viernes, 29 de enero de 2016

Daniel Moyano

La fábrica



La palabra surgió de pronto en todas las bocas con un sentido mágico. Nadie había visto una fábrica en su vida, pero allí estaba la palabra para asegurar su existencia. La había traído un alemán. Según algunos, la había pronunciado en un bar, sin convicción alguna, mirando su vaso de cerveza, como si se le hubiese escapado de la boca. Era duro de lengua y en realidad no dijo fábrica sino fabrik, cuyo sonido era tenso como un vidrio. Nadie comprendió al comienzo el hechizo que acababa de producirse. Aquella noche los labradores siguieron bebiendo en silencio su vino cotidiano y se acostaron sin ningún presentimiento.
El alemán se marchó al día siguiente, pero volvió dos meses después para reparar el molino de los Morillo. En aquel pueblo no había mecánicos, pero el alemán venía a menudo en su Overland modelo 30 con la carrocería llena de caños, morsas, terrajas, llaves y repuestos para molinos. La palabra que él había pronunciado un par de meses antes se había convertido ahora en una especie de oración cotidiana. Todo el mundo hablaba de la fábrica y de sueldos increíbles, todo el mundo tenía la esperanza de poder ir allá algún día y ganar sumas fabulosas.
Cuando el alemán volvió y los labradores le preguntaron sobre la fábrica, respondió afirmativamente, pero sin convicción, como la primera vez, cuando anunció el prodigio. Dijo que era cierto y que efectivamente se ganaba mucho. Entonces nadie vaciló más.
Pero había varias leguas hasta la ciudad donde estaba la fábrica y el viaje era muy costoso. A pocos meses de la segunda entrada del alemán, uno solo, Ceballos, había logrado partir. Todos lo envidiaban y hablaban de sus defectos, pero tiempo después comenzaron a elogiar su decisión y a atribuirle poderes absolutos sobre las mujeres, las bebidas caras y los lugares prohibidos. Y nadie lo veía ya como había sido, con su sombrero de trapo, cuyas alas caían sobre su frente como el ruedo de un vestido; pero tampoco podían imaginarlo de otro modo porque un buen traje y un buen sombrero eran muy poco para el poder fabuloso que otorgaba el hecho de trabajar en la fábrica. De manera que Ceballos era un hombre invisible que existía sin embargo y que allá lejos dominaba el mundo a su antojo.
Nadie hablaba de la fuga que se preparaba, pero todos habían decidido partir secretamente, ganar la delantera por si fallaba algo. Temía cada uno para sí que la fábrica no pudiese albergar a tantos, de modo que casi nunca hablaban del asunto, y si lo hacían jamás mencionaban la posibilidad de partir. Pero, reunido el dinero para el pasaje, salían subrepticiamente. Bastaba tener el dinero para el viaje solamente, porque sin duda todo lo demás quedaba a cargo de la fábrica.
Una mañana, en el apeadero ferroviario, que estaba a poco menos de un kilómetro del pueblo, Alcántara esperaba impaciente la llegada del tren, Al fin partiría, como Ceballos, hacia la riqueza. El tren pasaría a las cinco de la mañana. Le quedaba casi media hora para regocijarse a sus anchas. ¡Cuántas cosas dirían de él al otro día! Sería un héroe. Ahora trabajaba en la fábrica. En eso vio moverse una sombra en el camino. Era Antúnez, que traía una valija bamboleando en la mano. Se sorprendieron al comienzo y se miraron con desconfianza, pero no tardaron en urdir una especie de complicidad. Después de todo el trabajo sobraría. Las fábricas eran grandes. En seguida, uno por uno, llegaron Pereyra, Gómez, Ramos, Buitrago, Camaño y Charaviglio. Entonces llegó el temor. Todos se sentían sustituidos, traicionados, y el desaliento los sobrecogía. Pero Buitrago, armado de valor, encomió la grandeza de la fábrica. Aquello era algo monumental. No había por qué tener miedo porque el trabajo no faltaría. Todos creyeron al pie de la letra, como suelen creer los aterrorizados. Buitrago, naturalmente, no tenía la menor idea sobre lo que podía ser una fábrica. Y aunque todos sabían que hablaba por hablar, que lo que decía no tenía ningún fundamento cierto, aceptaron a medias sus conceptos. Después que habló Buitrago llegaron todavía Rodríguez y Arguello, que alcanzaron a oír las últimas palabras del discurso. Los últimos fueron Santucho, Velárdez, Sandoval y Pacheco.
Cuando bajaron del tren empezaron a caminar como ebrios. Antúnez miraba hacia arriba como buscando la fábrica. Cerca de la estación, en una especie de playa, había un camión reluciente. Cuando pasaron por allí, mirando hacia los cuatro puntos, el conductor del camión, maravillosamente vestido, los llamó con un movimiento de la mano. Poco después estaban todos en la carrocería del vehículo viajando, por los últimos suburbios de la ciudad, hacia la fábrica. Santucho no quería explicarse, como otros, ese encuentro milagroso con el camión, que les permitía ahora estar viajando hacia la fábrica sin dudas ni búsquedas de ninguna naturaleza, y desechando toda explicación lógica pensaba que todo se debía al poder absoluto de la fábrica.
El camión había salido de la ciudad y se hallaba ahora en campo abierto. No se detuvo en la garita policial. El policía, viendo que se trataba del camión de la fábrica, hizo una venia respetuosa y lo dejó pasar; el conductor levantó apenas una mano del volante para saludarlo. "Claro, es la fábrica", pensaba Santucho e imaginaba que ella era como un ser humano con atributos tales como ternura, bondad, generosidad y paciencia.
Estaban en pleno campo y la fábrica no aparecía. El camino era de cemento, impecable, limpísimo, construido por la fábrica para su uso exclusivo. Alcántara, alto y flaco, estiraba el cuello de vez en cuando como para atisbarla. El camión comenzó a subir una cuesta. No le daba trabajo subir, pese a la cara que llevaba, y parecía deslizarse suavemente hacia abajo. Sin embargo subía. Cuando el camión llegó a la cúspide el deslumbramiento fue total. Allá estaba, imponente, eterna, poderosa, una mole de hierro y de cemento que turbó el ánimo de todos. Pacheco sintió que el corazón latía fuertemente y que tenía miedo. Siempre que había amado algo, también lo había temido.
El primer día no hicieron casi nada. Los llevaron por diversas dependencias, pincharon sus venas, desnudaron sus cuerpos (quizás no seamos totalmente hombres, pensaron algunos con temor), les preguntaron por sus padres y por sus abuelos, fotografiaron por dentro sus huesos y sus visceras, firmaron montones de papeles y finalmente conocieron el campamento donde dormirían desde esa noche.
Los días pesaban más dentro de la fábrica, pero la idea de las sumas fabulosas que cobrarían a fin de mes pesaba mucho más. Parecía una locura ganar tantos pesos por día, pero era cierto y así lo quería la fábrica. Un día Sandoval tuvo algunas dudas y quiso averiguar la verdad. Quería saber por qué ganaban tanto, hablar con alguien que pudiera explicarlo todo. Pero en la puerta de la oficina que le indicaron decía Do not slam the door, que él tradujo inmediatamente por "No se permiten preguntas", y se volvió explicándose a sí mismo lo que iba a preguntar, es decir, no explicándose nada, porque ahora se daba cuenta de que si hubiese entrado no habría sabido qué decir finalmente.
La leyenda de la puerta, pensaba Sandoval, coincidía con las respuestas que, según Pacheco, daba la muchacha de la entrada principal. Pacheco fue el único que vio la entrada principal de la fábrica. Todos habían entrado directamente por la planta de trabajo, de modo que no conocían todavía el frente del edificio, que sin duda sería imponente. Pacheco, durante el ir y venir del primer día, se desvió en un momento dado de los pasillos por donde los conducían y se encontró de pronto ante una inmensa fachada de aluminio. Vio muy poco, porque para ver todo hubiera necesitado alejarse unos cien metros, pero podía imaginar el resto. Cuando quiso entrar no encontró la puerta por donde había salido, caminó unos metros y se halló en una inmensa sala de vidrio salpicada de guardianes uniformados. Cuando uno de ellos le dijo que se retirara, él había alcanzado a ver y oír a una joven bellísima que sabía a la perfección cuanta pregunta se hiciera sobre la fábrica. Parecía una mujer edénica explicando a los que quisiesen las maravillas del mundo. Sus respuestas eran siempre breves y perfectas. Los que acudían a ella lo hacían generalmente para pedir algo, y ella respondía siempre con frases tales como "No damos tal cosa", o bien "Damos tal cosa". Al lado de la muchacha (y esto lo advirtió Pacheco mucho tiempo después de haberlo visto) había un joven exactamente igual a ella en belleza y donaire. Su aspecto general era el de un Adán perfecto, cinematográfico, y al verlos juntos había que pensar inmediatamente en un idilio. Sin embargo se detestaban. Escasamente hablaban entre ellos (salvo cuando se consultaban para poder brindar un servicio mejor) y sus miradas tenían rasgos fugaces de una ira velada y contenida. En realidad eran un solo ser perfecto, apenas separados por el sexo, suavemente lejano.
El día de pago se acercaba rápidamente y costaba acostumbrarse a la idea de cobrar tanto dinero a fin de mes. Parecía mentira, y Pacheco creía a ratos que, aunque fuese cierto, algún suceso imprevisto evitaría a último momento esa certeza. Por la noche sacaba cuentas y se decía que tanto dinero por mes significaba muchos pesos por día muchos pesos por hora, y hasta por minuto, y ahora estaba ganando dinero, en ese minuto, el dinero se acumulaba inexorablemente, sin término, y el solo hecho de existir significaba dinero. Y pensaba que los sábados por la tarde y los domingos no trabajaban, de manera que la fábrica les pagaba también el descanso. Ella había tomado sus existencias y les pagaba por todos los minutos de vida. Hasta la muerte estaba prevista en unas planillas, donde constaba que al morir ellos sus herederos cobrarían cierta cantidad de dinero.
La sección donde trabajaba Pacheco era una pieza de dos por tres, con muchos estantes y cajones llenos de tarjetas. Su tarea era mantener o guardar el orden, pero se trataba de un puro principio, porque todos sus jefes sabían que allí no podía haber orden y que no lo había habido nunca, salvo el primer día, cuando se abrió la fábrica. Era una especie de oficina de desperdicios administrativos, con numeraciones más bien falsas y documentos fingidos. El orden era simplemente visual. Aunque los cajones fuesen iguales, adentro, entre las tarjetas, figuraba el principio de un caos. Se sabía que era imposible evitarlo por la propia naturaleza de los documentos que allí había, pero él debía tratar de hacerlo, quizás por respeto a alguna ley íntima de la fábrica. Si después de largos esfuerzos lograba restablecer parcialmente el orden al cual se aspiraba, un papelito más que llegara destruiría todo lo hecho. Y eso no significaba en modo alguno que él fuese inútil, como lo había pensado muchas veces, y que tuviesen que echarlo, porque justamente para ese juego imposible lo había empleado la fábrica. Quizás él tuviese que ser, en todo caso, una simple presencia del orden. Lo trasladaron a esa sección desde que los capataces advirtieron que era un poco atolondrado y que una grúa le había rozado la cabeza. El último día del mes estaba próximo, el dinero estaba muy cerca de ellos, pero ellos eran otros. En tan poco tiempo la fábrica los había transformado. Pacheco advirtió el cambio. Sentía que soñaba menos y que hablaba de otro modo. Atribuyó el cambio al hecho de haberse desnudado el primer día. Por eso se había convertido en un hombre de la fábrica. Pero la certeza de ser otro la tuvo cuando recibió la carta de su mujer. Durante los primeros días Laura seguía siendo para él ese cuerpo cálido que con su desnudez lo protegía de la lúbrica y que lo esperaba allá lejos para cuando terminaran los días nuevos con sus infinitas imposiciones, pero ahora había perdido la percepción de aquella intimidad clara y transparente. La carta y las cosas que en ella decía su mujer eran cosas anteriores al conocimiento de la fábrica, y parecían superfluas.
El día anterior al pago fue deprimente. Todos andaban silenciosos, como secretamente cómplices de algún acto reprochable. Pacheco, desde su piecita, podía observarlos detenidamente mientras iban y venían por la planta, y los veía como mutilados. A Santucho, por ejemplo, le faltaba una pierna; a Charaviglio, un brazo; a Antúnez, los dientes; a Pereyra, una oreja. Hasta Arguello, que todos los días se asomaba para decirle así que a fin de mes va a haber plata, con una reiteración obsesiva, pasó ese día sin decir nada, y solo atinó a guiñar un ojo. Y no era que hubiesen variado las cosas, que hubiera algo que temer: la fábrica era siempre la misma y cumpliría con su promesa de pagarles, seguía siendo esa entidad poderosa que habían presentido cuando el alemán pronunció la palabra. Pero era terriblemente sorda, inconmovible, y jamás hubiera podido equivocarse, o ser una simplificación o la medida de sus necesidades. Ella superaba sus sueños y sus cálculos, incluso sus facultades receptivas. Era desmesuradamente cierta cuando ellos hubieran preferido que no fuera tan poderosa, que tuviera algún instante de debilidad.
De manera que era cierto, y al día siguiente cobrarían, tendrían en sus manos una cantidad de dinero que de otra manera hubieran tardado años en reunir. Esa noche, agitados en sus catres, no podían dormir. Iban a ser poderosos, iban a poder hacer muchas cosas vedadas, ni siquiera presentidas. Velárdez juraba que compraría por lo menos cien velas para San Cayetano, que encendería simultáneamente junto a un gran cuadro que haría hacer del santo. Gómez temblaba pensando que todos le robarían, los muy malditos le robarían el dinero que él había ganado en la fábrica. Ramos tendría todas las mujeres que hubiera, se acostaría con dos juntas cada noche, para eso pagaba. Pacheco sentía que en realidad no necesitaba ese dinero. Laura se lo había dicho unas horas antes de partir: "Vamos a tener que estar separados, por un poco más de plata". Pero era absurdo oír esa frase después de haber estado en la fábrica. Eran palabras tontas, infantiles como las de la carta. Nunca hubiera imaginado que Laura fuese tan tonta.
A las diez de la mañana Alcántara asomó la cabeza por la ventana de la pieza donde trabajaba Pacheco. "¿Cobraste?", preguntó. Cerró con llave y se fue a cobrar. Le dieron el sobre y firmó una planilla. Eso era todo. El dinero estaba allí, en sus manos. Después lo contaría.
Esa tarde, en el campamento, decidieron ir a la ciudad. Mientras se vestía, Pacheco pensaba en el instante en que bajaron del tren. La ciudad era ya la fábrica, el deslumbramiento, el orden, la riqueza, pero él extendía los ojos y no la veía por ninguna parte. Quizás fueran puras invenciones del alemán y de todos ellos; quizás fuese solamente la palabra. Sin embargo habían cobrado y ahora tenía el dinero en el bolsillo: dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Un camión de la fábrica los llevó hasta la entrada da de la ciudad y volvió inmediatamente. Todavía era de día y había algunos negocios abiertos. Charaviglio compró un traje nuevo y tiró el otro en un baldío. Velárdez compró zapatos y guantes, pero conservó los zapatos viejos, que llevaba bajo el brazo atados con un hilo. Y casi todos ellos, por un capricho unánime, compraron sombreros de paja que correspondían a una moda en desuso pero que un turco previsor guardaba en polvorientos cajones. En todas partes les preguntaban si eran de la fábrica. Antúnez respondía con severidad, de acuerdo con el respeto con que formulaban la pregunta. Alguien a quien conocieron en un bar céntrico prometió) llevarlos adonde había mujeres, les habló de baños turcos y de casas de juego. El hombre parecía conocer maravillosamente bien todos los lugares, donde uno podía entregarse a algo distinto, donde podía gastarse largamente y olvidar el zumbido de la fábrica. La idea los entusiasmó un rato, pero prefirieron seguir por su cuenta, descubrir ellos mismos esos lugares codiciados. De modo que lo incorporaron al grupo para utilizarlo a su debido tiempo. El hombre, flaco pero robusto, siempre risueño y servicial, bebía alegremente. Todo lo hacía complacido y aclaraba a cada rato que él no tenía dinero. "Ya van a ver cuando estemos en La Gruta, con pocas luces y muchas mujeres", decía, pero los otros entraban a cuanto tugurio encontraban, los más feos y sucios, y lo obligaban a participar de sus alegrías pueriles, de sus pequeños placeres, de sus chistes tontos e inocentes. El hombre se desesperaba a ratos y les decía que estaban desperdiciando la plata, perdiendo cosas mejores y gastando el tiempo en bolichitos de mala muerte. En eso Arguello lo llamó "señor mago" y todos ellos festejaron la ocurrencia con risotadas.
Hacia las dos de la mañana llegaron a un bar suburbano, grande y sucio, ubicado cerca de una estación de ferrocarril. El mago se desesperaba. ¡Cuánto mejor hubiera sido estar en La Gruta, entre mujeres cimbreantes! El tocadiscos automático tocaba un tango, y un japonés dormitaba con la cabeza apoyada en el mostrador. Dejaron los sombreros sobre una mesa grande y juntando tres o cuatro de ellas se sentaron alrededor. Por indicación del mago pidieron cerveza, que "neutralizaba los efectos del vino". Pacheco bebía y se deleitaba oyendo el ruido de la máquina de preparar café. Era un ruido reposado, como si la máquina, ya dormida, respirara suavemente. La oía a través de las voces de sus compañeros y de los tangos melosos que cantaba Charaviglio. El mago hacía gestos de disgusto y engullía grandes cantidades de papas fritas. Habían llegado a la saciedad, pero permanecían allí como para ver qué había más allá. Tenía que haber algo mejor sin duda alguna.
Pacheco apoyó la cabeza contra la mesa. Hacía un buen rato que sentía los efectos del alcohol. Con todo lo bebido, apenas había gastado cien pesos. ¡Y cuánto dinero le quedaba todavía! Cerró los ojos y vio que más allá de la saciedad habían matado al japonés. Tenía dos venas al aire. Por una brotaba sangre y por la otra el mago le echaba vino con una botella. Velárdez caminaba por el techo y Antúnez orinaba una por una las botellas de los estantes. Alguien había amontonado todas las mesas en el centro del salón y con ellas y los sombreros encendían una gran fogata. Entonces venían mujeres desnudas para apagar el incendio, pero en vez de arrojar al fuego el agua de los cántaros danzaban con ellos, mientras un italiano, sentado sobre la máquina del café, tocaba una guitarra larga hasta el suelo.
Alzó la cabeza y miró. Casi todos sus compañeros dormitaban, borrachos, inclinados sobre las mesas. Se levantó. El aire fresco lo reanimó y empezó a caminar despacio. Cuando se acordó había salido de la ciudad. Unas malezas duras le rozaban los tobillos. Caminó mucho en la oscuridad hasta que vio brillar la luna. Al rato oyó el rumor lejano de la fábrica, a la izquierda. Avanzó entonces en dirección contraria, para no oír, pero el rumor, aunque debilitándose, persistía.
Estaba en medio del campo, rodeado de horizontes, con el dinero en el bolsillo. Metió la mano para contarlo otra vez: mil, dos mil, tres mil, cuatro mil... El rumor de la fábrica se había perdido, pero le quedaba el recuerdo en los oídos. Se sorprendió queriendo contar otra vez el dinero. Se acordó de pronto de una historia leída en una revista de historietas. Se llamaba "El ahorcado". Era la narración de un hombre que perdía mil pesos ajenos y se ahorcaba. Lo rodeaban hombres jóvenes y alegres que bailaban debajo de un árbol, entre una lluvia de billetes. El ahorcado y el dinero y el árbol también bailaban. Dos mil, tres mil, cuatro mil, cinco mil...
Se detuvo. Había andado mucho y tendría que caminar rápido para llegar antes de que sonara el pito de la fábrica. No sabía qué hora era, pero el pito comenzaba a sonar cuando el cielo estaba como ahora.
El cielo estaba muy claro cuando llegó al bar. Un instante antes de entrar vio a Charaviglio cantando dentro del tocadiscos, sin cabeza. Todos estaban ahorcados. El japonés y el mago y las sillas y las mujeres desnudas y las baldosas y las mesas bailaban. Una lluvia de billetes rosados y azules caía desde el techo. En un ataúd enorme, en medio del salón, yacía Laura. Todos sus compañeros, a manera de homenaje, habían depositado sobre el cajón sus sombreros de paja. Cuando entró por fin, Argüello, desde lo profundo de su cara tostada, guiñó un ojo. Era el único despierto. Los demás dormían sobre las mesas. Algunos tenían los sombreros puestos. Charaviglio roncaba con la boca abierta. El japonés barría el piso. Entonces Pacheco comenzó a despertarlos sacudiéndolos en sus sillas y señalando la hora en el reloj de la pared. Eran las seis menos cuarto y sin duda ya no tendrían tiempo para llegar a la fábrica. Sin duda los' despedirían a todos por llegar tarde. No querían despertar, pero cuando alcanzaban a ver la hora saltaban de sus sillas como resortes. La idea de llegar tarde los sobrecogía.
Salieron a la calle y oyeron un rumor suave y rítmico entre la oscuridad indecisa, como un gran animal que respiraba en su cueva. Se acercaron. Era un camión de la fábrica, que los esperaba. Cuando subieron todos, sin asombro, el conductor encendió los faros y apretó el acelerador.

martes, 12 de enero de 2016

Ray Bradbury


Noche de verano


 La gente se agrupaba en las galerías de piedra o se movía entre las sombras, por las colinas azules. Las lejanas estrellas y las mellizas y luminosas lunas de Marte derramaban una pálida luz de atardecer. Más allá del anfiteatro de mármol, en la oscuridad y la lejanía, se levantaban las aldeas y las quintas. El agua plateada yacía inmóvil en los charcos, y los canales relucían de horizonte a horizonte. Era una noche de verano en el templado y apacible planeta Marte. Las embarcaciones, delicadas como flores de bronce, se entrecruzaban en los canales de vino verde, y en las largas, interminables viviendas que se curvaban como serpientes tranquilas entre las lomas, murmuraban perezosamente los amantes, tendidos en los frescos lechos de la noche. Algunos niños corrían aún por las avenidas, a la luz de las antorchas, y con las arañas de oro que llevaban en la mano lanzaban al aire finos hilos de seda. Aquí Y allá, en las mesas donde burbujeaba la lava de plata, se preparaba alguna cena tardía. En un centenar de pueblos del hemisferio oscuro del planeta, los marcianos, seres morenos, de ojos rasgados y amarillos, se congregaban indolentemente en los anfiteatros. Desde los escenarios una música serena se elevaba en el aire tranquilo, como el aroma de una flor. En uno de los escenarios cantó una mujer. El público se sobresaltó. La mujer dejó de cantar. Se llevó una mano a la garganta. Inclinó la cabeza mirando a los músicos, y comenzaron otra vez. Los músicos tocaron y la mujer cantó, y esta vez el público suspiró y se inclinó hacia delante en los asientos; unos pocos se pusieron de pie, sorprendidos, y una ráfaga helada atravesó el anfiteatro. La mujer cantaba una canción terrible y extraña. Trataba de impedir que las palabras le brotaran de la boca pero éstas eran las palabras: Avanza envuelta en belleza, como la noche de regiones sin nubes y cielos estrellados; y todo lo mejor de lo oscuro y lo brillante se une en su rostro y en sus ojos.... La cantante se tapó la boca con las manos, y así permaneció unos instantes, inmóvil, perpleja. ~¿Qué significan esas palabras? -preguntaron los músicos. -¿De dónde viene esa canción? -¿Qué idioma es ése? Y cuando los músicos soplaron en los cuernos dorados, la extraña melodía pasó otra vez lentamente por encima del público que ahora estaba de pie y hablaba en voz alta. -¿Qué te pasa? -se preguntaron los músicos. -¿Por qué tocabas esa música? -Y tú, ¿qué tocabas? La mujer se echo a llorar y huyó del escenario. El público abandonó el anfiteatro. Y en todos los trastornados pueblos marcianos ocurrió algo semejante. Una ola de frío cayó sobre ellos, como una nieve blanca. En las avenidas sombrías, bajo las antorchas, los niños cantaban: ... y cuando ella llegó, el aparador estaba vacío, y su pobre perro no tuvo nada... -¡Niños! -gritaron los adultos~. ¿Qué canción es ésa? ¿Dónde la aprendisteis? -Se nos ha ocurrido de pronto. Son sólo palabras, palabras que no se entienden. Las puertas se cerraron. Las calles quedaron desiertas. Sobre las colinas azules se elevó una estrella verde. En el hemisferio nocturno de Marte los amantes despertaron y escucharon a sus amadas, que cantaban en la oscuridad. -¿Qué canción es ésa? Y en mil casas, en medio de la noche, las mujeres se despertaron gritando. Las lágrimas les rodaban por las mejillas y los hombres trataban de calmarlas. -Vamos, vamos. Duerme. ¿Qué te pasa? ¿Alguna pesadilla? -Algo terrible va a ocurrir por la mañana. -Nada puede ocurrir. Todo está muy bien. Un sollozo histérico: -¡Se acerca, se acerca! ¡Se acerca cada vez más! -Nada puede sucedernos. ¿Qué podría sucedernos? Vamos, duerme, duerme. El alba de Marte fue tranquila, tan tranquila como un pozo fresco y negro, con estrellas que brillaban en las aguas de los canales, y respirando en todos los cuartos, niños que dormían encogidos con arañas en las manos cerradas, y amantes abrazados, y un cielo sin lunas, y antorchas frías, y desiertos anfiteatros de piedra. Sólo rompió el silencio, poco antes de amanecer, un sereno que caminaba por una calle distante, solitaria y oscura, entonando una canción muy extraña. 

 de Crónicas Marcianas

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Truman Capote

Una Navidad

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleans. El matrimonio duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa —quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que dejó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me puso al cuidado de su numerosa familia de Alabama.

Durante años, rara vez vi a ninguno de mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleans, y mi madre, tras graduarse, empezaba a abrirse camino por sí misma en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes amables conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, a una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.


Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su barba abundante, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo—bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleans: Mi padre quería que yo fuera a pasar con él la Navidad.


Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: "Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve".


¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleans, ya que Nueva Orleans es aún más calurosa. Pero qué más da. Intentaba infundirme coraje para emprender el viaje.


Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer solo el viaje. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.
Se trataba de un viaj e de cuatrocientas mill as , poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.
Era Nueva Orleans.


Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos y me exprimió la respiración; reía y lloraba —un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:
—¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?


Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras íbamos ya en un taxi, le pregunté:
—¿Dónde está?
—¿La casa? No muy lejos.
—No, la casa no. La nieve.
—¿Qué nieve?
—Creía que habría un montón de nieve.


Me miró con extrañeza, pero acabó por reír.
—Nunca ha nevado en Nueva Orleans. Al menos nunca que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.


No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían —o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta a casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me diera el beso de las buenas noches. Lo cierto es que no conseguía dormirme, de modo que me puse a pensar en lo que iba a traerme Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cow-boy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería un caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran escasas las casas que tuvieran radio o refrigerador.
Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo —un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no , antes o de spués recorriero n el camino del altar—en realidad, mi padre lo recorrió seis veces.


Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente—a todos menos a mí. Eso era lo que me azaraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos? desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí. iMe sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, invierno o verano.


Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleans dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes. iPero esos restaurantes de Nueva Orleans! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; tuvieron que transcurrir décadas antes de que volviera a tragar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias—sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera. Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.


Me decía:
—Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleans?
—No puedo.
—¿Qué significa que no puedes?
—Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.


Dijo mi padre:
—¿Es que a mí no me quieres?
Dije yo:
—Sí.


Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.
Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleara con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido en todo caso fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes. iVer para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, si bien no supiera qué me había parecido tan divertido.


Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.


Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama teman muchas exactamente iguales. iPuro "Moonshine", licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue cormo si el retrato se hubiera desvanecido.


Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse cacr por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.
—¡Vaya!—dijo—. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.


Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:
—Existe un Papá Noel porque lo que hace es l^oluntad del Senor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.
Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:
—¡Bueno, al parecer, tenemos a otro predicador entre nosotros!


Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, en aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.
La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilia y rizadas guirnaldas de orquídeas—planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.


No había en cambio misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzaba por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirse vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asuntc hasta años después, cuando ya había podido comprarse collares de perlas que colgaban de su cuellc envuelto en pieles.


Había ido a visitarme a uno de esos internado< snobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; gritó:
—¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. Pues, ¡sus mujeres! Piensa en esa larga lista. Todas viudas. Todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro —yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, acabó conmigo, me estropeó.


Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... Moon, moon olser Miami... This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?... Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare... [Célebre canción ligera de la época.]


Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, rondaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orlearrs en aquella Nochebuena.


Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. La mayoría de los invitados estaba reunida en el salón, donde un pálido fuego en la chirnenea arrancaba destellos al árbol de Navidad; otros mnuchos bailaban en la sala de música y en el patio a los acorde s de un gramófono. Tras haber sido presentacao a los invitados y agasajado por todos, me enviar on arriba; pero, desde la terraza detrás de la contraventana francesa de la puerta de mi habitación, podía ver toda la fiesta, observar a las parejas mientras bailaban. Vi a mi padre bailando un vals con una mujer elegante alrededor del estanque que rodeaba la fuente de la sirena. Era realmente elegante, y llevaba un ligero vestido plateado que relucía a la luz de las velas; pero era mayor— como mínimo diez años mayor que mi padre, quien? en aquella época, tenía treinta y cinco.


De pronto me di cuenta de que mi padre era, con mucho, el más joven de su fiesta. Ninguna de las mujeres, por encantadoras que fueran, eran más jóvenes que la esbelta bailadora de vals con el ondulante traje plateado Lo mismo ocurría con los hombres, quienes, en su mayoría, fumaban aromáticos puros habanos; más de la mitad eran lo suficientemente viejos como para ser padres de mi padre.


Vi entonces algo que me hizo parpadear. Mi padre y su ágil acompañante se habían desplazado sin dejar de bailar hasta un lugar semioculto por las orquídeas; se abrazaban y se besaban. Me quedé tan sobrecogido, tan furioso, que corrí a mi habitación, salté dentro de la cama y me tapé la cabeza con las sábanas. ¿Qué podía querer mi joven y apuesto padre de una vieja como aquélla? ¿Y por qué toda esa gente ahí abajo no se iba de una vez para que Papá Noel pudiera entrar? Permanecí despierto durante horas oyendo cómo se marchaban los invitados y, cuando mi padre dio las buenas noches por última vez, oí cómo subía las escaleras y abría la puerta de mi dormitorio para echar un vistazo; pero me hice el dormido.


Muchas cosas ocurrieron que me mantuvieron despierto toda la noche. Primero, las pisadas, el ruido de mi padre subiendo y bajando las escaleras, respirando con dificultad. Tenía que ver qué hacía. De modo que me escondí en el balcón, entre la buganvilia. Desde allí tenía una visión completa del salón, del árbol de Navidad y de la chimenea, donde todavía ardían pálidas llamas. Además, podía ver a mi padre. Caminaba a gatas por debajo del árbol disponiendo una pirámide de paquetes. Envueltos en papel púrpura, y rojo y dorado, y azul y blanco, crujían levemente cuando él los movía. Me sentía aturdido, ya que lo que veía me obligaba a reconsiderarlo todo. Si se suponía que estos regalos eran para mí, obviamente no habían sido enviados por el Señor ni repartidos por Papá Noel; no, eran regalos comprados y envueltos por mi padre. Lo que significaba que mi detestable primito Billy Bob, y otros tan detestables como él, no mentían cuando se burlaban de mí y me decían que no existía Papá Noel. El peor pensamiento era: ¿Sabía Sook la verdad, y me había mentido? No, Sook nunca me habría mentido. Ella creía. Eso era —aunque tuviera sesenta y tantos años, de alguna manera era al menos tan niña como yo.


Estuve observando hasta que mi padre terminara su tarea y apagara las pocas velas que aún quedaban encendidas. Esperé hasta asegurarme de que estaba en la cama y dormía. Entonces me deslicé hasta el salón, que todavía olía a gardenias y a puros habanos. Me senté allí a pensar: Ahora seré yo quien tenga que decirle la verdad a Sook. Una ira, un extraño rencor, crecía en mi interior: no iba dirigido a mi padre, aunque acabara siendo él la víctima.


Al amanecer, examiné las tarjetas colgadas en cada uno de los paquetes. Todas decían: "Para Buddy". Todas, excepto una que rezaba: "Para Evangéline". Evangéline era una negra ya mayor que bebía cocacola todo el día y que pesaba trescientas libras; era el ama de llaves de mi padre—también lo había criado ella. Decidí abrir los paquetes: era la mañana de Navidad, estaba despierto, ¿por qué no? No me tomaré la molestia de describir lo que había dentro: sólo camisas, jerseys y tonterías por el estilo.


Lo único que me gustó fue una soberbia pistola de pistones. Sin saber por qué, se me ocurrió que sería divertido despertar a mi padre con un tiro. Y lo hice. Bang. Bang. Bang.
Se precipitó fuera de la habitación, con los ojos de par en par.
Bang. Bang. Bang.
—Buddy, ¿qué diablos crees que estás haciendo?
Bang. Bang. Bang.
—¡Para eso de una vez!


Me reí.
—Mira, papá. Mira cuántas cosas maravillosas me ha traído Papá Noel.
Más calmado, entró en el salón y me abrazó.
—¿Te gusta lo que te ha traído Papá Noel?


Le sonreí. El me sonrió. Fue un largo momento de ternura que se rompió cuando dije:
—Sí, papá, pero ¿qué me vas a regalar tú?
Su sonrisa se esfumó. Sus ojos se entrecerraron con suspicacia— podía leerse en su cara la sospecha de que yo le había tendido una trampa. Pero entonces se sonrojó, como si se avergonzara de pensar en lo que estaba pensando. Palmeó mi cabeza, carraspeo y dijo:
—Bueno, había pensado que era mejor esperar y dejar que eligieras algo que desearas realmente. ¿Hay algo que quieras muy particularmente?


Le recordé el avión que habíamos visto en la tienda de juguetes de Canal Street. Su rostro asintió. Oh, sí, recordaba el avión y cuán caro era. La cuestión es que, al día siguiente, yo ya estaba sentado en el avión, soñando que me elevaba hacia el cielo, cuando mi padre rellenó un talón para el feliz vendedor. Habíamos hablado de cómo se transportaría el avión hasta Alabama, pero me mostré firme —insistí en que tenía que ir conmigo en el autobús que tomaba a las dos de aquella misma tarde. El vendedor lo solucionó llamando a la compañía de autobuses, que dijo que podrían arreglarlo con facilidad.


Pero todavía no me había librado de Nueva Orleans. El problema ahora era una gran petaca de "Moonshine"; puede que fuera por mi partida, pero el hecho es que mi padre había estado dándole al trago todo el día y, camino de la estación, me asustó al cogerme de las muñecas y susurrarme con amargura:
—No voy a dejar que te vayas. No puedo dejar que vuelvas con esa familia de locos y en ese viejo caserón de locos. Hay que ver lo que han hecho contigo. ¡Un niño de seis años, casi siete, hablando de Papá Noel! Todo es culpa suya, de esas viejas solteronas agriadas, con sus Biblias y sus calcetas, de esos tíos tuyos, todos borrachos. Escúc11an1e, Buddy. ¡Dios no existe! No existe ningún Papá Noel.


Me apretaba la muñeca con tanta fuerza que me hacía daño.
—A veces, santo cielo, pienso que tu madre y yo, los dos, deberíamos pegarnos un tiro por haber permitido que esto ocurriera.
(El nunca se quitó la vida, pero mi madre sí: pasó a mejor vida hace treinta años.)
—Bésame. Por favor. Por favor. Bésame. Dile a tu papá que le quieres.
Pero yo no podía hablar. Estaba aterrado de perder el autobús. Y me preocupaba el avión, atado con correas a la baca del taxi.
—Dilo: "Te quiero". Dilo. Por favor. Buddy.


Dilo.


Por suerte para mí, el taxista era un hombre de buen corazón. Si no hubiera sido por su ayuda, la de unos mozos eficaces y la de un amable policía, no sé qué hubiera ocurrido al llegar a la estación. Mi padre se tambaleaba tanto que apenas si podía andar, pero el policía habló con él, le serenó, le ayudó a mantenerse derecho, y el taxista prometió devolverlo a casa sano y salvo. Sin embargo, mi padre no se iría hasta ver cómo los mozos me acomodaban en el autobús.


Una vez dentro, me acurruqué en el asiento y cerré los ojos. Sentía un extraño malestar. Un dolor agobiante que me hería por todas partes. Pensé que, si me sacaba los pesados zapatos de ciudad, auténticos monstruos torturadores, aquella agonía remitiría. Me los quité, pero el misterioso dolor no me abandonó. En cierto modo, nunca más me abandonó; nunca más lo hará.


Doce horas más tarde estaba en casa, en cama. La habitación estaba a oscuras. Sook, sentada a mi lado, se balanceaba en una mecedora; un sonido tan sedante como el de las olas en el océano. Había intentado contarle todo lo que había ocurrido, y tan sólo me detuve cuando me quedé tan ronco como un perro aullador. Me pasó los dedos por el pelo y dijo:
—Por supuesto que existe Papá Noel. Sólo que es imposible que una sola persona haga todo lo que hace él. Por eso el Señor ha distribuido el trabajo entre todos nosotros. Por eso todo el mundo es Papá Noel. Yo lo soy. Tú lo eres. Incluso tu primo Billy Bob. Ahora ponte a dormir. Cuenta estrellas. Piensa en la cosa más apacible. Como la nieve. Siento que no llegarás a verla. Pero ahora la nieve cae por entre las estrellas.


Las estrellas destellaban, la nieve se arremolinaba dentro de mi cabeza; la última cosa que recordé fue la voz serena del Señor encomendándome algo que hacer. Y, al día siguiente, lo hice. Fui con Sook a la oficina de correos y compré una postal de un penique. Hoy, todavía existe esa postal. Fue encontrada en la caja de caudales de mi padre cuando murió, el año pasado. Esto es lo que le había escrito: Hola papá espero que estés bien como yo y estoy aprendiendo a pedalear muy rápido en mi avión estaré pronto en el cielo así que mantén los ojos abiertos y sí te quiero Buddy.


miércoles, 9 de diciembre de 2015

Clarice Lispector

“P E R T E N E C E R” (15 de junio 1968)

Un amigo mío, médico, me aseguró que desde la cuna el niño siente el ambiente, el niño quiere: en él el ser humano desde la cuna ya comenzó. Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que no interesan aquí, de alguna manera yo debía estar sintiendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací sin motivo. Si en la cuna experimenté esa hambre humana, ésta sigue acompañándome en la vida, como un destino. Al punto de que mi corazón se contrae de envidia y deseo cuando veo una monja: ella pertenece a Dios.
Exactamente porque es tan fuerte en mí el hambre de darme a algo o a alguien, es que me volví muy arisca: tengo miedo de revelar cuánto necesito y cuán pobre soy. Lo soy, sí. Muy pobre. Sólo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si no empecé a escribir tan pronto en la vida porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma. Lo que es un triste facsímil. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, perdí mi don de gentes. No sé ya cómo se es. Y una especie completamente nueva de la “soledad de no pertenecer” empezó a invadirme como hiedras a un muro. Si mi deseo más antiguo es el de pertenecer, ¿por qué entonces nunca formé parte de clubes o de asociaciones? Porque no es eso a lo que yo llamo pertenecer. Lo que yo quería, y no puedo, es por ejemplo que todo lo que viniera de bueno desde mi adentro yo pudiera darlo a aquello a lo que perteneciera. Incluso mis alegrías, qué solitarias son a veces. Y una alegría solitaria puede tornarse patética. Es como quedarse con un presente todo envuelto con papel de regalo en las manos —y no tener a quién decirle: tome, es suyo, ábralo. No queriendo verme en situaciones patéticas y, por una especie de contención, que evita el tono de tragedia, raramente envuelvo entonces con papel de regalo mis sentimientos. Pertenecer no resulta sólo de ser débil y necesitar unirse a algo o a alguien más fuerte. Muchas veces las intensas ganas de pertenecer me vienen de mi propia fuerza —yo quiero pertenecer para que mi fuerza no sea inútil y fortifique a una persona o cosa. Si bien tengo una alegría: pertenezco, por ejemplo, a mi país, y como millones de otras personas soy pertenencia de él a tal punto, que soy brasileña. Y yo que, muy sinceramente, jamás deseé o desearía la popularidad —soy demasiado individualista para poder soportar la invasión de la que una persona popular es víctima—, yo, que no quiero la popularidad, me siento sin embargo feliz de pertenecer a la literatura brasileña. No, no es por orgullo, ni por ambición. Estoy feliz de pertenecer a la literatura brasileña por motivos que nada tienen que ver con la literatura, pues ni siquiera soy una literata o una intelectual. Feliz sólo de “ser parte”. Casi logro visualizarme en la cuna, casi logro reproducir en mí la vaga y no obstante apremiante sensación de necesitar pertenecer. Por motivos que ni mi madre ni mi padre podían controlar, yo nací y resulté tan sólo: nacida. Sin embargo, fui preparada para ser dada a luz de un modo muy bonito. Mi madre estaba ya enferma, y, por una superstición muy difundida, se creía que tener un hijo curaba a una mujer de su enfermedad. Entonces fui deliberadamente creada: con amor y esperanza. Sólo que no curé a mi madre. Y siento hasta el día de hoy esta carga de culpa: me hicieron para una misión determinada y fallé. Como si contasen conmigo en las trincheras de una guerra y yo hubiera desertado. Sé que mis padres me perdonaron por haber nacido en vano y haberlos traicionado en la gran esperanza. Pero yo, yo no me perdono. Querría que simplemente se hubiera cumplido un milagro: nacer y curar a mi madre. Entonces, sí: yo habría pertenecido a mi padre y a mi madre. Yo no podía confiar a nadie esta especie de soledad de no pertenecer porque, como desertor, tenía el secreto de la fuga que por vergüenza no podía conocerse. La vida me hizo de vez en cuando pertenecer, como para darme la medida de lo que pierdo al no pertenecer. Y entonces lo supe: pertenecer es vivir. Lo experimenté con la sed de quien está en el desierto y bebe sediento los últimos tragos de agua de una cantimplora. Y después la sed vuelve y es propiamente en un desierto donde camino.



Clarice Lispector. Revelación de un mundo.

viernes, 27 de noviembre de 2015

Elsa Morante (Roma, 1912 - 1985)

EL HOMBRE DE LOS ANTEOJOS



El tres de diciembre (era un jueves), el hombre salió de su sórdido estudio situado en la periferia de la ciudad. Sus cabellos estaban enmarañados, la barba larga y rígida por el frío, y las ojeras ponían en sus mejillas una sombra negra. Tuvo la sensación, vaga y casi extraña, de tambalearse, y el rechinar de la escalera de madera sonó como un estruendo muy cerca de sus oídos.
En la entrada de los estudios, la portera que quitaba la nieve con una pala se detuvo y lo miró.
—¿Qué hora es? —le preguntó.
—Son las nueve —contestó ella, y lo siguió curiosamente con sus ojos rojos—. ¿Ha estado usted fuera estos días? —preguntó al final.
—¿Qué días? —dijo él, fatigándose terriblemente al pronunciar las palabras—. No me he movido de la ciudad.
—Lo decía porque no lo he visto —explicó la portera.
El hombre habría querido recordarle que justo la tarde anterior había pasado por su chiribitil a retirar el correo, pero pensó que era inútil perder el tiempo con semejante bruja. Y prosiguió su camino por la calle helada, seguido por su mirada estúpida.
Eran las nueve; iría a la lechería a desayunar y después trataría de pasar de cualquier manera las horas hasta el momento de ir junto a ella. El día antes, por ser fiesta, no había podido verla. «Horrible domingo», pensó. Recordaba que había errado todo el día por las calles de la ciudad, bajo las casas altas y oscuras y por la nieve sucia, tratando de divisar en algún sitio aquellas redondas pantorríllas desnudas, aquellos graciosos ojos de pájaro. Quizá por ello se había despertado con los huesos rotos. Naturalmente, ayer había sido inútil todo su errar de loco; pero hoy, como de costumbre, la vería. Ante esta certeza una niebla cubrió sus pupilas, y la sangre corrió a su corazón, cortándole el aliento.
Caminaba por la blanda nieve sin mirar, hundiéndose a menudo en las negras pisadas de los caballos. Larguísimos árboles sin sombra sobresalían de las casas de tejado blanco. Ante la lechería, tres hombres habían encendido un fuego; se sentó en su sitio de siempre, dando la espalda al espejo empañado, y se quitó los anteojos. Presurosa, la lechera acudió junto a él; pero tenía la sensación de ver las caras que le rodeaban extrañamente retorcidas y encogidas, llenas de ojos, y sin labios. Una vez más, se sentía tambalear.
—¿El señor ha estado enfermo estos días? —preguntó la voz de la lechera.
—¡Claro que no! —contestó secamente—. Recordará usted que ayer vine por aquí y estaba perfectamente.
—¿Cómo? —exclamó la otra, asombrada—. Usted no viene por aquí desde el domingo.
—Y justamente ayer fue domingo —murmuró, agotado.
—¡Pero si hoy es jueves! —continuó la mujer.
Él sacudió la cabeza y calló, despreciativo. Nadie mejor que él podía recordar que el día antes era domingo; nadie conocía como él la excitada fiebre de los domingos, las continuas vueltas, las inútiles esperas. Ahora una incomprensible niebla se adensaba en torno suyo y experimentaba el oscuro temor de desmayarse en aquel lugar. «Mi frente chocará con el mármol de la mesa», pensó. Pero sintió que sus dientes penetraban en el pan fresco, y que su árida lengua se humedecía. Las manos le temblaban al partir el pan, y tragaba a duras penas; pero ahora, tras el cristal opaco, divisaba con claridad los árboles similares a grandes pájaros inmóviles. Creyó oír el silbido del viento, y salió a la calle; desde la tienda lo seguían unas miradas compasivas. «Es jueves —pensó—, y ayer era domingo. No es posible». Y se rió con sarcasmo de semejante absurdo.
—Veamos, chico, ¿qué día es hoy? —preguntó al guarda del establo, con pinta de borracho.
—Jueves —contestó el otro, mirándolo torvo, con desconfianza.
—¡Dios mío! —murmuró, y trató con esfuerzo de recordar, y volvió a ver sin lugar a dudas la tarde anterior, festiva, las tiendas cerradas, la muchedumbre, su ansia, y cómo se había encerrado en su estudio, por la noche, tras haber retirado el correo en portería.
Atravesó el puente de hierro, con barandilla de arabescos, en equilibrio sobre el río helado. El cielo estaba verduzco, pesado. Aparecieron las cúpulas de la ciudad, los campanarios puntiagudos. «¿Dónde se han metido estos tres días?», pensó oscuramente. Y se rió con fuerza, oyendo cómo su voz repercutía prolongadamente sobre el puente vacío.
—Pues no bebo nunca —dijo en voz alta, como justificándose.
Y de repente advirtió que se encontraba ya cerca de la escuela. El patio estaba cuidadosamente barrido, pero el tejado estaba cubierto de nieve. «Aún faltan dos horas para la salida», pensó aturdido, y caminó de arriba abajo por el patio, con los brazos caídos a los costados, como una marioneta. Por último salió del patio y echó a andar, inerte, por el prado, oyendo el angustioso crujido de la nieve bajo sus pies; se detuvo bajo un árbol no muy alto, de ramas finas y secas, y sonrió, pensando en que ahora sólo tenía que esperar allí y que la vería. Pero le pareció ver su propia sonrisa deformada, nueva, ante sí, en un espejo, y tuvo un sobresalto.
Por aquella calle no pasó nadie; en ciertos momentos oía el ruido amortiguado de un carro, las patas de los caballos que golpeaban en la nieve. Pero todo resultaba remotísimo. El frío y la inmovilidad lo dejaron inerte y su inercia lo espantaba; pero la idea de mover un miembro del cuerpo, aunque sólo fuera alzar una mano o pestañear, lo llenaba de un espanto aún mayor. Sentía que a duras penas se mantenía en equilibrio ante un enorme vacío, y que bastaría un mínimo gesto para hacerlo resbalar por el borde. «Ahora perderé la razón, me quedaré ciego y me caeré, no puedo impedirlo», pensó con repentina lucidez.
Pero en ese instante advirtió que sonaba la campana de la salida. Inmediatamente después oyó los gritos de las alumnas y vio correr fuera a las primeras, con sus impermeables y sus gorritos y las carteras colgando de las correas. Hablaban en voz alta, se apretaban entre sí y reían; le pareció ver relampaguear entre ellas aquella sonrisa, y le acometió un temblor convulso; pero se había equivocado. Ahora sentía un calor abrasador en todo el cuerpo, salvo en las manos, que estaban sudorosas y gélidas.
Por último, vio salir a su grupo. Reconoció en seguida a las tres chicas que salían todos los días con ella, pero hoy ella no estaba. Caminaban tranquilas, sin hablarse, y él reconoció desde lejos el abrigo marrón de la más alta y su orgulloso modo de andar, sacando la barbilla. Sentía que no podía soportar la espera y la duda un minuto más, pero no daba un paso. Vio entonces con claridad que una de las tres se apartaba del grupo y caminaba hacia él.
A medida que se acercaba, pudo distinguir mejor aquella adolescente robusta, su rostro redondo de ojos oscuros y vivos, las manos gordezuelas que sostenían la cartera. Llevaba un corto abrigo por el que asomaba un borde del delantal. No tenía, como las otras, las piernas desnudas, sino abrigadas con medias de lana. Se detuvo ante él y lo miró, dubitativa, moviendo apenas los labios. El sintió una voluntad desesperada de formular la pregunta, pero ningún sonido salió de su pecho.
—Murió ayer —dijo la chica, sin esperar la pregunta—, murió de repente, pero ya estaba enferma.
—¿Cómo? —dijo, y se espantó al oír su propia voz distinta y clara.
—El profesor habló de ella y todas nos pusimos de pie —continuó la otra—. También yo dije «presente» cuando en la lista pasaron su nombre.
Al hablar observaba al hombre, con atenta curiosidad. El estaba inmóvil contra el árbol y los anteojos empañados ocultaban su mirada; tenía extrañas hinchazones en las sienes y la frente, y la barba hacía grisácea su cara viscosa y enferma. Sus labios caídos, sin color, balbucieron débilmente, y el cuerpo sobre el cual aquellas ropas sórdidas parecían como pegadas se agitó convulso, mientras sus manos parecían aferrarse al vacío. Sin hablar, se volvió y la niña lo vio bajar por el sendero; con los brazos abandonados y los hombros inclinados, con una pesada torpeza, pareció desvanecerse en la niebla.
La niña retrocedió hacia la escuela; sus compañeras, seguramente cansadas de esperarla, se habían marchado, y las ventanas estaban cerradas; también la verja estaba cerrada, y ella se asombró de que la escuela, tan animada antes, se hubiera quedado desierta en pocos minutos. Le pareció que tenía ante sí un largo trecho de tiempo que no sabía en qué gastar. Una niebla inesperada, pesada, había recubierto la parte baja de la ciudad, pero las cúpulas y las cimas de las torres aún estaban visibles y parecían colgadas de lo alto. Desde la explanada ella veía las calles, el puente y el río, pero todo indistinto, sumergido. Caminó entre los árboles, y ya no se veía la escuela; recorría un sendero de nieve sin pisotear y se dio prisa, pensando: «Voy a verla».
El lugar al que llegó no le resultaba conocido; era vasto, anegado por la niebla, y en él se alzaban elevados edificios cuyas formas y colores no se distinguían bien. Una gente oscura se ajetreaba con una velocidad febril, sin chocar entre sí ni detenerse, y ella no conseguía distinguir las caras ni la forma de los trajes de esta multitud innumerable; todos se cruzaban y se adelantaban a su alrededor, y el sonido de sus pasos era continuo, similar a una lluvia, y como amortiguado por una inmensa distancia.
Entonces ella echó a correr.
—¡María! —llamó con fuerza; y un eco replicó a su voz, después otro eco, desde puntos lejanos.
—¡María! —repitió, deteniéndose confusa.
Una voz sofocada, huidiza, como cuando se juega al escondite, contestaba por último:
—¡Clara!
Y ella echó a andar sin dirección entre aquella muchedumbre presurosa, que la rozaba sin tocarla. Gritaba, corriendo, el nombre de su compañera, hasta que la vio inmóvil en medio de la gente, de pie. La distinguía con mayor claridad cada vez; sólo llevaba puesto su delantal de la escuela, y tenía los ojos fijos y desorbitados.
—¿No tienes frío? —le preguntó, y no obtuvo respuesta—. El viento te ha despeinado —le dijo.
Entonces la otra, con un gesto distraído, se pasó dos dedos entre los rizos.
—¿Sabes? ¡Lo he visto y le he hablado! —continuo Clara, en voz baja. Su amiga se apartó de ella con una mirada asustada, meneando la cabeza.
—No quería meterte miedo —se excusó Clara a toda prisa, y la asaltó una angustia penosa.
En el rostro de su compañera se habían formado unas arrugas, sus pupilas se volvían opacas y parecía mucho más flaca.
—Seguramente es su enfermedad —pensó Clara.
—Fue él quien me mató —dijo la otra de inmediato, con una voz tan aguda que ella se estremeció.
No era posible hacerse oír sin gritar; ahora toda aquella gente en fuga hacía nacer a su alrededor un viento fragoroso y era necesario apretarse el cuerpo con los brazos para sujetar los vestidos.
—¿Por qué quieres hablar en medio de tanta gente? —preguntó ella— ¿Por qué no nos retiramos a una esquina?
Pero no consiguió que oyese su pregunta, ni su acento de reproche.
María inclinó la cabeza, seria y absorta, como quien recuerda a duras penas. Cuando empezó a hablar de nuevo, bajó el tono de la voz, hasta el punto de que sus palabras se perdían en el silbido del aire y apenas se comprendían por el movimiento de los labios. Parecía no advertir la niebla y la fuga circundante, y hablaba ya de prisa ya despacio, como un pájaro perdido que bate las alas.
—Me esperaba todos los días junto al árbol —murmuró, mirando de soslayo a su alrededor.
—Todos los días, junto al árbol.
—Y cuando enfermé —prosiguió la otra, en secreto—, entró de repente en mi cuarto. El aire no era claro, y yo creía encontrarme con ustedes en la calle. Ustedes se reían de sus anteojos, y yo le grité que los echaran; pero después me acordé de que me había quedado en la cama con fiebre y de que aquél era mi cuarto. Él se agrandaba como una mancha negra, avanzando desde el fondo de la pared, y decía: «Aquí estoy, he venido». Sus dientes se entrechocaban, mientras trataba de sonreír. Yo grité: « ¡No te conozco! ¡Vete! » Entonces se quitó los anteojos para darse a conocer, y descubrí sus dos ojos inmóviles. «¿Por qué me miras como un ciego?» —pregunté. «Porque duermo —me contestó—, estoy cansado. Ayer fue vacación, tú tenías fiesta, y he vagado hasta la noche para encontrarte, olfateando la nieve como un perro para buscar las huellas de tus pies. Estoy cansado, los brazos me pesan, las rodillas se me doblan». «¡Vete! —le dije—. Este cuarto es mío. Tengo miedo.»
«Quiero darte miedo —contestó balbuciendo—. Pero aún no me atrevo a tocarte». Y yo comprendí que iba a matarme, por la forma en que agitaba las manos. Me daba vergüenza hablar de él a mí madre, que no lo veía, aunque él seguía de pie en un rincón. Durante todo el día y toda la noche se quedó allí, y yo lo miré sin poder dormir ni un minuto, porque el colchón quemaba y las mantas pesaban. Por la mañana me dijo: «Mañana», y repetía «mañana» cada vez más despacio. Me habría escapado a la calle, pero no tenía fuerzas en las piernas. Nadie me liberaba.
Todos caminaban de puntillas, y después empecé a gritar, porque la habitación se vació, y yo no vi a nadie, excepto a él. Estaba mal vestido, pálido, clavaba en mí los ojos, y se tambaleaba, apretando los puños y sonriéndome. Sentía que la nieve caía alrededor, y las paredes descendían replegándose sobre mí y sobre él. Entonces fue cuando mi madre dijo: «Incluso con tantas mantas tiene frío. Tiembla, la criatura. Hay que ponerle otro camisón, el de lana».
Acabada la segunda noche, el tercer día fue corto como un minuto, y yo sentí que él se reía con un rumor bajo. Su carcajada corría por el cuarto como un ratón, y yo no conseguía expulsarla, ni siquiera tapándome los oídos. Oía a lo lejos vuestras voces que hablaban de mí, y comprendía que errabais en torno a mi cama. «No es posible —pensé—, que le permitan acercarse». Y en cambio sentí un aliento en la cara. « ¡No! —grité—. ¡No quiero! » Él ya no hablaba y sus manos, cuando me mataron, quedaron flojas como trapos; echó a andar por una calle lejana, subió unos peldaños de madera, hasta una puerta, y sus ojos se cerraban de sueño. Entonces pude alejarme de él.
—Has gritado tanto, antes —observó, pensativa. Clara.
—Nadie lo comprendía —dijo la otra, con voz de llanto, airada; y volvió hacia su amiga una cara como envejecida, con ojos secos que parecían agrandados por un maquillaje.
—Ya no está —murmuró con un suspiro—. Se ha marchado.
En medio de aquellas casas altas e informes, ella parecía tan pequeña que a Clara le dio pena.
—Hoy —le anunció entonces en secreto— todas hemos contestado «presente», en la lista, cuando leyeron tu nombre.
María se sacudió y le dijo:
—Ven.
Las dos amigas se cogieron de la mano. María conducía a Clara y caminaba temerosa, empujando hacia adelante su nueva y pequeña cara marchita. El viento se debilitaba y la muchedumbre raleaba a su paso; cuando llegaron junto a un muro bajo, sobre el que crecía la hierba, la niebla se había vuelto transparente como un cristal.
—Ya no hay nadie —bisbisearon.
María se detuvo recelosa, aún jadeando. Después sacudió la cabeza y se arrimó al muro, con una ansiosa y extravagante sonrisa.
—¡Mira! —exclamó con un breve chillido de triunfo. Y despacio, con infinita trepidación y respeto, como quien descubre un misterio, se abrió el escote del delantal.
«No lleva nada debajo», pensó la otra.
E inclinadas, miraron juntas, conteniendo la respiración, asombradas. Se veía que el pecho empezaba a nacer; en la piel infantil, blanca, a los dos lados, despuntaban dos pequeñas cosas desnudas, parecidas a dos yemas nacientes de una flor.
Se rieron juntas, muy bajito.

jueves, 26 de noviembre de 2015

La perra de Fabio Morábito

La perra



Supe que nos robaría desde que abrí la puerta y la vi parada en el rellano de las escaleras con la bolsa del mandado doblada debajo del brazo.

-Soy Camelia, vengo de parte de la señora Guzmán

La hice pasar, la llevé a la cocina y ahí le di las instrucciones con un tono seco para desquitarme de antemano de los futuros robos que adiviné en sus ojos. Poco me faltó para que le dijera: “Ten cuidado, porque si yo o mi marido nos damos cuenta, no va a haber súplica que valga, ya una vez llamamos a la policía”.

La dejé en el living y regresé al cuarto, donde Alberto, tendido en la cama, fumaba un cigarro:

-¿Cómo es?

-Ratera, como todas.

Me quité la bata y Alberto aplastó el cigarro en el cenicero y me quitó el resto. Metió su pierna entre mis muslos y yo le dije:

-Tiene cara de mosquita muerta, nos va a robar todo lo que pueda, ahora mismo debe de estar viendo lo que le gustaría llevarse.

-¡La perra! -murmuró él.

Me besó los muslos mientras yo escuchaba los pasos de Camelia por la sala y el ruido de los objetos que movía de lugar.

-¿No oyes cómo husmea, cómo busca?

-¡Sí, la zorra!

Le dije a Camelia que viniera tres veces por semana.

Cuando se fue, repasé la casa a fondo para ver si faltaba alguna cosa. Vi que limpiaba mal, pero no peor que otras.

-¿Qué nos robó? -preguntó Alberto de vuelta de la oficina.

-La cabrona es fina, de las que roban una sola vez algo valioso y desaparecen, no chacharitas. Ahora estudia el terreno.

-¡ La perra!

Camelia llegaba entre ocho y ocho y media. Yo le abría en bata, le decía rápidamente lo que tenía que hacer y luego regresaba a la cama, donde Alberto me esperaba tenso, fumando. Me quitaba la bata y el camisón.

-Vieras lo bien que viene vestida.

-¡La zorra! ¿De dónde sacará la plata?

-No seas estúpido. De robar.

Me tiraba sobre la cama y él me besaba los muslos y las caderas zumbando en torno mío, afiebrándose. Lo dejaba hacer, sin moverme.

-¿No oyes cómo busca, cómo husmea?

-¡Sí, la perra!

Al irse él a la oficina, yo me quedaba en el estudio o salía de compras y, cuando Camelia se iba, revisaba cuarto por cuarto. Encontraba todo en su sitio; a lo mucho, algún objeto cambiado de lugar.

-¿Qué nos robó? -era la primera pregunta de Alberto cuando volvía a casa.

Le repetía enfadada que teníamos que habérnoslas con alguien astuto, no una pueblerina.

-Vas a ver que no es tan fina como dices -dijo él

Una mañana, y tomó tres billetes de diez mil, los enrolló y los ocultó en un rincón de la sala.

-¿Qué haces?

En eso tocaron a la puerta. Alberto, que estaba en pijama, se fue al cuarto. Le abría Camelia, nerviosa, luego volví a la recámara, donde Alberto fumaba apurado, sin gusto.

-¡La perra! -murmuró.

Nos quedamos acostados sin movernos, mirando el techo. Alberto fumó dos cigarros, uno tras otro, luego se levantó y se puso la bata y salió del cuarto. Cuando regresó, me bastó ver su cara para saber que el dinero seguía en su lugar. Se acostó dándome la espalda y encendió otro cigarro.

-A lo mejor todavía no limpia ahí -dije.

Oímos los escobazos secos sobre la alfombra de la sala. Diez o quince minutos después, aprovechando que Camelia se había metido en el baño, me puse la bata y caminé de puntas hasta el living. El dinero había desaparecido. Sentí una felicidad dura, caliente. Por las dudas, revisé a fondo. No encontré nada. Regresé al cuarto antes de que Camelia saliera del baño. Me temblaban las piernas. Algo me vio Alberto en la cara.

-¿Qué te pasa?

-¡La zorra! -murmuré, y empecé a desnudarme. Él pendía de mis labios, pero no abrí la boca.

-¿Me vas a decir o no? -casi gritó.

Todavía me di mi tiempo quitándome el brasier frente al espejo, sabiendo cómo lo enloquecen mis senos.

-Ve a ver -dije sin mirarlo, desnuda.

Aplastó el cigarro en el cenicero, se levantó y salió al pasillo sin hacer ruido. Volvió con el mismo disimulo. Los ojos le hervían.

-¡La perra, nos robó!

-¿Qué esperabas?

-Nos vio la cara.

-Y ahora debe de estar en el baño ocultándose el dinero en los calzones o en los zapatos. ¡Riéndose de nosotros!

Se quitó la bata, se arrodilló y me besó los tobillos, los dedos de los pies, las corvas, temblando.

-¡La zorra! -jadeó.

-Este es sólo el principio. Nos va a dejar sin nada. ¡Nos va a quitar todo lo que tenemos! iTodo!

Apenas alcanzó a gemir y me lamió las piernas, derritiéndose. Salió de casa cuando Camelia subió a la azotea del edificio a colgar la ropa y las sábanas. Era tardísimo, y yo me quedé en bata.

Entonces, entrando en la cocina, vi los tres billetes de diez mil sobre la mesa, cuidadosamente estirados debajo del cenicero de ónice. Los miré fijamente, sin tocarlos. Camelia los había desplegado como una bandera, como una feliz evidencia, con la jactancia que le daba el derecho de exigir nuestro agradecimiento. Tenía la soberbia de los animales humildes y pacientes. Me senté en la cocina a esperarla y, cuando regresó de la azotea, la recibí con una mirada de hielo:

-¿Qué hace ese dinero aquí?

-Lo encontré en la sala, señora -dijo sin alterarse.

Traía en la mano la cubeta de plástico, se veía cansada. Era una hormiga implacable. Odié su voz estridente y pueblerina, sus bondadosos ojos de telenovela.

Salí de la cocina, dejé los billetes sobre la mesa y fui a darme un regaderazo para cobrar valor. Se lo dije antes de salir de compras:

-Camelia, mi esposo y yo vamos a salir de viaje por seis meses. Aquí tienes tu liquidación -y puse en su mano los tres billetes de diez mil que estaban debajo del cenicero. Se me quedó viendo sin abrir la boca, con la mano abierta y el dinero apelotonado.

-Lo mandaron llamar de Guadalajara esta semana, por eso no te avisé antes.

No soportaba su estupor y su silencio, sólo quería que se fuera.

-Y puedes irte de una vez. No hace falta que sigas limpiando, vamos a hacer las maletas y no tiene caso.

-Sí, señora.

Fue a la cocina a coger la bolsa del mandado, la dobló debajo del brazo, le abrí la puerta, inclinó ligeramente la cabeza y olí su perfume barato. Salí de compras y no regresé hasta el mediodía. De vuelta a casa, cuando vi el tiradero de los cuartos y los trastes sucios, me arrepentí de no haber retenido a Camelia hasta su hora de salida. La maldije por la presteza con que me había obedecido. Traté de poner un poco de orden, pero no pude. ¡La perra! Alberto, de regreso, me encontró perdida en aquella revoltura.

-¿Qué pasó, qué tienes?

-Qué voy a tener. ¡La perra!

Vi cómo se alteraba, cómo se le subía la sangre.

-¡Huyó! ¡Echó a volar! Se le hizo fácil con el dinero que le dejaste atrás de las cortinas. ¡Y nos dejó hundidos en esta porquería!

Miro hipnotizado el revoltijo de la cocina y de la sala. Cuando habló le temblaba la voz:

-Se fue... ¿y nos dejó así... en esta inmundicia?

- Sí.

Dio un paso hacia la cocina, miró los trastes que se amontonaban en el fregadero, los restos del desayuno, el piso sucio. Hizo un gesto incrédulo con la mano:

-¿La perra? -preguntó.

-¡Sí, la perra! -dije.

Ayer, pasadas las seis de la tarde, me encontré casi de casualidad con el siguiente texto. El autor es Fabio Morábito. Un escritor que Nació en Egipto, pasó su infancia en Milán y el resto de su vida en México (en 2007, vivió ocho meses en Argentina). Publicó libros de poesía, ensayo y narrativa. En el 2009, en nuestro país, Eterna cadencia publicó La lenta furia, libro en el que se encuentra el presente cuento.