viernes, 10 de enero de 2014

Milán Kundera

El falso autostop 


1

La manecilla del nivel de la gasolina cayó de pron­to a cero y el joven conductor del coupé afirmó que era molesto lo que tragaba aquel coche.

—A ver si nos vamos a quedar otra vez sin gasoli­na —dijo la chica (que tenía unos veintidós años) y le recordó al conductor unos cuantos sitios del mapa del país en los que ya les había sucedido lo mismo.

El joven respondió que él no tenía motivo alguno para preocuparse porque todo lo que le sucedía estan­do con ella adquiría el encanto de la aventura. La chi­ca protestó; siempre que se les había acabado la gaso­lina en medio de la carretera, la aventura había sido sólo para ella, porque el joven se había escondido y ella había tenido que utilizar sus encantos: hacer autoestop a algún coche, pedir que la llevasen hasta la gasolinera más próxima, volver a parar otro coche y regresar con el bidón. El joven le preguntó si los conductores que la habían llevado habían sido tan de­sagradables como para que ella hablase de su misión como de una humillación. Ella respondió (con pueril coquetería) que a veces habían sido muy agradables, pero que no había podido sacar provecho alguno por­que iba cargada con el bidón y había tenido además que despedirse de ellos antes de que le diera tiempo de nada.

—Miserable —le dijo el joven.

La chica afirmó que la miserable no era ella, sino precisamente él; ¡quién sabe cuántas chicas le hacen autoestop en la carretera cuando conduce solo! El jo­ven cogió a la chica del hombro y le dio un suave beso en la frente. Sabía que ella lo quería y que tenía celos de él. Claro que ser celoso no es una cualidad muy agradable, pero, si no se emplea en exceso (si va uni­da a la humildad), presenta, además de su natural in­comodidad, cierto aspecto enternecedor. Al menos eso era lo que el joven creía. Como no tenía más que veintiocho años, le parecía que era muy mayor y que había aprendido ya todo lo que un hombre puede sa­ber de las mujeres. Lo que más apreciaba de la chica que estaba sentada a su lado era precisamente aquello que hasta entonces había encontrado con menor fre­cuencia en las mujeres: su pureza.

La manecilla ya estaba a cero cuando el joven vio a la derecha un cartel que indicaba (con un dibujo en negro de un surtidor) que la gasolinera estaba a qui­nientos metros. La chica apenas tuvo tiempo de afir­mar que se había quitado un peso de encima, cuando el joven ya estaba poniendo el intermitente de la iz­quierda y entrando en la explanada en la que estaban los surtidores. Pero tuvo que detenerse a un lado por­que, junto al surtidor, había un voluminoso camión con un gran depósito de metal que mediante una gruesa manguera llenaba de gasolina el depósito del surtidor.

—Vamos a tener que esperar un buen rato —le dijo el joven a la chica y salió del coche—. ¿Va a tar­dar mucho? —le preguntó a un hombre vestido con un mono azul.
—Un minuto —respondió el hombre.

Y el joven dijo:

—Ya veremos lo que dura un minuto.

Iba a volver al coche a sentarse pero vio que la chi­ca salía por la otra puerta.

—Voy a aprovechar para ir a hacer una cosa —Dijo ella.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó el joven intencio­nadamente, porque quería ver la cara que iba a po­ner.

Hacía ya un año que la conocía y la chica aún era capaz de avergonzarse delante de él, y a él le encanta­ban esos instantes en los que ella sentía vergüenza; en primer lugar porque la diferenciaban de las mujeres con las que él se había relacionado antes de conocerla, en segundo lugar porque sabía que en este mundo to­do es pasajero, y eso hacía que hasta la vergüenza de su chica fuera algo preciado para él.

2

A la chica realmente le desagradaban las ocasiones en las que tenía que pedirle (el joven conducía con frecuencia muchas horas sin parar) que se detuviese un momento junto a un bosquecillo. Siempre le daba rabia cuando él le preguntaba con fingido asombro por el motivo de la parada. Ella sabía que la vergüen­za que sentía era ridícula y pasada de moda. En el tra­bajo había podido comprobar muchas veces que la gente se reía de su susceptibilidad y que la provoca­ban a propósito. Sentía siempre vergüenza anticipada sólo de pensar que iba a darle vergüenza. Con fre­cuencia deseaba poder sentirse libre dentro de su cuerpo, despreocupada y sin angustias, como lo hacía la mayoría de las mujeres a su alrededor. Hasta había llegado a inventarse un sistema especial de convencimiento pedagógico: se decía que cada persona recibía al nacer uno de los millones de cuerpos que estaban preparados, como si le adjudicasen una de los millones de habitaciones de un inmenso hotel; que aquel cuerpo era, por tanto, casual e impersonal; que era una cosa prestada y hecha en serie. Lo repetía una y otra vez, en distintas versiones, pero nunca era capaz de sentir de ese modo. Aquel dualismo del cuerpo y el alma le era ajeno. Ella misma era excesivamente su propio cuerpo, y por eso siempre lo sentía con angustia.

Con esa misma angustia se había aproximado tam­bién al joven a quien había conocido hacía un año y con el que era feliz quizá precisamente porque nunca separaba su cuerpo de su alma y con él podía vivir por entero. En aquella indivisión residía su felicidad, sólo que tras la felicidad siempre se agazapaba la sospecha, y la chica estaba llena de sospechas. Con frecuencia pensaba que las otras mujeres (las que no se angustia­ban) eran más seductoras y atractivas, y que el joven, que no ocultaba que conocía bien a aquel tipo de mu­jeres, se le iría alguna vez con alguna de ellas. (Es cierto que el joven afirmaba que ya estaba harto de ese tipo de mujeres para el resto de su vida, pero la chica sabía que él era mucho más joven de lo que pensaba). Ella quería que fuese suyo por completo y ser ella por completo de él, pero con frecuencia le pa­recía que cuanto más trataba de dárselo todo, más le negaba algo: lo que da precisamente el amor carente de profundidad y superficial, lo que da el flirt. Sufría por no saber ser, además de seria, ligera.

Pero esta vez no sufría ni pensaba en nada de eso. Se sentía a gusto. Era su primer día de vacaciones (ca­torce días de vacaciones en los que durante todo el año había centrado su deseo), el cielo estaba azul (to­do el año había estado preguntándose horrorizada si el cielo estaría verdaderamente azul) y él estaba con ella. A su «¿qué vas a hacer?» respondió ruborizándo­se y se alejó del coche sin decir palabra. Dejó a su la­do la estación de servicio que estaba al borde de la carretera, completamente solitaria, en medio del cam­po; a unos cien metros de allí (en la misma dirección en la que iban) empezaba el bosque. Se dirigió hacia él, se escondió tras un arbusto y disfrutó durante todo ese tiempo de una sensación de satisfacción. (Es que hasta la alegría que produce la presencia del hombre a quien se ama se siente mejor a solas. Si la presencia de él fuera continua, sólo estaría presente en su cons­tante transcurrir. Detenerla sólo es posible en los ratos de soledad).

Después salió del bosque y se dirigió hacia la ca­rretera; desde allí se veía la estación de servicio; el camión cisterna ya se había ido; el coche se había aproximado a la roja torrecilla del surtidor. La chica se puso a andar carretera adelante, mirando a ratos si ya venía. Luego lo vio, se detuvo y empezó a hacerle señas, tal como se las hacen los autoestopistas a los co­ches desconocidos. El coche frenó y se detuvo justo al lado de la chica. El joven se agachó hacia la ventani­lla, la bajó, sonrió y preguntó:

—¿A dónde va, señorita?
—¿Va hacia Bystrica? —preguntó la chica y sonrió con coquetería.
—Pase, siéntese —el joven abrió la puerta. La chi­ca se sentó y el coche se puso en marcha.

3

El joven siempre disfrutaba cuando su chica estaba alegre; no ocurría con frecuencia: tenía un trabajo bastante complicado, en un ambiente desagradable, con muchas horas extras; en casa, su madre estaba en­ferma, solía estar cansada; tampoco destacaba por la firmeza de sus nervios ni por su seguridad en sí misma, era víctima fácil de la angustia y el miedo. Por eso era capaz de recibir cualquier manifestación de alegría de ella con la ternura y el cuidado de un padre adoptivo. Le sonrió y dijo:

—Hoy estoy de suerte. Hace ya cinco años que conduzco pero nunca he llevado a una autoestopista tan guapa.

La chica le estaba agradecida al joven por cada una de las zalamerías que le hacía; tenía ganas de disfrutar un rato de aquella cálida sensación y por eso le dijo:

—Parece que sabe mentir muy bien.
—¿Tengo cara de mentiroso?
—Tiene cara de disfrutar mintiendo a las mujeres—dijo la chica y en su voz había un resto involuntario de la vieja angustia, porque creía realmente que a su joven le gustaba mentirles a las mujeres.

El joven ya se había sentido molesto algunas veces por los celos de la chica, pero esta vez podía pasarlos fácilmente por alto, porque la frase no iba dirigida a él, sino a un conductor desconocido. Por eso le res­pondió sin más:

—¿Eso le molesta?
—Si saliese con usted, me importaría —dijo la chica y había en ello un sutil mensaje al joven; pero el final de la frase iba dirigido ya al desconocido conductor—: Pero como a usted no lo conozco, no me molesta.
—Las mujeres siempre encuentran muchos más defectos en su propio hombre que en los demás —ahora se trataba de un sutil mensaje pedagógico del joven a la chica—, pero ya que no tenemos nada que ver, podríamos entendernos bien.

La chica no tenía intención de entender el mensaje pedagógico subyacente y por eso se dirigió exclusivamente al conductor desconocido:

—¿Y qué, si dentro de un momento nos vamos a separar?
—¿Por qué?
—Porque en Bystrica me bajo.
—¿Y qué pasaría si yo me bajase con usted?

Al oír estas palabras la chica miró al joven y com­probó que tenía exactamente el aspecto que ella se imaginaba en sus más amargas horas de celos; se ho­rrorizó al ver con qué coquetería la halagaba (a ella, a una autoestopista desconocida) y lo bien que le sen­taba. Por eso le contestó en plan provocador:

—¿Y qué iba a hacer usted conmigo?
—Con una mujer tan guapa no necesitaría pensar demasiado qué hacer —dijo el joven, y en ese momento hablaba ya más para su chica que para la autoestopista.

Pero la chica sintió como si, al hacerle decir aquella frase halagadora, lo hubiera cogido por sorpresa, como si con un astuto truco lo hubiera obligado a confesar; tuvo un breve e intenso ataque de odio y dijo:

—¿No le parece que exagera?

El joven miró a su chica; aquella cara altiva estaba llena de tensión; sintió lástima por la chica y añoró su mirada habitual, familiar (de la que solía decir que era infantil y sencilla); se acercó a ella, pasó el brazo por su hombro y le susurró el nombre con que solía llamarla y con el que ahora pretendía acabar el juego.

Pero la chica le apartó y dijo:

—¡Me parece que va demasiado rápido!

El joven, al ser rechazado, dijo:

—Perdone señorita —y se puso a mirar fijamente la carretera.

4

Pero el dolor de los celos abandonó a la chica tan rápido como la había atacado. Al fin y al cabo era sensata y sabía que sólo se trataba de un juego; inclu­so le pareció un poco ridículo haber rechazado al jo­ven sólo por la rabia que le producían los celos; no quería que él lo notase. Por suerte las mujeres tienen una habilidad mágica para modificar ex-post el senti­do de sus actos. De modo que utilizó esta habilidad y decidió que no lo había rechazado porque le hubie­ra dado rabia, sino para poder continuar con un juego que, por caprichoso, era tan adecuado para el primer día de vacaciones.

De manera que volvió a ser una autoestopista que acaba de rechazar a un conductor atrevido sólo para hacer la conquista más lenta y más excitante. Se volvió hacia el joven y le dijo con voz melosa:

—¡No era mi intención ofenderle!
—Perdone, no volveré a tocarla —dijo el joven.

Estaba enfadado con la chica por no haberle hecho caso y haberse negado a volver a ser ella misma cuan­do tanto lo deseaba; y como la chica seguía con su máscara, el joven le traspasó su enfado a la desconoci­da autoestopista que ella representaba; y así descubrió de pronto el carácter de su papel: abandonó la galan­tería con la que había pretendido halagar indirecta­mente a su chica y empezó a hacer de hombre duro que al dirigirse a las mujeres pone de relieve más bien los aspectos bastos de la masculinidad: la voluntad, el sarcasmo, la confianza en sí mismo.

Este papel era contradictorio con las atenciones que habitualmente le dedicaba el joven a la chica. Es verdad que antes de conocerla se comportaba con las mujeres de un modo más bien brusco que delicado, pero nunca había llegado a parecer un hombre demo­níacamente duro porque no sobresalía ni por su fuerza de voluntad ni por su falta de miramientos. Pero si nunca lo había parecido, tanto más había deseado en otros tiempos parecerlo. Se trata seguramente de un deseo bastante ingenuo, pero qué se le va a hacer: los deseos infantiles salvan todos los obstáculos que les pone el espíritu maduro y con frecuencia perduran más que él, hasta la última vejez. Y aquel deseo in­fantil aprovechó rápidamente la oportunidad de asu­mir el papel que se le ofrecía.

A la chica le venía muy bien el distanciamiento sarcástico del joven: la liberaba de sí misma. Ella mis­ma era, ante todo, celos. En el momento en que dejó de ver a su lado al joven galante que trataba de sedu­cirla y vio su cara inaccesible, sus celos se acallaron. La chica podía olvidarse de sí misma y entregarse a su papel.

¿Su papel? ¿Cuál? Era un papel de literatura bara­ta. Una autoestopista había parado un coche, no para que la llevase, sino para seducir al hombre que iba en el coche; era una seductora experimentada que domi­naba estupendamente sus encantos. La chica se com­penetró con aquel estúpido personaje de novela con una facilidad que a ella misma la dejó, acto seguido, sorprendida y encantada.

Y así iban en coche y charlaban; un conductor desconocido y una autoestopista desconocida.


5


No había nada que el joven hubiera echado tanto en falta en su vida como la despreocupación. La carre­tera de su vida había sido diseñada con despiadada se­veridad: su empleo no acababa con las ocho horas de trabajo diario, invadía también el resto de su tiempo con el aburrimiento obligado de las reuniones y del es­tudio en casa; invadía también, a través de la atención que le prestaban sus innumerables compañeros y com­pañeras, el escasísimo tiempo de su vida privada, que nunca permanecía en secreto y que por lo demás se ha­bía convertido ya un par de veces en objeto de cotilleos y de debate público. Ni siquiera las dos semanas de vacaciones le brindaban una sensación de liberación y de aventura; hasta aquí llegaba la sombra gris de la severa planificación; la escasez de casas de veraneo en nuestro país le había obligado a reservar con medio año de antelación la habitación en los montes Tatra, para lo cual había necesitado una recomendación del Co­mité de su empresa, cuya omnipresente alma no le perdía así la pista ni por un momento.

Ya se había hecho a la idea de todo aquello pero, de vez en cuando, tenía la horrible sensación de que le obligaban a ir por una carretera en la que todos le veían y de la que no podía desviarse. Ahora mismo volvía a tener esa sensación; un extraño cortocircuito hizo que identificase la carretera imaginaria con la ca­rretera verdadera por la que iba y eso le sugirió de pronto la idea de hacer una locura.

—¿A dónde dijo que quería ir?
—A Banska Bystrica —respondió.
—¿Y qué va a hacer allí?
—He quedado con una persona.
—¿Con quién?
—Con un señor.

El coche se aproximaba a un cruce de caminos im­portante; el conductor disminuyó la velocidad para poder leer las señales que indicaban la dirección; lue­go dobló a la derecha.

—¿Y qué pasaría si no llegase a su cita?
—Sería culpa suya y tendría que ocuparse de mí.
—Seguramente no se ha dado cuenta de que he doblado hacia Nove Zamky.
—¿De verdad? ¡Se ha vuelto loco!
—No tenga miedo, yo me ocuparé de usted —dijo el joven.

De pronto el juego había adquirido un nivel supe­rior. El coche no sólo se alejaba de su objetivo imagi­nario en Banska Bystrica, sino también del objetivo real hacia el que había partido por la mañana: los Ta­tra y la habitación reservada. De pronto la vida de fic­ción atacaba a la vida sin ficción. El joven se alejaba de sí mismo y de la severa ruta de la que hasta ahora nunca se había desviado.

—¡Pero si había dicho que iba a los Pequeños Ta­tra! —se asombró la chica.
—Señorita, yo voy a donde quiero. Soy un hom­bre libre y hago lo que quiero y lo que me da la gana.
6

Cuando llegaron a Nove Zamky, empezaba a ha­cerse de noche.

El joven nunca había estado allí y tardó un rato en orientarse. Detuvo varias veces el coche para pregun­tar a los viandantes dónde estaba el hotel. Había va­rias calles en obras, de modo que, aunque el hotel es­taba muy cerca (según afirmaban todas las personas a las que les había preguntado), el camino daba tantas vueltas y tenía tantos desvíos que tardaron casi un cuarto de hora en aparcar el coche. El hotel no tenía un aspecto muy agradable, pero era el único hotel de la ciudad y el joven ya no tenía ganas de seguir con­duciendo. Así que le dijo a la chica:

—Espere —y bajó del coche.

Al bajar del coche volvió naturalmente a ser él mismo. Y le pareció un fastidio encontrarse por la noche en un sitio completamente distinto del que ha­bía planeado; y resultaba aún más fastidioso porque nadie le había obligado y ni siquiera él mismo lo ha­bía pretendido. Se echaba en cara la locura que había cometido, pero al final acabó por restarle importan­cia: la habitación de los Tatra podía esperar hasta el día siguiente y no está mal celebrar el primer día de vacaciones con algo inesperado.

Atravesó el restaurante —lleno de humo, repleto, ruidoso— y preguntó por la recepción. Le indicaron que siguiese hasta la escalera, donde, tras una puerta de cristal, estaba sentada una rubia de aspecto anticuado bajo un tablero lleno de llaves: le costó trabajo obtener la llave de la única habitación libre.
La chica, al quedarse sola, también prescindió de su papel. Pero le fastidiaba encontrarse en una ciudad extraña. Estaba tan entregada al joven que no dudaba de nada de lo que él hacía y dejaba en sus manos, con toda confianza, las horas de su vida. Pero en cambio volvió a pensar que quizá, tal como ella ahora, otras mujeres con las que se encontraba en sus viajes de tra­bajo esperarían al joven en su coche. Pero, curiosamente, aquella imagen ahora no le produjo dolor; la chica sonrió inmediatamente al pensar lo hermoso que era que esa mujer extraña fuese ahora ella; aque­lla mujer extraña, irresponsable e indecente, una de aquellas de las que había tenido tantos celos; le pare­cía que les había ganado la mano a todas; que había descubierto el modo de apoderarse de sus armas; de darle al joven lo que hasta entonces no había sabido darle: ligereza, inmoralidad e informalidad; sintió una particular sensación de satisfacción por ser capaz de convertirse ella misma en todas las demás mujeres y de ocupar y devorar así (ella sola, la única) a su amado.

El joven abrió la puerta del coche y condujo a la chica al restaurante. En medio del ruido, la suciedad y el humo, descubrió una única mesa libre en un rincón.


7

—Bueno ¿y ahora cómo se va a ocupar de mí?
—¿Qué aperitivo prefiere?

La chica no era muy aficionada a beber; como mu­cho bebía vino y le gustaba el vermouth. Pero esta vez, adrede, dijo:

—Vodka.
—Estupendo —dijo el joven—. Espero que no se me emborrache.
—¿Y si me emborrachara? —dijo la chica.

El joven no le respondió y llamó al camarero y pi­dió dos vodkas y, para cenar, solomillo. El camarero trajo, al cabo de un rato, una bandeja con dos vasitos y la puso sobre la mesa.

El joven levantó el vaso y dijo:

—¡A su salud!
—-¿No se le ocurre un brindis más ingenioso?

Había algo en el juego de la chica que empezaba a irritar al joven; ahora, cuando estaban sentados cara a cara, comprendió que no sólo eran las palabras las que hacían de ella otra persona diferente, sino que estaba cambiada por entero, sus gestos y su mí­mica, y que se parecía con una fidelidad que lle­gaba a ser desagradable a ese modelo de mujer que él conocía tan bien y que le producía un ligero re­chazo.

Y por eso (con el vaso en la mano levantada) mo­dificó su brindis:

—Bien, entonces no brindaré por usted, sino por su especie, en la que se conjuga con tanto acierto lo mejor del animal y lo peor del hombre.
—¿Cuando habla de esa especie se refiere a todas las mujeres? —preguntó la chica.
—No, me refiero sólo a las que se parecen a usted.
—De todos modos no me parece muy gracioso comparar a una mujer con un animal.
—Bueno —el joven seguía con el vaso levanta­do—, entonces no brindo por su especie, sino por su alma, ¿le parece bien? Por su alma que se enciende cuando desciende de la cabeza al vientre y que se apa­ga cuando vuelve a subir a la cabeza.

La chica levantó su vaso:

—Bien, entonces por mi alma que desciende hasta el vientre.
—Rectifico otra vez —dijo el joven—: mejor por su vientre, al cual desciende su alma.
—Por mi vientre —dijo la chica y fue como si su vientre (ahora que lo habían mencionado) respondiera a la llamada: sentía cada milímetro de su piel.

El camarero trajo el solomillo y el joven pidió más vodka con sifón (esta vez brindaron por los pechos de la chica) y la conversación continuó con un extraño to­no frívolo. El joven estaba cada vez más irritado por lo bien que la chica sabía ser esa mujer lasciva; si lo sabe hacer tan bien, es que realmente lo es; está claro que no ha penetrado ningún alma extraña dentro de ella; está jugando a ser ella misma; quizá sea esa otra parte de su ser que otras veces permanece encerrada y a la que ahora, con la excusa del juego, le ha abierto la jaula; es posible que la chica crea que al jugar se está negando a sí misma, pero ¿no sucede precisamente lo contrario? ¿No es en el juego donde se convierte de verdad en sí misma? ¿No se libera al jugar? No, la que está sentada frente a él no es una mujer extraña dentro del cuerpo de su chica; es su propia chica, nadie más que ella. La miraba y sentía hacia ella un desagrado cada vez mayor.

Pero no se trataba únicamente de desagrado. Cuanto más se alejaba la chica de él psíquicamente, más la deseaba físicamente; la extrañeza del alma par­ticularizaba el cuerpo de la chica; incluso era ella la que lo convertía de verdad en cuerpo; era como si has­ta entonces aquel cuerpo no hubiera existido para el joven más que en el limbo de la compasión, la ternu­ra, los cuidados, el amor y la emoción; como si hubie­se estado perdido en aquel limbo (¡sí, como si el cuer­po hubiese estado perdido!). El joven tenía la sensa­ción de ver hoy por primera vez el cuerpo de la chica.

Cuando terminó de tomar el tercer vodka con so­da, la chica se levantó y dijo con coquetería:

—Perdone.

El joven dijo:

—¿Puedo preguntarle a dónde va, señorita?
—A mear, si no le importa —dijo la chica y se ale­jó por entre las mesas hacia una cortina de terciopelo.

8

Estaba contenta de haber dejado estupefacto al jo­ven con aquella palabra que —a pesar de su inocencia— nunca le había oído decir: le parecía que nada reflejaba mejor al tipo de mujer a la que jugaba que la coquetería con la que había puesto el énfasis en la mencionada palabra; sí, estaba completamente satis­fecha; aquel juego le entusiasmaba; le hacía sentir lo que nunca había sentido: por ejemplo aquella sensa­ción de despreocupada irresponsabilidad.

Ella, que siempre había tenido miedo de cada pa­so que tenía que dar, de pronto se sentía completamente suelta. Aquella vida ajena dentro de la que se encontraba era una vida sin vergüenza, sin determininaciones biográficas, sin pasado y sin futuro, sin atadu­ras; era una vida excepcionalmente libre. La chica, siendo autoestopista, podía hacerlo todo: todo le esta­ba permitido; decir cualquier cosa, hacer cualquier co­sa, sentir cualquier cosa.

Atravesaba la sala y se daba cuenta de que la mira­ban desde todas las mesas; esa también era una sensa­ción nueva, hasta entonces desconocida: la impúdica satisfacción del propio cuerpo. Hasta ahora nunca ha­bía sido capaz de librarse por completo de aquella ni­ña de catorce años que se avergüenza de sus pechos y que siente como una desagradable impudicia que le sobresalgan del cuerpo y sean visibles. Aunque siem­pre se había sentido orgullosa de ser guapa y bien he­cha, aquel orgullo era inmediatamente corregido por la vergüenza: intuía correctamente que la belleza fe­menina funciona, ante todo, como incitación sexual y eso le desagradaba; ansiaba que su cuerpo sólo se diri­giese al hombre que amaba; cuando los hombres le miraban los pechos en la calle, le parecía que con ello arrasaban una parte de su más secreta intimidad, que sólo le pertenecía a ella y a su amante. Pero ahora era una autoestopista, una mujer sin destino; se había vis­to privada de las tiernas ataduras de su amor y había empezado a tomar intensa conciencia de su cuerpo; lo sentía con tanta mayor excitación cuanto más extraños eran los ojos que la observaban.

Cuando pasaba junto a la última mesa, un indivi­duo medio borracho, deseando jactarse de ser un hombre de mundo, le dijo en francés:

—¿Combien, mademoiselle?

La chica lo entendió. Irguió el cuerpo, sintiendo cada uno de los movimientos de sus caderas; desapareció tras la cortina.


9

Todo aquello era un juego raro. La rareza consis­tía, por ejemplo, en que el joven, aunque había asumido estupendamente la función de conductor desco­nocido, no dejaba de ver en la autoestopista descono­cida a su chica. Y eso era precisamente lo más doloro­so; veía a su chica seducir a un hombre desconocido y disfrutaba del amargo privilegio de estar presente; veía de cerca el aspecto que tiene y lo que dice cuando lo engaña (cuando lo engañaba, cuando lo va a enga­ñar); tenía el paradójico honor de ser él mismo objeto de su infidelidad.

Lo peor era que la adoraba más de lo que la ama­ba; siempre le había parecido que su ser sólo era real dentro de los límites de la fidelidad y la pureza y que más allá de esos límites simplemente no exis­tía; que más allá de aquellos límites habría dejado de ser ella misma, tal como el agua deja de ser agua más allá del límite de la ebullición. Ahora, al verla traspo­ner con natural elegancia aquel horrible límite, se lle­naba de rabia.

La chica volvió del servicio y se quejó:

—Uno de aquellos me dijo: ¿Combien, mademoi­selle?
—No se asombre —dijo el joven—, tiene usted aspecto de furcia.
—¿Sabe que no me molesta en absoluto?
—¡Debía haberse ido con ese señor!
—Ya le tengo a usted.
—Puede irse con él después. ¿Por qué no se po­nen de acuerdo?
—No me gusta.
—Pero no tiene usted inconveniente en estar una misma noche con varios hombres.
—Si son guapos ¿por qué no?
—¿Los prefiere uno tras otro o al mismo tiempo?
—De las dos maneras.

La conversación era una suma de barbaridades ca­da vez mayores; la chica estaba un poco espantada, pero no podía protestar. También el juego encierra falta de libertad para el hombre, también el juego es una trampa para el jugador; si aquello no fuera un juego, si estuvieran sentadas frente a frente dos perso­nas extrañas, la autoestopista se hubiera podido ofen­der hace tiempo y hubiera podido marcharse; pero el juego no tiene escapatoria; el equipo no puede huir del campo antes de que finalice el juego, las piezas de ajedrez no pueden escaparse del tablero, los límites del campo de juego no pueden traspasarse. La chica sabía que tenía que aceptar cualquier juego, precisa­mente porque era un juego. Sabía que cuanto más exagerado fuera, más sería un juego y más obediente iba a tener que ser al jugar. Y era inútil invocar la ra­zón y advertir al alma alocada que debía mantener las distancias con respecto al juego y no tomárselo en se­rio. Precisamente porque se trataba sólo de un juego, el alma no tenía miedo, no se resistía y caía en él co­mo alucinada.

El joven llamó al camarero y pagó la cuenta. Lue­go se levantó y le dijo a la chica:

—Podemos ir.
—¿A dónde? —fingió asombro la chica.
—No preguntes y camina —dijo el joven.
—¿Con quién se cree que está hablando?
—Con una furcia —dijo el joven.

10

Iban por una escalera mal iluminada: en el des­cansillo, antes del primer piso, había un grupo de hombres medio borrachos delante de la puerta del re­trete. El joven abrazó a la chica por la espalda, de tal modo que su mano apretaba el pecho de ella. Los hombres que estaban junto al retrete lo vieron y em­pezaron a dar gritos. La chica intentó soltarse pero el joven le gritó:

—¡Aguanta!

Los hombres aprobaron su actitud con zafia solida­ridad y le dirigieron a la chica unas cuantas groserías. El joven llegó con la chica al primer piso y abrió la puerta de la habitación. Encendió la luz.

Era una habitación estrecha con dos camas, una mesilla, una silla y un lavabo. El joven cerró la puerta y se volvió hacia la chica. Estaba frente a él con un gesto de suficiencia y una mirada descaradamente sen­sual. El joven la miraba y trataba de descubrir, tras la expresión lasciva, los familiares rasgos de la chica, a los que amaba con ternura. Era como si mirase dos imágenes metidas en un mismo visor, dos imágenes puestas una encima de otra y que se trasparentasen la una a través de la otra. Aquellas dos imágenes que se trasparentaban le decían que en la chica había de to­do, que su alma era terriblemente amorfa, que cabía en ella la fidelidad y la infidelidad, la traición y la inocencia, la coquetería y el recato; aquella mezcla brutal le parecía asquerosa como la variedad de un ba­surero. Las dos imágenes seguían trasparentándose la una a través de la otra y el joven pensaba en que la chica sólo se diferenciaba de las demás superficial­mente, pero que en sus extensas profundidades era igual a otras mujeres, llena de todos los pensamien­tos, las sensaciones, los vicios posibles, dándoles así la razón a sus dudas y a sus celos secretos; que lo que parece un perfil que marca sus límites como individuo es sólo una falacia que engaña al otro, a quien la mi­ra, a él. Le parecía que aquella chica, tal como él la quería, no era más que un producto de su deseo, de su capacidad de abstracción, de su confianza, y que la chica real estaba ahora ante él y era desesperadamente extraña, desesperadamente ambigua. La odiaba.

—¿Qué estás esperando? Desnúdate —dijo.

La chica inclinó con coquetería la cabeza y dijo:

—¿Para qué?

El tono con que lo dijo le resultó muy familiar, le pareció que hace ya mucho tiempo se lo había oído a otra mujer, pero ya no sabía a cuál. Tenía ganas de humillarla. No a la autoestopista, sino a su propia chica. El juego se había confundido con la vida. Jugar a humillar a la autoestopista no era más que una excusa para humillar a la chica. El joven olvidó que estaba jugando. Sencillamente odiaba a la mujer que estaba delante de él. La miró fijamente y sacó de la cartera un billete de cincuenta coronas. Se lo dio a la chica:

—¿Es suficiente?

La chica cogió las cincuenta coronas y dijo:

—No me valora demasiado.

El joven dijo:

—No vales más.

La chica se abrazó al joven:

—¡No debes portarte así conmigo! ¡Conmigo tie­nes que portarte de otra manera, tienes que poner algo de tu parte!

Lo abrazaba y trataba de llegar con su boca a la de él. El joven le puso los dedos en la boca y la apartó suavemente. Dijo:

—Sólo beso a las mujeres cuando las quiero.
—¿Y a mí no me quieres?
—No.
—¿Y a quién quieres?
—¿A ti qué te importa? ¡Desnúdate!

11


Nunca se había desnudado así. La timidez, el sen­timiento interior de pánico, el alocamiento, todo lo que siempre había sentido al desnudarse delante del joven (cuando no la tapaba la oscuridad), todo aque­llo había desaparecido. Ahora estaba frente a él con­fiada, descarada, iluminada y sorprendida al descubrir de pronto los hasta entonces desconocidos gestos del desnudo lento y excitante. Percibía sus miradas, iba dejando a un lado, con mimo, cada una de sus pren­das y saboreaba los distintos estadios de la desnudez. Pero de pronto se encontró ante él totalmente desnu­da y en ese momento se dijo que el juego había ter­minado; que al quitarse la ropa se ha quitado tam­bién el disfraz y que ahora está desnuda, lo cual signi­fica que ahora vuelve a ser ella misma y que el joven ahora tiene que acercarse a ella y hacer un gesto con el que lo borre todo, tras el cual sólo vendrá ya el más íntimo acto amoroso. Así que se quedó desnuda de­lante del joven y en ese momento dejó de jugar; esta­ba perpleja y en su cara apareció una sonrisa que era de verdad sólo suya: tímida y confusa.

Pero el joven no se acercó a ella y no borró el jue­go. No percibió la sonrisa que le era familiar; sólo veía ante sí el hermoso cuerpo extraño de su propia chica, a la que odiaba. El odio limpió su sensualidad de cualquier resto de sentimientos. Ella quiso acercar­se pero él le dijo:

—Quédate donde estás, quiero verte bien.

Lo único que ahora deseaba era comportarse con ella como con una furcia de alquiler. Sólo que el joven nunca había tenido una furcia de alquiler y las únicas imágenes de que disponía al respecto prove­nían de la literatura y de lo que había oído contar. Se remitió por lo tanto a aquellas imágenes y lo primero que vio en ellas fue a una mujer en ropa interior negra (con medias negras) bailando sobre la reluciente tapa de un piano. En la pequeña habitación del hotel no había piano, lo único que había era una mesilla junto a la pared, pequeña, cubierta con un mantel de lino. Le ordenó a la chica que se subiera a ella. La chi­ca hizo un gesto de súplica pero el joven dijo:

—Ya has cobrado.

Al ver en la mirada del joven su irreductible obse­sión, trató de continuar con el juego, aunque ya no podía ni sabía hacerlo. Con lágrimas en los ojos se su­bió a la mesa. Apenas medía un metro de lado y una de las patas era un poquito más corta; la chica, de pie sobre la mesa, tenía sensación de inestabilidad.

Pero el joven estaba satisfecho con la figura desnu­da que se elevaba por encima de él y cuya avergonza­da inseguridad no hacía más que incrementar su auto­ritarismo. Deseaba ver aquel cuerpo en todas las pos­turas y desde todos los ángulos, del mismo modo en que se imaginaba que lo habían visto y lo verían tam­bién otros hombres. Era grosero y lascivo. Le decía pa­labras que ella nunca le había oído decir. La chica te­nía ganas de rebelarse, de huir del juego; le llamó por su nombre pero él le gritó que no tenía derecho a tra­tarlo con tanta confianza. Y así por fin, confusa y llo­rosa, le obedeció; se inclinaba y se agachaba según los deseos del joven, saludaba y movía las caderas como si estuviera bailando un twist; en ese momento, al ha­cer un movimiento un poco más brusco, el mantel se deslizó bajo sus piernas y estuvo a punto de caerse. El joven la sostuvo y la arrastró a la cama.

La penetró. Ella se alegró de pensar que al menos ahora se acabaría aquel desgraciado juego y que volve­rían a ser ellos mismos, tal como eran, tal como se querían. Trató de unir su boca a la de él. Pero el jo­ven se lo impidió y le repitió que sólo besaba a una mujer cuando la quería. Se echó a llorar. Pero ni si­quiera del llanto pudo disfrutar, porque el furioso apasionamiento del joven iba ganándose gradualmen­te su cuerpo, que hizo callar a los lamentos de su al­ma. Pronto hubo en la cama dos cuerpos perfecta­mente fundidos, sensuales y ajenos. Aquello era pre­cisamente lo que toda su vida la había espantado y lo que había tratado cuidadosamente de evitar: acostarse con alguien sin sentimientos y sin amor. Sabía que había atravesado la frontera prohibida, pero ahora, después de cruzarla, ya se movía sin protestar y con plena participación; sólo en algún rincón lejano de su conciencia se horrorizaba al comprobar que nunca ha­bía sentido tal placer y tanto placer como precisamen­te esta vez —más allá de aquella frontera.

12


Luego todo terminó. El joven se levantó de enci­ma de la chica y llevó la mano al largo cable que colgaba sobre la cama; apagó la luz. No deseaba ver la cara de la chica. Sabía que el juego había terminado, pero no tenía ganas de volver a la relación habitual con ella; le daba miedo aquel regreso. Estaba ahora acostado en la oscuridad junto a ella, acostado de mo­do que sus cuerpos no se tocaran.

Al cabo de un rato oyó un suave gemido; la mano de la chica rozó tímida, infantilmente, la suya: la ro­zó, se retiró, volvió a rozarla y luego se oyó una voz suplicante, que gemía, lo llamaba por un apelativo familiar y decía:

—Yo soy yo, yo soy yo...

El joven callaba, no se movía y advertía la triste falta de contenido de la afirmación de la chica, en la que lo desconocido era definido por sí mismo, por lo desconocido.

Y la chica pasó en seguida de los gemidos a un ruidoso llanto y volvió a repetir aquella emotiva tautología incontables veces:

—Yo soy yo, yo soy yo, yo soy yo...

El joven empezó a llamar en su ayuda a la compa­sión (tuvo que llamarla de lejos, porque por allí cerca no se encontraba), para acallar a la chica. Todavía te­nían por delante trece días de vacaciones.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Edgar A. Poe


EL CORAZÓN DELATOR

Es imposible definir cómo penetró la idea en mi cerebro. Sin embargo, una vez adentrada allí, me acosó día y noche. Realmente no había ningún motivo para ello. El viejo nunca había hecho daño, y yo lo quería. Jamás me insultó, y su oro no me despertaba la menor codicia.¡Es verdad! Soy muy nervioso, extraordinariamente nervioso. Lo he sido siempre. ¿Pero por qué dicen que estoy loco? La enfermedad ha aguzado mis sentidos en vez de destruirlos o embotarlos. De todos ellos el más fino es el oído. Yo he escuchado todas las cosas del cielo y de la tierra, y no pocas del infierno. ¿cómo, entonces, puedo estar loco? Observen con qué serenidad, con qué calma, voy a contarles esta historia.
Creo que era su ojo. Si... ¡Eso era! Uno de sus ojos se parecía a los del buitre. Era de un color azul pálido, nublado por una catarata. Siempre que ese ojo se detenía sobre mí, se me congelaba la sangre. Y así, poco a poco, gradualmente, se fue apoderando de mi espíritu la obsesión de matar al anciano, y librarme para siempre de aquella mirada.
Ahora viene lo más difícil de explicar. Me creen loco, pero no pensarían así si me hubieran visto, si hubiesen podido observar con qué sabiduría, con qué precaución y cautela procedí... ¡con qué disimulo puse manos a la obra!
Jamás me comporté tan amable con él como durante la semana que precedió al asesinato. Cada noche, cerca de las doce, descorría el pestillo de su puerta y la abría muy suavemente. Cuando la tenía lo suficientemente abierta para asomar la cabeza, metía una linterna bien cerrada, para que no se filtrara ninguna claridad: luego introducía la cabeza. ¡Oh, se habrían reído viendo el esmero con que lo hacía, por miedo de turbar el sueño del viejo. No exagero al afirmar que por lo menos tardaba una hora en realizar esta maniobra, y contemplar al anciano acostado en su cama. ¿Podría haber sido tan prudente un loco?
En seguida, una vez que mi cabeza se hallaba dentro de la habitación, abría silenciosamente la linterna. ¡Oh, con qué cuidado, con qué sumo cuidado: Abría sólo lo necesario para que un rayo casi imperceptible de luz se clavara en el ojo de buitre. Hice esto durante siete noches interminables, a la misma hora, y siempre encontré el ojo cerrado. Así se fue volviendo imposible concretar mi propósito; porque no era el viejo quién me molestaba, sino aquel maldito ojo. Y todas las mañanas, cuando amanecía, entraba osadamente en su cuarto, y le conversaba valerosamente, con voz muy cordial, interesándome por saber cómo había dormido.
Comprenderán que tendría que haber sido un hombre demasiado perspicaz para sospechar que todas las noches, siempre a las doce, yo le espiaba durante su sueño.
Finalmente, en la octava noche, entreabrí la puerta con mayor sigilo que antes. La aguja de un reloj se movía más a prisa que mi mano. Jamás, como en ese minuto, pude apreciar tan bien la magnitud de mi astucia, y apenas lograba dominar mi sensación de triunfo. ¡Pensar que estaba allí, empujando muy pausadamente esa puerta, y que él ni siquiera vislumbraba mis acciones y mis pensamientos secretos!
Ante esta idea se me escapó una leve risa, y tal vez me oyó, ya que de pronto se movió en su lecho, como si fuera a despertar. Tal vez se imaginarán que me retiré de inmediato. Pues no, se equivocan, no fue así.
Su alcoba se hallaba profundamente oscura. Las ventanas estaban herméticamente cerradas por miedo a los ladrones, y las espesas tinieblas envolvían toda la estancia. Absolutamente seguro de que el anciano no podía ver nada, me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló sobre la perilla de la puerta, y el viejo se incorporó en su cama, preguntando:
—¿Quién anda ahí?
Permanecí completamente inmóvil, sin musitar una sola palabra, y durante una hora no moví un músculo. Tampoco él, en todo ese tiempo, volvió a acostarse. Continuaba sentado en la cama, alerto, haciendo lo mismo que yo había hecho en esas largas noches, oyendo deslizarse a las arañas en la pared.
De pronto oí un gemido profundo. Se trataba de un lamento de terror mortal, no de dolor o tristeza. ¡Oh, no! Era el rumor sordo y ahogado que escapa de lo más íntimo de un alma sobrecogida por el pavor. Yo conocía ese quejido. Muchas veces, precisamente en el filo de la medianoche, cuando todos dormían, lo sentía irrumpir en mi propio pecho, brotando de los terrores que me consumían.
Sabía lo que estaba experimentando el viejo, y no podía evitar una gran piedad por él, aunque también otros sentimientos colmaban mi corazón. Comprendía que su zozobra iba en aumento, y que procuraba persuadirse de que sus temores eran infundados. Posiblemente decía para sí: "No es nada... El viento en la chimenea... Un ratón que corrió por el entretecho... Algún insecto..."
Sí, debe haber intentado calmarse con estas hipótesis. Pero todo fue inútil. La muerte había pasado junto a él, y lo envolvía. Y era la influencia fúnebre de su sombra, invisible, la que lo hacía "sentir", aunque no viera ni escuchara nada, la que le permitía notar mi presencia en su habitación.
Luego de haber esperado un largo rato, me aventuré a abrir apenas la linterna. La abrí furtivamente, hasta que al fin un rayo delgado, como el hilo de una telaraña, descendió sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, íntegramente abierto, y al verlo me llené de furia. Lo vi con claridad perfecta, entero de un azul mate, y cubierto por la horrorosa nube que me helaba hasta la médula de los huesos. No podía ver nada más; ni la cara ni el cuerpo del anciano. Sólo existía aquel ojo obsesionante.
¿No es acaso una hiperestesia de los sentidos aquello que consideran locura? Una vibración débil, continua, llegó a mis oídos, semejante al tic-tac de un reloj forrado en algodones. Inmediatamente reconocí ese apagado golpeteo. Era el corazón del viejo que latía, y este sonido excitó mi furia, igual que el redoblar de los tambores excita el valor de un soldado. Me controlé, sin embargo, y permanecí inmóvil. Respiraba apenas, y sostenía quieta, entre las manos, la linterna. Hacía un esfuerzo por mantener el rayo de luz fijo sobre el ojo. Entre tanto, el latido infernal del corazón del anciano era por segundos más fuerte, más rápido, y..., sobre todo, más sonoro.
El pánico de aquel hombre debía ser monstruoso, y retumbaba en ese latir que crecía y crecía.
He confesado que soy nervioso, y realmente lo soy. En consecuencia, en medio de la noche y del silencio de esa antigua casa, un ruido tan extraño hizo surgir en mi un terror incontrolable. Pese a ello, todavía logré mantenerme, y luché por conservar la tranquilidad, pero la pulsación se hacía más y más audible, más violenta, y una nueva angustia se apoderaba de mí. Ese ruido, y los que iban a producirse, podrían ser escuchados por un vecino. La hora del viejo había llegado.
Con un gran alarido, abrí inesperadamente la linterna, y me precipité en la alcoba. El viejo dejó escapar un grito, un solo grito. En menos de un segundo lo derribé, dejándolo de espaldas en el suelo, y tiré la cama sobre él, aplastándolo con su peso. Entonces sonreí, ufano, al ver tan adelantada mi obra. No obstante, el corazón aún latió, con un murmullo apagado.
Pese a ello, ya no me atormentaba. No, no podía oírse nada a través de las paredes. Finalmente, cesó todo: el viejo estaba muerto. Levanté la cama, y examiné el cuerpo. Sí, estaba muerto. ¡Muerto como una piedra! Afirmé mi mano en su corazón sin advertir ningún latido. ¡ En lo sucesivo su ojo de buitre no podría atormentarme!
A los que insistan en creerme loco, les advierto que su opinión se desvanecerá cuando les describa las inteligentes medidas que adopté para esconder el cadáver.
Avanzaba la noche, y yo trabajaba con prisa y en riguroso silencio. Hábilmente fui desmembrando el cuerpo. Primero corté la cabeza y después los brazos; luego, las piernas. En seguida separé unos trozos del entablado, y deposité los restos bajo el piso de madera. Terminado este trabajo, coloqué otra vez las tablas en su sitio, con tanta destreza que ningún ojo humano, ni siquiera el del viejo, podría descubrir allí algo inusual. Ni siquiera una mancha de sangre.
Cuando terminé estas operaciones eran las cuatro y estaba tan oscuro como si todavía fuese medianoche. En el momento en que el reloj señalaba la hora, llamaron a la puerta de calle. Bajé a abrir confiado, y di la bienvenida a los recién llegados. ¿Por qué no? ¿Acaso tenía algo que temer?
Los tres hombres se presentaron, gentilmente, como agentes de la policía. Un vecino había escuchado un grito en la noche, y esto lo hizo sospechar de que podía haberse cometido un homicidio, por lo cual estampó una denuncia en la Comisaría. Los agentes venían para practicar un reconocimiento.
Sonreí, ya que, repito: ¿acaso tenía algo que temer?
—El grito —les expliqué— lo lancé yo, soñando. El anciano se encuentra viajando por la comarca...
Conduje a los visitantes por toda la casa, y les sugerí que revisaran bien. Por fin, los guié hasta su cuarto. Allí les mostré sus tesoros; todo perfectamente resguardado y en orden. Entusiasmado con esa gran seguridad en mí mismo, llevé unas sillas a la habitación, y los invité a que se sentaran, mientras yo, con la desbordada audacia de mi triunfo, colocaba mi propia silla exactamente en el lugar bajo el que se ocultaba el cuerpo de la víctima.
Los agentes parecían satisfechos. Mi actitud les convencía, y hablaron de temas familiares, a los que respondí jovialmente. No obstante, pasado un rato, me di cuenta de que palidecía, y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y sentía que mis oídos zumbaban. Sin embargo, ellos continuaban sentados, y proseguían la charla. Entonces el zumbido se hizo más nítido y rítmico, volviéndose cada vez más perceptible. Comencé a hablar atropelladamente, para liberarme de esa angustiante sensación. Pero ésta persistió, reiterándose de un modo tal, que no tardé en descubrir que el ruido no nacía en mis oídos.
Sin duda palidecí más, y seguí hablando sin tino, alzando mi voz, tratando de apagar aquel sonido que aumentaba, "aquella vibración semejante al tic-tac de un reloj envuelto en algodones" . Principié a respirar con dificultad, aunque los agentes aún no escuchaban nada, e hilvané frases apresuradas, con mayor vehemencia. El tic-tac se elevaba, acompasado. Me levanté y discutí tonterías, con tono estridente, haciendo grotescas gesticulaciones. ¡Todo era inútil! ¡El latido crecía, crecía más. ¿Por qué ellos no querían marcharse? Comencé a caminar de un lado a otro por la habitación, pesadamente, a grandes pasos. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer? Echaba espumarajos, desvariaba. Volvía a sentarme y movía la silla, haciéndola resonar sobre el suelo. Pero el latido lo dominaba todo, y se agigantaba indefinidamente.
Los hombres continuaban conversando, bromeando, riendo. ¿Sería posible que no oyeran? ¿Dios Todopoderoso, sería posible? ¡No, no! ¡Ellos oían... sospechaban! ¡Sabían! ¡Sí, sabían, y se estaban divirtiendo con mi terror! Así lo creí, y lo creo ahora. Y había algo peor que aquella agonía, algo más insoportable que esa burla. ¡Ya no podía tolerar por más tiempo sus hipócritas sonrisas, y me di cuenta de que era preciso gritar o morir, porque entonces...! ¡Préstenme atención, por favor!

—¡Miserables! —exclamé—. ¡No disimulen más! ¡Lo confieso todo! ¡Arranquen estas tablas! ¡Aquí, está aquí! ¡Es el latido de su implacable corazón!

miércoles, 20 de noviembre de 2013

La serpiente. John Steinbeck (EEUU, California, 1902- Nueva York, 1968)

John Steinbeck

La serpiente


 Era casi de noche cuando el joven doctor Phillips se echó el saco al hombro y abandonó la laguna formada por las aguas de la marea. Trepó rocas arriba y echó a andar por la calle pisando fuerte con sus altas botas de goma. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse cuando llegó a su pequeño laboratorio en la calle de las conserverías de Monterrey. Era un pequeño edificio que se apoyaba en parte sobre pilastras al borde de la bahía. Por todas partes lo rodeaban las instalaciones metálicas de las industrias conserveras de sardinas.
El doctor Phillips subió los escalones de madera y abrió la puerta. Las ratas blancas corretearon por el interior de sus jaulas, asomándose a la tela metálica, y los gatos encerrados en sus cajones maullaron a coro pidiendo leche. El doctor Phillips encendió la luz que pendía sobre la mesa de disecciones y dejó el saco en el suelo. Se dirigió a las urnas de cristal colocadas junte a la ventana, donde se hallaban las serpientes, y se asomó a observarlas.
Formaban un montón informe y descansaban en los rincones de los recipientes de cristal que las encerraban; sus ojos vidriosos parecían no ver, pero cuando el joven se inclinó sobre ellas, sus lenguas bífidas, negras en sus extremos y rojas en el resto, se asomaban temblorosas fuera de sus fauces. Luego las serpientes reconocieron a su dueño y escondieron de nuevo sus lenguas amenazadoras.
El doctor Phillips se despojó del grueso chaquetón de cuero y encendió la estufa, en la que puso a calentar un poco de agua que contenía una lata de legumbres. Luego se quedó mirando el saco que yacía en el suelo. Era un hombre muy joven, de aspecto tranquilo, con los ojos absortos y preocupados de quien se pasa la vida mirando por un microscopio. Tenía una barba corta y rubia.
La chimenea metálica gimió con el tiro de aire y la estufa empezó a desprender un agradable calorcillo. Se oía el rumor de las olas que morían entre los pilares que sostenían una mitad del edificio. En los anaqueles que recubrían todas las paredes se veían filas interminables de frascos de vidrio conteniendo los animales marinos que se estudiaban en el laboratorio.
El doctor Phillips abrió una puerta lateral y penetró en su dormitorio, una minúscula celdilla adornada con libros y que tenía como único mobiliario un camastro, una lámpara de lectura y una incómoda silla de madera. Se descalzó las botas de goma y se puso unas zapatillas. Cuando volvió a la otra habitación ya hervía alegremente el agua del cacharro.
Puso el saco sobre la mesa bajo el foco de blanca luz y lo vació, esparciendo sobre el tablero un par de docenas de estrellas de mar. Luego sus ojos pensativos se volvieron hacia las ratas que se removían inquietas en sus jaulas de tela metálica. Cogiendo un poco de maíz de una bolsa de papel, llenó las pequeñas cazuelas de las jaulas. Inmediatamente las ratas abandonaron sus puestos de observación junto a la rejilla de alambre para lanzarse ávidas sobre la comida. En un estante había una botella de leche, entre un pez tropical conservado en formol y un pequeño pulpo disecado. El doctor Phillips cogió la botella y se dirigió a la jaula de los gatos, pero antes de llenar las tazas introdujo una mano y cogió por el cuello a un gran gato callejero. Lo acarició un momento y luego lo dejó caer dentro de una caja metálica pintada de negro, que cerró inmediatamente y aseguró con unos pernos. Luego abrió la llave de paso del gas para llenar con éste la cámara de muerte. Mientras en el interior del cajón se desarrollaba una rápida agonía, el doctor llenó de leche los recipientes de los gatos. Uno de los felinos se acercó a su mano y el joven sonrió acariciándole el lomo.
La cámara de gas volvía a estar en silencio. Cortó el paso del fluido, calculando que el recipiente hermético ya debía estar lleno de gas.
En la estufa el agua del cacharro hervía furiosamente. El doctor Phillips sacó del agua la lata de judías, valiéndose de unos gigantescos fórceps, la abrió y vertió su contenido en un plato de cristal. Mientras comía observaba las estrellas de mar, que yacían sobre la mesa. Cada una de ellas había dejado un charquito de un líquido lechoso. Cuando no hubo más judías en su plato, dejó éste en la fregadera y se dirigió al armario de los instrumentos. Tomó un microscopio y unos pocos cristalizadores, que fue llenando uno tras otro de agua salada y colocándolos ordenadamente sobre la mesa, directamente bajo la luz. Luego se quitó el reloj de la muñeca y lo depositó en lugar visible. Las olas seguían lamiendo la parte inferior del edificio. Sacando de un cajón un cuentagotas, se inclinó sobre las estrellas de mar.
En aquel momento se oyeron pasos precipitados en la escalera de madera y alguien llamó con fuerza a la puerta. Una leve mueca de disgusto se dibujó en el rostro del joven cuando se levantó para abrir. Una mujer alta y delgada apareció en el umbral. Vestía de negro y su cabello obscuro y liso aparecía despeinado por el fuerte viento. Sus ojos recogieron en intensos destellos la fuerte luz que alumbraba la estancia.
La desconocida habló con voz apagada y rica:
–¿Puedo entrar? Deseo hablar con usted.
–En este momento estoy muy ocupado –contestó él con desaliento–. A veces tengo mucho trabajo.
Pero se apartó de la puerta, dejando paso a la mujer.
–Estaré callada hasta que usted pueda hablar conmigo.
Él cerró la puerta y fue a buscar la silla de madera del dormitorio.
–Tendrá que disculparme –dijo, excusándose–, pero he empezado un ensayo y no puedo interrumpirlo.
Eran muchas las personas que acudían a molestarlo haciéndole preguntas. Ya estaba acostumbrado a dar determinadas explicaciones rutinarias, que era capaz de repetir automáticamente, casi sin pensar.
–Siéntese. Dentro de unos momentos estaré para usted.
La mujer se inclinó sobre su hombro, curiosa. Con el cuentagotas el joven tomó un poco del líquido que segregaban las estrellas de mar y lo vertió en los cristalizadores, agitando luego suavemente. Entonces empezó su explicación doctoral.
–Cuando las estrellas de mar están maduras sexualmente segregan esperma y ova durante la marea baja. Escogiendo ejemplares maduros y sacándolos del agua, les proporciono artificialmente las mismas condiciones de la marea baja. Ahora acabo de mezclar la esperma con los óvulos. Luego pongo un poco de la mezcla en cada uno de los cristalizadores, hasta diez. Dentro de diez minutos mataré con mentol los del primer grupo, veinte minutos más tarde los del segundo, y así sucesivamente, con intervalos de diez minutos. Y así habré detenido el proceso por etapas, y luego montaré la serie sobre portaobjetos para su estudio biológico. –Hizo una pausa–. ¿Quiere mirar el primer grupo por el microscopio?
–No, gracias.
Se volvió bruscamente hacia ella. Lo corriente era que la gente quisiera mirar por el microscopio. Pero aquella mujer no miraba la mesa, sino a él. Tenía fijos en él sus ojos negrísimos, aunque en realidad parecía no verlo. Luego se dio cuenta del por qué... el iris de aquellos ojos era tan obscuro como la pupila, sin línea de color que separara el uno de la otra. El doctor Phillips se ofendió un poco por su respuesta negativa. Aunque contestar a las preguntas de los curiosos le irritaba, también le resultaba molesto encontrar una absoluta falta de interés en sus interlocutores. Se sintió lleno de deseos de interesar de algún modo a aquella mujer impasible.
–Mientras pasan los primeros diez minutos puedo hacer otra cosa. Y lo que tengo que hacer es tan desagradable que algunas personas no pueden resistirlo. Tal vez sea mejor que pase al otro cuarto hasta que haya terminado mi trabajo.
–No –contestó ella con el mismo tono impasible–. Puede hacer lo que quiera. Yo esperaré hasta que pueda hablar conmigo.
 Sus manos descansaban inmóviles en su regazo. Sus ojos estaban iluminados, pero el resto de su persona parecía petrificado. Él pensó: «Reducido metabolismo, casi como el de un batracio». El deseo de interesarla y sacarla de su pasividad se hizo más fuerte en él.
 Llevó hasta la mesa una especie de cuna de madera, sacó de una caja un escalpelo y unas tijeras y adaptó una gran aguja hueca a un tubo de presión. Luego sacó de la cámara de gas el cadáver del gato y lo depositó en la cuna, atando fuertemente sus cuatro patas. Dirigió una mirada de soslayo a la mujer. No se había movido. Seguía impávida, inalterable.
El gato parecía sonreír en una mueca macabra bajo la potente luz, asomando el extremo rojizo de su lengua entre sus dientes puntiagudos. El doctor Phillips cortó hábilmente la piel de su garganta, y con el escalpelo dejó al descubierto una arteria. Con una técnica habilísima introdujo la aguja en el vaso sanguíneo y la sujetó con una tira de tripa.
–Fluido para embalsamar –explicó–. Después inyectaré una masa amarilla en el sistema venoso y otra roja en el arterial... para las clases de disección biológica.
Se volvió de nuevo a mirarla. Sus negros ojos parecían velados por una fina capa de polvo. Miraba inexpresivamente el cuello seccionado del gato. Ni una sola gota de sangre había escapado por la incisión. El doctor Phillips consultó su reloj.
–Ya es hora de atender al primer grupo.
Echó unos cristales de mentol en el líquido del primer cristalizador.
Aquella mujer estaba poniéndolo nervioso. Las ratas trepaban por la reja metálica y lanzaban débiles chillidos. Las olas se estrellaban contra los pilares y hacían estremecerse toda la casa.
El joven se estremeció también. Arrojó unos pedazos de carbón a la estufa y se sentó.
–Bueno –dijo–, ahora no tengo nada que hacer durante veinte minutos.
Se fijó en la brevedad de la barbilla de la mujer entre el labio y el mentón. Ella parecía ir despertando lentamente, como de un profundo letargo. Levantó la cabeza y sus ojos sin expresión recorrieron toda la estancia antes de detenerse en él.
–Estaba esperando –dijo por fin. Sus manos seguían des cansando en su falda–. ¿Tiene usted serpientes?
–Sí, desde luego –contestó él en voz muy alta–. Tengo por lo menos dos docenas de serpientes de cascabel. Les extraigo el veneno y lo envío a los laboratorios que preparan antídotos.
         Ella seguía mirándolo, pero su mirada no estaba concentrada exactamente en él, sino que parecía cubrir un círculo mucho mayor que su figura.
–¿Tiene usted una serpiente macho, un macho de cascabel?
–Pues da la casualidad de que sí que lo tengo. Entré una mañana en el laboratorio y encontré a una serpiente muy grande en... coito con otra más pequeña. Es muy raro en cautividad.
De manera que, como puede ver, sé que tengo una serpiente macho.
–¿Dónde está?
–Allí, en la urna de cristal debajo de aquella ventana.
Ella volvió lentamente la cabeza sin que sus manos se movieran. Luego miró de nuevo al doctor.
–¿Puedo examinarlo?
Él se levantó y se acercó a la caja de cristal. En el fondo, recubierto de arena, se veía un nudo de serpientes, pero todas las cabezas eran claramente visibles. Sus delgadas lenguas bífidas asomaban unos centímetros explorando el aire, como detectando vibraciones. El doctor Phillips se movió inquieto. La mujer estaba a su lado. No la había oído levantarse de la silla. Los únicos rumores que habían llegado hasta él habían sido el rumor del agua bajo el piso y las correrías de los ratones en sus jaulas.
Ella preguntó en voz baja:
–¿Cuál es el macho de que me hablaba?
Él señaló una serpiente grisácea y gruesa, que separada de las demás yacía en un rincón de la caja.
–Ése. Mide casi un metro. Procede de Tejas. En la costa del Pacífico las serpientes acostumbran a ser más pequeñas. Devora mis ratas por docenas. Cuando quiero alimentar a las demás serpientes tengo que sacarlo de la caja.
La mujer miraba con atención aquella cabeza triangular y achatada. La lengua se movía lentamente fuera de su boca.
–¿Y está seguro de que se trata de un macho?
–Las serpientes de cascabel son animales muy extraños –contestó él–. Es casi imposible generalizar hablando de ellas.
Nunca me atrevería a hacer afirmaciones categóricas sobre las serpientes de cascabel; pero sí..., puedo asegurarle que se trata de un macho.
Ella no apartó su mirada del ofidio.
–¿Quiere vendérmelo?
–¿Vendérselo? –exclamó el biólogo–. ¿A usted?
–Vende ejemplares de animales, ¿no es cierto?
–Sí, desde luego. Los vendo.
–¿Cuánto pide? ¿Cinco dólares? ¿Diez?
–¡Oh, no! No más de cinco. Pero... ¿sabe usted algo de serpientes de cascabel? Se expone a una mordedura.
Ella lo miró un momento.
–No tengo intención de llevármelo. Quiero que se quede aquí, pero... pero quiero que sea mío. Quiero venir de vez en cuando a mirarlo, a darle de comer,.. y saber que es mío. –Abrió su monedero y sacó un billete de cinco dólares–. Tenga. Ahora ya es mío.
El doctor Phillips sintió miedo.
–Podría venir a mirarlo cuando quisiera sin necesidad de comprarlo.
–Quiero que sea mío, ya se lo he dicho.
–¡Dios mío! –exclamó él de pronto–. Se me pasaba la hora. –Corrió a la mesa–. Tres minutos de retraso. No tendrá demasiada importancia.
Echó unos cristales de mentol en el segundo cristalizador. Luego volvió junto a la urna donde la mujer seguía contemplando a la serpiente.
Ella se volvió a preguntarle:
–¿Qué come?
–Lo alimento con ratas blancas de la jaula que ve allí.
–¿Quiere meterlo en la jaula? Me gustaría ver cómo come.
–Ahora no necesita alimento. Se comió una rata esta semana. A veces se pasan semanas y hasta meses enteros sin comer. Una vez tuve una serpiente que no comió en un año.
Con su voz monótona ella preguntó:
–¿Quiere venderme una rata?
El doctor se encogió de hombros.
–Comprendo. Quiere ver comer a una serpiente de cascabel. Está bien. Se lo enseñaré. La rata le costará veinticinco centavos. Según cómo se mire es un espectáculo más emocionante que una corrida de toros, aunque otros dirían que se trata simplemente de una serpiente desayunando.
Su tono era ligeramente acerbo. Le molestaban las personas que convertían en deporte cualquier proceso natural. Él no se sentía deportista, sino naturalista. Sería capaz de dar muerte a miles de animales si con ello podía aprender algo, pero no sacrificaría una mosca por diversión. Era un principio que sustentaba desde hacía tiempo.
Ella se volvió lentamente hacia él y el principio de una sonrisa se dibujó en sus delgados labios.
–Quiero dar de comer a mi serpiente –le dijo–. Voy a meterla en aquella jaula.
Había levantado la tapadera de la urna e introducido el brazo antes de que él se diera cuenta de lo que hacía. El doctor dio un salto y la empujó con violencia. Luego tapó la urna con estrépito.
–¿Es que se ha vuelto loca? –gritó furioso–. Tal vez no la matara, pero se pondría tan enferma que yo poco podría hacer por usted.
–Entonces páselo usted mismo a la jaula –pidió ella sin alterarse.
El doctor Phillips estaba fuera de sí. De pronto se dio cuenta de que estaba evitando la mirada de aquellos ojos que parecían no mirar a ninguna parte. Tenía la sensación de que introducir una rata en la urna sería un pecado, algo fundamentalmente malo, aunque no habría sabido decir por qué. No era la primera vez que ponía ratas en aquella caja a petición de algún visitante, pero aquella noche la idea le sacaba de quicio. Hizo un esfuerzo por dominar sus nervios.
–Es un espectáculo interesante –dijo–. Enseña a tener respeto a las serpientes de cascabel. Hay personas que luego sueñan aterrorizadas con serpientes que van de caza. Yo creo que se debe a que la rata adquiere un carácter subjetivo. La persona es la rata. Pero cuando se ha presenciado muchas veces, el hecho vuelve a ser objetivo, la rata se reduce a una simple rata y el terror desaparece.
Descolgó de la pared un largo palo con una lazada de cuero en un extremo. Abriendo la trampilla dejó caer la anilla de cuero sobre la cabeza de la serpiente, apretando el lazo. Un fuerte sonido de cascabel resonó por la habitación. El grueso cuerpo escurridizo se agitó como un látigo, enroscándose al palo mientras el doctor lo levantaba, pasándolo a la jaula de alimentación. Una vez suelta, la serpiente se irguió, como dispuesta a atacar, pero poco a poco cesó la vibración de su garganta. El reptil se enroscó en un rincón, formando un gigantesco ocho, y apoyó la cabeza en la arena del suelo.
–Como puede ver –explicó el joven–, estas serpientes están bastante domesticadas. Hace mucho tiempo que las tengo. Supongo que si quisiera podría cogerlas con la mano, pero el que lo hace, tarde o temprano recibe una mordedura. Prefiero no correr ese riesgo.
Miró a la mujer. Seguía desagradándole la idea de ofrecer una rata al animal. Ella había ido a colocarse frente a la nueva jaula; sus negros ojos estaban clavados otra vez en la cabeza casi pétrea del ofidio. Despegó los labios para decir:
–Dele una rata.
A regañadientes el biólogo se dirigió a la jaula de los roedores. Sin saber por qué razón, sentía pena por la rata, sensación que experimentaba por vez primera. Recorrió con la vista la masa de cuerpecillos blancos que intentaban trepar por la rejilla. «¿Cuál? –pensó–. ¿Cuál será?» De pronto se volvió a la mujer, disimulando su furor a duras penas.
–¿No prefiere que ponga un gato? De ese modo podría presenciar una verdadera batalla. Pudiera ser que ganase el gato, en cuyo caso la serpiente moriría. Puedo venderle un gato si lo desea.
Ella no se dignó mirarlo.
–Dele una rata –insistió–. Quiero que coma.
Él abrió la jaula de las ratas e introdujo la mano. Sus dedos apresaron un rabo delgado y extrajo una rata gorda y de ojos púrpura, que realizó inauditos esfuerzos por volverse a morderle la mano, renunciando al cabo de unos momentos. El doctor atravesó rápidamente la habitación, abrió la caja de alimentación y dejó caer la rata en su interior.
–Ahora puede fijarse bien –dijo a la mujer.
Ella no le contestó, porque sus ojos estaban atentos a la serpiente, que seguía inmóvil. Su lengua, moviéndose lentamente, parecía saborear el aire de la caja.
La rata cayó de pie en el suelo arenoso, dio varias vueltas sobre sí misma, se olisqueó la punta del rabo y luego inició un trotecillo entre los montículos de arena. La habitación estaba sumida en un silencio absoluto. El doctor Phillips no hubiera podido decir si lo que oía era el rumor del agua o que la mujer había suspirado, pero por el rabillo del ojo pudo observar que ella se había puesto rígida.
La serpiente había empezado a moverse muy lentamente. Su lengua se movía con intermitencias. Su avance era tan lento que resultaba difícil apreciarlo a simple vista. En el otro extremo de la caja la rata se había sentado para alisarse con el morro los finos pelos blancos del pecho. La serpiente avanzaba de modo imperceptible, levantada la cabeza como una gran S.
El silencio iba haciéndose insoportable para el joven. Oía las palpitaciones de sus sienes. En voz alta exclamó:
–¡Fíjese! Esa posición es la de ataque. Las serpientes de cascabel son muy cautelosas, casi cobardes. Su organismo es muy delicado, y alimentarse es para ellas una importantísima opera ción, que requiere la habilidad de un cirujano. No pueden dejar nada al azar.
La serpiente había llegado ya al centro de la caja. La rata levantó la cabeza, vio a su enemigo, pero siguió arreglándose el pelaje, sin dedicarle mayor atención.
–Es la cosa más bella del mundo –murmuró el joven, mientras las sienes le latían con violencia–. Y a la vez la más terrible.
La serpiente estaba ya muy cerca. Su cabeza osciló levemente adelante y atrás, midiendo la distancia y afinando la puntería. El doctor Phillips miró de nuevo a la mujer y creyó enfermar. Porque ella también estaba moviendo la cabeza, imperceptiblemente.
La rata volvió a mirar y vio muy cerca a la serpiente. Entonces se irguió sobre las cuatro patas... cuando la alcanzó el golpe. Fue imposible verlo, como un relámpago. La rata cayó de costado, fulminada. La serpiente regresó precipitadamente al rincón de donde había salido, moviendo constantemente la lengua.
–¡Perfecto! –exclamó el doctor Phillips–. Exactamente entre las paletillas. Los dientes deben haber llegado hasta el corazón.
La rata estaba inmóvil, respirando como un fuelle diminuto. De pronto sufrió una sacudida y cayó inerte. La mujer aflojó la tensión de su cuerpo.
–Bueno –dijo el joven–. Ha sido una experiencia emocionante, ¿no le parece?
Ella lo miró un momento con sus ojos empañados.
–¿Se la comerá ahora? –preguntó.
–Naturalmente. No ha matado por matar, sino porque tenía hambre.
La boca de la desconocida esbozó otra sonrisa antes de mirar de nuevo a la serpiente.
–Quiero ver cómo come.
La serpiente salía lentamente de su rincón. Su cabeza no estaba en posición de ataque, pero se aproximaba a la rata con mucha cautela, presta a retroceder si observaba algún movimiento. Al llegar junto a su víctima empujó el cuerpo ligeramente con el morro, apartándose luego. Una vez convencida de que estaba muerta, la serpiente acarició el cadáver con la parte inferior de la cabeza, de punta a punta, como si le tomara medidas y lo besara. Finalmente abrió la boca, descoyuntando las uniones de las mandíbulas.
El doctor Phillips realizó un enorme esfuerzo de voluntad para no mirar a su visitante. «Si abre la boca, enfermaré de veras», pensó. Consiguió resistir la tentación de mirarla.
La serpiente adaptó sus fauces al cuerpo de la rata y luego, con un leve movimiento peristáltico, empezó a engullirla. Apretó las mandíbulas y toda su garganta se hinchó.
El doctor Phillips se apartó de la caja y se dirigió a su mesa de trabajo.
–Ha hecho que me olvidara de una de las series del experimento– dijo de mal humor–. Ahora ha quedado incompleto.
Puso una muestra bajo el microscopio y arrojó con enfado a la fregadera el contenido de todos los cristalizadores. La marea se había aquietado y sólo se oía un leve susurro bajo la casa. El joven científico abrió una trampilla a sus pies y arrojó por ella al agua obscura todas las estrellas de mar. Luego se inclinó sobre el gato, clavado en la cuna de madera y que seguía sonriendo cómicamente al techo. Su cuerpo estaba repleto de líquido embalsamados El doctor disminuyó la presión, retiró la aguja y anudó la arteria.
–¿Quiere un poco de café? –preguntó.
–No, gracias. Me voy en seguida.
Se acercó a ella, que seguía junto a la caja. Toda la rata había desaparecido, excepto el rabo, que emergía cómicamente como una segunda lengua. La garganta de la serpiente se agitó de nuevo y el rabo se perdió de vista. Las mandíbulas volvieron a encajarse en su posición normal y la gran serpiente se enroscó en su rincón, formando un ocho y escondiendo la cabeza.
–Ya se ha dormido –dijo la mujer–. Me voy. Pero volveré de vez en cuando a darle de comer. Yo pagaré las ratas. Quiero que tenga muchas. Y algunas veces... me lo llevaré conmigo. –Por un momento pareció que sus ojos mortecinos despertaban a la realidad–. No olvide que me pertenece. No le quite el veneno. Quiero que lo conserve. Buenas noches.
Se dirigió a la puerta y salió. El doctor oyó sus pasos en los escalones de madera, pero no en la acera de cemento.
 Entonces se sentó frente a la caja y miró a la serpiente adormilada. «He leído muchas cosas sobre símbolos sexuales –pensó–. Sin embargo, no encuentro su relación con esto. Tal vez me estoy volviendo torpe por vivir tan solo. No sé si debería matar a esa serpiente. No sé...»
Durante varias semanas esperó verla reaparecer. «Cuando venga, saldré y la dejaré sola –se dijo–. No estoy dispuesto a presenciar el espectáculo otra vez.»
Pero ella no volvió. Durante muchos meses la buscó por la ciudad cuando salía a dar una vuelta. Varias veces corrió detrás de alguna mujer alta creyendo que se trataba de ella. Pero nunca volvió a verla... nunca.

Clarice Lispector

UN CASO COMPLICADo

Pues sí.
Cuyo padre era amante, con un alfiler de corbata, amante de la mujer del médico que había tratado a su hija, quiero decir, de la hija del amante, y todos lo sabían, y la mujer del médico colgaba una toalla blanca de la ventana, que quería decir que el amante podría entrar, o una toalla de color, y él no entraba.
Pero me estoy confundiendo toda y el caso es muy complicado; voy a ver si puedo desentrañarlo. Algunas cosas son inventadas. Pido disculpas porque además de contar los hechos yo también adivino y escribo lo que adivino. Yo adivino la realidad. Pero esta historia no es de mi cosecha. Es de la zafra de quien puede más que yo.
Pues la hija tuvo gangrena en la pierna y tuvieron que amputarla. Jandira tenía diecisiete años, era fogosa como un potro joven y de cabellos hermosos; tenía novio. Pero el novio vio la figura con muletas, muy alegre (alegría que él no vio que era patética), y tuvo la osadía de simplemente deshacer el noviazgo, que novia desfigurada no quería. Todos, hasta la sufrida madre de la muchacha, le imploraron al novio que fingiera amarla todavía, lo que no sería tan penoso —le dijeron— porque era a corto plazo: es que la novia tenía corto plazo de vida.
Y después de tres meses —como si cumpliera la promesa de no pesar en los débiles ideales del novio—, después de tres meses murió, linda, con los cabellos hermosos, inconsolable, con nostalgias del novio, y asustada con la muerte como niña que tiene miedo de la oscuridad: la muerte es muy oscura. O tal vez no, no sé cómo es, todavía no morí, y cuando haya muerto no lo sabré, quién sabe si es tan oscura. La muerte, quiero decir.
El novio era llamado por el apellido, Bastos, y al parecer vivía, todavía en tiempos en que la novia no había muerto, vivía con una mujer. Y con ésta continúo, para seguir contando.
Bien. Esa mujer un día tuvo celos. Y… —tan perfecta como Nelson Rodrigues, que no olvida los detalles crueles. Pero, ¿dónde estaba yo, que me perdí? Voy a empezar todo de nuevo, y en otra línea y párrafo aparte, para hacerlo mejor.
Bien. La mujer tuvo celos y mientras Bastos dormía deslizó agua hirviendo del pico de la caldera dentro del oído de él, que sólo tuvo tiempo de dar un grito antes de desmayarse, grito ése que podemos adivinar, por lo horrible. Bastos fue llevado al hospital y permaneció entre la vida y la muerte, ésta en lucha feroz con aquélla.
La mujer celosa cumplió un año y poco más de condena. De donde salió para encontrarse —¡adivinen con quién!—, para encontrarse con Bastos. A esa altura, un Bastos muy venido a menos y, claro, sordo para siempre, él, que no perdonaba los defectos físicos.
¿Y qué sucedió? Pues que volvieron a vivir juntos, amor para siempre.
Entretanto la muchachita de diecisiete años había muerto hacía mucho tiempo, dejando recuerdos en la madre. Y si me acuerdo fuera de hora de la joven es por el amor que siento.
Ahí es cuando entra el padre de ella, como quien no quiere la cosa. Continuó siendo amante de la mujer del médico que había tratado a su hija con devoción. Hija, quiero decir, del amante. Y todos lo sabían, el médico y la madre de la ex novia. Me parece que me perdí de nuevo, está confuso, pero ¿qué puedo hacer?
El médico, que sabía que el padre de la joven era el amante de su mujer, cuidó mucho de la noviecita asustada con la oscuridad de la que hablé. La mujer del padre, por tanto madre de la ex novia, conocía las elegancias adulterinas del marido que usaba reloj de oro y un anillo que era una joya, alfiler de corbata de brillante; era un negociante próspero, como se dice, pues la gente respeta y halaga largamente a los ricos, a los triunfadores, ¿no es cierto? Él, el padre de la joven, vestido con traje verde y camisa color rosa, a rayas. ¿Cómo lo sé? Simplemente sabiéndolo, con la adivinación imaginadora. Lo sé, y punto.
No me puedo olvidar de un detalle. Es el siguiente: el amante tenía en el frente un dientecito de oro. Y olía a ajo, todo su aliento era puro ajo, y a la amante no le importaba, quería tener amante, con o sin olor a comida. ¿Cómo lo sé? Lo sé, y punto.
No sé qué destino tuvo esta gente, no tengo más noticias. ¿Se separaron? Pues es historia antigua, y quizás ya ocurrieron muertes.
Agrego un dato importante, y que, no sé por qué, explica el nacimiento maldito de toda la historia: esto ocurrió en Niteroi, con las tablas del muelle siempre húmedas y oscuras y sus barcas de vaivén. Niteroi es un lugar misterioso, de casas viejas, ennegrecidas. ¿Allí puede suceder lo del agua hirviendo en el oído del amante? No lo sé.
¿Y qué hacer con esta historia? Tampoco lo sé, la doy de regalo a quien la quiera, pues estoy harta de ella. A veces me aburro de la gente. Después pasa, y otra vez me siento curiosa y atenta.
Es sólo eso.

De Silencio


silencio

jueves, 3 de octubre de 2013

Lydia Davis: Historia

Lydia Davis
Historia

Vuelvo a casa después del trabajo y encuentro su mensaje: que no viene, que tiene trabajo. Volverá a llamar. Espero, y a las nueve voy adonde vive, veo su coche, pero él no está en la casa. Llamo a la puerta de su apartamento y a todas las puertas del garaje. Nadie responde. Escribo una nota, la releo, escribo otra nota y la pego en su puerta. En casa no me tranquilizo, y lo único que puedo hacer, aunque tengo mucho que hacer porque mañana salgo de viaje, es tocar el piano. Vuelvo a llamar por teléfono a las once menos cuarto y está en la casa. Ha ido al cine con su antigua novia, que continúa allí. Dice que ahora me llama. Espero. Me siento por fin y escribo en mi cuaderno que cuando me llame o venga a casa, o no venga, me enfadaré, y tendré que vérmelas con él o con mi rabia, y eso podría ser estupendo, porque la rabia es siempre un gran consuelo, como descubrí con mi marido. Y entonces sigo escribiendo, en tercera persona y en pasado, que indudablemente ella siempre ha necesitado un amor, aunque fuera un amor difícil. Antes de que me dé tiempo a terminar de escribir, llama. Cuando llama, son poco más de las once y media. Discutimos hasta las doce, casi. Todo lo que dice es contradictorio: por ejemplo, dice que no ha querido verme porque quería trabajar y, más aún, porque quería estar solo, peor ni ha trabajado ni ha estado solo. No encuentro forma de que resuelva ninguna de sus contradicciones y, cuando la conversación empieza a sonarme a una de las muchas que mantuve con mi marido, me despido y cuelgo. Acabo de escribir lo que había empezado a escribir, aunque ya no parezca verdad que la rabia sea un gran consuelo.
Lo llamo otra vez cinco minutos más tarde para decirle que lamento toda la discusión, y que lo quiero, pero no contesta. Repito la llamada cinco minutos más tarde, pensando que quizá hubiera ido al garaje y ya haya vuelto, pero sigue sin contestar. Pienso en la posibilidad de coger el coche e ir otra vez adonde vive y mirar en el garaje a ver si está trabajando allí, porque allí tiene su mesa y sus libros y allí es donde lee y escribe. Estoy en camisón, son más de las doce y al día siguiente tengo que salir a las cinco de la mañana. A pesar de eso, me visto y hago el kilómetro y medio largo que hay hasta su casa. Tengo miedo de llegar y encontrarme delante de su casa otros coches que no había visto antes y que uno de ellos sea el de su antigua novia. En el camino de entrada veo dos coches que antes no estaban, uno de ellos aparcado lo más cerca posible de su puerta, y pienso que ella está allí. A pie, doy la vuelta al pequeño edificio, hasta la parte de atrás, donde tiene su apartamento, y miro por la ventana: hay luz, pero no puedo ver nada con claridad porque están las persianas a medio echar y los cristales empañados. Pero en la habitación las cosas no están como estaban por la tarde, y antes no había vaho en los cristales. Abro la puerta mosquitera y llamo. Espero. Nadie contesta. Cierro la puerta y voy a inspeccionar los garajes. Ahora la puerta se abre a mis espaldas, mientras me alejo, y sale él. No puedo verlo bien porque el pasaje al que da su puerta está a oscuras, y lleva ropa oscura, y la poca luz que hay está a sus espaldas. Se me acerca y me abraza sin hablar, y pienso que no habla no porque la emoción se lo impida sino porque está preparando lo que va a decir. Me suelta, da una vuelta a mi alrededor y se adelanta hacia los coches que hay aparcados a la puerta de los garajes.
Mientras andamos dice «mira», y mi nombre, y espero que me diga que ella está allí y también que todo ha terminado entre nosotros. Pero no lo dice, y tengo la sensación de que iba a decir algo parecido, por lo menos a decir que ella estaba allí, y de que luego, por alguna razón, lo ha pensado mejor. En vez de eso, dice que todos los desencuentros de esta noche han sido por su culpa, y que lo siente. Apoya la espalda en la puerta del garaje, la luz le da en la cara, y yo estoy frente a él, de espaldas a la luz. En cierto momento me abraza, tan de repente que mi cigarrillo encendido se aplasta contra la puerta del garaje, detrás de él. Sé por qué estamos fuera y no en su casa, pero no se lo pregunto hasta que todo se arregla entre nosotros. Entonces dice: «Ella no estaba aquí cuando te llamé. Volvió después.» Dice que la única razón de que esté aquí es que tiene un problema y que él es el único con quien puede hablar del asunto. Luego dice: «No lo entiendes, ¿verdad?»
Intento aclararme la situación.
Fueron a cine y después volvieron a su casa y entonces llamé yo y luego ella se fue y él me devolvió la llamada y discutimos y luego lo llamé dos veces más pero él había salido a comprar cerveza (dice) y entonces he cogido el coche y entretanto él ha vuelto de comprar cerveza y ella también ha vuelto y estaba en su apartamento y por eso estábamos hablando en la puerta del garaje. Pero ¿cuál es la verdad? ¿Es posible que los dos volvieran en el corto espacio de tiempo que media entre mi última llamada y mi llegada a la casa? ¿O la verdad es que, mientras él me llamaba, ella esperaba fuera, o en el garaje, o en su propio coche, y que luego él la invitó otra vez a entrar, y que, cuando el teléfono sonó con mi segunda y mi tercera llamada, él lo dejó sonar, sin contestar, porque estaba harto de mí y harto de discusiones? Y ni siquiera creo que saliera por cerveza.


El hecho de que no me diga siempre la verdad, me hace dudar de su sinceridad en determinados momentos, y entonces intento aclarar si no que me dice es verdad o no, y a veces veo clarísimamente que no es verdad y a veces no lo sé ni lo sabré nunca, y a veces, sólo por el hecho de que me repite lo mismo una y otra vez, me convenzo de que es verdad porque no creo que repitiera tantas veces una mentira. Quizá la verdad no importe, pero quisiera conocerla, aunque sólo sea para llegar a alguna conclusión sobre cuestiones como: si está enfadado conmigo o no; si lo está, cuánto, si sigue queriéndola o no; si la quiere, cuánto; si me quiere o no, cuánto; hasta qué punto es capaz de engañarme con sus actos y, después de los actos, con sus palabras.


en Cuentos completos de Lydia Davis (Seix Barral, Barcelona, 2011)