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viernes, 19 de junio de 2015

James Salter (E.E.U.U.,1925-2015)

Polvo


Billy estaba bajo la casa. Hacía fresco allí, olía a tierra que llevaba cincuenta años sin remover. Una especie de polvo rancio se filtró a través de las tablas del suelo y cayó como lluvia sobre su cara. Lo escupió. Ladeó la cabeza, subió el brazo con cuidado y con la manga de la camisa se limpió al- rededor de los ojos. Giró la cabeza hacia la franja de luz natural que delimitaba el borde de la casa. Podía ver las piernas de Harry expuestas al sol: éste, de vez en cuando, con un gruñido, se arrodillaba para inspeccionar cómo iba todo allí abajo.

Estaban nivelando el suelo de la vieja casa de Bryant. Como todas, carecía de cimientos, se apoyaba sobre pilotes.

-El chico podría empezar por ahí -le gritó Harry.

-¿Por ahí?

-Eso es.

Billy volvió a limpiarse con parsimonia el polvo de los ojos y empezó a montar el gato. Las viguetas estaban a sólo un palmo de su cara.

Almorzaron sentados fuera. Hacía calor, un tiempo característico de la montaña. El sol era seco, el aire tan leve que apenas podía respirarse. Harry comía despacio. Tenía el cuello cubierto de arrugas, y una barba blanca de varios días a lo largo de la mandíbula.

La muerte estaba próxima para Harry Mies. Yacería desposeído, coloreadas sus mejillas, los espléndidos oídos de anciano sin oír. No es posible adivinar la cantidad de cosas que él sabía. Estaba solo en las lejanas regiones de su vida. La lluvia le había mojado, pero él había aguantado.

Hay animales que, al final, cuando les llega la hora, no se tumban a esperar. Él era de ésos. Cuando se arrodillaba, volvía a incorporarse poco a poco. Se apoyaba en una rodilla, hacía una pausa, y al final se balanceaba sobre ambos pies, como un caballo.

-El chico está en la peluquería del pueblo... -comentó. Billy dejaba marcas de dedos sobre el pan.

-¿En la peluquería?

-¿Qué se supone que hace, sino?

-Creo que es batería.

-¿Batería?

-En un grupo.

-Pues algo tiene que hacer -concluyó Harry.

Desenroscó la tapa de un termo y vertió en ella algo que parecía té. Se hallaban sentados bajo la quietud de los altos chopos, ni siquiera las hojas más ligeras se movían. Condujeron hasta el vertedero, el sol que se filtraba por el parabrisas les quemaba las rodillas. Había una vieja verja para encerrar el ganado, recuperada de algún lugar, tal vez un rancho que había quebrado. Estaba abierta, y Harry entró sin detenerse. Estaban en un terreno lleno de trastos y basura, al borde de un arroyo, un campo yermo siempre encendido. Del interior de una cabaña rodeada de viejos somiers salió un negro vestido con un mono. Era de hombros redondeados, corpulento como un toro. Había un viejo Chrysler de color verde aparcado en el extremo más apartado.

-Buscamos algo de cañería, Al-dijo Harry.

El hombre no contestó. Hizo una especie de gesto de indiferencia. Harry pasó y giró por un callejón de muebles viejos, cocinas, sillas de aluminio. Se percibía un olor ácido en el aire. Unas cuantas neveras, indestructibles, habían resbalado por la orilla y yacían medio hundidas en la corriente. Las cañerías estaban todas en un mismo sitio, la mayoría oxidadas. Billy movió a patadas algunos trozos, sin un objetivo claro.

-Servirán -comentó Harry.

Empezaron a trasladadas hasta el coche y las colocaron en el techo. Condujeron con lentitud, la cabeza del anciano algo inclinada hacia atrás. El coche oscilaba cada vez que entraba o salía de los baches. La cañería iba enrollada en la baca.

-Un tipo bastante legal, ese Al -dijo Harry. Se acercaban a la cabaña y levantó una mano al pasar. No había nadie en ella. Billy tenía la mente en otras cosas. El camino de regreso al pueblo parecía muy largo.

-Le han causado un montón de problemas -comentó Harry, mirando la carretera, la carretera desierta que conectaba todos aquellos pueblos. No tiene muy buen material allí –añadió

-A veces intenta cobrar un poco a cambio. Pero la gente cree que debería poder llevárselo por nada.

-A ti no te ha cobrado.

-¿A mí? No, yo le traigo algo de vez en cuando -dijo Harry-. El viejo Al y yo somos amigos. Al cabo de un rato añadió:

-Aseguran que éste es un país libre, yo no...

Los vaqueros del bar de Gerhart le llamaban el Sueco, pero él nunca entraba en el local. Le veían pasar por delante, la piel apergaminada, los brazos oscilantes, la lentitud de la vejez al andar. Es posible que tuviera cierta semejanza con los suecos, ojos claros por las mañanas de inalterable blancura, mañanas en el gran suroeste, café espeso en su taza, el día por delante. En el bar, los ceniceros eran de plástico, y el reloj tenía impresa una marca de whisky en la esfera.  Eran las cinco y media. Billy entró en el local.

-Aquí lo tenemos. No les hizo caso.

-¿Qué será, pues? -preguntó Gerhart.

-Cerveza.

En la pared había la cabeza disecada de un oso, con unas gafas apoyadas en la nariz y una lengua de yeso roja. Encima colgaba una bandera norteamericana, con un letrero que ponía: NO SE PERMITEN PERROS. En torno al mediodía acudían unas cuantas personas como Wayne Garrich, el de la agencia de seguros, que llevaban sombrero de paja estilo ranchero con las alas enrolladas en los lados. Luego llegaban los obreros de la construcción, con sus camisetas y sus gafas de sol, y los de la compañía del gas. Siempre estaba lleno después de las cinco. Los peones de los ranchos se sentaban juntos en las mesas, con las piernas estiradas. Llevaban cinturones con hebillas doradas en forma de cabeza de res.

-Son treinta centavos -dijo Gerhart -. ¿Qué haces ahora? ¿Todavía trabajas para el viejo Harry?

-Sí, bueno...

-La voz de Billy se fue apagando.

-¿Cuánto te paga? Le daba vergüenza decir la verdad.

-A dos cincuenta la hora.

-¡Jesús! -exclamó Gerhart-. Yo pago esto para que me barran los suelos.

Billy asintió. Carecía de respuesta.

El propio Harry cobraba tres dólares la hora. Era muy probable que hubiera gente en el pueblo que cobrara más, dijo, pero ésta era su tarifa. Por ese precio se comprometía a hacer los cimientos en tres semanas.

No había habido ni un solo día de lluvia. El sol caía como una losa sobre sus espaldas.

Harry sacó la pala y la azada del maletero del coche. Era un hombre alto, acarreaba las herramientas con una sola mano. Le dio la vuelta a la carretilla: los sacos de cemento estaban apilados debajo, encima de una tabla de contrachapado. Roció la carretilla con la manguera. Luego empezó a mezclar la primera carga de hormigón: cinco paladas de grava, tres de arena y una de cemento. De vez en cuando se detenía y sacaba una ramita o una brizna de hierba. El sol quemaba como una plancha al rojo vivo. Un sinfín de días como éste en Texas y sus alrededores. Revolvía la mezcla seca una y otra vez, y por último vertió el agua. Añadió más agua, y lo mezcló todo. La mezcla adquirió el intenso color gris de los ríos, la lisa superficie rota por la grava. Billy estaba a su lado, observando.

-No la quiero demasiado clara -murmuró el anciano. Siempre daba la sensación de que hablaba para sí. Dejó la azada a un lado

-Así ya está bien -dijo.

Tenía los hombros encorvados, había en ellos la huella del trabajo. Cogió los brazos de la carretilla sin enderezarse.

-Deja que la lleve yo -dijo Billy, estirando los brazos hacia la carretilla.

-No pasa nada -murmuró Harry, y sus dientes silbaron al pronunciar la ese.

Él mismo empujó la carretilla, la superficie ahora lisa oscilaba un poco de un lado a otro, y la dejó con una sacudida cerca de los moldes de madera que había montado. Billy había cavado la zanja. Después de revisar los moldes por última vez, inclinó la carretilla y el denso líquido cayó por la punta acanalada. Rascó la carretilla hasta vaciada, y luego recorrió el lateral de la zanja con la pala, clavándola para llenar los huecos. En el segundo viaje dejó que Billy empujara la carga, desnudo de cintura para arriba, el sol abrasándole los hombros y la espalda, los músculos le temblaban mientras sostenía en alto la carretilla. Al día siguiente dejó que él hiciera la mezcla.

Billy vivía cerca de la iglesia católica, en una habitación de la planta baja.



En ella había una ducha de metal. Dormía sin sábanas y por la mañana bebía la leche directamente del envase. Salía con una chica llamada Alma, que trabajaba de camarera en Daly's. Tenía las pantorrillas duras. No era muy habladora, pero su afabilidad le volvía loco. A veces estaba en el bar de Gerhart con alguien más, entre la confusión de voces y el estallido de alguna risa, los famosos pesos pesados colgando de la pared a sus espaldas. Había manchas de humedad cerca del techo. Y la puerta del aseo de caballeros no paraba de dar portazos.

Solían hablar de ella. Se quedaban de pie en la barra para poderla ver con sólo ladearse un poco. Era una chica en un pueblo pequeño. En la televisión transmitían un partido de fútbol desde Grand Junction, y ellos pensaban en sus piernas mientras miraban el partido. Era como un animal que todos codiciaban. Alma fumaba mucho, pero sus dientes eran blancos. Tenía la cara achatada, como las de los boxeadores. Viviría en el aparcamiento para casas-remolque, le había dicho Billy. Sus chicos comerían pan blanco en los enormes paquetes blandos de Woody Creek Store.

-Oh, ¿de veras?

No le había dicho que no. Se limitó a mirar hacia otro lado. Como un animal. No importaba cuán puros fueran éstos, cuán hermosos. Los transportaban por la autopista con estrepitosos camiones pesados, y las briznas de paja salían volando al pasar. Observados por la mirada fría de los va- queros. Los introducían en el matadero, los golpes repentinos que les rompían la osamenta, sus gritos amortiguados... Billy no solía gastar mucho dinero en ella; estaba ahorrando. Pero Alma nunca se lo mencionaba.
Vertieron la mezcla en el lado de la casa que daba a la calle Tres, y luego empezaron por la parte de la fachada. Billy pensaba en ella bajo el sol que le bronceaba los brazos. Levantó la pesada carretilla y todo su cuerpo se endureció, como un cable al tensado. Cuando terminaron, al atardecer, Harry lo limpió todo con la manguera y metió la pala y la azada en el maletero del coche. Se sentó en el asiento de delante y dejó la puerta abierta. Sonrió como para sí. Se le- vantó la gorra y se alisó el cabello.

-Oye. -Había algo que deseaba decide. Bajó la mirada al suelo. ¿Alguna vez has estado en el Oeste?

Tenía una historia de la California de los años treinta. Había muchos de ellos que iban de ciudad en ciudad, en busca de trabajo. Un día llegaron a un sitio, había olvidado su nombre, y entraron en un pequeño restaurante. En aquel entonces se podía conseguir una comida completa por treinta centavos, pero cuando fueron a pagar, el dueño les dijo que les costaría un dólar y medio a cada uno. Si no les gustaba, añadió, al final de la calle estaba el cuartelillo de la policía estatal. Después de esto, Harry cruzó la calle y entró en la barbería: su aspecto recordaba el del músico aquel, llevaba una larga melena... El barbero le puso el peinador alrededor del cuello. Cortar, le dijo Harry. Y luego, Oiga, espere un segundo. ¿Cuánto me costará? El barbero ya tenía las tijeras en la mano. Veo que ha comido en casa del griego, le dijo.

Harry soltó una risa breve, casi tímida. A continuación se volvió hacia Billy, enseñando sus largos dientes. Todos eran suyos... Billy se estaba abrochando la camisa. Hacía calor por la noche. El verano más caluroso en muchos años, todo el mundo lo decía, el más caluroso de su vida. En el bar de Gerhart, todos llevaban botas enormes y polvorientas.

-Joder, qué calor -se decían unos a otros.

-Ya no puede hacer más.

-¿Qué será, pues? -inquirió Gerhart. Su hijo tonto estaba aclarando vasos.

-Cerveza.

-Apetece con este calor, ¿eh? -preguntaba Gerhart, mientras servía la cerveza. Estaban en la barra, los brazos cubiertos de polvo. Al otro lado de la calle había un cine. Más arriba del desfiladero, la cantera de arena y grava. En los alrededores había ranchos, una fábrica de macadán, hombres como Wayne Garrich, que apenas hablaban, pues la amargura había penetrado en sus huesos. Eran hombres reflexivos, de hábitos pausados. Miraban a través de los cristales de las ventanas, grandes como los escaparates de las tiendas.

-Por allí va Billy.

-Sí, es él.

-Bueno, ¿qué opináis?

Exponían sus opiniones en voz baja, como si fueran apuestas. Sobre la barra, brazos del tamaño de troncos.

-¿Va o viene del asunto?
Los cimientos se habían concluido a comienzos de septiembre. Quedaba algo de arena donde había estado el montón; unos pocos restos de grava. Las noches ya eran frías, la primera desertización del invierno, ni una luz en el pueblo... Los árboles estaban en silencio, intimidados. De repente habían empezado a cambiar, los más grandes sobrevivirían.

Harry murió hacia las tres de la mañana. Había tenido que apoyarse en el carrito del supermercado, detrás de las estanterías, luchando por respirar. Intentó beber un poco de té. Luego se sentó en su sillón. Estaba entre dormido y despierto, encendida la luz de la cocina. De repente sintió un dolor espantoso, como si fuera a reventar. La boca se le quedó abierta, secos los labios. Había dejado muy poco, unas cuantas prendas de vestir, el Chevrolet lleno de herramientas. Todo tenía un aspecto apagado, sin vida. El mango de su martillo estaba liso.

Había trabajado por todas partes, en Galveston había construido buques durante la guerra. Encontraron fotos de cuando tendría veinte años, la misma nariz aguileña, el rostro duro de campesino. Parecía un faraón, allá en la funeraria. Le habían juntado las manos. Tenía las mejillas hundidas, los párpados como papel. Billy Amstel se marchó a México en un coche que él y Alma compraron por cuatrocientos dólares. Habían acordado compartir gastos. El sol pulía el parabrisas en su viaje hacia el sur. Ambos se contaron otros relatos de sus vidas.


tr: Antoni Puigros Jaume
Ed. Muchnik

jueves, 1 de agosto de 2013

James Salter: Anochecer

Anochecer

La señora Chandler, vestida con un traje entallado, estaba sola junto al escaparate, casi delante del letrero de neón que, en letras pequeñas de color rojo, anunciaba: CARNES DE PRIMERA. Parecía estar mirando las cebollas; tenía una en la mano. No había nadie más en la tienda. Vera Pini permanecía sentada ante la caja registradora, con su bata blanca, mirando los coches que pasaban. Afuera estaba nublado y soplaba el viento. El tráfico circulaba en un flujo casi continuo.
─Hoy tenemos un Brie excelente ─comentó Vera, sin moverse─. Acabamos de traerlo.
─¿De veras es bueno?
─Muy bueno.
─Está bien, me llevaré un poco.
La señora Chandler era una clienta habitual. No recurría al supermercado de las afueras del pueblo. Era una de las mejores clientas. O lo había sido. Ahora ya no compraba gran cosa.
En el panel de cristal del escaparate impactaron las primeras gotas de lluvia.
─Mire eso ─dijo Vera─. Ya empieza.
La señora Chandler volvió la cabeza. Observó el paso de los coches y tuvo la sensación de que no era como años atrás. De pronto, por alguna razón, se puso a pensar en las muchas veces que había salido con el coche, o en tren, y que al llegar al campo, nada más pisar el largo y desnudo  andén en medio de la oscuridad, su esposo o uno de los chicos le salía al encuentro. Hacía calor. Los árboles eran enormes y negros. Hola, cariño. Hola, mami, ¿has tenido buen viaje?
El pequeño letrero de neón brillaba con intensidad sobre el fondo gris. Al otro lado de la calle estaban el cementerio y su propio coche, de una marca extrajera, muy limpio, aparcado cerca de la puerta, en contradirección. Siempre lo hacía. Era una mujer que había vivido de una manera particular. Sabía cómo organizar una cena para mucha gente, cuidar perros, entrar en los restaurantes. Tenía su propia forma de contestar a las invitaciones, de vestirse, de ser ella misma. Se los podría calificar de hábitos incomparables. Era una mujer que leía libros, jugaba al golf y asistía a bodas, cuyas piernas estaban en forma, que había capeado temporales, una mujer espléndida a la que ahora nadie quería.
La puerta se abrió y entró uno de los granjeros. Llevaba botas de goma.
─Hola, Vera ─saludó.
Ella me miró.
─¿Cómo? ¿No estás cazando?
─Demasiada humedad ─contestó él: era viejo y parco en palabras─. En muchos sitios, el agua ha subido casi medio metro.
─Mi marido ha salido.
─Haberme avisado con tiempo, mujer ─dijo el anciano maliciosamente; tenía el rostro como borrado por el tiempo; descolorido igual que un viejo grabado.
Era tiempo de caza, lluvioso y con poca visibilidad. La temporada acababa de empezar. Todo el día se habían oído los nada frecuentes estampidos de escopetas, y cerca del mediodía una bandada de seis gansos había pasado, en desorden, por encima de la casa. Ella estaba sentada en la cocina y había oído sus chillidos estúpidos y ruidosos. Los había visto a través de la ventana. Volaban muy bajo, justo por encima de los árboles.
La casa estaba en medio del campo. Desde el piso de arriba podían verse graneros y cercas. Era una casa bonita, que durante años había considerado única. El jardín estaba cuidado, la leña apilada, las puertas de tela metálica en buen estado. Y por dentro lo mismo, todo bien seleccionado, los sofás mullidos y blancos, las alfombras, los sillones, la cristalería de Suecia que tan agradable era al tacto, las lámparas. «La casa es mi alma», solía decir.
Recordó la mañana en que había descubierto el ganso sobre el césped, un ejemplar de gran tamaño, largo cuello negro y collar blanco, inmóvil a menos de cinco metros. Ella había corrido hacia la escalera.
─Brookie ─había susurrado.
─¿Qué?
─Baja. No hagas ruido. Se acercaron a la ventana y luego uno al otro, Mirando sin atreverse a respirar.
─¿Qué hará, tan cerca de la casa?
─No sé.
─Es grande, ¿verdad?
─Mucho.
─Pero no tanto como Dancer.
─Dancer no puede volar.
Todo había desaparecido: caballo, ganso, muchacho… Recordaba aquella noche en que regresaban a casa después de cenar en casa de los Werner, donde habían conocido a una joven de rasgos muy puros, que había dejado a su marido para estudiar arquitectura. Rob Chandler no había hecho ningún comentario, se había limitado a escuchar, distraído, como si estuviera familiarizado con esa clase de noticias. A medianoche, en la cocina, nada más cerrar la puerta, se lo anunció. Le había dado la espalda para no mirarla, y estaba de cara a la mesa.
─¿Cómo? ─inquirió ella.
Su marido se disponía a repetirlo, pero le interrumpió.
─¿Cómo has dicho? ─preguntó paralizada.
Había conocido a otra.
─¿Qué has qué?
Ella se quedó con la casa. Había ido una sola vez al piso de la calle Ochenta y Dos, con sus grandes ventanales desde los que, si apretabas la mejilla contra el cristal, podías ver las escalinatas de la entrada al Museo Metropolitano de Bellas Artes. Un año después, él volvió a casarse. Durante un tiempo, ella había virado sin rumbo. Por las noches se sentaba en la sala de estar vacía, casi desvalida, sin preocuparse por comer, por hacer nada, acariciando la cabeza del perro y hablándole, acurrucada en el sofá a las dos de la madrugada y todavía sin desvestir. Un cansancio fatal se había apoderado de ella, pero después se serenó, empezó a ir a la iglesia y volvió a pintarse los labios.
Ahora, mientras regresaba a casa después de hacer la compra, las nubes enormes y plomizas se entremezclaban con la luz y se deslizaban por encima de los árboles. El viento soplaba a ráfagas. Cuando giró por el camino de la entrada, vio un coche aparcado allí. Por un momento se asustó, pero luego lo reconoció. La figura de un hombre se dirigía a su encuentro.
─Hola, Bill ─le saludó.
─Deja que te eche una mano. ─El hombre cogió del coche la bolsa de comestibles más grande y siguió a la mujer hacia la cocina.
─Déjala encima de la mesa ─dijo ella─ Eso es. Gracias. ¿Qué tal te ha ido?
El hombre llevaba una camisa blanca y una chaqueta deportiva, muy cara en su momento. Parecía hacer frío en la cocina. A lo lejos se oyó el débil estampido de las escopetas.
─Entra ─dijo ella─. Hace frío aquí.
─Sólo he venido para ver si hace falta reparar algo antes de que lleguen las heladas.
─Oh, entiendo… Bueno, está el baño de arriba. ¿Volverán a causar problemas?
─¿Te refieres a las cañerías?
─¿Se romperán otra vez este año?
─¿No pusimos aislamiento allí? ─preguntó él: había un ligero y elegante balbuceo en su forma de hablar, como si deslizara los sonidos por el borde de la lengua. Siempre lo había tenido─. El problema es que da al norte.
─Sí ─reconoció ella, mientras buscaba vagamente un cigarrillo─. ¿Por qué crees que lo colocarían allí?
─Bueno, ahí es donde siempre los ponen ─dijo él.
Tenía cuarenta años, pero aparentaba menos. Había algo sólido y desesperado en él, algo que le conservaba la juventud. Todo el verano en el campo de golf, y a veces hasta diciembre. Incluso allí parecía indiferente, con su cabello negro al viento… Incluso entre sus compañeros, como si estuviera matando el tiempo. Corrían un montón de rumores acerca de él. Era un ídolo caído. Su padre poseía una agencia inmobiliaria cerca de la autopista. Solares, granjas, tierras. Era una familia muy antigua en aquella región. Su apellido daba nombre a un camino vecinal.
─Hay un grifo estropeado. ¿Quieres echarle un vistazo?
─¿Qué le pasa?
─Gotea ─dijo ella─. Te lo enseño.
Le precedió escaleras arriba.
─Allí ─señaló hacia el baño─. ¿Lo oyes?
Con gestos espontáneos, Bill abrió y cerró varias veces el agua, tanteó debajo del grifo. Lo hacía sin acercarse, con un ligero movimiento de muñeca, como al descuido. Ella podía verle desde el dormitorio. Daba la sensación de que estuviera examinando otras cosas en la encimera.
Ella dio la luz y se sentó. Estaba a punto de anochecer, y de inmediato la habitación se torno acogedora. El papel de las paredes tenía un estampado azul y la moqueta era de un color blanco suave. La piedra pulimentada de la chimenea daba cierta sensación de orden. Afuera, los campos estaban desapareciendo. Era una hora serena, una hora que ella solía eludir. A veces, mirando hacia el océano, pensaba en su hijo, si bien aquello había ocurrido en el estrecho hacía mucho tiempo. Ya no lo recordaba todos los días. Aseguraban que con el tiempo el dolor se apagaba, pero que en realidad nunca se extinguía. Como ocurría con muchas otras cosas, en esto tenían razón. Él era el más joven y el más animado, aunque algo frágil. Todos los domingos rezaba por él en la iglesia. Su oración era muy sencilla: Oh, Señor, no lo desampares… Es muy pequeño… Tan sólo un chiquillo, añadía a veces. La visión de algo muerto, un pájaro aplastado en la carretera, las patas rígidas de un conejo, o incluso una serpiente muerta, la sobresaltaba.
─Creo que es la arandela de goma ─dijo él─. Voy a ver si te traigo una cuando vuelva.
─Bien… ¿Entonces pasará otro mes?
─Marian y yo volvemos a estar juntos. ¿Lo sabías?
─Oh, entiendo… ─Dejó escapar un ligero suspiro involuntario; se sentía extraña─. Yo, en… ─Qué debilidad, pensó luego─. ¿Y cuándo ha sido eso?
─Hace unas semanas.
Al cabo de un segundo, ella se levantó.
─¿Vamos abajo?
Percibió el reflejo de ambos al pasar ante la ventana de la escalera. Vio pasar su falda color albaricoque. El viento seguía soplando. Una rama desnuda frotaba contra el lateral de la casa. A menudo la oía por la noche.
─¿Tienes tiempo para una copa?
─Mejor que no.
Ella se sirvió un poco de whisky y fue a la cocina en busca de hielo de la nevera, luego añadió un poco de agua.
─Supongo que no te veré durante algún tiempo.
No había sucedido gran cosa. Algunas cenas en el Lanai, algunas noches inverosímiles. Era sólo la sensación de estar con alguien que te caía bien, alguien sencillo y contradictorio.
─Yo… ─Ella intentaba encontrar algo que decir.
─Desearías que no hubiese ocurrido.
─Algo por el estilo.
Él asintió. Seguía allí de pie. Su rostro había palidecido con la palidez del invierno.
─¿Y tú? ─preguntó ella.
─¡Oh, demonios! ─Nunca le había oído quejarse, sólo de ciertas personas─. Yo sólo soy un simple encargado de mantenimiento. Y ella es mi esposa. ¿Qué piensas hacer? ¿Ir a verla algún día y contárselo todo?
─Yo nunca haría una cosa así
─Espero que no ─dijo él.
Cuando la puerta se cerró, ella no se volvió. Oyó que, fuera, el coche arrancaba, y vio el reflejo de los faros. Se quedó frente al espejo, examinando su rostro con frialdad. Cuarenta y seis años. Estaban allí, en el cuello y bajo los ojos. Nunca sería tan joven. Debería haber suplicado, pensó. Tendría que haberle dicho todo lo que sentía, todo lo que de pronto le oprimía el corazón. L verano, con sus esperanzas y sus largos días, había concluido. Sintió el impulso de seguirle, de pasar con el coche por delante de su casa. Las luces estarían encendidas. Podría ver a alguien a través de las ventanas.
Esa noche oyó las ramas golpear contra la casa y resonar los bastidores de la ventana. Sentada a solas, pensó en los gansos, podía oírlos allí fuera. Había refrescado. El viento agitaba sus plumas. Vivían mucho tiempo, decía la gente; entre diez y quince años. El que habían visto en el césped tal vez siguiera con vida, acomodado en los campos junto con los demás, llegado del océano, de donde huían para ponerse a salvo, los supervivientes de las emboscadas sangrientas. En algún lugar de la hierba mojada, imaginó, habría uno de ellos, el oscuro pecho empapado, todavía erguido el gracioso cuello, las grandes alas pugnando por aletear, sangrientos sonidos expulsados por los agujeros del pico. Deambuló por la casa apagando las luces. La lluvia seguía cayendo, el mar chocaba con estrépito, un compañero yacía muerto en medio de los remolinos de la oscuridad.


en Anochecer(Muchnik Editores, Barcelona, 2002).