sábado, 21 de abril de 2007

F. S. Fitzgerald

Uno de mis viejos amigos


Marion se había sentido feliz toda la tarde. Vagaba de una habitación a otra del pequeño apartamento, entrando en el cuarto de los niños para ayudar a la niñera a darles de comer con cucharas chorreantes o leyendo a ratos en su nuevo sofá, el objeto más extravagante que habían comprado en cinco años de matrimonio.


Cuando oyó los pasos de Michael en el vestíbulo, levantó la cabeza y prestó atención; le gustaba oírle caminar, siempre con cuidado, como si los niños estuvieran durmiendo muy cerca.


—Michael.


—Ah, hola. —El entró en la habitación; era un hombre alto, fuerte y delgado, de treinta años, con frente amplia y unos ojos negros y tiernos—. Tengo que contarte algo—dijo en seguida—. Charley Hart se va a casar.


—¡No!


El reafirmó con la cabeza.


—¿Con quién?


—Con una de las chicas del pueblo.—Titubeó—. Llega mañana a Nueva York y creo que deberíamos hacer algo por ellos mientras estén aquí. Charley es uno de mis más viejos amigos.


—Invitémoslos a cenar...


—Me gustaría hacer algo más —la interrumpió él—. Quizás ir al teatro.—Volvió a titubear—. Sería un bonito gesto hacia él, ¿me entiendes?

—Muy bien—asintió Marion—. Pero no debemos gastar mucho. Y no creo que estemos obligados

El la miró sorprendido


—Quiero decir—siguió Marion—que últimamente hemos visto poco a Charley. En realidad, no lo vemos casi nunca.


—Bueno ya sabes cómo son las cosas en Nueva York—explicó Michael, en tono de disculpa—. Está tan ocupado como yo. Ahora es muy conocido y supongo que lo buscan continuamente


Siempre hablaban de Charley Hart como de su más viejo amigo. Cinco años atrás, al casarse Michael y Marion, habían llegado los tres juntos desde la misma ciudad del Oeste. Durante más de un año lo habían visto casi todos los días, sin evitar que se enterara de una sola disputa doméstica del más mínimo vaivén de sus sueños y esperanzás. Su aparición en los momentos de dificultad siempre otorgaba a la situación un giro agradable y humorístico.


Claro que los críos habían abierto una brecha y ahora hacía varios años que no llamaban a Chariey a medianoche para anunciarle que se había roto la tubería o se les estaba cayendo el techo sobre la cabeza. Pero la separación había sido tan gradual que Michael aún hablaba de Charley con el orgullo de alguien que ve a un amigo todos los días Durante un tiempo, Charley había cenado con ellos una vez por mes y los tres tenían mucho que contarse, pero los encuentros ya no terminaban con un «Te telefonearé mañana». Por el contrario, se oía un «Tendrás que venir a vernos más a menudo» o incluso después de tres o cuatro años, un «Nos veremos prónto».


—Oh, tengo muchas ganas de organizar una fiesta íntima—dijo Marion mirando a su alrededor especulativamente—. ¿Habéis hablado de alguna fecha en concreto?


—La semana que viene. —Los ojos oscuros de él escrutaron vagamente el suelo—. Podemos quitar las alfombras o algo así.


—No —sacudió ella la cabeza—. Daremos una cena para ocho personas, muy formal, y después jugaremos a las cartas.


Ya estaba pensando a quién podía invitar. Por supuesto que Charley, siendo artista, seguramente veía todos los días a gente interesante.


—Podemos llamar a los Willoughby —sugirió, poco convencida—. Ella es actriz, o algo por el estilo... Y él escribe para el cine.


—No, no me parece —objetó Michael—. Debe ver a gente como ésa todos los días en el almuerzo y la cena, y ya no podrá soportarlos. Además, fuera de los Willoughby, ¿a quién más conocemos como ellos? Se me ocurre algo mejor. Reunamos alguna gente que haya llegado aquí desde el mismo sitio. To do s han se gui do l a c arre ra de Charley y p rob ab l emente les gustaría volver a verlo. Me gustaría que comprobaran que la fama no lo ha echado a perder y que sigue siendo una persona humilde.


Después de discutir un rato se pusieron de acuerdo y Marion llamó por teléfono al primer invitado.


—Es para conocer a la novia de Charley Hart —explicó—. Charley Hart, el artista. Es uno de nuestros más viejos amigos, ¿sabes?


A medida que avanzaban los preparativos aumentaba su entusiasmo. Alquiló una camarera para que el servicio fuese impecable y convenció a la florista del vecindario para que le hiciera personalmente los adornos florales. Toda la gente «de su tierra» había aceptado con mucho gusto y el número de invitados había llegado a la docena.


—¿De qué hablaremos, Michael? —preguntó, inquieta, la víspera de la fiesta—. Imagina que todo sale mal y la gente se enfada y se va a su casa...


El se rió.


—No pasará eso. Ten en cuenta que todas estas personas se conocen.


El teléfono hizo notar su presencia sobre la mesa y Michael contestó.


—Diga. Ah, hola, Charley@


Marion se quedó rígida en su silla.


—¿De verdad? Bueno, lo siento mucho. Lo siento muchísimo... Espero que no sea nada grave.


—¿No puede venir?—exclamó Marion, sin poder evitarlo.

—Chitón—siseó él, y después, al teléfono—: Lo siento, de veras, Charley. No, para nosotros no es ningún problema. Sólo sentimos que estés enfermo.

Michael colgó con un gesto tétrico.


—La Lawrence tuvo que marcharse a su casa anoche y Charley está en cama con un cólico.


—¿Entonces no puede venir?


—No puede.


El rostro de Marion se contrajo repentinamente y se le llenaron los ojos de lágrimas.


—Dice que el médico estuvo todo el día con él —explicó Michael—. Tiene fiebre y ni siquiera querian deJarlo hablar por teléfono.


—¿Y a mí qué me importa?—sollozó Marion—. Me parece horrible. Después de invitar a todos esos amigos para que le vieran...


—La gente no puede evitar caer enferma


—Sí que puede —protestó ella, sin ninguna lógica—. Hay maneras de evitarlo. Y si la chica se fue anoche, ¿por qué no nos lo dijo?


—Dijo que se marchó inesperadamente. Hasta ayer por la tarde estaban seguros de venir los dos.


—Creo que no le importa un comino. Apuesto a que se ha alegrado de caer enfermo. Si le importara la hubiera traído hace mucho tiempo para que lá conociéramos.


De pronto se levantó


—Te diré una cosa—se dirigió a él con vehemencia—. Lo que haré será telefonear a todo el mundo y decirles que se ha suspendido la fiesta.


—No, Marion...


Pero a pesar de sus tibias protestas, ella descolgó el teléfono y empezó a buscar el primer número.


Al día siguiente, compraron entradas para el teatro can la esperanza de colmar el vacío que acarrearía la noche. Cuando a las cinco la florista a la que nada se le había dicho, se presentó con cajas de flores, Marion se echó a llorar y tuvo la sensación de que debería escaparse de casa para evitar los fantasmas que iban a poblarla. Comieron en silencio una sofisticada cena compuesta por todo lo que habían comprado para la fiesta.


—Son sólo las ocho —dijo Michael cuando terminaron—. Pienso que quedaría bien pasar a ver a Charley un minuto, ¿no te parece?


—Pues no—respondió Marion, asombrada—. No se me hubiera ocurrido.


—¿Por qué no? Si está muy enfermo, me gustaría saber si lo cuidan bien.


Ella se dio cuenta de que ya lo había decidido, de modo que se hizo a la idea y fueron en taxi hasta un alto edificio de apartamentos en Madison Avenue.


—Entra tú—dijo Marion, nerviosa—. Será mejor que yo te espere aquí.


—Ven, por favor.


—¿Para qué? Estará en cama y no querrá que entren mujeres.


—Pero se alegrará al verte. Lo animarás. Y sabrá que no estamos enfadados por lo de esta noche. Cuando llamó, parecía terriblemente deprimido.


La hizo bajar del taxi.


—Quedémonos un minuto, nada más —susurró, tensa, mientras subían en el ascensor—. La obra empieza a las ocho y media.


—La puerta de la derecha ~~liju el ascensorista.


Tocaron el timbre y esperaron. La puerta se abrió y entraron en el gran estudio de Charley Hart.


Estaba lleno de gente- una larga mesa alumbrada por lámparas y adornadá con helechos y rosas frescas había sido dispuesta de punta a punta, y el aire ligeramente humeante estaba invadido por un mur mullo de risas y palabras. Veinte mujeres sentadas a un lado, vestidas de noche, charlaban a través de las flores con veinte hombres cn medio de un júbilo nacido del chispeante borgoña que se derramaba desde las botellas en las copas heladas. En una zona de la alta y estrecha galería que rodeaba la sala, un cuarteto de cuerdas tocaba algo de Stravinsky en una clave que se adecuaba al tono de voz de las mujeres y llenaba el aire como un vino musical.


La puerta había sido abierta por un camarero que se hizo a un lado con deferencia para dar paso a los que consideró dos huéspedes retrasados, y de inrnediato un buen mozo que ocupaba la cabecera

de la mesa se levantó, servilleta en mano para quedarse paralizado al mirar a los advenedizós. La conversación se disolvió en un semisilencio y todos los ojos, tras los de Charley, miraron a la pareja que acababa de entrar. Luego, como si se hubiera roto el hechizo, la conversación volvió a desatarse y cobró intensidad palabra por palabra. El momento había terminado.

—¡Vámonos!


El susurro bajo y aterrado de Marion le llegó a Michael desde un hueco, y por un instante se creyó poseído por la ilusión de que, después de todo en la sala no había nadie más que Charley. Luegó se le aclararon los ojos y descubrió que había mucha gente. ¡Nunca había visto tanta! La música se convirtió súbitamente en un tumulto de metales, y un vendaval desatado por las trompetas pareció acometerlos. Sin volverse, los dos retrocedieron ciegamente hasta el pasillo y cerraron la puerta al salir.


—¡Marion. . . !


Había corrido hasta el ascensor y tenía un dedo apretado contra el timbre, cuyo sonido resonaba en todo el pasillo como una nota aguda perteneciente a la música de dentro. De pronto se abrió la puerta del apartamento y Charley Hart salió al pasillo.


—¡Michael! —gritó—. ¡Michael y Marion, quiero explicaros! Entrad. Os digo que quiero explicaros.


Hablaba con ansiedad, con el rostro enrojecido y la boca dando forma a una o dos palabras que no lograban materializarse.


—Date prisa, Michael —di jo tensamente la voz de Marion, desde la puerta del ascensor.


—¡Dejad que os explique! —gritó Charley con desesperación—. Quiero...


Michael se apartó de él- llegó al ascensor y la puerta se abrió con un siséo metálico.


—Actuáis como si hubiese cometido un crimen —Charley seguía a Michael por el pasillo—. ¿ No podéis comprender que todo es un accidente?


—Muy bien—murmuró Michael—. Lo comprendo.


—No, no lo comprendes.—La voz de Charley se elevó, exasperada. Se estaba enfureciendo con ellos,


como en un esfuerzo para justificar su propia e intolerable posición—. Os marcháis enfadados cuando os acabo de pedir que os quedéis. ¿Para qué habéis venido si no os vais a quedar? ¿ No. . . ?


Michael entró en el asccnsor.


—¡Abajo, abajo! —grito Marion—. ¡Oh, quiero bajar, por Javor!


La puerta se cerró.


Le indicaron al taxista que los llevara directamente a su casa; ninguno de los dos hubiera podido soportar la función tcatral. En el camino, Michael hundió su cara en las manos e intentó convencerse de que la amistad quc tanto había significado para él había terminado. Ahora se daba cuenta de que había concluido tiempo atrás, que durante el último año Charley no había buscado la compañía de ellos ni una vez, y el impacto de:l descubrimiento era más fuerte que el de la afrenta rccibida.


Cuando llegaron a su apartamento, Marion, que no había pronunciado en cl taxi una sola palabra, entró en la sala y obligó a su esposo a sentarse.


—Voy a contarte algo que deberías saber—empezó—. Probablemente nunca lo habría hecho de no haber sido por lo que ha sucedido esta noche. Pero ahora creo que tienes que oír la historia entera. —Dudó un momento—. En primer lugar, Charley Hart no era amigo tuyo en absoluto.


—¿Qué?


El la miró, estupefacto.


—Que no era amigo tuyo—repitió ella—. Durante años lo fue. Era amigo mío.


—Bueno, Charley era...


—Sé lo quc vas a decir: que Charley era amigo de los dos. Pero no es cicrto. No sé qué sentía por ti al principio, pero de jó de ser amigo tuyo hace tres o cuatro años.


—Bien—los ojos de Michael chispeaban de perplejidad—, si eso es vcrdad, ¿por qué pasaba con nosotros tanto tiempo?


—Por mí—dijo Marion con firmeza—. Estaba enamorado de mí.

—¿Qué?—Michael se rió incrédulamente—. Estás soñando. Sé que lo decía bromeando...

—No bromeaba—le interrumpió ella—. En el fondo no. Empezó haciendo chistes... y terminó pidiéndome que me escapara con él.


Michael frunció el ceño.


—Sigue—dijo tranquilamente—. Supongo que si no fuera verdad no mc lo contarías. Pero no parece real. ¿Así que de repente empezó a... a...?


Cerró la boca bruscamente, incapaz de emitir palabras.


—Empezó una noche, mientras los tres estábamos en un baile.—Marion vaciló—. Y al principio me gustaba. Tenía una capacidad especial para descubrir cosas: vestidos, sombreros, mis nuevos peinados. Era una buena compañía. Siempre se las ingeniaba para hacerme sentir importantc, en cierto modo, y atractiva. No vayas a creer que prefería estar con él que contigo. No era así. Sabía cuán absolutamente egoísta era y qué desaprensivo. Pero supongo que lo alentaba porque me hacía gracia. Era una faceta nueva de Charley y era divertida, como casi todo lo que hacía él.


—Sí—admitió Michael con un esfuerzo—. Supongo que era... cómicamente divertido.


—Al principio te seguía queriendo. No se le ocurria que pudiera estar traicionándote. No hacía más que obedecer a un impulso natural eso era todo. Pero unas semanas después empezó a éncontrarte en mcdio de su camino. Quiso llevarme a cenar sola y no pudo ser. Bueno, esa clase de situaciones se repitieron durante más de un año.


—¿Entonces qué pasó?


—No pasó nada. Empezó a dejar de visitarnos.


Michael se levantó lentamente.


—¿Quieres decir...?


—Espera un minuto. Si piensas un poco te darás cuenta de que no podía ser de otro modo. Cuando vio que yo intentaba calmar las cosas para que volviera a ser simplemente uno de nuestros más viejos amigos, se apartó. No quería ser uno de nuestros más vieJos amigos. Eso había terminado.


—Entiendo. ^,


—Bueno.—Marion se levantó y empezó a morderse nerviosamente el labio—. Esto es todo. Se me ocurrió que lo de esta noche te lastimaría menos si comprendías todo el asunto.


—Sí —respondió Michael con voz inexpresiva—. Supongo que tienes razón.


Michael atravesó una racha de prosperidad en sus negocios y al llegar el verano alquilaron una pequeña granja vieja en el campo, donde los niños jugaban todo el día en una intrincada extensión de hierba y árboles. El tema de Charley jamás fue mencionado durante esos meses y por fin llegó a convertirse en una sombra relegada a un rincón de sus mentes. A veces, justo antes de dormirse, Michael se sorprendía pensando en los momentos felices aue habían pasado los tres juntos cinco años atrás, pero entonces la realidad anulaba la ilusión y rechazaba los recuerdos con un malestar casi físico.


Un cálido atardecer de julio estaba dormitando en el porche a la luz del crepúsculo. Había sido un día muy pesado en la oficina y le agradaba descansar allí mientras la luz estival se iba borrando del campo.


Levantó la cabeza ociosamente al oír el ruido de un automóvil. Un taxi del pueblo se había detenido al final del sendero y un hombre joven acababa de bajar. Michael se sentó con una exclamación. Podía reconocer aquellos hombros anchos y el paso impaciente incluso en la penumbra.


—Maldición—dijo suavemente.


Cuando Charley Hart se acercó por el sendero de grava, Michael notó con sólo mirarlo que estaba insólitamente despeinado. Su rostro agradable estaba ojeroso y denotaba fatiga; tenía la ropa arrugada y la mirada inconfundible del que necesita dormir unas cuantas horas.


Llegó al porche, advirtió la presencia de Michael y sonrió, triste y confuso.


—Hola, Michael.


Ninguno de los dos hizo el gesto de estrechar la mano del otro, pero al cabo de un momento Charley se derrumbó bruscamente en una silla.

—Me gustaría beber un voz ronca—. Hace un calor

Michael entró en la casa con un vaso de agua que tragos ruidosos.


—Gracias—dijo, atragantándose—. Pensé que iba a pasar de largo.


Miró a su alrededor con ojos que solamente simulaban fijarse en lo que lo rodeaba.


—Bonito sitio este—señaló, y sus ojos regresaron a Michael—. ¿Quieres que me vaya?


—Bueno, pues no. Si lo necesitas, quédate sentado y descansa. Pareces arruinado.


—Lo estoy. ¿Quieres oír la historia?


—En absoluto.


—Bien, de todos modos te la voy a contar—dijo Charley, desafiante—. Para eso he venido. Estoy en un lío, Michael, y eras la única persona a la que podía recurrir.


—¿ Has probado con tus amigos ?—preguntó Michael fríamente.


—He probado con todo el mundo; al menos, con los que tuve tiempo de hacerlo. ¡Dios! —Se secó la frente con la mano—. Nunca me imaginé lo difícil que es encontrar dos mil dólares.


—¿Has venido a pedirme dos mil dólares?


—Espera un momento, Michael. Primero termina de oír. Verás en qué lío puede meterse un tipo sin tener la menor intención. Has de saber que soy el tesorero de una asociación llamada Fundación para Artistas Independientes, un invento para ayudar a los estudiantes con problemas. Había un fondo de tres mil quinientos dólares que permaneció en mi cuenta durante más de un año. Bueno, como ya sabes yo llevo un tren de vida un poco alto—gano mucho y gasto mucho—y hace un mes empecé a especular en pequeña escala por medio de un amigo...


—No sé por qué me estás contando esto—le interrumpió Michael con impaciencia—. Me...


—Espera un minuto, ¿quieres? Ya termino.—Miró a Michael con ojos atemorizados—. A veces usaba ese dinero sin darme cuenta siquiera de que no era mío.


vaso de agua—dijo con infernal.


. sin decir palabra y volvió

Charley bebió a grandes

Siempre he tenido mucho, compréndelo. Hasta esta semana al menos. Esta semana hubo una reunión de la sociedad y me pidieron que devolviera el dinero. Bien, fui a ver a un par de personas para pedirles un préstamo y tan pronto como les di la espalda uno de ellos lo contó todo. Anoche hubo un escándalo terrible. Me dijeron que como no entregara los. dos mil esta mañana me enviarían a la cárcel.—Alzó la voz y echó una mirada atemorizada a su alrededor—. Tengo sobre los hombros una orden de arresto, y si no logro conseguir el dinero me mataré, Michael- juro por Dios que lo haré. No quiero ir a la cárcel. Soy un artista, no un hombre de negocios. Soy...


Hizo un esfuerzo para dominar la voz.


—Michael—murmuró—. Eres mi mejor amigo. No tengo a nadie más que a ti en el mundo.


—Has llegado un poco tarde—dijo Michael, incómodo—. No pensaste en mí hace cuatro años cuando le pediste a mi esposa que se escapara contigo.


Una sincera mirada de sorpresa atravesó el rostro de Charley.


—¿Estás enfadado por eso?—preguntó, confundido—. Pensé que estabas ofendido porque no fui a tu fiesta.


Michael no contestó.


—Supuse que ella te habría hablado de eso hace mucho tiempo— continuó Charley—. No pude evitarlo. Estaba solo y vosotros os teníais el uno al otro. Cada vez que iba a tu casa te dedicabas a contar lo maravillosa que era Marion hasta que al fin... empecé a estar de acuerdo. ¿Cómo podía evitar enamorarme de ella si durante un año y medio fue la única chica decente que conocí?—Miró a Michael altivamente—. Bueno, tú la tienes, ¿no? Ni siquiera llegué a besarla. ¿Vale la pena que sigas machacando?


—Oye—dijo Michael, cortante—. ¿Cuál es la razón de que deba prestarte el dinero?


—Bueno... —Charley vaciló y se rió de mala gana—. No sé la razón exacta. Sólo pensé que lo harias.


—¿Por qué?


—Por ningún motivo; ya veo cómo lo has tomado.

—Ese es el problema. Si te lo diera sería por sentimentalismo y debilidad. Estaría haciendo algo que no quiero hacer.

—Muy bien. —Charlcy sonrió desagradablemente—. Es lógico. Ahora que lo pienso no hay ninguna razón para que me lo prestes. Bueno...— Hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta y, al echar la cabeza hacia atrás, dio la impresión de querer desprenderse del tema como si fuese una gorra—. No iré a la cárcel... Y quizá mañana opines de forma diferente.


—Ni lo sueñes.


—Oh, no quiero decir que te vuelva a pedir el dinero. Hablo de algo... muy distinto.


Meneó la cabeza, se volvió rápidamente y avanzó por el sendero hasta que la oscuridad se lo tragó. Michael oyó que los pasos se apagaban, como si vacilase, en el punto en donde el sendero salía al camino.


Después se alejaron por el camino hacia la estación, a una milla de distancia.


Michael se hundió en su silla, con el rostro entre las manos. Oyó salir a Marion.


—Hc escuchado —di jo ella—. No pude evitarlo. Me alegro que no le hayas prestado nada.


Se acercó a él y se hubiera sentado en sus rodillas, pero una repulsión casi física invadió a Michael y lo obligó a levantarse de la silla.


—Tenía miedo de que te trabajara los sentimientos y acabara convenciéndote—siguió Marion. Vaciíó—. Tc odiaba, ¿sabes? Quería que te murieses. Una vez le dije que si volvía a decir eso no lo vería nunca más.


Michael le dirigió una mirada tenebrosa.


—La verdad es que fuiste muy noble.


—Oyc, Michael...


—Permitiste que te dijera cosas como ésa... y ahora que viene arruinado, sin un amigo a quien recurrir, dices que te alegra que lo haya echado.


—Es porque te quiero, cariño...


—¡No, no es por eso!—la interrumpió brutalmente—. Es porque en este mundo el odio es una mercancía barata. Todo el mundo la tiene en venta. ¡Dios míot! ¿Qué crees que pienso de mí en este momento?


—El no se merece que pienses así.


—¡Por favor, vete! —gritó Michael con pasión—. Quiero estar solo.


Ella le hizo caso y él volvió a sentarse en la oscuridad deí porche, sintiendo que lo envolvía una especie de terror. Hizo varias veces un esfuerzo para levantarse pero acabó frunciendo el ceño y permaneciendo inmóvil. Por fin, después de largo rato, se puso en pie de un salto, mientras un sudor frío resbalaba por su frente. La hora anterior y los últimos me se s se disolv ie ron de pron to y sint ió que daba un salto de varios años hacia atrás. Quizás esos años se hubieran escapado con Charlcy Hart, su viejo amigo. Charley Hart, que no tenía otro lugar a donde ir. Michael echó a correr por el porche, aturdido, buscando su sombrcro y su chaqueta.


—¡Oye, Charley! —gritó.


Por fin encontró la chaqueta y, enfundándosela con dificultad, bajó los escalones como una tromba. Le parecía que Charley se había marchado sólo unos minutos antes.


—¡Charley!—gritó al llegar al camino—. ¡Charley, vuelve aquí! ¡Me he equivocado!


Se calló y prestó atención. No hubo respuesta. Jadeando se lanzó a correr como un perro por el camino, á través de la noche tórrida.


Apenas eran las ocho y media, pero el campo estaba en absoluto silencio y las ranas croaban con fuerza en la fran ja pantanosa que bordeaba el camino. El cieío cstaba débilmcntc salpicado de estrellas y pronto saldría la íuna, pero cl camino se cstiraba entre árboles oscuros y Michacl no veía nada que estuviera a más de tres metros. Al cabo de un rato decidió caminar. Una mirada a la csfcra luminosa de su reloj le había bastado para darse cuenta de que el tren dc Nucva York no pasaría hasta una hora después. Tenía mucho tiempo.


A pesar de ello, se puso a correr nuevamente y cubrió en quince minutos el kilómetro y mcdio quc separaba su casa de la estación. Era una estación pe

queña, humildemente encogida en la oscuridad al borde de las vías brillantes. A un lado Michael vio las luces de un taxi que esperaba el próximo tren.

El andén estaba desierto y Michael abrió la puerta para mirar dentro de la turbia sala de espera. Estaba vacía.


—Es gracioso—murmuró.


Despertó al chófer del taxi y le preguntó si había visto a alguien esperando el tren. El chófer lo pensó; sí, había visto a un hombre joven, hacía unos veinte minutos. Había recorrido el andén durante un rato, fumando, y después se había perdido en la oscuridad.


—Es gracioso—repitió Michael.


Formó un megáfono con las manos y dirigiéndolo hacia el bosque, al otro lado de la vía, lanzó un grito:


—¡Charley!


No hubo respuesta. Volvió a probar. Después regresó al taxi.


—¿Tiene idea de hacia dónde fue?


El hombre señaló vagamente la carretera a Nueva York, que corría paralela a la vía.


—Para allí.


Con creciente inquietud, Michael le dio las gracias y se apresuró a tomar la carretera, que ahora se blanqueaba bajo la luna. Estaba completamente seguro de que Charley estaba dispuesto a matarse. Recordó su expresión al volverse y la mano rígida dentro del bolsillo, como aferrando algún objeto amenazador.


—¡Charley! —gritó con voz terrible.


Los árboles en sombras no respondieron. Pasó frente a una docena de campos refulgentes como plata bajo la luna, deteniéndose varias veces a gritar y esperar ansiosamente una respuesta.


Se le ocurrió que era estúpido seguir avanzando en esa dirección; probablemente, Charley estaría en algún lugar del bosque, cerca de la estación. Tal vez todo fuera producto de su imaginación y Charley estuviese en ese mismo instante paseándose por el andén, esperando el tren de la ciudad. Pero un impulso más allá de toda lógica lo llevaba a seguir en la búsqueda. Más aún, experimentó una y otra vez la sensación de que delante de él había alguien, alguien que, fuera del alcance de su mirada y su voz se le escurría en cada curva y sin embargo dejabá a su paso un aura trágica y tenue. En un momento dado creyó oír pasos entre las hojas, al lado de la carretera, pero sólo era una hoja de periódico arrastrada por el débil viento caliente.


Era una noche sofocante, Ia luna parecía arrojar rayos hirvientes sobre la tierra abrasada. Michael se quitó la chaqueta y la dobló sobre un brazo sin dejar de caminar. Ahora tenía a pocos metros un puente de piedra que atravesaba la vía y más allá una línea interminable de postes de teléfono que se extendían en perspectiva decreciente hacia un horizonte inabarcable. Bien, llegaría hasta el puente y después se daría por vencido. Lo habría hecho antes, de no ser por aquella sensación de que alguien caminaba ligera y velozmente un poco por delante.


Al llegar al puente de piedra, se sentó sobre una roca, latiéndole el corazón con fuertes golpes bajo la camisa empapada. No tenía sentido: Charley se había alejado de su alcance y de su ayuda, tal vez para síempre. A lo lejos, más allá de la estación, oyó acercarse la sirena del tren de las nueve y media


Michael se sorprendió preguntándose repentinamente por qué estaba allí. ¿Qué cuerda sensible de su carácter había tocado Charley en aquellos pocos minutos para lanzarlo a aquella carrera asustada y sin destino a través de la noche? Lo habían discutido, y Charley no había sido capaz de darle una razón por la cual debiera ayudarle.


Se levantó con ía idea de regresar, pero antes de volverse se qucdó observando el camino por un minuto bajo la luz de la luna. Después del puente sc cxtendía la línea de postes y, mientras sus ojos la seguían hasta donde les era posible, volvió a oír, ahora más cercana y ominosa, la sirena del tren de Nueva York, elevándose y descendiendo con precisión musical en la noche serena. De pronto, sus ojos, que habían estado deslizándose por las vías, se detuvieron atraídos por un punto de la línea de postes, a unos cientos de metros de distancia. El poste era exactamente igual a los otros y sin embargo poseía algo distinto, algo indescriptiblemente distinto.


Y al observarlo con la concentración que absorbe a veces la figura en una alfombra se produjo un extraño efecto en su mente y de pronto lo vio todo bajo una luz totalmente diferente. Con el murmullo-de la brisa le había llegado una idea que cambiaba por completo el cariz de la situación. Era esto: recordó haber leído en alguna parte que en cierto momento perdido en la oscuridad del medioevo un hombre llamado Gerbert (Gerbert d'Aurillac, el erudito papa Silvestre II, muerto en 1003. (N. del T.)) había resumido en sí toda la civilización europea. Le pareció súbitamente claro que él acababa de pasar por una situación semejante. Por un minuto, un instante del tiempo, toda la piedad del mundo se había agolpado en él.


Lo comprendió en medio de una conmoción en el espacio de un segundo, y en seguida supo pór qué debería haber ayudado a Charley Hart. Era porque hubiera sido intolerable vivir en un mundo sin solidaridad, donde cualquier ser humano pudiera estar tan solo como había estado Charley esa tarde.


Y bien, de eso se trataba, por supuesto- se le había confiado esa oportunidad. Había ido á buscarlo alguien que no contaba con nadie más, y él se había negado.


Durante todo ese tiempo se había quedado absolutamente inmóvil, con la mirada fija en el poste de teléfono más allá de la vía, un poste que sus ojos habían reconocido como distinto a los demás. Ahora la luna brillaba tanto que podía ver una barra blanca que cruzaba el poste cerca de la punta, y al contemplarla el poste pareció aislarse, como si los demás se hubiesen esfumado.


De pronto, a una milla de distancia, oyó el traqueteo y el estrépito del tren eléctrico que abandonaba la estación, y como si el sonido lo hubiera devuelto a la vida, lanzó un grito entrecortado y echó a correr a toda velocidad por el camino, hacia el po s te de la ba rra at rave sada.


El tren silbó una vez más. Clac-clac-clac. Ahora estaba más cerca, a seiscientos, a quinientos metros, y cuando pasó por debajo del puente iluminó a Michael con su faro. No sentía emoción alguna sino mero terror: sólo sabía que debía llegar al poste antes que el tren, y el poste estaba a cincuenta metros, apuntando rígidamente al cielo como una estrella.


Al otro lado de la vía no había sendero junto a los postes, pero el tren estaba tan cerca que decidió no espcrar más porque de lo contrario no lograría cruzar. Se desvió de la carretera, atravesó la vía en dos zancadas y con el ruido del motor sonándole en los taíones se precipitó sobre el campo. Ocho nueve metros; mientras el sonido del tren eléctricó se convertía en bramido en sus oídos, llegó al poste y se llevó por delante al hombre que estaba parado junto a la vía, arrojándolo al suelo con el impacto de su cuerpo.


Su oído registró un estruendo de acero, el pesado deslizarse de las ruedas sobre los rieles, un veloz rugido del aire. Un momento después, el tren de las nueve y media había pasado.


—Charley —balbució incoherente—. Charley...


Una cara lívida le miró atónita. Michael rodó sobre su espalda y se estiró jadeando. Ahora, la noche sofocante estaba serena; sólo se oía el murmullo del tren que se alejaba.


—¡Oh, Dios!


Michael abrió los ojos y vio a Charley sentado, con el rostro entre las manos.


—Está bien —murmuró Michael—. Está bien Charley. Te prestaré el dinero. No sé en qué estabá pensando. Después de todo... eres uno de mis más viejos amigos.


Charley meneó la cabeza.


—No lo entiendo —dijo, con la voz quebrada—. ¿De dónde has salido? ¿Cómo has llegado aquí?


—Te he estado siguiendo. Estaba detrás de ti.


—Hace media hora que estoy aquí.


—Bueno, es una suerte que hayas elegido este poste para... para esperar. Lo estuve mirando desde el puente. Lo elegí por el travesaño.


Charley se había puesto de pie, tambaleándose, y ahora se alejó unos pasos y contempló el poste a la luz de la luna.


—¿Qué has dicho?—preguntó un minuto después, con una voz confundida—. ¿Has dicho que este poste tiene un travesaño?


—Sí, claro. Lo estuve mirando un rato largo. Por eso. . .


Charley levantó nuevamente los ojos y dudó, extrañado antes de hablar.


—No hay ningún travesaño—dijo.


(Publicado en Woman's Home Companion, en 1925.)

jueves, 12 de abril de 2007

Antonio Lobo Antunes

Mi muerte



Hablo poco. Hablo poco y cada vez hablo menos. En primer lugar porque me distraigo y olvido el tema de las conversaciones y en segundo lugar porque las personas no esperan que les responda sino que las oiga, lo que es fácil si asientes de vez en cuando y dices
         -Pues claro
       cuando me miran con las cejas levantadas a la espera de aprobación y aplauso. Me he hecho un especialista del
         -Pues claro
        que sé pronunciar por lo menos en veintitrés tonos diferentes según el humor y el ímpetu
        (o la falta de él)
        del interlocutor, y si me preguntan con sorpresa

        -¿Pues claro qué?
      tuerzo la boca en una sonrisa enigmática y sutilmente aprobadora para que el otro, tranquilizado, deshaga sus dudas, me dé en el hombro una palmada satisfecha, suelte con alivio
         -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
      y se lance a un relato sinuoso en cuya primera curva me pierdo, aunque vuelva a murmurar pensando quién sabe en qué
         -Pues claro
      en los intervalos de silencio que de vez en cuando me abren, destinados a mi admiración y a mi aplauso. 
         Porque yo no puedo hablar
         (y no hablo)
      pero estoy de su parte, estoy siempre de su parte, y estoy de su parte por no haber escuchado nada y porque detesto argumentar, tener razón, opiniones, convicciones, motivos. Por eso me limito al
         -Pues claro
       y al asentimiento mudo. Concentrado. Fruncido el ceño. Fraternal. Algunas veces sustituyo esta forma de aplauso por un suspiro que significa
        -A mí me lo vas a decir
         o por el adverbio
         -Exactamente
       que al contrario de lo que se pueda imaginar es el más vago, el más inocuo y estimulante de los comentarios, aquel que posibilita a mi compañero explorar diversas variantes de su tema, cotejarlas, elegirlas, rechazarlas, enfrentar unas con otras, valorar su densidad y su peso
         -Exactamente
         que en general hago seguir de la frase
         -Ya te digo
         que hasta ahora se ha revelado como un éxito seguro. Por eso no comprendo lo que ocurrió la semana pasada, cuando Pedro me telefoneó y quedamos en la cafetería de al lado de la casa. Yo pedí un té de limón y él pidió un café y comenzó a hablar. Eran las tres de la tarde, sólo había un señor mayor resolviendo crucigramas en una mesita cerca del escaparate y el camarero limpiando botellas detrás de la barra. No comprendo porque me comporté como de costumbre. Dije
          -Pues claro
          asentí con la cabeza, esbocé la sonrisa enigmática, alentadora, murmuré en cuatro o cinco ocasiones
          -Ya te digo
         suspiré solidario
          -A mí me lo vas a decir
          Pedro me dio en el hombro una palmada satisfecha
          -Me di cuenta enseguida de que estabas de acuerdo conmigo
          y aproveché para añadir, pensando en Ana, en el cuerpo de Ana, en los besos de Ana
          -Si yo fuese tú haría lo mismo
          y no entiendo el  motivo que lo llevó a sacar el revolver y a pegarme dos tiros en el pecho.
          Me preocupa sobre todo que Ana se quede sola con los niños por tener a su marido en la cárcel. Me preocupa también no poder visitarla por estar aquí en el hospital conectado a este aparato sin poder levantarme. Es poco probable que vuelva a verla: el médico ha accedido a esperar a que mi hermana menor llegue del Fundao para despedirse de mí antes de desconectar el aparato.

sábado, 24 de marzo de 2007

Graham Greene

El inocente

Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina. En una tarde de otoño, uno se acuerda más de su niñez que en cualquier otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no armonizaban demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: Vámonos al campo, y el nombre de Bishop's Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurrido que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas.
Incluso el viejo portero despertó mis añoranzas.
-Habrá un coche a la entrada -dije a Lola.
Y efectivamente así era, aunque al principio no pude verlo, sumido en la contemplación de dos taxis. El lugar resurge de nuevo ante mi vista, pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal me resultaban altamente familiares.
-¿Por qué has escogido este pueblo? -preguntó Lola-. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. (Cuando tenía tres años creía que aquello era lo que otras personas llamaban playa.) Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos más que otra cosa rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha. Atravesamos el puentecillo arqueado y pasamos ante el arruinado hospicio. Cuando tenía cinco años, vi cómo un hombre de mediana edad penetraba en él para suicidarse. Llevaba un cuchillo en la mano, y muchas personas lo perseguían por la escalera.
-Jamás creí que el campo fuese así -dijo Lola.
El hospicio constaba de varias alas, de fea construcción, semejantes a grises bloques de piedra, y nada más. Pero para mí era tan familiar como todo lo demás. Durante el camino me pareció estar escuchando deliciosos acordes.
Era preciso decir algo a Lola. No era culpa suya si no se hallaba allí como en su casa. Pasamos ante la escuela y la iglesia, y salimos a la antigua y amplia calle principal. Yo me sentía de nuevo como en mis doce años. De no haber venido, jamás habría podido saber que dicho sentimiento fuese tan fuerte, porque no recordaba aquella época de mi existencia como particularmente feliz o desgraciada. Fueron unos años rutinarios; pero ahora, con el olor de las fogatas y el frío que parecía levantarse de la propia humedad de las piedras, comprendí la causa que me conmoviera tanto. Lo que yo percibía no era otra cosa sino el olor de la inocencia.
-Hay una posada excelente -dije a Lola-. Nadie nos molestará en ella, ya lo verás. Cenaremos, beberemos un poco y nos acostaremos. Pero lo peor de todo era que no podía menos que desear hallarme solo. No había vuelto a aquel pueblo desde los días de mi infancia, y ello me había impedido comprobar lo bien que recordaba hasta sus menores detalles. Cosas que creía olvidadas, como los montones de arena, volvían a mí, acompañadas de sufrimiento y de nostalgia. Me hubiera sentido muy feliz aquella noche, deambulando en la noche otoñal, recogiendo sugerencias de esa época de la vida en la que, por desgraciados que nos sintamos, no dejamos de confiar en el mañana. No sería igual volver en otra ocasión, porque entonces se interpondría el recuerdo de Lola, y ésta no significaba absolutamente nada para mí. Nos habíamos conocido el día antes en un bar, y los dos simpatizamos. Lola era una chica agradable, pero no cuadraba en aquellos recuerdos. Debíamos haber ido a Maidenhead. También aquello era campo.
La posada no se hallaba exactamente en el lugar que había supuesto. Llegamos frente al Ayuntamiento. Habían construido un nuevo cine con cúpula morisca y un café con garaje. Había olvidado también aquella vuelta a la izquierda, por una colina empinada y llena de casitas.
-No creas que la carretera pasaba por ahí, en mis tiempos -dije.
-¿Tus tiempos? -preguntó Lola.
-¡Ah! Pero, ¿es que no te lo he contado? Nací aquí.
-¡Mira que traerme a tu pueblo! -exclamó Lola-. Creí que imaginabas cosas así tan sólo cuando eras pequeño.
-Sí -repuse, porque no era culpa suya.
Tenía razón. Lola usaba un perfume discreto y un tono de carmín muy bonito. Me estaba costando bastante dinero el haberla invitado. Cinco libras por ella, y además los billetes, las propinas, las bebidas... A pesar de todo, lo habría considerado dinero bien gastado de no encontrarnos en Bishop's Hendron.
Me detuve al llegar a la carretera. Algo pugnaba por perfilarse en mi cerebro. Pero jamás habría tomado forma de no haber sido porque, en aquel instante, una bandada de chiquillos descendió corriendo la colina y pasó bajo la brillante claridad de los faroles, gritando alegremente y expeliendo nubecillas de vapor. Todos llevaban bolsas de lona, algunas de ellas bordadas con sus iniciales, lucían sus mejores atavíos y parecían algo orgullosos. Las niñas formaban grupo aparte, como de costumbre, con sus cintas en el pelo y sus zapatos bien lustrosos. Creí percibir el suave tintineo de un piano, y, de improviso, todo volvió a mi mente con rapidez pasmosa. Regresaban de una clase de danza, igual a aquella a la que yo concurría. La casa, pequeña y cuadrada, se hallaba a medio camino de la colina, entre macizos de rododendros. Más que nunca, deseé verme libre de la presencia de Lola. No cuadraba en aquello. Pensé que algo faltaba al ambiente, y cierto sentimiento de dolor fue surgiendo desde lo más profundo de mi alma.
Bebimos varias copas en el bar, pero transcurrió más de media hora antes de que nos sirviesen la cena.
-Supongo que no querrás deambular por el pueblo -dije a Lola-. Si no te importa, saldré unos diez minutos para echar un vistazo al lugar. Estuvo de acuerdo. En el bar había un hombre, quizá maestro de escuela, que no deseaba otra cosa sino invitar a Lola a un trago. Podía notar cómo envidiaba mi suerte, cómo me consideraba afortunado por venir de la ciudad acompañado de una joven para pasar la noche en el pueblo.

Ascendí la colina. Las primeras casas eran todas nuevas, y experimenté cierto disgusto al contemplarlas. Ocultaban campos y verjas que debían haber permanecido como antes. Era como un mapa estropeado, cuyas distintas partes se han pegado entre sí, ocultando, al abrirlo, pedazos enteros. Pero, a mitad de camino, colina arriba, me encontré de pronto ante la escuela, tal como la conociera en otros tiempos. Quizás incluso continuara regenteándola la misma anciana profesora. La presencia de chiquillos exagera la edad de los mayores. En aquellos tiempos debió contar, a lo sumo, treinta y cinco años. Pude escuchar los acordes del piano. A lo que colegí, seguía la misma rutina de siempre. Los alumnos menores de ocho años, de seis a siete de la tarde. Los de ocho a trece, de siete a ocho. Abrí la verja y penetré en el jardín. Trataba de recordar.
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húmedas hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita con la misma nitidez como si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reírme del amor de los niños. Este posee una característica inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso se sufre menos. Recordé los juegos de la gallina ciega durante fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla entre mis brazos; aunque sin conseguirlo jamás, porque siempre se me escabullía de entre las manos.
Durante dos inviernos, gocé de la ocasión una vez por semana. En efecto, tales días podía bailar con ella. Tuve un gran disgusto cuando cierto día me enteré de que iba a pasar a la clase de las mayores. También me quería, estaba seguro, pero jamás tuvimos ocasión de demostrarnos nuestro afecto. Concurría a sus fiestas de cumpleaños, y yo la invitaba a las mías; pero nunca salimos juntos de nuestras clases de baile. No creo que se nos ocurriera tan sólo; nos hubiera parecido demasiado extraño. Veíame precisado de marchar en grupo, con mis burlones compañeros, y ella se alejaba, rodeada de aquellas niñas revoltosas y chillonas.
Estaba tiritando en aquella fría niebla, y hube de levantarme el cuello del gabán. El piano tocaba un bailable de una antigua revista de C. B. Cochran. Me pareció haber recorrido un largo trecho tan sólo para encontrar a Lola al final de él. Existe algo en la inocencia que uno no se resigna nunca a perder. En la actualidad, cuando una chica me fastidia sólo tengo el trabajo de buscarme otra que la sustituya. En aquellos tiempos de mi niñez, consideraba lo mejor escribir apasionadas frases en un pedazo de papel y correr a esconderlas en algún lugar recóndito... ¡Qué raro! ¡Con qué nitidez me acordaba de todo! Una vez hablé a mi amiguita de aquel escondrijo, y estaba seguro de que, más tarde o más temprano, terminaría por encontrar mis amorosas cartas. Me pregunté en qué habrían consistido. En una edad tan temprana, uno no puede expresar gran cosa. Pero, aunque las frases resultaran insulsas, el dolor de escribirlas no era menor al que se experimenta después, en ocasiones parecidas. Recordé cómo, durante varios días, hurgué en el agujero, encontrando siempre el papelito. Luego, las lecciones cesaron, y probablemente al invierno siguiente todo quedó olvidado.
Al transponer la verja miré hacia el lugar en el que había existido mi escondrijo. En efecto, allí estaba. Introduje un dedo, y oculto en su lugar más íntimo, a salvo de las inclemencias del tiempo, y a pesar de los años transcurridos, el pedacito de papel se conservaba intacto. Lo extraje y procedí a desplegarlo. Luego encendí un fósforo. La llamita produjo una tenue claridad en aquella atmósfera neblinosa y húmeda, y a su luz percibí algo que me dejó petrificado. En el papel aparecía dibujada una escena aterradoramente sexual. No, no podía existir error. Mis iniciales aparecían bien claras, al pie del desmañado dibujo infantil, cuyos personajes eran un hombre y una mujer. Pero aquel descarado croquis despertó en mí menos recuerdos que las nubecillas de vapor que surgían de las bocas de los niños, sus bolsas de lona, las hojas mojadas y los montones de arena. No podía reconocerlo como mío. Igualmente hubiera podido ser trazado por un bribón cualquiera en la pared de un retrete. Todo cuanto mi mente evocaba era la pureza, la intensidad, el sufrimiento de mi amor por la pequeña.
Al principio sentí como si hubiera sido traicionado. Después de todo -me dije-, Lola no se encuentra aquí tan fuera de lugar como pensé al principio. Pero más tarde, aquella misma noche, cuando Lola se dispuso a dormir, empecé a comprender la profunda inocencia del dibujo. Era sólo ahora, tras treinta años de agitada vida, que aquella tosca pintura me parecía obscena.


Luis Gusmán
(Buenos Aires, 1944. Ultimos libros publicados en Alfaguara: Villa y Tennessee.) Graham Greene aclara -en la colección de cuentos El espía, en la que está incluido El inocente- que se decidió a publicarlos para hacerles conocer a los lectores una zona poco frecuentada de su obra: el cuento. Su disculpa de no haber practicado el género le permite ejercer su oficio con maestría sin caer en los gajes del oficio de cómo escribir un cuento. Desde la primera vez que leí El inocente me pregunté por qué ejercía tanto magnetismo sobre mí. Hoy tengo la posibilidad de ensayar una respuesta. En principio, lo enfático, que es propio de todo elogio, me hace considerar que la historia es casi perfecta, lo cual la vuelve más perfecta. La anécdota es simple: un hombre regresa al pueblo después de muchos años y, como suele suceder, se encuentra con otra cosa que la que esperaba. Desde el comienzo, el lector se entera de que el personaje está cometiendo un error. Sin embargo, ninguna consideración lo detiene, con lo cual la narración se va impregnando de cierto tono de inevitabilidad, a lo que se agrega la repetición de acontecimientos, lo cual le otorga al relato el matiz indeleble de la experiencia vivida.

Graham Greene
Autor de novelas memorables, como El americano impasible, tuvo una vida de aventuras y fuertes convicciones. Nació en 1904 en Berkhamsted, Reino Unido. Fue redactor jefe de Times desde 1926 hasta 1930, crítico de cine y director de la sección literaria del Spectator. Convertido al catolicismo en 1936, viajó a Liberia ese mismo año y luego partió a México. De los viajes, su trabajo diplomático y periodístico se fueron constituyendo las novelas: Historia de una cobardía (1929), Orient Express(1932), El poder y la gloria (1940), El revés de la trama (1948), El fin de la aventura (1951) y El americano impasible (1955).


miércoles, 21 de marzo de 2007

Fernando Pessoa


El Libro del Desasosiego FIRST ARTICLE Cuando nació la generación a la que pertenezco, encontró al mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro, y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las generaciones anteriores había hecho que el mundo para el que nacimos no tuviese seguridad en el orden religioso, apoyo que ofrecernos en el orden moral, tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político. Ebrias de las fórmulas exteriores, de los meros procesos de la razón y de la ciencia, las generaciones que nos precedieron derrocaron todos los fundamentos de la fe cristiana, porque su crítica bíblica, ascendiendo de la crítica de los textos a la crítica mitológica, redujo los evangelios y la anterior hierografía de los judíos a un montón dudoso de mitos, de leyendas y de mera literatura; y su crítica científica señaló gradualmente los errores, las ingenuidades salvajes de la «ciencia» primitiva de los evangelios; y, al mismo tiempo, la libertad de discusión, que sacó a pública discusión todos los problemas metafísicos, arrastró con ellos a los problemas religiosos donde perteneciesen a la metafísica. Ebrias de algo dudoso, a lo que llamaron «positividad», esas generaciones criticaron toda la moral, escudriñaron todas las reglas de vida, y de tal choque de doctrinas sólo quedó la seguridad de ninguna, y el dolor de no existir esa seguridad. Una sociedad indisciplinada así en sus fundamentos culturales no podía, evidentemente, ser otra cosa que víctima, en la política, de esa indisciplina; y así fue como despertamos a un mundo ávido de novedades sociales, y que con alegría iba a la conquista de una libertad que no sabía lo que era, de un progreso que nunca definió. Pero el criticismo ordinario de nuestros padres, si nos legó la imposibilidad de ser cristianos, no nos legó el contentamiento con que la tuviésemos; si nos legó la incredulidad en las fórmulas morales establecidas, no nos legó la indiferencia ante la moral y las reglas de vivir humanamente; si dejó dudoso el problema político, no dejó indiferente a nuestro espíritu ante cómo se resolvería ese problema. Nuestros padres destruyeron alegremente porque vivían en una época que todavía tenía reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruían lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiesen destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados. En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación. 4 Pertenezco a una generación que ha heredado la incredulidad en la fe cristiana y que ha creado en sí una incredulidad de todas las demás fes. Nuestros padres tenían todavía el impulso creyente, que transferían del cristianismo a otras formas de ilusión. Unos eran entusiastas de la igualdad social, otros eran enamorados sólo de la belleza, otros depositaban fe en la ciencia y en sus provechos, y había otros que, más cristianos todavía, iban a buscar a Orientes y Occidentes otras formas religiosas con que entretener la conciencia, sin ella hueca, de meramente vivir. Todo esto lo perdimos nosotros, de todas estas consolaciones nacimos huérfanos. Cada civilización sigue la línea íntima de una religión que la representa: pasar a otras religiones es perder ésta y, por fin, perderlas a todas. Nosotros perdimos ésta, y también las otras. Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la formula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso. Sin ilusiones, vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos nos disminuimos, porque el hombre completo es el hombre que se ignora. Sin fe, no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida. No teniendo una idea del futuro, tampoco tenemos una idea de hoy, porque el hoy, para el hombre de acción, no es sino un prólogo del futuro. La energía para luchar nació muerta con nosotros, porque nosotros nacimos sin el entusiasmo de la lucha. Unos de nosotros se estancaron en la conquista necia de lo cotidiano, ordinarios y bajos buscando el pan de cada día, y queriendo obtenerlo sin trabajo sentido, sin la conciencia del esfuerzo, sin la nobleza de la consecución. Otros, de mejor estirpe, nos abstuvimos de la cosa pública, nada queriendo y nada deseando, e intentando llevar hasta el calvario del olvido la cruz de existir simplemente. Imposible esfuerzo en quien no tiene, como el portador de la Cruz, un origen divino en la conciencia. Otros se entregaron, atareados por fuera del alma, al culto de la confusión y del ruido, creyendo vivir cuando se oían, creyendo amar cuando chocaban contra las exterioridades del amor. Vivir, nos dolía, porque sabíamos que estábamos vivos: morir, no nos aterraba, porque habíamos perdido la noción normal de la muerte. Pero otros, Raza del Final, límite espiritual de la Hora Muerta, no tuvieron el valor de la negación y el asilo en sí mismos. Lo que vivieron fue en la negación, en el desconocimiento y en el desconsuelo. Pero lo vivimos desde dentro, sin gestos, encerrados siempre, por lo menos en el género de vida, entre las cuatro paredes del cuarto y los cuatro muros de no saber hacer. 5 Envidio —pero no sé si envidio— a aquellos de quienes se puede escribir una biografía, o que pueden escribir la propia. En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi biografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y, si nada digo en ellas, es que no tengo nada que decir. ¿Qué tiene alguien que confesar que valga o que sirva? Lo que nos ha sucedido, o le ha sucedido a otros no es mundo o sólo a nosotros; en un caso, no -es novedad, y en el otro no es cosa que sea comprendida. Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir. Lo que confieso no tiene importancia, pues nada tiene importancia. Hago paisajes con lo que siento. Hago fiestas de las sensaciones. Comprendo bien a las bordadoras gracias a la amargura, y a las que hacen punto de media porque hay vida. Mi tía vieja hacía solitarios durante lo infinito de la velada. Estas confesiones de sentir son solitarios míos. No los interpreto, como quien usase cartas para saber el destino. No los ausculto, porque en los solitarios las cartas no tienen propiamente valor. Me desenrollo como una madeja multicolor, o hago conmigo figuras de cordel, como las que se tejen entre los dedos estirados y se pasan de unos niños a otros. Sólo me preocupo de que el pulgar no estropee el lazo que le corresponde. Después, vuelvo la mano y la imagen resulta diferente. Y vuelvo a empezar. Vivir es hacer punto de media con una intención de los demás. Pero, al hacerlo, el pensamiento es libre, y todos los príncipes encantados pueden pasear por sus parques entre zambullida y zambullida de la aguja de marfil de pico al revés. Punto de ganchillo de las cosas… Intervalo… Nada Por lo demás, ¿con qué puedo contar conmigo? Una acuidad horrible de las sensaciones, y la comprensión profunda de estar sintiendo… Una inteligencia aguda para destruirme, y un poder de ensueño ávidamente deseoso de entretenerme… Una voluntad muerta y una reflexión que la arruIla, como a un hijo vivo. Sí, punto de ganchillo... 6 Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir —dormir— ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino? He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados —pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros. En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual. Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (…) Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiaría, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores. Tal vez mi destino sea eternamente ser contable y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza. Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones? Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y Cía. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre. 7 El patrón Vasques. Siento, muchas veces, inexplicablemente, la hipnosis del patrón Vasques. ¿Qué es para mí ese hombre, salvo el obstáculo ocasional de ser el dueño de mis horas, durante un tiempo diurno de mi vida? Me trata bien, me habla con amabilidad, salvo en los momentos bruscos de preocupación desconocida en que no habla bien a alguien. Sí, ¿pero por qué me preocupa? ¿Es un símbolo? ¿Es una razón? ¿Qué es? El patrón Vasques. Me acuerdo ya de él en el futuro con la nostalgia que sé que he de sentir entonces. Estaré tranquilo en una casa pequeña de los alrededores de algo, gozando de un sosiego en el que no haré la obra que no hago ahora, y buscaré, para continuar el no haberla hecho, disculpas diferentes de aquella en que hoy me esquivo a mí mismo. O estaré internado en un asilo de mendigos, feliz por la derrota completa, mezclado con la ralea de los que se creyeron genios y no fueron más que mendigos con sueños, junto con la masa anónima de los que no tuvieron poder para triunfar ni renuncia generosa para triunfar al revés. Esté donde esté, recordaré con nostalgia al patrón Vasques, a la oficina de la Calle de los Doradores, y la monotonía de la vida cotidiana será para mí como el recuerdo de los amores que no tuve, o de los triunfos que no habrían de ser míos. El patrón Vasques. Veo hoy desde allí, como le veo hoy desde aquí mismo —estatura media, achaparrado, ordinario con límites y afectos, franco y astuto, brusco y afable—, jefe, aparte su dinero, en las manos peludas y lentas, con las venas marcadas como pequeños músculos coloreados, el pescuezo lleno pero no gordo, los carrillos colorados y al mismo tiempo tersos, bajo la barba oscura siempre afeitada a tiempo. Le veo, veo sus ojos de vagar enérgico, los ojos que piensan para dentro cosas de fuera, recibo la perturbación de su ocasión en que no le agrado, y mi alma se alegra con su sonrisa, una sonrisa ancha y humana, como el aplauso de una multitud. Será, tal vez, porque no hay cerca de mí una figura más importante que el patrón Vasques por lo que, muchas veces, esa figura vulgar y hasta ordinaria se me enreda en la inteligencia y me distrae de mí mismo. Creo que hay símbolo. Creo o casi creo que en alguna parte, en una vida remota, este hombre fue en mi vida algo mas importante que lo que es hoy. 8 ¡Ah, comprendo! El patrón Vasques es la Vida. La Vida, monótona y necesaria, dirigente y desconocida. Este hombre trivial representa la trivialidad de la Vida. El lo es todo para mí, por fuera, porque la Vida lo es todo para mí por fuera. Y, si la oficina de la Calle de los Doradores representa para mí la Vida, este segundo piso mío, donde vivo, en la misma Calle de los Doradores, representa para mí el Arte. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia de la Vida sin aliviar de vivir, que es tan monótono como la misma Vida, pero sólo en un sitio diferente. Sí, esta Calle de los Doradores comprende para mí todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el de que existan los enigmas, que es lo que no puede tener solución. 9 A veces, cuando levanto la cabeza aturdida de los libros en que escribo las cuentas ajenas y la ausencia de la propia vida siento una náusea física, que puede ser de inclinarme, pero que trasciende a los números y a la desilusión. La vida me disgusta como una medicina inútil. Y es entonces cuando siento con visiones claras lo fácil que sería alejarse de este tedio si tuviese la simple fuerza de querer alejarlo de verdad. Vivimos gracias a la acción, es decir gracias a la voluntad. A los que no sabemos querer —seamos genios o mendigos— nos hermana la impotencia. ¿De qué me sirve llamarme genio si soy ayudante de contabilidad? Cuando Cesário Verde hizo que le dijeran al médico qué era, no el señor Verde, empleado de comercio, sino el poeta Cesário Verde, se valió de uno de esos verbalismos del orgullo inútil que exudan el olor de la vanidad. Lo que siempre fue, pobrecillo, fue el señor Verde, empleado de comercio. El poeta nació después de su muerte, porque fue después de su muerte cuando nació la estimación por el poeta. Hacer, he ahí la inteligencia verdadera. Seré lo que quiera. Pero tengo que querer lo que sea. El éxito está en tener éxito, y no en tener condiciones para el éxito. Condiciones de palacio las tiene cualquiera en la ancha tierra, pero ¿dónde está el palacio si no lo hacen allí?

martes, 6 de marzo de 2007

Gabriel García Márquez

La siesta de los martes


El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvio a sentir la brissa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, habia oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavia no había empezado el calor.
-Es mejor que subas el vidrio-dijo la mujer-. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
Eran los únicos pasajeros en el escueto vagon de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riuroso y pobre.
La niña tenia doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los páropados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con lla colimna vertebral firmemente apoyada ontra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenia la serenidad escruplosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misteriosos silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Despues fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dió un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una racion igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura coarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
La mujer dejó de comer.
-Ponte los zapatos-dijo.
La niña miró hacia el exterior. No vió nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dió la peineta.
-Péinate -dijo.
El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabaó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
-Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora -dijo la mujer-. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminosos martes de agosto, resplandeción en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construídas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
-Necesito al padre -dijo.
-Ahora está durmiendo.
-Es urgente -insistió la mujer.
-Sigan -dijo, y acabó de abrir la puerta.
La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
-Que se les ofrece? -preguntó.
-Las llaves del cementerio -dijo la mujer.
-Con este calor -dijo-. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
-Que tumba van a visitar? -preguntó.
-La de Carlos Centeno -dijo la mujer.
-Quién?
-Carlos Centeno -repitió la mujer.
El padre siguió sin entender.
-Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada -dijo la mujer en el mismo tono-. Yo soy su madre.
-De manera que se llamaba Carlos Centeno -murmuró el padre cuando acabó de escribir.
-Centeno Ayala -dijo la mujer-. Era el único barón.
-Firme aquí.
La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
El parroco suspiró.
-Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
La mujer contestó cuando acabó de firmar.
-Era un hombre muy bueno.
El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
La mujer continuó inalterable:
-Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
-Se tuvo que sacar todos los dientes -intervino la niña.
-Así es-confirmó la mujer-. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sabados a la noche.
-La voluntad de Dios es inescrutable -dijo el padre.
Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
-Esperen un minuto -dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció en la puerta del fondo, con unachaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
-Qué fue? -preguntó el.
-La gente se ha dado cuenta -murmuró su hermana.
-Es mejor que salgan por la puerta del patio -dijo el padre.
-Es lo mismo -dijo su hermana-. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
-Esperen a que baje el sol -dijo el padre.
-Se van a derretir -dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala-. Espérense y les presto una sombrilla.
-Gracias -replicó la mujer-. Así vamos bien.
Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

jueves, 6 de julio de 2006

Antón Chéjov

La tristeza, cuento de Antón Chéjov


La tristeza    

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

           El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Se diría que ni un alud de nieve que le cayese encima le sacaría de su quietud.

          Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Se halla sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
        
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

        -¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

        -¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
       
-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
     
 -¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
       Siguen oyéndose los insultos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confundido, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
      
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.

El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
-¿Qué hay?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
-Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...

-¿De veras?... ¿Y de qué murió?

Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.

-¡A la derecha! -oye de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.

Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.
-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte kópeks por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte kópeks es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.

Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

           -¡Bueno, en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...

            -¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...

            -¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

            -Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-.
      Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.

      -¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
      -¡Palabra de honor!

     -¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

     Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe agudamente.

     -¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!

     -¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el jorobado-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale firme al perezoso de tu caballo. ¡Qué diablo!

     Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

     -Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...

     -¡Todos nos hemos de morir! -contesta el jorobado-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

     -Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.

     -¿Oyes, viejo, estas enfermo?-grita el deforme-. Te la vas a ganar si esto continúa.

     Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
     -¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

     -Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.

     -¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

     Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

     -¡Por fin, hemos llegado!

     Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

     Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

     Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.

     Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.

     -¿Qué hora es? -le pregunta, amable.

     -Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

     Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

     Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

     -No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.

     El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

      Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

     Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.

     En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.

     -¿Quieres beber? -le pregunta Yona.

     -Sí.

     -Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital...

     ¡Qué desgracia!

     Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

     Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea a una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar a alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

     Yona decide ir a ver a su caballo.
     Se viste y sale a la cuadra.

     El caballo, inmóvil, come heno.

    -¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho?

Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

     Tras una corta pausa, Yona continúa:

     -Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera...
Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...

     El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

     Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.