domingo, 6 de abril de 2014

FELISBERTO HERNÁNDEZ “Explicación falsa de mis cuentos"

FELISBERTO HERNÁNDEZ “EXPLICA” SUS CUENTOS

Felisberto Hernández (1902-1964) fue un cuentista uruguayo tan poco reconocido en vida como admirado en la actualidad. El autor de Nadie encendía las lámparas, Por los tiempos de Clemente Colling y Las Hortensias, entre muchas otras colecciones de relatos, supo redactar la siguiente "Explicación falsa de mis cuentos", con la intención de sembrar un poco más de confusión al extraño oficio de escribir.

"Obligado o traicionado por mí mismo a decir cómo hago mis cuentos, recurriré a explicaciones exteriores a ellos. No son completamente naturales, en el sentido de no intervenir la conciencia. Eso me sería antipático. No son dominados por una teoría de la conciencia. Eso me sería extremadamente antipático. Preferiría decir que esa intervención es misteriosa. Mis cuentos no tienen estructuras lógicas. A pesar de la vigilancia constante y rigurosa de la conciencia, ésta también me es desconocida. En un momento dado pienso que en un rincón de mí nacerá una planta. La empiezo a acechar creyendo que en ese rincón se ha producido algo raro, pero que podría tener porvenir artístico. Sería feliz si esta idea no fracasara del todo. Sin embargo, debo esperar un tiempo ignorado: no sé cómo hacer germinar la planta, ni cómo favorecer, ni cuidar su crecimiento; sólo presiento o deseo que tenga hojas de poesía; o algo que se transforme en poesía si la miran ciertos ojos. Debo cuidar que no ocupe mucho espacio, que no pretenda ser bella o intensa, sino que sea la planta que ella misma esté destinada a ser, y ayudarla a que lo sea. Al mismo tiempo ella crecerá de acuerdo a un contemplador al que no hará mucho caso si él quiere sugerirle demasiadas intenciones o grandezas. Si es una planta dueña de sí misma tendrá una poesía natural, desconocida por ella misma. Ella debe ser como una persona que vivirá no sabe cuánto, con necesidades propias, con un orgullo discreto, un poco torpe y que parezca improvisado. Ella misma no conocerá sus leyes, aunque profundamente las tenga y la conciencia no las alcance. No sabrá el grado y la manera en que la conciencia intervendrá, pero en última instancia impondrá su voluntad. Y enseñará a la conciencia a ser desinteresada.
Lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda."

Alfonso Reyes

"La revista literaria y el periódico literario son ya dos estratos inconfundibles, dos niveles intencionalmente distintos. El periódico no sólo se distingue por su extensión sino por la intención: la revista procura ser una breve antología de obras literarias en verso y en prosa, en tanto que el periódico ofrece su principal interés (aunque todavía deje el sitio de honor a la parte antológica) en las noticias sobre escritores o libros, en el rumor de abejero artístico, en el aroma de  vida literaria que trae entre sus páginas. Es un tono menos poético y un tono más práctico que la revista. Va dejando de ser la diminuta biblioteca de páginas escogidas,  y es, cada vez más, estuche de instrumentos y gaceta de avisos para el trabajador literario. Si acepta aún fragmentos de libros o verdaderos artículos, tienen que ser cortos, por la escasez del espacio de que dispone; si aborda la crítica, procura las conclusiones rápidas y las fórmulas epigramáticas.  Todavía se resiente de la forma y el espíritu de la revista –que, al cabo, ha sido su matriz, y no deja aún de ser su modelo. Pero ya, entre la revista y el periódico, hay la diferencia que media entre el dibujo sombreado y con relieves de claroscuro, y el dibujo de simple línea o contorno. Mucho más sentimental, la revista; mucho más intelectual –en tendencia, al menos-, el periódico. Más pintura, en aquélla; pero en éste, más geometría. Allá, todo un cuadro. Acá, un esquema."
    "Acaso esta atomización del producto literario sustituye a lo que en otro tiempos era el salón o a lo que era también el trato epistolar; a lo que más tarde ha sido el café. La tertulia, la conversación literaria, van pasando de la viva voz a la palabra estampada...ese tono medio de voz que correspondía a la carta literaria, pocos se atreven a derramarlo en sus libros, y no siempre los que lo hacen son bien entendidos."

Propósito Monterrey. Correo Literario de Alfonso Reyes 1, junio de 1930.
"Monterrey", hoja literaria que Reyes fundó, escribió y distribuyó como un correo literario de sus impresiones, apreciaciones e intereses, mientras era embajador de México en Brasil.

jueves, 3 de abril de 2014

Flannery O'Connor El arte del cuento

"Siempre he oído decir que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana.
Aún me inclino a pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa.
No obstante, he podido advertir que son las personas que carecen de tal don, las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Estoy segura que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre "como se escribe un cuento".
Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia. Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.
Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.
En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en una acción y luego seleccionado un personaje para que la lleve a cabo. Usualmente, existen más probabilidades de llegar a un buen fin si se comienza de otra manera. Si se parte de un personaje real estamos en camino de que algo pase antes de empezar a escribir, no se necesita saber qué. En verdad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba."

de El Arte del cuento

miércoles, 2 de abril de 2014

Kafka

Franz Kafka



"Esta historia de La condena la he escrito de un solo tirón en la noche del 22 al 23, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Me costó mucho trabajo sacar mis piernas tiesas de tanto estar sentado debajo del escritorio. Ese terrible esfuerzo y la alegría de ver cómo la historia iba desarrollándose ante mí, cómo iba avanzando sobre las aguas. Varias veces en esta noche mis espaldas cargaron con mi peso. Cómo pueden decirse todas las cosas, cómo para todo, para las más extrañas ocurrencias, hay dispuesto un enorme fuego, en el cual se consumen y renacen. Tras la ventana se hizo el azul. Pasó un coche. Dos hombres cruzaron el puente. A las dos consulté por última vez el reloj. Cuando la criada pasó por primera vez por la antesala, escribí la última frase. Apagué la lámpara; luz diurna. Esos débiles dolores de corazón. Ese cansancio que desapareció mediada la noche. Mi trémula entrada en la alcoba de las hermanas. Lectura en voz alta. Antes, el estirarse ante la criada y decir: "He escrito hasta en la historia sólo vive a través de la relación con el amigo, esto es, con el elemento común, y que debido a la ausencia de boda no puede integrarse en los lazos de sangre que enmarcan a padre e hijo, esa huyentada con facilidad por el padre. Todo lo común se alza en torno al padre...".
11 de febrero de 1913
Diarios.

Eduardo Galeano

La casa de las palabras


A la casa de las palabras, soñó Helena Villagra, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido.
En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino…

de El libro de los abrazos

Michel Eyquem de Montaigne

Capítulo LI

De la vanidad de las palabras

Decía un antiguo retórico que su oficio consistía «en abultar las cosas haciendo ver grandes las que son pequeñas»; algo así como un zapatero que acomodara unos zapatos grandes a un pie chico. En Esparta hubieran azotado al tal retórico por profesar un arte tan artificial y embustero. Arquidamo, rey de aquel Estado, oyó con extrañeza grande la respuesta de Tucídides al informarle de quién era más fuerte en la lucha, si Pericles o él: «Eso, dijo el historiador, no es fácil de saber, pues cuando yo le derribo por tierra en la pelea, convence a los que le han visto caer de que no ha habido tal cosa.»
Los que disfrazan y adoban a las mujeres son menos dañosos que los retóricos, porque al cabo no es cosa de gran monta dejar de verlas al natural, mientras que aquéllos tienen por oficio engañar no a nuestros ojos, sino a nuestra razón, bastardeando y estropeando la esencia de la verdad. Las repúblicas que se mantuvieron mejor gobernadas, como las de Creta y Lacedemonia, hicieron poco mérito de los oradores. Aristón define cuerdamente la retórica: «Ciencia para persuadir al pueblo». Sócrates y Platón la llamaban: «Arte de engañar y adular»; los que niegan que esa sea su esencia, corrobóranlo luego en sus preceptos. Al prescindir los mahometanos de la instrucción para sus hijos por considerarla inútil, y al reflexionar los atenienses que la influencia de la misma, que era omnímoda en su ciudad, resultaba perniciosa, ordenaron la supresión de la parte principal de la retórica, que es mover los afectos del ánimo: juntamente exordios y peroraciones. Es un instrumento inventado para agitar y manejar las turbas indómitas y los pueblos alborotados, que no se aplica más que a los Estados enfermos, como un medicamento; en aquellos en que el vulgo o los ignorantes tuvieron todo el poderío como en Atenas, Rodas y Roma; donde los negocios públicos estuvieron en perpetua tormenta, allí afluyeron los oradores. Muy pocos personajes se ven en esas otras repúblicas que gozaran de gran crédito sin el auxilio de la elocuencia. Pompeyo, César, Craso, Luculo, Lentulo y Metelo, encontraron en ella su supremo apoyo para procurarse la autoridad y grandeza que alcanzaron; más se sirvieron de la palabra que de las armas; lo contrario aconteció en tiempos más florecientes, pues hablando al pueblo L. Volumnio en favor de la elección consular de Q. Fabio y P. Decio, decía: «Ambos son hombres nacidos para la guerra, grandes para la acción; desacertados en la charla oratoria; espíritus verdaderamente consulares por todas sus cualidades; oís que son sutiles, elocuentes y sabios, no son aptos sino para la ciudad, para administrar justicia en calidad de pretores». La elocuencia floreció más en Roma cuando el estado de los negocios públicos fue peor; cuando la tempestad de las guerras civiles agitaba a la nación: del propio modo un campo que no se ha roturado se cubre de más frondosos matorrales. Parece desprenderse de aquí que los gobiernos que dependen de un monarca han menester menos de la elocuencia que los otros, pues la torpeza y docilidad de la generalidad, impeliéndola a ser manejada y moldeada por el oído al dulce son de aquella música, sin que pueda pesar ni conocer la verdad de las cosas por la fuerza de la razón, no se encuentra fácilmente en un solo hombre, siendo más viable librar al pueblo por el buen gobierno y el buen consejo de la impresión de aquel veneno. Macedonia y Persia no produjeron ningún orador de renombre.
Todo lo que precede me ha sido sugerido por un italiano, con quien acabo de hablar, que sirvió de maestresala al cardenal Caraffa, hasta la muerte del prelado; me ha referido aquél los deberes de su cargo, endilgándome un discurso sobre la ciencia de la bucólica con gravedad y continente magistrales, lo mismo que si me hubiese hablado de alguna grave cuestión teológica; me ha enumerado menudamente la diferencia de apetitos: el que se siente cuando se está en ayunas; el que se experimenta al segundo o tercer plato; los medios que existen para satisfacerlo ligeramente o para despertarlo y aguzarlo; la técnica de sus salsas, primero en general, luego particularizando las cualidades de cada una; los ingredientes que las forman y los efectos que producen en el paladar y en el estómago; la diferencia de verduras conforme a las estaciones del año: cuáles han de servirse calientes y cuáles deben comerse frías, y la manera de presentarlas para que sean más gratas a la vista. Después de este discurso me ha hablado del orden con que deben servirse los platos en la mesa, y sus reflexiones abundaban en puntos de vista muy importantes y elevados

Nec minimo sano discrimine refert,
quo gestu lepores, et quo gallina secetur;

todo ello inflado con palabras magníficas y ricas, las mismas que se emplean cuando se habla del gobierno de un imperio. Tratándose de elocuencia he creído oportuno traer a colación a mi hombre:

Hoc salsum est, hoc adustum est, hoc lautum est parum
illud recte; iterum sic memento: sedulo
moneo, quae possum, pro mea sapientia.
Postremo, tamquam in speculum, in patinas,Demea,
inspicere jubeo, et moneo, quid facto usus sit.

Los griegos mismos alabaron grandemente la disposición y el orden que Paulo Emilio observó en un banquete que dio en honor de aquéllos cuando volvieron de Macedonia. Pero no hablo aquí de los efectos; hablo sólo de las palabras.

Yo no sé si a los demás les sucede lo que a mí; yo no puedo precaverme, cuando oigo a nuestros arquitectos inflarse con esos majestuosos términos de pilastras, arquitrabes, cornisas, orden corintio o dórico y otros análogos de su jerga, mi imaginación va derecha al palacio de Apolidón, y luego veo que todo ello no son más que las mezquinas piezas de la puerta de mi cocina.

Al oír pronunciar los nombres de metonimia, metáfora, alegoría y otros semejantes de la retórica, ¿no parece que quiere significarse alguna forma de lenguaje rara y peregrina? pues en el fondo todo ello no son más que palabras con las cuales se califica la forma del discurso que vuestra criada emplea en su sencilla charla.

Artificio análogo a éste es el distinguir los empleos de nuestro estado con nombres soberbios sacados de los romanos, aunque no tengan con los antiguos ninguna semejanza, y todavía menos autoridad y poderío. También constituye otro engaño, de que algún día se hará justo cargo a nuestro siglo, el aplicar indignamente, a quien mejor se nos antoja, los sobrenombres más gloriosos, que la antigüedad no concedió sino a uno o dos personajes en cada siglo. Platón llevó el dictado de divino por universal consentimiento, y nadie ha intentado disputárselo. Los italianos que se vanaglorian, con motivo, de tener el espíritu más despierto y la razón más sana que las demás naciones de su tiempo, acaban de gratificar al Aretino con el mismo sobrenombre que a Platón acompaña. Ese escritor, salvo una forma hinchada, en la que sin duda abundan los rasgos ingeniosos, pero que tienen mucho de artificiales y rebuscados, y alguna elocuencia, no veo que sobrepase en nada a los demás autores de su tiempo; ¡le falta tanto para alcanzar aquella divinidad antigua! El calificativo de grandes se lo colgamos a príncipes que en nada sobrepasan la grandeza popular.

de LA VANIDAD DE LAS PALABRAS
Michel Eyquem de Montaigne
El siguiente extracto pertenece al Libro I, escrito posiblemente entre 1578-1580

martes, 1 de abril de 2014

Lao Tse

Lao Tse

Las palabras que expresan la verdad, no son siempre agradables.
Las palabras que son agradables, no son siempre la verdad.
Un hombre bueno, no siempre las discute.
El que las discute, no es siempre bueno.
El sabio no necesita ser culto.
El culto no siempre es sabio.
El sabio no acumula para sí.
Por lo tanto, vive para los demás y vive plenamente.
Da a los demás y vive en la abundancia.
El Tao del cielo beneficia sin perjudicar.
El Tao del sabio realiza sin competir.


Tao Te King de Lao Tse