miércoles, 14 de octubre de 2015

Ezequiel Martínez Estrada


Frente a la política, el arte queda como una manifestación esporádica y subsidiaria, como un fenómeno restrictivamente porteño dentro del otro metropolitano. Las inquietudes espirituales dan su brote, su flor y su hoja amarilla en Buenos Aires; y ha de considerarse la cultura como un caso particular de urbanismo. Al talento no le queda otro camino que aquel de los productos en desagüe de la periferia al centro y del centro onfálico al exterior. Fuera de la capital arrastra su existencia parasitaria de lo que aquí se produce, emigra o sucumbe. Sin embargo, el talento no es oriundo de la metrópoli, también como en los buenos tiempos de Roma. En provincias no se escribe ni se lee; la llanura inmensa es refractaria a la intensidad de cualquier cultivo y los artistas que fatídicamente nacen en ella, tienen implicado el trágico destino de ser una negación en diversas formas, de la llanura; de no aclimatarse ni acá ni allá. Diarios, periódicos y libros se imprimen en Buenos Aires, con vistas al consumo rural. Los que se editan en el interior cabestrean su existencia baladí de pordioseros del gobierno comunal o provincial, con sus eternas cuatro u ocho páginas de avisos interpolados de las clásicas cursilerías y lugares comunes del periodismo y la tipografía de campaña.
Pueden llamarse los órganos paródicos del periodismo, aunque como ninguna otra forma de publicidad expresa con ingenua pretensión, la fusión simbiótica de la política y la literatura, del alfabetismo y de las artes gráficas. Aquello mismo que los periódicos de campaña revelan sin saberlo, puede aplicarse a la gran ciudad, y bastaría buscar, como en el gaucho urbano, cuáles son las transformaciones que ha experimentado al crecer en tamaño y número de ejemplares. Cultura y política son una misma cosa; gobernante y pedagogo, institución artística o científica y autores que entran en una coordinada acción de recíprocos derechos y deberes. Un gobierno quiso caracterizarse por cierto filisteísmo augusteo, precisamente porque era oriundo de la masa refractaria a la cultura, e incurrió en actos teatrales de mecenismo. Hizo repartir, por ejemplo, entre los campesinos una traducción de las Geórgicas. La transfiguración de elementos de la cultura más auténtica en ese renacimiento, sirvió para corroborar un plan de urbanismo romántico y como el autor de la Novela Cómica, dio su Virgile travesti. Llévese, si se quiere el caso a las sociedades artísticas y turfísticas que protegen las artes y las letras, como órganos representativos de la ganadería y del pensamiento. Ésa es la suerte de la inteligencia que huye de la llanura y es en pleno centro recapturada por las fuerzas eternas de la pampa.
Ningún órgano que en la ciudad dé forma para negar la realidad del campo niega la realidad del campo. Más que el gobierno paladinamente oriundo de la masa refractaria de la cultura, el gobierno nacido de la negación de ese tabú político quiso consumar la obra devastadora de la pampa; negó al intelectual, prescindió ostentosamente de él y además lo persiguió hasta donde pudo. Privando al intelectual de sus legítimos derechos, acorralándolo en un brete sin salida, completó aquel programa. Y sin embargo, Buenos Aires, la obra más extraordinaria de la política argentina, atrae al artista, lo seduce y lo corrompe.
Es verdad que en Buenos Aires hay lo que podría llamarse estructuras concretas de ciencia, de arte, de profesores liberales, pero no son autónomas de la ciudad y obedecen a la política que hizo a la ciudad, dependiendo indirectamente del erario. Todos ellos son fenómenos municipales, patrocinados o subvencionados en última instancia por la comuna o el gobierno, un poco en secreto. Para abrirse paso en la maraña de los intereses que monopoliza la política, ha de ofrecer su talento a los dos únicos postores: el periodismo o la administración pública. Sin poder sacar provecho ni regocijo de su obra, que nadie lee, reclama el subsidio y ya está vencido; ya no es él sino un colaborador de las fuerzas de la llanura que se refugiaron en la aldea. Simulacros de escritores, de artistas, de sabios han ocupado mediante la entrega condicional de su persona los altos puestos. Enseñoreados de los diarios, las cátedras y los cenáculos, defienden con uñas y dientes su empleo. Aquellos apóstatas que claudicaron en su fe son los apóstoles de ese ideal urbano, los herejes sublimados del contraideal. Diarios, universidades y salones se sostienen por un complejo sistema de intereses cruzados; unos amparan a los otros y a lo largo de los personajes encadenados circula una sola sangre y un solo fluido vital: la política. El método de la "cadena" descubierto por los tahures de comité es antiguo y continental. Ese sistema de la "cadena", de la complicación en serie, es el esquema de las actividades lícitas que se basan en la política y lo practican sin saberlo todos los que anhelan por encima de sus fuerzas. El artista honesto está predestinado a sucumbir porque está solo, y su rebeldía o su renuncia contrasta con el canevá de los intereses en juego. No tiene compromisos recíprocos; es un eslabón suelto.
La ciudad es de una textura homogénea aunque parezca abigarrada y cosmopolita; tiene el alma en bloque. Los trabajadores solitarios son hijos de la soledad; y veinte hombres libres son los que levan sobre sus espaldas el prestigio de la Nación. Si murieran de pronto, la Nación caería por su propio peso en las tinieblas australes a un nivel a ras de toda la latitud sudamericana. La ciencia se recluye en gabinetes y laboratorios; la literatura se ofrece al periódico y la revista para morir finalmente en el libro. El Estado que no cree sino en el peligro, concluye adquiriendo los libros y los cuadros que nadie compra y los distribuye en las bibliotecas y los museos que nadie visita. La vocación del artista y del sabio es un contrasentido con la realidad profunda, y el crítico que pasa en silencio las obras de enjundia y trompetea alrededor de las mistificaciones, está inconscientemente al servicio de las fuerzas oscuras de la pampa. Sobre los que se mantienen en pie trepa la hiedra de los que han fracasado hasta que los cubre el pasto. Los muertos matan a los vivos, como en el palacio de los Atridas. Formas abortivas y monstruosas, nacidas de cópulas gubernamentales, engendradas con los logos espermáticos de la política, se multiplican por sí mismas en pululación de bacterias, en obras completas de treinta títulos. El Congreso vota fondos para que se escriban obras o para adquirirlas. Son fantasmas a la rústica. Las plazas están llenas de simulacros de bronce y de mármol; los museos atestados de simulacros; los programas sinfónicos mechados de fantasmas. Todo ese mundo de los abortos inmortales nace de la política y es hijo de las cámaras, de los gabinetes y de los comités. El público está complicado en el sistema de la cadena y aplaude; llena los teatros y repite los gloriosos nombres de los espectros. Pero con socarrona picardía guiña un ojo; porque miente mucho más que se equivoca. Espera la muerte verdadera y olvida. Dramaturgos, poetas, músicos y pintores: todos amortajados en la misma tumba continental del olvido, han muerto. Los muertos de ayer parecen antiguos y distantes. Es la política, que empuja con todas sus fuerzas hacia delante, que teje de día sus telas y las desteje de noche. Mientras vive el defensor de sus intereses, mientras pueda hacer daño o bien, es respetado, como el político en auge; cae y se le olvida. En esa nefanda obra de cremación y aventamiento de las cenizas están complicados el gobierno y el pueblo, que prefieren al impostor vivo y no al talento muerto. Los monederos falsos de la cultura se nutren de cadáveres; aquel olvido es este renombre.
La falta de estados verdaderos de cultura se suplanta con estados ficticios de cultura; empresas poderosas de publicidad y de noticias sostienen la política de la literatura estándar. Si el periodista tiene las ideas de la administración, ésta tiene las ideas de los anunciadores de página entera, que casi siempre coincide con el mismo universal sistema de la cadena, con lo que se lleva y se consume con mayor cantidad. Centenares de cerebros trabajan diariamente en la misma tarea, modelando y puliendo con arreglo a un canon periodístico del mayor consumo. La personalidad del autor, incluso cuando le permiten que firme, se disuelve en una liga de plomo fundente, y toda la redacción es una masa gris de ideas y de renglones de linotipo. No tener qué comer es peor.
La suerte del escritor es todavía más triste que la del periodista; tiene que transigir con el lector de diarios, o tener fortuna. Los mejores son pobres y viven de otras cosas. Persisten en su trabajo porque Dios lo quiere así. Los intelectuales libres de la política de las empresas de prensa son destruidos de cuajo. Quien tiene dinero tiene fama; sus libros circulan al amparo de una firma bancaria de reconocida solvencia, y entonces puede cometer las mayores indignidades sin que se afecte su prestigio. La reputación es una incansable paciencia. El mismo lector que se pasma del éxito de su novelista predilecto, gusta pecaminosamente de las ediciones clandestinas, como si realmente estuvieran prohibidas.
No menos tiránico que la prensa, el comité político-literario y la administración pública acogen con reservas al hombre de acción fracasado y al idealista a ultranza. El autor costea la impresión de su obra con el sueldo que le paga el Estado y el Estado le compra el libro, devolviéndole su dinero. Devuelve el costo y recupera las ideas, retirándolas de circulación. Una vez hecha la fama se respeta hasta que la muerte barre con todo. La cadena queda soldada entre autores, impresores y consumidores.
Lograda una buena posición, ahí termina toda inquietud, se echa vientre y se espera la jubilación o las palmas académicas. Y entonces con la muerte llega la inmortalidad mientras se vive.

Del libro Radiografía de la Pampa,  (Losada, Buenos Aires 1983)

miércoles, 7 de octubre de 2015

Carson McCullers (EE.UU, 1917-1967)



El transeúnte


Esa mañana, la frontera crepuscular entre el sueño y la vigilia era romana: fuentes salpicando y calles estrechas con arcos. La dorada y pródiga ciudad de flores y piedra pulida por los años. A veces, en su semiinconsciencia estaba otra vez en París, o entre escombros de guerra alemanes, o esquiando en Suiza y en un hotel en la nieve. Algunas veces también era un barbero de Georgia en una madrugada de caza. Era Roma esta mañana, en la región sin tiempo de los sueños.
John Ferris se despertaba en una habitación de un hotel en Nueva York. Tenía la sensación de que algo desagradable le esperaba; qué podría ser, no sabía. La sensación, sumergida en las exigencias mañaneras, se prolongó aun después de haberse vestido y haber bajado. Era un día de otoño despejado y un sol pálido, en rebanadas, se metía entre los rascacielos color pastel. Ferris entró en la cafetería de al lado y se sentó en el compartimiento del fondo junto al ventanal que daba a la acera. Pidió un desayuno a la americana de huevos revueltos y salchichas.
Ferris había venido de París al entierro de su padre, que había sido la semana anterior en su pueblo, en Georgia. El choque de la muerte le había hecho darse cuenta de que la juventud había ya pasado. Se le caía el pelo y las venas de sus ya desnudas sienes quedaban salientes latiendo; su cuerpo se conservaba bien, a no ser por una panza incipiente. Ferris había querido mucho a su padre y la unión entre ellos había sido antes muy fuerte, pero los años habían debilitado algo esta devoción filial; la muerte, aguardada durante mucho tiempo, le había dejado con una consternación imprevista. Había alargado lo posible su estancia en casa, junto a su madre y sus hermanos. Su avión para París salía a la mañana siguiente.
Ferris sacó la agenda de direcciones para confirmar un número. Iba volviendo las páginas con interés creciente. Nombres y direcciones de Nueva York, de capitales de Europa, unas pocas borrosas de su estado del Sur. Nombres borrosos en letras de molde, nombres borrachos, garrapateados. Betty Wills: un amor pasajero, ahora casada. Charlie Williams: herido en la selva de Hürtgen, paradero desconocido desde entonces. El gran viejo Williams… ¿vivía o había muerto? Don Walket: trabajando en la televisión y haciéndose rico. Henry Green: se chifló después de la guerra, ahora en un sanatorio, decían. Cozie Hall: había oído que había muerto. La atolondrada, la alegre Cozie… era extraño pensar que ella también, tan boba, podía morir. Al cerrar el cuaderno, Ferris padecía una impresión de azar, de tránsito, casi de miedo.
Fue entonces cuando su cuerpo dio una sacudida repentina. Miraba por la ventana cuando allí mismo, pasando por la acera, vio a su antigua mujer. Elizabeth pasaba muy cerca de él, andando despacio. Ferris no pudo comprender el estremecimiento salvaje de su corazón ni la sensación inmediata de desahogo y de gracia que le quedaron cuando ella hubo pasado.
Ferris pagó deprisa y salió corriendo a la calle. Elizabeth estaba en la esquina esperando para cruzar la Quinta Avenida. Corrió hacia ella pensando en hablarle, pero cambiaron las luces y ella cruzó la calle antes de que la alcanzara. Ferris la siguió. Al otro lado podría muy bien haberla alcanzado, pero se sorprendió rezagándose sin saber por qué. Llevaba el cabello castaño claro recogido con sencillez, y, mientras la observaba, se acordó Ferris de que su padre había dicho una vez que Elizabeth tenía “buenos andares”. Elizabeth dobló la esquina siguiente y Ferris la siguió, aunque su intención de abordarla había desaparecido ya. Ferris se preguntó el porqué de la agitación de su cuerpo a la vista de Elizabeth, el sudor de sus manos, los fuertes latidos de su corazón.
Hacia ocho años que Ferris no había visto a su antigua mujer. Sabía que se había casado otra vez hacía mucho tiempo. Y tenía niños. Durante los últimos años raramente había pensado en ella. Pero al principio, después del divorcio, la pérdida casi le había derrumbado. Luego, calmado por la acción del tiempo, había amado otra vez, y luego otra. Ahora era Jeannine. Desde luego, el amor por su antigua mujer había pasado hacía tiempo. ¿Por qué entonces el desasosiego de su cuerpo y la mente sacudida? Sólo sabía que su corazón nublado estaba extrañamente en disonancia con el día de otoño soleado y claro. Ferris dio la vuelta de repente y, andando a grandes zancadas, casi corriendo, volvió deprisa al hotel.
Ferris se sirvió de beber, aunque no eran aun las once. Tumbado en una butaca como una persona exhausta, se puso a contemplar su vaso de whisky. Tenía un día entero por delante, y se iba en avión a la mañana siguiente. Repasó sus obligaciones: llevar su equipaje a la Air France, almorzar con su jefe, comprarse unos zapatos y un abrigo… ¿No había algo más? Ferris terminó la bebida y abrió la guía de teléfonos.
La decisión de llamar a su antigua mujer fue impulsiva. El número venía en Bailey, el nombre del marido, y Ferris lo marcó sin tomarse tiempo para pensarlo. Elizabeth y él se habían intercambiado felicitaciones en Navidad, y Ferris le había mandado un juego de trinchar cuando recibió la participación de boda. No había razón para no llamar. Pero mientras esperaba, oyendo la llamada al otro lado, la duda empezó a inquietarle.
Elizabeth contestó; su voz familiar fue para él un nuevo choque. Tuvo que repetir su nombre dos veces, pero cuando fue identificado ella pareció alegrarse. Le dijo que estaba en la ciudad sólo por un día. Ellos tenían un compromiso para ir al teatro, dijo ella, pero a ver si podía venir a cenar temprano. Ferris dijo que le encantaría.
Mientras iba de una cosa a otra, estaba aun molesto a ratos con la sensación de que algo importante se le olvidaba. Ferris se bañó y se cambió a última hora de la tarde, pensando a menudo en Jeannine: estaría con ella la próxima noche. “Jeannine”, diría, “me encontré por casualidad con mi antigua mujer cuando estaba en Nueva York. Cené con ella y su marido, claro. Fue extraño verla después de todos estos años.”
Elizabeth vivía en una Avenida Cincuenta y tantos Este, y, mientras Ferris iba en taxi desde el centro, vislumbraba en los cruces el ocaso prolongado, pero al llegar a su destino era ya noche otoñal. El lugar era un edificio con marquesina y portero: el apartamento de ella estaba en el séptimo piso.
- Entre, señor Ferris.
Preparado para Elizabeth, o hasta para el marido no imaginado, Ferris se quedó asombrado ante el chico pelirrojo y pecoso; sabía lo de los niños, pero su pensamiento no había sido capaz de imaginárselo de alguna manera. La sorpresa le hizo dar un paso atrás torpemente.
- Éste es nuestro apartamento –dijo el niño respetuoso-. ¿No es usted el señor Ferris? Soy Bill, entre.
En el cuarto de estar, al otro lado del vestíbulo, el marido le dio otra sorpresa. Tampoco para él estaba preparado emocionalmente. Bailey era un hombre macizo, de cabello rojo, con ademanes decididos. Se levantó y le tendió la mano.
- Soy Bill Bailey. Encantado de conocerle. Elizabeth vendrá en seguida… Está terminando de vestirse.
Las últimas palabras despertaron una serie fluida de vibraciones, recuerdos de otros años. Elizabeth, clara, rosada y desnuda antes del baño. A medio vestir delante del espejo de su tocador, cepillándose el fino cabello castaño. Dulce intimidad casual, la amabilidad de la carne suave poseída sin discusión. Ferris alejó de sí los recuerdos indeseados y se obligó a encontrar la mirada de Bill Bailey.
- Bill, ¿quieres traer esa bandeja de bebidas que hay en la mesa de la cocina?
El niño obedeció con prontitud y, cuando se hubo ido, Ferris dijo:
- ¡Qué chico más guapo tienen!
- Nosotros, por lo menos, lo creemos así.
Se hizo silencio hasta que el niño volvió con una bandeja de vasos y la coctelera con martinis. Con el estímulo de la bebida fueron sacando a flote la conversación: hablaron de Rusia y de la lluvia artificial en Nueva York, y del problema de los pisos en Manhatan y París.
- El señor Ferris volará mañana a través de todo el océano –le dijo Bailey al niño, que estaba encaramado en el brazo de su butaca, tranquilo y bien educado-. Apuesto a que te irías de polizón en su maleta.
Billy se echó para atrás sus lacios mechones de pelo:
- Yo quiero volar en un avión y ser periodista como el señor Ferris. –Y añadió con seguridad repentina-: Esto es lo que quiero ser cuando sea mayor.
Bailey dijo:
- Yo creí que querías ser médico.
- ¡Sí! –dijo Billy-. Seré las dos cosas. También quiero ser un sabio de bombas atómicas.
Elizabeth entró llevando en brazos una niña.
- ¡Oh, John! –dijo. Y colocó a la niña en el regazo de su padre-. Es tan estupendo volver a verte… Me alegro tanto de que hayas podido venir…
La pequeña estaba sentada mimosamente en las rodillas de Bailey. Llevaba un trajecito de crepé rosa pálido cogido en los hombros con un lazo y una cinta de seda del mismo color sujetándole los suaves rizos pálidos. Tenía la piel tostada del verano y sus ojos castaños; estaban moteados de oro. Cuando alcanzó y señaló con el dedo las gafas de concha de su padre, éste se las quitó y la dejó mirar un poco con ellas.
- ¿Cómo está mi bomboncito?
Elizabeth estaba muy hermosa, más hermosa quizá de lo que Ferris la había visto jamás. Su cabello limpio y liso brillaba. Su rostro era más suave, brillante y sereno. Era una belleza de Madonna, que se avenía bien con el ambiente familiar.
- No has cambiado nada –dijo Elizabeth-. Pero ha pasado mucho tiempo.
- Ocho años.-Casi inconscientemente se llevó la mano al pelo que ya le clareaba, mientras se intercambiaban otras vaguedades.
Ferris se sintió de pronto un espectador, un intruso entre los Bailey. ¿Por qué había venido? Estaba sufriendo. Su propia vida le parecía tan solitaria, una columna frágil sin nada que soportar en medio del naufragio de los años. Sentía que no podría seguir mucho tiempo en la habitación familiar.
Miró el reloj.
- ¿Vosotros vais al teatro?
- Es una pena –dijo Elizabeth-, pero teníamos este compromiso desde hace más de un mes. Pero, John, seguro que cualquier día de éstos te quedarás aquí. ¿No vas a ser un expatriado, no?
- Expatriado –repitió Ferris-. No me gusta mucho esa palabra.
- ¿Qué palabra hay mejor? –preguntó ella.
Él pensó un momento:
- Transeúnte, quizá.
Ferris miró otra vez su reloj y Elizabeth se excusó:
- Si lo hubiera sabido con tiempo…
- Sólo paso este día en la ciudad. Tuve que ir a casa inesperadamente. ¿Sabes? Papá murió la semana pasada.
- ¿Papá Ferris ha muerto?
- Sí, en el Johns Hopkins. Estuvo enfermo allí casi un año. El entierro fue en casa, en Georgia.
- Cuánto lo siento, John. Papá Ferris fue siempre una de mis personas predilectas.
El niño se levantó por detrás de la butaca de modo que pudiera mirar el rostro de su madre. Preguntó:
- ¿Quién se ha muerto?
Ferris estaba muy olvidadizo para comprender; pensaba en la muerto de su padre. Vio otra vez el cadáver, tendido en la seda dorada dentro del ataúd. Le habían maquillado la cara de una manera grotesca y aquellas manos familiares yacían unidas y pesadas sobre un desbordamiento de rosas. El recuerdo se cerró y Ferris se despertó a la voz tranquila de Elizabeth.
- El padre del señor Ferris, Bill. Una gran persona; alguien a quien tú no conocías.
- Pero, ¿por qué le llamas Papá Ferris?
Bailey y Elizabeth intercambiaron una mirada furtiva. Fue Bailey el que contestó al niño:
- Hace mucho tiempo –dijo-, tu madre y el señor Ferris estuvieron casados. Pero antes de que nacieras, hace mucho tiempo.
- ¿El señor Ferris?
El pequeño se quedó mirando a Ferris incrédulo y desconcertado. Y los ojos de Ferris, al devolverle la mirada, eran también algo incrédulos. ¿Sería verdaderamente cierto que una vez había llamado a esta extraña, a Elizabeth, “patito mío” durante noches de amor, que habían vivido juntos, habían soportado juntos, en medio de la tristeza de la soledad repentina, la pena de ver destruirse poco a poco (celos, alcohol y discusiones por dinero) el edificio del amor conyugal?
Bailey dijo a los niños:
- A alguien le toca cenar. ¡Hala, vamos!
- ¡Pero, papá! Mamá y el señor Ferris… Yo…
La mirada insistente de Bill, perpleja y con un brillo de hostilidad, le recordó a Ferris la mirada de otro niño. El hijo de Jeannine, un niño de siete años, de carita ensombrecida y rodillas huesudas al que Ferris evitaba y olvidaba con frecuencia.
- ¡De frente, marchen! –Bailey llevó suavemente a Billy hacia la puerta.
- Di buenas noches, hijo.
- Buenas noches, señor Ferris. –Añadió con resentimiento-: Creí que me iba a quedar para la tarta.
- Puedes venir luego por la tarta –dijo Elizabeth-. Corre ahora con papá a cenar.
Ferris y Elizabeth estaban solos. El peso de la situación gravitó sobre aquellos primeros momentos de silencio. Ferris pidió permiso para servirse otro cóctel y Elizabeth le puso la coctelera en la mesa a su lado. Miró el piano y observó la música en el atril.
- ¿Tocas todavía tan bien como antes?
- Todavía disfruto tocando.
- Toca, por favor, Elizabeth.
Elizabeth se levantó inmediatamente. Su prontitud para tocar cuando se lo pedían había sido siempre una de sus amabilidades. Nunca se hacía rogar, excusándose. Ahora, mientras se acercaba al piano, había en ella, además, la prontitud del alivio.
Empezó con un preludio y fuga de Bach. El preludio era alegremente irisado, como un prisma en una habitación por la mañana. La primera voz de la fuga, un anuncio puro y solitario, se repitió entremezclada con una segunda voz y repetida otra vez dentro deun marco elaborado; la música múltiple, horizontal y serena, fluía con majestad, sin apresuramiento. La melodía principal se trenzaba con otras dos voces, embellecida con un sinfín de ingeniosidades, dominante unas veces, sumergidas otras, con la sublimidad de una cosa única que no teme rendirse al conjunto. Hacia el final, la densidad del material se reunió para la última insistencia, enriquecida sobre el primer motivo dominante, y la fuga terminó en un acorde, como una afirmación final. Ferris descansaba la cabeza sobre el respaldo de la butaca y cerró los ojos. En el silencio que siguió, una voz alta y clara vino de la habitación del otro lado del vestíbulo, “Papá, pero cómo podían mamá y el señor Ferris…” Luego se oyó cerrar una puerta.
El piano empezó otra vez. ¿Qué música era ésa? Sin lugar, familiar, la melodía límpida llevaba mucho tiempo dormida en su corazón. Ahora le hablaba de otro tiempo, otro lugar; era la música que Elizabeth solía tocar. La melodía suave evocó un bosque de recuerdos. Ferris se perdió en el tumulto de anhelos pasados, conflictos, deseos ambivalentes. Era extraño que la música, ocasión de esta anarquía tumultuosa, fuera tan clara y serena. La melodía principal quedó rota por la aparición de la criada.
- Señora, la cena está servida.
Todavía, después que se sentó a la mesa entre sus anfitriones, la música interrumpida le oscurecía el humor. Estaba algo borracho.
- L’improvisation de la vie humaine –dijo-. No hay nada que te haga darte cuenta de la improvisación de la existencia humana como una canción sin terminar, o un viejo cuaderno de direcciones.
- ¿Un cuaderno de recuerdos? –repitió Bailey. Luego se calló prudente.
- Sigues siendo el mismo, Joh –dijo Elizabeth con algo de la antigua ternura.
La cena de aquella noche era al estilo del Sur, y los platos eran de lo que a él le gustaban: pollo frito y pastel de maíz y batatas en dulce. Durante la comida, Elizabeth mantuvo viva la conversación cuando los silencios se hacían demasiado largos. Y así Ferris tuvo ocasión de hablar de Jeannine.
- La conocí el otoño pasado, hacia esta época, en Italia. Es cantante y tenía un contrato en Roma. Creo que nos casaremos pronto.
Las palabras parecían tan verdaderas, inevitables, que Ferris no se dio al principio cuenta de que mentía. Él y Jeannine no habían hablado nunca de matrimonio en todo el año. Y en realidad ella seguía casada con un ruso blanco, agente de bolsa en París, del que llevaba separada cinco años. Pero era demasiado tarde para corregir la mentira. Elizabeth ya estaba diciendo: “Me alegra mucho saberlo. Enhorabuena, Johnny”.
Trató de compensarlo con cosas verdaderas:
- El otoño romano es tan bonito… Suave y florido. –Añadió-: Jeannine tiene un niño de seis años. Un chico curioso con tres idiomas; le llevo algunas veces a las Tullerías.
Mentira otra vez. Había llevado sólo una vez al pequeño a los jardines. El pálido niño extranjero, con los pantaloncitos cortos que dejaban al descubierto las piernas huesudas, había echado su barco en el estanque de cemento y había montado en un caballito. El niño había querido entrar en el guiñol. Pero no había habido tiempo porque Ferris tenía un compromiso en el Hotel Scribe. Le había prometido que irían al guiñol otra tarde. Solamente había llevado una vez a Valentin a las Tullerías.
Hubo un revuelo. La criada trajo una tarta blanca con velas rojas.
Los niños entraron en pijama. Ferris no comprendía aun.
- Felicidades, John –dijo Elizabeth-. Sopla las velas.
Ferris se acordó de que era el día de su cumpleaños. Las velas se fueron apagando despacio y olía a cera quemada. Ferris tenía treinta y ocho años. Las venas de sus sienes se oscurecieron y latieron de una manera visible.
- Es hora de ir al teatro.
Ferris agradeció a Elizabeth la cena de cumpleaños y dijo los adioses apropiados. La familia entera le despidió en la puerta.
Una luna alta, fina, brillaba sobre los oscuros rascacielos mellados.
En las calles hacía viento y frío. Ferris fue deprisa a la Tercera Avenida y llamó un taxi. Miraba la ciudad nocturna con la atención deliberada de la partida y quizá de despedida. Estaba solo. Deseó que llegara pronto la hora del vuelo y el viaje.
Al día siguiente miró la ciudad desde el cielo, bruñida al sol, de juguete, precisa. Luego, América se quedó atrás y sólo estaba el Atlántico y la distante costa europea. El océano tenía un color lechoso, pálido, plácido bajo las nubes. Ferris dormitó casi todo el día. Hacia el atardecer pensaba en Elizabeth y en la vista de la tarde anterior. Pensó en Elizabeth entre su familia, con deseo, con envidia y una pena inexplicable. Buscó la melodía, la frase sin terminar que le había emocionado tanto. La cadencia, algunos sonidos dispersos, era todo lo que le quedaba; la melodía misma había huido. Había encontrado, en cambio, la primera voz de la fuga que Elizabeth había tocado, irónicamente invertida y en tono menor. Colgado sobre el océano, las preocupaciones por su soledad y por lo transitorio de las cosas dejaron de acongojarle y pensó en la muerte de su padre con ecuanimidad. A la hora de cenar, el avión llegó a la costa francesa.
A medianoche, Ferris cruzaba París en un taxi. El cielo estaba cubierto y la neblina ponía halos a las luces de la plaza de la Concordia. Los bistrós nocturnos brillaban en los pavimentos húmedos. Como siempre después de un vuelo transoceánico, el cambio de continentes era demasiado repentino. Nueva York por la mañana, esta noche París. Ferris entrevió el desorden de su vida; la sucesión de ciudades, de amores transitorios; y el tiempo, el siniestro deslizarse de los años, siempre el tiempo.
- Vite, vite! –llamó con terror-. Dépêchez-vous.
Valentin le abrió la puerta. El niño estaba en pijama, con una bata roja que le venía grande. Sus ojos grises estaban ensombrecidos y, al entrar Ferris en el piso, chispearon momentáneamente.
- J’attends, mamam.
Jeannine cantaba en un club nocturno. No estaría en casa hasta dentro de una hora. Valentin volvió a un dibujo que estaba haciendo, acurrucándose con sus lápices sobre un papel extendido en el suelo. Ferris miró el dibujo: era uno que tocaba el banjo con las notas y las líneas onduladas saliéndole en un globito, como las historietas.
- Volveremos otra vez a las Tullerías.
El niño levantó la cabeza y Ferris se lo acercó a las rodillas. La melodía, la música sin terminar que Elizabeth había tocado le vino de repente a la memoria. Sin pedírselo, la memoria desembarcaba en él su carga; esta vez trayendo sólo reconocimiento y súbita alegría.
- Monsieur Jean –dijo el niño-. ¿Le vio usted?
Confuso, Ferris pensó solamente en otro niño, el niño pecoso, mimado por su familia.
- ¿A quién, Valentin?
- A su papá, en Georgia. –El niño añadió-: ¿Estaba bien?
Ferris se apresuró a decir:
- Iremos a las Tullerías a menudo, a montar en el caballito y ver el guiñol. Lo veremos y no tendremos prisa nunca más.
- Monsieur Jean –dijo el niño-. El guiñol está cerrado ahora.
Otra vez el terror, la comprensión de años desperdiciados, y la muerte. Valentin, impulsivo y confiado, se acurrucaba entre sus brazos. Su mejilla tocó la mejilla suave y sintió el roce de las pestañas delicadas. Con íntima desesperación estrechó al niño como si una emoción tan cambiante como su amor pudiera dominar el pulso del tiempo.


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domingo, 27 de septiembre de 2015

Elvira Orphée(Argentina,1930)

¡Ay, enrique! 


quedaba en un paraje de mosquitos, de maderas podridas, de río. las circunstancias me habían obligado a vivir en esa casa extraña. del piso habían desaparecido algunas tablas y se abría un boquete de más de medio metro. para no caerme dentro caminaba por el medio de la pieza. como yo vivía allí desde hacía poco, no había tenido tiempo para los peligros. era un sitio bastante claro. la claridad se metía por el boquete para iluminar una escalera que llevaba al sótano o lo que fuere, quizá lleno de ratas y de resacas algo inmundas. si hubiera tenido ganas de limpiar habría bajado a sacar las carroñas o los bichos vivos dejados por alguna creciente. pero mi espíritu estaba intranquilo y ni siquiera había limpiado la gran pieza en la que estaba viviendo; hasta había dejado colgando como grandes hamacas los telones desprendidos del techo, esos que ya no se hacen más, tan inútiles, tan estremecedores cuando empiezan a soltarse. no sé en qué pasaba mi vida entonces porque no me acuerdo de ningún sentimiento intenso, excepto del amor por enrique. pero no había tenido la energía de prohibirle que bajara al misterioso sótano, tan fuertes eran mi cansancio y mis ganas de despreocupación. él, allí, seguramente se divertía como sólo puede hacerlo un ser nuevo y asombradizo. un día se me ocurrió que, entre ratas y sucias formas de la vida, debía de haber atrapado lombrices. así que busqué a un hombre de la zona, especialista en bichos repugnantes, para que se las sacara. llegó vestido con un overall blanco, muy limpio, como uniforme de médico. me asomé al boquete del piso y llamé a enrique que andaba correteando abajo. asombrosamente, obedeció y subió alegre el tramo de escalera rota. con orgullo miré al hombre. uno siempre magnifica cualquier señal de inteligencia de los que ama. enrique estaba contentísimo. vaya a saber qué podredumbres, qué maravillas mefíticas lo tenían tan entusiasmado allá abajo. el hombre se dispuso a darle su remedio, pero me advirtió 
que se sentiría mal. enrique era mi amigo. no, mi hijo. el que me quería incondicionalmente y dependía de mí para todo. yo, que tuve tanto asco de tantas cosas, no lo tenía de sus patitas sucias ni de su pelambre refregada en sitios contaminados. le gustaba ensuciarse, yo lo amaba, luego era necesario que lo dejara ensuciarse. enrique y yo nos queríamos con un amor que dolía. era una tumefacción en el alma. de tanto como tuve, de tanta gente, lo único que me quedaba era enrique. pero eso único era una inmensidad. entonces, ¿por qué salí, dejándolo solo con el hombre del overall? por algo tan tonto y tan inexplicable como la llegada de el petiso fatum, que me invitó a pasear. yo nunca paseo por pasear. es como decidirse a perder vida. hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen pequeños agujeros por donde entren muchas cosas que normalmente no pueden entrar porque las almas están demasiado cerradas. pero, ¿pasear porque sí? ¿y con el petiso fatum? simpático y divertido en las ocurrencias que nacen de noche, entre mucha gente, pero incapaz de exprimirle las posibilidades a una flor. pese a eso; increíblemente, salí con el petiso fatum mientras a mi criatura le hacían ingerir drogas dañinas. nos metimos por entre la maraña de un paisaje tan húmedo que parecía despedir vapor, y llegamos a una casa rodeada de plantas, de verde, de sombra. una gran casa oculta y chorreada de verdín, de esas que tienen imán porque están como saturadas de maleficio. producen un miedo muy atrayente. el petiso estaba pasando allí algunos días, no sé por qué ya que tenía su casa en la ciudad y era apasionadamente ciudadano. habíamos abierto la verja y estábamos por llegar a la puerta, cuando oí una especie de llanto lejano. quién sabe qué me impulsó a correr para acercarme al llanto. el petiso me siguió entre risas y comentarios que le quitaban el aliento. según él no se había oído nada. y quizá tenía razón porque debimos correr bastante hasta llegar a la casa donde parecía estar el llanto. al revés de la que acabábamos de dejar, y aunque estaba en un paraje lleno de verdor, era luminosa. la luminosidad interna se distinguía por debajo de la rendija de la puerta. llamamos. nandie contestó. Imposible entrar si no era por la puerta. las tapias de los costados no lo permitían. saqué mis llaves y empecé a probarlas. el petiso se puso pálido. —no se oye ningún llanto. ¿te has vuelto ladrona y me estás complicando? me voy de aquí. pero se puso aun más pálido cuando oyó de repente el llanto espantoso. llanto, queja, alarido, todo eso era, más la desesperación. fui siempre especialista en encontrar entradas insuficientemente cerradas. desde chica me he divertido en violar casas de vecinos ausentes. un único obstáculo tuve a veces; los perros, tan defensores de lo que no les pertenece, tan del partido de sus dueños, pobrecitos. hasta he llegado a entrar en casas con enfermos que ni se daban cuenta de que la familia los había dejado solos; en casas con imágenes de santa teresita y rosarios gruesos, negros y diabólicos; en casas llenas de jazmines del paraguay que, aunque no tienen un perfume exaltado, lo tienen, sí, extraño (casi un no perfume, muy refinado). y de repente, mientras hurgaba la cerradura, me invadió el ansia de perfumes que siempre me ha perseguido como si me señalara un camino. hablé para distraer a el petiso, mientras seguía con mi trabajo. pero su cara trastornada rompió mi cháchara y me volvió a la urgencia. tenía que entrar en la casa. lo había hecho antes en tantas otras, atraída por sus extraños habitantes ausentes que dejaban visibles sus ritos o por sus insólitos ensamblajes, ajenos a las ordenanzas, rebeldes a cualquier prohibición opuesta a la originalidad. por fin di con el resquicio que me permitió abrir. una casa rectangular y luminosa. se entraba por un pasillo lindante con los vidrios de la cocina que, a su vez, tenía ventanas hacia otra calle. y entonces volvimos a oír el quejido. ¿quejido? un gemido rabioso, un aullido. venía de afuera, de detrás de las ventanas de la cocina que daban a la otra calle. me precipité a abrir una y algo huyó hacia abajo. El petiso ya estaba junto a mí. Me incliné a mirar y, con asombro, con desazón, casi con náusea, descubrí lo que había afuera. la casa, al ras del suelo por donde habíamos entrado, de este otro lado estaba sobre un terraplén oblicuo de unos dos metros o más de elevación. tirado en la calle había un blando muñeco de trapo, bastante grande, con una pierna doblada. a su lado aullaba el perro que quiso entrar en la casa violada por mí o quiso algo que no comprendimos, quizá sólo ayuda. en el balcón de la casa vecina, blanco y lleno de sol, tres monjas cuchicheaban. yo no apartaba los ojos de la calle. —está rabioso —dijo el petiso en voz baja. —está hambriento. —y el hombre, borracho. —no. cuando yo me emborracho, enrique no se pone a aullar. el petiso me miró con curiosidad y quizá repugnancia. —¿te emborrachás? —sí. sola y no en reuniones. —¿por qué has decaído tanto? ¿no te da pena? inútil contestarle. era curiosidad de chismes, no de vida. mientras ahí abajo, en la calle, ¡qué desarticulado estaba ese pobre hombre, qué pálido, qué vestido con bolsas en lugar de ropas, como para que yo lo hubiese tomado por un muñeco de trapo! el muchacho tirado y su perro, dos seres que se habían amado, que se amaban seguramente todavía a pesar de la espantosa barrera entre ellos. porque no se podía dudar: sólo la muerte da actitudes tan antinaturales como la que tenía el hombre caído. todo era tan blanco de este lado de la casa, como en un paisaje de andalucía, como si del otro lado no hubiera tanta cantidad de sombra, de verdín, de agua oscura. de repente, ese dolor que se elevaba desde la calle me dio en el pecho y me sofocó. el muchacho tirado ¿de qué había muerto? ¿de hambre? ¿de caminar sin esperanzas? ¿de tanto amar? ¿cómo no supo que junto a él tenía el amor? ¿qué necesidad de un ser humano para vivir el amor más desgarrador? —las personas son nada más que el instrumento para el cuerpo de otras personas —susurré. el petiso estaba descolorido, entendiendo sólo la muerte, sin entender la separación. —el amor que rompe las paredes está en otra parte. tenemos casas para resguardar el cuerpo, tenemos cuerpos para resguardar quién sabe qué belleza desconocida. pero la resguarda y al mismo tiempo la comprime, la domina, la retiene —hablé con voz de llanto—. ¿quién es capaz de romper las paredes del cuerpo? ya había algunos curiosos mirando al muchacho caído. todos parecíamos paralizados. nadie actuaba. y en el balcón vecino, tres monjas comentaban pacatas el espectáculo. —hagamos algo —les supliqué—. quizás esté vivo todavía. —es la voluntad del señor —dijeron, indiferentes. —pero quizá no esté muerto sino por morir —y pensé: de una enfermedad tan pobre que la obliga a transportarla por los caminos y la intemperie. ellas siguieron en su impasibilidad de monjas. es la voluntad del señor. entonces, dulcemente, les aconsejé: —¿por qué no cambian de señor? se persignaron y huyeron a la desbandada. yo entré a llamar a una de esas instituciones nuestras que tardan tanto para lo urgente y no llegan nunca para lo demás. luego salí de la casa. arrastré a el petiso en la gran vuelta que se precisaba hacer para llegar del lado sombra al lado andalucía. —¿así que te emborrachás sola? —mientras corríamos. —sí. ¿no lo ves? —sin dejar de correr—. estoy borracha de rabia. otras veces lo estoy de música y tantas de eternidad. entonces enrique se echa a mi lado y participa de lo que me pasa. pero para que te quedés contento, a veces me emborracho con dos vasos de vino con frutas. y mi voz sonaba entre los lamentos que se desgarraban en el aire y volvían a nacer en algo más hondo que la garganta del pobre animal desesperado. sus ojos, fijos en algún zodíaco lejano, pero con lagunas del llanto de la tierra, estaban atados al espectro del muchacho que seguramente se despedía de él en ese momento en una estratósfera del alma inalcanzable para nosotros. el muchacho ya se iba, derivando por las regiones privadas de los muertos. el perro quería irse con él, y su cuerpo imperante le cerraba el paso. la corriente de su desesperación era por minutos más intensa. el muchacho se iba empapando de desconocido; el perro de desdicha irreversible. de repente, la mirada del perro cambió de lugar y de expresión. me miró a mí, y el horror pareció traspasarle los límites de los párpados. —dios, dios —dije—. no abandones al perro. lo recogeré yo. y salí corriendo mientras el petiso me gritaba. ¿quién era él para llamarme? ¿quién era para haberme hecho dejar a enrique solo? era nada más que el hermano de el alto fatum. corrí hasta sentir estrellas de plata ante mis ojos, y sus duras puntas clavadas en un costado del cuerpo. corrí abriéndome paso entre estrellas de dolor, ya viejas conocidas, pero nunca tan brutalmente desafiadas. entré en mi extraña casa. yo no vi el espectro de enrique, como vio el perro el del muchacho, alejarse translúcido o centelleante hacia los parajes de la disolución. lo vi simplemente muerto, enroscado alrededor de un dolor insoportable. me eché a su lado. enrique, enrique, mi amigo, mi criatura, te has muerto para dejarme toda la libertad. me lo contó la mirada de horror del otro perro. me dijo: la tristeza es ahora el pulso de enrique, en eso lo ha convertido tu abandono. ¡no! ¡no! quise contestarle. le contesté que no, enrique, con los ojos, con todas las mataduras del alma. te dejé esta tarde a que te las arreglaras solo con tu enfermedad, pero no sospeché que te morirías. no fue esta tarde cuando en realidad te dejé solo, fueron todas las veces que te abandoné antes, hasta casi olvidarte. quizá creíste que volvía a abandonarte. el otro perro lo sabía; a eso se refería su horror al mirarme. semejante a agua opaca y profunda se había vuelto el bello color dorado de los ojos de enrique. junto a él, echada, y casi sin darme cuenta, la barrera que nos separaba ahora, como a esos dos pobrecitos de la calle, se deshizo y dejó de ser barrera. tuve una náusea, una sola, y no caí muerta porque ya había caído antes de morir. ya en el suelo estaba muerta. enseguida vi luces titilantes en horizontes muy oscuros, sentí esa inmensa sensación de felicidad que da volar en sueños, aunque lo hiciera por cielos intermitentemente alumbrados, y después me encontré en este sitio. todavía tengo recuerdos de la tierra, pero ya algo me golpea magnéticamente la cabeza para que no recuerde más que alguna vez hablé con palabras, tuve la posibilidad de hacer algo con mis manos y amé a enrique en su desvalimiento de animal. estamos de nuevo juntos; enrique y yo, él con su cuerpo, igual a lo que era; yo con mi cuerpo, igual a lo que fue. enrique me quiere, me habla con palabras y yo contesto con extraños sonidos, desagotados de significación para él, porque ya no puedo hablar más con palabras. me tiro en el suelo, a sus pies, y me quedo en postura de esfinge, y él, desde el sitial donde está sentado, se inclina a acariciarme el lomo desnudo. me concede su tiempo perdido, nada más, porque ya se le desencadenó el torrente de cieno que en la tierra nos lleva compulsivamente hacia otro ser de nuestra especie y nos obliga a descuidar a todos los enrique del mundo. sí, enrique, te dejé muchas veces solo allá en la tierra, no a causa de el petiso, con su borboteante insignificancia, sino a causa de el alto fatum, su hermano, que me proporcionaba la risa y andanadas de sensaciones. pero no supe nunca que te estremecías como un astro (igual que yo ahora) con cada latido de abandono. te dejé muchas veces solo a causa de el alto fatum, que al fin y al cabo no tenía más que risa, inferioridad, mugre y un cuerpo que podía acoplarse al mío. no entiendo este mundo en el que estamos ahora ni entiendo su cielo —si es cielo esa especie de pesadilla que veo aquí—. me desespera que no comprendas lo que te dicen los escasos sonidos de mi garganta, que no haya flores blancas de exaltado perfume, sino sólo vegetales con olor amoniacal. pero quizá dentro de poco algo cambie. ya los recuerdos de lo que fue antes empiezan a flotar como una tenue columna sobre mi cabeza. en las nieblas que veo ahora —que tus ojos no pueden distinguir— hay figuras que se parecen a la mía, y me pongo a aullar de miedo por lo que te rodea y no ves. enrique, que te enamoraste de un cuerpo semejante al tuyo en este enervante, extraño mundo, y que me abandonas a causa de él, antes de que pierda del todo la memoria de lo que fue, te suplico que no me dejes como te dejaba yo, con tanta soledad, con tanta hambre, durante tantos días. que no me dejes por un cuerpo de tu misma especie, esos que nunca traen el amor sino la desgracia.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Sara Gallardo(Argentina, 1931-1988)


En la montaña 

"si dejo de mirarlo." y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto rato. estaban mis heridas. estaba el sol, también. a esa altura el sol es otro, no imaginable. correspondiendo, la sombra también es otra. buscar reparo es meterse en el hielo; buscar abrigo, ir a la hoguera. así se muere, de dos zarpazos, en la indi­ferencia de la montaña. sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas hubieran seguido, estando: mi pierna rota, mi bra­zo roto, mis costillas rotas, algo en el costado de la cara. y estaba la sed. la sed valía por todo. alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso como la muerte. ¿por qué estaba solo? una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran mi compañía. ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. y el cóndor esperando. pensé: estoy muerto. el dolor me desmintió. comprendí que me había desbarrancado, a no du­dar por culpa de la mula. siempre nos odiamos. habrá caído, de pura maldad, arrastrando pedruscos, arras­trándome, el cañón saltaría de su lomo. podía jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de despedi­da—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los cóndores sobre algo cercano. si podía alegrarme me alegré. sirvieron de señal, supongo, los cóndores. abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era mi lengua. un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero, furtiva, encor­vada, armada. luchaba con los cóndores por la mula. dije: —por dios... no me salió la voz. grité: —hermano, por el amor de dios. el recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame. hay un ruidito: chac-chac. es mi yes­quero. una pequeña llama surge, veo al ser, veo un brillo en su frente calva. se inclina a hacer fuego. el fuego se levanta. él solloza inclinado ante la llama. es de día. el lugar resulta ser una cueva. sigo atado —medicinalmente— con tiras de cuero peludas. unas ro­cas cierran la entrada. a cierta hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. el personaje envuelto en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mu­cho más que yo. ¿por qué me cuesta decir el hombre? su emoción an­te el fuego, su cuidado por mí son bien humanos. su calvicie habla de sangre blanca. algo me lo vuelve temi­ble.ante todo, su negativa a hablar. frente a él cambio. yo, espontáneo, me vuelvo astuto. corajudo, le temo. agradecido, me obliga al rencor. dos recuerdos más: días en que ahumó los pedazos de mula arrancados a los cóndores, la papilla con que me alimentó. al restablecerme descubrí que era carne de la mula masticada por él. pasaron meses. ceñudo, gigante, ojos celestes pegados a la nariz de pico rojo, agazapado ante el fuego. y yo que­riendo hacerlo hablar cuento historias, canto, hasta recito décimas, para nada. sordomudo, ni pensarlo. cuántas ve­ces no le hablé sobresaltándolo con el sonido, haciéndole volver la espalda furioso. mi batalla era hablarle. la de él, callar. como no pudo convencerme, una vez me tiró una piedra. pequeña, pero de efecto suficiente sobre mis heri­das. acepté el silencio. era renunciar a la amistad. español, decidí. vasco, montañés. desertor. a co­mo yo, un desecho. ¿qué me lo decía? lo de vasco, su físico. lo demás, sensaciones. llegué a pensar que mi uniforme le impedía hablar­me. gusano que roía el imperio. pero allá arriba, ¿qué era esto? sonaba a nada. la verdad para mí era que se negaba a lo humano. a pesar de que me había salvado a costa de muchos trabajos éramos enemigos. por eso, por el silencio. pero ¿por qué quería callar? para dormir desaparecía en un rincón, supuse que la cueva hacía un codo, después lo comprobé. el miedo —como si la montaña con toda su maldad se hubiera concentrado en su persona— hizo que al me­jorar me fingiera más débil de lo que estaba. cuando sa­lía y todo ruido se extinguía —menos el viento y los ru­mores de la altura— me atrevía a sentarme. después me arrastré, gimiendo, comprendiendo que mi salud estaba lejos, que debía entregarme al tiempo y a mi anfitrión si quería vivir. entregarme, qué palabra. Entregarse es hablar, decir su nombre, ponerse al tanto. cuando pude dar unos pasos vi su yacija, sus teso­ros: el cañón, correajes, restos de uniformes, de armas patriotas y españolas, el arnés de la mula, herramientas de piedra. pasaba horas y horas solo. él salía de caza. com­prendí que en previsión del invierno. ¡el invierno! fui herido en primavera, y ya el frío no se aguantaba en el vivac, qué decir en las marchas. el invierno. me aferra­ba a la cueva como al vientre de mi madre. morir no es cosa rara. pero en la montaña... vamos a la primera nevada. el frío en la cueva era de solemnidad. me incorporé como cada vez que él salía. qué mareos, me apoyé en la roca. flexioné como siempre las piernas y los brazos. una pierna y un brazo. los otros eran un par de estacas. había jurado poder más que ellos y me pasaba las horas friccionándolos, obligándolos a ceder. resistían pero había progreso. y ese progre­so era mi idea fija, el sentido de mis días. la luz distinta me hizo espiar el exterior. vi la neva­da reciente. vi las huellas. casi redondas. un codo de diámetro. con un pul­gar aparte y el resto indeciso. bípedas, descalzas. a juz­gar por el hundimiento de la nieve el peso del dueño iba en proporción. me puse a temblar como una liebre. Imaginé el olfa­to del monstruo, mi debilidad. Imaginé a mi salvador afuera, a su merced. estaba por arrastrarme en busca del sable cuando las piedras de la entrada se movieron. retrocedí hacia el fuego dispuesto a incendiar la manta co­mo primera defensa; pero apenas vislumbré la mano envuelta en tiras de lana que ya conocía volvió a primar la astucia, me eché al suelo bajo la manta, fingí dormir. esta vez me estudió antes que al fuego. es verdad, yo no estaba en el sitio de siempre, pero era natural bus­car calor con ese clima. quería asegurarse de algo a mi respecto. su respiración era contenida, no agitada. él, que venía de ver las huellas, quería cerciorarse de mi sueño. sabía del monstruo. sólo le preocupaba saber si yo sabía. me sacudió.fingí despertar aunque mi pulso brin­caba. señaló mi rincón. señalé las brasas. enseguida, para no contagiarme su habla por señas: —desde hoy pienso dormir cerca del fuego. hizo que no, las mechas grises que bordeaban su calva le barrían los hombros. arrancó la manta, la tiró a mi rincón. sigue un período en el que hubo algunos cambios. mis piernas empezaron a funcionar mejor, mi brazo res­pondía. era algo que él parecía estar esperando. inició un trabajo de herrería que al principio no entendí. caños de fusil por pinzas, piedras por yunques. y el fuego, na­turalmente. y un fuelle que había cosido con cueros an­te mis ojos sin que me percatara de su uso. empecé a admirarlo. como esclavista en primer término. yo había nota­do que las gentes de montañas, las gentes de europa, trabajaban como seres sin corazón, todo el tiempo. me tu­vo con ese fuelle durante un millar de horas. se trataba de convertir mi cañón en otra cosa. y lo logró. lo logra­mos. en un par de palas, de especies de palas. si habremos paleado nieve. a veces pensaba en las huellas como en una alucina­ción. a veces oía un ruido y saltaba a defenderme. y veía como si ocurriera la escena de mi sable quebrado como paja entre las manos de un oso, de un mastodonte que se abalanza sobre mí, veía sus colmillos. un día era peludo, otro cubierto de escamas, otro un gigante que agarraba en cada mano a un hombre y de un mordisco les rebanaba la cabeza. el fuego era mi idea: brasas a los ojos para empezar, una antorcha en seguida al ho­cico, al pecho, a la panza. oía su alarido. lo veía, retro­cediendo, encogido, las garras retraídas. y nunca hablé de él. solo, sobando cueros, sacando tientos, cosiendo, ahumando carnes (mi actividad era doméstica; no esta­ba bien visto que saliera), pensaba. Imaginaba muchas cosas. la luz del día, cómo nos equilibra. yo vivía en pe­numbras. imaginé que mi hombre había domesticado al monstruo y lo hacía cazar para nosotros. Imaginé dema­siado. pretextando el viento rodeé mi cama de piedras, quería tener proyectiles a mano. cómo salté hacia ellos esa noche. horrible, una voz me despertó. clamaba con mil ecos. el monstruo. no. un resplandor sereno echaba el rescoldo bajo las bóve­das oscuras. todo tranquilo. salvo esa voz, esos ecos, salvo el idioma no de gente, en que flotaban vocablos conocidos: maría luisa, cayetano. mi compañero soñaba en vascuence. me acostumbré a tantas cosas en aquel tiempo que ­acostumbrarme a sus sueños no fue un esfuerzo del otro mundo. del otro mundo eran su voz, su idioma, el re­sonar. y el frío. En una de mis inspecciones descubrí un hueco ta­pado con pedrisca, y muy sobado, el documento mili­tar de miguel cayetano echeverrigoitía, nacido en hornachuelos, vizcaya, soldado del 4 de Infantería ca­zadores del rey. qué inteligente me sentí. hasta llegué a reírme. yo, a su merced, me sentí por un instante su dueño. eso me despertó la locuacidad, caída hasta el mono­sílabo, y en forma inesperada: conté chistes subidos. nunca me divirtieron; en los vivacs se oyen demasiados. los repetí uno por uno. mi intención era despertar algo en él, no sabía bien qué. risa. eso, la risa; después de la palabra, es lo más humano (si se exceptúa la traición). Sentí que una risa, una sonrisa, pueden ser aurora de una palabra. una palabra, y el murallón de su locura podía caer. lo estoy viendo esa noche, en la luz rojiza, un hueso metido en la boca como una flauta mientras sorbe la médula. los chistes, no le hacen gracia. su respiración se agita. lamento la posibilidad de haber removido su lu­juria. callo, tristísimo. me fijé fecha para hablarle del monstruo. “mañana ape­nas amanezca.” el amanecer es la mentira más cruel de la montaña. hasta parece inocente; hasta bello. no hubo amanecer. desperté sin luz. la nieve nos bloqueaba. ni pensar en las palas. sepultados. él parecía tranquilo. decidí estarlo también. si ha­bía que morir que fuera dignamente. mi objeción: ya que era mi sino morir en la montaña, por qué no antes, en el desfiladero, entre el cañón y la herradura; por qué esta relación en la caverna, esta curación para llegar a lo mismo. bien. no había cóndores, y ya es algo. había... me sabía de memoria qué había. provisiones, ahu­madas; yuyos, colgados; combustible, apilado. mi vasco era hacendoso como un marino. siempre confié en salir de allí antes de que fuera ne­cesario consumir ciertas provisiones que ahumé durante el verano y el otoño. serpientes, por ejemplo, arranca­das por mi compañero a los cóndores con pedradas co­mo rayos. las encaré con filosofía, considerando el ali­mento a que debía mis fuerzas. empezó la convivencia que lleva al asesinato, la de dos tapiados. envueltos en pieles, pegados al fuego conservado en un pozo, vivíamos. las cabezas empaquetadas en ti­ras de uniformes de todos los regimientos, escarchadas, sin mostrar los ojos; las piernas y los pies en mandiles rellenos de paja y pelo de cabra. afuera el viento era, no sé, la montaña vuelta aire, dando tumbos. nosotros en su vientre éramos amebas listas a ser evacuadas ha­cia la nada. gusano del imperio, gusano de la libertad, retorciéndonos todavía un momento, ¿por cuánto? ¿para qué? y sin hablar. él mandaba. era dueño de casa. nada que objetar. qué se come, qué se bebe, qué se fabrica, cuándo se ha­ce ejercicio, todo, todo, mudo. ¿qué se bebe? ah, sí. cada comida se completaba con una tisana. la mía, descubrí, era para mí solo. amarga, de las raíces de un vegetal negruzco. tardé en notar que era narcótica. Empecé a dormir mucho. despertaba pesado, soñaba, andaba todo el día adormilado. mejor así, pensé. hasta los clamores de "¡maría luisa, cayetano!" pasaban sin despertarme. dormido estaría la noche que el monstruo entró en la cueva. dormido las horas que tardó en cavar la nieve exterior, los días que le llevó llegar a la entrada, dormido cuando se abrió paso removiendo las rocas. el viento no apagó el fuego. no nos mató de frío. porque una mano estaba lista para rodear el rescoldo con piedras, para ce­rrar la abertura desde dentro, para dejar salir y cerrar otra vez. la mano de un cómplice del monstruo. noté los cambios al otro día, luz por los resquicios, el parapeto que rodeaba el fuego, las piedras de la entra­da puestas de otro modo. y cierto olor. mi despertar era vigilado con tal atención que com­prendí: vida o muerte. decidí ser imbécil. exulté: —¡ah! ¡se derritió la nieve afuera! la alianza de don miguel cayetano echeverrigoitía con un monstruo de especie desconocida era bastante para borrar los efectos de su narcótico. encaucé mi exal­tación. Inclinado sobre las piedras que entrechocaba desde semanas atrás para lograr algo parecido a un ha­cha, obligué a mi sistema nervioso a entrar en la regula­ridad de los golpes. la percepción de mi compañero podía notar el cambio. supe, como si lo viera escrito con letras sobre el mu­ro, que mi muerte había sido decretada, que dependía de mi capacidad de disimulo. que mi hacha, los cueros que sobé y cosí, las carnes que ahumé, mis propias car­nes, ahumadas, servirían para la supervivencia del que me había salvado, porque el despotismo del invierno estaba a punto de descubrirme su secreto. de ese descubrimiento dependía mi vida. decidí demorarlo. sería el más idiota de los idiotas. pero como la curiosidad es común a los idiotas y a los otros, no quise beber la tisana. conté para ello con el pudor de mi compañero, que apenas uno iba hacia el pozo preparado junto a un correspondiente montón de arenisca, volvía la espalda. allí fue a parar el té, y su hu­mo no difirió de otros habituales al sitio. fingí la mayor somnolencia. me eché a dormir. y dormí, como todas las noches siguientes. porque del monstruo no hubo más noticias. hasta hacer olvidar que existía. hasta hacer pensar en otra alucinación. olvidar, no del todo. la excavación que lo condujo hasta nuestra puerta fue mantenida a pala viva por los dos. era para morirse de cansancio. y la inmensidad blanca era para morirse de pesar. y no preguntar qué milagro había abierto esa brecha era casi, casi, suicidio. hice un comentario sobre la buena suerte que nos había deparado ese "derretimiento". desperté la más fe­roz, atenta de las miradas. inclinado sobre mi pala pare­cía inocente. mi despreciable condición de hombre de llanura podía explicar esa falla y otras. ¿dije que la curiosidad es común a muchos? sí. también a los monstruos. mi hombre se había fabricado algo parecido a ra­quetas para los pies. se las arreglaba para salir sin ale­jarse, cosa que una gran nevada no lo cortara de la cue­va. es decir que yo volvía a pasar mis horas solo. con qué alivio. solo estaba pues puliendo mi hacha, cuando me sentí observado. los pelos se me pusieron lentamente de punta. seguí en mi tarea. pensé que el vasco, en un giro de su locura, había resuelto matarme. o bien... como para agregar combustible a la brasa hice un ademán y espié. algo, fuera de las piedras, pispeaba ha­cia el interior. algo que cubría más resquicios de luz que los que cubriría un hombre, aun con pieles, aun con turbante. una gran sombra. traje las antorchas. traje un fusil con bayoneta que había junto a la cama del vasco. traje la pala y la llené de brasas. me rodeé de piedras. desapareció. la triste luz de afuera volvió a entrar por las junturas. secidí: terminemos esa vida de rata; a pelear; a pelear. y pensé. el pensamiento, como a muchos, me vol­vió escéptico. así matara al monstruo, y matara a mi bienhechor, ¿qué podría hacer en el invierno en aquel sitio? había que esperar al deshielo antes de intentar cualquier partida. bien. esperaría. ahora llega la noche en que entró el monstruo. en que la ráfaga de frío me despertó. en que vi su silueta encaminarse al rincón del vasco. me incorporé, el grito de alarma sofocado por el sonido de una voz, la de mi compañero, en una orden bre­ve. después... que dios me perdone, aquellos gruñidos, qué puedo decir de ellos. qué puedo decir de la luna cuando iluminó al gigantesco ser en su retirada, las ma­mas colgando sobre el vientre, sí, preñado. era una hembra. de la vida a partir de esa noche diré: armas en mano, es­paldas al muro, comíamos sin hablar, sin un gesto. el secreto era más fuerte que toda alianza. y cobré simpatía por aquel que no quería volver al mundo de la pala­bra, el gran desterrado, que había cedido a la compasión por un semejante para su vergüenza. así la cosa. así la cosa hasta el deshielo. así hasta el sonido de la caballería, de un clarín, en un desfiladero, abajo. salté, frenético, moví los brazos. después vi la ban dera, roja y oro. la bandera del rey. algo me agarró por los hombros. no el monstruo, aunque lo parecía por la fuerza. mi compañero, los oji­llos como vidrios al sol, me pone un papel en la mano, su matrícula. me empuja, desbarrancándome, igual que mi mula. así caí inconsciente entre las tropas del rey, gusanos de la libertad, yo, gusano del imperio. así se rompió otra vez mi pierna. así me transformé en miguel caye­tano echeverrigoitía, natural de vizcaya, vestido de pieles, mudo por razones de prudencia, no sordo según notaron y comentaron mis compañeros. atado sobre una mula, entablillado exhausto supe que los precipicios, barrancos, cavernas, paredones, em­pezaban a quedar atrás. sólo eso pedía. entonces fue el alarido. el más extraño, el más terrible. resonó allá arriba. golpeó en los abismos, botó, rebotó. mis compañeros andaluces se miraron temblando. un artillero aragonés murmuró: —el irrintzi... había oído mencionar aquello: el grito de los vascos. las sospechas empezaron después. por el momento quedaron mudos. —¿qué celebra? —preguntó un joven a mi lado. y yo, para mí, mudo: —celebra una raza nueva. me reí, con carcajada espantosa. pero todos me te­nían por loco

lunes, 24 de agosto de 2015

Juan José Morosoli(Uruguay(1890.1957)

Dos viejos




Fue una amistad que se inició en la ventanilla de una oficina de pagos para jubilados. Don Llanes tenía que escribir algunos datos personales. 
-¿Y usted no me la puede escribir? -preguntó al empleado. 
-No. Pero aquel hombre tal vez lo ayude. 
Señaló a un hombre que estaba esperando. Este se paró y se acercó a la ventanilla, cobró y luego fue a hacerle el trabajo a Llanes. A fin este presentó el papel, recibió el dinero y salió con el otro de la oficina. 
Ya en la calle Llanes invitó: 
-¿Vamos a tomar una copa? 
-Le agradezco, pero no bebo.
-Entonces acépteme unos bizcochos. 
-Mire, le digo la verdad, pero a esta hora no apetezco. 
Don Llanes lo miró de frente. Advirtió que era un "viejo poquito". Suave. Delgado. Atildado. Tenía buena corbata. Buenos botines lustrados. Y unas manos finas y blancas. Parecían de mujer. 
-Ta bien -dijo-. Yo cuando cobro, como alguna golosina y me paso alguna caña para adentro ... 
*** 
La mañana estaba linda. Bien soleada la plaza. Bajo las acacias de sombra redonda, medallones de sol se hamacaban suavemente. Había un silencio agujereado por los píos de los gorriones. Don Uanes miró hacia los árboles. Sacó la tabaquera y se la tendió al otro. 
-Haga uno. Es de contrabando. 
-Gracias, no fumo. 
Entonces Llanes preguntó: 
-¿Es enfermo usted? 
-No señor, pero me cuido. 
Se hizo una pausa. En el centro de la plaza, bajo una acacia dorada, el banco donde siempre se sentaba a comer bizcochos, parecía esperados. 
-¿Qué le parece si nos sentamos a prosear? 
-Sí. Eso sí. 
Don Llanes era un hombre bajo, de cuello corto. Vestía bombacha ancha, de abrochar bajo el tobillo y calzaba alpargatas. De él se desprendía una fuerza tranquila. Su cara era plácida. Sin sonrisas, de mirada fuerte pero no dura. Una mirada que se quedaba un poco en las cosas. 
Hablaba despacio con voz gruesa y baja. Una afeitada reciente hacía resaltar más el tostado de la piel en el cuello y en la frente. Un tostado color ladrillo. 
-Yo estoy acostumbrado a sentarme aquí cuando cobro.
-Yo lo he visto. Vengo seguido, pero después me canso. Pero al rato vuelvo a venir. .. 
-¡Fíjese! 
Entonces "el viejito" -así lo había bautizado Llanes- ya seguro del interés del otro por su charla, prosiguió:
-Como no tengo familia vivo en una pensión. 
-Una cosa que yo no podría, ¿ve? -acotó don Llanes.
-Sí, es triste... pero... 
Don Llanes esperó un poco la continuación del relato y preguntó después: 
-¿Y? 
-Eso. Tres en una pieza. Los otros son jóvenes. Trabajan.
Vienen a comer y se van. Después vuelven y se acuestan.
La necesidad de contar algo de su vida parecía haber desbordado su prudencia frente a aquel hombre con quien hablaba por primera vez Y que parecía tan diferente de él. 
Siguió: 
-Y no han caído en las camas y ya están dormidos. 
-Las camas son para eso... 
-Sí. Eso sí. Pero yo me acuesto y demoro en dormirme. Y después que me duermo me despierto otra vez. Me cuesta volver a dormirme. Hasta que me levanto temprano a esperar.
-¿A esperar qué? 
-¡Nada! ¿Usted sabe lo que es esperar nada? 
-Si le digo que no entiendo. 
-Espero la hora de almorzar... Salgo y entro y salgo otra vez... Doy vuelta la manzana y vuelvo... Me siento aquí y espero. Calculo que son las doce y son las diez... Las doce demoran mucho en venir... Almuerzo y tengo que esperar que pase la tarde y la tarde no se va nunca. 
Cuando llega la noche espero la cena... Me acuesto... No me duermo y lo peor es que me tengo que quedar quieto porque tengo miedo de despertar a los otros... 
Llanes le escuchaba. No entendía bien la tragedia del hombre pero se daba cuenta de que aquello era una cosa de esas que parece que no pueden ser. 
El otro seguía y Llanes se iba fastidiando con él porque aguantaba aquello y lo contaba con una lentitud que no estaba de acuerdo con su deseo de que terminara en algo. Que le pasara algo, en fin. Hasta que lo interrumpió: 
-Pero amigo -le dijo-, ¿usted no se enloquece?.. Porque eso es peor que estar tullido. 
-¿Cómo peor que estar tullido? 
-¡Pues! Un tullido está tullido. Pero usted puede andar. Irse. Hacer algo. Usted no está atado ni enfermo, ni preso, ¡ni yo qué sé qué es lo que le pasa! 
-Sí, sí. Tiene razón, pero ... 
Los dos se habían desahogado. Parecían quedar vacíos. El silencio ni los separaba ni los unía. Como si hubieran vuelto a su natural soledad. 
Así hasta que Llanes invitó: 
-¿Qué le parece si vamos a mi rancho y comemos un asado? 
El viejito aceptó porque le faltó resolución para rechazar la invitación. No se explicaba por qué había ocurrido esto que le sacaba de su orden, de su destino de pieza engranada en un vacío que le hacía funcionar sin que hiciera falta. Que le hacía funcionar porque sí. Sin explicación posible. 
Palabras fueron y palabras vinieron. La tarde se les fue sin advertirlo. Habían recorrido la quintita de Llanes. 
Llegaron hasta las barrancas del arroyo que distaba unas centenas de metros. 
Ya estaban cerca de la pensión. Habían caminado dos o tres cuadras sin hablar cuando Llanes dijo esto: 
-Lo que tiene que hacer usted es venirse a vivir conmigo. Pruebe. Si no le gusta se va ... 
El viejito vaciló. Miró a Llanes y contestó tímidamente: 
-Bueno... Si usted quiere... 
El rancho era amplio. Limpio. Paredes de ladrillo y techo de quincha, plantado en un terreno de dos mil metros bien cultivado. En dos horqueras clavadas en la tierra, el mazo de cañas de pescar, con una bolsita enfundando las puntas. 
Llanes al lado del fogón tomaba mate. Era la primera mañana que iban a compartir. El viejito se lavó, se peinó y se acercó al fogón. 
-Buen día -dijo. 
Llanes por contestación le entregó el mate. Más que invitado le ordenó: 
-¡Tome! 
-Es temprano -dijo el otro-, usted madruga. 
-¿Temprano? Son las seis... 
Tras breve pausa, siguió: 
-Cómo va a dormir de noche si se levanta a media mañana... 
El otro no dijo nada. Pero pensó: 
-Si le llama media mañana a las seis, se levantará a las cuatro ... 
Tomaron cuatro o cinco mates. Llanes volvió a ordenar. 
-Vamos al mercado... Hoy vamos a pucheriar... 
Cuando volvieron Llanes fue por verduras y leña. Al viejito le pareció que su deber era ayudar al amigo y se puso a lavar la carne. Cuando Llanes volvió lo encontró en eso. 
-¿Pero qué está haciendo, hombre? -le preguntó fastidiado-. ¿Se cree que la carne es una camisa? ¿No ve que le saca todo el jugo? 
El otro se quedó callado. Abrumado por la reprimenda. Llanes lo advirtió y le dio lástima. 
"Parece una criatura", pensó. Y dijo: 
-Usted no haga nada sin preguntar. .. ¿No ve que no sabe?
El viejito empezó a agrandarse en la estimación de Llanes aquel día en que leyó el diario "para los dos". Leía y hacía consideraciones sobre lo que leía. Explicaba todo y Llanes le entendía. Le parecía "estar viendo" lo que él le relataba. Se le "representaban" las cosas, según le dijo. Era una crónica policial y al final comentó Llanes: 
-Es grandemente claro ... Pero la muerte está bien hecha. 
-Sí -dijo el lector-. Pero una muerte es una muerte ... 
-Según. El que sabe cómo fue es él... 
-Sí. Pero la cárcel... 
-Eso no es nada. Yo le digo porque sé... Feo es dormir con un muerto abajo la almohada... Si usted mata pa defenderse el muerto se va... Si no, se queda... La justicia es usted ¿no le parece? 
-Eso sí... Pero... 
Callaron un momento. Luego preguntó el viejito: 
-¿Usted conoció algún caso? 
-Sí. Me tocó a mí. Tuve preso y después salí... Y si le digo que no me acuerdo de la cara ni del nombre del muerto, no le miento... 
Y tras un silencio: 
-Bueno... Si las cosas no entraran y salieran de uno... ¡Dios nos libre! 
*** 
Estaban tomando mate cuando llegó aquel hombre. Erajoven. Descendió de un camión. 
-Buen día -díjo. Y se dirigió a Llanes-: ¿Cómo está? 
-Bien... ¿Y vos? 
-Bien. 
Señaló el camión y dijo: 
-Ahora trabajando bien... Es mío... 
-¿Y tu madre? 
-Bien. 
Se callaron. Parecían haber dicho todo hasta que Llanes preguntó: 
-¿Querés quedarte a comer? 
-No. Me tengo que ir... Tengo que cargar leña... 
Otro silencio. Pesado. 
-Así que me vaya ir... 
Le tendió la mano a Llanes y siguió: 
-Bueno... Que siga bien... 
-Gracias. Y dale recuerdos a tu madre. 
El joven subió al camión y partió. 
El viejito preguntó: 
-¿Y este mozo? 
-Dicen que es hijo mío... 
Se asombró el viejito. Nunca había oído a Llanes hablar de su familia. 
-¿Así que es casado entonces? 
El que se asombró ahora fue Llanes. 
-¿Casado? ¡no! Pero hijos debo tener dos o tres... 
-¡Ajá! 
-He caminado mucho. Uno anda por aquí y por allá. Y como ni ayuda ni pide ayuda ... Y los hijos son de la madre, no del padre ... Si uno sigue y ella queda, quedan ellos. 
El viejito calló. Se concentró. ¡Qué hombre este Llanes! Sembró hijos. Mató un hombre. Olvidó a los vivos ya los muertos. Está solo y es feliz. 
Comprendió que los hechos de su vida los iba dejando olvidados, como si no hubieran tenido consecuencias. Como hechos que al realizarse murieran. 
*** 
Llamaban a la misa las campanas de la Iglesia. El viejito se levantó, se vistió con su traje dominguero y salió del rancho. Llanes mateaba. 
-Se durmió -le dijo y le alcanzó un mate. 
-Gracias -dijo el otro-. Hoy no puedo. Tengo que estar en ayunas. 
Esperó que Llanes le preguntara algo. Que le averiguara por qué se había vestido con aquel traje que desde que vivía con él no se había puesto nunca. Pero Llanes no pareció interesarse ni por la contestación que él dio al rechazar el mate, ni por el traje nuevo. 
-Voy a la Iglesia -dijo-. A comulgar... Voy medio seguido... -y preguntó después-: ¿Usted no va? 
Llanes pareció asombrarse.
-¿Para qué? -preguntó a su vez. Y siguió-: No estoy enfermo... No preciso nada... ¿Para qué vaya ir?... ¿No le parece? 
El viejito no le contestó y ganó la calle. Camino a la Iglesia pensaba: 
-Sí. Algo iba a pedir él... Pero no era para ahora. Era para después... Pero Llanes ni eso precisaba... Y recordó algo que le oyó decir un día. ¿Pedir lo que a uno le tienen que dar?.. Si se lo tienen que dar y no se lo dan el que está mal es el que lo tiene que dar... Entonces usted lo agarra... Por eso él no pedía nada... 
*** 
Ahora la vida de ambos tenía un ritmo parejo. De yunta. Comían tomaban mate pescaban. A veces recorrían la costa del arroyo. Hablaba el viejito y Llanes callaba. A veces hasta preguntaba algo, parando las lecturas del otro. Llanes cavaba la tierra. El viejito le seguía con fidelidad de perro, o iba al costado de él o le alcanzaba pequeñas plantas que el otro trasplantaba. 
*** 
Aquella tarde fueron al arroyo. El viejito vio cómo Llanes se desnudaba y zambullía en la laguna desde la alta barranca. Después iba y venía nadando de orilla a orilla. Cuando salió le dijo: 
-¡Pero qué hombre es usted Llanes! 
No entendió Llanes y preguntó: 
-¿Qué dijo? 
-¡Que sería lindo ser como usted! 
Se fastidió Llanes. 
-Déjese de bobadas -dijo. Y luego-: ¡Decirme eso a mí que no sé leer! ¡Cállese!
El viejo caminó dos o tres pasos, recogió la ropa de Llanes, y al tiempo que la alcanzaba dijo: 
-Vístase ligero Llanes... ¡Hace frío!... 
Llanes sonrió. 
Desde que estaban juntos era la primera vez que sonreía.