miércoles, 20 de noviembre de 2013

La serpiente. John Steinbeck (EEUU, California, 1902- Nueva York, 1968)

John Steinbeck

La serpiente


 Era casi de noche cuando el joven doctor Phillips se echó el saco al hombro y abandonó la laguna formada por las aguas de la marea. Trepó rocas arriba y echó a andar por la calle pisando fuerte con sus altas botas de goma. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse cuando llegó a su pequeño laboratorio en la calle de las conserverías de Monterrey. Era un pequeño edificio que se apoyaba en parte sobre pilastras al borde de la bahía. Por todas partes lo rodeaban las instalaciones metálicas de las industrias conserveras de sardinas.
El doctor Phillips subió los escalones de madera y abrió la puerta. Las ratas blancas corretearon por el interior de sus jaulas, asomándose a la tela metálica, y los gatos encerrados en sus cajones maullaron a coro pidiendo leche. El doctor Phillips encendió la luz que pendía sobre la mesa de disecciones y dejó el saco en el suelo. Se dirigió a las urnas de cristal colocadas junte a la ventana, donde se hallaban las serpientes, y se asomó a observarlas.
Formaban un montón informe y descansaban en los rincones de los recipientes de cristal que las encerraban; sus ojos vidriosos parecían no ver, pero cuando el joven se inclinó sobre ellas, sus lenguas bífidas, negras en sus extremos y rojas en el resto, se asomaban temblorosas fuera de sus fauces. Luego las serpientes reconocieron a su dueño y escondieron de nuevo sus lenguas amenazadoras.
El doctor Phillips se despojó del grueso chaquetón de cuero y encendió la estufa, en la que puso a calentar un poco de agua que contenía una lata de legumbres. Luego se quedó mirando el saco que yacía en el suelo. Era un hombre muy joven, de aspecto tranquilo, con los ojos absortos y preocupados de quien se pasa la vida mirando por un microscopio. Tenía una barba corta y rubia.
La chimenea metálica gimió con el tiro de aire y la estufa empezó a desprender un agradable calorcillo. Se oía el rumor de las olas que morían entre los pilares que sostenían una mitad del edificio. En los anaqueles que recubrían todas las paredes se veían filas interminables de frascos de vidrio conteniendo los animales marinos que se estudiaban en el laboratorio.
El doctor Phillips abrió una puerta lateral y penetró en su dormitorio, una minúscula celdilla adornada con libros y que tenía como único mobiliario un camastro, una lámpara de lectura y una incómoda silla de madera. Se descalzó las botas de goma y se puso unas zapatillas. Cuando volvió a la otra habitación ya hervía alegremente el agua del cacharro.
Puso el saco sobre la mesa bajo el foco de blanca luz y lo vació, esparciendo sobre el tablero un par de docenas de estrellas de mar. Luego sus ojos pensativos se volvieron hacia las ratas que se removían inquietas en sus jaulas de tela metálica. Cogiendo un poco de maíz de una bolsa de papel, llenó las pequeñas cazuelas de las jaulas. Inmediatamente las ratas abandonaron sus puestos de observación junto a la rejilla de alambre para lanzarse ávidas sobre la comida. En un estante había una botella de leche, entre un pez tropical conservado en formol y un pequeño pulpo disecado. El doctor Phillips cogió la botella y se dirigió a la jaula de los gatos, pero antes de llenar las tazas introdujo una mano y cogió por el cuello a un gran gato callejero. Lo acarició un momento y luego lo dejó caer dentro de una caja metálica pintada de negro, que cerró inmediatamente y aseguró con unos pernos. Luego abrió la llave de paso del gas para llenar con éste la cámara de muerte. Mientras en el interior del cajón se desarrollaba una rápida agonía, el doctor llenó de leche los recipientes de los gatos. Uno de los felinos se acercó a su mano y el joven sonrió acariciándole el lomo.
La cámara de gas volvía a estar en silencio. Cortó el paso del fluido, calculando que el recipiente hermético ya debía estar lleno de gas.
En la estufa el agua del cacharro hervía furiosamente. El doctor Phillips sacó del agua la lata de judías, valiéndose de unos gigantescos fórceps, la abrió y vertió su contenido en un plato de cristal. Mientras comía observaba las estrellas de mar, que yacían sobre la mesa. Cada una de ellas había dejado un charquito de un líquido lechoso. Cuando no hubo más judías en su plato, dejó éste en la fregadera y se dirigió al armario de los instrumentos. Tomó un microscopio y unos pocos cristalizadores, que fue llenando uno tras otro de agua salada y colocándolos ordenadamente sobre la mesa, directamente bajo la luz. Luego se quitó el reloj de la muñeca y lo depositó en lugar visible. Las olas seguían lamiendo la parte inferior del edificio. Sacando de un cajón un cuentagotas, se inclinó sobre las estrellas de mar.
En aquel momento se oyeron pasos precipitados en la escalera de madera y alguien llamó con fuerza a la puerta. Una leve mueca de disgusto se dibujó en el rostro del joven cuando se levantó para abrir. Una mujer alta y delgada apareció en el umbral. Vestía de negro y su cabello obscuro y liso aparecía despeinado por el fuerte viento. Sus ojos recogieron en intensos destellos la fuerte luz que alumbraba la estancia.
La desconocida habló con voz apagada y rica:
–¿Puedo entrar? Deseo hablar con usted.
–En este momento estoy muy ocupado –contestó él con desaliento–. A veces tengo mucho trabajo.
Pero se apartó de la puerta, dejando paso a la mujer.
–Estaré callada hasta que usted pueda hablar conmigo.
Él cerró la puerta y fue a buscar la silla de madera del dormitorio.
–Tendrá que disculparme –dijo, excusándose–, pero he empezado un ensayo y no puedo interrumpirlo.
Eran muchas las personas que acudían a molestarlo haciéndole preguntas. Ya estaba acostumbrado a dar determinadas explicaciones rutinarias, que era capaz de repetir automáticamente, casi sin pensar.
–Siéntese. Dentro de unos momentos estaré para usted.
La mujer se inclinó sobre su hombro, curiosa. Con el cuentagotas el joven tomó un poco del líquido que segregaban las estrellas de mar y lo vertió en los cristalizadores, agitando luego suavemente. Entonces empezó su explicación doctoral.
–Cuando las estrellas de mar están maduras sexualmente segregan esperma y ova durante la marea baja. Escogiendo ejemplares maduros y sacándolos del agua, les proporciono artificialmente las mismas condiciones de la marea baja. Ahora acabo de mezclar la esperma con los óvulos. Luego pongo un poco de la mezcla en cada uno de los cristalizadores, hasta diez. Dentro de diez minutos mataré con mentol los del primer grupo, veinte minutos más tarde los del segundo, y así sucesivamente, con intervalos de diez minutos. Y así habré detenido el proceso por etapas, y luego montaré la serie sobre portaobjetos para su estudio biológico. –Hizo una pausa–. ¿Quiere mirar el primer grupo por el microscopio?
–No, gracias.
Se volvió bruscamente hacia ella. Lo corriente era que la gente quisiera mirar por el microscopio. Pero aquella mujer no miraba la mesa, sino a él. Tenía fijos en él sus ojos negrísimos, aunque en realidad parecía no verlo. Luego se dio cuenta del por qué... el iris de aquellos ojos era tan obscuro como la pupila, sin línea de color que separara el uno de la otra. El doctor Phillips se ofendió un poco por su respuesta negativa. Aunque contestar a las preguntas de los curiosos le irritaba, también le resultaba molesto encontrar una absoluta falta de interés en sus interlocutores. Se sintió lleno de deseos de interesar de algún modo a aquella mujer impasible.
–Mientras pasan los primeros diez minutos puedo hacer otra cosa. Y lo que tengo que hacer es tan desagradable que algunas personas no pueden resistirlo. Tal vez sea mejor que pase al otro cuarto hasta que haya terminado mi trabajo.
–No –contestó ella con el mismo tono impasible–. Puede hacer lo que quiera. Yo esperaré hasta que pueda hablar conmigo.
 Sus manos descansaban inmóviles en su regazo. Sus ojos estaban iluminados, pero el resto de su persona parecía petrificado. Él pensó: «Reducido metabolismo, casi como el de un batracio». El deseo de interesarla y sacarla de su pasividad se hizo más fuerte en él.
 Llevó hasta la mesa una especie de cuna de madera, sacó de una caja un escalpelo y unas tijeras y adaptó una gran aguja hueca a un tubo de presión. Luego sacó de la cámara de gas el cadáver del gato y lo depositó en la cuna, atando fuertemente sus cuatro patas. Dirigió una mirada de soslayo a la mujer. No se había movido. Seguía impávida, inalterable.
El gato parecía sonreír en una mueca macabra bajo la potente luz, asomando el extremo rojizo de su lengua entre sus dientes puntiagudos. El doctor Phillips cortó hábilmente la piel de su garganta, y con el escalpelo dejó al descubierto una arteria. Con una técnica habilísima introdujo la aguja en el vaso sanguíneo y la sujetó con una tira de tripa.
–Fluido para embalsamar –explicó–. Después inyectaré una masa amarilla en el sistema venoso y otra roja en el arterial... para las clases de disección biológica.
Se volvió de nuevo a mirarla. Sus negros ojos parecían velados por una fina capa de polvo. Miraba inexpresivamente el cuello seccionado del gato. Ni una sola gota de sangre había escapado por la incisión. El doctor Phillips consultó su reloj.
–Ya es hora de atender al primer grupo.
Echó unos cristales de mentol en el líquido del primer cristalizador.
Aquella mujer estaba poniéndolo nervioso. Las ratas trepaban por la reja metálica y lanzaban débiles chillidos. Las olas se estrellaban contra los pilares y hacían estremecerse toda la casa.
El joven se estremeció también. Arrojó unos pedazos de carbón a la estufa y se sentó.
–Bueno –dijo–, ahora no tengo nada que hacer durante veinte minutos.
Se fijó en la brevedad de la barbilla de la mujer entre el labio y el mentón. Ella parecía ir despertando lentamente, como de un profundo letargo. Levantó la cabeza y sus ojos sin expresión recorrieron toda la estancia antes de detenerse en él.
–Estaba esperando –dijo por fin. Sus manos seguían des cansando en su falda–. ¿Tiene usted serpientes?
–Sí, desde luego –contestó él en voz muy alta–. Tengo por lo menos dos docenas de serpientes de cascabel. Les extraigo el veneno y lo envío a los laboratorios que preparan antídotos.
         Ella seguía mirándolo, pero su mirada no estaba concentrada exactamente en él, sino que parecía cubrir un círculo mucho mayor que su figura.
–¿Tiene usted una serpiente macho, un macho de cascabel?
–Pues da la casualidad de que sí que lo tengo. Entré una mañana en el laboratorio y encontré a una serpiente muy grande en... coito con otra más pequeña. Es muy raro en cautividad.
De manera que, como puede ver, sé que tengo una serpiente macho.
–¿Dónde está?
–Allí, en la urna de cristal debajo de aquella ventana.
Ella volvió lentamente la cabeza sin que sus manos se movieran. Luego miró de nuevo al doctor.
–¿Puedo examinarlo?
Él se levantó y se acercó a la caja de cristal. En el fondo, recubierto de arena, se veía un nudo de serpientes, pero todas las cabezas eran claramente visibles. Sus delgadas lenguas bífidas asomaban unos centímetros explorando el aire, como detectando vibraciones. El doctor Phillips se movió inquieto. La mujer estaba a su lado. No la había oído levantarse de la silla. Los únicos rumores que habían llegado hasta él habían sido el rumor del agua bajo el piso y las correrías de los ratones en sus jaulas.
Ella preguntó en voz baja:
–¿Cuál es el macho de que me hablaba?
Él señaló una serpiente grisácea y gruesa, que separada de las demás yacía en un rincón de la caja.
–Ése. Mide casi un metro. Procede de Tejas. En la costa del Pacífico las serpientes acostumbran a ser más pequeñas. Devora mis ratas por docenas. Cuando quiero alimentar a las demás serpientes tengo que sacarlo de la caja.
La mujer miraba con atención aquella cabeza triangular y achatada. La lengua se movía lentamente fuera de su boca.
–¿Y está seguro de que se trata de un macho?
–Las serpientes de cascabel son animales muy extraños –contestó él–. Es casi imposible generalizar hablando de ellas.
Nunca me atrevería a hacer afirmaciones categóricas sobre las serpientes de cascabel; pero sí..., puedo asegurarle que se trata de un macho.
Ella no apartó su mirada del ofidio.
–¿Quiere vendérmelo?
–¿Vendérselo? –exclamó el biólogo–. ¿A usted?
–Vende ejemplares de animales, ¿no es cierto?
–Sí, desde luego. Los vendo.
–¿Cuánto pide? ¿Cinco dólares? ¿Diez?
–¡Oh, no! No más de cinco. Pero... ¿sabe usted algo de serpientes de cascabel? Se expone a una mordedura.
Ella lo miró un momento.
–No tengo intención de llevármelo. Quiero que se quede aquí, pero... pero quiero que sea mío. Quiero venir de vez en cuando a mirarlo, a darle de comer,.. y saber que es mío. –Abrió su monedero y sacó un billete de cinco dólares–. Tenga. Ahora ya es mío.
El doctor Phillips sintió miedo.
–Podría venir a mirarlo cuando quisiera sin necesidad de comprarlo.
–Quiero que sea mío, ya se lo he dicho.
–¡Dios mío! –exclamó él de pronto–. Se me pasaba la hora. –Corrió a la mesa–. Tres minutos de retraso. No tendrá demasiada importancia.
Echó unos cristales de mentol en el segundo cristalizador. Luego volvió junto a la urna donde la mujer seguía contemplando a la serpiente.
Ella se volvió a preguntarle:
–¿Qué come?
–Lo alimento con ratas blancas de la jaula que ve allí.
–¿Quiere meterlo en la jaula? Me gustaría ver cómo come.
–Ahora no necesita alimento. Se comió una rata esta semana. A veces se pasan semanas y hasta meses enteros sin comer. Una vez tuve una serpiente que no comió en un año.
Con su voz monótona ella preguntó:
–¿Quiere venderme una rata?
El doctor se encogió de hombros.
–Comprendo. Quiere ver comer a una serpiente de cascabel. Está bien. Se lo enseñaré. La rata le costará veinticinco centavos. Según cómo se mire es un espectáculo más emocionante que una corrida de toros, aunque otros dirían que se trata simplemente de una serpiente desayunando.
Su tono era ligeramente acerbo. Le molestaban las personas que convertían en deporte cualquier proceso natural. Él no se sentía deportista, sino naturalista. Sería capaz de dar muerte a miles de animales si con ello podía aprender algo, pero no sacrificaría una mosca por diversión. Era un principio que sustentaba desde hacía tiempo.
Ella se volvió lentamente hacia él y el principio de una sonrisa se dibujó en sus delgados labios.
–Quiero dar de comer a mi serpiente –le dijo–. Voy a meterla en aquella jaula.
Había levantado la tapadera de la urna e introducido el brazo antes de que él se diera cuenta de lo que hacía. El doctor dio un salto y la empujó con violencia. Luego tapó la urna con estrépito.
–¿Es que se ha vuelto loca? –gritó furioso–. Tal vez no la matara, pero se pondría tan enferma que yo poco podría hacer por usted.
–Entonces páselo usted mismo a la jaula –pidió ella sin alterarse.
El doctor Phillips estaba fuera de sí. De pronto se dio cuenta de que estaba evitando la mirada de aquellos ojos que parecían no mirar a ninguna parte. Tenía la sensación de que introducir una rata en la urna sería un pecado, algo fundamentalmente malo, aunque no habría sabido decir por qué. No era la primera vez que ponía ratas en aquella caja a petición de algún visitante, pero aquella noche la idea le sacaba de quicio. Hizo un esfuerzo por dominar sus nervios.
–Es un espectáculo interesante –dijo–. Enseña a tener respeto a las serpientes de cascabel. Hay personas que luego sueñan aterrorizadas con serpientes que van de caza. Yo creo que se debe a que la rata adquiere un carácter subjetivo. La persona es la rata. Pero cuando se ha presenciado muchas veces, el hecho vuelve a ser objetivo, la rata se reduce a una simple rata y el terror desaparece.
Descolgó de la pared un largo palo con una lazada de cuero en un extremo. Abriendo la trampilla dejó caer la anilla de cuero sobre la cabeza de la serpiente, apretando el lazo. Un fuerte sonido de cascabel resonó por la habitación. El grueso cuerpo escurridizo se agitó como un látigo, enroscándose al palo mientras el doctor lo levantaba, pasándolo a la jaula de alimentación. Una vez suelta, la serpiente se irguió, como dispuesta a atacar, pero poco a poco cesó la vibración de su garganta. El reptil se enroscó en un rincón, formando un gigantesco ocho, y apoyó la cabeza en la arena del suelo.
–Como puede ver –explicó el joven–, estas serpientes están bastante domesticadas. Hace mucho tiempo que las tengo. Supongo que si quisiera podría cogerlas con la mano, pero el que lo hace, tarde o temprano recibe una mordedura. Prefiero no correr ese riesgo.
Miró a la mujer. Seguía desagradándole la idea de ofrecer una rata al animal. Ella había ido a colocarse frente a la nueva jaula; sus negros ojos estaban clavados otra vez en la cabeza casi pétrea del ofidio. Despegó los labios para decir:
–Dele una rata.
A regañadientes el biólogo se dirigió a la jaula de los roedores. Sin saber por qué razón, sentía pena por la rata, sensación que experimentaba por vez primera. Recorrió con la vista la masa de cuerpecillos blancos que intentaban trepar por la rejilla. «¿Cuál? –pensó–. ¿Cuál será?» De pronto se volvió a la mujer, disimulando su furor a duras penas.
–¿No prefiere que ponga un gato? De ese modo podría presenciar una verdadera batalla. Pudiera ser que ganase el gato, en cuyo caso la serpiente moriría. Puedo venderle un gato si lo desea.
Ella no se dignó mirarlo.
–Dele una rata –insistió–. Quiero que coma.
Él abrió la jaula de las ratas e introdujo la mano. Sus dedos apresaron un rabo delgado y extrajo una rata gorda y de ojos púrpura, que realizó inauditos esfuerzos por volverse a morderle la mano, renunciando al cabo de unos momentos. El doctor atravesó rápidamente la habitación, abrió la caja de alimentación y dejó caer la rata en su interior.
–Ahora puede fijarse bien –dijo a la mujer.
Ella no le contestó, porque sus ojos estaban atentos a la serpiente, que seguía inmóvil. Su lengua, moviéndose lentamente, parecía saborear el aire de la caja.
La rata cayó de pie en el suelo arenoso, dio varias vueltas sobre sí misma, se olisqueó la punta del rabo y luego inició un trotecillo entre los montículos de arena. La habitación estaba sumida en un silencio absoluto. El doctor Phillips no hubiera podido decir si lo que oía era el rumor del agua o que la mujer había suspirado, pero por el rabillo del ojo pudo observar que ella se había puesto rígida.
La serpiente había empezado a moverse muy lentamente. Su lengua se movía con intermitencias. Su avance era tan lento que resultaba difícil apreciarlo a simple vista. En el otro extremo de la caja la rata se había sentado para alisarse con el morro los finos pelos blancos del pecho. La serpiente avanzaba de modo imperceptible, levantada la cabeza como una gran S.
El silencio iba haciéndose insoportable para el joven. Oía las palpitaciones de sus sienes. En voz alta exclamó:
–¡Fíjese! Esa posición es la de ataque. Las serpientes de cascabel son muy cautelosas, casi cobardes. Su organismo es muy delicado, y alimentarse es para ellas una importantísima opera ción, que requiere la habilidad de un cirujano. No pueden dejar nada al azar.
La serpiente había llegado ya al centro de la caja. La rata levantó la cabeza, vio a su enemigo, pero siguió arreglándose el pelaje, sin dedicarle mayor atención.
–Es la cosa más bella del mundo –murmuró el joven, mientras las sienes le latían con violencia–. Y a la vez la más terrible.
La serpiente estaba ya muy cerca. Su cabeza osciló levemente adelante y atrás, midiendo la distancia y afinando la puntería. El doctor Phillips miró de nuevo a la mujer y creyó enfermar. Porque ella también estaba moviendo la cabeza, imperceptiblemente.
La rata volvió a mirar y vio muy cerca a la serpiente. Entonces se irguió sobre las cuatro patas... cuando la alcanzó el golpe. Fue imposible verlo, como un relámpago. La rata cayó de costado, fulminada. La serpiente regresó precipitadamente al rincón de donde había salido, moviendo constantemente la lengua.
–¡Perfecto! –exclamó el doctor Phillips–. Exactamente entre las paletillas. Los dientes deben haber llegado hasta el corazón.
La rata estaba inmóvil, respirando como un fuelle diminuto. De pronto sufrió una sacudida y cayó inerte. La mujer aflojó la tensión de su cuerpo.
–Bueno –dijo el joven–. Ha sido una experiencia emocionante, ¿no le parece?
Ella lo miró un momento con sus ojos empañados.
–¿Se la comerá ahora? –preguntó.
–Naturalmente. No ha matado por matar, sino porque tenía hambre.
La boca de la desconocida esbozó otra sonrisa antes de mirar de nuevo a la serpiente.
–Quiero ver cómo come.
La serpiente salía lentamente de su rincón. Su cabeza no estaba en posición de ataque, pero se aproximaba a la rata con mucha cautela, presta a retroceder si observaba algún movimiento. Al llegar junto a su víctima empujó el cuerpo ligeramente con el morro, apartándose luego. Una vez convencida de que estaba muerta, la serpiente acarició el cadáver con la parte inferior de la cabeza, de punta a punta, como si le tomara medidas y lo besara. Finalmente abrió la boca, descoyuntando las uniones de las mandíbulas.
El doctor Phillips realizó un enorme esfuerzo de voluntad para no mirar a su visitante. «Si abre la boca, enfermaré de veras», pensó. Consiguió resistir la tentación de mirarla.
La serpiente adaptó sus fauces al cuerpo de la rata y luego, con un leve movimiento peristáltico, empezó a engullirla. Apretó las mandíbulas y toda su garganta se hinchó.
El doctor Phillips se apartó de la caja y se dirigió a su mesa de trabajo.
–Ha hecho que me olvidara de una de las series del experimento– dijo de mal humor–. Ahora ha quedado incompleto.
Puso una muestra bajo el microscopio y arrojó con enfado a la fregadera el contenido de todos los cristalizadores. La marea se había aquietado y sólo se oía un leve susurro bajo la casa. El joven científico abrió una trampilla a sus pies y arrojó por ella al agua obscura todas las estrellas de mar. Luego se inclinó sobre el gato, clavado en la cuna de madera y que seguía sonriendo cómicamente al techo. Su cuerpo estaba repleto de líquido embalsamados El doctor disminuyó la presión, retiró la aguja y anudó la arteria.
–¿Quiere un poco de café? –preguntó.
–No, gracias. Me voy en seguida.
Se acercó a ella, que seguía junto a la caja. Toda la rata había desaparecido, excepto el rabo, que emergía cómicamente como una segunda lengua. La garganta de la serpiente se agitó de nuevo y el rabo se perdió de vista. Las mandíbulas volvieron a encajarse en su posición normal y la gran serpiente se enroscó en su rincón, formando un ocho y escondiendo la cabeza.
–Ya se ha dormido –dijo la mujer–. Me voy. Pero volveré de vez en cuando a darle de comer. Yo pagaré las ratas. Quiero que tenga muchas. Y algunas veces... me lo llevaré conmigo. –Por un momento pareció que sus ojos mortecinos despertaban a la realidad–. No olvide que me pertenece. No le quite el veneno. Quiero que lo conserve. Buenas noches.
Se dirigió a la puerta y salió. El doctor oyó sus pasos en los escalones de madera, pero no en la acera de cemento.
 Entonces se sentó frente a la caja y miró a la serpiente adormilada. «He leído muchas cosas sobre símbolos sexuales –pensó–. Sin embargo, no encuentro su relación con esto. Tal vez me estoy volviendo torpe por vivir tan solo. No sé si debería matar a esa serpiente. No sé...»
Durante varias semanas esperó verla reaparecer. «Cuando venga, saldré y la dejaré sola –se dijo–. No estoy dispuesto a presenciar el espectáculo otra vez.»
Pero ella no volvió. Durante muchos meses la buscó por la ciudad cuando salía a dar una vuelta. Varias veces corrió detrás de alguna mujer alta creyendo que se trataba de ella. Pero nunca volvió a verla... nunca.

Clarice Lispector

UN CASO COMPLICADo

Pues sí.
Cuyo padre era amante, con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del médico colgaba una toalla blanca de la ventana, que quería decir que el amante podría entrar, o una toalla de color, y él no entraba.
Pero me estoy confundiendo toda y el caso es muy complicado; voy a ver si puedo desentrañarlo. Algunas cosas son inventadas. Pido disculpas porque además de contar los hechos yo también adivino y escribo lo que adivino. Yo adivino la realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede más que yo.
Pues la hija tuvo gangrena en la pierna y tuvieron que amputarla. Jandira tenía diecisiete años, era fogosa como un potro joven y de cabellos hermosos; tenía novio. Pero el novio vio la figura con muletas, muy alegre (alegría que él no vio que era patética), y tuvo la osadía de simplemente deshacer el noviazgo, que novia desfigurada no quería. Todos, hasta la sufrida madre de la muchacha, le imploraron al novio que fingiera amarla todavía, lo que no sería tan penoso —le dijeron— porque era a corto plazo: es que la novia tenía corto plazo de vida.
Y después de tres meses —como si cumpliera la promesa de no pesar en los débiles ideales del novio—, después de tres meses murió, linda, con los cabellos hermosos, inconsolable, con nostalgias del novio, y asustada con la muerte como niña que tiene miedo de la oscuridad: la muerte es muy oscura. O tal vez no, no sé cómo es, todavía no morí, y cuando haya muerto no lo sabré, quién sabe si es tan oscura. La muerte, quiero decir.
El novio era llamado por el apellido, Bastos, y al parecer vivía, todavía en tiempos en que la novia no había muerto, vivía con una mujer. Y con ésta continúo, para seguir contando.
Bien. Esa mujer un día tuvo celos. Y… —tan perfecta como Nelson Rodrigues, que no olvida los detalles crueles. Pero, ¿dónde estaba yo, que me perdí? Voy a empezar todo de nuevo, y en otra línea y párrafo aparte, para hacerlo mejor.
Bien. La mujer tuvo celos y mientras Bastos dormía deslizó agua hirviendo del pico de la caldera dentro del oído de él, que sólo tuvo tiempo de dar un grito antes de desmayarse, grito ése que podemos adivinar, por lo horrible. Bastos fue llevado al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lucha feroz con aquélla.
La mujer celosa cumplió un año y poco más de condena. De donde salió para encontrarse —¡adivinen con quién!—, para encontrarse con Bastos. A esa altura, un Bastos muy venido a menos y, claro, sordo para siempre, él, que no perdonaba los defectos físicos.
¿Y qué sucedió? Pues que volvieron a vivir juntos, amor para siempre.
Entretanto la muchachita de diecisiete años había muerto hacía mucho tiempo, dejando recuerdos en la madre. Y si me acuerdo fuera de hora de la joven es por el amor que siento.
Ahí es cuando entra el padre de ella, como quien no quiere la cosa. Continuó siendo amante de la mujer del médico que había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir, del amante. Y todos lo sabían, el médico y la madre de la ex novia. Me parece que me perdí de nuevo, está confuso, pero ¿qué puedo hacer?
El médico, que sabía que el padre de la joven era el amante de su mujer, cuidó mucho de la noviecita asustada con la oscuridad de la que hablé. La mujer del padre, por tanto madre de la ex novia, conocía las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj de oro y un anillo que era una joya, alfiler de corbata de brillante; era un negociante próspero, como se dice, pues la gente respeta y halaga largamente a los ricos, a los triunfadores, ¿no es cierto? Él, el padre de la joven, vestido con traje verde y camisa color rosa, a rayas. ¿Cómo lo sé? Simplemente sabiéndolo, con la adivinación imaginadora. Lo sé, y punto.
No me puedo olvidar de un detalle. Es el siguiente: el amante tenía en el frente un dientecito de oro. Y olía a ajo, todo su aliento era puro ajo, y a la amante no le importaba, quería tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé? Lo sé, y punto.
No sé qué destino tuvo esta gente, no tengo más noticias. ¿Se separaron? Pues es historia antigua, y quizás ya ocurrieron muertes.
Agrego un dato importante, y que, no sé por qué, explica el nacimiento maldito de toda la historia: esto ocurrió en Niteroi, con las tablas del muelle siempre húmedas y oscuras y sus barcas de vaivén. Niteroi es un lugar misterioso, de casas viejas, ennegrecidas. ¿Allí puede suceder lo del agua hirviendo en el oído del amante? No lo sé.
¿Y qué hacer con esta historia? Tampoco lo sé, la doy de regalo a quien la quiera, pues estoy harta de ella. A veces me aburro de la gente. Después pasa, y otra vez me siento curiosa y atenta.
Es sólo eso.

De Silencio


silencio

jueves, 3 de octubre de 2013

Lydia Davis: Historia

Lydia Davis
Historia

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en la casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas del garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en la casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, peor ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»
Intento aclararme la situación.
Fueron a cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera por cerveza.


El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si no que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto, si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no, cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.


en Cuentos completos de Lydia Davis (Seix Barral, Barcelona, 2011)


jueves, 19 de septiembre de 2013

José Luis González (Puerto Rico, 1926-1997)


En el fondo del caño también hay un negrito
  A René Depestre I
 La primera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño1 fue en la mañana del tercero o cuarto día después de la mudanza, cuando llegó gateando hasta la única puerta de la nueva vivienda y se asomó para mirar hacia la quieta superficie del agua allá abajo. Entonces el padre, que acababa de despertar sobre el montón de sacos vacíos extendidos en el piso, junto a la mujer semidesnuda que aún dormía, le gritó: -¡Mire... eche p'adentro! ¡Diantre'e muchacho desinquieto! Y Melodía, que no había aprendido a entender las palabras pero sí a obedecer los gritos, gateó otra vez hacia adentro y se quedó silencioso en un rincón, chupándose un dedito porque tenía hambre. El hombre se incorporó sobre los codos. Miró a la mujer que dormía a su lado y la sacudió flojamente por un brazo. La mujer despertó sobresaltada, mirando al hombre con ojos de susto. El hombre rió. Todas las mañanas era igual: la mujer salía del sueño con aquella expresión de susto que a él le provocaba un regocijo sin maldad. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer no fue en ocasión de un despertar, sino la noche que se acostaron juntos por primera vez. Quizá por eso a él le hacía gracia verla despabilarse así todas las mañanas. El hombre se sentó sobre los sacos vacíos. -Bueno -se dirigió entonces a la mujer-. Cuela el café. Ella tardó un poco en contestar: -Ya no queda. -¿Ah? -No queda. Se acabó ayer. Él empezó a decir: “¿Y por qué no compraste más?”, pero se interrumpió cuando vio que en el rostro de su mujer comenzaba a dibujarse aquella otra expresión, aquella mueca que a él no le causaba regocijo y que ella sólo hacía cuando él le dirigía preguntas como la que acababa de truncar ahora. La primera vez que vio aquella expresión en el rostro de su mujer fue la noche que regresó a casa borracho y deseoso de ella pero la borrachera no lo dejó hacer nada. Tal vez por eso al hombre no le hacía gracia aquella mueca. -¿Conque se acabó ayer? -Ajá. La mujer se puso de pie y empezó a meterse el vestido por la cabeza. El hombre, todavía sentado sobre los sacos vacíos, derrotó su mirada y la fijó durante un rato en los agujeros de su camiseta. Melodía, cansado ya de la insipidez del dedo, se decidió a llorar. El hombre lo miró y le preguntó a la mujer: -¿Tampoco hay na pal nene? -Sí. Conseguí unas hojitas de guanábana y le gua hacer un guarapillo horita. -¿Cuántos días va que no toma leche? -¿Leche? -la mujer puso un poco de asombro inconsciente en la voz-. No me acuerdo. El hombre se levantó y se puso los pantalones. Después se allegó a la puerta y miró hacia afuera. Le dijo a la mujer: -La marea ta alta. Hoy hay que dir en bote. Luego miró hacia arriba, hacia el puente y la carretera. Automóviles, guaguas y camiones pasaban en un desfile interminable. El hombre observó cómo desde casi todos los vehículos alguien miraba con extrañeza hacia la casucha enclavada en medio de aquel brazo de mar: el “caño” sobre cuyas márgenes pantanosas había ido creciendo hacía años el arrabal. Ese alguien por lo general empezaba a mirar la casucha cuando el automóvil, la guagua o el camión llegaba a la mitad del puente, y después seguía mirando, volviendo gradualmente la cabeza hasta que el automóvil, la guagua o el camión tomaba la curva allá adelante y se perdía de vista. El hombre se llevó una mano desafiante a la entrepierna y masculló: -¡Pendejos! Poco después se metió en el bote y remó hasta la orilla. De la popa del bote a la puerta de la casa había una soga larga que permitía a quien quedara en la casa atraer nuevamente el bote hasta la puerta. De la casa a la orilla había también un puentecito de tablas, que se cubría con la marea alta. Ya en tierra, el hombre caminó hacia la carretera. Se sintió mejor cuando el ruido de los automóviles ahogó el llanto del negrito en la casucha. II La segunda vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue poco después del mediodía, cuando volvió a gatear hasta la puerta y se asomó y miró hacia abajo. Esta vez el negrito en el fondo del caño le regaló una sonrisa a Melodía. Melodía había sonreído primero y tomó la sonrisa del otro negrito como una respuesta a la suya. Entonces hizo así con su manita, y desde el fondo del caño el otro negrito también hizo así con su manita. Melodía no pudo reprimir la risa, y le pareció que también desde allá abajo llegaba el sonido de otra risa. La madre lo llamó entonces porque el segundo guarapillo de hojas de guanábana ya estaba listo. Dos mujeres, de las afortunadas que vivían en tierra firme, sobre el fango endurecido de las márgenes del caño, comentaban: -Hay que velo. Si me lo bieran contao, biera dicho que era embuste. -La necesidá, doña. A mí misma, quién me lo biera dicho, que yo diba llegar aquí. Yo que tenía hasta mi tierrita. -Pues nosotros juimos de los primeros. Casi no bía gente y uno cogía la parte más sequecita, ¿ve? Pero los que llegan ahora, fíjese, tienen que tirarse al agua, como quien dice. Pero, bueno y esa gente, ¿de ónde diantre haberán salío? -A mí me dijieron que por ai por Isla Verde tan orbanisando y han sacao un montón de negros arrimaos. A lo mejor son desos. -¡Bendito!... ¿Y usté se ha fijao en el negrito qué mono? La mujer vino ayer a ver si yo tenía unas hojitas de algo pa hacele un guarapillo, y yo le di unas poquitas de guanábana que me quedaban. -¡Ay, Virgen, bendito...! Al atardecer, el hombre estaba cansado. Le dolía la espalda, pero venía palpando las monedas en el fondo del bolsillo, haciéndolas sonar, adivinando con el tacto cuál era un vellón, cuál de diez, cuál una peseta. Bueno, hoy había habido suerte. El blanco que pasó por el muelle a recoger su mercancía de Nueva York. Y el compañero de trabajo que le prestó su carretón toda la tarde porque tuvo que salir corriendo a buscar a la comadrona para su mujer, que estaba echando un pobre más al mundo. Sí, señor. Se va tirando. Mañana será otro día. Entró en un colmado y compró café y arroz y habichuelas y unas latitas de leche evaporada. Pensó en Melodía y apresuró el paso. Se había venido a pie desde San Juan para ahorrarse los cinco centavos del pasaje. III La tercera vez que el negrito Melodía vio al otro negrito en el fondo del caño fue al atardecer, poco antes de que el padre regresara. Esta vez Melodía venía sonriendo antes de asomarse, y le asombró que el otro también se estuviera sonriendo allá abajo. Volvió a hacer así con la manita y el otro volvió a contestar. Entonces Melodía sintió un súbito entusiasmo y un amor indecible por el otro negrito. Y se fue a buscarlo.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Margarita Duras


El tren a Burdeos Marguerite Duras Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado. Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer. El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida. Volvió. Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío. ***

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Felisberto Hernández

Nadie encendía las lámparas

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!
Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.
Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.