miércoles, 17 de diciembre de 2014

Dimensiones de Alice Munro

Doree tenía que coger tres autobuses, uno hasta Kincardine, donde esperaba el de London, donde volvía a esperar el autobús urbano que la llevaba a las instalaciones. Empezaba la excursión el domingo a las nueve de la mañana. Debido a los ratos de espera entre un autobús y otro eran casi las dos de la tarde cuando había recorrido los ciento sesenta y pocos kilómetros. Sentarse en los autobuses o en las terminales no le importaba. Su trabajo cotidiano no era de los de estar sentada.
Era camarera del Blue Spruce Inn. Fregaba baños, hacía y deshacía camas, pasaba la aspiradora por las alfombras y limpiaba espejos. Le gustaba el trabajo, le mantenía la cabeza ocupada hasta cierto punto y acababa tan agotada que por la noche podía dormir. Rara vez se encontraba con un auténtico desastre, aunque algunas de las mujeres con las que trabajaba contaban historias de las que ponen los pelos de punta. Esas mujeres eran mayores que ella y pensaban que Doree debía intentar mejorar un poco. Le decían que debía prepararse para un trabajo cara al público mientras fuera joven y tuviera buena presencia. Pero ella se conformaba con lo que hacía. No quería tener que hablar con la gente.
Ninguna de las personas con las que trabajaba sabía qué había pasado. O, si lo sabían, no lo daban a entender. Su fotografía había aparecido en los periódicos, la foto que él había hecho, con ella y los tres niños: el recién nacido, Dimitri, en sus brazos, y Barbara Ann y Sasha a cada lado, mirándolo. Entonces tenía el pelo largo, castaño y ondulado, con rizo y color naturales, como le gustaba a él, y la cara con expresión dulce y tímida, que reflejaba menos cómo era ella que cómo quería verla él.
Desde entonces llevaba el pelo muy corto, teñido y alisado, y había adelgazado mucho. Y ahora la llamaban por su segundo nombre, Fleur. Además, el trabajo que le habían encontrado estaba en un pueblo bastante alejado de donde vivía antes.
Era la tercera vez que hacía la excursión. Las dos primeras, él se había negado a verla. Si se negaba otra vez, ella dejaría de intentarlo. Aunque aceptara verla, a lo mejor no volvería durante una temporada. No quería pasarse. En realidad, no sabía qué haría.
En el primer autobús no estaba muy preocupada; se limitaba a mirar el paisaje. Se había criado en la costa, donde existía lo que llamaban primavera, pero aquí el invierno daba paso casi sin solución de continuidad al verano. Un mes antes había nieve, y de repente hacía calor como para ir en manga corta. En el campo había charcos deslumbrantes, y la luz del sol se derramaba entre las ramas desnudas.
En el segundo autobús empezó a ponerse un poco nerviosa, y le dio por intentar adivinar qué mujeres se dirigían al mismo sitio. Eran mujeres solas, por lo general vestidas con cierto esmero, quizá para aparentar que iban a la iglesia. Las mayores tenían aspecto de asistir a iglesias estrictas, anticuadas, donde había que llevar falda, medias y sombrero o algo en la cabeza, mientras que las más jóvenes podrían haber formado parte de una hermandad más animada, que permitía los trajes pantalón, los pañuelos de vivos colores, los pendientes y los cardados.
Doree no encajaba en ninguna de las dos categorías. Durante el año y medio que llevaba trabajando no se había comprado ropa. En el trabajo llevaba el uniforme, y en los demás sitios, vaqueros. Había dejado de maquillarse porque él no se lo consentía, y ahora, aunque podría hacerlo, no lo hacía. El pelo de punta de color maíz no pegaba con su cara lavada y huesuda, pero no importaba.
En el tercer autobús encontró un asiento junto a la ventanilla e intentó mantener la calma leyendo los rótulos, los de los anuncios y los de las calles. Tenía un truco para mantener la cabeza ocupada. Cogía las letras de cualquier palabra en la que se fijara e intentaba ver cuántas palabras nuevas podía formar con ellas. De «cafetería», por ejemplo, le salían «te», «té», «fea», «cara», «cafre», «rifa», «cate» y…, un momento…, «aire». Las palabras no escaseaban a la salida de la ciudad, pues el autobús pasaba por delante de vallas publicitarias, tiendas gigantescas, aparcamientos e incluso globos amarrados a los tejados con anuncios de rebajas.
Doree no le había hablado a la señora Sands de sus dos últimas tentativas y probablemente tampoco le hablaría de esta. Según la señora Sands, a quien veía los lunes por la tarde, había que seguir adelante, aunque llevara tiempo, sin forzar las cosas. Ella decía que lo estaba haciendo bien, que estaba descubriendo poco a poco su propia fortaleza.
—Ya sé que te dan ganas de matar a quien te dice esas palabras, pero es verdad —dijo.
Se sonrojó al oírse decir aquello, «matar», pero no quiso empeorarlo disculpándose.
Cuando Doree tenía dieciséis años —de eso hacía siete— iba a ver a su madre al hospital todos los días al salir del colegio. Su madre se recuperaba de una operación en la espalda, que al parecer era grave pero no peligrosa. Lloyd era celador. Tenía algo en común con la madre de Doree: los dos habían sido hippies, aunque Lloyd era unos años más joven. Siempre que tenía tiempo Lloyd entraba a charlar con ella sobre los conciertos y las manifestaciones de protesta a los que habían asistido, la gente estrambótica que habían conocido, los viajes y colocones que los habían dejado hechos polvo y cosas así.
Lloyd caía bien a los pacientes, por sus bromas y porque transmitía seguridad y fuerza. Era fornido, de hombros anchos, y lo suficientemente serio para que a veces lo tomaran por médico. (No le hacía ninguna gracia; opinaba que gran parte de la medicina era una mentira y que muchos médicos eran unos gilipollas.) Tenía la piel rojiza y sensible, el pelo claro y la mirada insolente.
Un día besó a Doree en el ascensor y le dijo que era una flor en el desierto. Después se rió de lo que había dicho y añadió:
—¿Has visto lo original que puede llegar a ser uno?
—Es que eres poeta, pero no lo sabes —dijo Doree, por cortesía.
La madre de Doree murió una noche, de repente, de una embolia. Tenía muchas amigas, que habrían recogido a Doree —de hecho, se quedó con una de ellas una temporada—, pero ella prefería a su nuevo amigo, Lloyd. Antes de su siguiente cumpleaños estaba embarazada, y poco después casada. Lloyd no se había casado nunca, aunque tenía al menos dos hijos, de cuyo paradero no sabía gran cosa. De todos modos, ya serían mayores. Con la edad, Lloyd había adoptado otra filosofía de vida: creía en el matrimonio y en la fidelidad, pero no en el control de la natalidad. Y le pareció que la península de Sechelt, donde vivían Doree y él, estaba en aquella época demasiado llena de gente: viejos amigos, viejas maneras de vivir, antiguas amantes. Al poco Doree y él se trasladaron a la otra punta del país, a un pueblo que eligieron por el nombre mirando un mapa: Mildmay. No se instalaron en el pueblo; alquilaron una casa en el campo. Lloyd encontró trabajo en una fábrica de helados. Plantaron un jardín. Lloyd sabía mucho de jardinería; también de carpintería, y de cómo encender una estufa de leña y mantener bien un coche viejo.
Nació Sasha.
—Es muy natural —comentó la señora Sands.
—¿Sí? —dijo Doree.
Doree siempre se sentaba en una silla de respaldo recto ante una mesa, no en el sofá, con tapicería de flores y cojines. La señora Sands movió su silla hacia un lado de la mesa, para poder hablar sin ninguna barrera entre las dos.
—Casi me lo esperaba —dijo—. Creo que yo a lo mejor habría hecho lo mismo en tu lugar.
La señora Sands no habría dicho eso al principio. Hace un año, sin ir más lejos, habría sido más prudente, consciente de que Doree se habría sublevado ante la idea de que alguien, algún ser viviente, pudiera ponerse en su lugar. Ahora sabía que Doree se lo tomaría como una manera, una manera humilde incluso, de intentar comprender.
La señora Sands no era como algunas de las demás. No era dinámica, ni delgada, ni guapa. Ni tampoco demasiado mayor. Tenía más o menos la edad que tendría la madre de Doree, pero no el aspecto de una antigua hippy. Llevaba el pelo entrecano muy corto y tenía una verruga en lo alto de un pómulo. Vestía zapatos planos, pantalones holgados y blusas de flores. Aunque fueran de color frambuesa o turquesa, las blusas no transmitían una verdadera preocupación por la ropa; más bien parecía que alguien le había dicho que tenía que arreglarse un poco y ella, obediente, había ido a comprarse algo que pensaba que podía servirle. La amable, impersonal y sincera sobriedad de la señora Sands despojaba aquellas prendas de todo entusiasmo agresivo, de toda ofensa.
—Pues las dos primeras veces ni lo vi —dijo Doree—. No quiso salir.
—¿Y esta vez sí? ¿Salió?
—Sí, pero apenas lo reconocí.
—¿Había envejecido?
—Supongo. Supongo que ha adelgazado un poco. Y esa ropa. De uniforme. Nunca lo había visto así.
—¿Te pareció una persona diferente?
—No.
Doree se mordió el labio superior, intentando pensar cuál era la diferencia. Estaba tan quieto… Doree nunca lo había visto tan quieto. Ni siquiera pareció darse cuenta de que tenía que sentarse enfrente de ella. Lo primero que le dijo Doree fue: «¿No te vas a sentar?».
Y él contestó: «¿Estará bien?».
—Parecía ausente —dijo Doree—. ¿Lo tendrán drogado?
—Quizá le dan algo para mantenerlo estable. Pero la verdad, no lo sé. ¿Entablasteis una conversación?
Doree pensó si de verdad había sido una conversación. Le había hecho unas cuantas preguntas, normales, absurdas. ¿Qué tal estaba? (Bien.) ¿Le daban suficiente de comer? (Él creía que sí.) ¿Había algún sitio donde pudiera ir a pasear si le apetecía? (Con vigilancia, sí. Él suponía que podía decirse que era un sitio. Suponía que podía decirse que era pasear.)
—Tienes que tomar el aire —le dijo Doree.
—Es verdad —le dijo Lloyd.
Doree estuvo a punto de preguntarle si tenía amigos. Como le preguntas a tu hijo por el colegio. Como se lo preguntarías a tus hijos, si fueran al colegio.
—Sí, sí —dijo la señora Sands, empujando suavemente la oportuna caja de kleenex.
A Doree no le hacía falta, tenía los ojos secos. El problema estaba en la boca del estómago. Las náuseas.
La señora Sands se limitó a esperar. Era lo bastante lista para no meterse en más honduras.
Y, como si hubiese adivinado lo que Doree estaba a punto de decir, Lloyd le había contado que había un psiquiatra que iba a verlo para hablar con él cada dos por tres.
—Yo le digo que está perdiendo el tiempo —añadió Lloyd—. Yo sé tanto como él.
Fue el único momento en que a Doree le pareció que volvía a ser el de antes. Durante toda la visita el corazón le latió con fuerza. Pensó que igual se desmayaba o se moría. Le cuesta tanto trabajo mirarlo, encajar en su campo de visión a aquel hombre delgado y canoso, inseguro pero frío, que se mueve mecánicamente pero sin coordinación…
No le había contado nada de eso a la señora Sands. La señora Sands podría haber preguntado —con mucho tacto— de quién tenía miedo. ¿De él o de sí misma?
Pero Doree no tenía miedo.
Cuando Sasha tenía un año y medio nació Barbara Ann, y cuando Barbara Ann tenía dos años, tuvieron a Dimitri. Habían elegido el nombre de Sasha entre los dos, y después hicieron un pacto: él elegiría los nombres de los niños y ella los de las niñas.
Dimitri fue el primero con cólicos. Doree pensó que a lo mejor no tenía suficiente leche, o que su leche no era lo bastante nutritiva. ¿O era demasiado nutritiva? Lloyd llevó a una señora de la Liga de La Leche para que hablara con Doree. Pase lo que pase, no le dé ningún biberón complementario, dijo la señora. Eso sería el principio del fin, porque dentro de poco el niño rechazaría el pecho.
No sabía la señora que Doree ya le estaba dando biberones complementarios. Y parecía verdad que el niño los prefería; cada día estaba más tiquismiquis con el pecho. Al cabo de tres meses solo tomaba biberón, y entonces ya no hubo forma de ocultárselo a Lloyd. Doree le dijo que se había quedado sin leche y que había tenido que empezar a darle el complemento. Lloyd le apretujó un pecho y después el otro con frenética determinación, y logró sacarle unas tristes gotitas de leche. La llamó mentirosa. Se pelearon. Él le dijo que era una puta, como su madre. Dijo que las hippies esas eran todas unas putas.
Pronto hicieron las paces. Pero siempre que Dimitri se quejaba de algo, o estaba resfriado, o le daba miedo el conejito que tenía algún niño por mascota, o cuando seguía agarrándose a las sillas a la edad en que su hermano y su hermana ya andaban solos, salía a relucir el fracaso en lo de darle de mamar.
La primera vez que Doree fue al despacho de la señora Sands, una de las otras mujeres le dio un folleto. En la cubierta había una cruz dorada y varias palabras en morado y oro. «Cuando tu pérdida parece insufrible…» Dentro había una imagen de Jesucristo en colores pálidos y unos caracteres más menudos que Doree no llegó a leer.
Sentada ante la mesa, aferrando el folleto, Doree se echó a temblar. La señora Sands se lo tuvo que arrancar de la mano.
—¿Te lo ha dado alguien? —preguntó la señora Sands.
Doree dijo:
—Esa. —Y señaló con la cabeza la puerta cerrada.
—¿No te interesa?
—Cuando estás fatal es cuando intentan pillarte —dijo Doree, y entonces cayó en la cuenta de que era algo que había dicho su madre cuando fueron a verla al hospital unas señoras con un mensaje parecido—. Se creen que vas a ponerte de rodillas y que todo irá estupendamente.
La señora Sands suspiró.
—Bueno, en realidad no es tan sencillo —dijo.
—Ni siquiera posible —añadió Doree.
—Quizá no.
Nunca hablaban de Lloyd en aquellos días. Doree nunca pensaba en él, si podía evitarlo, y si no podía pensaba en él como si fuera un terrible accidente de la naturaleza.
—Aunque creyera en esas cosas —dijo, refiriéndose a lo que había en el folleto—, solo sería para…
Lo que quería decir era que creer en eso le resultaría muy práctico, pues así podría imaginarse a Lloyd ardiendo en el infierno o algo por el estilo, pero fue incapaz de continuar, porque le parecía una estupidez hablar de algo así. Y porque se lo impedía algo ya muy conocido, una especie de martilleo en la tripa.
Lloyd era partidario de que sus hijos estudiaran en casa. No por razones religiosas —como no creer en los dinosaurios, los hombres de las cavernas, los monos y todas esas cosas—, sino porque quería que estuvieran junto a sus padres y que se adentrasen en el mundo poco a poco y con cuidado, no que los lanzaran a él de golpe. «Es que da la casualidad de que pienso que son mi hijos —decía—. O sea, nuestros hijos, no los hijos del Departamento de Educación.»
Doree no estaba muy segura de poder manejar aquello, pero resulta que el Departamento de Educación tenía sus directrices y sus planes de estudios, que podían encontrarse en la escuela del pueblo. Sasha era un chico inteligente que prácticamente aprendió a leer solo, y los otros dos eran demasiado pequeños para aprender gran cosa. Por las noches y los fines de semana Lloyd le enseñaba a Sasha geografía, el sistema solar, la hibernación de los animales y cómo funciona un coche, tratando cada tema a medida que surgían las preguntas. Sasha enseguida se adelantó a los planes de estudios de la escuela, pero Doree iba a recogerlos de todos modos y lo ponía a hacer los ejercicios a tiempo para cumplir con la ley.
Había otra madre del barrio que también educaba a los niños en casa. Se llamaba Maggie y tenía una furgoneta pequeña. Lloyd necesitaba el coche para ir a trabajar y Doree, que no había aprendido a conducir, se alegró cuando Maggie se ofreció a llevarla una vez a la semana para entregar los ejercicios terminados y recoger los nuevos. Naturalmente, se llevaban a todos los niños. Maggie tenía dos chicos. El mayor sufría tantas alergias que la madre tenía que vigilar estrechamente todo lo que comía; por eso le daba clase en casa. Y después Maggie pensó que el pequeño también podía quedarse allí. El niño quería estar con su hermano, y además tenía problemas de asma.
Qué agradecida se sintió Doree, al compararlos con los tres suyos, tan sanos. Lloyd decía que era porque los había tenido de joven, mientras que Maggie había esperado hasta llegar casi a la menopausia. Lloyd exageraba la edad de Maggie, pero era cierto que había esperado. Maggie era optometrista. Su marido y ella habían sido compañeros de trabajo y no tuvieron familia hasta que ella pudo dejar la consulta y encontraron una casa en el campo.
Maggie tenía el pelo entrecano, muy corto y pegado al cráneo. Era alta, de pecho plano, jovial y de ideas fijas. Lloyd la llamaba la Lesbi. Solo a sus espaldas, claro. Bromeaba con ella por teléfono pero a Doree le decía, solo moviendo los labios: «Es la Lesbi». A Doree no le importaba mucho, Lloyd llamaba lesbis a muchas mujeres, pero le daba miedo que a Maggie las bromas le parecieran demasiado amistosas, inoportunas o al menos una pérdida de tiempo.
—¿Quieres hablar con mi señora? Sí. Aquí la tengo, dándole a la tabla de lavar. Sí, soy un auténtico negrero. ¿No te lo ha contado?
Doree y Maggie adquirieron la costumbre de ir juntas a la compra después de recoger los papeles en el colegio. Luego a veces se llevaban unos cafés de Tim Hortons e iban con los niños al Riverside Park. Se sentaban en un banco mientras Sasha y los hijos de Maggie echaban carreras o se subían a los aparatos, Barbara Ann se columpiaba enérgicamente y Dimitri jugaba en el cajón de arena. O se sentaban en la furgoneta, si hacía frío. Hablaban sobre todo de los niños y de lo que cocinaban, pero de algún modo Doree averiguó que Maggie se había pateado media Europa antes de estudiar optometría, y Maggie se enteró de lo joven que era Doree cuando se casó. También de la facilidad con la que se había quedado embarazada al principio, de que ya no le resultaba tan fácil, y de que eso despertaba las sospechas de Lloyd, que registraba los cajones del tocador de Doree en busca de píldoras anticonceptivas, pensando que debía de estar tomándolas a escondidas.
—¿Y lo haces?
Doree se quedó horrorizada. Dijo que ni se le ocurriría.
—O sea, me parecería una cosa terrible, sin decírselo a él. Es una especie de broma lo que hace cuando las busca.
—Ah —dijo Maggie.
Y en una ocasión Maggie preguntó:
—¿Te va todo bien? O sea, en tu matrimonio. ¿Eres feliz?
Doree dijo que sí, sin dudarlo. Después empezó a tener más cuidado con lo que contaba. Comprendió que había ciertas cosas a las que ella estaba acostumbrada que otra persona quizá no entendería. Lloyd veía las cosas de una manera especial; era su forma de ser. Ya era así cuando lo conoció en el hospital. La enfermera jefe era muy estirada, y él la llamaba señora Malbicho en lugar de por su apellido, Mitchell. Lo decía tan deprisa que costaba trabajo darse cuenta. Pensaba que tenía sus favoritos y que él no era uno de ellos. Ahora, en la fábrica de helados, detestaba a una persona a quien llamaba Louie Chupapalos. Doree no sabía cómo se llamaba en realidad aquel hombre, pero al menos eso demostraba que no eran solo las mujeres quienes lo irritaban.
Doree estaba segura de que esa gente no era tan mala como creía Lloyd, pero de nada valía contradecirlo. Quizá los hombres necesitaban tener enemigos, como necesitan gastar sus bromitas. Y a veces Lloyd hacía broma de sus enemigos, como si se riera de sí mismo. Incluso le permitía a Doree reírse también, siempre y cuando no fuera ella quien empezara.
Doree esperaba que Lloyd no se pusiera en ese plan con Maggie. A veces tenía miedo de que la mujer se viera venir algo así. Si él no la dejara ir en el coche al colegio y a la compra con Maggie sería un fastidio, y grande. Pero peor sería la vergüenza. Tendría que inventarse alguna mentira absurda para explicarlo. Pero Maggie se daría cuenta; como mínimo se daría cuenta de que Doree mentía y lo interpretaría como que estaba peor de lo que realmente estaba.
Y Doree se preguntó por qué tenía que importarle lo que Maggie pensara. Maggie era una extraña, ni siquiera se sentía a gusto con ella. Fue Lloyd quien lo dijo, y tenía razón. La verdad de las cosas entre ellos, su vínculo, no era algo que pudiera entender nadie y no era asunto de nadie. Si Doree podía mantener su lealtad, todo iría bien.
Todo empeoró, poco a poco. Ninguna prohibición directa, pero sí más críticas. Lloyd dejaba caer la teoría de que las alergias y el asma de los hijos de Maggie podían ser culpa de la madre. Muchas veces el motivo es la madre, decía. Lo había visto en el hospital. Una madre demasiado dominante, normalmente demasiado culta.
—Algunos niños simplemente nacen con algo —dijo Doree, imprudente—. No puedes decir que siempre es la madre.
—Ah. ¿Y por qué no puedo?
—No quiero decir tú. No quiero decir que no puedes. O sea, ¿no pueden nacer con cosas?
—¿Desde cuándo eres una eminencia médica?
—Yo no he dicho que lo sea.
—No. Es que no lo eres.
De mal en peor. Lloyd quería saber de qué hablaban, Maggie y ella.
—No sé. De nada en particular.
—Qué curioso. Dos mujeres en un coche. La primera vez que lo oigo, que dos mujeres no hablen de nada. Lo que quiere es separarnos.
—¿Quién? ¿Maggie?
—Conozco a esa clase de mujeres.
—¿Qué clase?
—Su clase.
—No seas tonto.
—Cuidadito. No me llames tonto.
—¿Para qué querría hacer algo así?
—¿Y yo cómo lo voy a saber? Solo quiere hacerlo. Espera y verás. Irás a su casa llorando a mares por lo hijo de puta que soy. Un día de estos.
Y así ocurrió, tal y como él había dicho. Al menos eso debió de parecerle a Lloyd. Doree se vio una noche en la cocina de la casa de Maggie, alrededor de las diez, sonándose y tomando una infusión. El marido de Maggie dijo: «¿Qué demonios…?» cuando llamó a la casa; Doree lo oyó desde detrás de la puerta. Él no sabía quién era Doree. Ella dijo: «Siento muchísimo molestar…» mientras él se quedaba mirándola, con las cejas enarcadas y los labios apretados. Y entonces apareció Maggie.
Doree había ido hasta allí andando en la oscuridad, primero por la pista de gravilla junto a su casa, después por la carretera. Cada vez que se acercaba un coche se apartaba hasta la cuneta, y eso la retrasó considerablemente. Echaba un vistazo a los coches que pasaban, pensando que en uno de ellos podía ir Lloyd. No quería que la encontrase, todavía no, no hasta que se hubiera asustado de su propia locura. Otras veces ella había sido capaz de atemorizarlo, llorando, dando alaridos, incluso golpeándose la cabeza contra el suelo mientras salmodiaba: «No es verdad, no es verdad, no es verdad». Al final él se echaba atrás. Decía: «Vale, vale. Te creo. Tranquila, cariño. Piensa en los niños. Te creo, en serio. Déjalo ya».
Pero esa noche Doree se había plantado aun antes de empezar el número. Se puso el abrigo y salió por la puerta mientras él gritaba: «¡No lo hagas! ¡Te lo advierto!».
El marido de Maggie, que no parecía muy contento con la situación, se había ido a la cama mientras Doree no paraba de decir: «Lo siento. Lo siento mucho, presentarme así en tu casa a estas horas de la noche».
—Venga, cállate —dijo Maggie, en tono serio pero amable—. ¿Quieres una copa de vino?
—Yo no bebo.
—Entonces mejor que no empieces ahora. Voy a prepararte una infusión. Te relajará. Manzanilla y frambuesa. No es por los niños, ¿verdad?
—No.
Maggie le quitó el abrigo y le dio un montón de kleenex para la nariz y los ojos.
—No me cuentes nada todavía. Enseguida te tranquilizarás.
Ni siquiera cuando se calmó un poco Doree quiso soltar toda la verdad y dejar que Maggie se enterase de que ella era el meollo del problema. Además, no quería tener que explicar nada de Lloyd. Por muy agotada que la dejara, él seguía siendo la persona a quien estaba más unida en el mundo y Doree tenía la sensación de que todo se vendría abajo si se atreviese a contarle a alguien cómo era él exactamente, si le fuera tan desleal.
Dijo que Lloyd y ella habían retomado una antigua discusión y que estaba tan harta de todo que lo único que quería era salir de allí. Pero ya se le pasaría, dijo. A los dos.
—A todas las parejas les ocurre alguna vez —dijo Maggie.
Entonces sonó el teléfono y Maggie contestó.
—Sí. Está bien. Solo quería dar un paseo para desahogarse un poco. Muy bien. Vale. La llevaré a casa por la mañana. Ningún problema. Vale. Buenas noches.
»Era él —dijo—. Supongo que lo has oído.
—¿Cómo hablaba? ¿Parecía normal?
Maggie se echó a reír.
—Bueno, yo no sé cómo habla cuando está normal, ¿no? Pero no parecía borracho.
—Él tampoco bebe. En casa no tenemos ni café.
—¿Quieres una tostada?
Maggie la llevó a casa por la mañana temprano. El marido de Maggie todavía no se había ido a trabajar y se quedó con los niños.
Como Maggie tenía prisa por volver, se limitó a decir: «Adiós.
Llámame si necesitas hablar», mientras daba la vuelta con la furgoneta en el jardín.
Era una mañana fría de principios de primavera, aún había nieve en el suelo, pero Lloyd estaba sentado en las escaleras, sin chaqueta.
—Buenos días —dijo en voz alta, en tono sarcástico y cortés—.
Y Doree le dio los buenos días, fingiendo que no había notado su retintín.
Él no se apartó para dejarla pasar.
—No puedes entrar.
Doree decidió no tomárselo en serio.
—¿Ni siquiera si lo pido por favor? Por favor.
Lloyd la miró pero no contestó. Sonrió con los labios apretados.
—Lloyd —dijo Doree—. ¡Lloyd!
—Será mejor que no entres.
—No le he contado nada, Lloyd. Siento haberme marchado. Supongo que necesitaba respirar un poco.
—Mejor que no entres.
—¿Qué te pasa? ¿Dónde están los niños?
Lloyd movió la cabeza, como cuando Doree decía algo que no le gustaba, una pequeña ordinariez, por ejemplo «me cago en…».
—Lloyd. ¿Dónde están los niños?
Lloyd se apartó un poco, justo para que Doree pudiera pasar si quería.
Dimitri todavía en la cuna, tumbado de costado. Barbara Ann en el suelo, al lado de su cama, como si se hubiera caído o la hubieran sacado a empujones. Sasha junto a la puerta de la cocina; había intentado escapar. Era el único con moretones en el cuello. La almohada se había encargado de los otros dos.
—Cuando llamé por teléfono anoche, ¿sabes? —dijo Lloyd—, cuando llamé ya había ocurrido. Tú te lo buscaste.
Lo declararon demente y no pudieron juzgarlo. Era un delincuente psicótico, había que llevarlo a una institución segura.
Doree había salido corriendo de la casa e iba dando traspiés por el jardín, apretándose el estómago con los brazos como si la hubieran abierto de un tajo e intentara que no se le salieran las tripas. Esa fue la escena que vio Maggie cuando regresó. Había tenido un presentimiento y al llegar a la carretera dio la vuelta. Lo primero que pensó es que a Doree su marido le había dado un puñetazo o una patada en el estómago. No supo interpretar los gemidos de Doree. Pero Lloyd, que seguía sentado en las escaleras, se apartó cortésmente para dejarla pasar, sin pronunciar palabra, y ella entró en la casa y se encontró con lo que ya esperaba encontrarse. Llamó a la policía.
Doree se pasó un buen rato metiéndose en la boca cuanto tenía a mano. Después de la tierra y la hierba, sábanas, toallas y su propia ropa. Como si intentara ahogar no solo los alaridos, sino la escena que veía en su cabeza. Le pusieron una inyección de algo, cada cierto tiempo, para calmarla, y funcionó. Lo cierto es que se quedó muy tranquila, aunque no catatónica. Dijeron que se mantenía estable. Cuando salió del hospital y la trabajadora social la llevó a otro sitio, la señora Sands se hizo cargo de ella, le encontró una casa donde vivir y un trabajo, e impuso la rutina de hablar con ella una vez a la semana. Maggie habría ido a verla, pero era la única persona a la que Doree no soportaba ver. La señora Sands aseguraba que ese sentimiento era natural, que era la asociación. También decía que Maggie lo comprendería.
La señora Sands dijo que si Doree quería seguir visitando a Lloyd era cosa suya.
—Yo no estoy aquí para autorizar o desautorizar. ¿Te sentiste bien al verlo? ¿O mal?
—No lo sé.
Doree no era capaz de explicar que en realidad tenía la sensación de que no lo veía a él. Era casi como ver un fantasma. Tan pálido. Con ropa holgada de colores claros, zapatos que no hacían ruido, probablemente zapatillas. Le daba la impresión de que se le había caído un poco de pelo, su pelo abundante, ondulado, del color de la miel. Parecía haber perdido la anchura de los hombros, el hueco de la clavícula donde ella apoyaba la cabeza.
Lo que Lloyd dijo después a la policía —y apareció textualmente en los periódicos— fue lo siguiente: «Lo hice para evitarles el sufrimiento».
¿Qué sufrimiento?
«El sufrimiento de saber que su madre los había abandonado.»
A Doree esas palabras se le habían quedado grabadas en el cerebro, y quizá cuando decidió intentar verlo fue con la idea de obligarlo a retirarlas. Hacerle ver, y reconocer, qué había ocurrido en realidad.
«Me dijiste que o dejaba de contradecirte o me marchaba de casa. Así que me marché. Solo pasé una noche en casa de Maggie. Tenía intención de volver. No había abandonado a nadie.»
Doree recordaba perfectamente cómo había empezado la discusión. Había comprado una lata de espaguetis con una ligera abolladura. Por eso estaba de oferta, y Doree se puso muy contenta de haber ahorrado. Pensó que era muy lista. Sin embargo, no se lo dijo a Lloyd cuando empezó a interrogarla. Por alguna razón pensó que era mejor fingir que no se había dado cuenta.
Cualquiera se habría dado cuenta, dijo él. Podríamos habernos intoxicado todos. Pero ¿qué le pasaba? ¿O era eso lo que tenía en mente? ¿Quería probarlo con los niños o con él?
Doree le dijo que si se había vuelto loco.
Lloyd dijo que no era él quien estaba loco ¿Quién sino una mujer loca compraría veneno para su familia?
Los niños se quedaron observando desde la puerta del salón. Esa fue la última vez que Doree los vio con vida.
De modo que ¿eso era lo que Doree estaba pensando, que al final podría hacerle comprender quién de los dos estaba loco?
Cuando se dio cuenta de lo que le pasaba por la cabeza, Doree debería haberse bajado del autobús. Podría haberse bajado incluso ante la verja, con las pocas mujeres que subían lentamente por el camino. Podría haber cruzado la carretera y esperar el autobús para volver a la ciudad. Probablemente había gente que lo hacía. Iban allí de visita y de repente decidían que no. La gente seguramente lo hacía a menudo.
Pero quizá había sido mejor seguir adelante y verlo tan raro y destrozado. No era yo una persona a la que merece la pena culpar de algo. Ni siquiera una persona. Era como un personaje de un sueño.
Doree tenía sueños. En uno de los sueños huía de la casa después de haberlos encontrado y Lloyd se echaba a reír como antes, con su risa fácil. Después oía a Sasha riéndose detrás de ella y entonces caía en la cuenta, encantada, de que todos estaban gastándole una broma.
—¿Me preguntó usted que si me había sentido bien o mal al verlo? ¿La última vez que me lo preguntó?
—Sí —dijo la señora Sands.
—Tuve que pensármelo.
—Sí.
—Llegué a la conclusión de que me sentí mal. Así que no he vuelto.
Con la señora Sands nunca se sabía, pero que asintiera con la cabeza dio a entender cierta satisfacción o aprobación.
Así que cuando Doree decidió volver a pesar de todo, pensó que sería mejor no hablar del asunto. Y como resultaba difícil no hablar de cualquier cosa que le ocurriera —porque la mayoría de las veces era tan poco—, llamó y canceló la cita. Dijo que se iba de vacaciones. Empezaba el verano y las vacaciones eran lo normal. Con una amiga, dijo.
—No llevas la misma chaqueta que la semana pasada.
—No fue la semana pasada.
—¿No?
—Fue hace tres semanas. Ahora hace calor. Esta es más fina, pero la verdad es que no la necesito. No hace falta chaqueta.
Él le preguntó por el viaje, qué autobuses tenía que coger desde Mildmay.
Ella le contó que ya no vivía allí. Le dijo dónde vivía y lo de los tres autobuses.
—Es un buen trecho. ¿Te gusta vivir en un sitio más grande?
—Allí es más fácil encontrar trabajo.
—¿Así que trabajas?
La última vez le había contado dónde vivía, lo de los autobuses, dónde trabajaba.
—Trabajo en un motel, limpiando habitaciones —dijo Doree—. Te lo conté.
—Ah, sí. Se me había olvidado. Perdona. ¿Has pensado en volver a la escuela? ¿A la escuela nocturna?
Doree dijo que sí lo pensaba pero que nunca lo bastante en serio para hacer nada. También que no le importaba trabajar de limpiadora.
Y después se quedaron como si no se les ocurriera nada más que decir.
Lloyd suspiró.
—Perdona —dijo—. Perdona. Supongo que no estoy acostumbrado a una conversación.
—¿Y cómo pasas el tiempo?
—Pues leo. Medito. De todo un poco.
—Ah.
—Te agradezco que vengas. Significa mucho para mí. Pero no pienses que tienes que seguir. O sea, hazlo cuando quieras. Si pasa algo, y si te apetece… Lo que quiero decir es que el solo hecho de que quizá vengas, aunque vinieras una sola vez, es mucho para mí. ¿Me entiendes?
Doree dijo que sí, que eso creía.
Él dijo que no quería entrometerse en su vida.
—No lo haces —contestó ella.
—¿Era eso lo que ibas a decir? Pensaba que ibas a decir otra cosa.
En realidad, Doree había estado a punto de decir: ¿qué vida?
No, en serio, nada más, dijo Doree.
—Bien.
Tres semanas más tarde la llamaron por teléfono. Era la señora Sands, no una de las mujeres de la oficina.
—Ah, Doree. Pensaba que a lo mejor no habías vuelto. De las vacaciones. ¿Así que ya has vuelto?
—Sí —dijo Doree, intentando pensar dónde diría que había estado.
—Pero aún no te ha dado tiempo de concertar otra cita, ¿no?
—No. Todavía no.
—No importa. Solo quería estar segura. ¿Estás bien?
—Sí, estoy bien.
—Estupendo. Ya sabes dónde estoy si me necesitas. Si quieres charlar un rato.
—Sí.
—Bueno, cuídate.
No mencionó a Lloyd, no preguntó si habían continuado las visitas. Bueno, por supuesto, Doree dijo que no habían seguido, pero a la señora Sands normalmente se le daba muy bien percatarse de lo que pasaba. Y también se le daba muy bien callarse cuando comprendía que con preguntar no llegaría a ninguna parte. Doree no sabía qué habría contestado si le hubiera preguntado, si habría dado marcha atrás y habría contado una mentira o si habría soltado la verdad. Lo cierto era que había vuelto el domingo siguiente de que él le dijera, más o menos, que no importaba que fuera a verlo o no.
Lloyd estaba resfriado. No sabía cómo lo había pillado.
A lo mejor ya lo tenía la última vez que la vio y por eso había estado tan taciturno, dijo.
«Taciturno.» Ahora Doree casi nunca se relacionaba con gente que empleara una palabra así, y le pareció raro. Pero Lloyd siempre había tenido la costumbre de utilizar palabras como esa, y por supuesto antes a Doree no le impresionaban tanto como ahora.
—¿Te parezco una persona distinta? —preguntó Lloyd.
—Bueno, eres distinto —dijo Doree con prudencia—. ¿Yo no?
—Tú estás preciosa —dijo él con tristeza.
Doree se ablandó un poco, pero se resistió.
—¿Te sientes distinta? —preguntó Lloyd—. ¿Te sientes una persona distinta?
Ella dijo que no lo sabía.
—¿Y tú?
—Totalmente —dijo él.
Días más tarde, esa misma semana, a Doree le dieron un sobre en el trabajo. Llevaba la dirección del motel e iba dirigido a su atención. Dentro había varias hojas, escritas por las dos caras. Al principio no pensó que fuera de Lloyd; tenía la idea de que en la cárcel no se permitía escribir cartas. Pero claro, él era otra clase de preso. No era un delincuente, era un delincuente psicótico.
En el escrito no había fecha, ni siquiera un «Querida Doree». Empezaba hablándole de tal manera que Doree pensó que sería una especie de invitación religiosa.
La gente anda buscando la solución. Tienen la mente irritada (de tanto buscar). Hay tantas cosas que los zarandean, que les hacen daño… En sus caras se ven todos sus dolores y sus heridas. Están preocupados. Van de un sitio a otro. Tienen que ir de compras y a la lavandería y a cortarse el pelo y ganarse la vida o recoger el cheque del paro. Los pobres tiene que hacer eso y los ricos tienen que buscar con todas sus fuerzas la mejor manera de gastarse el dinero. Eso también es trabajo. Tienen que construir las mejores casas con grifos de oro para el agua caliente y la fría. Y sus Audi y los cepillos de dientes mágicos y todos los artilugios imaginables y las alarmas antirrobo para protegerse de las matanzas y ni (ve) viejos ni jóvenes, pobres o ricos, tienen paz de espíritu. Iba a escribir «vecinos» en lugar de viejos, ¿por qué sería? Aquí no tengo vecinos. Donde estoy al menos la gente ha superado mucha confusión. Saben lo que poseen y siempre poseerán y ni siquiera tienen que comprar la comida ni cocinar. Ni elegirla. Toda posibilidad de elección queda eliminada.
Lo único que podemos conseguir los que estamos aquí es lo que saquemos de nuestra mente.
Al principio en la cabeza solo tenía perturvación (¿se escribe así?). Era una continua tormenta y me daba golpes contra el cementó con la esperanza de librarme de ella. Parar mi sufrimiento y mi vida. Y me impusieron castigos. Me redujeron con una manguera, me ataron y me introdujeron drogas en el torrente sanguíneo. No es que me queje, porque tenía que aprender que de eso no se saca ningún provecho. Ni tampoco hay diferencia con el llamado mundo real, donde la gente bebe, monta escándalos y comete crímenes para eliminar los pensamientos dolorosos. Y muchas veces se los llevan y los encarcelan pero no es suficiente para que salgan al otro lado. ¿Y qué es eso? Es la demencia absoluta o la paz.
La paz. Yo he alcanzado la paz y sigo cuerdo. Supongo que al leer esto pensarás que voy a decir algo de Jesucristo o quizá de Buda como si me hubiera convertido a alguna religión. No. No cierro los ojos y me siento elevado por ningún Poder Superior concreto. La verdad es que no sé qué quieren decir con todo eso. Lo que hago es Conocerme a Mí Mismo. Conócete a Ti Mismo es una especie de Mandamiento de algún sitio, probablemente de la Biblia, así que al menos he seguido el Cristianismo. También Sé Fiel a Ti Mismo, eso lo he intentado si es lo que también está en la Biblia. No dice a qué partes, las buenas o las malas, ser fiel, o sea, que no se trata de una guía de moralidad. Tampoco Conócete a Ti Mismo tiene relación con la moralidad como la entendemos en Conducta. Pero la Conducta en realidad no me preocupa porque me han juzgado correctamente como persona en la que no se puede confiar para que juzgue cómo debería comportarse y esa es la razón por la que estoy aquí.
Volvamos a la parte del Conocer del Conócete a Ti Mismo. Puedo decir con toda seriedad que me conozco a mí mismo y sé lo peor de lo que soy capaz y sé que lo he hecho. El Mundo me considera un Monstruo y no tengo nada en contra de eso, aunque de paso podría decir que a los que sueltan bombas o queman ciudades o matan de hambre o asesinan a cientos de miles de personas normalmente no se los considera Monstruos sino que les llueven medallas y honores, pues solo los actos contra pocas personas se consideran malos y terribles. Lo cual no es una excusa sino una simple observación.
Lo que Conozco de Mí Mismo es mi propia Maldad. Ese es el secreto de mi consuelo. Quiero decir que conozco lo Peor de mí. Puede que sea peor que lo peor de otras personas, pero la verdad es que no tengo que pensar ni preocuparme por eso. No hay excusas. Estoy en paz. ¿Soy un Monstruo? El Mundo dice que sí y si lo dice yo estoy de acuerdo. No obstante, también digo que el Mundo no tiene ningún significado real para mí. Yo soy Yo y no tengo posibilidades de ser otro Yo. Podría decir que entonces estaba loco, pero ¿qué significa eso? Loco. Cuerdo. Yo soy Yo. No podía cambiar mi yo entonces y no puedo cambiarlo ahora.
Doree, si has seguido leyendo hasta aquí, hay algo especial que quiero contarte pero que no puedo escribir. Si tienes pensado volver aquí alguna vez, a lo mejor lo haré. No pienses que soy cruel. No es que no quisiera cambiar las cosas si pudiera, es que no puedo.
Voy a enviarte esto a tu trabajo, pues lo recuerdo y recuerdo el nombre del pueblo, así que mi cerebro funciona bien en algunos aspectos.
Ella pensó que tendrían que hablar de esa carta la próxima vez que se vieran y la leyó varias veces, pero no se le ocurrió nada que decir. De lo que realmente quería hablar era de lo que él decía que no podía poner por escrito. Pero cuando volvió a verlo, él actuó como si no le hubiera escrito nada. Ella, por sacar un tema de conversación, le contó que un cantante de folk, famoso en su momento, se había alojado en el motel. Le sorprendió que él supiera más cosas que ella sobre la trayectoria del cantante. Resulta que tenía televisión, o que al menos podía verla, y solía ver algunos programas y, por supuesto, las noticias. Eso les dio algo más de lo que hablar, hasta que Doree ya no pudo reprimirse más.
—¿Qué es eso que solo puedes contarme personalmente?
Lloyd dijo que ojalá no se lo hubiera preguntado. No sabía si estaban preparados para hablar de ello.
Y entonces a Doree le dio miedo de que fuera algo que no pudiera controlar, algo insufrible, como que él seguía amándola. No soportaba oír la palabra «amor».
—Vale —dijo—. Quizá no lo estamos. —Y añadió—: De todos modos, será mejor que me lo cuentes. Si al salir de aquí me atropellara un coche nunca lo sabría, y tú ya no tendrías otra oportunidad de contármelo.
—Es verdad —dijo él.
—Bueno, ¿qué es?
—El próximo día. El próximo día. A veces no puedo hablar. Quiero hablar, pero me quedo en blanco.
Doree, he estado pensando en tí desde que te marchaste y lamento haberte decepcionado. Cuando estás sentada enfrente de mí me emociono más de lo que quizá demuestro. No tengo derecho a emocionarme delante de ti, puesto que tú tienes más derecho que yo y tú siempre te controlas. Así que voy a invertir lo que dije porque he llegado a la conclusión de que en realidad me cuesta menos escribirte que hablarte.
A ver por dónde empiezo.
El Cielo existe.
Esa es una forma, pero no está bien porque yo nunca he creído en el Cielo y el Infierno, etc. Para mí todo eso eran gilipolleces, así que debe de parecer muy raro que saque a relucir el tema.
De modo que lo único que voy a decir es que he visto a los niños.
Los he visto y he hablado con ellos.
Ya está. ¿Qué piensas en este momento? Estarás pensando: bueno, este está como una auténtica cabra. O: es un sueño y no sabe distinguir un sueño, no entiende la diferencia entre estar dormido y estar despierto. Pero quiero decirte que entiendo la diferencia y que sé que existen. Digo que existen, no que están vivos, porque vivos significa en nuestra misma Dimensión, y no estoy diciendo que estén aquí. La verdad es que creo que no. Aunque existen y debe de ser que hay otra Dimensión o a lo mejor innumerables Dimensiones, pero lo que sé es que yo he llegado a la que están ellos. Posiblemente lo he conseguido porque paso tanto tiempo solo y tengo que pensar y pensar y porque tengo tanto en que pensar. Así que después de este sufrimiento y soledad hay una Gracia que ha visto la manera de darme una recompensa. A mí, precisamente el que menos la merece según el modo de pensar del mundo.
Bueno, si has seguido leyendo hasta aquí y no has roto esto en mil pedazos, querrás saber algo. Cómo están, por ejemplo.
Están bien. Son muy felices y muy listos. No parecen tener ningún recuerdo de nada malo. A lo mejor están un poco mayores que antes pero es difícil saberlo. Parecen comprender a diferentes niveles. Sí. A Dimitri le notas que ha aprendido a hablar, cosa que antes no podía hacer. Están en una habitación que reconozco en parte. Es como nuestra casa pero más espaciosa y bonita. Les pregunté qué tal los cuidaban y se rieron y dijeron algo como que podían cuidarse solos. Creo que fue Sasha quien lo dijo. A veces no hablan por separado, al menos yo no puedo distinguir sus voces, pero sus personalidades son muy claras y debo decir que muy alegres.
Por favor, no llegues a la conclusión de que estoy loco. Ese es el miedo que me impidió contártelo antes. Estuve loco una época pero créeme que me he librado de mi antigua locura como el oso muda el pelaje. O quizá debería decir como la serpiente muda la piel. Sé que si no lo hubiera hecho no se me habría concedido esta capacidad para reconectar con Sasha, Barbara Ann y Dimitri. Ojalá también te la dieran a ti, porque, si es una cuestión de méritos, tú me sacas ventaja. Puede que a ti te cueste más trabajo porque vives mucho más en el mundo que yo, pero al menos puedo darte esta información, la Verdad, y al decirte que los he visto espero que te animes.
Doree se preguntó qué diría o pensaría la señora Sands si le leía esta carta. Naturalmente, la señora Sands tendría cuidado. Procuraría no emitir un veredicto rotundo de locura, sino que encauzaría con cautela y delicadeza a Doree en esa dirección.
O quizá se podría decir que no la encauzaría, sino que despejaría la confusión para que Doree tuviera que enfrentarse con una conclusión a la que parecería haber llegado ella sola. Tendría que quitarse de la cabeza esos disparates peligrosos (así hablaría la señora Sands).
Por eso Doree no quería ni verla.
Doree tenía la certeza de que Lloyd estaba loco. Y en lo que había escrito había indicios de su antigua chulería. Ella no le contestó. Pasaron los días, las semanas. No cambió de opinión, pero siguió guardando en secreto sus escritos. Y de vez en cuando, mientras estaba pulverizando el líquido limpiador en el espejo de un cuarto de baño o estirando una sábana, la embargaba una emoción. Durante casi dos años no se había fijado en las cosas que solían alegrar a la gente, como el buen tiempo o las flores o el olor de una panadería. Aún no experimentaba esa sensación espontánea de felicidad, no la sentía, pero sí había algo que le recordaba cómo era. No tenía nada que ver con el tiempo que hiciera ni con las flores. Era la idea de que los niños estaban en lo que él llamaba su Dimensión lo que se adentraba furtivamente en ella y por primera vez le proporcionaba una sensación de tranquilidad, no de dolor.
Desde que pasó lo que pasó siempre había tenido que librarse de cualquier pensamiento relacionado con los niños, sacárselo inmediatamente de la cabeza como un cuchillo clavado en el cuello. No podía pensar en sus nombres, y si oía un nombre parecido a los de sus hijos, también tenía que arrancárselo. Incluso tenía que echar las voces de los niños, sus chillidos y el chapoteo de sus pies cuando entraban y salían de la piscina del motel por una especie de puerta que ella era capaz de cerrar de golpe para dejar de oír. En cambio ahora tenía un refugio al que podía acudir en cuanto la acechaban esos peligros.
¿Y quién se lo había proporcionado? Desde luego, no la señora Sands, con tantas horas que había pasado ante la mesa con los kleenex discretamente a mano.
Se lo había proporcionado Lloyd. Lloyd, esa persona terrible, esa persona aislada y demente.
Demente, por llamarle de alguna manera. Pero ¿no cabía la posibilidad de que lo que decía fuera verdad, de que hubiera salido al otro lado? ¿Y quién podía asegurar que las visiones de una persona que había hecho tal cosa y tal viaje no significaran algo?
Esa idea se coló en su cerebro y allí se quedó.
Junto al pensamiento de que quizá Lloyd fuera la única persona con quien debería estar. ¿Para qué otra cosa serviría ella en el mundo —le parecía estar diciéndoselo a otra persona, probablemente a la señora Sands—, para qué estaba allí si no era al menos para escucharlo?
No he dicho «perdonar», le contó mentalmente a la señora Sands. Jamás lo diría. Jamás lo haría.
Pero a ver. ¿No me rechazan a mí tanto como a él por lo que pasó? Nadie que lo supiera me querría a su lado. Lo único que hago es recordarle a la gente lo que nadie puede soportar que le recuerden.
Era imposible disfrazarse, francamente. Esa corona de pinchos amarillos daba lástima.
Y un día se vio otra vez en el autobús, por la carretera. Recordó aquellas noches después de la muerte de su madre, cuando se escapaba para ver a Lloyd, mintiéndole a la amiga de su madre, la mujer con quien vivía, sobre adónde iba. Recordaba el nombre de la amiga, el nombre de la amiga de la madre. Laurie.
¿Quién sino Lloyd recordaría ahora los nombres de los niños, o el color de sus ojos? Cuando tenía que hablar de ellos la señora Sands los llamaba «tu familia» y los metía a todos en el mismo saco.
En aquella época, cuando iba a ver a Lloyd, cuando mentía a Laurie, no se sentía culpable; solo tenía una sensación de fatalidad, de sumisión. Tenía la impresión de que la habían puesto en la tierra únicamente para que estuviera con él e intentara comprenderlo.
Pues ya no era así. Ya no era lo mismo.
Iba sentada en el asiento delantero, al otro lado del conductor. Tenía una buena vista por la ventana. Y por eso fue la única pasajera del autobús, la única persona aparte del conductor, que vio una camioneta saliendo de una carretera lateral sin siquiera disminuir la velocidad, que la vio enfrente de ellos al otro lado de la carretera, vacía aquel domingo por la mañana, dar sacudidas y caer en la cuneta. Y la única que vio algo aún más extraño: al conductor de la camioneta volando por los aires de una manera que pareció al mismo tiempo rápida y lenta, absurda y digna. Aterrizó en la grava, junto a la acera.
Los demás pasajeros no sabían por qué el conductor había frenado y había parado de forma tan brusca y desabrida. Al principio lo único que pensó Doree fue: ¿cómo ha salido? El joven o el chaval, que debía de haberse quedado dormido al volante. ¿Cómo había salido volando de la camioneta y se había lanzado con tanta elegancia al aire?
—Ese tipo se nos ha puesto delante —les dijo el conductor a los pasajeros. Intentaba hablar alto, con calma, pero su voz temblaba de asombro, entre el respeto y el temor—. Se ha estrellado contra la cuneta. Continuaremos en cuanto podamos, pero mientras tanto, por favor, no bajen del autobús.
Como si no lo hubiera oído, o como si tuviera un derecho especial a ser útil, Doree bajó detrás del conductor. Él no la reprendió.
—Si será gilipollas… —dijo el conductor mientras cruzaban la carretera. En su voz solo había rabia e indignación—. Gilipollas de chaval. Pero ¿usted ha visto?
El chico estaba tumbado de espaldas, con las piernas y los brazos extendidos, como si hiciera el ángel en la nieve. Sin embargo, a su alrededor había grava, no nieve. No tenía los ojos completamente cerrados. Era muy joven, un niño que había dado el estirón antes de empezar a afeitarse. Posiblemente sin carné de conducir.
El conductor hablaba por teléfono.
—Como a kilómetro y medio de Bayfteld, en la Veintiuno, el lado este de la carretera.
Un hilillo de espuma rosa salía por debajo de la cabeza del chico, junto a la oreja. No parecía sangre, sino la espuma que se retira de las fresas cuando se hace mermelada.
Doree se agachó junto a él. Le puso una mano en el pecho. No se movía. Doree acercó una oreja. Le habían planchado la camisa hacía poco; desprendía ese olor.
No respiraba.
Pero los dedos de Doree encontraron pulso en el cuello terso del chico.
Recordó algo que le habían contado. Se lo había contado Lloyd, por si uno de los niños tenía un accidente y él no estaba. La lengua. La lengua puede impedir la respiración si se ha desplazado al fondo de la garganta. Puso los dedos de una mano sobre la frente del chico y dos dedos de la otra mano bajo la barbilla. Apretar la frente, presionar la barbilla hacia arriba, para despejar la laringe. Una inclinación leve pero firme.
Si seguía sin respirar, Doree tendría que insuflarle aire.
Le pellizca las aletas de la nariz, aspira una bocanada de aire, sella la boca del chico con sus labios y espira. Espirar dos veces y comprobar. Espirar dos veces y comprobar.
Otra voz masculina, no la del conductor. Debía de haberse parado un automovilista. «¿Le pongo esta manta debajo de la cabeza?» Doree negó con un leve movimiento de cabeza. Acababa de recordar otra cosa, que no hay que mover a la víctima para no lesionar la médula espinal. Cubrió la boca del chico. Apretó su piel cálida, lozana. Espiró y esperó. Espiró y volvió a esperar. Y le pareció que una ligera humedad le ascendía a la cara.
El conductor dijo algo pero Doree no podía levantar la vista. Entonces lo notó, sin lugar a dudas: de la boca del chico salía aliento. Extendió una mano sobre la piel del pecho y al principio no sabía si subía o bajaba porque ella estaba temblando.
Sí, sí.
Era aliento de verdad. La laringe estaba abierta. Respiraba él solo. Estaba respirando.
—Póngasela encima —le dijo Doree al hombre de la manta—. Para que no se enfríe.
—¿Está vivo? —preguntó el conductor, inclinándose sobre ella.
Doree asintió. Sus dedos volvieron a encontrar el pulso. La espantosa sustancia rosa había dejado de manar. A lo mejor no era nada importante, no salía del cerebro.
—No puedo retener el autobús para esperarla —dijo el conductor—. Ya vamos con retraso.
El automovilista dijo:
—Está bien. Ya me encargo yo.
Callaos, callaos, habría querido decirles Doree. Le parecía que era necesario que hubiese silencio, que el mundo entero tenía que concentrarse alrededor del cuerpo del chico, ayudarlo a no perder de vista su obligación de respirar.
Tímidos soplidos, pero regulares, una mansa obediencia bajo el pecho. Sigue, sigue.
—¿Lo ha oído? Este hombre dice que se queda a vigilarlo —insistió el conductor—. Los de la ambulancia van a venir lo más rápidamente posible.
—Usted siga —dijo Doree—. Iré con ellos al pueblo y lo alcanzaré a usted cuando vuelva esta noche.
El conductor tuvo que inclinarse para oírla. Doree había hablado con desdén, sin levantar la cabeza, como si su respiración fuera la que estuviera en juego.
—¿Seguro? —dijo el conductor.
Seguro.
—¿No tiene que ir a London?
No.
de Demasiada felicidad 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

La relacion de la cosa de CLARICE LISPECTOR

La relación de la  cosa


Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj. No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. Mi juego es claro: digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta relación es la antiliteratura de la cosa. El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir ‘despierta’. Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo. Para la hora. Para el instante. Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila. No es de muñeca, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie en la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual. Pero la dueña del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa. Pues lo principal es que él es el tiempo. Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es más persona que muchas personas. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, a lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es antichoque, puede mojarse a placer. Ésos son más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo vi. Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver. Pero también es importante dormir para soñar con la falta de tiempo. Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también vienen de Marte. Están ocurriéndome cosas, desde que sé la existencia del Sveglia, que parecen un sueño. Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la realidad parece un sueño. Estoy melancólica porque estoy feliz. No es paradójico. Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía? De la plenitud. Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto la vigilia. Tú no paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres. Tú eres muy delgado. Y nada te acontece. Eres tú quien hace acontecer las cosas. Acontéceme, Sveglia, acontéceme. Estoy necesitando un determinado acontecimiento sobre el cual no puedo hablar. Y dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal. Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en el espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien. ¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una cosa? Sé que estoy con poca capacidad de amar. Mi capacidad de amar fue demasiado pisoteada, Dios mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir corrompiéndose importa mucho. Un vivir seco: un vivir esencial. Si él se quebrara, ¿creería que murió? No, sería simplemente fuera de sí mismo. Pero tú tienes flaquezas, Sveglia. Yo supe por tu dueña que necesitas una capa de cuero para protegerte de la humedad. Supe, también, en secreto, que una vez te detuviste. La dueña no se asustó: te dio unos golpecitos muy simples y tú nunca más te paraste. Yo te entiendo, te perdono: tú viniste de Europa y necesitabas un mínimo de tiempo para aclimatarte, ¿no? ¿Quiere decir que tú también eres mortal, Sveglia? ¿Tú eres tiempo que para? Yo oí al Sveglia, por teléfono, dar la alarma. Es como en el interior de las personas: uno se despierta de dentro hacia afuera. Parece que su electrónico-Dios se comunica con nuestro cerebro electrónico-Dios: el sonido es suave, sin la menor estridencia. Sveglia marcha como un caballo blanco suelto y sin silla. Yo supe de un hombre que poseía un Sveglia y a quien aconteció Sveglia. Él caminaba con el hijo de diez años, de noche, y el hijo dijo: Cuidado, papá, hay macumba1 ahí. El padre retrocedió (¿no es que pisó de lleno en la vela encendida, apagándola?). No pareció haber ocurrido nada, lo que también es mucho de Sveglia. El hombre se fue a dormir. Cuando despertó vio que uno de sus pies estaba hinchado y negro. Llamó a los amigos médicos que no apreciaron ninguna señal de herida: el pie estaba intacto, sólo negro y muy hinchado, de aquella inflamación que deja la piel toda estirada. Los médicos llamaron a otros colegas. Y nueve médicos decidieron que era gangrena. Tenían que amputar el pie. Lo marcaron para el día siguiente, a una hora exacta. El hombre se durmió. Y tuvo un sueño terrible. Un caballo blanco quería agredirle y él huía como un loco. Todo eso pasaba en el Campo de Santana. El caballo blanco era lindo y enjaezado con plata. Pero no tuvo suerte. El caballo le golpeó el pie, pisándolo. En ese momento, el hombre despertó gritando. Pensaron que estaba nervioso, le explicaron que eso sucedía cuando se estaba cerca de una operación, le dieron un sedante, se durmió otra vez. Cuando despertó, miró hacia el pie. Gran sorpresa: el pie estaba blanco y del tamaño normal. Vinieron los nueve médicos y no lo supieron explicar. Ellos no conocían el enigma del Sveglia contra el cual sólo un caballo blanco puede luchar. No había motivo para hacer la operación. Sólo que no podía apoyarse en ese pie: flaqueaba. Era la marca del caballo de arreos de plata, de vela apagada, del Sveglia. Pero Sveglia quiso triunfar y ocurrió una cosa. La esposa de ese hombre, en perfecto estado de salud, en la mesa del comedor, comenzó a sentir fuertes dolores en los intestinos. Interrumpió la comida y se fue a echar a la cama. El marido, preocupadísimo, fue a verla. Estaba blanca, exangüe. Le tomó el pulso: no había. La única señal de vida era que su frente se perlaba de sudor. Llamaron al médico que dijo que podía ser un caso de catalepsia. El marido no se conformó. Le descubrió el vientre e hizo sobre él movimientos simples, como él mismo los había hecho cuando el Sveglia se paró, movimientos que no sabía explicar. La mujer abrió los ojos. Estaba perfectamente bien de salud. Y continúa viva, que Dios la guarde. Eso tiene que ver con el Sveglia. No sé cómo. Pero que tiene que ver, tiene. ¿Y el caballo blanco del Campo de Santana, que es plaza de pájaros, palomas y quatis?2 Muy enjaezado, con adornos de plata, de crines altivas y erizadas. Corriendo rítmicamente contra el ritmo del Sveglia. Corriendo sin prisa. Estoy en perfecta salud física y mental. Pero una noche estaba durmiendo profundamente y me oyeron decir en voz alta: ¡quiero tener un hijo con Sveglia! Yo creo en el Sveglia. Él no cree en mí. Piensa que miento mucho. Y miento. En la Tierra se miente mucho. Yo pasé cinco años sin engriparme: eso fué por el Sveglia. Y cuando me engripé, duró tres días. Después me quedó una tos seca. Pero el médico me recetó un antibiótico y me curé. El antibiótico es el Sveglia. Ésta es una relación. El Sveglia no admite cuento o novela u otra cosa. Sólo permite transmisión. Mal admite que yo llame a esto relación. Lo llamo relato de misterio. Y hago lo posible porque sea un relato seco como el champán ultraseco. Pero a veces —pido disculpas— se moja. ¿Podría hablar con más dureza con relación al Sveglia? No, él sólo es. Y en verdad, Sveglia no tiene nombre íntimo: conserva el anonimato. Además, Dios no tiene nombre: conserva el anonimato perfecto: no hay lengua que pronuncie su verdadero nombre. Sveglia es estúpido: actúa clandestinamente, sin meditar. Voy a decir ahora algo muy grave que parecerá herejía: Dios es burro. Porque Él no entiende, no piensa, sólo es. Ciertamente, su estupidez se ejecuta a sí misma. Pero Él comete muchos errores. Y sabe que los comete. Basta mirarnos a nosotros mismos, que somos un error grave. Basta ver el modo como nos organizamos en sociedad e intrínsecamente, de tú a tú. Pero hay un error que Él no comete: Él no muere. Sveglia tampoco muere. Todavía no vi al Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo. Sobre todo, con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos. Los celos llegan a mojar, de tan húmedos. Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de sentimientos. El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco, de cascara seca, completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema cruda es Sveglia. ¿Quieren ver qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué? Imposible de explicar. Quizás porque no ha respetado el anonimato. La discusión es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: ya que tú no quieres dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces ella se puso furiosa — eso es Sveglia— y dijo que tenía muchos problemas —tener problemas no es Sveglia—. Entonces intenté calmarla y todo quedó bien. Mañana no la llamaré. La dejaré descansar. Me parece que escribiré sobre el electrónico sin verlo jamás. Parece que tendrá que ser así. Es fatal. Tengo sueño. ¿Estará permitido? Sé que voy a soñar con el Sveglia. El número está permitido. Aunque el seis no lo sea. Rarísimos poemas están permitidos. De novela, ni se puede hablar. Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, sólo. Ella era Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento. Suecia es Sveglia. Pero ahora me voy a dormir, aunque no debo soñar. El agua, a pesar de ser mojada por excelencia, es Sveglia. Escribir es. Pero el estilo no es. Tener senos es. El órgano masculino es muy Sveglia. La bondad no es. Pero la nobondad, el darse, es. Bondad no es lo opuesto a maldad. ¿Estaré escribiendo mojado? Me parece que sí. Mi sobrenombre es. Ya el primero es muy dulce, es para el amor. No tener ningún secreto —y, sin embargo, mantener el enigma— es Sveglia. En la puntuación, las reticencias no son. Si alguien llega a entender este mi irrevelado relato, ese alguien es. Parece que yo no soy yo, de tanto yo que soy. El Sol es, la Luna no. Mi cara es. Probablemente la suya también es. El whisky es. Y, por increíble que parezca, la Coca-cola es, pero la Pepsi-cola nunca fue. ¿Estoy haciendo propaganda gratis? Eso está mal, ¿sabes, Coca-cola? Ser fiel es. El acto del amor contiene en sí una desesperación que es. Ahora voy a contar una historia. Pero antes quiero decir que quien me contó esta historia fue una persona que, a pesar de ser bondadosísima, es Sveglia. Ahora me estoy muriendo de cansancio. Sveglia —si uno no se cuida— mata. La historia es la siguiente: Sucede en una localidad llamada Coelho Neto, en Guanabara. La mujer de la historia era muy desgraciada porque tenía una herida en la pierna y la herida no cerraba. Trabajaba mucho y el marido era cartero. Ser cartero es Sveglia. Tenían muchos hijos. Y casi nada de comer. Pero ese cartero tomó sobre sí la responsabilidad de hacer feliz a su mujer. Ser feliz es Sveglia. Y el cartero resolvió la situación. Le mostró a una vecina que era estéril y sufría mucho por eso. No había modo de tener un hijo. Le enseñó a su mujer cómo era feliz por tener hijos. Y ella se volvió feliz, aun con la poca comida. Le enseñó también el cartero que otra vecina tenía hijos pero el marido bebía mucho y la golpeaba, a ella y también a los hijos. Mientras que él no bebía y nunca había golpeado a su mujer o a sus hijos. Lo que la hizo feliz. Todas las noches ellos tenían pena de la vecina estéril y de la que era golpeada por el marido. Todas las noches ellos eran muy felices. Y ser feliz es Sveglia. Todas las noches. Yo quería llegar a la página nueve en la máquina de escribir. El número nueve es casi inalcanzable. El número trece es Dios. La máquina de escribir es. El peligro de pasar a no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con los sentimientos de la persona que está escribiendo. Yo aborrecí el cigarrillo Cónsul, que es mentolado y dulce. En cambio, el cigarrillo Garitón es seco, es duro, es áspero, y sin complicidad con el fumador. Como cada cosa es y no es, no me molesta hacer propaganda gratis al Garitón. Pero, en cuanto a la Coca-cola, no perdono. Quiero mandar este relato a la revista Senhor y quiero que me paguen muy bien. Como usted es Sveglia, juzgue si mi cocinera, que cocina bien y canta el día entero, es. Me parece que voy a encerrar este relato esencial para explicar los fenómenos enérgicos de la materia. Pero no sé qué hacer. Ah, me voy a vestir. Hasta nunca más, Sveglia. El cielo es muy azul. Las olas blancas de espuma del mar son más que mar. (Ya me despedí del Sveglia, sólo continuaré hablando por vicio, tengan paciencia.) El olor del mar mezcla masculino y femenino y nace en el aire un hijo que es. La dueña del reloj me dijo hoy que él es el dueño de ella. Me dijo que él tiene unos agujeritos oscuros por donde sale el sonido suave como una ausencia de palabras, sonido de satén. Tiene un disco interior dorado. El disco exterior es plateado, casi sin color, como una aeronave en el espacio, metal volando. ¿La espera es o no es? No sé responder porque sufro de urgencia y quedo incapacitada de juzgar esta pregunta sin implicarme emocionalmente. No me gusta esperar. Un cuarteto de música es muchísimo más que una sinfonía. La flauta es. El clave tiene un elemento de terror: los sonidos salen abiertos y quebradizos. Cosa de alma de otro mundo. Sveglia, ¿cuándo me dejarás en paz? ¿Me vas a perseguir toda la vida, transformando la claridad en insomnio perenne? Ya te odio. Ya querría poder escribir una historia: un cuento o novela o una transmisión. ¿Cuál va a ser mi próximo paso en la literatura? Me parece que no escribiré más. Pero también es cierto que otras veces pensé que no escribiría más, y escribí. ¿Y qué he de escribir, Dios mío? ¿Me contaminé con la matemática del Sveglia y sólo sabré hacer relaciones ? Ahora voy a terminar este relato de misterio. Ocurre que estoy muy cansada. Voy a tomar un baño antes de salir y me perfumaré con un perfume que es un secreto mío. Sólo digo una cosa de él: es agreste y un poco áspero, con una dulzura escondida. Él es. Adiós, Sveglia. Adiós para siempre jamás. Hay una parte de mí que tú ya mataste. Ya morí y me estoy pudriendo. Morir es. Y ahora, ahora adiós. 1_ Maleficio. (N. de la T.) 2_ Pájaro del Brasil. (N. de la T.)

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Elena Poniatowska

CRÓNICA-

Los desaparecidos

HÁBEAS CORPUS


¿Quién tiene el cuerpo? Hemos presentado un recurso de amparo. ¿Dónde está mi hijo? ¿Dónde mi esposo? ¿Dónde mi hermano? ¿Qué le pasó? Vinieron a buscarlo en la madrugada diez hombres armados que no se identificaron y desde entonces no sé de él. Oí en la calle el ruido de los frenos. Cada vez se oye más, en las madrugadas, ese ruido de frenos. Es un coche sin placas. Mírelo, aquí tengo su foto, si, sí es un hombre guapo, y joven sí, y sí, siempre andaba sonriendo. Lo vinieron a buscar sólo para unas preguntas de rutina, al menos eso dijeron, preguntas de rutina, contraté un abogado pero es poco lo que puede hacer, yo por lo menos quisiera saber dónde quedó su cuerpo para poder ir a ponerle unas flores, no pido mucho, ya no pido más que eso, saber en dónde quedó...
En América Latina son muchos los que despiertan a medianoche sobresaltados. Las madres piensan en su preso. ¿Lo habrán puesto de cara a la pared? ¿Sonreirá valientemente como siempre lo hizo? Cualquier ruido en la calle es sospechoso, el portazo de un automóvil, el arrancón de un tranvía. ¿Qué será? ¿Quién será? ¿Qué estará pasando? Los "operativos", como los llaman en Argentina, se llevan a cabo en plena calle, frente a los vecinos que no intervienen, que no estiran los brazos hacia el que llevan, que no extienden las manos para tomar la suya, que se quedan parados con la boca abierta, que nunca preguntan siquiera: "¿A dónde se lo llevan? ¿Qué quieren de él? ¿Qué van a hacer con él?", no se los vayan a llevar a ellos también. [...]
Dice Mariclaire Acosta, representante de Amnistía Internacional en México: "El mecanismo empleado para desaparecer a una persona en Latinoamérica es relativamente sencillo: se trata de aparentar un simple secuestro, perpetrado en forma rápida, violenta y anónima como lo dictan los cánones de la tradición. Generalmente el acto es precedido por un allanamiento de morada en el cual un grupo armado irrumpe violentamente, a altas horas de la noche, en el hogar de la víctima, y, tras el amedrentamiento y maltrato del resto de los habitantes, lleva consigo a su presa además de todos los objetos que pudo hurtar durante el operativo".
"En México —dice el informe de Amnistía Internacional—, el gobierno no ha dado una explicación satisfactoria sobre la situación de más de 300 personas desaparecidas desde 1968 —la mayoría campesinos— después de haber sido detenidas por fuerzas de seguridad."

QUÉ COSA RECLAMO SI NO SÉ LEER Y NADIE ME HACE CASO.

En el campo de México, llegan los soldados y simplemente se llevan a los campesinos. Y no por ello se mueve la hoja del árbol. Solo hasta hoy los familiares empiezan a denunciar las desapariciones de hombres y de mujeres que no poseen el alfabeto y que de un día al otro, simplemente no amanecen en su casa, no echan tortillas, no salen al corral. Los vecinos recogen entonces a los niños hambrientos, tratan de cuidar la choza vacía, se encargan, si los hay, de la marranita, de las gallinas. En esa casa que antes humeaba se han esfumado los adultos. Los niños, con sus grandes ojos de pobre como diría Rosario Castellanos, en vano otean el camino, si acaso alguien regresa son los soldados para atemorizar a los vecinos, para que sepan que si se meten a reclamar, así les va a ir. Un buen día, nomás, no estarán. La muerte que a todos nos toca tarde o temprano les tocará en otra parte, y donde sea no habrá quien les dé cristiana sepultura. Y los pobres, entre sus pocas pretensiones, quieren saber a dónde van a quedar.
La mayor parte de los presos políticos mexicanos son jóvenes (en América Latina resulta peligroso ser joven), sus edades oscilan entre los dieciocho y los treinta años y su nivel económico es muy bajo. Los desaparecidos de origen campesino en su mayoría son analfabetos, por lo tanto no conocen la ley y no recurren a su amparo. No interponen ningún recurso aunque este sea, como en el resto de América Latina, sistemáticamente violado. Todos sabemos que cualquier gobierno, por más democrático, persigue a sus opositores políticos, y en el caso de los desaparecidos de México, la mayor parte está involucrada en acciones guerrilleras; son disidentes, y en muchas ocasiones para explicar su desaparición se alega que murieron en un enfrentamiento con el ejército. Sin embargo, su desaparición los convierte —a ellos y a sus familiares— en victimas y le confiere al gobierno —responsable o no— el papel de perseguidor. Su desaparición, además de ilegal, es una infamia, de las que muy pocos parecen darse cuenta. Si Rosario Ibarra de Piedra no hubiera iniciado una campaña de protesta y de difusión, no estaríamos enterados a la fecha del problema de los desaparecidos y solo tendríamos una noción muy vaga y fácilmente desechable de cómo, en casos de oposición política, son pisoteadas en nuestro país las libertades democráticas.

ES INFAMANTE LO QUE LES SUCEDE A LOS DESAPARECIDOS, SI ES QUE LES SUCEDE ALGO MÁS QUE LA MUERTE

México es aún el refugio de todos los perseguidos y exiliados políticos de América Latina. Vienen a nuestro país porque aquí se sienten libres. Pero aquí también hay desaparecidos. No se parecen a los del resto de América Latina, porque no tienen nombre. En su mayoría son campesinos y son analfabetos. ¿Qué sucede con la familia, con la esposa, con los hijos? Casi no lo sabemos. Al menos, en el caso de las familias mexicanas más pobres. ¿En qué tormento viven los familiares del desaparecido? ¿Cómo viven? ¿Qué es lo que viven? Habría que preguntárselo a la doctora Laura Bonaparte, sicóloga, madre de hijos asesinados por la Junta, en la Argentina, con horas, días, años-luz de sufrimiento. Ella mejor que nadie sabe que la vida normal se hace prácticamente imposible, sabe que todos los remedios no llegan ni siquiera a paliativos, porque en el caso de una desaparición el dolor es permanente. "Quizás este vivo" "quizás lo estén torturando." Los certificados de defunción que pretenden extender las juntas militares agravan aún más este desgarrante proceso. Si son desaparecidos, ¿como saben que están muertos? Y si no lo saben ¿por qué los certificados de defunción? Laura Bonaparte conoce a fondo —porque lo ha vivido— todo el desgaste sicológico y sus efectos, "que minan la resistencia y alteran diversas áreas de actividad: trabajo, estudio, sexualidad". En el caso de los mexicanos, se alega que no hay presos "políticos", que se trata de delincuentes, de reos del orden común. Si así es ¿por qué no se les procesa? ¿Por qué no hay juicio? ¿Por qué no se les presenta en juzgado alguno? Si son delincuentes los guerrilleros, como lo dijo el presidente López Portillo (aunque en 1978 los llamó: "extremistas con vocación de justicia"), ¿por qué no purgan una sentencia al lado de los presos que en los penales tienen derecho a visita conyugal y a que los vean sus familiares? ¿Por qué se les esconde? ¿Por qué se les recluye —siendo civiles— en el Campo Militar? Sí son delincuentes y asaltantes de camino real, ¿por qué no reciben el mismo trato que los demás infractores del orden social? ¿Por qué, Dios mío, se les desaparece?

¿ESTÁ PERDIDA LA CAUSA DE LOS DESAPARECIDOS?

A pesar de que el término "desaparecido" se emplea en todo el continente latinoamericano, debería cambiarse por el de secuestrado. El desaparecido se esfuma, no existe, y al cabo de un tiempo nadie vuelve a pensar en él. Un objeto que desaparece es simplemente un objeto perdido. También la causa de los desaparecidos parece una causa perdida. Pienso en tantos campesinos encarcelados y desaparecidos por invadir tierras enfrentándose a los caciques, en tantos jóvenes que mueren en la tortura. No deberían llamarse desaparecidos, es malo ese nombre: lo que desaparece ya no vive, no tiene fuerza. Podrían definirse como secuestrados porque es eso lo que son, secuestrados por un gobierno del cual son enemigos y que los considera peligrosos. Por lo tanto los borra del mapa, desapareciéndolos. Los desaparecidos del continente —está ya demostrado— han sido secuestrados por un gobierno concreto que se empeña ahora en negar su existencia. Los desaparecidos no están en ninguna parte ni vivos ni muertos. El silencio que guardan las autoridades es su principal acusación. Si no podemos romperlo, al menos podemos divulgar el secuestro y la desaparición de cientos de latinoamericanos. Así como América Latina inaugura esta práctica infamante, puede inaugurarse otra forma de lucha que la mine en sus cimientos: la de la inmediata divulgación a nivel internacional. Los militares tuvieron la suficiente imaginación para desaparecer a los que consideran sus enemigos políticos y convertir a América Latina en el continente de los desaparecidos. Los familiares atónitos aún no se reponen del golpe, apenas inician su lucha, tan al margen de toda posibilidad jurídica institucional, tan desprovista de ciudadanía, de membrecía de una comunidad humana, tan abandonados y sospechosos como sus propios hijos, maridos y hermanos desaparecidos. Hasta ahora se incorporan. Pero si se lo proponen lograrán hacer surgir de las mazmorras al desaparecido. Incluso sí Rosario Ibarra de Piedra, si Marta Conti, si Lilia Walsh, no recuperan el despojo de sus desaparecidos, estos seguirán viviendo, su memoria respetada por los hombres y las mujeres que saben que nada cuesta tanto como la libertad de opinar, disentir y actuar conforme a las propias convicciones, y que "por la libertad y por la honra se puede aventar la vida" como decía el Quijote y que ellos, ahora libres, serán honrados siempre mientras nuestro continente —si nos dejamos envilecer— seguirá debatiéndose como lo advierte Ariel Dorfman en su poema "Esperanza":

Mi hijo se encuentra
desaparecido
desde el 8 de mayo
del año pasado.
Lo vinieron a buscar,
solo por unas horas,
dijeron,
solo para algunas preguntas
de rutina.
Desde que el auto partió
ese auto sin patente
no hemos podido
saber
nada más
acerca de él.

Ahora cambiaron las cosas.
Hemos sabido por un joven compañero
al que acaban de soltar,
que cinco meses más tarde
lo estaban torturando
en Villa Grimaldi,
que a fines de septiembre
lo seguían interrogando
en la casa colorada
que fue de los Grimaldi.

Dicen que lo reconocieron 
por la voz, por los gritos, 
dicen.

Quiero que me respondan con franqueza.
¿Qué época es esta,
en qué siglo habitamos,
cuál es el nombre
de este país?
¿Cómo puede ser,
eso les pregunto,
que la alegría de un
padre,
que la felicidad de una
madre,
consista en saber
que a su hijo
lo están
que lo están torturando?

¿Y presumir por lo tanto
que se encontraba vivo
cinco meses después,
que nuestra máxima
esperanza
sea averiguar
el año entrante
que ocho meses más tarde
seguían con las torturas
y puede, podría, pudiera,
que esté todavía vivo?.

jueves, 13 de noviembre de 2014

En el café de Kjell Askildsen (Noruega, 1929)

EN EL CAFÉ

Una de las últimas veces que estuve en un café fue un domingo  de verano, lo recuerdo bien, porque  casi todo  el mundo iba en mangas de camisa y sin corbata, y pensé: tal vez no sea domingo, como yo creía, y el hecho de que pensara exactamente eso hace que me acuerde. Me senté a una mesa en medio del local, a mi alrededor había mucha gen­te tomando canapés y bollos, pero casi todas las mesas estaban ocupadas por una sola persona. Daba una gran impresión de soledad, y como llevaba mucho tiempo sin hablar con nadie, no me habría importado intercambiar unas cuan­ tas palabras  con alguien. Estuve meditando un buen rato sobre cómo hacerlo, pero cuanto más estudiaba las caras a mi alrededor, más difícil me parecía, era como si nadie tuviera mirada, desde luego el mundo se ha vuelto muy deprimente. Pero ya había tenido la idea de que sería agradable que alguien me dirigiera un par de palabras, de modo que seguí pensando, pues es lo único que sirve. Al cabo de un rato supe lo que haría. Dejé caer mi cartera al suelo fingiendo que no me daba cuenta. Quedó tirada junto a mi silla, completamente visible a la gente que estaba sentada cerca, y vi que muchos la miraban de reojo. Yo había pensado que tal vez una o dos personas se levantarían a recogerla y me la darían, pues soy un anciano, o al menos me gritarían, por ejemplo: «Se le ha caído la cartera». Si uno dejara de albergar esperanzas,  se ahorraría  un  montón  de decepciones. Estuve unos cuantos minutos mirando de reojo y esperando, y al final hice como si de repente me hubiera dado cuenta de que se me había caído. No me atreví a esperar más, pues me entró miedo de que alguno de aquellos mirones se abalanzara de pronto sobre la cartera y desapareciera con ella. Nadie podía estar completamente seguro de que no contuviera un montón de dinero, pues a veces los viejos no son pobres, incluso puede que sean ricos, así es el mundo, el que roba en la juventud o en los mejores años de su vida tendrá su recompensa en su vejez.
Así se ha vuelto la gente en los cafés, eso sí que lo aprendí, se aprende mientras se vive, aunque no sé de qué sirve, así, justo antes de morir.
Últimas notas de Thomas F. para la humanidad (Thomas F’s siste nedtegnelser til almenheten, 1983)
en Todo como antes