viernes, 13 de enero de 2012

Marguerite Duras


El cortador de aguas Era un día de verano, hace unos años, en un pueblo del este de Francia, tres años tal vez, o cuatro años, por la tarde. Un empleado de las Aguas vino a cortar el agua de una gente que estaba un poco marginada, que era un poco diferente de los demás, digamos atrasada. Vivía en una estación desalojada -el T.G.V. pasaba por la región- que el municipio les había dejado. El hombre hacía pequeños trabajos en casa de la gente del pueblo. Y debían contar con el auxilio de la alcaldía. Tenían dos hijos, de cuatro años y de un año y medio. Por delante de su casa, muy cerca, pasaba esta línea del T.G.V. Eran personas que no podían pagar su recibo de gas ni de electricidad, ni de agua. Vivían en una gran pobreza. Y un día, apareció un hombre para cortar el agua en la estación donde vivían. Él vio a la mujer silenciosa. El marido no estaba allí. La mujer un poco atrasada con un niño de cuatro años y uno pequeño de un año y medio. El empleado aparentemente era un hombre como todos los hombres. A este hombre le llamé el Cortador del agua. Él vio que era pleno verano. Sabía que era un verano muy caluroso, puesto que lo vivía. Vio al niño de un año y medio. Se le había ordenado que cortara el agua, y lo hizo. Respetó su empleo del tiempo: cortó el agua. Dejó a la mujer sin agua para bañar a los niños, y para darles de beber. La misma noche, esta mujer y su marido cogieron a los dos niños con ellos y fueron a arrojarse sobre los raíles del T.G.V.; que pasaba por delante de la estación desalojada. Murieron juntos. Sólo tuvieron que andar. Arrojarse. Mantener a los niños tranquilos. Adormecerlos quizá con canciones. El tren se detuvo, dicen. Ésta es la historia. El empleado habló. Dijo que había ido a cortar el agua. No dijo que había visto al niño, que el niño estaba allí con su madre. Dijo que ella no se había defendido, que no le había pedido que no cortara el agua. Esto es lo que se sabe. Cojo este relato que acabo de hacer, y de pronto oigo mi voz. Ella no hizo nada, no se defendió. Así es. Se debe saber por el empleado de las aguas. Él no tenía motivo para hacerlo, puesto que ella no le pidió que lo hiciera. ¿Es esto lo que se ha de comprender? Es una historia que enloquece. Prosigo. Intento ver. Ella no dijo al empleado de las aguas que había los dos niños, puesto que los veía, a los dos niños, ni que el verano era caluroso, puesto que estaba allí, en el verano caluroso. Ella dejó marchar al Cortador del agua. Se quedó sola con los niños, un momento, y luego se fue al pueblo. Se fue a una taberna que conocía. No sé si la patrona habló. Lo que se sabe es que no habló de la muerte. Tal vez le contó la historia, pero no le dijo que quería matarse, matar a sus dos nihos y a su rnarido y matarse ella. Los periodistas, al no saber lo que ella había dicho a la patrona del café, no señalaron este suceso. Entiendo por «suceso» el instante en que esta mujer salió de su casa con sus dos hijos, después de haber decidido la muerte de toda la familia, con una finalidad que se ignora, de hacer algo o de decir algo, que ella tenía que hacer o decir antes de morir. Aquí, restablezco el silencio de la historia, entre el momento del corte del agua y el momento en que ella volvió del café. Es decir que restablezco la literatura con su silencio profundo. Es lo que me hace avanzar; es lo que me hacer penetrar en la historia, sin esto, me quedo fuera. Ella habría podido esperar a su marido y anunciarle la noticia de la muerte que había decidido. Pero, no. Se fue al pueblo, allá abajo, a esta taberna. Si esta mujer se hubiera explicado, no me habría interesado. Christine Villemin, que no es capaz de alinear dos frases, me apasiona, porque tiene lo que esta mujer también tiene: la violencia insondable. Hay un comportamiento instintivo, que uno puede tratar de explorar, que se puede traducir en silencio. Traducir en silencio un comportamiento masculino es mucho más difícil, mucho más falso, porque los hombres no son el silencio. En tiempos remotos, desde hace milenios, el silencio es las mujeres. Luego, la literatura es las mujeres. Se hable en ésta de ellas o la hagan, es ellas. Luego, esta mujer de la que se creía qúe no hablaría, porque no hablaba jamás, debió hablar. No debió hablar de su decisión. No. Debió decir una cosa en su lugar, en lugar de su decisión y que para ella era el equivalente y seguiría siendo el equivalente para toda la gente que se enterara de la historia. Tal vez era una frase sobre el calor. Se habría vuelto sagrada. Es en estos momentos cuando el lenguaje alcanza su poder último. Dijera lo que dijera a la patrona de la taberna, sus palabras lo decían todo. Estas tres palabras, las últimas que precedían a la ejecución de la muerte eran el equival ente de l silencio de esta gente durante su vida. Estas palabras nadie las retuvo. Esto ocurre todos los días así en la vida, en el momento de una partida, de una muerte, de un suicidio que la gente no sospecha. La gente olvida lo que se ha dicho, y lo que ha precedido'y habría debido alarmarla. Los cuatro juntos fueron a arrojarse sobre los raíles del T.G.V. delante de la estación, cada uno con un niño en los brazos, y esperaron el tren. El Cortador del agua no tuvo ninguna molestia. Añado a la historia del Cortador del agua, que esta mujer -que decían atrasada- por lo menos sabía algo de manera definitiva : es que nunca podría contar ya, al igual que nunca había podido, con alguien para que la sacara de allí donde estaba con su familia. Que estaba abandonada por todos, por toda la sociedad, y que sólo le quedaba una cosa por hacer, y era morir. Ella lo sabía. Es un conocimiento terrible, muy grave, muy profundo que tenía. Luego, incluso sobre el atraso de esta mujer, a partir de este suicidio, habría que insistir, si se hablara de ella alguna vez, lo que no sucederá jamás. Sin duda, es aquí donde su memoria se evoca por última vez. Iba a decir su nombre, pero no lo conozco. El asunto ha sido archivado. Queda en la cabeza la sed fresca y viva de un niño en el verano demasiado caluroso a unas horas de la muerte, y la vuelta en redondo de la joven madre atrasada esperando la hora.

jueves, 6 de octubre de 2011

Anatole France (Francia, 1844-1924)

LOS PANES NEGROS

En aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.
El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.
Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.
Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.
Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.
-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.
-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.
Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.
-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.
El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.
-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?
San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.
-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?
-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.
-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.
-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.
Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:
-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!
Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.
Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.
Le puits de Sainte Claire (1895), trad. Anne-Claire Girod

viernes, 12 de agosto de 2011

VICENTE HUIDOBRO (Chile, 1893-1948)


LA POESÍA ES UN ATENTADO CELESTE

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas

Me estoy haciendo árbol
Cuántas veces me he ido convirtiendo en otras cosas…
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio

18

Heme aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias
Me voy tiernamente como una luz
Hacia el camino de las apariencias
Volveré a sentarme en las rodillas de mi padre
Una hermosa primavera refrescada por el abanico de las alas
Cuando los peces deshacen la cortina del mar
Y el vacío se hincha por una mirada posible

Volveré sobre las aguas del cielo

Me gusta viajar como el barco del ojo
Que va y viene en cada parpadeo
He tocado ya seis veces el umbral
Del infinito que encierra el viento

Nada en la vida
Salvo un grito de antesala
Nerviosas oceánicas qué desgracia nos persigue
En la urna de las flores impacientes
Se encuentran las emociones en ritmo definido


SINO Y SIGNO

Has hablado bastante y no te agrada
No te gusta mostrar tus vísceras secretas
Y sin embargo vuelves a caer en ello
Protestas y repites la causa que te irrita


Hablas te exhibes te rompes la carne
Y permites la entrada a los ojos intrusos
Quieres cortar las cuerdas que te unen a los otros
y vuelves a anudarlas
Coges el aire lo haces tuyo y lo regalas
Conquistas horizontes y los repartes
Haces luz en la sombra y la entregas
Como un paquete de soledades arrepentidas de su propia fuerza

¿Qué entierro es este en que te entierras
En los pechos extraños?

Te exaltas y te ablandas
Te ablandas y te haces flecha de corazón
Más ciego que cualquier huracán
Hablas y protestas
y vuelves a hablar y a protestar
Te haces árbol y das tus hojas a los vientos
Te haces piedra y das tu dureza a los ríos
Te haces mundo y te disuelves en el mundo
Oh voluntad contraria en todo instante
Favor de tierra y grandes fríos y calores
Todo grano ¡malhaya! lleva signos futuros
Un destino de ola que debe hacer su ruido
Y morir dulcemente

Has hablado bastante y estás triste
Quisieras un país de sueño
Donde las lunas broten de la tierra
Donde los árboles tengan luz propia
y te saluden con voz tan afectuosa que tu espalda tiemble

Donde el agua te haga señas
Y las montañas te llamen a grandes voces
Y luego quisieras confundirte en todo
y tenderte en un descanso de pájaros extáticos
En un bello país de olvido
Entre ramajes sin viento y sin memoria
Olvidarte de todo y que todo te olvide







EL ESPEJO DE AGUA

Mi espejo, corriente por las noches,
Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.

Mi espejo, más profundo que el orbe
Donde todos los cisnes se ahogaron.

Es un estanque verde en la muralla
Y en medio duerme tu desnudez anclada.

Sobre sus olas, bajo cielos sonámbulos,
Mis ensueños se alejan como barcos.

De pie en la popa siempre me veréis cantando.
Una rosa secreta se hincha en mi pecho
Y un ruiseñor ebrio aletea en mi dedo.

viernes, 15 de julio de 2011

Francisco Tario

EL MICO

Me hallaba yo en el cuarto de baño, afeitándome, y deberían ser más o menos las diez de la noche, cuando tuvo lugar aquel hecho extravagante que tantas desventuras habría de acarrearme en el curso de los años. Un cielo impenetrable y negro, salpicado de blancas estrellas, asomaba por la pequeña ventana entreabierta, a mis espaldas, a la que yo miraba ahora distraídamente mientras me enjabonaba el rostro por segunda vez. Del grifo abierto, en la bañera, ascendía un vapor grato y pesado, que empañaba el espejo. Siempre me afeito con música -adoro las viejas canciones-, y recuerdo que en un determinado momento dejó de sonar One Summer Night. Deposité la brocha sobre el lavabo y salí del cuarto de baño con objeto de cambiar el disco. Mas, cuando iba ya de regreso, advertí que el agua de la bañera había cesado de caer. Tuve un leve sobresalto y la sospecha de que, por segunda vez en la semana, mi delicioso baño nocturno se había frustrado. Así ocurrió, mas no por los motivos que me eran hasta hoy familiares, pues poco había de imaginar, en tanto cruzaba el pasillo, que ya estaba presente en el baño la inmensa desdicha aguardándome. Penetré. Algo, en efecto, por demás imprevisto, acababa de obstruir el paso del agua en el grifo, aunque, así, de buenas a primeras, no acerté a saber bien qué. Algo asomaba allí, es claro, haciendo que el agua se proyectara contra las paredes. Era él. Primero sacó un pie, después otro, y por fin fue deslizándose suavemente, hasta quedar de pronto atenazado: "Parece un niño desvalido" -fue mi primera ocurrencia-. Y decidí prestarle ayuda, sin recapacitar. Tratábase, naturalmente, de no tirar demasiado, de no forzar el alumbramiento y conservar aquella pobre vida que de tal suerte se veía amenazada. Siempre he sido torpe en los trabajos manuales y jamás pasó por mi cabeza la idea de que, algún desventurado día, me vería obligado a actuar de comadrona. Así que, puesto de rodillas sobre el piso húmedo del baño, fui intentando de mil formas distintas rescatar al prisionero de su insólito cautiverio. Tenía ya entre mis dedos una gran parte de su cuerpo, mas la obstinada cabeza no parecía muy dispuesta a abandonar la trampa. El pequeño ser pataleaba y comprendí que estaba a punto de asfixiarse. Fue muy angustioso el momento en que admití que todo estaba perdido, pues de pronto cesó el pataleo y sus miembros adquirieron un leve tono violáceo. "Quizá conviniera –pensé- llamar cuanto antes a la comadrona." Pero he aquí que, aplicando el conocido sistema que se emplea para descorchar el champagne, logré hacer girar el pequeño cuerpo en un sentido y otro, valiéndome principalmente del dedo pulgar. El resultado no pudo ser más satisfactorio, pues pronto la cabeza comenzó a aparecer, el agua volvió a brotar agrandes chorros y un ruido seco y breve, como el de un taponazo, me anunció que el alumbramiento se había llevado por fin a cabo. Desconfiadamente, le acerqué a la luz y me quedé un buen rato examinándole. Era sumamente sonrosado, en cierto modo encantador, y tenía unos minúsculos ojos azules, que se entreabrieron perezosamente bajo el resplandor de la luz. Ignoro si me sonrió, pero tuve esa impresión enternecedora. Al punto estiró los pies, pataleó una vez o dos y alargó con voluptuosidad los brazos. A continuación bostezó, dejó caer la cabeza con un gesto de fatiga y se quedó dormido.
La situación no me pareció sencilla y, por lo pronto, cerré precipitadamente el grifo, pues la bañera se había llenado hasta los bordes y comenzaba a derramarse el agua. Cogí una toalla y lo sequé. Era una piel muy maleable la suya, y tan escurridiza, que aun a través de la toalla resultaba difícil apresarlo. Aquí empezó a tiritar de frío, y ello me sobrecogió. Cerré de golpe la ventana y me encaminé a mi alcoba. Allí abrí el embozo de la cama y lo acomodé cuidadosamente entre las sábanas. Resultaba extraña la amplitud del lecho con relación a aquella insignificante cabeza, del tamaño de una ciruela, reclinada sobre mi almohada. De puntillas, bajé sin ruido las persianas, cerré cautelosamente la puerta y me dirigí al salón. Después coloqué otro disco, preparé mi pipa y me senté a reflexionar.
De entre todas mis memorias y lecturas no logré recordar nada semejante, ni una sola situación que pudiera equipararse a la mía en aquella tibia noche de otoño. Esto me alentó, en cierto modo, confirmándome lo excepcional del suceso. Mas, a la vez, ninguna orientación aprovechable se me venía a la mente, con respecto a los que pudieran ser mis inmediatos deberes. El consabido recurso de informar a la policía se me antojó de antemano risible y por completo fuera de lugar. ¡No sé lo que la policía pudiera tener que ver en semejante asunto! Y esta conclusión desalentadora me sumió, en el acto, en una soledad desconocida, en una nueva forma de responsabilidad moral que yo afrontaba por primera vez, puesto que si la policía no parecía tener mucha injerencia en todo aquello, ¿quién, entonces, podría auxiliarme y compartir conmigo tan desmesurada tarea? Me avergüenza confesar que durante breves instantes creí haber dado con la solución aconsejable, al aceptar que mi deber de ciudadano no podía ser otro, en este caso, que recurrir sin pérdida de tiempo al Museo de Historia Natural. He de convenir incluso en que llegué a descolgar el teléfono, para volverlo a colgar en seguida. ¡El Museo de Historia Natural! ¿Y con qué fin? Una sola relación podía ser establecida entre mi inesperado huésped y la insigne institución, y era ésta el recuerdo que yo guardaba de unas largas hileras de tarros de cristal, alineados en los anaqueles, y en cuyo interior se exhibían las más exóticas variantes de lo que ha dado en llamarse la flora y la fauna humanas. Otro pequeño incidente nada común -la llegada del cartero- me reafirmó en mi error. Acepté, pues, sonriente, el sobre que me tendía y regresé al salón.
Como no disponía de otra cama, sería preciso instalarse en el sofá. Y así lo hice, provisto de una gruesa manta. Fue una noche ingrata, poblada de oscuras visiones, pues si en alguna ocasión logré conciliar el sueño, pocos instantes después despertaba sobresaltado, dándome la impresión, no sólo de que no despertaba, sino que, por el contrario, más y más iba sumergiéndome en el fondo de una turbia pesadilla. A intervalos, me sentaba en el sofá y cavilaba aturdidamente. No acertaba a descifrar, en principio, la procedencia de aquel impertinente viajero que compartía hoy por hoy mi casa, y todas las conjeturas que llegué a hacerme en tal sentido resultaron a cuál más estúpida y descabellada. Aunque esto, por otra parte, tampoco me demostraba nada, ya que existe tal cantidad de hechos sin explicación posible, que éste no parecía ser, a fin de cuentas, ni más necio o disparatado que otros muchos. Cabía, sí -y éste fue otro desatino mío-, sospechar del crimen de una mala madre, perpetrado dentro del propio edificio, con el propósito de deshacerse a tiempo de su mísero renacuajo, y el que, por una lamentable confusión de las tuberías, había ido a desembocar justamente en el seno de mi bañera. Pero el hecho de sentirme arropado en aquel sofá, a altas horas de la noche, cuando debería estar ya desde hacía tiempo en mi cama, me prevenía de que el suceso, fuese cual fuese la causa, era a tal punto evidente que no tenía más que incorporarme, dar unos pasos hasta mi alcoba y comprobarlo con mis propios ojos. Así lo hice una vez, tentado por la duda, aunque sin encender la lámpara, sirviéndome de mis fósforos. Allí estaba él, en efecto, contra mi almohada, pequeño y rojo como una zanahoria, y ligeramente sonriente. Rebosaba felicidad. Su rostro se había serenado y en su cabeza apuntaba tal cual cabello rojizo, cosa en que no había reparado. Sus ojos se mantenían cerrados y plegaba de vez en cuando la nariz, del tamaño de una lenteja. ¿Soñaba? Estoy por decir que sí, aunque no hacía movimiento alguno, limitándose a arrugar la nariz, tal vez con el propósito, puramente instintivo, de demostrarme cuan confortable encontraba mi cama y, en general, todo lo que le rodeaba.
De regreso en el sofá, debí quedarme profundamente dormido, cuando ya los primeros rayos del sol se filtraban a través de los visillos. Al despertar, horas más tarde, comprobé con extrañeza que nada a mi alrededor había cambiado. O digo mal; algo fundamental había cambiado, y era que, a partir de aquella fecha, irremediablemente, seríamos ya dos en la casa.
Fue en el transcurso de la mañana siguiente cuando creí advertir que mi pequeño huésped mostraba cierta dificultad en abrir y cerrar los ojos, bien como si la luz del día le resultara insoportable, o más probablemente como si empezara a ser víctima de un agudo debilitamiento. Había olvidado neciamente todo lo relativo a su alimentación, y esta grave contingencia me llenó de confusión y alarma. ¿Cómo conseguir nutrirlo por mí mismo y con la eficacia requerida? ¿Qué poder ofrecerle a aquel desmedrado organismo, cuyo estómago -admití con un escalofrío- no sería capaz de alojar en su seno ni siquiera una gota de leche? ¿Y cuántas gotas de leche deberían administrársele al día sin correr el riesgo de exponerlo a un empacho? Corriendo fui a la cocina y regresé con una tacita de leche, en la que introduje un gotero. Anhelante, apliqué el gotero a aquellos diminutos labios, que se entreabrieron, y dejé caer una gota. Con un gesto de repulsión, volvió a cerrarlos, y la gota se desparramó. Ello agravó mi ansiedad, situándome ante un nuevo enigma. Ciertamente el migajón resultaba aún prematuro y sospeché, por otra parte, que el agua no bastaría para reanimarlo. No obstante, hice, por no dejar, la prueba. Aquel gesto de complacencia, de inmensa dicha, que dibujaron sus labios al aceptar la primera gota de agua, bastó para confirmarme la idea que venía ya desarrollándose en mí: que se trataba, de hecho, de un ser eminentemente acuático. Esto, que si en un sentido favorecía mi tarea, me planteaba un nuevo conflicto, ya que la resequedad de la atmósfera que se respiraba en la casa terminaría por resultarle nociva a aquel complicado organismo. Tan rápidamente como pude, me encaminé de nuevo a la cocina, vacié un gran tarro de compota y, tras lavarlo con todo esmero; lo llené de agua hasta los bordes. A toda prisa lo transporté a mi alcoba, lo deposité en la mesita de noche, tomé entre mis manos a la criatura y la fui sumergiendo lentamente en él. A medida que el agua iba acogiéndolo en su seno, una plácida sonrisa de bienestar fue invadiendo sus tristes labios. Bien pronto empezó a moverse -a desperezarse, diría yo- y a entornar sus ojos azules, que pestañearon con perplejidad. Dejé el tarro sobre la mesita y me senté a su lado para contemplarlo, absorto en aquel súbito regocijo que invadía ahora al renacuajo. Recuerdo distintamente cómo el malvado se dejaba traer y llevar por el suave oleaje del tarro cuando yo, para hacerle rabiar, lo inclinaba en un sentido y otro. Con los brazos extendidos, el gran nadador subía o bajaba, se deslizaba sobre el cristal y proseguía evolucionando. Admití, ya sin reservas, que la primera dificultad estaba salvada. Mas, ¿bastaría con aquello? Bastó -de ello estuve seguro-, pues, al cabo de una semana, la criatura mostraba un aspecto excelente y hasta un agudo sentido del humor. En ocasiones incluso ensayaba pequeñas cabriolas, bien dejándose flotar como un corcho o proyectándose hasta el fondo del tarro, exhibiendo de esta forma una notable flexibilidad y una rara disciplina que no dejaron de llenarme de asombro. Algo en él me desagradaba, no obstante, y era aquella tendencia suya a permanecer en cuclillas en el fondo del tarro, observándome sin pestañear y con aire de no muy buena persona. El cristal le achataba el rostro, y entonces yo sentía como si un detestable ser, sin antecedentes precisos, explorase mi conciencia con no sé qué funestos propósitos. Al punto yo sacudía el tarro y le hacía dar unos cuantos traspiés, alejándole de mi vista.
Así fueron transcurriendo los días, y el orden que prevaleció siempre en mi casa fue restableciéndose poco a poco. Por las mañanas, si hacía sol, sacaba el tarro a mi terraza y lo dejaba allí hasta el mediodía. Por las tardes, lo introducía en el salón y, ocasionalmente, escuchábamos algo de música. Debía tener un oído muy fino y pronto pude darme cuenta de cuáles eran sus preferencias. Ya anochecido, colocaba el tarro sobre una consola y lo cubría con un paño oscuro, según suele hacerse con los canarios. A primera hora de la mañana, cambiaba el agua del tarro, donde empecé ya a introducir terrones de azúcar, cerezas en almíbar y algunos trocitos de queso, que la criatura había aprendido a roer, no sin cierta desconfianza. Unas semanas más tarde, sustituí el tarro por una hermosa pecera, en la que dejé caer dos o tres delfines de caucho y un pato de color azul, con los cuales se pasaba él las horas muertas. Mostraba una precoz inteligencia y hasta una sutil picardía, que se me antojaron poco comunes en un ser humano de su edad. Aunque lo que hacía falta dilucidar, de momento, era si quien habitaba la pecera constituía efectivamente lo que se entiende por un ser humano. Ciertos indicios parecían confirmarlo así, en tanto que otras evidencias posteriores me hicieron ponerlo en duda. Pero, de un modo u otro, repito, al cabo de unas cuantas semanas todo en el interior de mi casa fue volviendo a la normalidad.
Mi vida, hasta el momento presente, había sido sencilla y ordenada. Tenía, a la sazón, cuarenta años y habitaba un cuarto piso, en un alto edificio gris situado en las afueras de la ciudad. A partir de los quince años trabajé infatigablemente, con positivo ardor, y, de acuerdo con mis propios planes, dejé de hacerlo a los treinta y cinco. Durante ese periodo, ahorré todo el dinero de que fui capaz, sometiéndome a una rígida disciplina que no tardó en dar sus frutos, ya que ella habría de permitirme realizar, en el momento oportuno, cuanto me había propuesto. Fue una especie de juego de azar al que me lancé osadamente, y que sólo podía ofrecerme dos únicas posibilidades: una muerte prematura -lo que constituiría un fracaso- o una existencia despreocupada y libre, a partir de mi madurez. Mi plan, afortunadamente, pudo al fin llevarse a cabo, y hoy duermo cuanto me es posible, como y bebo lo que apetezco, soy perfectamente independiente y los días se suceden sin el menor contratiempo. Poco me importan, pues, las estaciones, los vaivenes de la política, las controversias sobre la educación, los problemas laborales, la sexualidad y las modas. Desde mi pequeña terraza suelo contemplarlos tejados, muy por debajo del mío, y ello me otorga como una cierta autoridad. Escucho música, si es oportuno; leo por simple distracción; apago y enciendo la estufa; paseo sin prisas por el parque y liquido puntualmente el alquiler. Jamás fui propiamente hermoso, ni sospecho que atrayente, pues ni siquiera soy alto o bajo, sino de estatura normal. Cierto que, a primera vista, podría tomárseme por un viajante, aunque quizá también por un modesto violinista, lo cual es siempre una ilusión. Fiel a mis principios, rechacé toda compañía engañosa -mujeres, en particular-, pese a que me atrae salir a la calle, frecuentar los lugares públicos y formar parte de la humanidad. Me atrae, sí, mirar a la gente ir y venir, afanarse y reír, desazonarse y cumplir con sus supuestos deberes; esto es, sobrevivir. Yo también sobrevivo, y ambas cosas son encomiables, siempre y cuando nadie se inmiscuya en mi vida e interrumpa este laborioso limbo que me he creado al cabo de una larga etapa de disciplinas, muchas de ellas en extremo amargas.
Qué de sorprendente tiene, por tanto, que la aparición de mi pequeño huésped haya alterado, de golpe, aquello que, en opinión mía, debería haberse conservado inalterable. Pero, insisto, el tiempo ha ido transcurriendo, y un orden nuevo, aunque cordial, ha venido a reemplazar a aquel otro, tal vez demasiado exclusivo, que imperaba en mi casa. Hoy he vuelto a levantarme a las diez, a dar mi paseo matinal por el parque, y, al declinar la tarde, he ido al cinematógrafo. Sobre todo, he vuelto a ocupar mi cama, la cama que me pertenece por derecho propio, y en ella duermo a pierna suelta, al margen de cuanto acontece fuera -un mundo que para mí no encierra más atractivo que el de una grata referencia con que ilustrar y enriquecer mi solitaria existencia, en la cual soy de todo punto feliz-. Pero no siempre ocurre lo previsto.
Él dormía allá -según venía haciéndolo hasta la fecha-, en el fondo de su pecera, inmerso en los tibios brazos de su agua azucarada. Debía estar próxima la madrugada cuando desperté con un súbito desasosiego, que no alcancé a descifrar, de momento. Me sería difícil expresar hoy si lo que sentí entonces fue un simple sobresalto o una clara sensación de miedo; mas una intuición repentina, nacida delo más hondo de mi ser, me avisó que, en aquellos raros instantes, no me encontraba solo. Había allí, en la oscuridad de mi alcoba, una invisible presencia, un algo fuera de lo común que no me fue reconocible. Comprendí que debería darla luz; pero tardé en resolverme. Por sistema, aborrecí siempre las supersticiones, y he aquí que, por esta vez, estaba siendo víctima de una de ellas. Por lo pronto, me senté en la cama sin osar moverme. El silencio era el habitual, aunque la presencia continuaba allí, de eso estuve seguro. A poco, alguien tiró una vez o dos de los flecos de mi colcha, y el silencio prosiguió. Fue un tirón débil, pero nervioso y claramente perceptible. Esto se me antojó ya excesivo y contuve la respiración. Quien tiraba de la colcha repitió el ademán, ya con cierta osadía. Entonces di la luz. Era él, es claro, de pie sobre la alfombra amarilla, con una expresión tal de susto que no podría asegurar si fue mayor mi sorpresa o la íntima conmiseración que experimenté por aquel desdichado ser que se había lanzado a una aventura semejante. Noté que le temblaban las piernas y que no lograba sostenerse muy firmemente sobre ellas. Se mantenía algo encorvado -no sé si envejecido- y tenía los ojos enrojecidos, como si acabara de llorar. Nos miramos largamente, él todavía sin soltar la colcha. Por fin extendí los brazos y, tomándolo por las axilas, lo subí con cautela a mi cama y lo senté frente a mí. Pero aún habríamos de contemplarnos largo rato antes de que él profiriese aquella oscura palabra -la única que profirió jamás- y que tan deplorables consecuencias habría de acarrearnos a los dos. Ocurrió, más o menos, así: sentado, como estaba, alzó hasta mí sus ojos, ensayó una penosa mueca de alegría e intentó llorar. Después alargó sus brazos en busca de los míos, y repitió dos veces, con una voz chillona que me exasperó: ¡Mamá! ¡Mamá!
Hecho esto, trató de incorporarse de nuevo, pero rodó sobre la colcha y estalló en ahogados sollozos.
Fue el comienzo de una nueva vida, de una rara experiencia que yo jamás había previsto, porque, a partir de aquella fecha, las cosas no fueron ya tan halagüeñas, y dondequiera que me hallara, en el instante más feliz del día, la dolorida palabra volvía a mí, oprimiéndome el corazón. Ya no me decidí a abandonar a mi huésped, según venía haciéndolo hasta ahora, y ningún cuidado que le prestara me parecía suficiente. Un extraño compromiso parecía haberse sellado entre él y yo, merced a aquella estúpida palabra, que sería menester olvidar a toda costa. Al más intrascendente descuido, al menor asomo de egoísmo por mi parte, surgía dentro de mí la negra sombra del remordimiento, semejante, debo suponer, al de una verdadera madre que antepone a sus deberes más elementales ciertos miserables caprichos, impropios de su misión. Y he de reconocer que, con tal motivo, comenzaron a preocuparme determinados pormenores que hasta el momento presente me habían tenido sin cuidado: su salud, el tedio de sus solitarias jornadas ,su irrisoria pequeñez, la fealdad de sus carnes fláccidas, su inseguro porvenir. Una rara soledad emanaba del infortunado anfibio y de aquel titubeante paso suyo, con las piernas ligeramente abiertas, cuando se resolvía, no sin grandes vacilaciones, a deambular por la casa en busca de un rincón propicio o de una puerta entre abierta que pudiera ofrecerle algo nuevo y distinto.
En tanto logró él mantenerse en la pecera, mi casa continuó pareciéndome la misma y, en cierto modo, hasta más lisonjera. Mas, tan pronto osó abandonarla e impregnó de su miseria la casa, el escenario cambió por completo. Algo sobrecogedor y triste, positivamente malsano, se dejó sentir ya a toda hora. Aún más; fue entonces, y no antes, cuando alcancé a darme cuenta con precisión de que mi huésped se hallaba desnudo, y que esta desnudez sonrosada resultaba cruelmente inmoral. Anteriormente, él no constituía sino un simple renacuajo, quizá una misteriosa planta, un pájaro en su jaula, no sé; algo, en suma, que no había inconveniente alguno en mirar. Pero, ya de pie junto a mi cama o tratando de escalar a un sillón, renacuajo, planta o pájaro, dejó de ser lo que pretendía y ya no resultó grato mirarle. Había, pues, que cubrirlo. ¿Que vestirlo, tal vez? Y lo vestí. Primeramente, de un modo burdo, apresurado e incompleto, sirviéndome de un trozo cualquiera de paño que le ajusté a la cintura, a manera de faldón. Después, ya con cierta minuciosidad, ateniéndome a su sexo y hasta eligiendo los colores. Fue por ello que me puse a coser. Pronto tuve a mi disposición un regular surtido de telas y todos esos utensilios que requiere un buen taller. Sentado en una silla de mimbre, dedicado en cuerpo y alma a mi tarea, transcurrieron aquellas semanas, en el curso de las cuales rara vez me despojé de mis babuchas. Sentado él también, frente a mí, seguía con gran interés mi trabajo. Por aquellos días –recuerdo- comenzaba ya, a cruzar una pierna. Pero el desempeño de mi labor no fue fácil ni mucho menos, pues, repito, siempre he sido torpe en los trabajos manuales y muy de tarde en tarde alcanzaban las prendas la perfección deseada. Con frecuencia tenía que repetir las pruebas o deshacer varias veces lo que ya estaba hecho. Entonces él se ponía de pie, enderezaba con ilusión el cuerpo y me sonreía. Había allí un espejo donde él se miraba. Casi nunca dejó de sonreírme en tanto yo le probaba, principalmente en una ocasión en que decidí confeccionarle un abrigo. El invierno se echaba encima. Había asimismo que lavarlo, que peinar sus escasos cabellos, que limpiarle las uñas y pesarlo. Y, sobre todo, fue preciso instalarlo de forma adecuada, pues, a partir de su primera excursión a mi alcoba, se negó rotundamente a volver a la pecera, y tantas veces como lo devolví a ella, tantas otras como escapó furtivamente, en su afán de merodear por la casa. Una situación difícil, para la cual yo no estaba preparado.
Por fin su alojamiento quedó fijado en la única pieza que se conservaba vacía. Era un pequeño cuarto de seis metros cuadrados donde fue instalado su dormitorio, una salita de estar -que servía de comedor asimismo- y un baño privado. Este relativo confort que me fue dado proporcionarle, alivió sensiblemente mi ánimo, liberándome de aquel sentimiento penoso que me agobiara en otro tiempo al dejarle solo. En realidad, dentro de aquel recinto disponía de todo cuanto pudiera serle necesario, y, lo que era aún más importante, se hallaba a salvo de cualquier riesgo imprevisible, en particular de los gatos, que nunca cesaban de merodear por las tardes alrededor de mi cocina.
Sí, era divertido verle lanzar los dados a lo alto, o deslizarse con cara de miedo a lo largo del tobogán, o soplar en su diminuta corneta de hojalata negra y azul. Su menú era todavía muy modesto y constaba, por lo general, de unos trozos de migajón rociados con miel, unas cucharadas de sopa y una discreta ración de nata fresca o queso. A media tarde le permitía chupar un caramelo de fresa, o dos o tres gajos de naranja, si lo prefería. De ordinario, me sentaba en el suelo para verle comer. Hacía una figura simpática, con su minúscula servilleta al cuello y los pies recogidos bajo la silla, llevándose con indecisión temblorosa la cucharilla a la boca. Le divertía verme fumar y, como un pequeño mono, trataba de alcanzar mi pipa, enderezándose sobre su asiento. Diariamente lo bañaba y le llevaba la cena a lacama cuando todavía no se había puesto el sol. En cambio, era un gran madrugador, y le sentía andar por los pasillos mucho antes de que yo me hubiese levantado. Permitíale esta libertad de movimientos a sabiendas de que, en ningún caso, sería capaz de abrir una puerta o penetrar donde no debía. Pese a ello, conocía a la perfección todos los rincones de la casa y no me cupo la menor duda de que, si su complexión se lo hubiese permitido, habría podido prestarme un gran servicio. He de reconocer, sin embargo, que sus carnes seguían siendo fláccidas y muy poco consistentes, como una esponja mojada, y, de hecho, nunca dejó de preocuparme la idea de que, de un modo u otro, perteneciese a alguna particular rama de la familia de las esponjas. Pero era feliz, estoy seguro, y conservaba su buen humor de costumbre, salvo cuando alguien hacía sonar el timbre de la puerta, o silbaba, de pronto, un ferrocarril. Entonces él se tapaba la cara con las manos y corría a guarecerse en un rincón, donde permanecía acurrucado hasta que se disipaba el eco. Le entretenían, en cambio, las mariposas y el piar constante de los pájaros, y tuve, a menudo, la impresión de que lamentaba profundamente su condición de anfibio, mientras miraba surcar el aire aquellas ruidosas bandadas de pájaros que nunca faltaban en mi terraza al caer la tarde.
Por lo que a mí respecta, puedo afirmar que mi vida era de lo más activa y escasamente disponía de unos minutos de descanso, ocupado a toda hora del día en los quehaceres domésticos, o en salir y entrar en busca de algo que siempre hacía falta en la casa. Me llevaba casi toda la mañana recorrer los mercados, las queserías, las tiendas de comestibles e incluso los establecimientos de pescado, a la caza de algún novedoso manjar con que obsequiar a mi huésped, pese a que, por ahora, debería continuar ateniéndome a un número muy exiguo de alimentos, aunque cuidando de que unos y otros estuviesen en perfecto estado y fuesen de primera calidad. Ya de regreso, me dirigía a la cocina y preparaba el almuerzo, sin perder de vista que el menú de la semana fuese, en lo posible, nutritivo y variado. Como ocurría, por otra parte, que me había visto obligado a despedir a la persona encargada del aseo de la casa, con el fin de mantener en secreto la existencia de mi huésped, tenía que hacerme cargo personalmente de estos menesteres, en los que empleaba gran parte de la tarde. Un poco antes del oscurecer, como dije, le servía lacena en la cama y, en cuanto advertía que se había quedado dormido, regresaba al salón y me entregaba a mis pasatiempos favoritos; esto es, leía o escuchaba un poco de música. Eran mis únicos ratos libres. Mas la música y la lectura habían empezado a abrumarme y he de confesar que, por aquel tiempo, fueron interesándome cada vez menos. Por una u otra razón permanecía distraído, ajeno a lo que escuchaba o leía, como si todo aquel mundo apasionante no tuviese ya nada en común conmigo. O era una ligera erupción de la piel, que había creído notar en la cabeza de la criatura, o eran las compras de la mañana siguiente, o los nuevos precios del mercado; algo, sin excepción, ocupaba por entero mis pensamientos. Había empezado a dormir mal y pasé gran número de noches en vela, agobiado por un sinfín de preocupaciones. Mis sueños solían ser estrambóticos y se referían invariablemente a grandes catástrofes domésticas de las que era yo el infortunado protagonista. ¿Comenzaba a metamorfosearme? Estuve seguro que sí. Ello empezó a inquietarme, a despertar en mí muy serios temores, y creí, en más de una ocasión, no reconocerme del todo al cruzar ante un espejo. ¡Ay de mí! No se trataba tan sólo de la extrañeza que me provocaban ahora mis antiguas aficiones, o de la imagen deformada que pudieran devolverme los espejos, sino de algo mucho más sutil y grave, casi estúpido, que yo iba percibiendo dentro de mí. Sentí miedo. Conocía de sobra el poder que ejercen ciertas obsesiones en el ánimo del hombre, y la sugestión de que el hombre es víctima bajo el influjo de aquéllas; pero éste no era mi caso, puesto que, de un modo enteramente consciente, las reconocía y aceptaba, esforzándome por sustraerme a ellas. Era algo independiente de mí, malvado, y contra lo cual parecía inútil resistirse. Tengo muy presente un suceso que acaso explique por sí mismo la disposición de mi ánimo durante aquellos azarosos días. Debía de ser media mañana y me disponía a salir de compras, cuando mi pequeño huésped se presentó en el vestíbulo con la sana intención de acompañarme. Llevaba puestos el abrigo y los guantes, y deduje que él mismo se había peinado. Hecho tan imprevisto, suscitó en mí una viva zozobra y la noción de un nuevo conflicto, que hasta hoy no se me había planteado. ¿Cómo acceder a sus deseos y lanzarme a exhibir por las calles a aquel mísero renacuajo, a quien a buen seguro echaría mano la policía? Cuidando de no herirle, procuré disuadirlo de su empeño, pidiéndole que, como venía siendo costumbre, me aguardara en la casa. No me fue difícil lograrlo, pues siempre se mostraba ecuánime; aunque lo más lastimoso de todo fue que, a mi regreso, le encontré hecho un ovillo en su cama, todavía con el abrigo puesto. Había tal expresión de humillación en sus ojos y se me mostró tan desvalido, que no pude reprimir este pensamiento, que escapó de mí como un presagio: "Tal vez –me dije- conviniera proporcionarle un hermanito". La ocurrencia, por así decirlo, notuvo nada de excepcional, mas surgió de mi interior con un sentido tan oscuro y tan cargado de sugerencias, que me dejó estupefacto. Aún tuve ánimos para preguntarme con sorna: "Un hermanito, sí, ¿pero cómo?" Y dejé la interrogación sin respuesta. Pensé consultar al médico, tomarme unos días de descanso. Frente al espejo, convine esa misma noche: "Las cosas no marchan bien del todo". Y me quité el delantal. Mi huésped no quiso cenar y antes de que dieran las ocho estábamos los dos en la cama.
Mi salud, en los días que siguieron, fue quebrantándose y perdí casi por completo el apetito. Sufría estados de depresión, agudos dolores de cabeza e intensas y frecuentes náuseas. Una extraña pesadez, que con los días iría en aumento, me retuvo en cama una semana. A duras penas conseguía incorporarme y caminaba con torpeza, como un pato. Padecía vértigos y accesos de llanto. Mi sensibilidad se aguzaba y bastaba la más leve contrariedad para que me considerase el ser más infeliz del planeta. El cielo gris y pesado, la sombra de los viejos aleros, el ruido de la lluvia en mi terraza, el crepúsculo, un disco, me arrancaban lágrimas y sollozos. Cualquier alimento me revolvía el estómago y no pude soportar ya el olor de la cocina. Aborrecí un día mi pipa y dejé de fumar. Me afeité el bigote. El tedio y la melancolía rara vez me abandonaron y comprendí que me encontraba seriamente enfermo. Posiblemente estuviese encinta.
Esta grave sospecha me la fue confirmando la actitud de mi huésped. También él se veía desmejorado, y cuantas veces consentí en que me acompañara junto a mi lecho de enfermo, sentado allí, en su silla, bajo la lámpara de pie, no dejé de notar que enflaquecía sensiblemente y que una expresión biliosa, poco grata, asomaba ya a sus labios. De día en día esta impresión fue haciéndose más patente, hasta el punto de que ya no me sería posible relacionar a aquel risueño saltimbanqui, que ensayara piruetas en la pecera, con este otro residuo humano, desconfiado y distante, que compartía hoy mi vida. No éramos muy felices, por lo visto, y comenzó a asediarme la idea torturante de la muerte. Nunca, hasta ahora, había pensado en ello. Oyendo a los vecinos subir y bajar, silbar los trenes en el crepúsculo o hervir la sopa en la marmita, sentíame tan extraño a mí mismo, tan diferente de como me recordaba, que no pocas veces llegué a sospechar, con razón, si no estaría ya de antemano bien muerto. Quizás él, con su aguda perspicacia, adivinara mis sentimientos, no lo sé; mas sí era incuestionable que trataba, por todos los medios, de reanimarme con su presencia, de levantar en lo posible mi ánimo y distraer mi soledad. Pero resultaban vanas todas sus chanzas, las penosas muecas que me obsequiaba y aquel desatinado empeño, en hacer sonar su corneta a toda hora. Pronto hube de callarlo y lo expulsé de mi lado. Había creído descubrir que, en el fondo, no lo guiaba más que un impulso egoísta, provocado por el temor de que lo abandonara a su suerte, privándole de su bienestar actual o, cuando menos, del esmerado confort de que venía disfrutando. No me agradó su expresión de recelo y aquella fingida congoja con que solía observarme mientras me mantenía despierto, y que al punto era suplantada por otra expresión agria de envidia, en cuanto suponía que me había quedado dormido. Con los párpados entrecerrados, lo observaba yo, a mi vez. ¿Llegó a burlarse de mí? Pude suponerlo repetidas veces, y estoy seguro de que, por aquellas fechas, le inspiré un profundo desprecio. Cabe pensar que adivinara mi estado y las consecuencias que esto podría acarrearle a la larga. Sabía que, de hecho, él no era sino un intruso, un fortuito huésped, un invitado más, o, en el mejor de los casos, un hijo ilegítimo. Temía, por tanto, que alguien, con más derechos que él, viniese a usurpar su lugar y a desplazarlo, puesto que, en realidad, nada en común nos unía y solamente un hecho ocasional lo había traído a mi lado. Ni su sangre era la mía, ni jamás podría considerarlo como cosa propia. Su porvenir, en suma, no debía mostrársele muy halagüeño, y de ahí sus falsas benevolencias y aquel rencor oculto, que se iba haciendo ostensible. Bien visto, sus temores no eran injustificados, pues desde hacía varios días algo muy grave venía rondándome la cabeza, con motivo de mi nuevo estado.
"Todo esto es perfectamente absurdo y lo que ocurre es que estoy hechizado" -recapacité un día. -¡Mamá! -me interrumpió él, desde el otro extremo de la alcoba. Y planeé fríamente el asesinato. Apremiaba el tiempo. Esta sola perspectiva bastó para devolverme las fuerzas y hacerme recuperar, en parte, las ilusiones perdidas. Ya no pensé en otra cosa que en liberarme del intruso y poner fin a una situación que, en el plazo de unos meses, prometía volverse insostenible. La sola idea de realizar mi propósito llegó a ponerme en tal estado de excitación nerviosa, que no conseguí pegar los ojos en el transcurso de las siguientes noches. Incluso recuperé el apetito y volví a prestar atención a mis quehaceres domésticos. Simultáneamente, redoblé mis cuidados con la criatura, dispensándole toda clase de mimos y concesiones, desde el momento en que ya no constituía, ante mis ojos, más que un condenado a muerte. Eran sus últimos días de vida y, en el fondo, sentía una vaga piedad por él. Mas los preparativos del acto que me proponía llevar a cabo no dejaron de ser laboriosos. Se trataba de cometer un delito, era indudable, pero, a la vez, de salir indemne de él. Esto último no me planteaba ningún serio problema, teniendo en cuenta que nadie -que yo supiera- parecía estar al corriente de su existencia. Pienso que ni mis propios vecinos llegaron a sospechar jamás de mi pequeño huésped, lo que no obstaba para que, en mi fuero interno, me preocupara muy seriamente la idea de incurrir en algún error.
            Mi mente, por aquellos días, no se encontraba demasiado lúcida y quién podría garantizarme que el error no fuese cometido. Los medios de que disponía eran prácticamente infinitos, pero había que elegir entre ellos. Cada cual ofrecía sus ventajas, aunque también sus riesgos. Y me resolví por el gas. Mas faltaba por decidir esto: ¿cómo deshacerme del cadáver? Ello exigió de mí las más arduas cavilaciones, pues no me sentía tan osado como para ejecutar con mis propias manos la tarea subsecuente. No estaba muy seguro de que no me fallasen las fuerzas al enfrentarme, cara a cara, con el pequeño difunto. Si resultara factible, tratábase de perpetrar el crimen sin mi participación directa, un poco como a hurtadillas y hasta contra mi propia voluntad. Por así decirlo, sentía mis escrúpulos y tampoco eran mis intenciones abusar de la fragilidad de mi víctima. Lo que yo me proponía, simplemente, era liberarme de aquella angustia creciente, proteger mi nuevo estado y legalizar la situación de mi familia, aunque poniendo en juego, para tales fines, la más elemental educación.
El maullido de los gatos, rondando esa tarde mi cocina, me deparó la solución deseada: una vez que el gas hubiese surtido efecto, abriría la ventana de su alcoba y dejaría libre el paso a los merodeadores, cuidando de ausentarme a tiempo. Eran unos gatos espléndidos, en su mayoría negros, con unos claros ojos amarillos que relampagueaban en la oscuridad. Parecían eternamente hambrientos, y tan luego comenzaba a declinar el sol, acudían en presurosas manadas, lanzando unos sonoros maullidos que, por esta vez, se me antojaron provocativos y, en cierto modo, desleales.
Y puse manos a la obra. Desde temprana hora de la tarde procedí a preparar mi equipaje, que constaba de una sola maleta con las prendas de ropa más indispensables para una corta, temporada. Tenía hecha ya mi reservación en el hotel de una ciudad vecina, adonde esperaba llegar al filo de la medianoche. Allí permanecería tantos días como lo estimara prudente, en parte para eludir cualquier forma de responsabilidad, y en parte por un principio de buen gusto. Transcurrido un tiempo razonable, regresaría como si nada a mi casa. Y aún conservaba la maleta abierta sobre mi cama, cuando advertí que él se acercaba por el pasillo pisando muy suavemente. Con un vuelco del corazón, le vi entrar más tarde. Llevaba puestas sus babuchas y una fina bata de casa, en cuyos bolsillos guardaba las manos. Se quedó largo rato mirándome, con la cabeza un poco ladeada. Después aventuró unos pasos y se sentó en la alfombra. Había empezado a llover, y recuerdo que en aquel instante cruzó un avión sobre el tejado. Le vi estremecerse de arriba abajo, aunque continuó inmóvil esta vez. No supe por qué motivo mantenía la cabeza inclinada de aquel modo, observándome con el rabillo del ojo. En realidad, no parecía triste o preocupado, sino solamente perplejo. Y fue en el momento preciso en que yo cerraba mi maleta con llave y me disponía a depositarla en el suelo, cuando unas incontenibles náuseas me acometieron de súbito. La cabeza me dio vueltas y una sensación muy angustiosa, que nunca había experimentado, me obligó a sentarme en la cama, para después correr hasta el baño en el peor estado que recuerdo. Allí me apoyé contra el muro, temiendo que iba a estallar. Algo como la corriente de un río subía y bajaba a lo largo de mi cuerpo; retrocedía, tomaba un nuevo impulso e intentaba hallar en vano una salida. Había en mí, alternativamente, como un inmenso vacío y una rara plenitud. ¿Estaba próximo el alumbramiento? Eso temí. Y comprendí que debería actuar con la mayor urgencia. Comencé a vomitar. ¡Mamá! escuché su voz a la puerta.
La prisa y un repentino temor a no poder completar mi tarea me habían hecho olvidar la maleta y todo lo relativo al hotel. Continuaban maullando los gatos. Durante un segundo se apagó la luz de la casa, para encenderse de nuevo. Pensaba ahora en el hospital y en los acontecimientos que se avecinaban. -¡Mamá! -oí de nueva cuenta.
Entonces abrí la puerta del baño, cogí atolondradamente a la criatura y la sostuve en alto. Tras despojarlo de su bata de casa, lo estreché fuertemente contra mi pecho, le miré por última vez y lo arrojé al inodoro. Fue un instante muy cruel –recuerdo-, mas, a fin de cuentas, era de allí de donde él procedía y yo no hacía ahora otra cosa que devolverlo a sus antiguos dominios. Esto me confortó, en lo que cabe. Con el agua al cuello, todavía me miró, confuso, posiblemente incrédulo, e hizo ademán de salir. Pero yo le retuve allí, oprimiéndole la cabeza, y él se fue sumergiendo dócilmente, deslizándose sin dificultad, perdiéndose en una catarata de agua que lo absorbió entre su espuma. Y desapareció. Inmediatamente después, debí perder el sentido.
Amaneció el día dorado y limpio, con un vasto cielo azul. Una luz temblorosa y clara caía de lo alto sobre los tejados, y los cristales de mi ventana mostraban aún las huellas de la pasada lluvia. Reinaba un profundo silencio en la casa. Era todavía temprano y la ciudad dormía. Flotaba un dulce olor en el aire, como si a lo largo de toda la noche se hubiese mantenido encendida una gran cantidad de cirios. Las puertas permanecían cerradas. Una soledad nueva, aunque no olvidada del todo, se presentía tras aquellas puertas. Quizá conviniera habituarse. Sonaba apagadamente la música y era muy grato el sol en mi terraza. Sobre una mesa de la sala, descubrí un libro abierto. En seguida el reloj dio las horas. Bien visto, todo resultaba muy grato, aproximadamente como antes. Me senté a leer. Eran bellas aquellas páginas, conmovedoras, y valía la pena fijar la atención en ellas. Después prepararía el desayuno y, por la tarde, iría al cinematógrafo. Me habían cedido las náuseas y noté que empezaba a crecerme el bigote. En el jardín de enfrente seguían cayendo las hojas. El tiempo me pareció inmenso y propicio para toda suerte de empresas. Pero el tiempo exige intimidad, sosiego y un profundo recogimiento. Justamente en aquel sofá había dormido yo una noche, encogido como una oruga, tiritando de frío. Me eché a reír. Había sido, sin duda, una insólita noche y me agradaría escuchar de nuevo One Summer Night. ¿Pero quién osaba insinuarme, de pronto, que nunca más, mientras viviera, me atrevería a penetrar en el cuarto de baño? Penetraría. Naturalmente que penetraría, y abriría todos los grifos, y me contemplaría en el espejo, y me sentaría, como de costumbre, en el inodoro. Allí leería el periódico. Después recorrería la casa, pieza por pieza, e iría abriendo los armarios, ordenando sus cajones, reconociéndolo todo, desechando cuanto pudiera considerar estorboso o inútil. Incluyendo aquella alcoba, es claro; y aquella ropa; y el ajuar; y la corneta. Todo junto iría a parar hoy mismo a la basura. Cuando un hombre se siente feliz, debe ordenar su casa, procurar que la felicidad encuentre grata su casa. Así fue quedando la mía: libre, abierta, florecida. A toda hora entraba el sol en ella, como en una jaula. Pasaban los días. Una mujer venía por las tardes y se ocupaba de la limpieza. Al caer la noche, se iba. Yo cerraba la puerta tras ella y daba vuelta a la llave. Rara vez abandonaba mi pipa y, como el tiempo continuaba tibio y soleado, dejaba abiertas de par en par las ventanas. Me llegaban todos los rumores y, al oscurecer, se desvanecían. Eran muy tranquilas las noches, muy quietas. Yo apagaba la luz y me dormía en el acto. De tarde en tarde, se dejaba oír una corneta, pero ni aun esto me desazonaba. Más bien la corneta arrullaba mi sueño, porque sabía, en el fondo, que no podía existir tal corneta. Y sonreía. Daba una vuelta o dos en la cama y ya estaba dormido de nuevo. Sonaba todas las noches y después cesaba; pero no en el cuarto de baño, ni siquiera en su alcoba, sino en un lugar impreciso y distante o como al final de un gran embudo. Habían transcurrido diez días y la corneta seguía sonando. Mas ocurría -esto era lo sorprendente- que al cerrar bien las puertas la corneta dejaba de sonar, o, si sonaba, había que mantener el oído muy atento a ella. Comprendí que, de cualquier modo, sería preciso hacerla callar en definitiva, pues era lo único que, en cierta forma, comenzaba a perturbar mi felicidad. El sonido me llegaba a través del pasillo, en dirección a su alcoba. Hacia allá iba yo ahora, de puntillas, procurando no hacer ruido. Abrí. La pieza estaba vacía, a oscuras, y no ofrecía nada de particular. Pero la corneta seguía sonando. Me asomé al cubo de luz. Había una ventana iluminada en el piso de abajo, y un poco más al fondo estaba él, el mico. Sentado en un gran sillón tapizado de rojo, sostenía en alto su corneta. Llevaba puesta una larga camisa de seda y tenía los pies descalzos. En torno suyo un grupo de mujeres muy jóvenes, sentadas sobre la alfombra, reían y le miraban embelesadas. El mico parecía feliz. Cuanto más y más soplaba, más y más se reían las mujeres, agitando sus tiernos pechos. Todas ellas parecían encantadas con el reciente hallazgo, todas se lo disputaban y no cesaban de reír. El gran aventurero también reía. Pasaba de unas manos a otras. De pronto, una de ellas lo zarandeó entre sus brazos y lo lanzó a lo alto, como una pelota. Lo lanzó así dos o tres veces y las demás se desternillaron de risa. Mas, al cabo, se vio entrar a un caballero, anunciando, sin duda, que ya era hora de acostarse y de suspender el juego. Unas y otras se fueron dispersando y se apagó la luz. El caballero corrió las cortinas, y yo me sentí francamente dichoso. Después regresé a mi cama y no desperté sino hasta muy entrada la mañana. Así continué durmiendo día tras día, risueñamente, inefablemente, sin preocuparme ya más por el hechicero. Y tres meses más tarde di a luz con toda felicidad.

domingo, 3 de julio de 2011

Fran Kafka(Praga, Imperio austrohúngaro, 1883 – Austria 1924)

Nunca estuve convencido por mí mismo de que yo existiese. Es que la imagen que me hago de las cosas que me rodean es tan inconsistente, que siempre tengo la impresión de que esas cosas deben haber vivido alguna vez pero ahora están desapareciendo. Siempre, querido señor, tengo intención de ver las cosas tal como son antes de que se me muestren. Entonces, son ciertamente hermosas y tranquilas. Así deben ser, ya que con frecuencia oigo a la gente que así lo sostiene.

de Conversación con el orante.


viernes, 1 de julio de 2011

San Cayetano vs San Perón, de Gabriela Cerruti

Crónica: San Cayetano vs San Perón

Hubo un tiempo en que había tanto trabajo en la Argentina que la discusión era por decidir en qué día se celebraría su fiesta. Empezaba la década del cincuenta, Juan Perón era presidente y la Iglesia Católica le disputaba cada espacio: a San Perón le opusieron San Cayetano, y a la mítica Plaza del 1ª de Mayo, la precesión del 7 de Agosto. Era un a>Guerra Santa, una batalla entre dos religiones, un mal entendido entre obispos y sindicalistas. Los “cabecita negra” se despreocupaban. Obreros, católicos y peronistas, tocaban el bombo y prendía velas. Le rezaba al santo, pero esperaban a Perón.
Cayetano Carbone está viendo todo desde hace cincuenta años. Las marchas, las procesiones, los actos y las misas. Primero fueron las largas y coloridas filas de trabajadores que festejaban, de mujeres piadosas que agradecían y de curas que especulaban. Después llegaron los sindicalistas y se sumaron con desparpajo. Saúl Ubaldini mació del otro lado del arroyo, en Mataderos, y entendió pronto que el “Pan, Paz y Trabajo” de los curas era lo más parecido a una leyenda política que podía levantarse frente a los militares.
Cayetano vio a los osados que en plena dictadura militar levantaba sus espigas de trigo soñado con la democracia y fue testigo de cómo algunos comerciantes del barrio transformaron la carnicería en santería y de cómo otros cambiaron las lechugas por cruces de madera y las berenjenas por estampitas. En 1982, cuando los obispos repartían rosarios en Malvinas, Lorenzo Miguel llegó por primera vez. Ese agosto vio la primera procesión convertida en manifestación política y el párroco tuvo que sumar a la bendición de la foto del santo el pedido por trabajo y democracia.
Con la llegada de los 90, la fila se fue extendiendo hasta lo incontable, y las caras fueron cada vez más tristes y las ropas cada vez más pobres, y la alegría se transformó en desesperanza primero y desesperación después. Ni obreros, ni católicos, ni peronistas, los desocupados redoblarían cualquier bombo o prenderían cualquier vela con tal de que alguien les dé una religión.
La funeraria de los Carbone está justo enfrente de la parroquia de San Cayetano desde hace noventa y un años. El abuelo fue el primer dueño del negocio y el primer bautizado de la iglesia; por eso le pusieron Cayetano. Era otro find e siglo, el anterior, y Liniers era entonces sólo un grupo de casas en las afueras de Buenos Aires. Cayetano Carbone, hijo de napolitanos-como el santo- decidió poner una cochería, pero por aquel entonces no se trataba de trasladar difuntos, sino vivos: el cura, el médico, la partera, todos los que tenían que llegar con alguna urgencia a las quintas de la campaña, del otro lado del arroyo Maldonado. Los Sosa tenían el mercado de frutas, y los Giordano vendían hielo. Ellos tres y el cura de San Cayetano eran el alma del barrio que se insinuaba.
Aprendió la devoción al santo de sus padres italianos, que confiaban en la intercesión de ese letrado de cuna noble que en siglo dieciséis se había vuelto monje y político: es cierto que Cayetano, conde de Thiene, hacía milagros en la Venecia y la Nápoles de los Medici, los papados corruptos y el Renacimiento, pero también que impulsó y lideró la resistencia armada contra los invasores españoles y que fundó el Banco Popular Napolitano para repartir créditos entre pobres y siervos.
En 1912 llegó el tren, y el voto universa y secreto. La cochería cambió vivos por muertos y unificó el punto de llegada: ahora se trataba de trasladar féretros, y siempre hacia el cementerio. El mercado de frutas se convirtió en Mercado de Hacienda, y la campaña en barrio: frigoríficos, fábricas y talleres cambiaron el paisaje, el color del cielo y la composición social de la zona. Más inmigrantes siguieron a los pioneros, y se hicieron obreros y peones: una tarde de octubre de 1945 salieron en columnas desde la parroquia y bajaron por la Avenida Rivadavia hasta Plaza de Mayo para exigir la libertad de un coronel preso en la isla. Cada año desde el último viernes de julio hasta el 7 de agosto, las mujeres llegaban a rezar la Novena al santo de la Providencia, el que garantizaba que hubiera pan en cada mesa y trabajo en cada casa. “Te pedimos, Señor, que les des pan a los que tiene hambre y sed de justicia a los que tienen pan”, oraba el sacerdote. El día del santo la procesión daba la vuelta al barrio y terminaba en el campito lindero con la parroquia, en una explosión de fuegos artificiales que era solo el preludio a la bailanta popular. Si agosto venía benévolo, ese día había asadito y empanadas. Si llovía, pastas o locro.
La hiperinflación llenó la iglesia de pobres, y San Cayetano pasó a ser uno de los centros e ayuda social de la zona. La “revolución productiva” cerró fábricas, y las hileras de trabajadores, que alguna vez bajaron por Rivadavia hacia la Plaza de Mayo para reclamar lo de ellos, anduvieron el camino de regreso para estacionarse en carpas de plástico, de lona o de cartón en las calles que rodean la parroquia, esperando que llegue el 7 de agosto para ser los primeros en arrodillarse frente al santo para que alguien les diga lo que hay que hacer. Los obreros trabajan y s movilizan, los desocupados rezan y obedecen.
Cayetano Carbone narra la historia con monocorde tono de escribano público: imposible adivinar a dónde están apostadas sus emociones o sus pasiones. Sentado en un sillón de mimbre junto a la puerta de la funeraria, deja que el sol le caliente las manos. Es el primer domingo de agosto de 1995, el invierno es frío pero azul, soleado y brillante. Un vecino de gorrita y bufanda saluda y se queda parado, mirando la puerta de la parroquia llena de gente. Entonces señala a algún lugar en el cielo y sonríe: “Por suerte se fue la lluvia.Un día peronista…”, dice. Y los dos festejan la ocurrencia dándose palmadas en el hombro.

lunes, 13 de junio de 2011

Hermann Melville

Bartleby


Soy un hombre ya algo maduro. La naturaleza de mis actividades de los últimos treinta años me ha permitido mantener un contacto algo más íntimo que el habitual con un conjunto de hombres interesantes y algo extraños, de los cuales, que yo sepa, nada se ha escrito. Me refiero a los escribientes o copistas judiciales. Conocía a muchos, profesional y privadamente, y si quisiera podría relatar diversas historias que harían sonreír a los hombres benévolos y llorar a las almas sentimentales. Pero dejaré de lado las biografías de todos los escritores con tal de, contar unos pocos pasajes de la vida de Bartleby, que -fue el copista más extraño que yo haya visto o del que tenga, noticia. Aunque podría escribir la vida completa de muchos amanuenses, nada semejante puede hacerse con Bartleby. Creo que no existen materiales para una biografía completa y satisfactoria de ese hombre. Es una pérdida irreparable para la literatura. Bartleby era uno de esos seres de los cuales nada puede descubrirse si no es a partir de las fuentes originales, las que en este caso son muy limitadas. Lo que mis asombrados ojos vieron de Bartleby, eso es todo lo que sé, con excepción, desde luego, de un vago informe que aparecerá en los últimos párrafos.
Antes de presentar al escribiente tal como se me apareció por primera vez, es conveniente que mencione. algunas cosas mías, de misemployés, mis asuntos, mi oficina y el medio en general, dado que esa descripción es indispensable para una compresión adecuada del protagonista que he de presentar.
Imprimis: soy un hombre que, desde su juventud, tuvo la profunda convicción de que la vida fácil es la mejor.
Por eso, aunque pertenezco a una profesión enérgica y nerviosa, y a veces incluso turbulenta, no he permitido que nada semejante perturbase mi paz. Soy uno de esos abogados sin ambiciones que nunca pronuncian una arenga ante un jurado, o que de cierto modo desdeñan el aplauso del público. En la calma tranquilidad de un cómodo retiro, realizo un cómodo trabajo entre acciones, hipotecas y títulos de renta de personas adineradas. Todo los que me conocen me consideran un hombre eminentemente seguro. El finado John Jacob Astor, un personaje poco propenso al entusiasmo poético, no vacilaba en declarar que mi primera virtud era la prudencia; la segunda, el método. No hablo por vanidad, pero registro el hecho de que mis servicios profesionales nunca fueron desdeñados por el finado John Jacob Astor, un nombre que, lo admito, me encanta repetir por su sonido redondo y orbicular, con el metálico resonar del oro. No tengo Inconveniente alguno en añadir que no soy insensible al buen concepto del finado John Jacob Astor.
Algún tiempo antes del período en que comienza esta historia, mis actividades habían aumentado de modo considerable. Se me había escogido para ocupar el bueno y viejo cargo, ahora suprimido en el estado de Nueva York, de agregado a la Suprema Corte. No era un empleo muy difícil, pero sí muy agradablemente remunerativo. Pocas veces pierdo los estribos; muchas menos me permito expresar una indignación peligrosa ante injusticias y ultrajes, pero ahora me permitiré ser temerario y declarar que considero la supresión repentina y violenta del cargo de Agregado en la nueva Constitución como un... acto prematuro. Sobre todo porque yo daba por sentado que sus emolumentos me significarían una renta vitalicia, mientras que sólo los llegué a recibir unos pocos años. Pero esto no es lo fundamental.
Mis oficinas se hallaban en un piso alto del Nº 10 Wall Street. Un extremo daba a la pared blanca de un espacioso tubo de ventilación que recorría todos los pisos y estaba coronado por un tragaluz. Esta perspectiva era más bien bastante insípida, pues carecía de lo que los paisajistas llaman "vida". Pero, aun así, la vista del otro extremo de mis oficinas ofrecía, por lo menos, un contraste. En esa dirección, mis ventanas mostraban, sin el menor obstáculo, una elevada pared de ladrillos oscurecí= da por los años y por una constante; no se necesitaba un largavista para descubrir sus bellezas ocultas, pues para beneficio de los espectadores miopes se levantaba a tres metros de mis ventanales. Debido a la gran altura de los edificios circundantes, y a que mis oficinas estaban en el segundo piso, el espacio que separaba a esta pared de la mía se parecía no poco a un tanque enorme y cuadrado.
En el período anterior a la llegada de Bartleby, tenía como empleados a dos copistas y a un prometedor muchacho como mandadero. El primero, Turkey; el segundo, Nippers; el tercero, Ginger Nut. Estos son nombres nada fáciles de encontrar en la guía. Eran en realidad apodos que mis empleados se habían puesto unos con otros y que, según se pensaba, expresaban su respectivas personalidades o caracteres. Turkey era un inglés bajo y obeso, que tenía aproximadamente mi edad, es decir, que no andaba lejos de los sesenta. Por la mañana, podría decirse, su cara era de un bello tono encarnado, pero después de mediodía, la hora de su almuerzo, resplandecía como una parrilla cubierta de brasas navideñas y continuaba resplandeciendo -pero, por así decirlo, con una gradual declinación- hasta alrededor de las seis de la tarde; luego, yo no dejaba de ver al propietario de esa cara, la que, alcanzando su meridiano junto con el Sol, parecía ponerse con él, para levantarse, culminar y declinar al día siguiente, con igual regularidad y no menguada gloria. He encontrado muchas coincidencias extrañas en el curso de mi vida, y no es la menor el hecho de que, exactamente cuando Turkey emitía sus más plenos rayos  desde el rostro rojo y radiante, precisamente en ese momento crítico también comenzara el período diario en que yo consideraba seriamente disminuida su capacidad de trabajo para el resto del día. No se trata de que se volviera completamente haragán, o remiso al trabajo. Más bien sucedía todo lo contrario. La dificultad estribaba en que tendía a volverse demasiado enérgico. Mostraba una disposición al, trabajo extraña, exacerbada, aturdida y temeraria. Mojaba cuidadosamente la pluma en el tintero. Todas las manchas que hacía en mis documentos las dejaba caer después de las doce. Desde luego, por la tarde no sólo era propenso a hacer manchas, sino que algunos días iba más allá, y se volvía ruidoso. En esos casos, además, el resplandor heráldico de su rostro aumentaba, como si se hubiera arrojado carbón de piedra en antracita. Producía un ruido desagradable con su silla; desparramaba la arena; al afinar sus plumas, las hacía pedazos por impaciencia, y las lanzaba al suelo en repentinos accesos de ira; se levantaba y se inclinaba sobre la mesa, diseminando sus papeles de la forma más indecorosa; en pocas palabras, hacía cosas muy tristes de ver en un hombre de edad como él. No obstante, como en muchos sentidos era para mí una persona muy valiosa, y antes de las doce la más rápida y eficiente, realizando una gran cantidad de trabajos en un estilo nada fácil de igualar, estaba dispuesto a pasar por alto sus excentricidades, aunque, desde luego, en algunos casos lo regañase… Lo hacía con mucha suavidad, de todos modos, pues aunque por la mañana Turkey era el más educado, no, el más dócil y reverencial de los hombres, por la tarde, ante la menor provocación, tendía a ser contestador y, de hecho, insolente. Ahora bien; valorando sus servicios y decidido a no perderlos, aunque al mismo tiempo incómodo por sus modales exaltados de la tarde, y como hombre pacífico, poco deseoso de provocar réplicas impropias con mis amonestaciones, un. sábado a mediodía (los sábados siempre estaba peor) resolví sugerirle con mucha bondad que tal vez, ahora que empezaba a envejecer, sería conveniente reducir sus tareas; síntesis, no tenía por qué volver a mis oficinas después de mediodía, sino que, después del almuerzo, lo mejor sería que volviese a su casa y descansara hasta la hora del té. Pero no; Turkey Insistió en cumplir sus funciones de la tarde. Su rostro se puso intolerablemente airado, mientras aseguraba con tono de oratoria -gesticulando con una larga regla en el otro extremo de la habitación- que si sus servicios matinales eran útiles, ¿cuán indispensables debían de serlo entonces por la tarde?
-Con todo respeto, señor -dijo Turkey en esa ocasión-, me considero su mano derecha. Por la mañana no hago más que ordenar y desplegar mis columnas, pero por la tarde me pongo yo mismo a la cabeza y cargo gallardamente sobre el enemigo, de este modo -y realizó una violenta embestida -con la regla.
-Pero los borrones, Turkey -Insinué.
-Es verdad... pero, con todo respeto, señor, observe estos cabellos. Envejezco. Con toda seguridad, señor, uno o dos borrones no es algo por lo que pueda acusarse con mucha severidad a mis canas. La vejez -aun cuando manche la página- es honrosa. Con todo respeto, señor, los dos estamos envejeciendo.
Esta apelación a mis sentimientos de compañero en la vejez era difícil de resistir. En cualquier caso, comprendí que no se iría. Decidí dejarlo estar y, pese a ello, tratar de que durante la tarde se ocupara de mis papeles menos importantes.
Nippers, el segundo de mi lista, era un joven de alrededor de veinticinco años, cetrino, melenudo y, en conjunto, de aspecto algo piratesco. Siempre lo consideré víctima de dos poderes malignos: la ambición y la indigestión. La primera se manifestaba en una cierta impaciencia ante los meros deberes de copista, una injustificada usurpación de tareas estrictamente profesionales, como la redacción original de documentos legales. La indigestión se evidenciaba en ocasionales estados de nervioso malhumor y sardónica irritabilidad que le hacía rechinar los dientes cada vez que cometía errores en su trabajo; maldiciones innecesarias, siseadas más que habladas, y sobre todo un constante descontento con la altura de la mesa en que trabajaba. Aunque ingenioso para las labores mecánicas, Nippers nunca logró disponer la mesa de modo que le resultara satisfactorio. Puso astillas debajo de las patas, cubos de diversos tipos, trozos de cartón y, por último, incluso llegó a intentar un exquisito ajuste mediante fragmentos de papel secante plegado. Pero ninguna invención podía satisfacerlo. Si para aliviar su espalda levantaba la tapa de la mesa hasta formar un ángulo agudo bien elevado hacia su mentón y escribía allí como un hombre que usara como escritorio el techo empinado de una casa holandesa... entonces declaraba que ello detenía la circulación en sus brazos. Si en cambio bajaba la placa al nivel de su cintura y se agachaba sobre ella mientras escribía entonces sentía un fuerte dolor en sus espaldas. En síntesis, lo que sucedía era que Nippers no sabía lo que quería. O bien, si quería algo, eso era librarse por completo de la mesa de escribiente. Entre las manifestaciones de su enfermiza ambición se encontraba la propensión a recibir visitas de tipos de aspecto ambiguo, trajes rotosos y a los que llamaba sus clientes. Por su puesto, yo sabía que a veces se Interesaba mucho por la política de parroquia; que en algunos casos realizaba ciertos trabajitos en los tribunales y que incluso no era un desconocido para los escalones de la cárcel. Sin embargo, tengo buenas razones para creer que un individuo que lo visitaba en mis oficinas, y al que Insistía en llamar presuntuosamente su cliente, no era otra cosa que un acreedor, y el título territorial una cuenta. Pero a pesar de todas sus fallas y de los dolores de cabeza que me causaba Nippers, al igual que su compañero Turkey, me era muy útil; escribía con. rapidez, su letra era clara y, cuando quería, no carecía de un comportamiento distinguido. Además, siempre andaba vestido como un caballero, y así, incidentalmente, daba buen tono a mis oficinas. En cuanto a Turkey, debía esforzarme para que no significara un descrédito para mí. Lo más probable era que llevara ropas grasientas y con olor a restaurante. Usaba pantalones muy anchos y holgados en el verano. Sus sacos eran execrables; el sombrero era mejor 'no tocarlo. Pero aunque respecto del sombrero su educación y respeto naturales de inglés subalterno siempre lo llevaba a quitárselo apenas entraba al cuarto, con su sobretodo la cuestión era muy distinta. Razoné respecto de sus sobretodos, pero sin resultado alguno. La verdad, supongo, era que un hombre con tan pocas entradas no podía mostrar una cara brillante y una ropa brillante al mismo tiempo. Como observó una vez Nippers, Turkey consagraba casi todo su dinero a comprar tinta roja. Un día de invierno le regalé un sobretodo mío de aspecto muy respetable; un sobretodo gris, muy abrigado, confortable y abotonado desde las rodillas hasta el cuello. Pensé que Turkey apreciaría el favor y abandonaría su malhumor y turbulencia vespertinas. Pero no fue así. Realmente creo que el abotonarse en un sobretodo tan abrigado y acolchado tuvo sobre él un efecto perjudicial, de acuerdo con el principio de que la avena en exceso es perjudicial para los caballos. De hecho, así como de un caballo inquieto, nervioso, se dice que "siente sus avenas" *, así Turkey sentía su sobretodo. Lo volvía insolente. Era un hombre al cual la prosperidad le hacía mal.
* Juego de palabras intraducible. Oat significa avena, mientras to feel one's oats significa "ponerse brioso" o "darse importancia". Melville prolonga su juego de palabras al decir que Turkey "felt his coat" (sentía su sobretodo) así como un caballo feel his oats (literalmente, "siente sus avenas"). (N. del T.)
Aunque en lo tocante a los hábitos poco sobrios de Turkey yo tenía mis conjeturas, en cuanto a Nippers tenía la convicción de que, cualesquiera que fueran sus defectos en otros sentidos, era por lo menos un joven sobrio. Sin embargo, la naturaleza parecía haber sido su tabernero, y en su nacimiento lo había dotado tan completamente de una disposición irritable y alcohólica que ya era innecesario que tomara algún otro potaje. Cuando considero cómo, en medio de la quietud de. mis oficinas, Nippers a veces se levantaba impaciente de su asiento y, echado sobre su mesa, estiraba sus brazos todo lo posible, tomaba toda la mesa, la movía y sacudía con una mueca haciendo chirriar el piso con su movimiento -como si la mesa fuera un ser perverso y dotado de voluntad, cuya intención fuera frustrarlo y vejarlo-, veo claramente que para Nippers el aguardiente era algo por completo superfluo.
Para mí era una suerte que, debido a esta causa particular -la indigestión-, la irritabilidad y consecuente nerviosidad de Nippers se pusiera de manifiesto sobre todo por la mañana, mientras por la tarde pemanecía relativamente tranquilo. Y dado que los paroxismos de Turkey sólo llegaban alrededor del mediodía, nunca tuve que enfrentar las excentricidades de los dos al mismo tiempo. Sus ataques se reemplazaban entre sí como guardias. Cuando el de Nippers estaba en acción, el de Turkey estaba de franco, y viceversa. En esas circunstancias era un buen arreglo natural.
Ginger Nut, el tercero de mi lista, era un muchacho de alrededor de doce años. Su padre era un carrero que tenía la ambición de ver, antes de morir, a su hijo en los tribunales en lugar de un carro; así lo envió a mis oficinas en calidad de estudiante de derecho, mandadero, limpiador y barredor al precio de un dólar por semana. Disponía de un pequeño escritorio, pero no lo usaba mucho. Quien inspeccionara su cajón encontraría un gran número de cáscaras de distintos tipos de nueces. Por supuesto, para la rápida inteligencia de este joven todo el derecho estaba encerrado en una cáscara de nuez. Entre los deberes de Ginger Nut no era menos importante el de proveer a Turkey y Nippers de tortas y manzanas, tarea que realizaba con la mayor presteza. Ya que copiar documentos legales es una tarea proverbialmente seca, mis dos escribientes solían humedecer de buena gana sus gargantas con manzanas Spitzénberg que se vendían en los numerosos puestos cercanos al Correo y la Aduana. Además, muy a menudo pedían a Ginger Nut ese bizcocho especial -pequeño, chato, redondo y muy sabroso- cuyo nombre le habían aplicado al muchacho como apodo. En una mañana fría, cuando el trabajo era poco, Turkey los engullía por veintenas, como si fueran hostias –por cierto, los compraban a razón de seis u ocho por peni, que-, mientras el 'rasgar de su pluma se mezclaba con el ruido que hacía al triturar las quebradizas partículas en su boca. De todos los feroces estallidos vespertinos y las rachas defuria de Turkey, recuerdo una vez que humedeció una de esas tortas entre sus labios y la estampó en una hipoteca como sello. Entonces estuve a punto de despedirlo. Pero él me apaciguó con una reverencia oriental, diciéndome:
-Con todo respeto, señor, fue un acto de generosidad de mi parte el encontrarle un sello a mis expensas.
En ese entonces mis tareas anteriores -las de escribano de transacciones, cazador de títulos y redactor de todo tipo de documentos recónditos- aumentaron de modo notable al ser designado agregado de la Suprema-Corte. Tenía mucho trabajo para escribientes. No me bastaba ya con apresurar a los empleados que tenía; era necesario que buscara más ayuda. En respuesta a mi aviso, un quieto joven apareció una mañana sobre el umbral de mi oficina en momentos en que la puerta estaba abierta, por ser verano. Todavía puedo ver esa figura: ¡pálidamente pulcra, lastimosamente respetable, incurablemente desolada! Era Bartleby.
Tras intercambiar algunas palabras respecto de sus capacidades lo empleé, feliz de tener entre mis cuerpos de copistas un hombre de un aspecto tan peculiarmente tranquilo que, según pensaba, debía obrar efectos benéficos sobre el encendido temperamente de Turkey y la fogosidad de Nippers.
Debería haber dicho ya que una mampara de vidrio dividía en dos partes mis oficinas; una, ocupada por mis dos escribientes; otra, por mí. De acuerdo con mi humor, las puertas estaban abiertas o cerradas. Resolví ubicar a Bartleby en un rincón junto a las puertas, pero de mi lado, de modo que me fuera fácil llamar a ese hombre tranquilo para el caso de que debiera hacerse alguna tarea de menor importancia. Coloqué su escritorio junto a una pequeña ventana, en esa,parte del cuarto que en un principio daba a sucios patios y paredes sin revocar, pero que, a causa de posteriores construcciones, ahora no presentaba vista alguna, aunque daba algo de luz. A un metro de los paneles se encontraba un muro y la luz bajaba desde muy arriba pasando entre dos elevados edificios, como si llegara de una pequeña abertura de una cúpula. Para hacer más satisfactorio el arreglo conseguí un alto biombo verde que podría aislar completamente a Bartleby de mi vista sin que por ello dejara de oír mi voz. _ De este modo, en cierto sentido, aunaba privacidad y sociedad.
Al principio, Bartleby escribió una cantidad extraordinaria de documentos. Como si desde hacía mucho ansiara algo que copiar, parecía saciarse con mis documentos.
No hacía pausas para digerirlos. Trabajaba día y noche, copiando a la luz del sol y de las velas. Su aplicación me hubiera deleitado por completo si a su industriosidad hubiera agregado alegría. Pero escribía en silencio, pálidamente, mecánicamente.
Por supuesto, una parte indispensable de las tareas de un escribiente es comprobar la precisión de su copia palabra por palabra. Cuando en una oficina hay dos o más copistas, ambos se ayudan en el cotejo; mientras uno lee, el otro sigue el original. Es una faena muy aburrida, pesada y letárgica. Me es fácil imaginar que sería absolutamente intolerable para algunos temperamentos sanguíneos. Por ejemplo, no puedo concebir al fogoso Byron cotejando de buena gana con Bartleby un documento legal de, digamos, quinientas páginas densamente escritas.
Ahora y entonces, cuando los trabajos apremiaban, yo tenía el hábito de ayudar a cotejar algún documento breve, llamando a Turkey o Nippers con ese fin. Una de las razones por las cuales ubiqué a Bartleby tan cerca de mí detrás de la mampara fue asegurarme sus servicios en esas ocasiones triviales. Creo que fue al tercer día de que estaba conmigo, antes de que hubiera surgido la necesidad de examinar alguno de los documentos copiados por él y cuando tenía que completar un pequeño asunto que tenía entre manos, que llamé repentinamente a Bartleby. En mi apuro, y con la justificada expectativa de hallar una obediencia sin dilaciones, me senté con mi cabeza inclinada sobre el original que estaba en mi mesa,con mi mano derecha a un costado, extendida algo nerviosamente con la copia, de modo que Bartleby, al surgir de su retiro, pudiera tomarla e iniciar el trabajo al momento.
En esta misma posición estaba cuando lo llamé, comunicándole en pocas palabras lo que debía hacer; es decir, examinar un pequeño documento conmigo. Imagínese mi sorpresa -no, mejor dicho, mi consternacióncuando, sin moverse de su retiro, Bartleby contestó con su voz singularmente suave y firme:
-Preferiría no hacerlo.
Permanecí sentado un rato en medio de un completo silencio, recuperándome de mi estupefacción. Inmediatamente se me ocurrió que mis oídos me habían engañado, o que Bartleby había entendido mal lo que yo quería decirle. Repetí mi pedido con el tono más claro que me era posible. Sin embargo, en un tono igualmente claro volví a oír la réplica anterior:
-Preferiría no hacerlo.
-Preferiría no hacerlo -repetí yo, levantándome muy excitado y cruzando el salón a grandes pasos-. ¿Qué quiere decir con eso? ¿Ha enloquecido? Quiero que me ayude a comparar esta hoja... tómela -y la empujé hacia él.
-Preferiría no hacerlo -dijo él.
Lo miré detenidamente. Su rostro permanecía inclinado y calmo; sus ojos grises, vagamente serenos. En su rostro no asomaba la menor agitación. Si en su conducta hubiera habido la menor inquietud, ira, impaciencia o impertinencia -en otras palabras, si hubiera encontrado algo vulgarmente humano en él- sin duda lo hubiera despedido violentamente. Pero, tal como estaba, eso era para mí algo tan concebible como poner de patitas en la calle a mi pálido busto en yeso de Cicerón. Permanecí un rato mirándolo mientras él seguía con su copia, y luego volví a sentarme ante mi escritorio. Esto es muy extraño, pensé. ¿Qué debo hacer? Pero mis trabajos urgían. Terminé por olvidar el asunto, reservándolo para futuros momentos de descanso. Así que llamé a Nippers para que viniera desde el otro cuarto y rápidamente examinamos el documento.
Unos pocos días después Bartleby terminó cuatro documentos extensos, cuadruplicados de los testimonios que me habían sido presentados durante una semana en la Corte. Era necesario examinarlos. Era un pleito importante y se necesitaba gran precisión. Cuando tenía todas las cosas preparadas, llamé a Turkey, Nippers y Ginger Nut para que vinieran del otro cuarto a fin de distribuir las cuatro copias entre mis empleados mientras yo leía el original. En consecuencia, Turkey, Nippers y Ginger •Nut estaban sentados en hilera, cada uno con su documento en la mano, cuando llamé a Bartleby para que se agregara a este interesante grupo.
-¡Bartleby! Apúrese; lo estoy esperando.
Oí cómo arrastraba levemente las patas de su silla sobre el piso sin alfombra, y pronto lo vi de pie a la entrada de su ermita.
-¿Qué necesita de mí? -preguntó con suavidad.
-Las copias, las copias -dije apresuradamente-. Vamos a examinarlas. Tome -y mientras hablaba le extendí la cuarta copia.
-Preferiría no hacerlo -dijo, y desapareció amablemente detrás de su biombo.
Durante algunos momentos me convertí en una estatua de sal, situada frente a mi columna de secretarios sentados. Cuando me hube recobrado fui directamente hacia el biombo y pregunté a Bartleby la razón de su extraordinaria conducta.
-¿Por qué se niega a hacerlo? -Preferiría no hacerlo.
Si se hubiera tratado de cualquier otro hombre me hubiera abalanzado directamente sobre él en un acceso de cólera y, sin decir una palabra más, lo hubiera arrojado ignominiosamente a la calle. Pero en Bartleby había algo, que no sólo me desarmaba asombrosamente, sino que me conmovía y desconcertaba de un modo maravilloso.
Comencé a razonar con él.
--Las copias que vamos a examinar son las suyas. Es trabajo que le ahorramos a usted, pues con un único examen nos bastará para sus cuatro documentos. Es lo habitual. Todo copista está obligado a ayudar a examinar su copia. ¿No es así? ¿No va a contestar? ¡Responda!
-Prefiero no hacerlo -contestó con un timbre aflautado.
Mientras hablaba tenía la impresión de que sopesaba cuidadosamente cada una de mis afirmaciones, comprendiendo plenamente su significado; que no podía contradecir la inevitable conclusión, pero que, al mismo tiempo, alguna consideración suprema lo llevaba a contestar como lo hizo.
-¿Está usted decidido, entonces, a no satisfacer mí pedido... un pedido acorde con el uso común y el sentido común?
Brevemente me hizo entender que sobre ese punto mi juicio era correcto. Sí, su decisión era irrevocable.
No ocurre pocas veces que un hombre contradicho de una manera insólita e irrazonable deje repentinamente de creer en su convicción más elemental. Por así decirlo, comienza vagamente a suponer que, por más extraño que parezca, toda la justicia y toda la razón están del otro' lado. En consecuencia, si están presentes personas desinteresadas, se vuelve a ellas en busca de refuerzo para su espíritu vacilante.
-Turkey -dije-, ¿qué piensa de esto? ¿No estoy en lo justo?
-Con todo respeto, señor -dijo Turkey, con su tono más apaciguador-, creo que sí.
-Nippers --dije después-, ¿que piensa usted de esto?
-Pienso que yo lo echaría a patadas de la oficina.
(El lector sagaz habrá percibido que, siendo de mañana, la respuesta de Turkey estaba hecha en términos tranquilos y educados, mientras la de Nippers reflejaba malhumor. Para repetir una frase anterior, el malhumor de Nippers estaba de guardia; el de Turkey estaba franco) .
—Ginger Nut -dije, ávido de reclutar en mi favor el sufragio más pequeño--, ¿qué piensa          usted  de esto?
-Creo, señor qúe él está  un poco chiflado contestó Ginger Nut al tiempo que hacía una mueca
-Ha oído usted lo que ellos dicen -dije yo volviéndome hacia el biombo-; salga y cumpla con su deber.
Pero Bartleby no emitió respuesta alguna. Reflexioné un momento sumido en una molesta perpljidad.
Pero una vez más mis tareas me apremiaban. Nuevamente me decidí a postergar la consideración de este dilema para un futuro momento de descanso. Algo molestos nos pusimos a examinar los documentos sin Bartleby, aunque a intervalos de una o dos páginas, Turkey, con toda deferencia, expresaba su opinión de que este procedimiento era algo completamente desacostumbrado; mientras Nippers, revolviéndose en su silla con dispéptica nerviosidad, silbaba entre sus apretados dientes intermitentes maldiciones contra el terco tonto que estaba detrás del biombo. Por su parte (la de Nippers), ésta era la primera y última vez que haría el trabajo de otro sin recibir paga por ello.
Mientras tanto, Bartleby permanecía sentado en su ermita, olvidado de todo lo que no fuera su tarea peculiar allí.
Pasaron algunos días durante los cuales el escribiente tuvo que realizar otro prolongado trabajo. Su última conducta asombrosa me llevó a observar detenidamente sus costumbres. Noté que nunca salía a almorzar; en realidad, nunca iba a ninguna parte. De acuerdo con mis conocimientos personales nunca habíd ,a estao fuera de mis oficinas. Era un centinela infaltable en su rincón.
Cerca de las once de la mañana, sin embargo, Ginger Nut solía dirigirse hacia la apertura del biombo, como si se lo hubiera llamado silenciosamente desde allí mediante un gesto invisible para mí. El muchacho después salía de las oficinas haciendo sonar unos peniques, para reaparecer con unos Pocos bizcochos de jengibre, que entregaba en la ermita, recibiendo dos bizcochos por su trabajo.
Vive, entonces, de bizcochos de jengibre, pensé; punce come un verdadero almuerzo; por lo tanto, debe de ser un vegetariano; nunca come ni slqulera vegetales-;''n'o come otra cosa que bizcochos -de jengibre. Mi mente luego se dejó llevar por fantasías sobre los probablesefectos del vivir exclusivamente de bizcochos de jengibre sobre la constitución humana. Los bizcochos de jengibre son llamados así porque el jengibre es uno de sus elementos característicos y el que le da su sabor definitivo., Ahora bien, ¿qué era el jengibre? Una cosa cálida, picante. ¿Era Bartleby cálido y picante? De ninguna manera. El jengibre, pues, no ejercía efectos sobre Bartleby. Probablemente él lo prefería así.
Nada irrita tanto a una persona seria como una resistencia pasiva. Si el individuo que encuentra esa resistencia no es inhumano, y el que resiste es inofensivo en su pasividad, entonces el primero, en sus mejores estados de ánimo, se esforzará caritativamente por concebir con su imaginación lo que su juicio no puede resolver. Aún así, en la mayoría de los casos, me dediqué a observar a Bartleby y sus costumbres. ¡Pobre tipo!, pensaba yo, no quiere hacer mal alguno; es evidente que no trata de ser insolente; su aspecto revela suficientemente que sus excentricidades son involuntarias. Me es útil. Puedo llevarme con él. Si lo echo, lo más probable es que caiga en manos de un empleador menos Indulgente y luego será tratado rudamente y quizás empujado a morirse miserablemente de hambre. Sí. Puedo adquirir a bajo precio una deliciosa sensación de autoaprobación. Amparar a Bartleby, soportar su rara terquedad es algo que me costará poco o nada, mientras atesoro en mi alma lo que con el tiempo será un dulce bocado para mi conciencia. Pero éste no era siempre mi estado de ánimo. La pasividad de Bartleby a veces me exasperaba. Me sentía extrañadamente acicateado a enfrentarme con él en un nuevo encontronazo, a despertar en él una chispa de cólera, que respondiera a la mía. Pero, desde luego, era igual que tratar de hacer fuego restregando los nudillos de mi mano en un trozo de jabón Windsor. No obstante, una tarde me dominó el impulso maligno y se produjo la siguiente escenita:
-Bartleby -dije-, cuando estén copiados todos estos papeles los cotejaré con usted.
-Preferiría no hacerlo.
-¿Cómo? ¿Seguramente no se propondrá insistir 'en ese capricho de mula?
Sin respuesta.
Abrí la puerta vidriera y, dirigiéndome a Turkey y Nippers, exclamé excitado:
-Por segunda vez dice que no examinará mis documentos. ¿Qué piensa de eso, Turkey?
Era tarde, debe recordarse. Turkey estaba sentado y resplandecía como una marmita de bronce; había gotas en su calva; sus manos se movían nerviosas entre sus manchados papeles.
-¿Qué pienso de eso? -gruñó Turkey-. ¡Pienso que me voy a meter detrás de su biombo y le voy a dejar los ojos negros!
Así diciendo, Turkey se levantó y puso sus brazos en postura pugilística. Se apresuraba a concretar su promesa cuando yo lo detuve, alarmado ante el efecto de haber despertado la combatividad de Turkey luego dei almuerzo.
-Siéntese, Turkey -dije-, y oiga lo que tiene que decirnos Nippers. ¿Qué piensa usted, Nippers?, ¿No tengo razones para despedir inmediatamente a Bartleby?
-Excúseme; eso es algo que debe decidir usted, señor. Pienso que su. conducta es completamente desacostumbráda, y por cierto Injusta Para Turkey y para mí.. . Pero puede tratarse sólo de un capricho pasajero.
-¡Ah! -exclamé. Entonces usted ha cambiado extrañamente de Idea... ahora habla muy amablemente de Bartieby.
-Pura cerveza -exclamó Turkey-; esa amabilidad' es efecto de la cerveza... Nippers y yo almorzamos juntos hoy. Usted ve qué gentil soy yo, señor. ¿Puedo Ir y
dejarle los ojos negros?
-Supongo que se refiere a Bartleby. No; hoy no, Turkey -le contesté-. Por favor, baje esos puños.
Cerré las puertas y avancé una vez         hacia Bartleby. Sentía incentivos adicionales que más empujaban hacia mi destino. Me quemaba el deseo de verlo rete= larse contra mí una vez más. Recordé que Bartleby, nunca abandonaba las oficinas.
Bartleby -le dije-. Ginger Nut no está; vaya hasta el Correo, ¿quiere? (era una caminata de tres minutos) , y vea si ha llegado algo para mí.
-Preferiría no hacerlo.
-¿No lo hará?
-Prefiero no hacerlo.
Fui arrastrándome hasta mi escritorio y me puse a reflexionar intensamente. Mi ciego impulso volvió a adueñarse de mí. ¿Habría alguna otra cosa con la que pudiera lograr el ignominioso rechazo de ese tipo flaco y sin un cobre... mi subalterno escribiente? ¿Qué otra tarea perfectamente razonable habría a la que con seguridad se rehusara hacpr?
-iBartlebyl —Sin respuesta.
-¡Bartleby! -en voz más alta.
Sin respuesta.
-¡Bartleby! -vociferé.
Como un verdadero fantasma respetuoso de las leyes de la Invocación mágica, ante el tercer llamado Bartieby apareció en la entrada de su ermita.
-Vaya al otro cuarto y dígale a Nippers que venga.
-Preferiría no hacerlo -dijo con lentitud y respeto, para luego desaparecer tranquilamente.
-Muy bien, Bartleby -dije con un tono serenamente severo y calmo, Insinuando que tenía el propósito de recurrir a alguna represalia terrible que estaba a mi disposición. En ese momento proyectaba a medias algo por el estilo. Pero, considerando todo, y como se aproximaba la hora de comer, pensé que sería mejor ponerme mi sombrero y caminar hasta mi casa dando por terminado el día en medio de una gran perplejidad e inquietud espiritual.
¿Lo admitiré? La conclusión de todo esto fue que pronto se dio por sentado que en mis oficinas tenía un escritorio, un escribiente joven y pálido, de nombre Bartleby, que copiaba al precio acostumbrado de 4 centavos la hoja (un centenar de palabras), pero que estaba permanentemente exento del deber de revisar su trabajo, de modo que este deber era transferido a Turkey y Nippers, sin duda como un cumplido a la mayor agudeza de éstos; además, el dicho Bartleby nunca, y por ninguna razón, debía ser enviado a realizar el más trivial encargo, e Incluso si se le rogaba que se ocupara de una tarea semejante, todos sabían que él preferiría no hacerlo; en otras palabras, que lisa y llanamente se negaría.
A medida que pasaban los días me sentía considerablemente reconciliado con Bartleby. Su dedicación, su falta de todo tipo de vicios, su laboriosidad Incesante (salvo cuando prefería soñar despierto detrás del biombo), su gran quietud, su comportamiento inalterable en toda circunstancia, lo convertían en una valiosa adquisición. Lo principal era que siempre estaba allí; era el primero en llegar a la mañana, permanecía continuamente durante el día y era el último en irse. Yo tenía una particular confianza en su honestidad. A mis más preciados documentos los sentía perfectamente seguros cuando estaban en sus manos. En algunos casos, a fe mía que me era imposible evitar el caer en accesos de ira contra él. Pues era muy difícil no olvidar alguna vez esas extrañas peculiaridades, privilegios e insólitas exenciones que constituían las estipulaciones tácitas bajo las cuales Bartleby permanecía en mi oficina. Una y otra vez, ante la ansiedad por despachar asuntos apremiantes, inadvertidamente llamaba a Bartleby con un tono cortante y apurado para que pusiese su dedo, digamos, en el incipiente nudo de un trozo de hilo colorado con el que ataba algunos de mis documentos. Por supuesto, entonces escuchaba desde detrás del biombo la respuesta acostumbrada: "Preferiría no hacerlo". Y entonces, ¿cómo una criatura humana, con las debilidades comunes a nuestra naturaleza, podía evitar el responder con amargura a semejante perversidad, a semejante sinrazón? No obstante, cada nuevo rechazo de este tipo sólo tendía a disminuir las probabilidades de que volviera a incurrir en otra distracción.

Debo decir que, de acuerdo con la costumbre de mu chos abogados con oficinas en edificios densamente' poblados, mi puerta tenía varias llaves. Una la guardaba la mujer que vivía en la buhardilla, que hacía una limpieza general por semana y diariamente barría y pasaba el plumero en mi departamento. Otra la tenía Turkey. -La tercera a veces la llevaba yo en mi bolsillo. Respecto a la cuarta, no sé quién la tenía.
Ahora bien; un domingo por la mañana pensé ir a la Trinity Church con la intención de escuchar a un reputado predicador y, como quedé libre algo temprano, resolví pasar un rato en mi oficina. Afortunadamente llevaba mi llave; sin embargo al meterla en la cerradura, me encontré con que algo le oponía resistencia. Muy desconcertado, llamé. Tuve entonces la desagradable sorpresa de notar que se hacía girar una llave desde adentro y, mostrando su pálido rostro por la puerta entreabierta, aparecía Bartleby en mangas de camisa y con un extraño y rotoso deshabillé, diciendo tranquilamente que lo sentía mucho y que, ya que estaba muy ocupado, prefería no recibirme en ese momento. Agregó con pocas palabras que sería mejor que yo diera dos o tres vueltas a la manzana, pues entonces habría terminado sus tareas.
La aparición completamente insospechada de Bartleby -! ocupando mis oficinas legales un domingo por la mañana, con su indiferencia cadavéricamente caballeresca, pero a pesar de todo firme y seguro de sí, tuvo sobre mí un efecto tan extraño que inmediatamente me alejé de su puerta e hice lo que él me decía. Pero no sin sentir- los vacilantes impulsos de una rebelión impotente contra el tranquilo descaro de ese inconcebible escribiente. Desde luego, era su maravillosa gentileza la que no sólo me desarmaba, sino que, por así decirlo, me acobardaba. Pues considero que uno, en esos momentos, en cierta manera está acobardado cuando permite tranquilamente que su empleado asalariado le dé indicaciones y le ordene que se aleje de sus propias oficinas. Además, estaba lleno de inquietud por lo que Bartieby podía estar haciendo en mi despacho, en mangas de camisa y completamente desarreglado, un domingo por la mañana. ¿Se trataba de algo impropio? No; eso estaba fuera de toda duda. Ni por un momento podía pensar que Bartleby fuera una persona inmoral. Pero, ¿qué podía estar haciendo allí?... ¿copiando? No, me repetí, cualesquiera que fueran sus excentricidades, Bartleby era una persona eminentemente decorosa. Sería el último hombre en sentarse ante su escritorio en un estado que se aproximase a la desnudez. Por otra parte era domingo y había algo en Bartleby que no permitía suponerlo capaz de violar la santidad de ese día con ocupaciones seculares.
De todos modos, mi espíritu no estaba tranquilo; poseído por una inquieta curiosidad finalmente volví a la puerta. Sin encontrar obstáculo alguno, coloqué mi llave, abrí la puerta y entré en las oficinas. Bartleby no estaba.
Miré alrededor ansiosamente, me asomé detrás del biombo, pero era evidente que se había ido. Cuando examiné el lugar con más detenimiento, sospeché que Bartleby debía de haber comido, dormido y haberse vestido en mis oficinas, y todo eso sin vajilla, espejo o cama. El blando asiento de un sofá viejo y desvencijado conservaba en un rincón, la débil huella de una silueta flaca, reclinada. Enrollada bajo el escritorio encontré una frazada; bajo la parrilla del hogar vacío una pasta dentífrica y cepillo; sobre una silla una palangana de lata, jabón y una rotosa toalla; en una diario unas pocas migas de bizcochos de jengibre y un trozo de queso. Sí, pensé, es bastante evidente que Bartleby ha hecho de mis oficinas su casa, cuidando su cuarto de soltero él mismo. Entonces me asaltó inmediatamente el pensamiento: ¡Qué terrible falta de amistades, qué soledad, se manifiestan aquí! La pobreza de Bartleby es grande; pero su soledad, ¡qué horrible! Piénsese en ello. Los domingos Wall Street está desierta como la Arabia útrea, y cada noche de cada día es la desolación. También este edificio, que durante los días de semana bulle de trabajo y vida, al caer la noche hace eco al complejo vacío y en los domingos está desolado. Y aquí establece su hogar Bartleby, único espectador de una soledad que ha visto completamente poblada. ¡Una especie de inocente y trasfigurado Marlo. cavilando melancólico en medio de las ruinas de Cartago!
Por primera vez en mi vida se adueñó de mí un sentimiento de sobrecogedora y punzante melancolía. Antes nunca había experimentado otra cosa que una tristeza no del todo desagradable. Ahora el vínculo de una humanidad compartida me empujaba irresistiblemente hacia el abatimiento. ¡Una melancolía fraternal! Pues yo y Bartleby éramos hijos de Adán. Recordé las sedas resplandecientes y los rostros brillantes de dicha que había visto, ese día, en ropas de gala, bogando como cisnes a lo largo del Misisipi de Broadway; los contrasté con el pálido copista, y pensé para mí mismo: "¡Ah!, la felicidad busca la luz, y así juzgamos que el mundo es alegre; pero la miseria se esconde lejos, y así juzgamos que la miseria no existe Estas tristes fantasías -sin duda quimeras de una mente enferma y atontada- me condujeron a pensamientos distintos y más específicos, referentes a las excentricidades de Bartleby. Presentimientos de extraños descubrimientos rondaron a mi alrededor. Se me apareció la pálida silueta del escribiente, entre extraños indiferentes, en su estremecedora mortaja.
Repentinamente me atrajo el cerrado escritorio de Bartleby con su llave colocada en la cerradura.
No me impulsaba, pensé, ninguna mala intención; no buscaba la satisfacción de una curiosidad desalmada; además, -el escritorio era mío y su contenido también, de modo que tenía todo derecho a mirar en él. Encontré todo_ metódicamente ordenado, los documentos en su lugar. Los casilleros eran profundos y, removiendo las hileras de papeles, llegué hasta el fondo. De pronto sentí algo y lo extraje. Se trataba de un viejo pañuelo de algodón, pesa- - do y anudado. Lo desaté y me encontré con una caja de ahorros.
Entonces vinieron a mi memoria todos los tranquilos misterios que había observado en Bartleby. Recordé que nunca hablaba si no era para responder; y aunque a veces tenía considerable tiempo para sí mismo, nunca lo había visto leyendo... no, ni siquiera un diario; durante largos períodos permanecía ensimismado, sentado detrás del biombo y con la mirada fija en la monótona pared de ladrillos; estaba completamente seguro de que nunca visitaba ninguna fonda o restaurante; su pálido rostro mostraba a las claras que nunca bebía cerveza como Turkey y ni siquiera té o café como otros hombres; nunca iba a ningún sitio en particular ni salía a dar un paseo, por supuesto, a menos de que se tratase de ese mismo momento; se había negado a decir quién era, de dónde venía o si tenía algún pariente en el mundo; a pesar de ser tan flaco y pálido nunca se quejaba de mala salud. Más que todo, recordé una cierta atmósfera inconsciente de pálida -¿cómo la llamaré?-, pálida soberbia, digamos, o más bien una austera reserva, que positivamente me había Infundido una calma condescendencia por sus excentricidades, cuando temía pedirle que me hiciera el favor más casual y de menor importancia, aun sabiendo, debido a su larga y constante quietud, que detrás de su biombo debía estar en uno de sus ensimismamientos, con la mirada fija en la pared de ladrillos.
Reflexionando en estas cosas, y uniéndolas con el hecho recientemente descubierto de que había convertido mis oficinas en su residencia y hogar estables, y sin olvidar su mórbida hosquedad; reflexionando en todas estas cosas, digo, un sentimiento de prudencia comenzó a adueñarse de mí. Mis primeras emociones habían sido las de la pura melancolía y la más sincera piedad; sin embargo, en la misma medida en que crecía cada vez más para mi imaginación la desolación de Bartleby, esa misma melancolía se mezclaba con el temor, esa piedad con la repugnancia. Tan verdad es esto, y también tan terrible, que hasta cierto punto el pensamiento o la visión de la miseria solicita nuestros mejores afectos, pero en ciertos casos especiales deja de hacerlo cuando se pasa este punto. Se equivocan quienes afirman que esto se debe invariablemente al egoísmo intrínseco del corazón humano.' Más bien procede de una cierta desesperanza por reediar el mal excesivo y orgánico. Para un ser sensible la piedad es no pocas veces dolor. Y cuando al fin se percibe que semejante piedad no puede dar lugar a ayuda efectiva, el sentido común aconseja al alma librarse de ella. Lo que vi esa mañana me persuadió de que el escribiente era la víctima de un desorden innato, o inca rabie. Yo podía dar limosnas a su cuerpo, pero su cuerpo no le dolía; era su alma la que sufría, y a su alma no podía llegar.
Esa mañana no cumplí con el propósito de ir hasta la Trinity Church. De algún modo, las cosas que había visto me incapacitaban para el momento de asistir a la iglesia. Caminé hacia mi casa pensando en lo que haría con Bartleby. Por último, tomé la siguiente resolución: la mañana siguiente le formularía algunas tranquilas preguntas referentes a su historia; etc., y si se negaba a responderlas abierta y francamente (y supuse que preferiría no hacerlo), entonces le daría un billete de veinte dólares por encima de lo que pudiera deberle, pero le diría que si en alguna otra forma podía ayudarlo me sentiría feliz de hacerlo, en especial si deseaba volver a su ciudad natal, cualquiera que fuese, de buena gana lo ayudaría a solventar los gastos. Además, si después de llegar a su hogar en algún momento se encontraba necesitado de ayuda, una carta suya hallaría en mí, con toda seguridad, una respuesta.
Llegó la mañana siguiente.
-Bartleby -dije yo, dirigiendo gentilmente mi voz hasta su biombo.
Sin respuesta.
-Bartleby -dije yo, en un tono aún más gentil-. Venga aquí; no voy a pedirle que haga nada que preferiría no hacer... Simplemente querría hablarle.
Entonces apareció ante mi vista silenciosamente.
-¿Me dirá, Bartleby, dónde ha nacido?
-Preferiría no hacerlo.
-¿Me dirá alguna cosa acerca de usted?
-Preferiría no hacerlo.
-Pero, ¿qué objeción razonable tiene para no poder hablar conmigo? Abrigo hacia usted sentimientos amistosos.
No me miró mientras hablaba, sino que mantuvo su mirada fija en mi busto de Cicerón, ubicado directamente detrás de mí y alrededor de quince centímetros encima de mi cabeza.
-¿Cuál es su respuesta, Bartleby? -dije yo después de esperar un tiempo considerable, durante el cual su rostro permaneció inconmovible, sólo con el más débil temblor concebible en sus blanquecinos labios.
-Por el momento prefiero no contestar -dijo, y se retiró a su ermita.
Fui bastante débil, lo admito. Pero su actitud en esa ocasión me irritó. No sólo parecía haber en ella cierto calmo desdén, sino que su perversidad parecía desagradecida, considerando el buen trato e indulgencia indiscutibles que había encontrado en mí.
Una vez más me senté a rumiar lo que haría. Mortificado como estaba por el comportamiento de Bartleby, y resuelto como había estado a despedirlo cuando entré a mi oficina, pese a todo, extrañamente sentía que algo supersticioso golpeaba en mi corazón y me prohibía llevar a cabo mi propósito, diciéndome que sería un canalla si me atrevía a decir una palabra amarga contra el más desolado de los hombres. Por último, llevando familiarmente mi silla hasta detrás de su biombo, me senté y dije:
-Bartleby, no volvamos a hablar de su historia, pero permítame pedirle como un amigo, que cumpla en lo 'posible ¡as costumbres de su oficio. Comprométase a que mañana o pasado ayudará a cotejar documentos. En fin, comprométase a que, en uno o dos días, usted comenzará a ser algo razonable... digámoslo así, Bartleby.
-Por el momento preferiría no ser un poco razonable -fue su respuesta mansamente cadavérica.
En ese momento se abrieron las puertas de la mampara y se aproximó Nippers. Parecía sufrir los efectos de una noche desacostumbradamente mala, producidos por una indigestión más severa de lo común. Llegó justamente para oír las últimas palabras de Bartleby.
-¿Prefiere no ser razonable? -gritó Nippers-. Si yo fuera usted, señor, ya le daría preferir –dirigiéndose a mí-. Ya le daría preferir; ya le daría preferencias, ¡a esa mula terca! ¿Qué es, señor, por favor, lo que ahora prefiere no hacer?
Bartleby no movió un dedo.
-Señor Nippers -dije yo-, prefiero que, por el momento, se retire.
De ningún modo, últimamente había tomado la costumbre de usar involuntariamente esa palabra "prefiero" en todo tipo de situaciones en las que no resultaba precisamente adecuada. Y me atemorizaba que mi contacto con el escribiente ya hubiera afectado seriamente mi esta do mental. ¿Y qué otra, y quizás más terrible aberración, no podría eso acarrearme? Este temor había influido en mi decisión de tomar medidas drásticas.
Mientras Nippers, mcstrándose malhumorado y agrio, se iba, Turkey se aproximó con suavidad y respeto.
-Con todo respeto, señor -dijo-, ayer estaba pensando aquí mismo acerca de Bartleby, y creo que si él prefiriese tomar nada más que un cuarto de buena cerveza todos los días, ello haría mucho por mejorarlo y le per mitiría participar en el cotejo de sus documentos.
-Así que a usted también se le ha pegado la palabra -dije yo, algo excitado.
-Con todo respeto, ¿qué palabra, señor? -preguntó Turkey, apretándose respetuosamente en el reducido espacio que había detrás del biombo, y así obligándome a empujar al amanuense-. ¿Qué palabra, señor?
-Preferiría que me dejaran solo aquí -dijo Bartleby, como si se sintiera ofendido al ser invadido su retiro.
-Esa es la palabra, Turkey -dije yo-. Esa es.
-¡Ah! ¿Preferir? Ah, sí... Extraña palabra. Nunca la uso. Pero, señor, como le decía, con que él sólo prefiriese ...
-Turkey -lo interrumpí- ¿me haría el favor de retirarse?
-Oh, sin duda, señor, si usted prefiere que lo haga.
Mientras Turkey abría la puerta de la mampara para retirarse, Nippers me echó una mirada desde su escritorio y me preguntó si yo prefería que cierto documento  se copiara en papel blanco o azul. No acentuó en modo alguno la palabra preferir. Era evidente que salía involuntariamente de su lengua. Pensé para mis adentros. "Seguramente, debo librarme de un demente, que ya en alguna medida ha influido sobre las lenguas, si no sobre las cabezas, de mí mismo y mis empleados." Pero consideré prudente no despedirlo en ese momento.
Al día siguiente observé que Bartleby no hacía otra cosa que permanecer ante su ventana, ensimismado, con la mirada fija en el muro. Al preguntarle por qué no escribía, dijo que había decidido no escribir más.
-Pero ¿cómo? ¿Qué es esto? -exclamé yo-. ¿No escribir más?
-Ya no más.
-¿Y cuál es la razón?
-¿No la ve usted mismo? -me contestó con indiferencia.
Lo miré fijamente y percibí que sus ojos estaban apagados y vidriosos. Instantáneamente se me ocurrió que la diligencia con que había copiado junto a esa oscura ventana durante las primeras semanas de su estada conmigo podría haber dañado temporariamente su vista.
Me sentí conmovido. Le dirigí algunas palabras de simpatía. Sugerí que, desde luego, era sensato el dejar de escribir por un - tiempo, y lo insté a aprovechar esa oportunidad para realizar sanos ejercicios al aire libre. - Sin embargo, no lo hizo. Pocos días después, cuando mis demás empleados estaban ausentes y yo me encontraba muy apurado por despachar determinadas cartas por correo, pensé que, no teniendo otra cosa terrenal que hacer, sin duda Bartleby sería menos inflexible que de costumbre y llevaría esas cartas al Correo. No obstante, él se rehusó lisa y llanamente. De este modo, aunque me resultaba muy molesto, fui yo mismo.
Los días siguieron pasando. Si los ojos de Bartleby mejoraron o no, es algo que no puedo decir. Según todas las apariencias, pensé que habían mejorado. Pero, cuando se lo pregunté a él, Bartleby no pronunció respuesta. En todo caso, no copiaría. Por último, en respuesta a mis apremios, me informó que había abandonado para siem pre las copias.
-¡Cómo! -exclamé yo-. ¿Si sus ojos se pusieran completamente bien... mejor incluso que antes... no copiaría entonces?
-No copiaré más -respondió y se apartó.
Quedó, al igual que antes, como un empleado inamovible de mis oficinas. No; si eso era posible, se hizo aún más inamovible que antes. ¿Qué podía hacerse? El no haría nada en las oficinas: ¿por qué iba a permanecer allí? De hecho, se había convertido en una carga agobia- - dora, no sólo inútil como adorno sino difícil de sobrellevar. Con todo, sentía pena por él. Cuando afirmo que me ocasionaba inquietud sólo digo la pura verdad. Si él hubiera nombrado un único amigo o familiar, instantánea mente les hubiera escrito y los hubiera urgido para que llevasen al pobre hombre hacia algún retiro conveniente. Pero parecía solo, absolutamente solo en el universo. El resto de un hundimiento en medio del océano Atlántico. A la larga, las necesidades vinculadas con mi trabajo se impusieron sobre todas las demás consideraciones. Lo más decentemente que pude le dije a Bartleby que tenía seis días para abandonar las oficinas. Le aconsejé que tomara medidas, en ese tiempo, para procurarse una nueva vivienda. Me ofrecí para ayudarlo en esta tarea, si él mismo daba el primer paso de la mudanza.
-Y cuando finalmente me abandone, Bartleby ---agregué yo-, me ocuparé de que no se vaya totalmente desamparado. Seis días a partir de esta hora, recuerde.
Al terminar ese período, me asomé detrás del biombo y, ¡oh!, Bartleby estaba allí. Abotoné mi sobretodo, me preparé, avancé hacia él, le toqué el hombro y dije:
-Ha llegado el momento; debe abandonar este lugar. Lo siento por usted; aquí tiene dinero. Pero debe irse.
-Preferiría no hacerlo -contestó, aún dándome la espalda.
-Usted debe hacerlo. Permaneció en silencio.
Ahora bien; yo depositaba una confianza sin limites en la honestidad general de este hombre. Con frecuencia me había devuelto peniques y chelines que yo había dejado caer descuidadamente sobre el piso, pues. soy muy desordenado en cosas de menor cuantía. El procedimiento que seguía no debe, pues, parecer extraordinario.
-Bartleby -dije yo-. Le debo doce dólares por su trabajo. Aquí tiene treinta y dos, los veinte sobrantes son suyos... ¿Los tomará? -y le extendí los billetes.
Pero él no hizo movimiento alguno.
-Los dejaré aquí entonces -dije poniéndolos bajo un pisapapeles que estaba sobre la mesa. Luego tomé mi sombrero y bastón y, mientras iba hacia la puerta, me volvi tranquilamente y agregué:
-Cuando haya sacado sus cosas de estas oficinas, Bartleby, por supuesto, cerrará la puerta con llave... ya que todos se han ido menos usted... y, por favor, deje la llave bajo el felpudo, para que yo pueda encontrarla mañana. Si en su nueva vivienda puedo servirle de algo no deje de avisarme por carta. Adiós, Bartleby, y que le vaya a usted bien.
Pero él no respondió una palabra, como la última columna de un templo derruido, permaneció mudo y solitario en medio del desierto salón.
Mientras iba reflexionando hacia mi casa, mi vanidad triunfó sobre mi piedad. No podía sino vanagloriarme por el modo magistral en que me había librado de Bartleby. Lo califico de magistral, y así debe parecerle a cualquier lector desinteresado. La belleza de mi procedimiento parecía consistir en su perfecta calma. No hubo gritos vulgares, ni bravatas de ningún tipo, ni amenazas airadas, ni caminatas de uno a otro lado del departamento con órdenes vehementes para que Bartleby se fuese con sus bártulos de vagabundo. Nada de eso. Sin pedirle a gritos que partiera -como lo hubiera hecho una persona de inferior talento- había supuesto que debía partir, y sobre la base de ese supuesto había desarrollado todo lo que debía decir. Cuanto más pensaba en mi procedimiento, más encantado estaba. No obstante, cuando desperté a la mañana siguiente, sentí dudas. .. De algún modo el sueño había desvanecido los humos de mi vanidad. Una de las horas más frías y sabias que tiene un hombre es precisamente aquella en que acaba de despertarse. Mi procedimiento parecía tan sagaz como antes, pero sólo en teoría. Los resultados que daría en la práctica. .. eso era lo que estaba por verse. Haber supuesto que la partida de Bartleby era una bella idea; sin embargo, después de todo, ese supuesto era exclusivamente mío, y de ningún modo de Bartleby. Lo fundamental no era si yo había supuesto que él me abandonaría, sino si él prefería hacerlo así. Él era más un hombre de preferencias que de supuestos.
Después del desayuno fui caminando hacia la ciudad, sopesando las posibilidades favorables y desfavorables. En un momento pensé que el resultado de todo podía ser un miserable fracaso, y que encontraría a Bartleby en mi oficina igual que siempre; al momento siguiente di por sentado que encontraría una silla vacía... y así seguí vacilando. En la esquina de Broadway y la calle Canal vi un grupo muy excitado de personas que conversaban con' mucha seriedad.
-Apuesto a que no lo hará -dijo una voz mientras yo pasaba.
-¿No sé irá?... ¡Acepto! -dije yo-. Ponga su dinero.
Instintivamente llevé mi mano a mi bolsillo para sacar mi dinero cuando recordé que estaba en un día de elecciones. Las palabras que acababa de oír no tenían relación alguna con Bartleby, sino con el éxito o fracaso de algún candidato a la Intendencia. En mi obsesión había imaginado que, por así decirlo, todo Broadway compartía mi excitación y que todos discutían ese mismo problma conmigo Seguía adelante, muy agradecido porque el bullicio de la calle había hecho pasar inadvertida mi involuntaria distracción.
Como lo había proyectado, estuve ante las puertas de mi oficina más temprano que de costumbre. Por un momento me paré a escuchar. No había ruidos. Probé el picaporte. La puerta estaba cerrada. Sí; mi procedimien. to había obrado como por un encanto; por cierto, Bartleby debía haber desaparecido. Con todo, a esta idea se mezclaba una cierta melancolía. Mi brillante éxito casi me apenaba. Estaba tanteando el felpudo de la puerta en busca de la llave, que Bartleby había dejado allí para mí, cuando accidentalmente mi rodilla golpeó contra.uno de los vidrios, . produciendo un ruido de llamada, y en respuesta una voz me contestó desde dentro:
-Todavía no. Estoy ocupado.
Era Bartleby.
Quedé fulminado. Por un instante permanecí de pie como el hombre que, pipa en boca, fue muerto una tarde sin nubes hace mucho en Virginia por un rayo estival; fue muerto en su cálida y abierta ventana, y permaneció recostado allí durante la soñolienta tarde hasta que alguien lo tocó. Y entonces cayó.
-¡No se ha ido! -murmuré finalmente. Pero obedeciendo una vez más a ese maravilloso ascendiente que el escribiente tenía sobre mí, un ascendiente del que, a pesar de toda mi impaciencia, no podía librarme por completo, lentamente bajé las escaleras y salí a la calle. Mientras caminaba alrededor de la manzana, consideré lo que debía hacer en medio de esa insólita perplejidad. Sacar al hombre de un empujón era algo que no podía hacer; echarlo aplicándole duros epítetos no daría resultado; llamar a la policía era una idea desagradable; con todo, permitirle gozar su cadavérico triunfo sobre mí era una idea que no podía soportar. ¿Qué hacer? O bien, si 'no iba a hacer nada, ¿había alguna otra cosa que yo pudiera suponer en la cuestión? Sí; así como antes había dado prospectivamente por supuesto que Bartleby partiría, así ahora podía dar por supuesto, retrospectivamente, que había partido. Para actuar legítimamente de acuerdo con este supuesto podía entrar en mis oficinas con gran prisa y comportarme como si Bartleby no estuviera en absoluto, llevándolo por delante como si fuera aire. Semejante procedimiento, en una medida singular, tenía la apariencia de una indirecta. Difícilmente Bartleby pudiera sobrellevar semejante aplicación de la doctrina de los supuestos. Con todo, al reflexionar por segunda vez en el asunto, el éxito del plan me pareció bastante dudoso. Resolví discutir la cuestión una vez más con Bartleby.
-Bartleby -dije yo mientras entraba a las oficinas con una expresión tranquila y serena-. Estoy gravemente disgustado. Estoy dolido, Bartleby. Tenía un mejor concepto de usted. Lo había imaginado de un carácter tan caballeresco como para que, ante cualquier dilema delicado, bastara el más ligero indicio... En síntesis, un supuesto; pero parece que me he engañado. ¿Por qué ni siquiera ha tocado usted ese dinero todavía? -agregué naturalmente asombrado, señalando los billetes que estaban precisamente donde los había dejado la tarde anterior.
No contestó una palabra.
-¿Nos dejará usted o no? -le pregunté ahora en un repentino arrebato, abalanzándome hacia él.
-Preferiría no abandonarlo -contestó él, acentuando amablemente el no.
-¿Qué derecho terrenal tiene usted para permanecer aquí? ¿Paga algún alquiler? ¿Paga mis impuestos? ¿O bien esta propiedad es suya?
No respondió una palabra.
-¿Está dispuesto a seguir trabajando y escribir ahora? ¿Han mejorado sus ojos? ¿Puede copiar para mí un pequeño documento esta mañana... o ayudar a examinar
unas pocas líneas... o ir hasta la oficina de Correos? En una palabra, ¿hará usted algo para dar fundamento a su negativa de abandonar las oficinas?
Silenciosamente se retiró a su ermita. Me encontraba en tal estado de resentimiento nervioso que consideré prudente controlarme, por el momento, y no hacer mayores demostraciones. Bartleby y yo estábamos solos. Recordé la tragedia del desdichado Adams y la del aún más desdichado Colt en la solitaria oficina de este último. Y cómo el pobre Colt, exasperado por Adams, y dejándose llevar imprudentemente por la ira, fue impulsado al acto fatal, un acto que sin duda ningún hombre puede deplorar más que quien lo comete. Al considerar el asunto, a menudo se me había ocurrido que si ese altercado hubiera tenido lugar en la calle o en alguna residencia privada no habría terminado de ese modo. Estaban solos en una oficina solitaria, en un piso alto, de un edificio completamente desprovisto de asociaciones domésticas humanizadoras; una oficina sin alfombras, indudablemente con una apariencia polvorienta y desolada, y ello debe de haber contribuido grandemente a aumentar la irritable desesperación del infeliz Colt.
Pero cuando este viejo Adán del resentimiento se despertó en mí y me tentó respecto de Bartleby, luché con él y lo vencí. ¿Cómo? Bueno, simplemente recordando el precepto divino: "Os doy un nuevo mandamiento. el de que os améis los unos a los otros". Sí, esto fue lo que me salvó. Con independencia de consideraciones más altas, la caridad a menudo obra como un principio de gran sabiduría y prudencia... una gran protección para quien la posee. Los hombres cometieron asesinatos por celos, por ira, por odio, por egoísmo y por orgullp espiritual, pero ningún hombre del que yo haya oído hablar cometió alguna vez un asesinato diabólico por dulce caridad. El mero interés personal, pues, si no puede encontrarse un motivo mejor, debe, sobre todo en el caso de los hombres muy temperamentales, impulsar a todos los seres hacia la caridad y la filantropía. En cualquier caso, en esa ocasión expulsé mis sentimientos de exasperación hacia el amanuense mediante una benevolente reflexión sobre su proceder. ¡Pobre tipo, pobre tipo!, pensé yo, no sabe lo que hace. Además, ha pasado por momentos duros y es preciso ser indulgente con él.
También me esforcé inmediatamente por hallarme alguna ocupación, y al mismo tiempo consolar mi desaliento. Traté de imaginar que, en el curso de la mañana, en un momento que le resultara agradable, Bartleby, por su - propia y libre voluntad, saldría de su ermita y se dirigiría decididamente hacia la puerta. Pero no. Llegaron las doce y media; el rostro de Turkey comenzó a resplandecer, volcó el tintero y empezó a mostrarse turbulento en todos sus actos; Nippers se abatió en la quietud y la cortesía Ginger Nut mascó su manzana del mediodía, y Bartleby permaneció de pie ante la ventana, en uno de sus más profundos ensimismamientos con la mirada fija en el muro. ¿Me creerán? ¿Debo reconocerlo? Esa tarde abandoné las oficinas sin decirle una sola palabra más.
Pasaron algunos días, durante los cuales, en los momentos de ocio, hojeé un poco Edwards on the Will y Priestley on Necessity. Ante las circunstancias, esos libros me producían un sentimiento saludable. Gradualmente llegué a la idea de que esos problemas míos, los referentes al amanuense, estaban predestinados desde la eternidad y Bartleby me estaba destinado por algún misterioso designio de la Divina Providencia, que un mero mortal como yo no podía comprender. Sí. Bartleby, quédate allí detrás del biombo, pensé yo; no te perseguiré más, no eres dañino y no haces ruido, como algunas de esas viejas sillas; en una palabra, nunca me he sentido en mayor intimidad como ahora que sé que estás ahí. Por lo menos lo veo, lo siento, penetro en el designio predestinado de mi vida. Estoy contento. Otros tendrán papeles más elevados que realizar, pero mi misión en -este mundo,Bartleby, es proporcionarte una oficina por el período qué consideres conveniente.
Creo que esta actitud sabia y bendita hubiera conti: nuado, si no hubiera sido por las observaciones no pedidas y nada caritativas de mis colegas amigos cuando visitaban las oficinas. Pero a menudo ocurre así, el con a-, tante roce con mentes mezquinas acaba con las mejores resoluciones de los más generosos. Cuando pienso en ello no me asombra que quienes entraban a mi oficina se sintieran impresionados por el aspecto extraño del inexplicable Bartleby y cayeran en la tentación de hacer alguna observación siniestra al respecto. A veces un procurador que trabajaba conmigo, al ser llamado a mi oficina y no encontrar a otra persona que mi escribiente, se tomaba el trabajo de sacarle alguna información precisa respecto de mi paradero; sin prestar atención a su charla ociosa, Bartleby permanecía inmóvil en medio del cuarto. De este modo, tras contemplarlo en esa posición durante un tiempo, el procurador partía tan ignorante como había llegado.
Además, cuando tenía lugar alguna audiencia y el salón estaba lleno de abogados y testigos y las cosas andaban rápido, algún abogado profundamente ocupado de los que allí estaban, viendo a Bartleby mano sobre mano, solía pedirle que fuera a su oficina (la de ese abogado) y le trajera algunos papeles. En ese caso, Bartleby se rehusaba tranquilamente, y pese a todo permanecía tan quieto como antes. Entonces el abogado lo miraba fijamente y luego se volvía a mí. ¿Y qué podía yo decirle? Por último, tomé conciencia de que por todo el ámbito de mis relaciones profesionales circulaba un murmullo -de asombro ante el extraño ser que vivía en mi oficina. Esto me molestó muchísimo. Se me ocurrió que Bartleby podía ser longevo y seguir ocupando mi departamento, desconociendo mi autoridad y asombrando a todos cuantos me visitaban; además, me daría reputación escandalosa en mi profesión y arrojaría una sombra sobre todo el establecimiento, manteniéndose con sus ahorros (porque indudablemente no gastaba más que cinco centavos diarios) y al fin quizás me sobreviviría, lo que podría darle derechos para reclamar la posesión de mis oficinas con el fundamento de la ocupación perpetua. Mientras estos oscuros presagios ocupaban mi mente cada vez más, y mis amigos multiplicaban sus implacables observaciones. acerca de la aparición de Barleby en mis oficinas, se produjo en mí un gran cambio. Resolví recurrir a todas mis facultades al mismo tiempo con la finalidad de librarme para siempre de ese intolerable íncubo.
Sin embargo, antes de idear algún proyecto complejo adecuado para este fin, me limité a sugerir a Bartleby la conveniencia de su partida. Con un tono calmo y grave le comuniqué esta idea para su consideración cuidadosa y madura. Con todo, tras tres días de meditación, él me comunicó que su decisión originaria permanecía inalterada; en síntesis, que prefería seguir viviendo conmigo.
¿Qué hacer? me dije a mí mismo mientras me abrochaba el abrigo hasta el último botón. ¿Qué haré? ¿Qué debo hacer? ¿Qué dice la conciencia que debo hacer con este hombre, o más bien con este espectro? Es preciso que me libre de-él; es necesario que se vaya. Pero, ¿cómo?. ¿No lo echarás a la calle al pobre, pálido, pasivo mortal? ¿No echarás a una criatura tan desamparada? ¿No te deshonrarás con semejante crueldad? No. No lo haré. No puedo hacerlo. Antes prefiero dejarlo vivir y morir acá, y luego emparedar sus restos tras el muro. ¿Qué harás entonces? Pese a todos tus ruegos, él no se va. Los sobornos los dejas bajo tu propio pisapapeles y - sobre tu mesa; en síntesis, es evidente que prefiere aferrarse a ti. Entonces debo hacer algo severo, algo fuera de lo común. ¿Qué? ¿Con toda seguridad no lo harás atar por un gendarme y llevar su inocente palidez a la cárcel común? ¿Y con qué motivos podrías lograrlo... ? ¿Es acaso un vagabundo? ¡Cómo! ¿Es un vagabundo, un ser errante, precisamente él que rehusa moverse? Es a causa de que no es un vagabundo, entonces, que tratarás de clasificarlo como vagabundo. Eso es demasiado absurdo. ¿Carece de medios visibles de vida? Bueno, ahí lo tengo. Otro error: indudablemente se mantiene, y ésa es la única prueba irrefutable que puede presentar cualquier hombre para demostrar que posee medios para vivir. Entonces, no hay nada que hacer. Dado que él no me abandonará, yo debo abandonarlo a él. Trasladaré mis oficinas, me mudaré a otra parte, y le notificaré que si lo encuentro en mis nuevas oficinas, entonces procederé contra él como si se tratara de un vulgar asaltante.
De acuerdo con este plan, al día siguiente le hablé de este modo:
-Encuentro que estas oficinas están demasiado lejos de la Municipalidad; el aire no es saludable. En una palabra, me propongo trasladar mis oficinas la próxima semana y ya no necesitaré sus servicios. Le digo esto ahora a fin de que disponga de tiempo para buscar otro lugar.
No contestó, y nada más se dijo.
El día fijado contraté carros y hombres, fui hasta mis oficinas y, teniendo escasos muebles, todo se trasladó en pocas horas. Durante toda la mudanza el escribiente permaneció de pie detrás del biombo, que de acuerdo con mis órdenes fue lo 'último que se trasladó. Lo sacaron, lo doblaron como un enorme pliego y dejaron a Bartleby como el ocupante inmóvil de un salón desnudo. Permanecí de pie en la entrada observándolo por un momento, mientras algo dentro de mí me acusaba.
Volví a entrar, con mi mano en los bolsillos... y... y mi corazón en la boca.
-Adiós, Bartleby. Me voy... Adiós, y que Dios lo bendiga de alguna manera. Y reciba esto -le dije mientras deslizaba algo en su mano. Pero el dinero cayó sobre el piso y luego, extraño es decirlo... me separé con dolor de quien tanto había querido librarme.
Establecido en mis nuevas oficinas mantuve mis puertas cerradas con llave durante uno o dos días, sobresaltándome al oír pisadas en los corredores. Cuando volvía a mis cuartos después de alguna ausencia pequeña, me detenía en el umbral por un instante y escuchaba atentamente antes de introducir mi llave en la cerradura. Pero estos temores eran infundados. Bartleby nunca volvió a acercárseme.
Pensaba que todo andaba sobre rieles, cuando me visitó un desconocido con apariencia de estar perturbado, preguntándome si yo era la persona que hasta hacía poco había ocupado los departamentos del N° 10 de Wall Street.
A pesar de todas mis aprensiones, contesté afirmativamente.
-Entonces, señor -dijo el desconocido que resultó ser un abogado-, usted es responsable del hombre que allí dejó. Él se niega a hacer copias, se niega a hacer nada, y dice que prefiere no hacerlo; además, no quiere abandonar las oficinas.
-Lo siento mucho, señor -dije yo con aparenté tranquilidad, aunque temblando interiormente- pero en realidad el hombre de que usted habla no es nada mío... No es un pariente ni un aprendiz mío como para que usted me considere responsable por él.
-En nombre de Dios, ¿quién es él?
-Sin duda no puedo informarle. Nada sé acerca de él. Al principio lo empleé como copista, pero hace tiempo que no trabajaba para mí.
-En ese caso yo lo arreglaré... Buenos días, señor.
Pasaron varios días y no me enteré de nada más. Aunque a menudo sentía el caritativo impulso de ir hasta mis anteriores oficinas y ver al pobre Bartleby, un cierto escrúpulo, no sé bien de qué tipo, me lo impedía.
Cuando pasó otra semana sin recibir más noticias, pensé que había terminado con Bartleby. Sin embargo, al llegar a mi oficina al día siguiente encontré a varias personas que esperaban junto a mi puerta en un estado de gran excitación nerviosa.
-¡Este es el hombre... ! ¡Ahí viene! -gritó el que estaba adelante, y en quien reconocí al abogado que antes me había hablado.
-Usted debe sacarlo, señor, inmediatamente -gritó un hombre corpulento avalanzándose sobre mí, y en quien reconocí al dueño del N° 10 de Wall Street-. Estos caballeros, mis inquilinos, no pueden soportarlo más... El señor B -agregó señalando al abogado- lo ha sacado de su salón, y él ahora insiste en rondar por todo el edificio, sentándose en el pasamanos de la escalera durante el día y durmiendo en la entrada por la noche. Todos los que están aquí se sienten preocupados; los clientes dejan las oficinas; hay temores de que se produzca un tumulto. Usted debe hacer algo y sin dilaciones.
Retrocedía aterrorizado ante este torrente y de buena gana me hubiera encerrado en mi nuevo domicilio. En vano insistí en que Bartleby nada tenía que ver conmigo... no más que con cualquiera de los que estaba allí. En vano... Yo era la última persona conocida que algo había tenido que ver con él, y ellos me hacían responsable del terrible problema. Con temor de ser denunciado en los diarios (como una persona oscuramente amenazada), consideré la cuestión y a la larga dije que, si el abogado me permitía tener una entrevista confidencial con el escribiente en sus propias oficinas (las del abogado), esa tarde haría todo lo posible por librarlos de la molestia por la que se quejaban.
Mientras subía hacia mi antiguo despacho me encontré con Bartleby silenciosamente sentado en el pasamanos del descanso.
-¿Qué hace usted aquí, Bartleby? -dije yo.
-Estoy sentado sobre el pasamanos -respondió amablemente.
Lo llevé hasta las oficinas del abogado, quien entonces nos dejó solos.
-Bartleby -dije yo-, ¿sabe usted que su insistencia en ocupar la entrada luego de haber sido- echado de las oficinas es causa de un gran problema para mí?
Sin respuesta.
-Ahora bien; debe suceder una de dos cosas: o bien usted hace algo, o bien algo le harán a usted. Vea usted: ¿qué clase de trabajo quisiera hacer? ¿Quisiera volver a trabajar como copista para alguien?
-No. Preferiría no hacer ningún cambio. -¿Quisiera trabajar como vendedor en una tienda?
-Eso es demasiado encierro. No, no me gustaría ser vendedor, pero no soy exigente.
-¡Demasiado encierro! -grité-. ¡Pero si usted permanece encerrado todo el tiempo!
-Preferiría no ser vendedor -respondió, como si así resolviera ese pequeño problema.
-¿Qué le parecería atender un bar? Eso no cansa la vista.
-No me gusta para nada, aunque, como ya dije antes, no soy exigente.
Su inesperada locuacidad me dio ánimos. Volví a la carga.
-Bueno; entonces, ¿le gustaría recorrer el país cobrando cuentas para comerciantes? Eso mejoraría su salud.
-No. Preferiría hacer alguna otra cosa.
-¿Qué le parece entonces ir a Europa como acompañante, para entretener a algún joven con su conversación... ¿eso es conveniente para usted?
-No, de ningún modo. No veo en ello nada estable, me gusta permanecer en un lugar. Pero no soy exigente.
-Entonces, permanezca en un lugar -grité, perdiendo ahora toda la paciencia, y por orimera vez en toda mi exasperante vinculación con Bartleby caí en un acceso de ira-. ¡Si usted no se va de este lugar antes de la noche, me sentiré obligado, por cierto, estoy obligado a ... a... a abandonar este lugar yo mismo! -concluí absurdamente, ya que no encontraba una amenaza que pudiera atemorizarlo y transformar su inmovilidad en obediencia. Cuando ya desesperaba de cualquier otro esfuerzo y me iba precipitadamente, se me ocurrió otra idea... una idea no del todo. nueva para mí.
-Bartleby -le dije en el tono más amable que podía lograr en circunstancias tan enervantes- ¿Vendría usted a mi casa ahora? No a mi oficina, sino a mi hogar, para permanecer allí hasta que podamos llegar a algún acuerdo conveniente para usted con toda comodidad. Venga, vayamos ahora.
-No, por el momento preferiría no hacer ningún cambio.
No le contesté, pero eludiendo eficazmente a todos en una repentina y rápida huida, salí del edificio, corrí por Wall Street hasta Broadway y luego salté al primer ómnibus y rápidamente me alejé de los perseguidores. Apenas me volvió la tranquilidad percibí claramente que había hecho todo lo que era posible hacer, tanto respecto de las demandas del propietario y sus inquilinos como en relación con mi propio deseo y sentido del deber, por beneficiar a Bartleby y protegerlo de una ruda persecución. Me esforcé por estar completamente tranquilo y despreocupado, y mi conciencia justificaba la tentativa, aunque por cierto la cosa no había resultado tan bien como yo lo había querido. Tenía tanto temor de volver a ser perseguido por el colérico propietario y sus enervados inquilinos que, dejando mis asuntos a Nippers, durante unos pocos días anduve por la parte superior de la ciudad a través de los suburbios; crucé a Jersey City y a Hoboken e hice fugitivas visitas a Manhattanville y a Astoria. De hecho, prácticamente viví en mi coche todo ese tiempo.
Cuando volví a entrar en mi oficina encontré una nota del propietario sobre el escritorio y la abrí con manos temblorosas; allí se me informaba que el autor de la nota había enviado a la policía y que Bartleby había sido trasladado a la cárcel como vagabundo. Además, dado que yo sabía acerca de él más que cualquier otra persona, querían que apareciese en ese lugar e hiciera una adecuada exposición de los hechos. Estas nuevas tuvieron un efecto conflictivo sobre mí. Al principio me sentí indignado, pero por último casi aprobé lo hecho. La disposición enérgica y sumaria del propietario lo había llevado a adoptar un procedimiento que yo mismo no hubiera seguido y que, sin embargo, como último recurso en circunstancias tan peculiares parecía el único plan adecuado.
Como me enteré más tarde, el pobre amanuense, cuando se le dijo que debía ser conducido a la cárcel, no ofreció la menor resistencia, sino que mostró asentimiento, silenciosamente, a su propio modo, pálido, inmóvil.
Algunos espectadores curiosos o apiadados se unieron a la partida que encabezaba uno de los gendarmes del brazo de Bartleby, y la silenciosa procesión siguió a través de toda la algarabía, el calor y la alegría de las ensordecedoras calles al mediodía.
El mismo día en que recibí la nota fui a la cárcel, o para ser más preciso, a la sala de abogados; mientras buscaba al funcionario correspondiente, expuse el propósito de mi visita y se me informó que el individuo descrito por mí estaba encerrado. Luego aseguré al funcionario que Bartleby era un hombre perfectamente honesto; que era un excéntrico que, aunque inexplicable, merecía piedad. Conté todo lo que sabía y terminé por sugerir la idea de que se lo dejase permanecer en el confinamiento más indulgente posible hasta que pudiera hacerse algo menos duro... aunque por cierto no sabía bien qué podía ser eso último. En todo caso, si no podía decidirse otra cosa, el asilo debía recibirlo. Luego solicité una entrevista.
Como no había contra él ninguna acusación seria y era completamente tranquilo e inofensivo en todas sus costumbres, le habían permitido vagar libremente por la prisión, y en especial por los patios cercados de césped. Y así lo encontré, completamente solo, en lo más tranquilo de los patios, su rostro dirigido hacia un alto muro, mientras a su alrededor, desde las estrechas hendeduras de las ventanas de la cárcel, me pareció ver ojos de asesinos y ladrones fijos en él.
-¡Bartleby!
-Lo conozco -dijo sin volverse- y nada tengo para decirle.
-No fui yo quien lo traje aquí, Bartleby -le dije profundamente dolido por la sospecha que estaba implícita en sus palabras-. Para usted éste debe ser un lugar vil. No ha cometido nada reprochable para estar aquí. Y vea, no es lugar tan triste como uno podría pensar. Observe, allá está el cielo y aquí están los pastos.
-Sé dónde estoy -contestó, pero no hubiera dicho nada más y así lo dejé.
Mientras volvía a entrar por el corredor un hombre corpulento y canoso, de delantal, se me aproximó y señalando con el pulgar sobre el hombro dijo:
-¿Ese es su amigo?
-Sí.
-¿Se quiere morir de hambre? Si es así, que viva con la dieta de la prisión, y se saldrá con la suya.
-¿Quién es usted? -pregunté yo, que no sabía qué hacer con una persona que me encaraba de manera tan poco oficial en ese lugar.
-Soy el despensero. Los caballeros que_ tienen amigos aquí me contratan para que les proporcione algo bueno de comer.
-¿Es así? -dije volviéndome hacia el guardián.
Éste contestó afirmativamente.
-Muy bien, entonces -dije yo, dejando caer algunas monedas de plata en las manos del despensero (pues así lo llamaban)- quiero que preste particular atención a mi amigo; que coma las mejores comidas que usted pueda obtener, y debe ser con él todo lo educado posible.
-Presénteme, ¿quiere? -dijo el despensero, mirándome con una expresión que parecía querer decir que estaba muy impaciente por demostrar su educación.
Pensando que eso sería beneficioso para el escribiente, le pregunté al despensero su nombre y fui con él hasta Bartleby.
-Bartleby, éste es el señor Cutlets; le ayudará mucho.
-Su servidor, señor, su servidor -dijo el despensero, haciendo una - pronunciada reverencia detrás de su delantal-. Espero que se encuentre a gusto aquí, señor; terrenos espaciosos... departamentos frescos, señor... espero que esté con nosotros algún tiempo... trate de pasarla bien. ¿La señora Cutlets y yo tendremos el gusto de gozar de su compañía en el almuerzo, señor, en el salón privado de la señora Cutlets?
-Prefiero no cenar hoy -dijo Bartleby-. Me desagradaría; no estoy acostumbrado a cenar. Mientras decía esto se dirigió lentamente hacia el otro lado del patio cerrado y se paró frente al muro. -¿Cómo es esto? -dijo el despensero, dirigiéndose a mí con mirada de asombro-. Es extraño, ¿no es así?
-Creo que está un poco desequilibrado -dije con tristeza.
-¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado? Bueno, entonces palabra de honor que pensé que su amigo era un caballero falsificador. Siempre los falsificadores son pálidos y distinguidos. No puedo dejar de tener piedad por ellos... no puedo evitarlo, señor. ¿Conoce usted a Monroe Edwards? -añadió patéticamente y se detuvo. Luego, apoyando piadosamente su mano sobre mi hombro, suspiró-. Murió de hambre en Sing-Sing. ¿Así que usted no estaba vinculado con Monroe?
-No. Nunca estuve socialmente relacionado con falsificadores. Pero no puedo permanecer más aquí. Vigile a mi amigo. No saldrá perdiendo con ello. Volveré a verlo.
Algunos días más tarde logré que me admitieran una vez más en la cárcel, y fui a través de los corredores en busca de Bartleby, pero sin hallarlo.
-Lo vi saliendo de su celda no hace mucho -dijo un guardián-; quizás salió a pasear por el patio.
Fui en esa dirección.
-¿Busca al hombre silencioso? -dijo otro guardián que pasaba a mi lado-. Estaba a mi lado... durmiendo en el patio. No hace veinte minutos que lo vi recostarse.
El patio estaba completamente tranquilo. No era accesible a los prisioneros comunes. Los muros que lo rodeaban, de un asombroso grosor, no dejaban pasar los ruidos. El carácter egipcio de la construcción me abrumó por su tristeza. Pero bajo mis pies crecía un suave césped prisionero. Era como si por una extraña magia, del corazón de las pirámides eternas hubiera brotado entre las grietas una semilla que habían dejado caer los pájaros.
Extrañamente acurrucado al pie del muro, con las rodillas levantadas, de costado y su cabeza tocando las frías piedras, vi al desmejorado Bartleby. Pero no se movió. Me detuve; luego me acerqué a él, me incliné y vi - que sus nebulosos ojos estaban abiertos; por lo demás, parecía profundamente dormido. Algo me impulsó a tocarlo. Cuando sentí su mano un escalofrío me corrió por el brazo y luego por la médula hasta los pies.
La redonda cara del despensero se dirigió a mí interrogante.
-Su comida está lista. ¿No quiere comer hoy tampoco? ¿O es que vive sin comer?
-Vive sin comer -dije yo, y cerré los ojos.
-¡Eh! ... ¿Está dormido, no es así?
-Con reyes y consejeros -dije yo.
Pareciera haber poca necesidad de llevar esta historia más allá. La imaginación proporcionará fácilmente el magro relato del entierro del pobre Bartleby. Pero antes de separarme del lector, permítaseme decir que si esta pequeña narración lo ha interesado lo suficiente como para despertar su curiosidad sobre quién era Bartleby y qué modo de vida llevó antes de que el narrador se vinculara con él, sólo puedo contestar que es una curiosidad que-yo comparto plenamente, pero que soy del todo ,incapaz de satisfacer. Con todo, no sé si debo divulgar un pequeño rumor que llegó a mis oídos unos pocos meses después de la muerte del escribiente. Nunca pude determinar qué fundamentos tenía y, por lo tanto, no puedo decir hasta qué punto es verdad. Pero, dado que este doble informe no careció de un interés sugestivo para mí, por más triste que sea, quizá resulte igual para algunos otros -y por eso lo mencionaré brevemente. El informe es el siguiente: Bartleby había sido un empleado subordinado de la Oficina de Cartas Muertas de Wáshington, de donde se lo había trasladado repentinamente por un cambio en el gobierno. Cuando pienso en este rumor no puedo expresar adecuadamente las emociones que se adueñan de mí. ¡Cartas Muertas! ¿No suena como Hombres muertos? Imagínese a un hombre que por naturaleza y mala fortuna es propenso a una pálida desesperanza; ¿hay una tarea más adecuada para acrecentar esa desesperanza que manejar continuamente esas cartas muertas y prepararlas para las llamas? Pues todos los años las queman por carradas. A veces, el pálido empleado extrae un anillo del papel plegado: el dedo al cual estaba dirigido quizás ya está en la tumba; en otra encuentra un cheque enviado con la caridad más presurosa: aquel a quien hubiera aliviado ya no come ni tiene hambre; perdón para aquellos que murieron desesperados; buenas nuevas para aquellos que murieron asfixiados por calamidades insufribles.
Con recados de vida, estas cartas se apresuran hacía la muerte. ¡Ah Bartleby! ¡Ah humanidad!

Traducción de Eduardo Masullo