lunes, 22 de abril de 2013

Flannery O’Connor

La vida que salves puede ser la tuya

   
La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aún en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.   
La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.
El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala del sombrero con la punta de los dedos para saludar a la joven como si ésta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en la trampa de acero que eran sus mandíbulas. Parecía un hombre joven, pero tenía una mirada de serena insatisfacción, como si entendiera de la vida entera.
- Buenas tardes- dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.
El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz torcida. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuese la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.
El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.
- Señora- dijo con firme voz nasal-, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver al sol hacer esto todas las tardes.
- Lo hace todas las tarde- repuso la vieja, y se volvió a sentar.
            La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chicles y le tendió uno. Ella lo cogió, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.
            La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio- la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir- y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.
- ¿Conducen ustedes?- preguntó.
-  Ese coche no se ha movido en los últimos quince años- respondió la vieja. El día que murió mi marido, dejó de moverse.
-  Ya nada es como era antes, señora. El mundo está casi podrido.
- Tiene razón- convino ella-. ¿Es usted de por aquí?
- Tom T. Shiftlet- murmuró mirando los neumáticos.
-  Mucho gusto en conocerle- dijo la anciana-. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usted por aquí, señor Shiftlet?
            Él juzgó que el coche debía  ser un Ford de 1928 o 1929.
- Señora- dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención-, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que cogió un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano- repitió, inclinándose hacia ella-, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano- y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano- y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora- dijo, e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos color de arcilla brillaron-, ese hombre no sabe más que ustedes o que yo acerca de eso.
-  Es verdad- dijo la anciana.
-  Vaya, si cogiera ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más que ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué quiere apostar?
-   Nada- respondió la anciana sabiamente-. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?
            Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillos de madera y prendió uno en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego su nariz y encendió el cigarrillo.
               Lanzó al aire el cerillo apagado y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión socarrona.
- Señora- dijo-, en nuestros días la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennessee, pero usted nunca me había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Speeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy Thompson Bright, de Toolafalls, Mississippi?
- No sé nada de usted- musitó la anciana, fastidiada.
- Señora, a la gente no le importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que  puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora- añadió, e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre-, ¿qué es un hombre?
La anciana empezó a mordisquear una semilla.
- ¿Qué lleva en esa caja de hojalata, señor Shiftlet?- preguntó.
- Herramientas- respondió echándose acalla atrás-. Soy carpintero.
- Bueno, si viene aquí para trabajar, podré darle comida y un lugar para dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.
No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.
           -   Señora- dijo con lentitud-, para algunos hombres ciertas cosas significan más que el dinero.
            La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Éste dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín. Él hizo muchas preguntas y ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.
Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía huir al campo para ver el mundo entero y que ojala viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.
         -  ¿Está casado o soltero?- preguntó la anciana.
Hubo un largo silencio.
         -  Señora- dijo él al final-, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente en estos días? Yo no tomaría nada de esa basura que hay que levantar.
La hija estaba encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.
       -  ¿Es su hija?- preguntó.
       - La única que tengo- respondió la anciana-, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por nada del mundo. Y además es lista. Barre, guisa, lava, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la cambiaría ni por un cofre de joyas.
       -  No- dijo él con tono afable-, no deje que ningún hombre se la lleve.
       - El hombre que venga por ella- afirmó la anciana- tendrá que quedarse aquí.
En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el paracoche del automóvil que destellaba en la distancia.
      - Señora- dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba-, no hay nada roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre- agregó con adusta dignidad- aún cuando no esté entero. ¡Yo poseo- dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir- una inteligencia moral!- Y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.
Ella no se dejó impresionar por la frase.
        - Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida- dijo-, si no le importa dormir en ese coche.
        - Señora- dijo él con una sonrisa de satisfacción-, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!
        - No estaban tan avanzados como nosotros- repuso la anciana.
 A la mañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra “pájaro”. La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo “Pppajjjjarrro” y aplaudiendo. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.
El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.
Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynell se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que ésta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.
Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, dijo que podía afirmar que al coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos. “Ahora- dijo-, un hombre coloca un tornillo y otro hombre coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que se ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor.” La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.
El señor Shiftlet aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.
      - Enséñele a decir otra cosa- dijo la anciana.
      -¿Qué quiere que diga?- preguntó el señor Shiftlet.
La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.
     - Enséñele a decir “querido”- respondió.
El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente.
Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar.
La anciana dijo que le daría el dinero.
            - ¿Ve a esa chica?- le preguntó, señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aún en la oscuridad-. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: “¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!”, pero si él me dijera: “Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí”, yo le diría: “Señor, no tengo nada que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usted tonto”. Eso le diría.
            - ¿Qué edad tiene?- preguntó el señor Shiftlet como de pasada.
            - Quince o dieciséis- respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.
     -  Sería una buena idea pintarlo también- observó el señor Shiftlet-. No querrá que se cubra de herrumbre.
            - Ya veremos- repuso la anciana.
Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos, dando golpes con los pies y gritando. “¡Ppppaajjarro! ¡Ppajjarro!”, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.
Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecho al grano.
            -Quiere usted una mujer inocente, ¿no es así?- preguntó, comprensiva-. No quiere saber nada de la escoria.
            - Así es, señora.
            - Una que no hable- continuó ella-, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está. –Y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se cogía los pies con las manos.
            - Así es- admitió él-. No me daría ningún problema.
            - El sábado- dijo la anciana-, usted, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.
El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.
            -No me puedo casar en este momento- repuso-. Todo lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy sin blanca.
            - ¿Para qué necesita el dinero?- preguntó la vieja.
            - Hace falta dinero- respondió él-. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor- añadió con firmeza- a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. Me educaron de esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre me enseñó cómo debía comportarme.
            - Lucynell ni siquiera sabe qu´es un hotel- musitó la anciana-. Escuche, señor Shiftlet- dijo inclinándose hacia delante-, conseguirá usté un hogar y un pozo d´agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.
Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.
            - Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.
La vieja apretó las encías.
            - Un cuerpo y un espíritu- repitió él-. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lado; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre…
            - Escuche, señor Shiftlet- repuso ella-, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en aquel cobertizo, hay un buen coche. – Preparó el cebo con cuidado-. Para el sábado lo puede tener usted pintado. Yo pagaré la pintura.
En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:
            - Tan sólo digo que el espíritu de un hombre es más importante para él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.
            - Le daré quince dólares para un viaje de fin de semana- dijo la vieja con tono desabrido-. Es lo único que puedo hacer.
            - Eso apenas servirá para pagar la gasolina y el hotel- repuso él-. No alcanzaría para la comida de ella.
            - Diecisiete cincuenta- dijo la anciana-. Es todo lo que tengo, así que es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida de aquí.
El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra “exprimir”. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón, pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.
            - Procuraré que eso alcance- repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.
El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynell se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien lo sujetaba.
            - Esto no me ha gustado- dijo-. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cortaran en pedazos, no sabrían nada de mí. No me ha gustado nada.
            - Sí ha cumplido la ley- dijo la anciana con aspereza.
            - La ley- replicó el señor Shiftlet, y escupió-. Es la ley lo que no me gusta.
Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:
            - ¿No está guapa, Lucynell? Parece una muñeca.
Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.
            - ¡Se lleva usted una joya!- dijo la anciana
El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.
Volvieron a la casa para dejar a la anciana y coger la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.
            - Nunca me he separado de ella dos días- dijo.
El señor Shiftlet puso el motor en marcha.
            - Y no se la daría a ningún hombre, a excepción de usted, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida- añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.
Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que sólo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer.
De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una a una por la ventanilla. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía tener hambre de nuevo y, al llegar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio llamado The hot Spot, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En The Hot Spot no había nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.
            - Dáselo en cuanto despierte- dijo el señor Shiftlet-. Lo pagaré ahora.
El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.
            - Parece un ángel de Dios- murmuró.
            - Estaba pidiendo raite- explicó el señor Shiftlet-. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.
El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.
Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenía responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien pidiendo raite. De vez en cuando, veía letreros que rezaban: CONDUZCA CON CUIDADO. LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA:
La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.            
- Hijo- dijo el señor Shiftlet-, veo que quieres viajar.
El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet.
Éste se sintió angustiado.                  
- Hijo- dijo al cabo de un minuto-, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes tener la segunda mejor.
El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventanilla.
- No hay nada más dulce- continuó el señor Shiftlet- que la madre de uno.
Me enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacía, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló para que yo hiciera las cosas bien. Hijo- añadió-, ningún día de mi vida he lamentado tanto como aquél en que abandoné a mi madre.
El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.
- Mi madre era un ángel de Dios- prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada-. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné.- Sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.
El muchacho se volvió con rabia en el asiento.
- ¡Vete a la mierda!- gritó-. ¡Mi vieja es una bola de piojos y la tuya es una zorra apestosa!- Y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.                        
El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.
            - ¡Oh, Señor!- rezó-. ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!

El nabo continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobil.

FELICIDAD CLANDESTINA de CLARICE LISPECTOR

CLARICE LISPECTOR – FELICIDAD CLANDESTINA


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Niña con libro, Pintura de Pedro Fausto Rodriguez Pérez
Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio amarillento. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos chatas. Como si no fuese suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historietas le habría gustado tener: un padre dueño de una librería.
No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos: incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del padre. Encima siempre era un paisaje de Recife, la ciudad donde vivíamos, con sus puentes más que vistos.
Detrás escribía con letra elaboradísima palabras como “fecha natalicio” y “recuerdos”.
Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, altas, de cabello libre. Conmigo ejerció su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.
Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como al pasar, me informó que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.
Era un libro gordo, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.
Hasta el día siguiente, de alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, flotaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.
Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, y no me caí una sola vez.
Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviese al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el curso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.
Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña. Y yo, que era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.
Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la madre. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortado de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, madre buena, entendió a fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: ¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera querías leerlo!
Y lo peor para la mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos espiaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: Vas a prestar ahora mismo ese libro. Y a mí: Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras.
¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubiesen regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.
¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Cogí el libro. No, no partí saltando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.
Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad siempre habría de ser clandestina. Era como si yo lo presintiera.      ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.
A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

domingo, 14 de abril de 2013

José Emilio Pacheco

El viento distante 



En un extremo de la barraca el hombre fuma, mira su rostro en el espejo, el humo al fondo del cristal. La luz se apaga, y él ya no siente el humo y en la tiniebla nada se refleja.
El hombre está cubierto de sudor. La noche es densa y árida. El aire se ha detenido en la barraca. Sólo hay silencio en la feria ambulante.
Camina hasta el acuario, enciende un fósforo, lo deja arder y mira lo que yace bajo el agua. Entonces piensa en otros días, en otra noche que se llevó el viento distante, en otro tiempo que los separa y los divide como esa noche los apartan el agua y el dolor, la lenta oscuridad.
Para matar las horas, para olvidarnos de nosotros mismos, Adriana y yo vagábamos por las desiertas calles de la aldea. En una plaza hallamos una feria ambulante y Adriana se obstinó en que subiéramos a algunos aparatos. Al bajar de la rueda de la fortuna, el látigo, las sillas voladoras, aún tuve puntería para abatir con diecisiete perdigones once oscilantes figuritas de plomo. Luego enlacé objetos de barro, resistí toques eléctricos y obtuve de un canario amaestrado un papel rojo que develaba el porvenir.
Adriana era feliz regresando a una estéril infancia. Hastiados del amor, de las palabras, de todo lo que dejan las palabras, encontramos aquella tarde de domingo un sitio primitivo que concedía el olvido y la inocencia. Me negué a entrar en la casa de los espejos, y Adriana vio a orillas de la feria una barraca sola, miserable.
Al acercarnos el hombre que estaba en la puerta recitó una incoherente letanía:
—Pasen, señores: vean a Madreselva, la infeliz niña que un castigo del cielo convirtió en tortuga por desobedecer a sus mayores y no asistir a misa los domingos. Vean a Madreselva, escuchen en su boca la narración de su tragedia.
Entramos en la carpa. En un acuario iluminado estaba Madreselva con su cuerpo de tortuga y su rostro de niña. Sentimos vergüenza de estar allí disfrutando el ridículo del hombre y de la niña, que muy probablemente era su hija.
Cuando acabó el relato, la tortuga nos miró a través del acuario con el gesto rendido de la bestia que se desangra bajo los pies del cazador.
—Es horrible, es infame —dijo Adriana mientras nos alejábamos.
—No es horrible ni infame: el hombre es un ventrílocuo. La niña se coloca de rodillas en la parte posterior del acuario, la ilusión óptica te hace creer que en realidad tiene cuerpo de tortuga. Tan simple como todos los trucos. Si no me crees te invito a conocer el verdadero juego.
Regresamos. Busqué una hendidura entre las tablas. Un minuto después Adriana me pidió que la apartara -y nunca hemos hablado del domingo en la feria.

El hombre toma en brazos a la tortuga para extraerla del acuario. Ya en el suelo, la tortuga se despoja de la falsa cabeza. Su verdadera boca dice oscuras palabras que no se escuchan fuera del agua. El hombre se arrodilla, la besa y la atrae a su pecho. Llora sobre el caparazón húmedo, tierno. Nadie comprendería que está solo, nadie entendería que la quiere. Vuelve a depositaria sobre el limo, oculta los sollozos y vende otros boletos. Se ilumina el acuario. Ascienden las burbujas. La tortuga comienza su relato.

viernes, 12 de abril de 2013

Miguel Hernández

La Pelota
Cuando yo tenía ocho años pasé una larga temporada con mi abuela en una casita pobre. Una tarde le pedí muchas veces una pelota de varios colores que yo veía a cada momento en el almacén. Al principio mi abuela me dijo que no podía comprármela, y que no la cargoseara; después me amenazó con pegarme; pero al rato y desde la puerta de la casita —pronto para correr— yo le volví a pedir que me comprara la pelota. Pasaron unos instantes y cuando ella se levantó de la máquina donde cosía, yo salí corriendo. Sin embargo ella no me persiguió: empezó a revolver un baúl y a sacar trapos. Cuando me di cuenta que quería hacer una pelota de trapo, me vino mucho fastidio. Jamás esa pelota sería como la del almacén. Mientras ella la forraba y le daba puntadas, me decía que no podía comprar la otra y que no había más remedio que conformarse con ésta. Lo malo era que ella me decía que la de trapo sería más linda; era eso lo que me hacía rabiar. Cuando la estaba terminando, vi como ella la redondeaba, tuve un instante de sorpresa y sin querer hice una sonrisa; pero enseguida me volví a encaprichar. Al tirarla contra el patio el trapo blanco del forro se ensució de tierra; yo la sacudía y la pelota perdía la forma: me daba angustia de verla tan fea; aquello no era una pelota, yo tenía la ilusión de la otra y empecé a rabiar de nuevo. Después de haberle dado las más furiosas "patadas" me encontré con que la pelota hacía movimientos por su cuenta: tomaba direcciones e iba a lugares que no eran los que yo imaginaba; tenía un poco de voluntad propia y parecía un animalito; le venían caprichos que me hacían pensar que ella tampoco tendría ganas de que yo jugara con ella. A veces se achataba y corría con una dificultad ridícula; de pronto parecía que iba a parar, pero después resolvía dar dos o tres vueltas más. En una de las veces que le pegué con todas mis fuerzas, no tomó dirección ninguna y quedó dando vueltas a una velocidad vertiginosa. Quise que eso se repitiera pero no lo conseguí. Cuando me cansé, se me ocurrió que aquél era un juego muy bobo; casi todo el trabajo lo tenía que hacer yo; pegarle a la pelota era lindo; pero después uno se cansaba de ir a buscarla a cada momento. Entonces la abandoné en la mitad del patio. Después volví a pensar en la del almacén y a pedirle a mi abuela que me la comprara. Ella volvió a negármela pero me mandó a comprar dulce de membrillo. (Cuando era día de fiesta o estábamos tristes, comíamos dulce de membrillo). En el momento de cruzar el patio para ir al almacén, vi la pelota tan tranquila que me tentó y quise pegarle una "patada" bien en el medio y bien fuerte; para conseguirlo tuve que ensayarlo varias veces. Como yo iba al almacén, mi abuela me la quitó y me dijo que me la daría cuando volviera. En el almacén no quise mirar la otra, aunque sentía que ella me miraba a mí con sus colores fuertes. Después que nos comimos el dulce yo empecé de nueva a desear la pelota que mi abuela me había quitado; pero cuando me la dio y jugué de nuevo me aburrí muy pronto. Entonces decidí ponerla en el portón y cuando pasara uno por la calle tirarle un pelotazo. Esperé sentado encima de ella. No pasó nadie. Al rato me paré para seguir)jugando y al mirarla la encontré más ridícula que nunca; había quedado chata como una torta. Al principio me hizo gracia y me la ponía en la cabeza, la tiraba al suelo para sentir el ruido sordo que hacía al caer contra el piso de tierra y por último la hacía correr de costado como si fuera una rueda.
Cuando me volvió el cansancio y la angustia le fui a decir a mi abuela que aquello no era una pelota, que era una torta y que si ella no me compraba la del almacén yo me moriría de tristeza. Ella se empezó a reír y hacer saltar su gran barriga. Entonces yo puse mi cabeza en su abdomen y sin sacarla de allí me senté en una silla que mi abuela me arrimó. La barriga era como una gran pelota caliente que subía y bajaba con la respiración. Y después yo me fui quedando dormido.

viernes, 5 de abril de 2013

Alejandro Dolina


Refutación de los viajes

Perdidos en Parque Chas es la crónica de una frustada noche de garufa.
Mandeb y sus amigos fueron invitados a un baile en la calle Bucarest.
Desdeñando las advertencias de los hombres sabios, se internaron en el barrio sin salida.
Y ya se sabe lo que ocurre en Parque Chas: uno se pierde irremediablemente. Vale la Pena transcribir una líneas.
"A eso de las doce, llegamos a la misma cigarrería. Ya era la quinta vez.
Como en las otras ocasiones, interrogamos al viejo que atendía.
Sus indicaciones fueron nuevamente distintas. Loco de furor, salté sobre el mostrador y comencé a estrangularlo.
-Viejo mentiroso... ¿cuál es la calle Bucarest? ¿Cómo se sale de este infierno?
-El anciano acabó por confesar que no lo sabía. Muy compungido, admitió que él mismo había desembocado en Parque Chas en 1939. No habiendo podido salir de allí, se resignó a instalar un quiosco, gracias al cual sobrevivía, aunque abrigaba el secreto anhelo de volver a Villa Crespo, barrio del que nunca debió salir."
Este capítulo finaliza con la providencial intervención de un taximetrero, quien si bien no acertó a llevarlos a la calle Bucarest, por lo menos los sacó -después de varias horas- a la Avenida de los Incas. 


de Crónicas del Angel Gris, (Editorial Colihue - 1996).

viernes, 15 de marzo de 2013

Naguib Mahfuz. (El Cairo, 1911-2006)

Jardín de Infancia

—Papá...
—¿Qué?
—Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.
—Claro, mujer, porque es tu amiga.
—En clase... en el recreo... a la hora de comer...
—Estupendo... es una niña buena y juiciosa. —Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.
Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:
—Sí... pero sólo en la clase de religión...
—¿Y por qué, papá?
—Porque tú eres de una religión y ella de otra.
—Pero, ¿por qué, papá?
—Porque tú eres musulmana y ella cristiana. —¿Y por qué, papá?
—Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás...
—No, ¡soy mayor!
—No, eres pequeña, cariñito...
—¿Y por qué soy musulmana?
Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:
—Porque papá es musulmán... mamá es musulmana...
—¿Y Nadia?
—Porque su papá es cristiano y su mamá también...
—¿Porque su papá lleva gafas?
—No... Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y...
Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:
—¿Cuál es mejor?
Dudó un momento antes de contestar:
—Las dos...
—¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!
—Es que las dos lo son.
—¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?
—No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá...
—¿Y por qué?
Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.
—¿Por qué no esperas a ser mayor?
—No ¡Ahora!
—Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.
—¿Nadia tiene mal gusto?
Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.
—Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá...
—¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?
Salió al paso:
—Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y por qué yo le adoro en una habitación y ella en otra?
—Porque ella le adora de una manera y tú de otra.
—¿Y cuál es la diferencia, papá?
—Ya lo estudiarás el curso que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y quién es Dios, papá?
Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:
—¿Qué os ha dicho Abla?
—Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?
Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:
—Es el Creador del mundo.
—¿De todo?
—De todo.
—¿Qué quiere decir Creador, papá?
—Quiere decir que lo ha hecho todo.
—¿Cómo, papá?
—Con su Sumo poder.
—¿Y dónde vive?
—En todo el mundo.
—¿Y antes del mundo?
—Arriba. . .
—¿En el cielo?
—Sí. . .
—Quiero verle.
—No se puede.
—¿Ni en la televisión?
—No.
—¿Y no lo ha visto nadie?
—Nadie.
—¿Y por qué sabes que está arriba?
—Porque sí.
—¿Quién adivinó que estaba arriba?
—Los profetas.
—¿Los profetas?
—Sí como nuestro señor Mahoma.
—¿Y cómo, papá?
—Por una gracia especial.
—¿Tenía los ojos muy grandes?
—Sí.
—¿Y por qué, papá?
—Porque Dios le creó así.
—¿Y por qué, papá?
Contestó tratando de no perder la paciencia:
—Porque puede hacer lo que quiere...
—¿Y cómo dices que es?
—Muy grande, muy fuerte, todo lo puede...
—¿Como tú, papá?
Contestó disimulando una sonrisa:
—Es incomparable.
—¿Y por qué vive arriba?
—Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo.
Se distrajo un momento, pero volvió:
—Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra.
—No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.
—Y también me ha dicho que la gente le mató.
—No, está vivo, no ha muerto.
—Pues Nadia me ha dicho que le mataron.
—Qué va, cariñito, creyeron que le habían matado pero estaba vivo.
—¿El abuelo también está vivo?
—No, el abuelo murió.
—¿Le han matado?
—No, se murió.
—¿Cómo?
—Se puso enfermo y se murió.
—Entonces ¿mi hermana va a morirse?
Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre:
—Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere...
—¿Por qué se murió entonces el abuelo?
—Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.
—¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!
La madre le miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:
—Nos morimos cuando Dios lo dispone.
—¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?
—Porque es libre de hacer lo que quiere.
—¿Es bonito morirse?
—Qué va, mi vida.
—¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?
—Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.
—Pero tú acabas de decir que no lo es.
—Me he equivocado, querida.
—¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?
—Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.
—¿,Y por qué no, papá?
—Porque Él nos ha puesto aquí y Él se nos lleva
—¿Y por qué, papá?
—Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.
—¿Y por qué no nos quedamos siempre?
—Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.
—¿Y dejamos las cosas buenas?
—Sí, por otras mucho mejores.
—¿Dónde están?
—Arriba.
—¿Con Dios?
—Sí.
—¿Y le veremos?
—Sí.
—¿Y eso es bonito?
—Claro.
—Entonces, ¡vámonos!
—Pero aún no hemos hecho cosas buenas.
—¿El abuelo las había hecho?
—Sí.
—¿Cuáles?
—Construir una casa, plantar un jardín...
—¿Y qué había hecho el primo Totó?
Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:
—Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse...
—Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas...
—Es que él ha nacido anormal.
—¿Y cuándo va a morirse?
—Cuando Dios quiera.
—¿Aunque no haga cosas buenas?
—Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.
Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:
—¡Yo quiero estar siempre con Nadia!
La miró inquisitivo y ella declaró:
—¡En la clase de religión también!
Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando:
—Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel...
Habló la mujer:
—Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.
Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.
© Traducción de Marcelino Villegas y María J. Viguera
Instituto Hispano-Árabe de Cultura, Madrid, 1988