lunes, 16 de septiembre de 2013

Margarita Duras


El tren a Burdeos Marguerite Duras Una vez, tuve dieciséis años. A esta edad todavía tenía aspecto de niña. Era al volver de Saigon, después del amante chino, en un tren nocturno, el tren de Burdeos, hacia 1930. Yo estaba allí con mi familia, mis dos hermanos y mi madre. Creo que había dos o tres personas más en el vagón de tercera clase con ocho asientos, y también había un hombre joven enfrente mío que me miraba. Debía de tener treinta años. Debía de ser verano. Yo siempre llevaba estos vestidos claros de las colonias los pies desnudos en unas sandalias. No tenía sueño. Este hombre me hacía preguntas sobre mi familia, y yo le contaba cómo se vivía en las colonias, las lluvias, el calor, las verandas, la diferencia con Francia, las caminatas por los bosques, y el bachillerato que iba a pasar aquel año, cosas así, de conversación habitual en un tren, cuando uno desembucha toda su historia y la de su familia. Y luego, de golpe, nos dimos cuenta que todo el mundo dormía. Mi madre y mis hermanos se habían dormido muy deprisa tras salir de Burdeos. Yo hablaba bajo para no despertarles. Si me hubieran oído contar las historias de la familia, me habrían prohibido hacerlo con gritos, amenazas y chillidos. Hablar así bajo, con el hombre a solas había adormecido a los otros tres o cuatro pasajeros del vagón. Con lo cual este hombre y yo éramos los únicos que quedábamos despiertos, y de ese modo empezó todo en el mismo momento, exacta y brutalmente de una sola mirada. En aquella época, no se decía nada de estas cosas, sobre todo en tales circunstancias. De repente, no pudimos hablarnos más. No pudimos, tampoco, mirarnos más, nos quedamos sin fuerzas, fulminados. Soy yo la que dije que debíamos dormir para no estar demasiado cansados a la mañana siguiente, al llegar a París. Él estaba junto a la puerta, apagó la luz. Entre él y yo había un asiento vacío. Me estiré sobre la banqueta, doblé las piernas y cerré los ojos. Oí que abrían la puerta, salió y volvió con una manta de tren que extendió encima mío. Abrí los ojos para sonreírle y darle las gracias. Él dijo: "Por la noche, en los trenes, apagan la calefacción y de madrugada hace frío". Me quedé dormida. Me desperté por su mano dulce y cálida sobre mis piernas, las estiraba muy lentamente y trataba de subir hacia mi cuerpo. Abrí los ojos apenas. Vi que miraba a la gente del vagón, que la vigilaba, que tenía miedo. En un movimiento muy lento, avancé mi cuerpo hacia él. Puse mis pies contra él. Se los di. Él los cogió. Con los ojos cerrados seguía todos sus movimientos. Al principio eran lentos, luego empezaron a ser cada vez más retardados, contenidos hasta el final, el abandono al goce, tan difícil de soportar como si hubiera gritado. Hubo un largo momento en que no ocurrió nada, salvo el ruido del tren. Se puso a ir más deprisa y el ruido se hizo ensordecedor. Luego, de nuevo, resultó soportable. Su mano llegó sobre mí. Era salvaje, estaba todavía caliente, tenía miedo. La guardé en la mía. Luego la solté, y la dejé hacer. El ruido del tren volvió. La mano se retiró, se quedó lejos de mí durante un largo rato, ya no me acuerdo, debí caer dormida. Volvió. Acaricia el cuerpo entero y luego acaricia los senos, el vientre, las caderas, en una especie de humor, de dulzura a veces exasperada por el deseo que vuelve. Se detiene a saltos. Está sobre el sexo, temblorosa, dispuesta a morder, ardiente de nuevo. Y luego se va. Razona, sienta la cabeza, se pone amable para decir adiós a la niña. Alrededor de la mano, el ruido del tren. Alrededor del tren, la noche. El silencio de los pasillos en el ruido del tren. Las paradas que despiertan. Bajó durante la noche. En París, cuando abrí los ojos, su asiento estaba vacío. ***

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Felisberto Hernández

Nadie encendía las lámparas

Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!
Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.
Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.

 

lunes, 12 de agosto de 2013

Bruno Schulz ( Ucrania,1892-1942)

Agosto


I
En el mes de julio mi padre se iba a las termas y nos dejaba a los tres –mi madre, mi hermano mayor y yo– abandonados a las jornadas del verano, embriagadoras y blancas de fuego. Aturdidos por la luz, hojeábamos el gran libro de las vacaciones, cada una de cuyas páginas destellantes de sol conservaba en su fondo recóndito la pulpa de las peras doradas, azucarada hasta el éxtasis.
Durante esas luminosas mañanas, Adela, como una Pomona, volvía en ascuas del fuego del día y vaciaba su canasta repleta de coloreadas bellezas solares. Primero aparecían las brillantes cerezas, hinchadas de agua bajo su piel fina y transparente, las misteriosas guindas morenas, cuyo sabor no satisfacía, sin embargo, las promesas de su perfume; los damascos, en cuya pulpa dorada dormitaban largas y recalentadas tardes. A continuación, después de la pura poesía de los frutos, venían los enormes cuartos de carne, potentes y nutritivos, con sus teclados de costillas de ternera. Y por fin las legumbres, semejantes a plantas acuáticas, medusas muertas o cefalópodos. Todo ese material de comida todavía indeterminado y estéril, ingredientes vegetales y telúricos del futuro almuerzo, despedía un aroma salvaje y campestre.
El penumbroso apartamento del primer piso daba sobre la plaza del mercado, y cada día era atravesado de parte a parte por el gran verano: el silencio tembloroso de las corrientes de aire, los rectángulos de luz sumidos en un sueño febril sobre el piso encerado, una melodía de organillo arrancada a la napa dorada más profunda del día, dos o tres compases de un refrán tocado en algún piano y que vuelve sin cesar, para luego desvanecerse en el sol de las blancas veredas, perdiéndose en el fuego profundo del día.
Terminada la limpieza, Adela corría las cortinas de lino, sumiendo en las penumbras el apartamento. La intensidad de los colores disminuía entonces en una octava, las habitaciones se llenaban de obscuridad, como si se hundieran de pronto en la luz de las profundidades marinas reflejada por los verdes espejos del agua, y todo el calor tórrido de la jornada respiraba en las cortinas que se hinchaban ligeramente bajo los ensueños del mediodía.
Los sábados por la tarde mi madre me llevaba de paseo. De la penumbra del corredor se pasaba entonces, de sopetón, al baño solar del claro día. Los transeúntes, chapaleando en el oro, entrecerraban los ojos; sus párpados parecían untados de miel y sus belfos levantados dejaban al descubierto los dientes y las encías. Sus rostros exhibían esa mueca del calor como si el sol les hubiera impuesto una máscara de fraternidad solar, y cuando se cruzaban en la calle, jóvenes y viejos, mujeres y niños, se saludaban con esa máscara bárbara, insignia de un culto báquico, pintarrajeada con grandes trazos de oro sobre sus rostros.
La plaza del mercado estaba vacía, amarilla de fuego, y los vientos calientes la barrían como al desierto bíblico. Sólo las acacias espinosas desplegaban su claro follaje, maraña de filigrana verde finamente recortada, como la de los antiguos gobelinos. Llenos de afectación, esos árboles simulan el efecto del viento, desgreñando sus copas con gesto teatral, mostrando, en poses patéticas, la elegancia de sus abanicos de reverso plateado como las nobles pieles de los zorros. Sobre las viejas casas de muros pulidos por los vientos jugaban los reflejos de la atmósfera: ecos, recuerdos de tonos dispersos en el fondo del tiempo coloreado. Parecía como si generaciones enteras de jornadas estivales, rasqueteando los revoques mohosos de las viejas fachadas como pacientes albañiles, cascando su esmalte engañoso, hubieran desnudado su verdadero rostro, la fisonomía que su destino les había conformado desde el interior. Las ventanas, enceguecidas por la luz de la plaza vacía, dormían apaciblemente y los balcones confesaban al cielo su vacuidad. Los portones, totalmente abiertos, olían a frescura y a vino. Un grupito de niños harapientos, el único que había escapado, en un ángulo de la plaza, a la escoba tórrida del calor; atacaban a una pared con continuos disparos de botones y monedas, como si el oráculo de esos redondeles de metal pudiera revelarles la verdadera naturaleza de la pared, el sentido jeroglífico de sus fisuras y resquebrajaduras. Sólo esos niños quebraban el vacío de la plaza. Se podía esperar que, en cualquier instante, apareciera; saliendo de la sombra de las acacias, frente al portón del vinero atestado de barriles, el asno del Samaritano arrastrado por el freno, y que los servidores se precipitaran para traer al enfermo de la sala recalentada y lo llevaran por la fresca escalera hasta la planta baja, que olía a sabbath.
Así íbamos, mi madre y yo, bordeando la plaza, paseando nuestras sombras sobre los muros de las casas como sobre un teclado. Bajo nuestros arrastrados pasos el pavimento desfilaba lentamente, a veces de un tono rosa claro como el de la piel humana, a veces dorado o azul, muy liso, caliente, aterciopelado como un rostro solar, pisoteado por los transeúntes hasta el punto de hacerse irreconocible, dulcemente inexistente.
Y por fin, en la esquina de la calle Stryj, entrábamos en la sombra de la farmacia. Un gran recipiente lleno de jarabe de frambuesa simbolizaba, en la vitrina, el frescor de los bálsamos bienhechores. Unas casas más allá la calle perdía su decoro, como un paisano que, de retorno a su casa, se despoja, en el camino de toda su elegancia ciudadana para transformarse poco a poco, a medida que se acerca a su aldea, en un miserable rústico. Las casitas de los barrios apartados zozobraban en la verdura, enterradas hasta las ventanas en la floración exuberante y loca de los pequeños jardines. Olvidados por la luz del día, la hierba, los cardos y las flores se expandían profusamente, felices de esa pausa que usufructuaban, soñando al margen del tiempo, en los bordes del día infinito. En el extremo de su tallo, un girasol atacado de elefantiasis esperaba en su duelo amarillo el fin de sus días, doblegado bajo el peso de su monstruosa corpulencia. Pero las ingenuas campanillas de los suburbios, las simples florecillas de percal, no podían hacer nada y se quedaban muy tiesas en sus corolas rosas y blancas, insensibles al gran drama del girasol.

II
Una espesa maraña de hierbas y cardos arde, crepitando, en el fuego de la tarde. La siesta perezosa del jardín está poblada por el zumbido estrepitoso de las moscas. Los tallos dorados aúllan al sol como una bandada de langostas rojizas, los grillos se desgañitan en la lluvia de fuego, las silicuas llenas de granos estallan silenciosamente con un susurro de cigarras. Hacia los setos la gruesa capa de hierbas se abulta como si el jardín se hubiera dado vuelta en sueños y su pecho robusto respirara el silencio de la tierra. Aquí el mes de agosto, en su incontinencia de hembra en celo, ha cavado enormes embudos de bardanas, ha plantado inmensas plantas velludas, extendido odiosas lenguas de carne verde. Allá, esas primaveras exorbitadas, se hinchaban acurrucadas, a medias devoradas por sus faldas en furia. El jardín vende a vil precio, al primero que llega, todas sus mercaderías: el saúco, los llantenes que huelen a jabón, el alcohol salvaje de la menta, en fin, toda esa pacotilla del mes de agosto. Pero del otro lado de los setos, más allá de ese ombligo del verano donde la exuberante torpeza de la hierba gozaba a sus anchas, había un gran montón de basura donde sólo crecían los cardos. Nadie sabía que allí el mes de agosto había resuelto ese verano festejar su gran orgía. Sobre ese montón de basuras, apoyado contra el seto y hundido en el follaje espeso del saúco estaba el lecho de una joven idiota, Tonia. Así la llamaban. Sobre un montón de residuos, cascotes y detritus, de viejas pantuflas y cacerolas agujereadas, se levantaba su cama de metal pintada de verde. Cuatro ladrillos le servían de patas.
Sobre el conjunto, el aire bullía, irradiaba calor, estriado por los resplandores de los brillantes tábanos irritados por el sol que rechinaban como agitados por invisibles carracas. El aire invitaba a la locura.
Tonia estaba acurrucada entre sábanas amarillas y andrajos. Su cabezota estaba erizada de cabellos negros. Su rostro se movía como el fuelle de un acordeón. A cada instante una mueca dolorosa lo ajaba en mil pliegues diagonales; luego el asombro los estiraba de nuevo, los distendía, descubría las pequeñas hendeduras de los ojos y las encías húmedas, los dientes amarillos bajo los labios carnosos en forma de hocico. Tonia parlotea a media voz, dormita, refunfuña y gruñe. Las moscas cubren su forma inmóvil con una capa pegajosa y, de golpe, ese montón de viejas prendas, de harapos y jirones, comienza a moverse como si toda una carnada de ratas se debatiera. Las moscas, espantadas, levantan vuelo formando una gran nube negra, llena de furiosos zumbidos, fulgores y chispas. Y mientras que los guiñapos caen por tierra y se esparcen sobre los desperdicios como ratas que huyeran en todas direcciones, una forma se recorta lenta, penosamente, en el montón de basuras: una joven idiota, semejante a un dios pagano, se yergue sobre sus piernitas infantiles, y su cuello, inflado por la cólera, su rostro obscurecido por el furor, en el que se distinguen, como pinturas primitivas, los arabescos de las venas hinchadas de sangre, dejan escapar un grito ronco, animal, arrancado de los bronquios y los tubos de órgano de ese pecho a medias animal, a medias divino. Los cardos aúllan al sol, las bardanas se inflan y se envanecen de su carne impúdica, los grandes llantenes escupen una baba venenosa, mientras que la joven idiota, lanzando gritos ahogados, frota convulsivamente sus caderas carnosas contra el tronco del saúco, que cruje silenciosamente bajo los ataques de su concupiscencia débil, incitándolo imperiosamente a una fecundidad desnaturalizada.
La madre de Tonia hace la limpieza en las casas de la vecindad. Es una buena mujer, pequeñita, amarilla como el azafrán, y es también con azafrán con lo que impregna los pisos, las mesas y los bancos de madera de abeto que lava durante todo el día en las casas de los pobres. Una vez fuí con Adela a casa de María. Era por la mañana y entramos en una piecita pintada de azul. Sobre el piso de tierra apisonada se pavoneaba el sol, amarillo claro, en el silencio matinal medido por el horrible rechinar de un reloj aldeano. María la loca estaba acostada en un cajón lleno de paja, blanca como una hostia y silenciosa como un guante que la mano ha abandonado. Y, como para aprovechar su sueño, el silencio era inagotable, ese amarillo silencio malvado y vocinglero charlaba, criticaba, arengaba en alta voz, en un vulgar soliloquio de maniático. Y el tiempo de María, el tiempo aprisionado en su alma, la había abandonado, y galopaba, horriblemente real, a través de la pieza. Ruidoso, se derramaba a baldazos desde el molino del reloj como si fuera harina, mala harina, harina friable, esa harina estúpida de los locos.

III
En una de esas casitas, rodeada por un cerco obscuro, hundida en la verdura proliferante, vivía la tía Ágata. Atravesando el jardín se llegaba a la puerta de entrada, coronada por grandes bolas de vidrio suspendidas de espigas metálicas. En esas bolas verdes, rosas y violetas había mundos enteros de luces y colores, encerrados como las imágenes felices contenidas en la inaccesible perfección de las pompas de jabón.
En la penumbra del vestíbulo, cuyas paredes estaban tapizadas de imágenes populares a medias corroídas por la humedad y ciegas de vejez, reconocíamos un olor familiar. Este olor contenía, en su fórmula de asombrosa sencillez, toda la vida de esa gente, el misterio de su raza, de su sangre y de su destino, confundidos inextricablemente en el flujo cotidiano de su tiempo personal. La vieja y sabia puerta, cuyos apagados suspiros acompañaban al ir y venir de la gente, las entradas y salidas de la madre, de las hijas y del hijo, se había abierto a nuestro paso sin ruido, como la puerta de un armario, dejándonos penetrar en su vida. Estaban sentados a la sombra de su destino y no luchaban más; sus primeros gestos torpes traicionaban su secreto. Por otra parte ¿no éramos sus parientes, ligados a ellos por los mismos lazos de la sangre y de la suerte?
Las pesadas cortinas de terciopelo azul veteado de hilos dorados preservaban la obscuridad de la pieza, pero aún aquí el eco de la llameante luz diurna, aunque filtrada por la espesa verdura del jardín, jugaba con reflejos cobrizos sobre los marcos de los cuadros, las fallebas de las puertas y los vidrios de los tabiques. La tía Ágata se levantó de su sillón. Era alta, abundante de carnes, carnes blancas como roídas por el moho. Nos sentamos a su vera, haciendo un alto al borde de su vida, un poco embarazados por la pasividad con la cual ella y sus hijos se ofrecían a nuestras miradas. Bebimos jarabe de rosas con agua, bebida extraordinaria que me parecía reunir en su aroma y sabor la esencia misma de ese tórrido sábado.
La tía Ágata renegaba. Era el tono general de su conversación, la voz misma de esa carne blanca y fértil que parecía desbordarle del cuerpo y experimentar la más grande dificultad para mantenerse dentro de los límites de una forma individual, pronta a hacerse pedazos en cualquier instante, a brotar, a proliferar.
Hubiérase dicho que su femineidad podía privarse cómodamente de la fecundación y bastarle un aroma algo masculino, un vago olor de tabaco o una broma relativamente picante, para ponerse a proliferar lujuriosamente. Y, en realidad, sus continuas recriminaciones a su marido y sus domésticos, su solicitud cargosa hacia los niños, no eran más que caprichos de su fecundidad insatisfecha, prolongación natural de esa coquetería insoportable, arisca, lacrimosa, con la que ponía a prueba a su marido. El tío Marcos, pequeño, encogido, de rostro perfectamente asexuado, parecía reconciliado con su insuficiencia y permanecía en la sombra de un desprecio infinito que debía parecerle muy confortable. En sus ojos grises se incubaba la brisa lejana del jardín, tamizada por los vidrios de la ventana. De tanto en tanto trataba tímidamente de protestar, de enfrentar a su mujer, pero la marea de la omnipotencia femenina barría con ese gesto insignificante e iba más allá, triunfalmente, ahogando bajo su flujo impetuoso esos débiles sobresaltos viriles. Había algo de trágico en esa fecundidad sin freno: la miseria de una criatura que se debatía entre la nada y la muerte, el admirable coraje de la hembra triunfante sobre la insuficiencia del macho. Pero la progenitura estaba allí para probar lo bien fundado de ese pánico maternal, de esa furia por parir que se agotaba en productos defectuosos, en una generación de fantasmas exangües.
Lucía había entrado en la pieza. Su cuerpo aún infantil, de carne blanca y delicada, soportaba una cabeza prematuramente desarrollada. Me tendió su mano de muñequita y se ruborizó de inmediato. Disgustada por esos colores que traicionaban impúdicamente los secretos de sus reglas precoces, pestañeaba y enrojecía ante la pregunta más inocente, ya que ésta podía contener una alusión a su virginidad ultrasensible.
Emilio, el mayor de mis primos, lucía un bigotito rubio en su rostro deslavado e iba de un extremo a otro de la pieza con las manos hundidas en los amplios bolsillos de sus pantalones.
Su traje elegante y costoso era notoriamente exótico. Emilio acababa de llegar del extranjero. En su rostro confundido y mustio, que día a día parecía diluirse hasta semejar una blanca pared, una pálida red de venas dejaba transparentar aún, aquí y allá, los recuerdos de una vida tempestuosa y fracasada. Era un maestro en juegos de naipes, fumaba largas y elegantes pipas y olía a lejanas comarcas. Recorría sus recuerdos con la mirada ausente y contaba extrañas anécdotas cuyo hilo a veces extraviaba bruscamente, dejándolas inconclusas, disipadas en la ambigüedad.
Yo lo miraba ávidamente en la esperanza de distraer un poco su atención para que me ayudara a escapar del hastío de la siesta. Y me pareció, en efecto, que al salir de la pieza me había guiñado un ojo. Lo seguí, pues, a la habitación vecina. Se había sentado en un cosy-corner muy bajo y las rodillas le quedaban a la altura de la cabeza, calva como una bola de billar.
Aparentaba ser nada más que un traje amplio y arrugado, arrojado negligentemente sobre el apoyabrazos. Su rostro sólo era el aliento de un rostro, la huella que un desconocido, al pasar, hubiera dejado en el aire. Hurgaba en su billetera con sus manos de venas azules.
De la neblina de su cara emergió dificultosamente un ojo torvo que me hizo una seña de connivencia picaresca. Me sentí invadido por una desbordante simpatía hacia ese hombre. El me tomó en sus rodillas y, barajando con sus manos expertas las fotografías que había sacado de su billetera, me hizo admirar imágenes de hombres y mujeres en extrañas posturas. Estaba apoyado en él y miraba esos cuerpos humanos tan delicados, esos ojos lejanos que nada veían, cuando, de pronto, el fluido de la intensa turbación que había revuelto el aire me alcanzó y me hizo estremecer de inquietud, llevándome a una repentina comprensión. Mientras tanto, la bruma de esa sonrisa que se había dibujado bajo su indeciso bigote, el embrión del deseo que había alterado el latido de una vena de su sien, la tensión que había fijado por un instante los rasgos dispersos de su rostro, todo eso había desaparecido, y su rostro se hundió otra vez en la nada, se entregó, desapareció.

jueves, 1 de agosto de 2013

James Salter: Anochecer

Anochecer

La señora Chandler, vestida con un traje entallado, estaba sola junto al escaparate, casi delante del letrero de neón que, en letras pequeñas de color rojo, anunciaba: CARNES DE PRIMERA. Parecía estar mirando las cebollas; tenía una en la mano. No había nadie más en la tienda. Vera Pini permanecía sentada ante la caja registradora, con su bata blanca, mirando los coches que pasaban. Afuera estaba nublado y soplaba el viento. El tráfico circulaba en un flujo casi continuo.
─Hoy tenemos un Brie excelente ─comentó Vera, sin moverse─. Acabamos de traerlo.
─¿De veras es bueno?
─Muy bueno.
─Está bien, me llevaré un poco.
La señora Chandler era una clienta habitual. No recurría al supermercado de las afueras del pueblo. Era una de las mejores clientas. O lo había sido. Ahora ya no compraba gran cosa.
En el panel de cristal del escaparate impactaron las primeras gotas de lluvia.
─Mire eso ─dijo Vera─. Ya empieza.
La señora Chandler volvió la cabeza. Observó el paso de los coches y tuvo la sensación de que no era como años atrás. De pronto, por alguna razón, se puso a pensar en las muchas veces que había salido con el coche, o en tren, y que al llegar al campo, nada más pisar el largo y desnudo  andén en medio de la oscuridad, su esposo o uno de los chicos le salía al encuentro. Hacía calor. Los árboles eran enormes y negros. Hola, cariño. Hola, mami, ¿has tenido buen viaje?
El pequeño letrero de neón brillaba con intensidad sobre el fondo gris. Al otro lado de la calle estaban el cementerio y su propio coche, de una marca extrajera, muy limpio, aparcado cerca de la puerta, en contradirección. Siempre lo hacía. Era una mujer que había vivido de una manera particular. Sabía cómo organizar una cena para mucha gente, cuidar perros, entrar en los restaurantes. Tenía su propia forma de contestar a las invitaciones, de vestirse, de ser ella misma. Se los podría calificar de hábitos incomparables. Era una mujer que leía libros, jugaba al golf y asistía a bodas, cuyas piernas estaban en forma, que había capeado temporales, una mujer espléndida a la que ahora nadie quería.
La puerta se abrió y entró uno de los granjeros. Llevaba botas de goma.
─Hola, Vera ─saludó.
Ella me miró.
─¿Cómo? ¿No estás cazando?
─Demasiada humedad ─contestó él: era viejo y parco en palabras─. En muchos sitios, el agua ha subido casi medio metro.
─Mi marido ha salido.
─Haberme avisado con tiempo, mujer ─dijo el anciano maliciosamente; tenía el rostro como borrado por el tiempo; descolorido igual que un viejo grabado.
Era tiempo de caza, lluvioso y con poca visibilidad. La temporada acababa de empezar. Todo el día se habían oído los nada frecuentes estampidos de escopetas, y cerca del mediodía una bandada de seis gansos había pasado, en desorden, por encima de la casa. Ella estaba sentada en la cocina y había oído sus chillidos estúpidos y ruidosos. Los había visto a través de la ventana. Volaban muy bajo, justo por encima de los árboles.
La casa estaba en medio del campo. Desde el piso de arriba podían verse graneros y cercas. Era una casa bonita, que durante años había considerado única. El jardín estaba cuidado, la leña apilada, las puertas de tela metálica en buen estado. Y por dentro lo mismo, todo bien seleccionado, los sofás mullidos y blancos, las alfombras, los sillones, la cristalería de Suecia que tan agradable era al tacto, las lámparas. «La casa es mi alma», solía decir.
Recordó la mañana en que había descubierto el ganso sobre el césped, un ejemplar de gran tamaño, largo cuello negro y collar blanco, inmóvil a menos de cinco metros. Ella había corrido hacia la escalera.
─Brookie ─había susurrado.
─¿Qué?
─Baja. No hagas ruido. Se acercaron a la ventana y luego uno al otro, Mirando sin atreverse a respirar.
─¿Qué hará, tan cerca de la casa?
─No sé.
─Es grande, ¿verdad?
─Mucho.
─Pero no tanto como Dancer.
─Dancer no puede volar.
Todo había desaparecido: caballo, ganso, muchacho… Recordaba aquella noche en que regresaban a casa después de cenar en casa de los Werner, donde habían conocido a una joven de rasgos muy puros, que había dejado a su marido para estudiar arquitectura. Rob Chandler no había hecho ningún comentario, se había limitado a escuchar, distraído, como si estuviera familiarizado con esa clase de noticias. A medianoche, en la cocina, nada más cerrar la puerta, se lo anunció. Le había dado la espalda para no mirarla, y estaba de cara a la mesa.
─¿Cómo? ─inquirió ella.
Su marido se disponía a repetirlo, pero le interrumpió.
─¿Cómo has dicho? ─preguntó paralizada.
Había conocido a otra.
─¿Qué has qué?
Ella se quedó con la casa. Había ido una sola vez al piso de la calle Ochenta y Dos, con sus grandes ventanales desde los que, si apretabas la mejilla contra el cristal, podías ver las escalinatas de la entrada al Museo Metropolitano de Bellas Artes. Un año después, él volvió a casarse. Durante un tiempo, ella había virado sin rumbo. Por las noches se sentaba en la sala de estar vacía, casi desvalida, sin preocuparse por comer, por hacer nada, acariciando la cabeza del perro y hablándole, acurrucada en el sofá a las dos de la madrugada y todavía sin desvestir. Un cansancio fatal se había apoderado de ella, pero después se serenó, empezó a ir a la iglesia y volvió a pintarse los labios.
Ahora, mientras regresaba a casa después de hacer la compra, las nubes enormes y plomizas se entremezclaban con la luz y se deslizaban por encima de los árboles. El viento soplaba a ráfagas. Cuando giró por el camino de la entrada, vio un coche aparcado allí. Por un momento se asustó, pero luego lo reconoció. La figura de un hombre se dirigía a su encuentro.
─Hola, Bill ─le saludó.
─Deja que te eche una mano. ─El hombre cogió del coche la bolsa de comestibles más grande y siguió a la mujer hacia la cocina.
─Déjala encima de la mesa ─dijo ella─ Eso es. Gracias. ¿Qué tal te ha ido?
El hombre llevaba una camisa blanca y una chaqueta deportiva, muy cara en su momento. Parecía hacer frío en la cocina. A lo lejos se oyó el débil estampido de las escopetas.
─Entra ─dijo ella─. Hace frío aquí.
─Sólo he venido para ver si hace falta reparar algo antes de que lleguen las heladas.
─Oh, entiendo… Bueno, está el baño de arriba. ¿Volverán a causar problemas?
─¿Te refieres a las cañerías?
─¿Se romperán otra vez este año?
─¿No pusimos aislamiento allí? ─preguntó él: había un ligero y elegante balbuceo en su forma de hablar, como si deslizara los sonidos por el borde de la lengua. Siempre lo había tenido─. El problema es que da al norte.
─Sí ─reconoció ella, mientras buscaba vagamente un cigarrillo─. ¿Por qué crees que lo colocarían allí?
─Bueno, ahí es donde siempre los ponen ─dijo él.
Tenía cuarenta años, pero aparentaba menos. Había algo sólido y desesperado en él, algo que le conservaba la juventud. Todo el verano en el campo de golf, y a veces hasta diciembre. Incluso allí parecía indiferente, con su cabello negro al viento… Incluso entre sus compañeros, como si estuviera matando el tiempo. Corrían un montón de rumores acerca de él. Era un ídolo caído. Su padre poseía una agencia inmobiliaria cerca de la autopista. Solares, granjas, tierras. Era una familia muy antigua en aquella región. Su apellido daba nombre a un camino vecinal.
─Hay un grifo estropeado. ¿Quieres echarle un vistazo?
─¿Qué le pasa?
─Gotea ─dijo ella─. Te lo enseño.
Le precedió escaleras arriba.
─Allí ─señaló hacia el baño─. ¿Lo oyes?
Con gestos espontáneos, Bill abrió y cerró varias veces el agua, tanteó debajo del grifo. Lo hacía sin acercarse, con un ligero movimiento de muñeca, como al descuido. Ella podía verle desde el dormitorio. Daba la sensación de que estuviera examinando otras cosas en la encimera.
Ella dio la luz y se sentó. Estaba a punto de anochecer, y de inmediato la habitación se torno acogedora. El papel de las paredes tenía un estampado azul y la moqueta era de un color blanco suave. La piedra pulimentada de la chimenea daba cierta sensación de orden. Afuera, los campos estaban desapareciendo. Era una hora serena, una hora que ella solía eludir. A veces, mirando hacia el océano, pensaba en su hijo, si bien aquello había ocurrido en el estrecho hacía mucho tiempo. Ya no lo recordaba todos los días. Aseguraban que con el tiempo el dolor se apagaba, pero que en realidad nunca se extinguía. Como ocurría con muchas otras cosas, en esto tenían razón. Él era el más joven y el más animado, aunque algo frágil. Todos los domingos rezaba por él en la iglesia. Su oración era muy sencilla: Oh, Señor, no lo desampares… Es muy pequeño… Tan sólo un chiquillo, añadía a veces. La visión de algo muerto, un pájaro aplastado en la carretera, las patas rígidas de un conejo, o incluso una serpiente muerta, la sobresaltaba.
─Creo que es la arandela de goma ─dijo él─. Voy a ver si te traigo una cuando vuelva.
─Bien… ¿Entonces pasará otro mes?
─Marian y yo volvemos a estar juntos. ¿Lo sabías?
─Oh, entiendo… ─Dejó escapar un ligero suspiro involuntario; se sentía extraña─. Yo, en… ─Qué debilidad, pensó luego─. ¿Y cuándo ha sido eso?
─Hace unas semanas.
Al cabo de un segundo, ella se levantó.
─¿Vamos abajo?
Percibió el reflejo de ambos al pasar ante la ventana de la escalera. Vio pasar su falda color albaricoque. El viento seguía soplando. Una rama desnuda frotaba contra el lateral de la casa. A menudo la oía por la noche.
─¿Tienes tiempo para una copa?
─Mejor que no.
Ella se sirvió un poco de whisky y fue a la cocina en busca de hielo de la nevera, luego añadió un poco de agua.
─Supongo que no te veré durante algún tiempo.
No había sucedido gran cosa. Algunas cenas en el Lanai, algunas noches inverosímiles. Era sólo la sensación de estar con alguien que te caía bien, alguien sencillo y contradictorio.
─Yo… ─Ella intentaba encontrar algo que decir.
─Desearías que no hubiese ocurrido.
─Algo por el estilo.
Él asintió. Seguía allí de pie. Su rostro había palidecido con la palidez del invierno.
─¿Y tú? ─preguntó ella.
─¡Oh, demonios! ─Nunca le había oído quejarse, sólo de ciertas personas─. Yo sólo soy un simple encargado de mantenimiento. Y ella es mi esposa. ¿Qué piensas hacer? ¿Ir a verla algún día y contárselo todo?
─Yo nunca haría una cosa así
─Espero que no ─dijo él.
Cuando la puerta se cerró, ella no se volvió. Oyó que, fuera, el coche arrancaba, y vio el reflejo de los faros. Se quedó frente al espejo, examinando su rostro con frialdad. Cuarenta y seis años. Estaban allí, en el cuello y bajo los ojos. Nunca sería tan joven. Debería haber suplicado, pensó. Tendría que haberle dicho todo lo que sentía, todo lo que de pronto le oprimía el corazón. L verano, con sus esperanzas y sus largos días, había concluido. Sintió el impulso de seguirle, de pasar con el coche por delante de su casa. Las luces estarían encendidas. Podría ver a alguien a través de las ventanas.
Esa noche oyó las ramas golpear contra la casa y resonar los bastidores de la ventana. Sentada a solas, pensó en los gansos, podía oírlos allí fuera. Había refrescado. El viento agitaba sus plumas. Vivían mucho tiempo, decía la gente; entre diez y quince años. El que habían visto en el césped tal vez siguiera con vida, acomodado en los campos junto con los demás, llegado del océano, de donde huían para ponerse a salvo, los supervivientes de las emboscadas sangrientas. En algún lugar de la hierba mojada, imaginó, habría uno de ellos, el oscuro pecho empapado, todavía erguido el gracioso cuello, las grandes alas pugnando por aletear, sangrientos sonidos expulsados por los agujeros del pico. Deambuló por la casa apagando las luces. La lluvia seguía cayendo, el mar chocaba con estrépito, un compañero yacía muerto en medio de los remolinos de la oscuridad.


en Anochecer(Muchnik Editores, Barcelona, 2002).

lunes, 29 de julio de 2013

mauro libertella



Cuando quedó claro que no le quedaban demasiados días, hubo que tomar la decisión de elegir una locación para su muerte, un escenario. Las opciones se reducían al hospital o a su casa. Entiendo que no es una instancia frecuente: las personas de pronto mueren, o en una sala de terapia intensiva de un hospital, en un accidente, o en una larga siesta de vejez, pero no deciden a dónde van a ir a morir.
Supongo que una serie de contingencias menores confabularon para que tuviéramos que tomar esa decisión. Tras algunos días de relativa calma médica, aparecieron los desmayos. Mi viejo estaba débil, muy débil, y por momentos se apagaba. Al principio esos eclipses eran impredecibles, y para mí eran escalofriantes. Pensaba, siempre, que ya se había muerto. Pero inmediatamente despertaba y la espera de la muerte volvía a ser ese goteo lento y agónico. Al parecer, esa irrupción del factor desmayo acortó notablemente los pronósticos de vida que manejaban los médicos. Un día se me acercó uno de ellos, un médico de mediana edad, alto y corpulento, al que terminé respetando mucho, y me dijo que era momento de tomar una decisión. Ellos no podían hacer mucho más. Si lo dejaba en el hospital, iba a morir en una cama de habitación compartida, posiblemente sólo, con un vaso de agua en la mesa de luz y todo lleno de cables y botones. Por el contrario, podíamos llevarlo a la casa, en donde no iba a tener las garantías de un equipo médico especializado ni iba a disponer de una infraestructura preparada, pero moriría en el lugar en donde vivió, acompañado por su familia. Cuando el médico leyó mi mudez como una respuesta, se permitió por única vez la primera persona. Si fuera mi padre yo lo llevaría a su casa, me dijo. Asentimos en silencio, como viejos amigos, y empezamos a hacer los trámites para el traslado.
Había que contratar una ambulancia, y asegurarse de que las condiciones de higiene en su departamento fuesen por lo menos dignas. Una vez resueltas las exigencias materiales del asunto, empezó un periplo que en su momento fue tortuoso pero que hoy se me antoja como un viaje rocambolesco, casi hilarante. Cuatro enfermeros gigantes, que podrían haber conseguido ese mismo día un trabajo como patovicas de una discoteca, levantaban ese cuerpo frágil y quebradizo para subirlo a una camilla. Mi viejo se desmayaba y lo recostaban de nuevo en la cama para que se recompusiera. Él mismo daba la aprobación para reemprender las tareas, pero apenas se modificaba su eje de apoyo, zas: venía el desmayo. La sucesión demasiado constante de desmayos me asustaba, y pensaba que no había cuerpo capaz de sobrevivir a una embestida de ese fuste. Sin embargo, mi viejo se reincorporaba y relativizaba mis temores con un chiste: “me hice el dormido, creo que se la creyeron”.
Cuando al fin lograron subirlo a la ambulancia, tuvo uno de los desmayos más prolongados –hacía semanas que no veía la calle, y fue la última vez que la vio– y dudamos seriamente de haber tomado la decisión correcta. Tal vez ese cuerpo, ya tan leve, no estaba preparado para un movimiento tan drástico. Me resultaba insoportable la idea de que muriera ahí, en una ambulancia de cabotaje, tratando de llegar a un lugar reconocible. Preferimos, sin embargo, seguir. Ese viaje en ambulancia fue lento, trabajoso, y yo pensaba que no lo íbamos a lograr. Cuando llegamos a la puerta de su edificio los enfermeros sacaron la camilla del auto, y de nuevo el desmayo. Aguantá un poco viejo, ya llegamos, le dije, y se despertó como un bebé al que lo consuelan de un llanto. Lo subimos por la escalera y por fin llegamos a su casa. Era media tarde, y un sol arisco, invernal, proyectaba sus últimos rayos contra la pared y la biblioteca. La luz y el clima eran perfectos. Era una postal de la muerte hermosa, muy dulce. Mi viejo había vuelto a la placenta, era un bebé que volvía al hogar, a los brazos maternos, para dejarse morir. En ese momento estuve seguro de que el viaje había valido la pena, y de que haberlo llevado a su casa había sido una decisión perfecta. 


*


Mi viejo murió hace cuatro años, un mediodía de octubre, en su departamento de dos ambientes en el que ahora vivo yo. Me acuerdo de ese momento con especial nitidez, porque unos segundos antes de que dejara de respirar supe que a la cuenta regresiva le había llegado, literalmente, su último suspiro. Fue un momento al mismo tiempo suave y dramático: yo arrodillado en el piso, él acostado en su cama, inconsciente hacía horas. Con mi tío y mi hermana le dábamos de tomar un líquido medicinal, hecho para suplir las proteínas de lo que hacía días ya no podía comer. La escena era terrible, porque el deterioro físico se imponía con toda su visualidad; estaba muy flaco, postrado, y tenía la mirada perdida. Y sin embargo, lo recuerdo todo con decoro y ternura, sin estridencias. Tomaba tragos cortos de un vaso de vidrio que nosotros inclinábamos en su boca: era un autómata en su último gesto de supervivencia. Tomá un poco más, tomá un poco más, le pedíamos nosotros, obstinados, repitiéndolo como una plegaria. El último trago le cortó al fin la respiración, que era ya un hilo tenue y frágil. Así lo vi morir, con la cabeza apoyada en la almohada y los ojos cerrados. Supongo que fue una linda forma de morir, entre sus libros y en su propia casa, donde en sus últimos años ya había estado muriéndose de a poco.



de Mi libro enterrado (Mansalva)

sábado, 13 de julio de 2013

Josè Saramago

Eso a quién le importa

Frecuentemente me preguntan que cuántos años tengo...
¡Qué importa éso! Tengo la edad que quiero y siento.
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso, o lo desconocido.
Tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.
¡Qué importa cuántos años tengo! No quiero pensar en ello.
Unos dicen que ya soy viejo y otros que estoy en el apogeo.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice, sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte. Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero, para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.
Ahora no tienen porqué decir: Eres muy joven... no lo lograrás. Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.
Tengo los años en que los sueños se empiezan a acariciar con los dedos, y las ilusiones se convierten en esperanza.
Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada. Y otras un remanso de paz, como el atardecer en la playa.
¿Qué cuántos años tengo? No necesito con un número marcar, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos, las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones rotas...
Valen mucho más que eso.
¡Qué importa si cumplo veinte, cuarenta, o sesenta! Lo que importa es la edad que siento.
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos. Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos.
¿Qué cuantos años tengo? ¡Eso a quién le importa! Tengo los años necesarios para perder el miedo y hacer lo que quiero y siento.

viernes, 5 de julio de 2013

ALBERT CAMUS

ALBERT CAMUS 

 EL MITO DE SÍSIFO


Henri Cartier-Bresson A Camus
Los dioses habían condenado a Sísifo a rodar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña desde donde la piedra volvería a caer por su propio peso. Habían pensado con algún fundamento que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza.
Si se ha de creer a Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. No obstante, según otra tradición, se inclinaba al oficio de bandido. No veo en ello contradicción. Difieren las opiniones sobre los motivos que le convirtieron en un trabajador inútil en los infiernos. Se le reprocha, ante todo, alguna ligereza con los dioses. Reveló sus secretos. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Júpiter. Al padre le asombró esa desaparición y se quejó a Sísifo. Éste, que conocía el rapto, se ofreció a informar sobre él a Asopo con la condición de que diese agua a la ciudadela de Corinto. Prefirió la bendición del agua a los rayos celestes.
Por ello le castigaron enviándole al infierno. Homero nos cuenta también que Sísifo había encadenado a la Muerte. Plutón no pudo soportar el espectáculo de su imperio desierto y silencioso. Envió al dios de la guerra, quien liberó a la Muerte de manos de su vencedor. Se dice también que Sísifo, cuando estaba a punto de morir, quiso imprudentemente poner a prueba el amor de su esposa. le ordenó que arrojara su cuerpo sin sepultura en medio de la plaza pública. Sísifo se encontró en los infiernos y allí irritado por una obediencia tan contraria al amor humano, obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su esposa. Pero cuando volvió a ver este mundo, a gustar del agua y el sol, de las piedras cálidas y el mar, ya no quiso volver a la sombra infernal.
Los llamamientos, las iras y las advertencias no sirvieron para nada. Vivió muchos años más ante la curva del golfo, la mar brillante y las sonrisas de la tierra. Fue necesario un decreto de los dioses. Mercurio bajó a la tierra a coger al audaz por la fuerza, le apartó de sus goces y le llevó por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su roca. Se ha comprendido ya que Sísifo es el héroe absurdo. Lo es en tanto por sus pasiones como por su tormento. Su desprecio de los dioses, su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio indecible en el que todo el ser dedica a no acabar nada. Es el precio que hay que pagar por las pasiones de esta tierra. no se nos dice nada sobre Sísifo en los infiernos. Los mitos están hechos para que la imaginación los anime. Con respecto a éste, lo único que se ve es todo el esfuerzo de un cuerpo tenso para levantar la enorme piedra, hacerla rodar y ayudarla a subir una pendiente cien veces recorrida; se ve el rostro crispado, la mejilla pegada a la piedra, la ayuda de un hombro que recibe la masa cubierta de arcilla, de un pie que la calza, la tensión de los brazos, la seguridad enteramente humana de dos manos llenas de tierra. Al final de ese largo esfuerzo, medido por el espacio sin cielo y el tiempo sin profundidad, se alcanza la meta. Sísifo ve entonces como la piedra desciende en algunos instantes hacia ese mundo inferior desde el que habrá de volverla a subir hacia las cimas, y baja de nuevo a la llanura. Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa. Un rostro que sufre tan cerca de las piedras es ya él mismo piedra.
Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero igual hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan seguramente como su desdicha, es la hora de la conciencia. En cada uno de los instantes en que abandona las cimas y se hunde poco a poco en las guaridas de los dioses, es superior a su destino. Es más fuerte que su roca. Si este mito es trágico lo es porque su protagonista tiene conciencia.
¿ En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito?. El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas y ese destino no es menos absurdo.
Pero no es trágico sino en los raros momentos en se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria. No hay destino que no venza con el desprecio.
Por lo tanto, si el descenso se hace algunos días con dolor, puede hacerse también con alegría. Esta palabra no está de más. Sigo imaginándome a Sísifo volviendo hacia su roca, y el dolor estaba al comienzo. Cuando las imágenes de la tierra se aferran demasiado fuertemente al recuerdo, cuando el llamamiento de la dicha se hace demasiado apremiante, sucede que la tristeza surge en el corazón del hombre: es la victoria de la roca, la roca misma. La inmensa angustia es demasiado pesada para poderla sobrellevar. Son nuestras noches de Getsemaní.
Pero las verdades aplastantes perecen al ser reconocidas. Así, Edipo obedece primeramente al destino sin saberlo, pero su tragedia comienza en el momento en que sabe.
Pero en el mismo instante, ciego y desesperado, reconoce que el único vínculo que le une al mundo es la mano fresca de una muchacha. Entonces resuena una frase desesperada: “A pesar de tantas pruebas, mi edad avanzada y la grandeza de mi alma me hacen juzgar que todo está bien”. El Edipo de Sófocles, como el Kirilov de Dostoievski, da así la fórmula de la victoria absurda. La sabiduría antigua coincide con el heroísmo moderno. No se descubre lo absurdo sin sentirse tentado a escribir algún manual de la dicha. ” Eh, cómo!. ¿ Por caminos tan estrechos…?”. Pero no hay más que un mundo. La dicha y lo absurdo son dos hijos de la misma tierra. Son inseparables. Sería un error decir que la dicha nace forzosamente del descubrimiento absurdo. Sucede también que la sensación de lo absurdo nace de la dicha. “Juzgo que todo está bien”, dice Edipo, y esta palabra es sagrada. Resuena en el universo y limitado del hombre. Enseña que todo no es ni ha sido agotado.
Expulsa de este mundo a un dios que había entrado en él con la insatisfacción y afición a los dolores inútiles.
Hace del destino un asunto humano, que debe ser arreglado entre los hombres. Toda la alegría silenciosa de Sísifo consiste en eso. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos.
En el universo vuelto de pronto a su silencio se alzan las mil vocecitas maravillosas de la tierra. Llamamientos inconscientes y secretos, invitaciones de todos los rostros constituyen el reverso necesario y el premio de la victoria. No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche. El hombre absurdo dice que sí y su esfuerzo no terminará nunca. Si hay un destino personal, no hay un destino superior, o, por lo menos no hay más que uno al que juzga fatal y despreciable. Por lo demás, sabe que es dueño de sus días. En ese instante sutil en que el hombre vuelve sobre su vida, como Sísifo vuelve hacia su roca, en ese ligero giro, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierten en su destino, creado por el, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado por su muerte. Así, persuadido del origen enteramente humano de todo lo que es humano, ciego que desea ver y que sabe que la noche no tiene fin, está siempre en marcha. La roca sigue rodando. Dejo a Sísifo al pie de la montaña. Se vuelve a encontrar siempre su carga. Pero Sísifo enseña la fidelidad superior que niega a los dioses y levanta las rocas. El también juzga que todo está bien. Este universo en adelante sin amo no le parece estéril ni fútil. Cada uno de los granos de esta piedra, cada trozo mineral de esta montaña llena de oscuridad forma por sí solo un mundo. El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.
Tiziano - Sísifo