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jueves, 3 de octubre de 2013

Lydia Davis: Historia

Lydia Davis
Historia

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en la casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas del garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en la casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, peor ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»
Intento aclararme la situación.
Fueron a cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera por cerveza.


El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si no que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto, si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no, cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.


en Cuentos completos de Lydia Davis (Seix Barral, Barcelona, 2011)


lunes, 13 de mayo de 2013

Lydia Davis: La criada


La criada

Sé que guapa no soy. Llevo el pelo, negro, muy corto, y tengo tan poco que apenas si me oculta el cráneo. Mis pasos son atropellados y asimétricos, como si fuera coja de una pierna. Cuando me compré las gafas, creía que eran elegantes ─la montura es negra, en forma de alas de mariposa─, pero me he dado cuenta de que no me favorecen y no tengo más remedio que ponérmelas, porque no tengo dinero para comprarme unas nuevas. Tengo la piel color vientre de sapo y los labios finos. Pero no soy, ni por asomo, tan fea como mi madre, que es mucho más vieja. Tiene la cara pequeña y llena de arrugas, negra como una ciruela pasa, y la dentadura le baila en la boca. Apenas soporto sentarme frente a ella para cenar y me atrevo a decir por la expresión de su cara que a ella le pasa lo mismo conmigo.
Llevamos años viviendo juntas en el sótano. Ella es la cocinera; yo soy la criada. No somos buenas sirvientas, pero nadie puede despedirnos porque seguimos siendo mejores que la mayoría. El sueño de mi madre es ahorrar algún día lo suficiente para abandonarme y vivir en el campo. Mi sueño es prácticamente el mismo, salvo que cuando me siento irritada e infeliz miro, al otro lado de la mesa, sus manos como garras y espero que se ahogue con la comida y se muera. Nadie me impediría entonces registrarle el armario y romperle la hucha. Me pondría sus vestidos y sus sombreros, y abriría la ventana para que se fuera el mal olor.
Siempre que imagino esas cosas, sentada sola en la cocina a última hora de la noche, al día siguiente me pongo mala. Entonces me cuida mi madre, sí, humedeciéndome los labios y abanicándome con un cazamoscas, descuidando sus deberes en la cocina, y yo me esfuerzo para convencerme de que no está disfrutando en silencio mi debilidad.


No siempre han sido así las cosas. Cuando el señor Martin vivía en las habitaciones de arriba, éramos más felices, aunque rara vez nos dirigíamos la palabra. Yo no era más guapa que ahora, pero nunca me ponía las gafas en presencia del señor y procuraba mantenerme derecha y andar con gracia. Tropezaba a menudo, e incluso me caía de cara porque era incapaz de ver por dónde iba; sufría dolores durante toda la noche por intentar mantener el vientre metido al andar. Pero nada me frenaba en mi intento de ser una persona por la que el señor Martin pudiera sentir amor. Rompía muchas cosas más que ahora, porque era incapaz de ver donde ponía la mano cuando les quitaba el polvo a los jarrones del salón y limpiaba los espejos del comedor. Pero el señor Martin apenas lo notaba. Se levantaba automáticamente de su sillón ante la chimenea cuando el cristal se rompía y se quedaba mirando el techo con aire perplejo. Un momento después, mientras yo contenía la respiración junto a los trozos relucientes, se pasaba por la frente la mano enguantada de blanco y volvía a sentarse.
Jamás me dirigió la palabra, pero tampoco lo oí hablar jamás con nadie. Me imaginaba su voz cálida y un poco ronca. Probablemente tartamudeaba cuando se emocionaba. Tampoco le vi nunca la cara, porque la ocultaba detrás de una máscara. La máscara era pálida y de goma. Le cubría cada centímetro de la cabeza y desaparecía bajo el cuello de la camisa. Al principio la máscara me inquietaba; de hecho, la primera vez que la vi perdí los nervios y salí corriendo de la habitación. Me daba miedo todo: la boca abierta, las orejas pequeñas como albaricoques secos, las ondas inmóviles de pelo negro pintado torpemente sobre la coronilla, las cuencas vacías de los ojos. Aquello bastaba para llenar de horror los sueños de cualquiera, y al principio me tenía dando vueltas en la cama hasta que casi me ahogaban las sábanas.
Poco a poco me fui acostumbrando. Empecé a imaginarme cuál sería la verdadera expresión del señor Martin. Veía cómo el rubor se extendía por sus mejillas cuando lo sorprendía soñando despierto sobre su libro. Veía cómo le temblaban los labios de emoción ─piedad y admiración─ cuando me observaba durante mi trabajo. Yo le dedicaba una mirada especial y sacudía la cabeza, y su cara se iluminaba con una sonrisa.
Pero, de vez en cuando, cuando descubría sus ojos gris claro fijos en mí, tenía la sensación, desagradable, de haberme equivocado por completo, de que quizá jamás le había provocado la menor reacción, yo, una criada tonta e inepta; que, si un día otra chica entrara en la habitación y se pusiera a quitar el polvo, él sólo apartaría los ojos del libro para echar un vistazo y seguiría leyendo sin notar el cambio. Turbada por la duda, seguía barriendo y fregando con manos entumecidas, como si no hubiera pasado nada, y pronto la duda desaparecía.
Por el señor Martin me fui cargando de trabajo. Si al principio mandábamos su ropa sucia a la lavandería, empecé a lavarla yo, aunque lo hiciera peor. Sus sábanas perdieron blancura y sus pantalones estaban mal planchados, pero no se quejó. Mis manos se arrugaron e hincharon, pero no me importaba. Si antes veía un jardinero una vez a la semana para recortar los setos en verano y proteger los rosales con una lona durante el invierno, ahora asumí yo esas tareas, despidiendo yo misma al jardinero y trabajando día tras día en las peores condiciones atmosféricas. Al principio el jardín se resintió, pero con el tiempo volvió a la vida: flores silvestres de todos los colores acabaron con las rosas y una hierba áspera y verde destrozó los senderos de grava. Me volví fuerte y audaz y no me importaba que la cara se me llenara de ronchas ni que la piel de los dedos se me secase y agrietase, ni que tanto trabajo me dejara en los huesos, ni apestar como un caballo. Mi madre se quejaba, pero yo sentía que mi cuerpo suponía un sacrificio insignificante.
A veces me imaginaba que era hija del señor Martin, o su mujer, e incluso su perro. Olvidaba que sólo era una criada.
Mi madre ni siquiera vio nunca al señor, y eso volvía aún más misteriosa mi relación con él. Ella pasaba el día entre los vapores de la cocina, masticando nerviosamente sus encías y preparando la comida del señor Martin. Sólo a la caída de la tarde franqueaba la puerta, se envolvía en sus propios brazos junto a las lilas marchitas y miraba las nubes. A veces me preguntaba cómo podía seguir trabajando para un hombre al que nunca había visto, pero así era ella. Yo le entregaba mensualmente un sobre de dinero, ella lo cogía y lo escondía con el resto de sus ahorros. Nunca me preguntó cómo era él, y yo tampoco dije nada. Creo que no me preguntó nunca quién era él porque ni siquiera entendía quién era yo. Quizá creía que guisaba para su marido y su familia como otras mujeres, y que yo era su hermana menor. A veces hablaba de bajar la montaña, aunque no vivimos en una montaña, o de recoger las patatas, aunque no tenemos patatas en el huerto. Eso me inquietaba y trataba de devolverla a la realidad gritándole de pronto en la cara o enseñándole los dientes. Pero nada la impresionaba, y tenía que esperar a que por fin me llamara por mi nombre con naturalidad. Puesto que no demostraba ninguna curiosidad a propósito del señor Martin, yo podía ocuparme de él en paz y a mi gusto, merodear a su alrededor cuando salía de la casa para uno de sus raros paseos, demorarme detrás de la puerta  batiente del comedor y observarlo a través de la rendija, cepillarle el esmoquin, sacudir el polvo de la suela de sus zapatillas.
Pero la felicidad no duró eternamente. Me desperté muy temprano un domingo de verano y vi cómo la radiante luz del sol invadía el vestíbulo donde yo dormía. Me quedé en la cama un buen rato, oyendo a los reyezuelos que se posaban y cantaban en los arbustos, y observando a las golondrinas que entraban y salían por la ventana rota del final del pasillo. Me levanté y me lavé con la meticulosidad de siempre la cara y los dientes. Hacía calor. Me metí por la cabeza un vestido de verano limpio y me calcé mis zapatos de tacón bajo, de piel. Por última vez en mi vida ahogué mi propio olor en agua de rosas. Las campanas de la iglesia empezaron a dar las diez desaforadamente. Cuando subí las escaleras para servirle el desayuno en la mesa, el señor Martin no estaba. Esperé junto a su silla durante lo que me parecieron horas. Empecé a buscar por la casa. Tímidamente al principio, luego con una prisa frenética, como si se escabullera de las habitaciones en el momento preciso en que yo llegaba, lo busqué por todas partes. Sólo cuando vi que habían retirado la ropa de su armario y que la biblioteca estaba vacía, admití que se había ido. Incluso entonces, durante días, pensé que volvería. Una semana después, una señora mayor se presentó con tres o cuatro baúles andrajosos y empezó a colocar sus baratijas encima de la repisa de la chimenea. Entonces entendí que, sin explicaciones, sin una palabra, sin ninguna consideración hacia mis sentimientos, sin ni siquiera una propina, el señor Martin había hecho el equipaje y se había ido para siempre.


La casa es sólo una casa alquilada. Mi madre y yo estamos incluidas en la renta. La gente va y viene, y cada pocos años hay un nuevo inquilino. Tendría que haber previsto que también el señor Martin se iría algún día. Pero no lo preví. Estuve enferma mucho tiempo a partir de aquel día y mi madre, que me resultaba más aborrecible por momentos, se consumía llevándome el caldo y los pepinos fríos que le pedía con ansia. Después de la enfermedad parecía un cadáver. Me apestaba el aliento. Mi madre volvía la cabeza con asco. Los inquilinos se estremecían cuando yo entraba en la habitación con mis andares desgarbados, tropezando en el umbral a pesar de que mis gafas  volvían a posarse como una mariposa sobre el estrecho puente de mi nariz.

Nunca fui una buena criada, pero ahora, aunque me esfuerzo, soy tan descuidada que algunos inquilinos creen que no limpio las habitaciones o piensan que quiero indisponerlos con sus invitados. Pero, cuando me regañan, no respondo. Me limito a mirarlos con indiferencia y a continuar mi trabajo. Nunca han sufrido una decepción tan grande como la mía.


en Cuentos completos de Lydia Davis (Seix Barral, Barcelona, 2011)

miércoles, 16 de enero de 2008

Lydia Davis(E.E.U.U.,1943)


La luna
Me levanto de la cama en mitad de la noche para ir al baño. La habitación en la que estoy es grande y, salvo por el perro blanco sobre el suelo, oscura. El distribuidor, ancho y largo, parece inmerso en algún tipo de crepúsculo submarino. Cuando alcanzo la puerta del baño veo que está inundado por un resplandor. La luna llena brilla, suspendida, en lo alto. Alumbra a través de la ventana e ilumina directamente el asiento del retrete, como si estuviera enviada por un dios servicial. De vuelta en la cama me echo un rato sin dormirme. La habitación se ve más iluminada de lo que estaba. Pienso que la luna ha debido dar la vuelta al edificio. Pero no, es el inicio del amanecer.


En la estación de trenes
La estación de trenes está muy concurrida. La gente camina al mismo tiempo en todas direcciones. Algunos permanecen parados. Un monje budista tibetano con la cabeza afeitada y una larga túnica color vino está en medio de la multitud, con aspecto preocupado. Yo estoy de pie, contemplándole. Tengo mucho tiempo antes de la salida de mi tren porque acabo de perder el anterior. El monje me ve mirarle. Se acerca hasta mí y me dice que está buscando el andén número 3. Sé dónde están los andenes. Le enseño el camino.


(Traducción de A. Jiménez Morato)