupada. Tengo entonces que cargar a Offenbach como si fuera un niño y depositarlo junto a la calefacción y debajo de mi mesa y además convencerlo con palabras ad hoc de que no debe irse: nadie comprende, hasta que tiene uno, la extrema susceptibilidad de los gatos.
Offenbach hace una tercera comida al día: ésta es la comida compartida con nosotros su familia. Pocos minutos antes de la hora de la cena él se sube a la mesa y sentado hierático espera que se sirva la comida. Casi nunca dice nada, excepto por un leve bostezo de aburrimiento cuando a veces la comida tarda demasiado. Cuando la mesa está servida, él mira sentado uno a uno a los comensales, todavía esperando. Offenbach espera ser alimentado de lo que comamos nosotros y, aunque rechaza toda carne que no sea conejo en su comida de por la tarde y pescado en la de por la mañana, él acepta comer de lo que comamos: pollo, carne de vaca, ternera, cordero, puerco, etc., etc. Muchas veces ha llegado a comer de la salsa preparada por Miriam Gómez y otras veces ha comido hasta papa y arroz, para desmentir a los que creen que los gatos no pueden ser vegetarianos: Offenbach, en la mesa, se muestra omnívoro. Es más, su amor por la comida compartida lo ha llevado hasta comer de nuestros postres: una hazaña increíble para todos los que saben que los gatos detestan el dulce, ya que sus papilas gustativas rechazan el sabor dulce tanto como las nuestras rechazan el sabor amargo. A veces, cuando la comida es totalmente vegetariana, Miriam Gómez le prepara a Offenbach un platillo con crema de leche, que él bebe sobre la mesa. Siempre que prueba de nuestra comida, va de comensal en comensal pidiendo silencioso, sin jamás mendigar, como haría un perro. Cuando ha probado de todos los platos, se baja de la mesa tan silencioso y rápido como subió a ella. Lo más curioso es saber que Offenbach sube a la mesa por las tardes, ya que al medio día siempre almorzamos ligero: una sopa, un sándwich, una tortilla: comidas todas que no tienen el menor interés para él. Su momento malo en la mesa llega cuando tenemos visita a comer: hay que encerrarlo en un cuarto hasta que esté terminada la cena. Es entonces que sale y se refugia en cualquier rincón, lejos de los seres humanos que lo han ofendido relegándolo a su ostracismo.
Offenbach y el universo
Alguen me preguntaba una vez cómo había afectado mi vida la llegada de Offenbach. Dije o creo que dije que mi vida se podía dividir en antes y después de Offenbach. Lo mismo ocurre con la llegada de mi mujer, Miriam Gómez, a mi vida, o de mis hijas. Pero estos últimos son cambios previsibles. El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo. Mi amor por esas doce libras de pelo, garras y ojos azules llega a dividir los visitantes a mi casa en dos categorías: los que admiran y los que desdeñan, aunque sea levemente, a Offenbach. Los primeros se convierten ipso facto en amigos a pesar de que su incidencia sea tan mínima como la de un técnico desconocido que viene a arreglar la televisión. Los segundos pasan a ser cuestionados en seguida, aun después de años de amistad intensa. Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato. A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que más dan pidiendo menos.
A través de Offenbach he podido entender el mundo animal de nuevo, que estaba vedado para mí desde que me hice adulto y los problemas humanos vinieron a abrumarme y a hacerme olvidar la sencilla vida animal, sus ciclos vitales y su ausencia de agonía: lo contrario de la agónica vida del único animal que sabe que d muere.
Offenbach es un animal feliz: sus exigencias son bien pocas y, aparte de una comida en la mañana y otra al final de la tarde, no exige otra cosa que lo que él mismo da a granel: cariño, una mano pasada por la cabeza y el lomo, una cepillada ocasional: atención. Pero a pesar de su humanización y de su reclusión hogareña, la vida de Offenbach está atemperada a los ciclos animales y universales: él y el cosmos son la misma cosa, y el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración.
¿Todo Offenbach?
Releo lo escrito hasta aquí y me abruma su inanidad: la incapacidad de mi escritura para atrapar la esencia de lo que es Offenbach. Quizás algunas anécdotas puedan si no llenar por lo menos rodear ese vacío.
Un día Néstor Almendros vino a Londres y, como estaban los hoteles llenos, se quedó a dormir en casa. A media noche se despertó soñando que lo devoraba un tigre –y al despertar de la pesadilla se encontró con la cabeza de Offenbach que, sentado sobre su pecho, lo miraba dormir.
A Offenbach le gustan las escaleras, recuerdos tal vez de sus antepasados en las selvas siamesas. No hay para él mayor placer que Miriam Gómez saque la escalera de mano para alcanzar algún objeto del desván: en cuanto la abre, allí está Offenbach, salido de la nada, subendo el primero los escalones como un trapecista ebrio.
Offenbach tiene un colmillo partido. Esto le ocurrió al tener un accidente de caza con una ventana: velaba allí unas palomas a las que Miriam Gómez había echado comida en el poyo y, después de muchos asedios y emboscadas, saltó Offenbach sobre la imagen de la paloma más cercana a través del cristal límpido, contra el que dio de boca, partiéndose un colmillo. Desde entonces se le conoce en la casa como el Jefe Colmillo Frágil.
La curiosidad de Offenbach no tiene límites animales: basta que alguno de nosotros se pare frente a las ventanas que dan a la calle, para ver a Offenbach, detrás y abajo, tratando de mirar lo que miramos por todos los medios, llegando a maullar para que lo carguen o a subirse sobre el televisor y alargando el cuello mirar él también lo que miramos.
Un día llegó a la casa la bella G. Ch., de visita breve, y Offenbach, tal vez reconociéndola, extremó su caminado a la Dietrich para emerger de la sala al estudio y para flechar para siempre a la visita: lo mismo hace con cada visitante receptivo a los gatos.
Ver lavarse a Offenbach es una muestra de elegancia suma. A veces adopta poses tan desusadas –una pata trasera extendida y agarrada por las dos patas delanteras, mientras con la otra pata debajo de sí guarda un equilibrio tan precario como elegante–. Verlo es creer que él sabe que ofrece un espectáculo inusitado: la pose natural imposible de alcanzar por el ser humano más afectado.
Ver comer a Offenbach o tomar agua es otro deleite: no puede haber mayor finura en actos tan animales. Su lengua sube y baja desde el agua con una regularidad metronómica, y, al comer, muerde gentilmente la carne y la engulle poco a poco, apenas masticada por sus débiles dientes.
Offenbach es un espectáculo digno de verse hasta durmiendo, sobre todo dormido. Los días de sol él se regala con la luz y el calor, estirando una pata hacia delante mientras coloca sobre ella la cabeza a manera de almohada. Los días fríos se recoge como una gallina empollando junto a uno de los radiadores convirtiéndose en una verdadera bola de pelos, nada más que la cabeza saliendo de entre su abrigo natural. Otras veces coge de almohada los más disímiles objetos: el cable del teléfono, la pata del radiador, el suelo mismo, mientras su cuerpo descansa sobre un cojín. Otras veces…, pero basta.
¿Es esto todo Offenbach? No: ni siquiera he comenzado.

miércoles, 14 de octubre de 2015

Ezequiel Martínez Estrada


Frente a la política, el arte queda como una manifestación esporádica y subsidiaria, como un fenómeno restrictivamente porteño dentro del otro metropolitano. Las inquietudes espirituales dan su brote, su flor y su hoja amarilla en Buenos Aires; y ha de considerarse la cultura como un caso particular de urbanismo. Al talento no le queda otro camino que aquel de los productos en desagüe de la periferia al centro y del centro onfálico al exterior. Fuera de la capital arrastra su existencia parasitaria de lo que aquí se produce, emigra o sucumbe. Sin embargo, el talento no es oriundo de la metrópoli, también como en los buenos tiempos de Roma. En provincias no se escribe ni se lee; la llanura inmensa es refractaria a la intensidad de cualquier cultivo y los artistas que fatídicamente nacen en ella, tienen implicado el trágico destino de ser una negación en diversas formas, de la llanura; de no aclimatarse ni acá ni allá. Diarios, periódicos y libros se imprimen en Buenos Aires, con vistas al consumo rural. Los que se editan en el interior cabestrean su existencia baladí de pordioseros del gobierno comunal o provincial, con sus eternas cuatro u ocho páginas de avisos interpolados de las clásicas cursilerías y lugares comunes del periodismo y la tipografía de campaña.
Pueden llamarse los órganos paródicos del periodismo, aunque como ninguna otra forma de publicidad expresa con ingenua pretensión, la fusión simbiótica de la política y la literatura, del alfabetismo y de las artes gráficas. Aquello mismo que los periódicos de campaña revelan sin saberlo, puede aplicarse a la gran ciudad, y bastaría buscar, como en el gaucho urbano, cuáles son las transformaciones que ha experimentado al crecer en tamaño y número de ejemplares. Cultura y política son una misma cosa; gobernante y pedagogo, institución artística o científica y autores que entran en una coordinada acción de recíprocos derechos y deberes. Un gobierno quiso caracterizarse por cierto filisteísmo augusteo, precisamente porque era oriundo de la masa refractaria a la cultura, e incurrió en actos teatrales de mecenismo. Hizo repartir, por ejemplo, entre los campesinos una traducción de las Geórgicas. La transfiguración de elementos de la cultura más auténtica en ese renacimiento, sirvió para corroborar un plan de urbanismo romántico y como el autor de la Novela Cómica, dio su Virgile travesti. Llévese, si se quiere el caso a las sociedades artísticas y turfísticas que protegen las artes y las letras, como órganos representativos de la ganadería y del pensamiento. Ésa es la suerte de la inteligencia que huye de la llanura y es en pleno centro recapturada por las fuerzas eternas de la pampa.
Ningún órgano que en la ciudad dé forma para negar la realidad del campo niega la realidad del campo. Más que el gobierno paladinamente oriundo de la masa refractaria de la cultura, el gobierno nacido de la negación de ese tabú político quiso consumar la obra devastadora de la pampa; negó al intelectual, prescindió ostentosamente de él y además lo persiguió hasta donde pudo. Privando al intelectual de sus legítimos derechos, acorralándolo en un brete sin salida, completó aquel programa. Y sin embargo, Buenos Aires, la obra más extraordinaria de la política argentina, atrae al artista, lo seduce y lo corrompe.
Es verdad que en Buenos Aires hay lo que podría llamarse estructuras concretas de ciencia, de arte, de profesores liberales, pero no son autónomas de la ciudad y obedecen a la política que hizo a la ciudad, dependiendo indirectamente del erario. Todos ellos son fenómenos municipales, patrocinados o subvencionados en última instancia por la comuna o el gobierno, un poco en secreto. Para abrirse paso en la maraña de los intereses que monopoliza la política, ha de ofrecer su talento a los dos únicos postores: el periodismo o la administración pública. Sin poder sacar provecho ni regocijo de su obra, que nadie lee, reclama el subsidio y ya está vencido; ya no es él sino un colaborador de las fuerzas de la llanura que se refugiaron en la aldea. Simulacros de escritores, de artistas, de sabios han ocupado mediante la entrega condicional de su persona los altos puestos. Enseñoreados de los diarios, las cátedras y los cenáculos, defienden con uñas y dientes su empleo. Aquellos apóstatas que claudicaron en su fe son los apóstoles de ese ideal urbano, los herejes sublimados del contraideal. Diarios, universidades y salones se sostienen por un complejo sistema de intereses cruzados; unos amparan a los otros y a lo largo de los personajes encadenados circula una sola sangre y un solo fluido vital: la política. El método de la "cadena" descubierto por los tahures de comité es antiguo y continental. Ese sistema de la "cadena", de la complicación en serie, es el esquema de las actividades lícitas que se basan en la política y lo practican sin saberlo todos los que anhelan por encima de sus fuerzas. El artista honesto está predestinado a sucumbir porque está solo, y su rebeldía o su renuncia contrasta con el canevá de los intereses en juego. No tiene compromisos recíprocos; es un eslabón suelto.
La ciudad es de una textura homogénea aunque parezca abigarrada y cosmopolita; tiene el alma en bloque. Los trabajadores solitarios son hijos de la soledad; y veinte hombres libres son los que levan sobre sus espaldas el prestigio de la Nación. Si murieran de pronto, la Nación caería por su propio peso en las tinieblas australes a un nivel a ras de toda la latitud sudamericana. La ciencia se recluye en gabinetes y laboratorios; la literatura se ofrece al periódico y la revista para morir finalmente en el libro. El Estado que no cree sino en el peligro, concluye adquiriendo los libros y los cuadros que nadie compra y los distribuye en las bibliotecas y los museos que nadie visita. La vocación del artista y del sabio es un contrasentido con la realidad profunda, y el crítico que pasa en silencio las obras de enjundia y trompetea alrededor de las mistificaciones, está inconscientemente al servicio de las fuerzas oscuras de la pampa. Sobre los que se mantienen en pie trepa la hiedra de los que han fracasado hasta que los cubre el pasto. Los muertos matan a los vivos, como en el palacio de los Atridas. Formas abortivas y monstruosas, nacidas de cópulas gubernamentales, engendradas con los logos espermáticos de la política, se multiplican por sí mismas en pululación de bacterias, en obras completas de treinta títulos. El Congreso vota fondos para que se escriban obras o para adquirirlas. Son fantasmas a la rústica. Las plazas están llenas de simulacros de bronce y de mármol; los museos atestados de simulacros; los programas sinfónicos mechados de fantasmas. Todo ese mundo de los abortos inmortales nace de la política y es hijo de las cámaras, de los gabinetes y de los comités. El público está complicado en el sistema de la cadena y aplaude; llena los teatros y repite los gloriosos nombres de los espectros. Pero con socarrona picardía guiña un ojo; porque miente mucho más que se equivoca. Espera la muerte verdadera y olvida. Dramaturgos, poetas, músicos y pintores: todos amortajados en la misma tumba continental del olvido, han muerto. Los muertos de ayer parecen antiguos y distantes. Es la política, que empuja con todas sus fuerzas hacia delante, que teje de día sus telas y las desteje de noche. Mientras vive el defensor de sus intereses, mientras pueda hacer daño o bien, es respetado, como el político en auge; cae y se le olvida. En esa nefanda obra de cremación y aventamiento de las cenizas están complicados el gobierno y el pueblo, que prefieren al impostor vivo y no al talento muerto. Los monederos falsos de la cultura se nutren de cadáveres; aquel olvido es este renombre.
La falta de estados verdaderos de cultura se suplanta con estados ficticios de cultura; empresas poderosas de publicidad y de noticias sostienen la política de la literatura estándar. Si el periodista tiene las ideas de la administración, ésta tiene las ideas de los anunciadores de página entera, que casi siempre coincide con el mismo universal sistema de la cadena, con lo que se lleva y se consume con mayor cantidad. Centenares de cerebros trabajan diariamente en la misma tarea, modelando y puliendo con arreglo a un canon periodístico del mayor consumo. La personalidad del autor, incluso cuando le permiten que firme, se disuelve en una liga de plomo fundente, y toda la redacción es una masa gris de ideas y de renglones de linotipo. No tener qué comer es peor.
La suerte del escritor es todavía más triste que la del periodista; tiene que transigir con el lector de diarios, o tener fortuna. Los mejores son pobres y viven de otras cosas. Persisten en su trabajo porque Dios lo quiere así. Los intelectuales libres de la política de las empresas de prensa son destruidos de cuajo. Quien tiene dinero tiene fama; sus libros circulan al amparo de una firma bancaria de reconocida solvencia, y entonces puede cometer las mayores indignidades sin que se afecte su prestigio. La reputación es una incansable paciencia. El mismo lector que se pasma del éxito de su novelista predilecto, gusta pecaminosamente de las ediciones clandestinas, como si realmente estuvieran prohibidas.
No menos tiránico que la prensa, el comité político-literario y la administración pública acogen con reservas al hombre de acción fracasado y al idealista a ultranza. El autor costea la impresión de su obra con el sueldo que le paga el Estado y el Estado le compra el libro, devolviéndole su dinero. Devuelve el costo y recupera las ideas, retirándolas de circulación. Una vez hecha la fama se respeta hasta que la muerte barre con todo. La cadena queda soldada entre autores, impresores y consumidores.
Lograda una buena posición, ahí termina toda inquietud, se echa vientre y se espera la jubilación o las palmas académicas. Y entonces con la muerte llega la inmortalidad mientras se vive.

Del libro Radiografía de la Pampa,  (Losada, Buenos Aires 1983)

lunes, 29 de julio de 2013

mauro libertella



Cuando quedó claro que no le quedaban demasiados días, hubo que tomar la decisión de elegir una locación para su muerte, un escenario. Las opciones se reducían al hospital o a su casa. Entiendo que no es una instancia frecuente: las personas de pronto mueren, o en una sala de terapia intensiva de un hospital, en un accidente, o en una larga siesta de vejez, pero no deciden a dónde van a ir a morir.
Supongo que una serie de contingencias menores confabularon para que tuviéramos que tomar esa decisión. Tras algunos días de relativa calma médica, aparecieron los desmayos. Mi viejo estaba débil, muy débil, y por momentos se apagaba. Al principio esos eclipses eran impredecibles, y para mí eran escalofriantes. Pensaba, siempre, que ya se había muerto. Pero inmediatamente despertaba y la espera de la muerte volvía a ser ese goteo lento y agónico. Al parecer, esa irrupción del factor desmayo acortó notablemente los pronósticos de vida que manejaban los médicos. Un día se me acercó uno de ellos, un médico de mediana edad, alto y corpulento, al que terminé respetando mucho, y me dijo que era momento de tomar una decisión. Ellos no podían hacer mucho más. Si lo dejaba en el hospital, iba a morir en una cama de habitación compartida, posiblemente sólo, con un vaso de agua en la mesa de luz y todo lleno de cables y botones. Por el contrario, podíamos llevarlo a la casa, en donde no iba a tener las garantías de un equipo médico especializado ni iba a disponer de una infraestructura preparada, pero moriría en el lugar en donde vivió, acompañado por su familia. Cuando el médico leyó mi mudez como una respuesta, se permitió por única vez la primera persona. Si fuera mi padre yo lo llevaría a su casa, me dijo. Asentimos en silencio, como viejos amigos, y empezamos a hacer los trámites para el traslado.
Había que contratar una ambulancia, y asegurarse de que las condiciones de higiene en su departamento fuesen por lo menos dignas. Una vez resueltas las exigencias materiales del asunto, empezó un periplo que en su momento fue tortuoso pero que hoy se me antoja como un viaje rocambolesco, casi hilarante. Cuatro enfermeros gigantes, que podrían haber conseguido ese mismo día un trabajo como patovicas de una discoteca, levantaban ese cuerpo frágil y quebradizo para subirlo a una camilla. Mi viejo se desmayaba y lo recostaban de nuevo en la cama para que se recompusiera. Él mismo daba la aprobación para reemprender las tareas, pero apenas se modificaba su eje de apoyo, zas: venía el desmayo. La sucesión demasiado constante de desmayos me asustaba, y pensaba que no había cuerpo capaz de sobrevivir a una embestida de ese fuste. Sin embargo, mi viejo se reincorporaba y relativizaba mis temores con un chiste: “me hice el dormido, creo que se la creyeron”.
Cuando al fin lograron subirlo a la ambulancia, tuvo uno de los desmayos más prolongados –hacía semanas que no veía la calle, y fue la última vez que la vio– y dudamos seriamente de haber tomado la decisión correcta. Tal vez ese cuerpo, ya tan leve, no estaba preparado para un movimiento tan drástico. Me resultaba insoportable la idea de que muriera ahí, en una ambulancia de cabotaje, tratando de llegar a un lugar reconocible. Preferimos, sin embargo, seguir. Ese viaje en ambulancia fue lento, trabajoso, y yo pensaba que no lo íbamos a lograr. Cuando llegamos a la puerta de su edificio los enfermeros sacaron la camilla del auto, y de nuevo el desmayo. Aguantá un poco viejo, ya llegamos, le dije, y se despertó como un bebé al que lo consuelan de un llanto. Lo subimos por la escalera y por fin llegamos a su casa. Era media tarde, y un sol arisco, invernal, proyectaba sus últimos rayos contra la pared y la biblioteca. La luz y el clima eran perfectos. Era una postal de la muerte hermosa, muy dulce. Mi viejo había vuelto a la placenta, era un bebé que volvía al hogar, a los brazos maternos, para dejarse morir. En ese momento estuve seguro de que el viaje había valido la pena, y de que haberlo llevado a su casa había sido una decisión perfecta. 


*


Mi viejo murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo. Me acuerdo de ese momento con especial nitidez, porque unos segundos antes de que dejara de respirar supe que a la cuenta regresiva le había llegado, literalmente, su último suspiro. Fue un momento al mismo tiempo suave y dramático: yo arrodillado en el piso, él acostado en su cama, inconsciente hacía horas. Con mi tío y mi hermana le dábamos de tomar un líquido medicinal, hecho para suplir las proteínas de lo que hacía días ya no podía comer. La escena era terrible, porque el deterioro físico se imponía con toda su visualidad; estaba muy flaco, postrado, y tenía la mirada perdida. Y sin embargo, lo recuerdo todo con decoro y ternura, sin estridencias. Tomaba tragos cortos de un vaso de vidrio que nosotros inclinábamos en su boca: era un autómata en su último gesto de supervivencia. Tomá un poco más, tomá un poco más, le pedíamos nosotros, obstinados, repitiéndolo como una plegaria. El último trago le cortó al fin la respiración, que era ya un hilo tenue y frágil. Así lo vi morir, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Supongo que fue una linda forma de morir, entre sus libros y en su propia casa, donde en sus últimos años ya había estado muriéndose de a poco.



de Mi libro enterrado (Mansalva)

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Thomas Mann( Alemania,1875 – 1955)


La muerte 10 de septiembre Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo... El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo... 12 de septiembre He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño. Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas. Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar. 15 de septiembre Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor Conde", pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda. ¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre... 18 de septiembre Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable. Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besó a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico! 21 de septiembre He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo. La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente. ¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre...? 23 de septiembre Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida. ¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce octubre. 27 de septiembre El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo. -Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, ¡je, je! Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor. 30 de septiembre -¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460. No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte! 2 de octubre Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco. Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió? Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar? ¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas... 3 de octubre Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos. ¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea... ¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre... 5 de octubre Pienso continuamente en ello, y me ocupa completamente. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día. Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte. 7 de octubre El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra. Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies. Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido? 8 de octubre He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo? Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad. 9 de octubre Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: "¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío. 10 de octubre ¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras. "¡Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción. 11 de octubre (a las 11 de la noche) ¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo! Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba. -¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida! Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus. -Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo! Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas! ¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir: -Es mejor que acabemos pronto...