jueves, 16 de octubre de 2008

Jean Rhys (República Dominicana, 1890-1979)


TRES CUENTOS Que lo llamen Jazz Un luminoso domingo por la mañana tengo un bochinche con mi casero de Notting Hill porque me pide un mes de alquiler por adelantao. Me lo dice cuando llevo aquí desde el invierno, pagando cada semana sin falta. No tengo trabajo en ese momento, y si le doy el dinero apenas me queda ná. O sea que me niego. El tipo ya está borracho tan temprano y me insulta: sólo palabras, a mí no me asusta. Pero su mujer es un mal bicho: ahora entra en mi cuarto y dice que tengo que darle el dinero. Cuando le digo que no, le pega una patá a mi maleta, que se abre. Se cae mi mejor vestido, y ella se ríe y le da otra patá. Dice que lo corriente es pagar un mes por adelantao y que si no puedo pagar que me busque otro sitio. No me vengáis con cuentos sobre Londres. Hay mucha gente en Londres con el corazón como una piedra. Y si te quejas te contestan, «demuéstrelo». Pero, ¿cómo voy a demostrar ná si no hay nadie que lo vea, ningún testigo? Así que hago la maleta y me voy, pienso que es mejor no tener nada que ver con esa mujer. Es muy conchuda, y ni Satanás miente mejor que ella. Me pongo a caminá hasta un sitio cercano que está abierto y donde podré tomar un café y un bocadillo. Allí empiezo a hablar con un hombre que se sienta a mi mesa. El ya me ha hablao, le conozco, pero no sé su nombre. Al cabo de un rato me pregunta: —¿Qué pasa? ¿Algo va mal? Y cuando le digo lo que me pasa dice que puedo usar un piso suyo que está vacío hasta que encuentre otra cosa. Este hombre no es como los otros ingleses. Entiende a la primera, decide a la primera. Los ingleses tardan mucho en decidir: antes de que se hayan decidido tú ya estás casi muerta. Y además éste va muy al grano, como si ná. Habla como si supiese muy bien cómo se vive cuando se vive como yo, por eso acepto y voy. Dice que alguien ocupaba el piso hasta la semana pasada, o sea que lo encontraré todo arreglao, y me dice cómo ir allí: tres cuartos de hora en tren desde Victoria Station, subir una calle muy empinada hasta arriba, torcer a la izquierda, la casa es inconfundible. Me da las llaves y un sobre con un número de teléfono apuntao detrás. Debajo ha escrito: «A partir de las seis de la tarde, pregunte por Mr. Sims.» Esa tarde en el tren me siento una mujer afortunada, porque caminá por Londres un domingo sin tener adónde ir es algo que podría destrozarte el corazón. Encuentro el sitio, y el dormitorio del piso de la planta baja está muy bien amueblao: dos espejos, armario, cómoda, sábanas, tó. Huele a perfume de jazmín, pero también a humedad. Abro la puerta de enfrente y hay una mesa, un par de sillas, una cocina de gas y una despensa, pero esta habitación es tan grande que parece vacía. Cuando levanto la cortina veo que el empapelao, se cae a tiras y que en las paredes crecen hongos; una cosa como jamás podríais imaginá. El baño lo mismo, los grifos completamente oxidaos. Dejo las otras dos habitaciones y hago la cama. Luego escucho, pero no oigo ná. En esa casa no entra ni sale nadie. Estoy despierta mucho rato, luego decido no quedarme y por la mañana empiezo a prepararme antes de que cambie de idea. Quiero ponerme mi mejor vestido, pero pasa una cosa curiosa: cuando cojo ese vestido y me acuerdo de la patá que le dio la casera me pongo a llorá. Lloro y no puedo dejar de llorá. Cuando paro me duelen hasta los huesos de cansera, como si fuese una vieja. No quiero mudarme de nuevo: tengo que forzarme. Pero al final salgo al pasillo y encuentro una postal a mi nombre. «Quédese todo el tiempo que quiera. Iré a verla pronto, quizás el viernes. No se preocupe.» No lleva firma, pero ya no me siento tan triste y pienso, «Muy bien, esperaré aquí hasta que venga. Quizás sepa de un trabajo pa mí.» En la casa no vive nadie más, aparte de un matrimonio en el último piso: gente tranquila que no molesta. No tengo nada en contra de ellos. La primera vez que veo a la señora está abriendo la puerta de la calle y me mira inquisitivamente. Pero la vez siguiente sonríe un poco y yo le devuelvo la sonrisa. Una vez ha hablao conmigo. Me dice que la casa es muy vieja, de hace ciento cincuenta años, y que ella y su marido viven ahí desde hace muchísimo. «Es una propiedad muy valiosa— dice— que hubiera podido conservarse. Pero, claro, nadie hizo nada.» Luego me cuenta que el actual dueño —si es que es el dueño—tuvo que vérselas con el ayuntamiento y dice que le han puesto trabas. «Esa gente está dispuesta a derribar todas estas casas antiguas tan bonitas, es vergonzoso» Y yo estoy de acuerdo en que hay muchas cosas vergonzosas. Pero, ¿qué hacer? ¿Qué hacer? Le digo que es una casa elegante, que, en comparación, las demás casas de la calle parecen bajareques, y ella parece complacida. Es que además es verdá. Es una casa triste y remota, sobre tó de noche. Pero tiene estilo. El segundo piso está cerrao, y el mío, bueno, entré en las dos habitaciones vacías una vez, pero no he vuelto a pisarlas nunca. Debajo hay una bodega llena de viejos tablones y muebles rotos: un día veo por allí una rata grande. No era un sitio para vivir sola, os lo aseguro, y me acostumbro a comprá una botella de vino casi todas las noches, porque el whisky no me gusta y el ron de aquí es muy malo. Ni siquiera sabe a ron. Me gustaría saber qué le hacen. Después de beberme uno o dos vasos puedo cantá y cuando canto se me va toda la pena del corazón. A veces invento canciones pero a la mañana siguiente ya las he olvidao, así que otras veces canto las antiguas como Hechicera o No me molestes ahora. Pienso que me iré pero no me voy. En lugar de irme espero la noche y el vino y eso es todo. He vivido siempre en cualquier parte sin que me importara en absoluto, pero esta casa ya es diferente: vacía y sin ruidos y llena de sombras, tantas que a veces me pregunto qué hacen todas esas sombras en una habitación vacía. Como en la cocina, luego lo limpio todo y lo dejo arreglao y me doy un baño pa refrescarme. Luego apoyo los codos en el alféizar y miro al jardín. Flores rojas y azules se mezclan con las malas hierbas y hay cinco o seis manzanos. Pero la fruta cae y se queda en el césped, tan amarga que nadie la quiere. Atrás, junto al muro, hay un árbol más grande. Este jardín es enorme, quizás es por eso que quieren derribar la casa. No llueve apenas en todo el verano, pero tampoco brilla el sol. Más bien reverbera desagradablemente. El césped acaba poniéndose pardo y seco, las malas hierbas se hacen muy altas, las hojas de los árboles cuelgan. Sólo las flores rojas, las amapolas, levantan la cabeza pese a esa luz; todo lo demás parece agotao. No me preocupo por el dinero, pero con el vino y los chelines para el tragaperras de la luz, se va rápidamente; por eso no desperdicio casi ná en comida. Por la noche salgo fuera: no del lado de los manzanos, sino del de la calle, no es tan solitario. En este lado no hay tapia y puedo ver a la vecina que me mira por encima del seto. Al principio le digo buenas noches, pero ella me da la espalda, así que luego ya no digo ná. A menudo hay un hombre con ella, un hombre con un sombrero de paja con una cinta negra y gafas de montura dorá. El traje le cuelga por todas partes como si le fuera demasiado grande. Parece que es el marido y me mira peor que su mujé: me mira como si yo fuese una fiera suelta. Una vez me río en su cara: a ver por qué tiene que ser así esa gente. No le molesto. Al fina] ya no les dirijo ni siquiera una sola mirá. Tengo muchas otras cosas por las que preocuparme. Para que veáis cómo me siento. No lo recuerdo con exactitud. Pero creo que es el segundo sábado desde mi llegada cuando me encuentro en la ventana justo antes de salir a comprá el vino y noto una mano en mi hombro y es Mr. Sims. Debe caminá muy silenciosamente porque no me entero de ná hasta que me toca. Dice hola, luego dice que me he adelgazado terriblemente, pregunta si como alguna vez. Le digo que claro que como, pero él insiste en que no me sienta bien estar tan delgada y que irá a comprarme un poco de comida al pueblo. (Eso de pueblo lo dice a. Aquí no hay ningún pueblo. No es tan fácil salir de Londres.) A mí me parece que él tampoco tiene muy buena facha, pero sólo le digo que prefiero que me traiga un trago, no tengo hambre. Regresa con tres botellas: vermú, gin y vino tinto. Luego pregunta si el diablillo que vivía aquí antes llegó a romper todos los vasos y yo le digo que rompió algunos, yo misma recogí los pedazos, pero no todos. —¿Se peleó usted con ella, eh? El se ríe, pero no contesta. Sirve las bebidas y luego dice: —Cómase ahora los bocadillos. Algunos hombres no te inquietan mucho cuando los tienes ahí a tu lado. Con esta clase de hombres harías todo lo que te dijeran con los ojos cerraos, porque te quitan las penas del corazón y te dan la sensación de que no corres ningún riesgo. Por eso no hablo con él en serio: no quiero echar a perder esa noche. Pero le pregunto por la casa, y por qué está tan vacía y a dice: —¿Ya ha tenido que oír las habladurías de esa vieja andrajosa de arriba? —Ella cree que les van a crear problemas a ustedes—le digo. —Maldito el día que compré esta casa—dice y habla de revender el arriendo o algo así. No le presto mucha atención. Estábamos entonces junto a la ventana y el sol estaba bajo. Ya no deslumbraba. El me pone la mano sobre los ojos: —Demasiado grandes, demasiado grandes para tu cara. Y me besa como besarías a un recién nacido. Cuando retira la mano veo que se ha puesto a mirar el jardín y dice esto: —Es un fastidio. Ya lo creo que sí. Sé que no se refiere a mí, por eso le pregunto: —¿Por qué venderla entonces? Si le gusta, siga aquí. —¿Vender qué?—dice—. No estaba hablando de esta condenada casa. Le pregunto de qué está hablando. —De dinero—dice—. De dinero. De eso hablo. De cómo ganar dinero. —Yo no pienso apenas en el dinero. Yo no le gusto al dinero, pero qué más me da. Yo estaba bromeando, pero él se vuelve, tiene la cara empalidecida y me dice que estoy loca. Dice que me pasaré la vida empujada de un sitio para otro y que moriré como un perro, y hasta peor, porque a un perro moribundo lo rematan pero a mí me dejarán seguir viviendo hasta que no sea más que una caricatura de mí misma. Eso es lo que dice: —Una caricatura de ti misma. Dice que maldeciré el día que nací y a todos y a todo lo que hay en este mundo antes de que me muera. —No, nunca llegaré a sentirme así—le digo. Y él sonríe, si es que a eso puede llamársele una sonrisa, y dice que se alegra de que me conforme con la suerte que me ha tocao. —Me decepcionas, Selina. Creía que tenías más coraje. —Ya estaría bien con que me conformase—le contesto—. No veo por ahí a muchos que parezcan conformarse. Estamos de pie mirándonos cuando suena el timbre de la puerta. —Es un amigo mío—dice—. Le haré pasar. En cuanto al amigo, va muy etiquetero con unos pantalones a listas finas y una chaqueta negra y lleva una cartera. De aspecto muy vulgar, pero con una voz especialmente suave. —Maurice, te presento a Selina Davis —dice Mr. Sims, y Maurice sonríe con mucha habilidad pero no es muy sincero, luego se mira el reloj y dice que tienen que irse. En la puerta, Mr. Sims me dice que la semana próxima vendrá a verme y yo le contesto directamente: —La semana que viene no estaré aquí porque quiero encontrá un trabajo y aquí no voy a conseguirlo. —Precisamente de eso voy a hablar ahora. Aplázalo una semana más, Selina. —Quizás me quede algunos días más—digo—. Luego me largo. Quizás me vaya antes. —No, no te irás—dice. Caminan rápidamente hacia la puerta del jardín y se van en un coche amarillo. Luego noto unos ojos mirándome y es la mujer y su marido que miran desde el jardín de al lado. El hombre hace algún comentario y ella me mira tan odiosa, con tanto odio que cierro en seguida la puerta de la casa. No quiero más vino. Quiero acostarme temprano porque tengo que pensá. Tengo que pensá en el dinero. Es cierto que no me preocupa. M siquiera cuando alguien me robó mis ahorros —ocurrió poco después de mi llegada a la casa de Notting Hill—; lo olvidé pronto. Unas treinta libras me robaron. Las tenía enrolladas dentro de unas medias, pero un día fui al cajón y ya no había dinero. Al final tuve que decírselo a la policía. Ellos me preguntan la cifra exacta y les digo que últimamente no lo había contado, unas treinta libras. —¿No sabe cuánto?—dicen—. ¿Cuándo lo contó por última vez? ¿Lo recuerda? ¿Fue antes de que se mudara o después? Me confunden, digo todo el rato lo mismo, «No me acuerdo», aunque recuerdo muy bien que lo había visto dos días antes. Ellos no me creen y cuando viene a la casa un policía, oigo a la casera que le dice: —Seguro que no tenía dinero cuando llegó aquí. No pudo pagar el alquiler de un mes por adelantado a pesar de que es una norma de la casa. «Toda esa gente son unos mentirosos terribles», le oigo decir y yo pienso, «tú sí que eres una terrible mentirosa, porque cuando vine dijiste por semanas o meses, como quieras>>. Es desde entonces que ya no me habla y quizás es ella la que me lo robó. Lo único que sé es que no he vuelto a ver ni un penique de mis ahorros, lo único que sé es que ellos fingieron que yo nunca había tenido ná, pero como ya ha pasao no sirve de nada llorá por ello. Luego se me va la cabeza a mi padre, porque mi padre es blanco y pienso mucho en él. Ojalá pudiera verle aunque sólo fuera una vez, porque yo era demasiao pequeña para recordarle cuando estaba allí. Mi madre es una mujé de color bastante claro, más claro que yo, dicen, y ella tampoco se quedó mucho conmigo. Tuvo una oportunidad de irse a Venezuela cuando yo tenía tres o cuatro años y no regresó. En lugar de volvé me mandaba dinero. La que me cuidó fue mi abuela. Es muy negra, lo que nosotros llamamos de chocolate, pero es la mejor persona que conozco. Ella ahorró todo el dinero que mandaba mi madre, no se guardó ni un penique para ella: así es como llegué a Inglaterra. Tardé un poquito en empezá a ir a la escuela, iba ya para los doce, pero sé cosé muy bonito, muy bien, y pensé que podría encontrá un buen trabajo, quizá en Londres. Pero aquí me dicen que todas esas costuras tan bonitas hechas a mano cuestan demasiao tiempo. Son una pérdida de tiempo, demasiao lento. Quieren alguien que trabaje deprisa, y al diablo las puntadas bien hechas y apretás. En conjunto las cosas no me van muy bien, lo admito, y pienso que ojalá pudiese ver a mi padre. Llevo su nombre: Davis. Pero mi abuela me dijo: —Cada palabra que salió de sus labios era una mentira. Es un mentiroso de primera, aunque en lo demás sea de tercera. De modo que quizás no llevo su verdadero nombre. Lo último que veo antes de apagá la luz es la postal en el tocador: «No te preocupes». ¡Que no me preocupe! Al día siguiente es domingo, y es lunes el día que los de al lado se quejan de mí a la policía. Esa noche la mujer está junto al seto, y cuando paso delante de ella me dice en voz muy tranquila y dulce: —¿Por qué tienes que quedarte aquí? ¿No podrías irte? Yo no contesto. Salgo a la calle para librarme de ella. Pero ella corre al interior de la casa, se asoma a la ventana, aún me ve. Entonces empiezo a cantá, para que comprenda que no le tengo miedo. El marido grita: —Si no deja de armar alboroto llamaré a la policía. Yo le contesto secamente: —Váyase al diablo—le digo—y llévese también a su mujer. Y sigo cantando, más alto. La policía viene en seguida. Un par. Quizás estaban junto a la vuelta de la esquina. Todo lo que puedo decir de la policía y de su modo de actuá es que creo que todo depende de con quién tratan. Jamás me mezclaré por mi propia voluntad con la policía. Jamás. Uno de ellos dice, aquí no está permitido organizar tanto jaleo. Pero el otro me hace muchas preguntas. ¿Cómo me llamo? ¿Soy arrendataria de un piso en el número 17? Ultimo domicilio y así sucesivamente. Me enfado por su forma de hablarme y le digo: —Vine aquí porque alguien me robó mis ahorros. ¿Por qué no busca mis ahorros en lugar de ladrarme así? Sudo lo que gano. Ninguno de ustedes hizo ná por encontrarlos. —¿De qué está hablando? —dice el primero, y el otro me dice: —Está prohibido hacer tanto ruido aquí. Váyase a su casa. Está usted bebida. Veo a esa mujé que me mira y sonríe, y otras personas en las ventanas, y estoy tan furiosa que vuelvo a cantá a gritos hacia ellos. —Tengo el más absoluto y perfecto derecho a está en la calle, el mismo que los demás, y tengo el más absoluto y perfecto derecho a preguntarle a la policía por qué no buscó mi dinero cuando desapareció. Y no lo busca porque el maldito ladrón era un inglés—les digo. Todo esto termina con que tengo que ir ante un magistrao, y él me pone una multa de cinco libras por embriaguez y escándalo público, y me da dos semanas para pagarla. Cuando regreso del juzgao, camino por la cocina de arriba abajo, de arriba abajo, esperando que sean las seis porque no me quedan cinco libras, y no sé qué hacer. A las seis telefoneo y una mujer me contesta seca y cortante, luego se pone Mr. Sims y no parece tampoco muy contento cuando le cuento lo ocurrido. —¡Dios mío!—dice, y yo le digo que lo siento. —Bueno, no te asustes—dice—. Yo pagaré la multa. Pero mira, me parece que no... Se interrumpe y habla con otra persona que está en la habitación. Y sigue: —Quizás sería mejor que no te quedaras en el número 17. Creo que podré arreglarlo para que vayas a otro sitio. Te llamaré el miércoles..., el sábado a lo más tardar. Pórtate bien hasta entonces. Y colgó antes de que pudiera contestarle que no quiero esperá hasta el miércoles, y menos hasta el sábado. Quiero salir de esta casa inmediatamente y sin retraso. Lo primero que pienso es volvé a llamarle, luego cambio de idea porque sonaba muy enfadao. Me preparo, pero el miércoles no viene y el sábado no viene. Estoy toda la semana en el piso. Sólo salgo una vez y lo arreglo para que me traigan el pan, la leche y los huevos, y me da la sensación de haberme cruzao con muchos policías. No me miran, pero seguro que me ven. No quiero beber: me paso el tiempo escuchando, escuchando y pensando, ¿cómo podría irme antes de saber si han pagao mi multa? Me digo que la policía vendría a decírmelo, seguro. Pero no me fío de ellos. ¿Qué les importa mi suerte a ellos? La respuesta es que no les importa nada. A nadie le importa. Una tarde llamo al piso de la vieja de arriba, porque se me ocurre que podría darme un buen consejo. La oigo ir de un lado para otro, hablando, pero no contesta y no vuelvo a probá. Pasan así casi dos semanas, luego telefoneo. Habla la mujer y dice: —Mt. Sims no está en Londres en este momento. —¿Cuándo estará de regreso? —digo—. Es urgente. Y ella cuelga. No me sorprende. En absoluto. Sabía que ocurriría. De todos modos me siento tan pesada como el plomo. Cerca de la cabina de teléfonos hay una farmacia, así que les pido que me den algo que me haga dormí, durante el día ya es bastante malo, pero pasá toda la noche en vela, ¡eso no! Me da un frasquito con una etiqueta que dice: «Una tableta o dos solamente», y me tomo tres al acostarme porque cada vez estoy más convencida de que dormí es lo mejor de todo. Sin embargo permanezco tendida, los ojos de par en par como siempre, así que me tomo otras tres. Lo siguiente que veo es la habitación llena de sol, así que debe ser media tarde, pero la lámpara todavía está encendía. Me da vueltas la cabeza y no puedo pensá bien. Al principio me pregunto cómo he llegao a este sitio. Luego me viene el recuerdo, pero en imágenes: la de la casera dándole la patá a mi vestido, y cuando compro el billete en Victoria Station, y la de Mr. Sims diciéndome que coma los bocadillos, pero no recuerdo nada con claridá, y me siento mareadísima y tengo arcadas. Recojo la leche y los huevos en la puerta, voy a la cocina y trato de comé pero la comida es tan dura que me resulta casi imposible tragarla. Es en el momento de retirar las cosas cuando veo las botellas, escondidas en el estante más bajo de la despensa. Queda mucho en todas, y os aseguro que me alegro. Porque no soporto sentirme así. Ya no lo soporto más. Mezclo gin con vermú y lo bebo deprisa, luego mezclo otro vaso y me lo bebo despacio junto a la ventana. El jardín está distinto, nunca lo había visto así. Sé muy bien lo que tengo que hacer, pero ahora es tarde, mañana. Tomo otro trago, ahora de vino, y luego me viene a la cabeza una canción, la canto y la bailo, y cuanto más canto, más segura estoy de que es la mejor canción que se me ha ocurrido en la vida. La luz del crepúsculo que entra por la ventana es de oro. Mis zapatos suenan fuerte contra los talones. Así que me los quito, también las medias y sigo bailando peto la habitación me hace sentirme encerrá, no puedo respirá, y salgo fuera sin dejá de cantá. Quizás bailo también un poco. Me olvido de tó lo referente a la mujer hasta que la oigo decir: —Henry, fíjate en esto. Me vuelvo y la veo en la ventana. -Oh, sí. Quería hablá con usté—le digo—. ¿Por qué llamó a la policía y me metió en un lio? A ver, por qué. —Y dígame usted qué está haciendo aquí —dice ella—. Este es un barrio respetable. Luego viene el hombre: —Fuera de aquí, joven. Debería avergonzarse de su comportamiento. «Es escandaloso», dice él dirigiéndose a su mujer, pero en voz tan alta que puedo oírle, y ella también, por una vez, habla en voz muy alta: —Las otras fulanas que trajo ese tipo al menos eran blancas —dice. —Es usted una cochina mentirosa—digo—. Ya hay suficientes chicas de ésas en este país. Tan innumerables como las arenas del mar. No me necesitan a mí para eso. —Desde luego que no puede decirse que tenga usted un éxito clamoroso—con una voz otra vez dulzona—. Y no crea que volverá a ver mucho a su amigo Mr. Sims. El también está metido en un lío. Váyase a otro lado. Busque a otro. Si puede, claro. Cuando dice eso mi brazo se mueve solo. Cojo una piedra y ¡bam! por la ventana. No por la que ellos ocupan, sino la siguiente, que tiene cristales de colores, verde y púrpura y amarillo. Jamás he visto una mujé poné tal cara de sorpresa. Se le queda la boca abierta de tanta sorpresa. Yo empiezo a reir, cada vez más fuerte: río como mi abuela, con las manos en las caderas y la cabeza hacia atrás. (Cuando reía así se la podía oír desde el otro extremo de la calle.) Por fin les digo: —Bueno, lo siento. Un accidente. Mañana a primera hora haré que lo arreglen. —Ese cristal es irreemplazable—dice el hombre—. Irreemplazable. —Mejor —le digo—. Esos colores me daban arcadas. Les compraré otros mejores. El me amenaza con el puño. —Esta vez no se saldrá sólo con una multa—dice. Luego corren las cortinas. Yo les llamo a gritos. —¿Por qué huyen? Siempre huyen. Desde que vine aquí siempre me han estado persiguiendo porque yo no contestaba. Desvergonzaos. Trato de cantar «No me molestes ahora»: No me molestes ahora Tú no tienes honor. No sigas mis pasos Tú no tienes vergüenza. Pero la voz no me sale bien, así que vuelvo a casa y bebo otro vaso de vino: todavía tengo ganas de reír, y todavía me acuerdo de mi abuela porque ésa era una de sus canciones. Habla de un hombre cuyo amorcito le dice adiós cuando encuentra a un tipo rico, y él se va a Panamá. Mucha gente muere allí de las fiebres cuando hacen ese canal de Panamá tan largo hace muchísimo tiempo. Pero él no muere. Regresa con dólares y la chica va a recibirle al muelle, muy elegante y sonriente. Entonces él le canta: «Tú no tienes honor; tú no tienes vergüenza». Sonaba muy bien en el patois de Martinica: «Sans honte». Después me pregunto: «¿Por qué he hecho eso? No soy así. Pero si te menosprecian una y otra vez llega el día que revientas y eso es lo que pasa.» Además, Mr. Sims no puede decirme ahora que no tengo coraje. No me importa, me duermo en seguida y me alegro de haberle roto esa fea ventana a la mujer. Pero mi canción..., mi canción se me ha ido y nunca volverá. Una pena. A la mañana siguiente me despierta el ruido del timbre. La gente de arriba no baja, y el timbre sigue sonando como una furia. Así que me levanto a ver, y fuera hay un policía y una policía. En cuanto abro la puerta la mujé mete el pie. Lleva sandalias y medias gruesas y en mi vida había visto un pie tan grande ni tan feo. Parecía que quisiera aplastá el mundo entero. Luego entra ella detrás del pie, y su cata tampoco es bonita precisamente. El policía dice que mi multa está sin pagá y que la gente ha presentado graves acusaciones contra mi, de modo que me llevan otra vez al magistrao. Me enseña un papel y yo lo miro, pero no lo leo. La mujé me empuja hacia el dormitorio, y me dice que me vista rápidamente, pero yo me quedo mirándola, porque pienso que a lo mejor ya estoy a punto de despertarme. Luego le pregunto qué tengo que ponerme. Ella dice que supone que ayer debía llevar algo puesto. ¿O no? –Qué más da, póngase cualquier cosa—dice. Pero busco ropa interior limpia y medias y los zapatos de tacón alto, y me peino el cabello. Empiezo a limarme las uñas, porque pienso que las tengo demasiado largas para el magistrao, pero ella se enfurece: —¿Piensa venir sin ofrecer resistencia o qué? —dice. Así que me voy con ellos y nos metemos en el coche que está en la calle. Espero mucho rato en una habitación llena de policías. Entran, salen, telefonean, hablan en voz baja. Luego me llega el turno, y lo primero que llama mi atención en el juzgao es un hombre con negras cejas fruncidas. Está sentado debajo del magistrao, vestido de negro y tan guapo que no puedo apartar los ojos de él. Cuando él se da cuenta frunce el entrecejo más incluso que antes. Primero viene un policía a testimoniar que he provocao alborotos, y luego viene el señor viejo de la casa de al lao. Repite eso de toda la verdá y nada más que la verdá. Luego dice que por las noches hago un ruido horrible y uso un lenguaje abominable, y bailo obscenamente. Dice que cuando tratan de cerrá las cortinas porque su mujer está aterrada por el espectáculo que yo estoy dando, yo me pongo a tirá piedras y rompo una valiosa ventana de cristal emplomao. Dice que su mujer hubiese quedado gravemente hería si la hubiese alcanzao, y que se encuentra padeciendo una terrible crisis nerviosa y que el doctor está con ella. «Te aseguro— pienso—, que si hubiese apuntao a tu mujer le hubiera dao. Puedes estar completamente seguro.» —No hubo provocación—dice—. En absoluto. Después otra señora de la acera de enfrente dice que es verdá. Que no oyó la más mínima provocación, y jura que ellos cerraron las cortinas pero que yo seguí insultándoles y utilizando un lenguaje repugnante y que lo vio y lo oyó todo. El magistrao es un señó menudo de voz tranquila, pero estas voces me inspiran ahora mucho recelo. Me pregunta por qué no pagué la multa, y le digo que porque no tenia dinero. Me huelo que quieren averiguar todo lo referente a Mr. Sims, porque están escuchando con mucha atención. Pero a mí no me van a sacar ná. Me pregunta cuánto tiempo hace que estoy en el piso y le contesto que no me acuerdo. Sé que quieren confundirme como me confundieron cuando lo de mis ahorros, así que no contesto. Al final me pregunta si tengo algo que decí, pues no se me puede permití que siga causando molestias. «Soy una molestia porque no tengo dinero, y eso es todo», pienso. Quiero hablá y contarle que me robaron tós mis ahorros, y que cuando el casero me pidió un mes por adelantao no se lo pude dar. Quiero decirle que la mujer de la casa de al lado hace mucho tiempo que me está provocando y que me insulta, pero que hablaba con una vocecita dulzona y nadie la oía: por eso le rompo la ventana, pero estoy dispuesta a comprarle otra. Quiero decir que lo único que hago es cantá en ese viejo jardín, y quiero decirlo en voz tranquila. Pero me oigo hablá a gritos y veo mis manos que se agitan en el aire. Además es inútil, no me creerán, así que no termino. Callo y me noto las lágrimas en la cara. —Demuéstrelo. Eso es lo único que dicen. Susurran, susurran. Asienten con la cabeza todo el tiempo. Luego vuelvo a estar en el coche con una policía diferente, muy elegante. No lleva uniforme. Le pregunto a dónde me lleva y dice «Holloway», simplemente eso, «Holloway».* Le cojo la mano porque tengo miedo. Pero ella la retira. Su mano se aparta fría y suave y su cara es de porcelana: suave como la de una muñeca, y yo pienso «Es la última vez que le pido algo a alguien. Lo juro.» El coche sube a un castillo negro y rodeao de callejuelas mezquinas. Un camión bloquea las puertas del castillo. Cuando se aparta entramos y ya estoy en la prisión. Primero hago cola con otras que están esperando para entregar los bolsos y todas sus pertenencias a una mujé que está detrás de una rejilla, como en una oficina de correos. La chica de delante saca una polvera muy bonita, yo diría que de oro, un lápiz de labios a juego y una cartera llena de billetes. La mujer se queda el dinero pero le devuelve los polvos y la barra de labios y casi le sonríe. Yo tengo dos libras, siete chelines y seis peniques en monedas de penique. Ella me coge el bolso, luego me tira la polvera (que es barata), mi peine y mi pañuelo, como si todo lo que hubiera en mi bolso estuviera sucio. Así que pienso, «Aquí también, aquí también». Pero me digo «¿Y qué esperabas, eh, chica? Todos son iguales. Todos.» Algunas cosas que pasan luego no las recuerdo, o quizás es mejor no recordá. Me parece que empiezan tratando de atemorizarme. Pero conmigo fracasan porque ahora no me importa ná, como si el corazón se me hubiese quedado duro como una piedra y no sintiese ná. Después estoy en lo alto de una escalera con muchas mujeres y chicas. Mientras bajamos me fijo que la barandilla de un lado es muy baja, muy fácil de saltá, y mucho más abajo hay un pasillo de piedra gris que parece que me esté esperando. * Hollaway: así se llama la cárcel de mujeres de Londres. (N. del T.) Cuando pienso esto una mujer de uniforme se acerca rápidamente y me coge del brazo. —Ah no. Eso sí que no—dice. Simplemente estaba fijándome que la barandilla era muy baja, eso es todo: pero no vale la pena decirlo. Otra larga cola espera para el médico. Avanza lentamente y tengo las piernas terriblemente cansadas. La chica de delante es muy joven y llora y llora. —Tengo miedo—dice todo el tiempo. En cierto sentido tiene suerte, porque lo que es yo no volveré a llorá nunca más. Se me ha quedao todo seco y endurecido. Eso, y muchas cosas más. Al final le digo que pare, porque hace precisamente lo que esa gente quiere que haga. Ella deja de llorá y empieza a contá una larga historia, pero mientras habla su voz se aleja muchísimo, y no puedo vé claramente su cara. Luego estoy en una silla, y una de esas mujeres con uniforme me empuja la cabeza poniéndomela entre las rodillas, pero que empuje lo que quiera: de todos modos las cosas siguen alejándose de mí. Me ponen en el hospital porque el médico dice que estoy enferma. Tengo una celda para mí sola y se estaría bien si no fuese porque no duermo. Las cosas que dicen que más te fastidian son las que me dan igual. Cuando cierran ruidosamente la puerta pienso, «Me encerráis, pero lo que hacéis es dejar fuera a todos esos malditos diablos. Ahora no pueden alcanzarme.» Al principio me fastidia que se pasen toda la noche mirándome. Abren una ventanita de la puerta y me miran. Pero me acostumbro a eso y me acostumbro al camisón que me dan Es muy recio, y en mi opinión no está tampoco muy limpio: pero, ¿qué más da? Pero la comida no me la puedo tragá, sobre todo las gachas. La mujer me pregunta sarcástica: —¿Huelga de hambre? Pero luego puedo dejarlo casi todo y no me dice ná. Un día viene una chica bonita con unos libros y me da dos, pero no tengo ganas de leé. Además uno habla de un asesinato, y el otro de un fantasma y me parece que las cosas no son como dicen esos libros. Ahora no quiero ná. Es inútil. Que me dejen en paz y tranquila, no pido ná más. La ventana tiene rejas pero no es pequeña, de modo que veo a través de las rejas un árbol delgadito y me gusta mirarlo. Después de una semana me dicen que estoy mejor y puedo salir con las demás a hacer ejercicio. Caminamos dando vueltas y más vueltas a uno de los patios del castillo: hace buen tiempo y el cielo está de un azul pálido, pero el patio es un lugar terriblemente triste. Cae la luz del sol y muere. Me canso de andá con tacones altos y me alegro cuando esto termina. Nos dejan hablá, y un día sube una vieja y me pide una cosa que no entiendo. Se lo digo y ella empieza a murmurá contra mí como si estuviese furiosa. Otra mujer me dice que quería decir colillas, así que le digo que no fumo. Pero la vieja sigue enfadá, y cuando nos vamos me da un empujón y estoy a punto de caerme. Me alegra alejarme de esa gente, oír el estrépito de la puerta al cerrarse y quitarme los zapatos. A veces pienso, «Estoy aquí porque quería cantá» y me tengo que reí. Pero en mi celda hay un espejo pequeño y me miro y soy otra persona. Como una persona desconocida. Mr. Sims me dijo que estaba demasiado delgada, pero, ¿qué diría ahora si viera esa persona del espejo? Así que no vuelvo a reí. Generalmente no pienso ná. Todas las cosas y todas las personas parecen muy pequeñas y muy lejanas, ese es el único problema. El doctó viene a verme dos veces. El no dice casi ná y yo no digo casi ná, porque siempre está ahí una mujer de uniforme. Pone cara de estar pensando, «Ahora empiezan las mentiras». Por eso prefieno no hablá. Así estoy segura de que no podrán hacerme caer en ninguna trampa. Entonces me dejarían aquí, o me llevarían a un sitio peor. Pero un día ocurrió esto. Estábamos dando vueltas y más vueltas al patio cuando oí cantá a una mujer: la voz venía de muy arriba, de una de las ventanitas enrejadas. Al principio no podía creerlo. ¿Por qué iba nadie a cantá aquí? En la cárcel nadie tiene ganas de cantá, nadie tiene ganas de hacé ná. No hay por qué y no hay esperanza. Pienso que debo estar durmiendo, soñando, pero estoy despierta, seguro, y veo que todas las demás también escuchan. Esa tarde está con nosotras una enfermera en lugar de una policía. Se para y mira hacia la ventana. Es una voz como de humo, un poco ronca a veces, como si fuesen esos mismos muros viejos y oscuros los que se quejaran, porque ven demasiada miseria, demasiada. Pero la voz no cae al patio ni muere en él; me da la sensación que podría fácilmente saltá por encima de las puertas de la prisión e irse muy lejos, y que nadie podría detenerla. No oigo la letra, sólo la música. Canta un verso y luego empieza otro, y luego se interrumpe de repente. Todo el mundo empieza a caminá otra vez, y nadie dice una palabra. Pero cuando entramos le pregunto a la que va delante de mí quién cantaba. —Es la canción de Holloway—dice—. ¿No la conocías aún? Cantaba desde las celdas de castigo, y nos decía a todas adiós y no os rindáis jamás. Luego yo tengo que irme por un lado, hacia el bloque del hospital, y ella por otro, y no volveremos a hablar nunca. De vuelta en mi celda no puedo esperar la hora de acostarme. Paseo arriba y abajo y pienso, «Algún día oiré esa música tocada por unas trompetas y estos muros caerán y descansarán.» Tengo tantísimas ganas de salí que podría ponerme a aporreá la puerta, porque ahora sé que todo puede ocurrí, y no quiero estar encerrada aquí y perdérmelo. Luego tengo hambre. Me como todo lo que me traen y a la mañana siguiente tengo todavía tanta hambre que me como las gachas. La siguiente vez que viene el doctó a verme dice que tengo mejor aspecto. Luego le cuento parte de lo que pasó en esa casa. No mucho. Soy cautelosa. El me mira fijamente como si estuviese sorprendido. Desde la puerta agita un dedo y dice, «Y que no te vuelva a ver por aquf nunca más». Esa tarde la mujer dice que me voy, pero le revienta tanto que me vaya que no le pregunto ná. Muy temprano, antes de que amanezca abre la puerta de golpe y me dice a gritos que me apresure. Mientras caminamos por los pasillos veo a la chica que me dio los libros. Está en fila con las otras haciendo ejercicios. Arriba Abajo, Arriba Abajo, Arriba. Pasamos muy cerca y me fijo que está muy pálida y cansada. Es una locura, todo es una locura. Lo de arriba abajo y todo lo demás también. Cuando me dan mi dinero me acuerdo de que me he dejado la polvera en la celda, así que pregunto si puedo ir a buscarla. Tendríais que haber visto la cara de esa policía cuando me dijo, «Anda, largo». No hay un automóvil sino un camión y las ventanas están tapadas. La tercera vez que se para salgo con otra, una jovencita, y es el mismo juzgao que la otra vez. Esperamos las dos en una habitación pequeña, completamente solas, y al rato la chica dice, «¿Qué diablos hace esa gente? No pienso pasarme aquí el día entero». Va al timbre y lo aprieta y no lo suelta. Cuando la miro me dice: —¿Para qué los ponen si no? Esa chica tiene la cara tan dura como un tablón: podría cambiarla por la de otras muchas y no notaríais la diferencia. Pero no hay duda de que consigue resultaos. Viene un policía, muy sonriente, y entramos en el juzgao. El mismo magistrao, el mismo hombre ceñudo sentao debajo de él, y cuando oigo que mi multa ha sido pagá quiero preguntar quién lo ha hecho, pero él me chilla: —Silencio. Creo que nunca entenderé ni la mitá de lo que ocurre, pero me dicen que puedo irme, y eso sí lo entiendo. El magistrao me pregunta si voy a irme de ese barrio y yo digo sí, luego vuelvo a está en la calle, y otra vez hace muy buen tiempo, otra vez me da la sensación de está soñando. Cuando llego a la casa veo dos hombres hablando en el jardín. Tanto la puerta de la calle como la del piso están abiertas. Entro, y el dormitorio está vacío, no hay nada aparte del reverbero que se cuela porque se han llevao las persianas. Cuando me pregunto dónde puede está mi maleta, y dónde la ropa que dejé en el armario, suena un golpe y es la anciana del piso de arriba que trae mi maleta hecha, y el abrigo en el brazo. Dice que me ha visto llegá. —Le guardé sus cosas. Empiezo a darle las gracias pero ella se da la vuelta y se va. Aquí son así, y mejó no esperá más. Además, apuesto a que le han dicho que soy una persona horrible. Entro en la cocina, pero cuando veo que están talando el árbol grande del jardin de atrás no me quedo a verlo. En la estación espero el tren y una mujer me pregunta si me encuentro bien. —Tiene aspecto de estar muy cansada —dice—. ¿Viene de muy lejos? Pero yo le digo: —Sí, estoy perfectamente. Pero no soporto el caló. Ella dice que tampoco lo soporta, y hablamos del tiempo hasta que llega el tren. Ya no les tengo miedo: al fin y al cabo, ¿qué más podrian hacerme? Sé lo que hay que decí y tó marcha como un reló. Tomo una habitación cerca de Victoria porque la patrona acepta una libra de adelanto, y al día siguiente encuentro un trabajo en un hotel cercano. Pero no me quedo mucho tiempo. Oigo hablá de otro trabajo en unos grandes almacenes: poner a medida vestios de señoras y cosas así. Miento y les digo que he trabajao en una tienda muy cara de Nueva York. Hablo con osadía y expresión tranquila, y ni siquiera comprueban lo que digo. Me hago amiga de una chica de alli, Clarice, muy clara de coló, muy lista, que tiene mucho trato con las clientes y se ríe de algunas de ellas a su espalda. Pero yo le digo que no es culpa suya si los vestíos no les sientan bien. Un vestío hecho especialmente para una es muy caro en Londres. Por eso nos pasamos el día remetiendo y ensanchando costuras. Clarice tiene dos habitaciones bastante cerca de los almacenes. Las va amueblando ella misma poco a poco y da fiestas algunos sábados por la noche. Es ahí donde empiezo a silbar la canción de Holloway. Un hombre se me acerca y dice: —Repite eso otra vez. De modo que vuelvo a silbá (ahora no canto nunca) dice: —No está mal. Clarice tiene un piano viejo que le dio alguien de los almacenes y él toca la melodía, dándole ritmo de jazz. —No, no es así—le digo. Pero tós los demás dicen que tal como la toca él queda de primera. Bueno, no vuelvo a pensá más en eso hasta que él me manda una carta diciendo que ha vendido la canción y que como le ayudé considerablemente me incluye cinco libras y su agradecimiento. Leo la carta y podría haberme puesto a llorá. Porque al fin y al cabo esa canción era tó lo que yo tenía. No encajo en ningún sitio, ni tengo dinero para comprarme el derecho a encajar en alguna parte. Tampoco quiero. Pero cuando esa chica se puso a cantá, me cantaba a mí, y cantaba para mí. Yo estaba allí porque tenía que está alli. Estaba escrito que yo lo oiría. De eso estoy segura. Ahora dejo que la toquen mal, y dejará de ser mía, como las demás canciones, como todo lo demás. Ya no hay ná que sea mío. Pero luego me digo que todo esto es una bobá. Incluso si la tocaran con trompetas, incluso si la tocaran como hay que tocarla, como yo quería, incluso entonces ningún muro caería de golpe. «Que lo llamen jazz», pienso, y les dejo que la toquen mal. Eso no cambiará en lo más mínimo la canción que yo oí. Con el dinero me compro un vestido rosa pálido. El ruido del río La bombilla eléctrica colgaba de un corto cable desde el centro del techo de la habitación, y como no había luz suficiente para leer se tumbaron en la cama y charlaron. El viento nocturno empujaba las cortinas y entraba, suave y húmedo, por la abierta ventana. —Pero, ¿de qué tienes miedo? ¿A qué te refieres cuando dices miedo? —Me refiero —dijo ella— a ese mismo miedo que tienes cuando quieres tragar una cosa y no puedes. —¿Constantemente? —Casi constantemente. —Dios mío, qué cosa. Eres idiota. —Ya lo sé. Pero no por esto, pensó ella, no por esto. —No es más que un estado de ánimo —dijo ella—. Pasará. —Eres muy contradictoria. Tú elegiste este sitio y fuiste tú la que quiso venir aquí. Yo creía que te parecía bien. —Y me parece bien. Me parece bien el páramo y la soledad y todo el paisaje, pero sobre todo la soledad. Sólo me gustaría que, además, dejase de llover de vez en cuando. —La soledad está muy bien —dijo él—, pero hace falta que la acompañe el buen tiempo. Si pudiese decirlo con palabras quizás desaparecería, pensaba ella. A veces puedes decirlo con palabras —casi— y así librarte de ello —casi—. A veces puedes decirte admitiré que hoy tenía miedo. Tenía miedo de las caras pulcras y uniformes, de las caras de rata, de la forma que reían en el cine. Tengo miedo de las escaleras y de los ojos de las muñecas. Pero no hay palabras para decir este miedo. Aún no se han inventado las palabras para decirlo. —Volverá a gustarme en cuanto deje de llover —dijo ella. —¿Verdad que no te gustaba hace un momento? Cuando estábamos en el río. —Bueno —dijo ella—. No mucho. —Esta noche había un ambiente un poco fantasmal ahí abajo. ¿Qué podías esperar? Nunca consigues elegir un sitio donde haga buen tiempo. (Ni tampoco ninguna otra cosa, pensó él.) Hay demasiados abetos por todos lados. Te sientes encerrado. –Sí. Pero, pensó ella, no son los abetos, ni el cielo sin estrellas, ni la flaca luna perseguida, ni las bajas colinas sin cresta, ni las colinas abruptas, ni las grandes rocas. Es el río. —El río es muy silencioso —dijo ella—. ¿Se debe a que va muy lleno? —Supongo que acabas acostumbrándote al ruido. Entremos. Podemos encender la chimenea del dormitorio. Ojalá tuviésemos una copa. Daría muchísimo por una copa, ¿tú no? —Podemos tomarnos un café. Mientras volvían a entrar él había mantenido la cabeza vuelta hacia el agua. —Con esta luz tiene un aspecto curiosamente metálico. No parece agua. —Tan uniforme como si el río estuviese helado. Y mucho más ancho. —Yo no diría helado. Muy vivo, aunque de forma misteriosa. Como una cabellera ondulada—dijo él como si hablara consigo mismo. O sea que él también lo había notado. Ella se tendió y recordaba la forma cómo, a la luz de la luna, había cambiado, la superficie rota, la rápida corriente del río. Las cosas tienen más fuerza que las personas. Siempre lo he creído. (Si le tienes miedo a ese caballo es que no eres hija mía. Si tienes miedo de marearte en el barco es que no eres hija mía. Si tienes miedo de la forma de una montaña, o de la luna cuando se hace vieja, es que no eres hija mía. De hecho, no eres hija mía.) —Ahora no está tan silencioso, ¿verdad? —dijo ella—. Me refiero al río. —No, desde aquí arriba hace mucho ruido —bostezó—. Pondré otro tronco en el fuego. Ransom ha sido muy amable prestándonos el carbón y la leña. No nos prometió esta clase de lujos cuando vinimos a esta casa. ¿Verdad que no es mal tipo? —Tiene buen corazón. Y, además, después de tanto tiempo debe haberse acostumbrado al clima. —A mí me gusta —dijo él cuando volvía a meterse en la cama—, a pesar de la lluvia. Seamos felices aquí. —Sí, seámoslo. Esta es la segunda vez. Ya lo había dicho antes. Lo dijo el día en que llegaron. Tampoco entonces había contestado ella, «Sí, seámoslo» inmediatamente, porque el miedo que había estado esperándola se le había acercado, la había tocado, y habían pasado algunos segundos antes de que pudiese hablar. —Lo que vimos esta tarde debía ser una nutria—dijo él—, porque era muy grande para ser simplemente una rata de agua. Se lo diré a Ransom. Le encantará saberlo. —¿Por qué? —No hay muchas nutrias por esta zona. —Pobrecillas, si no hay muchas seguro que no les va muy bien por aquí. ¿Qué hará Ransom? ¿Organizará una cacería? Quizás no. Los dos pensamos que es un hombre de buen corazón. Esta región es un refugio de pájaros, ¿lo sabías? Es muchas cosas. Le diré a Ransom que vi ese pájaro del pecho amarillo. Quizás él sepa qué era. Aquella misma mañana lo había visto aletear al otro lado del cristal de la ventana: un destello amarillo en medio de la lluvia. «Qué pájaro tan bonito.» El miedo es amarillo Tú eres amarillo. Este pájaro tiene una mancha amarilla. Tienen razón, el miedo es amarillo. «¿Verdad que es bonito? ¡Y qué persistente! Está decidido a entrar...» —Voy a apagar esta luz —dijo él—. No sirve de nada. Es mejor el fuego. Encendió una cerilla para fumar otro pitillo y cuando la cerilla prendió ella vio profundas bolsas bajo sus ojos, la piel tensa sobre sus pómulos, y el delgado puente de su nariz. El sonreía como si supiera lo que ella había estado pensando. —¿Hay alguna cosa de la que no tengas miedo cuando te sientes así? —Tú —dijo ella. La cerilla se apagó. Pase lo que pase, pensó ella. Hagas lo que hagas. Haga lo que haga. Tú nunca. ¿Me oyes? —Bueno —dijo él—. Eso es un alivio. —Mañana hará buen día. Ya lo verás. Tendremos suerte. —No te fíes de nuestra suerte. A estas alturas, ya deberías haberlo aprendido—murmuró él—. Pero tú eres de las que nunca aprenden. Por desgracia, los dos somos de los que nunca aprenden. —¿Estás cansado? Parece que lo estés. —Sí—suspiró él, y se dio la vuelta—. Bastante. Cuando ella dijo «Tengo que encender la luz, quiero una aspirina», él no contestó, y ella extendió el brazo por encima de él y tocó el interruptor de la débil bombilla eléctrica. Estaba durmiendo. El cigarrillo encendido se había caído en la sábana. —Menos mal que lo he visto —dijo ella en voz alta. Apagó el cigarrillo y lo tiró por la ventana, buscó la aspirina, vació el cenicero, posponiendo el momento en que tendría que tenderse, estirada, escuchando, en que cerraría los ojos aunque sólo para que se volviesen a abrir de golpe. «No te duermas —pensó mientras permanecía tumbada—. Quédate despierto y confórtame. Estoy asustada. Te aseguro que aquí hay algo que da miedo. ¿Por qué no puedes notarlo tú? Cuando dijiste, «Seamos felices» el primer día, había en alguna parte un grifo que goteaba en un fregadero lleno, y hacía una música alegre y horrible. ¿No lo oíste? Yo lo oí. No te des la vuelta ni suspires ni te duermas. Quédate despierto y confórtame.» Nadie va a confortarte, se dijo, ya deberías haberlo aprendido. Reúne todas tus fuerzas, desperdiga todas tus fuerzas. Hubo una vez. Hubo una vez. Además me dormiré en seguida. Siempre queda el recurso de dormir, y mañana hará buen tiempo. «Sabía que hoy haría buen tiempo—pensó ella cuando vio la luz del sol a través de las delgadas cortinas—. El primer día que lo hace.» —¿Estás despierto?—dijo ella—. Hace buen tiempo. He tenido un sueño muy gracioso— dijo sin dejar de mirar la luz—. He soñado que caminaba por un bosque y los árboles gruñúan y después soñaba que el viento soplaba contra los cables del telégrafo, bueno, algo parecido, pero fortísimo. Todavía lo oigo: te juro de verdad que no me lo invento. Todavía lo tengo en la cabeza y no se parece a nada, sólo un poco al viento soplando contra los cables del telégrafo. «Hace un día precioso —dijo ella tocándole la mano. »Cariño, estás helado. Iré a buscar una botella de agua caliente y haré el té. Ya lo hago yo: esta mañana me siento llena de energías, y tú te quedas descansando, aunque sólo sea una vez. «¿Por qué no contestas? —dijo ella sentándose y asomándose sobre él para mirarle—. Me estás asustando—dijo, con voz más fuerte—. Me estás asustando. Despierta —dijo, sacudiéndole.» En cuanto le tocó, su corazón empezó a hinchársele hasta que le tocó la garganta. Se le hinchó y de él salían afiladas garras y las garras se le clavaban cada vez más profundamente. «Dios mío», dijo ella y se levantó y descorrió las cortinas y vio la cara de él al sol. «Dios mío», dijo mirando su cara al sol y se arrodilló junto a la cama tomándole su mano entre las suyas sin hablar ni pensar ya. —¿No oyó nada durante la noche? Dijo el médico. —Creí que era un sueño. —¡Oh! ¡Creyó que era un sueño! Ya entiendo. ¿A qué hora se despertó? —No lo sé. Teníamos el reloj en la otra habitación porque es muy ruidoso. Supongo que serían las ocho y media o las nueve. —Usted sabía naturalmente lo que había ocurrido. —No estaba segura. Al principio no estaba segura. —Pero, ¿qué estuvo haciendo? Eran más de las diez cuando me telefoneó. ¿Qué estuvo haciendo? Ni una sola palabra de consuelo. Receloso. Tiene los ojos pequeños y las cejas pobladas y parece receloso. —Me he puesto un abrigo —dijo ella— y me he ido a casa de Mr. Ransom, que tiene teléfono. He ido corriendo, pero parecía estar muy lejos. —De todos modos, como máximo eso puede haberle llevado diez minutos. —No, parecía muy lejos. Yo corría pero parecía que no avanzase. Cuando he llegado no había nadie en la casa y la habitación del teléfono estaba cerrada. La puerta principal está siempre abierta pero cuando sale suele cerrar esa habitación. Entonces he vuelto al camino pero no he visto a nadie. No había nadie en la casa ni en el camino y tampoco había nadie en la ladera de la montaña. De un alambre colgaban al viento unas sábanas y algunas camisas de hombre. Y estaba el sol, claro. Era el primer día de sol que teníamos. El primer día bueno. Miró la cara del doctor, se interrumpió, y luego prosiguió en una voz distinta. —Estuve primero andando arriba y abajo un rato. No sabía qué hacer. Luego se me ha ocurrido que quizás podría forzar la puerta. Lo he intentado y cedió. Se partió una tabla y entré. Pero parecía que pasaba muchísimo tiempo antes de que alguien contestara. Sí, claro que lo sabía, pensó. Tardé mucho porque tenía que quedarme allí, escuchando. Entonces lo oí. Se fue haciendo más fuerte y sonaba más cerca, y estaba dentro de la habitación, conmigo. Oí el ruido del río. Oí el ruido del río. Los tigres son más hermosos «Mein Lieb, Mon Cher, My Dear, Amigo», empezaba la carta: Me largo. Quería irme desde hace algún tiempo, como indudablemente sabes, pero estaba esperando el momento de tener valor para dar el paso que me expusiera otra vez al frío mundo. No me apetecía una escena de despedida. Dejando a un lado muchas otras cosas que es mejor olvidar, no tienes ni idea de lo harto que estoy de todas ésas falsas declaraciones de comunismo, y de todas las falsas declaraciones sobre todo lo demás, si vamos a eso. Todos vosotros sois exactamente iguales, comoquiera que os llaméis a vosotros mismos: Intocables. Os creéis indispensables, y os moriríais de languidez si no tuvierais alguien a quien mirar desde arriba e insultar. Me dio la sensación de que estaba rodeado de un montón de tigres tímidos que esperaban a saltar en cuanto apareciese alguien con algún problema o sin dinero. Pero los tigres son más hermosos, ¿no crees? Tomaré el autobús de Plymouth. Tengo mis planes. Vine a Londres cargado de esperanzas, pero todo lo que he sacado ha sido una pierna rota y suficientes abucheos para mis próximos treinta años de vida si llego a vivir tanto, Dios no lo quiera. No creas que olvidaré tu amabilidad después de mi accidente, cuando tuve que vivir en tu casa y todo eso. Pero assez quiere decir basta. Me he bebido la leche que había en la nevera. Estaba sediento después de la fiesta de ayer noche, pero si vosotros le llamáis a eso una fiesta yo le llamaría un funeral. Además, ya sabes lo poco que me gusta esa charlatanería (¡Freud! ¡ ¡San Freud!!). De modo que, amigo mío, compóntelas como puedas sin mí. Adiós. Volveré a escribirte cuando vengan mejores tiempos. HANS Había también una posdata: A ver si hoy escribes un artículo fantástico, pedazo de yegua mansa. Mr. Severn suspiró. Siempre había sabido que Hans se iría tarde o temprano, pero entonces, ¿por qué aquel sabor en la boca, como si hubiese comido polvo? Un artículo fantástico. La banda tocaba en los Embankment Gardens. La misma canción de siempre. El mismo estribillo tierno de siempre. Cuando empezaron a asomar los carruajes, parte de la muchedumbre prorrumpió en vítores y un hombre gordo dijo que no veía nada y que iba a encaramarse a lo alto de una farola. Las figuras de los carruajes saludaban con inclinaciones a derecha e izquierda: las víctimas se inclinaban ante sus propias víctimas. Era la gran exhibición del sacrificio incruento, el recordatorio de que el sol brilla en algún lado, aunque no brille para todos. -Parecía una figura de cera, ¿verdad? -dijo satisfecha una mujer... Nada. No funcionaba. Se asomó a la ventana y miró los carteles de la edición de mediodía de los vespertinos en el quiosco de enfrente. «FOTOS DEL JUBILEO-FOTOS-FOTOS» y «SE ACERCA UNA OLA DE CALOR». Una mujer disoluta de mediana edad ocupaba el piso que había encima del quiosco. Pero aquel día sus ventanas con visillos de encaje, que normalmente no eran enemistosas, contribuían a aumentar la desolación que sentía. Y lo mismo las palabras «FOTOS-FOTOS-FOTOS». A las seis el piso estaba cubierto de periódicos y comienzos arrugados y abandonados del artículo que escribía cada semana para un periódico australiano. No encontraba la música. La música es lo importante, como todo el mundo sabe. La música es lo que otros llamarían el ritmo de la frase. En cuanto lo encontrara podría seguir escribiendo con la facilidad de un caballo al trote, diciendo todo lo que le pidieran. «Pedazo de yegua mansa», pensó. Luego cogió uno de los periódicos y, como tenía manía estadística, empezó a contar los anuncios. Dos medicinas para el estreñimiento, tres para dolores y gases estomacales, tres cremas faciales, una sustancia nutritiva para la piel, un crucero a Marruecos. Al final de los anuncios por palabras, en letra pequeña: «A todos aniquilaré el día de mi Ira, dijo el Señor Dios, y nadie se librará de ella.» ¿Quién paga la publicación de estos anuncios?, ¿quién los paga? «Siempre esta perpetua amenaza encubierta», pensó. «Todo se basa en ella. Repugnante. ¿Qué dirán? Y al final de la página ves lo que te va a ocurrir como no te sometas. Te matarán y no podrás escapar. Amenazas y burlas, amenazas y burlas...» Y desolación, abandono y periódicos arrugados por toda la habitación. El único consuelo tolerado era el dinero con el que compraría el cálido resplandor de un trago antes de la comida, y luego la carcajada del Jubileo. Jubiloso-Jubileo-Júbilo... Las palabras daban vueltas en su cabeza, pero no conseguía que adquiriesen una forma. «Si no quiere salir, no saldrá», le dijo a su máquina de escribir antes de lanzarse escaleras abajo, contando los escalones a medida que descendía. Después de dos whiskies dobles en su bar de siempre, el Tiempo, que había estado arrastrándose tan pesadamente durante todo el día, empezó a ir más aprisa, empezó a galopar. A las siete y media Mr. Severn paseaba Wardour Street arriba y abajo entre dos mujeres jóvenes. La de cosas que hace uno de rebote. A una de ellas la conocía bastante bien, a la más gorda. Iba a menudo a ese bar y a él le gustaba charlar con ella, y a veces le aguantaba las borracheras porque era una chica de buen carácter y nunca le hacía sentirse nervioso. Ese era su secreto. Si el mundo fuera justo, su epitafio debería decir: «Nunca puse nervioso a nadie..., al menos adrede.» Una chica predestinada al fracaso, desde luego, y precisamente por ese mismo motivo. Pero era agradable charlar con ella y, generalmente, también mirarla. Se llamaba Maidie, Maidie Richards. A la otra no la había visto hasta entonces. Era muy joven, tenía una sonrisa verdaderamente resplandeciente y un acento que Mr. Severn no acababa de reconocer. Se llamaba Heather No-sécuántos. En medio del ruido del bar le pareció que decía Hedda. -¡Qué nombre tan raro! -había observado él. -No he dicho Hedda, sino Heather. ¡Hedda! Antes muerta que tener un nombre así. Era una chica aguda, brillante, serena: no había nada de fofo en ella. Fue ella la que había sugerido ir a tomar esta última copa. Las chicas se pusieron a discutir. Cada una de ellas había enlazado un brazo en uno de los de Mr. Severn, y discutían por encima de él. Llegaron a Shaftesbury Avenue, dieron media vuelta y volvieron a recorrer Wardour Street. -Te juro que está en esta calle erijo Heather-. El «JimJam». ¿No has oído hablar nunca de él? -¿Estás segura? -dijo Mr. Severn. -Claro que lo estoy. Está en la acera de la izquierda. No sé cómo, pero debemos haberlo dejado atrás. -Bueno, pues yo estoy harta de caminar arriba y abajo buscándolo -dijo Maidie-. Además, es un agujero cochambroso. No tengo ningún interés especial en ir, ¿y tú? -Tampoco -dijo Mr. Severn. -Ahí está erijo Heather-. Hemos pasado dos veces por delante. Le han cambiado el nombre, eso es lo que ocurría. Subieron por una estrecha escalera de piedra y en el primer rellano un hombre de cara cetrina salió de detrás de unas cortinas corridas y les lanzó una mirada asesina. Heather sonrió. -Buenas tardes, Mr. Johnson. He traído a un par de amigos conmigo. -¿Son tres? Eso serán catorce chelines. -¿No costaba media corona la entrada? -dijo Maidie tan agresivamente que Mr. Johnson la miró con sorpresa y explicó: -Esta noche es especial. -En cualquier caso, esa orquesta es una mierda -observó Maidie cuando entraron en la sala. Una mujer anciana con gafas de aro de acero atendía el mostrador. El mulato que tocaba el saxofón se inclinó hacia delante y gritó alegremente. -Tocan tan fatal -dijo Maidie cuando el grupo se sentó a una mesa que estaba junto a la pared- que cualquiera diría que lo hacen a propósito. -Deja ya de gruñir -dijo Heather-. El resto de la gente no está de acuerdo contigo. Este sitio se llena todas las noches. Además, ¿por qué tendrían que tocar bien? ¿Importa mucho? -Ajá -dijo Mr. Severn. -Si quieres saber mi opinión, me importa un comino. La gente habla sin saber lo que dice. -Exacto -dijo Mr. Severn-. Todo es una ilusión. Una botella de cerveza de jengibre -pidió al camarero. -Tenemos que tomarnos una botella de whisky -dijo Heather-, si a ti no te importa. ¿Verdad que no? -Claro, claro, nena -dijo Mr. Severn-. Sólo estaba bromeando... Una botella de whisky -le dijo al camarero. -¿Les importa pagar ahora? -preguntó el camarero cuando les llevó la botella. -¡Qué caro! -dijo Maidie frunciéndole el ceño osadamente al camarero-. Qué más da, me parece que en cuanto le haya pegado unos tragos me habré olvidado de todos mis problemas. Heather hizo un puchero con los labios: -A mí muy poquito. -Bien, vamos a emborracharnos -dijo Mr. Severn-. Toquen Dinah -le gritó a la orquesta. El saxofón le miró y le dirigió una sonrisa disimulada. No lo vio nadie más. -Siéntese y tome un trago, ¿no? -le dijo Heather a Mr. Johnson cogiéndole de la manga cuando pasaba junto a la mesa. Pero él le respondió altivamente: -Lo siento, pero creo que en este momento no puedo -y siguió su camino. -Es curiosa la actitud de esta gente con la bebida -observó Maidie-. Primero te hacen beber todo lo que pueden y luego se ríen a tus espaldas por haber bebido tanto. Pero por otro lado, si tratas de dejar de beber y no pides nada, ;e comportan con la mayor grosería. Sí, pueden llegar a ser muy groseros. La otra noche fui a un sitio donde tocan música, el International Café. Pedí un whisky y me lo bebí bastante aprisa porque tenía sed y estaba triste y todo eso. Entonces pensé que tenía ganas de escuchar música -allí no tocan tan mal, dicen que son húngaros- y de repente un camarero empieza a gritar: «Vamos a cerrar. Ultima copa.» «¿Puede darme un poco de agua?», le dije. «No estoy aquí para servirle agua», dijo él. «Aquí no se viene a beber agua», me dijo, así, sencillamente. Y a gritos. Todo el mundo se quedó mirándome. -¿Y qué esperabas? -dijo Heather-. ¡Pedir agua! No tienes ni el más mínimo sentido común. No, no quiero más, gracias -dijo poniendo la mano sobre el vaso. -¿No confías en mí? -preguntó Mr. Severn, con una sonrisa concupiscente. -No confío en nadie. ¿Por qué? Pues, porque no quiero que me den ningún chasco. -Esta chica es el colmo de la sofisticación -dijo Maidie. -Prefiero ser sofisticada que tan condenadamente fácil de convencer como tú -replicó Heather-. ¿Verdad que no te importa que me levante un momento para hablar con unos amigos que he visto allí? -Admirable -dijo Mr. Severn mientras la miraba cruzar la sala-. Admirable. Desdeñosa, elegante y además con una gota de sangre negra, si no me equivoco. Precisamente mi tipo. Uno de mis tipos. ¿Cómo es que no...? Ah, ya lo tengo. Sacó un lápiz amarillo del bolsillo y empezó a escribir en el mantel: Fotos, fotos, fotos... Caras, caras, caras... De hiena, de cerdo, de cabra, de mono, de loro. Pero no de tigre, porque los tigres son más hermosos, ¿no crees?, como dice Hans. -Tienen un lavabo de señoras precioso -estaba diciendo Maidie-. He estado charlando con la mujer; es amiga mía. La ventana estaba abierta y daba la sensación de que la calle estuviera fría y pacífica. Por eso he tardado tanto. -¿No te parece que Londres cada día es un sitio más raro? -dijo Mr. Severn con voz velada-. ¿Ves esa mujer alta que está allí, la del traje de noche con el escote en la espalda? Desde luego, tengo mi propia teoría sobre los trajes de noche con escote en la espalda, pero no es el momento de exponerla. Bien, pues, ese pastelíto tiene que estar en Brixton mañana por la mañana a las nueve y cuarto para dar una clase de música. Y su mayor ambición es conseguir un puesto de camarera en un transatlántico que haga la ruta de Sudáfrica. -Bueno, ¿y qué tiene eso de malo? -dijo Maidie. -Nada, pensaba solamente que es un poco contradictorio. No importa. ¿Y ves a esa pareja que está en el mostrador, esa encantadora pareja de negros? Pues cuando estaba a su lado, esperando que me dieran otra copa, trabé conversación con ellos. El hombre me cayó simpático, así que les pedí que vinieran a mi casa algún día. Cuando les di mis señas la chica preguntó inmediatamente, «¿Eso cae en Mayfair, no?». «Por Dios Santo, no. Está en el más oscuro y cochambroso rincón de Bloomsbury.» «No he venido a Londres para visitar barrios bajos», dijo ella con el más perfecto, cuidado, punzante, claro y destructor acento inglés. Luego me dio la espalda y se llevó al hombre al otro extremo del mostrador. -Las chicas siempre lo captan todo en seguida -afirmó Maidie. -¿Te refieres al clima social de una ciudad? -dijo Mr. Severn-. Sí, imagino que sí. Pero hay hombres que tampoco son precisamente lentos. Bien, bien, los tigres son más hermosos, ¿no crees? -Parece que no te ha estado yendo del todo mal con el whisky, ¿eh? -dijo Maidie algo incómoda-. ¿De qué tigres estás hablando? Mr. Severn volvió a dirigirse a la orquesta a voz en grito: -Toquen Dinah. Estoy harto de esa condenada canción que insisten en tocar. Todo el rato la misma. No me van a engañar. Toquen Dinah, como ella no hay ninguna. Esa sí que es una buena canción de las de antes. -No grites tanto -dijo Maidie-. Aquí no les gusta que te pongas a gritar. ¿No ves cómo te está mirando Johnson? -Que mire. -Cállate. Ahora nos manda un camarero a advertirnos. -En este local se prohibe pintar dibujos obscenos en los manteles -dijo el camarero al acercarse. -Váyase al infierno -dijo Mr. Severn-. ¿De qué dibujos obscenos está hablando? Maidie le dio un codazo y sacudió violentamente la cabeza en sentido negativo. El camarero quitó el mantel y les llevó otro limpio. Mientras lo alisaba hizo un gesto serio y lanzó una mirada severa a Mr. Severn: -En este local se prohibe pintar toda clase de dibujos en los manteles -dijo. -Pintaré todo lo que me dé la gana dijo Mr. Severn en tono desafiante. E inmediatamente dos hombres le agarraron del cuello y le empujaron hacia la puerta. -Déjenle en paz erijo Maidie-. No ha hecho nada. Son ustedes unos gallinas. -Calma, calma -dijo Mr. Johnson, sudoroso-. No hace falta hacerlo así. Os he dicho siempre que no os propaséis. Cuando le arrastraban frente al mostrador Mr. Severn vio a Heather que miraba la escena con ojos lagrimosos y desaprobadores y su rostro alargado por la sorpresa. Mr. Severn le dirigió una horrible mueca. -¡Dios mío! -dijo Heather, y apartó la mirada-. ¡Dios mío! Fueron solamente cuatro los hombres que les empujaron escaleras abajo, pero cuando llegaron a la calle parecía que fueran catorce, y todos aullaban y les abucheaban. «Vamos a ver, ¿quiénes son todos estos?», pensó Mr. Severn. Entonces alguien le golpeó. El hombre que le había golpeado era exactamente igual al camarero que había cambiado el mantel de su mesa. Mr. Severn le devolvió el golpe con toda su fuerza y el camarero, si es que era el camarero, cayó tropezando contra la pared y se desplomó lentamente hasta el suelo. «Le he derribado», pensó Mr. Severn. «¡Le he derribado!» -¡Jiú-jú! -chilló imitando al cazador de zorros-. ¿Cuánto ofrecen por la yegua mansa? El camarero se levantó, dudó un momento, se lo pensó dos veces, dio media vuelta y en lugar de darle a él le pegó a Maidie. -Cierra el pico, maldita ramera -dijo alguien cuando ella se puso a blasfemar, y le dio una patada. Tres hombres cogieron a Mr. Severn, le arrastraron hasta la calzada y le dejaron tendido en medio de Wardour Street. Y allí se quedó, muy mareado, escuchando los gritos de Maidie. Para él la pelea había terminado. -¡Calla ya! -gritaba la gente alrededor de ella. Pero luego se abrió el corro para dar paso, servil y respetuosamente, a dos policías. -¡Eh, carabobos! -chilló Maidie desafiante-. ¡Desgraciados! Yo no estaba haciendo nada. El tipo ese me ha tirado de un tortazo. ¿Cuánto os paga Johnson cada semana por hacer esto? Mr. Severn se levantó, pero seguía sintiéndose muy mareado. Oyó una voz: -Ha sido ése. Ese de ahí. Fue él quien empezó todo el jaleo. Dos policías le cogieron por los brazos y le hicieron caminar. Maidie, también entre dos policías, marchaba delante, llorando. Cuando pasaron por Picadilly Circus, vacía y desolada, Maidie gimió: -He perdido un zapato. Tengo que volver a recogerlo. No puedo andar sin él. El más viejo de los policías parecía querer forzarla a seguir, pero el más joven se detuvo, recogió el zapato y se lo dio con una mueca sonriente. «¿Por qué tiene que llorar?», pensó Mr. Severn. -Hola, Maidie. Anímate. Anímate, Maidie -le gritó. -A callar -dijo uno de sus policías. Pero cuando llegaron a la comisaría Maidie ya había dejado de llorar, según comprobó con satisfacción Mr. Severn. Maidie se empolvó la cara y empezó a discutir con el sargento que estaba sentado a la mesa. -¿Quiere que la vea un médico? -le dijo el sargento. -Desde luego que sí. Es escandaloso, verdaderamente escandaloso. -¿Quiere también usted que le vea un médico? -preguntó el sargento, fríamente educado, mirando a Mr. Severn. -¿Por qué no? -contestó Mr. Severn. Maidie volvió a empolvarse la cara y gritó: -Dios salve a Irlanda. Al diablo todos los soplones y todos los payasos y compañía. «Solía decirlo mi padre», dijo por encima del hombro cuando la soltaron. En cuanto le encerraron en una celda, Mr. Severn se tumbó en el catre y se quedó dormido. Cuando le despertaron para que le viera el médico ya estaba completamente sobrio. -¿Qué hora es? -preguntó el médico. ¡Con un reloj enci ma de su cabeza, el muy tonto! Mr. Severn contestó fríamente: -Las cuatro y cuarto. -Camine en linea recta. Cierre los ojos y apóyese en un solo pie -le pidió el médico, y el policía que contemplaba su exhibición soltó una vaga sonrisilla burlona, como los colegiales cuando el maestro castiga a un chico de los que no despiertan simpatías. Cuando regresó a su celda Mr. Severn no consiguió dormir. Se tumbó, estuvo mirando el asiento del inodoro y pensó que al día siguiente tendría un ojo morado. En su cabeza seguían girando atormentadoramente palabras y frases sin sentido. Leyó las inscripciones de las mugrientas paredes: «Asegúrate de que tus pecados sabrán dónde encontrarte. B. Lewis.» «Annie es una buena chica, una de las mejores, y no me importa que lo sepa todo el mundo. (firmado) Charlie S.» Otro había escrito: «Dios mío, sálvame, que perezco.» Y debajo, «sos, sos, sos (firmado) G.R.» «Muy apropiado», pensó Mr. Severn. Sacó su lápiz del bolsillo y escribió, «sos, sos, sos (firmado) N.S.», y puso la fecha. Luego se tendió de cara a la pared y, a la altura de sus ojos, leyó, «Morí esperando». Mientras permanecía sentado en la furgoneta de la prisión, antes de que partiera el vehículo, oyó que alguien silbaba The Londonderry Air, y una chica que hablaba y bromeaba con los policías. Tenía una voz grave y suave. Inmediatamente se le ocurrió la palabra que mejor la describía: una voz sexy. «Sexo, sexy», pensó. «¡Qué palabra tan ridícula! ¡Qué saldo!» «Lo que hace falta -decidió- es un montón de palabras nuevas, de palabras que signifiquen algo. Ahora sólo hay una palabra que significa algo, muerte; y además, para ello tiene que ser mi propia muerte. Tu muerte no significa gran cosa.» -Ah, si fuera un pájaro y tuviese alas -dijo la chica-, podría escapar volando... -Y quizás te derribarían de un tiro -contestó uno de los policías. «Debo estar soñando», pensó Mr. Severn. Trató de localizar la voz de Maidie, pero no volvió a oírla. Entonces la furgoneta se puso en marcha. El viaje hasta Bow Street le pareció muy largo. En cuanto salió de la furgoneta vio a Maidie, que tenía aspecto de haberse pasado la noche llorando. Ella se llevó la mano al cabello como para disculparse. -Me dejaron sin el bolso. Es horrible. «Ojalá hubiese sido Heather», pensó Mr. Severn. Trató de sonreír de manera agradable. «Pronto habrá terminado todo esto, basta con que nos declaremos culpables.» Y todo terminó rápidamente. El magistrado apenas les miró, pero por motivos que él debía saber, les multó a cada uno con treinta chelines, lo cual suponía que tenían que telefonear a algún amigo, conseguir que un mensajero especial se presentara con el dinero, y soportar una espera interminable. Eran ya las doce y media cuando por fin salieron a la. calle. Maidie permaneció quieta un momento, vacilante, y con peor aspecto que nunca bajo aquella luz lívida y amarillenta. Mr. Severn llamó a un taxi y se ofreció a llevarla a su casa. Era lo mínimo que podía hacer, pensó. Y también lo máximo. -¡Qué ojo te han dejado! -dijo Maidie-. ¿Duele mucho? -Ahora no me duele nada. Me siento asombrosamente bien. El whisky debía ser bueno. Maidie se miró en el espejo partido de su bolso. -¿Verdad que tengo un aspecto terrible yo también? De todos modos, no tiene remedio. No consigo nunca arreglarme la cara cuando llego a estos extremos. -Lo siento. -Me sentía muy mal por culpa del tortazo y la patada que me dio aquel tipo, y luego por la forma que tuvo el doctor de preguntarme cuántos años tenía. «Esta mujer está muy borracha», dijo. Pero no lo estaba, ¿verdad que no?... Bueno, y cuando volví a mi celda, lo primero que vi fue mi nombre escrito allí. ¡Dios, qué susto me llevé! Gladys Reilly, así es como me llamo en realidad. Maidie Richards me lo he inventado yo. Y mi nombre me miraba cara a cara desde la pared: «Gladys Reilly, 15 de octubre de 1934... ». Además, detesto que me encierren. Cada vez que pienso en la gente a la que encierran para muchos años me estremezco de pies a cabeza. -Ya erijo Mr. Severn-. A mí me pasa lo mismo. Morí esperando. -Yo preferiría morir deprisa, ¿y tú? -También. -No conseguía dormir y todo el rato estaba acordándome del doctor cuando me dijo de aquella manera, «¿Cuántos años tiene usted?», y todos los policías se partían de risa como si fuera un chiste. Supongo que no se divierten mucho por lo general. Por eso cuando volví no podía parar de llorar. Y cuando me he despertado me había desaparecido el bolso. La vigilante me prestó un peine. No era tan antipática. Pero estoy harta... ¿Recuerdas la habitación en la que estaba esperándote mientras telefoneabas pidiendo dinero? -dijo Maidie-. Había una chica preciosa. -¿Ah sí? -Sí, una chica muy morena, bastante parecida a Dolores del Río, pero más joven. Pero no son las bonitas las que triunfan..., oh no, todo lo contrario. Esa chica, por ejemplo. No hubiera podido ser más bonita; era encantadora. E iba vestida maravillosamente bien, con una chaqueta y una falda negras, y una blusa blanca encantadoramente limpia y un sombrerito blanco y unas medias y unos zapatos encantadores. Pero estaba asustada. Estaba tan asustada que temblaba de pies a cabeza. No sé muy bien cómo, pero se adivinaba que no va a ser capaz de soportar las cosas. No, no basta con ser bonita... Y había otra, una con las piernas grandes y peludas y sin medias, sólo sandalias. Creo que las mujeres que tienen pelos en las piernas tendrían que ponerse medias, ¿no crees? O hacer algo para arreglarlo. Pero no, ella no hacía más que reír y bromear, y se notaba que sería capaz de superar todo lo que le cayese encima. Tenía una cara grande, roja y cuadrada, y las piernas esas tan peludas. Pero le importaba todo un rábano. -Quizás la lave consista en ser sofisticada -sugirió Mr. Severn-, como tu amiga Heather. -Oh, ella... Tampoco conseguirá arreglárselas. Es demasiado ambiciosa, quiere demasiadas cosas. Es tan punzante que acaba pinchándose a sí misma, podríamos decir... No, la clave no está en ser bonita ni en ser sofisticada. Más bien en... adaptarse. Precisamente eso. Y no sirve de nada querer adaptarse, hay que haber nacido con esa mentalidad. -Está clarísimo erijo Mr. Severn. Adaptarse al cielo lívido, a las casas feas, a los policías burlones, a los letreros de los escaparates de las tiendas. -También hay que ser joven. Hay que ser joven y capaz de disfrutar una experiencia como ésta..., más joven que nosotros -dijo Maidie cuando el taxi aparcaba. Mr. Severn se quedó mirándola, demasiado escandalizado para poder enfadarse. -Bien, adiós. -Adiós -dijo Mr. Severn dirigiéndole una mirada negra e ignorando la mano que ella le tendía. «Más joven que nosotros», ¡sin duda! Doscientos noventa y seis pasos por Coptic Street. Ciento veinte tras doblar la esquina. Cuarenta escalones hasta su piso. Doce pasos una vez dentro. Dejó de contar. Su sala de estar tenía buen aspecto, pensó, a pesar de los periódicos arrugados. Era uno de sus mejores momentos: la luz era perfecta, aquella suma de colores y formas incoherentes se convertía en un todo que incluía la pared de ladrillos blanco-amarillentos en la que estaban sentadas algunas palomas del Museo Británico, el tubo de desagüe plateado, las chimeneas de las más fantásticas formas imaginables, redondas, cuadradas, en punta, ésa tan especial con un misterioso agujero en medio a través del que te miraba el cielo gris acerado, los árboles solitarios, y todo ello enmarcado por las cortinas de hule plateado (fue idea de Hans), y después, girando la cabeza, vio las xilografías de Amsterdam, los sillones tapizados de zaraza y el jarrón con las flores marchitas reflejados en el largo espejo. Un caballero anciano con sombrero de fieltro y bastón cruzó frente a la ventana. Se detuvo, se quitó el sombrero y el abrigo y, poniendo en equilibrio su bastón sobre la punta de la nariz, dio unos pasos adelante y atrás, expectante. No ocurrió nada. Nadie pensó que el espectáculo valiera un solo penique. Volvió a ponerse el abrigo y el sombrero y, llevando el bastón de forma respetable, desapareció doblando la esquina. Y mientras lo hacía también desaparecieron las frases atormentadoras: «¿Quién va a pagar? ¿Les importa pagar ahora? Morí esperando. Morí esperando. (¿O decía morí odiando?) Solía decirlo mi padre. Fotos, fotos, fotos. También hay que ser joven. Pero los tigres son más hermosos, ¿no crees? SOS, SOS, SOS. Si fuera un pájaro y tuviese alas podría escapar volando, ¿no es cierto? Y quizás te derribarían de un tiro. Pero los tigres son más hermosos, ¿no crees? Hay que ser más joven, más joven que nosotros...» Otras frases, suaves y rápidas, las desplazaron. Lo importante es el ritmo, la cadencia de la frase. Ya estaba. Se miró a los ojos en el espejo, luego se sentó a la máquina y con gran aplomo tecleó, «JUBILEO...».

miércoles, 15 de octubre de 2008

Salarrué Salvador Salazar Arrué(el Salvador, 1899-1975)

Semos Malos
Loyo Cuestas y su «cipote» hicieron un «arresto», y se «jueron» para Honduras con el fonógrafo. El viejo cargaba la caja en la bandolera; el muchacho, la bolsa de los dis­cos y la trompa achaflanada, que tenía la forma de una gran campánula; flor de «lata» monstruosa que «perjumaba» con música.
-Dicen quen Honduras abunda la plata.
-Sí, tata, y por ái no conocen el fonógrafo, dicen...
-Apurá el paso, vos; ende que salimos de Metapán trés choya.
-¡Ah!, es que el cincho me viene jodiendo el lomo.
-Apechálo, no siás bruto.
«Apiaban» para sestear bajo los pinos chiflantes y odoríferos. Calentaban café con ocote. En el bos­que de «zunzas», las «taltuzás» comían sentaditas, en un silencio nervioso. Iban llegando al Chamelecón salvaje. Por dos veces «bían» visto el rastro de la culebra «carretía», angostito como «fuella» de «pial». Al «sesteyo», mientras masticaban las tortillas y el queso de Santa Rosa, ponían un «fostró». Tres días estuvieron andando en lodo, atascado hasta la rodilla. El chico lloraba, el «tata» maldecía y se «reiba» sus ratos.
El cura de Santa Rosa había aconsejado a Goyo no dormir en las galeras, porque las pandillas de ladrones rondaban siempre en busca de «pasantes». Por eso, al crepúsculo, Goyo y su hijo se internaban en la montaña; limpiaban un puestecito al pie «diún palo» y pasaban allí la noche, oyendo cantar los «chiquirines», oyendo zumbar los zancudos «culuazul», enormes como arañas, y sin atreverse a resollar, temblando de frío y de miedo.
-¡Tata: brán tamagases?...
-Nóijo, yo ixaminé el tronco cuando anochecía y no tiene cuevas.
-Si juma, jume bajo el sombrero, tata. Si miran la brasa, nos hallan.
-Sí, hombre, tate tranquilo. Dormite.
-Es que currucado no me puedo dormir luego.
-Estírate, pué...
-No puedo, tata, mucho yelo...
-¡A la puerca, con vos! Cuchuyate contra yo, pué...
Y Goyo Cuestas, que nunca en su vida había hecho una caricia al hijo, lo recibía contra su pestífero pecho, duro como un «tapexco»; y rodeándolo con ambos brazos, lo calentaba hasta que se le dormía encima, mientras él, con la cara «añudada» de resignación, esperaba el día en la punta de cualquier gallo lejano. Los primeros «clareyos» los hallaban allí, medio congelados, adoloridos, amodorrados de cansancio; con las feas bocas abiertas y babosas, semiarremangados en la «manga» rota, sucia y rayada como una cebra.
Pero Honduras es honda en el Chamelecón. Honduras es honda en el silencio de su montaña bárbara y cruel; Honduras es honda en el misterio de sus terribles serpientes, jaguares, insectos, hombres... Hasta el Chamelecón no llega su ley; hasta allí no llega su justicia. En la región se deja -como en los tiempos primitivos- tener buen o mal corazón a los hombres y a las otras bestias; ser crueles o magnánimos, matar o salvar a libre albedrío. El derecho es claramente del más fuerte.

Los cuatro bandidos entraron por la palizada y se sentaron luego en la plazoleta del rancho, aquel rancho náufrago en el cañaveral cimarrón. Pusieron la caja en medio y probaron a conec­tar la bocina. La luna llena hacía saltar «chingastes» de plata sobre el artefacto. En la mediagua y de una viga, pendía un pedazo de venado «olisco».
-Te dijo ques fológrafo.
-¿Vos bis visto cómo lo tocan?
-iAjú!... En los bananales los ei visto...
-¡Yastuvo!...
La trompa trabó. El bandolero le dio cuerda, y después, abriendo la bolsa de los discos, los hizo salir a la luz de la luna como otras tantas lunas negras.
Los bandidos rieron, como niños de un planeta extraño. Tenían los «blanquiyos» manchados de algo que parecía lodo, y era sangre. En la barranca cercana, Goyo y su «cipote» huían a pedazos en los picos de los «zopes»; los armadillos habíanles ampliado las heridas. En una masa de arena, sangre, ropa y silencio, las ilusiones arrastradas desde tan lejos, quedaban abonadas tal vez para un sauce, tal vez para un pino...
Rayó la aguja, y la canción se lanzó en la brisa tibia como una cosa encantada. Los cocales pararon a lo lejos sus palmas y escucharon. El lucero grande parecía crecer y decrecer, como si colgado de un hilo lo remojaran subiéndolo y bajándolo en el agua tranquila de la noche.
Cantaba un hombre de fresca voz, una canción triste, con guitarra.
Tenía dejos llorones, hipos de amor y de grandeza. Gemían los bajos de la guitarra, suspirando un deseo; y desesperada, la «prima» lamentaba una injusticia.
Cuando paró el fonógrafo, los cuatro asesinos se miraron. Suspiraron...
Uno de ellos se echó a llorar en la «manga». El otro se mordió los labios. El más viejo miró al suelo «barrioso», donde su sombra le servía de asiento, y dijo después de pensarlo muy duro:
-Semos malos.
Y lloraron los ladrones de cosas y de vidas, como niños de un planeta extraño.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Thomas Mann( Alemania,1875 – 1955)


La muerte 10 de septiembre Por fin ha llegado el otoño; el verano no retornará. Jamás volveré a verlo... El mar está gris y tranquilo, y cae una lluvia fina, triste. Cuando lo vi esta mañana, me despedí del verano y saludé al otoño, al número cuarenta de mis otoños, que al fin ha llegado, inexorable. E inexorablemente traerá consigo aquel día, cuya fecha a veces recito en voz baja, con una sensación de recogimiento y terror íntimo... 12 de septiembre He salido a pasear un poco con la pequeña Asunción. Es una buena compañera, que calla y a veces me mira alzando hacia mí sus ojos grandes y llenos de cariño. Hemos ido por el camino de la playa hacia Kronshafen, pero dimos la vuelta a tiempo, antes de habernos encontrado a más de una o dos personas. Mientras volvíamos me alegró ver el aspecto de mi casa. ¡Qué bien la había escogido! Desde una colina, cuya hierba se hallaba ahora muerta y húmeda, miraba el mar de color gris. Sencilla y gris es también la casa. Junto a la parte posterior pasa la carretera, y detrás hay campos. Pero yo no me fijo en eso; miro sólo el mar. 15 de septiembre Esa casa solitaria sobre la colina cercana al mar y bajo el cielo gris es como una leyenda sombría, misteriosa, y así es como quiero que sea en mi último otoño. Pero esta tarde, cuando estaba sentado ante la ventana de mi estudio, se presentó un coche que traía provisiones; el viejo Franz ayudaba a descargar, y hubo ruidos y voces diversas. No puedo explicar hasta qué punto me molestó esto. Temblaba de disgusto, y ordené que tal cosa se hiciera por la mañana, cuando yo duermo. El viejo Franz dijo sólo: "Como usted disponga, señor Conde", pero me miró con sus ojos irritados, expresando temor y duda. ¿Cómo podría comprenderme? Él no lo sabe. No quiero que la vulgaridad y el aburrimiento manchen mis últimos días. Tengo miedo de que la muerte pueda tener algo aburguesado y ordinario. Debe estar a mi alrededor arcana y extraña, en aquel día grande, solemne, misterioso, del doce de octubre... 18 de septiembre Durante los últimos días no he salido, sino que he pasado la mayor parte del tiempo sobre el diván. No pude leer mucho, porque al hacerlo todos mis nervios me atormentaban. Me he limitado a tenderme y a mirar la lluvia que caía, lenta e incansable. Asunción ha venido a menudo, y una vez me trajo flores, unas plantas escuálidas y mojadas que encontró en la playa; cuando besó a la niña para darle las gracias, lloró porque yo estaba "enfermo". ¡Qué impresión indeciblemente dolorosa me produjo su cariño melancólico! 21 de septiembre He estado mucho tiempo sentado ante la ventana del estudio, con Asunción sobre mis rodillas. Hemos mirado el mar, gris e inmenso, y detrás de nosotros en la gran habitación de puerta alta y blanca y rígidos muebles reinaba un gran silencio. Y mientras acariciaba lentamente el suave cabello de la criatura, negro y liso, que cae sobre sus hombros, recordé mi vida abigarrada y variada; recordé mi juventud, tranquila y protegida, mis vagabundeos por el mundo y la breve y luminosa época de mi felicidad. ¿Te acuerdas de aquella criatura encantadora y de ardiente cariño, bajo el cielo de terciopelo de Lisboa? Hace doce que te hizo el regalo de la niña y murió, ciñendo tu cuello con su delgado brazo. La pequeña Asunción tiene los ojos negros de su madre; sólo que más cansados y pensativos. Pero sobre todo tiene su misma boca, esa boca tan infinitamente blanda y al mismo tiempo algo amarga, que es más bella cuando guarda silencio y se limita a sonreír muy levemente. ¡Mi pequeña Asunción!, si supieras que habré de abandonarte. ¿Llorabas porque me creías "enfermo"? ¡Ah! ¿Qué tiene que ver eso? ¿Qué tiene que ver eso con el de octubre...? 23 de septiembre Los días en que puedo pensar y perderme en recuerdos son raros. Cuántos años hace ya que sólo puedo pensar hacia delante, esperando sólo este día grande y estremecedor, el doce de octubre del año cuadragésimo de mi vida. ¿Cómo será? ¿Cómo será? No tengo miedo, pero me parece que se acerca con una lentitud torturante, ese doce octubre. 27 de septiembre El viejo doctor Gudehus vino de Kronshafen; llegó en coche por la carretera y almorzó con la pequeña Asunción y conmigo. -Es necesario -dijo, mientras se comía medio pollo- que haga usted ejercicio, señor Conde, mucho ejercicio al aire libre. ¡Nada de leer! ¡Nada de cavilar! Me temo que es usted un filósofo, ¡je, je! Me encogí de hombros y le agradecí cordialmente sus esfuerzos. También dio consejos referentes a la pequeña Asunción, contemplándola con su sonrisa un poco forzada y confusa. Ha tenido que aumentar mi dosis de bromuro; quizás ahora podré dormir un poco mejor. 30 de septiembre -¡El último día de septiembre! Ya falta menos, ya falta menos. Son las tres de la tarde, y he calculado cuántos minutos faltan aún hasta el comienzo del doce de octubre. Son 8,460. No he podido dormir esta noche, porque se ha levantado el viento, y se oye el rumor del mar y de la lluvia. Me he quedado echado, dejando pasar el tiempo. ¿Pensar, cavilar? ¡Ah, no! El doctor Gudehus me toma por un filósofo, pero mi cabeza está muy débil y sólo puedo pensar: ¡La muerte! ¡La muerte! 2 de octubre Estoy profundamente conmovido, y en mi emoción hay una sensación de triunfo. A veces, cuando lo pensaba y me miraba con duda y temor, me daba cuenta de que me tomaban por loco, y me examinaba a mí mismo con desconfianza. ¡Ah, no! No estoy loco. Leí hoy la historia de aquel emperador Federico, al que profetizaran que moriría sub flore. Por eso evitaba las ciudades de Florencia y Florentinum, pero en cierta ocasión fue a parar en Florentinum, y murió. ¿Por qué murió? Una profecía, en sí, no tiene importancia; depende de si consigue apoderarse de ti. Mas si lo consigue, queda demostrada y por lo tanto se cumplirá. ¿Cómo? ¿Y por qué una profecía que nace de mí mismo y se fortalece, no ha de ser tan válida como la que proviene de fuera? ¿Y acaso el conocimiento firme del momento en que se ha de morir, no es tan dudoso como el del lugar? ¡Existe una unión constante entre el hombre y la muerte! Con tu voluntad y tu convencimiento, puedes adherirte a su esfera, puedes llamarla para que se acerque a ti en la hora que tú creas... 3 de octubre Muchas veces, cuando mis pensamientos se extienden ante mí como unas aguas grisáceas, que me parecen infinitas porque están veladas por la niebla, veo algo así como las relaciones de las cosas, y creo reconocer la insignificancia de los conceptos. ¿Qué es el suicidio? ¿Una muerte voluntaria? Nadie muere involuntariamente. El abandonar la vida y entregarse a la muerte ocurre siempre por debilidad, y la debilidad es siempre la consecuencia de una enfermedad del cuerpo o del espíritu, o de ambos a la vez. No se muere antes de haberse uno conformado con la idea... ¿Estoy conforme yo? Así lo creo, pues me parece que podría volverme loco si no muriera el doce de octubre... 5 de octubre Pienso continuamente en ello, y me ocupa completamente. Reflexiono sobre cuándo y cómo tuve esta seguridad, y no me veo capaz de decirlo. A los diecinueve o veinte años ya sabía que moriría cuando tuviera cuarenta, y alguna vez que me pregunté con insistencia en qué día tendría lugar, supe también el día. Y ahora este día se ha acercado tanto, tan cerca, que me parece sentir el aliento frío de la muerte. 7 de octubre El viento se ha hecho más intenso, el mar ruge y la lluvia tamborilea sobre el tejado. Durante la noche no he dormido, sino que he salido a la playa con mi impermeable y me he sentado sobre una piedra. Detrás de mí, en la oscuridad y la lluvia, estaba la colina con la casa gris, en la que dormía la pequeña Asunción, mi pequeña Asunción. Y ante mí, el mar empujaba su turbia espuma delante de mis pies. Miré durante toda la noche, y me pareció que así debía ser la muerte o el más allá de la muerte: enfrente y fuera una oscuridad infinita, llena de un sordo fragor. ¿Sobreviviría allí una idea, un algo de mí, para escuchar eternamente el incomprensible ruido? 8 de octubre He de dar gracias a la muerte cuando llegue, pues todo se habrá cumplido tan pronto como llegue el momento en que yo ya no pueda seguir esperando. Tres breves días de otoño todavía, y ocurrirá. ¡Cómo espero el último momento, el último de verdad! ¿No será un momento de éxtasis y de indecible dulzura? ¿Un momento de placer máximo? Tres breves días de otoño aún, y la muerte entrará en mi habitación... ¿Cómo se conducirá? ¿Me tratará como a un gusano? ¿Me agarrará por la garganta para ahogarme? ¿O penetrará con su mano mi cerebro? Me la imagino grande y hermosa y de una salvaje majestad. 9 de octubre Le dije a Asunción, cuando estaba sobre mis rodillas: "¿Qué pasaría si me marchara pronto de tu lado, de algún modo? ¿Estarías muy triste?" Ella apoyó su cabecita en mi pecho y lloró amargamente. Mi garganta está estrangulada de dolor. Por lo demás, tengo fiebre. Mi cabeza arde, y tiemblo de frío. 10 de octubre ¡Esta noche estuvo aquí, esta noche! No la vi, ni la oí, pero a pesar de eso hablé con ella. Es ridículo, pero se comportó como un dentista: "Es mejor que acabemos pronto", dijo. Pero yo no quise y me defendí; la eché con unas breves palabras. "¡Es mejor que acabemos pronto!" ¡Cómo sonaban esas palabras! Me sentí traspasado. ¡Qué cosa más indiferente, aburrida, burguesa! Nunca he conocido un sentimiento tan frío y sardónico de decepción. 11 de octubre (a las 11 de la noche) ¿Lo comprendo? ¡Oh! ¡Créanme, lo comprendo! Hace una hora y media estaba yo en mi habitación y entró el viejo Franz; temblaba y sollozaba. -¡La señorita -exclamó-. ¡La niña! ¡Por favor, venga en seguida! Y yo fui en seguida. No lloré, y sólo me sacudió un frío estremecimiento. Ella estaba en su camita, y su cabello negro enmarcaba su pequeño rostro, pálido y doloroso. Me arrodillé junto a ella y no pensé nada ni hice nada. Llegó el doctor Gudehus. -Ha sido un ataque cardíaco -dijo, moviendo la cabeza como uno que no está sorprendido. ¡Ese loco rústico hacía como si de veras hubiera sabido algo! Pero yo, ¿he comprendido? ¡Oh!, cuando estuve solo con ella -afuera rumoreaban la lluvia y el mar, y el viento gemía en la chimenea-, di un golpe en la mesa, tan clara me iluminó la verdad un instante. Durante veinte años he llamado la muerte al día que comenzará dentro de una hora, y en mí, muy profundamente, había algo que siempre supo que no podría abandonar a esta niña. ¡No hubiera podido morir después de esta medianoche; sin embargo, así debía ocurrir! Yo hubiera vuelto a rechazarla cuando se hubiera presentado: pero ella se dirigió antes a la niña, porque tenía que obedecer a lo que yo sabía y creía. ¿He sido yo mismo quien ha llamado la muerte a tu camita, te he matado yo, mi pequeña Asunción? ¡Ah, las palabras son burdas y míseras para hablar de cosas tan delicadas, misteriosas! ¡Adiós, adiós! Quizá yo encuentre allí afuera una idea, un algo de ti. Pues mira: la manecilla del reloj avanza, y la lámpara que ilumina tu dulce carita no tardará en apagarse. Mantengo tu mano, pequeña y fría, y espero. Pronto se acercará ella a mí, y yo no haré más que asentir con la cabeza y cerrar los ojos, cuando la oiga decir: -Es mejor que acabemos pronto...

martes, 20 de mayo de 2008

jorge luis borges (argentina, 1899 - 1986). Cómo nace un texto / acerca de mis cuentos

Empieza por una suerte de revelación. pero uso esa palabra de un modo modesto, no ambicioso. es decir, de pronto sé que va a ocurrir algo y eso que va a ocurrir puede ser, en el caso de un cuento, el principio y el fin. en el caso de un poema, no: es una idea más general, y a veces ha sido la primera línea. es decir, algo me es dado, y luego ya intervengo yo, y quizá se echa todo a perder. en el caso de un cuento, por ejemplo, bueno, yo conozco el principio, el punto de partida, conozco el fin, conozco la meta. pero luego tengo que descubrir, mediante mis muy limitados medios, qué sucede entre el principio y el fin. y luego hay otros problemas a resolver; por ejemplo, si conviene que el hecho sea contado en primera persona o en tercera persona. luego, hay que buscar la época; ahora, en cuanto a mí "eso es una solución personal mía", creo que para mí lo más cómodo viene a ser la última década del siglo XIX. elijo "si se trata de un cuento porteño", lugares de las orillas, digamos, de palermo, digamos de barracas, de turdera. y la fecha, digamos 1899, el año de mi nacimiento, por ejemplo. porque ¿quién puede saber, exactamente, cómo hablaban aquellos orilleros muertos?: nadie. es decir, que yo puedo proceder con comodidad. en cambio, si un escritor elige un tema contemporáneo, entonces ya el lector se convierte en un inspector y resuelve: "no, en tal barrio no se habla así, la gente de tal clase no usaría tal o cual expresión." el escritor prevé todo esto y se siente trabado. en cambio, yo elijo una época un poco lejana, un lugar un poco lejano; y eso me da libertad, y ya puedo fantasear o falsificar, incluso. puedo mentir sin que nadie se dé cuenta, y sobre todo, sin que yo mismo me dé cuenta, ya que es necesario que el escritor que escribe una fábula "por fantástica que sea" crea, por el momento, en la realidad de la fábula. - acerca de mis cuentos acaban de informarme que voy a hablar sobre mis cuentos. ustedes quizás los conozcan mejor que yo, ya que yo los he escrito una vez y he tratado de olvidarlos, para no desanimarme he pasado a otros; en cambio tal vez alguno de ustedes haya leído algún cuento mío, digamos, un par de veces, cosa que no me ha ocurrido a mí. pero creo que podemos hablar sobre mis cuentos, si les parece que merecen atención. voy a tratar de recordar alguno y luego me gustaría conversar con ustedes que, posiblemente, o sin posiblemente, sin adverbio, pueden enseñarme muchas cosas, ya que yo no creo, contrariamente a la teoría de edgar allan oe, que el arte, la operación de escribir, sea una operación intelectual. `yo creo que es mejor que el escritor intervenga lo menos posible en su obra. esto puede parecer asombroso; sin embargo, no lo es, en todo caso se trata curiosamente de la doctrina clásica. lo vemos en la primera línea -yo no sé griego- de la iliada de homero, que leemos en la versión tan censurada de hermosilla: "canta, musa, la cólera de aquiles". es decir, homero, o los griegos que llamamos homero, sabía, sabían, que el poeta no es el cantor, que el poeta (el prosista, da lo mismo) es simplemente el amanuense de algo que ignora y que en su mitología se llamaba la musa. en cambio los hebreos prefirieron hablar del espíritu, y nuestra psicología contemporánea, que no adolece de excesiva belleza, de la subconsciencia, el inconsciente colectivo, o algo así. pero en fin, lo importante es el hecho de que el escritor es un amanuense, él recibe algo y trata de comunicarlo, lo que recibe no son exactamente ciertas palabras en un cierto orden, como querían los hebreos, que pensaban que cada sílaba del texto había sido prefijada. no, nosotros creemos en algo mucho más vago que eso, pero en cualquier caso en recibir algo. el zahir voy a tratar entonces de recordar un cuento mío. estaba dudando mientras me traían y me acordé de un cuento que no sé si ustedes han leído; se llama el zahir. voy a recordar cómo llegué yo a la concepción de ese cuento. uso la palabra «cuento» entre comillas ya que no sé si lo es o qué es, pero, en fin, el tema de los géneros es lo de menos. croce creía que no hay géneros; yo creo que sí, que los hay en el sentido de que hay una expectativa en el lector. si una persona lee un cuento, lo lee de un modo distinto de su modo de leer cuando busca un artículo en una enciclopedia o cuando lee una novela, o cuando lee un poema. los textos pueden no ser distintos pero cambian según el lector, según la expectativa. quien lee un cuento sabe o espera leer algo que lo distraiga de su vida cotidiana, que lo haga entrar en un mundo no diré fantástico -muy ambiciosa es la palabra- pero sí ligeramente distinto del mundo de las experiencias comunes. ahora llego a el zahir y, ya que estamos entre amigos, voy a contarles cómo se me ocurrió ese cuento. no recuerdo la fecha en la que escribí ese cuento, sé que yo era director de la biblioteca nacional, que está situada en el sur de buenos aires, cerca de la iglesia de la concepción; conozco bien ese barrio. mi punto de partida fue una palabra, una palabra que usamos casi todos los días sin darnos cuenta de lo misterioso que hay en ella (salvo que todas las palabras son misteriosas): pensé en la palabra inolvidable, unforgetable en inglés. me detuve, no sé por qué, ya que había oído esa palabra miles de veces, casi no pasa un día en que no la oiga; pensé qué raro sería si hubiera algo que realmente no pudiéramos olvidar. qué raro sería si hubiera, en lo que llamamos realidad, una cosa, un objeto -¿por qué, no?- que fuera realmente inolvidable. ese fue mi punto de partida, bastante abstracto y pobre; pensar en el posible sentido de esa palabra oída, leída, literalmente in-olvidable, inolvidable, unforgetable, unvergasselich, inouviable. Es una consideración bastante pobre, como ustedes han visto. enseguida pensé que si hay algo inolvidable, ese algo debe ser común, ya que si tuviéramos una quimera por ejemplo, un monstruo con tres cabezas, (una cabeza creo que de cabra, otra de serpiente, otra creo que de perro, no estoy seguro), lo recordaríamos ciertamente. de modo que no habría ninguna gracia en un cuento con un minotauro, con una quimera, con un unicornio inolvidable; no, tenía que ser algo muy común. al pensar en ese algo común pensé, creo que inmediatamente, en una moneda, ya que se acuñan miles y miles y miles de monedas todas exactamente iguales. todas con la efigie de la libertad, o con un escudo o con ciertas palabras convencionales. qué raro sería si hubiera una moneda, una moneda perdida entre esos millones de monedas, que fuera inolvidable. y pensé en una moneda que ahora ha desaparecido, una moneda de veinte centavos, una moneda igual a las otras, igual a la moneda de cinco o a la de diez, un poco más grande; qué raro si entre los millones, literalmente, de monedas acuñadas por el estado, por uno de los centenares de estados, hubiera una que fuera inolvidable. de ahí surgió la idea: una inolvidable moneda de veinte centavos. no sé si existen aún, si los numismáticos las coleccionan, si tienen algún valor, pero en fin, no pensé en eso en aquel tiempo. pensé en una moneda que para los fines de mi cuento tenía que ser inolvidable; es decir: una persona que la viera no podría pensar en otra cosa. luego me encontré ante la segunda o tercera dificultad... he perdido la cuenta. ¿por qué esa moneda iba a ser inolvidable? el lector no acepta la idea, yo tenía que preparar la inolvidabilidad de mi moneda y para eso convenía suponer un estado emocional en quien la ve, había que insinuar la locura, ya que el tema de mi cuento es un tema que se parece a la locura o a la obsesión. entonces pensé, como pensó edgar allan poe cuando escribió su justamente famoso poema el cuervo, en la muerte hermosa. poe se preguntó a quién podía impresionar la muerte de esa mujer, y dedujo que tenía que impresionarle a alguien que estuviese enamorado de ella. de ahí llegué a la idea de una mujer, de quien yo estoy enamorado, que muere, y yo estoy desesperado. una mujer poco memorable En ese punto hubiera sido fácil, quizás demasiado fácil, que esa mujer fuera como la perdida leonor de poe. pero no decidí mostrar a esa mujer de un modo satírico, mostrar el amor de quien no olvidará la moneda de veinte centavos como un poco ridículo; todos los amores lo son para quien los ve desde afuera. entonces, en lugar de hablar de la belleza del love splendor, la convertí en una mujer bastante trivial, un poco ridícula, venida a menos, tampoco demasiado linda. Imaginé esa situación que se da muchas veces: un hombre enamorado de una mujer, que sabe por un lado que no puede vivir sin ella y al mismo tiempo sabe que esa mujer no es especialmente memorable, digamos, para su madre, para sus primas, para la mucama, para la costurera, para las amigas; sin embargo, para él, esa persona es única. eso me lleva a otra idea, la idea de que quizás toda persona sea única, y que nosotros no veamos lo único de esa persona que habla en favor de ella. yo he pensado alguna vez que esto se da en todo, si no fijémonos que en la naturaleza, o en dios (deus sirve natura, decía spinoza) lo importante es la cantidad y no la calidad. por qué no suponer entonces que hay algo, no sólo en cada ser humano sino en cada hoja, en cada hormiga, único, que por eso dios o la naturaleza crea millones de hormigas; aunque decir millones de hormigas es falso, no hay millones de hormigas, hay millones de seres muy diferentes, pero la diferencia es tan sutil que nosotros los vemos como iguales. entonces, ¿qué es estar enamorado? estar enamorado es percibir lo que de único hay en cada persona, eso único que no puede comunicarse salvo por medio de hipérboles o de metáforas. entonces por qué no suponer que esa mujer, un poco ridícula para todos, poco ridícula para quien está enamorado de ella, esa mujer muere. y luego tenemos el velorio. yo elegí el lugar del velorio, elegí la esquina, pensé en la Iglesia de la concepción, una iglesia no demasiado famosa ni demasiado patética, y luego al hombre que después del velorio va a tomar un guindado a un almacén. paga, en el cambio le dan una moneda y él distingue en seguida que hay algo en ella -hice que fuera rayada para distinguirla de las otras. él ve la moneda, está muy emocionado por la muerte de la mujer, pero al verla ya empieza a olvidarse de ella, empieza a pensar en la moneda. ya tenemos el objeto mágico para el cuento. luego vienen los subterfugios del narrador para librarse de esa que él sabe que es una obsesión. hay diversos subterfugios: uno de ellos es perder la moneda. la lleva, entonces, a otro almacén que queda un poco lejos, la entrega en el cambio, trata de no fijarse en qué esquina está ese almacén, pero eso no sirve para nada porque él sigue pensando en la moneda. luego llega a extremos un poco absurdos. por ejemplo, compra una libra esterlina con san jorge y el dragón, la examina con una lupa, trata de pensar en ella y olvidarse de la moneda de veinte centavos ya perdida para siempre, pero no logra hacerlo. hacia el final del cuento el hombre va enloqueciendo pero piensa que esa misma obsesión puede salvarlo. es decir, habrá un momento en el cual el universo habrá desaparecido, el universo será esa moneda de veinte centavos. entonces él -aquí produje un pequeño efecto literario- él, borges, estará loco, no sabrá que es borges. ya no será otra cosa que el espectador de esa perdida moneda inolvidable. y concluí con esta frase debidamente literaria, es decir, falsa: "quizás detrás de la moneda esté dios". es decir, si uno ve una sola cosa, esa cosa única es absoluta. hay otros episodios que he olvidado, quizás alguno de ustedes los recuerde. al final, él no puede dormir, sueña con la moneda, no puede leer, la moneda se interpone entre el texto y él casi no puede hablar sino de un modo mecánico, porque realmente está pensando en la moneda, así concluye el cuento. el libro de arena Bien, ese cuento pertenece a una serie de cuentos, en la que hay objetos mágicos que parecen preciosos al principio y luego son maldiciones, sucede que están cargados de horror. recuerdo otro cuento que esencialmente es el mismo y que está en mi mejor libro, si es que yo puedo hablar de mejores libros, el libro de arena. ya el título es mejor que el zahir, creo que zahir quiere decir algo así como maravilloso, excepcional. en este caso, pensé antes que nada en el título: el libro de arena, un libro imposible, ya que no puede haber libros de arena, se disgregarían. lo llamé el libro de arena porque consta de un número infinito de páginas. el libro tiene el número de la arena, o más que el presumible número de la arena. un hombre adquiere ese libro y, como tiene un número infinito de páginas, no puede abrirse dos veces en la misma. este libro podría haber sido un gran libro, de aspecto ilustre; pero la misma idea que me llevó a una moneda de veinte centavos en el primer cuento, me condujo a un libro mal impreso, con torpes ilustraciones y escrito en un idioma desconocido. necesitaba eso para el prestigio del libro, y lo llamé holy writ -escritura sagrada-, la escritura sagrada de una religión desconocida. el hombre lo adquiere, piensa que tiene un libro único, pero luego advierte lo terrible de un libro sin primera página (ya que si hubiera una primera página habría una última). en cualquier parte en la que él abra el libro, habrá siempre algunas páginas entre aquélla en la que él abre y la tapa. el libro no tiene nada de particular, pero acaba por infundirle horror y él opta por perderlo y lo hace en la biblioteca nacional. elegí ese lugar en especial porque conozco bien la Biblioteca. Así, tenemos el mismo argumento: un objeto mágico que realmente encierra horror. pero antes yo había escrito otro cuento titulado "tlön, uqbar, orbis tertius". tlön, no se sabe a qué idioma corresponde. posiblemente a una lengua germánica. uqbar surgiere algo arábigo, algo asiático. y luego, dos palabras claramente latinas: orbis tertius, mundo tercero. la idea era distinta, la idea es la de un libro que modifique el mundo. yo he sido siempre lector de enciclopedias, creo que es uno de los géneros literarios que prefiero porque de algún modo ofrece todo de manera sorprendente. recuerdo que solía concurrir a la biblioteca nacional con mi padre; yo era demasiado tímido para pedir un libro, entonces sacaba un volumen de los anaqueles, lo abría y leía. encontré una vieja edición de la enciclopedia británica, una edición muy superior a las actuales ya que estaba concebida como libro de lectura y no de consulta, era una serie de largas monografías. recuerdo una noche especialmente afortunada en la que busqué el volumen que corresponde a la d-l, y leí un artículo sobre los druidas, antiguos sacerdotes de los celtas, que creían -según césar- en la transmigración (puede haber un error de parte de césar). leí otro artículo sobre los drusos del asia menor, que también creen en la transmigración. luego pensé en un rasgo no indigno de kafka: dios sabe que esos drusos son muy pocos, que los asedian sus vecinos, pero al mismo tiempo creen que hay una vasta población de drusos en la china y creen, como los druidas, en la transmigración. eso lo encontré en aquella edición, creo que el año 1910, y luego en la de 1911 no encontré ese párrafo, que posiblemente soñé; aunque creo recordar aún la frase chinese druses -drusos chinos- y un artículo sobre dryden, que habla de toda la triste variedad del infierno, sobre el cual ha escrito un excelente libro el poeta eliot; eso me fue dado en una noche. y como siempre he sido lector de enciclopedias, reflexioné -esa reflexión es trivial también, pero no importa, para mí fue inspiradora- que las enciclopedias que yo había leído se refieren a nuestro planeta, a los otros, a los diversos idiomas, a sus diversas literaturas, a las diversas filosofías, a los diversos hechos que configuran lo que se llama el mundo físico. ¿por qué no suponer una enciclopedia de un mundo imaginario? Una enciclopedia imaginaria Esa enciclopedia tendría el rigor que no tiene lo que llamamos realidad. dijo chesterton que es natural que lo real sea más extraño que lo imaginado, ya que lo imaginado procede de nosotros, mientras que lo real procede de una imaginación infinita, la de dios. bueno, vamos a suponer la enciclopedia de un mundo imaginario. ese mundo imaginario, su historia, sus matemáticas, sus religiones, las herejías de esas religiones, sus lenguas, las gramáticas y filosofías de esas lenguas, todo, todo eso va a ser más ordenado, es decir, más aceptable para la imaginación que el mundo real en el que estamos tan perdidos, del que podemos pensar que es un laberinto, un caos. podemos imaginar, entonces, la enciclopedia de ese mundo, o esos tres mundos que se llaman, en tres etapas sucesivas, tlön, uqbar, orbis tertius. no sé cuántos ejemplares eran, digamos treinta ejemplares de ese volumen que, leído y releído, acaba por suplantar la realidad; ya que la historia que narra es más aceptable que la historia real que no entendemos, su filosofía corresponde a la filosofía que podemos admitir fácilmente y comprender: el idealismo de hume, de los hindúes, de schopenhauer, de berkley, de spinoza. supongamos que esa enciclopedia funde el mundo cotidiano y lo reemplaza. entonces, una vez escrito el cuento, aquella misma idea de un objeto mágico que modifica la realidad lleva a una especie de locura; una vez escrito el cuento pensé: "¿qué es lo que realmente ha ocurrido?" ya que, qué sería del mundo actual sin los diversos libros sagrados, sin los diversos libros de filosofía. ese fue uno de los primeros cuentos que escribí. ustedes observarán que esos tres cuentos de apariencia tan distinta, "tlön, uqbar; orbis tertius", "el zahir" y "el libro de arena", son esencialmente el mismo: un objeto mágico intercalado en lo que se llama mundo real. quizás piensen que yo haya elegido mal, quizás haya otros que les interesen más. veamos por lo tanto otro cuento: "utopía de un hombre que está cansado". esa utopía de un hombre que está cansado es realmente mi utopía. creo que adolecemos de muchos errores: uno de ellos es la fama. no hay ninguna razón para que un hombre sea famoso. para ese cuento yo imagino una longevidad muy superior a la actual. bernard shaw creía que convendría vivir 300 años para llegar a ser adulto. quizás la cifra sea escasa; no recuerdo cuál he fijado en ese cuento: lo escribí hace muchos años. supongo primero un mundo que no esté parcelado en naciones como ahora, un mundo que haya llegado a un idioma común . vacilé entre el esperanto u otro idioma neutral y luego pensé en el latín. todos sentíamos la nostalgia del latín, las perdidas declinaciones, la brevedad del latín. me acuerdo de una frase muy linda de browning que habla de ello: «latin, marble's lenguaje» -latín, idioma del mármol. lo que se dice en latín parece, efectivamente, grabado en el mármol de un modo bastante lapidario. pensé en un hombre que vive mucho tiempo, que llega a saber todo lo que quiere saber, que ha descubierto su especialidad y se dedica a ella, que sabe que los hombres y mujeres en su vida pueden ser innumerables, pero se retira a la soledad. se dedica a su arte, que puede ser la ciencia o cualquiera de las artes actuales. en el cuento se trata de un pintor. él vive solitariamente, pinta, sabe que es absurdo dejar una obra de arte a la realidad, ya que no hay ninguna razón para que cada uno sea su propio velásquez, su propio shakespeare, su propio shopenhauer. entonces llega un momento en el que desea destruir todo lo que ha hecho. él no tiene nombre: los nombres sirven para distinguir a unos hombres de otros, pero él vive solo. llega un momento en que cree que es conveniente morir. se dirige a un pequeño establecimiento donde se administra el suicidio y quema toda su obra. no hay razón para que el pasado nos abrume, ya que cada uno puede y debe bastarse. para que ese cuento fuese contado hacía falta una persona del presente; esa persona es el narrador. el hombre aquél le regala uno de sus cuadros al narrador, quien regresa al tiempo actual (creo que es contemporáneo nuestro). aquí recordé dos hermosas fantasías, una de wells y otra de coleridge. la de wells está en el cuento titulado "the time machine" -"la máquina del tiempo"-, donde el narrador viaja a un porvenir muy remoto, y de ese porvenir trae una flor, una flor marchita; al regresar él esa flor no ha florecido aún . la otra es una frase, una sentencia perdida de coleridge que está en sus cuadernos, que no se publicaron nunca hasta después de su muerte y dice simplemente: "si alguien atravesara el paraíso y le dieran como prueba de su pasaje por el paraíso una flor y se despertara con esa flor en la mano, entonces, ¿qué?" eso es todo, yo concluí de ese modo: el hombre vuelve al presente y trae consigo un cuadro del porvenir, un cuadro que no ha sido pintado aún. ese cuento es un cuento triste, como lo indica su título: utopía de un hombre que está cansado.