La gran salina
La locomotora ilumina la sal inmensa,
los bloques de sal de los costados,
los yuyos mezclados con sal que crecen entre las vías.
Yo vacilo…
y callo…
porque estoy pensando en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La palabra misterio hay que aplastarla
como se aplasta una pulga,
entre los dos pulgares.
La palabra misterio ya no explica nada.
(El misterio es nada y la nada no se explica por sí misma.)
Habría que reemplazar la palabra misterio
(al menos por hoy, al menos por este “poema”)
por lo que o siento cuando pienso en los trenes de carga
que pasan de noche por la Gran Salina.
La pera trepida en el plato.
La miel se despereza en el frasco cerrado,
para desesperación de las moscas que la acechan posadas en el vidrio.
Pero yo no me explico
y hasta ahora nadie ha podido explicarme
por qué me sorprendo pensando
en la Gran Salina.
El hombre de chaleco del salón comedor
se ha quitado los anteojos.
Los anteojos trepidan sobre el mantel de la mesa tendida.
Todo trepida,
todo se estremece,
en el tren que pasa a mediodía por la Gran Salina.
Yo me sorprendo mirando
la sombra del avión que pasa por la Gran Salina.
Pero eso no explica nada.
Es como una gota que se evapora enseguida.
Hay que distraerse, dicen.
Hay que distraerse mirando y recordando
para tapar el sueño
de la Gran Salina.
Un piano colgado como una araña del hilo
se ha detenido entre los pisos doce y trece…
Un camión pasa cargado de ventiladores de pie
que mueven alegremente sus hélices.
En 1948, en Salta,
fuimos de noche a cazar vizcachas y ranas,
y la conversación se apagó con el fuego del asado,
abrumados como estábamos por el cielo negro
y estrellado.
Nerviosamente encendíamos y apagábamos las linternas
hasta quedarnos sin pilas.
Tampoco puedo explicarme por qué sueño con pilas de linternas,
con pilas para radios a transistores.
Ni por qué sueño con lamparitas de luz,
delicadamente guardadas en sus cajas respectivas.
Ni por qué me sorprendo mirando el filamento roto
de una lamparita quemada.
Nunca he visto…
nunca he podido imaginarme
la lluvia cayendo sobre la Gran Salina.
Yo no tengo objetivos pero me gusta objetivar.
Desde chico intenté cortar una gota de agua en dos
(con una tijera).
Aún hoy intento,
apartando las cosas de la mesa
o ahuyentando amigos,
imitar, imaginarme, la lluvia sobre la Gran Salina.
Tomo una plancha caliente y le salpico gotas de agua.
pero aunque pueda imaginarme todo,
nunca podré imaginarme
el olor a salina mojada.
Anoche llegué a mi casa a las tres de la mañana.
En la oscuridad, tropecé con un mueble…
y allí nomás me quedé pensando
en lo que no quería pensar…
en lo que creía bien olvidado!
Pero en realidad me estaba escapando
del sueño estremecedor de la Gran Salina
y ahora me interrogo a mí mismo
como si estuviera preso y declarara:
“La Gran Salina o Salina Grande
está situada al norte de Córdoba,
cerca (o adentro, no recuerdo)
del límite con Santiago del Estero.”
Estoy mirando el mapa…
pero esto no explica nada.
La caja de fósforos queda vacía
a las cuatro de la mañana
y yo me palpo a mí mismo, desesperado,
con el cigarrillo en la boca…
Habría que inventar el fuego, pensarían algunos.
Yo en cambio pienso en los reflejos del tren
que pasa de noche junto al río Salado.
No puedo dormir cuando viajando de noche
sé que tengo a mi derecha
el río Salado.
Pero aún así sigo escapando del gran misterio…
del misterio de la sal inagotable de la Gran Salina.
Recuerdo cuando nos arrojábamos impunemente naranjas chupadas
Al espejo ciego y enceguecedor de La Gran Salina.
(A la siesta, cuando la resolana enceguece más que el sol.)
Esperábamos llegar a Tucumán a las siete
y a las dos de la tarde tuvimos que cambiar una rueda
junto a la Gran Salina.
Un diario volaba por el aire…
el sol calcinaba las arrugadas noticias del mundo
del diario que caía sobre la Gran Salina.
Y vi pasar varios trenes
y hasta un jet…
Los pasajeros de los Caravelle
o de los Bac One – Eleven,
no saben que esa mancha azulada,
que a lo mejor están viendo en este mismo momento,
desde ocho mil metros de altura,
esa mancha azulada que permanece durante escasos minutos,
es la Gran Salina,
la Salina Grande.
Pero el jet anda muy alto.
La Gran Salina no conoce su sombra que pasa.
Los pasajeros del jet duermen…
se sienten muy seguros.
En el jet no hay paracaídas
Los jets no caen. Explotan.
Hace unos años,
un avión que no era un jet volaba, creo, sobre Santa Fe.
De pronto se abrió una puerta
y una camarera tuvo que obedecer calladita
a las sagradas leyes de la física,
y demostrar su inequívoco apego a la ley de la gravedad.
Una ley dura como las piedras metidas en la boca de Demóstenes
que, según dicen, hablaba mucho.
Aquí hay que hacer un minuto de silencio.
Primero, por la dócil camarera sin cama del avión.
Después, por las palabras muertas,
muertas por no decir nada…
misterio, por ejemplo,
que sirve para no explicar lo inexplicable,
lo que yo siento cuando pienso en la Gran Salina,
lo que traté de no pensar un día que caminaba por la Gran Salina
tratando de distraerme y de no pensar dónde estaba,
escuchando una canción de Leo Dan
que pasaba LV12 Radio Aconquija
y el Concierto en sol de Ravel por la filial de Radio Nacional.
¿Qué pensaría Ravel, el finado,
si caminaría como yo en ese momento
por la Gran Salina.
Ravel, púdico sentimental,
te imagino tocando el piano que hoy vi colgado
entre el piso 12 y el piso 13.
Si, pobre Ravel de 1932
con un tumor en la cabeza que ya no lo dejaba componer.
Ravel tocando solo,
de noche (pero eso sí, absolutamente solo)
los “Valses nobles y sentimentales” en medio de la Gran Salina.
Estoy seguro que se hubiera interrumpido
Al escuchar el silbato lejano de la locomotora,
para ver el haz de luz a la distancia
y la penumbra sobre la Gran Salina.
Días pasados fui al Hospital.
Hace años o andaba por allí,
despreocupado y con el guardapolvo blanco.
Pero ahora, de simple paciente,
sentí el ruidito angustioso
¡Trank!
de la máquina de sacar radiografías.
¡Y que pase otro! gritó el enfermero.
Pero el otro no podrá explicarme
por qué tengo sed,
por qué voy detrás del agua cautiva de la botella
y de la sal capturada en el salero,
yo, tan luego yo,
capturado en el sueño de la Gran Salina.
Un amigo, alto funcionario estatal,
me ofreció su pase libre para viajar por todo el país.
Total, me dijo, es un pase innominado,
cualquiera lo puede usar…
si se lo presto.
El pase sin nombre me deslumbró
como la marca de la cubierta que leí y releí
cuando cambiábamos la rueda junto a la Gran Salina.
Pero después pensé en Tucumán
(mi segunda provincia)
y en las vértebras azules del Aconquija
horadando las nubes blancas.
Ahora me entero que mi amigo,
el del pase sin nombre,
se separó de la mujer.
Aquí me callo…
Pero el silencio me hace pensar ahora
en lo que no quise pensar cuando miré el pase sin nombre que me ofrecían,
en lo que dejé de pensar hace un momento…
cuando vi pasar el ascensor con una mujer silenciosa
que no me quiso llevar.
Olvidemos el ascensor perdido
y pensemos de nuevo, de frente, en la sal
(cloruro de sodio)
y en el misterio…
Pero como nada es misterio
hagamos una traducción de apuro:
miss Terio
o miss Tedio
o chica rodeada de teros asustados
o algo por el estilo.
Pero no hay distracción que valga.
El ayudante de cocina del vagón comedor
se rasca la cabeza de tanto en tanto
pero sigue pelando papas sin distraerse
en el tren que se acerca a la Gran Salina.
El ascensor perdido con la mujer silenciosa
sigue recorriendo kilómetros entre la planta baja
y el piso quince.
El sastre de enfrente que ya comió
se asoma a tomar aire con el metro colgado al cuello.
Yo pienso en comer, como se ve…
Son exactamente las 14 horas, 8 minutos, 30 segundos.
Y también, no sé por qué
pienso en el acorazado de bolsillo Graf Spee
que en los comienzos de la última guerra
se suicidó antes que su capitán
frente a Punta del Este.
El Graf Spee yace a treinta metros de profundidad.
Ya nadie se acuerda de él.
Ni siquiera los hombres-rana
que bajaron a explorar sus entrañas.
Pero hasta los hombres-rana
salen a comer a mediodía.
Y a veces, para comer,
sólo se quitan las antiparras y los tubos de oxígeno.
Todavía hay gente que se asombra viendo comer a esos hombres…
con patas de rana.
Los hombres rana reclaman al mozo la sal que se olvidó!
Dale!...Dale!
Hoy almuerzo con amigos
(si es que nos e fueron).
Miraré de costado la sal y pediré pimienta en vez,
porque tengo miedo de quedarme callado,
ya se sabe por qué.
No quiero quedarme callado
ni distraerme,
ya se sabe por qué.
En realidad no se sabe nada
del sueño de las pilas,
de la lluvia sobre la sal,
de la chica del ascensor,
del sastre asomado con el metro colgado
o del tren que pasa de noche indiferente
junto a lo que ya se sabe
y no se sabe.
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Hace años creía
que “después del almuerzo es otra cosa” …
es decir que las cosas son otras
después del almuerzo.
Este poema (llamémoslo así),
partido en dos por el almuerzo
y reanudado después, me contradice.
No comí postre.
¡Siento la boca salada!
Pero no voy a insistir.
El domingo pasado,
en casa de un amigo poeta,
conocí un chileno novelista e izquierdista
que se fue a Pekín y que, posiblemente,
no vuelva a ver en mi vida.
Tímidamente, entre cinco porteños y un chileno izquierdista,
metí una frase de Lautréamont
que como buen franchute es uruguayo
y si es uruguayo es entrerriano.
Una frase (salada) para terminar (o interrumpir) este poema:
“Toda el agua del mar no bastaría para lavar una mancha de sangre intelectual.”
Ricardo Zelarayán
miércoles, 15 de mayo de 2013
lunes, 13 de mayo de 2013
Lydia Davis: La criada
La criada
Sé que guapa no soy. Llevo el pelo, negro, muy corto, y tengo tan poco que apenas si me oculta el cráneo. Mis pasos son atropellados y asimétricos, como si fuera coja de una pierna. Cuando me compré las gafas, creía que eran elegantes ─la montura es negra, en forma de alas de mariposa─, pero me he dado cuenta de que no me favorecen y no tengo más remedio que ponérmelas, porque no tengo dinero para comprarme unas nuevas. Tengo la piel color vientre de sapo y los labios finos. Pero no soy, ni por asomo, tan fea como mi madre, que es mucho más vieja. Tiene la cara pequeña y llena de arrugas, negra como una ciruela pasa, y la dentadura le baila en la boca. Apenas soporto sentarme frente a ella para cenar y me atrevo a decir por la expresión de su cara que a ella le pasa lo mismo conmigo.
Llevamos años viviendo juntas en el sótano. Ella es la cocinera; yo soy la criada. No somos buenas sirvientas, pero nadie puede despedirnos porque seguimos siendo mejores que la mayoría. El sueño de mi madre es ahorrar algún día lo suficiente para abandonarme y vivir en el campo. Mi sueño es prácticamente el mismo, salvo que cuando me siento irritada e infeliz miro, al otro lado de la mesa, sus manos como garras y espero que se ahogue con la comida y se muera. Nadie me impediría entonces registrarle el armario y romperle la hucha. Me pondría sus vestidos y sus sombreros, y abriría la ventana para que se fuera el mal olor.
Siempre que imagino esas cosas, sentada sola en la cocina a última hora de la noche, al día siguiente me pongo mala. Entonces me cuida mi madre, sí, humedeciéndome los labios y abanicándome con un cazamoscas, descuidando sus deberes en la cocina, y yo me esfuerzo para convencerme de que no está disfrutando en silencio mi debilidad.
No siempre han sido así las cosas. Cuando el señor Martin vivía en las habitaciones de arriba, éramos más felices, aunque rara vez nos dirigíamos la palabra. Yo no era más guapa que ahora, pero nunca me ponía las gafas en presencia del señor y procuraba mantenerme derecha y andar con gracia. Tropezaba a menudo, e incluso me caía de cara porque era incapaz de ver por dónde iba; sufría dolores durante toda la noche por intentar mantener el vientre metido al andar. Pero nada me frenaba en mi intento de ser una persona por la que el señor Martin pudiera sentir amor. Rompía muchas cosas más que ahora, porque era incapaz de ver donde ponía la mano cuando les quitaba el polvo a los jarrones del salón y limpiaba los espejos del comedor. Pero el señor Martin apenas lo notaba. Se levantaba automáticamente de su sillón ante la chimenea cuando el cristal se rompía y se quedaba mirando el techo con aire perplejo. Un momento después, mientras yo contenía la respiración junto a los trozos relucientes, se pasaba por la frente la mano enguantada de blanco y volvía a sentarse.
Jamás me dirigió la palabra, pero tampoco lo oí hablar jamás con nadie. Me imaginaba su voz cálida y un poco ronca. Probablemente tartamudeaba cuando se emocionaba. Tampoco le vi nunca la cara, porque la ocultaba detrás de una máscara. La máscara era pálida y de goma. Le cubría cada centímetro de la cabeza y desaparecía bajo el cuello de la camisa. Al principio la máscara me inquietaba; de hecho, la primera vez que la vi perdí los nervios y salí corriendo de la habitación. Me daba miedo todo: la boca abierta, las orejas pequeñas como albaricoques secos, las ondas inmóviles de pelo negro pintado torpemente sobre la coronilla, las cuencas vacías de los ojos. Aquello bastaba para llenar de horror los sueños de cualquiera, y al principio me tenía dando vueltas en la cama hasta que casi me ahogaban las sábanas.
Poco a poco me fui acostumbrando. Empecé a imaginarme cuál sería la verdadera expresión del señor Martin. Veía cómo el rubor se extendía por sus mejillas cuando lo sorprendía soñando despierto sobre su libro. Veía cómo le temblaban los labios de emoción ─piedad y admiración─ cuando me observaba durante mi trabajo. Yo le dedicaba una mirada especial y sacudía la cabeza, y su cara se iluminaba con una sonrisa.
Pero, de vez en cuando, cuando descubría sus ojos gris claro fijos en mí, tenía la sensación, desagradable, de haberme equivocado por completo, de que quizá jamás le había provocado la menor reacción, yo, una criada tonta e inepta; que, si un día otra chica entrara en la habitación y se pusiera a quitar el polvo, él sólo apartaría los ojos del libro para echar un vistazo y seguiría leyendo sin notar el cambio. Turbada por la duda, seguía barriendo y fregando con manos entumecidas, como si no hubiera pasado nada, y pronto la duda desaparecía.
Por el señor Martin me fui cargando de trabajo. Si al principio mandábamos su ropa sucia a la lavandería, empecé a lavarla yo, aunque lo hiciera peor. Sus sábanas perdieron blancura y sus pantalones estaban mal planchados, pero no se quejó. Mis manos se arrugaron e hincharon, pero no me importaba. Si antes veía un jardinero una vez a la semana para recortar los setos en verano y proteger los rosales con una lona durante el invierno, ahora asumí yo esas tareas, despidiendo yo misma al jardinero y trabajando día tras día en las peores condiciones atmosféricas. Al principio el jardín se resintió, pero con el tiempo volvió a la vida: flores silvestres de todos los colores acabaron con las rosas y una hierba áspera y verde destrozó los senderos de grava. Me volví fuerte y audaz y no me importaba que la cara se me llenara de ronchas ni que la piel de los dedos se me secase y agrietase, ni que tanto trabajo me dejara en los huesos, ni apestar como un caballo. Mi madre se quejaba, pero yo sentía que mi cuerpo suponía un sacrificio insignificante.
A veces me imaginaba que era hija del señor Martin, o su mujer, e incluso su perro. Olvidaba que sólo era una criada.
Mi madre ni siquiera vio nunca al señor, y eso volvía aún más misteriosa mi relación con él. Ella pasaba el día entre los vapores de la cocina, masticando nerviosamente sus encías y preparando la comida del señor Martin. Sólo a la caída de la tarde franqueaba la puerta, se envolvía en sus propios brazos junto a las lilas marchitas y miraba las nubes. A veces me preguntaba cómo podía seguir trabajando para un hombre al que nunca había visto, pero así era ella. Yo le entregaba mensualmente un sobre de dinero, ella lo cogía y lo escondía con el resto de sus ahorros. Nunca me preguntó cómo era él, y yo tampoco dije nada. Creo que no me preguntó nunca quién era él porque ni siquiera entendía quién era yo. Quizá creía que guisaba para su marido y su familia como otras mujeres, y que yo era su hermana menor. A veces hablaba de bajar la montaña, aunque no vivimos en una montaña, o de recoger las patatas, aunque no tenemos patatas en el huerto. Eso me inquietaba y trataba de devolverla a la realidad gritándole de pronto en la cara o enseñándole los dientes. Pero nada la impresionaba, y tenía que esperar a que por fin me llamara por mi nombre con naturalidad. Puesto que no demostraba ninguna curiosidad a propósito del señor Martin, yo podía ocuparme de él en paz y a mi gusto, merodear a su alrededor cuando salía de la casa para uno de sus raros paseos, demorarme detrás de la puerta batiente del comedor y observarlo a través de la rendija, cepillarle el esmoquin, sacudir el polvo de la suela de sus zapatillas.
Pero la felicidad no duró eternamente. Me desperté muy temprano un domingo de verano y vi cómo la radiante luz del sol invadía el vestíbulo donde yo dormía. Me quedé en la cama un buen rato, oyendo a los reyezuelos que se posaban y cantaban en los arbustos, y observando a las golondrinas que entraban y salían por la ventana rota del final del pasillo. Me levanté y me lavé con la meticulosidad de siempre la cara y los dientes. Hacía calor. Me metí por la cabeza un vestido de verano limpio y me calcé mis zapatos de tacón bajo, de piel. Por última vez en mi vida ahogué mi propio olor en agua de rosas. Las campanas de la iglesia empezaron a dar las diez desaforadamente. Cuando subí las escaleras para servirle el desayuno en la mesa, el señor Martin no estaba. Esperé junto a su silla durante lo que me parecieron horas. Empecé a buscar por la casa. Tímidamente al principio, luego con una prisa frenética, como si se escabullera de las habitaciones en el momento preciso en que yo llegaba, lo busqué por todas partes. Sólo cuando vi que habían retirado la ropa de su armario y que la biblioteca estaba vacía, admití que se había ido. Incluso entonces, durante días, pensé que volvería. Una semana después, una señora mayor se presentó con tres o cuatro baúles andrajosos y empezó a colocar sus baratijas encima de la repisa de la chimenea. Entonces entendí que, sin explicaciones, sin una palabra, sin ninguna consideración hacia mis sentimientos, sin ni siquiera una propina, el señor Martin había hecho el equipaje y se había ido para siempre.
La casa es sólo una casa alquilada. Mi madre y yo estamos incluidas en la renta. La gente va y viene, y cada pocos años hay un nuevo inquilino. Tendría que haber previsto que también el señor Martin se iría algún día. Pero no lo preví. Estuve enferma mucho tiempo a partir de aquel día y mi madre, que me resultaba más aborrecible por momentos, se consumía llevándome el caldo y los pepinos fríos que le pedía con ansia. Después de la enfermedad parecía un cadáver. Me apestaba el aliento. Mi madre volvía la cabeza con asco. Los inquilinos se estremecían cuando yo entraba en la habitación con mis andares desgarbados, tropezando en el umbral a pesar de que mis gafas volvían a posarse como una mariposa sobre el estrecho puente de mi nariz.
Nunca fui una buena criada, pero ahora, aunque me esfuerzo, soy tan descuidada que algunos inquilinos creen que no limpio las habitaciones o piensan que quiero indisponerlos con sus invitados. Pero, cuando me regañan, no respondo. Me limito a mirarlos con indiferencia y a continuar mi trabajo. Nunca han sufrido una decepción tan grande como la mía.
en Cuentos completos de Lydia Davis (Seix Barral, Barcelona, 2011)
domingo, 12 de mayo de 2013
Carson McCullers
Un dilema doméstico
| El jueves, Martin Meadows salió de la oficina a tiempo de tmar el primer autobús directo para su casa. Era la hora en que el resplandor violeta del atardecer se extinguía en las calles fangosa, pero al dejar el autobús la parada del centro dela ciudad ya brillaba la gran noche ciudadana. Los jueves la criada tenía la tarde libre y a Martin le gustaba llegar a casa lo más pronto posible ahora que desde el año pasado su mujer no estaba... bien. Ese jueves estaba muy cansado y, con la esperanza de que ningún viajero habitual le escogiera para conversar, se enfrascó con atención en el periódico hasta que el autobús hubo cruzado el puente George Washington. Una vez en la carretera-9-W, Martin sentía siempre que el viaje estaba a la mitad; respiraba hondo incluso en invierno, cuando solamente estrías de corrientes cortaban el aire humoso del autobús, porque le parecía estar ya respirando el aire del campo. Solía ser en este punto cuando empezaba a descansar y pensaba con alegría en su casa. Pero en este último año la cercanía le traía sólo una sensación de tensión y no sentía prisa de terminar el viaje. Esa tarde, Martin pegaba la cara a la ventanilla y miraba los campos vacíos y las solitarias luces de los barcos del río. Había una luna pálida sobre la tierra oscura y manchas de nieve gastada y porosa; a Martin el campo le parecía esa noche vasto y desolado. Tomó el sombrero de la rejilla y se metió el periódico doblado en el bolsillo del abrigo unos minutos antes de pulsar el timbre. La casa estaba a una manzana de la parada del autobús junto al río, pero no directamente sobre la orilla; desde la ventana del cuarto de estar se podía ver el Hudson, mirando a través de la calle y del jardín de enfrente. La casa era moderna, casi demasiado blanca y nueva en el estrecho trocito de terreno. Durante el verano la hierba era suave y fresca, y Martin había puesto con cariño un borde de flores y un enrejado de rosas. Pero durante los meses fríos y áridos, el terreno estaba vacío y la casa parecía desnuda. Esta noche había luces encendidas en todas las habitaciones de la casa y Martin se apresuró por el camino de entrada. Delante de la escalera se paró para quitar de en medio una carretilla. Los niños estaban en el cuarto de estar tan metidos en sus juegos que al principio no oyeron abrirse la puerta. Martin se quedó mirando a sus pequeños, tan a salvo y tan graciosos. Habían abierto el último cajón del escritorio y habían sacado los adornos de Navidad. Andy se las había arreglado para sacar las luces del árbol, y las bombillitas verdes y rojas brillaban en la alfombra del cuarto de estar con una alegría a destiempo. ese momento estaba tratando de poner la ristra luminosa sobre el caito de Marianne. Marianne estaba sentada en el suelo arrancando las a un ángel. Los niños le sobresaltaron con sus aullidos de acogida. tin se subió a los hombros a la niña pequeñita y gordinflona y Andy echó contra las piernas de su padre. —¡Papaíto! ¡Papaíto! ¡Papaíto! Martin dejó con cuidado a la pequeña y balanceó unas cuantas veces apio un péndulo a Andy. Luego recogió el cordón del árbol de Navidad. —¿Qué hace fuera todo esto? Ayudadme a ponerlo otra vez en el ca- No tenéis que hacer bromas con el enchufe de la luz. Recuerda que lo he dicho ya. En serio, Andy. El pequeño de seis años asintió con la cabeza y cerró el cajón del esorio. Martin le acarició el pelo rubio y suave, y su mano se demoró .ternura en la nuca del frágil cuello del niño. —¿No habéis cenado, macaco? —Hacía daño, el pan quemaba. La niña se tambaleó en la alfombra y después del primer susto de la %ida empezó a llorar. Martin la cogió y la llevó sobre los hombros a cocina. —Mira, papá —dijo Andy—. La tostada... Emily había dejado la cena de los niños sobre la mesa esmaltada. Había dos platos con los restos de sopa de cereales y huevos, y unos vasos de plata que habían contenido leche. También había un plato de tostadas con canela, sin tocar, excepto la marca de los dientes de un mordisco. Martin olfateó el pedazo mordido y mordisqueó con cuidado. Luego tiró el pan al cubo de la basura. —¡Uf ¿Qué diablos...? Emily había confundido la lata de canela con la de pimienta. —Casi me quemo —dijo Andy—. Bebí agua y me fui corriendo afuera y abrí la boca. Marianne no se comió ni nada. —No comió nada —corrigió Martin. Estaba de pie, desolado, mirando en tornó de las paredes de la cocina—. ¡Vaya! Es eso, me figuro —dijo al fin—. ¿Dónde está ahora vuestra madre? —Está arriba, en el cuarto vuestro. Martin dejó a los niños en la cocina y subió a ver a su mujer. Delante de la puerta esperó un momento para calmar su furia. No llamó y una vez dentro cerró la puerta detrás de él. Emily estaba sentada en la mecedora, junto a la ventana del cuarto acogedor. Estaba bebiendo algo de un vaso y al entrar él lo puso precipitadamente en el suelo detrás de la silla. En su acti&ud había confusión y culpabilidad, que trató de esconder con una denióstración de aparente vivacidad. —¡Oh, Marty! ¡Ya estás en casa! ¡Cómo se me ha ido el tiempo! Iba a bajar ahora... —Corrió hacia él y le dio un beso con fuerte olor a jerez. Ante la impasibilidad de él retrocedió un poco y se rió nerviosa. —Qué tienes, que estás ahí tieso como un palo? ¿Te pasa algo? —¿Algo a mi? —Martin se agachó sobre la mecedora y cogió del suelo el vaso—. Si te pudieras dar cuenta de lo harto que estoy..., de lo malo que es esto para todos nosotros. Emily habló con una voz falsa y trivial que Martin conocía de sobra. A veces, en ocasiones semejantes, afectaba un ligero acento británico, copiando quizás a alguna actriz que admiraba: —No tengo ni la más remota idea de lo que quieres decir. A no ser que te refieras al vaso que he usado para beber una gota de jerez. He bebido un dedo de jerez, quizá dos. Pero, ¿qué hay de malo en ello? A ver, dime. Estoy muy bien. Muy bien. —Sí, se ve a simple vista. Mientras iba al cuarto de baño, Emily andaba con gravedad estudiada. Abrió el agua fría y se echó un poco a la cara haciendo hueco con las manos. Luego se secó a golpecitos con la punta de la toalla. Su rostro era de rasgos delicados y joven, perfecto. —Bajaba justamente ahora a preparar la cena. —Se tambaleó y guardó el equilibrio agarrándose al marco de la puerta. —Yo me ocuparé de la cena. Tú quédate aquí. Ya la subiré. —No haré nada de eso. ¿Por qué? ¿A quién se le ocurre semejante idea? —Por favor —dijo Martin. —Déjame. Estoy perfectamente. Iba a bajar ya... —Escúchame. —¡Que te escuche tu abuela! Fue hacia la puerta, pero Martin la agarró de un brazo. —No quiero que los niños te vean en este estado. Sé razonable. —Qué estado? —De un tirón, Emily zafó su brazo. Su voz se alzó enfadada—: Qué, porque bebo un par de sorbos por la tarde estás tratando de hacerme creer que soy una borracha. ¡Qué estado! Ni siquiera toco el whisky. Lo sabes bien. No ando emborrachándome por los bares. Algo que tú mismo no podrías decir. Ni siquiera tomo un cóctel con la cena. Lo único que hago es beber de vez en cuando una copa de jerez. ¿Qué hay de malo en esto, pregunto yo? ¡Estado! Martin buscó palabras con que calmar a su mujer. —Cenaremos tranquilamente los dos solos, aquí arriba. ¡Así me gustan las buenas chicas! Emily se sentó en el borde de la cama y él abrió la puerta para salir rápidamente. —Vuelvo volando. Mientras estaba ocupado con la cena, abajo, se preguntó una vez más lo de siempre: ¿cómo le había caído este problema en su casa? También a él le había gustado siempre una copa. Cuando todavía vivían en Alabama se servían cócteles y bebidas como si nada. Durante años habían bebido una o dos, quizá tres copas antes de cenar y a la hora de acostarse un vaso grande. Las vísperas de fiesta se alegraban quizás hasta llegar a atontarse un poco. Pero el alcohol nunca le había parecido un problema, solamente un gasto grande, que con el aumento de la familia difícilmente se podían permitir. Hasta que su compañía no le trasladó a Nueva York, Martin no se dio cuenta de que realmente su mujer bebía demasiado. Poco o mucho, observó que estaba bebiendo durante todo el día. Una vez visto el problema, trató de analizar la causa. El cambio de Alabama a Nueva York la había alterado, desde luego; acostumbrada al calor perezoso de una pequeña ciudad del Sur, a la vida familiar, los parientes y amigos de la infancia, no había logrado encajar en las costumbres más estrictas y aisladas del Norte. Los deberes de la maternidad y de la casa le eran insoportables. Llena de nostalgia por Paris City, no había hecho amistades en el ambiente suburbano. No leía más que revistas y novelas policíacas. Su vida interior era insuficiente sin el artificio del alcohol. El descubrimiento de aquel vicio fue insidiosamente destruyendo en él la idea que se había formado de su mujer. A ratos, Emily era de una inexplicable maldad; había veces en que la bebida era causa de una explosión de tremenda ira. Martin se dio cuenta de que en Emily había una rudeza latente, que desmentía su sencillez natural. Mentía sobre la bebida y le engañaba con estratagemas insospechadas. Y luego pasó el accidente. Cuando volvía una noche del trabajo a casa, hacía un año aproximadamente, le sorprendieron los gritos desde el cuarto de los niños. Se encontró a Emily sosteniendo a la pequeñita, desnuda y mojada del baño. Se le había caído la niña, su frágil cabecita se había dado contra el borde de la mesa y un hilo de sangre empapaba sus cabellos finísimos. Emily sollozaba borracha. Mientras Martin acunaba a la niña herida, infinitamente preciosa en aquel momento, tuvo una espeluznante visión del futuro. Al día siguiente Marianne estaba bien. Emily prometió que nunca más tocaría el alcohol y, durante unas semanas, fría y abatida, mantuvo la promesa. Después empezó poco a poco —ni whisky ni ginebra, pero sí cerveza, jerez o licores extraños: una vez dio con una sombrerera llena de botellas vacías de crema de menta. Martin encontró una buena criada que llevaba la casa de una manera competente. Virgie era también de Alabama y Martin nunca se había atrevido a decir a Emily los sueldos acostumbrados en Nueva York. La bebida de Emily era ahora completamente secreta; lo hacía antes de que él llegara a casa. Generalmente los efectos eran casi imperceptibles: una dejadez en los movimientos o los ojos cargados. Los rastros de irresponsabilidad, como lo de las tostadas con pimienta en lugar de canela, eran raros, y Martin podía estar tranquilo cuando Virgie estaba en casa. Sin embargo, la preocupación estaba siempre latente, como una amenaza de desastre inconcreto que socavaba sus días. —¡Marianne! —llamó Martin, porque hasta el recuerdo de aquello le traía la necesidad de asegurarse. La pequeña, curada ya, pero no por ello menos preciosa para su padre, entró en la cocina con su hermano. Martin siguió preparando la cena. Abrió una lata de sopa y puso dos chuletas en la sartén. Luego se sentó junto a la mesa y se subió a Marianne sobre las rodillas para hacer el caballito. Andy les miraba moviéndose con los dedos el diente que estaba para caerse desde hacia una semana. —Andy el goloso —dijo Martin—. ¿Tienes todavía ese viejo chisme en la boca? Acércate; deja que papá lo mire. —Tengo un cordel para arrancarlo. —El niño sacó del bolsillo un pedazo de hilo—. Virgie dijo que lo atara al diente y atara la otra pun- ta al picaporte y que cerrara la puerta fuerte, pero fuerte, y de un solo golpe. Martin sacó un pañuelo limpio y tocó el diente con cuidado: —Este diente va a salir de la boca de mi Andy esta noche: si no, temo que vamos a tener un árbol de dientes en la familia. —Un qué? —Un árbol de dientes —dijo Martin—. En cuanto muerdas algo, te lo tragarás, y ese diente echará raíces en la tripita de Andy y crecerá un árbol de dientes con dientecitos afilados en vez de hojas. —Eh, papaíto —dijo Andy. Pero se agarraba el diente con fuerza en- tre el índice y el pulgar pringoso—: No hay ningún árbol así; yo no vi uno nunca. —No hay ningún árbol así y nunca he visto ninguno —corrigió el padre. Martin se puso de pronto en tensión. Emily bajaba por la escalera. Escuchó sus pasos vacilantes, mientras con el brazo sujetaba angustiado al niño. Cuando Emily entró en la habitación, sus movimientos y su cara enrojecida delataban que había bebido otra vez. Empezó a abrir cajones y a poner la mesa. —¡Estado! —dijo con voz turbia—. Me hablas así. No creas que me olvido. Me acuerdo de todas esas cochinas mentiras que me dices. No creas ni por un momento que me olvido. —¡Emily! —rogó—. Los niños... —Los niños, sí. No creas que no veo a través de tus sucios planes y manejos. Aquí abajo tratando de volver a mis propios hijos en contra mía. No creas que no veo ni comprendo. —Emily, por favor, vete arriba. hijos... —Sí, para que puedas poner a mis hijos..., a mis propios —Dos grandes lágrimas le rodaron por las mejillas—. Tratando de poner a mi hijo, a mi Andy, contra su propia madre. Con el impulso de la borrachera, Emily se arrodilló en el suelo delante del perplejo niño; guardó el equilibrio con las manos s obre los hombros del pequeño: —Oye, Andy..., no hagas caso de ninguna de las mentiras que te cuenta tu padre. No creas nada de lo que te diga. Escucha, Andy, ¿qué te estaba diciendo papá antes de que bajara? —Dudando, el niño buscó el rostro de su padre—. Dímelo. Mamá quiere saberlo. —Lo del árbol de dientes. —¿Qué? El niño se lo volvió a decir y ella repitió las palabras como un eco, con terror, incrédula: —¡El árbol de dientes! —Osciló y volvió a agarrarse en los hombros del niño—. No sé de qué hablas, pero escucha, Andy, mamá está muy bien, ¿verdad? —Le rodaban las lágrimas por las mejillas; Andy retrocedió; estaba asustado. Agarrándose al borde de la mesa, Emily se puso en pie—. ¡Mira! Has puesto al niño en contra mía. Marianne empezó a llorar y Martin la tomó en brazos. —¡Muy bien! Puedes quedarte con tu niña. Desde el principio se te ha visto que la prefieres. No me importa, pero al menos puedes dejarme a mi hijo. Andy se acercó a su padre y le agarró la pierna: —Papaíto —sollozó. Martin llevó a los niños al pie de la escalera: —Andy, llévate a Marianne. Papá irá dentro de un momento. —¿Y mamá? —preguntó el niño como en un susurro. —Mamá se pondrá bien, no te apures. Emily lloraba sobre la mesa de la cocina, con la cara tapada por el brazo. Martin sirvió una taza de caldo y se la puso delante. Sus sollozos roncos le pusieron nervioso; la vehemencia de su emoción, independientemente de la causa, despertó en él un sentimiento de ternura. Sin querer, le puso la mano sobre el cabello oscuro: —Siéntate y tómate la sopa. Su cara, al levantar los ojos, estaba purificada e implorante. La huida del niño o el contacto de la mano de Martin habían cambiado su actitud. —Mar... Martin —sollozó—. Estoy tan avergonzada... —Bébete el caldo. Obedeciéndole, bebió entre suspiros entrecortados. Después de otra taza se dejó llevar por él hasta arriba, hasta su cuarto. Ahora era dócil y estaba más serena. Martin puso el camisón sobre la cama e iba a dejar el cuarto, cuando otra vez volvió la agitación del alcohol, una nueva oleada de la pena. 192 —Me volvió la espalda, Andy me miró y se volvió. Martin, a pesar de que la impaciencia y el cansancio le endurecían la voz, contestó amablemente: —Olvidas que Andy es todavía un niño, no puede entender qué significan esas escenas. —¿Hice una escena? Martin, ¿hice una escena delante de los niños? Su cara horrorizada le conmovió y le divirtió contra su voluntad. —Déjalo ya. Ponte el camisón y vete a dormir. —Mi pequeño huyó de mí. Andy miró a su madre y retrocedió. Los niños... Estaba presa en la tristeza rítmica del alcohol. Martin se fue del cuarto diciendo: —¡Por amor de Dios, vete a dormir! Los niños lo habrán olvidado mañana. Mientras lo decía, pensó si sería verdad. ¿Desaparecería tan fácilmente la escena de la memoria o echaría raíces en la inconsciencia para enconarse con los años? Martin no lo sabía y la última alternativa le horrorizaba. Pensó en Emily, previó la humillación de la mañana siguiente; los trozos rotos de recuerdo, la lucidez que nace de la oscura ley de la vergüenza. Llamaría a la oficina de Nueva York dos veces, posiblemente tres o cuatro. Martin previó su azoramiento pensando si los demás de la oficina sospecharían. Creía que su secretaria había adivinado su preocupación hacía tiempo y que le tenía lástima. Por un momento se rebeló contra su destino; odiaba a su mujer. Una vez en el cuarto de los niños cerró la puerta y por primera vez aquella tarde se sintió seguro. Marianne se tiró al suelo y se levantó otra vez llamando: —Papá, mírame. —Se tiró y se levantó, y continuó así el juego de tirarse y llamar para que la viera. Andy estaba sentado en la sillita baja moviéndose el diente. Martin abrió el grifo, se lavó las manos en el lavabo y llamó al niño al cuarto de baño. —Vamos a ver otra vez ese diente. Martin se sentó en el retrete sujetando a Andy entre las rodillas. La boca del niño estaba abierta y Martin agarró el diente. Un meneo, un tirón rápido y el blanco dientecito de leche estaba fuera. El rostro de Andy en el primer momento estaba entre aterrorizado, atónito y encantado. Tomó un sorbo de agua y escupió en el lavabo. 193 —¡Mira, papá, es sangre! ¡Marianne! A Martin le encantaba bañar a sus hijos. Le gustaban mucho sus cuerpos tiernos, desnudos, mientras estaban así, en el agua, inermes. No tenía razón Emily cuando decía que tenía preferencias. Mientras Martin jabonaba el cuerpo delicado de su hijo, sentía que más cariño era imposible. Sin embargo reconocía que su modo de querer a uno y a otra no era exactamente el mismo. El cariño por su hija era más grave, tocado de un poco de melancolía, de una dulzura que casi llegaba a pena. Sus motes para el niño,eran las bobadas de la inspiración de cada día; a la niña la llamaba siempre Marianne y su voz al nombrarla era una caricia. Martin secó a golpecitos la tripita gorda de la pequeña y el dulce, pequeño pliegue de la ingle. Los rostros limpios de los niños estaban radiantes como pétalos de flor, amados por igual. —Voy a poner el diente debajo de la almohada. Me tienen que poner un cuarto de dólar. —¿Y por qué? —Tú lo sabes, papá. A Johnny le trajeron eso por su diente. —¿Quién trae ese dinero? —preguntó Martin—. Yo creía que eran las hadas que lo dejaban por la noche. Aunque en mi tiempo eran diez centavos. —Eso es lo que dicen en el parvulario. —Y ¿quién lo pone? —Los padres —dijo Andy—. Tú. Martin estaba remetiendo la manta de la cama de Marianne. Su hija estaba ya dormida. Casi sin respirar, Martin se agachó y la besó en la frente, besó luego la manita que estaba con la palma hacia arriba, como sorprendida por el sueño junto a la cabeza. —Buenas noches, Andy-grande. La respuesta fue sólo un murmullo soñoliento. Al cabo de un momento, Martin sacó su portamonedas y deslizó un cuarto de dólar debajo de la almohada. Dejó la lamparita de noche encendida en la habitación. Mientras Martin andaba por la cocina preparándose algo de comer, se dio cuenta de que los niños no habían hablado ni una sola vez de su madre, ni de la escena que les tenía que haber parecido incomprensible. Absorbidos por el momento —el diente, el baño, la moneda—, el paso fluido de su tiempo de niños había arrastrado esos episodios ligeros como hojas en la corriente rápida de un arroyo poco profundo, mientras que el enigma adulto había quedado varado en la orilla. Martin dio gracias a Dios por ello. Pero su propia ira, escondida y reprimida, se despertó otra vez. Su juventud estaba desperdiciada por una borracha; su hombría, minada sutilmente. Y los niños, una vez pasada la inmunidad de la incomprensión... ¿Qué pasaría dentro de un año? Con los codos sobre la mesa, comía los alimentos como un animal, sin saborearlos. No se podría encubrir la verdad. Pronto habría chismorreo en la oficina y en la ciudad; su mujer era una mujer perdida. Perdida. Y él y sus hijos estaban envueltos en un futuro de degradación y ruina lenta. Martin empujó la mesa y se fue al cuarto de estar. Siguió las líneas de un libro con los ojos, pero su mente conjuraba tristes imágenes: vio a sus hijos ahogados en un río, su mujer hecha una desgracia por la calle. A la hora de acostarse, la rabia, sorda y dura, era como un peso en su pecho, y arrastró los pies al subir la escalera. El cuarto estaba oscuro, menos la rendija de luz de la puerta entreabierta del cuarto de baño. Martin se desnudó en silencio. Poco a poco, misteriosamente, ocurrió en él un cambio. Su mujer estaba dormida, su respiración tranquila se oía suavemente en la habitación. Los zapatos de tacón alto con las medias tiradas con descuido le llamaban en silencio. Su ropa interior estaba echada en desorden sobre la silla. Martin recogió la faja y el sostén de seda y los tuvo un momento en la mano. Por primera vez en la noche miró a su mujer. Sus ojos se posaron en la dulce frente, en el bello arco de las cejas. El arco que había heredado Marianne, con la curva al final de la nariz delicada. En su hijo podía rastrear los pómulos altos y la barbilla afilada. Emily tenía un cuerpo suave y ondulante, de pechos firmes. Mientras Martin contemplaba el sueño tranquilo de su mujer, el fantasma de la vieja ira se desvaneció. Todos los pensamientos de reproche o enfado estaban ahora lejos de él. Martin apagó la luz del cuarto de baño y levantó la ventana. Con cuidado, para que Emily no se despertara, se deslizó en la cama. A la luz de la luna contempló por última vez a su mujer. Sus manos buscaron la carne inmediata y la pena igualó al deseo en la inmensa complejidad del amor. Traducción de María Campuzano |
lunes, 22 de abril de 2013
Flannery O’Connor
La vida que salves puede ser la tuya
La vieja y su hija estaban sentadas en el porche cuando por primera vez apareció el señor Shiftlet por el camino. La anciana se deslizó hacia el borde de la silla e inclinó el cuerpo protegiéndose los ojos del sol hiriente con una mano. La hija no veía cuanto ocurría a lo lejos, de modo que continuaba jugando con los dedos. Aunque la anciana vivía sola en ese lugar desolado con su hija y jamás había visto al señor Shiftlet, supo, aún en la distancia que mediaba, que se trataba de un vagabundo, y que no representaba ningún peligro. El hombre llevaba recogida la manga izquierda del abrigo para mostrar que sólo tenía medio brazo y su escuálida figura se inclinaba levemente hacia un lado como si la brisa lo empujara. Llevaba un traje negro y un sombrero de fieltro marrón levantado sobre la frente y caído en la nuca, y una caja de herramientas de hojalata que sostenía del asa. Caminaba a paso lento por el sendero, con el rostro vuelto hacia el sol, que parecía balancearse en la cima de una pequeña montaña.
La vieja no cambió de posición hasta que él estuvo casi dentro del patio; entonces se levantó y apoyó una mano cerrada en un puño en la cadera. La hija, una muchacha grandota con un vestido corto de organdí azul lo vio de pronto y dio un respingo; comenzó a patear y a señalar y a emitir sonidos inarticulados y exaltados.
El señor Shiftlet se detuvo justo dentro del patio, dejó la caja en el suelo y se tocó el ala del sombrero con la punta de los dedos para saludar a la joven como si ésta se comportase normalmente; luego se volvió hacia la anciana y se lo quitó. Sus cabellos, morenos, largos y lacios, caían lisos a ambos lados desde una raya al medio hasta la punta de sus orejas. La frente le cubría más de la mitad del rostro que terminaba de pronto, con las facciones apenas proporcionadas, en la trampa de acero que eran sus mandíbulas. Parecía un hombre joven, pero tenía una mirada de serena insatisfacción, como si entendiera de la vida entera.
- Buenas tardes- dijo la anciana. Tenía el tamaño de un poste de cedro de la cerca y llevaba un sombrero gris de hombre muy calado.
El vagabundo se quedó mirándola sin decir nada. Giró sobre sus talones y se volvió hacia la puesta de sol. Abrió lentamente ambos brazos, el que tenía entero y el corto, para abarcar entre ellos una extensión del cielo y su figura formó una cruz torcida. La anciana lo observó con los brazos cruzados sobre el pecho como si ella fuese la dueña del sol. La hija contemplaba la escena, con la cabeza echada hacia delante, y sus manos pendían, gordas e inútiles, de las muñecas. Tenía el cabello largo y dorado, y los ojos tan azules como el cuello de un pavo real.
El señor Shiftlet permaneció casi cincuenta segundos en esa posición, luego recogió su caja, se acercó al porche y se dejó caer en el primer escalón.
- Señora- dijo con firme voz nasal-, daría una fortuna por vivir donde pudiera ver al sol hacer esto todas las tardes.
- Lo hace todas las tarde- repuso la vieja, y se volvió a sentar.
La hija también se sentó y observó al hombre con una mirada furtiva y precavida, como si fuese un pajarraco que se hubiese acercado demasiado. Él se ladeó, hurgó en el bolsillo de su pantalón y en un instante sacó un paquete de chicles y le tendió uno. Ella lo cogió, lo desenvolvió y comenzó a mascarlo sin quitarle los ojos de encima. El hombre ofreció otro a la anciana, pero ésta levantó su labio superior para indicar que no tenía dientes.
La pálida y aguda mirada del señor Shiftlet ya había revisado todo cuanto había en el patio- la bomba cerca de la esquina de la casa y la alta higuera donde tres gallinas se preparaban para dormir- y desplazó la mirada hacia el cobertizo, donde vio la parte trasera y aherrumbrada de un automóvil.
- ¿Conducen ustedes?- preguntó.
- Ese coche no se ha movido en los últimos quince años- respondió la vieja. El día que murió mi marido, dejó de moverse.
- Ya nada es como era antes, señora. El mundo está casi podrido.
- Tiene razón- convino ella-. ¿Es usted de por aquí?
- Tom T. Shiftlet- murmuró mirando los neumáticos.
- Mucho gusto en conocerle- dijo la anciana-. Lucynell Crater, y la hija, Lucynell Crater. ¿Qué hace usted por aquí, señor Shiftlet?
Él juzgó que el coche debía ser un Ford de 1928 o 1929.
- Señora- dijo, y se volvió hacia ella para dedicarle toda su atención-, permítame decirle algo. Hay un doctor en Atlanta que cogió un cuchillo y sacó el corazón humano, el corazón humano- repitió, inclinándose hacia ella-, del pecho de un hombre y lo sostuvo en la mano- y extendió la mano, con la palma hacia arriba, como si aguantara el leve peso de un corazón humano- y lo estudió como si fuera un polluelo de un día, y, señora- dijo, e hizo una larga pausa dramática durante la cual adelantó la cabeza y sus ojos color de arcilla brillaron-, ese hombre no sabe más que ustedes o que yo acerca de eso.
- Es verdad- dijo la anciana.
- Vaya, si cogiera ese cuchillo y cortara todas las puntas del corazón, todavía no sabría más que ustedes o que yo, se lo aseguro. ¿Qué quiere apostar?
- Nada- respondió la anciana sabiamente-. ¿De dónde viene, señor Shiftlet?
Él no contestó. Metió la mano en el bolsillo y sacó un saquito de tabaco y un estuche de papel de fumar; lió un cigarrillo con destreza, a pesar de hacerlo con una sola mano, y se lo puso bajo el labio superior. Luego sacó una caja de cerillos de madera y prendió uno en la suela de su zapato. La mantuvo encendida como si estudiase el misterio de la llama mientras ésta descendía peligrosamente hacia su piel. La hija empezó a alborotar y a señalar la mano del hombre y a agitar un dedo ante él, pero justo cuando la llama estaba a punto de quemarle se inclinó con la mano ahuecada sobre el fósforo como si fuera a prender fuego su nariz y encendió el cigarrillo.
Lanzó al aire el cerillo apagado y expulsó una bocanada gris en el atardecer. Su cara adoptó una expresión socarrona.
- Señora- dijo-, en nuestros días la gente hace cualquier cosa. Puedo decirle que me llamo Tom T. Shiftlet y que vengo de Tarwater, Tennessee, pero usted nunca me había visto antes, así que ¿cómo sabe que no estoy mintiendo? ¿Cómo sabe que no soy Aaron Sparks, de Singleberry, Georgia, o cómo sabe que no soy George Speeds, de Lucy, Alabama, o cómo sabe que no soy Thompson Bright, de Toolafalls, Mississippi?
- No sé nada de usted- musitó la anciana, fastidiada.
- Señora, a la gente no le importa cómo se le miente. Tal vez lo mejor que puedo decirle es que soy un hombre, pero, dígame, señora- añadió, e hizo una pausa y su tono se tornó aún más lúgubre-, ¿qué es un hombre?
La anciana empezó a mordisquear una semilla.
- ¿Qué lleva en esa caja de hojalata, señor Shiftlet?- preguntó.
- Herramientas- respondió echándose acalla atrás-. Soy carpintero.
- Bueno, si viene aquí para trabajar, podré darle comida y un lugar para dormir, pero no puedo pagarle. Se lo advierto antes de que empiece.
No hubo una respuesta inmediata ni ninguna expresión especial en el rostro del hombre. Se apoyó contra el madero que sostenía el tejado del porche.
- Señora- dijo con lentitud-, para algunos hombres ciertas cosas significan más que el dinero.
La anciana se meció en su silla sin hacer comentario alguno y la hija observó el gatillo que subía y bajaba en la garganta del señor Shiftlet. Éste dijo a la anciana que el dinero era lo único que interesaba a la gente, pero que él no sabía para qué estaba hecho el hombre. Le preguntó si el hombre estaba hecho para el dinero o para qué. Le preguntó si sabía para qué estaba hecha ella, pero la anciana no contestó y siguió meciéndose y se preguntó si un hombre con un solo brazo podría colocar un tejado nuevo en la casita del jardín. Él hizo muchas preguntas y ella no contestó. Le explicó que tenía veintiocho años y que había hecho muchas cosas en la vida. Había sido cantor de gospel, capataz en el ferrocarril, ayudante en una casa de pompas fúnebres y había estado tres meses en la radio con Uncle Roy y los Red Creek Wranglers. Contó que había luchado y dado su sangre en las Fuerzas Armadas de su país y visitado todas las tierras extranjeras, y en todas partes había visto gente a quien no le importaba si hacían las cosas así o asá. Dijo que a él no le habían criado de esa manera.
Una luna gorda y amarilla apareció en las ramas de la higuera como si fuera a dormir allí con las gallinas. Dijo que un hombre debía huir al campo para ver el mundo entero y que ojala viviera en un lugar tan desolado como ese, donde todas las tardes pudiera ver ponerse el sol como Dios lo había ordenado.
- ¿Está casado o soltero?- preguntó la anciana.
Hubo un largo silencio.
- Señora- dijo él al final-, ¿dónde se puede encontrar una mujer inocente en estos días? Yo no tomaría nada de esa basura que hay que levantar.
La hija estaba encorvada, con la cabeza casi inclinada sobre las rodillas, observándolo a través de una puerta triangular que había hecho con su cabello; de pronto cayó al suelo y comenzó a lloriquear. El señor Shiftlet la enderezó y la ayudó a sentarse de nuevo en la silla.
- ¿Es su hija?- preguntó.
- La única que tengo- respondió la anciana-, y es la criatura más dulce de la tierra. No la dejaría por nada del mundo. Y además es lista. Barre, guisa, lava, da de comer a las gallinas y trabaja con el azadón. No la cambiaría ni por un cofre de joyas.
- No- dijo él con tono afable-, no deje que ningún hombre se la lleve.
- El hombre que venga por ella- afirmó la anciana- tendrá que quedarse aquí.
En la oscuridad, los ojos del señor Shiftlet se habían quedado fijos en el paracoche del automóvil que destellaba en la distancia.
- Señora- dijo alzando el brazo corto como si pudiera señalar con él la casa, el patio y la bomba-, no hay nada roto en esta plantación que no pueda arreglar, hasta con un brazo inútil. Soy un hombre- agregó con adusta dignidad- aún cuando no esté entero. ¡Yo poseo- dijo tabaleando con los nudillos sobre el suelo para subrayar la inmensidad de lo que iba a decir- una inteligencia moral!- Y su rostro atravesó la oscuridad hacia un rayo de luz que escapaba por la puerta y se quedó mirando a la anciana como si a él mismo le sorprendiera esa verdad imposible.
Ella no se dejó impresionar por la frase.
- Le he dicho que puede quedarse y trabajar a cambio de comida- dijo-, si no le importa dormir en ese coche.
- Señora- dijo él con una sonrisa de satisfacción-, ¡los antiguos monjes dormían en sus ataúdes!
- No estaban tan avanzados como nosotros- repuso la anciana.
A la mañana siguiente empezó a trabajar en el tejado de la casita del jardín, mientras Lucynell, la hija, sentada sobre una piedra, lo observaba. Apenas había transcurrido una semana de su llegada al lugar cuando los cambios que había hecho ya podían apreciarse. Había arreglado las escaleras de la entrada y de la parte de atrás, construido un nuevo corral para los cerdos, reparado una cerca y enseñado a Lucynell, que era por completo sorda y nunca había pronunciado una palabra en su vida, a decir la palabra “pájaro”. La chica grandota de rostro sonrosado lo seguía a todas partes, diciendo “Pppajjjjarrro” y aplaudiendo. La vieja los observaba a cierta distancia, secretamente contenta. Se moría de ganas de tener un yerno.
El señor Shiftlet dormía en el duro y angosto asiento trasero del automóvil, con los pies saliendo por la ventanilla. Tenía su navaja de afeitar y un bote con agua sobre una caja que le servía de mesita de noche, había colocado un pedazo de espejo sobre la luna trasera y colgaba cuidadosamente la chaqueta de una percha que había puesto en una de las ventanillas.
Al caer la tarde se sentaba en las escaleras y hablaba mientras la anciana y Lucynell se mecían vigorosamente en sus sillas, cada una a un lado. Las tres montañas de la anciana se alzaban negras contra el cielo azul oscuro y de vez en cuando recibían la visita de varios planetas y de la luna después de que ésta abandonaba a las gallinas. El señor Shiftlet señaló que había mejorado la plantación porque se había interesado personalmente por ella. Dijo que hasta iba a hacer funcionar el automóvil.
Había levantado el capó y estudiado el mecanismo, dijo que podía afirmar que al coche lo habían fabricado en esa época en que realmente sabían fabricarlos. “Ahora- dijo-, un hombre coloca un tornillo y otro hombre coloca otro tornillo, y entonces tienes un hombre por cada tornillo. Por eso debes pagar tanto por un coche: estás pagando a todos esos hombres. En cambio, si tuvieras que pagar a un solo hombre, podrías conseguir un coche más barato y en el que se ha puesto un interés personal, y sería un coche mejor.” La anciana estuvo de acuerdo con él en que así debería ser.
El señor Shiftlet aseguró que el gran problema del mundo era que a nadie le importaba nada ni se paraba un momento a preocuparse por las cosas. Dijo que nunca hubiera podido enseñar una palabra a Lucynell si no se hubiera preocupado y dedicado el tiempo necesario.
- Enséñele a decir otra cosa- dijo la anciana.
-¿Qué quiere que diga?- preguntó el señor Shiftlet.
La sonrisa de la vieja era amplia, desdentada e insinuante.
- Enséñele a decir “querido”- respondió.
El señor Shiftlet ya sabía lo que ella tenía en la mente.
Al día siguiente empezó a trabajar en el automóvil y al atardecer le dijo que si ella compraba una correa de ventilador lo haría funcionar.
La anciana dijo que le daría el dinero.
- ¿Ve a esa chica?- le preguntó, señalando a Lucynell, que estaba sentada en el suelo a menos de un metro, mirándolo, los ojos azules aún en la oscuridad-. Si alguna vez un hombre se la quisiera llevar, yo le diría: “¡No hay hombre en la tierra que pueda arrancar de mi lado a esta dulce niña!”, pero si él me dijera: “Señora, no me la quiero llevar, la quiero aquí”, yo le diría: “Señor, no tengo nada que reprocharle. Yo no dejaría pasar la oportunidad de tener un hogar y conseguir a la joven más dulce del mundo. No es usted tonto”. Eso le diría.
- ¿Qué edad tiene?- preguntó el señor Shiftlet como de pasada.
- Quince o dieciséis- respondió la vieja. La muchacha rondaba los treinta años, pero debido a su inocencia era imposible adivinarlo.
- Sería una buena idea pintarlo también- observó el señor Shiftlet-. No querrá que se cubra de herrumbre.
- Ya veremos- repuso la anciana.
Al día siguiente se encaminó hacia el pueblo, donde adquirió las piezas que le hacían falta y un bidón de gasolina. Avanzada la tarde, unos ruidos ensordecedores escaparon del cobertizo y la anciana salió corriendo de la casa pensando que Lucynell tenía otro ataque. Lucynell estaba sentada sobre una jaula de pollos, dando golpes con los pies y gritando. “¡Ppppaajjarro! ¡Ppajjarro!”, pero el alboroto que armaba quedaba ahogado por el estruendo del automóvil. Tras una descarga de explosiones, emergió del cobertizo, majestuoso e imponente. El señor Shiftlet estaba sentado al volante, muy tieso. Tenía una expresión de seria modestia, como si hubiera resucitado a un muerto.
Esa noche, meciéndose en el porche, la anciana fue derecho al grano.
-Quiere usted una mujer inocente, ¿no es así?- preguntó, comprensiva-. No quiere saber nada de la escoria.
- Así es, señora.
- Una que no hable- continuó ella-, que no le conteste ni diga palabrotas. Se merece usté esa clase de mujer. Allí está. –Y señaló a Lucynell, que estaba sentada con las piernas cruzadas en la silla y se cogía los pies con las manos.
- Así es- admitió él-. No me daría ningún problema.
- El sábado- dijo la anciana-, usted, ella y yo iremos en coche al pueblo y se casarán.
El señor Shiftlet cambió de posición en la escalera.
-No me puedo casar en este momento- repuso-. Todo lo que uno quiere hacer requiere dinero y yo estoy sin blanca.
- ¿Para qué necesita el dinero?- preguntó la vieja.
- Hace falta dinero- respondió él-. Hoy día hay gente que hace las cosas de cualquier manera, pero, según yo lo veo, nunca me casaría con una mujer a la que no pudiera llevar de viaje como si ella fuese alguien. Quiero decir, llevarla a un hotel y agasajarla. No me casaría con la duquesa de Windsor- añadió con firmeza- a menos que la pudiera llevar a un hotel y darle de comer algo bueno. Me educaron de esa manera y no hay na que yo pueda hacer al respecto. Mi madre me enseñó cómo debía comportarme.
- Lucynell ni siquiera sabe qu´es un hotel- musitó la anciana-. Escuche, señor Shiftlet- dijo inclinándose hacia delante-, conseguirá usté un hogar y un pozo d´agua profundo y la muchacha más inocente de la tierra. No necesita dinero. Le voy a decir algo: no hay lugar en el mundo pa un hombre vagabundo, pobre, mutilado y sin amigos.
Las desagradables palabras se posaron en la cabeza del señor Shiftlet como una bandada de águilas en la copa de un árbol. No dijo nada de inmediato. Lió un cigarrillo, lo encendió y luego habló con voz serena.
- Señora, un hombre está dividido en dos partes, cuerpo y espíritu.
La vieja apretó las encías.
- Un cuerpo y un espíritu- repitió él-. El cuerpo, señora, es como una casa: no va a ningún lado; pero el espíritu, señora, es como un automóvil: siempre está en movimiento, siempre…
- Escuche, señor Shiftlet- repuso ella-, mi pozo nunca se seca y mi casa está siempre caldeada en invierno y no hay ninguna hipoteca en este lugar. Puede ir al juzgado y comprobarlo. Y allá, en aquel cobertizo, hay un buen coche. – Preparó el cebo con cuidado-. Para el sábado lo puede tener usted pintado. Yo pagaré la pintura.
En la oscuridad, la sonrisa del señor Shiftlet se estiró como una serpiente cansada que se despierta al lado del fuego. Al cabo de un instante, se repuso y dijo:
- Tan sólo digo que el espíritu de un hombre es más importante para él que cualquier otra cosa. Tendría que llevar de viaje a mi esposa un fin de semana sin reparar en gastos. Debo obedecer lo que me indica mi espíritu.
- Le daré quince dólares para un viaje de fin de semana- dijo la vieja con tono desabrido-. Es lo único que puedo hacer.
- Eso apenas servirá para pagar la gasolina y el hotel- repuso él-. No alcanzaría para la comida de ella.
- Diecisiete cincuenta- dijo la anciana-. Es todo lo que tengo, así que es inútil que trate de exprimirme. Puede llevarse la comida de aquí.
El señor Shiftlet se sintió profundamente herido por la palabra “exprimir”. No albergaba la más mínima duda de que ella tenía más dinero cosido al colchón, pero ya le había dicho que no le interesaba su dinero.
- Procuraré que eso alcance- repuso, y se retiró zanjando así las negociaciones con la anciana.
El sábado, los tres fueron al pueblo en el automóvil, cuya pintura aún no se había secado, y el señor Shiftlet y Lucynell se casaron en el juzgado con la anciana como testigo. Cuando salieron, el señor Shiftlet comenzó a estirar el cuello. Parecía malhumorado y resentido, como si lo hubiesen insultado mientras alguien lo sujetaba.
- Esto no me ha gustado- dijo-. No es más que algo que una mujer hace en una oficina, sólo papeleo y análisis de sangre. ¿Qué saben de mi sangre? Si me sacaran el corazón y lo cortaran en pedazos, no sabrían nada de mí. No me ha gustado nada.
- Sí ha cumplido la ley- dijo la anciana con aspereza.
- La ley- replicó el señor Shiftlet, y escupió-. Es la ley lo que no me gusta.
Había pintado el coche de verde oscuro con una franja amarilla bajo las ventanillas. Los tres se sentaron en el asiento delantero y la anciana comentó:
- ¿No está guapa, Lucynell? Parece una muñeca.
Lucynell llevaba un vestido blanco que su madre había desenterrado de un baúl y se tocaba con un sombrero panamá con una ramita de cerezas rojas en el ala. De vez en cuando su expresión plácida cambiaba a causa de algún pensamiento travieso como un brote de verde en el desierto.
- ¡Se lleva usted una joya!- dijo la anciana
El señor Shiftlet ni siquiera le dirigió la mirada.
Volvieron a la casa para dejar a la anciana y coger la comida de aquel día. Cuando estuvieron listos para partir, ella se quedó al lado de la ventanilla del coche con los dedos cerrados sobre el vidrio. Las lágrimas comenzaron a brotar de las comisuras de sus ojos y a rodar por las sucias arrugas de su rostro.
- Nunca me he separado de ella dos días- dijo.
El señor Shiftlet puso el motor en marcha.
- Y no se la daría a ningún hombre, a excepción de usted, porque he visto que actúa como es debido. Adiós, querida- añadió aferrándose a la manga del vestido blanco. Lucynell la miró y no pareció verla. El señor Shiftlet hizo avanzar el coche y la vieja tuvo que sacar la mano.
Era un mediodía claro, cálido, rodeado de un cielo pálido. A pesar de que el automóvil no podía ir a más de cincuenta kilómetros por hora, el señor Shiftlet se imaginó fantásticas subidas y bajadas y curvas cerradas, que sólo estaban en su cabeza, y se olvidó de la amargura de la mañana. Siempre había deseado un coche pero nunca había podido comprarlo. Conducía muy deprisa porque quería llegar a Mobile al anochecer .
De vez en cuando interrumpía sus pensamientos el tiempo suficiente para mirar a Lucynell sentada a su lado. Se había comido el almuerzo tan pronto como partieron y ahora arrancaba las cerezas del sombrero y las arrojaba una a una por la ventanilla. Él se sintió deprimido a pesar del coche. Había conducido unos ciento sesenta kilómetros cuando decidió que ella debía tener hambre de nuevo y, al llegar a un pueblecito, estacionó frente a un local pintado de color aluminio llamado The hot Spot, la llevó dentro y pidió para ella un plato de jamón y sémola. El viaje la había adormecido y, tan pronto como se sentó en el taburete, descansó la cabeza sobre la barra y cerró los ojos. En The Hot Spot no había nadie más que el señor Shiftlet y el muchacho tras la barra, un joven pálido con un trapo grasiento al hombro. Antes de que le sirviera la comida ella ya estaba roncando suavemente.
- Dáselo en cuanto despierte- dijo el señor Shiftlet-. Lo pagaré ahora.
El muchacho se inclinó hacia ella, miró el cabello largo de un dorado rojizo y los ojos dormidos entrecerrados. Luego levantó la vista y miró al señor Shiftlet.
- Parece un ángel de Dios- murmuró.
- Estaba pidiendo raite- explicó el señor Shiftlet-. No puedo esperar. Tengo que llegar a Tuscaloosa.
El muchacho se inclinó de nuevo y con sumo cuidado tocó con un dedo una hebra de pelo dorado. El señor Shiftlet partió.
Se sentía más deprimido que nunca mientras conducía solo. El atardecer se había vuelto caluroso y sofocante y el campo era ahora llano. En el cielo, a lo lejos, se preparaba una tormenta muy lentamente y sin truenos, como si se dispusiera a drenar todas las gotas de aire de la tierra antes de caer. Había momentos en que el señor Shiftlet prefería no estar solo. Además, pensaba que un hombre con automóvil tenía responsabilidades para con los demás y se mantuvo alerta por si veía a alguien pidiendo raite. De vez en cuando, veía letreros que rezaban: CONDUZCA CON CUIDADO. LA VIDA QUE SALVE PUEDE SER LA SUYA :
La angosta carretera descendía a ambos costados hacia campos secos, y aquí y allá surgían en un claro casuchas y alguna que otra gasolinera. El sol comenzó a ponerse justo delante del coche. Era una bola rojiza que, a través del parabrisas, parecía levemente chata en las partes superior e inferior. Vio a un chico vestido con un mono y un sombrero gris parado en el arcén, aminoró la marcha y se detuvo a su lado. El muchacho no tenía el pulgar levantado, tan sólo estaba plantado allí, pero llevaba una maletita de cartón y el sombrero puesto de una manera que indicaba que se iba para siempre de algún lugar.
- Hijo- dijo el señor Shiftlet-, veo que quieres viajar.
El muchacho no dijo ni que sí ni que no, pero abrió la portezuela y se sentó, y el señor Shiftlet empezó a conducir. El chico tenía la maleta en el regazo y los brazos cruzados sobre ella. Volvió la cabeza hacia la ventanilla, sin mirar al señor Shiftlet.
Éste se sintió angustiado.
- Hijo- dijo al cabo de un minuto-, tengo la mejor madre del mundo, así que supongo que debes tener la segunda mejor.
El muchacho le dirigió una rápida mirada oscura y acto seguido volvió de nuevo el rostro hacia la ventanilla.
- No hay nada más dulce- continuó el señor Shiftlet- que la madre de uno.
Me enseñó las primeras oraciones sobre sus rodillas, me dio amor cuando nadie lo hacía, me dijo lo que estaba bien y lo que no, y veló para que yo hiciera las cosas bien. Hijo- añadió-, ningún día de mi vida he lamentado tanto como aquél en que abandoné a mi madre.
El muchacho se removió en el asiento pero no miró al señor Shiftlet. Descruzó los brazos y puso una mano sobre la manija de la puerta.
- Mi madre era un ángel de Dios- prosiguió el señor Shiftlet con voz crispada-. Él la trajo del cielo y me la dio y yo la abandoné.- Sus ojos se nublaron al instante con un velo de lágrimas. El automóvil apenas se movía.
El muchacho se volvió con rabia en el asiento.
- ¡Vete a la mierda!- gritó-. ¡Mi vieja es una bola de piojos y la tuya es una zorra apestosa!- Y tras esto abrió la portezuela y saltó con su maleta a la cuneta.
El señor Shiftlet quedó tan sorprendido que condujo lentamente unos cincuenta metros con la puerta todavía abierta. Una nube exactamente del mismo color que el sombrero del muchacho y en forma de nabo había descendido sobre el sol, y otra, de aspecto más feo, se agazapó detrás del coche. El señor Shiftlet sintió que toda la podredumbre del mundo iba a tragárselo. Levantó el brazo y lo dejó caer sobre el pecho.
- ¡Oh, Señor!- rezó-. ¡Aparece y limpia este mundo de las porquerías!
El nabo continuó descendiendo lentamente. Unos minutos más tarde, sonó de atrás, como una risotada, el estruendo de un trueno y unas gotas de lluvia fantásticas, como tapas de latas, se estrellaron contra la parte posterior del coche del señor Shiftlet. Se apresuró a pisar el acelerador y con el muñón fuera de la ventanilla corrió contra la lluvia galopante hasta Mobil.
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