miércoles, 23 de diciembre de 2015

Truman Capote

Una Navidad

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa —quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.

Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.


Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo—bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.


Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".


¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.


Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaj e de cuatrocientas mill as , poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
Era Nueva Orleans.


Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba —un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
—¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?


Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
—¿Dónde está?
—¿La casa? No muy lejos.
—No, la casa no. La nieve.
—¿Qué nieve?
—Creía que habría un montón de nieve.


Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
—Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos nunca que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.


No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían —o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta a casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cow-boy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería un caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran escasas las casas que tuvieran radio o refrigerador.
Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo —un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no , antes o de spués recorriero n el camino del altar—en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.


Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente—a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos? desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. iMe sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, invierno o verano.


Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. iPero esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias—sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera. Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.


Me decía:
—Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans?
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.


Dijo mi padre:
—¿Es que a mí no me quieres?
Dije yo:
—Sí.


Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleara con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes. iVer para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, si bien no supiera qué me había parecido tan divertido.


Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.


Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama teman muchas exactamente iguales. iPuro "Moonshine", licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue cormo si el retrato se hubiera desvanecido.


Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse cacr por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
—¡Vaya!—dijo—. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.


Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
—Existe un Papá Noel porque lo que hace es l^oluntad del Senor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
—¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!


Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilia y rizadas guirnaldas de orquídeas—planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.


No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asuntc hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuellc envuelto en pieles.


Había ido a visitarme a uno de esos internado< snobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
—¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues, ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro —yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.


Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... Moon, moon olser Miami... This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?... Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... [Célebre canción ligera de la época.]


Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orlearrs en aquella Nochebuena.


Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaba reunida en el salón, donde un pálido fuego en la chirnenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros mnuchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acorde s de un gramófono. Tras haber sido presentacao a los invitados y agasajado por todos, me enviar on arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor— como mínimo diez años mayor que mi padre, quien? en aquella época, tenía treinta y cinco.


De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, eran más jóvenes que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre.


Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.


Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilia. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿Sabía Sook la verdad, y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era —aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.


Estuve observando hasta que mi padre terminara su tarea y apagara las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos. Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.


Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: "Para Buddy". Todas, excepto una que rezaba: "Para Evangéline". Evangéline era una negra ya mayor que bebía cocacola todo el día y que pesaba trescientas libras; era el ama de llaves de mi padre—también lo había criado ella. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerseys y tonterías por el estilo.


Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. Bang. Bang. Bang.
Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par.
Bang. Bang. Bang.
—Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
Bang. Bang. Bang.
—¡Para eso de una vez!


Me reí.
—Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
Más calmado, entró en el salón y me abrazó.
—¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?


Le sonreí. El me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
—Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia— podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeo y dijo:
—Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?


Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, cuando mi padre rellenó un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme —insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.


Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de "Moonshine"; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
—No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos y en ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúc11an1e, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel.


Me apretaba la muñeca con tanta fuerza que me hacía daño.
—A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
(El nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años.)
—Bésame. Por favor. Por favor. Bésame. Dile a tu papá que le quieres.
Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
—Dilo: "Te quiero". Dilo. Por favor. Buddy.


Dilo.


Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas si podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.


Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.


Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
—Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegarás a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.


Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Clarice Lispector

“P E R T E N E C E R” (15 de junio 1968)

Un amigo mío, médico, me aseguró que desde la cuna el niño siente el ambiente, el niño quiere: en él el ser humano desde la cuna ya comenzó. Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que no interesan aquí, de alguna manera yo debía estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací sin motivo. Si en la cuna experimenté esa hambre humana, ésta sigue acompañándome en la vida, como un destino. Al punto de que mi corazón se contrae de envidia y deseo cuando veo una monja: ella pertenece a Dios.
Exactamente porque es tan fuerte en mí el hambre de darme a algo o a alguien, es que me volví muy arisca: tengo miedo de revelar cuánto necesito y cuán pobre soy. Lo soy, sí. Muy pobre. Sólo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si no empecé a escribir tan pronto en la vida porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma. Lo que es un triste facsímil. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, perdí mi don de gentes. No sé ya cómo se es. Y una especie completamente nueva de la “soledad de no pertenecer” empezó a invadirme como hiedras a un muro. Si mi deseo más antiguo es el de pertenecer, ¿por qué entonces nunca formé parte de clubes o de asociaciones? Porque no es eso a lo que yo llamo pertenecer. Lo que yo quería, y no puedo, es por ejemplo que todo lo que viniera de bueno desde mi adentro yo pudiera darlo a aquello a lo que perteneciera. Incluso mis alegrías, qué solitarias son a veces. Y una alegría solitaria puede tornarse patética. Es como quedarse con un presente todo envuelto con papel de regalo en las manos —y no tener a quién decirle: tome, es suyo, ábralo. No queriendo verme en situaciones patéticas y, por una especie de contención, que evita el tono de tragedia, raramente envuelvo entonces con papel de regalo mis sentimientos. Pertenecer no resulta sólo de ser débil y necesitar unirse a algo o a alguien más fuerte. Muchas veces las intensas ganas de pertenecer me vienen de mi propia fuerza —yo quiero pertenecer para que mi fuerza no sea inútil y fortifique a una persona o cosa. Si bien tengo una alegría: pertenezco, por ejemplo, a mi país, y como millones de otras personas soy pertenencia de él a tal punto, que soy brasileña. Y yo que, muy sinceramente, jamás deseé o desearía la popularidad —soy demasiado individualista para poder soportar la invasión de la que una persona popular es víctima—, yo, que no quiero la popularidad, me siento sin embargo feliz de pertenecer a la literatura brasileña. No, no es por orgullo, ni por ambición. Estoy feliz de pertenecer a la literatura brasileña por motivos que nada tienen que ver con la literatura, pues ni siquiera soy una literata o una intelectual. Feliz sólo de “ser parte”. Casi logro visualizarme en la cuna, casi logro reproducir en mí la vaga y no obstante apremiante sensación de necesitar pertenecer. Por motivos que ni mi madre ni mi padre podían controlar, yo nací y resulté tan sólo: nacida. Sin embargo, fui preparada para ser dada a luz de un modo muy bonito. Mi madre estaba ya enferma, y, por una superstición muy difundida, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada: con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esta carga de culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Como si contasen conmigo en las trincheras de una guerra y yo hubiera desertado. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza. Pero yo, yo no me perdono. Querría que simplemente se hubiera cumplido un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces, sí: yo habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Yo no podía confiar a nadie esta especie de soledad de no pertenecer porque, como desertor, tenía el secreto de la fuga que por vergüenza no podía conocerse. La vida me hizo de vez en cuando pertenecer, como para darme la medida de lo que pierdo al no pertenecer. Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo experimenté con la sed de quien está en el desierto y bebe sediento los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y es propiamente en un desierto donde camino.



Clarice Lispector. Revelación de un mundo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Elsa Morante (Roma, 1912 - 1985)

EL HOMBRE DE LOS ANTEOJOS



El tres de diciembre (era un jueves), el hombre salió de su sórdido estudio situado en la periferia de la ciudad. Sus cabellos estaban enmarañados, la barba larga y rígida por el frío, y las ojeras ponían en sus mejillas una sombra negra. Tuvo la sensación, vaga y casi extraña, de tambalearse, y el rechinar de la escalera de madera sonó como un estruendo muy cerca de sus oídos.
En la entrada de los estudios, la portera que quitaba la nieve con una pala se detuvo y lo miró.
—¿Qué hora es? —le preguntó.
—Son las nueve —contestó ella, y lo siguió curiosamente con sus ojos rojos—. ¿Ha estado usted fuera estos días? —preguntó al final.
—¿Qué días? —dijo él, fatigándose terriblemente al pronunciar las palabras—. No me he movido de la ciudad.
—Lo decía porque no lo he visto —explicó la portera.
El hombre habría querido recordarle que justo la tarde anterior había pasado por su chiribitil a retirar el correo, pero pensó que era inútil perder el tiempo con semejante bruja. Y prosiguió su camino por la calle helada, seguido por su mirada estúpida.
Eran las nueve; iría a la lechería a desayunar y después trataría de pasar de cualquier manera las horas hasta el momento de ir junto a ella. El día antes, por ser fiesta, no había podido verla. «Horrible domingo», pensó. Recordaba que había errado todo el día por las calles de la ciudad, bajo las casas altas y oscuras y por la nieve sucia, tratando de divisar en algún sitio aquellas redondas pantorríllas desnudas, aquellos graciosos ojos de pájaro. Quizá por ello se había despertado con los huesos rotos. Naturalmente, ayer había sido inútil todo su errar de loco; pero hoy, como de costumbre, la vería. Ante esta certeza una niebla cubrió sus pupilas, y la sangre corrió a su corazón, cortándole el aliento.
Caminaba por la blanda nieve sin mirar, hundiéndose a menudo en las negras pisadas de los caballos. Larguísimos árboles sin sombra sobresalían de las casas de tejado blanco. Ante la lechería, tres hombres habían encendido un fuego; se sentó en su sitio de siempre, dando la espalda al espejo empañado, y se quitó los anteojos. Presurosa, la lechera acudió junto a él; pero tenía la sensación de ver las caras que le rodeaban extrañamente retorcidas y encogidas, llenas de ojos, y sin labios. Una vez más, se sentía tambalear.
—¿El señor ha estado enfermo estos días? —preguntó la voz de la lechera.
—¡Claro que no! —contestó secamente—. Recordará usted que ayer vine por aquí y estaba perfectamente.
—¿Cómo? —exclamó la otra, asombrada—. Usted no viene por aquí desde el domingo.
—Y justamente ayer fue domingo —murmuró, agotado.
—¡Pero si hoy es jueves! —continuó la mujer.
Él sacudió la cabeza y calló, despreciativo. Nadie mejor que él podía recordar que el día antes era domingo; nadie conocía como él la excitada fiebre de los domingos, las continuas vueltas, las inútiles esperas. Ahora una incomprensible niebla se adensaba en torno suyo y experimentaba el oscuro temor de desmayarse en aquel lugar. «Mi frente chocará con el mármol de la mesa», pensó. Pero sintió que sus dientes penetraban en el pan fresco, y que su árida lengua se humedecía. Las manos le temblaban al partir el pan, y tragaba a duras penas; pero ahora, tras el cristal opaco, divisaba con claridad los árboles similares a grandes pájaros inmóviles. Creyó oír el silbido del viento, y salió a la calle; desde la tienda lo seguían unas miradas compasivas. «Es jueves —pensó—, y ayer era domingo. No es posible». Y se rió con sarcasmo de semejante absurdo.
—Veamos, chico, ¿qué día es hoy? —preguntó al guarda del establo, con pinta de borracho.
—Jueves —contestó el otro, mirándolo torvo, con desconfianza.
—¡Dios mío! —murmuró, y trató con esfuerzo de recordar, y volvió a ver sin lugar a dudas la tarde anterior, festiva, las tiendas cerradas, la muchedumbre, su ansia, y cómo se había encerrado en su estudio, por la noche, tras haber retirado el correo en portería.
Atravesó el puente de hierro, con barandilla de arabescos, en equilibrio sobre el río helado. El cielo estaba verduzco, pesado. Aparecieron las cúpulas de la ciudad, los campanarios puntiagudos. «¿Dónde se han metido estos tres días?», pensó oscuramente. Y se rió con fuerza, oyendo cómo su voz repercutía prolongadamente sobre el puente vacío.
—Pues no bebo nunca —dijo en voz alta, como justificándose.
Y de repente advirtió que se encontraba ya cerca de la escuela. El patio estaba cuidadosamente barrido, pero el tejado estaba cubierto de nieve. «Aún faltan dos horas para la salida», pensó aturdido, y caminó de arriba abajo por el patio, con los brazos caídos a los costados, como una marioneta. Por último salió del patio y echó a andar, inerte, por el prado, oyendo el angustioso crujido de la nieve bajo sus pies; se detuvo bajo un árbol no muy alto, de ramas finas y secas, y sonrió, pensando en que ahora sólo tenía que esperar allí y que la vería. Pero le pareció ver su propia sonrisa deformada, nueva, ante sí, en un espejo, y tuvo un sobresalto.
Por aquella calle no pasó nadie; en ciertos momentos oía el ruido amortiguado de un carro, las patas de los caballos que golpeaban en la nieve. Pero todo resultaba remotísimo. El frío y la inmovilidad lo dejaron inerte y su inercia lo espantaba; pero la idea de mover un miembro del cuerpo, aunque sólo fuera alzar una mano o pestañear, lo llenaba de un espanto aún mayor. Sentía que a duras penas se mantenía en equilibrio ante un enorme vacío, y que bastaría un mínimo gesto para hacerlo resbalar por el borde. «Ahora perderé la razón, me quedaré ciego y me caeré, no puedo impedirlo», pensó con repentina lucidez.
Pero en ese instante advirtió que sonaba la campana de la salida. Inmediatamente después oyó los gritos de las alumnas y vio correr fuera a las primeras, con sus impermeables y sus gorritos y las carteras colgando de las correas. Hablaban en voz alta, se apretaban entre sí y reían; le pareció ver relampaguear entre ellas aquella sonrisa, y le acometió un temblor convulso; pero se había equivocado. Ahora sentía un calor abrasador en todo el cuerpo, salvo en las manos, que estaban sudorosas y gélidas.
Por último, vio salir a su grupo. Reconoció en seguida a las tres chicas que salían todos los días con ella, pero hoy ella no estaba. Caminaban tranquilas, sin hablarse, y él reconoció desde lejos el abrigo marrón de la más alta y su orgulloso modo de andar, sacando la barbilla. Sentía que no podía soportar la espera y la duda un minuto más, pero no daba un paso. Vio entonces con claridad que una de las tres se apartaba del grupo y caminaba hacia él.
A medida que se acercaba, pudo distinguir mejor aquella adolescente robusta, su rostro redondo de ojos oscuros y vivos, las manos gordezuelas que sostenían la cartera. Llevaba un corto abrigo por el que asomaba un borde del delantal. No tenía, como las otras, las piernas desnudas, sino abrigadas con medias de lana. Se detuvo ante él y lo miró, dubitativa, moviendo apenas los labios. El sintió una voluntad desesperada de formular la pregunta, pero ningún sonido salió de su pecho.
—Murió ayer —dijo la chica, sin esperar la pregunta—, murió de repente, pero ya estaba enferma.
—¿Cómo? —dijo, y se espantó al oír su propia voz distinta y clara.
—El profesor habló de ella y todas nos pusimos de pie —continuó la otra—. También yo dije «presente» cuando en la lista pasaron su nombre.
Al hablar observaba al hombre, con atenta curiosidad. El estaba inmóvil contra el árbol y los anteojos empañados ocultaban su mirada; tenía extrañas hinchazones en las sienes y la frente, y la barba hacía grisácea su cara viscosa y enferma. Sus labios caídos, sin color, balbucieron débilmente, y el cuerpo sobre el cual aquellas ropas sórdidas parecían como pegadas se agitó convulso, mientras sus manos parecían aferrarse al vacío. Sin hablar, se volvió y la niña lo vio bajar por el sendero; con los brazos abandonados y los hombros inclinados, con una pesada torpeza, pareció desvanecerse en la niebla.
La niña retrocedió hacia la escuela; sus compañeras, seguramente cansadas de esperarla, se habían marchado, y las ventanas estaban cerradas; también la verja estaba cerrada, y ella se asombró de que la escuela, tan animada antes, se hubiera quedado desierta en pocos minutos. Le pareció que tenía ante sí un largo trecho de tiempo que no sabía en qué gastar. Una niebla inesperada, pesada, había recubierto la parte baja de la ciudad, pero las cúpulas y las cimas de las torres aún estaban visibles y parecían colgadas de lo alto. Desde la explanada ella veía las calles, el puente y el río, pero todo indistinto, sumergido. Caminó entre los árboles, y ya no se veía la escuela; recorría un sendero de nieve sin pisotear y se dio prisa, pensando: «Voy a verla».
El lugar al que llegó no le resultaba conocido; era vasto, anegado por la niebla, y en él se alzaban elevados edificios cuyas formas y colores no se distinguían bien. Una gente oscura se ajetreaba con una velocidad febril, sin chocar entre sí ni detenerse, y ella no conseguía distinguir las caras ni la forma de los trajes de esta multitud innumerable; todos se cruzaban y se adelantaban a su alrededor, y el sonido de sus pasos era continuo, similar a una lluvia, y como amortiguado por una inmensa distancia.
Entonces ella echó a correr.
—¡María! —llamó con fuerza; y un eco replicó a su voz, después otro eco, desde puntos lejanos.
—¡María! —repitió, deteniéndose confusa.
Una voz sofocada, huidiza, como cuando se juega al escondite, contestaba por último:
—¡Clara!
Y ella echó a andar sin dirección entre aquella muchedumbre presurosa, que la rozaba sin tocarla. Gritaba, corriendo, el nombre de su compañera, hasta que la vio inmóvil en medio de la gente, de pie. La distinguía con mayor claridad cada vez; sólo llevaba puesto su delantal de la escuela, y tenía los ojos fijos y desorbitados.
—¿No tienes frío? —le preguntó, y no obtuvo respuesta—. El viento te ha despeinado —le dijo.
Entonces la otra, con un gesto distraído, se pasó dos dedos entre los rizos.
—¿Sabes? ¡Lo he visto y le he hablado! —continuo Clara, en voz baja. Su amiga se apartó de ella con una mirada asustada, meneando la cabeza.
—No quería meterte miedo —se excusó Clara a toda prisa, y la asaltó una angustia penosa.
En el rostro de su compañera se habían formado unas arrugas, sus pupilas se volvían opacas y parecía mucho más flaca.
—Seguramente es su enfermedad —pensó Clara.
—Fue él quien me mató —dijo la otra de inmediato, con una voz tan aguda que ella se estremeció.
No era posible hacerse oír sin gritar; ahora toda aquella gente en fuga hacía nacer a su alrededor un viento fragoroso y era necesario apretarse el cuerpo con los brazos para sujetar los vestidos.
—¿Por qué quieres hablar en medio de tanta gente? —preguntó ella— ¿Por qué no nos retiramos a una esquina?
Pero no consiguió que oyese su pregunta, ni su acento de reproche.
María inclinó la cabeza, seria y absorta, como quien recuerda a duras penas. Cuando empezó a hablar de nuevo, bajó el tono de la voz, hasta el punto de que sus palabras se perdían en el silbido del aire y apenas se comprendían por el movimiento de los labios. Parecía no advertir la niebla y la fuga circundante, y hablaba ya de prisa ya despacio, como un pájaro perdido que bate las alas.
—Me esperaba todos los días junto al árbol —murmuró, mirando de soslayo a su alrededor.
—Todos los días, junto al árbol.
—Y cuando enfermé —prosiguió la otra, en secreto—, entró de repente en mi cuarto. El aire no era claro, y yo creía encontrarme con ustedes en la calle. Ustedes se reían de sus anteojos, y yo le grité que los echaran; pero después me acordé de que me había quedado en la cama con fiebre y de que aquél era mi cuarto. Él se agrandaba como una mancha negra, avanzando desde el fondo de la pared, y decía: «Aquí estoy, he venido». Sus dientes se entrechocaban, mientras trataba de sonreír. Yo grité: « ¡No te conozco! ¡Vete! » Entonces se quitó los anteojos para darse a conocer, y descubrí sus dos ojos inmóviles. «¿Por qué me miras como un ciego?» —pregunté. «Porque duermo —me contestó—, estoy cansado. Ayer fue vacación, tú tenías fiesta, y he vagado hasta la noche para encontrarte, olfateando la nieve como un perro para buscar las huellas de tus pies. Estoy cansado, los brazos me pesan, las rodillas se me doblan». «¡Vete! —le dije—. Este cuarto es mío. Tengo miedo.»
«Quiero darte miedo —contestó balbuciendo—. Pero aún no me atrevo a tocarte». Y yo comprendí que iba a matarme, por la forma en que agitaba las manos. Me daba vergüenza hablar de él a mí madre, que no lo veía, aunque él seguía de pie en un rincón. Durante todo el día y toda la noche se quedó allí, y yo lo miré sin poder dormir ni un minuto, porque el colchón quemaba y las mantas pesaban. Por la mañana me dijo: «Mañana», y repetía «mañana» cada vez más despacio. Me habría escapado a la calle, pero no tenía fuerzas en las piernas. Nadie me liberaba.
Todos caminaban de puntillas, y después empecé a gritar, porque la habitación se vació, y yo no vi a nadie, excepto a él. Estaba mal vestido, pálido, clavaba en mí los ojos, y se tambaleaba, apretando los puños y sonriéndome. Sentía que la nieve caía alrededor, y las paredes descendían replegándose sobre mí y sobre él. Entonces fue cuando mi madre dijo: «Incluso con tantas mantas tiene frío. Tiembla, la criatura. Hay que ponerle otro camisón, el de lana».
Acabada la segunda noche, el tercer día fue corto como un minuto, y yo sentí que él se reía con un rumor bajo. Su carcajada corría por el cuarto como un ratón, y yo no conseguía expulsarla, ni siquiera tapándome los oídos. Oía a lo lejos vuestras voces que hablaban de mí, y comprendía que errabais en torno a mi cama. «No es posible —pensé—, que le permitan acercarse». Y en cambio sentí un aliento en la cara. « ¡No! —grité—. ¡No quiero! » Él ya no hablaba y sus manos, cuando me mataron, quedaron flojas como trapos; echó a andar por una calle lejana, subió unos peldaños de madera, hasta una puerta, y sus ojos se cerraban de sueño. Entonces pude alejarme de él.
—Has gritado tanto, antes —observó, pensativa. Clara.
—Nadie lo comprendía —dijo la otra, con voz de llanto, airada; y volvió hacia su amiga una cara como envejecida, con ojos secos que parecían agrandados por un maquillaje.
—Ya no está —murmuró con un suspiro—. Se ha marchado.
En medio de aquellas casas altas e informes, ella parecía tan pequeña que a Clara le dio pena.
—Hoy —le anunció entonces en secreto— todas hemos contestado «presente», en la lista, cuando leyeron tu nombre.
María se sacudió y le dijo:
—Ven.
Las dos amigas se cogieron de la mano. María conducía a Clara y caminaba temerosa, empujando hacia adelante su nueva y pequeña cara marchita. El viento se debilitaba y la muchedumbre raleaba a su paso; cuando llegaron junto a un muro bajo, sobre el que crecía la hierba, la niebla se había vuelto transparente como un cristal.
—Ya no hay nadie —bisbisearon.
María se detuvo recelosa, aún jadeando. Después sacudió la cabeza y se arrimó al muro, con una ansiosa y extravagante sonrisa.
—¡Mira! —exclamó con un breve chillido de triunfo. Y despacio, con infinita trepidación y respeto, como quien descubre un misterio, se abrió el escote del delantal.
«No lleva nada debajo», pensó la otra.
E inclinadas, miraron juntas, conteniendo la respiración, asombradas. Se veía que el pecho empezaba a nacer; en la piel infantil, blanca, a los dos lados, despuntaban dos pequeñas cosas desnudas, parecidas a dos yemas nacientes de una flor.
Se rieron juntas, muy bajito.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La perra de Fabio Morábito

La perra



Supe que nos robaría desde que abrí la puerta y la vi parada en el rellano de las escaleras con la bolsa del mandado doblada debajo del brazo.

-Soy Camelia, vengo de parte de la señora Guzmán

La hice pasar, la llevé a la cocina y ahí le di las instrucciones con un tono seco para desquitarme de antemano de los futuros robos que adiviné en sus ojos. Poco me faltó para que le dijera: “Ten cuidado, porque si yo o mi marido nos damos cuenta, no va a haber súplica que valga, ya una vez llamamos a la policía”.

La dejé en el living y regresé al cuarto, donde Alberto, tendido en la cama, fumaba un cigarro:

-¿Cómo es?

-Ratera, como todas.

Me quité la bata y Alberto aplastó el cigarro en el cenicero y me quitó el resto. Metió su pierna entre mis muslos y yo le dije:

-Tiene cara de mosquita muerta, nos va a robar todo lo que pueda, ahora mismo debe de estar viendo lo que le gustaría llevarse.

-¡La perra! -murmuró él.

Me besó los muslos mientras yo escuchaba los pasos de Camelia por la sala y el ruido de los objetos que movía de lugar.

-¿No oyes cómo husmea, cómo busca?

-¡Sí, la zorra!

Le dije a Camelia que viniera tres veces por semana.

Cuando se fue, repasé la casa a fondo para ver si faltaba alguna cosa. Vi que limpiaba mal, pero no peor que otras.

-¿Qué nos robó? -preguntó Alberto de vuelta de la oficina.

-La cabrona es fina, de las que roban una sola vez algo valioso y desaparecen, no chacharitas. Ahora estudia el terreno.

-¡ La perra!

Camelia llegaba entre ocho y ocho y media. Yo le abría en bata, le decía rápidamente lo que tenía que hacer y luego regresaba a la cama, donde Alberto me esperaba tenso, fumando. Me quitaba la bata y el camisón.

-Vieras lo bien que viene vestida.

-¡La zorra! ¿De dónde sacará la plata?

-No seas estúpido. De robar.

Me tiraba sobre la cama y él me besaba los muslos y las caderas zumbando en torno mío, afiebrándose. Lo dejaba hacer, sin moverme.

-¿No oyes cómo busca, cómo husmea?

-¡Sí, la perra!

Al irse él a la oficina, yo me quedaba en el estudio o salía de compras y, cuando Camelia se iba, revisaba cuarto por cuarto. Encontraba todo en su sitio; a lo mucho, algún objeto cambiado de lugar.

-¿Qué nos robó? -era la primera pregunta de Alberto cuando volvía a casa.

Le repetía enfadada que teníamos que habérnoslas con alguien astuto, no una pueblerina.

-Vas a ver que no es tan fina como dices -dijo él

Una mañana, y tomó tres billetes de diez mil, los enrolló y los ocultó en un rincón de la sala.

-¿Qué haces?

En eso tocaron a la puerta. Alberto, que estaba en pijama, se fue al cuarto. Le abría Camelia, nerviosa, luego volví a la recámara, donde Alberto fumaba apurado, sin gusto.

-¡La perra! -murmuró.

Nos quedamos acostados sin movernos, mirando el techo. Alberto fumó dos cigarros, uno tras otro, luego se levantó y se puso la bata y salió del cuarto. Cuando regresó, me bastó ver su cara para saber que el dinero seguía en su lugar. Se acostó dándome la espalda y encendió otro cigarro.

-A lo mejor todavía no limpia ahí -dije.

Oímos los escobazos secos sobre la alfombra de la sala. Diez o quince minutos después, aprovechando que Camelia se había metido en el baño, me puse la bata y caminé de puntas hasta el living. El dinero había desaparecido. Sentí una felicidad dura, caliente. Por las dudas, revisé a fondo. No encontré nada. Regresé al cuarto antes de que Camelia saliera del baño. Me temblaban las piernas. Algo me vio Alberto en la cara.

-¿Qué te pasa?

-¡La zorra! -murmuré, y empecé a desnudarme. Él pendía de mis labios, pero no abrí la boca.

-¿Me vas a decir o no? -casi gritó.

Todavía me di mi tiempo quitándome el brasier frente al espejo, sabiendo cómo lo enloquecen mis senos.

-Ve a ver -dije sin mirarlo, desnuda.

Aplastó el cigarro en el cenicero, se levantó y salió al pasillo sin hacer ruido. Volvió con el mismo disimulo. Los ojos le hervían.

-¡La perra, nos robó!

-¿Qué esperabas?

-Nos vio la cara.

-Y ahora debe de estar en el baño ocultándose el dinero en los calzones o en los zapatos. ¡Riéndose de nosotros!

Se quitó la bata, se arrodilló y me besó los tobillos, los dedos de los pies, las corvas, temblando.

-¡La zorra! -jadeó.

-Este es sólo el principio. Nos va a dejar sin nada. ¡Nos va a quitar todo lo que tenemos! iTodo!

Apenas alcanzó a gemir y me lamió las piernas, derritiéndose. Salió de casa cuando Camelia subió a la azotea del edificio a colgar la ropa y las sábanas. Era tardísimo, y yo me quedé en bata.

Entonces, entrando en la cocina, vi los tres billetes de diez mil sobre la mesa, cuidadosamente estirados debajo del cenicero de ónice. Los miré fijamente, sin tocarlos. Camelia los había desplegado como una bandera, como una feliz evidencia, con la jactancia que le daba el derecho de exigir nuestro agradecimiento. Tenía la soberbia de los animales humildes y pacientes. Me senté en la cocina a esperarla y, cuando regresó de la azotea, la recibí con una mirada de hielo:

-¿Qué hace ese dinero aquí?

-Lo encontré en la sala, señora -dijo sin alterarse.

Traía en la mano la cubeta de plástico, se veía cansada. Era una hormiga implacable. Odié su voz estridente y pueblerina, sus bondadosos ojos de telenovela.

Salí de la cocina, dejé los billetes sobre la mesa y fui a darme un regaderazo para cobrar valor. Se lo dije antes de salir de compras:

-Camelia, mi esposo y yo vamos a salir de viaje por seis meses. Aquí tienes tu liquidación -y puse en su mano los tres billetes de diez mil que estaban debajo del cenicero. Se me quedó viendo sin abrir la boca, con la mano abierta y el dinero apelotonado.

-Lo mandaron llamar de Guadalajara esta semana, por eso no te avisé antes.

No soportaba su estupor y su silencio, sólo quería que se fuera.

-Y puedes irte de una vez. No hace falta que sigas limpiando, vamos a hacer las maletas y no tiene caso.

-Sí, señora.

Fue a la cocina a coger la bolsa del mandado, la dobló debajo del brazo, le abrí la puerta, inclinó ligeramente la cabeza y olí su perfume barato. Salí de compras y no regresé hasta el mediodía. De vuelta a casa, cuando vi el tiradero de los cuartos y los trastes sucios, me arrepentí de no haber retenido a Camelia hasta su hora de salida. La maldije por la presteza con que me había obedecido. Traté de poner un poco de orden, pero no pude. ¡La perra! Alberto, de regreso, me encontró perdida en aquella revoltura.

-¿Qué pasó, qué tienes?

-Qué voy a tener. ¡La perra!

Vi cómo se alteraba, cómo se le subía la sangre.

-¡Huyó! ¡Echó a volar! Se le hizo fácil con el dinero que le dejaste atrás de las cortinas. ¡Y nos dejó hundidos en esta porquería!

Miro hipnotizado el revoltijo de la cocina y de la sala. Cuando habló le temblaba la voz:

-Se fue... ¿y nos dejó así... en esta inmundicia?

- Sí.

Dio un paso hacia la cocina, miró los trastes que se amontonaban en el fregadero, los restos del desayuno, el piso sucio. Hizo un gesto incrédulo con la mano:

-¿La perra? -preguntó.

-¡Sí, la perra! -dije.

Ayer, pasadas las seis de la tarde, me encontré casi de casualidad con el siguiente texto. El autor es Fabio Morábito. Un escritor que Nació en Egipto, pasó su infancia en Milán y el resto de su vida en México (en 2007, vivió ocho meses en Argentina). Publicó libros de poesía, ensayo y narrativa. En el 2009, en nuestro país, Eterna cadencia publicó La lenta furia, libro en el que se encuentra el presente cuento.   

miércoles, 14 de octubre de 2015

Ezequiel Martínez Estrada


Frente a la política, el arte queda como una manifestación esporádica y subsidiaria, como un fenómeno restrictivamente porteño dentro del otro metropolitano. Las inquietudes espirituales dan su brote, su flor y su hoja amarilla en Buenos Aires; y ha de considerarse la cultura como un caso particular de urbanismo. Al talento no le queda otro camino que aquel de los productos en desagüe de la periferia al centro y del centro onfálico al exterior. Fuera de la capital arrastra su existencia parasitaria de lo que aquí se produce, emigra o sucumbe. Sin embargo, el talento no es oriundo de la metrópoli, también como en los buenos tiempos de Roma. En provincias no se escribe ni se lee; la llanura inmensa es refractaria a la intensidad de cualquier cultivo y los artistas que fatídicamente nacen en ella, tienen implicado el trágico destino de ser una negación en diversas formas, de la llanura; de no aclimatarse ni acá ni allá. Diarios, periódicos y libros se imprimen en Buenos Aires, con vistas al consumo rural. Los que se editan en el interior cabestrean su existencia baladí de pordioseros del gobierno comunal o provincial, con sus eternas cuatro u ocho páginas de avisos interpolados de las clásicas cursilerías y lugares comunes del periodismo y la tipografía de campaña.
Pueden llamarse los órganos paródicos del periodismo, aunque como ninguna otra forma de publicidad expresa con ingenua pretensión, la fusión simbiótica de la política y la literatura, del alfabetismo y de las artes gráficas. Aquello mismo que los periódicos de campaña revelan sin saberlo, puede aplicarse a la gran ciudad, y bastaría buscar, como en el gaucho urbano, cuáles son las transformaciones que ha experimentado al crecer en tamaño y número de ejemplares. Cultura y política son una misma cosa; gobernante y pedagogo, institución artística o científica y autores que entran en una coordinada acción de recíprocos derechos y deberes. Un gobierno quiso caracterizarse por cierto filisteísmo augusteo, precisamente porque era oriundo de la masa refractaria a la cultura, e incurrió en actos teatrales de mecenismo. Hizo repartir, por ejemplo, entre los campesinos una traducción de las Geórgicas. La transfiguración de elementos de la cultura más auténtica en ese renacimiento, sirvió para corroborar un plan de urbanismo romántico y como el autor de la Novela Cómica, dio su Virgile travesti. Llévese, si se quiere el caso a las sociedades artísticas y turfísticas que protegen las artes y las letras, como órganos representativos de la ganadería y del pensamiento. Ésa es la suerte de la inteligencia que huye de la llanura y es en pleno centro recapturada por las fuerzas eternas de la pampa.
Ningún órgano que en la ciudad dé forma para negar la realidad del campo niega la realidad del campo. Más que el gobierno paladinamente oriundo de la masa refractaria de la cultura, el gobierno nacido de la negación de ese tabú político quiso consumar la obra devastadora de la pampa; negó al intelectual, prescindió ostentosamente de él y además lo persiguió hasta donde pudo. Privando al intelectual de sus legítimos derechos, acorralándolo en un brete sin salida, completó aquel programa. Y sin embargo, Buenos Aires, la obra más extraordinaria de la política argentina, atrae al artista, lo seduce y lo corrompe.
Es verdad que en Buenos Aires hay lo que podría llamarse estructuras concretas de ciencia, de arte, de profesores liberales, pero no son autónomas de la ciudad y obedecen a la política que hizo a la ciudad, dependiendo indirectamente del erario. Todos ellos son fenómenos municipales, patrocinados o subvencionados en última instancia por la comuna o el gobierno, un poco en secreto. Para abrirse paso en la maraña de los intereses que monopoliza la política, ha de ofrecer su talento a los dos únicos postores: el periodismo o la administración pública. Sin poder sacar provecho ni regocijo de su obra, que nadie lee, reclama el subsidio y ya está vencido; ya no es él sino un colaborador de las fuerzas de la llanura que se refugiaron en la aldea. Simulacros de escritores, de artistas, de sabios han ocupado mediante la entrega condicional de su persona los altos puestos. Enseñoreados de los diarios, las cátedras y los cenáculos, defienden con uñas y dientes su empleo. Aquellos apóstatas que claudicaron en su fe son los apóstoles de ese ideal urbano, los herejes sublimados del contraideal. Diarios, universidades y salones se sostienen por un complejo sistema de intereses cruzados; unos amparan a los otros y a lo largo de los personajes encadenados circula una sola sangre y un solo fluido vital: la política. El método de la "cadena" descubierto por los tahures de comité es antiguo y continental. Ese sistema de la "cadena", de la complicación en serie, es el esquema de las actividades lícitas que se basan en la política y lo practican sin saberlo todos los que anhelan por encima de sus fuerzas. El artista honesto está predestinado a sucumbir porque está solo, y su rebeldía o su renuncia contrasta con el canevá de los intereses en juego. No tiene compromisos recíprocos; es un eslabón suelto.
La ciudad es de una textura homogénea aunque parezca abigarrada y cosmopolita; tiene el alma en bloque. Los trabajadores solitarios son hijos de la soledad; y veinte hombres libres son los que levan sobre sus espaldas el prestigio de la Nación. Si murieran de pronto, la Nación caería por su propio peso en las tinieblas australes a un nivel a ras de toda la latitud sudamericana. La ciencia se recluye en gabinetes y laboratorios; la literatura se ofrece al periódico y la revista para morir finalmente en el libro. El Estado que no cree sino en el peligro, concluye adquiriendo los libros y los cuadros que nadie compra y los distribuye en las bibliotecas y los museos que nadie visita. La vocación del artista y del sabio es un contrasentido con la realidad profunda, y el crítico que pasa en silencio las obras de enjundia y trompetea alrededor de las mistificaciones, está inconscientemente al servicio de las fuerzas oscuras de la pampa. Sobre los que se mantienen en pie trepa la hiedra de los que han fracasado hasta que los cubre el pasto. Los muertos matan a los vivos, como en el palacio de los Atridas. Formas abortivas y monstruosas, nacidas de cópulas gubernamentales, engendradas con los logos espermáticos de la política, se multiplican por sí mismas en pululación de bacterias, en obras completas de treinta títulos. El Congreso vota fondos para que se escriban obras o para adquirirlas. Son fantasmas a la rústica. Las plazas están llenas de simulacros de bronce y de mármol; los museos atestados de simulacros; los programas sinfónicos mechados de fantasmas. Todo ese mundo de los abortos inmortales nace de la política y es hijo de las cámaras, de los gabinetes y de los comités. El público está complicado en el sistema de la cadena y aplaude; llena los teatros y repite los gloriosos nombres de los espectros. Pero con socarrona picardía guiña un ojo; porque miente mucho más que se equivoca. Espera la muerte verdadera y olvida. Dramaturgos, poetas, músicos y pintores: todos amortajados en la misma tumba continental del olvido, han muerto. Los muertos de ayer parecen antiguos y distantes. Es la política, que empuja con todas sus fuerzas hacia delante, que teje de día sus telas y las desteje de noche. Mientras vive el defensor de sus intereses, mientras pueda hacer daño o bien, es respetado, como el político en auge; cae y se le olvida. En esa nefanda obra de cremación y aventamiento de las cenizas están complicados el gobierno y el pueblo, que prefieren al impostor vivo y no al talento muerto. Los monederos falsos de la cultura se nutren de cadáveres; aquel olvido es este renombre.
La falta de estados verdaderos de cultura se suplanta con estados ficticios de cultura; empresas poderosas de publicidad y de noticias sostienen la política de la literatura estándar. Si el periodista tiene las ideas de la administración, ésta tiene las ideas de los anunciadores de página entera, que casi siempre coincide con el mismo universal sistema de la cadena, con lo que se lleva y se consume con mayor cantidad. Centenares de cerebros trabajan diariamente en la misma tarea, modelando y puliendo con arreglo a un canon periodístico del mayor consumo. La personalidad del autor, incluso cuando le permiten que firme, se disuelve en una liga de plomo fundente, y toda la redacción es una masa gris de ideas y de renglones de linotipo. No tener qué comer es peor.
La suerte del escritor es todavía más triste que la del periodista; tiene que transigir con el lector de diarios, o tener fortuna. Los mejores son pobres y viven de otras cosas. Persisten en su trabajo porque Dios lo quiere así. Los intelectuales libres de la política de las empresas de prensa son destruidos de cuajo. Quien tiene dinero tiene fama; sus libros circulan al amparo de una firma bancaria de reconocida solvencia, y entonces puede cometer las mayores indignidades sin que se afecte su prestigio. La reputación es una incansable paciencia. El mismo lector que se pasma del éxito de su novelista predilecto, gusta pecaminosamente de las ediciones clandestinas, como si realmente estuvieran prohibidas.
No menos tiránico que la prensa, el comité político-literario y la administración pública acogen con reservas al hombre de acción fracasado y al idealista a ultranza. El autor costea la impresión de su obra con el sueldo que le paga el Estado y el Estado le compra el libro, devolviéndole su dinero. Devuelve el costo y recupera las ideas, retirándolas de circulación. Una vez hecha la fama se respeta hasta que la muerte barre con todo. La cadena queda soldada entre autores, impresores y consumidores.
Lograda una buena posición, ahí termina toda inquietud, se echa vientre y se espera la jubilación o las palmas académicas. Y entonces con la muerte llega la inmortalidad mientras se vive.

Del libro Radiografía de la Pampa,  (Losada, Buenos Aires 1983)

miércoles, 7 de octubre de 2015

Carson McCullers (EE.UU, 1917-1967)



El transeúnte


Esa mañana, la frontera crepuscular entre el sueño y la vigilia era romana: fuentes salpicando y calles estrechas con arcos. La dorada y pródiga ciudad de flores y piedra pulida por los años. A veces, en su semiinconsciencia estaba otra vez en París, o entre escombros de guerra alemanes, o esquiando en Suiza y en un hotel en la nieve. Algunas veces también era un barbero de Georgia en una madrugada de caza. Era Roma esta mañana, en la región sin tiempo de los sueños.
John Ferris se despertaba en una habitación de un hotel en Nueva York. Tenía la sensación de que algo desagradable le esperaba; qué podría ser, no sabía. La sensación, sumergida en las exigencias mañaneras, se prolongó aun después de haberse vestido y haber bajado. Era un día de otoño despejado y un sol pálido, en rebanadas, se metía entre los rascacielos color pastel. Ferris entró en la cafetería de al lado y se sentó en el compartimiento del fondo junto al ventanal que daba a la acera. Pidió un desayuno a la americana de huevos revueltos y salchichas.
Ferris había venido de París al entierro de su padre, que había sido la semana anterior en su pueblo, en Georgia. El choque de la muerte le había hecho darse cuenta de que la juventud había ya pasado. Se le caía el pelo y las venas de sus ya desnudas sienes quedaban salientes latiendo; su cuerpo se conservaba bien, a no ser por una panza incipiente. Ferris había querido mucho a su padre y la unión entre ellos había sido antes muy fuerte, pero los años habían debilitado algo esta devoción filial; la muerte, aguardada durante mucho tiempo, le había dejado con una consternación imprevista. Había alargado lo posible su estancia en casa, junto a su madre y sus hermanos. Su avión para París salía a la mañana siguiente.
Ferris sacó la agenda de direcciones para confirmar un número. Iba volviendo las páginas con interés creciente. Nombres y direcciones de Nueva York, de capitales de Europa, unas pocas borrosas de su estado del Sur. Nombres borrosos en letras de molde, nombres borrachos, garrapateados. Betty Wills: un amor pasajero, ahora casada. Charlie Williams: herido en la selva de Hürtgen, paradero desconocido desde entonces. El gran viejo Williams… ¿vivía o había muerto? Don Walket: trabajando en la televisión y haciéndose rico. Henry Green: se chifló después de la guerra, ahora en un sanatorio, decían. Cozie Hall: había oído que había muerto. La atolondrada, la alegre Cozie… era extraño pensar que ella también, tan boba, podía morir. Al cerrar el cuaderno, Ferris padecía una impresión de azar, de tránsito, casi de miedo.
Fue entonces cuando su cuerpo dio una sacudida repentina. Miraba por la ventana cuando allí mismo, pasando por la acera, vio a su antigua mujer. Elizabeth pasaba muy cerca de él, andando despacio. Ferris no pudo comprender el estremecimiento salvaje de su corazón ni la sensación inmediata de desahogo y de gracia que le quedaron cuando ella hubo pasado.
Ferris pagó deprisa y salió corriendo a la calle. Elizabeth estaba en la esquina esperando para cruzar la Quinta Avenida. Corrió hacia ella pensando en hablarle, pero cambiaron las luces y ella cruzó la calle antes de que la alcanzara. Ferris la siguió. Al otro lado podría muy bien haberla alcanzado, pero se sorprendió rezagándose sin saber por qué. Llevaba el cabello castaño claro recogido con sencillez, y, mientras la observaba, se acordó Ferris de que su padre había dicho una vez que Elizabeth tenía “buenos andares”. Elizabeth dobló la esquina siguiente y Ferris la siguió, aunque su intención de abordarla había desaparecido ya. Ferris se preguntó el porqué de la agitación de su cuerpo a la vista de Elizabeth, el sudor de sus manos, los fuertes latidos de su corazón.
Hacia ocho años que Ferris no había visto a su antigua mujer. Sabía que se había casado otra vez hacía mucho tiempo. Y tenía niños. Durante los últimos años raramente había pensado en ella. Pero al principio, después del divorcio, la pérdida casi le había derrumbado. Luego, calmado por la acción del tiempo, había amado otra vez, y luego otra. Ahora era Jeannine. Desde luego, el amor por su antigua mujer había pasado hacía tiempo. ¿Por qué entonces el desasosiego de su cuerpo y la mente sacudida? Sólo sabía que su corazón nublado estaba extrañamente en disonancia con el día de otoño soleado y claro. Ferris dio la vuelta de repente y, andando a grandes zancadas, casi corriendo, volvió deprisa al hotel.
Ferris se sirvió de beber, aunque no eran aun las once. Tumbado en una butaca como una persona exhausta, se puso a contemplar su vaso de whisky. Tenía un día entero por delante, y se iba en avión a la mañana siguiente. Repasó sus obligaciones: llevar su equipaje a la Air France, almorzar con su jefe, comprarse unos zapatos y un abrigo… ¿No había algo más? Ferris terminó la bebida y abrió la guía de teléfonos.
La decisión de llamar a su antigua mujer fue impulsiva. El número venía en Bailey, el nombre del marido, y Ferris lo marcó sin tomarse tiempo para pensarlo. Elizabeth y él se habían intercambiado felicitaciones en Navidad, y Ferris le había mandado un juego de trinchar cuando recibió la participación de boda. No había razón para no llamar. Pero mientras esperaba, oyendo la llamada al otro lado, la duda empezó a inquietarle.
Elizabeth contestó; su voz familiar fue para él un nuevo choque. Tuvo que repetir su nombre dos veces, pero cuando fue identificado ella pareció alegrarse. Le dijo que estaba en la ciudad sólo por un día. Ellos tenían un compromiso para ir al teatro, dijo ella, pero a ver si podía venir a cenar temprano. Ferris dijo que le encantaría.
Mientras iba de una cosa a otra, estaba aun molesto a ratos con la sensación de que algo importante se le olvidaba. Ferris se bañó y se cambió a última hora de la tarde, pensando a menudo en Jeannine: estaría con ella la próxima noche. “Jeannine”, diría, “me encontré por casualidad con mi antigua mujer cuando estaba en Nueva York. Cené con ella y su marido, claro. Fue extraño verla después de todos estos años.”
Elizabeth vivía en una Avenida Cincuenta y tantos Este, y, mientras Ferris iba en taxi desde el centro, vislumbraba en los cruces el ocaso prolongado, pero al llegar a su destino era ya noche otoñal. El lugar era un edificio con marquesina y portero: el apartamento de ella estaba en el séptimo piso.
- Entre, señor Ferris.
Preparado para Elizabeth, o hasta para el marido no imaginado, Ferris se quedó asombrado ante el chico pelirrojo y pecoso; sabía lo de los niños, pero su pensamiento no había sido capaz de imaginárselo de alguna manera. La sorpresa le hizo dar un paso atrás torpemente.
- Éste es nuestro apartamento –dijo el niño respetuoso-. ¿No es usted el señor Ferris? Soy Bill, entre.
En el cuarto de estar, al otro lado del vestíbulo, el marido le dio otra sorpresa. Tampoco para él estaba preparado emocionalmente. Bailey era un hombre macizo, de cabello rojo, con ademanes decididos. Se levantó y le tendió la mano.
- Soy Bill Bailey. Encantado de conocerle. Elizabeth vendrá en seguida… Está terminando de vestirse.
Las últimas palabras despertaron una serie fluida de vibraciones, recuerdos de otros años. Elizabeth, clara, rosada y desnuda antes del baño. A medio vestir delante del espejo de su tocador, cepillándose el fino cabello castaño. Dulce intimidad casual, la amabilidad de la carne suave poseída sin discusión. Ferris alejó de sí los recuerdos indeseados y se obligó a encontrar la mirada de Bill Bailey.
- Bill, ¿quieres traer esa bandeja de bebidas que hay en la mesa de la cocina?
El niño obedeció con prontitud y, cuando se hubo ido, Ferris dijo:
- ¡Qué chico más guapo tienen!
- Nosotros, por lo menos, lo creemos así.
Se hizo silencio hasta que el niño volvió con una bandeja de vasos y la coctelera con martinis. Con el estímulo de la bebida fueron sacando a flote la conversación: hablaron de Rusia y de la lluvia artificial en Nueva York, y del problema de los pisos en Manhatan y París.
- El señor Ferris volará mañana a través de todo el océano –le dijo Bailey al niño, que estaba encaramado en el brazo de su butaca, tranquilo y bien educado-. Apuesto a que te irías de polizón en su maleta.
Billy se echó para atrás sus lacios mechones de pelo:
- Yo quiero volar en un avión y ser periodista como el señor Ferris. –Y añadió con seguridad repentina-: Esto es lo que quiero ser cuando sea mayor.
Bailey dijo:
- Yo creí que querías ser médico.
- ¡Sí! –dijo Billy-. Seré las dos cosas. También quiero ser un sabio de bombas atómicas.
Elizabeth entró llevando en brazos una niña.
- ¡Oh, John! –dijo. Y colocó a la niña en el regazo de su padre-. Es tan estupendo volver a verte… Me alegro tanto de que hayas podido venir…
La pequeña estaba sentada mimosamente en las rodillas de Bailey. Llevaba un trajecito de crepé rosa pálido cogido en los hombros con un lazo y una cinta de seda del mismo color sujetándole los suaves rizos pálidos. Tenía la piel tostada del verano y sus ojos castaños; estaban moteados de oro. Cuando alcanzó y señaló con el dedo las gafas de concha de su padre, éste se las quitó y la dejó mirar un poco con ellas.
- ¿Cómo está mi bomboncito?
Elizabeth estaba muy hermosa, más hermosa quizá de lo que Ferris la había visto jamás. Su cabello limpio y liso brillaba. Su rostro era más suave, brillante y sereno. Era una belleza de Madonna, que se avenía bien con el ambiente familiar.
- No has cambiado nada –dijo Elizabeth-. Pero ha pasado mucho tiempo.
- Ocho años.-Casi inconscientemente se llevó la mano al pelo que ya le clareaba, mientras se intercambiaban otras vaguedades.
Ferris se sintió de pronto un espectador, un intruso entre los Bailey. ¿Por qué había venido? Estaba sufriendo. Su propia vida le parecía tan solitaria, una columna frágil sin nada que soportar en medio del naufragio de los años. Sentía que no podría seguir mucho tiempo en la habitación familiar.
Miró el reloj.
- ¿Vosotros vais al teatro?
- Es una pena –dijo Elizabeth-, pero teníamos este compromiso desde hace más de un mes. Pero, John, seguro que cualquier día de éstos te quedarás aquí. ¿No vas a ser un expatriado, no?
- Expatriado –repitió Ferris-. No me gusta mucho esa palabra.
- ¿Qué palabra hay mejor? –preguntó ella.
Él pensó un momento:
- Transeúnte, quizá.
Ferris miró otra vez su reloj y Elizabeth se excusó:
- Si lo hubiera sabido con tiempo…
- Sólo paso este día en la ciudad. Tuve que ir a casa inesperadamente. ¿Sabes? Papá murió la semana pasada.
- ¿Papá Ferris ha muerto?
- Sí, en el Johns Hopkins. Estuvo enfermo allí casi un año. El entierro fue en casa, en Georgia.
- Cuánto lo siento, John. Papá Ferris fue siempre una de mis personas predilectas.
El niño se levantó por detrás de la butaca de modo que pudiera mirar el rostro de su madre. Preguntó:
- ¿Quién se ha muerto?
Ferris estaba muy olvidadizo para comprender; pensaba en la muerto de su padre. Vio otra vez el cadáver, tendido en la seda dorada dentro del ataúd. Le habían maquillado la cara de una manera grotesca y aquellas manos familiares yacían unidas y pesadas sobre un desbordamiento de rosas. El recuerdo se cerró y Ferris se despertó a la voz tranquila de Elizabeth.
- El padre del señor Ferris, Bill. Una gran persona; alguien a quien tú no conocías.
- Pero, ¿por qué le llamas Papá Ferris?
Bailey y Elizabeth intercambiaron una mirada furtiva. Fue Bailey el que contestó al niño:
- Hace mucho tiempo –dijo-, tu madre y el señor Ferris estuvieron casados. Pero antes de que nacieras, hace mucho tiempo.
- ¿El señor Ferris?
El pequeño se quedó mirando a Ferris incrédulo y desconcertado. Y los ojos de Ferris, al devolverle la mirada, eran también algo incrédulos. ¿Sería verdaderamente cierto que una vez había llamado a esta extraña, a Elizabeth, “patito mío” durante noches de amor, que habían vivido juntos, habían soportado juntos, en medio de la tristeza de la soledad repentina, la pena de ver destruirse poco a poco (celos, alcohol y discusiones por dinero) el edificio del amor conyugal?
Bailey dijo a los niños:
- A alguien le toca cenar. ¡Hala, vamos!
- ¡Pero, papá! Mamá y el señor Ferris… Yo…
La mirada insistente de Bill, perpleja y con un brillo de hostilidad, le recordó a Ferris la mirada de otro niño. El hijo de Jeannine, un niño de siete años, de carita ensombrecida y rodillas huesudas al que Ferris evitaba y olvidaba con frecuencia.
- ¡De frente, marchen! –Bailey llevó suavemente a Billy hacia la puerta.
- Di buenas noches, hijo.
- Buenas noches, señor Ferris. –Añadió con resentimiento-: Creí que me iba a quedar para la tarta.
- Puedes venir luego por la tarta –dijo Elizabeth-. Corre ahora con papá a cenar.
Ferris y Elizabeth estaban solos. El peso de la situación gravitó sobre aquellos primeros momentos de silencio. Ferris pidió permiso para servirse otro cóctel y Elizabeth le puso la coctelera en la mesa a su lado. Miró el piano y observó la música en el atril.
- ¿Tocas todavía tan bien como antes?
- Todavía disfruto tocando.
- Toca, por favor, Elizabeth.
Elizabeth se levantó inmediatamente. Su prontitud para tocar cuando se lo pedían había sido siempre una de sus amabilidades. Nunca se hacía rogar, excusándose. Ahora, mientras se acercaba al piano, había en ella, además, la prontitud del alivio.
Empezó con un preludio y fuga de Bach. El preludio era alegremente irisado, como un prisma en una habitación por la mañana. La primera voz de la fuga, un anuncio puro y solitario, se repitió entremezclada con una segunda voz y repetida otra vez dentro deun marco elaborado; la música múltiple, horizontal y serena, fluía con majestad, sin apresuramiento. La melodía principal se trenzaba con otras dos voces, embellecida con un sinfín de ingeniosidades, dominante unas veces, sumergidas otras, con la sublimidad de una cosa única que no teme rendirse al conjunto. Hacia el final, la densidad del material se reunió para la última insistencia, enriquecida sobre el primer motivo dominante, y la fuga terminó en un acorde, como una afirmación final. Ferris descansaba la cabeza sobre el respaldo de la butaca y cerró los ojos. En el silencio que siguió, una voz alta y clara vino de la habitación del otro lado del vestíbulo, “Papá, pero cómo podían mamá y el señor Ferris…” Luego se oyó cerrar una puerta.
El piano empezó otra vez. ¿Qué música era ésa? Sin lugar, familiar, la melodía límpida llevaba mucho tiempo dormida en su corazón. Ahora le hablaba de otro tiempo, otro lugar; era la música que Elizabeth solía tocar. La melodía suave evocó un bosque de recuerdos. Ferris se perdió en el tumulto de anhelos pasados, conflictos, deseos ambivalentes. Era extraño que la música, ocasión de esta anarquía tumultuosa, fuera tan clara y serena. La melodía principal quedó rota por la aparición de la criada.
- Señora, la cena está servida.
Todavía, después que se sentó a la mesa entre sus anfitriones, la música interrumpida le oscurecía el humor. Estaba algo borracho.
- L’improvisation de la vie humaine –dijo-. No hay nada que te haga darte cuenta de la improvisación de la existencia humana como una canción sin terminar, o un viejo cuaderno de direcciones.
- ¿Un cuaderno de recuerdos? –repitió Bailey. Luego se calló prudente.
- Sigues siendo el mismo, Joh –dijo Elizabeth con algo de la antigua ternura.
La cena de aquella noche era al estilo del Sur, y los platos eran de lo que a él le gustaban: pollo frito y pastel de maíz y batatas en dulce. Durante la comida, Elizabeth mantuvo viva la conversación cuando los silencios se hacían demasiado largos. Y así Ferris tuvo ocasión de hablar de Jeannine.
- La conocí el otoño pasado, hacia esta época, en Italia. Es cantante y tenía un contrato en Roma. Creo que nos casaremos pronto.
Las palabras parecían tan verdaderas, inevitables, que Ferris no se dio al principio cuenta de que mentía. Él y Jeannine no habían hablado nunca de matrimonio en todo el año. Y en realidad ella seguía casada con un ruso blanco, agente de bolsa en París, del que llevaba separada cinco años. Pero era demasiado tarde para corregir la mentira. Elizabeth ya estaba diciendo: “Me alegra mucho saberlo. Enhorabuena, Johnny”.
Trató de compensarlo con cosas verdaderas:
- El otoño romano es tan bonito… Suave y florido. –Añadió-: Jeannine tiene un niño de seis años. Un chico curioso con tres idiomas; le llevo algunas veces a las Tullerías.
Mentira otra vez. Había llevado sólo una vez al pequeño a los jardines. El pálido niño extranjero, con los pantaloncitos cortos que dejaban al descubierto las piernas huesudas, había echado su barco en el estanque de cemento y había montado en un caballito. El niño había querido entrar en el guiñol. Pero no había habido tiempo porque Ferris tenía un compromiso en el Hotel Scribe. Le había prometido que irían al guiñol otra tarde. Solamente había llevado una vez a Valentin a las Tullerías.
Hubo un revuelo. La criada trajo una tarta blanca con velas rojas.
Los niños entraron en pijama. Ferris no comprendía aun.
- Felicidades, John –dijo Elizabeth-. Sopla las velas.
Ferris se acordó de que era el día de su cumpleaños. Las velas se fueron apagando despacio y olía a cera quemada. Ferris tenía treinta y ocho años. Las venas de sus sienes se oscurecieron y latieron de una manera visible.
- Es hora de ir al teatro.
Ferris agradeció a Elizabeth la cena de cumpleaños y dijo los adioses apropiados. La familia entera le despidió en la puerta.
Una luna alta, fina, brillaba sobre los oscuros rascacielos mellados.
En las calles hacía viento y frío. Ferris fue deprisa a la Tercera Avenida y llamó un taxi. Miraba la ciudad nocturna con la atención deliberada de la partida y quizá de despedida. Estaba solo. Deseó que llegara pronto la hora del vuelo y el viaje.
Al día siguiente miró la ciudad desde el cielo, bruñida al sol, de juguete, precisa. Luego, América se quedó atrás y sólo estaba el Atlántico y la distante costa europea. El océano tenía un color lechoso, pálido, plácido bajo las nubes. Ferris dormitó casi todo el día. Hacia el atardecer pensaba en Elizabeth y en la vista de la tarde anterior. Pensó en Elizabeth entre su familia, con deseo, con envidia y una pena inexplicable. Buscó la melodía, la frase sin terminar que le había emocionado tanto. La cadencia, algunos sonidos dispersos, era todo lo que le quedaba; la melodía misma había huido. Había encontrado, en cambio, la primera voz de la fuga que Elizabeth había tocado, irónicamente invertida y en tono menor. Colgado sobre el océano, las preocupaciones por su soledad y por lo transitorio de las cosas dejaron de acongojarle y pensó en la muerte de su padre con ecuanimidad. A la hora de cenar, el avión llegó a la costa francesa.
A medianoche, Ferris cruzaba París en un taxi. El cielo estaba cubierto y la neblina ponía halos a las luces de la plaza de la Concordia. Los bistrós nocturnos brillaban en los pavimentos húmedos. Como siempre después de un vuelo transoceánico, el cambio de continentes era demasiado repentino. Nueva York por la mañana, esta noche París. Ferris entrevió el desorden de su vida; la sucesión de ciudades, de amores transitorios; y el tiempo, el siniestro deslizarse de los años, siempre el tiempo.
- Vite, vite! –llamó con terror-. Dépêchez-vous.
Valentin le abrió la puerta. El niño estaba en pijama, con una bata roja que le venía grande. Sus ojos grises estaban ensombrecidos y, al entrar Ferris en el piso, chispearon momentáneamente.
- J’attends, mamam.
Jeannine cantaba en un club nocturno. No estaría en casa hasta dentro de una hora. Valentin volvió a un dibujo que estaba haciendo, acurrucándose con sus lápices sobre un papel extendido en el suelo. Ferris miró el dibujo: era uno que tocaba el banjo con las notas y las líneas onduladas saliéndole en un globito, como las historietas.
- Volveremos otra vez a las Tullerías.
El niño levantó la cabeza y Ferris se lo acercó a las rodillas. La melodía, la música sin terminar que Elizabeth había tocado le vino de repente a la memoria. Sin pedírselo, la memoria desembarcaba en él su carga; esta vez trayendo sólo reconocimiento y súbita alegría.
- Monsieur Jean –dijo el niño-. ¿Le vio usted?
Confuso, Ferris pensó solamente en otro niño, el niño pecoso, mimado por su familia.
- ¿A quién, Valentin?
- A su papá, en Georgia. –El niño añadió-: ¿Estaba bien?
Ferris se apresuró a decir:
- Iremos a las Tullerías a menudo, a montar en el caballito y ver el guiñol. Lo veremos y no tendremos prisa nunca más.
- Monsieur Jean –dijo el niño-. El guiñol está cerrado ahora.
Otra vez el terror, la comprensión de años desperdiciados, y la muerte. Valentin, impulsivo y confiado, se acurrucaba entre sus brazos. Su mejilla tocó la mejilla suave y sintió el roce de las pestañas delicadas. Con íntima desesperación estrechó al niño como si una emoción tan cambiante como su amor pudiera dominar el pulso del tiempo.


____________________________________________