miércoles, 18 de julio de 2007

Ernest Hemmingway

La breve vida feliz de Francis Macomber

Era hora de comer y estaban sentados bajo la doble lona verde de la tienda comedor, fingiendo que no había pasado nada. —¿Queréis zumo de lima o limonada? —preguntó Macomber.
—Yo tomaré un gimlet —le dijo Robert Wilson.
—Yo también tomaré un gimlet. Necesito tomar algo —dijo la mujer de Macomber.
—Supongo que es lo mejor —coincidió Macomber—. Dígale que prepare tres gimlets.
El criado ya había comenzado a prepararlos, sacando las botellas de las bolsas de lona isotérmicas, empapadas de humedad en el viento que soplaba a través de los árboles que sombreaban las tiendas.
—¿Qué debería darles? —preguntó Macomber.
—Una libra sería más que suficiente —le dijo Wilson—. No querrá malcriarlos.
—¿El capataz lo repartirá?
—Desde luego.
Media hora antes Francis Macomber había sido triunfalmente transportado hasta su tienda, desde los límites del campamento, a hombros y brazos del cocinero, los criados, el despellejador y los porteadores. Los porteadores de armas no habían tomado parte en el desfile. Cuando los muchachos nativos lo depositaron en el suelo a la puerta de su tienda, Macomber les estrechó a todos la mano, recibió sus felicitaciones y luego entró y se sentó en la cama hasta que llegó su mujer. Cuando ella entró no le dijo nada, él salió de la tienda enseguida para lavarse la cara y las manos en la jofaina portátil que había fuera y dirigirse luego a la tienda comedor, donde se sentó en una cómoda silla de lona a la brisa y a la sombra.
—Ya ha conseguido su león —le dijo Robert Wilson—, y un león condenadamente bueno.
La señora Macomber se volvió rauda hacia Wilson. Era una mujer extremadamente guapa y bien conservada, poseía la belleza y posición social que cinco años atrás le habían permitido exigir cinco mil dólares para promocionar, con fotografías, un producto de belleza que nunca había utilizado. Llevaba once años casada con Francis Macomber.
—Era un buen león, ¿verdad? —dijo Francis Macomber. Ahora su esposa le miraba. Miraba a los dos hombres como si nunca los hubiera visto.
A uno, Wilson, el cazador profesional, sabía que no lo había visto antes de emprender el safari. Era de estatura mediana y pelo pajizo, bigotillo de pelos cortos y tiesos, la cara muy roja y unos ojos extremadamente azules con unas arruguillas blancas en las comisuras que se hacían más profundas cuando sonreía. Ahora él le sonreía, y ella apartó la mirada de su cara y la dirigió a la caída de sus hombros bajo la chaqueta holgada que llevaba, con cuatro grandes cartuchos en las presillas donde debería haber habido el bolsillo izquierdo, a sus manos grandes y morenas, a sus pantalones viejos, sus botas muy sucias, y luego volvió a su cara roja. Se fijó en  que el rojo recocido de su cara quedaba delimitado por una línea blanca que señalaba la frontera de su sombrero Stetson, que ahora colgaba de uno de los colgadores del palo de la tienda.
—Bueno, por el león —dijo Robert Wilson. Volvió a sonreír a la señora Macomber, y esta, sin sonreír, miró con curiosidad a su marido.
Francis Macomber era muy alto, muy bien formado si no te importaba que tuviera los huesos tan largos, atezado, con el pelo rapado como un galeote, labios bastante finos, y se le consideraba un hombre apuesto. Llevaba la misma clase de ropas de safari que Wilson, solo que las suyas eran nuevas. Tenía treinta y cinco años, se mantenía muy en forma, era buen deportista, poseía varios récords de pesca mayor, y acababa de demostrarse a sí mismo, a la vista de todo el mundo, que era un cobarde.
—Por el león —dijo—. Nunca podré agradecerle lo que hizo. Margaret, su esposa, apartó la mirada de él y la dirigió a Wilson.
—No hablemos del león —dijo ella.
Wilson le dirigió una mirada sin sonreír y ahora fue ella quien le sonrió.
—Ha sido un día muy raro —dijo—. ¿No debería llevar el sombrero puesto aunque estemos debajo de una lona? Me lo dijo usted, por si no lo recuerda.
—Puede que me lo ponga —dijo Wilson.
—Sabe que tiene la cara muy roja, señor Wilson —le dijo ella, y volvió a sonreír.
—La bebida —dijo Wilson.
—No lo creo —dijo ella—. Francis bebe mucho, pero la cara nunca se le pone roja.
—Hoy está roja —dijo Macomber intentando hacer un chiste.
—No —dijo Margaret—. La mía es la que está hoy roja. Pero la del señor Wilson lo está siempre.
—Debe de ser una cuestión racial —dijo Wilson—. Y digo yo, ¿qué les parece si dejamos de hablar de mi belleza?
—Pero si acabo de empezar.
—Pues vamos a dejarlo —dijo Wilson.
—La conversación va a ser difícil —dijo Margaret.
—No seas tonta, Margot —dijo su marido.
—De difícil nada —dijo Wilson—. Ha conseguido un león magnífico.
Margot los miró a los dos, y ambos se dieron cuenta de que estaba a punto de llorar. Wilson hacía ya rato que se lo veía venir, y le aterraba. Pero Macomber ya había superado ese terror.
—Ojalá no hubiera ocurrido. Oh, ojalá no hubiera ocurrido —dijo ella, y se dirigió a su tienda. No emitió ningún sonido, pero los dos vieron que le temblaban los hombros bajo la camisa de color rosa, resistente al sol.
—Las mujeres se disgustan —le dijo Wilson al hombre alto—. En realidad no ha sido nada. Los nervios demasiado tensos, y una cosa y otra...
—No —dijo Macomber—. Supongo que ahora llevaré esa cruz el resto de mi vida.
—Tonterías. Tomemos una copa de este matagigantes —dijo Wilson—. Olvídelo todo. No ha sido nada.
—Lo intentaremos —dijo Macomber—. De todos modos, nunca olvidaré lo que hizo por mí.
—Nada —dijo Wilson—. Tonterías.
De modo que se quedaron sentados a la sombra. Habían instalado el campamento bajo unas acacias de ancha copa, y detrás de ellos había un precipicio salpicado de rocas, delante una extensión de hierba que iba hasta la orilla de un arroyo lleno de rocas, y más allá un bosque. Tomaron sus bebidas de lima, enfriadas al punto, y evitaron mirarse a los ojos mientras los criados preparaban la mesa para comer. Wilson se dio cuenta de que todos los criados ya estaban al corriente, y cuando vio al criado personal de Macomber mirando a su amo lleno de curiosidad mientras ponía los platos en la mesa le espetó unas palabras en swahili. El chico apartó la mirada. Estaba pálido.
—¿Qué le estaba diciendo? —preguntó Macomber.
—Nada. Le he dicho que se espabilara o me encargaría de que le dieran quince de los buenos.
—¿Quince qué? ¿Azotes?
—Es ilegal —dijo Wilson—. Se supone que debemos multarlos.
—¿Y usted aún los azota?
—Oh, sí. Si decidieran quejarse armarían un follón de mil demonios. Pero no se quejan. Lo prefieran a las multas.
—¡Qué raro! —dijo Macomber.
—No, la verdad es que no es raro —dijo Wilson—. Usted, ¿qué preferiría, perder el sueldo o que le dieran unos buenos azotes?
Pero enseguida se avergonzó de haberle hecho aquella pregunta, y antes de que Macomber pudiera contestar añadió:
—A todos nos dan una paliza todos los días, sabe, de uno u otro modo.
Eso tampoco lo arregló. Dios mío, se dijo. Qué diplomático
soy.
—Sí, a todos nos dan una paliza —dijo Macomber, todavía sin mirarle—. Siento muchísimo lo del león. No tiene por qué salir de aquí, ¿verdad? Quiero decir que nadie tiene por qué enterarse, ¿no cree?
—¿Quiere decir si lo contaré en el Mathaiga Club? —Ahora Wilson lo miraba fríamente. No se esperaba eso. Así que además de un maldito cobarde es un maldito cabrón, se dijo. Me caía bastante bien hasta hoy. Pero con los americanos nunca se sabe.
—No —dijo Wilson—. Soy un cazador profesional. Nunca hablamos de nuestros clientes. Puede estar tranquilo por lo que a eso respecta. Además, se supone que es de mal tono pedirnos que no hablemos.
Acababa de decidir que lo mip fácil sería romper cualquier asomo de amistad. Comería solo, y durante las comidas podría leer. Todos comerían solos. Durante el safari mantendría con ellos esa relación más formal —¿cómo lo llamaban los franceses?, distinguida consideración— y sería muchísimo más fácil que tener que pasar por toda esa basura emocional. Le insultaría y romperían limpiamente su amistad. Luego podría leer algún libro a la hora de comer y seguiría bebiéndose el whisky de los Macomber. Esa era la frase adecuada para cuando un safari iba mal. Te topabas con otro cazador y le preguntabas: «¿Cómo va todo?», y él te contestaba: «Oh, todavía sigo bebiéndome su whisky», y sabías que todo se había ido al garete.
—Lo siento —dijo Macomber, y lo miró con esa cara de americano que seguiría siendo adolescente hasta que alcanzara la mediana edad, y Wilson observó su pelo cortado a cepillo, su mirada apenas furtiva, la hermosa nariz, sus finos labios y la apuesta barbilla—. Siento mucho no haberme dado cuenta. Hay muchas cosas que ignoro.
Qué podía hacer, pues, se dijo Wilson. Estaba a punto de acabar con aquella relación de una manera rápida y limpia, y el miserable se ponía a disculparse después de haberlo insultado.
—No se preocupe por lo que yo pueda decir —replicó Wil
son—. Tengo que ganarme la vida. Ya sabe que en África ninguna mujer falla cuando dispara a su león y ningún hombre blanco sale nunca por piernas.
—Pues yo salí corriendo como un conejo —dijo Macomber. Bueno, qué demonios había que hacer con un hombre que hablaba así, se preguntó Wilson.
Wilson miró a Macomber con sus ojos azules y apagados de quien sabe manejar una ametralladora y el otro le devolvió la sonrisa. Tenía una agradable sonrisa si no te fijabas en cómo lo delataban los ojos cuando estaba ofendido.
—A lo mejor puedo arreglarlo cuando cacemos búfalos —dijo Macomber—. Cazaremos búfalos, ¿verdad?
—Por la mañana, si quiere —le dijo Wilson. Tal vez se había equivocado. Desde luego, así era como había que tomárselo. Desde luego, no se sabía nunca con estos americanos. Ahora ya volvía a estar del lado de Macomber. Si conseguía olvidarse de esa mañana. Pero claro, no podía. Aquella había sido una mala mañana con ganas.
—Aquí viene la memsahib —dijo. Volvía de su tienda, parecía haberse refrescado y se la veía alegre y encantadora. Su cara era un óvalo perfecto, tan perfecto que esperabas que fuera estúpida. Pero no lo era, se dijo Wilson, no, no era estúpida.
—¿Cómo está el guapo señor Wilson de cara roja? ¿Te encuentras mejor, Francis, tesoro?
—Oh, mucho mejor —dijo Francis.
—Ya no quiero pensar más en eso —dijo Margaret, sentándose a la mesa—. ¿Qué más da que Francis sea bueno o no matando leones? No es su oficio. Es el oficio del señor Wilson. El señor Wilson impresiona bastante matando cualquier cosa. Usted mata cualquier cosa, ¿verdad?
—Oh, lo que sea —dijo Wilson—. Sencillamente, lo que sea. —Son las más duras del mundo; las más duras, las más crueles, las más depredadoras y las más atractivas, y sus hombres se han ablandado o se han quedado con los nervios destrozados mientras ellas se endurecían. ¿O es que solo escogen a los hombres que pueden manejar? Aunque a la edad en que se casan eso no pueden saberlo, se dijo Wilson. Dio gracias por haber aprobado ya la asignatura de las mujeres americanas, porque aquella era muy atractiva.
—Iremos a cazar búfalos por la mañana —le dijo a Margaret.
—Yo iré —dijo ella.
—No, no irá.
—Oh, sí, iré. ¿Puedo, Francis?
—¿Por qué no te quedas en el campamento?
—Por nada del mundo —dijo ella—. No me perdería algo como lo de hoy por nada del mundo.
Cuando Margaret se fue a llorar, estaba pensando Wilson, parecía una mujer estupenda de verdad. Parecía comprender, darse cuenta de las cosas, que se apenaba por él y por ella y que sabía cuál era realmente la situación. Está fuera veinte minutos y ahora vuelve recubierta de esa crueldad femenina americana. No hay quien pueda con ellas. Desde luego, no hay quien pueda con ellas
—Mañana montaremos otro numerito para ti —dijo Francis Macomber.
—Usted no viene —dijo Wilson.
—Está usted muy equivocado —le contestó ella—. Y tengo muchísimas ganas de verle actuar de nuevo. Esta mañana ha estado fabuloso, si es que es fabuloso volarle la cabeza a un animal.
—Aquí está la comida —dijo Wilson—. Está contenta, ¿verdad?
—¿Por qué no? No he venido aquí a bostezar.
—Bueno, no ha sido aburrido —dijo Wilson. Desde donde estaba podía ver las rocas del río y la orilla elevada del otro lado, con los árboles, y se acordó de lo ocurrido por la mañana.
—Oh, no —dijo ella—. Ha sido encantador. Y mañana. No sabe lo impaciente que estoy por salir mañana.
—Lo que le ofrece es alce africano —dijo Wilson.
—Son aquellos animales que parecen vacas y saltan como liebres, ¿verdad?
—Supongo que es una manera de describirlos —dijo Wilson. —La carne es muy buena —dijo Macomber.
—¿Lo has matado tú? —preguntó Margaret.
—Sí.
—No son peligrosos, ¿verdad?
—Solo si te caen encima —dijo Wilson.
—Me alegra saberlo.
—¿Por qué no dejas de joder, Margot? —dijo Macomber, cortando el bistec de alce africano y colocando un poco de puré de patata, salsa y zanahoria en el tenedor vuelto del revés que atravesaba el trozo de carne.
—Supongo que podré —dijo ella—, ya que lo has expresado tan finamente.
—Esta noche brindaremos con champán por el león —dijo Wilson—. A mediodía hace demasiado calor.
—Oh, el león —dijo Margot—. ¡Se me había olvidado el león!
Así que, se dijo Robert Wilson, lo que pasa es que ella le está tomando el pelo, ¿no? ¿O quizá es la manera que tiene de montar el numerito? ¿Cómo ha de comportarse una mujer cuando descubre que su marido es un maldito cobarde? Es condenadamente cruel, pero todas son crueles. Son las que mandan, desde luego, y para mandar a veces hay que ser cruel. Sin embargo, ya estoy hasta las narices de su maldito terrorismo.
—Tome un poco más de alce —le dijo a Margaret cortésmente.
Al caer la tarde Wilson y Macomber salieron en el vehículo con el conductor nativo y dos porteadores de armas. La señora Macomber se quedó en el campamento. Hacía demasiado calor para salir, dijo, ya los acompañaría por la mañana temprano. Cuando se alejaban, Wilson la vio de pie debajo del gran árbol, y le pareció más guapa que hermosa, con su cansa caqui levemente rosada, el pelo negro echado para atrás y recogido en una trenza en la nuca, su cutis tan lozano, se dijo, como si estuviera en Inglaterra. Los saludó con la mano cuando el coche se alejó a través de la llanura pantanosa de altas hierbas y giró para cruzar entre los árboles y adentrarse en las pequeñas colinas cubiertas de sabana.
En la sabana encontraron un rebaño de impalas, y salieron del coche y acecharon un viejo macho de cuernos largos y de gran envergadura, y Macomber lo mató con un meritorio disparo que derribó al animal a unos doscientos metros de distancia y puso al rebaño en desenfrenada huida, los animales saltando y encaramándose en las grupas de los que iban delante, con unos saltos en los que estiraban las largas piernas de una manera tan increíble que parecía que flotaran, como en los saltos que a veces se dan en sueños.
—Ha sido un buen disparo —dijo Wilson—. Son un objetivo pequeño.
—¿La cabeza vale la pena? —preguntó Macomber.
—Es excelente —le dijo Wilson—. Si dispara así no tendrá ningún problema.
—¿Cree que mañana encontraremos algún búfalo?
—Es muy posible. Salen a pacer a primera hora de la mañana, y con suerte podemos pillarlos en campo abierto.
—Me gustaría poder borrar lo del león —dijo Macomber—. No es muy agradable que tu esposa te vea hacer algo así.
Yo hubiera dicho que era aún más desagradable hacerlo, se dijo Wilson, con esposa o sin esposa, o hablar de ello tras haberlo hecho. Pero lo que dijo fue:
—Yo no pensaría más en eso. Cualquiera puede asustarse al ver un león por primera vez. Asunto concluido.
Pero aquella noche, después de la cena y un whisky con soda junto al fuego antes de irse a la cama, mientras Francis Macomber estaba echado en la cama y escuchaba los ruidos de la noche, no todo había concluido. Ni había concluido ni estaba empezando. Estaba ahí exactamente como había ocurrido, con algunas partes indeleblemente subrayadas, y él se sentía triste y avergonzado. Pero más que vergüenza sentía un miedo frío y hueco en su interior. El miedo seguía allí como un hueco frío y viscoso, y en el lugar que antes ocupaba su seguridad en sí mismo se abría un vacío, y eso le provocaba náuseas. Y ahora seguía con él.
Había comenzado la noche antes, cuando se despertó y oyó el león rugiendo en algún lugar inconcreto, río arriba. Era un sonido grave, rematado por una especie de gruñido mezclado con tos que parecía proceder de delante de su tienda, y cuando Francis Macomber se despertó en plena noche para oírlo tuvo miedo. Oía a su esposa respirando plácidamente, dormida. No había nadie a quien poder decirle que tenía miedo, con quien compartir el miedo, y echado, solo, ignoraba ese proverbio somalí que dice que un hombre valiente siempre le tiene miedo a un león tres veces; la primera vez que ve su rastro, la primera vez que lo oye rugir y la primera vez que se enfrenta a él. Por la mañana, mientras desayunaba a la luz de un farol en la tienda comedor, antes de que el sol saliera, el león volvió a rugir y Francis pensó que estaba en los limites del campamento.
—Parece un viejo —dijo Robert Wilson, levantando la mirada de sus arenques ahumados y su café—. Escuche cómo tose.
—¿Está muy cerca?
—Más o menos a un kilómetro y medio río arriba.
—¿Lo veremos?
—Echaremos un vistazo.
—¿Llega tan lejos su rugido? Se oye como si estuviera en el campamento.
—Se le puede oír desde muy lejías —dijo Robert Wilson—. Es curioso lo lejos que puede llegar. Esperemos que sea un gato que valga la pena cazar. Los criados dijeron que había uno muy grande por aquí.
—Si le disparo, ¿dónde debo apuntar para detenerle? —preguntó Macomber.
—Entre los hombros —dijo Wilson—. En el cuello si cree que podrá darle. Busque el hueso. Derríbelo.
—Espero darle en el lugar adecuado —dijo Macomber.
—Usted dispara muy bien —le dijo Wilson—. Tómese su tiempo. Asegure el tiro. El primero es el que cuenta.
—¿A qué distancia estará?
—No se sabe. En eso el león también dice la suya. No dispare hasta que esté lo bastante cerca para asegurar el tiro.
—¿A menos de cien metros? —preguntó Macomber. Wilson lo miró rápidamente.
—Cien metros está bien. Puede que tenga que ser un poco menos. No se arriesgue a disparar a más distancia. Cien metros es una distancia razonable. A esa distancia le dará siempre que quiera. Ahí viene la memsahib.
—Buenos días —dijo Margaret—. ¿Vamos a ir a por el león? —En cuanto acabe de desayunar —dijo Wilson—. ¿Cómo se siente? —De maravilla —dijo ella—. Estoy muy emocionada.
—Iré a supervisar que todo esté a punto. —Wilson se marchó. Cuando se iba, el león volvió a rugir.
—Viejo gruñón —dijo Wilson—. Te haremos callar.
—¿Qué pasa, Francis? —le preguntó su mujer.
—Nada —dijo Macomber.
—Sí, algo te pasa —dijo ella—. ¿Por qué estás tan alterado? —No me pasa nada —dijo él.
—Dímelo —dijo ella mirándolo—. ¿No te encuentras bien? —Son esos condenados rugidos —dijo—. Lleva así toda la noche, ¿sabes?
—¿Por qué no me has despertado? —dijo ella—. Me habría encantado oírlo.
—Tengo que matar a ese maldito animal —dijo Macomber, abatido.
—Bueno, para eso estás aquí, ¿no?
—Sí. Pero estoy nervioso. Oír esos rugidos me pone los nervios de punta.
—Bueno, pues como dijo Wilson, mátalo y acaba con esos rugidos.
—Sí, cariño —dijo Francis Macomber—. Es fácil de decir, ¿verdad?
—No tendrás miedo, ¿verdad?
—Claro que no. Pero estoy nervioso después de oírlo rugir toda la noche.
—Dispararás de maravilla y lo matarás —dijo ella—. Sé que lo harás. Estoy terriblemente ansiosa por verlo.
—Acaba tu desayuno y nos pondremos en marcha.
—Aún no es de día —dijo ella—. Es una hora ridícula. Justo en ese momento el león rugió con un gemido cavernoso, repentinamente gutural, una vibración ascendente que pareció sacudir el aire y acabó en un suspiro y en un gruñido intenso y cavernoso.
—Suena casi como si estuviera aquí —dijo la mujer de Macom
ber.
—Dios mío —dijo Macomber—. Odio ese condenado ruido. —Es de lo más impresionante.
—Impresionante. Es aterrador.
Robert Wilson apareció sonriegte con su Gibbs de calibre 505, feo, chato y de boca sorprendentemente grande.
—Vamos —dijo—. Su porteador de armas ya tiene el Springfield y el rifle de gran calibre. Todo está en el coche. ¿Lleva la munición?
—Sí.
—Estoy lista —dijo la mujer de Macomber.
—Hay que hacer que deje de armar tanto jaleo —dijo Wilson—. Siéntese delante. La memsahib puede ir detrás conmigo.
Subieron al coche, y en el gris de la primera luz del día remontaron el río entre los árboles. Macomber abrió la recámara de su rifle y vio las balas con sus casquillos metálicos, echó el cerrojo y puso el seguro. Vio que le temblaba la mano. Se metió la mano en el bolsillo y tocó los cartuchos que llevaba, y pasó los dedos por los cartuchos que llevaba en las presillas de la pechera de la chaqueta. Se volvió hacia Wilson, sentado en la parte de atrás del vehículo, sin puerta y cuadrado, junto a su mujer, los dos sonriendo de la emoción, y Wilson se inclinó hacia delante y le susurró:
—Fíjese en cómo bajan los pajarracos. Eso significa que el abuelete ha abandonado su presa.
En la otra ribera del río Macomber vio, por encima de los árboles, buitres dando vueltas y bajando en picado.
—Es probable que se acerque a beber por aquí —le susurró Wilson—. Antes de echarse un rato. Mantenga los ojos abiertos.
Conducían lentamente por la elevada ribera del río, que en aquel lugar caía en picado hasta el lecho lleno de rocas, y avanzaron serpenteando entre los árboles. Macomber estaba atento a la otra orilla cuando notó que Wilson lo agarraba del brazo. El coche se detuvo.
—Ahí está —oyó decir en un susurro—. Vaya hacia delante y a la derecha. Baje y mátelo. Es un león maravilloso.
Entonces Macomber vio el león. Estaba de pie, casi de lado, con la gran cabeza levantada y vuelta hacia ellos. La brisa de primera hora de la mañana que soplaba hacia ellos le revolvía la oscura melena, y el león parecía enorme, perfilado sobre la orilla del río a la luz gris de la mañana, los hombros pesados, su cuerpo, en forma de tonel, formando una curva suave.
—¿A qué distancia está? —preguntó Macomber, levantando el rifle.
—A unos setenta y cinco metros. Baje y mátelo.
—¿Por qué no le disparo desde donde estoy?
—No se dispara desde el coche —oyó que Wilson le decía al oído—. Baje. No va a quedarse ahí todo el día.
Macomber salió por la abertura curva que había al lado del asiento delantero, primero puso el pie en el estribo y luego en el suelo. El león permanecía allí, mirando majestuosa y fríamente hacia ese objeto que sus ojos solo le mostraban en silueta, y que abultaba como un superrinoceronte. No le llegaba olor de hombre, y contemplaba el objeto moviendo su gran cabeza de un lado a otro. A continuación, mientras seguía contemplando el objeto, sin temor, pero vacilando antes de bajar a beber a la orilla con un cosa así delante de él, vio la figura de un hombre separarse del objeto; volvió su pesada cabeza para alejarse hacia el resguardo de los árboles cuando oyó un estampido, casi un chasquido, y sintió el impacto de una sólida bala del 30-06 que le perforó el flanco y le desgarró el estómago causándole una náusea repentina y caliente. Echó a trotar, pesado, con sus grandes patas, balanceando el vientre herido, a través de los árboles en dirección a las hierbas altas, donde podría protegerse, y el estampido se repitió y lo oyó pasar desgarrando el aire. Hubo otro estampido y sintió el golpe en las costillas inferiores y cómo la bala lo penetraba, laiangre caliente y espumosa en la boca, y galopó hacia las hierbas altas, donde podría acurrucarse y no ser visto y atraer esa cosa que provocaba esos estampidos lo bastante cerca para dar un salto y coger al hombre que la esgrimía.
Cuando Macomber salió del coche no pensaba en lo que el león sentiría. Solo sabía que las manos le temblaban, y mientras se alejaba del coche le parecía casi imposible conseguir mover las piernas. Tenía los muslos agarrotados, pero sentía el pálpito de los músculos. Levantó el rifle, apuntó a la inserción de la cabeza del león entre los hombros y apretó el gatillo. No pasó nada, y eso que apretó hasta que pensó que se le iba a romper el dedo. Entonces se dio cuenta de que no había quitado el seguro, y cuando bajó el rifle para quitarlo avanzó otro paso helado, y el león, al ver cómo su silueta se separaba de la silueta del coche, se volvió e inició un trotecillo, y, cuando Macomber disparó, oyó un golpe sordo que significaba que la bala había dado en el blanco; pero el león seguía moviéndose. Macomber volvió a disparar y todos vieron que la bala levantó una salpicadura de tierra, y el león siguió trotando. Volvió a disparar, acordándose de que debía apuntar más abajo, y todos oyeron el impacto de la bala en el blanco, y el león pasó a galopar y ya estaba en medio de las hierbas altas antes de que Macomber hubiera tenido tiempo de cargar el rifle.
Macomber comenzó a sentir náuseas, le temblaban las manos que sostenían el Springfield, aún en posición de disparo, y su esposa y Robert Wilson estaban a su lado. Y también los dos porteadores de armas, hablando entre ellos en wakamba.
—Le he dado —dijo Macomber—. Le he dado dos veces.
—Le dio en las tripas y luego un poco más adelante —dijo Wilson sin entusiasmo. Los porteadores de armas parecían muy serios. Ahora callaban.
—Puede que lo haya matado —prosiguió Wilson—. Tendremos que esperar un poco antes de ir a averiguarlo.
—¿A qué se refiere?
—Esperaremos a que se desangre un poco antes de ir a buscarlo.
—Oh —dijo Macomber.
—Es un león de primera —dijo Wilson con alegría—. Aunque se ha metido en un mal sitio.
—¿Por qué es un mal sitio?
—Porque no podrá verlo hasta que lo tenga encima.
—Ah —dijo Macomber.
—Vamos —dijo Wilson—. La memsahib puede quedarse en el coche. Le echaremos un vistazo al rastro de sangre.
—Quédate aquí, Margot —le dijo Macomber a su mujer. Tenía la boca muy seca y le costaba mucho hablar.
—¿Por qué? —preguntó ella.
—Porque lo dice Wilson.
—Vamos a echar un vistazo —dijo Wilson—. Quédese aquí. Incluso lo verá mejor desde aquí.
—Muy bien.
Wilson le habló en swahili al conductor. Este asintió y dijo:
—Sí, bwana.
A continuación bajaron la empinada orilla y cruzaron el río, trepando por encima de las rocas y sorteándolas y subieron a la otra ribera, ayudándose de algunas raíces que sobresalían, y siguieron la ribera hasta llegar al lugar por donde había trotado el león cuando Macomber le disparó por primera vez. Había sangre oscura en la hierba corta que los porteadores de armas señalaron con unos tallos, y el reguero se escurría hasta los árboles de la ribera.
—¿Qué hacemos? —preguntó Macomber.
—No tenemos muchas opcic, nes —dijo Wilson—. No podemos traer el coche. La orilla es demasiado empinada. Dejaremos que se agarrote un poco y luego usted y yo iremos a buscarlo.
—¿No podríamos prender fuego a la hierba? —preguntó Macomber.
—Demasiado verde.
—¿No podemos enviar batidores?
Wilson lo miró de arriba abajo.
—Claro que podemos —dijo—. Pero es casi un asesinato. Verá, sabemos que el león está herido. A un león que no está herido se le puede empujar. Irá avanzando, huyendo del ruido. Pero un león herido está dispuesto a atacar. No lo ve hasta que lo tiene encima. Se quedará totalmente pegado al suelo en un escondrijo en el que se diría que no cabe ni una liebre. No parece muy acertado enviar a los criados a este tipo de espectáculo. Alguien podría resultar malherido.
—¿Y los porteadores de armas?
—Oh, ellos vendrán con nosotros. Es su shauri. Han firmado un contrato para eso, ¿sabe? Aunque tampoco se les ve muy contentos, ¿no cree?
—No quiero meterme ahí —dijo Macomber. Le salió antes de saber lo que decía.
—Ni yo —dijo Wilson alegremente—. Aunque la verdad es que no tengo elección. —Entonces, como si no se le hubiera ocurrido hasta ese momento, miró a Macomber y de repente se dio cuenta de que temblaba y de su patética expresión.
—Naturalmente, no tiene por qué hacerlo —dijo—. Para eso me ha contratado, sabe. Por eso soy tan caro.
—¿Quiere decir que irá solo? ¿Por qué no lo dejamos allí?
Robert Wilson, que hasta ese momento solo se había preocupado del león y del problema que presentaba, y que no había pensado en Macomber excepto para darse cuenta de que estaba hablando demasiado, súbitamente se sintió como el que abre la puerta equivocada de una habitación de hotel y ve algo vergonzoso.
—¿A qué se refiere?
—¿Por qué no lo dejamos allí?
—¿Quiere decir que finjamos que no le hemos dado?
—No. Simplemente dejarlo ahí.
—Eso no se hace.
—¿Por qué?
—Para empezar, seguro que está sufriendo. Además, otros podrían tropezarse con él.
—Entiendo.
—Pero usted se puede quedar al margen.
—Me gustaría ir —dijo Macomber—. Es solo que estoy asustado.
—Yo iré delante —dijo Wilson— y Kongoni irá el último. Manténgase detrás de mí y ligeramente a un lado. Muy probablemente le oiremos gruñir. Si le vemos, dispararemos los dos. No se preocupe por nada. Le cubriré. De hecho, sería mejor que no viniera. Sería mucho mejor. ¿Por qué no se va con la memsahib mientras yo me encargo de todo?
—No, quiero ir.
—Muy bien —dijo Wilson—. Pero no venga si no quiere. Este es mi shauri, ¿sabe?
—Quiero ir —dijo Macomber.
Se sentaron bajo un árbol y fumaron.
—¿Quiere volver y hablar con la memsahib mientras esperamos? —preguntó Wilson.
—No.
—Iré yo y le diré que tenga p7ciencia.
—Bueno —dijo Macomber. Se quedó allí sentado, con las axilas sudadas, la boca seca, sintiendo un vacío en el estómago, queriendo reunir el valor para decirle a Wilson que liquidara el león sin él. No podía saber que Wilson estaba furioso por no haberse dado cuenta antes del estado en que se encontraba y no haberle mandado con su mujer. Mientras estaba allí sentado apareció Wilson.
—He traído el rifle de gran calibre —dijo—. Cójalo. Creo que ya le hemos dado tiempo. Vamos.
Macomber cogió el rifle de gran calibre y Wilson dijo: —Manténgase unos cinco metros detrás de mí y a la derecha y haga exactamente lo que le diga.
A continuación habló en swahili con los dos porteadores de armas, que ponían cara de funeral.
—Vamos —dijo.
—¿Podría beber un sorbo de agua? —preguntó Macomber. Wilson le dijo algo al porteador de más edad, que llevaba una cantimplora en el cinturón, y el hombre se la quitó, desenroscó el tapón y se la entregó a Macomber, que la cogió pensando que parecía muy pesada y notando la envoltura de fieltro peluda y barata. La levantó para beber y miró delante de él, las hierbas altas y los árboles de copas aplanadas que había detrás. Soplaba brisa en dirección a ellos, y la hierba se ondulaba suavemente al viento. Miró al porteador y se dio cuenta de que también él sentía miedo.
A unos treinta metros de donde comenzaban las hierbas altas yacía el león, aplastado contra el suelo. Tenía las orejas gachas y el único movimiento que se permitía era sacudir arriba y abajo su larga cola de pelo negro. Se había puesto en guardia nada más llegar a ese escondite; sentía náuseas a causa de la herida en el vientre, y la herida de los pulmones lo había debilitado, haciendo aflorar una fina espuma roja en la boca cada vez que respiraba. Tenía los flancos mojados y calientes, y las moscas se arremolinaban en torno a los pequeños orificios que las balas habían abierto en su pellejo pardo; sus grandes ojos amarillos, entrecerrados con odio, miraban en línea recta, y solo parpadeaban cuando le llegaba el dolor, al respirar, y sus garras se clavaban en la tierra blanda y recocida. Todo él, dolor, náusea, odio y todas las fuerzas que le restaban, se tensaban en una concentración absoluta para cuando hubiera que atacar. Oía hablar a los hombres y esperaba, haciendo acopio de todas sus fuerzas para acometer en cuanto los hombres se adentraran en la hierba. Cuando oía las voces la cola se le tensaba y la sacudía arriba y abajo, y, cuando se acercaron al límite de las hierbas, emitió su medio gruñido mezclado con tos y atacó.
Kongoni, el porteador de más edad, en cabeza siguiendo el rastro de sangre; Wilson, que vigilaba las hierbas atento a cualquier movimiento, el rifle de gran calibre a punto; el segundo porteador, mirando delante y escuchando; Macomber, cerca de Wilson con el rifle montado; acababan de adentrarse en la hierba cuando Macomber oyó el medio gruñido mezclado con tos ahogado de sangre y vio el movimiento que silbaba entre las hierbas. Cuando se dio cuenta estaba corriendo; corriendo desaforadamente, presa del pánico en campo abierto, corriendo hacia el río.
Oyó el ¡patapum! del rifle de gran calibre de Wilson, seguido de un segundo ¡patapum!, y al volverse vio el león, que ahora tenía un aspecto horrible y al que parecía faltarle la mitad de la cabeza, arrastrándose hacia Wilson en el límite de las altas hierbas, mientras el hombre de cara roja manipulaba el cerrojo de su rifle feo y chato y apuntaba cuidadosamente, y otro ¡patapum! salía de la boca, y la mole reptante, pesada y amarilla del león se quedaba rígida, la enorme cabeza mutilada se deslizaba hacia delante, y Macomber, solo en el claro al que había llegada corriendo, empuñando un rifle cargado mientras dos negros y un blanco lo miraban con desprecio, supo que el león estaba muerto. Se acercó a Wilson, cuya estatura parecía toda ella un puro reproche, y Wilson lo miró y le dijo:
—¿Quiere sacar fotos?
—No —dijo Macomber.
No dijeron nada más hasta llegar al coche. Entonces Wilson dijo:
—Un león de primera. Los criados lo despellejarán. Nosotros nos podemos quedar a la sombra.
La esposa de Macomber no le había dirigido la mirada, ni él a ella, y Macomber se había sentado junto a ella en el asiento de atrás, mientras Wilson iba delante. En una ocasión le cogió la mano sin dirigirle la vista, y ella la apartó. Al mirar hacia al otro lado del río, donde los porteadores de armas desollaban el león, se dio cuenta de que ella lo había visto todo. Mientras estaban allí sentados, su mujer extendió el brazo y puso la mano en el hombro de Wilson. Este se volvió y ella se inclinó hacia delante por encima del asiento y le besó en la boca.
—Oh, vaya —dijo Wilson, poniéndose más rojo aún de lo que era su color natural.
—El señor Robert Wilson —dijo ella—. El guapo señor Wilson de cara roja.
A continuación volvió a sentarse al lado de Macomber y miró hacia el otro lado del río, donde yacía el león, con las patas delanteras desnudas y levantadas, a la vista los blancos músculos y los tendones, y la barriga blanca e hinchada, mientras los negros le iban arrancando la piel. Al final los porteadores cargaron la piel, húmeda y pesada, y se subieron a la parte de atrás del coche, enrollándola antes de subir, y partieron. Nadie dijo nada más hasta que estuvieron de regreso en el campamento.
Esa era la historia del león. Macomber no sabía lo que el león había sentido antes de echar a correr, ni cuando atacó, cuando la increíble descarga de un 505 con una velocidad de salida de dos toneladas le dio en el morro, ni lo que lo impulsó a seguir avanzando, cuando el segundo estampido le destrozó las patas traseras y continuó arrastrándose hacia ese objeto que retumbaba y explotaba y le había destruido. Wilson sí sabía algo de lo que sentía el león, y lo había expresado diciendo: «Un león de primera», pero Macomber tampoco sabía cuáles eran los sentimientos de Wilson acerca de todo eso. Tampoco sabía lo que sentía su esposa, más allá de que no quería saber nada de él.
Su mujer ya se había enfadado con él otras veces, pero nunca duraba. Él era muy rico, y seria mucho más rico, y sabía que ella no le abandonaría nunca. Era una de las pocas cosas que sabía de verdad. Sabía eso, de motos —eso fue antes—, de coches, de cazar patos, de pesca, salmón, trucha y en alta mar, de sexo en los libros, muchos libros, demasiados libros, de todos los deportes de pista, de perros, no mucho de caballos, de no perder el dinero que tenía, de casi todas las demás cosas que tenían que ver con su mundo, y que su mujer no le dejaría. Su mujer había sido una gran belleza, y seguía siendo una gran belleza en África, pero en su país ya no era una belleza tan llamativa como para dejarlo y encontrar algo mejor, y ella lo sabía y él lo sabía. A ella se le había pasado la oportunidad de dejarlo y él lo sabía. Si él hubiese sido mejor con las mujeres probablemente a ella habría comenzado a preocuparle que él pudiera encontrar una nueva y bella esposa; pero ella le conocía demasiado bien y sabía que no tenía que preocuparse. Además, él siempre había sido muy tolerante, cosa que parecería la mejor de sus virtudes de no ser la más siniestra.
Con todo, se les consideraba una pareja relativamente feliz, una de esas parejas de las que siipre se rumorea que se van a separar pero nunca ocurre, y, tal como lo expresó un columnista de sociedad, añadían más que una pizca de aventura a su tan envidiado e imperecedero romance mediante un safari en lo que se conocía como el «Africa más oscura» hasta que Martin Johnson la iluminó en tantas pantallas cinematográficas, donde perseguían al viejo Simba, el león, al búfalo, a Tembo el elefante y coleccionaban especímenes para el Museo de Historia Natural. El mismo columnista había informado que habían estado a punto tres veces en el pasado, y era cierto. Pero siempre se reconciliaban. Su unión poseía una base sólida. Margot era demasiado hermosa para que Macomber se divorciara, y él tenía demasiado dinero para que ella le dejara.
Eran ya las tres de la mañana, y Francis Macomber, que había dormido un rato después de dejar de pensar en el león, se despertó y volvió a dormirse, y de repente volvió a despertarse, asustado por un sueño en el que tenía encima la cabeza ensangrentada del león, y mientras escuchaba el fuerte latido de su corazón se dio cuenta de que su mujer no estaba en el otro catre de la tienda. Con esa idea se quedó despierto dos horas.
Transcurrido ese tiempo su mujer entró en la tienda, levantó la mosquitera y se instaló confortablemente en su catre.
—¿Dónde has estado? —preguntó Macomber en la oscuridad. —Hola —dijo ella—. ¿Estás despierto?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco el aire.
—Y un cuerno.
—¿Qué quieres que diga, cariño?
—¿Dónde has estado?
—Salí a tomar un poco el aire.
—No sabía que ahora tenía ese nombre. Eres una zorra. —Bueno, y tú un cobarde.
—Muy bien —dijo él—. ¿Y qué?
—Por mí, nada. Pero por favor, no hablemos, cariño, porque tengo mucho sueño.
—Crees que voy a tragar con todo.
—Sé que lo harás, cariño.
—Bueno, pues no.
—Por favor, cariño, no hablemos. Tengo mucho sueño. —Esto no se iba a repetir. Me prometiste que se había acabado. —Bueno, pues resulta que no se ha acabado —dijo ella dulce
mente.
—Me dijiste que si hacíamos este viaje eso no se repetiría. Me lo prometiste.
—Sí, cariño. Esa era mi intención. Pero ayer el viaje se fue al garete. No tenemos por qué hablar de eso, ¿verdad?
—En cuanto has tenido la oportunidad la has aprovechado, ¿verdad?
—Por favor, no hablemos. Tengo tanto sueño, cariño. —Pues pienso hablar.
—Pues no te preocupes por mí, porque yo tengo intención de dormir. —Y eso hizo.
Antes de que amaneciera estaban los tres a la mesa, desayunando, y Francis Macomber descubrió que, de todos los hombres a los que había odiado, Robert Wilson era el que más odiaba.
—¿Ha dormido bien? —preguntó Wilson con su voz ronca, llenando una pipa.
—¿Y usted?
—De primera —le dijo el cazador profesional.
Cabrón, se dijo Macomber, cabrón insolente.
Así que ella lo despertó al enttar, se dijo Wilson, mirándolos a los dos con sus ojos azules e inexpresivos. Bueno, ¿por qué no la pone en su sitio? ¿Qué cree que soy, un maldito santo de yeso? Que la ponga en su sitio. Es culpa de él.
—¿Cree que encontraremos algún búfalo? —preguntó Margot, apartando un plato de albaricoques.
—Es posible —dijo Wilson, y le sonrió—. ¿Por qué no se queda en el campamento?
—Por nada del mundo —le dijo ella.
—¿Por qué no le ordena que se quede en el campamento? —le dijo Wilson a Macomber.
—Ordéneselo usted —le dijo fríamente Macomber. —Dejémonos de dar órdenes —dijo Margot, y volviéndose ha
cia Macomber— y de tonterías, Francis. —Lo dijo en una voz bas
tante amable.
—¿Está preparado? —preguntó Macomber.
—Cuando quiera —le dijo Wilson—. ¿Quiere que la memsahib venga?
—¿Importa algo lo que yo quiera?
Al diablo, se dijo Robert Wilson. Al diablo una y mil veces. Así que esas tenemos. Bueno, pues como quieran.
—Tanto da —dijo.
—¿Está seguro de que no le gustaría quedarse solo en el campamento con ella y dejar que vaya yo solo a cazar el búfalo? —preguntó Macomber.
—Eso no lo puede hacer —dijo Wilson—. Si yo fuera usted no diría tonterías.
—No digo tonterías. Estoy disgustado.
—Una mala palabra, disgustado.
—Francis, ¿quieres hacer el favor de hablar con sensatez? —dijo su esposa.
—Hablo con toda la maldita sensatez del mundo —dijo Macomber—. ¿Ha probado alguna vez una comida tan inmunda como esta?
—¿Estaba mala la comida? —preguntó Wilson sin inmutarse. —No tan mal como todo lo demás.
—Me gustaría que se calmara un poco, hombre —dijo Wilson sin alterarse—. Uno de los criados que sirve la mesa entiende un poco de inglés.
—Que se vaya al infierno.
Wilson se puso en pie y se alejó dando bocanadas a su pipa. Le dijo unas palabras en swahili a uno de los porteadores de armas que estaba esperándole. Macomber y su mujer se quedaron sentados a la mesa. Él miraba fijamente la taza de café.
—Si armas una escena te dejo, cariño —dijo Margot sin alterarse.
—No lo harás.
—Ponme a prueba.
—No me dejarás.
—No —dijo ella—. No te dejaré si te comportas. —¿Comportarme? Hay que ver. Comportarme.
—Sí. Compórtate.
—¿Por qué no pruebas a comportarte tú?
—Llevo mucho tiempo intentándolo. Muchísimo.
—Odio a ese cerdo de cara roja —dijo Macomber—. Odio su sola presencia.
—Pues es muy simpático.
—Oh, cállate —casi gritó Macomber. Justo en ese momento apareció el coche. Se paró delante de la tienda comedor y salieron el conductor y los dos porteadores de armas. Wilson se acercó y se quedó mirando a marido y mujerrentados a la mesa.
—¿Vamos a cazar? —preguntó.
—Sí —dijo Macomber poniéndose en pie—. Sí.
—Más vale que cojan un jersey. Hará frío en el coche —dijo Wilson.
—Cogeré mi chaqueta de piel —dijo Margot.
—La tiene el criado —dijo Wilson. Se subió delante con el conductor, y Francis Macomber y su mujer se sentaron detrás sin hablar.
Espero que a este idiota no se le ocurra pegarme un tiro en la nuca, se dijo Wilson. En un safari las mujeres son un fastidio.
El coche rechinaba al cruzar el río por un vado lleno de rocas a la luz gris de la mañana, y subió la otra empinada orilla en ángulo. Allí Wilson había ordenado abrir un paso a golpe de pala el día antes para que pudieran alcanzar aquella zona ondulada y boscosa que parecía un parque.
Era una buena mañana, se dijo Wilson. Había un denso rocío, y cuando las ruedas aplastaban las hierbas y las matas bajas le llegaba el olor de las frondas aplastadas. Era un olor como a verbena, y le gustaba el olor tempranero del rocío, los helechos aplastados y el aspecto de los troncos de los árboles, negros entre la neblina matinal, a medida que el coche se abría paso por esa ve- getación sin caminos, parecida ala de un parque. Había apartado de su mente a los dos que iban detrás y estaba pensando en los búfalos. Los búfalos que él perseguía se pasaban las horas de sol en un pantano de densa vegetación donde era imposible disparar, pero por la noche pacían en una zona de campo abierto, y si podían interponerse entre ellos y el pantano con el coche, Macomber tendría muchas posibilidades de disparar en un terreno abierto. No quería cazar búfalos ni ninguna otra cosa con Macomber en una zona de vegetación densa. La verdad es que no quería cazar ni búfalos ni ninguna otra cosa con Macomber en ninguna parte, pero era un cazador profesional, y en su vida había cazado con gente rara de verdad. Si hoy conseguían un búfalo ya solo les quedaría el rinoceronte, y el pobre hombre ya habría pasado por esa peligrosa prueba y todo volvería a estar en orden. Podría romper con la mujer y Macomber también lo superaría. Al parecer había pasado por aquello muchas veces. Pobre desgraciado. Debía de tener algún método para superarlo. Bueno, al fin y al cabo la culpa era de ese pobre idiota.
El, Robert Wilson, llevaba un catre de dos plazas para acomodar cualquier fruta madura que le cayera del cielo. Había cazado para cierta clientela, internacional, libertina, deportista, en la que las mujeres parecían no quedar del todo satisfechas con el safari hasta que compartían ese catre con el cazador profesional. Él las despreciaba cuando las tenía lejos, aunque algunas le habían gustado bastante en el momento, y se ganaba la vida con ellas; y sus normas eran también las de él desde el momento en que lo contrataban.
Obedecía las normas de quienes le contrataban excepto en lo que se refería a la caza. En la caza él tenía sus propias normas, y los demás o se atenían a ellas o se buscaban a otro. También sabía que todos le respetaban por eso. Aunque ese Macomber era un tipo raro. Que me aspen si no lo es. Y la mujer. Bueno, la mujer. Sí, la mujer. Mmm, la mujer. Bueno, eso lo dejaría correr. Se volvió. Macomber estaba apesadumbrado y furioso. Margot le sonrió. Hoy parecía más joven, más inocente y lozana, con una belleza no tan profesional. Dios sabe qué hay en su corazón, se dijo Wilson. La noche anterior no había hablado mucho. Además, era un placer contemplarla.
El coche ascendió una ligera pendiente y prosiguió entre los árboles. A continuación se adentro en un claro que era como una pradera cubierta de hierba, manteniéndose al abrigo de los árboles de la linde. El conductor iba despacio y Wilson observaba atentamente la extensión de la pradera hasta donde se perdía, en el horizonte. Hizo parar el coche y estudió la planicie con sus binoculares. Luego le hizo seña al conductor de que siguiera y el coche avanzó con lentitud, evitando los socavones dejados por los jabalíes y esquivando montículos de barro construidos por las hormigas. A continuación, observando el campo abierto, Wilson se volvió de repente y dijo:
—¡Dios mío, ahí están!
Y Macomber, mirando hacia donde le señalaban mientras el coche avanzaba a saltos y Wilson le hablaba rápidamente en swahili al conductor, vio tres enormes animales negros que parecían casi cilíndricos de tan largos y gruesos, como grandes tanques negros, que galopaban por el otro extremo de la pradera abierta. Galopaban con el cuello y el cuerpo rígidos, y pudo ver los cuernos negros, abiertos y curvados hacia arriba mientras avanzaban con la cabeza adelantada; no movían la cabeza.
—Son tres búfalos viejos —dijo Wilson—. Les cortaremos el paso antes de que lleguen al pantano.
El coche iba a más de setenta kilómetros por hora a campo
abierto, y mientras Macomber miraba los búfalos estos se hacían más y más grandes, hasta que llegó a distinguir el aspecto gris, costroso y sin vello de un toro enorme, el cuello que formaba parte de sus hombros, y el negro brillante de sus cuernos. Galopaba un poco rezagado del resto, que iban en hilera con su paso firme y veloz; y luego el coche dio un bandazo como si se hubiera subido a una carretera, los animales se aproximaron y vio la veloz enormidad del toro, y el polvo sobre su piel de escaso pelo, la amplia protuberancia del cuerno y el hocico de fosas nasales anchas y dilatadas, y ya levantaba el rifle cuando Wilson le gritó: «¡Desde el coche no, idiota!», y no tuvo miedo, solo odió a Wilson, y hubo un frenazo y el coche derrapó, clavándose de lado en el suelo hasta quedar casi parado, y Wilson salió por un lado y él por el otro, trastabillando al tocar con los pies el suelo porque el coche aún estaba en marcha, y enseguida disparó al toro mientras este seguía galopando, oyó cómo las balas le impactaban, vació el rifle mientras el animal se alejaba a paso firme, y al final recordó que debía dirigir sus disparos entre los hombros, y cuando intentaba recargar torpemente vio que el toro estaba en el suelo. Había caído de rodillas y sacudía la cabeza. Al ver que los otros dos seguían galopando le disparó al líder y le dio. Volvió a disparar y falló, y oyó el carauang del rifle de Wilson y vio cómo el líder se desplomaba de narices.
—Dele al otro —dijo Wilson—. ¡Ahora dispare usted!
Pero el otro toro seguía galopando al mismo ritmo y Macomber falló, levantando una salpicadura de polvo, y Wilson falló y el polvo formó una nube y Wilson gritó: «¡Vamos, está demasiado lejos!», y le cogió del brazo y ya volvían a estar en el coche, Macomber y Wilson agarrados a los laterales y avanzando a toda mecha, dando bandazos por encima del terreno irregular, acercándose al toro, que seguía con su galope constante, veloz, de cuello grueso y línea recta.
Estaban detrás de él y Macomber estaba cargando el rifle, tirando los casquillos al suelo, se le encasquilló el arma, la desencasquilló, y ya estaban casi encima del toro cuando Wilson gritó: «¡Para!» y el coche derrapó y casi vuelcan y Macomber cayó hacia delante sobre los pies, cargó el rifle y disparó lo más adelante que pudo apuntar a la espalda negra, redondeada y al galope, apuntó y volvió a disparar, y otra vez, y otra, y no falló ni una vez, pero las balas no parecían afectar al animal. Entonces disparó Wilson, el estampido le dejó sordo, y vio que el toro sQ tambaleaba. Macomber volvió a disparar, apuntando cuidadosamente, y el animal cayó de rodillas.
—Muy bien —dijo Wilson—. Buen trabajo. Este es el tercero.
Macomber se sintió ebrio de euforia.
—¿Cuántas veces ha disparado? —preguntó.
—Solo tres —dijo Wilson—. Usted mató al primer toro. El más grande. Yo le he ayudado a acabar con los otros dos. Temía que se metieran en la espesura. Usted los mató. Yo solo le he echado una mano. Ha disparado condenadamente bien.
—Subamos al coche —dijo Macomber—. Tengo sed.
—Primero vamos a rematar a ese búfalo —le dijo Wilson. El búfalo estaba de rodillas y sacudía furiosamente la cabeza, bramando furioso desde sus ojos hundidos a medida que se le acercaban.
—Ojo que no se levante —dijo Wilson. Y añadió—: Póngase un poco de lado y dele en el cuello, justo detrás de la oreja.
Macomber apuntó cuidadosamente al centro de ese cuello enorme y zarandeado por la rabia y disparó. La cabeza se desplomó hacia delante.
—Ya está —dijo Wilson—. Le ha dado en el espinazo. Son unos animales impresionantes, ¿verdad?
—Vamos a echar un trago —dijo Macomber. En su vida se había sentido tan bien.
En el coche, la mujer de Macomber estaba pálida.
—Eres maravilloso, cariño —le dijo a Macomber—. Menuda persecución.
—¿Ha sido duro?
—Ha sido espantoso. Nunca había estado tan asustada. —Echemos un trago —dijo Macomber.
—Desde luego —dijo Wilson—. Déselo a la memsahib. —Margot bebió del whisky que había en la petaca y se estremeció un poco al tragar. Le entregó la petaca a Macomber, que se la pasó a Wilson.
—Ha sido de lo más emocionante —dijo Margot—. Me ha dado un terrible dolor de cabeza. No sabía que se permitía disparar desde el coche.
—Nadie ha disparado desde el coche —dijo Wilson fríamente. —Me refería a perseguirlos con un coche.
—Normalmente no se hace —dijo Wilson—. Aunque tal como lo hemos hecho me ha parecido bastante deportivo. Nos hemos arriesgado más conduciendo por esta planicie llena de baches que si hubiéramos cazado a pie. Los búfalos podrían habernos atacado cada vez que disparábamos de haber querido. Les hemos dado todas las oportunidades. De todos modos no se lo mencione a nadie. Es ilegal, si a eso se refería.
—A mí me ha parecido muy injusto —dijo Margot— perseguir a esos grandes animales indefensos en coche.
—¿Ah, sí? —dijo Wilson.
—¿Qué pasaría si se enteraran en Nairobi?
—Que para empezar perdería mi licencia. Y otras cosas desagradables —dijo Wilson, echando un trago de la petaca—. Me quedaría sin trabajo.
—¿En serio?
—Sí, en serio.
—Bueno —dijo Macomber, y sonrió por primera vez en todo el día—. Ahora ella le tiene pifiado.
—Siempre sabes decir las cosas con tanta delicadeza, Francis —dijo Margot Macomber. Wilson los miró a los dos. Si un cabrón se casa con una zorra, pensaba, ¿qué clase de animales serán los hijos? Lo que dijo fue—: Hemos perdido a uno de los porteadores. ¿Se han dado cuenta?
—Dios mío, no —dijo Macomber.
—Ahí viene —dijo Wilson-,, Se encuentra bien. Debe de haberse caído cuando dejamos atrás el primer búfalo.
Vieron acercarse al porteador de mediana edad, tocado con su gorro de punto, su túnica caqui, sus pantalones cortos y sus sandalias de goma. Cojeaba, y se le veía sombrío y disgustado. Cuando llegó se dirigió a Wilson, y todos vieron el cambio que sufrió la cara del cazador.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Margot.
—Dice que el primer toro se ha levantado y se ha metido en la espesura. —Wilson habló con una voz totalmente inexpresiva.
—Oh —dijo Macomber, pálido.
—Entonces va a ser como lo del león —dijo Margot, llena de impaciencia.
—Ni de casualidad va a ser como lo del león —le dijo Wilson—. ¿Quiere otro trago, Macomber?
—Sí, gracias —dijo Macomber. Pensó que volvería a experimentar la misma sensación que con el león, pero no fue así. Por primera vez en su vida sintió que no tenía miedo. En lugar de miedo le invadía una auténtica euforia.
—Vamos a echarle un vistazo a ese segundo búfalo —dijo Wilson—. Le diré al conductor que ponga el coche en la sombra.
—¿Qué van a hacer? —preguntó Margaret Macomber. —Echarle un vistazo al búfalo —dijo Wilson.
—Yo también voy.
—Vamos.
Los tres se acercaron a la negra mole del segundo búfalo, la cabeza echada hacia delante, sobre la hierba, los cuernos enormes y separados.
—Es una cabeza magnífica —dijo Wilson—. Debe de tener más de un metro de envergadura.
Macomber lo miraba encantado.
—A mí me parece algo repugnante —dijo Margot—. ¿Podemos ir a la sombra?
—Claro —dijo Wilson—. Mire —le dijo a Macomber, y seña- 16—: ¿Ve aquella espesura?
—Sí.
—Ahí es donde se ha metido el primer toro. El porteador dice que cuando él se cayó del coche el toro estaba en el suelo. Se quedó mirando cómo perseguíamos a toda velocidad a los otros dos búfalos. Cuando se volvió se encontró con el búfalo en pie y mirándole. El porteador corrió como un demonio y el toro se fue lentamente hacia esos matorrales.
—¿Podemos ir a por él ahora? —dijo Macomber, impaciente. Wilson lo estudió lentamente. Que me aspen si esto no es raro, se dijo. Ayer estaba hecho un flan y hoy se comería el mundo.
—No, démosle un rato.
—Por favor, vamos a la sombra —dijo Margot. Tenía la cara blanca y parecía enferma.
Se dirigieron al coche, que estaba bajo un solitario árbol de copa ancha, y se metieron en él.
—Lo más probable es que esté muerto ahí dentro —observó Wilson—. Dentro de un rato iremos a echar un vistazo.
Macomber sintió una felicidad desmedida e irracional que nunca había experimentado.
—Dios mío, menuda persecución —dijo—. Nunca había sentido nada igual. ¿No ha sido maravilloso, Margot?
—A mí me ha parecido horroroso.
—¿Por qué?
—Me ha parecido horroroso —dijo con amargura—. Detestable.
—¿Sabe?, no creo que nunca vuelva a tener miedo de nada —le dijo Macomber a Wilson—. Algltpasó dentro de mí después de ver el búfalo y comenzar a perseguirlo. Como cuando revienta un dique. Ha sido pura emoción.
—Te depura el hígado —dijo Wilson—. Ala gente le pasan cosas muy raras.
La cara de Macomber resplandecía.
—Algo me ha pasado —dijo—. Me siento completamente distinto.
Su esposa no dijo nada y le miró con extrañeza. Estaba sentada en el extremo del asiento y Macomber se inclinaba hacia delante mientras hablaba con Wilson, que estaba de lado, hablando por encima del respaldo del asiento delantero.
—¿Sabe?, me gustaría probar con otro león —dijo Macomber—. Ahora ya no me dan miedo. Después de todo, ¿qué pueden hacerte?
—Exactamente —dijo Wilson—. Lo peor que pueden hacerte es matarte. ¿Cómo es ese fragmento? Shakespeare. Es buenísimo. A ver si me acuerdo. Oh, es buenísimo. Durante una época solía repetírmelo. Vamos a ver. «A fe mía que no me importa; un hombre solo puede morir una vez; le debemos a Dios una muerte y tanto da cómo se la paguemos; el que muere este año, el que viene ya se ha librado.» Buenísimo, ¿eh?
Se avergonzó de haber revelado aquellas palabras que habían guiado su vida, pero había visto alcanzarla mayoría de edad a algunos hombres, y era algo que siempre le conmovía. Era totalmente distinto de cumplir los veintiún años.
Había hecho falta un momento singular en la cacería, una acción precipitada que no había dado opción a pensárselo de antemano, para provocar aquello en Macomber, pero tanto daba cómo había sucedido, lo cierto era que había sucedido. Míralo ahora, se dijo Wilson. Lo que pasa es que algunos siguen siendo unos críos durante mucho tiempo, se dijo Wilson. Algunos toda la vida. Siguen pareciendo unos chavales cuando cumplen los cincuenta. El gran niño-hombre americano. Qué gente tan extraña. Pero ahora ese Macomber le caía bien. Un tipo bien raro. Probablemente eso también significaría que dejaría de ser un cornudo. Bueno, eso sí que estaría bien. Eso estaría de primera. El tipo probablemente ha estado toda la vida asustado. No sabe cómo empezó. Pero ya lo ha superado. Con el búfalo no ha tenido tiempo de estar asustado. Eso y que también estaba furioso. Y el coche. Los coches te hacen sentirte más como en casa. Ahora está que se come el mundo. En la guerra había visto a gente a la que le pasaba algo parecido. Te cambiaba más eso que perder la virginidad. Se te iba el miedo como si te lo hubieran extirpado. Y en su lugar surgía otra cosa. Lo más importante de un hombre. Lo que le hacía hombre. Las mujeres también lo sabían. Adiós al maldito miedo.
Desde la otra punta del asiento Margaret Macomber los miró a los dos. En Wilson no había ningún cambio. Vio a Wilson tal como lo había visto el día antes, cuando comprendió por primera vez cuál era su gran talento. Pero ahora veía el cambio ocurrido en Francis Macomber.
—¿Siente también usted toda esta felicidad por lo que va a ocurrir? —preguntó Macomber, explorando aún su nueva abundancia.
—No debe mencionarlo —le dijo Wilson, observando la cara del otro—. Se lleva más decir que está asustado. Y mire lo que le digo, también tendrá miedo muchas veces.
—Pero ¿no siente felicidad por lo que vamos a hacer?
—Sí —dijo Wilson—. Eso ocurre. Pero no hay que hablar demasiado de esto. Déjelo. Si habla demasiado de una cosa pierde la gracia.
—No decís más que tonterías, los dos —dijo Margot—. Solo porque habéis cazado unos anisales inocentes desde un coche habláis como si fuerais héroes.
—Lo siento —dijo Wilson—. Me he disparado. —Empieza a estar preocupada por lo ocurrido, se dijo.
—Si no sabes de qué hablas, ¿por qué te metes? —le preguntó Macomber a su mujer.
—De repente te has vuelto muy valiente, así, sin más —dijo su
mujer, zahereña. Pero su desprecio era vacilante. Tenía miedo de algo.
Macomber se rió, una carcajada muy natural y campechana.
—Y que lo digas —dijo—. Ya lo puedes decir, ya.
—¿Y no es un poco tarde? —dijo Margot con amargura. Porque durante muchos años había hecho todo lo que había podido, y nadie tenía la culpa de que su matrimonio hubiera llegado a esa situación.
—No para mí —dijo Macomber.
Margot no dijo nada, pero se reclinó en la esquina del asiento. —¿Cree que le hemos dado tiempo suficiente? —le preguntó alegremente Macomber a Wilson.
—Podemos ir a echar un vistazo —dijo Wilson—. ¿Le queda munición?
—El porteador sí.
Wilson dijo unas palabras en swahili, y el porteador, que estaba desollando una de las cabezas, se enderezó, sacó una caja de balas del bolsillo y se las llevó a Macomber, que llenó el cargador y se metió el resto en el bolsillo.
—También podría utilizar el Springfield —dijo Wilson—. Está acostumbrado a él. Dejaremos el Mannlicher en el coche con la memsahib. Su porteador puede llevar el arma pesada. Yo tengo este maldito cañón. Y ahora deje que le explique una cosa. —Se había guardado esto para el final porque no quería preocupar a Macomber—. Cuando un búfalo ataca lo hace con la cabeza alta y echada hacia delante. No se le puede disparar al cerebro porque la protuberancia de los cuernos lo protege. Solo se le puede disparar a la nariz. Solo hay otro disparo bueno, y es al pecho, o, si está de lado, al cuello o a los hombros. Una vez han recibido un disparo se ponen hechos una furia.No intente ninguna filigrana. Elija la opción más sencilla. Ya han acabado de desollar la cabeza. ¿Nos ponemos en marcha?
Llamó a los porteadores, que llegaron sacudiéndose las manos, yel de más edad se subió atrás.
—Solo me llevaré a Kongoni —dijo Wilson—. El otro puede quedarse a vigilar que no vengan los pajarracos.
Mientras el coche avanzaba lentamente por el claro, hacia la isla de árboles tupidos que formaban una lengua de follaje siguiendo un cauce seco que cortaba el terreno pantanoso abierto, Macomber sintió que de nuevo el corazón le latía con fuerza y volvía a tener la boca seca, pero era excitación, no miedo.
—Por aquí es por donde ha entrado —dijo Wilson. A continuación le dijo al porteador en swahili—: Sigue el rastro de sangre.
El coche estaba en paralelo a los matorrales. Macomber, Wilson y el porteador se bajaron. Macomber volvió la mirada y vio a su mujer con el rifle a su lado, mirándolo. La saludó con la mano, pero ella no le devolvió el saludo.
La vegetación era muy espesa, y el terreno estaba seco. El porteador de mediana edad sudaba profusamente, y Wilson se inclinó el sombrero delante de los ojos y su nuca roja apareció justo delante de Macomber. De repente el porteador le dijo algo en swahili a Wilson y echó a correr hacia delante.
—Está muerto ahí delante —dijo Wilson—. Buen trabajo. —Se volvió para coger la mano de Macomber, y mientras se la estrechaban, sonriéndose mutuamente, el porteador se puso a gritar como un loco y le vieron salir de la espesura corriendo de lado, veloz como un cangrejo, y el toro también salió, el morro levantado, la boca apretada, goteando sangre, el gran cabezón hacia delante, a la carga, los ojillos hundidos inyectados en sangre mientras los miraba. Wilson, que estaba delante, se había arrodillado y disparaba, y Macomber, mientras disparaba, no oyendo sus disparos a causa del estruendo del arma de Wilson, vio fragmentos como de pizarra que saltaban de la enorme protuberancia de los cuernos, y la cabeza sufrió una sacudida, y volvió a disparar a las anchas fosas nasales y vio cómo los cuernos sufrían otra sacudida y salían volando algunos fragmentos, y ahora no veía a Wilson, y, apuntando con cuidado, volvió a disparar, y tenía la enorme mole del búfalo casi encima, y el rifle estaba casi alineado con la cabeza que acometía, el morro levantado, y podía ver aquellos ojillos malignos, y la cabeza empezó a descender y sintió un repentino destello cegador, candente que estallaba dentro de su cabeza, y ya nunca volvió a sentir nada más.
Wilson se había hecho a un lado para poder disparar a los hombros. Macomber había permanecido impertérrito apuntando a la nariz, disparando cada vez un pelín alto y dándole en la pesada cornamenta, sacándole esquirlas y astillas como si le disparara a un tejado de pizarra, y la señora Macomber, en el coche, le había dispa rado al búfalo con el Mannlicher del 6,5 porque pensó que iba a cornear a Macomber, pero le había dado a su marido, unos cinco centímetros por arriba y un poco a un lado de la base del cráneo.
Ahora Francis Macomber estaba tendido en el suelo, a dos metros de donde yacía el búfalo, y su mujer se arrodillaba a su lado, Wilson junto a ella.
—Yo no le daría la vuelta —dijo Wilson.
La mujer lloraba histérica.
—Yo de ti volvería al coche —dijo Wilson—. ¿Dónde está el rifle?
Ella regresó con la cabeza, la cara deformada. El porteador recogió el rifle.
—Déjalo como está —dijo Wilson. Y luego—: Ve a buscar a Abdulá para que dé fe de cómo se ha producido el accidente.
Wilson se arrodilló, sacó un pañuelo del bolsillo y lo extendió sobre la cabeza a cepillo de Francis Macomber. La sangre empapó la tierra seca y suelta.
Wilson se incorporó y vio el búfalo tendido de lado, las patas extendidas, su vientre de pelo ralo poblado de garrapatas. Menudo toro, registró automáticamente su cerebro. Aquí hay un metro de cornamenta. O más. Mucho más. Llamó al conductor y le dijo que extendiera una manta sobre el búfalo y se quedara junto a él. A continuación se acercó al coche, donde la mujer lloraba en un rincón.
—Menuda la has hecho —dijo en una voz sin inflexiones—. Pero si de todos modos él te habría dejado.
—Cállate —dijo ella.
—Por supuesto, ha sido un accidente —dijo—. Lo sé.
—Cállate —dijo ella.
—No te preocupes —dijo él—. Habrá que pasar por algunos momentos desagradables, pero haré que saquen algunas fotos muy útiles para la investigación. También está el testimonio de los porteadores y del conductor. Estás completamente a salvo.
—Cállate —dijo ella.
—Hay muchísimas cosas que hacer —dijo él—. Y tendré que mandar un camión al lago para que telegrafíen pidiendo un avión que nos lleve a los tres a Nairobi. ¿Por qué no le envenenaste? Es lo que hacen en Inglaterra.
—Cállate. Cállate. Cállate —gritó la mujer.
Wilson la miró con sus ojos azules e inexpresivos.
—Ya he terminado —dijo él—. Me había enfadado un poco. Tu marido había empezado a caerme bien.
—Oh, por favor, cállate —dijo ella—. Por favor, cállate.
 —Eso está mejor —dijo Wilson—. Pedirlo por favor es mucho mejor. Ahora me callo.


miércoles, 6 de junio de 2007

Robert Graves

Ulises


Según la Odisea, poema que muestra a Ulises bajo una luz diferente, primero partió hacia Tracia después de dejar Troya. Allí saqueó y quemó la ciudad de Ismaros. Un sacerdote de Apolo, cuya vida se comprometió a guardar le dio como agradecimiento muchas jarras de vino dulce, la mitad de las cuales se las bebieron sus hombres en un almuerzo en la playa. Algunos habitantes de Tracia, que vivían en el interior, vieron llamas elevándose de Ismaros y como venganza cargaron sobre los marineros borrachos. Ulises embarcó a la mayoría de ellos otra vez, aunque tuvo que abandonar a los muertos y a los heridos de gravedad. Entonces, un violento vendaval del noreste llevó a su flota por el mar Egeo hacia Citera, una isla en la punta más meridional de Grecia. Aprovechando una calma repentina, hizo que sus hombres remaran e intentaron doblar Citera, dirigiéndose hacia el noroeste, hacia Itaca, pero el vendaval soplaba con mayor furia que antes y duró nueve días.
Cuando al final cesó, Ulises se encontró a la vista de Sirinx, la isla de los lotófagos, frente a la costa norteafricana. El loto es una baya dulce, sin hueso, amarilla y bastante saludable, aparte de que quien la come pierde la memoria. Ulises desembarcó en Sirinx y, mientras llenaba las tinajas de agua, envió a tres exploradores para que comprobaran qué comida podía comprarse o cogerse. Los exploradores, después de haber comido unos cuantos lotos ofrecidos por los simpáticos nativos, olvidaron, inmediatamente, dónde estaban, por qué habían ido allí e, incluso, sus propios nombres. No querían nada más que pasar el resto de sus vidas allí, comiendo lotos.
Ulises se dirigió hacia el norte hasta que llegó a la fértil, pero deshabitada isla de Sicilia, llena de cabras salvajes, algunas de las cuales mató para comérselas. Después tomó una sola nave para explorar la costa por el otro lado. Esta era la tierra de los feroces cíclopes, u ojos-redondos, llamados así porque todos tenían un deslumbrante ojo en medio de la frente. Los cíclopes eran pastores gigantes y huraños, que vivían apartados los unos de los otros en cuevas excavadas en la roca. Ulises y sus compañeros vieron la entrada de una de estas cuevas, alta y cubierta de hiedra, detrás de un corral de ovejas. Entraron sin darse cuenta de que era la casa de Polifemo, un cíclope antropófago. Al ver que no había nadie, encendieron un fuego, mataron y asaron algunos cabritillos que rondaban por allí, acompañándolos con queso de algunas cestas que colgaban de las paredes, y comieron felizmente. Hacia la tarde, Polifemo llegó, condujo su rebaño hacia la cueva y cerró la entrada con una piedra tan enorme que ni treinta pares de bueyes apenas podrían haberla movido. Algunos minutos después, cuando Polifemo se sentó a ordeñar las ovejas y las cabras, levantó la mirada y vio a Ulises.
-¿Qué se os ofrece? -preguntó bruscamente.
-Somos griegos, recién llegados del famoso saqueo de Troya -respondió Ulises-, y confiamos en tu hospitalidad.
Polifemo cogió inmediatamente a dos marineros, estampó sus cabezas contra el suelo de piedra y se los comió crudos. Ulises se contuvo para no atacar al monstruo, puesto que ni él ni sus compañeros eran lo suficientemente fuertes para desbloquear la entrada, poca esperanza podían tener en escaparse matándole. A la hora del desayuno Polifemo se comió a dos marineros más, después quitó la piedra haciéndola rodar, sacó el rebaño y volvió a poner la piedra en su sitio.
Ulises encontró una estaca verde de olivo, afiló uno de sus extremos con la espada y la escondió bajo un montón de excrementos de oveja. Aquella tarde, a su vuelta, Polifemo volvió a comerse dos marineros más. Ulises, que había traído una bota de vino, le ofreció un tazón. El monstruo se lo bebió con gula, pues nunca antes había probado el vino, y pidió otro.
-¿Cómo te llamas? ~preguntó.
-Me llamo Nadie -contestó Ulises, escanciándole vino.
~¡Entonces prometo comerte el último, querido Nadie! Me gusta tu vino. ¡La próxima vez échame el doble!
Pronto cayó en el sueño de los borrachos. Ulises prendió fuego en el extremo afilado de su estaca y lo clavó en el ojo de Polifemo, retorciéndolo. El ojo estalló, Polifemo gritó, y los demás cíclopes, al oír el bullicio, se agruparon fuera de la cueva.
-¿Qué pasa, vecino? -gritaron.
-¡Socorro! ¡Estoy ciego y agonizo! ¡Es culpa de Nadie! -respondió gritando.
-¡Pobre muchacho! Si no es culpa de nadie no hay nada que decir. ¡Adiós y, por favor, haz menos ruido!
Polifemo se arrastró hasta la entrada de la cueva a tientas, con la esperanza de coger a uno o dos marineros, pero la luz del fuego les ayudó a esquivarle.
Al alba, Ulises ató a cada uno de sus compañeros boca arriba, bajo la barriga de una oveja, la que estaba en medio de tres.
-Ponedías en fila cogiéndolas por la lana -ordenó.
El mismo Ulises eligió el carnero mayor y, cuando Polifemo sacó el rebaño a pastar, palpándoles los lomos para asegurarse de que nadie las montaba, se acurrucó bajo ese carnero, colgando de los dedos de las manos y de los pies. Polifemo detuvo al gran carnero y le habló larga y tristemente, sin darse cuenta de lo cerca que estaba su enemigo. Así que Ulises y los marineros supervivientes escaparon y subieron todo el rebaño a bordo de su nave. Cuando partieron, burlándose a gritos, Polifemo les lanzó tres rocas inmensas, pero ninguna acertó.
Entonces, Ulises se dirigió, pasando por Sicilia, a la isla del rey Eolo, el guardián divino de los vientos. Allí fue amablemente atendido durante un mes; después del cual Eolo le dio una bolsa de cuero cerrada con hilo de plata.
-He encerrado a todos mis vientos en esta bolsa -dijo-, excepto el suave viento del oeste. El te llevará a través del mar hasta Itaca. Pero si cambias tu rumbo, abre la bolsa con cuidado y convoca al viento que necesites.
La nave estaba tan cerca de Itaca que se podía ver el humo que salía de los fuegos del palacio real, cuando Ulises se durmió, absolutamente exhausto. Sus hombres, que pensaban que la bolsa de cuero contenía vino, desataron el hilo de plata y la abrieron del todo. Los vientos salieron de golpe bramando, conduciendo la nave ante ellos. Había transcurrido menos de una hora cuando Ulises se encontró de nuevo en la isla del rey Eolo, disculpándose y suplicando más ayuda. Eolo se la denegó.
-¡Usa tus remos! -gritó secamente.
Los hombres de Ulises remaron y al día siguiente llegaron a Formia, un puerto italiano cerrado y habitado por los caníbales lestrígonos. Atracó su flota en la playa y mandó a algunos marineros a buscar agua. Pero, reunidos sobre los acantilados, los lestrígonos lanzaron piedras que hicieron pedazos sus naves.Después asesinaron y se comieron a la tripulación. Ulises escapó en una nave.
Un violento vendaval del sur le condujo después hasta el final del mar Adriático y tomó tierra en Eea, una pequeña isla gobernada por la diosa Circe. Cuando el amigo de Ulises, Euríloco, se llevó a un grupo de veinte hombres a tierra, Circe les invitó a todos a su palacio. Lobos y leones rondaban por el jardín. Para sorpresa de Euríloco, en lugar de atacar a los marineros, se alzaban sobre sus patas traseras y les acariciaban cariñosamente.
Circe ofreció a sus visitantes un buen banquete, que consistía en queso, pan de cebada, miel y vino; pero estaba drogado. Habían comido sólo unos pocos bocados cuando ella les golpeó en los hombros con su varita. Se convirtieron en cerdos que encerró en una sucia pocilga, y les lanzó bellotas como postre. Aquellos leones y lobos también eran hombres, encantados del mismo modo. Sólo Euríloco escapo: había temido alguna trampa y, en vez de entrar en palacio, observó desde una ventana.
Ulises cogió su espada y se apresuró al rescate. Por el camino se encontró con Hermes, que amablemente le dio un amuleto contra la magia de Circe: una flor blanca muy aromática con una raíz negra, llamada «hierba de vida».
Circe sirvió a Ulises el mismo tipo de comida, perocuando agitó su varita para transformarle, Ulises olió la flor de la hierba de la vida, se salvó y la amenazó con cortarle la cabeza. Circe cayó a sus pies llorando. Ulises le perdonó la vida con la condición de que devolviera a todos los animales su forma humana y que nunca volviera a usar tan terribles encantos. Se hicieron muy amigos y pasaron tres años juntos como marido y mujer.
Circe ayudó a Ulises a visitar el mundo subterráneo de las tinieblas, donde él intercambió noticias con los fantasmas de Agamenón, Aquiles y otros viejos camaradas (sólo el gran Áyax frunció el ceño y se marchó enfadado). Entonces, Ulises dijo adiós a Circe, prometiéndole que volvería pronto, y zarpó hacia el sur, hacia Itaca. Circe le advirtió sobre la isla de las sirenas. Las sirenas eran mitad pájaro, mitad mujer, y cantaban tan maravillosamente que los marineros que oían sus voces siempre intentaban ir tras ellas, pero sus naves chocaban contra las rocas ocultas que guardaban la orilla. Ulises tapó las orejas de sus marineros con cera e hizo que le ataran al mástil para poder escuchar las canciones de las sirenas cuando la nave pasara por allí.
-¡Desatadme -gritó-, u os mataré uno por uno!
Ya que los marineros no podían oír ni a las sirenas ni a Ulises, obedecieron su primera orden de atarle aún más fuerte al mástil. Su nave pudo así escapar del desastre, y las sirenas se suicidaron ofendidas.
Entonces, Ulises tuvo que navegar entre dos acantilados que separaban Italia de Sicilia. En el lado siciliano vivía Caribdis, un monstruo que bebía enormes cantidades de agua tres veces al día y que después, de repente, la escupía en forma de remolino. En el lado italiano vivía Escila, una perra de seis cabezas que comía marineros. Alejándose poco a poco de ella para evitar el mayor peligro de Caribdis, Ulises perdió una cuarta parte de la tripulación: Escila emergió y atrapó a dos marineros con cada par de mandíbulas y los devoró tranquilamente.
Al día siguiente, atracó en Sicilia para esperar un viento favorable, pero las provisiones de Circe ya se habían acabado y los marineros tenían hambre. Mientras Ulises dormía, mataron y asaron algunas vacas que pertenecían al dios del sol, Hiperión, que se quejó a Zeus todopoderoso. Cuando partieron de nuevo, Zeus lanzó su rayo sobre la nave y la hundió.
Todos se ahogaron, excepto Ulises. Se agarró al mástil partido y, después de nueve días a la deriva, fue arrojado a la orilla de la isla de Calipso, hambriento y casi muerto.
Calipso, una hermosa hechicera, se enamoró enseguida de Ulises, y lo retuvo cinco años más. El se cansó pronto de su compañía, al no haber nadie más por allí, y miraba el horizonte durante todo el día sentado tristemente en la orilla. Al final, Zeus envió una orden que Calipso no se atrevió a desobedecer: «¡Libera al rey Ulises!». Ella fue a buscar un hacha, una sierra y otras herramientas que tenía en un escondrijo y le dijo que construyera una balsa con troncos de árbol. Cuando la finalizó, Ulises le dio a Calipso un beso de despedida, puso comida a bordo, arrastró la balsa haciéndola rodar sobre troncos, se hizo a la mar y fue llevado por una suave brisa. No había recorrido una gran distancia cuando una inmensa ola volcó la balsa. Ulises nunca llegó a descubrir a qué dios tenía que culpar por este desastre.
Dos días después fue arrastrado hasta la orilla, desnudo, cerca de Drépane, en Sicilia, donde la encantadora princesa Nausicaa había llevado a sus muchachas a lavar la ropa a la boca de un río. Mientras jugaban juntas en su descanso del mediodía, la pelota fue a parar al agua, cerca de un bosquecillo detrás de donde Ulises estaba oculto. Las muchachas gritaron
cuando apareció Ulises, pero Nausicaa le prestó ropa y se lo llevó al palacio de su padre, el rey Alcinoo. Después de escuchar el relato, no muy fiel, de las aventuras de Ulises, Alcinoo le envió a Itaca en una buena nave. Una vez más, al ver su propia isla, Ulises se durmió.
Los marineros no se atrevieron a despertar a Ulises; en vez de eso, le dejaron echado en la playa y se marcharon. Atenea le despertó, disfrazada de pastorcillo, y Ulises se hizo pasar por un cretense al que habían desembarcado en contra de su voluntad. Atenea se río.
- Nunca mientas a una diosa! -dijo ella-. Si quieres hacerme caso, visita a Eumeo, tu viejo porquerizo, y oirás las últimas noticias. Puedes fiarte.
Ulises se dio a conocer, debidamente, a Eumeo y supo que ciento doce insolentes nobles jóvenes estaban cortejando a su esposa Penélope y organizando fiestas cada día en el palacio a sus expensas.
-Amenazan con quedarse hasta que ella decida con cuál se va a casar -explicó Eumeo-. Pero la reina Penélope sabe por un oráculo que volverás pronto, así que ella está haciendo tiempo. Dijo a sus pretendientes que tenían que esperar hasta que acabara un complicado bordado. Aunque trabaja todo el día, deshace los puntos por la noche, mes tras mes.
Vestido con harapos, como un pedigüeño, Ulises fue al palacio, y allí vio a Argos, su viejo perro de caza, acurrucado en un montón de estiércol, sucio, decrépito y atormentado por las pulgas, pero todavía vivo. Argos agitó la poca cola que le quedaba y murió feliz; Ulises se secó una lágrima. En el patio, caminó alrededor de las mesas, pidiendo a los pretendientes de Penélope que le dieran los restos de la comida. Nadie le ofreció nada; uno incluso le lanzó un taburete a la cabeza. Entonces, Iros, un pedigüeño de verdad, intentó echarlo y, cuando se negó, le desafió a un combate de boxeo, pero quedó derrotado con un solo golpe.
Mientras tanto, el hijo de Ulises, Telémaco, volvía de un viaje. Al detenerse en la tienda de Eumeo, supo que los pretendientes estaban planeando matarle y que su padre acababa de llegar disfrazado. Pronto, los tres se reunieron y planearon cómo castigar a los pretendientes. Cuando Ulises visitó a Penélope, ella no le reconoció, así que él le explicó una larga historia acerca de que había encontrado a su marido de camino al oráculo de Zeus en Dodona.
-Estará aquí dentro de pocos días -dijo Ulises.
Penélope le escuchó ansiosamente y ordenó a Euriclea, una sirvienta muy anciana que había sido la niñera de Ulises, que lavara los pies del noble forastero. Cuando Penélope salió de la habitación, Euriclea reconoció una cicatriz de su pierna y lanzó un grito de alegría, pero Ulises la agarró por el cuello y la hizo callar, pues no estaba seguro todavía de si Penélope era digna de confianza.
A la tarde siguiente, por advertencia de Telémaco, Penélope anunció a los pretendientes que se casaría con el que acertara a lanzar una flecha por los aros de doce hachas puestas en fila (estos aros se usaban para colgar las hachas en las paredes). Todos debían disparar con el propio arco de Ulises, dijo ella.
Todos quisieron tensar el arco, que estaba tan rígido por haber estado doce años en desuso que ninguno pudo hacerlo. Finalmente, Ulises, a pesar de las muchas protestas y de los groseros insultos, cogió el arco, lo tensó con facilidad y su flecha traspasó limpiamente la hilera de aros.
Telémaco, que se había escabullido en silencio, volvió a entrar blandiendo una espada. Enseguida Ulises disparó al cuello al jefe de los pretendientes. Sus compañeros saltaron para coger las lanzas colgadas en la pared, pero Telémaco las había quitado de ahí la noche anterior. Las flechas de Ulises alcanzaban a los pretendientes a montones; y Telémaco, ayudado por Eumeo y otro sirviente de palacio armado, se deshizo del resto. Sólo después de todo esto, Ulises se dio a conocer a Penélope.
Estos mismos aguerridos hombres lucharon en una dura batalla al día siguiente contra los familiares de los pretendientes, y estaban cerca de conseguir una segunda victoria cuando Atenea descendió e impuso una tregua. Entonces, Ulises gobernó Itaca en paz hasta que murió.

Thomas Mann(Alemania,1875-1955)


Horas penosas Se levantó del escritorio, un mueble pequeño y frágil; se levantó como un desesperado y se dirigió con la cabeza colgante al ángulo opuesto de la habitación, donde estaba la estufa, alta y alargada como una columna. Puso las manos en los azulejos, pero se habían enfriado casi del todo, pues era ya muy pasada la medianoche; por lo que se arrimó de espaldas a la estufa, buscando un bienestar que no encontró, recogió los faldones de su bata, de cuyas solapas sobresalía colgando una descolorida pechera de encaje, y resopló con todas sus fuerzas por la nariz, para proporcionarse un poco de aire, pues, como de costumbre, estaba acatarrado. Era un catarro realmente singular y fatídico, que casi nunca le abandonaba totalmente. Tenía los párpados inflamados y los bordes de sus narices completamente escocidos, y en su cabeza y en todo su cuerpo este catarro le producía el efecto de una borrachera pesada y dolorosa. ¿O era que la culpa de toda esta laxitud y pesadez la tenía la enojosa permanencia en la habitación que el médico había vuelto a imponerle, hacía unas semanas? Sólo Dios sabe si hizo bien en mandárselo. El catarro crónico y los calambres de pecho y abdomen podían tal vez hacerlo necesario. Además, en Jena, reinaba un tiempo muy malo desde hacía varias semanas -sí, esto era cierto-, un tiempo miserable y abominable, que atacaba los nervios, un tiempo cruel, caliginoso y frío; y el viento de diciembre bramaba por el tubo de la estufa resonando como un eco del desierto nocturno en la tormenta, extravío y aflicción desesperada del alma. Sí, todo esto era cierto. Pero no era bueno este angosto cautiverio; no era bueno para las ideas ni para el ritmo de la sangre, del que manaban las ideas... Aquella habitación hexagonal, desnuda, sobria e incómoda, con su techo blanqueado, bajo el que flotaba el humo del tabaco, con sus paredes empapeladas de cuadriláteros en diagonal, de las que colgaban siluetas encuadradas en marcos ovalados, y sus cuatro o cinco muebles de patas delgadas, estaba iluminada por la luz de dos velas, que ardían en el escritorio, a la cabecera del manuscrito. Cortinas rojas colgaban por encima del bastidor superior de la ventana; no eran más que trapos, retazos de indiana aprovechados y combinados simétricamente; pero eran rojos, de un rojo cálido y sonoro, y a él le gustaban y quería conservarlas siempre, porque aportaban un poco de lujuria y voluptuosidad en medio de la pobreza y austeridad absurdas de su habitación... Estaba junto a la estufa y miraba, con un parpadeo acelerado y dolorosamente forzado, hacia el otro lado de la habitación, la obra de la que había huido: este peso, este agobio, este tormento de la conciencia, este mar que había que apurar, esta misión terrible, que era su orgullo y su miseria, su cielo y su condenación. Esta obra se arrastraba, se paraba, se atascaba... ¡una y otra vez! El tiempo tenía la culpa, y su catarro y su fatiga. ¿O quizás era la obra la culpable? ¿O acaso el trabajo en sí, era una concepción desgraciada y destinada a la desesperación? Se había levantado para poner un poco de distancia entre la obra y él, pues a menudo la lejanía física del manuscrito hacía que uno se formara una idea de conjunto, una nueva visión del asunto, y pudiera tomar nuevas providencias. Sí, había casos en que, si uno se apartaba del lugar de la lucha, el sentimiento de desahogo producía un efecto entusiasmador. Y era éste un entusiasmo más inocente que el que provocaba el licor o el café negro y cargado... La jícara estaba sobre la mesita. ¿Y si ella le ayudara a salvar este obstáculo? ¡No, no, nunca más! No era únicamente el médico; hubo otra persona, un hombre de prestigio, que le había disuadido también de la bebida por prudencia: era el otro, el de allí, de Weimar, al que él quería con una amistad nostálgica. Éste era sabio. Sabía vivir y crear; no se maltrataba a sí mismo; tenía mucha consideración con su propia persona... En la casa reinaba el silencio. Sólo se oía al viento roncar allá abajo, en las callejuelas de la ciudadela, y la lluvia al repicar en las ventanas, impulsada por el viento. Todos dormían: el hostelero y los suyos, Lotte y los niños. Sólo él velaba junto a la estufa fría, mirando con angustiosos parpadeos la obra en que su insaciabilidad enfermiza no le permitía creer... Su cuello blanco sobresalía larguirucho de la camisa, y por entre el faldón de su bata aparecían sus piernas, torcidas hacia dentro. Su pelo rojizo estaba peinado hacia atrás, dejando al descubierto una frente alta y delicada - formaba sobre las sienes dos entradas, cruzadas por venas incoloras - y cubría las orejas de delgados rizos. Junto al arranque de la nariz, gruesa y aguileña, que terminaba bruscamente en una punta blanquecina, se reunían unas cejas recias, más oscuras que el pelo de la cabeza, lo cual confería a la mirada de sus ojos hundidos e irritados una expresión trágica. Obligado a respirar por la boca, abría sus delgados labios, y sus mejillas, pecosas y descoloridas por el aire enrarecido, enflaquecían y se hundían... ¡No, era un fracaso, y todo era inútil! ¡El ejército! ¡El ejército hubiera tenido que ser expuesto en su obra! ¡El ejército era la base de todo! Puesto que no podía tenerlo a la vista, ¿se podía concebir un arte tan fantástico que lo impusiera a la imaginación? Y el héroe no era héroe, ¡era innoble y frío! La inspiración era falsa, la lengua era falsa, y no era más que un curso de historia árido, sin entusiasmo, prolijo y sobrio y perdido para el teatro. Bien, se acabó. Una derrota. Una empresa malograda. Bancarrota. Quería explicárselo a Korner, al bueno de Korner, que creía en él, que tenía una confianza casi infantil en su genio. Se mofaría, suplicaría, pondría el grito en el cielo... su amigo; le recordaría al Don Carlos, que había surgido también de dudas, fatigas y transformaciones, y que, al fin, tras toda clase de tormentos, como algo insigne a partir de entonces, demostró ser una obra gloriosa. Pero aquello fue distinto. Entonces era todavía el hombre capaz de agarrar una cosa con mano venturosa y forjarse la victoria. ¿Escrúpulos o luchas? ¡Oh, sí! Y había estado enfermo, mucho más enfermo que ahora, hambriento, prófugo, Desmembrado del mundo, oprimido y pobrísimo en lo humano. ¡Pero joven todavía, muy joven! Cada vez que se hallaba desfallecido, su espíritu se había sentido impulsado ágilmente hacia lo alto, y tras las horas de pesadumbre habían venido las de la fe y el triunfo interior. Pero éstas ya no habían vuelto, apenas si habían aparecido una vez más. Una noche de espíritu inflamado, en que uno se sentía envuelto de repente en una luz y llegaba a ser genialmente apasionado; cualquiera que fuese la noche, en que a uno le era dado disfrutar siempre de tal merced, una sola de estas noches tenía que ser pagada con una semana de tinieblas y entumecimiento. Era un hombre fatigado; aún no tenía treinta y siete años y ya estaba acabado. Ya no tenía aquella fe en el futuro, que había sido su estrella en la miseria. Así era, ésta era la verdad desesperada: los años de estrechez y nulidad, que él había tenido por años de sufrimiento y prueba, en realidad habían sido ricos y fructuosos; y ahora que gozaba de un poco de felicidad, que había salido de la piratería del espíritu y entrado en una justa legalidad y en la sociedad civil (tenía un cargo y una reputación, mujer e hijos) ahora estaba exhausto y acabado. Fracaso y descorazonamiento: era todo lo que le quedaba. Gimió, apretó las manos ante los ojos y echó a andar por la habitación como un animal acosado. Lo que en aquellos precisos instantes pensó era tan terrible, que no pudo permanecer en el lugar donde le vino aquel pensamiento. Se sentó en una silla junto a la pared, dejó caer sus manos juntas entre las rodillas y miró tristemente los maderos del suelo. La conciencia... ¡Qué gritos tan agudos profería su conciencia! Había faltado, había pecado contra sí mismo durante todos aquellos años, contra el delicado instrumento de su cuerpo. Los excesos de su ardor juvenil, las noches pasadas en vela, los días entre el aire viciado por el humo del tabaco, excesivamente preocupado del espíritu y despreocupado del cuerpo, las borracheras con las que se estimulaba para trabajar..., todo, todo esto tomaba ahora su desquite. Y puesto que todo se vengaba, quería él porfiar con los dioses, que inculpaban e infligían luego el castigo. Había vivido como había podido, no había tenido tiempo de ser juicioso, no había tenido tiempo de ser prudente. Aquí, en este lugar del pecho, cuando respiraba, tosía, bostezaba, este dolor siempre en el mismo punto, este pequeño aviso diabólico, punzante, perforador, que no enmudecía desde que, cinco años atrás, en Erfurt, cogió aquella fiebre catarral, aquella tuberculosis pulmonar abrasadora..., ¿qué quería decir? En realidad, sabía muy bien lo que significaba... indiferente a lo que el médico pudiese o quisiese decir. No había tenido tiempo para tratarse con prudencia y miramiento, para economizar moralidad e indulgencia. Lo que quería hacer, debía hacerlo inmediatamente, hoy mismo, con rapidez... ¿Moralidad? Pero, ¿cómo fue que precisamente el pecado, la entrega a lo nocivo y consuntivo le pareciera, en último término, más moral que cualquier sabiduría y fría continencia? ¡No, no era eso lo moral: el cultivo despreciable de la buena conciencia, sino la lucha y la necesidad, la pasión y el dolor! Dolor... ¡Cómo ensanchaba su pecho esta palabra! Se desperezó, cruzó los brazos, y su mirada, bajo las cejas rojizas, muy juntas una de la otra, se animó con una hermosa lamentación. No se era todavía desdichado, no se era totalmente desdichado en tanto existía la posibilidad de dar un nombre orgulloso y noble a su desdicha. Una cosa faltaba: ¡el valor necesario para dar a su vida un nombre grande y hermoso! ¡No reducir la aflicción a aire viciado y a estreñimiento! ¡Ser lo suficiente sano como para ser patético..., para poder sobreponerse a lo corporal y no sentirlo! ¡Ser ingenuo sólo en eso, y sabio en todo lo demás! Creer, poder creer en el dolor... Pero él creía realmente en el dolor, tan intensamente, tan entrañablemente, que nada de lo que sucedía entre dolores podía ser, a consecuencia de esta fe, ni inútil ni malo... Su mirada vaciló por encima del manuscrito, y sus brazos se estrecharon con más fuerza sobre el pecho... El talento mismo, ¿no era dolor? Y si el talento que estaba allí, aquella obra fatal, le hacía sufrir, ¿no era, pues, que estaba en regla?, ¿no era ya casi una buena señal? El talento nunca había brotado todavía a borbotones, y hasta que no lo hiciera, no surgiría realmente su recelo. Sólo brotaba en ignorantes y aficionados, en los contentadizos e indoctos, que no vivían bajo el apremio y la continencia del talento. Pues el talento, señoras y señores que os sentáis allá abajo en las plateas, el talento no es una cosa fácil, juguetona, no es un poder sin más ni más. En sus raíces es necesidad, un conocimiento crítico del ideal, una insaciabilidad, que no se labra su poder y no se acrecienta sin pasar por el martirio. Y para los más grandes, para los más insaciables el talento es la disciplina más rigurosa. ¡Nada de lamentaciones! ¡Nada de vanaglorias! ¡Pensar humildemente, pacientemente, en todo la que hay que sufrir! Y si ni un solo día de la semana, ni una sola hora del día estaba libre de sufrimiento.... ¿qué había que hacer? Menospreciar, desdeñar los agobios y los trabajos, las exigencias, las molestias, las fatigas... ¡esto era lo que hacía grande! Se levantó, abrió la cajita y tomó rapé ávidamente; cruzó las manos a la espalda y se puso a andar por la habitación con unos pasos tan impetuosos, que las llamas de las velas oscilaron con la corriente de aire que levantó... ¡Grandeza! ¡Conquista secular e inmortalidad del nombre! !Qué vale toda la felicidad de lo eternamente desconocidos frente a este destino? ¡Ser conocido..., conocido y amado por todos los pueblos de la tierra! ¡Charlad de egoísmo, los que no sabéis de la dulzura de este sueño y de esta premura! Egoísta es todo lo extraordinario en tanto sufre. ¡Tal vez vosotros mismos lo veis, vosotros que no tenéis ninguna misión, que os es tan fácil estar en el mundo! Y la ambición habla: ¿ha de existir en vano el sufrimiento? !Él debe hacerme grande ... ! Las aletas de su nariz estaban distendidas, su mirada era amenazadora y vaga. Su diestra había caído violenta y pesadamente en el revés de la bata, mientras que la izquierda colgaba cerrada. En sus enjutas mejillas había aparecido un rubor pasajero, una llamarada, emergida de la brasa de su egoísmo de artista, de aquella pasión por su propio Yo, que ardía inextinguiblemente en las profundidades de su ser. Conocía bien la embriaguez secreta de esta pasión. A veces, necesitaba sólo contemplar su mano, para llenarse de una dulzura exaltada por su propia persona, a cuyo servicio resolviera poner todas las armas del talento y del arte que le habían sido dadas. Tenía derecho a ello, nada era innoble. Pues, más profundo que este egoísmo anidaba en la conciencia el saber que estaba consumiéndose e inmolándose enteramente, a pesar de todo, al servicio de algo sublime, sin beneficio, ¡qué duda cabe!, pero obligado por una necesidad. Y en esto radicaba su ansia de emulación: en que nadie llegara a ser más grande que él, en que nadie sufriera más intensamente que él por este ideal. ¡Nadie... ! Seguía de pie, con la mano sobre los ojos y el cuerpo vuelto un poco hacia un lado, evasivo, huidizo. Pero en su corazón sentía ya el aguijón de este pensamiento inevitable, de este pensamiento hacia el otro, el luminoso, el beatífico, el sensual, el divinamente inconsciente, aquel de Weimar, al que quería con una amistad nostálgica... Y ahora de nuevo, como siempre, en profundo desasosiego, con premura y porfía, sentía nacer en sí la labor que seguía a estos pensamientos: afirmar y delimitar el propio ser y el propio arte frente a los del otro... ¿Era, entonces, él el más grande? ¿En qué? ¿Por qué? ¿Habría un sangriento "a pesar de todo" si él vencía? ¿Sería incluso su rendición una tragedia? Un dios, tal vez lo era..., un héroe, no. ¡Pero era más fácil ser un dios que un héroe ... ! Más fácil... ¡Para el otro era más fácil! Separar con mano sabia y afortunada el conocer y el crear: esto quería hacerlo serenamente, sin congoja, de modo pletóricamente fructuoso. Pero, si el crear era de dioses, el conocer era de héroes, ¡y era ambas cosas, dios y héroe, aquel que creaba conociendo! La voluntad de lo difícil... ¿Podía tan sólo sospecharse cuánta continencia, cuánto vencimiento de sí mismo le costaba una sola frase, un simple pensamiento? Pues, en resumidas cuentas, era ignorante y poco ilustrado, un soñador abúlico y delirante. Era más difícil escribir una carta de Julio que componer la mejor de las escenas..., ¿y no era, también por esto, casi lo más sublime ... ? Desde el primer impulso rítmico de arte interior hacia sustancia, materia, posibilidad de efusión, hasta el pensamiento, la imagen, la palabra, la línea..., ¡qué lucha!, ¡qué calvario! Milagros de anhelo eran sus obras: anhelo de forma, figura, límite, corporeidad, anhelo de llegar más allá, al mundo diáfano del otro, que, directamente y con boca divina, llamaba por su nombre a las cosas, inundadas de sol. Sin embargo, y a despecho de aquél, ¿dónde había un artista, un poeta igual que él? ¿Quién creaba, como él, de la nada, de su propio seno? ¿ o había nacido en su alma una poesía que era como música, como arquetipo puro del ser, mucho antes de que tomara prestados del mundo de las apariencias el parecido y el ropaje? Historia, filosofía, pasión: medios y pretextos - nada más que eso - para algo que poco tenía que ver con ellos, que tenía su patria en profundidades arcanas. Palabras, ideas: sólo eran teclas que su arte creaba para hacer vibrar una melodía secreta.,. ,Se sabía esto? La gente buena le aplaudía por la fuerza de expresión con que él pulsaba esta o aquella cuerda. Y su palabra predilecta, su énfasis postrero, la gran campana con la que llamaba al alma a las fiestas más sublimes, seducía a muchos de ellos... Libertad... Probablemente, él entendía por libertad ni más ni menos lo mismo que ellos, cuando ellos se alborozaban. Libertad... ¿Qué significaba? ¿No sería un poco de dignidad como ciudadanos ante los tronos de los príncipes? ¿Podéis imaginaros todo lo que un espíritu se expone a decir con esta palabra? ¿Libertad de qué? ¿Libertad de qué, en último término? Tal vez, incluso de la felicidad, de la felicidad humana, esta cadena de seda, esta carga suave y dulce... Felicidad... Sus labios temblaban. Era como si su mirada se volviera hacia dentro; y su rostro se hundió lentamente en las manos... Estaba en el dormitorio. De la lámpara manaba una luz azulina, y la cortina floreada ocultaba la ventana con sus quietos pliegues. Estaba de pie junto a la cama, se inclinó sobre la dulce cabeza que se reclinaba en la almohada... Un rizo negro se ensortijó en la mejilla, que brillaba con la palidez de las perlas, y aquellos labios infantiles se abrieron en un sueño ligero... ¡Mi mujer! ¡Querida! ¿Seguiste mi deseo y viniste a mí para ser mi felicidad? Eres tú, ¡calla! ¡Y duerme! ¡No abras ahora estas pestañas dulces, de sombras alargadas, para contemplarme tan grande y oscuro cual fui otras veces, cuando preguntabas y me buscabas! ¡Dios mío, Dios mío, cuánto te amo! Sólo a veces no puedo hallar mis sentimientos, porque a menudo estoy muy fatigado por el sufrimiento y la lucha con la tarea que mi propio Yo me impone. Y no puedo ser demasiado tuyo, no puedo ser enteramente feliz en ti, a causa de mi misión... La besó, se separó del calor agradable de su somnolencia, miró en torno a sí y se alejó. La campana le anunció cuán entrada era ya la noche, pero era como si, a la vez, anunciara benévolamente el fin de una hora penosa. Respiró, sus labios se cerraron con firmeza; echó a andar y empuñó la pluma... ¡Nada de cavilaciones! ¡Era demasiado profundo para tener que andar con cavilaciones! ¡No bajar al caos, o por lo menos no detenerse en él! Antes bien, sacar del caos, que es la plenitud, a la luz del día todo lo que está dispuesto y maduro para adquirir forma. No cavilar: !trabajar! Separar, suprimir, configurar, acabar... Y aquella obra de dolor se acabó. Tal vez no era buena, pero se acabó. Y cuando estuvo acabada, he aquí que entonces también fue buena. Y de su alma, cuajada de música y de idea, forcejearon por salir nuevas obras, creaciones sonoras y rutilantes cuya forma divina permitía vislumbrar la patria eterna, del mismo modo que en la concha marina silba el mar del que ha sido extraída.

sábado, 21 de abril de 2007

F. S. Fitzgerald

Uno de mis viejos amigos


Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco años de matrimonio.


Cuando oyó los pasos de Michael en el vestíbulo, levantó la cabeza y prestó atención; le gustaba oírle caminar, siempre con cuidado, como si los niños estuvieran durmiendo muy cerca.


—Michael.


—Ah, hola. —El entró en la habitación; era un hombre alto, fuerte y delgado, de treinta años, con frente amplia y unos ojos negros y tiernos—. Tengo que contarte algo—dijo en seguida—. Charley Hart se va a casar.


—¡No!


El reafirmó con la cabeza.


—¿Con quién?


—Con una de las chicas del pueblo.—Titubeó—. Llega mañana a Nueva York y creo que deberíamos hacer algo por ellos mientras estén aquí. Charley es uno de mis más viejos amigos.


—Invitémoslos a cenar...


—Me gustaría hacer algo más —la interrumpió él—. Quizás ir al teatro.—Volvió a titubear—. Sería un bonito gesto hacia él, ¿me entiendes?

—Muy bien—asintió Marion—. Pero no debemos gastar mucho. Y no creo que estemos obligados

El la miró sorprendido


—Quiero decir—siguió Marion—que últimamente hemos visto poco a Charley. En realidad, no lo vemos casi nunca.


—Bueno ya sabes cómo son las cosas en Nueva York—explicó Michael, en tono de disculpa—. Está tan ocupado como yo. Ahora es muy conocido y supongo que lo buscan continuamente


Siempre hablaban de Charley Hart como de su más viejo amigo. Cinco años atrás, al casarse Michael y Marion, habían llegado los tres juntos desde la misma ciudad del Oeste. Durante más de un año lo habían visto casi todos los días, sin evitar que se enterara de una sola disputa doméstica del más mínimo vaivén de sus sueños y esperanzás. Su aparición en los momentos de dificultad siempre otorgaba a la situación un giro agradable y humorístico.


Claro que los críos habían abierto una brecha y ahora hacía varios años que no llamaban a Chariey a medianoche para anunciarle que se había roto la tubería o se les estaba cayendo el techo sobre la cabeza. Pero la separación había sido tan gradual que Michael aún hablaba de Charley con el orgullo de alguien que ve a un amigo todos los días Durante un tiempo, Charley había cenado con ellos una vez por mes y los tres tenían mucho que contarse, pero los encuentros ya no terminaban con un «Te telefonearé mañana». Por el contrario, se oía un «Tendrás que venir a vernos más a menudo» o incluso después de tres o cuatro años, un «Nos veremos prónto».


—Oh, tengo muchas ganas de organizar una fiesta íntima—dijo Marion mirando a su alrededor especulativamente—. ¿Habéis hablado de alguna fecha en concreto?


—La semana que viene. —Los ojos oscuros de él escrutaron vagamente el suelo—. Podemos quitar las alfombras o algo así.


—No —sacudió ella la cabeza—. Daremos una cena para ocho personas, muy formal, y después jugaremos a las cartas.


Ya estaba pensando a quién podía invitar. Por supuesto que Charley, siendo artista, seguramente veía todos los días a gente interesante.


—Podemos llamar a los Willoughby —sugirió, poco convencida—. Ella es actriz, o algo por el estilo... Y él escribe para el cine.


—No, no me parece —objetó Michael—. Debe ver a gente como ésa todos los días en el almuerzo y la cena, y ya no podrá soportarlos. Además, fuera de los Willoughby, ¿a quién más conocemos como ellos? Se me ocurre algo mejor. Reunamos alguna gente que haya llegado aquí desde el mismo sitio. To do s han se gui do l a c arre ra de Charley y p rob ab l emente les gustaría volver a verlo. Me gustaría que comprobaran que la fama no lo ha echado a perder y que sigue siendo una persona humilde.


Después de discutir un rato se pusieron de acuerdo y Marion llamó por teléfono al primer invitado.


—Es para conocer a la novia de Charley Hart —explicó—. Charley Hart, el artista. Es uno de nuestros más viejos amigos, ¿sabes?


A medida que avanzaban los preparativos aumentaba su entusiasmo. Alquiló una camarera para que el servicio fuese impecable y convenció a la florista del vecindario para que le hiciera personalmente los adornos florales. Toda la gente «de su tierra» había aceptado con mucho gusto y el número de invitados había llegado a la docena.


—¿De qué hablaremos, Michael? —preguntó, inquieta, la víspera de la fiesta—. Imagina que todo sale mal y la gente se enfada y se va a su casa...


El se rió.


—No pasará eso. Ten en cuenta que todas estas personas se conocen.


El teléfono hizo notar su presencia sobre la mesa y Michael contestó.


—Diga. Ah, hola, Charley@


Marion se quedó rígida en su silla.


—¿De verdad? Bueno, lo siento mucho. Lo siento muchísimo... Espero que no sea nada grave.


—¿No puede venir?—exclamó Marion, sin poder evitarlo.

—Chitón—siseó él, y después, al teléfono—: Lo siento, de veras, Charley. No, para nosotros no es ningún problema. Sólo sentimos que estés enfermo.

Michael colgó con un gesto tétrico.


—La Lawrence tuvo que marcharse a su casa anoche y Charley está en cama con un cólico.


—¿Entonces no puede venir?


—No puede.


El rostro de Marion se contrajo repentinamente y se le llenaron los ojos de lágrimas.


—Dice que el médico estuvo todo el día con él —explicó Michael—. Tiene fiebre y ni siquiera querian deJarlo hablar por teléfono.


—¿Y a mí qué me importa?—sollozó Marion—. Me parece horrible. Después de invitar a todos esos amigos para que le vieran...


—La gente no puede evitar caer enferma


—Sí que puede —protestó ella, sin ninguna lógica—. Hay maneras de evitarlo. Y si la chica se fue anoche, ¿por qué no nos lo dijo?


—Dijo que se marchó inesperadamente. Hasta ayer por la tarde estaban seguros de venir los dos.


—Creo que no le importa un comino. Apuesto a que se ha alegrado de caer enfermo. Si le importara la hubiera traído hace mucho tiempo para que lá conociéramos.


De pronto se levantó


—Te diré una cosa—se dirigió a él con vehemencia—. Lo que haré será telefonear a todo el mundo y decirles que se ha suspendido la fiesta.


—No, Marion...


Pero a pesar de sus tibias protestas, ella descolgó el teléfono y empezó a buscar el primer número.


Al día siguiente, compraron entradas para el teatro can la esperanza de colmar el vacío que acarrearía la noche. Cuando a las cinco la florista a la que nada se le había dicho, se presentó con cajas de flores, Marion se echó a llorar y tuvo la sensación de que debería escaparse de casa para evitar los fantasmas que iban a poblarla. Comieron en silencio una sofisticada cena compuesta por todo lo que habían comprado para la fiesta.


—Son sólo las ocho —dijo Michael cuando terminaron—. Pienso que quedaría bien pasar a ver a Charley un minuto, ¿no te parece?


—Pues no—respondió Marion, asombrada—. No se me hubiera ocurrido.


—¿Por qué no? Si está muy enfermo, me gustaría saber si lo cuidan bien.


Ella se dio cuenta de que ya lo había decidido, de modo que se hizo a la idea y fueron en taxi hasta un alto edificio de apartamentos en Madison Avenue.


—Entra tú—dijo Marion, nerviosa—. Será mejor que yo te espere aquí.


—Ven, por favor.


—¿Para qué? Estará en cama y no querrá que entren mujeres.


—Pero se alegrará al verte. Lo animarás. Y sabrá que no estamos enfadados por lo de esta noche. Cuando llamó, parecía terriblemente deprimido.


La hizo bajar del taxi.


—Quedémonos un minuto, nada más —susurró, tensa, mientras subían en el ascensor—. La obra empieza a las ocho y media.


—La puerta de la derecha ~~liju el ascensorista.


Tocaron el timbre y esperaron. La puerta se abrió y entraron en el gran estudio de Charley Hart.


Estaba lleno de gente- una larga mesa alumbrada por lámparas y adornadá con helechos y rosas frescas había sido dispuesta de punta a punta, y el aire ligeramente humeante estaba invadido por un mur mullo de risas y palabras. Veinte mujeres sentadas a un lado, vestidas de noche, charlaban a través de las flores con veinte hombres cn medio de un júbilo nacido del chispeante borgoña que se derramaba desde las botellas en las copas heladas. En una zona de la alta y estrecha galería que rodeaba la sala, un cuarteto de cuerdas tocaba algo de Stravinsky en una clave que se adecuaba al tono de voz de las mujeres y llenaba el aire como un vino musical.


La puerta había sido abierta por un camarero que se hizo a un lado con deferencia para dar paso a los que consideró dos huéspedes retrasados, y de inrnediato un buen mozo que ocupaba la cabecera

de la mesa se levantó, servilleta en mano para quedarse paralizado al mirar a los advenedizós. La conversación se disolvió en un semisilencio y todos los ojos, tras los de Charley, miraron a la pareja que acababa de entrar. Luego, como si se hubiera roto el hechizo, la conversación volvió a desatarse y cobró intensidad palabra por palabra. El momento había terminado.

—¡Vámonos!


El susurro bajo y aterrado de Marion le llegó a Michael desde un hueco, y por un instante se creyó poseído por la ilusión de que, después de todo en la sala no había nadie más que Charley. Luegó se le aclararon los ojos y descubrió que había mucha gente. ¡Nunca había visto tanta! La música se convirtió súbitamente en un tumulto de metales, y un vendaval desatado por las trompetas pareció acometerlos. Sin volverse, los dos retrocedieron ciegamente hasta el pasillo y cerraron la puerta al salir.


—¡Marion. . . !


Había corrido hasta el ascensor y tenía un dedo apretado contra el timbre, cuyo sonido resonaba en todo el pasillo como una nota aguda perteneciente a la música de dentro. De pronto se abrió la puerta del apartamento y Charley Hart salió al pasillo.


—¡Michael! —gritó—. ¡Michael y Marion, quiero explicaros! Entrad. Os digo que quiero explicaros.


Hablaba con ansiedad, con el rostro enrojecido y la boca dando forma a una o dos palabras que no lograban materializarse.


—Date prisa, Michael —di jo tensamente la voz de Marion, desde la puerta del ascensor.


—¡Dejad que os explique! —gritó Charley con desesperación—. Quiero...


Michael se apartó de él- llegó al ascensor y la puerta se abrió con un siséo metálico.


—Actuáis como si hubiese cometido un crimen —Charley seguía a Michael por el pasillo—. ¿ No podéis comprender que todo es un accidente?


—Muy bien—murmuró Michael—. Lo comprendo.


—No, no lo comprendes.—La voz de Charley se elevó, exasperada. Se estaba enfureciendo con ellos,


como en un esfuerzo para justificar su propia e intolerable posición—. Os marcháis enfadados cuando os acabo de pedir que os quedéis. ¿Para qué habéis venido si no os vais a quedar? ¿ No. . . ?


Michael entró en el asccnsor.


—¡Abajo, abajo! —grito Marion—. ¡Oh, quiero bajar, por Javor!


La puerta se cerró.


Le indicaron al taxista que los llevara directamente a su casa; ninguno de los dos hubiera podido soportar la función tcatral. En el camino, Michael hundió su cara en las manos e intentó convencerse de que la amistad quc tanto había significado para él había terminado. Ahora se daba cuenta de que había concluido tiempo atrás, que durante el último año Charley no había buscado la compañía de ellos ni una vez, y el impacto de:l descubrimiento era más fuerte que el de la afrenta rccibida.


Cuando llegaron a su apartamento, Marion, que no había pronunciado en cl taxi una sola palabra, entró en la sala y obligó a su esposo a sentarse.


—Voy a contarte algo que deberías saber—empezó—. Probablemente nunca lo habría hecho de no haber sido por lo que ha sucedido esta noche. Pero ahora creo que tienes que oír la historia entera. —Dudó un momento—. En primer lugar, Charley Hart no era amigo tuyo en absoluto.


—¿Qué?


El la miró, estupefacto.


—Que no era amigo tuyo—repitió ella—. Durante años lo fue. Era amigo mío.


—Bueno, Charley era...


—Sé lo quc vas a decir: que Charley era amigo de los dos. Pero no es cicrto. No sé qué sentía por ti al principio, pero de jó de ser amigo tuyo hace tres o cuatro años.


—Bien—los ojos de Michael chispeaban de perplejidad—, si eso es vcrdad, ¿por qué pasaba con nosotros tanto tiempo?


—Por mí—dijo Marion con firmeza—. Estaba enamorado de mí.

—¿Qué?—Michael se rió incrédulamente—. Estás soñando. Sé que lo decía bromeando...

—No bromeaba—le interrumpió ella—. En el fondo no. Empezó haciendo chistes... y terminó pidiéndome que me escapara con él.


Michael frunció el ceño.


—Sigue—dijo tranquilamente—. Supongo que si no fuera verdad no mc lo contarías. Pero no parece real. ¿Así que de repente empezó a... a...?


Cerró la boca bruscamente, incapaz de emitir palabras.


—Empezó una noche, mientras los tres estábamos en un baile.—Marion vaciló—. Y al principio me gustaba. Tenía una capacidad especial para descubrir cosas: vestidos, sombreros, mis nuevos peinados. Era una buena compañía. Siempre se las ingeniaba para hacerme sentir importantc, en cierto modo, y atractiva. No vayas a creer que prefería estar con él que contigo. No era así. Sabía cuán absolutamente egoísta era y qué desaprensivo. Pero supongo que lo alentaba porque me hacía gracia. Era una faceta nueva de Charley y era divertida, como casi todo lo que hacía él.


—Sí—admitió Michael con un esfuerzo—. Supongo que era... cómicamente divertido.


—Al principio te seguía queriendo. No se le ocurria que pudiera estar traicionándote. No hacía más que obedecer a un impulso natural eso era todo. Pero unas semanas después empezó a éncontrarte en mcdio de su camino. Quiso llevarme a cenar sola y no pudo ser. Bueno, esa clase de situaciones se repitieron durante más de un año.


—¿Entonces qué pasó?


—No pasó nada. Empezó a dejar de visitarnos.


Michael se levantó lentamente.


—¿Quieres decir...?


—Espera un minuto. Si piensas un poco te darás cuenta de que no podía ser de otro modo. Cuando vio que yo intentaba calmar las cosas para que volviera a ser simplemente uno de nuestros más viejos amigos, se apartó. No quería ser uno de nuestros más vieJos amigos. Eso había terminado.


—Entiendo. ^,


—Bueno.—Marion se levantó y empezó a morderse nerviosamente el labio—. Esto es todo. Se me ocurrió que lo de esta noche te lastimaría menos si comprendías todo el asunto.


—Sí —respondió Michael con voz inexpresiva—. Supongo que tienes razón.


Michael atravesó una racha de prosperidad en sus negocios y al llegar el verano alquilaron una pequeña granja vieja en el campo, donde los niños jugaban todo el día en una intrincada extensión de hierba y árboles. El tema de Charley jamás fue mencionado durante esos meses y por fin llegó a convertirse en una sombra relegada a un rincón de sus mentes. A veces, justo antes de dormirse, Michael se sorprendía pensando en los momentos felices aue habían pasado los tres juntos cinco años atrás, pero entonces la realidad anulaba la ilusión y rechazaba los recuerdos con un malestar casi físico.


Un cálido atardecer de julio estaba dormitando en el porche a la luz del crepúsculo. Había sido un día muy pesado en la oficina y le agradaba descansar allí mientras la luz estival se iba borrando del campo.


Levantó la cabeza ociosamente al oír el ruido de un automóvil. Un taxi del pueblo se había detenido al final del sendero y un hombre joven acababa de bajar. Michael se sentó con una exclamación. Podía reconocer aquellos hombros anchos y el paso impaciente incluso en la penumbra.


—Maldición—dijo suavemente.


Cuando Charley Hart se acercó por el sendero de grava, Michael notó con sólo mirarlo que estaba insólitamente despeinado. Su rostro agradable estaba ojeroso y denotaba fatiga; tenía la ropa arrugada y la mirada inconfundible del que necesita dormir unas cuantas horas.


Llegó al porche, advirtió la presencia de Michael y sonrió, triste y confuso.


—Hola, Michael.


Ninguno de los dos hizo el gesto de estrechar la mano del otro, pero al cabo de un momento Charley se derrumbó bruscamente en una silla.

—Me gustaría beber un voz ronca—. Hace un calor

Michael entró en la casa con un vaso de agua que tragos ruidosos.


—Gracias—dijo, atragantándose—. Pensé que iba a pasar de largo.


Miró a su alrededor con ojos que solamente simulaban fijarse en lo que lo rodeaba.


—Bonito sitio este—señaló, y sus ojos regresaron a Michael—. ¿Quieres que me vaya?


—Bueno, pues no. Si lo necesitas, quédate sentado y descansa. Pareces arruinado.


—Lo estoy. ¿Quieres oír la historia?


—En absoluto.


—Bien, de todos modos te la voy a contar—dijo Charley, desafiante—. Para eso he venido. Estoy en un lío, Michael, y eras la única persona a la que podía recurrir.


—¿ Has probado con tus amigos ?—preguntó Michael fríamente.


—He probado con todo el mundo; al menos, con los que tuve tiempo de hacerlo. ¡Dios! —Se secó la frente con la mano—. Nunca me imaginé lo difícil que es encontrar dos mil dólares.


—¿Has venido a pedirme dos mil dólares?


—Espera un momento, Michael. Primero termina de oír. Verás en qué lío puede meterse un tipo sin tener la menor intención. Has de saber que soy el tesorero de una asociación llamada Fundación para Artistas Independientes, un invento para ayudar a los estudiantes con problemas. Había un fondo de tres mil quinientos dólares que permaneció en mi cuenta durante más de un año. Bueno, como ya sabes yo llevo un tren de vida un poco alto—gano mucho y gasto mucho—y hace un mes empecé a especular en pequeña escala por medio de un amigo...


—No sé por qué me estás contando esto—le interrumpió Michael con impaciencia—. Me...


—Espera un minuto, ¿quieres? Ya termino.—Miró a Michael con ojos atemorizados—. A veces usaba ese dinero sin darme cuenta siquiera de que no era mío.


vaso de agua—dijo con infernal.


. sin decir palabra y volvió

Charley bebió a grandes

Siempre he tenido mucho, compréndelo. Hasta esta semana al menos. Esta semana hubo una reunión de la sociedad y me pidieron que devolviera el dinero. Bien, fui a ver a un par de personas para pedirles un préstamo y tan pronto como les di la espalda uno de ellos lo contó todo. Anoche hubo un escándalo terrible. Me dijeron que como no entregara los. dos mil esta mañana me enviarían a la cárcel.—Alzó la voz y echó una mirada atemorizada a su alrededor—. Tengo sobre los hombros una orden de arresto, y si no logro conseguir el dinero me mataré, Michael- juro por Dios que lo haré. No quiero ir a la cárcel. Soy un artista, no un hombre de negocios. Soy...


Hizo un esfuerzo para dominar la voz.


—Michael—murmuró—. Eres mi mejor amigo. No tengo a nadie más que a ti en el mundo.


—Has llegado un poco tarde—dijo Michael, incómodo—. No pensaste en mí hace cuatro años cuando le pediste a mi esposa que se escapara contigo.


Una sincera mirada de sorpresa atravesó el rostro de Charley.


—¿Estás enfadado por eso?—preguntó, confundido—. Pensé que estabas ofendido porque no fui a tu fiesta.


Michael no contestó.


—Supuse que ella te habría hablado de eso hace mucho tiempo— continuó Charley—. No pude evitarlo. Estaba solo y vosotros os teníais el uno al otro. Cada vez que iba a tu casa te dedicabas a contar lo maravillosa que era Marion hasta que al fin... empecé a estar de acuerdo. ¿Cómo podía evitar enamorarme de ella si durante un año y medio fue la única chica decente que conocí?—Miró a Michael altivamente—. Bueno, tú la tienes, ¿no? Ni siquiera llegué a besarla. ¿Vale la pena que sigas machacando?


—Oye—dijo Michael, cortante—. ¿Cuál es la razón de que deba prestarte el dinero?


—Bueno... —Charley vaciló y se rió de mala gana—. No sé la razón exacta. Sólo pensé que lo harias.


—¿Por qué?


—Por ningún motivo; ya veo cómo lo has tomado.

—Ese es el problema. Si te lo diera sería por sentimentalismo y debilidad. Estaría haciendo algo que no quiero hacer.

—Muy bien. —Charlcy sonrió desagradablemente—. Es lógico. Ahora que lo pienso no hay ninguna razón para que me lo prestes. Bueno...— Hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y, al echar la cabeza hacia atrás, dio la impresión de querer desprenderse del tema como si fuese una gorra—. No iré a la cárcel... Y quizá mañana opines de forma diferente.


—Ni lo sueñes.


—Oh, no quiero decir que te vuelva a pedir el dinero. Hablo de algo... muy distinto.


Meneó la cabeza, se volvió rápidamente y avanzó por el sendero hasta que la oscuridad se lo tragó. Michael oyó que los pasos se apagaban, como si vacilase, en el punto en donde el sendero salía al camino.


Después se alejaron por el camino hacia la estación, a una milla de distancia.


Michael se hundió en su silla, con el rostro entre las manos. Oyó salir a Marion.


—Hc escuchado —di jo ella—. No pude evitarlo. Me alegro que no le hayas prestado nada.


Se acercó a él y se hubiera sentado en sus rodillas, pero una repulsión casi física invadió a Michael y lo obligó a levantarse de la silla.


—Tenía miedo de que te trabajara los sentimientos y acabara convenciéndote—siguió Marion. Vaciíó—. Tc odiaba, ¿sabes? Quería que te murieses. Una vez le dije que si volvía a decir eso no lo vería nunca más.


Michael le dirigió una mirada tenebrosa.


—La verdad es que fuiste muy noble.


—Oyc, Michael...


—Permitiste que te dijera cosas como ésa... y ahora que viene arruinado, sin un amigo a quien recurrir, dices que te alegra que lo haya echado.


—Es porque te quiero, cariño...


—¡No, no es por eso!—la interrumpió brutalmente—. Es porque en este mundo el odio es una mercancía barata. Todo el mundo la tiene en venta. ¡Dios míot! ¿Qué crees que pienso de mí en este momento?


—El no se merece que pienses así.


—¡Por favor, vete! —gritó Michael con pasión—. Quiero estar solo.


Ella le hizo caso y él volvió a sentarse en la oscuridad deí porche, sintiendo que lo envolvía una especie de terror. Hizo varias veces un esfuerzo para levantarse pero acabó frunciendo el ceño y permaneciendo inmóvil. Por fin, después de largo rato, se puso en pie de un salto, mientras un sudor frío resbalaba por su frente. La hora anterior y los últimos me se s se disolv ie ron de pron to y sint ió que daba un salto de varios años hacia atrás. Quizás esos años se hubieran escapado con Charlcy Hart, su viejo amigo. Charley Hart, que no tenía otro lugar a donde ir. Michael echó a correr por el porche, aturdido, buscando su sombrcro y su chaqueta.


—¡Oye, Charley! —gritó.


Por fin encontró la chaqueta y, enfundándosela con dificultad, bajó los escalones como una tromba. Le parecía que Charley se había marchado sólo unos minutos antes.


—¡Charley!—gritó al llegar al camino—. ¡Charley, vuelve aquí! ¡Me he equivocado!


Se calló y prestó atención. No hubo respuesta. Jadeando se lanzó a correr como un perro por el camino, á través de la noche tórrida.


Apenas eran las ocho y media, pero el campo estaba en absoluto silencio y las ranas croaban con fuerza en la fran ja pantanosa que bordeaba el camino. El cieío cstaba débilmcntc salpicado de estrellas y pronto saldría la íuna, pero cl camino se cstiraba entre árboles oscuros y Michacl no veía nada que estuviera a más de tres metros. Al cabo de un rato decidió caminar. Una mirada a la csfcra luminosa de su reloj le había bastado para darse cuenta de que el tren dc Nucva York no pasaría hasta una hora después. Tenía mucho tiempo.


A pesar de ello, se puso a correr nuevamente y cubrió en quince minutos el kilómetro y mcdio quc separaba su casa de la estación. Era una estación pe

queña, humildemente encogida en la oscuridad al borde de las vías brillantes. A un lado Michael vio las luces de un taxi que esperaba el próximo tren.

El andén estaba desierto y Michael abrió la puerta para mirar dentro de la turbia sala de espera. Estaba vacía.


—Es gracioso—murmuró.


Despertó al chófer del taxi y le preguntó si había visto a alguien esperando el tren. El chófer lo pensó; sí, había visto a un hombre joven, hacía unos veinte minutos. Había recorrido el andén durante un rato, fumando, y después se había perdido en la oscuridad.


—Es gracioso—repitió Michael.


Formó un megáfono con las manos y dirigiéndolo hacia el bosque, al otro lado de la vía, lanzó un grito:


—¡Charley!


No hubo respuesta. Volvió a probar. Después regresó al taxi.


—¿Tiene idea de hacia dónde fue?


El hombre señaló vagamente la carretera a Nueva York, que corría paralela a la vía.


—Para allí.


Con creciente inquietud, Michael le dio las gracias y se apresuró a tomar la carretera, que ahora se blanqueaba bajo la luna. Estaba completamente seguro de que Charley estaba dispuesto a matarse. Recordó su expresión al volverse y la mano rígida dentro del bolsillo, como aferrando algún objeto amenazador.


—¡Charley! —gritó con voz terrible.


Los árboles en sombras no respondieron. Pasó frente a una docena de campos refulgentes como plata bajo la luna, deteniéndose varias veces a gritar y esperar ansiosamente una respuesta.


Se le ocurrió que era estúpido seguir avanzando en esa dirección; probablemente, Charley estaría en algún lugar del bosque, cerca de la estación. Tal vez todo fuera producto de su imaginación y Charley estuviese en ese mismo instante paseándose por el andén, esperando el tren de la ciudad. Pero un impulso más allá de toda lógica lo llevaba a seguir en la búsqueda. Más aún, experimentó una y otra vez la sensación de que delante de él había alguien, alguien que, fuera del alcance de su mirada y su voz se le escurría en cada curva y sin embargo dejabá a su paso un aura trágica y tenue. En un momento dado creyó oír pasos entre las hojas, al lado de la carretera, pero sólo era una hoja de periódico arrastrada por el débil viento caliente.


Era una noche sofocante, Ia luna parecía arrojar rayos hirvientes sobre la tierra abrasada. Michael se quitó la chaqueta y la dobló sobre un brazo sin dejar de caminar. Ahora tenía a pocos metros un puente de piedra que atravesaba la vía y más allá una línea interminable de postes de teléfono que se extendían en perspectiva decreciente hacia un horizonte inabarcable. Bien, llegaría hasta el puente y después se daría por vencido. Lo habría hecho antes, de no ser por aquella sensación de que alguien caminaba ligera y velozmente un poco por delante.


Al llegar al puente de piedra, se sentó sobre una roca, latiéndole el corazón con fuertes golpes bajo la camisa empapada. No tenía sentido: Charley se había alejado de su alcance y de su ayuda, tal vez para síempre. A lo lejos, más allá de la estación, oyó acercarse la sirena del tren de las nueve y media


Michael se sorprendió preguntándose repentinamente por qué estaba allí. ¿Qué cuerda sensible de su carácter había tocado Charley en aquellos pocos minutos para lanzarlo a aquella carrera asustada y sin destino a través de la noche? Lo habían discutido, y Charley no había sido capaz de darle una razón por la cual debiera ayudarle.


Se levantó con ía idea de regresar, pero antes de volverse se qucdó observando el camino por un minuto bajo la luz de la luna. Después del puente sc cxtendía la línea de postes y, mientras sus ojos la seguían hasta donde les era posible, volvió a oír, ahora más cercana y ominosa, la sirena del tren de Nueva York, elevándose y descendiendo con precisión musical en la noche serena. De pronto, sus ojos, que habían estado deslizándose por las vías, se detuvieron atraídos por un punto de la línea de postes, a unos cientos de metros de distancia. El poste era exactamente igual a los otros y sin embargo poseía algo distinto, algo indescriptiblemente distinto.


Y al observarlo con la concentración que absorbe a veces la figura en una alfombra se produjo un extraño efecto en su mente y de pronto lo vio todo bajo una luz totalmente diferente. Con el murmullo-de la brisa le había llegado una idea que cambiaba por completo el cariz de la situación. Era esto: recordó haber leído en alguna parte que en cierto momento perdido en la oscuridad del medioevo un hombre llamado Gerbert (Gerbert d'Aurillac, el erudito papa Silvestre II, muerto en 1003. (N. del T.)) había resumido en sí toda la civilización europea. Le pareció súbitamente claro que él acababa de pasar por una situación semejante. Por un minuto, un instante del tiempo, toda la piedad del mundo se había agolpado en él.


Lo comprendió en medio de una conmoción en el espacio de un segundo, y en seguida supo pór qué debería haber ayudado a Charley Hart. Era porque hubiera sido intolerable vivir en un mundo sin solidaridad, donde cualquier ser humano pudiera estar tan solo como había estado Charley esa tarde.


Y bien, de eso se trataba, por supuesto- se le había confiado esa oportunidad. Había ido á buscarlo alguien que no contaba con nadie más, y él se había negado.


Durante todo ese tiempo se había quedado absolutamente inmóvil, con la mirada fija en el poste de teléfono más allá de la vía, un poste que sus ojos habían reconocido como distinto a los demás. Ahora la luna brillaba tanto que podía ver una barra blanca que cruzaba el poste cerca de la punta, y al contemplarla el poste pareció aislarse, como si los demás se hubiesen esfumado.


De pronto, a una milla de distancia, oyó el traqueteo y el estrépito del tren eléctrico que abandonaba la estación, y como si el sonido lo hubiera devuelto a la vida, lanzó un grito entrecortado y echó a correr a toda velocidad por el camino, hacia el po s te de la ba rra at rave sada.


El tren silbó una vez más. Clac-clac-clac. Ahora estaba más cerca, a seiscientos, a quinientos metros, y cuando pasó por debajo del puente iluminó a Michael con su faro. No sentía emoción alguna sino mero terror: sólo sabía que debía llegar al poste antes que el tren, y el poste estaba a cincuenta metros, apuntando rígidamente al cielo como una estrella.


Al otro lado de la vía no había sendero junto a los postes, pero el tren estaba tan cerca que decidió no espcrar más porque de lo contrario no lograría cruzar. Se desvió de la carretera, atravesó la vía en dos zancadas y con el ruido del motor sonándole en los taíones se precipitó sobre el campo. Ocho nueve metros; mientras el sonido del tren eléctricó se convertía en bramido en sus oídos, llegó al poste y se llevó por delante al hombre que estaba parado junto a la vía, arrojándolo al suelo con el impacto de su cuerpo.


Su oído registró un estruendo de acero, el pesado deslizarse de las ruedas sobre los rieles, un veloz rugido del aire. Un momento después, el tren de las nueve y media había pasado.


—Charley —balbució incoherente—. Charley...


Una cara lívida le miró atónita. Michael rodó sobre su espalda y se estiró jadeando. Ahora, la noche sofocante estaba serena; sólo se oía el murmullo del tren que se alejaba.


—¡Oh, Dios!


Michael abrió los ojos y vio a Charley sentado, con el rostro entre las manos.


—Está bien —murmuró Michael—. Está bien Charley. Te prestaré el dinero. No sé en qué estabá pensando. Después de todo... eres uno de mis más viejos amigos.


Charley meneó la cabeza.


—No lo entiendo —dijo, con la voz quebrada—. ¿De dónde has salido? ¿Cómo has llegado aquí?


—Te he estado siguiendo. Estaba detrás de ti.


—Hace media hora que estoy aquí.


—Bueno, es una suerte que hayas elegido este poste para... para esperar. Lo estuve mirando desde el puente. Lo elegí por el travesaño.


Charley se había puesto de pie, tambaleándose, y ahora se alejó unos pasos y contempló el poste a la luz de la luna.


—¿Qué has dicho?—preguntó un minuto después, con una voz confundida—. ¿Has dicho que este poste tiene un travesaño?


—Sí, claro. Lo estuve mirando un rato largo. Por eso. . .


Charley levantó nuevamente los ojos y dudó, extrañado antes de hablar.


—No hay ningún travesaño—dijo.


(Publicado en Woman's Home Companion, en 1925.)

jueves, 12 de abril de 2007

Antonio Lobo Antunes

Mi muerte



Hablo poco. Hablo poco y cada vez hablo menos. En primer lugar porque me distraigo y olvido el tema de las conversaciones y en segundo lugar porque las personas no esperan que les responda sino que las oiga, lo que es fácil si asientes de vez en cuando y dices
         -Pues claro
       cuando me miran con las cejas levantadas a la espera de aprobación y aplauso. Me he hecho un especialista del
         -Pues claro
        que sé pronunciar por lo menos en veintitrés tonos diferentes según el humor y el ímpetu
        (o la falta de él)
        del interlocutor, y si me preguntan con sorpresa

        -¿Pues claro qué?
      tuerzo la boca en una sonrisa enigmática y sutilmente aprobadora para que el otro, tranquilizado, deshaga sus dudas, me dé en el hombro una palmada satisfecha, suelte con alivio
         -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
      y se lance a un relato sinuoso en cuya primera curva me pierdo, aunque vuelva a murmurar pensando quién sabe en qué
         -Pues claro
      en los intervalos de silencio que de vez en cuando me abren, destinados a mi admiración y a mi aplauso. 
         Porque yo no puedo hablar
         (y no hablo)
      pero estoy de su parte, estoy siempre de su parte, y estoy de su parte por no haber escuchado nada y porque detesto argumentar, tener razón, opiniones, convicciones, motivos. Por eso me limito al
         -Pues claro
       y al asentimiento mudo. Concentrado. Fruncido el ceño. Fraternal. Algunas veces sustituyo esta forma de aplauso por un suspiro que significa
        -A mí me lo vas a decir
         o por el adverbio
         -Exactamente
       que al contrario de lo que se pueda imaginar es el más vago, el más inocuo y estimulante de los comentarios, aquel que posibilita a mi compañero explorar diversas variantes de su tema, cotejarlas, elegirlas, rechazarlas, enfrentar unas con otras, valorar su densidad y su peso
         -Exactamente
         que en general hago seguir de la frase
         -Ya te digo
         que hasta ahora se ha revelado como un éxito seguro. Por eso no comprendo lo que ocurrió la semana pasada, cuando Pedro me telefoneó y quedamos en la cafetería de al lado de la casa. Yo pedí un té de limón y él pidió un café y comenzó a hablar. Eran las tres de la tarde, sólo había un señor mayor resolviendo crucigramas en una mesita cerca del escaparate y el camarero limpiando botellas detrás de la barra. No comprendo porque me comporté como de costumbre. Dije
          -Pues claro
          asentí con la cabeza, esbocé la sonrisa enigmática, alentadora, murmuré en cuatro o cinco ocasiones
          -Ya te digo
         suspiré solidario
          -A mí me lo vas a decir
          Pedro me dio en el hombro una palmada satisfecha
          -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
          y aproveché para añadir, pensando en Ana, en el cuerpo de Ana, en los besos de Ana
          -Si yo fuese tú haría lo mismo
          y no entiendo el  motivo que lo llevó a sacar el revolver y a pegarme dos tiros en el pecho.
          Me preocupa sobre todo que Ana se quede sola con los niños por tener a su marido en la cárcel. Me preocupa también no poder visitarla por estar aquí en el hospital conectado a este aparato sin poder levantarme. Es poco probable que vuelva a verla: el médico ha accedido a esperar a que mi hermana menor llegue del Fundao para despedirse de mí antes de desconectar el aparato.