miércoles, 10 de junio de 2009

MARGARA AVERBACH (Argentina, 1957)



 

El invierno del colibrí

Leonardo odiaba el invierno. Y esa mañana congelada, después de una noche de tormenta, le daba rabia todo, hasta el verde del único pino que había en el camino a la escuela. -Lo hacés a propósito -le murmuró al pino con los labios partidos -. Tanto verde me da ganas de verano. Caminaba rápido haciendo nubes con la boca cuando vio una mancha en la vereda. Primero se desvió hacia la pared para no pisarla. En un día como ése, tenía que ser algo que había dejado un perro para que él tuviera que lavarse la zapatilla con agua helada cuando llegara al colegio. Dio un paso más y de pronto, la mancha le brilló en los ojos, como si adentro ardiera una llama oscura. Así que Leonardo dio un paso atrás y se agachó. Ese paso empezó esta historia. Ahí, en el piso, había un pájaro mojado. Leonardo se levantó y miró el cielo gris. Le daba un poco de asco la idea de tocar un pájaro muerto pero por alguna razón misteriosa, volvió a agacharse y puso una mano en la panza blanca. Y en el mismo instante, vio el pico largo y sintió el calor, como un sol diminuto, en el dedo índice. Miró a un lado, a otro y como un ladrón, levantó el picaflor en la palma y se lo metió con cuidado en el bolsillo del guardapolvo. Después, dio media vuelta y volvió a casa corriendo. -¿Qué pasa? ¿No hay clase? La mamá de Leonardo sonaba un poco asustada. Él sacó la mano del bolsillo y abrió la palma. La mamá se agachó y miró el picaflor aterido en la palma de su hijo. -Ay, no, Leo... ¿Para qué lo trajiste? Yo no sé qué podemos hacer... Seguramente está enfermo y... además, tenemos gato y... los picaflores no viven en jaula y... Leonardo la miró con algo que estaba entre la furia y la lástima. De computadoras, tal vez, pero de animales, mamá no sabía nada. -No está enfermo, ma... Está mojado. Lo agarró la tormenta. Así que terminaron llamando por teléfono al papá de Gerardo, el veterinario. Después, la mamá dejó a Leonardo y al pájaro en el consultorio y se fue a trabajar. La sala de espera era chica y al principio, no había nadie. Mientras esperaba, Leonardo habló bajito con el picaflor, que miraba para todos lados dentro de la jaulita prestada. Y entonces, llegó la nena del gato. El gato era hermoso, gris, suave y grande y ronroneaba con fuerza en brazos de su dueña. La dueña... bueno, la dueña era casi tan linda como el gato, de cabello negro y grandes ojos negros. Pero cuando el picaflor los vio, empezó a golpearse con las rejas de la jaula en un esfuerzo desesperado por alejarse. Sin sonido. Leonardo se puso pálido, se paró y se alejó lo más que pudo. -No te preocupes -dijo la chica -.A mí no se me escapa. Además, nunca cazó un pájaro. Pero el gato miraba al picaflor con ojos amarillos, atentos, embelesados. --Está muy asustado -dijo Leo -. Voy a llamar al doctor. -Yo lo llamo -dijo la nena y preguntó: -¿Qué es eso? ¿Un picaflor? -Y golpeó la puerta del consultorio. Lo miraba, extrañada. No es muy fácil ver un picaflor en un consultorio de gatos y perros y canarios. El doctor fue rápido en el diagnóstico. Al picaflor no le pasaba nada. La tormenta lo había mojado y le había arrancado algunas plumas. Pero la jaula, dijo el doctor, la jaula no. Eso sí que puede matarlo. Lo que había que hacer era llevarlo al campo. A cualquier lugar verde, lejos de los edificios. -Acá no viven mucho -le dijo. Ahora Leonardo tenía un problema más grave. Bajó la vista y puso la mano en la jaula para irse. El papá de Gerardo se dio cuenta enseguida porque sonrió y dijo: -¿Sabés el teléfono del trabajo de tu mamá? Yo tengo que ir esta tarde a ver unos caballos, al campo. Ya que no fuiste a la escuela, si querés venir, te invito. Bajaron de la camioneta junto a un bosque de eucaliptos. A lo lejos, un caballo ruano corría junto a un alambrado, jugando con el aire, como juegan los potrillos. Leonardo llevaba el picaflor en una bolsita oscura, para que no se asustara. La oscuridad tibia de la bolsa lo tenía quieto y callado. El pasto del invierno parecía amarillo y seco, tan cálido como el trigo de enero. Leonardo miró alrededor y no vio ni una sola flor. -No veo cómo va a vivir. -También toman la savia de las coníferas, Leonardo -dijo el doctor -. Creo que va a estar bien. Esperá que sacamos unas fotos. Así que Leonardo tomó el picaflor y lo sostuvo con cuidado sin apretarlo entre los dedos de la mano derecha. Trató de poner cara de contento. Pero cuando el pájaro salió volando con un chirridito que parecía el ruido de dos maderas que se rozan, a Leonardo se le llenaron los ojos de lágrimas y se subió un poco más el cierre de la campera anaranjada. Y entonces, lo vio de nuevo. Primero fue un roce verdoso en el costado del ojo, como el reflejo del sol del invierno sobre el agua. Leonardo levantó la vista que tenía en el suelo como si fuera un paquete pesado y húmedo. El picaflor que había tocado con asco esa misma mañana camino al colegio (parecía mucho tiempo antes, como si hubiera pasado un mes, un año), estaba volando frente a su cara, como frente a una flor, y las dos maderas de su canción silvestre hacían la música ronca y chiquita de los picaflores en la brisa fría. Duró poco. Apenas un instante. Después, el picaflor se alejó volando bajo hacia el bosquecito y Leonardo se quedó solo. Cuando se lo contó a la dueña del gato, le dijo que no se acordaba del viaje de vuelta. (Había estado pensado en preguntarle el nombre y el teléfono de la chica al padre de Gerardo durante todo el viaje, pero no hizo falta: ella lo llamó primero; quería saber qué había pasado con el picaflor). Leonardo le contó que esa noche lloró en la cama aunque todos en la casa se entusiasmaron con la historia. Había algo triste en esa historia alegre y él no conseguía saber qué era. A la mañana siguiente, en el frío helado de las cuadras que había entre su casa y el colegio, un auto se paró a su lado. Una camioneta. (A Leonardo, la rabia le daba vueltas alrededor otra vez, pero más lejos porque ahora llevaba el recuerdo del picaflor en el bolsillo y era un recuerdo tibio.) -Ey, Leo -le gritó el doctor -. Tengo las fotos. Leo paró un momento junto al cordón para que el doctor le alcanzara un manojo de papeles de colores. -Ésta es especial -dijo el papá de Gerardo y sacó un sobre blanco por la ventanilla. Leonardo abrió el sobre y miró. (Más tarde la miró de nuevo con la nena del gato y la espiö todo el día en el colegio, y esa noche la colgó sobre la cama para verla cuando estuviera por dormirse.) Ahí estaba él y atrás los campos amarillos del invierno y el bosque de eucaliptos y el cielo un poco gris y ahí al lado, cerca, muy cerca, como un manchón borroso, un picaflor oscuro y brillante, tan rápido que apenas se le veían las alas. Una foto de invierno. Pero ese invierno era distinto. El invierno del picaflor, dijo la nena del gato la primera vez que oyó la historia. Y cuando la dijo ella, la palabra “invierno” sonó casi a sol, casi a septiembre. de LOS EXPLORADORES,(Edit. Sudamericana, colección Pan Flauta, 2000) Ilustraciones GUSTAVO DEVEZE.

jueves, 28 de mayo de 2009

Tiempos revueltos de Raymond Carver

Tiempos revueltos de Raymond Carver

“Furious Seasons”

Esa duración que convierte a las Pirámides en columnas de hielo que se derriten. Todo es pasado en un instante.

Thomas Browne



Amenaza tormenta. La niebla gris oscurece las cumbres a lo largo del valle. Nubes negras con pliegues y capas blancas en la superficie se acercan desde las colinas en rápidos desplazamientos, descienden hasta el valle y pasan sobre los campos y baldíos que hay frente a la casa. Dando rienda suelta a su imaginación, Farrell ve las nubes como caballos negros sobre los que cabalgan fantasmales almas en pena y, detrás, las carrozas negras girando lenta e inexorablemente, a veces un cochero con plumas blancas en el pescante. Cierra la puerta del porche y observa tras el cristal a su mujer que baja lentamente las escaleras. Se vuelve y le sonríe. Abre de nuevo y la saluda. Más tarde, ella se aleja en el coche. Vuelve a la habitación y se sienta en el sillón de cuero, bajo la lámpara de cobre. Se estira extendiendo los brazos por fuera del sillón.

La habitación está un poco más oscura cuando Iris sale del baño envuelta en una bata blanca abierta. Saca el taburete de debajo del tocador y se sienta frente al espejo. Coge con la mano derecha el cepillo blanco de plástico y comienza a peinarse con movimientos rápidos y rítmicos provocando un leve chasquido. Sujeta con la mano izquierda el cabello sobre uno de los hombros y realiza los largos, rápidos y rítmicos movimientos con la mano derecha. Se detiene un instante y enciende la lamparilla del espejo. Farrell coge una revista de fotos del aparador que está al lado del sofá y se estira para encender la lámpara golpeando sin querer el pergamino de la pantalla al buscar la cadenilla. La lámpara está unos centímetros por encima de su hombro derecho y la pantalla marrón cruje cuando la toca.

Afuera está oscuro y el aire huele a lluvia. Iris le pregunta si cerró la ventana. Mira hacia la ventana, luego al espejo, ve su propio reflejo y detrás a Iris observándole sentada frente al tocador, con otro Farrell más borroso mirando fijamente desde la ventana que ella tiene al lado. Tiene que llamar a Frank para confirmar que salen de caza mañana por la mañana.

Pasa las páginas. El cepillo se tambalea sobre la superficie del vestidor.

“¿Sabes que estoy embarazada, Lew?”, le dice.

Las páginas satinadas de la revista muestran bajo la lámpara una catástrofe natural. La fotografía de un terremoto en algún lugar del Oriente Próximo. Se ve a cinco hombres gruesos vestidos con bombachos blancos de pie ante una casa aplastada. Uno de ellos, quizá el líder, lleva un sucio sombrero blanco inclinado sobre un ojo, lo que le da un aspecto sombrío, maligno. Mira de lado a la cámara, señalando tras el revoltijo de ladrillos hacia un río o entrante de mar al otro lado de los escombros. Farrell cierra la revista y la deja resbalar al ponerse de pie.

Apaga la luz y antes de encaminarse hacia el baño, le pregunta:

“¿Qué vas a hacer?”

Sus palabras suenan secas y apresuradas como hojas arremolinándose en los oscuros rincones de la habitación. Farrell siente al instante que esa pregunta ya ha sido hecha hace tiempo en otro lugar. Entra en el baño.

El olor de Iris; un olor cálido y húmedo, ligeramente pegajoso; polvos de talco New Spring y colonia King’s Idyll. Su toalla tirada detrás del retrete. Se le han caído polvos de talco en el lavabo y forman con el agua un reguero amarillo de pasta. Lo frota con agua y lo empuja todo por el desagüe.

Se está afeitando y al mover la cara puede ver la habitación. Iris de perfil, sentada en el taburete ante la vieja cómoda. Posa la navaja y se lava la cara, luego coge la navaja otra vez. En ese momento escucha las primeras gotas de lluvia en el techo.

Un rato después apaga la luz de la cómoda y se sienta de nuevo en el sillón de cuero a escuchar la lluvia. Llega a ráfagas, golpeando a intervalos la ventana. Como el suave revoloteo de un pájaro blanco.

Su hermana ha cazado uno. Lo mete en una caja y le tira flores dentro. Agita la caja para poder oír el batir de alas, pero una mañana se la enseña y ya no se oyen las alas, tan sólo el leve arañazo que provoca el pájaro cuando mueve la caja. Se la da para que se libre de ella y él la tira con todo lo que hay dentro al río, sin querer abrirla porque empieza a oler raro. La caja es de cartón y tiene dieciocho pulgadas de largo, seis de ancho y cuatro de profundidad. Está seguro de que era una caja de galletas Snowflake porque son las que utilizaba ella con los primeros pájaros.

Corre en paralelo a la caja por el lodo de la orilla. Es una barca fúnebre y el río fangoso es el Nilo. Pronto la barca entrará en el océano, pero antes se incendiará y el pájaro blanco saldrá volando hacia las tierras de su padre donde lo espantará de entre la espesa hierba de una pradera verde, con huevos y todo. Corre por la orilla, siente el latigazo de los matojos en los pantalones, un limbo le golpea en la oreja y aún no se ha incendiado. Coge piedras sueltas y se las tira a la barca. Y entonces empieza a llover, enormes e impetuosas gotas que salpican el agua barriendo el río de lado a lado.

Farrell llevaba en la cama unas cuantas horas, no estaba seguro de cuánto tiempo. Con cuidado de no molestar a su esposa, se incorporó ligeramente apoyándose en el hombro y con los ojos entrecerrados intentó echar una ojeada al reloj de la mesita de ella. El reloj apenas estaba vuelto hacia su lado, así que, teniendo además tanto cuidado, sólo pudo ver que las manecillas amarillas marcaban las 3.15 o las 2.45.

La lluvia golpeaba contra la ventana. Se volvió de espaldas y estiró las piernas bajo las sábanas rozando el pie izquierdo de su mujer, escuchando las manecillas del reloj sobre la mesita. Se metió bajo el edredón y luego, como tenía demasiado calor y le sudaban las manos, echó hacia atrás el cobertor y pasó los dedos por la sábana, estrujándola hasta que se le secaron.

La lluvia venía por rachas, arremetiendo en oleadas y atravesando la tímida luz como miríadas de pequeños insectos amarillos que se arrojaran haciendo rizos contra la ventana.

Se dio la vuelta otra vez y se acercó a Lorraine hasta tocarle la espalda con el pecho. Durante un instante se abrazó a ella suavemente, con cuidado, extendiendo la mano por el hueco de su estómago, pasando los dedos por debajo del elástico de sus bragas, rozando el espeso penacho de vello.

Sintió una extraña sensación entonces, como si resbalara en un baño caliente y le anegaran los recuerdos sintiéndose niño otra vez. Retiró la mano, se dio la vuelta y se libró de las sábanas encaminándose al torrente de la ventana.

Una pesadilla vasta y remota la de ahí fuera. La farola parecía un demacrado y solitario obelisco desafiando la lluvia con su débil punto de luz amarilla. En la base, el lustre negro de la calle, la oscuridad acometiendo su pequeño contorno de luz. No podía ver el resto de casas, como si ya no existieran, arrasadas como en la foto que había estado mirando unas horas antes.

La lluvia iba y venía como una oscura máscara en la ventana. Anegaba los bordillos calle abajo. Se acercó hasta sentir una fría bocanada de aire en la frente al contemplar la niebla de su aliento en el cristal. Había leído que en algún sitio, se veía a sí mismo mirando las fotos, quizá en National Geographic, vivían tribus de piel cobriza que se quedaban de pie ante sus chozas contemplando la salida del sol bajo la helada. El titular decía que esa gente creía que el alma era visible en el aliento, que escupían y soplaban en las palmas de las manos ofreciendo sus almas a Dios. Su aliento desaparecía mientras lo contemplaba, dejando solamente un círculo diminuto, luego un punto y nada. Se alejó de la ventana y fue a por sus cosas.

Buscó a tientas sus botas en el armario empotrado y rastreó con los dedos las mangas de cada chaqueta hasta tocar el suave impermeable de caucho. Fue hasta el cajón por calcetines y calzoncillos largos, luego descolgó una camisa y un pantalón, lo cogió todo en una brazada y lo llevó por el pasillo hasta la cocina sin encender la luz. Se vistió y se calzó las botas antes de poner el café. Le habría gustado encender la luz del porche para Frank pero por algún motivo no le pareció bien con Iris allí en la cama. Mientras se hacía el café, preparó sándwiches y llenó los termos. Sacó una taza del armario, la llenó y se sentó cerca de la ventana para ver la calle. Encendió un cigarrillo y se puso a fumar mientras tomaba el café y escuchaba el chasquido del reloj del horno. Se derramó un poco de café, miró las gotas caer lentamente por la taza y frotó con los dedos el círculo que dejó la taza sobre la rugosa superficie de la mesa.

Está en la habitación de su hermana, ante la mesa de estudio, sentado sobre un grueso diccionario en una silla de respaldo recto. Los pies doblados bajo el asiento, los talones de los zapatos acoplados al travesaño. Cuando se apoya excesivamente sobre la mesa una de las patas se levanta del suelo y tiene que meter debajo una revista. Está haciendo un dibujo del valle en el que vive. Al principio pensó en copiar algo de uno de los libros escolares de su hermana, pero después de gastar tres hojas sin conseguir que le saliera bien, decidió dibujar el valle y su casa. De vez en cuando deja de dibujar y frota los dedos en la superficie granulosa de la mesa.

Afuera el aire de abril es todavía húmedo y fresco, ese frescor que alienta tras las tardes de lluvia. La tierra, los árboles y las montañas ya están verdes y por todas partes hay un aliento vaporoso: en los abrevaderos de los corrales, en el estanque que hizo su padre y también en las praderas, elevándose en lentas columnas que parecen lápices, cruzando por encima del río y subiendo hasta las montañas como si fuera humo. Oye a su padre gritarle a uno de los hombres y a éste soltar una maldición por detrás. Posa el lápiz y salta de la silla. Abajo, enfrente del ahumadero, ve a su padre trabajando con la polea. A sus pies hay un rollo de cuerda marrón y empuja la barra de la polea para intentar colgarla fuera del granero. Lleva en la cabeza un gorro de lana del ejército y el cuello de la vieja chaqueta de cuero levantado, dejando a la vista la lana sucia del forro. Con un último golpe a la polea se vuelve hacia los hombres. Dos de ellos, dos canadienses grandes y de mejillas coloradas que llevan unos sombreros de franela llenos de grasa, arrastran un carnero hacia donde está su padre. Lo abrazan hundiendo los puños en la lana y uno de ellos grapa con los brazos sus patas delanteras. Van hacia el granero, medio arrastrándolo, medio caminando el carnero sobre sus patas traseras. Parece una danza salvaje. A otra voz de su padre empujan al carnero contra la pared, uno de ellos lo monta a horcajadas, forzándole la cabeza hacia atrás y hacia arriba, hacia su ventana. Se fija en las grietas oscuras de sus ollares, en las gotas de mucosidad que le caen de la boca. Los vidriosos ojos de anciano se clavan en él un instante antes de intentar soltar un balido, pero el sonido se convierte en un chillido agudo cuando su padre lo interrumpe con una embestida rápida del cuchillo. La sangre sale a borbotones entre sus manos antes de que pueda moverse. En pocos minutos tienen al animal en la polea. Puede oír el monótono cran—cran—cran de la polea cuando su padre lo sube un poco más. Los hombres están sudando pero siguen con las chaquetas abotonadas hasta arriba.

Su padre lo abre en canal mientras los dos hombres cogen unos cuchillos más pequeños y empiezan a quitarle la piel empezando por las patas. Del vientre vaporoso se escurren unas tripas grises que caen a tierra formando un grueso rollo. Su padre gruñe y las carga en una caja, diciendo algo de un oso. Los hombres ríen. Escucha que alguien tira de la cadena en el baño y luego el gorgoteo del agua en el retrete. Se vuelve hacia la puerta cuando oye pasos que se acercan. Su hermana entra en la habitación exhalando un ligero vapor. Por un instante se queda paralizada a la puerta con la toalla enrollada en la cabeza, una mano sujetando los extremos y la otra sobre la manilla. Sus pechos redondos como si fueran planos, sus pezones como los rabillos de la cálida fruta de porcelana sobre la mesa del comedor. Deja caer la toalla que se desliza por el cuello tocando sus pechos y formando una pila a sus pies. Sonríe, lentamente se tapa la boca con la mano y empuja la puerta para que se cierre. Él se vuelve hacia la ventana encogiendo los dedos de los pies en los zapatos.

Farrell seguía sentado a la mesa tomando el café y fumando con el estómago vacío. Oyó el ruido de un coche, se levantó rápidamente y fue hasta la ventana del porche. El coche redujo a segunda y frenó frente a la casa para tomar despacio la curva, con el agua batiendo en los tapacubos, pero siguió adelante. Se sentó de nuevo. Apretando la taza entre los dedos, escuchó durante un rato el chasquido del reloj eléctrico del horno. Entonces vio las luces. Venían dando rápidas sacudidas a la oscuridad, como dos faroles que hacían cortas señales desde una pequeña proa. La densa lluvia, blanqueada por la luz al traspasarla, golpeaba con fuerza la calle por delante. El coche salpicó al disminuir la velocidad y descansar bajo la ventana.

Cogió sus cosas y salió al porche. Iris estaba allí, acostada bajo una pila de edredones. Buscando una excusa para hacerlo, como si hubiera un motivo y lo hiciera despreocupadamente, se arrodilló al otro lado de la cama y se vio a sí mismo avanzar a tientas hasta donde sabía que estaba ella.

No pudo evitar inclinarse sobre su silueta como si colgara suspendido en el aire, todos los sentidos relajados excepto el olfato, respirando fugazmente el olor de su cuerpo. Inclinándose un poco más hasta tocar con la cara el cobertor percibió de nuevo ese olor, durante un instante, y luego desapareció. Retrocedió y se acordó de su rifle, salió y cerró la puerta. La lluvia le flagelaba el rostro. Se sintió casi mareado al agarrar el fusil y posarlo sobre la balaustrada, apoyándose en ella. Durante un momento, mirando desde el porche hacia abajo, hacia la oscuridad rizada de la acera, se sintió como si estuviera en un puente en medio de ninguna parte, y de nuevo tuvo la misma sensación de la noche anterior, que eso ya había ocurrido con el presentimiento de que volvería a ocurrir, como ahora sabía. La lluvia le cortaba la cara, le caía por la nariz y en la boca. Frank tocó la bocina un par de veces y Farrell bajo las escaleras con cuidado de no resbalar.

“¡Menudo aguacero!”, dijo Frank. Un tipo grande. Llevaba una gruesa chaqueta acolchada con la cremallera hasta la barbilla y una gorra marrón con visera que le daba un aire siniestro de árbitro de béisbol. Movió las cosas del asiento de atrás para que Farrell pudiera poner las suyas. El agua subía de nivel en las canaletas, retrocedía en los desagües de los aleros y de vez en cuando pasaban junto a un bordillo o un patio anegados. Siguieron la calle hasta el final y giraron a la derecha tomando otra calle que les llevaría directamente a la autopista.

“Esto nos obliga a ir más despacio, qué van a hacer esos gansos sin nosotros”.

De nuevo Farrell se dejó ir y los vio, rescatándolos de la memoria, un instante en el que la niebla había llegado a helar las rocas y estaba tan oscuro que podía ser medianoche o el final de la tarde. Se acercan volando a poca altura por el barranco, en silencio, saliendo repentinamente de la niebla, como espectros, batiendo alas sobre su cabeza. Salta para intentar separar del grupo al más cercano mientras quita el seguro pero se atasca y el dedo enguantado permanece encorvado en la guarda, presionando el gatillo cerrado. Vinieron hacia él, saliendo de la niebla por el barranco, sobre su cabeza. En largas filas, regañándole. Así había ocurrido hace tres años.

Se quedó mirando los prados húmedos captados por las luces del coche pasando al lado y quedándose atrás. El limpiaparabrisas chirriaba de un lado a otro. Iris suelta el pelo sobre el hombro con la mano izquierda mientras coge el cepillo con la otra. Inicia un movimiento rítmico alisando la melena con un leve chasquido al pasar el cepillo, una y otra vez, arriba y abajo. Le acaba de decir que está embarazada.

Lorraine ha ido a una exposición. Él tiene aún que llamar a Frank para confirmar la jornada de caza. La fotografía en papel satinado de la revista que tiene en su regazo muestra la escena de un desastre natural. Uno de los tipos de la foto, el líder evidentemente, señala una extensión de agua. “¿Qué vas a hacer?” Se vuelve y va hacia el baño. Una toalla detrás del retrete, el olor a polvos de talco New Spring y a colonia King’s Idyll. Hay un círculo amarillo de polvos talco en el lavabo que frota con agua antes de afeitarse. Mientras se afeita puede verla cepillándose el pelo en la sala. Cuando ya se ha lavado y secado la cara, al coger de nuevo la navaja, golpean en el tejado las primeras gotas de lluvia.

Miró el reloj del tablero de instrumentos pero estaba parado.

“¿Qué hora es?”

“No te fíes de ese reloj”, le dijo Frank levantando el pulgar del volante para señalar el gran reloj de números amarillos que sobresalía del tablero. “Está parado. Son las seis y media. ¿Te dijo tu mujer que tenías que estar en casa a una hora?”, le preguntó sonriendo.

Farrell negó con la cabeza pero Frank no lo vio. “No, sólo quería saber la hora”. Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en el asiento, mirando la lluvia a través de las luces de los coches, salpicando el parabrisas. Conducen desde Yakima, van a recoger a Iris. Comenzó a llover cuando llegaban a la autopista Columbia River y al cruzar Arlington es ya un torrente.

Parece que avanzaran por un túnel oblicuo. Ruedan por el asfalto envueltos en la opacidad de los grandes árboles inclinados sobre el coche, el agua cayendo en cascadas por delante. Lorraine extiende el brazo por el respaldo del asiento, su mano se posa levemente en el hombro izquierdo de él. Está sentada tan cerca que puede sentir su pecho izquierdo alzarse con la respiración. Ha intentado sintonizar algo en la radio pero hay demasiada interferencia.

“Se puede poner una cama en el porche y que se instale allí”, dice Farrell sin levantar la vista de la carretera. “No estará mucho tiempo”.

Lorraine se vuelve hacia él inclinándose un poco en el asiento. Posa la mano libre en su pierna. Con los dedos de la otra mano le acaricia el hombro y apoya la cabeza contra él. Un rato después, le dice:

“Tú eres solo mío, Lew. Odio tener que compartirte con alguien aunque sea poco tiempo. Aunque sea tu propia hermana”.

Va dejando de llover y los árboles apenas se inclinan.

Farrell alza la vista y mira la luna, en creciente, afilada y pálida, brillando entre nubes grises. Dejan atrás el bosque y las curvas para entrar en un valle que se abre al río del fondo. Ha dejado de llover y el cielo es una alfombra negra en la que han esparcido puñados de estrellas.

“¿Cuánto tiempo se quedará?”, le pregunta Lorraine.

“Un par de meses. Tres como mucho. Tiene que volver a su empleo en Seattle antes de Navidad”. Siente el estómago revuelto. Enciende un cigarrillo. Expulsa el humo por la nariz y lo empuja por la ventanilla.

El cigarrillo comenzaba a picarle en la punta de la lengua, abrió la ventanilla y lo tiró. Frank dejó la autopista para avanzar ahora sobre un firme resbaladizo que les llevaría al río. Estaban en la región del trigo. Grandes extensiones de trigo se extendían hacia el oscuro esbozo de las colinas, interrumpidas aquí y allá por fangosas porciones de terreno que parecían mantequeras por las pequeñas bolsas de agua. El año que viene se cosecharán y en verano el trigo estará tan alto que les llegará hasta la cintura, siseando y meciéndose cuando sople el viento.

“Es una vergüenza, toda esta tierra sin grano la mayor parte del tiempo y tanta gente sin nada que llevarse a la boca”, dijo Frank meneando la cabeza. “Si el gobierno no metiera la mano en los cultivos la maldita vista sería mejor”.

El firme de la carretera acababa en un saliente lleno de baches y el coche empezó a saltar por una carretera elástica y ponzoñosa hacia las colinas que se veían a lo lejos.

“¿Has visto morirse de hambre a alguien, Lew?”.

“No”.

El cielo encanecía. Farrell observaba los campos de rastrojo teñirse de un falso amarillo. Alzó la vista por la ventanilla y las nubes se fragmentaban y se deshacían en múltiples pedazos.

“Parece que va a dejar de llover”.

Fueron hasta el final, al pie de las colinas. Luego giraron y avanzaron por el borde de los cultivos siguiendo las colinas hasta que llegaron al cañón. Más allá, al fondo del acanalado de piedra, se extendía el río, la orilla más alejada cubierta por un banco de niebla.

“Ha dejado de llover”, dijo Farrell.

Frank maniobró en una pequeña hondonada rocosa y dijo que aquél era un buen sitio. Farrell cogió su escopeta y la apoyó contra el guardabarros de atrás para sacar las cartucheras y otra chaqueta. Cogió la bolsa de papel con los sándwiches y apretó los termos con las manos para sentir el calor. Se alejaron del coche sin hablar y caminaron a lo largo del cerro para luego bajar por uno de los pequeños valles que se abrían al cañón. La tierra estaba tachonada aquí y allá de roca afilada o matas negras que goteaban.

El suelo se ablandaba bajo los pies, tiraba de sus botas a cada paso y hacía un ruido succionador cuando las levantaba. Llevaba la cartuchera en la mano derecha, sujeta por la correa, balanceándola como si fuera un tiragomas. Sintió en la cara la brisa húmeda que venía del río. Los pequeños farallones que daban al río estaban profundamente acanalados por ambos lados, recortados en la roca dejando salientes como planchas que señalaban la altura del agua hace miles de años. En los salientes se amontonaban pilas de troncos blancos pelados e incontables trozos de madera que parecían huesos de algún pájaro gigante. Farrell intentó adivinar por dónde habían aparecido los gansos tres años antes. Se detuvo justo donde la colina empezaba a bajar hacia el cañón y apoyó la escopeta en una roca. Cogió matas y piedras que tenía a mano y bajó hacia el río recogiendo también restos de madera para hacer un escondite.

Se sentó sobre el impermeable con la espalda apoyada en un grueso arbusto y la barbilla en las rodillas, mirando los huecos azules del cielo al desplazarse las nubes. Los gansos estaban graznando bajo la niebla en la otra orilla. Se relajó, encendió un cigarrillo y se quedó mirando el humo que de repente salía de su boca. Esperaría a que saliera el sol. Son las cuatro de la tarde. El sol acaba de ocultarse tras unas nubes grises dejando el coche bajo una sombra enana que le sigue mientras lo rodea para abrirle la puerta a su mujer. Se besan.

Iris y él quedan en volver a recogerla, exactamente, dentro de una hora y cuarenta y cinco minutos. Tienen que ir a la ferretería y luego al supermercado. Volverán a recogerla a las seis menos cuarto. Se sienta al volante de nuevo y, mirando a ambos lados, se adentran lentamente en el tráfico. En la avenida que sale de la ciudad se encuentran todos los semáforos en rojo, luego gira a la izquierda para tomar la carretera secundaria, acelera a fondo y los dos se van un poco hacia atrás en sus asientos. Son las cuatro y veinte. Giran en diversos cruces y avanzan por una carretera con huertos a ambos lados. Sobre las copas de los árboles se divisan unas colinas bajas y, al fondo, las montañas coronadas de blanco. La hilera de árboles provoca sombras que oscurecen el arcén y que avanzan delante del coche. El boj forma hileras blancas que señalan los lindes de cada huerto, apiñándose contra los árboles. Hay escaleras apoyadas en las horcaduras de los árboles. Frena y se detiene en el arcén. Iris sólo tiene que abrir la puerta para alcanzar la rama de uno de los árboles. La rama raspa la puerta cuando la suelta. Las manzanas son grandes y amarillas. Le chorrea entre los dientes cuando muerde una.

Cuando se termina la carretera, siguen por un camino lleno de polvo que llega hasta las colinas, hasta donde se acaban los huertos. Todavía podrían alejarse más tomando la carretera que avanza paralela al canal de riego. El canal está vacío y los bordes empinados tan sucios y tan secos que se desmigajan. Cambia a segunda. La carretera va cuesta abajo, hay que conducir despacio, con cuidado. Detiene el coche bajo un pino, al lado de la compuerta que conduce el agua hasta una artesa circular de cemento. Iris estira la mano y la posa en su pierna. Está oscureciendo. Sopla el viento. Escucha el crujido de las copas de los árboles. Sale del coche y enciende un cigarrillo. Camina hasta el borde de la colina para ver el valle. El viento arrecia; el aire es más frío. La hierba es rala, con alguna flor bajo sus pies. El cigarrillo hace una leve espiral roja cuando vuela sobre el valle. Son las seis en punto.

El frío era intenso. Entumecía los dedos de los pies y se abría camino por las pantorrillas hacia las rodillas. También sentía las manos rígidas de frío aunque las tuviera en los bolsillos. Quería esperar a que saliera el sol. Unas nubes enormes tomaban diversas formas al dispersarse sobre el río. Al principio apenas lo notó, una especie de hilera negra avanzando entre las nubes más bajas. Cuando la tuvo al alcance de la vista creyó que era una nube de mosquitos cerrando filas ante sus ojos y luego le pareció una grieta oscura abriéndose entre cielo y tierra. Se volvió hacia él girando sobre las colinas del fondo. Estaba asustado, pero intentaba mantener la calma. El corazón le latía en las sienes, quería correr pero apenas se podía mover, como si llevara piedras en los bolsillos. Intentó ponerse al menos de rodillas pero el matorral en el que se apoyaba le dañó el rostro y bajó la cabeza. Le temblaban las piernas, intentó estirar las rodillas. Las piernas se le entumecían cada vez más, hundió la mano en el suelo moviendo los dedos, extrañado de su calidez. Entonces oyó el suave graznido de los gansos y el zumbido de sus alas al moverse. Sus dedos buscaron el gatillo. Oyó su réplica inmediata, irritados, provocando una estridente sacudida hacia arriba cuando le vieron. Farrell ya estaba de pie, apuntando a un ganso y luego a otro, y de nuevo al anterior, así hasta que se disolvieron rompiendo filas hacia el río. Disparó una vez, dos, y los gansos seguían volando, en plena algarabía, disgregándose y alejándose de la zona de tiro, sus humildes siluetas difuminándose entre las ondulantes colinas. Disparó una vez más antes de caer de rodillas con la vista nublada. Tras él, un poco a la izquierda, escuchó el eco de los disparos de Frank retumbando por todo el cañón como el chasquido de un latigazo. Le confundió ver que salían más gansos del río, sobrevolaban las bajas colinas y tomaban altura hacia el cañón, volando en formaciones en V sobre la cima y los sembrados.

Volvió a cargar la escopeta con cuidado, apoyando el cañón en la hierba, la culata en las costillas, provocando un chasquido hueco al meter los casquillos en la recámara. Seis harían el trabajo mejor que tres. Quitó rápidamente el taco del cañón y guardó el resorte espiral y el taco en el bolsillo. Oyó a Frank disparar otra vez y, de pronto, pasó a su lado una bandada que no había visto. Cuando los estaba mirando se dio cuenta de que venían otras tres más abajo. Esperó a que estuvieran a su altura, meciéndose en el aire a unas treinta yardas de la colina, moviendo levemente la cabeza de derecha a izquierda, los ojos negros y brillantes. Cuando pasaban a su lado, se irguió apoyando una rodilla en el suelo y les dio ventaja, acosándoles un instante antes de que se abrieran. El que estaba más cerca se contrajo y cayó al suelo en picado. Disparó de nuevo cuando regresaban, viendo al ganso detenerse como si hubiera chocado con una pared, aleteando contra ella para intentar traspasarla sin dar la vuelta, agachando la cabeza, las alas hacia fuera, en lenta espiral hacia abajo. Vació el cargador en el tercer ganso cuando casi ya no lo tenía a tiro y lo vio detenerse al quinto disparo, quedándose casi quieto tras una rápida sacudida de la cola, pero aleteando aún. Durante un buen rato estuvo viéndole volar cada vez más cerca del suelo hasta que desapareció tras uno de los cañones.

Farrell puso cabeza abajo los dos gansos dentro del escondite y acarició su vientre blanco y liso. Eran gansos canadienses, graznadores. A partir de ahora ya le daría igual si los gansos volaban muy alto o salían de más abajo, de cerca del río. Se sentó contra el arbusto y encendió un cigarrillo viendo girar el cielo sobre su cabeza. Un poco más tarde, quizá al principio de la tarde, se durmió. Se despertó entumecido, sudando en frío. El sol se había puesto, el cielo era un grueso sudario gris. Podía oír el graznido de los gansos al marcharse, dejando tras de sí aquellos ecos agudos y extraños por todo el valle, pero no podía ver nada que no fueran las húmedas colinas negras cubiertas en la base por una niebla que tapaba el río. Se frotó el rostro con las manos y empezó a tiritar. Se puso de pie. Podía ver avanzar la niebla envolviendo las colinas y el cañón, ovillándose en el suelo. Sintió el aliento del aire húmedo y frío alrededor, palpándole la frente, las mejillas, los labios. Se abrió paso a tientas y comenzó a subir la colina. Se quedó de pie junto al coche y tocó la bocina en una ráfaga continua hasta que Frank llegó corriendo y le apartó el brazo de la ventanilla. “¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?” “Tengo que ir a casa, ya te lo dije”. “Joder, vale. Entra, por Dios. Entra”. A no ser por un par de preguntas que hizo Farrell antes de abandonar la región del trigo, permanecieron todo el rato en silencio. Frank llevaba un cigarrillo entre los dientes, sin quitar la vista de la carretera. Cuando atravesaron los primeros parches de niebla a la deriva encendió las luces del coche. Al entrar en la autopista la niebla se levantó y las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el parabrisas. Tres patos pasaron volando frente a las luces del coche y fueron a posarse en un charco al lado de la carretera. Farrell pestañeó.

“¿Has visto eso?”, pregunto Frank.

Farell asintió.

“¿Cómo te encuentras ahora?”

“Estoy bien”.

“¿Cazaste alguno?”

Farrell se frotó las manos y entrelazó los dedos, luego las apoyó en el regazo. “No, supongo que no”.

“Vaya. Te oí disparar”. Cambió el cigarrillo de lado e intentó fumar, pero se había apagado. Lo mascó durante un rato, luego lo dejó en el cenicero y miró de reojo a Farrell.

“No es asunto mío, desde luego, pero me parece que algo te preocupa en casa…Mi consejo es que no te lo tomes demasiado en serio. Aún vivirás mucho, no tienes canas como yo”. Tosió, se rió. “Ya sé, me solía pasar lo mismo. Recuerdo…”

Farrell está sentado en el sillón de cuero bajo la lámpara de cobre observando a Iris desenredar el pelo. Tiene una revista sobre las piernas cuyas páginas satinadas están abiertas en la escena de un desastre natural, un terremoto en alguna parte del Oriente Próximo. A no ser por la pequeña luz del tocador, la habitación está a oscuras. El cepillo se mueve con rapidez por el pelo de Iris, largos movimientos rítmicos que causan un ligero chasquido. Todavía tiene que llamar a Frank y confirmar que se van de caza al día siguiente. Entra un aire frío y húmedo por la ventana de al lado. Ella deja el cepillo sobre el borde del tocador. “Lew”, dice, “¿Sabes que estoy embarazada?”

El olor del baño le marea. Su toalla tirada tras el retrete. Le han caído polvos de talco en el lavabo. Al mojarse se convirtieron en un reguero amarillo de pasta. Lo frota y lo empuja todo por el desagüe.

Se está afeitando. Al mover la cara puede ver la salita.

Iris de perfil sentada en el taburete frente al viejo tocador. Se alisa el pelo. Posa la navaja y se lava la cara, luego la coge de nuevo. En ese instante escucha las primeras gotas de lluvia en el tejado…

La lleva en brazos afuera, al porche. Le vuelve la cabeza hacia la pared y la cubre entera con el edredón. Vuelve al baño, se lava las manos y arroja la toalla empapada de sangre en el canasto de la ropa. Un rato después apaga la luz del tocador y se sienta de nuevo en su sillón junto a la ventana, escuchando la lluvia.

Frank se rió.

“Así que no pasó nada, nada en absoluto. Nos va bien después de eso. La típica trifulca de siempre, pero cuando se dio cuenta de quién llevaba los pantalones, no hubo más problema”. Le dio a Farrell un toque amistoso en la rodilla.

Avanzaban por los arrabales de la ciudad, pasando ante la larga fila de moteles con sus letras de neón intermitentes, ante los cafés de ventanas humeantes, los coches agrupados frente a la puerta, y ante los pequeños negocios de barrio, cerrados y a oscuras hasta el día siguiente. Frank giró a la derecha, en la siguiente a la izquierda y ya estaban en la calle de Farrell. Frank entró detrás de un coche blanco y negro que ponía en pequeñas letras blancas pintadas en el maletero SHERIFF’S OFFICE. A través de las luces de su propio coche, pudieron ver la alambrera que separaba el asiento de atrás como una jaula. El vaho salía del capó de su coche y se mezclaba con la lluvia.

“Puede que te busquen a ti, Lew”. Comenzaba a abrir la puerta cuando se rió entre dientes. “Puede que se hayan enterado de que cazas sin licencia. Vamos, te llevaré a mi casa”.

“No, tú sigue, Frank, todo irá bien. Estaré bien, déjame salir”.

“¡Ah, ya sabías que venían a verte! Espera un momento, toma tu escopeta”. Bajó la ventanilla y le pasó el arma a Farrell. “Parece que nunca va a dejar de llover”.

“Ya”.

Todas las luces de la casa estaban encendidas y unas siluetas empañadas permanecían frente a la ventana mirando la lluvia. Farrell permaneció detrás del coche del sheriff apoyado sobre la aleta lisa y húmeda. La lluvia le caía sobre la cabeza y le bajaba por el cuello. Frank se alejó unos metros y luego se detuvo, mirando hacia atrás. Farrell estaba apoyado en la aleta, columpiándose levemente, la lluvia cercándole.

El agua salió a chorros del badén sobre sus pies, formando un remolino en la rejilla del desagüe de la esquina y precipitándose al centro de la tierra.

miércoles, 29 de abril de 2009

Idea Vilariño (Uruguay, 1920-2009)


I
Como un jazmín liviano
que cae sosteniéndose en el aire
que cae cae
cae.
Y qué va a hacer.
II
Como un perro que aúlla interminable
que aúlla inconsolable
a la luna
a la muerte
a su tan breve vida.
Como un perro.
III
Como el que desvelado
a eso de las cuatro
mira con ojos tristes
a su amante que duerme
descifrando la vieja eterna estafa.
IV
Como aquel que se saca los zapatos
y suspira
y se deja caer con ropa y todo
y sin mirar
sin ver
fija en el techo
anchos ojos vacíos.
V
Como un disco acabado
que gira y gira y gira
ya sin música
empecinado y mudo
y olvidado.
Bueno
así.

de No

domingo, 19 de abril de 2009

Mario Benedetti

La noche de los feos



1
        Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

        Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

         Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

         Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

          Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

          Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

         La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

         La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

        Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

        "¿Qué está pensando?", pregunté.

        Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

        "Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

       Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

        "Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

        "Sí", dijo, todavía mirándome.

       "Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

       "Sí."

       Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

        "Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

         "¿Algo cómo qué?"

         "Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

         Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

         "Prométame no tomarme como un chiflado."
  
         "Prometo."
   
        "La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"

        "No."

        "¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

        Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

       "Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

       Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

        "Vamos", dijo.

 
2
        No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

       Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

       En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

       Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

        Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

       Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.

domingo, 12 de abril de 2009

Rubem Fonseca

Ángeles de las Marquesinas


Paiva seguía despertándose temprano, como lo había hecho durante los treinta años que trabajó sin parar. Podría seguir trabajando algún tiempo más, pero ya había ganado dinero suficiente y pretendía viajar con su mujer, Leila, para conocer el mundo mientras aún tenía salud y vitalidad. Un mes después de su jubilación compraron los boletos de avión. Pero la mujer murió de un mal repentino antes del viaje, dejando a Paiva solitario y sin planes para el futuro.
Paiva leía el periódico por la mañana y después salía, ya que no podía quedarse en casa sin hacer nada. Además, la nueva sirvienta lo molestaba constantemente preguntándole si podía tirar objetos viejos, inútiles que se habían dio acumulando durante años; hacía ruidos irritantes al arreglar la casa y cuando Paiva entraba en la cocina –lo cual evitaba hacer-, la encontraba acompañando con voz desentonada una canción popular trasmitida por la radio, que dejaba prendida todo el día. Ya tampoco soportaba mirar hacia el mar, aquella masa de agua aburrida, aquel horizonte inmutable que se descubría desde la terraza de su apartamento. Muchas veces salía de casa sin saber a dónde ir, se sentaba en la banca de la banca de la plaza Nossa Señora da Paz y observaba a los feligreses de la iglesia de enfrente, que se retiraban en grupo de la misa. No lo haría, no se volvería un mocho ahora de viejo. No había tenido hijos con Leila y había descubierto demasiado tarde que no tenía amigos, sólo colegas de trabajo que no quería ver después de haberse jubilado. No extrañaba la convivencia, sentía falta de alguna ocupación, ansiaba hacer alguna cosa, tal vez usar el dinero que tenía para ayudar a los demás. Conocía la historia de tipos que se jubilaban y se quedaban felices en su casa, leyendo libros y viendo videos, o que ocupaban su tiempo llevando a los sietecitos a comprar un helado o a pasear en Disneyworld, pero no le gustaba leer ni ver películas, nunca se había acostumbrado a eso. Otros entraban en asociaciones filantrópicas, se dedicaban a trabajos humanitarios. Lo habían invitado a colaborar con una asociación que mantenía un asilo de ancianos. , pero la visita al asilo lo había deprimido mucho. Se necesitaba ser joven para trabajar con viejos. También estaba aquellos jubilados que no soportaban la inactividad y se morían tristes y enfermos. Pero él no estaba enfermo, tan sólo triste, y su salud era muy buena.
Siempre que, para salir de casa, iba a deambular por las calles. Paiva se encontraba gente sin sentido tirada en la banqueta. Durante muchos años había ido de la casa al trabajo en un automóvil con chofer; con seguridad aquel cuadro ya existía desde antes, pero él simplemente no lo había notado. Ahora sabía, gracias al sufrimiento que la muerte de su mujer le ocasionó, que el egoísmo le había impedido ver el infortunio de otros, Era como si el destino, que siempre lo había protegido, le señalara ahora un nuevo camino, convocándolo a ayudar a aquellos desgraciados a quienes la suerte había abandonado de forma tan cruel. Algunos debían estar enfermos, otros drogados, otros no tenían donde dormir y dormían, seguramente con hambre, sin importarles los transeúntes; uno pierde con facilidad la vergüenza cuando se ve privado de todo. No había nadie tan abandonado como un pobre diablo sucio y cubierto de andrajos, tirado sin sentido en la acera.
En cierta ocasión, caminando por las calles al anochecer, vio a un hombre acostado en el suelo, bajo la marquesina de una sucursal bancaria. Los desamparados parecían preferir como refugio nocturno las marquesinas de las sucursales bancarias, tal vez porque, por alguna razón, los gerentes de los bancos se sentían incómodos si los expulsaban. Los transeúntes fingían por lo general no darse cuenta de un adulto o de un niño en aquella situación, pero esa noche dos personas, un hombre y una mujer, estaban diligentemente inclinados sobre el cuerpo abandonado, como si intentaran reanimarlo. Paiva notó que lo que pretendían era levantarlo del suelo, lo cual hicieron con habilidad, llevándolo en brazos hacia una pequeña ambulancia. Después de mirar la ambulancia, Paiva permaneció un tiempo en el lugar, pensativo. Haber presenciado aquel gesto de caridad lo había animado, alo, aunque modesto, se estaba haciendo, alguien se preocupaba por aquellos infelices.
Al día siguiente Paiva salió y anduvo por las calles mucho tiempo, buscando a las personas de la ambulancia; quería ofrecerse para colaborar en el trabajo que realizaban. No podría ayudar cargando a esos infelices abandonados por la suerte, no tenía ni disposición ni habilidad para ello, como los anegados que había visto aquella noche, pero podía, además de dar dinero, ser útil en alguna actividad administrativa. Debía haber lugar para alguien experimentado como él, en aquel grupo de voluntarios que él llamaba Ángeles de las Marquesinas, ya que había sido bajo una marquesina que tuvo lugar el gesto de solidaridad del que había sido testigo. Y todas las noches salía de su casa en peregrinación. Halló a varias personas tiradas en las calle y permaneció impotente al lado de algunas, deseando que los Ángeles de las Marquesinas aparecieran.


                Finalmente, una noche, cuando ya regresaba desanimado a casa, Paiva vio a la pareja de caritativos levantando del suelo un cuerpo tirado en la banqueta, y se acercó. He seguido su trabajo y me gustaría colaborar, dijo.
                No obtuvo respuesta, como si los Ángeles de las Marquesinas absortos en su trabajo, no lo hubieran escuchado. De la ambulancia saltó un hombre canoso, que ayudó a la pareja a meter al infeliz inconsciente en una especie de camilla, dentro del vehículo. Entonces la mujer, con lentes de persona muy miope, cabello recogido en un chongo y apariencia de maestra jubilada, le preguntó que qué era lo que Paiva quería.
                Él le repitió que le gustaría ayudarlos en aquel trabajo.
                ¿Cómo?, preguntó la mujer.
                Como a ustedes les parezca mejor, dijo Paiva. Dispongo de tiempo y todavía tengo bastante energía. Iba a agregar que poseía recursos financieros, pero pensó que era mejor dejarlo para después. Por favor, me gustaría tener un teléfono y su dirección para visitarlos.
                Usted nos da su teléfono y nosotros nos comunicamos, dijo el hombre canoso que parecía el líder del grupo. Anote el teléfono del señor, doña Dulce.
                ¿Pertenecen a alguna entidad de servicio social ligada al gobierno?
                No, no, contestó doña Dulce, apuntando el teléfono de Paiva, somos una organización particular, queremos evitar que estas personas mueran abandonadas en las calles. 
                Pero no nos gusta la publicidad, dijo el hombre canoso, la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda.
                Así es como se debe ser caritativo, dijo doña Dulce.

                Durante una semana Paiva esperó ansioso a que lo llamaran sin salir de casa. Tal vez perdieron mi teléfono, pensó. O andan tan ocupados que ni siquiera han tenido tiempo para hablarme. Consultó el directorio telefónico, pero ninguna de las organizaciones de beneficencia que encontró era la que buscaba. Lamentó no haberse fijado más en la ambulancia; debía tener una identificación que podría haberlo ayudado ahora. Tal vez era conveniente buscarlos por las calles. Sabía que los Ángeles de las Marquesinas hacían su trabajo de asistencia por las noches. Así que Paiva volvió a recorrer las calles todas las noches, esperando, junto a los cuerpos tirados, que ellos aparecieran. Una noche, en medio de otra de sus caminatas, Paiva vio de lejos la ambulancia parada con dos ruedas sobre la banqueta. Corrió y allí estaban los Ángeles de las Marquesinas inclinados sobre el cuerpo inerte de un muchacho.
                No me han hablado, los busqué en el directorio telefónico, no sabía cómo encontrarlos…
                Los Ángeles parecieron sorprenderse con la presencia de Paiva.
                Doña Dulce, dijo Paiva, casi puse un anuncio en el periódico para encontrarlos. Doña Dulce sonrió.
                Vivo solo, mi esposa murió, o tengo parientes, estoy completamente libre para colaborar con ustedes. Serían como una nueva familia para mí.
                Doña Dulce sonrió otra vez, arreglándose los cabellos pues se le había soltado el chongo.
                El hombre canoso salió de la camioneta y preguntó, ¿la señora perdió su dirección, doña Dulce?
                La mujer se quedó un rato callada, como si no supiera qué decir. Sí, contestó finalmente.
                Déjeme apuntarla otra vez. El hombre escribió el nombre y el teléfono de Paiva en un block. No nos gusta la publicidad, dijo, como si se disculpara.
                Lo sé, la mano derecha no debe saber lo que hace la izquierda, dijo Paiva.
                Ésa es nuestra filosofía, dijo el hombre, no se preocupe, yo mismo me voy a encargar en persona de entrar en contacto con usted.
¿Prometido?
                Quédese en casa esperando, dentro de poco lo llamaré. Entre más gente nos ayude, mejor para nosotros. Mi nombre es José, dijo, tendiéndole la mano en un saludo.

                Al día siguiente, Paiva recibió la llamada que tanto esperaba. Satisfecho, reconoció la voz de doña Dulce diciendo que había sido aceptado para trabajar en el grupo. Necesitaban personas como él para colaborar, y tenían prisa. ¿Podría encontrarse con ellos esa noche en el mismo lugar? ¿Bajo la misma marquesina?, preguntó Paiva, y doña Dulce confirmó, sí, bajo la marquesina a la misma hora. No hay mejor lugar para encontrar a los Ángeles de las Marquesinas, dijo Paiva. Pero la voz del otro lado no reaccionó a su comentario.
                Paiva llegó temprano, apenas había caído la noche sobre la ciudad, y esperó a la ambulancia. En ella sólo venía José.
                No sabe qué feliz estoy con su decisión, dijo Paiva, acercándose a la ambulancia y verificando que no tenía en ningún lado letras o números que la identificaran.
                Entre, por favor, dijo José al volante. Paiva abrió la puerta y se sentó a su lado. Voy a llevarlo a nuestra sede para que conozca mejor nuestro trabajo, dijo José, Muchas gracias, dijo Paiva, no sé cómo agradecerles lo que están haciendo por mí, mi vida estaba muy vacía.
                José, que manejaba de prisa, pero debía ser así que se manejaban las ambulancias, en un momento dado sacó del bolsillo unos cigarrillos y le preguntó si le molestaba el humo, Paiva le contestó que no, que podía fumar. A excepción de este breve intercambio de palabras, el viaje transcurrió en silencio. Finalmente llegaron a su destino, los portones se abrieron, la ambulancia entró y paró en un patio donde, además de algunos coches, había una motocicleta con amplias las laterales. Cerca de ella, un motociclista con chamarra, guantes y casco negros, el visor bajado ocultando el rostro, andaba impaciente de un lado a otro.
                El director no debe tardar. Mientras tanto, le vamos a enseñar nuestras instalaciones, dijo José, tan pronto bajaron de la ambulancia. Vamos a empezar por la enfermería.
                Paiva caminó por el pasillo, ahora acompañado también por dos enfermeros. Cuando llegaron a la pequeña enfermería se quedó impresionado con la limpieza del lugar, de la misma manera que había admirado antes la inmaculada blancura del uniforme de los enfermeros. Desde la muerte de su mujer, erala primera vez que se sentía plenamente feliz. En ese momento, los dos enfermeros lo sujetaron y lo colocaron amarrado en una camilla. Sorprendido, asustado, Paiva ni siquiera alcanzó a reaccionar. Le pusieron una inyección en el brazo. ¿Qué…? Logró decir, pero no terminó la frase.
                Le quitaron toda la ropa y lo llevaron en la camilla a un baño. Allí le lavaron todo el cuerpo y lo esterilizaron. A continuación, Paiva fue llevado en un quirófano donde lo estaban esperando dos hombres con bata, guantes y mascarillas. Lo colocaron en la mesa de cirugía y enseguida lo anestesiaron. Un enfermero llevó de inmediato al laboratorio de al lado la sangre que le sacaron del brazo.
                ¿Qué es lo que se puede aprovechar de éste?, preguntó uno de los enmascarados, la voz ahogada por la tela que le cubría la boca. De seguro las córneas, contestó el otro, después comprobamos si el hígado y los pulmones están en buenas condiciones; uno nunca sabe.

                Quitaron las córneas y las pusieron en un recipiente. Enseguida destazaron el cuerpo de Paiva. Tenemos que trabajar rápido, dijo uno de los enmascarados, el motociclista espera para llevar los pedidos.

martes, 24 de marzo de 2009

Katherine Mansfield (Nueva Zelanda, 1888-1923)

La Dicha


Aunque Bertha Young tenia ya treinta años aún había mo­mentos como estos en Ios que deseaba correr en vez de caminar, subir y bajar el cordón de la vereda con un de paso baile, hacer rodar un aro, arrojar algo al aire para recogerlo otra vez o quedarse quieta y reírse de... nada... plenamente de nada.
¿Qué se puede hacer si uno tiene treinta años y, al doblar la esquina de la propia calle, se ve repentinamente invadido por una sensación de dicha... de dicha absoluta... como si de pronto se hubiera tragado uno un buen trozo de ese sol del crepúsculo y le estuviera quemando el pecho, esparciendo una lluvia de chispas en cada partícula, en cada dedo de la mano y del pie?... Oh, ¿acaso no hay modo de expresarlo sin que a uno lo usen de estar "en estado de ebriedad o extrema agitación?". ¡Qué estúpida es la civilización! ¿Para qué se nos un cuerpo si hay que mantenerlo encerrado en un estuche como si fuera un violin único y valioso?
"No, eso del violín no es exactamente lo que quiero decir", pensó ella mientras subía corriendo los peldaños y tanteaba en la cartera en busca de la llave, que como de costumbre se había olvidado, así que tuvo que llamar hacie­ndo repiquetear la tapa del buzón. "No es eso lo que quiero decir porque..."
—Gracias, Mary —dijo, entrando en el vestíbulo—. ¿Ha regresado la niñera?
—Si, señora.
—¿Y han traído la fruta?
—Si, señora. Han traído todo.
—Traiga la fruta al comedor, por favor. La acomodaré antes de subir.
El comedor estaba sombrío y bastante helado. Pero de todos modos Bertha se despojó del abrigo, no podía tolerar ni un momento más la sensación de sentirse oprimida, y aire frío cayó sobre sus brazos.
Pero en su pecho subsistía aún ese lugar brillante y reluciente -esa lluvia de chispas que emergía de su interior. Era casi intolerable. Apenas si se atrevía a respirar por temor de avivar el fuego, y sin embargo respiraba profunda, profundamente. Apenas si se atrevía a mirarse en el frío espejo... pero sí miró, y el espejo le devolvió una muier radiante, de labios sonrientes y temblorosos, ojos grandes oscuros y un aire de estar a la escucha, a la espera de que sucediera algo... divino ... algo que ella sabía que cedería... infaliblemente.
Mary trajo fa fruta en una bandeja, junto con un cuenco cristal y un plato azul, muy hermoso, que tenía un reflejo extraño, como si lo hubieran sumergido en leche.
—¿Enciendo la luz, señora?
—No, gracias. Puedo ver muy bien.
Había mandarinas y manzanas moteadas con el rosa de las fresas. Algunas peras amarillas, tersas cono la seda, unas uvas blancas cubiertas por un reflejo plateado y un gran racimo de uvas rojas, casi púrpura, que había comprado para que hicieran juego con la nueva alfombra del comedor. Si, eso sonaba bastante absurdo y rebuscado, pero por eso las había comprado. En la frutería había pensado: "Debo comprar unas uvas púrpura para que la alfombra suba hasta la mesa". Y en ese momento le habla parecido absoluta­mente sensato.
Cuando terminó de acomodarlas y hubo hecho dos pirá­mides con las formas brillantes y redondeadas, se alejó de la mesa para contemplar el efecto... y era realmente cu­rioso. Pues la oscura mesa parecía diluirse en el aire en penumbras y el cuenco de cristal y el plato azul quedaban flotando en el aire. Por supuesto que esto, en su estado de ánimo actual, era tan increíblemente hermoso... empezó e reir.
—No, no. Me estoy poniendo histérica.
Y recogió su cartera y corrió escaleras arriba al cuarto de su niña.
La niñera estaba sentada ante una mesa baja dándole la Cena a la pequeña Bertha tras haberla bañado. La nena llevaba puesto un camisoncito de franela blanca y un saco de lana azul y su pelo oscuro y fino estaba peinado hacia atrás en un rizo muy cómico. Cuando vio a su madre em­pezó a saltar.
—Ahora, queridita, come como una niñita buena —dijo la niñera, apretando los labios de un modo que Bertha co­nocía muy bien, y que significaba que ella había elegido otra vez un mal momento para entrar el cuarto.
—¿Ha sido buena, Nanny?
—Se ha portado maravillosamente toda la tarde —susurró Nanny—. Fuimos al parque y yo me senté y la saqué del cochecito y vino un perro enorme que apoyó la cabeza en mis rodillas y ella le agarró las orejas y se las tironeó. IOh, tendría qua haberla visto!
Bertha quería preguntar si no era peligroso dejarla tironear las orejas de un perro. Pero no se atrevió. Se quedó mirándolas con las manos caídas, como si fuera una niñita pobre frente a la rica niñita que tiene la muñeca.
La nena levantó nuevamente la mirada y observó a su madre, y luego le sonrió de un modo tan encantador que Bertha no pudo evitar gritar:
—¡Oh! Nanny, déjeme terminar de darle la cena mientras usted ordena las cesas del baño!
—Señora, la niña no debe cambiar de manos mientras está comiendo —dijo Nanny, aún susurrando—. Eso la inquieta, se trastorna fácilmente.
Qué absurdo era todo. ¿Para qué tener un niño si hay que mantenerlo —no en un estuche como un violin único y valioso— en dos brazos de otra mujer?
—¡Oh, quiero hacerlo!
Muy ofendida, Nanny le entregó la nene.
—Ahora bien, no la excite después de la cena. Usted sabe que siempre lo hace, señora. ¡Y después me da tanto trabajo!
¡Gracias a Dios! Nanny salió de la habitación con las toallas.
—Ahora sí que te tengo sola para mí, preciosa —dijo Bertha mientras la niña se apretaba contra ella.
Comía con deleite, tendiendo los labios hacia la cuchara y agitando después las manitos. A veces no soltaba la cu­chara; y otras, en el momento en que Bertha la tenía llena, desparramaba el contenido a los cuatro vientos.
Cuando terminó la sopa Bertha se volvió hacia la chimenea.
—¡Eres hermosa... hermosa! —le dijo, besándola—. Te quiero mucho. Me gustas.
Y sin duda amaba tanto a la pequeña Bertha... el cuello de la niña cuando se agachaba, los exquisitos dedos de sus pies que se hacían casi transparentes con el reflejo del fuego... que otra vez sintió ese sentimiento de dicha, y otra vez tus incapaz de expresarlo, otra vez se quedó sin saber qué hacer con él.
—La llaman por teléfono —dijo Nanny, regresando con aire de triunfo para alzar a su pequeña Bertha.
Voló abajo. Era Harry.
—¿Eres tú, Ber? Mira, llegaré tarde. Tomaré un taxi y estaré allí lo más pronto posible pero retrasa diez minutos, la cana... ¿lo harás? ¿De acuerdo?
—Si, perfectamente. ¡Oh, Harry!
—¿Si?
¿Qué podia decirle? No tenia nada que decirle. Sólo quería estar un momento en contacto con él. No podía gritar absurdamente: "¿No ha sido un día divino?"
—¿Qué querías? —repitió la vocecita lejana.
—Nada. Entendu. —dijo Bertha y colgó el receptor, pen­aando que la civilización era más que estúpida.
Tenían gente a cenar. Los Norman Knight —una pareja muy sólida; él estaba por abrir un teatro y ella era extraordinariamente hábil como decoradora de interiores—, un hombre joven, Eddie Warren, que acababa de publicar un librito de poemas y al que todo el mundo estaba invitando a cenar, y un "hallazgo" de Bertha, una mujer llamada Pearl Fulton. Bertha no sabia qué hacia la señorita Fulton. La había encontrado en el club y Bertha se habla enamorado de ella, como lo hacía siempre de las mujeres algo extrañas.
Lo más estimulante e intrigante era que, aunque se habían encontrado varias veces y habían hablado mucho, Bertha aún no podia desentrañarla. Hasta un cierto punto la señorita Fulton era rara y maravillosamente franca, pero ese cierto punto estaba allí y Bertha no podia ir más alla.
¿Habia algo más allá? Harry decía: "No". Decía que era opaca y “fría como todas las rubias, con un toque, quizá, de anemia cerebral". Pero Bertha no estaba de acuerdo con él, al menos, no todavía.
—No, Harry, ese modo de sentarse con la cabeza ligeramente ladeada oculta algo, y debo averiguar qué es ese algo.
—Lo más probable es que sea un buen estómago —dijo Harry.
Siempre le tomaba el pelo a Bertha con respuestas de esa clase..." el hígado helado, querida'', "pura flatu­lencia", o "alguna enfermedad renal"— y así por el estilo. Por algún extraño motivo a Bertha le gustaban sus respuestas, y casi lo admiraba por ellas.
Fue a la sala y encendió la chimenea, después recogió los almohadones uno por uno, los mismos que Mary habla dispuesto tan cuidadosamente, y los arrojó sobre las sillas y los divanes. Todo cambió, la habitación pareció cobrar vida. Cuando estaba a punto de arrojar el último se sorprendió al encontrarse abrazándólo con pasión, con pasión. Pero no extinguió el fuego de su pecho. ¡Oh, no, por el contrario!
Las ventanas de la sala se abrían sabre un balcón que daba al jardín. En el otro extremo del jardín, junto a le tapia, habla un peral alto y esbelto, en plena floración: se erguía perfecto y calmado, recortado contra el cielo verde jade. Aún a la distancia, Bertha podía sentir que no tenía ni un capullo ni un pétalo marchito. Más abajo, en los canteros del jardin, unos tulipanes rojos y amarillos, cargados de flores parecían recostarse sobre la penumbra. Un gato gris cruzó el jardín arrastrando la panza, y otro negro, su sombra, lo siguió. Al verlos tan rápidos y decididos, Bertha se estremeció.
—¡Qué animales tan sigilosos son los gatos! -tartamudeó y se alejó de la ventana y se puso a caminar por la habi­tación.
¡Cómo olían los junquillos en la cálida habitación! ¿De­masiado intenso? Oh, no. Y sin embargo, se arrojó sabre un diván cubriéndose los ojos con las manos, como si no pudiera resistirlo más.
—¡Soy demasiado feliz ... demasiado feliz! —murmuró,
Y le parecía ver, flotando en sus pestañas, el adorable peral con sus enormes capullos como símbolo de su propia vida.
Realmente... realmente... lo tenía todo. Era joven. Ha­rry y ella estaban tan enamorados como siempre, y se lle­vaban espléndidamente y eran buenos camaradas. Tenía una niñita adorable. No tenían que preocuparse por el dinero. Tenían esta hermosa casa con jardín. Y amigos, amigos modernos e interesantes, escritores y pintores y poetas o gente de mundo... justo la clase de amigos que les gus­taba. Y además estaban los libros y la música, y había en­contrado una maravillosa modista, y este verano viajarían al extranjero, y la nueva cocinera hacia unas omelettes realmente soberbias . .
—¡Soy ridicula, ridícula!
Se levantó, pero se sentía coma embriagada, mareada. Seguramente sería la primavera.
Si, era la primavera. Ahora se sentia tan cansada que le costó trabajo subir a vestirse.
Un vestido blanco, una sarta de cuentas de jade, zapatos y medias verdes. La combinación no era casual. Ya había pensado en ella horas antes de quedarse en la ventana de la sala.
Su vestido crujió suavemente cuando fue al vestíbulo y besó a la señora Norman Knight, que estaba quitándose un abrigo tremendamente divertido, de color naranja y con toda una procesión de monos negros que formaban una franja en el ruedo y subían por el frente.
—... ¡Por qué! ¡Por qué! ¡Por qué será tan obtusa la clase media, tan carente de sentido del humor! Querida mía, estoy aquí simplemente por casualidad... porque Norman ha sido mi protector. Pues mis queridos monos han trastornado tanto al tren que todo el mundo me comía con los ojos. No se reían... no les hacía gracia, eso me hubiera gustado. No, sólo me miraban fijo, y eso me aburrió tre­mendamente.
—Pero lo mejor de todo fue —dijo Norman, calzándose un monóculo con armazón de carey—... no te importa si lo cuento, ¿verdad, Face? (En su casa y entre amigos se llamaban Face y Mug). Lo mejor de todo fue cuando ella, que ya estaba harta, se dirigió a la mujer que estaba a su lado y le dijo: "¿nunca antes ha visto un mono?"
—¡Oh, sí! —dijo la señora Norman Knight riéndose a las carcajadas—. ¡Esa si que fue lo mejor!
Y lo más divertido era que ahora que se había quitado el abrigo, la señora Knight parecía un mono inteligentísi­mo... que se había hecho su vestido amarillo con cáscaras de bananas. Y sus aretes de ámbar parecían dos pequeñas nueces colgantes.
—Esto es triste, muy triste —dijo Mug, deteniéndose ante el cochecito de la pequeña Bertha—. Cuando hay un coche de bebé en el vestíbulo... —y dejó su cita inconclusa.
Sonó el timbre. Era el delgado y (como siempre) pálido Eddie Warren, en un estado de aguda angustia.
—¡Es esta la casa, verdad? —rogó.
—Oh, eso creo... eso espero —dijo brillantemente Bertha.
—He tenido la más espantosa experiencia con un taxista, era verdaderamente siniestro. No podia hacer que se datuviera. Cuanto más golpeaba yo el cristal para avisarle; tanto más rápido iba él. A la luz de la luna era una figura gro­tesca con esa cabeza achatada inclinada sobre el volante...
Se estremeció, quitándose al mismo tiempo una inmensa bufanda de seda. Bertha advirtió que también sus mediae eran blancas ... un detalle encantador.
—¡Pero qué horrible! —gritó.
—Sí que lo fue —dijo Eddie, siguiéndola a la sala—. Ya me veía rodando hacia la Eternidad en un taxi sin marcador.
Ya conocía a los Norman Knight. En realidad, iba a, es­cribir una obra de teatro para N. K. cuando se pusiers en marcha su teatro.
—Bien, Warren... ¿cómo anda la obra? dijo Norman Knight dejando caer su monóculo y dándole a su ojo la oportunidad de salir a'la superficie antes de volver a quedar atrapado detrás del cristal.
Y la senora Knight dijo:
—Oh, señor Warren, ¡qué feliz elección la de sus medias!
—Estoy tan complacido de que le gusten —dijo Warren mirándose los pies—. Parecen haberse vuelto muchísimo más blancas desde que salió la luna. Y volvió hacia Bertha su rostro delgado y apenado: —Pues sabrá usted que hay luna
—¡Estoy segura de que hay... a menudo... a menudo! —quería gritar ella.
Verdaderamente, Warren era un joven muy atractivo. Pero también Face lo era, encogida delante del fuego con sus cáscaras de banana, y también lo era Mug, que fumaba un cigarrillo y decía al sacudir la ceniza:
—¿Por qué se demora el novio?
—Ahí llega.
La puerta del frente se abrió y se cerró de un golpe. Harry gritó:
—Hola a todos. Bajo, en cinco minutos.
Y lo escucharon subir corriendo la escalera. Bertha no pudo evitar una sonrisa: sabía cuánto le gustaba a Harry hacer todas las cosas a gran velocidad, aunque, después de todo, ¿qué importaban cinco minutos más? Pero él fin­gía que importaban muchísimo. Y después se preocupba mucho de entrar en la sala con todo sosiego y deliberación.
Harry tenía un tremendo gusto por la vida. ¡Oh, cómo apreciaba Bertha esta característica! Y su pasión por la lucha... por buscar en todo lo que aparecía frente a él una prueba de su poder y su valor... también eso lo entendía Bertha. Aún cuando eso lo hiciera aparecer ocasio­nalmente ridículo ante cierta gente que no lo conocía bien... Porque había momentos en los que él presentaba batalla aunque no hubiera con quien... Ella habló y se, río y se olvidó verdaderamente hasta que él entró (tal como lo había Imaginado) de que Pearl Fultor aún no habla dado señales de vida.
—Me pregunto si la senorita Fulton no se habrá olvidado.
—No me extrañaría —dijo Harry—, ¿tiene teléfono?
—¡Ah, ahí llega un taxi! —y Bertha sonrió con ese ligero aire de propiedad que asumía siempre que sus descubrimientos femeninos eran nuevos y misteriosos—. Vive arriba de los taxis.
—Engordará mucho si lo hace —dijo Harry con frialdad, haciendo sonar la campanilla para que trajeran la cena—. Es un peligro que siempre corren las rubias.
—Harry, no sigas —advirtió Bertha, riéndose de él.
Otro momentito pasó, un momento de espera durante el cual allas se rieron y charlaron, un poco demasiado a gusto, un poco demasiado naturalmente. Y después entró la se­ñorita Fulton, toda de plateado, con una redecilla plateeda sujetando sus rubios cabellos, sonriendo y con la cabeza ligeramente ladeada.
—¿Llego tarde?
—No, en absoluto —dijo Bertha—. Adelante.
Y la tomó del brazo y todos pasaron al comedor.
¿Qué había en el roce de ese braze frío que podía avi­var... avivar... hacer arder... arder... el fuego de esa dicha con la que Bertha no sabia bien qué hacer?
La señorita Fulton no la miró, pero casi nunca miraba directamente a las personas. Tenía entrecerrados los pesados párpados y sobre sus labios flotaba, iba y venía, esa extraña semisonrisa, como si viviera escuchando más que viendo. Pero Bertha sintió de repente, como si entre ellas hubieran cruzado la más íntima de las miradas, como si se hubieran dicho: "¿También tú?", que Pearl Fulton, que revolvía la bella sopa roja en el plato gris, sentía exactamente lo mismo que ella estaba sintiendo.
¿Y los otros? Face y Mug, Harry y Eddie; sus cucharas subían y bajaban, se limpiaban la boca con las servilletas, partían el pan, manipulaban los tenedores y los cuchillos y hablaban.
—La conocí en el show Alpha... era una personita fantástica. No sólo se había cortado el pelo sino que parecía haberse quitado un trozo de piernas y brazos y cuello —y también un poco de nariz.
—¿No es ella la que está muy liée con Michael Oat? —¿EI que escribió. "El amor con dentadura postiza"?
—Quiere escribir una obra para mí. Un acto. Un hombre idea suicidarse. Expone todas las razones para hacerlo y para no hacerlo. Y justo cuando está a punto de decidir si lo hará o no... telón. No es mala idea.
—¿Cómo la llamará: "Dolor de estómago"?
—Creo que he visto la misma idea en una ravistita francesa, casi desconocida en Inglaterra.
No, ninguno de ellos compartía sus sentimientos. Pero eran encantadores ... encantadores y a ella le encantaba tenerlos allí ante su mesa, y darles comidas y vinos deli­ciosos. En realidad, ansiaba poder decirles lo deliciosos que eran, qué grupo tan decorativo formaban, cómo parecía que cada uno de ellos destacaba al otro y de qué modo la hacían acordar a una obra de Chejov.
Harry estaba disfrutando de su cena. Era parte de su... bien, no de su naturaleza exactamente, ni tampoco de su pose, sino de su ... algo.... eso de hablar de la comida y de regodearse por su "desvergonzada pasión por la blanca carne de langosta" y "por el verde de los helados de pistacho, verdes y fríos coma los párpados de las danzarinas egipcias."
Cuando él levantó la mirada y le dijo: "¡Bertha, este soufflé es admirable!", a ella poco le faltó para echarse a llorar como una niña.
Oh, ¿por qué sentía tanta ternura ante todo el mundo esta noche? Todo era bueno... estaba bien. Todo lo que sucedía parecía calmar otra vez la desbordante copa de su dicha.
Y aún subsistía, en la profundo de su mente, la imagen del peral. Se vería plateado ahora, bañado par la luz de la luna del pobre Eddie, plateado como la señorita Fulton, sentada allí haciendo girar una mandarina entre sus dedos tan pálidos que parecían irradiar luz.
Lo que no podía imaginarse ... lo más milagroso de todo, era de qué modo había podido adivinar, con tanta exactitud y tanta rapidez, el estado de ánimo de la señorita Fulton. Pues no tenia dudas de que lo había adivinado y... ¿ba­sándose en qué? En menos que nada.
"Creo que esto sucede muy, muy raramente entre muje­res. Nunca entre hombres", pensó Bertha. "Pero tal vez mientras esté preparando el café en la sala ella "me dé una señal".
No sabía qué quería decir con eso, y ni siquiera podía imaginar lo que sucedería después.
Mientras pensaba esto se veía charlar y reir. Tenía que hablar a causa de su tremendo deseo de reír.
"Debo reír o me moriré."
Pero cuando advirtió que Face tenía el hábito de llevarse la mano al escote, como si almacenara allí una sacreta provisión de nueces, Bertha tuvo que clavarse las uñas en la palma de la mano para no reírse demasiado.
Por fin la cena terminó.
—Vengan a ver mi cafetera nueva. Dijo Bertha.
—Sólo tenwmos cafetera nueva cada quince días —dijo Harry.
Esta vez fue Face quien la tomó del brazo, la señorita Fulton agachó la cabeza y las siguió.
El fuego de la sala se había convertido en ascuas rojas que parecían un titilante “nido de pichones de ave Fénix", como dijo Face.
—No enciendas la luz todavía. Es tan hermoso —dijo Face.
Y volvió a agacharse ante el fuego. Siempre tenía frío… "Sin su chaqueta de franela roja, por supuesto", pensó Bertha.
Y en ese momento la señorita Fulton le "dio la señal"…
—¿Tiene usted jardín? —preguntó la voz fría y somno­lienta.
Esto fue tan exquisito de su parte que Bertha sólo pudo obedecer. Cruzó la habitación, abrió las cortinas de un tirón y abrió los ventanales.
—¡Aquí está! — suspiró.
Y las dos mujeres permanecieron una al lado de la otra, contemplando el esbelto árbol en flor. Aunque todo estaba en calma, el árbol parecía extenderse y temblar en el aire brillante como la llama de una vela, creciendo a medida que lo contemplaban hasta casi tocar el borde de la luna redonda y plateada.
¿Cuánto tiempo permanecieron allí? Fue como si ambas estuvieran aprisionadas en ese círculo de luz sobrenatural, comprendiéndose mutuamente a la perfección, ambas cria­turas de otro mundo que se preguntaban qué hacían en éste con ese tesoro de dicha que ardía en sus pechos y que se derramaba en flores de plata de su pelo y de su manos.
¿Fue eterno o fue sólo un momento? ¿Y la señorita Ful­ton murmuré de veras: "Sí. Eso es", o Bertha simplemente lo soñó?
Después la luz se encendió de repente y Face hizo el Café y Harry dijo:
—Mi querida señora Knigttt, no me pregunte por mi hija. Jamás la veo. No sentiré el más mínimo interés por ella hasta que no tenga novio.
Y Mug dejó su ojo al aire y volvió a ocultarlo detrás del monóculo y Eddie Warren tomó su café y dejó la taza con una expresión de angustia tan intensa como si al beber hubiera visto una araña.
—Lo que quiero es darle una oportunidad a tos jóvenes. Creo que Londres está repleta de obras de primera sin escribir. Lo que quiero decirles a los jóvenes es: "Aquí tienen un teatro. Adelante."
—Sabes, querida, voy a decorarles un cuarto a los Jacob Nathan. Oh, estoy tan tentada de hacer un proyecto de pescado frito, con los respaldos de las sillas en forma de sartén y unas adorables patatas fritas bordadas en las cortinas...
—El problema de ustedes, los escritores jóvenes, es que son aún demasiado románticos. No se puede salir al mar sin marearse y, sin necesitar una palangana. Bien, ¿por qué no tienen el coraje de decirlo?
—Un horrible poema acerca de una muchacha violada por un mendigo sin nariz en un bosquecito...
La senorita Fulton se hundió en la silla más baja y más profunda y Harry ofreció cigarrillos.
Por el modo en que se paró frente a la señorita Fulton sacudiendo la caja plateada y diciendo abruptamente: "¿Egipcios? ¿Turcos? ¿De Virginia? Están todos mezclados, Bertha se dio cuenta de que no sólo lo aburría, en realidad, la mujer no le gustaba. Y por el modo en que ella le contestó: "No, gracias, no deseo fumar", Bertha advirtió que también ella se habia dado cuenta y se sentía herida.
"Oh, Harry, no te sientas disgustado con ella. Estás equi­vocado. Es maravillosa, maravillosa. Y además, ¿Cómo pue­des sentir algo así por alguien que significa tanto para mi? Esta noche, cuando estemos en la cama, trataré de contarte lo que ha ocurrido entre nosotras, lo que hemos com­partido."
Y con estas últimas palabras, algo extraño y casi ate­rrador cruzó por la mente de Bertha. Y ese algo ciego y sonriente le murmuró: "'Pronto se irá la gente. La casa quedará silenciosa... silenciosa. Se apagarán las luces. Y tú y él estarán solos en el cuarto a oscuras... en el !echo cálido...."
Bertha se levantó de un salto y corrió hacia el piano.
—¡Qué lástima que nadie sepa tocar! —gritó—. ¡Qué lás­tima que nadie sepa tocar!
Por primera vez en su vida, Bertha Young deseaba a su marido.
Oh, lo había amado... se había enamorado de él, por supuesto, en todos los otros aspectos, pero no en éste.
igualmente, por supuesto, había comprendido que él era diferente. Lo habían charlado tantas veces. AI principio se habia preocupado muchísimo por ser tan fria, pero al cabo de un tiempo el hecho parecía haber perdido importancia. Eran tan sinceros entre ellos, tan buenos camaradas. Eso era lo mejor de ser tan modernos.
Pero ahora lo deseaba... ¡ardientemente, ardientemente! ¡La palabra le dolía en todo su cuerpo ardiente! ¿En esto concluiría ese sentimiento de dicha? Pero entonces...
—Mi querida —dijo la señora Norman Knight—, sabes que por desgracia somos víctimas de trenes y horarios. Vivimos en Hampshire. Ha sido todo muy agradable.
—Los acompañaré hasta la puerta —dijo Bertha—. Me ha encantado ove vinieran, pero no deben perder el último tren. Es espantoso, ¿verdad?
—Knight, ¿no tomará un whisky antes de irse? —gritó Harry.
—No, gracias, viejo.
Agradecida por esto, Bertha le dio un pellizco al estre­charte la mano.
—Buenas nochos, buenas noches —gritó desde el último escalón, sintiendo que su viejo yo se despedía de ellos para siempre.
Cuando regresó a la sala todos los demás estaban a punto de partir.
—Entonces usted puede venir parte del camino conmigo, en mi taxi.
—Me agradará tanto no tener que enfrentarme con otro viaje solo después de mi horrible experiencia...
—Pueden conseguir un taxi en la parada que está al fi­nal de la calle. Sólo tienen que caminar unos metros.
—Eso si que es cómodo. irá a ponerme el abrigo.
La señorita Fulton se dirigía al vestíbulo y Bertha ya la seguía cuando Harry oasi la empujó a un lado y se ade­lantó:
—Permítame ayudarla.
Bertha supo que se arrepentía de su rudeza anterior, asi que no lo detuvo. En algunos aspectos era como un niño —tan impulsivo, tan... simple.
Y Eddie y ella se quedaron junto al fuego.
—Me pregunto si ha visto usted el nuevo poema de Bilks, llamado Table d'Hote —dijo con suavidad Eddie—. Es tan maravilloso. Está en Ia última antología ¿Tiene un ejemplar? Me gustaría tanto mostrárselo. Empieza con una linea increíblemente hermosa: "¿Por qué será siempre sopa de tomate?"
—Sí —dijo Bertha. Y se movió silenciosamente hacia una mesa enfrentada con la puerta de !a sala y Eddie se deslizó silenciosamente tras ella. Ella recogió un librito y se to entregó; ninguno habla hecho el menor ruido.
Mientras él buscaba el poema ella miró hacia el vestíbulo. Y vio... a Harry con el abrigo de la señorita Fulton en las manos y a la senorita Fulton de espaldas hacia él y con la cabeza gacha. El arrojó lejos el abrigo, puso sus manos sobre los hombros de ella y la hizo girar con vio­lencia. "Te adoro", dijeron sus labios, y la senorita Fulton apoyó sus dedos como rayos de luna en las mejillas de él y sonrió con su sonrisa somnolienta. Harry respiraba con esfuerzo, sus labios se curvaron en una horrible mueca cuando murmuró; "¿Mañana?", y la señorita Fulton contestó con un parpadeo: "Si".
—Aquí está —dijo Eddie—, "¿Por qué será siempre sopa de tomate?" Es tan profundamente cierto, ¿no cree? La sopa de tomate es tan espantosamente eterna.
Si lo prefieren —diijo la voz de Harry muy fuerte desde el vestíbulo—, puedo llamar un taxi por teléfono.
—Oh, no, no es necesario —dijo la señorita Fulton, acer­cándose a Bertha y entregándole sus esbeltos dedos.
—Adiós. Muchísimas gracias.
—Adiós —dijo Bertha.
La señorita Fulton retuvo un momento su mano.
—¡Su adorable peral! —murmuró.
Y después se fue, con Eddie detrás de ella, como el gato negro que seguía al gato gris.
—Bien, cerraré el negocio —dijo Harry, extravagantemen­te frío y compuesto.
"¡Su adorable peral... peral... peral!"
Bertha corrió hacia el ventanal.
—¡Oh! ¿Qué va a pasar ahora? –gimió.
Pero el peral estaba tan adorable y tan colmado de flo­res y tan quieto como siempre.