jueves, 18 de febrero de 2016

Eudora Welty:Por qué vivo en la oficina de correos

Por Qué Vivo En La Oficina De Correos 


Yo me llevaba de maravilla con mamá, Papá-Daddy y el tío Rondo hasta que volvió a casa mi hermana Stella-Rondo, que se había separado de su marido. ¡El señor Whitaker! Fui yo la que salió primero con el señor Whitaker cuando apareció en China Grove haciendo fotos de esas de «pose usted mismo», pero Stella-Rondo consiguió separarnos. Le dijo que yo era asimétrica, ya sabéis, más grande de un lado que de otro, que no es más que una mentira malintencionada. Yo soy normal. Stella-Rondo es justo doce meses más pequeña que yo y precisamente por eso es la niña mimada.
Ella conseguía siempre lo que se le antojaba, para luego destrozarlo. Papá-Daddy le regaló un precioso collar cuando tenía ocho años y lo rompió jugando al béisbol a los nueve.

Y en cuanto se casó y se marchó de casa, lo primero que se le ocurrió fue separarse. ¡Del señor
Whitaker! El fotógrafo de ojos saltones en quien decía que confiaba tanto. Y volvió a casa desde uno de esos pueblecitos de Illinois y, ante nuestra absoluta sorpresa, con una hija de dos años.
Mamá se llevó un susto de muerte, según dijo, cuando la vio aparecer.
—Te presentas  aquí con esta niñita rubia tan preciosa de la que ni a tu  propia madre habías escrito una palabra —dice mamá—. Me avergüenzo de ti. —Pero se veía que no se avergonzaba de ella.
Y Stella-Rondo va y sin inmutarse se quita muy tranquila aquel sombrero; tendríais que haberlo visto. Y va y dice:
—Pero, mamá, Shirley-T. es adoptada. Puedo demostrarlo.
—¿Cómo? —dice mamá; aunque yo dije solo:
—¡ Mmmmm !
Yo estaba en la cocina, intentando que dos pollos dieran para cinco personas y, además, para una niñita absolutamente inesperada.
—¿Qué quieres decir con ese «Mmmmm»? —me preguntó Stella-Rondo. Y mamá va y dice:
—Lo he oído, Hermana.
Bueno, les aclaré que no quería decir nada, solo que fuera quien fuese Shirley-T., era la viva imagen de Papá-Daddy si se afeitara, lo cual, desde luego, no haría por nada del mundo. Papá- Daddy es el padre de mamá y tiene muy mal genio.
Stella-Rondo se puso furiosa.
—Hermana —dijo—. Todo el mundo sabe que eres una histérica. Siempre lo has sido. Te agradeceré que no vuelvas a hacer comentarios de ningún tipo sobre mi hija adoptiva.
—Está bien —contesté—. Está bien, está bien. En fin, yo he visto enseguida que se parecía también a la familia del señor Whitaker. Ese ceño. Es como un cruce de Papá-Daddy y el señor Whitaker.
—Bueno. Pues yo te digo que no lo es.
—Ay, a mí me parece la viva imagen de Shirley Temple —dice mamá, pero Shirley-T. se zafó enseguida de ella.
En fin, lo primero que hizo Stella-Rondo en la mesa fue poner a Papá-Daddy en mi contra. Va y le dice:
—¡Papá-Daddy! —Él se había puesto a cortar la carne—. ¡Papá-Daddy! —A mí me cogió de sorpresa.
Papá-Daddy tiene como un millón de años y una  barba larguísima—. Papá-Daddy, Hermana dice que no entiende por qué no te cortas la barba.
Papá-Daddy dejó el tenedor y el cuchillo. Papá-Daddy es muy rico, mamá dice que lo es; él dice que no lo es. Bueno, pues va y dice:
—¿He oído bien? ¡Así que no comprendes por qué no me corto la barba!
—¡Oh, Papá-Daddy! —contesto yo—, pues claro que lo comprendo. Yo no he dicho semejante cosa; qué tontería.
—¡Descarada! —dice él.
—¡Papá-Daddy —exclamo yo—, tú sabes perfectamente que no tengo el menor interés en que te cortes la barba! ¡Ni siquiera se me ha pasado por la cabeza tal cosa! Eso se lo ha inventado Stella- Rondo mientras se comía ahí sentada una pechuga de pollo.
Pero él va y me contesta:
—Así que la administradora de correos no consigue entender por qué no me corto la barba. Tienes el trabajo que tienes gracias a mis influencias en el gobierno. Un nido de pájaros le llamas tú, ¿verdad?
Esto no quiere decir que no sea la segunda oficina de todo el estado de Mississippi, empezando por las más pequeñas, claro.
—¡Oh, vamos, Papá-Daddy! —le digo—. Yo nunca he dicho semejante cosa —insisto—. Nunca he dicho que fuera un nido de pájaros y siempre me he sentido agradecida, aunque por su tamaño sea la penúltima oficina de correos de todo el estado de Mississippi, y, la verdad, he de decirte que no me hace ninguna gracia que mi propio abuelo me llame descarada.
Pero Stella-Rondo va y suelta:
—Claro que lo has dicho. Te ha podido oír todo el que tenga oídos.
—¡Ya basta! —grita mamá mirándome a mí.
Así que puse otra vez la servilleta en el servilletero y me levanté de la mesa. Nada más salir de la habitación, oigo que mamá ordena:
—Llámala y dile que vuelva o se morirá de hambre. Pero Papá-Daddy dice:
—Esta es la barba que empezó a crecerme en la costa cuando tenía quince años...
Y hubiera seguido hasta el anochecer si Shirley-T. no hubiera perdido las Milky Way que había comido en Cairo.
Y Papá-Daddy va y dice:
—Voy a echarme en la hamaca; podéis seguir aquí sentados, pero no olvidéis esto: no me cortaré la barba ni siquiera un milímetro mientras viva, me da igual lo que digáis.
Pasó junto a mí en la entrada y salió al patio, directo hacia la hamaca.
Debía de ser un día festivo, pues no pasaron cinco minutos cuando apareció de pronto el tío Rondo en el vestíbulo, con un quimono encarnado de Stella-Rondo, todo cortado al sesgo, seguramente una prenda que al señor Whitaker debía de parecerle magnífica.
—¡Tío Rondo! —le digo—. ¡Note he reconocido! ¿Adónde vas?
—Hermana —contesta él—. Quítate de mi camino. Estoy envenenado.
—Pues entonces procura no acercarte a Papá-Daddy —le digo—. Mejor que ni siquiera te acerques a la hamaca. Te aseguro que si te pones a su alcance te pegará. Está convencido de que dije a propósito que debía cortarse la barba, pese a haberme conseguido el trabajo de correos; le he dicho y repetido una y mil veces que es mentira, pero hace como si no me oyera. Debe de haberse quedado sordo como una tapia.
—Pues ha elegido un buen día —dice el tío  Rondo; y desapareció hacia el patio sin darme tiempo a abrir la boca.
Se había bebido otra botella de aquella receta. Siempre lo hace el Cuatro de Julio, y cuesta muchísimo dinero. Luego va y se tumba a roncar en la hamaca. Hacia ella iba, caminando en zigzag como un tonto.
Papá-Daddy despertó con aquel grito horrible y, sin moverse un milímetro, allí mismo, intentó poner al tío Rondo en mi contra. Oí todo lo que dijo. Le contó que yo no había aprendido a leer hasta los ocho años y que no comprendía cómo diablos me las arreglaba para hacer mi trabajo en correos, y le dijo que no se  imaginaba siquiera las cosas que había tenido que hacer para conseguirme aquel empleo. Y añadió que, en cambio, Stella-Rondo le parecía inteligentísima y que tenía mucho mérito por haberse marchado del pueblo. Todo esto lo decía allí tumbado en la hamaca. En fin, el tío Rondo estaba demasiado mareado para ponerse en mi contra, de momento. Es el único hermano de mamá y es un caso perfecto de mentalidad unilateral. Todo el mundo lo sabe. Es boticario titulado.
Y justo entonces oí que Stella-Rondo abría las ventanas de arriba. Desde que se casó, se le metió en la cabeza la extraña idea de que se está más fresco con las ventanas herméticamente cerradas.
Así que tiene que abrir la ventana si quiere que la oigan fuera.
Va y sube la ventana y dice:
—¡ Oh! —Parecía herida de muerte.
El tío Rondo y Papá-Daddy ni siquiera alzaron la vista; siguieron como si nada. A mí se me escapó la risa.
Corrí escaleras arriba, abrí la puerta de un empujón y voy y le digo:
—¿Se puede saber qué pasa, Stella-Rondo? ¿Acaso estás herida de muerte?
—No —me contesta—. No estoy herida de muerte, pero quisiera que me hicieras el favor de asomarte a esta ventana y decirme lo que ves.
Así que me protegí los ojos y me asomé a la ventana.
—Veo el patio de delante —digo yo.
—¿Y no ves seres humanos? —dice ella.
—Veo al tío Rondo intentando echar a Papá-Daddy de la hamaca —respondo—. Solo eso. Y, la verdad, hace un calor tan sofocante en la casa, con todas las ventanas herméticamente cerradas, que el que no quiera volverse loco tiene que salir a sentarse en la hamaca antes de que termine el Cuatro de Julio.
—Pero ¿no notas algo raro en el tío Rondo? —pregunta Stella-Rondo.
—Pues no, a no ser que te refieras a ese espantoso disfraz encarnado que lleva; desde luego no me haría ninguna gracia morirme con eso puesto... Yo no veo nada más —le contesto.
—No te preocupes, no te morirás con eso puesto, porque da la casualidad de que forma parte de mi ajuar y el señor Whitaker me hizo montones de fotografías vestida con eso —dice Stella-Rondo—.
Pero qué diablos pretenderá el tío Rondo poniéndose mi quimono y saliendo fuera, sin decir siquiera esta boca es mía, sabiendo que he llegado a casa esta mañana recién separada y que con lo nerviosísima que estaba lo he colgado en la puerta del cuarto de baño...
—Mira, hermana, yo no tengo ni idea. ¿Qué quieres que haga? —le digo—. ¿Que me tire por la ventana?
—No, no quiero que hagas nada de eso. Pero, la verdad, parece un payaso con esa bata. Es solo eso —asegura—. Me revuelve el estómago.
—Pues le sienta bastante bien —digo—. Todo lo bien que le puede sentar a alguien. Así que salí en defensa del tío Rondo, que conste. Y añadí:
—Me parece que yo, en tu caso, si acabara de presentarme en casa con una criatura de dos años, de la que nunca hubiera dicho ni palabra, y sin dar explicación de ningún tipo de mi separación, me cuidaría muy mucho de ponerme a criticar así, tan a la ligera.
—Nada más llegar a esta casa te he pedido que no hicieras comentarios sobre mi hija adoptiva y me has dado palabra de honor de que no los harías —fue todo lo que dijo Stella-Rondo, y se puso a depilarse las cejas con unas pinzas baratísimas.
Así que me limité a cerrar de golpe la puerta al salir, y bajé a preparar unos tomatitos verdes encurtidos. Alguien tenía que hacerlo. Mamá, claro, había dado el día libre a las dos negras;
siempre dice que no habría forma humana de retenerlas en casa el Cuatro de Julio. Así que, claro,
ni siquiera lo intenta. Resulta que Jaypan se cayó al lago y por poco se ahoga.
Y cuando estoy en la cocina aparece mamá corriendo. Y va y dice, muy enfurruñada:
—Mmmmm... Al tío Rondo en el estado en que se encuentra no creo que le siente muy bien eso. Y menos todavía a la pobrecita Shirley-T., la adoptada. ¡Debería darte vergüenza!
En fin, esto me fastidió, la verdad.
—¡Vaya! Menos mal que es Stella-Rondo y no yo quien se ha presentado en casa con esa criatura tan rara. Si llego a ser yo la que vuelve de Illinois con esa chiquilla de dos años... Bueno, tiemblo solo de pensar el recibimiento que me habríais hecho, y lo que diríais si pretendiese además decidir la dieta de toda la familia...
—Será mejor que recuerdes, Hermana, que, en primer lugar, tú no te casaste con el señor Whitaker, ni te marchaste a vivir a Illinois —dice mamá blandiendo una cuchara delante de mis narices—. Pero, de haber sido tú, me habría sentido tan dichosa de veros a ti y a tu preciosa hijita adoptiva como lo estoy de ver a Stella-Rondo y a Shirley-T.
—No lo creo —le respondo.
—No me contradigas —dice mamá.
Le contesté que no me convencería aunque siguiera hablando hasta quedarse afónica. Y añadí:
—Y, además, sabes tan bien como yo que esa niña no es adoptada.
—No existe la menor duda de que lo es —dice mamá, tiesa como un palo.
—Mira, mamá, ten por seguro que es de Stella-Rondo, lo que pasa es que ella se niega a admitirlo.
—Bueno,  chica,  mira  —concluye  mamá—.  Creía  que  íbamos  a  pasar  un  Cuatro  de  Julio agradable y tú empiezas por no creer ni una palabra de lo que dice tu propia hermana pequeña.
—Esa es igual que la prima Anne Flo, que se fue a la tumba negando las verdades de la vida —le recuerdo.
—Ya te advertí que si mencionabas alguna vez a Annie Flo te daría una bofetada —dice mamá, y va y me da una bofetada.
—¡Muy bien! —exclamo yo—. Espera y verás.
—Yo... —empieza mamá—. Yo prefiero fiarme de lo que me dicen mis hijas, siempre que sea humanamente posible.
Bueno, tendríais que ver a mamá. Pesa unos noventa kilos y tiene unos pies pequeñísimos. Y, en aquel mismo instante, se me ocurrió algo espantoso de veras.
—Oye, mamá —le digo—, ¿tú crees que esa cría sabe hablar? Yo no sé si no será...
—¡No tenía más remedio que decirlo!—. Bueno, ya me entiendes —añado—. Te habrás fijado en que no le ha dicho una palabra a nadie desde que han llegado. Es lógico pensarlo —le digo así, con un gesto.
¡Bueno! Mamá y yo nos quedamos mirándonos. ¡Era terrible!
—Recuerdo que Joe Whitaker bebía como un cosaco. Yo creo, la verdad, que tomaba sustancias químicas. —Y, sin que mediara una palabra más, mamá corrió al pie de la escalera y gritó:
—¡Stella-Rondo! ¡Eeeee! ¡Stella-Rondo !
—¿Qué? —contesta Stella-Rondo desde arriba. Ni siquiera tenía la delicadeza de levantarse de la cama.
—¿Sabe hablar esa niña tuya? —pregunta.
—¿Que si sabe qué? —pregunta Stella-Rondo.
—Hablar, hablar —dice mamá—. ¡Blablablablabla! Y Stella-Rondo responde a gritos:
—¿Quién dice que no sabe hablar?
—Lo dice la Hermana —contesta mamá.
—Claro, no hacía falta que lo dijeras. Sé muy bien para quién de esta casa no significa nada la palabra de honor —afirma Stella-Rondo.
Acto seguido la voz yanqui más fuerte que había oído en toda mi vida grita:
—¡Popeye el Marin000 s0000y! —Y alguien empieza a dar brincos en el rellano de arriba.
—¡No solo habla, sino que sabe bailar zapateado! —grita Stella-Rondo—. Que es mucho más de lo que sabe hacer alguien a quien no quiero nombrar.
—¡Ay! Qué niña tan preciosa —exclama mamá, muy sorprendida—. Fíjate qué lista.  —Y empieza a decir niñerías. Luego se vuelve hacia mí y suelta—: Hermana, debería caérsete la cara de vergüenza. Sube ahora mismo y pídeles perdón a Stella-Rondo y a Shirley-T.
—¿Perdón por qué? —pregunto—. Yo solo quería saber si esa cría era normal; ahora que se ha demostrado que lo es, no tengo nada más que decir.
Pero mamá se dio la vuelta de golpe y se fue, muy enfadada. Subió al piso de arriba y abrazó a la niña. Creía que era adoptada. Stella-Rondo consiguió poner a mamá contra mí sin moverse del piso de arriba, mientras yo me quedaba sola y desamparada en la cocina sofocante. Con lo cual ya estaban enfadados conmigo mamá, Papá-Daddy y la niña, los tres del lado de Stella-Rondo.
El siguiente, el tío Rondo.
He de decir que el tío Rondo ha sido extraordinario conmigo en muchas ocasiones y que yo no estaba preparada en absoluto para todo lo que pasó. Stella-Rondo le hizo una vez una cosa horrorosa: rompió una cadena de mensajes de Flanders Field, tras lo cual él le quitó la radio que le había regalado y me la dio a mí. No os imagináis cómo se puso Stella-Rondo; durante seis meses tuvimos que llamarla solo Stella, porque si la llamábamos Stella-Rondo no contestaba. Yo siempre había pensado que el tío Rondo era el cerebro de la familia. En otra ocasión me mandó a Mammoth Cave con todos los gastos pagados.
Pero aquel día, el Cuatro de Julio, era cuando tomaba aquella receta.
Durante la cena, Stella-Rondo alza la voz y dice que creía que el tío Rondo debería comer algo. El tío Rondo dijo que tomaría solo unos bizcochitos y ketchup. Y ella misma se lo sirvió.
—¿Te parece bien ponerte a juguetear con el ketchup vestido con el quimono encarnado de Stella-Rondo? —comento yo. ¡Trataba de ser considerada! Si Stella-Rondo no velaba por su ajuar, alguien tenía que hacerlo.
—¿Alguna objeción? —pregunta el tío Rondo, a punto de verter todo el ketchup.
—No le hagas caso, tío Rondo —dice Stella-Rondo—. Hermana se ha pasado la tarde mirándote desde la ventana de mi cuarto y burlándose de la pinta que tienes.
—¿Qué? —salta el tío Rondo. El tío Rondo tiene un genio terrible. Si le pillas en un mal momento, arma un escándalo por menos de nada.
Y Stella-Rondo va y le dice:
—Hermana ha dicho: «La verdad es que el tío Rondo parece un payaso con ese quimono encarnado».
¿Recordáis quién lo ha dicho? ¿Lo recordáis?
El tío Rondo vierte todo el ketchup, se levanta de un salto de la silla, se quita furioso el quimono, lo tira al suelo sucio, lo pisotea. No habrá más remedio que mandarlo a Jackson a limpiar y plisar.
—¿Así que es eso lo que piensas de tu tío? —dice—. Parezco un payaso, ¿eh? ¡Bien! Esto es la gota que colma el vaso. Todo el santo día en casa sin nada que hacer y ahora resulta que te dedicas a hacer ese tipo de comentarios a mis espaldas...
—Yo no he dicho nada de eso, tío Rondo —respondo—. Pero tampoco diré quién lo ha dicho. Creo que te sienta muy bien el quimono. Cálmate y procura no comer y hablar al mismo tiempo — añado—. Creo que lo mejor sería que te echaras.
—Majaderías —dice el tío Rondo. Tendría que haberme dado cuenta de que se disponía a hacer algo espantoso. Claro que, en el precario estado en que se encontraba aquella noche, se tuvo que limitar a jugar al casino con Stella-Rondo, mamá y Shirley-T.; le dio a Shirley-T. una moneda con cara por ambos lados. La niña se quedó encantada con la moneda, y le llamó «papi». Pero a la mañana siguiente, a las seis y media, el tío Rondo tiró todo un paquete de cinco centavos de unos petardos que no habrían vendido en la tienda, lo tiró con todas sus fuerzas en mi dormitorio; y estallaron todos. No falló ni uno. A cualquier otro le habría fallado al menos uno.
En fin, yo soy extraordinariamente susceptible al ruido, a los ruidos de todo tipo, el médico siempre me decía que yo era la persona más sensible que había conocido en su vida, y bueno, me quedé sencillamente destrozada. ¡No podía ni comer! La gente me contó luego que el ruido se oyó hasta en el cementerio y la anciana Jep Patterson, que siempre se ha conservado muy bien, creyó que había llegado el día del Juicio Final y que iba a reunirse con toda su familia. Por lo general esto es muy tranquilo y silencioso.
Y tengo que deciros que no me llevó más de un minuto tomar una determinación. Mi situación era bien clara: tenía a toda la familia en mi contra, todos del lado de Stella-Rondo. Y yo soy muy orgullosa.
Así que decidí marcharme de inmediato a la oficina de correos. Allí hay espacio de sobra, en la parte de atrás, me dije.
En fin, no me anduve con rodeos a la hora de dar a entender a la familia cuáles eran mis intenciones. No intenté ocultarlas.
Les di la primera pista  cuando  entré donde estaban reunidos todos jugando a la mona y desenchufé el ventilador, con lo cual la cosa quedó bastante clara. Luego cogí del sofá el cojín que yo había hecho, lo saqué de detrás de Papá-Daddy. Dijo: «¡Uff!». Subí las escaleras más deprisa que Stella-Rondo y encontré al fin mi preciosa pulsera en su cómoda, debajo de un retrato de Nelson Eddy.
—Así que esas tenemos —dice el tío Rondo. Allí estaba, mordisqueando jamón—. Bueno, Hermana, me encantaría regalarte mi catre del ejército si encontraras sitio donde colocarlo, con tal de que te largaras cuanto antes y me permitieras vivir con un poco de paz. —El tío Rondo estuvo en Francia.
—Mis más sinceras gracias por el catre, pero «paz» no es precisamente la palabra que yo elegiría si tuviera que recurrir a tirar petardos a las seis y media de la mañana en la habitación de una chica
—le contesto—. Y en cuanto a dónde me propongo irme, me parece que olvidas mi puesto de administradora de correos de China Grove, Mississippi —le digo—. Siempre he tenido la oficina decorreos.
¡Bien! Eso les haría comprender de una vez por todas.
Salí de la casa y empecé a desenterrar unos cuantos dondiegos para plantarlos alrededor de la oficina de correos.
Eh, eh, eh! —dice mamá subiendo la ventana—. Da la casualidad de que esos dondiegos son míos. Todo lo que hay ahí plantado es mío. Que yo sepa, tú nunca has conseguido hacer crecer nada en toda tu vida.
—Está bien —le contesto—. Está bien, pero cogeré el helecho. Ni siquiera tú, mamá, vas a negarme que soy la única que ha regado el helecho. Y da la casualidad de que sé dónde tengo que mandar la tapa de una caja para que me envíen mil semillas variadas, no hay ni siquiera dos de la misma planta, y gratis.
—¡Oh! ¿Dónde? —pregunta mamá con avidez. Pero le respondo:
—Demasiado tarde, querida. Atiende tus asuntos, que yo atenderé los míos. Te enterarías de muchas cosas como esa si oyeras la radio. Ofertas increíbles. Puede conseguirse lo que se quiera, y gratis.
En fin, os diré además que fui y cogí la radio y los dejé con un palmo de narices, sobre todo a
Stella-Rondo, ya que había sido suya y sabía muy bien que no podía recuperarla, la demandaría inmediatamente. Y también cogí, con toda corrección, el motor de la máquina de coser que le habíamos regalado a mamá por Navidad en 1929, pagado casi enteramente por mí, y un calendario grande con las instrucciones de los primeros auxilios; en fin, el termómetro y el ukelele nadie podía decir que no fuesen míos; y me subí a la escalera y cogí todas las conservas que había preparado, todos los tarros, frutas, verduras, mermeladas... Luego me puse a arrancar los ganchos de los jarrones azules de la arcada del comedor.
—¿Quién te ha dado permiso para coger eso, señorita Remilgos? —dice mamá abanicándose con mucho  brío.
—Los compré yo y yo me cuidaré de ellos —le contesto—. Los colocaré a los lados de la ventana de la oficina de correos, así que podrás verlos cuando vayas a por la correspondencia, si tanto te gustan.
—¡De eso nada! No volveré a poner los pies en esa oficina de correos ni aunque viva cien años
—dice mamá—. ¡Desagradecida! ¡Después de todo el dinero que gastamos contigo en la Escuela Normal!
—¡Pues yo tampoco! —salta Stella-Rondo—. Puedes dejar allí mi correspondencia hasta que se pudra, que para lo que me importa... Nunca iré ni a por una sola carta...
—¡Como si me importara eso mucho! —digo yo—. ¿Y quién crees que se va a sentar a escribirte esas larguísimas cartas y postales, si es que puede saberse? ¿El señor Whitaker? Solo porque fue el único hombre que aterrizó en China Grove y porque le cazaste, haciendo trampas, claro, va a sentarse y a dedicarse a escribirte cartas y cartas, después de que vienes a casa así por las buenas y sin dar ningún tipo de explicaciones de tu separación ni sobre la existencia de esa niña.
Quizá es que no soy tan inteligente como tú, pero, la verdad, no lo entiendo.
Y mamá va y dice:
—Hermana, te he dicho un millón de veces que lo único que pasa es que Stella-Rondo nos echaba de menos y que esta niña es demasiado mayor para ser suya. —Y añade—: Bueno, ¿por qué no nos sentamos a jugar al casino?
Y entonces Shirley-T. va y me saca la lengua con aquella mueca absolutamente odiosa. Qué modales.
Le dije que si hacía aquella mueca un día se quedaría bizca para siempre.
—Ahora ya no hay nada que hacer —aseguro—. Deberíais haberlo intentado ayer. Me voy a la oficina de correos y seguramente la única forma de verme que tendréis será ir allí para visitarme.
Y Papá-Daddy dice:
—Pues no me verás poner los pies en esa oficina. Ni aunque se me ocurriera escribirle una carta a alguien. —Luego añade—: No tendrás ocasión de asomarte por aquel ventanuco viejo con unas tijeras en la mano y cortarme ni un pelo de mi barba. ¡Soy más listo de lo que tú te crees!
—¡Todos lo somos! —dice Stella-Rondo.
—Si eres tan lista, ¿dónde está el señor Whitaker? —le pregunto. Y va el tío Rondo y dice:
—Te agradeceré que a partir de ahora dejes de leer todos los pedidos que recibo en tarjetas y de contarle luego a todo China Grove lo que piensas de ellos.
Pero yo le contesto:
—Yo saco mis propias conclusiones y seguiré haciéndolo en el futuro. Si la gente quiere escribir sus secretos más íntimos en postales de un centavo nada podrás hacer tú para impedírmelo, tío Rondo.
—Y si te crees que volveremos a escribir otra postal, estás en un error lamentable —dice mamá.
—Pues muy bien, vengaos a vuestra propia costa —contesto—. Pero si estáis decididos a no tener ningún trato a partir de ahora con el servicio postal del país, pensad una cosa: ¿qué hará
Stella-Rondo si quiere decirle al señor Whitaker que venga a buscarla?
—¿Qué? —salta Stella-Rondo. Yo sabía que había estado llorando. Le dio un ataque de rabia allí mismo, en la cocina.
—A ver, a ver cuánto aguanta —digo—. En fin, tengo que irme.
—Adiós —dice el tío Rondo.
—¡Oh, válgame Dios —exclama mamá—, pensar que mi familia discutiría el Cuatro de Julio o al día siguiente porque Stella-Rondo haya dejado al señor Whitaker y por esta preciosísima criaturita adoptada! ¡Deberíamos estar todos felices!
—¡Uuuaaahh! —suelta Stella-Rondo, al borde del berrinche.
—Fue él quien la dejó a ella... No olvidéis lo que os digo —les advierto—. Así es el señor
Whitaker. Conozco al señor Whitaker. Recordad que yo le conocí primero. Desde el principio dije que se cansaría... y la dejaría. Predije todas y cada una de las cosas que han pasado.
—¿Y adónde se fue? —pregunta mamá.
—Seguro que al Polo Norte, si es que sabe lo que le conviene —contesto.
Pero Stella-Rondo lloraba a voz en grito y no podía decir ya una palabra más. Se fue corriendo a su cuarto y cerró la puerta de un portazo.
—Fíjate bien en lo que has hecho, mira lo que has conseguido, Hermana —reprende mamá—. Sube ahora mismo a pedirle perdón.
—No tengo tiempo, me voy —digo.
—Bueno, ¿a qué estás esperando, si puede saberse? —pregunta el tío Rondo.
Así que cogí el reloj de cocina y me marché sin pronunciar una palabra más y, por supuesto, sin despedirme de Stella-Rondo.
En aquel preciso momento pasaba por allí enfrente una chiquilla negra con una carretilla.
—Eh, negrita —le digo—. Ayúdame a subir todas estas cosas por la cuesta, que me voy a vivir a la oficina de correos.
Tuvo que hacer nueve viajes con la carretilla. El tío Rondo salió al porche y le tiró una moneda de cinco centavos.
Y esa fue la última vez que vi a mi familia y que mis familiares me vieron a mí desde hace ya cinco días completos, con sus correspondientes noches. Stella-Rondo debe de andar contando historias espantosas sobre el señor Whitaker, pero yo no he tenido que oírlas. Como siempre le digo a todo el mundo, saco mis propias conclusiones.
En fin, estoy muy bien aquí, estoy a gusto. Como digo, es ideal. Lo tengo todo ladeado, tal como a mí me gusta. ¿Oír la radio? Oigo todas las noticias de la guerra. Radio, máquina de coser, sujetalibros, la tabla de planchar y la lámpara grande del piano, y paz, que es lo que a mí me gusta. Y enredaderas por toda la fachada, por donde están las guías.
Claro que no hay mucha correspondencia. Mi familia es, claro, la más importante del pueblo y si ellos prefieren desaparecer de la faz de la tierra en cuanto al correo se refiere, en fin, allá ellos. Aquí en el pueblo algunos están de mi parte y otros están en mi contra. Sé muy bien quiénes están de mi parte y quiénes contra mí. Los hay que son capaces de dejar de comprar sellos solo para demostrar que están de parte de Papá-Daddy.
Pero en fin, aquí estoy y aquí seguiré. Y quiero que el mundo sepa que soy feliz.
Y desde luego, si en este instante apareciera aquí Stella-Rondo, se hincara de rodillas e intentara explicarme todos los detalles de su vida conyugal con el señor Whitaker, yo me taparía los oídos y no querría oír ni una palabra.

lunes, 8 de febrero de 2016

El sueño de los héroes de A. Bioy Casares

El sueño de los héroes




"A lo largo de tres días y de tres noches del carnaval de 1927 la vida de Emilio Gauna logró su primera y misteriosa culminación. Que alguien haya previsto el terrible término acordado y, desde lejos, haya alterado el fluir de los acontecimientos, es un punto difícil de resolver. Por cierto, una solución que señalara a un oscuro demiurgo como autor de los hechos que la pobre y presurosa inteligencia humana vagamente atribuye al destino, más que una luz nueva añadiría un problema nuevo. Lo que Gauna entrevió hacia el final de la tercera noche llegó a ser para él como un ansiado objeto mágico, obtenido y perdido en una prodigiosa aventura. Indagar esa experiencia, recuperarla, fue en los años inmediatos la conversada tarea que tanto lo desacreditó ante los amigos..."

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sábado, 6 de febrero de 2016

Desolación Olga Salcedo de Medina(Colmbia)

Desolación 

Olga Salcedo de Medina



1
En el sitio en donde desembocan dos calles for­mando una plazuela cerrada por pequeñas casas que suben y bajan en la orilla de andenes torcidos, ahí precisamente, comienza el barrio de Santa Librada. La plazuela sirve de estación a una línea de buses de itinerario fijo y de esta circunstancia toma el nombre: Plazuela de la Estación. Las otras calles, las in­teriores, son tristes, sórdidas y estrechas. Por donde transcurre, inmodificable, la vida de las gentes.
En el centro de la plazuela extiende sus ramas un viejo árbol de calabazo, tan viejo como acogedor y bueno, que sirve de apoyo a los trasnochadores, de refugio a los enamorados y es –al mismo tiempo­– alcahuete empedernido de caricias y de besos; mudo testigo de romances y mentiras; en su tronco arrugado se ahonda el tatuaje de nombres y de fechas y es a manera de un ícono al cual todos se acercan. En la esquina en donde comienza la plazuela está la fune­raria, con sus ataúdes negros y blancos apilados frente a los candelabros ennegrecidos por el tiempo, los Cru­cifijos de rostros desdibujados y toscas coronas de ce­ra. Es una casucha endeble, con techo de paja seme­jante a una cabeza despeinada; bajo el alero, orgullo­samente, aparece el nombre: Funeraria la Comodidad, y anexado un cartelito: "Cajones a plazo". En la misma casucha, en la puerta siguiente, está el Bar-café El Torbellino. El nombre, entre dos bombi­llas de luz anémica, una roja y otra azul, parece que hiciera guiños picarescos, cada vez que una bombilla se enciende y la otra se apaga. Colindante, pero au­dazmente lanzada a la plazuela, está la cocina popular. Es la fritanga de la niña Juana, quien todos los días, a las seis, inicia su faena. A esa hora la niña Juana, con su amplia falda de percal floreado, con su escote inmenso, con un heliotropo en la oreja, muy pintada y coquetona, enciende los carbones en el anafe, rústica hornilla portátil adaptada en una la­ta vacía. Se enrojecen los carbones, hierve la manteca en el caldero, se enfrían en la mesa los chorizos, las butifarras, las morcillas, los muslos y pechugas y me­nudencias de gallinas; lamidos por los ojos ávidos de chiquillos y perros hambrientos, mientras los hom­bres hacen ronda a la niña Juana devorando sus ca­deras y sus senos. A espaldas de la fritanga, el "establecimiento" de Yuspeppi, el zapatero remendón. Un poquito más allá la tienda de la niña Petra. Al doblar la otra esquina, buscando la calle del Mediopaso, vive Carmelina, la comadrona, muy amiga del Profe Moya, el maestro de escuela... Esto lo esencial. Por­que las demás calles, sin casas ni nombres ni personas determinadas, van y vienen como cualquier ca­lle, como cualquier nombre, como cualquier persona de arrabal.
¡Es carnaval!... Ningún vecino viste como Dios manda. El añoso calabazo está arreglado para el ca­so, con serpentinas, y caretas y máscaras, tiras de pa­pel brillante y leyendas alusivas. El señor Samuel, el dueño de la Funeraria La Comodidad, está disfra­zado de médico: con largo y roído saco negro; gafas sin vidrios; un tubo de caucho; unas tijeras y un serrucho, sentado frente a los ataúdes, corta y re­mienda, incansablemente, el abultado vientre de un muñeco de aserrín. De vez en cuando, bebe un sorbo de ron blanco, gritando: "Vengan los enfermos, los cojos, los ciegos, los que tienen un dolor, que yo los curaré". !En tanto, el hijo del propietario del bar-café El Torbellino, vestido de "muerte", siembra el pánico por las calles, atrapando con su guadaña a los transeúntes. Yuspeppies músico: con una totuma que tiene por cuerdas un alambre, toca imaginarias sinfonías ante el mudo auditorio de los zapatos viejos que le escuchan desde las butacas de los armarios, mostrando las lenguas de las suelas desprendidas. La comadrona es Cleopatra. Y el Profe Moya, convertido en Napoleón, imparte órdenes marciales de derecha a izquierda.
Por obra y gracia del carnaval impera la mentira y todos realizan aquello que alguna vez han soñado. Las niñas son señoritas de alto mundo, princesas, artistas de cine. Las viejas, niñas. Algunos hombres –fenómenos del subconsciente– son señoritas. Hay mariposas, gitanos, árabes, pendencieros, bailarines, Pierrots y Colombinas. Ladran los perros de dos patas... Rugen los tigres... Embisten los toros. .. Las danzas de pájaros y de diablos giran sobre sí, entre cantos y coplas. Y todos rinden pleitesía a Su Majestad Lastenia Primera, la reina electa en votación popular. En la puerta de su casa, hoy Palacio Real, Lastenia Primera, bajo un arco de palmas secas, vestida de tul blanco, con un manto rojo de tela barata, con corona de latón, los dedos y brazos repletos de joyas falsas, ríe feliz entre su cortejo de pajes y princesas. 
II
Al final del barrio, medio escondida por las "bellísimas" y "flor de la Habana", está una casita recién pintada, con la puerta y la ventana cerradas. Dentro de la casita, silenciosos se encuentran el marido y la mujer. Hace más de una hora llegó él y permanece sentado en una vieja mecedora de bejuco, con la cabeza recostada contra el espaldar, las manos cruzadas encima de las piernas. Próxima a él, la mujer va y viene, arreglando una cosa, cambiando de lugar otra, pendiente del menor movimiento de su hombre. Los minutos pasan lentos, pesados, angustiosos. La mujer revuelve en su cabeza las frases y palabras, en busca de alguna oportuna que disipe la preocupación del compañero. No la encuentra y al fin piensa: "Antes que oscurezca tengo que hablarle. No puedo acostarme en esta incertidumbre..." y resuelta, avanza hasta él, insinuando cariñosa:
–¿Quieres comer algo?... Te he preparado arroz... Conseguí un poco...
–¡No!– responde seco el marido.
La mujer se dirige entonces a la hornilla. Destapa la olla y revuelve el arroz, desganadamente. Las comadres del barrio le recomendaron a un nuevo santo milagroso y en él, cuyo nombre no recuerda bien, tiene puestas sus esperanzas. Lo invoca mentalmente, y observando hacia atrás, de reojo, habla en voz baja:
–¿Sabes mijo? He descubierto otra cueva de ratones... –Se agacha haciéndose la interesada en lo que dice y prosigue–. La niña Merce me prestó una trampa... ¿Quieres ver la cueva?
Se volvió de frente al hacer la pregunta. Pero el marido ni ve ni oye. Hundido en sí mismo, permanece inmóvil, tieso, como ausente. La mujer se limpia las manos con el borde de la falda y acercándose a la ventana, la entreabre lo suficiente para mirar fuera. Sonriendo dice:
–¿Te has dado cuenta, mijo, del entusiasmo de este año?... ¿La Reina es muy alegre, verdad?... ¡Y qué cantidad de danzas!... Dicen que la del Congo Grande ganará el primer premio. ¿No saldremos un ratico por ahí, Carmelo?... Vale la pena echar una miradita... Los...
–¡Cállate!– ruge Carmelo incorporándose. En pie, como animal en asecho observa de uno a otro lado y se desploma de nuevo en la mecedora de bejuco.
La mujer cierra la ventana. Sus movimientos son lentos y pausados. Las lágrimas le nublan la mirada.
Se encamina a la hornilla, y con los labios apretados revuelve, otra vez, la olla del arroz. Carmelo en silencio, en tanto, recuerda la escena...
Jugando con el sombrero llegó esa mañana donde el Patrón. Para disimular su complejo jugaba con el sombrero. Ocurría que cuando tenía que hablarle y sentía sobre sí su mirada dura y fría, no sabía qué hacer con sus manos ni con sus ojos. Se empequeñecía. Perdía toda noción de su condición humana. Tenía la evidencia que el Patrón podría ocasionarle nuevo trabajo. Y por ello fue a hablarle, a pesar de su miedo, de esa especie de compasión que le inspiraba su propia inferioridad, su ruego, su forma mendicante. Pero era preciso hacerlo y lo había hecho. ¡Cuánto había rogado! Como si fuese una mujer exhibió su miseria con la repugnancia de si mostrase una llaga. "Señor don Roberto... –había dicho– ¿cree usted que no cuesta rogar? ¡Da vergüenza! Pero hágalo por su madrecita... ¡Por los clavos de Cristo!... El se lo pagará... Escúcheme usted: mi mujer... "
El Patrón no lo dejó acabar. ¿Qué sabe el rico del dolor del pobre? ¿Qué comprende el feliz de la angustia del que sufre? ¿El que ríe de quien llora? ¿El harto de quien tiene hambre?... Le respondió que no podía dar a todos lo que pedían, porque él quedaría sin nada. ¿Empleo?... No había. ¿Préstamos?... ¡Bah!... ¿Con cuáles garantías? ¿Iba él a exponer su dinero? Por último lo mandó a salir diciéndole que estaba ocupado...
–¡Maldito!... ¡Maldito!... – dice en voz alta. poniéndose de pies.
La mujer que adivina, que sabe cuánto ocurre en el mundo interior de su marido, le pregunta ansiosamente, sin ocultar ya sus pensamientos:
–¿Visitaste a don Roberto?... ¿Te ofreció empleo?... ¿Te prestó algo?–
–¡Nada mija, nada!... –responde el hombre, rabiosamente–. Esos malditos tienen el corazón como la piedra. Me dijo lo mismo: ¡no hay empleo!... No tiene para prestarme!... ¡Será morirnos de hambre, mija!... ¿Qué otra cosa podemos hacer?... –y entre sollozos largos y hondos añadió–. ¡Malditos! Malditos ellos...
Salió, curvado por el peso de su angustia. La mujer, empequeñecida, vencida, tapó la olla del arroz. Por la calle bailaban alegremente las comparsas y las danzas. 
III

Al día siguiente, como a las diez, se lo trajeron muerto. La mujer había pasado la noche en vela en espera del regreso de Carmelo. Llegaron dos agentes de policía en un carro de ambulancia. Rodeaban el carro el propietario de la agencia funeraria; el hijo del dueño de El Torbellino; Yuspeppi; Carmelina, el Profe Moya y la niña Juana. Tras de ellos, como un río manso, avanzaban los vecinos cabizbajos... Sobre los rostros pintarrajeados, marchitos de trasnocho y sudor, se asomaba el espanto. Seguían al muerto los comentarios:
–Pobrecito Carmelo... buena persona sí era...
–Dios lo perdone...
El mismo se arrojó al río. Traía la nariz rota, llena de sangre coagulada. El rostro amoratado y las ropas empapadas. A la hora del entierro la mujer se abrazó al ataúd, una caja sin pintar ni pulir, burdamente forrada en tela. Mirando al marido muerto, dice:
–Ya nos quitaron la casita... Ahora se me va él, ¿para dónde cojo yo?...
En las entrañas de la mujer se remece el hijo en tanto que desde la calle suben los gritos alegres de los disfrazados y, más lejos aún, los tambores y las gaitas anuncian que es martes de carnaval.

viernes, 5 de febrero de 2016

La máscara de la muerte roja Edgar Allan Poe

La máscara de la muerte roja

Edgar Allan Poe


La "Muerte Roja" había devastado el país durante largo tiempo. Jamás una peste había sido tan fatal y tan espantosa. La sangre era encarnación y su sello: el rojo y el horror de la sangre. Comenzaba con agudos dolores, un vértigo repentino, y luego los poros sangraban y sobrevenía la muerte. Las manchas escarlata en el cuerpo y la cara de la víctima eran el bando de la peste, que la aislaba de toda ayuda y de toda simpatía, y la invasión, progreso y fin de la enfermedad se cumplían en media hora.
Pero el príncipe Próspero era feliz, intrépido y sagaz. Cuando sus dominios quedaron semidespoblados llamó a su lado a mil caballeros y damas de su corte, y se retiró con ellos al seguro encierro de una de sus abadías fortificadas. Era ésta de amplia y magnífica construcción y había sido creada por el excéntrico aunque majestuoso gusto del príncipe. Una sólida y altísima muralla la circundaba. Las puertas de la muralla eran de hierro. Una vez adentro, los cortesanos trajeron fraguas y pesados martillos y soldaron los cerrojos. Habían resuelto no dejar ninguna vía de ingreso o de salida a los súbitos impulsos de la desesperación o del frenesí. La abadía estaba ampliamente aprovisionada. Con precauciones semejantes, los cortesanos podían desafiar el contagio. Que el mundo exterior se las arreglara por su cuenta; entretanto era una locura afligirse. El príncipe había reunido todo lo necesario para los placeres. Había bufones, improvisadores, bailarines y músicos; había hermosura y vino. Todo eso y la seguridad estaban del lado de adentro. Afuera estaba la Muerte Roja.
Al cumplirse el quinto o sexto mes de su reclusión, y cuando la peste hacía los más terribles estragos, el príncipe Próspero ofreció a sus mil amigos un baile de máscaras de la más insólita magnificencia.
Aquella mascarada era un cuadro voluptuoso, pero permitan que antes les describa los salones donde se celebraba. Eran siete -una serie imperial de estancias-. En la mayoría de los palacios, la sucesión de salones forma una larga galería en línea recta, pues las dobles puertas se abren hasta adosarse a las paredes, permitiendo que la vista alcance la totalidad de la galería. Pero aquí se trataba de algo muy distinto, como cabía esperar del amor del príncipe por lo extraño. Las estancias se hallaban dispuestas con tal irregularidad que la visión no podía abarcar más de una a la vez. Cada veinte o treinta metros había un brusco recodo, y en cada uno nacía un nuevo efecto. A derecha e izquierda, en mitad de la pared, una alta y estrecha ventana gótica daba a un corredor cerrado que seguía el contorno de la serie de salones. Las ventanas tenían vitrales cuya coloración variaba con el tono dominante de la decoración del aposento. Si, por ejemplo, la cámara de la extremidad oriental tenía tapicerías azules, vívidamente azules eran sus ventanas. La segunda estancia ostentaba tapicerías y ornamentos purpúreos, y aquí los vitrales eran púrpura. La tercera era enteramente verde, y lo mismo los cristales. La cuarta había sido decorada e iluminada con tono naranja; la quinta, con blanco; la sexta, con violeta. El séptimo aposento aparecía completamente cubierto de colgaduras de terciopelo negro, que abarcaban el techo y la paredes, cayendo en pliegues sobre una alfombra del mismo material y tonalidad. Pero en esta cámara el color de las ventanas no correspondía a la decoración. Los cristales eran escarlata, tenían un color de sangre.
A pesar de la profusión de ornamentos de oro que aparecían aquí y allá o colgaban de los techos, en aquellas siete estancias no había lámparas ni candelabros. Las cámaras no estaban iluminadas con bujías o arañas. Pero en los corredores paralelos a la galería, y opuestos a cada ventana, se alzaban pesados trípodes que sostenían un ígneo brasero cuyos rayos se proyectaban a través de los cristales teñidos e iluminaban brillantemente cada estancia. Producían en esa forma multitud de resplandores tan vivos como fantásticos. Pero en la cámara del poniente, la cámara negra, el fuego que a través de los cristales de color de sangre se derramaba sobre las sombrías colgaduras, producía un efecto terriblemente siniestro, y daba una coloración tan extraña a los rostros de quienes penetraban en ella, que pocos eran lo bastante audaces para poner allí los pies. En este aposento, contra la pared del poniente, se apoyaba un gigantesco reloj de ébano. Su péndulo se balanceaba con un resonar sordo, pesado, monótono; y cuando el minutero había completado su circuito y la hora iba a sonar, de las entrañas de bronce del mecanismo nacía un tañido claro y resonante, lleno de música; mas su tono y su énfasis eran tales que, a cada hora, los músicos de la orquesta se veían obligados a interrumpir momentáneamente su ejecución para escuchar el sonido, y las parejas danzantes cesaban por fuerza sus evoluciones; durante un momento, en aquella alegre sociedad reinaba el desconcierto; y, mientras aún resonaban los tañidos del reloj, era posible observar que los más atolondrados palidecían y los de más edad y reflexión se pasaban la mano por la frente, como si se entregaran a una confusa meditación o a un ensueño. Pero apenas los ecos cesaban del todo, livianas risas nacían en la asamblea; los músicos se miraban entre sí, como sonriendo de su insensata nerviosidad, mientras se prometían en voz baja que el siguiente tañido del reloj no provocaría en ellos una emoción semejante. Mas, al cabo de sesenta y tres mil seiscientos segundos del Tiempo que huye, el reloj daba otra vez la hora, y otra vez nacían el desconcierto, el temblor y la meditación.
Pese a ello, la fiesta era alegre y magnífica. El príncipe tenía gustos singulares. Sus ojos se mostraban especialmente sensibles a los colores y sus efectos. Desdeñaba los caprichos de la mera moda. Sus planes eran audaces y ardientes, sus concepciones brillaban con bárbaro esplendor. Algunos podrían haber creído que estaba loco. Sus cortesanos sentían que no era así. Era necesario oírlo, verlo y tocarlo para tener la seguridad de que no lo estaba. El príncipe se había ocupado personalmente de gran parte de la decoración de las siete salas destinadas a la gran fiesta, su gusto había guiado la elección de los disfraces.
Grotescos eran éstos, a no dudarlo. Reinaba en ellos el brillo, el esplendor, lo picante y lo fantasmagórico. Veíanse figuras de arabesco, con siluetas y atuendos incongruentes, veíanse fantasías delirantes, como las que aman los locos. En verdad, en aquellas siete cámaras se movía, de un lado a otro, una multitud de sueños. Y aquellos sueños se contorsionaban en todas partes, cambiando de color al pasar por los aposentos, y haciendo que la extraña música de la orquesta pareciera el eco de sus pasos.
Mas otra vez tañe el reloj que se alza en el aposento de terciopelo. Por un momento todo queda inmóvil; todo es silencio, salvo la voz del reloj. Los sueños están helados, rígidos en sus posturas. Pero los ecos del tañido se pierden -apenas han durado un instante- y una risa ligera, a medias sofocada, flota tras ellos en su fuga. Otra vez crece la música, viven los sueños, contorsionándose al pasar por las ventanas, por las cuales irrumpen los rayos de los trípodes. Mas en la cámara que da al oeste ninguna máscara se aventura, pues la noche avanza y una luz más roja se filtra por los cristales de color de sangre; aterradora es la tiniebla de las colgaduras negras; y, para aquél cuyo pie se pose en la sombría alfombra, brota del reloj de ébano un ahogado resonar mucho más solemne que los que alcanzan a oír las máscaras entregadas a la lejana alegría de las otras estancias.
Congregábase densa multitud en estas últimas, donde afiebradamente latía el corazón de la vida. Continuaba la fiesta en su torbellino hasta el momento en que comenzaron a oírse los tañidos del reloj anunciando la medianoche. Calló entonces la música, como ya he dicho, y las evoluciones de los que bailaban se interrumpieron; y como antes, se produjo en todo una cesacion angustiosa. Mas esta vez el reloj debía tañer doce campanadas, y quizá por eso ocurrió que los pensamientos invadieron en mayor número las meditaciones de aquellos que reflexionaban entre la multitud entregada a la fiesta. Y quizá también por eso ocurrió que, antes de que los últimos ecos del carrillón se hubieran hundido en el silencio, muchos de los concurrentes tuvieron tiempo para advertir la presencia de una figura enmascarada que hasta entonces no había llamado la atención de nadie. Y, habiendo corrido en un susurro la noticia de aquella nueva presencia, alzóse al final un rumor que expresaba desaprobación, sorpresa y, finalmente, espanto, horror y repugnancia. En una asamblea de fantasmas como la que acabo de describir es de imaginar que una aparición ordinaria no hubiera provocado semejante conmoción. El desenfreno de aquella mascarada no tenía límites, pero la figura en cuestión lo ultrapasaba e iba incluso más allá de lo que el liberal criterio del príncipe toleraba. En el corazón de los más temerarios hay cuerdas que no pueden tocarse sin emoción. Aún el más relajado de los seres, para quien la vida y la muerte son igualmente un juego, sabe que hay cosas con las cuales no se puede jugar. Los concurrentes parecían sentir en lo más hondo que el traje y la apariencia del desconocido no revelaban ni ingenio ni decoro. Su figura, alta y flaca, estaba envuelta de la cabeza a los pies en una mortaja. La máscara que ocultaba el rostro se parecía de tal manera al semblante de un cadáver ya rígido, que el escrutinio más detallado se habría visto en dificultades para descubrir el engaño. Cierto, aquella frenética concurrencia podía tolerar, si no aprobar, semejante disfraz. Pero el enmascarado se había atrevido a asumir las apariencias de la Muerte Roja. Su mortaja estaba salpicada de sangre, y su amplia frente, así como el rostro, aparecían manchados por el horror escarlata.
Cuando los ojos del príncipe Próspero cayeron sobre la espectral imagen (que ahora, con un movimiento lento y solemne como para dar relieve a su papel, se paseaba entre los bailarines), convulsionóse en el primer momento con un estremecimiento de terror o de disgusto; pero inmediatamente su frente enrojeció de rabia.
-¿Quién se atreve -preguntó, con voz ronca, a los cortesanos que lo rodeaban-, quién se atreve a insultarnos con esta burla blasfematoria? ¡Apodérense de él y desenmascárenlo, para que sepamos a quién vamos a ahorcar al alba en las almenas!
Al pronunciar estas palabras, el príncipe Próspero se hallaba en el aposento del este, el aposento azul. Sus acentos resonaron alta y claramente en las siete estancias, pues el príncipe era hombre temerario y robusto, y la música acababa de cesar a una señal de su mano.
Con un grupo de pálidos cortesanos a su lado hallábase el príncipe en el aposento azul. Apenas hubo hablado, los presentes hicieron un movimiento en dirección al intruso, quien, en ese instante, se hallaba a su alcance y se acercaba al príncipe con paso sereno y cuidadoso. Mas la indecible aprensión que la insana apariencia de enmascarado había producido en los cortesanos impidió que nadie alzara la mano para detenerlo; y así, sin impedimentos, pasó éste a un metro del príncipe, y, mientras la vasta concurrencia retrocedía en un solo impulso hasta pegarse a las paredes, siguió andando ininterrumpidamente pero con el mismo y solemne paso que desde el principio lo había distinguido. Y de la cámara azul pasó la púrpura, de la púrpura a la verde, de la verde a la anaranjada, desde ésta a la blanca y de allí, a la violeta antes de que nadie se hubiera decidido a detenerlo. Mas entonces el príncipe Próspero, enloquecido por la ira y la vergüenza de su momentánea cobardía, se lanzó a la carrera a través de los seis aposentos, sin que nadie lo siguiera por el mortal terror que a todos paralizaba. Puñal en mano, acercóse impetuosamente hasta llegar a tres o cuatro pasos de la figura, que seguía alejándose, cuando ésta, al alcanzar el extremo del aposento de terciopelo, se volvió de golpe y enfrentó a su perseguidor. Oyóse un agudo grito, mientras el puñal caía resplandeciente sobre la negra alfombra, y el príncipe Próspero se desplomaba muerto. Poseídos por el terrible coraje de la desesperación, numerosas máscaras se lanzaron al aposento negro; pero, al apoderarse del desconocido, cuya alta figura permanecía erecta e inmóvil a la sombra del reloj de ébano, retrocedieron con inexpresable horror al descubrir que el sudario y la máscara cadavérica que con tanta rudeza habían aferrado no contenían ninguna figura tangible.
Y entonces reconocieron la presencia de la Muerte Roja. Había venido como un ladrón en la noche. Y uno por uno cayeron los convidados en las salas de orgía manchadas de sangre y cada uno murió en la desesperada actitud de su caida. Y la vida del reloj de ébano se apagó con la del último de aquellos alegres seres. Y las llamas de los trípodes expiraron. Y las tinieblas, y la corrupción, y la Muerte Roja lo dominaron todo.



jueves, 4 de febrero de 2016

OFFENBACH, crónica de Guillermo Cabrera Infante sobre su gato.

OFFENBACH, crónica de Guillermo Cabrera Infante sobre su gato.


Jaime Diego Jacobo Yago Santiago Offenbach llegó a nuestra vida, sin todos esos nombres, hace exactamente seis años, sin previsión y de repente, como los milagros. Sucedió que un día fui a ver a un amigo, a quien yo visitaba a menudo, y allí estaba, imprevisto, imprevisible, Offenbach, entonces un largo gato flaco y blanco que se subía por las cortinas y casi trepaba las paredes para luego venir a mi regazo, de un salto inaudito, comenzó a hacer los más extraños ruidos oídos jamás por mí: así debían cantar las sirenas. Al otro día llevé a Anita y a Carolita, mis dos hijas, a que lo conocieran. También iba Miriam Gómez. (Aquí tengo que hacer un paréntesis deshonroso: es necesario decir que Miriam Gómez siempre quiso, ya desde Cuba, tener un gato siamés y que yo, que había tenido de niño toda clase de pets, desde cernícalos hasta una jutía, que es como una rata gigante y herbívora de los campos de Cuba, yo siempre había sentido un innato disgusto contra los gatos, y me negué a tener uno, siempre.) Offenbach, que aún no era Offenbach, tenía solamente dos meses de nacido.
Conquista de… unos y otros
A la semana de haber conocido a Offenbach la novia de mi amigo viajaba a Gibraltar y ellos no tenían quien se ocupara del gato. Decidimos todos que viniera a casa por esas dos semanas. (Para completar la ocasión fausta, a mi amigo se le había declarado una fuerte alergia nasal producida por… ¡el pelo de gato!)
La conquista fue rápida y mutua: Offenbach había encontrado su hogar definitivo, el sitio a que estaba destinado, y nosotros habíamos encontrado al gato pródigo. De más está decir que cuando su dueña entre comillas regresó de Gibraltar ya no era la dueña: ella misma se encargó de decir que habíamos nacido el uno para los otros, y viceversa. Offenbach, por mutuo consenso, se quedaría a vivir en casa.
El porqué de un nombre
Todos preguntan por qué Offenbach se llama Offenbach y cuando digo por qué nadie quiere creerlo. Sucede que en los primeros días Offenbach solía cantar. A veces lo hacía a las dos de la mañana y su canto era tan poco melodioso que ofendía a Bach.
Ruidos raros
También a medianoche Offenbach solía visitar nuestra cama para hacer los más raros ruidos. Al principio creímos que se sentía solo o mal y la mejor manera de calmarlo era pasarle la mano por el lomo. Pero esto sólo hacía aumentar los ruidos raros, hasta que supimos que eran ronroneos de felicidad y contento.
Offenbach cambia de casa
Hay una vieja regla inglesa que declara a los gatos más amantes del lugar que de sus dueños, y así hay miles de gatos abandonados en toda Inglaterra, simplemente porque sus dueños cambiaron de casa y decidieron dejar el gato detrás. Con Offenbach ocurrió todo lo contrario: él entró primero que nadie en la nueva casa y pronto estaba tan feliz, más feliz, que sus dueños: no era la primera, ni sería la última regla que Offenbach rompería.
¿Nadie es dueño de un gato?
Siempre había leído y oído decir que nadie es verdaderamente dueño de un gato, que se trata de una asociación libre que el gato puede romper cuando menos se lo espere y desaparecer para no volver jamás. No ocurre así con los siameses, a los que algunos llaman los gatos-perros, aunque en su nativa Siam eran llamados los gatos-monos. Offenbach es un siamés con puntos de lila.
Pedigree de
Offenbach es el único inglés de esta casa y aunque él se siente mejor al calor del sol, raro en Londres, sus padres y sus abuelos nacieron en Inglaterra. Fue por casualidad que supimos su pedigree: para nosotros Offenbach podía ser un gato de callejón y todavía ser el centro de la casa: nosotros también somos egipcios. Pero sucedió que un día nos vimos forzados a castrarlo –los siameses son criaturas eminentemente sexuales– para terminar con sus celos que lo torturaban y nos perturbaban. Seguimos la indicación de un veterinario, famoso porque escribe libros sobre gatos y perros, a cuya consulta asistimos.
Al llegar a la consulta y ver el veterinario a Offenbach nos preguntó si teníamos su pedigree. Los siameses con puntos de lila son una creación de los criadores ingleses y más raros que el siamés corriente, ese que tiene manchas de café en la cabeza y en las patas y en la cola. Nosotros ni sabíamos ni nos interesaba el pedigree de Offenbach. El veterinario nos preguntó a quién pertenecían sus padres y sólo pudimos decir quién nos lo había regalado, que a su vez lo había recibido de un cantante de pop. El veterinario consultó su memoria y pronto supimos que Offenbach era nieto de una gata propiedad de George Harrison, el músico Beatle. Pero todavía hay más: había una enfermedad de la realeza, como la hemofilia rusa. Offenbach era nieto de un gato de nombre impronunciable que había pasado a toda su progenie una enfermedad fatal del páncreas. Así supimos que todos los hermanos y primos de Offenbach estaban muertos, atacados de repente y por vómitos incoercibles. Offenbach había pasado el periodo peligroso y ahora está vivo solamente porque todas sus comidas llevan polvo de páncreas y no hace más que dos comidas al día, aunque él se las arregla para estirarla a tres. (Más más adelante.)
Como antes, mejor que antes
La castración no afectó a Offenbach más que en su relación con las gatas. En sus relaciones con nosotros si acaso se hizo más afectuoso y mimado. Ahora bien, Offenbach nunca ha abandonado la casa. Excepto por dos veces que se cayó de una ventana trasera abierta al verano al patio de abajo, lo que nos hizo recorrer todos los patios de la vecindad hasta acceder al patio indicado y encontrarlo más aterrado que aventurero.
Offenbach y los gatos
Offenbach jamás ha conocido la relación con otro gato y siempre se ha negado a reconocerse como tal: él se cree de veras un ser humano y, aunque esta creencia es siempre fatal para los animales, su comportamiento es tan humano que Miriam Gómez lo llamó un día “un gato animado”, recordando los gatos de Walt Disney et al.
Una vez un pintor amigo nos hizo atravesar Londres hasta Hampstead para que Offenbach conociera su gata siamesa, Zuzu. Todo iba bien por el camino (Offenbach no teme subir a un auto, solamente subir a un taxi, recordando tal vez que éste es el vehículo en que lo llevamos al veterinario, donde siempre ha sufrido heridas y pinchazos), pero, no bien llegamos a la casa, se engrifó, comenzó a escupir y se quedó aterrado en un rincón. Ver a la gata para él fue como para nosotros ver el demonio encarnado. Al regreso a la casa, Offenbach vomitó y defecó en el pasillo, como para demostrarnos físicamente su malestar espiritual.
A veces Offenbach añora las aventuras de los gatos que se ven por la ventana que da al patio, pero es una añoranza lejana, como si esos gatos fueran héroes de leyendas borrosas.
Un día ocurrió la confrontación inevitable. Compramos un espejo, que vino cuidadosamente envuelto. Curioso como todos los gatos, Offenbach quiso ver lo que contenía el paquete. Desempaquetamos, pues, el espejo que quedaba apoyado en el suelo a su altura y, no bien se vio, quedó fascinado con el espejo, tanto que le dio la vuelta, buscando su imagen que desaparecía en los bordes. Finalmente se enfermó ese día: tal vez acababa de reconocerse como gato. Lo cierto es que el espejo, que está en un extremo del pasillo, a la altura humana, aparece a menudo manchado en su parte inferior, con huellas que parecen de una nariz húmeda o de un lengüetazo. ¿Se habrá enamorado Offenbach, otro Narciso, de su imagen en el espejo?
El tercer gato
El tercer encentro de Offenbach con otro gato ocurrió un día que se apareció en la vecindad (el barrio está poblado por las más variadas especies gatunas) un gatico negro y joven, al que pusimos por nombre Blackie. Blackie era el gato más inteligente que hemos conocido y dio prueba de ello de una manera decisiva.
Blackie había visto a Offenbach sentado en mi mesa-escritorio y pegado a la ventana trasera, y ya desde abajo le intrigó este gato blanco y distante. Pronto atravesó todos los patios aledaños, salió a la calle de al lado, dio la vuelta a media manzana, seleccionó nuestra puerta entre tantas otras en la cuadra y vino a pararse en la ventana delantera, sentado en el poyo. (¡Ese periplo de Blackie es solamente comparable al de un ser humano entrando en un laberinto y encontrando la salida ipso facto!)
Hicimos entrar a Blackie, el pobre, tan amistoso como era, pero Offenbach lo rechazó violentamente y por primera y única vez en su vida atacó a Miriam Gómez que lo tenía cargado. Desde entonces, para dejar entrar a Blackie en la casa y darle de comer, había que encerrar a Offenbach en un cuarto primero.
Desgraciadamente, los días de Blackie en este mundo fueron pocos. Adoptado por una vecina, quien le había comprado un collar contra las pulgas, amaneció un día muerto, atropellado por un auto la madrugada anterior.
Aspecto de
La primera impresión que causa Offenbach es la de ser un gato extraño. Inmediatamente esta impresión es sustituida por la apreciación de su extraordinaria belleza. Largo y flaco, Offenbach tiene una cabeza pequeña y triangular y dominada por sus grandes ojos azules, hechos aún más azules por las manchas color lila que tiene en las orejas y el hocico. El resto del cuerpo es delgado y fuerte con una piel de raros tonos beige o, a veces, rosa pálido, que se vuelve morada en el rabo largo. Pero muchos días Offenbach amanece nevado y todo ese día es un gato color de hielo. Otras veces su tono beige se hace más oscuro y se vuelve como de caramelo, de algodón de azúcar fresa, de chocolate con leche, variando de hora en hora.
Offenbach es sumamente afectado y consciente de la tremenda impresión que produce su primera aparición. Así, camina poniendo una pata delantera delante de la otra, para parecerse a Marlene Dietrich en sus mejores tiempos, mientras la parte trasera de su cuerpo se mueve con el ritmo de un pugilista o de un cowboy del cine. Esta aparición hermafrodita causa asombro en quienes lo ven por vez primera y no han visto todavía su trote de tigre o su andar cauteloso de pantera en acecho, mientras embosca a su juguete preferido: una tapa de corcho o una bolita de papel. (Aquí habría que hablar de los juguetes de Offenbach, de cómo ha rechazado ratones de plástico animados para volver a sus viejos corchos o cómo, de un solo viaje, destroza un león de peluche y se lo come –de hecho se tragó medio león un día y estuvimos una semana esperando su muerte inminente, pero echó la mitad del león como se la había comido, con su centro de alambre saliente pero sin lastimarlo, milagrosamente.)
Offenbach y las hierofanías
Offenbach tiene un lugar reservado en la cocina para su comida, en un plato doble de plástico amarillo, colocado sobre un doyle de goma. Allí está también su platillo para la leche, un jarro con agua y, a veces, su vasija para las vitaminas B de adulto, que devora de tres en tres cada mañana.
Miriam Gómez, por su parte, ha colocado sobre mi buró una hierofanía: una copa de agua para los muertos de la familia, especialmente para mi madre. Desde el primer día que Offenbach la vio, decidió que la copa de agua era para él beber y dejó de beber en el jarro que tiene en su rincón para venir a saciar la sed encima de mi mesa de trabajo. Desde entonces se le incorporó al ritual, y no es raro ver a Offenbach venir y beber sobre mi mesa mientras escribo. No hay mejor compañía para la soledad del escritor de larga distancia.
El lenguaje de
Offenbach se comunica con nosotros con algo más que maullidos. Su repertorio de sonidos forma un lenguaje peculiar al que el oído adiestrado busca y encuentra significados.
Brrr es un ronroneo de placer y de contento.
Burrr es el ronroneo alargado hasta una forma de protesta: no hay que seguir acariciándolo, o se le debe acariciar en otra parte del cuerpo.
Miau es el saludo de por la mañana. Una especie de buenos días que Offenbach nunca deja de dar.
Miauuu es para pedir algo: desde la comida hasta que se le abra una ventana y sentir el olor del jardín.
Miuu es siempre una advertencia: significa que él está presente y por tanto se le puede pisar o, lo que es peor, pasar por alto.
Miu es un simple saludo a cualquier hora del día.
Miawou es el saludo a quienes regresan a la casa. Es también una forma de queja: ha estado demasiado tiempo solo.
Mia miau es una exigencia: la comida que se retrasa o alguien no quiere cargarlo o cederle un asiento.
Miau simple pero seguido o precedido de un bostezo, es soberano aburrimiento: no hay que olvidar que Offenbach es un purasangre y toda actitud en él es francamente soberana: no pide, exige.
Miaourrru es cuando quiere jugar.
Rorroua es siempre un rugido: un atavismo de la selva o rezagos del macho que todavía hay en él.
Hay muchas más entonaciones del maullido, pero se quedan para otro tratado: el lenguaje animal al nivel humano.
Otras voces, otros hábitos
Offenbach tiene un más amplio registro de voces, es solamente mi pobre transcripción que la limita.
Offenbach es tuerto. Es decir, no tiene visión –y con todo es imperfecta– más que en un ojo. Este defecto lo ha hecho, entre otras cosas, adoptar la costumbre de saludar, a quien llega a la casa por primera vez o después de mucho tiempo de no venir, subiéndose al regazo del visitante y acercando su nariz hasta la nariz del recién llegado. Es una forma especial de su saludo, pero pocos saben comprenderla.
Otro hábito de Offenbach es hacerse el centro de atención. Así en una reunión él busca siempre la sección de oro del grupo y allí, donde convergen todas las líneas de atención, se sienta él, adoptando a veces la pose de la “gallina empollando”, que es sentarse con todas las patas debajo del cuerpo y hacerse una compacta bola de pelos. Otra manera de atraer la atención cuando ésta es monopolizada por un periódico, por ejemplo, es venir a sentarse precisamente sobre la noticia que está uno leyendo. Cómo consigue tal precisión, es uno de sus misterios. Otro misterio suyo es saber, como él lo sabe, quién viene a la casa. Aunque vivimos en la planta baja de un edificio de cuatro pisos, donde entra y sale mucha gente, Offenbach sabe siempre cuándo es Miriam Gómez o Carolita, por ejemplo, quienes vienen, y aunque ha estado semidormido hasta ahora va corriendo a la puerta del apartamento a saludar a quien llega. Este alarde de presencia se hace particularmente agudo cuando se acercan las cuatro de la tarde, hora de la comida. Entonces Offenbach espera el regreso de Carolita de la escuela o acosa a Miriam Gómez por toda la casa para obtener su cena rápidamente.
Siempre se acerca él a la puerta a saludar a quien llega, después que la puerta se ha abierto –excepto cuando se trata del limpiador de ventanas, de quien corre a esconderse debajo de la cama, reptando hasta ocultarse del todo y sin salir de allí hasta que se va el limpiaventanas–. ¿Qué ocurrió entre Offenbach y el limpiador de ventanas? Nadie lo sabe. Este misterio se hace más espeso cuando digo que antes eran dos los limpiaventanas y llegaban con su escalera ambulante especial y terminada en punta. Pensamos que tal vez Offenbach le tenía miedo a esta escalera extraña, tan diferente a la escalera propia, donde él se sube el primero cuando la abrimos por cualquier motivo. Pero luego vinieron otros limpiadores sin escalera, y su miedo era igualmente pánico. Ahora es otra persona el limpiaventanas, un muchacho como de unos veinticinco años: a él también le tiene terror Offenbach. Quizás un día desvelemos el espeso misterio: ¿trauma infantil?, ¿atavismo?, ¿reacción pavloviana? Tal vez ni Pavlov, ni Freud, ni siquiera Lorenz, puedan explicar este comportamiento: Offenbach nos tiene acostumbrados a más de una muestra de conducta desusada en un gato. He aquí unas pocas.
Cuando alguien llega a la casa de visita y se queda solo en una habitación, Offenbach nunca se va de allí hasta que volvemos a la reunión. Nosotros bromeamos que el él nuestro gato-policía pero hay más que una broma en su comportamiento. Como hay más que una broma en su costumbre de no dejarme trabajar tarde en la noche, como yo acostumbraba, y el hábito gemelo de despertarme con un maullido particular a las nueve de cada mañana. O su extraordinaria habilidad para abrir puertas. O su peculiar sentido del humor. Sabido es que los gatos son animales sin humor, que se toman terriblemente en serio y que no soportan, como los perros, las bromas. Offenbach no es menos gato que los demás a este respecto, lo que sí es curioso es verlo gastándonos bromas. Para mí él tiene reservada una particularmente apropiada. Cada tarde, después del almuerzo, yo me siento a leer los periódicos y revistas en una silla en la sala. Ésta es mi silla. Todos los saben, incluso Offenbach. Pero en sus días jocosos no es raro verlo correr hacia la silla en cuanto me ve terminar de almorzar y encaminarme hacia ella para sentarse antes que yo. Su broma se continúa por su completa posesión del mueble, agarrado a sus travesaños como un náufrago a una balsa. Si intento levantarlo tendría que levantar la silla junto con Offenbach. La broma culmina siempre con la llegada providencial de Miriam Gómez que me conmina por todos los medios a dejar a Offenbach ocupar mi lugar: su diversión favorita.
Otra costumbre favorita de Offenbach es ocupar mi silla de trabajo. Ésta queda trabada debajo de la mesa de manera que más parece una gaveta que una silla: muchas veces cuando yo vengo a trabajar me encuentro la “gaveta” ocupada. Tengo entonces que cargar a Offenbach como si fuera un niño y depositarlo junto a la calefacción y debajo de mi mesa y además convencerlo con palabras ad hoc de que no debe irse: nadie comprende, hasta que tiene uno, la extrema susceptibilidad de los gatos.
Offenbach hace una tercera comida al día: ésta es la comida compartida con nosotros su familia. Pocos minutos antes de la hora de la cena él se sube a la mesa y sentado hierático espera que se sirva la comida. Casi nunca dice nada, excepto por un leve bostezo de aburrimiento cuando a veces la comida tarda demasiado. Cuando la mesa está servida, él mira sentado uno a uno a los comensales, todavía esperando. Offenbach espera ser alimentado de lo que comamos nosotros y, aunque rechaza toda carne que no sea conejo en su comida de por la tarde y pescado en la de por la mañana, él acepta comer de lo que comamos: pollo, carne de vaca, ternera, cordero, puerco, etc., etc. Muchas veces ha llegado a comer de la salsa preparada por Miriam Gómez y otras veces ha comido hasta papa y arroz, para desmentir a los que creen que los gatos no pueden ser vegetarianos: Offenbach, en la mesa, se muestra omnívoro. Es más, su amor por la comida compartida lo ha llevado hasta comer de nuestros postres: una hazaña increíble para todos los que saben que los gatos detestan el dulce, ya que sus papilas gustativas rechazan el sabor dulce tanto como las nuestras rechazan el sabor amargo. A veces, cuando la comida es totalmente vegetariana, Miriam Gómez le prepara a Offenbach un platillo con crema de leche, que él bebe sobre la mesa. Siempre que prueba de nuestra comida, va de comensal en comensal pidiendo silencioso, sin jamás mendigar, como haría un perro. Cuando ha probado de todos los platos, se baja de la mesa tan silencioso y rápido como subió a ella. Lo más curioso es saber que Offenbach sube a la mesa por las tardes, ya que al medio día siempre almorzamos ligero: una sopa, un sándwich, una tortilla: comidas todas que no tienen el menor interés para él. Su momento malo en la mesa llega cuando tenemos visita a comer: hay que encerrarlo en un cuarto hasta que esté terminada la cena. Es entonces que sale y se refugia en cualquier rincón, lejos de los seres humanos que lo han ofendido relegándolo a su ostracismo.
Offenbach y el universo
Alguen me preguntaba una vez cómo había afectado mi vida la llegada de Offenbach. Dije o creo que dije que mi vida se podía dividir en antes y después de Offenbach. Lo mismo ocurre con la llegada de mi mujer, Miriam Gómez, a mi vida, o de mis hijas. Pero estos últimos son cambios previsibles. El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo. Mi amor por esas doce libras de pelo, garras y ojos azules llega a dividir los visitantes a mi casa en dos categorías: los que admiran y los que desdeñan, aunque sea levemente, a Offenbach. Los primeros se convierten ipso facto en amigos a pesar de que su incidencia sea tan mínima como la de un técnico desconocido que viene a arreglar la televisión. Los segundos pasan a ser cuestionados en seguida, aun después de años de amistad intensa. Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato. A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que más dan pidiendo menos.
A través de Offenbach he podido entender el mundo animal de nuevo, que estaba vedado para mí desde que me hice adulto y los problemas humanos vinieron a abrumarme y a hacerme olvidar la sencilla vida animal, sus ciclos vitales y su ausencia de agonía: lo contrario de la agónica vida del único animal que sabe que d muere.
Offenbach es un animal feliz: sus exigencias son bien pocas y, aparte de una comida en la mañana y otra al final de la tarde, no exige otra cosa que lo que él mismo da a granel: cariño, una mano pasada por la cabeza y el lomo, una cepillada ocasional: atención. Pero a pesar de su humanización y de su reclusión hogareña, la vida de Offenbach está atemperada a los ciclos animales y universales: él y el cosmos son la misma cosa, y el gran abismo creado por la conciencia humana es franqueado por Offenbach todos los días con una sencillez admirable: el estoicismo animal es tan natural como la respiración.
¿Todo Offenbach?
Releo lo escrito hasta aquí y me abruma su inanidad: la incapacidad de mi escritura para atrapar la esencia de lo que es Offenbach. Quizás algunas anécdotas puedan si no llenar por lo menos rodear ese vacío.
Un día Néstor Almendros vino a Londres y, como estaban los hoteles llenos, se quedó a dormir en casa. A media noche se despertó soñando que lo devoraba un tigre –y al despertar de la pesadilla se encontró con la cabeza de Offenbach que, sentado sobre su pecho, lo miraba dormir.
A Offenbach le gustan las escaleras, recuerdos tal vez de sus antepasados en las selvas siamesas. No hay para él mayor placer que Miriam Gómez saque la escalera de mano para alcanzar algún objeto del desván: en cuanto la abre, allí está Offenbach, salido de la nada, subendo el primero los escalones como un trapecista ebrio.
Offenbach tiene un colmillo partido. Esto le ocurrió al tener un accidente de caza con una ventana: velaba allí unas palomas a las que Miriam Gómez había echado comida en el poyo y, después de muchos asedios y emboscadas, saltó Offenbach sobre la imagen de la paloma más cercana a través del cristal límpido, contra el que dio de boca, partiéndose un colmillo. Desde entonces se le conoce en la casa como el Jefe Colmillo Frágil.
La curiosidad de Offenbach no tiene límites animales: basta que alguno de nosotros se pare frente a las ventanas que dan a la calle, para ver a Offenbach, detrás y abajo, tratando de mirar lo que miramos por todos los medios, llegando a maullar para que lo carguen o a subirse sobre el televisor y alargando el cuello mirar él también lo que miramos.
Un día llegó a la casa la bella G. Ch., de visita breve, y Offenbach, tal vez reconociéndola, extremó su caminado a la Dietrich para emerger de la sala al estudio y para flechar para siempre a la visita: lo mismo hace con cada visitante receptivo a los gatos.
Ver lavarse a Offenbach es una muestra de elegancia suma. A veces adopta poses tan desusadas –una pata trasera extendida y agarrada por las dos patas delanteras, mientras con la otra pata debajo de sí guarda un equilibrio tan precario como elegante–. Verlo es creer que él sabe que ofrece un espectáculo inusitado: la pose natural imposible de alcanzar por el ser humano más afectado.
Ver comer a Offenbach o tomar agua es otro deleite: no puede haber mayor finura en actos tan animales. Su lengua sube y baja desde el agua con una regularidad metronómica, y, al comer, muerde gentilmente la carne y la engulle poco a poco, apenas masticada por sus débiles dientes.
Offenbach es un espectáculo digno de verse hasta durmiendo, sobre todo dormido. Los días de sol él se regala con la luz y el calor, estirando una pata hacia delante mientras coloca sobre ella la cabeza a manera de almohada. Los días fríos se recoge como una gallina empollando junto a uno de los radiadores convirtiéndose en una verdadera bola de pelos, nada más que la cabeza saliendo de entre su abrigo natural. Otras veces coge de almohada los más disímiles objetos: el cable del teléfono, la pata del radiador, el suelo mismo, mientras su cuerpo descansa sobre un cojín. Otras veces…, pero basta.
¿Es esto todo Offenbach? No: ni siquiera he comenzado.