miércoles, 29 de abril de 2009

Idea Vilariño (Uruguay, 1920-2009)


I
Como un jazmín liviano
que cae sosteniéndose en el aire
que cae cae
cae.
Y qué va a hacer.
II
Como un perro que aúlla interminable
que aúlla inconsolable
a la luna
a la muerte
a su tan breve vida.
Como un perro.
III
Como el que desvelado
a eso de las cuatro
mira con ojos tristes
a su amante que duerme
descifrando la vieja eterna estafa.
IV
Como aquel que se saca los zapatos
y suspira
y se deja caer con ropa y todo
y sin mirar
sin ver
fija en el techo
anchos ojos vacíos.
V
Como un disco acabado
que gira y gira y gira
ya sin música
empecinado y mudo
y olvidado.
Bueno
así.

de No

domingo, 19 de abril de 2009

Mario Benedetti

La noche de los feos



1
        Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

        Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

         Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

         Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

          Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

          Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

         La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

         La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

        Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

        "¿Qué está pensando?", pregunté.

        Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

        "Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

       Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

        "Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

        "Sí", dijo, todavía mirándome.

       "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

       "Sí."

       Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

        "Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

         "¿Algo cómo qué?"

         "Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

         Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

         "Prométame no tomarme como un chiflado."
  
         "Prometo."
   
        "La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

        "No."

        "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

        Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

       "Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

       Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

        "Vamos", dijo.

 
2
        No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

       Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

       En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

       Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

        Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

       Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

domingo, 12 de abril de 2009

Rubem Fonseca

Ángeles de las Marquesinas


Paiva seguía despertándose temprano, como lo había hecho durante los treinta años que trabajó sin parar. Podría seguir trabajando algún tiempo más, pero ya había ganado dinero suficiente y pretendía viajar con su mujer, Leila, para conocer el mundo mientras aún tenía salud y vitalidad. Un mes después de su jubilación compraron los boletos de avión. Pero la mujer murió de un mal repentino antes del viaje, dejando a Paiva solitario y sin planes para el futuro.
Paiva leía el periódico por la mañana y después salía, ya que no podía quedarse en casa sin hacer nada. Además, la nueva sirvienta lo molestaba constantemente preguntándole si podía tirar objetos viejos, inútiles que se habían dio acumulando durante años; hacía ruidos irritantes al arreglar la casa y cuando Paiva entraba en la cocina –lo cual evitaba hacer-, la encontraba acompañando con voz desentonada una canción popular trasmitida por la radio, que dejaba prendida todo el día. Ya tampoco soportaba mirar hacia el mar, aquella masa de agua aburrida, aquel horizonte inmutable que se descubría desde la terraza de su apartamento. Muchas veces salía de casa sin saber a dónde ir, se sentaba en la banca de la banca de la plaza Nossa Señora da Paz y observaba a los feligreses de la iglesia de enfrente, que se retiraban en grupo de la misa. No lo haría, no se volvería un mocho ahora de viejo. No había tenido hijos con Leila y había descubierto demasiado tarde que no tenía amigos, sólo colegas de trabajo que no quería ver después de haberse jubilado. No extrañaba la convivencia, sentía falta de alguna ocupación, ansiaba hacer alguna cosa, tal vez usar el dinero que tenía para ayudar a los demás. Conocía la historia de tipos que se jubilaban y se quedaban felices en su casa, leyendo libros y viendo videos, o que ocupaban su tiempo llevando a los sietecitos a comprar un helado o a pasear en Disneyworld, pero no le gustaba leer ni ver películas, nunca se había acostumbrado a eso. Otros entraban en asociaciones filantrópicas, se dedicaban a trabajos humanitarios. Lo habían invitado a colaborar con una asociación que mantenía un asilo de ancianos. , pero la visita al asilo lo había deprimido mucho. Se necesitaba ser joven para trabajar con viejos. También estaba aquellos jubilados que no soportaban la inactividad y se morían tristes y enfermos. Pero él no estaba enfermo, tan sólo triste, y su salud era muy buena.
Siempre que, para salir de casa, iba a deambular por las calles. Paiva se encontraba gente sin sentido tirada en la banqueta. Durante muchos años había ido de la casa al trabajo en un automóvil con chofer; con seguridad aquel cuadro ya existía desde antes, pero él simplemente no lo había notado. Ahora sabía, gracias al sufrimiento que la muerte de su mujer le ocasionó, que el egoísmo le había impedido ver el infortunio de otros, Era como si el destino, que siempre lo había protegido, le señalara ahora un nuevo camino, convocándolo a ayudar a aquellos desgraciados a quienes la suerte había abandonado de forma tan cruel. Algunos debían estar enfermos, otros drogados, otros no tenían donde dormir y dormían, seguramente con hambre, sin importarles los transeúntes; uno pierde con facilidad la vergüenza cuando se ve privado de todo. No había nadie tan abandonado como un pobre diablo sucio y cubierto de andrajos, tirado sin sentido en la acera.
En cierta ocasión, caminando por las calles al anochecer, vio a un hombre acostado en el suelo, bajo la marquesina de una sucursal bancaria. Los desamparados parecían preferir como refugio nocturno las marquesinas de las sucursales bancarias, tal vez porque, por alguna razón, los gerentes de los bancos se sentían incómodos si los expulsaban. Los transeúntes fingían por lo general no darse cuenta de un adulto o de un niño en aquella situación, pero esa noche dos personas, un hombre y una mujer, estaban diligentemente inclinados sobre el cuerpo abandonado, como si intentaran reanimarlo. Paiva notó que lo que pretendían era levantarlo del suelo, lo cual hicieron con habilidad, llevándolo en brazos hacia una pequeña ambulancia. Después de mirar la ambulancia, Paiva permaneció un tiempo en el lugar, pensativo. Haber presenciado aquel gesto de caridad lo había animado, alo, aunque modesto, se estaba haciendo, alguien se preocupaba por aquellos infelices.
Al día siguiente Paiva salió y anduvo por las calles mucho tiempo, buscando a las personas de la ambulancia; quería ofrecerse para colaborar en el trabajo que realizaban. No podría ayudar cargando a esos infelices abandonados por la suerte, no tenía ni disposición ni habilidad para ello, como los anegados que había visto aquella noche, pero podía, además de dar dinero, ser útil en alguna actividad administrativa. Debía haber lugar para alguien experimentado como él, en aquel grupo de voluntarios que él llamaba Ángeles de las Marquesinas, ya que había sido bajo una marquesina que tuvo lugar el gesto de solidaridad del que había sido testigo. Y todas las noches salía de su casa en peregrinación. Halló a varias personas tiradas en las calle y permaneció impotente al lado de algunas, deseando que los Ángeles de las Marquesinas aparecieran.


                Finalmente, una noche, cuando ya regresaba desanimado a casa, Paiva vio a la pareja de caritativos levantando del suelo un cuerpo tirado en la banqueta, y se acercó. He seguido su trabajo y me gustaría colaborar, dijo.
                No obtuvo respuesta, como si los Ángeles de las Marquesinas absortos en su trabajo, no lo hubieran escuchado. De la ambulancia saltó un hombre canoso, que ayudó a la pareja a meter al infeliz inconsciente en una especie de camilla, dentro del vehículo. Entonces la mujer, con lentes de persona muy miope, cabello recogido en un chongo y apariencia de maestra jubilada, le preguntó que qué era lo que Paiva quería.
                Él le repitió que le gustaría ayudarlos en aquel trabajo.
                ¿Cómo?, preguntó la mujer.
                Como a ustedes les parezca mejor, dijo Paiva. Dispongo de tiempo y todavía tengo bastante energía. Iba a agregar que poseía recursos financieros, pero pensó que era mejor dejarlo para después. Por favor, me gustaría tener un teléfono y su dirección para visitarlos.
                Usted nos da su teléfono y nosotros nos comunicamos, dijo el hombre canoso que parecía el líder del grupo. Anote el teléfono del señor, doña Dulce.
                ¿Pertenecen a alguna entidad de servicio social ligada al gobierno?
                No, no, contestó doña Dulce, apuntando el teléfono de Paiva, somos una organización particular, queremos evitar que estas personas mueran abandonadas en las calles. 
                Pero no nos gusta la publicidad, dijo el hombre canoso, la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda.
                Así es como se debe ser caritativo, dijo doña Dulce.

                Durante una semana Paiva esperó ansioso a que lo llamaran sin salir de casa. Tal vez perdieron mi teléfono, pensó. O andan tan ocupados que ni siquiera han tenido tiempo para hablarme. Consultó el directorio telefónico, pero ninguna de las organizaciones de beneficencia que encontró era la que buscaba. Lamentó no haberse fijado más en la ambulancia; debía tener una identificación que podría haberlo ayudado ahora. Tal vez era conveniente buscarlos por las calles. Sabía que los Ángeles de las Marquesinas hacían su trabajo de asistencia por las noches. Así que Paiva volvió a recorrer las calles todas las noches, esperando, junto a los cuerpos tirados, que ellos aparecieran. Una noche, en medio de otra de sus caminatas, Paiva vio de lejos la ambulancia parada con dos ruedas sobre la banqueta. Corrió y allí estaban los Ángeles de las Marquesinas inclinados sobre el cuerpo inerte de un muchacho.
                No me han hablado, los busqué en el directorio telefónico, no sabía cómo encontrarlos…
                Los Ángeles parecieron sorprenderse con la presencia de Paiva.
                Doña Dulce, dijo Paiva, casi puse un anuncio en el periódico para encontrarlos. Doña Dulce sonrió.
                Vivo solo, mi esposa murió, o tengo parientes, estoy completamente libre para colaborar con ustedes. Serían como una nueva familia para mí.
                Doña Dulce sonrió otra vez, arreglándose los cabellos pues se le había soltado el chongo.
                El hombre canoso salió de la camioneta y preguntó, ¿la señora perdió su dirección, doña Dulce?
                La mujer se quedó un rato callada, como si no supiera qué decir. Sí, contestó finalmente.
                Déjeme apuntarla otra vez. El hombre escribió el nombre y el teléfono de Paiva en un block. No nos gusta la publicidad, dijo, como si se disculpara.
                Lo sé, la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda, dijo Paiva.
                Ésa es nuestra filosofía, dijo el hombre, no se preocupe, yo mismo me voy a encargar en persona de entrar en contacto con usted.
¿Prometido?
                Quédese en casa esperando, dentro de poco lo llamaré. Entre más gente nos ayude, mejor para nosotros. Mi nombre es José, dijo, tendiéndole la mano en un saludo.

                Al día siguiente, Paiva recibió la llamada que tanto esperaba. Satisfecho, reconoció la voz de doña Dulce diciendo que había sido aceptado para trabajar en el grupo. Necesitaban personas como él para colaborar, y tenían prisa. ¿Podría encontrarse con ellos esa noche en el mismo lugar? ¿Bajo la misma marquesina?, preguntó Paiva, y doña Dulce confirmó, sí, bajo la marquesina a la misma hora. No hay mejor lugar para encontrar a los Ángeles de las Marquesinas, dijo Paiva. Pero la voz del otro lado no reaccionó a su comentario.
                Paiva llegó temprano, apenas había caído la noche sobre la ciudad, y esperó a la ambulancia. En ella sólo venía José.
                No sabe qué feliz estoy con su decisión, dijo Paiva, acercándose a la ambulancia y verificando que no tenía en ningún lado letras o números que la identificaran.
                Entre, por favor, dijo José al volante. Paiva abrió la puerta y se sentó a su lado. Voy a llevarlo a nuestra sede para que conozca mejor nuestro trabajo, dijo José, Muchas gracias, dijo Paiva, no sé cómo agradecerles lo que están haciendo por mí, mi vida estaba muy vacía.
                José, que manejaba de prisa, pero debía ser así que se manejaban las ambulancias, en un momento dado sacó del bolsillo unos cigarrillos y le preguntó si le molestaba el humo, Paiva le contestó que no, que podía fumar. A excepción de este breve intercambio de palabras, el viaje transcurrió en silencio. Finalmente llegaron a su destino, los portones se abrieron, la ambulancia entró y paró en un patio donde, además de algunos coches, había una motocicleta con amplias las laterales. Cerca de ella, un motociclista con chamarra, guantes y casco negros, el visor bajado ocultando el rostro, andaba impaciente de un lado a otro.
                El director no debe tardar. Mientras tanto, le vamos a enseñar nuestras instalaciones, dijo José, tan pronto bajaron de la ambulancia. Vamos a empezar por la enfermería.
                Paiva caminó por el pasillo, ahora acompañado también por dos enfermeros. Cuando llegaron a la pequeña enfermería se quedó impresionado con la limpieza del lugar, de la misma manera que había admirado antes la inmaculada blancura del uniforme de los enfermeros. Desde la muerte de su mujer, erala primera vez que se sentía plenamente feliz. En ese momento, los dos enfermeros lo sujetaron y lo colocaron amarrado en una camilla. Sorprendido, asustado, Paiva ni siquiera alcanzó a reaccionar. Le pusieron una inyección en el brazo. ¿Qué…? Logró decir, pero no terminó la frase.
                Le quitaron toda la ropa y lo llevaron en la camilla a un baño. Allí le lavaron todo el cuerpo y lo esterilizaron. A continuación, Paiva fue llevado en un quirófano donde lo estaban esperando dos hombres con bata, guantes y mascarillas. Lo colocaron en la mesa de cirugía y enseguida lo anestesiaron. Un enfermero llevó de inmediato al laboratorio de al lado la sangre que le sacaron del brazo.
                ¿Qué es lo que se puede aprovechar de éste?, preguntó uno de los enmascarados, la voz ahogada por la tela que le cubría la boca. De seguro las córneas, contestó el otro, después comprobamos si el hígado y los pulmones están en buenas condiciones; uno nunca sabe.

                Quitaron las córneas y las pusieron en un recipiente. Enseguida destazaron el cuerpo de Paiva. Tenemos que trabajar rápido, dijo uno de los enmascarados, el motociclista espera para llevar los pedidos.

martes, 24 de marzo de 2009

Katherine Mansfield (Nueva Zelanda, 1888-1923)

La Dicha


Aunque Bertha Young tenia ya treinta años aún había mo­mentos como estos en Ios que deseaba correr en vez de caminar, subir y bajar el cordón de la vereda con un de paso baile, hacer rodar un aro, arrojar algo al aire para recogerlo otra vez o quedarse quieta y reírse de... nada... plenamente de nada.
¿Qué se puede hacer si uno tiene treinta años y, al doblar la esquina de la propia calle, se ve repentinamente invadido por una sensación de dicha... de dicha absoluta... como si de pronto se hubiera tragado uno un buen trozo de ese sol del crepúsculo y le estuviera quemando el pecho, esparciendo una lluvia de chispas en cada partícula, en cada dedo de la mano y del pie?... Oh, ¿acaso no hay modo de expresarlo sin que a uno lo usen de estar "en estado de ebriedad o extrema agitación?". ¡Qué estúpida es la civilización! ¿Para qué se nos un cuerpo si hay que mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera un violin único y valioso?
"No, eso del violín no es exactamente lo que quiero decir", pensó ella mientras subía corriendo los peldaños y tanteaba en la cartera en busca de la llave, que como de costumbre se había olvidado, así que tuvo que llamar hacie­ndo repiquetear la tapa del buzón. "No es eso lo que quiero decir porque..."
—Gracias, Mary —dijo, entrando en el vestíbulo—. ¿Ha regresado la niñera?
—Si, señora.
—¿Y han traído la fruta?
—Si, señora. Han traído todo.
—Traiga la fruta al comedor, por favor. La acomodaré antes de subir.
El comedor estaba sombrío y bastante helado. Pero de todos modos Bertha se despojó del abrigo, no podía tolerar ni un momento más la sensación de sentirse oprimida, y aire frío cayó sobre sus brazos.
Pero en su pecho subsistía aún ese lugar brillante y reluciente -esa lluvia de chispas que emergía de su interior. Era casi intolerable. Apenas si se atrevía a respirar por temor de avivar el fuego, y sin embargo respiraba profunda, profundamente. Apenas si se atrevía a mirarse en el frío espejo... pero sí miró, y el espejo le devolvió una muier radiante, de labios sonrientes y temblorosos, ojos grandes oscuros y un aire de estar a la escucha, a la espera de que sucediera algo... divino ... algo que ella sabía que cedería... infaliblemente.
Mary trajo fa fruta en una bandeja, junto con un cuenco cristal y un plato azul, muy hermoso, que tenía un reflejo extraño, como si lo hubieran sumergido en leche.
—¿Enciendo la luz, señora?
—No, gracias. Puedo ver muy bien.
Había mandarinas y manzanas moteadas con el rosa de las fresas. Algunas peras amarillas, tersas cono la seda, unas uvas blancas cubiertas por un reflejo plateado y un gran racimo de uvas rojas, casi púrpura, que había comprado para que hicieran juego con la nueva alfombra del comedor. Si, eso sonaba bastante absurdo y rebuscado, pero por eso las había comprado. En la frutería había pensado: "Debo comprar unas uvas púrpura para que la alfombra suba hasta la mesa". Y en ese momento le habla parecido absoluta­mente sensato.
Cuando terminó de acomodarlas y hubo hecho dos pirá­mides con las formas brillantes y redondeadas, se alejó de la mesa para contemplar el efecto... y era realmente cu­rioso. Pues la oscura mesa parecía diluirse en el aire en penumbras y el cuenco de cristal y el plato azul quedaban flotando en el aire. Por supuesto que esto, en su estado de ánimo actual, era tan increíblemente hermoso... empezó e reir.
—No, no. Me estoy poniendo histérica.
Y recogió su cartera y corrió escaleras arriba al cuarto de su niña.
La niñera estaba sentada ante una mesa baja dándole la Cena a la pequeña Bertha tras haberla bañado. La nena llevaba puesto un camisoncito de franela blanca y un saco de lana azul y su pelo oscuro y fino estaba peinado hacia atrás en un rizo muy cómico. Cuando vio a su madre em­pezó a saltar.
—Ahora, queridita, come como una niñita buena —dijo la niñera, apretando los labios de un modo que Bertha co­nocía muy bien, y que significaba que ella había elegido otra vez un mal momento para entrar el cuarto.
—¿Ha sido buena, Nanny?
—Se ha portado maravillosamente toda la tarde —susurró Nanny—. Fuimos al parque y yo me senté y la saqué del cochecito y vino un perro enorme que apoyó la cabeza en mis rodillas y ella le agarró las orejas y se las tironeó. IOh, tendría qua haberla visto!
Bertha quería preguntar si no era peligroso dejarla tironear las orejas de un perro. Pero no se atrevió. Se quedó mirándolas con las manos caídas, como si fuera una niñita pobre frente a la rica niñita que tiene la muñeca.
La nena levantó nuevamente la mirada y observó a su madre, y luego le sonrió de un modo tan encantador que Bertha no pudo evitar gritar:
—¡Oh! Nanny, déjeme terminar de darle la cena mientras usted ordena las cesas del baño!
—Señora, la niña no debe cambiar de manos mientras está comiendo —dijo Nanny, aún susurrando—. Eso la inquieta, se trastorna fácilmente.
Qué absurdo era todo. ¿Para qué tener un niño si hay que mantenerlo —no en un estuche como un violin único y valioso— en dos brazos de otra mujer?
—¡Oh, quiero hacerlo!
Muy ofendida, Nanny le entregó la nene.
—Ahora bien, no la excite después de la cena. Usted sabe que siempre lo hace, señora. ¡Y después me da tanto trabajo!
¡Gracias a Dios! Nanny salió de la habitación con las toallas.
—Ahora sí que te tengo sola para mí, preciosa —dijo Bertha mientras la niña se apretaba contra ella.
Comía con deleite, tendiendo los labios hacia la cuchara y agitando después las manitos. A veces no soltaba la cu­chara; y otras, en el momento en que Bertha la tenía llena, desparramaba el contenido a los cuatro vientos.
Cuando terminó la sopa Bertha se volvió hacia la chimenea.
—¡Eres hermosa... hermosa! —le dijo, besándola—. Te quiero mucho. Me gustas.
Y sin duda amaba tanto a la pequeña Bertha... el cuello de la niña cuando se agachaba, los exquisitos dedos de sus pies que se hacían casi transparentes con el reflejo del fuego... que otra vez sintió ese sentimiento de dicha, y otra vez tus incapaz de expresarlo, otra vez se quedó sin saber qué hacer con él.
—La llaman por teléfono —dijo Nanny, regresando con aire de triunfo para alzar a su pequeña Bertha.
Voló abajo. Era Harry.
—¿Eres tú, Ber? Mira, llegaré tarde. Tomaré un taxi y estaré allí lo más pronto posible pero retrasa diez minutos, la cana... ¿lo harás? ¿De acuerdo?
—Si, perfectamente. ¡Oh, Harry!
—¿Si?
¿Qué podia decirle? No tenia nada que decirle. Sólo quería estar un momento en contacto con él. No podía gritar absurdamente: "¿No ha sido un día divino?"
—¿Qué querías? —repitió la vocecita lejana.
—Nada. Entendu. —dijo Bertha y colgó el receptor, pen­aando que la civilización era más que estúpida.
Tenían gente a cenar. Los Norman Knight —una pareja muy sólida; él estaba por abrir un teatro y ella era extraordinariamente hábil como decoradora de interiores—, un hombre joven, Eddie Warren, que acababa de publicar un librito de poemas y al que todo el mundo estaba invitando a cenar, y un "hallazgo" de Bertha, una mujer llamada Pearl Fulton. Bertha no sabia qué hacia la señorita Fulton. La había encontrado en el club y Bertha se habla enamorado de ella, como lo hacía siempre de las mujeres algo extrañas.
Lo más estimulante e intrigante era que, aunque se habían encontrado varias veces y habían hablado mucho, Bertha aún no podia desentrañarla. Hasta un cierto punto la señorita Fulton era rara y maravillosamente franca, pero ese cierto punto estaba allí y Bertha no podia ir más alla.
¿Habia algo más allá? Harry decía: "No". Decía que era opaca y “fría como todas las rubias, con un toque, quizá, de anemia cerebral". Pero Bertha no estaba de acuerdo con él, al menos, no todavía.
—No, Harry, ese modo de sentarse con la cabeza ligeramente ladeada oculta algo, y debo averiguar qué es ese algo.
—Lo más probable es que sea un buen estómago —dijo Harry.
Siempre le tomaba el pelo a Bertha con respuestas de esa clase..." el hígado helado, querida'', "pura flatu­lencia", o "alguna enfermedad renal"— y así por el estilo. Por algún extraño motivo a Bertha le gustaban sus respuestas, y casi lo admiraba por ellas.
Fue a la sala y encendió la chimenea, después recogió los almohadones uno por uno, los mismos que Mary habla dispuesto tan cuidadosamente, y los arrojó sobre las sillas y los divanes. Todo cambió, la habitación pareció cobrar vida. Cuando estaba a punto de arrojar el último se sorprendió al encontrarse abrazándólo con pasión, con pasión. Pero no extinguió el fuego de su pecho. ¡Oh, no, por el contrario!
Las ventanas de la sala se abrían sabre un balcón que daba al jardín. En el otro extremo del jardín, junto a le tapia, habla un peral alto y esbelto, en plena floración: se erguía perfecto y calmado, recortado contra el cielo verde jade. Aún a la distancia, Bertha podía sentir que no tenía ni un capullo ni un pétalo marchito. Más abajo, en los canteros del jardin, unos tulipanes rojos y amarillos, cargados de flores parecían recostarse sobre la penumbra. Un gato gris cruzó el jardín arrastrando la panza, y otro negro, su sombra, lo siguió. Al verlos tan rápidos y decididos, Bertha se estremeció.
—¡Qué animales tan sigilosos son los gatos! -tartamudeó y se alejó de la ventana y se puso a caminar por la habi­tación.
¡Cómo olían los junquillos en la cálida habitación! ¿De­masiado intenso? Oh, no. Y sin embargo, se arrojó sabre un diván cubriéndose los ojos con las manos, como si no pudiera resistirlo más.
—¡Soy demasiado feliz ... demasiado feliz! —murmuró,
Y le parecía ver, flotando en sus pestañas, el adorable peral con sus enormes capullos como símbolo de su propia vida.
Realmente... realmente... lo tenía todo. Era joven. Ha­rry y ella estaban tan enamorados como siempre, y se lle­vaban espléndidamente y eran buenos camaradas. Tenía una niñita adorable. No tenían que preocuparse por el dinero. Tenían esta hermosa casa con jardín. Y amigos, amigos modernos e interesantes, escritores y pintores y poetas o gente de mundo... justo la clase de amigos que les gus­taba. Y además estaban los libros y la música, y había en­contrado una maravillosa modista, y este verano viajarían al extranjero, y la nueva cocinera hacia unas omelettes realmente soberbias . .
—¡Soy ridicula, ridícula!
Se levantó, pero se sentía coma embriagada, mareada. Seguramente sería la primavera.
Si, era la primavera. Ahora se sentia tan cansada que le costó trabajo subir a vestirse.
Un vestido blanco, una sarta de cuentas de jade, zapatos y medias verdes. La combinación no era casual. Ya había pensado en ella horas antes de quedarse en la ventana de la sala.
Su vestido crujió suavemente cuando fue al vestíbulo y besó a la señora Norman Knight, que estaba quitándose un abrigo tremendamente divertido, de color naranja y con toda una procesión de monos negros que formaban una franja en el ruedo y subían por el frente.
—... ¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué será tan obtusa la clase media, tan carente de sentido del humor! Querida mía, estoy aquí simplemente por casualidad... porque Norman ha sido mi protector. Pues mis queridos monos han trastornado tanto al tren que todo el mundo me comía con los ojos. No se reían... no les hacía gracia, eso me hubiera gustado. No, sólo me miraban fijo, y eso me aburrió tre­mendamente.
—Pero lo mejor de todo fue —dijo Norman, calzándose un monóculo con armazón de carey—... no te importa si lo cuento, ¿verdad, Face? (En su casa y entre amigos se llamaban Face y Mug). Lo mejor de todo fue cuando ella, que ya estaba harta, se dirigió a la mujer que estaba a su lado y le dijo: "¿nunca antes ha visto un mono?"
—¡Oh, sí! —dijo la señora Norman Knight riéndose a las carcajadas—. ¡Esa si que fue lo mejor!
Y lo más divertido era que ahora que se había quitado el abrigo, la señora Knight parecía un mono inteligentísi­mo... que se había hecho su vestido amarillo con cáscaras de bananas. Y sus aretes de ámbar parecían dos pequeñas nueces colgantes.
—Esto es triste, muy triste —dijo Mug, deteniéndose ante el cochecito de la pequeña Bertha—. Cuando hay un coche de bebé en el vestíbulo... —y dejó su cita inconclusa.
Sonó el timbre. Era el delgado y (como siempre) pálido Eddie Warren, en un estado de aguda angustia.
—¡Es esta la casa, verdad? —rogó.
—Oh, eso creo... eso espero —dijo brillantemente Bertha.
—He tenido la más espantosa experiencia con un taxista, era verdaderamente siniestro. No podia hacer que se datuviera. Cuanto más golpeaba yo el cristal para avisarle; tanto más rápido iba él. A la luz de la luna era una figura gro­tesca con esa cabeza achatada inclinada sobre el volante...
Se estremeció, quitándose al mismo tiempo una inmensa bufanda de seda. Bertha advirtió que también sus mediae eran blancas ... un detalle encantador.
—¡Pero qué horrible! —gritó.
—Sí que lo fue —dijo Eddie, siguiéndola a la sala—. Ya me veía rodando hacia la Eternidad en un taxi sin marcador.
Ya conocía a los Norman Knight. En realidad, iba a, es­cribir una obra de teatro para N. K. cuando se pusiers en marcha su teatro.
—Bien, Warren... ¿cómo anda la obra? dijo Norman Knight dejando caer su monóculo y dándole a su ojo la oportunidad de salir a'la superficie antes de volver a quedar atrapado detrás del cristal.
Y la senora Knight dijo:
—Oh, señor Warren, ¡qué feliz elección la de sus medias!
—Estoy tan complacido de que le gusten —dijo Warren mirándose los pies—. Parecen haberse vuelto muchísimo más blancas desde que salió la luna. Y volvió hacia Bertha su rostro delgado y apenado: —Pues sabrá usted que hay luna
—¡Estoy segura de que hay... a menudo... a menudo! —quería gritar ella.
Verdaderamente, Warren era un joven muy atractivo. Pero también Face lo era, encogida delante del fuego con sus cáscaras de banana, y también lo era Mug, que fumaba un cigarrillo y decía al sacudir la ceniza:
—¿Por qué se demora el novio?
—Ahí llega.
La puerta del frente se abrió y se cerró de un golpe. Harry gritó:
—Hola a todos. Bajo, en cinco minutos.
Y lo escucharon subir corriendo la escalera. Bertha no pudo evitar una sonrisa: sabía cuánto le gustaba a Harry hacer todas las cosas a gran velocidad, aunque, después de todo, ¿qué importaban cinco minutos más? Pero él fin­gía que importaban muchísimo. Y después se preocupba mucho de entrar en la sala con todo sosiego y deliberación.
Harry tenía un tremendo gusto por la vida. ¡Oh, cómo apreciaba Bertha esta característica! Y su pasión por la lucha... por buscar en todo lo que aparecía frente a él una prueba de su poder y su valor... también eso lo entendía Bertha. Aún cuando eso lo hiciera aparecer ocasio­nalmente ridículo ante cierta gente que no lo conocía bien... Porque había momentos en los que él presentaba batalla aunque no hubiera con quien... Ella habló y se, río y se olvidó verdaderamente hasta que él entró (tal como lo había Imaginado) de que Pearl Fultor aún no habla dado señales de vida.
—Me pregunto si la senorita Fulton no se habrá olvidado.
—No me extrañaría —dijo Harry—, ¿tiene teléfono?
—¡Ah, ahí llega un taxi! —y Bertha sonrió con ese ligero aire de propiedad que asumía siempre que sus descubrimientos femeninos eran nuevos y misteriosos—. Vive arriba de los taxis.
—Engordará mucho si lo hace —dijo Harry con frialdad, haciendo sonar la campanilla para que trajeran la cena—. Es un peligro que siempre corren las rubias.
—Harry, no sigas —advirtió Bertha, riéndose de él.
Otro momentito pasó, un momento de espera durante el cual allas se rieron y charlaron, un poco demasiado a gusto, un poco demasiado naturalmente. Y después entró la se­ñorita Fulton, toda de plateado, con una redecilla plateeda sujetando sus rubios cabellos, sonriendo y con la cabeza ligeramente ladeada.
—¿Llego tarde?
—No, en absoluto —dijo Bertha—. Adelante.
Y la tomó del brazo y todos pasaron al comedor.
¿Qué había en el roce de ese braze frío que podía avi­var... avivar... hacer arder... arder... el fuego de esa dicha con la que Bertha no sabia bien qué hacer?
La señorita Fulton no la miró, pero casi nunca miraba directamente a las personas. Tenía entrecerrados los pesados párpados y sobre sus labios flotaba, iba y venía, esa extraña semisonrisa, como si viviera escuchando más que viendo. Pero Bertha sintió de repente, como si entre ellas hubieran cruzado la más íntima de las miradas, como si se hubieran dicho: "¿También tú?", que Pearl Fulton, que revolvía la bella sopa roja en el plato gris, sentía exactamente lo mismo que ella estaba sintiendo.
¿Y los otros? Face y Mug, Harry y Eddie; sus cucharas subían y bajaban, se limpiaban la boca con las servilletas, partían el pan, manipulaban los tenedores y los cuchillos y hablaban.
—La conocí en el show Alpha... era una personita fantástica. No sólo se había cortado el pelo sino que parecía haberse quitado un trozo de piernas y brazos y cuello —y también un poco de nariz.
—¿No es ella la que está muy liée con Michael Oat? —¿EI que escribió. "El amor con dentadura postiza"?
—Quiere escribir una obra para mí. Un acto. Un hombre idea suicidarse. Expone todas las razones para hacerlo y para no hacerlo. Y justo cuando está a punto de decidir si lo hará o no... telón. No es mala idea.
—¿Cómo la llamará: "Dolor de estómago"?
—Creo que he visto la misma idea en una ravistita francesa, casi desconocida en Inglaterra.
No, ninguno de ellos compartía sus sentimientos. Pero eran encantadores ... encantadores y a ella le encantaba tenerlos allí ante su mesa, y darles comidas y vinos deli­ciosos. En realidad, ansiaba poder decirles lo deliciosos que eran, qué grupo tan decorativo formaban, cómo parecía que cada uno de ellos destacaba al otro y de qué modo la hacían acordar a una obra de Chejov.
Harry estaba disfrutando de su cena. Era parte de su... bien, no de su naturaleza exactamente, ni tampoco de su pose, sino de su ... algo.... eso de hablar de la comida y de regodearse por su "desvergonzada pasión por la blanca carne de langosta" y "por el verde de los helados de pistacho, verdes y fríos coma los párpados de las danzarinas egipcias."
Cuando él levantó la mirada y le dijo: "¡Bertha, este soufflé es admirable!", a ella poco le faltó para echarse a llorar como una niña.
Oh, ¿por qué sentía tanta ternura ante todo el mundo esta noche? Todo era bueno... estaba bien. Todo lo que sucedía parecía calmar otra vez la desbordante copa de su dicha.
Y aún subsistía, en la profundo de su mente, la imagen del peral. Se vería plateado ahora, bañado par la luz de la luna del pobre Eddie, plateado como la señorita Fulton, sentada allí haciendo girar una mandarina entre sus dedos tan pálidos que parecían irradiar luz.
Lo que no podía imaginarse ... lo más milagroso de todo, era de qué modo había podido adivinar, con tanta exactitud y tanta rapidez, el estado de ánimo de la señorita Fulton. Pues no tenia dudas de que lo había adivinado y... ¿ba­sándose en qué? En menos que nada.
"Creo que esto sucede muy, muy raramente entre muje­res. Nunca entre hombres", pensó Bertha. "Pero tal vez mientras esté preparando el café en la sala ella "me dé una señal".
No sabía qué quería decir con eso, y ni siquiera podía imaginar lo que sucedería después.
Mientras pensaba esto se veía charlar y reir. Tenía que hablar a causa de su tremendo deseo de reír.
"Debo reír o me moriré."
Pero cuando advirtió que Face tenía el hábito de llevarse la mano al escote, como si almacenara allí una sacreta provisión de nueces, Bertha tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no reírse demasiado.
Por fin la cena terminó.
—Vengan a ver mi cafetera nueva. Dijo Bertha.
—Sólo tenwmos cafetera nueva cada quince días —dijo Harry.
Esta vez fue Face quien la tomó del brazo, la señorita Fulton agachó la cabeza y las siguió.
El fuego de la sala se había convertido en ascuas rojas que parecían un titilante “nido de pichones de ave Fénix", como dijo Face.
—No enciendas la luz todavía. Es tan hermoso —dijo Face.
Y volvió a agacharse ante el fuego. Siempre tenía frío… "Sin su chaqueta de franela roja, por supuesto", pensó Bertha.
Y en ese momento la señorita Fulton le "dio la señal"…
—¿Tiene usted jardín? —preguntó la voz fría y somno­lienta.
Esto fue tan exquisito de su parte que Bertha sólo pudo obedecer. Cruzó la habitación, abrió las cortinas de un tirón y abrió los ventanales.
—¡Aquí está! — suspiró.
Y las dos mujeres permanecieron una al lado de la otra, contemplando el esbelto árbol en flor. Aunque todo estaba en calma, el árbol parecía extenderse y temblar en el aire brillante como la llama de una vela, creciendo a medida que lo contemplaban hasta casi tocar el borde de la luna redonda y plateada.
¿Cuánto tiempo permanecieron allí? Fue como si ambas estuvieran aprisionadas en ese círculo de luz sobrenatural, comprendiéndose mutuamente a la perfección, ambas cria­turas de otro mundo que se preguntaban qué hacían en éste con ese tesoro de dicha que ardía en sus pechos y que se derramaba en flores de plata de su pelo y de su manos.
¿Fue eterno o fue sólo un momento? ¿Y la señorita Ful­ton murmuré de veras: "Sí. Eso es", o Bertha simplemente lo soñó?
Después la luz se encendió de repente y Face hizo el Café y Harry dijo:
—Mi querida señora Knigttt, no me pregunte por mi hija. Jamás la veo. No sentiré el más mínimo interés por ella hasta que no tenga novio.
Y Mug dejó su ojo al aire y volvió a ocultarlo detrás del monóculo y Eddie Warren tomó su café y dejó la taza con una expresión de angustia tan intensa como si al beber hubiera visto una araña.
—Lo que quiero es darle una oportunidad a tos jóvenes. Creo que Londres está repleta de obras de primera sin escribir. Lo que quiero decirles a los jóvenes es: "Aquí tienen un teatro. Adelante."
—Sabes, querida, voy a decorarles un cuarto a los Jacob Nathan. Oh, estoy tan tentada de hacer un proyecto de pescado frito, con los respaldos de las sillas en forma de sartén y unas adorables patatas fritas bordadas en las cortinas...
—El problema de ustedes, los escritores jóvenes, es que son aún demasiado románticos. No se puede salir al mar sin marearse y, sin necesitar una palangana. Bien, ¿por qué no tienen el coraje de decirlo?
—Un horrible poema acerca de una muchacha violada por un mendigo sin nariz en un bosquecito...
La senorita Fulton se hundió en la silla más baja y más profunda y Harry ofreció cigarrillos.
Por el modo en que se paró frente a la señorita Fulton sacudiendo la caja plateada y diciendo abruptamente: "¿Egipcios? ¿Turcos? ¿De Virginia? Están todos mezclados, Bertha se dio cuenta de que no sólo lo aburría, en realidad, la mujer no le gustaba. Y por el modo en que ella le contestó: "No, gracias, no deseo fumar", Bertha advirtió que también ella se habia dado cuenta y se sentía herida.
"Oh, Harry, no te sientas disgustado con ella. Estás equi­vocado. Es maravillosa, maravillosa. Y además, ¿Cómo pue­des sentir algo así por alguien que significa tanto para mi? Esta noche, cuando estemos en la cama, trataré de contarte lo que ha ocurrido entre nosotras, lo que hemos com­partido."
Y con estas últimas palabras, algo extraño y casi ate­rrador cruzó por la mente de Bertha. Y ese algo ciego y sonriente le murmuró: "'Pronto se irá la gente. La casa quedará silenciosa... silenciosa. Se apagarán las luces. Y tú y él estarán solos en el cuarto a oscuras... en el !echo cálido...."
Bertha se levantó de un salto y corrió hacia el piano.
—¡Qué lástima que nadie sepa tocar! —gritó—. ¡Qué lás­tima que nadie sepa tocar!
Por primera vez en su vida, Bertha Young deseaba a su marido.
Oh, lo había amado... se había enamorado de él, por supuesto, en todos los otros aspectos, pero no en éste.
igualmente, por supuesto, había comprendido que él era diferente. Lo habían charlado tantas veces. AI principio se habia preocupado muchísimo por ser tan fria, pero al cabo de un tiempo el hecho parecía haber perdido importancia. Eran tan sinceros entre ellos, tan buenos camaradas. Eso era lo mejor de ser tan modernos.
Pero ahora lo deseaba... ¡ardientemente, ardientemente! ¡La palabra le dolía en todo su cuerpo ardiente! ¿En esto concluiría ese sentimiento de dicha? Pero entonces...
—Mi querida —dijo la señora Norman Knight—, sabes que por desgracia somos víctimas de trenes y horarios. Vivimos en Hampshire. Ha sido todo muy agradable.
—Los acompañaré hasta la puerta —dijo Bertha—. Me ha encantado ove vinieran, pero no deben perder el último tren. Es espantoso, ¿verdad?
—Knight, ¿no tomará un whisky antes de irse? —gritó Harry.
—No, gracias, viejo.
Agradecida por esto, Bertha le dio un pellizco al estre­charte la mano.
—Buenas nochos, buenas noches —gritó desde el último escalón, sintiendo que su viejo yo se despedía de ellos para siempre.
Cuando regresó a la sala todos los demás estaban a punto de partir.
—Entonces usted puede venir parte del camino conmigo, en mi taxi.
—Me agradará tanto no tener que enfrentarme con otro viaje solo después de mi horrible experiencia...
—Pueden conseguir un taxi en la parada que está al fi­nal de la calle. Sólo tienen que caminar unos metros.
—Eso si que es cómodo. irá a ponerme el abrigo.
La señorita Fulton se dirigía al vestíbulo y Bertha ya la seguía cuando Harry oasi la empujó a un lado y se ade­lantó:
—Permítame ayudarla.
Bertha supo que se arrepentía de su rudeza anterior, asi que no lo detuvo. En algunos aspectos era como un niño —tan impulsivo, tan... simple.
Y Eddie y ella se quedaron junto al fuego.
—Me pregunto si ha visto usted el nuevo poema de Bilks, llamado Table d'Hote —dijo con suavidad Eddie—. Es tan maravilloso. Está en Ia última antología ¿Tiene un ejemplar? Me gustaría tanto mostrárselo. Empieza con una linea increíblemente hermosa: "¿Por qué será siempre sopa de tomate?"
—Sí —dijo Bertha. Y se movió silenciosamente hacia una mesa enfrentada con la puerta de !a sala y Eddie se deslizó silenciosamente tras ella. Ella recogió un librito y se to entregó; ninguno habla hecho el menor ruido.
Mientras él buscaba el poema ella miró hacia el vestíbulo. Y vio... a Harry con el abrigo de la señorita Fulton en las manos y a la senorita Fulton de espaldas hacia él y con la cabeza gacha. El arrojó lejos el abrigo, puso sus manos sobre los hombros de ella y la hizo girar con vio­lencia. "Te adoro", dijeron sus labios, y la senorita Fulton apoyó sus dedos como rayos de luna en las mejillas de él y sonrió con su sonrisa somnolienta. Harry respiraba con esfuerzo, sus labios se curvaron en una horrible mueca cuando murmuró; "¿Mañana?", y la señorita Fulton contestó con un parpadeo: "Si".
—Aquí está —dijo Eddie—, "¿Por qué será siempre sopa de tomate?" Es tan profundamente cierto, ¿no cree? La sopa de tomate es tan espantosamente eterna.
Si lo prefieren —diijo la voz de Harry muy fuerte desde el vestíbulo—, puedo llamar un taxi por teléfono.
—Oh, no, no es necesario —dijo la señorita Fulton, acer­cándose a Bertha y entregándole sus esbeltos dedos.
—Adiós. Muchísimas gracias.
—Adiós —dijo Bertha.
La señorita Fulton retuvo un momento su mano.
—¡Su adorable peral! —murmuró.
Y después se fue, con Eddie detrás de ella, como el gato negro que seguía al gato gris.
—Bien, cerraré el negocio —dijo Harry, extravagantemen­te frío y compuesto.
"¡Su adorable peral... peral... peral!"
Bertha corrió hacia el ventanal.
—¡Oh! ¿Qué va a pasar ahora? –gimió.
Pero el peral estaba tan adorable y tan colmado de flo­res y tan quieto como siempre.

jueves, 12 de marzo de 2009

Tente-en-el-aire, de "Por si el recuerdo" de Alfredo Zitarrosa (Urgugay,1936-1989)

En estos cuentos, dolidos, dolorosos, Alfredo tiene el coraje de revelar sus adentros. Estas páginas hablan de fantasmas despiadados y de batallas perdidas. ...l no escribe para felicitarse, ni escribe por gustar, ni escribe por escribir; y yo le creo.
(Eduardo Galeano)


Tente-en-el-aire
Aquí son verde esmeralda. Los llamamos colibríes, picaflores, pájaros-mosca, tente-en-el-aire, o pájaros-joya. Son los enanos del mundo de las aves, apodiformes (clasificados sistemáticamente en esa forma, justamente porque reciben toda clase de apodos: joya-mosca-flor) y pertenecen a la familia de los troquílidos, que apenas alcanzan el tamaño de un abejón. Sus alitas vibran de setenta y cinco a cien veces por segundo, de modo que pueden permanecer inmóviles, si eso necesitan, aguardando la apertura de una flor o para capturar un pequeñísimo insecto. Curiosamente, los nuestros responden por sus características a los pigmeos entre los pigmeos de esta especie, casi idénticos a los llamados “sunsún de Cuba”, que miden menos de seis centímetros, de los cuales más de dos y medio corresponden al delgado pico y a la pequeña cola, formada por doce timoneras. En Cuba tienen la garganta carmesí; aquí no; su garganta es de un gris oscuro; pero por todo lo demás, por su pico negro, la parte superior del cuerpo y la cola azul-verde, son iguales, esta criaturas primaverales, a los colibríes cubanos, de verano eterno.
Me jacto de conocerlos mejor que muchos a estos animalitos y voy a decir por qué.
Alfredo Zitarrosa - Cuento: "Tente en el aire"
El jardincito era interior. Yo había alquilado el apartamento del fondo de una casona, donde vivía, solitario, no solo porque el dóberman era temible, sino porque, después de una segunda separación de mi mujer fabuladora –dicen que la tercera es la vencida-, quería tomarme mi tiempo para razonar, elaborar el porqué de nuestras desdichas padecidas. Exiliados, desexiliados, amándonos, necesitándonos, mi mujer y yo habíamos sido compañeros a pesar de carecer, ambos, de una familia sólida. Yo también fabulaba a veces, en particular cuando se trataba de hablar de mi pasado. Era como si ambos fuésemos pájaros pigmeos desde nacidos.
Los colibríes tienen un tronco minúsculo, pero, sin embargo muy fuerte: las patitas cortas, provistas con uñas idóneas, son capaces de agarrarse a las más pequeñas rugosidades. Creo que así vivimos, mi ex –mujer y yo, durante años, posándonos cada uno en el otro, alternativamente, en las finas grietas de nuestras almas respectivas que se amaron entre remotos dolores durante casi veinte años. El apartamento que yo alquilaba, mientras aguardaba una tercera oportunidad –ella tal vez ya no-, tenía una puerta de hierro con doble traba, porque había sido depósito de zapatos. Caros, zapatos caros, de artesanía. Y tenía un porchecito, recubierto, como forrado finamente por una santarrita bermeja. Ese septiembre, yo había descubierto, colgado brevemente de un gajo grueso, cierto nido minúsculo del tamaño de una ciruela, al que acudían, zumbando, y en horas desparejas, colibríes. Estaba frente a la puerta el pequeño nido, que los primeros días me parecía ser algo así como un fruto de la enredadera. Hasta que comprendí que era un nido escondido, disimulado, inverosímil, comparado con los de cualquier otro pájaro.
María Jimena y yo, una noche, después de analizar nuestras vidas durante tres horas o más, decidimos que no había una vencida, una tercera oportunidad. Nuestras hijas iban a quedar a su cargo, yo me comprometía a pasarle una pensión alimenticia, la casa adquirida iba a quedar a su nombre, yo resignaba mi parte asumiéndome como arrendatario, ella a su vez dijo quererme bien, desearme lo mejor, etc. pero el caso es que allí, esa madrugada, yo comprendí que la santarrita no fructifica en nidos, sino que es una planta trepadora, que se adorna a sí misma, con flores carmesí.
Esa noche de nuestra despedida con María Jimena, no pude dormir. A las seis de la mañana preparé el mate, abrí la puerta de hierro, encendí la grabadora para escuchar ciertos sonidos previos al hundimiento definitivo de mis mejores recuerdos, y mientras en la grabadora sonaban aquellas cosas registradas la víspera, escuhé “zzzzz....”, “zzzz”... Eran los colibríes. Octubre. Iban y venían y eran dos. Por aquella capsulita torda, mimetizada con la enredadera, asomaban dos piquitos negros que nunca había visto. Macho y hembra, padre y madre, iban y venían de las flores al nidito, deteniéndose incomprensibles para inyectar néctar en aquellos piquitos minúsculos. Suspendí a Eric Satie, que sonaba a mi gusto esa mañana, me bañé, me vestí y salí en la bicicleta, encargándole al dóberman, como si pudiera entenderme, que cuidase aquel nido. Había dejado abierta la puerta de hierro y la radio encendida. No podía sacarme a mi mujer de la cabeza. Pedaleé toda la mañana, hasta agotarme. Almorcé en un pequeño balneario de la cosa de Canelones y emprendí el regreso.
Con muy bajo volumen en la radio sonaba la “Patética” y en la habitación contigua a la salita un zumbido estridente, como el de un abejorro, se interrumpía, sonaban los cristales de la ventana cerrada como si alguien arrojase piedrecitas, y recomenzaba, penetrante, acompañado de un “¡¡zzzzzz!!”... “¡¡zzzzzz!!” yo diría de desesperación. Era uno de los colibríes, que sin duda había entrado por la puerta y no acertaba a encontrar la salida. Por lo demás, los techos muy altos quedaban por lo menos a un metro y medio de los dinteles y el animalito solo atinaba a subir, volar en círculos y estrellarse contra la claridad de la ventana. ¿qué podía hacer yo por él? Pensé en esos embudos de tul para cazar mariposas. Pero ¿dónde hallar semejante cosa antes de que el pajarito se matara?
Se me ocurrió arrimar un taburete a la puerta de entrada y desde allí, trepado de modo que mi cabeza quedaba un poco más arriba del marco de la puerta, más o menos a la altura por la que volaba el piclaflor, con la mano derecha cerrada a la altura del pecho de modo que solo quedaba extendido el dedo índice, empecé a imitar sus “¡¡zzzzzz!!”, agregándoles breves íes que sólo expresaban mi propia angustia. Fueron apenas unos segundos. El pajarito voló hacia mí, bajó, se posó en mi dedo índice y salió disparado por la puerta, chillando de alegría. Su pareja acudió de inmediato y sosteniéndose, quietos, vibrando en el aire bajo el tibio sol, los vi besarse.
Y digo que sé de colibríes más que muchos, porque no creo que mucha gente haya tenido a uno de ellos, posado en su dedo índice, siquiera por un brevísimo instante. Su peso era el de un alma.

de Por si el recuerdo,Trilce, 1988.
Alfredo Zitarrosa

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domingo, 1 de marzo de 2009

Leila Guerriero (Junín, 1967)

La sala no es muy grande y está en penumbras. Unas veinte personas permanecen en silencio. No toman notas: miran. No cuchichean: miran. Un dedo de luz galáctica brota de un proyector y se estrella en la pantalla que tiembla como un párpado flojo. Allí, en la pantalla, un hombre joven y otro no tan joven tocan el piano. O mejor: el hombre joven toca una sonata de Beethoven y, cada tanto, el hombre no tan joven lo interrumpe y dice cosas como ésta: "El primer sonido es importante: es el que rompe el silencio, y debe quedar muy claro cuándo termina el silencio y cuándo comienzas tú". Entonces el hombre joven vuelve a tocar y la primera nota ya no es una nota sino una sustancia venida de otro mundo que se clava en las encías de las paredes mudas y las hace añicos. 


En la sala no muy grande y en penumbras todos continúan en silencio. No toman notas: miran. No cuchichean: miran. En la pantalla, el pianista joven arremete con otro pasaje y el no tan joven interrumpe y dice: "Ten cuidado: debes obtener un sonido que no sea sólo color, sino también sustancia". Entonces el pianista joven vuelve a tocar y las notas son pequeños ríos radiactivos que se hinchan bajo sus dedos: mundos con respiración y muerte y luz y oscuridades.

En la sala no muy grande y en penumbras todos continúan en silencio cuando el pianista joven emprende un crescendo y el no tan joven le dice que no, que así no, que debe "tener el coraje de hacer el crescendo como si fueras a saltar y, en el último momento, como en el precipicio, no saltas". Pero, entonces, en la sala en penumbras, un hombre se remueve, incómodo, y murmura algo que es claramente una queja y dice que no entiende:

-No entiendo -dice.

Porque él es periodista y está allí -dice- para hacer un seminario de escritura creativa y periodismo, y no entiende -dice- qué tiene que ver esto con el periodismo, donde esto quiere decir la música: eso que sucede en la pantalla: una clase magistral del músico argentino Daniel Barenboim. Una clase que el hombre no entiende.

-No entiendo cómo algo de todo esto puede servirme para escribir mejor -dice- y se levanta, dos grados por encima de la indignación; y empieza a irse, enfurecido por la pérdida de tiempo; y se va, iracundo porque a quién se le ocurrió; y desaparece, embravecido porque esto es periodismo: porque esto es periodismo y entonces ritmo y entonces tono y entonces forma no aportan, a lo que se dice, nada. Porque esto es periodismo y no hay diferencia entre romper el silencio de una página con una sustancia gris o con un tajo inolvidable. Porque esto es periodismo y tampoco hay relación entre el coraje necesario para tocar un crescendo y el que hace falta para guiar a un lector hacia el centro donde, como una angustia lejana, como una enfermedad antigua, late la semilla de una historia. Porque esto es periodismo y, entonces, da lo mismo escribir un texto herido -un río de sustancia radiactiva- o unos cuantos párrafos retráctiles: viscosos. Porque esto es periodismo y no hay por qué tomarse todo ese trabajo si se puede -con menos sudor, con menos riesgo- ser un notario.

No un periodista: un funcionario de la prosa.

 

CRÓNICAS-Música y Periodismo, Leila Guerriero

Publicado en Babelia, Suplemento del diario El País, el 30/08/2008