miércoles, 16 de enero de 2008

Lydia Davis(E.E.U.U.,1943)


La luna
Me levanto de la cama en mitad de la noche para ir al baño. La habitación en la que estoy es grande y, salvo por el perro blanco sobre el suelo, oscura. El distribuidor, ancho y largo, parece inmerso en algún tipo de crepúsculo submarino. Cuando alcanzo la puerta del baño veo que está inundado por un resplandor. La luna llena brilla, suspendida, en lo alto. Alumbra a través de la ventana e ilumina directamente el asiento del retrete, como si estuviera enviada por un dios servicial. De vuelta en la cama me echo un rato sin dormirme. La habitación se ve más iluminada de lo que estaba. Pienso que la luna ha debido dar la vuelta al edificio. Pero no, es el inicio del amanecer.


En la estación de trenes
La estación de trenes está muy concurrida. La gente camina al mismo tiempo en todas direcciones. Algunos permanecen parados. Un monje budista tibetano con la cabeza afeitada y una larga túnica color vino está en medio de la multitud, con aspecto preocupado. Yo estoy de pie, contemplándole. Tengo mucho tiempo antes de la salida de mi tren porque acabo de perder el anterior. El monje me ve mirarle. Se acerca hasta mí y me dice que está buscando el andén número 3. Sé dónde están los andenes. Le enseño el camino.


(Traducción de A. Jiménez Morato)



domingo, 16 de diciembre de 2007

Philip K. Dick(E.E.U.U.,1928-1982)


El mundo que ella deseaba Larry Brewster, medio dormido, contempló las colillas, botellas de cerveza vacías y cajas de cerillas aplastadas que se amontonaban sobre la mesa ante él. Alargó la mano y alineó una botella de cerveza con las demás para lograr de esta manera el efecto adecuado. La pequeña orquesta de dixieland tocaba ruidosamente en la parte trasera del Wind-Up. El áspero sonido del jazz se mezclaba con el murmullo de voces, la semipenumbra, el tintineo de vasos en la barra. Larry Brewster suspiró, feliz y satisfecho. —Esto es el nirvana —declaró. Asintió con la cabeza lentamente, aprobando las palabras que había pronunciado—. O, al menos, el séptimo nivel del cielo budista zen. —No hay siete niveles en el cielo budista zen —corrigió una competente voz femenina, directamente sobre él. —Es cierto —admitió Larry, reflexionando sobre el tema—. Estaba hablando metafóricamente, no literalmente. —Deberías ir con más cuidado; has de decir justo lo que quieres decir. —¿Y decir justo lo que usted quiere oír? —Larry levantó la vista—. ¿Tengo el placer de conocerla, jovencita? La esbelta muchacha de cabello dorado se dejó caer en la silla que había al otro lado de la mesa; sus ojos acerados brillaron en la semioscuridad del bar. Le sonrió exhibiendo sus blancos dientes centelleantes. —No —respondió—. No nos conocemos, pero ahora ha llegado nuestro momento. —¿Nuestro..., nuestro momento? Larry enderezó poco a poco su cuerpo larguirucho. Había algo en el rostro inteligente de la muchacha que le alarmaba y atravesaba la muralla de su bruma alcohólica. Su sonrisa era demasiado serena, demasiado segura. —¿A qué se refiere, en concreto? ¿De qué va el rollo? La joven se quitó la chaqueta y mostró unos senos llenos y redondeados, y una figura flexible. —Tomaré un martini —dijo—. Por cierto... Me llamo Allison Holmes. —Larry Brewster. —Larry examinó a la chica con suma atención—. ¿Qué ha dicho que quiere? —Un martini. Seco. —Allison le sonrió con frialdad—. Y pide otro para ti, ¿no? Larry gruñó para sí. Hizo una seña al camarero. —Un martini seco, Max. —Muy bien, señor Brewster. Max volvió al cabo de pocos minutos con un martini, que depositó sobre la mesa. Cuando se hubo ido, Larry se inclinó hacia la rubia. —Y ahora, señorita Holmes... —¿Tú no quieres? —No. Larry la miró beber. Sus manos eran menudas y delicadas. No tenía mal aspecto, pero le desagradaba la serenidad autosuficiente de sus ojos. —¿Qué significa eso de que nuestro momento ha llegado? Dame alguna pista. —Es muy sencillo. Te vi sentado aquí y supe que eras la persona. A pesar de la mesa desordenada. —Arrugó la nariz ante la visión de las botellas y las cajas de cerillas—. ¿Por qué no mandas que la limpien? —Porque la prefiero así. ¿Supiste que yo era la persona? ¿Qué persona? —El interés de Larry aumentaba—. Continúa. —Larry, éste es un momento de mi vida muy importante. —Allison miró a su alrededor—. ¿Quién iba a pensar que te encontrada en un lugar semejante? Pero siempre me ha ocurrido lo mismo. Es un eslabón más de una cadena que se remonta a..., bueno, hasta donde llega mi memoria. —¿Qué cadena es ésa? —Mi pobre Larry —rió Allison—. No entiendes nada. —Se inclinó hacia él y sus maravillosos ojos danzaron—. Larry, sé algo que nadie más sabe..., nadie en este mundo. Algo que averigüe de niña. Algo... —Espera un momento. ¿Qué significa "este mundo"? ¿Quieres decir que hay mundos más agradables que éste? ¿Mundos mejores, como decía Platón? Este mundo no es más que... —¡Por supuesto que no! —Allison frunció el ceño—. Este es el mundo mejor, Larry. El mejor de todos los mundos posibles. —Oh. Herbert Spencer. —El mejor de todos los mundos posibles... para mí. Le dedicó una sonrisa fría, secreta. —¿Por qué para ti? Cuando respondió, captó un matiz casi depredador en el rostro finamente cincelado de la joven. —Porque —dijo con calma— éste es mi mundo. —¿Tu mundo? —Larry enarcó una ceja, y después sonrió, divertido—. Por supuesto, pequeña; es de todos nosotros. —Hizo un ademán que abarcó el resto de la sala—. Tu mundo, mi mundo, el mundo del tío que toca el banjo. —No. —Allison sacudió la cabeza con firmeza—. No, Larry. Mi mundo; me pertenece a mí. Todas las cosas y todas las personas. Todo es mío. —Movió la silla para acercarse más a él. Larry olió su perfume, cálido, dulce, tentador—. ¿No lo entiendes? Esto es mío. Todas estas cosas están hechas para mí, para hacerme feliz. Larry se apartó un poco. —¿De veras? Voy a decirte una cosa: como principio filosófico no se sostiene. Admitiré que Descartes dijo que sólo conocemos el mundo mediante nuestros sentidos, y que nuestros sentidos reflejan nuestra... Allison posó su pequeña mano sobre el brazo de Larry. —No me refiero a eso. Existen muchos mundos, Larry. Todo tipo de mundos. Millones y millones. Tantos como personas. Cada persona posee su propio mundo, Larry, su mundo particular. Un mundo que existe para ella, para su felicidad. —Bajó la vista con modestia—. Pero da la casualidad de que éste es mi mundo. Larry meditó unos segundos. —Muy interesante, pero ¿y los demás? Yo, por ejemplo. —Tú existes para proporcionarme felicidad, por supuesto; es lo que te estoy diciendo. —La presión de su pequeña mano aumentó—. En cuanto te vi, supe que eras la persona idónea. Llevo varios días pensando en esto. Ya es hora de que le encuentre. El hombre que me está destinado. El hombre con el que me he de casar... para que mi felicidad sea completa. —¡Oye! —exclamó Larry, retrocediendo. —¿Qué te pasa? —¿Y yo? —preguntó Larry—. ¡Eso no es justo! ¿No cuenta mi felicidad? —Sí..., pero aquí no, en este mundo no. —Hizo un gesto vago—. Tienes un mundo en otro lugar; tu propio mundo. En éste, eres una simple parte de mi vida. No eres completamente real. Yo soy la única persona completamente real de este mundo. Los demás estáis a mi servicio. Sólo sois... parcialmente reales. —Entiendo. —Larry se reclinó en la silla poco a poco, acariciándose el mentón—. Por tanto, existo en un montón de mundos diferentes. Una pizca aquí, otra allí, según lo que se necesite de mí. Como ahora, por ejemplo, en este mundo. Llevo veinticinco años dando tumbos, a fin de salirte al paso cuando me necesitaras. —Exacto. —Los ojos de Allison bailaron de alegría—. Has captado la idea. —De pronto, consultó su reloj—. Se está haciendo tarde. Vámonos. —¿Nos vamos? Allison se puso en pie de un brinco, cogió su diminuto bolso y se puso la chaqueta. —¡Quiero hacer tantas cosas contigo, Larry! ¡Hemos de ir a tantos sitios! ¡Nos queda tanto por hacer! —Le asió por el brazo—. Vamos, date prisa. Larry se levantó con parsimonia. —Escucha... —Nos vamos a divertir muchísimo. —Allison le arrastró hacia la puerta—. Veamos... Sería estupendo... Larry se detuvo, irritado. —¡La cuenta! No puedo marcharme. —Rebuscó en su bolsillo—. Debo algo así como... —Nada de cuentas esta noche. Esta es mi noche especial. —Allison se volvió hacia Max, que limpiaba la mesa—. ¿No es cierto? El viejo camarero levantó la vista lentamente. —¿Qué sucede, señorita? —Esta noche no pagamos. Max sacudió la cabeza. —Esta noche no se paga, señorita. Es el cumpleaños del jefe; bebida gratis para todo el mundo. —¿Cómo? —murmuró Larry. —Vamos. —Allison le arrastró hacia las pesadas puertas hasta salir a la fría y oscura acera neoyorquina—. Vamos, Larry... ¡Hemos de hacer muchas cosas! —No sé de dónde demonios ha salido el taxi —murmuró Larry. El taxi arrancó y se alejó. Larry miró a su alrededor. ¿Dónde estaban? Las oscuras calles estaban silenciosas y desiertas. —Primero, quiero una flor —dijo Allison Holmes—. Larry, ¿no crees que deberías regalarle a tu prometida una flor? Quiero entrar radiante. —¿Una flor? ¿A estas horas de la noche? —Larry señaló las calles silenciosas y oscuras—. ¿Estás bromeando? Allison pensó durante unos segundos y después, de pronto, cruzó la calle. Larry la siguió. Allison se detuvo ante una floristería cerrada. El letrero estaba apagado. Golpeó el cristal de la puerta con una moneda. —¿Te has vuelto loca? —gritó Larry—. ¡A estas horas de la noche no hay nadie ahí dentro! Alguien se movió en la parte trasera de la floristería. Un anciano se acercó con parsimonia al escaparate. Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo. Se inclinó y abrió la puerta. —¿Qué desea, señora? —Quiero el mejor ejemplar que tenga. Allison entró en la tienda y admiró las flores con arrobo. —Olvídelo, amigo —murmuró Larry—. No le haga caso. Está... —No pasa nada —suspiró el viejo—. Estaba repasando mi declaración de impuestos. Me tomaré un descanso. Encontraremos algo adecuado. Abriré la cámara frigorífica. Cinco minutos después volvían a estar en la calle. Allison contemplaba extasiada la gran orquídea prendida con un alfiler a su chaqueta. —¡Es tan hermosa, Larry! —susurró. Le apretó el brazo, mirándole a la cara—. Muchas gracias. Ahora, vámonos. —¿Adónde? Es posible que encuentres a un viejo sudando la gota gorda sobre su declaración de impuestos a la una de la mañana, pero te reto a que encuentres a alguien más en este cementerio olvidado de Dios. Allison miró a su alrededor. —Veamos... Por aquí. Vamos a ese caserón. No me sorprendería nada que... Obligó a Larry a continuar. Sus tacones resonaron en el silencio de la noche. —Muy bien —murmuró Larry, esbozando una sonrisa—. Te acompañaré. Hasta podría ser interesante. No se veía ninguna luz en la gran casa cuadrada. Todas las persianas estaban bajadas. Allison avanzó a toda prisa por el sendero, orientándose en la oscuridad, hasta llegar al porche de la casa. —¡Oye! —exclamó Larry, alarmado de repente. Allison ya había aferrado el pomo de la puerta, que se abrió sin dificultades. Una explosión de luz y sonido les recibió. Murmullo de voces. Una enorme cantidad de gente deambulaba al otro lado de una pesada cortina. Hombres y mujeres vestidos de noche, inclinados sobre mesas largas y mostradores. —Oh, oh —murmuró Larry—. En menudo lío nos hemos metido. Este lugar no es para nosotros. Tres gorilas de aspecto duro se precipitaron sobre ellos, sin sacar las manos de los bolsillos. —Muy bien, señor. Fuera. Larry empezó a recular. —Por mí, encantado. Soy una persona razonable. —Tonterías. —Allison le agarró por el brazo. Sus ojos brillaban de excitación—. Siempre quise visitar una sala de juegos. ¡Mira todas esas mesas! ¿Qué están haciendo? ¿Qué pasa ahí? —Por el amor de Dios —jadeó Larry, desesperado—. Salgamos de aquí. Esta gente no nos conoce. —Ya puede apostar a que no —dijo con voz rasposa uno de los tres voluminosos matones. Movió la cabeza en dirección a sus compañeros—. Vamos p’allá. Se apoderaron de Larry y lo llevaron a empellones hacia la puerta. —¿Qué le están haciendo? —Allison parpadeó—. ¡Basta! —Se concentró, moviendo los labios—. Déjenme..., déjenme hablar con Connie. Los tres matones se quedaron petrificados. Se volvieron hacia ella poco a poco. —¿Con quién? ¿Qué nombre ha dicho, señora? —Con Connie... —sonrió Allison—, me parece. ¿No es eso lo que he dicho? Connie. ¿Dónde está? —Miró a su alrededor—. ¿No está allí? Un hombrecillo de aspecto pulido que jugaba en una mesa se volvió de mala gana al oír su nombre; hizo una mueca de fastidio. —Olvídelo, señora —se apresuró a decir un matón—. No moleste a Connie; no le gusta que le molesten. Cerró la puerta mientras empujaba a Larry y a la joven hacia la gran sala, al otro lado de la cortina. —Vayan a jugar. Diviértanse. Que lo pasen bien. Larry miró a la chica y meneó la cabeza débilmente. —Creo que me apetece una copa... bien cargada. —Muy bien —dijo Allison, risueña, sin apartar la vista de la ruleta—. Ve a tomar una copa. ¡Voy a jugar! Después de un buen par de whiskys escoceses con agua, Larry bajó del taburete y se alejó del bar en dirección a la mesa de la ruleta, situada en el centro de la sala. Una gran multitud se había congregado alrededor de la mesa. Larry cerró los ojos para controlarse; ya sabía lo que pasaba. Tras serenarse, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la mesa. —¿Qué significa ésta? —preguntaba Allison al croupier, sosteniendo en alto una ficha azul. Frente a ella se alzaba una inmensa columna de fichas.., de todos los colores. Todo el mundo murmuraba y hablaba, mirándola. Larry se colocó a su lado. —¿Cómo te va? ¿Ya has perdido hasta la camisa? —Todavía no. Según este hombre, voy ganando. —Sí él lo dice... —suspiró Larry—. Está en el rollo. —¿Quieres jugar? —preguntó Allison, recogiendo una tonelada de fichas—. Quédate éstas; tengo más. —Ya lo veo, pero... no, gracias. No es mi fuerte. Vamos. —Larry se la llevó de la mesa—. Creo que ya es hora de que tú y yo sostengamos una pequeña charla. En aquel rincón estaremos tranquilos. —¿Una charla? —He de pensar en todo esto; la cosa ya ha ido demasiado lejos. Allison le siguió. Larry se encaminó a grandes zancadas hacia una esquina de la sala. Un brillante fuego ardía en una enorme chimenea. Larry se desplomó sobre una mullida butaca mientras señalaba la contigua. —Siéntate. Allison obedeció. Cruzó las piernas y se alisó la falda. Se reclinó en el respaldo y suspiró. —¿No es bonito, el fuego y todo lo demás? Justo lo que siempre había imaginado... Cerró los ojos con languidez. Larry sacó los cigarrillos y encendió uno, absorto en sus pensamientos. —Vamos a ver, señorita Holmes... —Allison. Al fin y al cabo, vamos a casarnos. —Allison, pues. Escucha, Allison, todo esto es absurdo. Mientras estaba en el bar, me entretuve pensándolo. Tu demencial teoría no es cierta. —¿Por qué no? —Su voz era soñolienta, distante. Larry movió las manos, irritado. —Te lo explicaré. Afirmas que yo sólo soy parcialmente real. Eso no es cierto. Y que tú eres la única completamente real. —Exacto —aprobó Allison. —¡Escucha! No sé nada sobre esa gente... —Larry señaló la multitud con un gesto despreciativo—. Quizá tengas razón acerca de ellos. Quizá sólo sean fantasmas. ¡Pero yo no! No puedes decir que yo soy un fantasma. —Descargó su puño sobre el brazo de la butaca—. ¿Lo ves? ¿Te atreves a decir que esto es sólo parcialmente real? —La butaca sólo es real en parte. —Maldita sea —rugió Larry—, llevo veinticinco años en este mundo, y sólo hace unas horas que te conozco. ¿Debo creer que no estoy vivo? ¿Que no soy..., que no soy realmente yo? ¿Que sólo soy una especie de... decorado en tu mundo, un simple accesorio? —Larry, querido. Tú tienes tu propio mundo. Todos tenemos nuestro mundo. Pero sucede que éste es mío, y que tú estás en él a mi servicio. —Allison abrió sus grandes ojos azules—. En tu mundo real yo también existo un poco para ti. Todos nuestros mundos se superponen, querido, ¿no lo entiendes? Tú existes para mí en mi mundo. Es probable que yo exista para ti en el tuyo. —Sonrió—. El Gran Diseñador ha de ser económico..., como los buenos artistas. Hay muchos mundos similares, casi idénticos, pero cada uno pertenece a una sola persona. —Y éste es el tuyo. —Larry dejó escapar un suspiro—. De acuerdo, muñeca. Estás convencida de lo que dices; te seguiré la broma..., durante un rato, al menos. Te seguiré la corriente. —Contempló a la muchacha reclinada en la butaca vecina—. No estás mal, ¿sabes?, nada mal. —Gracias. —Sí, morderé el anzuelo. Durante un rato, al menos. Tal vez seamos el uno para el otro, pero has de calmarte un poco. Tientas en exceso a la suerte. Si vamos a seguir juntos, será mejor que te lo tomes con calma. —¿Qué quieres decir? —Todo esto. Este lugar. ¿Y si viene la poli? Juegos, persecuciones. —La mirada de Larry se perdió en la distancia—. No, esto no está bien. Esta no es la clase de vida que me había imaginado. ¿Sabes lo que tengo metido en la cabeza? —El rostro de Larry se iluminó de nostálgico placer—. Una casita, muñeca. En el campo. Muy lejos. Tierra de labranza. Campos llanos. Tal vez Kansas o Colorado. Una cabañita. Con un pozo. Y vacas. —¿Sí? —Allison frunció el ceño. —¿Y sabes qué mas? Yo, en la parte trasera. Trabajando la tierra, o... dando de comer a los pollos. ¿Has dado de comer a los pollos alguna vez? —Larry movió la cabeza, feliz—. Es muy divertido, muñeca. Y las ardillas. ¿Nunca has ido a un parque y has dado de comer a las ardillas? Ardillas grises de largas colas. Colas tan largas como su propio cuerpo. Allison bostezó. Se levantó con brusquedad y cogió el bolso. —Creo que es hora de irnos. Larry se levantó con parsimonia. —Si, yo también lo creo. —Mañana va a ser un día muy ajetreado. Quiero levantarme temprano. —Allison avanzó hacia la puerta, abriéndose paso entre la gente—. Lo primero de todo, creo que deberíamos ir a buscar... —Tus fichas —la interrumpió Larry. —¿Qué? —Tus fichas. Ve a cambiarlas. —¿A cambiarlas? —Por dinero... Creo que así lo llaman ahora. —Oh, qué fastidio. —Allison se volvió hacia un hombre corpulento sentado a la mesa de black-jack—. ¡Tome! —Tiró las fichas en el regazo del hombre—. Cójalas. Muy bien, Larry. ¡Vámonos! El taxi frenó en el apartamento de Larry. —¿Vives aquí? —preguntó Allison, mirando el edificio—. No es muy moderno, ¿verdad? —No. —Larry abrió la puerta—. Y las cañerías no están en muy buen estado, pero me importa una mierda. —¿Larry? —Allison le detuvo cuando se disponía a salir. —¿Sí? —No olvidarás lo de mañana, ¿verdad? —¿Mañana? —Tenemos muchas cosas que hacer. Quiero que te levantes a primera hora de la mañana. Hay que visitar varios sitios y ultimar detalles. —¿Qué te parecen las seis de la tarde? ¿Te va bien? Larry bostezó. Era tarde y hacía frío. —Oh, no. Pasaré a buscarte a las diez de la mañana. —¡A las diez! ¿Y mi trabajo? ¡He de ir a trabajar! —Mañana no. Mañana es nuestro día. —¿Cómo cojones voy a vivir si no...? Allison le rodeó con sus esbeltos brazos. —No te preocupes, todo saldrá bien. ¿No te acuerdas? Éste es mi mundo. Le atrajo hacia ella y le besó en la boca. Sus labios eran dulces y fríos. Le abrazó con fuerza y cerró los ojos. Larry se apartó. —Vale, vale. Se enderezó la corbata. —Mañana, pues. Y no te preocupes por tu trabajo. Adiós, querido Larry. Allison cerró la puerta. El coche siguió por la oscura calle. Larry lo acompañó con la mirada, todavía aturdido. Por fin, se encogió de hombros y entró en el edificio. En la mesa del vestíbulo encontró una carta dirigida a su nombre. La abrió mientras subía la escalera. La carta era de su oficina, la Compañía de Seguros Bray. Se informaba del horario de vacaciones anuales de la plantilla y precisaba las dos semanas concedidas a cada empleado. No necesitó localizar su nombre para saber cuándo empezaban las suyas. "No te preocupes", había dicho Allison. Larry sonrió con tristeza y sepultó la carta en el bolsillo de la chaqueta. Abrió la puerta de su casa. ¿Había dicho a las diez? Bueno, al menos dormiría a gusto. El día era caluroso y claro. Larry Brewster se sentó en los escalones del edificio, fumando y pensando mientras esperaba a Allison. La chica se lo montaba muy bien; no cabía duda. Montones de cosas parecían caer como ciruelas maduras en su regazo. No era de extrañar que considerase este mundo de su propiedad... Todo le salía a pedir de boca, de acuerdo, pero también le ocurría a otras personas. Cuestión de suerte. La fortuna siempre les sonreía. Ganaban concursos radiofónicos; encontraban dinero en la cuneta; apostaban al caballo ganador. ¿Su mundo? Larry sonrió. Por lo visto, Allison se lo creía a pies juntillas. Interesante. Bien, le seguiría la corriente un poco más, al menos. Era una tía agradable. Sonó una bocina. Larry levantó la vista. Un descapotable pintado en dos tonos estaba aparcado frente a él. Allison le saludó con la mano. —¡Hola! ¡Date prisa! Larry se levantó y caminó hacia el coche. —¿De dónde lo has sacado? Abrió la puerta y se deslizó en su interior. —¿Esto? —Allison puso el motor en marcha y se zambulló en el tráfico—. Lo he olvidado. Creo que alguien me lo regaló. —¡Te has olvidado! —La miró, y después se reclinó contra el suave tapizado del asiento—. ¿Y bien? ¿Por dónde empezamos? —Vamos a ver nuestra nueva casa. —¿La casa de quién? —Nuestra. Tuya y mía. Larry se hundió en el asiento. —¡Cómo! Pero tú... El coche giró por una esquina. —Te encantará; es una maravilla. ¿Cuántas habitaciones tiene tu piso? —Tres. Allison lanzó una alegre carcajada. —Esta tiene once habitaciones. Dos plantas. Dos mil metros cuadrados de jardín. Eso me han dicho, al menos. —¿No la has visto? —Todavía no. Mi abogado me ha llamado esta mañana. —¿Tu abogado? —Forma parte de una propiedad que me han dejado en herencia. Larry se controló poco a poco. Allison, ataviada con un traje de dos piezas escarlata, miraba con semblante feliz la carretera que se extendía ante ellos. —Deja que me aclare. Nunca la has visto; tu abogado acaba de llamarte; forma parte de una propiedad que has heredado. —Exacto. Un tío mío. He olvidado su nombre. No esperaba que me dejara nada. —Se volvió hacia Larry y le miró con ternura—. Es un momento muy especial para mí. Es importante que todo vaya bien. Todo mi mundo... —Sí, todo tu mundo. Bien, espero que te guste la casa cuando la veas. —Me gustará —rió Allison—. Después de todo, existe para mí; es su única razón de existir. —Consigues que todo funcione como una ciencia exacta —murmuró Larry—. Todo lo que te sucede es estupendo. Todo te complace. Deduzco, por tanto, que ha de ser tu mundo. Tal vez estás mejorando las cosas... Diciéndote que te gusta de verdad todo cuanto te sucede. —¿Lo crees así? Larry frunció el ceño y se abismó en sus pensamientos. —Dime —preguntó por fin—, ¿cómo averiguaste la existencia de estos múltiples mundos? ¿Por qué estás tan segura de que éste es el tuyo? —Lo deduje por mis propios medios —sonrió la joven—. Estudié lógica, filosofía, historia... y siempre había algo que me desconcertaba. ¿Por qué se producían tantos cambios vitales en la suerte de personas o naciones, cambios providenciales, que ocurrían en el momento oportuno? ¿Por qué daba la impresión de que mi mundo tenía que ser como era, a fin de que a lo largo de la historia ocurrieran una serie de acontecimientos extraños que le hicieran evolucionar así? "Leí la teoría de Éste es el mejor de todos los mundos posibles, pero a medida que la pensaba le encontraba menos sentido. Estudié las religiones de la humanidad, y especulaciones científicas sobre la existencia de un Creador..., pero algo faltaba, algo de lo que no se podía dar cuenta o que se pasaba por alto. —Sí, claro —asintió Larry—. Es muy fácil: si éste es el mejor de todos los mundos posibles, ¿por qué hay tantos sufrimientos, sufrimientos innecesarios, si existe un Creador benevolente y todopoderoso, como tantos millones de seres han creído, creen y creerán en el futuro, sin duda? ¿Y cómo explicas la existencia del mal? —Larry sonrió—. Y tú encontraste la respuesta a todo esto, ¿eh? Como quien prepara un martini. —Tampoco hace falta que te pongas así —dijo Allison con altivez—. Bueno, es sencillo y no soy la única que lo ha descubierto, aunque es obvio que soy la única en este mundo... —De acuerdo —cortó Larry—. Me guardaré las objeciones hasta que me digas cómo lo hiciste. —Gracias, querido. Vas comprendiendo, ¿te das cuenta? Aunque no estés de acuerdo conmigo en todo... Bien, se haría muy aburrido, estoy segura. Será mucho más divertido si he de esforzarme por convencerte... Oh, no seas impaciente, todo llegará. —Gracias. —Es sencillo, como lo del huevo y la gallina, en cuanto le coges el truco. La razón por la que tanto el Creador benevolente como la teoría del Mejor de todos los mundos posibles no parecen convincentes estriba en que empezamos con una suposición injustificada: que éste es el único mundo. Supón que probamos un nuevo enfoque: imagínate un Creador de infinito poder. Un ser semejante podría crear infinitos mundos..., o al menos, un número tan elevado como para que nos pareciera infinito. "Si das eso por sentado, todo lo demás adquiere sentido. El Creador puso fuerzas en movimiento. Creó mundos diferentes para cada ser humano existente; cada uno existe para un solo ser humano. Es un artista, pero Él aplica la economía de medios, de modo que temas, acontecimientos y motivos se repiten de mundo en mundo. —Oh, empiezo a adivinar adónde diriges tus tiros —replicó Larry con suavidad—. En algunos mundos, Napoleón ganó la batalla de Waterloo..., si bien sólo en su propio mundo le salieron bien las cosas. En éste, perdió... —No estoy segura de si Napoleón existió en mi mundo —dijo Allison en tono pensativo—. Me parece que es un simple nombre en los anales, aunque alguna persona semejante existió en otros mundos. En el mío, Hitler fue derrotado. Roosevelt murió... Me supo mal, aunque no lo conocía, y tampoco era muy real; ambos eran imágenes llegadas del mundo de otras personas... —Muy bien. Todo te salió a las mil maravillas, durante toda tu vida, ¿verdad? Nunca estuviste enferma, ni te sentiste herida o hambrienta... —Más o menos —asintió la joven—. He sufrido algunos contratiempos y frustraciones, pero nada realmente..., bien, realmente doloroso. He conseguido todo lo que deseaba y logrado comprender cosas importantes, gracias a que todo el mundo ha aportado su granito de arena en ese sentido. Ya ves, Larry, la lógica es perfecta; todo lo deduje de las pruebas. No hay otra respuesta que se sostenga. —¿Qué importa lo que yo piense? —sonrió Larry—. No vas a cambiar de opinión. Larry contempló el edificio con notable desagrado. —¿Eso es una casa? —murmuró por fin. Los ojos de Allison bailaron de alegría cuando la joven alzó la vista hacia la gran mansión. —Perdón, querido. ¿Qué has dicho? La casa era inmensa.., y supermoderna, como la pesadilla de un pastelero. Grandes columnas, conectadas mediante barras de hierro y contrafuertes inclinados, se elevaban hacia el cielo. Las habitaciones estaban colocadas unas sobre otras como cajas de zapatos, cada una en un ángulo diferente. Todo el edificio estaba coronado por una especie de tejas metálicas brillantes, de un espeluznante amarillo mantequilla. La casa relumbraba y centelleaba bajo el sol de la mañana. —¿Qué..., qué son esas cosas? —Larry indicaba unas horrísonas plantas que trepaban por los costados irregulares de la casa—. ¿Es preciso que estén ahí? Allison parpadeó y frunció el ceño levemente. —¿Qué has dicho, querido? ¿Te refieres a las buganvillas? Son plantas muy exóticas. Las traen del sur del Pacífico. —¿Para qué sirven? ¿Para impedir que la casa se desplome como un castillo de naipes? La sonrisa de Allison se desvaneció. Enarcó una ceja. —Querido, ¿te encuentras bien? ¿Te molesta algo? Larry retrocedió hacia el coche. —Volvamos a la ciudad. Tengo hambre. —De acuerdo —dijo Allison, mirándole de una forma extraña—. De acuerdo, volvamos. Aquella noche, después de cenar, Larry parecía taciturno y abúlico. —Vamos al Wind-Up —dijo de repente—. Me apetece ver algo conocido, para variar. —¿Qué quieres decir? Larry indicó con un movimiento de cabeza el carísimo restaurante del que acababan de salir. —Todas esas luces extravagantes, camareros uniformados bajitos susurrándote al oído. En francés. —Si quieres pedir algunos platos has de saber un poco de francés —sentenció Allison. Frunció los labios, irritada—. Larry, me estás intrigando. Tu reacción al ver la casa, las cosas extrañas que dijiste... —Verla me provocó una crisis de locura temporal. Larry se encogió de hombros. —Bien, espero que te recuperes. —Me voy recuperando a cada minuto que pasa. Fueron al Wind-Up. Allison cruzó el umbral. Larry se detuvo para encender un cigarrillo. El querido Wind-Up; verlo ya le hacía sentirse mejor. Caluroso, oscuro, ruidoso, el sonido de la orquesta de dixieland en la parte trasera. Recobró los ánimos. La paz y la comodidad de un buen bar cutre. Suspiró y empujó la puerta. Y se quedó petrificado, sin dar crédito a sus ojos. El Wind-Up había cambiado. Estaba bien iluminado. En lugar de Max, el camarero, había camareras sirviendo con inmaculados uniformes blancos. El local estaba atestado de mujeres bien vestidas, que charlaban y bebían combinados. Y en la parte trasera había una falsa orquesta de gitanos. Un patán de pelo largo, disfrazado para la ocasión, torturaba un violín. —¡Vamos! —le apremió Allison, impaciente—. Estás llamando la atención, parado ahí en la puerta. Larry contempló durante largo rato la orquesta gitana de imitación, a las emperifolladas camareras, a las mujeres que cotorreaban, las luces de neón. Se sentía atontado, sin fuerzas. —¿Qué pasa? —Allison le agarró por el brazo, malhumorada—. ¿Qué te ocurre? —¿Qué..., qué ha sucedido? —Larry señaló con un débil gesto de la mano el interior del local—. ¿Ha ocurrido un accidente? —Ah, esto. Olvidé decírtelo. Hablé con el señor O’Mallery sobre ello. Antes de que nos encontráramos anoche. —¿El señor O’Mallery? —Es el propietario del edificio. Somos viejos amigos. Le indiqué lo..., lo sucio y deprimente que se estaba poniendo el local. Comenté los cambios que sería preciso introducir. Larry salió a la acera. Aplastó el cigarrillo con el tacón del zapato y hundió las manos en los bolsillos. Allison corrió tras él, con las mejillas rojas de indignación. —¡Larry! ¿Adónde vas? —Buenas noches. —¿Buenas noches? —La joven le miró con estupefacción—. ¿Qué quieres decir? —Que me voy. —¿Te vas adónde? —Lejos. A mi casa. Al parque. A cualquier sitio. Larry se puso a caminar, con la espalda encorvada y las manos en los bolsillos. Allison corrió y se plantó frente a él, presa de cólera. —¿Has perdido la cabeza? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —Claro. Te dejo. Hemos terminado. Bien, fue bonito mientras duró. Ya nos veremos. Los dos puntos rojos que cubrían las mejillas de Allison brillaron como carbones incandescentes. —Espera un momento, señor Brewster. Me parece que has olvidado algo. Su voz era dura e hiriente. —¿He olvidado algo? ¿Como qué? —No puedes irte; no puedes dejarme tirada. —¿No puedo? Larry enarcó una ceja. —Creo que deberías reconsiderarlo, ahora que aún tienes tiempo. —No te entiendo—bostezó Larry—. Creo que volveré a mi casa de tres habitaciones y me meteré en la cama. Estoy cansado. Pasó por delante de la joven. —¿Te has olvidado? —le espetó Allison—. ¿Has olvidado que no eres completamente real? ¿Que sólo existes como parte de mi mundo? —¡Santo Dios! ¿Vas a empezar el rollo otra vez? —Será mejor que lo pienses antes de irte. Existes para hacerme feliz, señor Brewster. Este es mi mundo, recuérdalo. Es posible que en el tuyo las cosas sean diferentes, pero éste es mi mundo. Y en mi mundo sucede lo que yo digo. —Hasta la vista —dijo Larry Brewster. —¿Todavía..., todavía insistes en marcharte? Larry Brewster meneó la cabeza lentamente. —No —dijo—. En realidad, no. He cambiado de idea. Me causas demasiados problemas. La que se marcha eres tú. Y mientras hablaba, un globo de luz radiante rodeó suavemente a Allison Holmes y la envolvió en su brillante aura de esplendor. El globo luminoso se elevó, transportando por los aires a la señorita Holmes, alzándola sin el menor esfuerzo sobre los edificios, hacia el cielo del anochecer. Larry Brewster contempló con calma como el globo luminoso se llevaba a la señorita Holmes. No se sorprendió al ver que la joven se desvanecía y difuminaba gradualmente... hasta que de repente desapareció por completo. Apenas un débil resplandor en el cielo. Allison Holmes se había marchado. Larry Brewster permaneció inmóvil durante largo rato, inmerso en sus pensamientos, acariciándose el mentón con aire pensativo. Echaría de menos a Allison. En ciertos aspectos le gustaba; había significado una diversión temporal. Bien, ahora se había ido. En este mundo, Allison Holmes no había sido completamente real. Lo que Larry había conocido, lo que él llamaba "Allison Holmes", no era más que una apariencia parcial de la joven. Después, recordó un detalle: cuando el globo de luz radiante se la llevó, vislumbró algo... Vislumbró, tras ella, un mundo diferente, obviamente su mundo, su mundo real, el mundo que la joven deseaba. Los edificios eran inquietantemente familiares; aún se acordaba de la casa... Por tanto... Allison había sido real, después de todo... Existió en el mundo de Larry, hasta que llegó el momento de ser transportada al suyo. ¿Encontraría en él a otro Larry Brewster..., uno que le fuera como anillo al dedo? El pensamiento le produjo un escalofrío. De hecho, toda la experiencia había sido un poco desconcertante. —Me pregunto por qué —murmuró en voz baja. Recordó otros acontecimientos desagradables que, sin embargo, le habían ocasionado grandes satisfacciones, experiencias que no habría saboreado sin ellos. —Bueno —suspiró—, no hay mal que por bien no venga. Se puso a caminar con parsimonia, con las manos en los bolsillos, echando un vistazo al cielo de vez en cuando, como si quisiera asegurarse...

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Peter Handke (Austia,1942)


Las Alas del Deseo Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar. Cuando el niño era niño no sabía que era niño para él todo estaba animado, y todas las almas eran una. Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada, no tenía ninguna costumbre se sentaba en cuclillas, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando lo fotografiaban. Cuando el niño era niño era el tiempo de preguntas como: ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué no allí? ¿Cuando empezó el tiempo y dónde termina el espacio? ¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño? Lo que veo oigo y huelo, ¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo? ¿Existe de verdad el mal y gente que en verdad son los malos? ¿Cómo puede ser que yo, el que yo soy, no fuera antes de devenir; y que un día yo, el que yo soy, no seré más ese que soy? Diálogo entre Daniel y Cassiel (ángeles) Daniel: -¿Y bien? Cassiel: -Hace veinte años se estrelló un caza soviético cerca de Spandau, en el lago Stossen. Hace cincuenta años… D.: -Fue la Olimpíada. C.: -Hace doscientos años Blanchard voló sobre la ciudad en un globo aerostático. D.: -Como los refugiados del otro día. Y hoy, en el lago Lilienthal, alguien ha aminorado el paso y ha mirado a sus espaldas, en el vacío… En Correos alguien quería acabar para siempre, pegó sellos especiales en sus cartas de despedida, uno en cada una; y luego en Mariannenplazt habló con un soldado americano en inglés, por vez primera desde el colegio y, además, con soltura. En Plotzenzee un preso antes de tirarse de cabeza contra el muro dijo «ahora». En el metro zoo, el conductor en lugar del nombre de la estación, gritó de pronto «¡Tierra del fuego!»… D.: -¡Qué bonito! C.: -En Renbergen un anciano leía La Odisea a un niño y el pequeño oyente había dejado de parpadear… Y tu, ¿tienes algo para contar? D.: -Un transeúnte que cerró el paraguas en medio de la lluvia y se dejó calar… Un colegial que describía a su profesor cómo crece el helecho de la tierra y sorprendió al profesor. Un ciego que palpó su reloj al sentir mi presencia. Es maravilloso vivir sólo en espíritu, día a día para la eternidad, atestiguar sólo lo espiritual de la gente. Pero a veces me hastía mi presencia de espíritu. Y ya no quisiera ese flotar eterno, quisiera sentir un peso que anulara en mí lo ilimitado y me atara a la tierra. Poder, a cada paso, a cada golpe de viento, decir «ahora» y «ahora» y «ahora»… Y ya no más «desde siempre» y «para siempre». Tomar el asiento libre de un partido de cartas, ser saludado aunque sea sólo con un gesto. Siempre que hemos participado ha sido sólo en apariencia: nos hemos dejado dislocar la cadera en peleas nocturnas, en apariencia. Hemos capturado un pez, en apariencia. Nos hemos sentado a las mesas, hemos comido y hemos bebido, en apariencia. Nos hicimos asar corderos y servir vino allá en las tiendas, sólo en apariencia. No pido engendrar un niño o plantar un árbol, pero ya sería algo, de vuelta a casa tras un largo día, dar de comer al gato como Philip Marlowe. Tener fiebre, tener los dedos negros de leer el periódico. Fascinarme no sólo por el espíritu, si no, al fin, por una comida, por la curva de una nuca, por una oreja. ¡Mentir como respirar! Sentir que al andar, tu esqueleto anda contigo. Intuír, por fin, en vez de saberlo todo. Poder decir «Ay» y «Ts» y «Ah» y «Aj», en vez de «Si» y «Amén». Sentir al fin lo que es quitarse los zapatos debajo de la mesa y estirar los dedos de los pies así descalzo. C.: ¡Quedarse solo! ¡Dejar que las cosas ocurran! ¡Permanecer serios! Sólo podemos ser salvajes mientras permanezcamos serios. ¡No hacer otra cosa que mirar, recolectar, testimoniar, preservar! ¡Permanecer espíritu! ¡Mantener la distancia! ¡Mantener la palabra! Monólogo de Homero (viejo) Cuéntanos musa del narrador, del infante, del anciano apartado a los lindes del mundo y haz que en él se reconozca cada hombre. Con el tiempo los que me escuchaban se han convertido en mis lectores. Ya no se sientan en círculo sino solos, y cada uno no sabe nada del otro. Soy un viejo, con la voz quebrada, pero el relato sigue elevándose desde las profundidades. Y la boca entreabierta lo repite, tan poderoso como apacible. Una liturgia para la que nadie necesita estar iniciado en el sentido de las palabras y de las frases. Monólogo de Marion (trapecista) -Ahí está, se acabó. Vuelve a faltarme tiempo para acabar algo. ¿Lo del circo? Recuerdos para dentro de diez años. Esta es la última noche de mi querido número y además hay luna llena; y la trapecista se rompe la crisma… ¡Cállate! Nunca me imaginé así. La despedida del circo. La última noche no viene nadie, tocáis como zoquetes y yo vuelo por la carpa como un pollo en el puchero. Y luego otra vez de camarera. ¡Mierda! A menudo hablo de mí sólo por apuro. En momentos como este, momentos como ahora mismo… El tiempo lo curará. ¿Y si el tiempo fuera la enfermedad? Como si hubiera que encorvarse para seguir viviendo. ¡Vivir!, una mirada basta… el circo, lo echaré de menos. Es extraño, no siento nada. Como si el dolor no hubiera pasado. Toda esa gente que he conocido, que queda, quedará en mi cabeza. Todo termina siempre cuando acaba de empezar. Era demasiado bonito… Por fin fuera, en la ciudad. Hallar quién soy, en quién me he convertido. Suelo ser demasiado consciente para estar triste. Esperé una eternidad que alguien me dijera algo cariñoso, luego me fui al extranjero. Alguien que me dijera «¡Hoy te quiero tanto!». ¡Sería tan bonito! Miro ante mí y el mundo se alza ante mis ojos, me llega al corazón. De niña sentía deseos de vivir en una isla. Una mujer sola, plenamente sola. Sí, esos es. Vaciada, incompatible. El vacío, el miedo, el miedo, el miedo. La mirada de un animalito perdido en el bosque. «Quién eres tu?» Yo no lo sé. Pero algo sé: no seré trapecista. Decisiones imprevistas en las que uno cree. No llorar. No quiero llorar. ¡Para nada! Ocurre, así son las cosas. No siempre salen como uno quiere. El vacío, el vacío… Ya no pensar en nada… Estar aquí. Aquí soy extranjera pero todo me resulta familiar, en todo caso, no puedo perderme. Siempre se llega al muro. Esperaré la foto. Saldrá una con diferente rostro y así podría comenzar una historia. Los rostros, tengo ganas de ver rostros. Quizá encuentre un trabajo de camarera. Tengo miedo de esta noche. Qué tontería. La angustia me pone enferma, porque una parte de mí se preocupa y otra no se lo cree. ¿Cómo debo vivir? Quizá no sea esta la pregunta. ¿Cómo debo pensar? Sé tan pocas cosas… Tal vez sea demasiado curiosa. A menudo pienso en forma tan equivocada… Porque pienso como si hablara a otro. Dentro de los ojos cerrados, cerrar aún más los ojos… Entonces incluso las piedras cobran vida. Ser por los colores. ¡Los colores! Los neones en el cielo del atardecer, los tranvías rojos y amarillos. Sólo tengo que estar lista y todos los hombres del mundo me mirarán. Nostalgia. Nostalgia de una ola de amor que creciese en mí. Eso es lo que me hace resultar torpe: la ausencia de placer. Deseo de amor. ¡Deseo de amar! Monólogo de Homero -El mundo parece ahogarse en el crepúsculo, pero yo narro, como al principio, en mi cantinela que me sostiene a salvo, por el relato, de las revueltas del presente y protegido para el futuro. Se acabó el remontarse muy atrás de antaño. El ir y venir a través de los siglos… Ya sólo puedo pensar de un día para el otro. Mis héroes ya no son los guerreros y los reyes, sino las cosas de la paz, todas iguales entre sí: las cebollas que se secan tan valiosas como el tronco del árbol que atraviesa el pantano. Pero nadie a logrado aún, cantar una epopeya de la paz. ¿Qué le ocurre que no puede seguir fascinando por mucho tiempo, que se deja apenas narrar por alguien? ¿Debo renunciar ahora? Si renuncio, entonces la humanidad perderá su narrador. Y si alguna vez la humanidad pierde su narrador, al mismo tiempo habrá perdido su infancia. ¿Dónde están los míos, los simples, los primigenios? Nómbrame, musa, al pobre cantor inmortal quien, abandonado por sus mortales oyentes, ha perdido su voz. El que del ángel del relato, se convirtió en el ignorado o burlado organillero, fuera, en el umbral de la tierra de nadie. Monólogo de Cassiel -¿Aún hay fronteras? ¡Más que nunca! Cada calle tiene su propia barrera o línea divisoria. Entre las manzanas hay franjas de nadie, camoufladas por un seto o un pozo. Quien por casualidad cae en ella, cae sobre un alambrado o es alcanzado por un rayo láser. Las truchas en el agua son en realidad torpedos. Cada cabeza de familia o simple propietario clava su nombre, como un blasón, en la puerta; y estudia el periódico como si fuera el dueño del mundo. El pueblo alemán cayó en tantos estados como individuos. Y los estados aislados son móviles: cada uno lleva el suyo consigo y, si alguien quiere pasar, exige un impuesto de entrada como una mosca atrapada en ámbar o una bota de vino. Y esto sólo para la frontera, pero uno sólo puede adentrarse en cada estado con las contraseñas oportunas. El alma alemana de hoy sólo la conquistará y la podrá dirigir aquél que logre llegar a cada estado con dicha contraseña. Por suerte, actualmente nadie es capaz de ello. Así, cada uno se desbanda por tierra extranjera y hace ondear a los cuatro vientos la cima de su imperio solitario. También sus niños agitan sus sonajeros y tiran su mierda alrededor suyo. Cuando el niño era niño no podía pasar las espinacas, los porotos, el arroz con leche y el coliflor saltado. Ahora se lo come todo y no porque lo obliguen. Cuando el niño era niño despertó una vez en una cama extraña y ahora, una y otra vez. Muchas personas le parecían bellas, y ahora sólo con suerte. Imaginaba claramente un paraíso y ahora apenas puede intuírlo. Nada podía pensar de la nada, y ahora esta idea lo estremece. Cuando el niño era niño jugaba con entusiasmo, y ahora se mete en sus cosas como antes sólo cuando esas cosas son su trabajo. Diálogo entre Daniel y Cassiel Daniel: -¿Recuerdas la primera vez que estuvimos aquí? La historia aún no había empezado. Dejábamos transcurrir el día y la noche y aguardábamos. Pasó mucho tiempo hasta que el río encontró su lecho y el agua quieta empezó a fluir. ¡Cuenca del río primitivo! Un día, todavía lo recuerdo, el glaciar se derritió y los hielos navegaron hacia el norte. Flotaba un tronco, todavía verde. Durante miríadas de años sólo saltaron los peces y luego fue cuando el enjambre de abejas se ahogó. Cassiel: -Un tiempo después los dos ciervos se batieron en la orilla. Después la nube de moscas y la cornamenta, como ramas, río abajo. Sólo la hierba volvió siempre a enderezarse, creciendo sobre los cadáveres de los gatos salvajes, jabalíes, búfalos. ¿Recuerdas cómo una mañana surgió de la sabana, con la hierba pegada en la frente, el ser a nuestra imagen, el bípedo esperado tanto tiempo, y cómo su primer palabra fue un grito? ¿Fue «aj», «ah» o un simple grito? Por fin pudimos reírnos de ese hombre por vez primera, y de sus gritos y las llamadas de sus sucesores, aprendimos a hablar. D.: -¡Una larga historia! El sol, los rayos y truenos, en el cielo y abajo, en la tierra, los fuegos, las cabriolas, las danzas, los signos, la escritura. Después uno se salió del círculo y corrió derecho hacia adelante. Mientras corría derecho, virando a veces, tal vez por rápido parecía libre, y pudimos reírnos con él. Pero luego, de repente, corrió en zig zag y las piedras volaron. Con su fuga empezó otra historia, la historia de la guerra. Hoy dura todavía. ¿Aún recuerdas como un día construyeron la calzada que al día siguiente vio la retirada napoleónica y después fue recubierta de guinea, hoy invadida de hierbas y hendiduras como una vía romana con marcas de tanques? D.: -Nosotros ni siquiera éramos espectadores. Siempre fuimos ángeles… C.: -¿De verdad quieres? D.: -Sí. ¡Conquistar por mí mismo una historia mía! Lo que mi atemporal mirar abajo me ha enseñado, transformarlo para sostener una mirada repentina, un grito breve, un olor acre. He estado fuera suficiente tiempo, suficiente tiempo ausente, bastante tiempo fuera del mundo. ¡Meterme en la historia del mundo aunque sólo sea para tocar una manzana! Mira las plumas ahí, sobre el agua, ya desvanecidas. Mira las marcas de las frenadas sobre el asfalto, mira como rueda la colilla, y como se seca el río primitivo, como sólo los charcos del día tiemblan aún. ¡Basta del mundo detrás del mundo! Monólogo de Homero -Sólo las vías romanas conducen aún a lo lejos, sólo las huellas más antiguas conducen aún más lejos. ¿Dónde está el puerto de montaña?. También la planicie, también Berlín tiene sus recónditos puertos, y ahí es dónde empieza mi tierra, la tierra de la narración. ¿Por qué no todos ven de niño los puertos, los portones, los intersticios, abajo en la tierra y arriba en el cielo? Si cada uno los viera habría una historia sin sacudidas mortales y sin guerra. Dialogo entre Cassiel y Daniel (en el muro de Berlín) Cassiel: -¿Y bien? Daniel: -Me adentré en el río. Vieja máxima humana oída a menudo. Por fin hoy la comprendo. Ahora o nunca: instante del vado. Pero no habrá otra. Sólo hay vado si estamos en el río. ¡Entremos en el vado del tiempo, en el vado de la muerte! ¡Dejemos el mirador de los no nacidos! Mirar no es mirar desde arriba sino de la altura de los ojos. Primero me tomaré un baño. Después iré a afeitarme, de ser posible, a un barbero turco. Que me hagan masajes hasta la punta de los dedos. Luego compraré el periódico y leeré desde los titulares hasta el horóscopo. El primer día dejaré que me sirvan. Si me piden algo los mandaré al vecino. El que tropiece conmigo me pedirá disculpas. Me darán empujones y los devolveré. En el bar lleno, el patrón me buscará una mesa. En la calle, el coche del alcalde parará y me acercará un trecho. A todos seré familiar, a nadie sospechoso. No diré una palabra y entenderé todas las lenguas. Así será mi primer día. C.: -Pero nada de eso será verdad. D.: -La tomaré en mis brazos, me tomará en sus brazos… Cuando el niño era niño las manzanas y el pan le bastaban de alimento, y todavía es así. Cuando el niño era niño, las bayas le caían en la mano sólo como caen las bayas, y ahora todavía. Las nueces frescas le ponían áspera la lengua, y ahora todavía. Encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta y en cada ciudad el anhelo de una ciudad más grande, y siempre es así todavía. En la copa del árbol tiraba de las cerezas con igual deleite como hoy todavía. Se asustaba de los extraños y todavía se asusta; esperaba las primeras nieves, y todavía las espera. Cuando el niño era niño, lanzó un palo como una lanza contra un árbol, y hoy vibra ahí todavía. Monólogo de Mariom - No podría decir quién soy. No tengo la menor idea. Soy alguien sin orígenes, sin historia, sin país; y me gusta así. Aquí estoy, libre. Puedo imaginármelo todo. Todo es posible. Basta que alce la mirada y vuelvo a hacer el mundo. Ahora en este sitio, un sentimiento de felicidad que podría tener siempre. Monólogo de Daniel - Ella no se ha ido, Cassiel, lo sé. La encontré. Algo va a suceder esta noche que será importante. ¡Cassiel! Ella me enseñará todo. Hay otros soles aparte de los del cielo, Cassiel. En la noche profunda, hoy empezará la primavera. Me nacerán alas muy distintas a las habituales, alas de las que al fin podré sorprenderme. Marion a Daniel -Algún día tiene que ir en serio. He estado muy sola, pero nunca he vivido sola. Cuando estaba con alguien solía estar contenta, pero al mismo tiempo todo me parecía casual. Estas personas eran mis padres pero podrían haber sido otros. ¿Por qué mi hermano era el de los ojos marrones y no el de los ojos verdes, del andén de enfrente. La hija del taxista era mi amiga, pero igual podría haber rodeado con mi brazo el cuello de un caballo. Estaba con un hombre, estaba enamorada y lo mismo podría haberlo dejado plantado y haber seguido al extraño que nos cruzamos en la calle. Mírame o no me mires. Dame la mano o no me la des. No, no me des la mano y aparta tu mirada de mí. Creo que esta noche hay luna nueva: ninguna noche más serena, ninguna sangre correrá en toda la ciudad. Nunca he jugado con alguien y sin embargo nunca he abierto los ojos y he pensado: ahora va en serio. Ahora al fin irá en serio. Así han ido pasando mis años¿Sólo yo era tan poco seria? ¿Eran tan poco serios los tiempos? Nunca fui solitaria, ni cuando estaba sola ni con otros. Pero me habría gustado al fin ser solitaria. Soledad quiere decir: al fin estoy entera. Ahora puedo decirlo porque al fin esta noche soy solitaria. Hay que acabar con el azar. Luna nueva de la decisión. No sé si hay un destino, pero hay una decisión: decídete. Ahora nosotros somos el tiempo. No sólo la ciudad entera, el mundo entero toma parte ahora mismo en nuestra decisión. Ahora los dos somos más que sólo dos. Nosotros encarnamos algo. Estamos sentados en la plaza del pueblo y toda la plaza está llena de gente que anhela lo mismo que nosotros. Nosotros decidimos el juego por todos. Estoy lista, ahora es tu turno. Tienes el juego en tus manos. Ahora o nunca. Me necesitas y me necesitarás. No hay historia mayor que la nuestra, la del hombre y la mujer. Será una historia de gigantes, invisibles, transmisibles, una historia de nuevos ancestros. Mira mis ojos, son la imagen de la necesidad, del futuro de todos en la plaza. Anoche soñé con un desconocido, con mi hombre. Sólo con él podía ser solitaria. Abrirme a él, toda abierta, toda para él, acogiéndolo entero como un todo dentro de mí, rodeándole con el laberinto de la dicha común. Lo sé eres tú. Monólogo de Daniel -Algo ha sucedido… que sigue sucediendo… que me vincula. Fue por la noche y ahora es por el día. Ahora más que nunca. ¿Quién era quién? Yo estaba en ella y ella alrededor mío ¿Quién en el mundo puede asegurar que estuvo alguna vez junto a otro ser humano? Yo ESTOY junto. No ha sido concebido ningún niño mortal sino una imagen común e inmortal. Esta noche he aprendido a sorprenderme. Ella me ha traído al hogar, y yo he encontrado mi hogar. Erase una vez… fue UNA vez y por lo tanto será. La imagen que hemos concebido será la que me acompañe en mi muerte, habré vivido dentro de ella. Sólo el asombro entre nosotros dos. El asombro ante el hombre y la mujer, me ha hecho humano. Yo sé ahora lo que ningún ángel sabe. Monólogo de Homero -Nombradme a los hombres, mujeres y niños que me buscarán, a mí, su narrador, su cantor y portavoz, porque me necesitan, más que a nada en el mundo. Hemos embarcado.

domingo, 21 de octubre de 2007

Pedro Mairal

Hoy temprano



Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchen esto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

de Hoy temprano ( Aguilar, 2001)

martes, 18 de septiembre de 2007

Margarite Duras


El aviador inglés El principio, el inicio de una historia. Es la historia que voy a contar, por primera vez. La de este libro. Creo que es una dirección del escrito. Eso es, el escrito dirigido, por ejemplo, a ti, del que aún no sé nada. A ti, lector: Transcurre en un pueblo muy cerca de Deauville, a algunos kilómetros del mar. El pueblo se llama Vauville. El departamento, Calvados. Vauville. Ahí está. La palabra en el rótulo. Cuando fui allí por primera vez, lo hice siguiendo el consejo de amigas, comerciantes de Trouville. Me habían hablado de la encantadora capilla de Vauville. Así pues, aquel día, aquella primera vez, vi la iglesia, sin ver nada de lo que voy a contar. En efecto, la iglesia es muy hermosa, incluso encantadora. A su derecha hay un pequeño cementerio del siglo xix, noble, lujoso, que recuerda al Pére-Lachaise, muy ornamentado, como una fiesta inmóvil, detenida, en el centro de los siglos. Al otro lado de esa iglesia se encuentra el cuerpo del joven aviador inglés muerto el último día de la guerra. Y en mitad del césped, hay una tumba. Una losa de granito gris claro, perfectamente pulida. No vi esa piedra enseguida. La vi cuando me enteré de la historia. Era un niño inglés. Tenía veinte años. Su nombre está inscrito en la losa. Al principio se le llamaba el Joven aviador inglés. Era huérfano. Estaba en un colegio de la provincia del norte de Londres. Se alistó como muchos jóvenes ingleses. Eran los últimos días de la guerra mundial. Quizás el último, es posible. Había atacado una batería alemana. Para reírse. Dado que había disparado contra su batería, los alemanes replicaron. Dispararon contra el niño. Tenía veinte años. El niño quedó preso en su avión. Un Meteor monoplaza. Eso es, sí. Quedó preso en el avión. Y el avión cayó en lo alto de un árbol del bosque. Es ahí -cree la gente del pueblo- donde murió, durante la noche, la última de su vida. Todos los habitantes de Vauville lo velaron en el bosque, durante un día y una noche. Como antes, en los tiempos antiguos, como lo habrían hecho antes, lo velaron con velas, rezos, cantos, llantos y flores. Y luego consiguieron sacarlo del avión. Y extrajeron el avión del árbol. Fue largo, difícil. Su cuerpo había quedado prisionero de la red de acero y del árbol. Lo bajaron del árbol. Fue muy largo. Al final de la noche, se había acabado. Una vez hubieron bajado el cuerpo, lo llevaron hasta el cementerio y a continuación cavaron la tumba. Al día siguiente, creo, compraron la losa de granito de color claro. Es el principio de la historia. El joven inglés sigue allí, en aquella tumba. Bajo la losa de granito. Al año de su muerte, alguien llegó para verle, para ver al joven soldado inglés. Trajo flores. Un hombre viejo, también inglés. Llegó hasta allí para llorar sobre la tumba del niño y rezar. Dijo que era el profesor de aquel niño en un colegio del norte de Londres. Fue él quien dijo el nombre del niño. También fue él quien dijo que el niño era huérfano. Que no había nadie a quien avisar. Volvió, cada año. Durante ocho años. Y la muerte siguió eternizándose, bajo la losa de granito. Y luego nunca más volvió. Y nadie más sobre la tierra se acordó de la existencia de ese niño salvaje, y loco, algunos decían: de ese niño loco que, él solo, había ganado la guerra mundial. Sólo quedaron los habitantes del pueblo para acordarse y ocuparse de la tumba, de las flores y de la losa de piedra gris. Creo que durante años nadie, excepto la gente de Vauville, supo la historia. El profesor había dicho el nombre del niño. El nombre fue grabado en la tumba: W.J. CLIFFE Cada vez que el anciano hablaba del niño, lloraba. Al octavo año, no volvió. Y nunca más volvió. Mi hermano menor murió durante la guerra de Japón. Murió, y murió sin sepultura. Fue arrojado a una fosa común encima de los últimos cuerpos enterrados. Y pensarlo es tan terrible, tan atroz, que no se puede soportar, y, antes de haberlo experimentado, no se puede saber hasta qué extremo. No se trata de la mezcla de cuerpos, en absoluto; es la desaparición de ese cuerpo en la masa de otros cuerpos. Es el cuerpo, su cuerpo, el suyo, arrojado a la fosa de los muertos, sin un nombre, sin una palabra. Excepto la de la oración de todos los muertos. No fue ése el caso del joven aviador inglés, ya que los habitantes del pueblo cantaron y rezaron de rodillas en el césped alrededor de su tumba y permanecieron allí toda la noche. Pero, con todo, la historia me remitió al osario de los alrededores de Saigón donde se encuentra el cuerpo de Paulo. Pero ahora creo que hay algo más que eso. Creo que un día, mucho después, mucho después aún, no sé exactamente, pero ya lo sé, sí, mucho después, volveré a encontrar, ya lo sé, algo material que reconoceré como una sonrisa fija en las cuencas de sus ojos. Los ojos de Paulo. Allí, hay algo más que Paulo. El hecho de que la muerte del joven aviador inglés se haya convertido en un acontecimiento tan íntimo, se debe a que encerraba más de lo que yo creo. Nunca sabré qué. Nunca se sabrá. Nadie. Eso también me remite a nuestro amor. Existe el amor del hermano menor y existía nuestro amor, el suyo y el mío, un amor muy fuerte, oculto, culpable, un amor a cada instante. Encantador aún después de tu muerte. El joven muerto inglés era todo el mundo y también era sólo él. Era todo el mundo y él. Pero todo el mundo no hace llorar. Y además ese deseo de ver a ese joven muerto, de verificar sin conocerle en absoluto si había sido realmente su rostro eso, ese agujero, al final del cuerpo sin ojos, ese deseo de ver su cuerpo y cómo era su rostro de muerto, destrozado por el acero del Meteor. ¿Podíamos ver aún algo de eso? A duras penas se nos ocurre. Nunca pensé que pudiera escribir eso. Era asunto mío, mío, y no de los lectores. Tú eres mi lector, Paulo. Ya que te lo digo, te lo escribo, es verdad. Eres el amor de mi vida entera, el administrador de nuestra cólera frente al hermano mayor y así fue a lo largo de toda nuestra infancia, tu infancia. La tumba está sola. Como lo estuvo él. Tiene su edad de muerte... cómo decirlo... no sabemos... el estado del césped, también del jardincito. La proximidad del otro cementerio también contaba. Pero, realmente, ¿cómo decirlo? ¿Cómo hacer coincidir al niñito muerto a los seis meses cuya tumba está en la parte de arriba del césped con ese otro niño de veinte años? Ahí siguen los dos, y sus nombres, y su edad. Están solos. Y luego vi otra cosa. Luego, siempre vemos cosas. Ha dejado de ser sólo la muerte de cualquiera. Es la muerte de un niño. Vi el cielo con el sol a través de los árboles también muertos en los campos, mutilados, los árboles negros. Vi que los árboles seguían siendo negros. Y además la escuela municipal, también estaba allí. Y oí niños que cantaban: «Nunca te olvidaré». Para ti. Solo. En el origen de todo eso había en lo sucesivo ese alguien, y ese niño, mi niño, mi hermano menor, y alguien más, el niño inglés. Iguales. La muerte también bautiza. Aquí, estamos muy lejos de la identidad. Es un muerto, una muerte de veinte años que llegará hasta el final de los tiempos. Es todo. El nombre, el nombre no importa: era un niño. Podemos quedarnos ahí. Podemos quedarnos ahí, en ese lugar de la vida de un niño de veinte años, el último muerto de la guerra. Cualquier muerte es la muerte. Cualquier niño de veinte años es un niño de veinte años. La muerte de cualquiera es la muerte entera. Cualquiera es todo el mundo. Y ese cualquiera puede adoptar la forma atroz de una infancia en desarrollo. Esas cosas se saben en los pueblos, me las han enseñado los campesinos con la brutalidad de un acontecimiento convertido en ese acontecimiento, de un niño de veinte años muerto en una guerra con la que se divertía. Ese joven muerto inglés quizá permaneció intacto también por eso, permaneció clavado en esa edad, terrible, atroz, la de los veinte años. Llegó a haber amistad con esas gentes del pueblo, sobre todo con la anciana encargada de la iglesia. Los árboles muertos están ahí, locos petrificados en un desorden fijo, tanto que el viento no quiere saber nada de ellos. Están enteros, mártires, están negros, de la sangre negra de los árboles muertos por el fuego. Ese joven inglés muerto a los veinte años se convirtió en algo sagrado para mí, la transeúnte. Cada vez le lloraba. Y después, el anciano caballero inglés que llegaba todos los años para llorar en la tumba de ese niño; lamenté no haberlo conocido para hablar del niño, de su risa, de sus ojos, de sus juegos. Todo el pueblo se hizo cargo del niño muerto. Y el pueblo lo adoró. El niño de la guerra siempre tendrá flores sobre su tumba. Queda una incógnita: la fecha del día en que dejará de ser así. En Vauville, el recuerdo del canto de la mendiga vuelve a mí. Ese canto tan simple. El de los locos, de todos los locos, por todas partes, los de la indiferencia. El de la muerte fácil. Los de la muerte por obra del hambre, la de los muertos de los caminos, de las fosas, medio devorados por los perros, los tigres, las aves de presa, las ratas gigantes de los pantanos. Lo más dificil de soportar es el rostro destruido, la piel, los ojos arrancados. Los ojos vacíos de mirada, sin mirada. Fijos. Vueltos hacia nada más. Eso tiene veinte años. La edad, la cifra de la edad se detuvo con la muerte, eso en lo que se ha convertido siempre tendrá veinte años. No se sabe. No se ha averiguado. He querido escribir sobre él, el niño inglés. Y ya no puedo escribir sobre él. Y escribo. Ya veis, sin embargo, escribo. Dado que lo escribo no sé que eso se pueda escribir. Sé que eso no es un relato. Es un hecho brutal, aislado, sin eco alguno. Los hechos deberían bastar. Se debería referir los hechos. Y el anciano que siempre lloraba, que vino durante ocho años, y que, en determinado momento, no volvió más. Nunca. ¿Que también él fue presa de la muerte? Sin duda. Y luego la historia acabaría para la eternidad, igual que la sangre del niño, los ojos, la sonrisa del niño petrificada por la boca descolorida de la muerte. Los niños de la escuela cantan que hacía mucho tiempo que querían a ese niño de veinte años, y que nunca lo olvidarían. Lo cantan todas las tardes. Y yo lloro. Hubo crepúsculos del azul de los ojos de esos niños de la escuela. Hubo ese color azul en el cielo, de ese azul que era el del mar. Hubo todos los árboles que fueron asesinados. Y el cielo también estaba allí. Lo miré. Cubría la totalidad de las cosas con su lentitud, con su indiferencia de cada día. Insondable. Veo los lugares ligados unos a otros. Salvo la continuidad del bosque, que ha desaparecido. De repente ya no quería volver. Y seguía llorando. Lo veía por todas partes, al niño muerto. El niño muerto por jugar a la guerra, por jugar a ser el viento, a ser un English de veinte años, heroico y hermoso. Que jugaba a ser feliz. Aún te veo: a ti. El mismísimo Niño. Muerto como un pájaro, de muerte eterna. La muerte lenta en llegar y, con el dolor del cuerpo destrozado por el acero del avión, él rogaba a Dios que le diera una muerte rápida para dejar de sufrir. Se llamaba W.J. Cliffe, sí. Eso es lo que ahora aparece escrito en el granito gris. Hay que cruzar el jardín de la iglesia y dirigirse hacia la escuela municipal que está allí, en el mismo recinto. Ir hacia los gatos, esos chalados, esos locos, esas pandillas de gatos, de increíble y cruel belleza. Esos gatos llamados «caparazones de tortuga», amarillos como las llamas rojas, como la sangre, blancos y negros. Negros como los árboles ennegrecidos para siempre por el hollín de las bombas alemanas. A lo largo del cementerio hay un río. Y luego a lo lejos otra vez los árboles muertos, al otro lado del lugar donde está el niño. Los árboles quemados que gritan contra el viento. Es un ruido muy fuerte, una especie de barrido estridente de fin de mundo. Da mucho miedo. Y luego cesa, bruscamente, sin que se sepa qué era. Y luego los campesinos dicen que no es nada, que son los árboles que conservan en su savia el carbón de sus llagas. En efecto, el interior de la iglesia es admirable. Todo se reconoce. Las flores son flores, las plantas, los colores, los altares, los bordados, los tapices. Es admirable. Como una habitación momentáneamente abandonada que aguardara a los amantes ausentes a causa del mal tiempo. Uno desearía llegar a algún lugar con esta emoción. Escribir por fuera quizá, con sólo describir quizá, describir las cosas que están ahí, presentes. No inventar otras. No inventar nada, ningún detalle. No inventar en absoluto. Nada y todo. No acompañar a la muerte. Que la dejen, por fin, que no la miren de ese lado, por una vez. Las carreteras que conducen al pueblo son antiguos caminos, muy antiguos. Pertenecen a la prehistoria. Están ahí desde siempre, parece, según dicen, eran lugares de paso obligado hacia lo desconocido de los senderos y fuentes y orillas de mar o por si uno quería protegerse de los lobos. Nunca me había sucedido eso de sentirme trastornada hasta ese extremo por el hecho de la muerte. Completamente atrapada. Pegada. Y ahora, para mí, se acabaron los alrededores, he dejado de ir. Queda Vauville, esa rayuela; queda el desciframiento del nombre de algunas tumbas. Queda el bosque, el bosque que cada año avanza hacia el mar. Siempre de hollín, negro, preparado para la eternidad venidera. El niño muerto también era un soldado de la guerra. Y también habría podido ser un soldado francés. O un americano. Estamos a dieciocho kilómetros de la playa del Desembarco. La gente del pueblo sabía que era del norte de Inglaterra. El anciano caballero inglés les había hablado de ese niño, aquel anciano caballero no era el padre de ese niño, el niño era huérfano, él debía de ser su profesor, o quizás un amigo de sus padres. El hombre quería a aquel niño. Como a su hijo. ¿Como a un amante quizá? Quién sabe. El dijo el nombre del niño. Ese nombre se grabó en la losa de color gris claro. W.J. Cliffe. No puedo decir nada. No puedo escribir nada. Debiera existir una escritura de lo no escrito. Un día existirá. Una escritura breve, sin gramática, una escritura de palabras solas. Palabras sin el sostén de la gramática. Extraviadas. Ahí, escritas. Y abandonadas de inmediato. Quisiera contar el ceremonial que se organizó alrededor de la muerte del joven aviador inglés. Conozco algunos detalles: todo el pueblo se vio implicado, recobró una especie de iniciativa revolucionaria. También sé que la tumba se hizo sin autorización. Que el alcalde no se inmiscuyó. Que Vauville se convirtió en una especie de fiesta fúnebre alrededor de la adoración del niño. Una fiesta libre de llantos y de cantos de amor. Toda la gente del pueblo conoce la historia del niño. Y también la historia de las visitas del hombre viejo, aquel viejo profesor. Pero ya nunca hablan de la guerra. La guerra, para ellos, era ese niño asesinado a los veinte años. La muerte había reinado en el pueblo. Las mujeres lloraban, no podían evitarlo. El joven aviador desaparece, muere de una muerte verdadera. Si se cantara esa muerte, por ejemplo, no se trataría de la misma historia. Esa sublime discreción de las mujeres que hizo que, lo creo -aunque no esté absolutamente segura-, el niño fuera enterrado al lado de la iglesia, allí donde todavía no había ninguna tumba. Allí donde sigue habiendo sólo una tumba, la suya. Al abrigo del viento enloquecido. Las mujeres cogieron el cuerpo del niño, lo lavaron y lo colocaron en ese sitio, en la tumba, la de la losa de granito claro. Las mujeres no dijeron nada de todo eso. Si yo hubiera estado allí con ellas, para hacerlo con ellas, no habría podido escribirlo; lo creo. Digo quizá que esa sensación increíblemente intensa que experimenté, esa sensación de sentirme implicada, quizá no existiría. Es la emoción que aún me asalta ahora cuando estoy sola. Sola aún lloro por ese niño que se ha convertido en el último muerto de la guerra. Ese hecho inagotable: la muerte de un niño de veinte años asesinado por las baterías alemanas justo el día de la paz. Veinte años. Digo su edad. Digo: tenía veinte años. Tendrá veinte años durante toda la eternidad, ante lo Eterno. Exista o no, lo Eterno será aquel niño. Decir veinte años es terrible. Lo más terrible es eso, es la edad. Este dolor que siento por él es una banalidad. Es curioso, alrededor del niño nunca se planteó la idea de Dios. Nadie pronunció esa palabra tan fácil, la más fácil de todas, que es la palabra Dios. Nunca se pronunció durante el entierro del niño de veinte años que había jugado a hacer la guerra en su Meteor por encima del bosque normando, bello como el mar. No hay nada a la medida de este hecho. Hay muchos hechos así en el universo. Brechas. Ahí, el acontecimiento se vio. Y también se vio que el niño murió por haber jugado a la guerra. En tomo a la muerte del niño todo está claro. Había estado contento, había sido muy feliz al salir del bosque, no veía a ningún alemán. Estaba contento de volar, de vivir, de haberse decidido a matar soldados alemanes. A ese niño le gustaba hacer la guerra, como a todos los niños. Muerto, era siempre otro niño, cualquier niño de veinte años. Y luego eso se acabó con la noche, la primera noche. El, el aviador inglés, se convirtió en el niño de ese pueblo francés. Firmó su muerte, aquí, delante de los habitantes de Vauville que miraban. Este libro no es un libro. No es una canción. Ni un poema. Ni pensamientos. Sino las lágrimas, el dolor, los llantos, las desesperaciones que seguimos sin poder frenar ni razonar. Intensas cóleras políticas como la fe en Dios. Más intensas aún. Más peligrosas por infinitas. Este niño muerto en la guerra es también un secreto de cada uno de quienes lo encontraron en lo alto del árbol, crucificado en aquel árbol por el armazón de su avión. No se puede escribir sobre esto. O se puede escribir sobre todo. Escribir sobre todo, todo a la vez, es no escribir. Es nada. Y es una lectura insoportable, igual que un anuncio publicitario. Oigo de nuevo los cantos de los niños de la escuela municipal. Los cantos de los niños de Vauville. Debería poderse soportar. Aún nos resulta dificil. Siempre he llorado al oír ese canto de los niños. Y sigo llorando. La tumba del joven aviador inglés se ve ya menos. Sigue siendo visible en el paisaje que la rodea. Pero ya se ha alejado de nosotros hacia la eternidad. Y su eternidad se vivirá así a través de este niño desaparecido. Los lugares alrededor de la iglesia dan acceso a la tumba del niño. Allí, sigue sucediendo algo. Ahora nos hallamos separados del suceso por decenios y sin embargo aquí está el acontecimiento de la tumba. ¿Acaso es esta soledad de un niño muerto en la guerra, caricias dulces en el helado granito de su piedra sepulcral? No sé. El pueblo se ha convertido en el pueblo de este niño inglés de veinte años. Es como una especie de pureza, un lujo de lágrimas. El sumo cuidado dedicado a su tumba será eterno. Eso ya lo sabemos. La eternidad del joven niño aviador inglés está ahí, presente, podemos besar la piedra gris, tocarla, dormir en ella, llorar. Como un recurso, esa palabra -la de eternidad asoma a los labios- será la fosa común de todos los muertos de la región que matarán las guerras futuras. Quizá sea el nacimiento de un culto. ¿Dios sustituido? No, Dios es sustituido cada día. Nunca nos encontramos carentes de Dios. No sé qué nombre dar a esta historia. Todo está ahí en unas decenas de metros cuadrados. Todo está ahí en este fárrago de muertos, este esplendor de tumbas, ese lujo, que hace que este lugar resulte tan impresionante. No es la cantidad, ahí la cantidad se dispersó en otra parte, en las llanuras alemanas del norte de Alemania, en las hecatombes de las regiones de toda la costa atlántica. El niño siguió siendo él mismo. Y estando solo. Los campos de batalla quedaron lejos, por toda Europa. Aquí ocurrió lo contrario. Aquí está el niño, el rey de la muerte a causa de la guerra. También es un rey: es un niño tan solo en la muerte como un rey en la misma muerte. Se podría fotografiar la tumba. El hecho de la tumba. Del nombre. Puestas de sol. La negrura de hollín de los árboles quemados. Fotografiar esos dos ríos gemelos que se volvieron locos y aúllan cada atardecer, nunca sabremos a qué ni por qué, como perros hambrientos, esos ríos mal hechos, fallos de Dios, mal nacidos, que cada atardecer entrechocan, se golpean entre sí, se inundan el uno al otro. Es lo nunca visto, en ninguna parte. Dementes de otro mundo, en un ruido de chatarra, de degollina, de acarreo, y que buscan dónde desembocar, en qué mar, en qué bosque. Y los gatos, las nubes de gatos aúllan de miedo. En los cementerios siempre los hay al acecho de no se sabe qué acontecimiento de naturaleza indescifrable, excepto para ellos, los gatos, sin dueño. Perdidos. Los árboles muertos, los prados, el ganado, todo mira hacia el sol de la tarde en Vauville. El lugar queda muy desierto. Vacío, sí. Casi vacío. La encargada de la iglesia vive muy cerca de allí. Cada mañana, después del café, va a ver la tumba. Una campesina. Lleva el delantal de tela azul oscuro que llevaba mi madre en el Pas-de-Calais, a los veinte años. Olvido: también hay el cementerio nuevo, a un kilómetro de Vauville. Es un cementerio grandes almacenes. Hay macizos de flores grandes como árboles. Todo está pintado de blanco. Y aquí no hay nadie, nadie ahí dentro, diríase que no hay nada. Que no es un cementerio. Que es no se sabe qué, quizás un campo de golf. Vauville está rodeado de caminos muy antiguos anteriores a la Edad Media. Sobre esos caminos se construyeron nuestras actuales carreteras. A lo largo de setos milenarios, hay carreteras para los nuevos vivos. Robert Gallimard me descubrió la existencia de esa red de caminos primitivos de Normandía. Primeras carreteras de los hombres de la costa, los Nord-men. Seguramente hay mucha gente que habría escrito la historia de las carreteras. Lo que habría que hacer es hablar de la imposibilidad de explicar ese lugar, aquí, y esta tumba. Sin embargo, podemos besar el granito gris y llorarte. W.J. Cliffe. Hay que empezar al revés. No hablo de escribir. Hablo del libro una vez escrito. Partir de la fuente y seguirla hasta la reserva de su agua. Partir de la tumba y llegar hasta él, hasta el joven aviador inglés. Con frecuencia hay relatos y con muy poca frecuencia hay escritura. Quizá sólo haya un poema y además, para intentar... ¿qué? No sabemos nada más, ni siquiera eso, lo que habría que hacer. Hay la grandiosa banalidad del bosque, la pobre gente, los ríos locos, los árboles muertos, y esos gatos carnívoros como perros. Estos gatos rojos y negros. La inocencia de la vida, sí, es cierto, ahí está, igual que esas canciones populares cantadas por los niños de la escuela. Cierto, existe la inocencia de la vida. Una inocencia que hace llorar. A lo lejos queda la guerra de antaño, la que ahora está hecha añicos cuando se está solo en este pueblo, frente a los árboles mártires calcinados por el fuego alemán. El cuerpo de árboles de hollín, asesinados. No. Ya no hay guerra. El niño, de la guerra, lo ha sustituido todo. El niño de veinte años: ha sustituido todo el bosque, toda la tierra, y también el futuro de la guerra. La guerra, sí, la guerra está encerrada en la tumba con los huesos del cuerpo de aquel nino. Ahora está tranquila. El esplendor central, la idea, la idea de veinte años, la idea de jugar a la guerra, se tomó resplandeciente. Un cristal. Si no existieran cosas así, la escritura no existiría. Pero aunque la escritura esté ahí, dispuesta a aullar, a llorar, no se la escribe. Son emociones de esta índole, muy sutiles, muy profundas, muy carnales, también esenciales, y completamente imprevisibles, las que pueden anidar vidas enteras en el cuerpo. Eso es la escritura. Es el tren de la escritura que pasa por vuestro cuerpo. Lo atraviesa. De ahí es de donde se parte para hablar de esas emociones difíciles de expresar, tan extrañas y que sin embargo, de repente, se apoderan de ti. Estaba en mi casa en el pueblo, aquí, en Vauville. Cada día iba allí a llorar. Y luego un día dejé de ir. Escribo debido a esa capacidad mía para mezclarme con todo, a todo, a esa capacidad para estar en ese campo de la guerra, en ese teatro vacío de la guerra, en el desarrollo de esta reflexión, y ahí en el desarrollo que gana terreno a la guerra, muy lentamente, la pesadilla en curso de esa muerte del joven niño de veinte años, en ese cuerpo muerto del niño inglés de veinte años de edad, muerto con los árboles del bosque normando, de la misma muerte, ilimitada. Esta emoción se extenderá más allá de sí misma, hacia el infinito del mundo entero. Durante siglos. Y luego un día: en toda la tierra se comprenderá algo como el amor. De él. Del niño inglés muerto a los veinte años por haber jugado a la guerra contra los alemanes en este bosque monumental, tan hermoso, se dirá, tan antiguo, secular, incluso encantador, sí, eso es: encantador es la palabra. Se debería poder hacer cierta película. Una película de insistencias, de miradas retrospectivas, de reinicios. Y luego abandonarla. Y filmar también este abandono. Pero no se hará, ya se sabe. Nunca se hará. ¿Por qué no hacer una película de lo que se desconoce, de lo que aún se desconoce? No tengo nada entre manos, nada en la cabeza para hacer esa película. Y es en lo que más he pensado este verano, aquí. Porque, con todo, esa película sería una película de la idea inalcanzable y loca, una película sobre la literatura de la muerte viva. La escritura de la literatura, ésa es la escritura que plantea un problema a cada libro, a cada escritor, a cada uno de los libros de cada escritor. Y sin ella no hay escritor, ni libro, nada. Y de aquello parece que puede decirse otro tanto, que de aquel asunto quizá ya no quede nada. El derrumbamiento silencioso del mundo habría empezado aquel día, el del acontecimiento de esa muerte tan lenta y tan dura del joven inglés de veinte años en el cielo del bosque normando, ese monumento de las costas atlánticas, esa gloria. Esta noticia, este simple suceso, esta misteriosa noticia, se había introducido en la cabeza de la gente aún viva: en el primer silencio de la tierra se habría alcanzado un punto sin retorno. Se supo que en lo sucesivo sería inútil seguir esperando. Por todas partes sobre la tierra y a partir de ese único motivo de un niño de veinte años, de ese joven muerto de la última guerra, el olvidado de la última guerra de la primera edad. Y luego un día, no habrá nada que escribir, nada que leer, sólo existirá lo intraducible de la vida de ese muerto tan joven, joven hasta aullar.

domingo, 12 de agosto de 2007

Antonio Di Benedetto: Caballo en el salitral(1981)




El aeroplano viene toreando el aire.
Cuando pasa sobre los ranchos que se le arriman a la estación, los chicos se desbandan y los hombres envaran las piernas para aguantar el cimbrón.
Ya está de la otra mano, perdiéndose a ras del monte. Los niños y las madres asoman como después de la lluvia. Vuelven las voces de los hombres:
¿Será Zanni..., el volador?
No puede. Si Zanni le está dando la vuelta al mundo.
¿Y qué, acaso no estamos en el mundo?
Así es; pero eso no lo sabe nadie, aparte de nosotros.
Pedro Pascual oye y se guía por los más enterados: tiene que ser que el aeroplano le sale al paso al "tren del rey".
Humberto de Saboya, príncipe de Piamonte, no es rey; pero lo será, dicen, cuando se le muera el padre, que es rey de veras.
Esa misma tarde, dicen, el príncipe de Europa estará allí, en esa pobrecita tierra de los medanales.
Pedro Pascual quiere ver para contarle a la mujer. Mejor si estuviera acá. A Pedro Pascual le gusta compartir con ella, aunque sea el mate o la risa. Y no le agrada estar solo, como agregado a la visita, delante del corralón. No es hosco; no está asentado, no más: los mendocinos se ríen de su tonada cordobesa.
Se refugia en el acomodo de los fardos. Tanta tierra, la del patrón que él cuida, y tener que cargar pasto prensado y alambrado para quitarle el hambre a las vacas. Las manos que ajustan y cinchan dan con los yuyos que han segado en el camino: previsión medicinal para la casa. Perlilla, tabaquillo, té de burro, arrayán, atamisque... Mueve y ordena los manojos y la mezcla de fragancias le compone el hogar, resumido en una taza aromática. Pero se adueña del olfato la intensidad del tomillo y Pedro Pascual quiere compararlo con algo y no acierta, hasta que piensa, seguro: "...este es el rey, porque le da olor al campo".
¿Eso, el tren del rey? ¿Una maquinita y un vagón dándose humo? No puede ser; sin embargo, la gente dice...
Pedro Pascual desatiende. Lo llama esa carga de nubes azuladas, bajonas, que están tapando el cielo. Se siente como traicionado, como si lo hubieran distraído con un juguete zampándole por la espalda la tormenta. No obstante, ¿por qué ese disgusto y esa preocupación? ¿No es agua lo que precisa el campo? Sí, pero... su campo está más allá de la Loma de los Sapos.
La maquinita pita al dejar de lado la estación y a Pedro Pascual le parece que ha asustado las nubes. Se arremolinan, cambian de rumbo, se abren, como rajadas, como pechadas por un soplido formidable. El sol recae en la arena gris y amarronada y Pedro Pascual siente como si lo iluminara por dentro, porque el frente de nubes semeja haber reculado para llevarle el agua adonde él la precisa.
Ahora Pedro Pascual se reintegra al sitio donde está parado. Ahora lo entiende todo: la maquinita era algo así como un rastreador, o como un payaso que encabeza el desfile del circo. El "tren del rey", el tren que debe ser distinto de todos los trenes que se escapan por los rieles, viene más serio, allá al fondo.
Es distinto, se dice Pedro Pascual. Se da razones; porque en el miriñaque tiene unos escudos, y dos banderas. . . ¿Y por qué más? Porque parece deshabitado, con las ventanillas caídas, y nadie que se asome, nadie que baje o suba. El maquinista, allá, y un guarda, acá, y en las losetas de portland de la estación un milico cuadrado haciendo el saludo, ¿a quién?
La poblada, que no se animaba, se cuela en el andén y nadie la ataja. Los chicos están como chupados por lo que no ocurre. Los hombres caminan, largo a largo, pisan fuerte, y harían ruido si pudieran, pero las alpargatas no suenan. Se hablan alto, por mostrar coraje, mas ni uno solo mira el tren, como si no estuviera.
Después, cuando se va, sí, se quedan mirándole la cola y a los comentarios:
"¡ Será! ... "
Antes que el tren sea una memoria, llega de atrás el avioncito obsequioso, dispuesto a no perderle los pasos.

Tendrá que arrepentirse, Pedro Pascual, de la curiosidad y de la demora; aunque poco tiempo le será dado para su arrepentimiento.
A una hora de marcha de la estación, donde ya no hay puestos de cabras, lo recibe y lo acosa, lo ciega el agua del cielo. Lo achica, lo voltea, como si quisiera tirarlo a un pozo. Lo acobarda, le mete miedo, trenzada con los refusilos que son de una pureza como la de la hoja del más peligroso acero.
Pedro Pascual deja el pescante. No quiere abandonar el caballito; pero el monte es achaparrado y apenas cabe él, en cuclillas. El animal humilde, obediente a una orden no pronunciada, se queda en la huella con el chaparrón en los lomos.
Entonces sucede. El rayo se desgarra como una llamarada blanca y prende en el alpataco de ramas curvas que daban amparo al hombre. Pedro Pascual alcanza a gritar, mientras se achicharra. Ruido hace, de achicharrarse.
El caballo, a unos metros, relincha de pavor, ciego de luz, y se desemboca a la noche con el lastre del carro y el pasto que le hunde las ruedas en la arena y en el agua, pero no lo frena.
Clarea en el bajo, mas no en los ojos del animal.
Ha huido toda la noche. Afloja el paso, somnoliento y vencido, y se detiene. El carro le pesa como un tirón a lo largo de las varas; sin embargo, lo aguanta. Cabecea un sueño. La pititorra picotea la superficie del pasto y a saltitos lleva su osadía por todo el dorso del caballo, hasta la cabeza. El animal despierta y se sacude y el pajarito le vuela en torno y deja a la vista las plumas blancas del pecho, adorno de su masa gris pardusca. Después lo abandona.
El cuadrúpedo obedece al hambre, más que a la fatiga. El pasto mojado de su carga le alerta las narices. Hunde el casco, afirma el remo, para darse impulso, y sale a buscar.
Huele, tras de orientarse, si bien donde está ya no hay ni la huella que ayuda y el silencio es tan imperioso que el animal ni relincha, como si participara de una mudez y una sordera universales.
El sol golpea en la arena, rebota y se le mete en la garganta.
No es difícil todavía beber, porque la lluvia reciente se ha aposentado al pie de los algarrobos y el ramaje la defiende de una rápida evaporación.
El olor de las vainas le remueve el instinto, por la experiencia de otro día de hambre desesperada, pero el algarrobo, con sus espinas, le acuchilla los labios.
El atardecer calma el día y concede un descanso al animal.
La nueva luz revela una huella triple, que viene al carro, se enmaraña y se devuelve. La formaron las patitas, que apenas se levantan, del pichiciego, el Juan Calado, el del vestido trunco de algodón de vidrio. El pasto enfardado pudo ser su golosina de una noche; estacionado, su eterno almacén. Muy elevado, sin embargo, para sus cortas piernas.
Muy feo, además, como indicio del desamparo y la pasividad del caballo de los ojos impedidos. Ahí está, débil, consumiéndose, incapaz de responder a las urgencias de su estómago.
Una perdiz se desanuda del monte y levanta con sus pitidos el miedo que empieza a gobernar, más que el hambre, al animal uncido al carro. Es que vienen volteando los yaguarondíes. La perdiz lo sabe; el caballo no lo sabe, pero se le avisa, por dentro.
Los dos gatazos, moro el uno, canela el otro, se tumban por juego, ruedan empelotados y con las manos afelpadas se amagan y se sacuden aunque sin daño, reservadas las uñas para la presa incauta o lerda que ya vendrá.
El caballo se moja repentinamente los ijares y dispara. El ruido excesivo, ese ruido que no es del desierto, ahuyenta a los yaguarondíes, si bien eso no está en los alcances del carguero y él tira al médano.
La arena es blanda y blandas son las curvas de sus lomadas. Otra, de rectas precisas, es la geometría del carro que se esfuerza por montarlas.
Sin embargo, en esa guerra de arena tiene un resuello el animal. Ofuscado y resoplante, tupidas las fosas nasales, no ha sondeado en largo rato en busca de alimento, pero el pie, como bola loca, ha dado con una mancha áspera de solupe. La cabeza, por fin, puede inclinarse por algo que no sea el cansancio. Los labios rastrean codiciosos hasta que dan con los tallos rígidos. Es como tragarse un palo; no obstante, el estómago los recibe con rumores de bienvenida.
El ramillete de finas hojas del coirón se ampara en la reciedumbre del solupe y, para prolongar las horas mansas del desquite de tanta hambruna, el coirón comestible se enlaza más abajo con los tallos tiernos del telquí de las ramitas decumbentes.
El olor de una planta ha denunciado la otra, mas nada revela el agua, y el animal retorna, con otro día, hacia las "islas" de monte que suelen encofrarla.
Un bañado turbio, que no refleja la luz, un bañado decadente que morirá con tres soles, lo retiene y lo retiene como un querido corral.
Las islas y las isletas se pueblan de sedientos animales en tránsito; disminuye su población cuando unos se dañan a otros, sin llegar a vaciarse.
El caballo se perturba con la vecindad vocinglera y reñidora, aunque nadie, todavía, se ha metido con él. Un día guarda distancia, condenándose al sol del arenal; al otro se arriesga y puede roer la miseria de la corteza del retamo.
De las islas se suelta la liebre. Ahonda su refugio el cuye. El zorro prescinde de su odio a la luz solar y deja ver a campo abierto su cola ampulosa detrás del cuerpo pobrete. Sólo en el ramaje queda vida, la de los pájaros; pero ellos también se silencian: viene el puma, el bandido rapado, el taimado que parece chiquito adelante y crece en su tren trasero para ayudar el salto.
No busca el agua, no comerá conejos. Desde lejos ha oteado en descubierto el caballo sin hombre. Se adelanta en contra del viento.
A favor, en cambio, tiene el aire una yegua guacha, libre, que no conoció jamás montura ni arreo alguno. Acude a las islas, por agua.
La inesperada presencia del macho la hace relinchar de gozo y el caballo en las varas vuelca la cabeza como si pudiera ver, armando sólo un revuelo de moscas. En los últimos metros, la yegua presume con un trotecito y al final se exhibe, delante, cejada, con sus largas crines y su cuerpo sano.
En el caballo resucita el ansia carnal. Si ella postergó la sed, él puede superar la declinación física.
Se arrima, se arriman él y su carro. La hembra desconfía de ese desplazamiento monstruoso, no entiende cómo se mueve el carro cuando se mueve el macho. Corcovea, se escurre al acercamiento de las cabezas que él intenta, como un extraño y atávico parlamento previo.
Brinca ella, excitada y recelosa; se aturde por el ímpetu cálido que la recorre. Y aturdida, conmovida, descuidada, depone su guardia montaraz y rueda con un relincho de pánico al primer salto y el primer zarpazo del puma.
Como herido en sus carnes, como perseguido por la fiera que está sangrando a la hembra, el caballo enloquece en una disparada que es traqueteo penoso rumbo adentro del arenal.
Corta fue la arena para el terror. La uña pisa ya la ciénaga salitrosa. Es una adherencia, un arrastre que pareciera chuparlo hacia el fondo del suelo. Tiene que salir, pero sale a la planicie blanca, apenas de cuando en cuando moteada por la arenilla.
Gana fuerzas para otro empujoncito mascando vidriera, la hija solitaria del salitral, una hoja como de papel que envuelve el tallo alto de dos metros igual que si apañara un bastón
Más adelante persigue los olores. Huele con avidez. Capta algo en el aire y se empeña tras de eso, con su paso de enfermo, hasta que lo pierde y se pierde.
Ahora percibe el olor de pasto, de pasto pastoso, jugoso, de corral. Lo ventea y mastica el freno como si mascara pasto. Masca, huele y gira para alcanzar lo que imagina que masca. Está oliendo el pasto de su carro, persiguiendo enfebrecido lo que carga detrás. Ronda una ronda mortal. El carro hace huella, se atasca y ya no puede, el caballejo, salir adelante. Tira, saca pecho y patina. Su última vida se gasta.
Tan sequito está, tan flaco, que luego, al otro o al otro día, como ya no gravita nada, el peso de los fardos echa el carro hacia atrás, las varas apuntan al firmamento y el cuerpo vencido queda colgado en el aire.
Por allá, entretanto, acude con su oscura vestimenta el jote, el que no come solo.

Un setiembre

Lavado está el carro, lavados los huesos, más que de lluvia, por las emanaciones corrosivas y purificadoras del salitre.
Ruina son los huesos, caídos y dispersos, perdida la jaula del pellejo. Pero en una punta de vara enredó sus cueros el cabezal del arreo y se ha hecho bolsa que contiene, boca arriba, el largo cráneo medio pelado.
Sobre la ruina transcurre la vida, a la búsqueda de la seguridad de subsistencia: una bandada de catitas celestes, casi azules los machos, de un blanco apenas bañado de cielo las hembras.
Con ellas, una pareja de palomas torcazas emigra de la sequía puntana. Ya descubren, desde el vuelo, la excitante floración del chañar brea, que anchamente pinta de amarillo los montes del oeste.
Sin embargo, la palomita del fresco plumaje pardo comprende que no podrá llegar con su carga de madre. Se le revela, abajo, en medio de la tensa aridez del salitral, el carro que puede ser apoyo y refugio. Hace dos círculos en el aire, para descender. Zurea, para advertir al palomo que no lo sigue. Pero el macho no se detiene y la familia se deshace.
No importa, porque la madre ha encontrado nido hecho donde alumbrar sus huevos. Como una mano combada, para recibir el agua o la semilla, la cabeza invertida del caballito ciego acoge en el fondo a la dulcísima ave. Después, cuando se abran los huevos, será una caja de trinos.