viernes, 15 de marzo de 2013

Naguib Mahfuz. (El Cairo, 1911-2006)

Jardín de Infancia

—Papá...
—¿Qué?
—Yo y mi amiga Nadia siempre estamos juntas.
—Claro, mujer, porque es tu amiga.
—En clase... en el recreo... a la hora de comer...
—Estupendo... es una niña buena y juiciosa. —Pero en la hora de religión yo voy a una clase y ella a otra.
Miró a la madre y vio que sonreía, ocupada en bordar un mantel. Y dijo, sonriendo también:
—Sí... pero sólo en la clase de religión...
—¿Y por qué, papá?
—Porque tú eres de una religión y ella de otra.
—Pero, ¿por qué, papá?
—Porque tú eres musulmana y ella cristiana. —¿Y por qué, papá?
—Eres aún muy pequeña, ya lo comprenderás...
—No, ¡soy mayor!
—No, eres pequeña, cariñito...
—¿Y por qué soy musulmana?
Debía ser comprensivo y delicado: no faltar a los preceptos de la pedagogía moderna a la primera dificultad. Contestó:
—Porque papá es musulmán... mamá es musulmana...
—¿Y Nadia?
—Porque su papá es cristiano y su mamá también...
—¿Porque su papá lleva gafas?
—No... Las gafas no tienen nada que ver. Es porque su abuelo también era cristiano y...
Siguió con la cadena de antepasados hasta aburrirse. Trató de cambiar el tema pero la niña preguntó:
—¿Cuál es mejor?
Dudó un momento antes de contestar:
—Las dos...
—¡Pero yo quiero saber cuál es mejor!
—Es que las dos lo son.
—¿Y por qué no me hago cristiana para estar siempre con Nadia?
—No, cariñito, es mejor que no. Hay que ser lo mismo que papá y que mamá...
—¿Y por qué?
Francamente: la pedagogía moderna es tiránica.
—¿Por qué no esperas a ser mayor?
—No ¡Ahora!
—Bien. Digamos que por gusto. A ella le gusta más una y tú prefieres la otra. Tú eres musulmana y ella tiene otro gusto. Por eso tienes que seguir siendo musulmana.
—¿Nadia tiene mal gusto?
Dios confunda a ti y a Nadia. Había metido la pata a pesar de las precauciones. Se lanzó sin piedad al cuello de una botella.
—Sobre gustos no hay nada escrito. Lo único imprescindible es seguir siendo como papá y mamá...
—¿Puedo decirle que ella tiene mal gusto y yo no?
Salió al paso:
—Las dos son buenas: tanto el Islam como el Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y por qué yo le adoro en una habitación y ella en otra?
—Porque ella le adora de una manera y tú de otra.
—¿Y cuál es la diferencia, papá?
—Ya lo estudiarás el curso que viene o el otro. Por el momento confórmate con saber que Islam y Cristianismo adoran a Dios.
—¿Y quién es Dios, papá?
Se detuvo, reflexionó un segundo y preguntó, extremando las precauciones:
—¿Qué os ha dicho Abla?
—Lee la azora y nos enseña a rezar, pero yo no sé. ¿Quién es Dios, papá?
Se quedó pensando con sonrisa torcida. Luego:
—Es el Creador del mundo.
—¿De todo?
—De todo.
—¿Qué quiere decir Creador, papá?
—Quiere decir que lo ha hecho todo.
—¿Cómo, papá?
—Con su Sumo poder.
—¿Y dónde vive?
—En todo el mundo.
—¿Y antes del mundo?
—Arriba. . .
—¿En el cielo?
—Sí. . .
—Quiero verle.
—No se puede.
—¿Ni en la televisión?
—No.
—¿Y no lo ha visto nadie?
—Nadie.
—¿Y por qué sabes que está arriba?
—Porque sí.
—¿Quién adivinó que estaba arriba?
—Los profetas.
—¿Los profetas?
—Sí como nuestro señor Mahoma.
—¿Y cómo, papá?
—Por una gracia especial.
—¿Tenía los ojos muy grandes?
—Sí.
—¿Y por qué, papá?
—Porque Dios le creó así.
—¿Y por qué, papá?
Contestó tratando de no perder la paciencia:
—Porque puede hacer lo que quiere...
—¿Y cómo dices que es?
—Muy grande, muy fuerte, todo lo puede...
—¿Como tú, papá?
Contestó disimulando una sonrisa:
—Es incomparable.
—¿Y por qué vive arriba?
—Porque en la tierra no cabe, pero lo ve todo.
Se distrajo un momento, pero volvió:
—Pues Nadia me ha dicho que vivió en la tierra.
—No es eso; es que lo ve todo como si viviese en todas partes.
—Y también me ha dicho que la gente le mató.
—No, está vivo, no ha muerto.
—Pues Nadia me ha dicho que le mataron.
—Qué va, cariñito, creyeron que le habían matado pero estaba vivo.
—¿El abuelo también está vivo?
—No, el abuelo murió.
—¿Le han matado?
—No, se murió.
—¿Cómo?
—Se puso enfermo y se murió.
—Entonces ¿mi hermana va a morirse?
Frunció las cejas y contestó advirtiendo un movimiento de reproche del lado de la madre:
—Ni mucho menos, ella se curará si Dios quiere...
—¿Por qué se murió entonces el abuelo?
—Porque cuando se puso enfermo era ya mayor.
—¡Pues tú eres mayor, has estado enfermo y no te has muerto!
La madre le miró regañona. Luego pasó la vista de uno a otro azorada. Él dijo:
—Nos morimos cuando Dios lo dispone.
—¿Y por qué dispone Dios que nos muramos?
—Porque es libre de hacer lo que quiere.
—¿Es bonito morirse?
—Qué va, mi vida.
—¿Y por qué Dios quiere una cosa que no es bonita?
—Todo lo que Dios quiere para nosotros es bueno.
—Pero tú acabas de decir que no lo es.
—Me he equivocado, querida.
—¿Y por qué mamá se ha enfadado cuando he dicho que por qué no te habías muerto?
—Porque todavía no es la voluntad de Dios que yo muera.
—¿,Y por qué no, papá?
—Porque Él nos ha puesto aquí y Él se nos lleva
—¿Y por qué, papá?
—Para que hagamos cosas buenas aquí antes de irnos.
—¿Y por qué no nos quedamos siempre?
—Porque si nos quedásemos no habría sitio para todos en la tierra.
—¿Y dejamos las cosas buenas?
—Sí, por otras mucho mejores.
—¿Dónde están?
—Arriba.
—¿Con Dios?
—Sí.
—¿Y le veremos?
—Sí.
—¿Y eso es bonito?
—Claro.
—Entonces, ¡vámonos!
—Pero aún no hemos hecho cosas buenas.
—¿El abuelo las había hecho?
—Sí.
—¿Cuáles?
—Construir una casa, plantar un jardín...
—¿Y qué había hecho el primo Totó?
Por un momento se puso sombrío. Echó a la madre furtivamente una mirada desvalida, luego contestó:
—Él también había construido una casa, aunque pequeña, antes de irse...
—Pues Lulú el vecino me pega y nunca hace cosas buenas...
—Es que él ha nacido anormal.
—¿Y cuándo va a morirse?
—Cuando Dios quiera.
—¿Aunque no haga cosas buenas?
—Todos tenemos que morir. Los que hacen cosas buenas se van con Dios y los que hacen cosas malas se van al infierno.
Suspiró y se quedó callada. El padre se sintió materialmente aliviado. No sabía si lo había hecho bien o si se había equivocado. Aquel torrente de preguntas había removido interrogaciones sedimentadas en lo más hondo de sí. Pero la incansable criatura gritó:
—¡Yo quiero estar siempre con Nadia!
La miró inquisitivo y ella declaró:
—¡En la clase de religión también!
Se rió estrepitosamente, la madre también rió, él dijo bostezando:
—Nunca imaginé que fuera posible discutir estas cuestiones a semejante nivel...
Habló la mujer:
—Llegará el día en que la niña crezca y puedas razonarle las verdades.
Se volvió para comprobar si aquellas palabras eran sinceras o irónicas y la encontró enfrascada en el bordado.
© Traducción de Marcelino Villegas y María J. Viguera
Instituto Hispano-Árabe de Cultura, Madrid, 1988

domingo, 23 de diciembre de 2012

La rosa en el viento de Sara Gallardo

Italia y Francia unidas, marrones, desiertas. Y viento, huracán.

A ojo de estrellas, mesetas escalonadas desde el océano hasta los Andes, peldaños que pueden contar dos mil metros.

A ojo de hombre, arena voladora, treinta grados bajo cero.

El mayor índice de suicidios, el mayor índice de locura del mundo.

Árboles en cualquier parte copudos aquí son arbustos.

Raíces en meandros buscan, retorcidas.

Si esto pasa a los árboles qué pasará a las almas.

Broches de zafiro y diamante en una momia, hay manchones de geografía que centellean en aquel territorio: lagos, araucarias, nieves.

Ni un pájaro canta en ellos.

Al pie del planeta está el estrecho de Magallanes. Una grafía cruel, de rúbricas marcadas por el espanto.

Si es la firma del autor, el vendaval la acompaña con un sarcasmo eterno.

También hay seres felices, que se zambullen en el tumulto de espuma protegidos por masas de sebo.

Ballenas, lobos marinos.

Removiendo con lentitud de pesadilla tentáculos de cuerno, las centollas dejan la profundidad glacial amontonadas en las redes.


En los precipicios el hielo es negro a causa de milenios de polvo congelado.

Ríos arrastran hebras de oro.

Troncos gigantes caídos, Olimpo de catástrofe, un bosque se ha hecho piedra y la vitalidad del pleistoceno, larvas o insectos, es piedra también sobre ellos.

El arrayán que en otras latitudes es un seto aquí es un bosque, y rojo.

Almejas grandes como caras de niño, arrugadas como papeles en el cesto, hablan de que hubo mar, y es el desierto.

Cada río es como diez.

Patagonia.

de La rosa en el viento(frag.)

*Sara Gallardo (Buenos Aires1931-1988)

sábado, 8 de diciembre de 2012

Pedro Mairal

Dramaturgos y telépatas


Existen dos tipos de familias: la teatral y la telepática. La familia teatral es la más expresiva, donde todo sale para fuera y la gente se grita las cosas en la cara. Familias de estilo italiano, por ejemplo, donde los hermanos pueden tirarse las sillas por la cabeza y al rato estar abrazados riéndose. Los conflictos salen a la luz, se ventilan en la mesa, hay confrontaciones, se levanta la voz, todo sucede más rápido, porque la energía se libera, el conflicto se vuelve materia actuada para todos los presentes. Esas familias ya tienen abiertos los canales de lucha y así aprovechan como un deporte en los asados y comilonas, se miden entre sí, forcejean. La madre o el padre quizá hacen de árbitro, aunque nadie está libre del “¿y vos qué te metés? ¿Qué te peinás si no salís en la foto? No saltés que no hay charquito”, etc. Los invitados o familiares políticos recién llegados pueden asustarse, porque les parece que se van a matar, que de esa pelea no se vuelve, que ese llanto va a incubar un odio eterno, que el insulto le va a quedar colgado al otro de por vida. Y no. El fluir del domingo dentro de la casa se va llevando lejos el mal rato, un par de carcajadas soplan la nube de la mala onda, lo dicho dicho está y quedó claro. El sacudimiento de brazos en plena discusión fue como un karate a distancia, un “kame hame ha” de dibujito japonés, puños aéreos de llamas encendidas, y así se resolvió, uno aplastó al otro, lo revolcó en el barro de la humillación doméstica, le enseñó, sonó un portazo, bajó al rato la hermana menor después de encerrarse a llorar en el baño, la tía hizo el rogel famoso y no faltará quien le diga que le salió horrible, un mazacote, aunque igual se lo coma y pida otro pedazo.

La familia telepática, en cambio, es para adentro, más de drama sicológico, de angustia larga y silenciosa. En este tipo de familia no se pierde nunca la cordialidad básica, y toda emoción se terceriza. “Estuviste medio duro con papá, aflojá un poco”, o “A tu hermana no le gustó nada que te metas con el tema del bautismo”. En la mesa se cuentan anécdotas, se intercambian opiniones que pueden diferir, pero nadie lleva nada al plano personal. A lo sumo el aparente choque mínimo se resuelve en chiste y la causa pasa al juzgado telefónico del lunes a la mañana donde alguien hace de mediador, habla con uno, habla con otro, el tema se patea, quizá se disuelve pero queda como el mercurio en el agua. Y se hacen intensas telepatías donde cada uno cree que el otro debería ya haber entendido algo que nunca se dijo. Hay mucha burocracia emocional, se trabaja la culpa con triangulaciones del mensaje. No se le pega directo a la bocha, se juega al menos a dos bandas, hasta con el cariño, porque “dice mamá que Sofi está tan agradecida con ustedes.” Se aman y se odian pero a través de los ríos subterráneos. Aunque esté presente en los gestos distantes, la palabra amor no se susurra cara a cara ni en situaciones terminales, y así todo lo no dicho se puede volver cuento o poema o novela, pero nunca teatro.



Perfil, 8 de diciembre de 2012

jueves, 6 de diciembre de 2012

Un día perfecto para el pez plátano de J. D. Salinger

Un día perfecto para el pez plátano


      En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
       No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
       Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
       —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
       —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
       —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
       A través del auricular llegó una voz de mujer:
       —¿Muriel? ¿Eres tú?
       La chica alejó un poco el auricular del oído.
       —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
       —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
       —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
       —¿Estás bien, Muriel?
       La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
       —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
       —¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
       —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
       —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
       —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
       —¿Cuándo llegasteis?
       —No sé... el miércoles, de madrugada.
       —¿Quién condujo?
       —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
       —¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
       —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
       —¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
       —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
    hecho arreglar el coche?
       —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
       —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
       —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
       —Muy bien—dijo la chica.
       —¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
       —No. Ahora tiene uno nuevo
       —¿Cuál?
       —Mamá... ¿qué importancia tiene?
       —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
       —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
       —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
       —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
       —Lo tienes tú.
       —¿Estás segura?—dijo la chica.
       —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
       —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
       —¡Pero está en alemán!
       —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
       —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
       —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
       —Muriel, mira, escúchame.
       —Te estoy escuchando.
       —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
       —¿Sí?—dijo la chica.
       —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
       —¿Y...?—dijo la chica.
       —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
       —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
       —¿Quién? ¿Cómo se llama?
       —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
       —Nunca lo he oído nombrar.
       —De todos modos, dicen que es muy bueno.
       —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
       —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
       —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
       —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
       —¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
       —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
       —¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
       —Me he quemado toda, mamá, toda.
       —¡Qué horror!
       —No me voy a morir.
       —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
       —Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
       —¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
       —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
       —Bueno, ¿qué dijo?
       —¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
       —¿Por que te hizo esa pregunta?
       —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
       —¿El verde?
       —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
       —Pero ¿qué dijo él? El médico.
       —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
       —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
       —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
       —¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
       —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
       —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
       —Bien. Le subí un poco las hombreras.
       —¿Cómo es la ropa este año?
       —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
      —¿Y tu habitación?
       —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
     camión.
       —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
       —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
       —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
       —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
       —¿Y no quieres volver a casa?
       —No, mamá.
       —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
       —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
       —Mamá, esta llamada va a costar una for...
       —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
       —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
       —¿Dónde está?
       —En la playa.
       —¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
       —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
       —No he dicho nada de eso, Muriel.
       —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
       —¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
       —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
       —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
       —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
       —¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
       —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
       —Muriel, hazme caso.
       —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
       —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
       —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
       —Muriel, quiero que me lo prometas.
       —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

       —Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
       —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
       La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
       —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
       —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
       —Estáte quieta, Sybil, cariño...
       —¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
       La señora Carpenter suspiró.
       —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
       Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
       Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
       —¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
       El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
       —¡Ah!, hola, Sybil.
       —¿Vas a ir al agua?
       —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
       —¿Qué?—dijo Sybil.
       —¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
       —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
       —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
       —¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
       —¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
       Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
       —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
       Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
       —Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
       —¿En serio? Acércate un poco más.
       Sybil dio un paso adelante.
       —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
       —¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
       —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
       Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
       —Necesita aire—dijo.
       —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
       —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
       —¿Sharon Lipschutz dijo eso?
       Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
       —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
       —Sí que podías.
       —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
       —¿Qué?
       —Me imaginé que eras tú.
       Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
       —Vayamos al agua—dijo.
       —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
       —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
       —¿Que eche a quién?
       —A Sharon Lipschutz.
       —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos.—De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
       —¿Un qué?
       —Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
       Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
       Los dos echaron a andar hacia el mar.
       —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
       Sybil negó con la cabeza.
       —¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
       —No sé—dijo Sybil.
       —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
       Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
       —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
       —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
       Sybil lo miró:
       —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
       Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
       —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
       Sybil soltó el pie:
       —¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
       —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche.—Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
       —¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
       —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
       —No eran más que seis—dijo Sybil.
       —¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
       —¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
       —¿Si me gusta qué?
       —La cera.
       —Mucho. ¿A ti no?
       Sybil asintió con la cabeza:
       —¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
       —¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
       —¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
       —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
       Sybil no dijo nada.
       —Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
       —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
       Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
       —¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
       —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
       —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
       —No veo ninguno—dijo Sybil.
       —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
       Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
       —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
       Ella negó con la cabeza.
       —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
       —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
       —¿Qué pasa con quiénes?
       —Con los peces plátano.
       —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
       —Sí—dijo Sybil.
       —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
       —¿Por qué?—preguntó Sybil.
       —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
       —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
       —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven—, como dos engreídos.
       Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
       Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
       —Acabo de ver uno.
       —¿Un qué, amor mío?
       —Un pez plátano.
       —¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
       —Sí—dijo Sybil—. Seis.
       De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
       —¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
       —¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
       —¡No!
       —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del carnino lo llevó bajo el brazo.
       —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
       El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
       En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
       —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
       —¿Cómo dice?—dijo la mujer.
       —Dije que veo que me está mirando los pies.
       —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la muier, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
       —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
       —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
       Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
       —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
       Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
       Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
       Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.

domingo, 21 de octubre de 2012

Algernon Blackwood

La casa vacía 


Ciertas casas, al igual que ciertas personas, se las arreglan para revelar en seguida su carácter maligno. En el caso de las segundas, no hace falta que las delate ningún rasgo especial: pueden mostrar un rostro franco y una sonrisa ingenua; y no obstante, unos momentos en su compañía le dejan a uno la firme convicción de que hay algo radicalmente malo en ellas: de que son malas. Sin querer o no, parecen difundir una atmósfera de secretos y malignos pensamientos que hace que los de su entorno inmediato se retraigan como ante un enfermo. 

Este mismo principio es válido, quizá, para las casas; y el aroma de las malas acciones perpetradas bajo un determinado techo —mucho después de haber desaparecido quienes las cometieron— pone la carne de gallina y los pelos de punta. Algo de la pasión original del malhechor, y del horror experimentado por su víctima, llega al corazón del desprevenido visitante, que nota de pronto un hormigueo en los nervios, y que se le eriza el pelo y se le hiela la sangre. Se sobrecoge sin una causa aparente.

Nada había en el aspecto exterior de esta casa particular que apoyase los rumores sobre el horror que imperaba dentro. No era solitaria ni destartalada. Se hallaba arrinconada en un ángulo de la plaza, y era exactamente igual que sus vecinas: con el mismo número de ventanas, idéntico balcón dominando los jardines, e idéntica escalinata blanca hasta la oscura y pesada puerta de la entrada; en la parte de atrás tenía el mismo cuadro de césped con bordes de boj, que iba de la tapia de separación de una de las casas adyacentes a la de la otra. Por supuesto, su tejado tenía también el mismo número de chimeneas, y la misma anchura y ángulo de aleros; incluso las sucias verjas eran igual de altas que las demás.  Sin embargo, esta casa de la plaza, igual en apariencia a los cincuenta feos edificios que tenía a su alrededor, era en realidad muy distinta, espantosamente distinta.

Es imposible decir dónde residía esta acusada e invisible diferencia. No puede atribuirse enteramente a la imaginación; porque las personas que, ignorantes de lo ocurrido, visitaron unos momentos su interior habían declarado después que algunas de sus habitaciones eran tan desagradables que preferían morir a volver a entrar en ellas, y que el ambiente del edificio les producía auténtico pavor; entretanto, los sucesivos inquilinos que habían intentado habitarla y tuvieron que abandonarla a toda prisa provocaron poco menos que un escándalo en el pueblo.

Cuando Shorthouse llegó para pasar el fin de semana con su tía Julia —en la casita que ésta tenía junto al mar al otro extremo del pueblo—, la encontró rebosante de misterio y excitación. Shorthouse había recibido su telegrama esa misma mañana, y había emprendido el viaje convencido de que iba a ser un aburrimiento; pero en el instante en que le cogió la mano y besó su mejilla de manzana arrugada percibió el primer indicio de su estado electrizado. Su impresión aumentó al saber que no tenía más visitas, y que le había telegrafiado por un motivo muy especial.

Había algo en el aire; «algo» que sin duda iba a dar fruto. Porque esta vieja solterona, con su afición a las investigaciones metapsíquicas, tenía talento y fuerza de voluntad, y, de una manera o de otra, se las arreglaba normalmente para llevar a término sus propósitos. 

Hizo su revelación poco después del té, mientras caminaba despacio junto a él, por el paseo marítimo, en el crepúsculo.

—Tengo las llaves —anunció con voz embargada aunque medio sobrecogida—. ¡Me las han dejado hasta el lunes!

—¿Las de la caseta de baño, o…? —preguntó él con candor, desviando la mirada del mar al pueblo.

Nada la hacía ir más deprisa al grano que aparentar estupidez.

—No —susurró—. Son las de la casa de la plaza… Voy a ir allí esta noche.

Shorthouse sintió que le recorría la espalda un levísimo temblor. Abandonó su tonillo burlón. Algo en la voz y actitud de su tía le produjo un estremecimiento. Hablaba en serio.

—Pero no puedes ir sola… —empezó.

—Por eso te he telegrafiado —dijo con decisión.

Se volvió a mirarla. Su rostro, feo, arrugado, enigmático, rebosaba de excitación. El rubor del sincero entusiasmo producía una especie de halo a su alrededor. Le brillaban los ojos. Notó en ella otra oleada de emoción acompañada de un segundo estremecimiento, esta vez más acusado.

—Gracias, tía Julia —dijo cortésmente—. Te lo agradezco muchísimo.

—No sería capaz de ir sola —prosiguió, alzando la voz—; pero contigo disfrutaré lo indecible. Tú no te asustas de nada, lo sé.

—Muchas gracias, de verdad —repitió él—. ¿Es que… es que puede pasar algo?

—Ha pasado, y mucho —susurró ella—; aunque han sabido silenciarlo con mucha habilidad. En los últimos meses ha habido tres que la han querido alquilar y se han tenido que ir; y dicen que no podrán ocuparla nunca más.

A pesar de sí mismo, Shorthouse se sintió interesado. Su tía hablaba muy seria.

—La casa es muy vieja, desde luego —continuó ella—; y la historia, de lo más desagradable, data de hace mucho tiempo. Se trata de un asesinato que cometió por celos un mozo de cuadra que tenía un lío con una criada de la casa. Una noche se escondió en la bodega, y cuando estaban todos dormidos, subió sigilosamente a los aposentos de la servidumbre, sacó a la muchacha al rellano y, antes de que nadie pudiese ayudarla, la arrojó por encima de la barandilla, al recibimiento.

—¿Y el mozo…?

—Le detuvieron, creo, y le ahorcaron por asesino; pero todo eso ocurrió hace un siglo, y no he podido saber más detalles del suceso.

A Shorthouse se le había despertado del todo el interés. Pero, aunque no se inquietaba especialmente por lo que a él se refería, vacilaba un poco por su tía.

—Con una condición —dijo por fin.

—Nada me va a impedir que vaya —dijo ella con firmeza—; pero no tengo inconveniente en escuchar tu condición.

—Que me garantices que podrías conservar la serenidad, si ocurriese algo realmente horrible. O sea… que me asegures que no te vas a asustar demasiado.

—Jim —dijo ella con desdén—, sabes que no soy joven, ni lo son mis nervios; ¡pero contigo no le tendría miedo a nada en el mundo!

Esto, como es natural, zanjó la cuestión, porque Shorthouse no tenía otras aspiraciones que las de ser un joven normal y corriente; y cuando apelaban a su vanidad no era capaz de resistirse. Accedió a ir. Instintivamente, a modo de preparación subconsciente, mantuvo en forma sus fuerzas y a sí mismo toda la tarde, obligándose a hacer acopio de autocontrol mediante un indefinible proceso interior por el que fue vaciando gradualmente todas sus emociones abriendo el grifo de cada una… proceso difícil de describir, pero asombrosamente eficaz, como sabe todo el que ha sufrido las rigurosas pruebas del hombre encerrado en sí mismo. Más tarde, le fue de mucha utilidad.

Pero hasta las diez y media, en que se detuvieron en el recibimiento a la luz de las lámparas acogedoras y envueltos aún por los tranquilizadores influjos humanos, no necesitó echar mano de esta reserva de fuerzas acumuladas. Porque, una vez que cerraron la puerta, y vio la calle desierta y silenciosa que se extendía ante ellos, blanca a la luz de la luna, se dio cuenta claramente de que la verdadera prueba de esta noche sería hacer frente a dos miedos en vez de uno. Tendría que soportar el miedo de su tía y el suyo. Y al observar su semblante de esfinge, y comprender que no tendría una expresión agradable en un acceso de verdadero terror, pensó que sólo una cosa le consolaba en toda esta aventura: su confianza en que su propia voluntad y fuerza resistirían cualquier sobresalto.

Recorrieron lentamente las calles vacías del pueblo; la luna brillante del otoño plateaba los tejados, proyectando densas sombras; no se movía el más leve soplo de brisa, y los árboles del parque solemne del paseo marítimo les observaron en silencio al pasar.

Shorthouse no contestaba a los comentarios que su tía hacía de vez en cuando: se daba cuenta de que la anciana se estaba rodeando simplemente de parachoques mentales: hablaba de cosas ordinarias para evitar pensar en cosas extraordinarias. Veían alguna ventana con luz, y de alguna que otra chimenea salía humo o chispas. Shorthouse había empezado ya a fijarse en todo, incluso en los más pequeños detalles. Poco después se detuvieron en la esquina y miraron el nombre de la calle en el lado donde daba la luna; y de común acuerdo, pero sin decir nada, entraron en la plaza en dirección a la parte que quedaba en la sombra.

—La casa es el trece —oyó Shorthouse; ni uno ni otro hicieron el menor comentario sobre las evidentes connotaciones: cruzaron la ancha franja de luz lunar y echaron a andar por el enlosado en silencio.

A mitad de la plaza notó Shorthouse que un brazo se deslizaba discreta pero significativamente por debajo del suyo; comprendió entonces que la aventura había empezado de verdad, y que su compañera estaba ya cediendo terreno, de manera imperceptible, a los influjos contrarios. Necesitaba apoyo.

Minutos después se detuvieron ante una casa alta y estrecha que se alzaba ante ellos en la oscuridad, fea de forma y pintada de un blanco sucio. Unas ventanas sin postigo ni persiana les miraron desde arriba, brillando aquí y allá con el reflejo de la luna. La lluvia y el tiempo habían dejado rayas y grietas en la pared y la pintura, y el balcón sobresalía un poco anormalmente del primer piso. Pero salvo este aspecto general de abandono, propio de una casa deshabitada, nada había a primera vista que delatase el carácter maligno que esta mansión había adquirido.

Tras mirar por encima del hombro para cerciorarse de que nadie les había seguido, subieron la escalinata y se detuvieron ante la enorme puerta negra que les cerraba el paso, imponente. Pero
ahora les invadió la primera oleada de nerviosismo, y Shorthouse hurgó largo rato con la llave antes de conseguir meterla en la cerradura. Por un instante, a decir verdad, los dos abrigaron la esperanza de que no se abriese, presa ambos de diversas emociones desagradables, allí de pie, en el umbral de su espectral aventura. Shorthouse, que manipulaba la llave estorbado por el peso firme sobre su brazo, se daba cuenta de la solemnidad del momento.

Era como si el mundo entero —porque en ese instante parecía como si toda la experiencia se concentrase en su propia conciencia— escuchara el arañar de esta llave. Un extraviado soplo de aire bajó por la calle desierta, despertando un rumor efímero en los árboles, detrás de ellos; por lo demás, el ruido de la llave era lo único que se oía; y finalmente giró en la cerradura, se abrió pesadamente la puerta, y reveló el abismo de tinieblas del interior.

Tras una última mirada a la plaza iluminada por la luna, entraron deprisa, y la puerta se cerró tras ellos con un golpe que resonó prodigiosamente en los pasillos y habitaciones vacías. Pero con los ecos se hizo audible otro ruido, y tía Julia se agarró súbitamente a él con tal fuerza que tuvo que dar un paso atrás para no caerse.

Un hombre había tosido a su lado; tan cerca que parecía que había sido junto a él, en la oscuridad.

Pensando que podía tratarse de alguna broma, Shorthouse hizo girar su pesado bastón en dirección al ruido; pero no tropezó con nada más sólido que el aire. Oyó a su tía proferir una pequeña exclamación.

—Aquí hay alguien —susurró—; le he oído.

—Tranquilízate —dijo él con resolución—. Sólo ha sido el ruido de la puerta de la calle.

—¡Oh!, enciende una luz… pronto —añadió ella, mientras su sobrino, manipulando la caja de cerillas, la abría del revés, y se le caían todas en el piso de piedra con leve repiqueteo.

El ruido, sin embargo, no se repitió; ni hubo indicio de pasos retirándose. Un minuto después tenían una vela encendida, utilizando una boquilla de cigarro vacía como palmatoria; cuando disminuyó la llama inicial, Shorthouse alzó la improvisada lámpara e inspeccionó su entorno. Y lo encontró bastante lúgubre, a decir verdad; porque no hay morada humana más desolada que la que está vacía de muebles, oscura, muda, abandonada, y ocupada no obstante por un rumor sobre sucesos malvados y violentos.

Se encontraban en un amplio vestíbulo; a la izquierda había una puerta abierta que daba a un espacioso comedor; enfrente, el recibimiento se prolongaba, estrechándose, en un pasillo largo y oscuro que conducía, al parecer, a la escalera que bajaba a la cocina. Una ancha escalera desnuda ascendía ante ellos describiendo una curva; estaba toda en sombras salvo un único rodal, en mitad, donde daba la luna que se filtraba por una ventana, creando una mancha luminosa sobre la madera. Este haz de luz difundía una tenue luminiscencia arriba y abajo, dotando a los objetos cercanos de una silueta brumosa infinitamente más sugerente y espectral que la completa oscuridad. 

La luz filtrada de la luna parece pintar siempre rostros en la penumbra que la rodea; y al asomarse Shorthouse al pozo de tinieblas y pensar en las innumerables habitaciones vacías y pasillos de la parte superior del viejo edificio, sintió deseos de encontrarse otra vez en la plaza, o en el confortable cuartito de estar que habían dejado hacía una hora. Comprendiendo que estos pensamientos eran peligrosos, los rechazó otra vez e hizo acopio de toda su energía para concentrarse en el momento presente.

—Tía Julia —dijo en voz alta, con gravedad—; vamos a recorrer la casa de punta a cabo, y a hacer una inspección exhaustiva.

Los ecos de su voz se apagaron lentamente en todo el edificio; y en el intenso silencio que siguió, se volvió a mirarla. A la luz de la vela, notó que tenía ya el rostro mortalmente pálido; pero ella se soltó de su brazo un momento, y dijo en un susurro, colocándose frente a él:

—De acuerdo. Tenemos que asegurarnos de que no hay nadie escondido. Eso es lo primero.

Habló con evidente esfuerzo; su sobrino le dirigió una mirada de admiración.

—¿Estás completamente decidida? Aún no es demasiado tarde…

—Sí —susurró ella, desviando los ojos nerviosamente hacia las sombras de atrás—. Completamente decidida; sólo una cosa…

—¿Qué?

—No tienes que dejarme sola ni un instante.

—Pero ten presente que debemos investigar en seguida cualquier ruido o aparición; porque dudar significaría aceptar el miedo. Sería fatal.

—De acuerdo —dijo ella, algo temblorosa, tras un momento de vacilación—. Procuraré…

Tomados del brazo, Shorthouse con la vela goteante y el bastón, y su tía con la capa sobre los hombros, perfectos personajes de comedia para cualquiera menos para ellos, iniciaron una inspección sistemática.
Con sigilo, andando de puntillas y cubriendo la vela para no delatar su presencia a través de las ventanas sin postigo, entraron primero en el comedor. No vieron un solo mueble. Unas paredes desnudas, unas chimeneas feas y vacías les miraron. Todas las cosas parecieron ofenderse ante esta intrusión, y les observaron con ojos velados, por así decir; les seguían ciertos susurros; las sombras revoloteaban en silencio a derecha e izquierda; parecía que tenían siempre a alguien detrás, vigilando, esperando la ocasión para atacarles.

Tenían la irreprimible sensación de que habían quedado momentáneamente en suspenso, hasta que volvieran a irse, actividades que habían estado desarrollándose en la habitación vacía. Todo el oscuro interior del viejo edificio pareció convertirse en una Presencia maligna que se alzaba para advertirles que desistieran y no se metiesen donde nadie les llamaba; la tensión de los nervios aumentaba por momentos.

Salieron del oscuro comedor por dos grandes puertas plegables y pasaron a una especie de biblioteca o salón de fumar, igualmente envuelto en silencio, polvo y oscuridad; de él regresaron al vestíbulo, cerca del remate de la escalera de atrás. Aquí se abrió ante ellos un túnel de negrura que conducía a las regiones inferiores, y —hay que confesarlo— vacilaron. Pero fue sólo un momento. Dado que lo peor de la noche estaba por venir, era esencial no retroceder ante nada. Tía Julia tropezó en el peldaño que iniciaba el oscuro descenso, mal iluminado por la vela parpadeante, y al propio Shorthouse casi le dieron ganas de salir corriendo.

—¡Vamos! —dijo en tono perentorio; y su voz se propagó y se perdió en los espacios vacíos y oscuros de abajo.

—Ya voy —balbuceó ella, agarrándose a su, brazo con fuerza innecesaria.

Bajaron un poco inseguros por la escalera de piedra; un aire húmedo, frío, estancado y maloliente les dio en la cara. La cocina, a la que conducía la escalera a través de un estrecho pasillo, era amplia, de techo alto. Tenía varias puertas: unas eran de alacenas con jarras vacías todavía en los estantes, otras daban acceso a dependencias horribles y espectrales, todas ellas más frías y menos acogedoras que la propia cocina. Las cucarachas se escabulleron por el suelo; una de las veces, al tropezar con una mesa de madera que había en un rincón, algo del tamaño de un gato saltó al suelo, cruzó veloz el piso de piedra, y desapareció en la oscuridad. Todos los lugares producían la sensación de haber sido ocupados recientemente, una impresión de tristeza y melancolía.

Abandonaron la cocina, y se dirigieron a la trascocina. La puerta estaba entornada, la empujaron y la abrieron del todo. Tía Julia profirió un grito penetrante, que en seguida intentó sofocar llevándose la mano a la boca.

Durante un segundo, Shorthouse se quedó petrificado, con el aliento contenido. Notó como si le vaciasen de pronto la espina dorsal y se la llenasen de hielo picado. Ante ellos, entre las jambas de la puerta, se alzaba la figura de una mujer.

Tenía el pelo desgreñado, la mirada fija y demente, y un rostro aterrado y mortalmente pálido.

Estuvo allí, inmóvil, por espacio de un segundo. Luego parpadeó la vela, y la mujer desapareció —absolutamente—, y la puerta no enmarcó otra cosa que una oscuridad vacía.

—Sólo ha sido esta condenada llama saltarina —dijo él con rapidez, con una voz que sonó como de otra persona, y dominada sólo a medias—. Vamos, tía. Ahí no hay nada.

Tiró de ella. Con gran ruido de pisadas y aparente ademán de decisión, siguieron adelante; pero a Shorthouse le picaba el cuerpo como si lo tuviese cubierto de hormigas, y se daba cuenta, por el peso que notaba en el brazo, de que hacía fuerza para andar por los dos.

La trascocina estaba fría, desnuda, vacía: parecía más una gran celda de prisión que otra cosa. Dieron media vuelta; intentaron abrir la puerta que daba al patio y las ventanas, pero estaba todo firmemente cerrado. Su tía caminaba a su lado como sonámbula. Iba con los ojos cerrados, y parecía limitarse a seguir la presión del brazo de él. Shorthouse estaba asombrado de su valor. Al mismo tiempo, observó que su cara había experimentado un cambio especial que, de algún modo, escapaba a su poder de análisis.

—Aquí no hay nada, tía —repitió en voz alta, con viveza—. Subamos a echar una mirada al resto de la casa. Luego escogeremos una habitación donde esperar.

Tía Julia le siguió obediente, pegada a su lado, y cerraron tras ellos la puerta de la cocina. Fue un alivio subir otra vez. En el recibimiento había más luz que antes, ya que la luna había bajado un poco en la escalera. Cautelosamente, empezaron a subir hacia la bóveda oscura del edificio, con el enmaderado crujiendo bajo su peso.

En el primer piso descubrieron el gran salón doble, cuya inspección no reveló nada: tampoco aquí encontraron signo alguno de mobiliario o de reciente ocupación; no había más que polvo, abandono y sombras. Abrieron las grandes puertas plegables entre el salón de delante y el de atrás, salieron otra vez al rellano, y continuaron subiendo.

No habrían subido más de una docena de peldaños cuando se detuvieron los dos a la vez a escuchar, mirándose a los ojos con un nuevo temor por encima de la llama temblona de la vela. De la habitación que acababan de dejar hacía apenas diez segundos les llegó un ruido apagado de puertas al cerrarse. No cabía ninguna duda: habían oído la resonancia que producen unas puertas pesadas al cerrarse, seguida del golpecito seco al encajar el pestillo.

—Debemos volver, a ver qué ha sido —dijo Shorthouse con brevedad, en voz baja, dando media vuelta para bajar otra vez.

De algún modo, su tía se las arregló para seguirle, con el rostro lívido, pisándose el vestido. Cuando entraron en el salón delantero comprobaron que se habían cerrado las puertas plegables… medio minuto antes. Sin la menor vacilación, fue Shorthouse y las abrió. Casi esperaba descubrir a alguien ante él, en la habitación de detrás; pero sólo se enfrentó con la oscuridad y el aire frío.

Recorrieron las dos habitaciones, pero no descubrieron nada de particular. Probaron a hacer que las puertas se cerrasen solas, pero no había corrientes de aire ni siquiera para que oscilase la llama de la vela. Las puertas no se movían a menos que alguien las empujase con fuerza. Todo estaba en silencio como una tumba. Era innegable que las habitaciones se hallaban totalmente vacías, y la casa entera en absoluta quietud.

—Ya empieza —susurró una voz junto a su codo que apenas reconoció como la de su tía.

Shorthouse asintió con la cabeza, sacando su reloj para comprobar la hora. Eran las doce menos cuarto; anotó en su cuaderno exactamente lo ocurrido hasta aquí, dejando antes la vela en el suelo. Tardó unos momentos en colocarla de pie, apoyándola contra la pared. Tía Julia ha dicho siempre que en ese momento no miraba, ya que había vuelto la cabeza hacia la habitación donde creía haber oído moverse algo; en cualquier caso, los dos coinciden en que sonaron pasos precipitados, fuertes y muy rápidos… ¡y al instante siguiente se apagó la vela!

Pero para Shorthouse hubo más cosas; y siempre ha dado gracias a su buena estrella de que le acontecieran a él solo, y no a su tía también. Porque, al incorporarse tras dejar la vela, y antes de que se apagara, surgió un rostro y se acercó tanto al suyo que casi podía haberlo rozado con los labios. Era un rostro dominado por la pasión: un rostro de hombre, moreno, de facciones torpes y ojos furiosos y salvajes. Pertenecía a un hombre ordinario, y tenía una expresión vulgar; pero al verlo encendido de intensa, agresiva emoción, le pareció un semblante malvado y terrible.

No hubo el más leve movimiento de aire; nada, aparte del rumor precipitado de pies… enfundados en calcetines, o en algo que amortiguaba las pisadas; de la aparición de ese rostro; y del casi simultáneo apagón de la vela.

A pesar de sí mismo, Shorthouse profirió un grito breve, y estuvo a punto de perder el equilibrio al colgarse su tía de él con todo su peso, en un instante de auténtico, incontrolable terror. Ella no dijo nada, aunque se agarró a su sobrino con todas sus fuerzas. Por fortuna no había visto nada: sólo había oído el ruido de pasos. 

Recobró el dominio de sí casi en seguida, y él se pudo soltar y encender una cerilla. Las sombras huyeron en todas direcciones ante la llamarada, y su tía se inclinó y recogió la boquilla con la preciosa vela. Descubrieron que no había sido apagada de un soplo: habían aplastado el pabilo. Lo habían hundido en la cera, que estaba aplanada como por un instrumento liso y pesado.

Shorthouse no comprende cómo su compañera logró sobreponerse tan pronto a su terror; pero así fue, y la admiración que le inspiraba su autodominio se multiplicó por diez, al tiempo que avivó la llama agonizante de su ánimo… por lo que se sintió agradecido. Igualmente inexplicable para él fue la demostración de fuerza física que acababan de comprobar.

Reprimió al punto el recuerdo de las historias que había oído sobre los médiums y sus peligrosas experiencias; porque si eran ciertas, y su tía o él eran médiums sin saberlo, significaba que estaban contribuyendo a que se concentrasen las fuerzas de la casa encantada, cargada ya hasta los topes. Era como andar con lámparas sin protección entre barriles de pólvora destapados. Así que, pensando lo menos posible, volvió a encender la vela y subieron al siguiente piso. 

Es cierto que el brazo que agarraba el suyo estaba temblando, y que sus propios pasos eran a menudo vacilantes; pero prosiguieron con minuciosidad, y tras una inspección infructuosa subieron el último tramo de escalera, hasta el ático.

Aquí descubrieron un verdadero panal de habitaciones pertenecientes a la servidumbre, con muebles rotos, sillas de mimbre sucias, cómodas, espejos rajados, y armazones de cama desvencijados. Las habitaciones tenían el techo inclinado, con telarañas aquí y allá, ventanas pequeñas, y paredes mal enyesadas: una región lúgubre y deprimente que se alegraron de poder dejar atrás.

Daban las doce cuando entraron en un cuartito del tercer piso, casi al final de la escalera, y se acomodaron en él como pudieron para esperar el resto de la aventura. Estaba totalmente vacío, y se decía que era la habitación —utilizada como ropero en aquel entonces— donde el enfurecido mozo acorraló a su víctima y la atrapó finalmente. Fuera, al otro lado del pasillo, empezaba el tramo de escalera que subía a las dependencias de la servidumbre que acababan de inspeccionar.

A pesar del frío de la noche, algo en el ambiente de esta habitación pedía a gritos que abriesen una ventana. Pero había algo más. Shorthouse sólo puede describirlo diciendo que aquí se sentía menos dueño de sí que en ninguna otra parte del edificio. Era algo que influía directamente en los nervios, algo que mermaba la resolución y enervaba la voluntad. Tuvo conciencia de este efecto antes de que hubieran transcurrido cinco minutos: en el corto espacio de tiempo que llevaban allí, le había anulado todas las fuerzas vitales, lo que para él constituyó lo más horrible de toda la experiencia.

Dejaron la vela en el suelo, y entornaron un poco la puerta, de manera que el resplandor no les deslumbrase, ni proyectase sombras en las paredes o el techo. A continuación extendieron la capa en el suelo y se sentaron encima, con la espalda pegada a la pared. Shorthouse estaba a dos pies de la puerta que daba al rellano; desde su posición dominaba buena parte de la escalera principal que descendía a la oscuridad, así como de la que subía a las habitaciones de los criados; a su lado, al alcance de la mano, tenía el grueso bastón.

La luna se hallaba ahora sobre la casa. A través de la ventana abierta podían ver las estrellas alentadoras como ojos amables que observaban desde el cielo. Uno tras otro, los relojes del pueblo fueron dando las doce; y cuando se apagaron los tañidos, descendió otra vez sobre todas las cosas el profundo silencio de la noche sin brisas. Sólo el oleaje del mar, lúgubre y lejano, llenaba el aire de murmullos cavernosos.

Dentro de la casa, el silencio se hizo tremendo; tremendo, pensó él, porque en cualquier instante podía quebrarlo algún ruido ominoso. La tensión de la espera se iba apoderando cada vez más de sus nervios. Cuando hablaban lo hacían en susurros, ya que sus voces sonaban extrañas y anormales. Un frío no totalmente atribuible al aire de la noche invadió la habitación, y les hizo estremecerse. Los influjos adversos, cualesquiera que fuesen, les minaban la confianza en sí mismos y la capacidad para una acción decidida; sus fuerzas estaban cada vez más debilitadas, y la posibilidad de un miedo real adquirió un nuevo y terrible significado. 

Shorthouse empezó a temer por la anciana que tenía a su lado, cuyo valor no podría mantenerla a salvo más allá de ciertos límites. Oía latir su sangre en las venas. A veces le parecía que lo hacía tan fuerte que le impedía escuchar con claridad otros ruidos que empezaban a hacerse vagamente audibles en las profundidades de la casa. 

Cuando trataba de concentrar la atención en esos ruidos, cesaban instantáneamente. Desde luego, no se acercaban. Sin embargo, no podía por menos de pensar que había movimiento en alguna de las regiones inferiores de la casa. El piso donde estaba el salón, cuyas puertas se habían cerrado misteriosamente, parecía demasiado cercano; los ruidos provenían de más lejos. Pensó en la gran cocina, con las negras cucarachas escabullándose, y en la pequeña y lóbrega trascocina; aunque, en cierto modo, parecían no surgir de parte alguna. ¡Lo que sí era cierto es que no provenían de fuera de la casa!

Y entonces, de repente, comprendió la verdad, y durante un minuto le pareció como si hubiese dejado de circularle la sangre y se le hubiese convertido en hielo.

Los ruidos no venían de abajo ni mucho menos, sino de arriba, de alguno de aquellos horrorosos cuartitos de los criados, de muebles destrozados, techos inclinados y estrechas ventanas, donde había sido sorprendida la víctima, y de donde salió para morir.

Y desde el instante en que descubrió de dónde procedían, comenzó a oírlos más claramente. Era un rumor de pasos que avanzaban furtivos por el pasillo de arriba, entraban y salían de las habitaciones, y pasaban entre los muebles.

Se volvió vivamente hacia la figura inmóvil que tenía a su lado para ver si compartía su descubrimiento. La débil luz de la vela que entraba por la rendija de la puerta convertía el rostro fuertemente recortado de su tía en acusado relieve sobre el blanco de la pared. Pero fue otra cosa lo que le hizo aspirar profundamente y volverla a mirar. Algo extraordinario había asomado a su rostro, y parecía cubrirlo como una máscara; suavizaba sus profundas arrugas y le estiraba la piel hasta hacer desaparecer sus pliegues; daba a su semblante —con la sola excepción de sus ojos avejentados— un aspecto juvenil, casi infantil.

Se quedó mirándola con mudo asombro… con un asombro peligrosamente cercano al horror. Era, desde luego, el rostro de su tía. Pero era un rostro de hacía cuarenta años, el rostro inocente y vacío de una niña.

Shorthouse había oído contar historias sobre el extraño efecto del terror, que podía borrar de un semblante humano toda otra emoción, eliminando las expresiones anteriores; pero jamás se le había ocurrido que pudiera ser literalmente cierto, o que pudiese significar algo tan sencillamente horrible como lo que ahora veía. Porque era el sello espantoso del miedo irreprimible lo que reflejaba la total ausencia de este rostro infantil que tenía al lado; y cuando, al notar su mirada atenta, se volvió a mirarle, cerró los ojos con fuerza para conjurar la visión.
Sin embargo, al volverse, un minuto después, con los nervios a flor de piel, descubrió, para su inmenso alivio, otra expresión: su tía sonreía; y aunque tenía la cara mortalmente pálida, se había disipado el velo espantoso, y le estaba volviendo su aspecto normal.

—¿Ocurre algo? —fue todo lo que se le ocurrió decir en ese momento. Y la respuesta fue elocuente, viniendo de esta mujer:

—Tengo frío… y estoy un poco asustada —susurró.

Shorthouse propuso cerrar la ventana, pero ella le contuvo, y le pidió que no se apartase de su lado ni un instante.

—Es arriba, lo sé —susurró, medio riendo extrañamente—; pero no me siento capaz de subir.

Pero Shorthouse opinaba de otro modo: sabía que la mejor manera de conservar el dominio de sí estaba en la acción. Sacó un frasco de coñac y sirvió un vaso de licor lo bastante abundante como para resucitar a un muerto. 

Ella se lo tragó con un ligero estremecimiento.

Ahora lo importante era salir de la casa antes de que su tía se derrumbase irremediablemente; pero no dejaba de ser arriesgado dar media vuelta y huir del enemigo. Ya no era posible permanecer inactivo: cada minuto que pasaba era menos dueño de sí, y se hacía imperioso adoptar, sin demora, desesperadas, enérgicas medidas.

Además, debían dirigir la acción hacia el enemigo, y no huir de él; el momento crítico, si se revelaba inevitable y fatal, había que afrontarlo con valor. Y eso podía hacerlo ahora; dentro de diez minutos, quizá no le quedasen fuerzas para actuar por sí mismo, ¡y mucho menos por los dos!

Arriba, entretanto, los ruidos sonaban más fuertes y cercanos, acompañados de algún que otro crujido del entarimado. Alguien andaba con sigilo, tropezando de vez en cuando contra los muebles.

Tras esperar unos instantes a que hiciese efecto la tremenda dosis de licor, y consciente de que duraría sólo unos momentos, Shorthouse se puso de pie en silencio, y dijo con voz decidida:

—Ahora, tía Julia, vamos a subir a averiguar qué es todo ese ruido. Tienes que venir también. Es lo acordado.

Tomó el bastón y fue al ropero por la vela. Una figura endeble, tambaleante, con la respiración agitada, se levantó a su lado; oyó que decía débilmente algo sobre que «estaba dispuesta». Le admiraba el ánimo de la anciana: era mucho más grande que el suyo; y mientras avanzaban, en alto la vela goteante, iba emanando de esta mujer temblorosa y de cara pálida que marchaba a su lado una fuerza sutil que era verdadera fuente de inspiración para él: tenía algo grande que le avergonzaba y le prestaba un apoyo sin el cual no se habría sentido en absoluto a la altura de las circunstancias.

Cruzaron el oscuro rellano, evitando mirar el espacio negro que se abría sobre la barandilla. A continuación empezaron a subir por la estrecha escalera, dispuestos a enfrentarse a los ruidos que se hacían más audibles y cercanos por momentos. A mitad de camino tropezó tía Julia, y Shorthouse se volvió para cogerla del brazo; y justo en ese instante se oyó un chasquido terrible en el corredor de los criados. Le siguió un intenso chillido agónico que fue grito de terror y grito de auxilio mezclados en uno solo.

Antes de que pudiesen apartarse, o retroceder siquiera un peldaño, alguien irrumpió en el pasillo, arriba, y echó a correr espantosamente con todas sus fuerzas, salvando los peldaños de tres en tres, hasta donde ellos se habían detenido. Las pisadas eran leves y vacilantes, pero tras ellas sonaron otras más pesadas que hacían estremecer la escalera.

Apenas habían tenido tiempo Shorthouse y su compañera de pegarse contra la pared, cuando oyeron junto a ellos el tumulto de pisadas, y dos personas, sin apenas distancia entre ambas, cruzaron a toda velocidad. Fue un completo torbellino de crujidos en medio del silencio nocturno del edificio vacío.
Habían cruzado ante ellos los dos corredores, perseguido y perseguidor, saltando con un golpe sordo, primero el uno y luego el otro, al rellano de abajo.

Sin embargo, ellos no habían visto nada: ni mano, ni brazo, ni cara, ni siquiera un jirón revoloteante de ropa.

Sobrevino una breve pausa. Luego, la primera persona, la más ligera de las dos —la perseguida evidentemente—, echó a correr con pasos inseguros hacia la pequeña habitación de la que Shorthouse y su tía acababan de salir. Le siguieron los pasos más pesados. Hubo ruido de pelea, jadeos y gritos desgarradores; poco después, salieron unos pasos al rellano… los de alguien que caminaba cargado.
Hubo un silencio mortal que duró el espacio de medio minuto, y luego se oyó el ruido de algo que se precipitaba en el aire. Le siguió un golpe sordo, tremendo, abajo en las profundidades de la casa, en el enlosado del recibimiento.

A continuación reinó un silencio total. Nada se movía. La llama de la vela se alzaba imperturbable. Así había permanecido todo este tiempo: ningún movimiento había agitado el aire.

Paralizada de terror, tía Julia, sin esperar a su compañero, comenzó a bajar a tientas, llorando débilmente como para sus adentros; y cuando su sobrino la rodeó con el brazo y casi la llevó en volandas, notó que temblaba como una hoja. 

Shorthouse entró en el cuartito, recogió la capa del suelo y, cogidos del brazo, empezaron a bajar muy despacio, sin pronunciar una sola palabra ni volverse a mirar hacia atrás, los tres tramos de escalera, hasta el recibimiento.

No vieron nada; aunque, mientras bajaban, tenían la sensación de que alguien les seguía paso a paso: cuando iban deprisa, se quedaba atrás; cuando tenían que ir despacio, les alcanzaba. Pero ni una sola vez se volvieron para mirar; y a cada vuelta, bajaban los ojos por temor al horror que podían sorprender en el tramo superior.
Shorthouse abrió la puerta de la calle con manos temblorosas; salieron a la luz de la luna, y aspiraron profundamente el aire fresco de la noche que venía del mar.