sábado, 24 de marzo de 2007

Graham Greene

El inocente

Había sido un error el llevar allí a Lola, y lo comprendí desde el instante mismo en que descendimos del tren, en la pequeña estación pueblerina. En una tarde de otoño, uno se acuerda más de su niñez que en cualquier otra época del año, y el rostro vivo de mi acompañante y la maletita en la que pretendía llevarlo todo para la noche no armonizaban demasiado con el antiguo almacén de granos, situado al otro lado del canal, las luces que titilaban sobre la colina y los anuncios de una antigua película. Pero había dicho: Vámonos al campo, y el nombre de Bishop's Hendron fue el primero que acudió a mi cabeza. Nadie me conocería allí, y no se me había ocurrido que el pueblo fuera a recordarme tantas cosas.
Incluso el viejo portero despertó mis añoranzas.
-Habrá un coche a la entrada -dije a Lola.
Y efectivamente así era, aunque al principio no pude verlo, sumido en la contemplación de dos taxis. El lugar resurge de nuevo ante mi vista, pensé. Estaba todo muy oscuro, y la leve niebla otoñal y el olor de la hojarasca húmeda y del agua del canal me resultaban altamente familiares.
-¿Por qué has escogido este pueblo? -preguntó Lola-. Me parece muy triste.
Era inútil explicarle que a mí no me causaba semejante impresión, y añadir que la arena apilada junto al canal había estado siempre en aquel sitio. (Cuando tenía tres años creía que aquello era lo que otras personas llamaban playa.) Tomé el maletín, muy ligero como dije antes, y con el cual intentábamos más que otra cosa rodearnos de cierta atmósfera de respetabilidad, y nos pusimos en marcha. Atravesamos el puentecillo arqueado y pasamos ante el arruinado hospicio. Cuando tenía cinco años, vi cómo un hombre de mediana edad penetraba en él para suicidarse. Llevaba un cuchillo en la mano, y muchas personas lo perseguían por la escalera.
-Jamás creí que el campo fuese así -dijo Lola.
El hospicio constaba de varias alas, de fea construcción, semejantes a grises bloques de piedra, y nada más. Pero para mí era tan familiar como todo lo demás. Durante el camino me pareció estar escuchando deliciosos acordes.
Era preciso decir algo a Lola. No era culpa suya si no se hallaba allí como en su casa. Pasamos ante la escuela y la iglesia, y salimos a la antigua y amplia calle principal. Yo me sentía de nuevo como en mis doce años. De no haber venido, jamás habría podido saber que dicho sentimiento fuese tan fuerte, porque no recordaba aquella época de mi existencia como particularmente feliz o desgraciada. Fueron unos años rutinarios; pero ahora, con el olor de las fogatas y el frío que parecía levantarse de la propia humedad de las piedras, comprendí la causa que me conmoviera tanto. Lo que yo percibía no era otra cosa sino el olor de la inocencia.
-Hay una posada excelente -dije a Lola-. Nadie nos molestará en ella, ya lo verás. Cenaremos, beberemos un poco y nos acostaremos. Pero lo peor de todo era que no podía menos que desear hallarme solo. No había vuelto a aquel pueblo desde los días de mi infancia, y ello me había impedido comprobar lo bien que recordaba hasta sus menores detalles. Cosas que creía olvidadas, como los montones de arena, volvían a mí, acompañadas de sufrimiento y de nostalgia. Me hubiera sentido muy feliz aquella noche, deambulando en la noche otoñal, recogiendo sugerencias de esa época de la vida en la que, por desgraciados que nos sintamos, no dejamos de confiar en el mañana. No sería igual volver en otra ocasión, porque entonces se interpondría el recuerdo de Lola, y ésta no significaba absolutamente nada para mí. Nos habíamos conocido el día antes en un bar, y los dos simpatizamos. Lola era una chica agradable, pero no cuadraba en aquellos recuerdos. Debíamos haber ido a Maidenhead. También aquello era campo.
La posada no se hallaba exactamente en el lugar que había supuesto. Llegamos frente al Ayuntamiento. Habían construido un nuevo cine con cúpula morisca y un café con garaje. Había olvidado también aquella vuelta a la izquierda, por una colina empinada y llena de casitas.
-No creas que la carretera pasaba por ahí, en mis tiempos -dije.
-¿Tus tiempos? -preguntó Lola.
-¡Ah! Pero, ¿es que no te lo he contado? Nací aquí.
-¡Mira que traerme a tu pueblo! -exclamó Lola-. Creí que imaginabas cosas así tan sólo cuando eras pequeño.
-Sí -repuse, porque no era culpa suya.
Tenía razón. Lola usaba un perfume discreto y un tono de carmín muy bonito. Me estaba costando bastante dinero el haberla invitado. Cinco libras por ella, y además los billetes, las propinas, las bebidas... A pesar de todo, lo habría considerado dinero bien gastado de no encontrarnos en Bishop's Hendron.
Me detuve al llegar a la carretera. Algo pugnaba por perfilarse en mi cerebro. Pero jamás habría tomado forma de no haber sido porque, en aquel instante, una bandada de chiquillos descendió corriendo la colina y pasó bajo la brillante claridad de los faroles, gritando alegremente y expeliendo nubecillas de vapor. Todos llevaban bolsas de lona, algunas de ellas bordadas con sus iniciales, lucían sus mejores atavíos y parecían algo orgullosos. Las niñas formaban grupo aparte, como de costumbre, con sus cintas en el pelo y sus zapatos bien lustrosos. Creí percibir el suave tintineo de un piano, y, de improviso, todo volvió a mi mente con rapidez pasmosa. Regresaban de una clase de danza, igual a aquella a la que yo concurría. La casa, pequeña y cuadrada, se hallaba a medio camino de la colina, entre macizos de rododendros. Más que nunca, deseé verme libre de la presencia de Lola. No cuadraba en aquello. Pensé que algo faltaba al ambiente, y cierto sentimiento de dolor fue surgiendo desde lo más profundo de mi alma.
Bebimos varias copas en el bar, pero transcurrió más de media hora antes de que nos sirviesen la cena.
-Supongo que no querrás deambular por el pueblo -dije a Lola-. Si no te importa, saldré unos diez minutos para echar un vistazo al lugar. Estuvo de acuerdo. En el bar había un hombre, quizá maestro de escuela, que no deseaba otra cosa sino invitar a Lola a un trago. Podía notar cómo envidiaba mi suerte, cómo me consideraba afortunado por venir de la ciudad acompañado de una joven para pasar la noche en el pueblo.

Ascendí la colina. Las primeras casas eran todas nuevas, y experimenté cierto disgusto al contemplarlas. Ocultaban campos y verjas que debían haber permanecido como antes. Era como un mapa estropeado, cuyas distintas partes se han pegado entre sí, ocultando, al abrirlo, pedazos enteros. Pero, a mitad de camino, colina arriba, me encontré de pronto ante la escuela, tal como la conociera en otros tiempos. Quizás incluso continuara regenteándola la misma anciana profesora. La presencia de chiquillos exagera la edad de los mayores. En aquellos tiempos debió contar, a lo sumo, treinta y cinco años. Pude escuchar los acordes del piano. A lo que colegí, seguía la misma rutina de siempre. Los alumnos menores de ocho años, de seis a siete de la tarde. Los de ocho a trece, de siete a ocho. Abrí la verja y penetré en el jardín. Trataba de recordar.
No sé lo que la hizo volver a mí. Quizá fuese tan sólo el otoño, el frío, las húmedas hojas esparcidas por el suelo, más que el piano, de cuyo interior tantas tonadas diferentes habían salido durante mi niñez. El caso es que, de improviso, recordé a aquella muchachita con la misma nitidez como si la estuviera contemplando en una fotografía. Era un año mayor que yo; debía tener entonces ocho, y la quise con una intensidad como jamás he vuelto a sentir desde entonces. Nunca he cometido la equivocación de reírme del amor de los niños. Este posee una característica inevitable de separación, porque en ningún caso puede ser consumado. Desde luego, uno inventa historias de incendios, de guerras y de actos heroicos con los que se intenta aparecer valiente ante los ojos de ella; pero jamás se saca a relucir el matrimonio. Uno sabe, sin que nadie se lo diga, que tal cosa no puede ocurrir; pero no por eso se sufre menos. Recordé los juegos de la gallina ciega durante fiestas de cumpleaños, cuando vanamente traté de atraparla, disponiendo así de una excusa para estrecharla entre mis brazos; aunque sin conseguirlo jamás, porque siempre se me escabullía de entre las manos.
Durante dos inviernos, gocé de la ocasión una vez por semana. En efecto, tales días podía bailar con ella. Tuve un gran disgusto cuando cierto día me enteré de que iba a pasar a la clase de las mayores. También me quería, estaba seguro, pero jamás tuvimos ocasión de demostrarnos nuestro afecto. Concurría a sus fiestas de cumpleaños, y yo la invitaba a las mías; pero nunca salimos juntos de nuestras clases de baile. No creo que se nos ocurriera tan sólo; nos hubiera parecido demasiado extraño. Veíame precisado de marchar en grupo, con mis burlones compañeros, y ella se alejaba, rodeada de aquellas niñas revoltosas y chillonas.
Estaba tiritando en aquella fría niebla, y hube de levantarme el cuello del gabán. El piano tocaba un bailable de una antigua revista de C. B. Cochran. Me pareció haber recorrido un largo trecho tan sólo para encontrar a Lola al final de él. Existe algo en la inocencia que uno no se resigna nunca a perder. En la actualidad, cuando una chica me fastidia sólo tengo el trabajo de buscarme otra que la sustituya. En aquellos tiempos de mi niñez, consideraba lo mejor escribir apasionadas frases en un pedazo de papel y correr a esconderlas en algún lugar recóndito... ¡Qué raro! ¡Con qué nitidez me acordaba de todo! Una vez hablé a mi amiguita de aquel escondrijo, y estaba seguro de que, más tarde o más temprano, terminaría por encontrar mis amorosas cartas. Me pregunté en qué habrían consistido. En una edad tan temprana, uno no puede expresar gran cosa. Pero, aunque las frases resultaran insulsas, el dolor de escribirlas no era menor al que se experimenta después, en ocasiones parecidas. Recordé cómo, durante varios días, hurgué en el agujero, encontrando siempre el papelito. Luego, las lecciones cesaron, y probablemente al invierno siguiente todo quedó olvidado.
Al transponer la verja miré hacia el lugar en el que había existido mi escondrijo. En efecto, allí estaba. Introduje un dedo, y oculto en su lugar más íntimo, a salvo de las inclemencias del tiempo, y a pesar de los años transcurridos, el pedacito de papel se conservaba intacto. Lo extraje y procedí a desplegarlo. Luego encendí un fósforo. La llamita produjo una tenue claridad en aquella atmósfera neblinosa y húmeda, y a su luz percibí algo que me dejó petrificado. En el papel aparecía dibujada una escena aterradoramente sexual. No, no podía existir error. Mis iniciales aparecían bien claras, al pie del desmañado dibujo infantil, cuyos personajes eran un hombre y una mujer. Pero aquel descarado croquis despertó en mí menos recuerdos que las nubecillas de vapor que surgían de las bocas de los niños, sus bolsas de lona, las hojas mojadas y los montones de arena. No podía reconocerlo como mío. Igualmente hubiera podido ser trazado por un bribón cualquiera en la pared de un retrete. Todo cuanto mi mente evocaba era la pureza, la intensidad, el sufrimiento de mi amor por la pequeña.
Al principio sentí como si hubiera sido traicionado. Después de todo -me dije-, Lola no se encuentra aquí tan fuera de lugar como pensé al principio. Pero más tarde, aquella misma noche, cuando Lola se dispuso a dormir, empecé a comprender la profunda inocencia del dibujo. Era sólo ahora, tras treinta años de agitada vida, que aquella tosca pintura me parecía obscena.


Luis Gusmán
(Buenos Aires, 1944. Ultimos libros publicados en Alfaguara: Villa y Tennessee.) Graham Greene aclara -en la colección de cuentos El espía, en la que está incluido El inocente- que se decidió a publicarlos para hacerles conocer a los lectores una zona poco frecuentada de su obra: el cuento. Su disculpa de no haber practicado el género le permite ejercer su oficio con maestría sin caer en los gajes del oficio de cómo escribir un cuento. Desde la primera vez que leí El inocente me pregunté por qué ejercía tanto magnetismo sobre mí. Hoy tengo la posibilidad de ensayar una respuesta. En principio, lo enfático, que es propio de todo elogio, me hace considerar que la historia es casi perfecta, lo cual la vuelve más perfecta. La anécdota es simple: un hombre regresa al pueblo después de muchos años y, como suele suceder, se encuentra con otra cosa que la que esperaba. Desde el comienzo, el lector se entera de que el personaje está cometiendo un error. Sin embargo, ninguna consideración lo detiene, con lo cual la narración se va impregnando de cierto tono de inevitabilidad, a lo que se agrega la repetición de acontecimientos, lo cual le otorga al relato el matiz indeleble de la experiencia vivida.

Graham Greene
Autor de novelas memorables, como El americano impasible, tuvo una vida de aventuras y fuertes convicciones. Nació en 1904 en Berkhamsted, Reino Unido. Fue redactor jefe de Times desde 1926 hasta 1930, crítico de cine y director de la sección literaria del Spectator. Convertido al catolicismo en 1936, viajó a Liberia ese mismo año y luego partió a México. De los viajes, su trabajo diplomático y periodístico se fueron constituyendo las novelas: Historia de una cobardía (1929), Orient Express(1932), El poder y la gloria (1940), El revés de la trama (1948), El fin de la aventura (1951) y El americano impasible (1955).


miércoles, 21 de marzo de 2007

Fernando Pessoa


El Libro del Desasosiego FIRST ARTICLE Cuando nació la generación a la que pertenezco, encontró al mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro, y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las generaciones anteriores había hecho que el mundo para el que nacimos no tuviese seguridad en el orden religioso, apoyo que ofrecernos en el orden moral, tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político. Ebrias de las fórmulas exteriores, de los meros procesos de la razón y de la ciencia, las generaciones que nos precedieron derrocaron todos los fundamentos de la fe cristiana, porque su crítica bíblica, ascendiendo de la crítica de los textos a la crítica mitológica, redujo los evangelios y la anterior hierografía de los judíos a un montón dudoso de mitos, de leyendas y de mera literatura; y su crítica científica señaló gradualmente los errores, las ingenuidades salvajes de la «ciencia» primitiva de los evangelios; y, al mismo tiempo, la libertad de discusión, que sacó a pública discusión todos los problemas metafísicos, arrastró con ellos a los problemas religiosos donde perteneciesen a la metafísica. Ebrias de algo dudoso, a lo que llamaron «positividad», esas generaciones criticaron toda la moral, escudriñaron todas las reglas de vida, y de tal choque de doctrinas sólo quedó la seguridad de ninguna, y el dolor de no existir esa seguridad. Una sociedad indisciplinada así en sus fundamentos culturales no podía, evidentemente, ser otra cosa que víctima, en la política, de esa indisciplina; y así fue como despertamos a un mundo ávido de novedades sociales, y que con alegría iba a la conquista de una libertad que no sabía lo que era, de un progreso que nunca definió. Pero el criticismo ordinario de nuestros padres, si nos legó la imposibilidad de ser cristianos, no nos legó el contentamiento con que la tuviésemos; si nos legó la incredulidad en las fórmulas morales establecidas, no nos legó la indiferencia ante la moral y las reglas de vivir humanamente; si dejó dudoso el problema político, no dejó indiferente a nuestro espíritu ante cómo se resolvería ese problema. Nuestros padres destruyeron alegremente porque vivían en una época que todavía tenía reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruían lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiesen destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados. En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación. 4 Pertenezco a una generación que ha heredado la incredulidad en la fe cristiana y que ha creado en sí una incredulidad de todas las demás fes. Nuestros padres tenían todavía el impulso creyente, que transferían del cristianismo a otras formas de ilusión. Unos eran entusiastas de la igualdad social, otros eran enamorados sólo de la belleza, otros depositaban fe en la ciencia y en sus provechos, y había otros que, más cristianos todavía, iban a buscar a Orientes y Occidentes otras formas religiosas con que entretener la conciencia, sin ella hueca, de meramente vivir. Todo esto lo perdimos nosotros, de todas estas consolaciones nacimos huérfanos. Cada civilización sigue la línea íntima de una religión que la representa: pasar a otras religiones es perder ésta y, por fin, perderlas a todas. Nosotros perdimos ésta, y también las otras. Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la formula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso. Sin ilusiones, vivimos apenas del sueño, que es la ilusión de quien no puede tener ilusiones. Viviendo de nosotros mismos nos disminuimos, porque el hombre completo es el hombre que se ignora. Sin fe, no tenemos esperanza, y sin esperanza no tenemos propiamente vida. No teniendo una idea del futuro, tampoco tenemos una idea de hoy, porque el hoy, para el hombre de acción, no es sino un prólogo del futuro. La energía para luchar nació muerta con nosotros, porque nosotros nacimos sin el entusiasmo de la lucha. Unos de nosotros se estancaron en la conquista necia de lo cotidiano, ordinarios y bajos buscando el pan de cada día, y queriendo obtenerlo sin trabajo sentido, sin la conciencia del esfuerzo, sin la nobleza de la consecución. Otros, de mejor estirpe, nos abstuvimos de la cosa pública, nada queriendo y nada deseando, e intentando llevar hasta el calvario del olvido la cruz de existir simplemente. Imposible esfuerzo en quien no tiene, como el portador de la Cruz, un origen divino en la conciencia. Otros se entregaron, atareados por fuera del alma, al culto de la confusión y del ruido, creyendo vivir cuando se oían, creyendo amar cuando chocaban contra las exterioridades del amor. Vivir, nos dolía, porque sabíamos que estábamos vivos: morir, no nos aterraba, porque habíamos perdido la noción normal de la muerte. Pero otros, Raza del Final, límite espiritual de la Hora Muerta, no tuvieron el valor de la negación y el asilo en sí mismos. Lo que vivieron fue en la negación, en el desconocimiento y en el desconsuelo. Pero lo vivimos desde dentro, sin gestos, encerrados siempre, por lo menos en el género de vida, entre las cuatro paredes del cuarto y los cuatro muros de no saber hacer. 5 Envidio —pero no sé si envidio— a aquellos de quienes se puede escribir una biografía, o que pueden escribir la propia. En estas impresiones sin nexo, ni deseo de nexo, narro indiferentemente mi biografía sin hechos, mi historia sin vida. Son mis Confesiones y, si nada digo en ellas, es que no tengo nada que decir. ¿Qué tiene alguien que confesar que valga o que sirva? Lo que nos ha sucedido, o le ha sucedido a otros no es mundo o sólo a nosotros; en un caso, no -es novedad, y en el otro no es cosa que sea comprendida. Si escribo lo que siento es porque así disminuyo la fiebre de sentir. Lo que confieso no tiene importancia, pues nada tiene importancia. Hago paisajes con lo que siento. Hago fiestas de las sensaciones. Comprendo bien a las bordadoras gracias a la amargura, y a las que hacen punto de media porque hay vida. Mi tía vieja hacía solitarios durante lo infinito de la velada. Estas confesiones de sentir son solitarios míos. No los interpreto, como quien usase cartas para saber el destino. No los ausculto, porque en los solitarios las cartas no tienen propiamente valor. Me desenrollo como una madeja multicolor, o hago conmigo figuras de cordel, como las que se tejen entre los dedos estirados y se pasan de unos niños a otros. Sólo me preocupo de que el pulgar no estropee el lazo que le corresponde. Después, vuelvo la mano y la imagen resulta diferente. Y vuelvo a empezar. Vivir es hacer punto de media con una intención de los demás. Pero, al hacerlo, el pensamiento es libre, y todos los príncipes encantados pueden pasear por sus parques entre zambullida y zambullida de la aguja de marfil de pico al revés. Punto de ganchillo de las cosas… Intervalo… Nada Por lo demás, ¿con qué puedo contar conmigo? Una acuidad horrible de las sensaciones, y la comprensión profunda de estar sintiendo… Una inteligencia aguda para destruirme, y un poder de ensueño ávidamente deseoso de entretenerme… Una voluntad muerta y una reflexión que la arruIla, como a un hijo vivo. Sí, punto de ganchillo... 6 Encaro serenamente, sin nada más que lo que en el alma represente una sonrisa, el encerrárseme siempre la vida en esta Calle de los Doradores, en esta oficina, en esta atmósfera de esta gente. Tener lo que me dé para comer y beber, y donde vivir, y el poco espacio libre en el tiempo para soñar, escribir —dormir— ¿qué más puedo yo pedir a los Dioses o esperar del Destino? He tenido grandes ambiciones y sueños dilatados —pero también los tuvo el cargador o la modistilla, porque sueños los tiene todo el mundo: lo que nos diferencia es la fuerza de conseguir o el destino de conseguirse con nosotros. En sueños, soy igual al cargador y a la modistilla. Sólo me diferencia de ellos el saber escribir. Sí, es un acto, una realidad mía que me diferencia de ellos. En el alma, soy su igual. Bien sé que hay islas del Sur y grandes amores cosmopolitas y (…) Si yo tuviese el mundo en la mano, lo cambiaría, estoy seguro, por un billete para [la] Calle de los Doradores. Tal vez mi destino sea eternamente ser contable y la poesía o la literatura una mariposa que, parándoseme en la cabeza, me torne tanto más ridículo cuanto mayor sea su propia belleza. Sentiré añoranzas de Moreira, ¿pero qué son las añoranzas ante las grandes ascensiones? Sé bien que el día que sea contable de la casa Vasques y Cía. será uno de los grandes días de mi vida. Lo sé con una anticipación amarga e irónica, pero lo sé con la ventaja intelectual de la certidumbre. 7 El patrón Vasques. Siento, muchas veces, inexplicablemente, la hipnosis del patrón Vasques. ¿Qué es para mí ese hombre, salvo el obstáculo ocasional de ser el dueño de mis horas, durante un tiempo diurno de mi vida? Me trata bien, me habla con amabilidad, salvo en los momentos bruscos de preocupación desconocida en que no habla bien a alguien. Sí, ¿pero por qué me preocupa? ¿Es un símbolo? ¿Es una razón? ¿Qué es? El patrón Vasques. Me acuerdo ya de él en el futuro con la nostalgia que sé que he de sentir entonces. Estaré tranquilo en una casa pequeña de los alrededores de algo, gozando de un sosiego en el que no haré la obra que no hago ahora, y buscaré, para continuar el no haberla hecho, disculpas diferentes de aquella en que hoy me esquivo a mí mismo. O estaré internado en un asilo de mendigos, feliz por la derrota completa, mezclado con la ralea de los que se creyeron genios y no fueron más que mendigos con sueños, junto con la masa anónima de los que no tuvieron poder para triunfar ni renuncia generosa para triunfar al revés. Esté donde esté, recordaré con nostalgia al patrón Vasques, a la oficina de la Calle de los Doradores, y la monotonía de la vida cotidiana será para mí como el recuerdo de los amores que no tuve, o de los triunfos que no habrían de ser míos. El patrón Vasques. Veo hoy desde allí, como le veo hoy desde aquí mismo —estatura media, achaparrado, ordinario con límites y afectos, franco y astuto, brusco y afable—, jefe, aparte su dinero, en las manos peludas y lentas, con las venas marcadas como pequeños músculos coloreados, el pescuezo lleno pero no gordo, los carrillos colorados y al mismo tiempo tersos, bajo la barba oscura siempre afeitada a tiempo. Le veo, veo sus ojos de vagar enérgico, los ojos que piensan para dentro cosas de fuera, recibo la perturbación de su ocasión en que no le agrado, y mi alma se alegra con su sonrisa, una sonrisa ancha y humana, como el aplauso de una multitud. Será, tal vez, porque no hay cerca de mí una figura más importante que el patrón Vasques por lo que, muchas veces, esa figura vulgar y hasta ordinaria se me enreda en la inteligencia y me distrae de mí mismo. Creo que hay símbolo. Creo o casi creo que en alguna parte, en una vida remota, este hombre fue en mi vida algo mas importante que lo que es hoy. 8 ¡Ah, comprendo! El patrón Vasques es la Vida. La Vida, monótona y necesaria, dirigente y desconocida. Este hombre trivial representa la trivialidad de la Vida. El lo es todo para mí, por fuera, porque la Vida lo es todo para mí por fuera. Y, si la oficina de la Calle de los Doradores representa para mí la Vida, este segundo piso mío, donde vivo, en la misma Calle de los Doradores, representa para mí el Arte. Sí, el Arte, que vive en la misma calle que la Vida, aunque en un sitio diferente, el Arte que alivia de la Vida sin aliviar de vivir, que es tan monótono como la misma Vida, pero sólo en un sitio diferente. Sí, esta Calle de los Doradores comprende para mí todo el sentido de las cosas, la solución de todos los enigmas, salvo el de que existan los enigmas, que es lo que no puede tener solución. 9 A veces, cuando levanto la cabeza aturdida de los libros en que escribo las cuentas ajenas y la ausencia de la propia vida siento una náusea física, que puede ser de inclinarme, pero que trasciende a los números y a la desilusión. La vida me disgusta como una medicina inútil. Y es entonces cuando siento con visiones claras lo fácil que sería alejarse de este tedio si tuviese la simple fuerza de querer alejarlo de verdad. Vivimos gracias a la acción, es decir gracias a la voluntad. A los que no sabemos querer —seamos genios o mendigos— nos hermana la impotencia. ¿De qué me sirve llamarme genio si soy ayudante de contabilidad? Cuando Cesário Verde hizo que le dijeran al médico qué era, no el señor Verde, empleado de comercio, sino el poeta Cesário Verde, se valió de uno de esos verbalismos del orgullo inútil que exudan el olor de la vanidad. Lo que siempre fue, pobrecillo, fue el señor Verde, empleado de comercio. El poeta nació después de su muerte, porque fue después de su muerte cuando nació la estimación por el poeta. Hacer, he ahí la inteligencia verdadera. Seré lo que quiera. Pero tengo que querer lo que sea. El éxito está en tener éxito, y no en tener condiciones para el éxito. Condiciones de palacio las tiene cualquiera en la ancha tierra, pero ¿dónde está el palacio si no lo hacen allí?

martes, 6 de marzo de 2007

Gabriel García Márquez

La siesta de los martes


El tren salió del trepidante corredor de rocas bermejas, penetró en las plantaciones de banano, simétricas e interminables, y el aire se hizo húmedo y no se volvio a sentir la brissa del mar. Una humareda sofocante entró por la ventanilla del vagón. En el estrecho camino paralelo a la vía férrea había carretas de bueyes cargadas de racimos verdes. Al otro lado del camino, en intempestivos espacios sin sembrar, habia oficinas con ventiladores eléctricos, campamentos de ladrillos rojos y residencias con sillas y mesitas blancas en las terrazas entre palmeras y rosales polvorientos. Eran las once de la mañana y todavia no había empezado el calor.
-Es mejor que subas el vidrio-dijo la mujer-. El pelo se te va a llenar de carbón.
La niña trató de hacerlo pero la ventana estaba bloqueada por el óxido.
Eran los únicos pasajeros en el escueto vagon de tercera clase. Como el humo de la locomotora siguió entrando por la ventanilla, la niña abandonó el puesto y puso en su lugar los únicos objetos que llevaban: una bolsa de material plástico con cosas de comer y un ramo de flores envuelto en papel de periódicos. Se sentó en el asiento opuesto, alejada de la ventanilla, de frente a su madre. Ambas guardaban un luto riuroso y pobre.
La niña tenia doce años y era la primera vez que viajaba. La mujer parecía demasiado vieja para ser su madre, a causa de las venas azules en los páropados y del cuerpo pequeño, blando y sin formas, en un traje cortado como una sotana. Viajaba con lla colimna vertebral firmemente apoyada ontra el espaldar del asiento, sosteniendo en el regazo con ambas manos una cartera de charol desconchado. Tenia la serenidad escruplosa de la gente acostumbrada a la pobreza.
A las doce había empezado el calor. El tren se detuvo diez minutos en una estación sin pueblo para abastecerse de agua. Afuera, en el misteriosos silencio de las plantaciones, la sombra tenía un aspecto limpio. Pero el aire estancado dentro del vagón olía a cuero sin curtir. El tren no volvió a acelerar. Se detuvo en dos pueblos iguales, con casas de madera pintadas de colores vivos. La mujer inclinó la cabeza y se hundió en el sopor. La niña se quitó los zapatos. Despues fue a los servicios sanitarios a poner en agua el ramo de flores muertas.
Cuando volvió al asiento la madre le esperaba para comer. Le dió un pedazo de queso, medio bollo de maíz y una galleta dulce, y sacó para ella de la bolsa de material plástico una racion igual. Mientras comían, el tren atravesó muy despacio un puente de hierro y pasó de largo por un pueblo igual a los anteriores, sólo que en éste había una multitud en la plaza. Una banda de músicos tocaba una pieza alegre bajo el sol aplastante. Al otro lado del pueblo en una llanura coarteada por la aridez, terminaban las plantaciones.
La mujer dejó de comer.
-Ponte los zapatos-dijo.
La niña miró hacia el exterior. No vió nada más que la llanura desierta por donde el tren empezaba a correr de nuevo, pero metió en la bolsa el último pedazo de galleta y se puso rápidamente los zapatos. La mujer le dió la peineta.
-Péinate -dijo.
El tren empezó a pitar mientras la niña se peinaba. La mujer se secó el sudor del cuello y se limpió la grasa de la cara con los dedos. Cuando la niña acabaó de peinarse el tren pasó frente a las primeras casas de un pueblo más grande pero más triste que los anteriores.
-Si tienes ganas de hacer algo, hazlo ahora -dijo la mujer-. Después, aunque te estés muriendo de sed no tomes agua en ninguna parte. Sobre todo, no vayas a llorar.
La niña aprobó con la cabeza. Por la ventanilla entraba un viento ardiente y seco, mezclado con el pito de la locomotora y el estrépito de los viejos vagones. La mujer enrolló la bolsa con el resto de los alimentos y la metió en la cartera. Por un instante, la imagen total del pueblo, en el luminosos martes de agosto, resplandeción en la ventanilla. La niña envolvió las flores en los periódicos empapados, se apartó un poco más de la ventanilla y miró fijamente a su madre. Ella le devolvió una expresión apacible. El tren acabó de pitar y disminuyó la marcha. Un momento después se detuvo.
No había nadie en la estación. Del otro lado de la calle, en la acera sombreada por los almendros, sólo estaba abierto el salón de billar. El pueblo flotaba en calor. La mujer e y la niña descendieron del tren, atravesaron la estación abandonada cuyas baldosas empezaban a cuartearse por la presión de la hierba, y cruzaron la calle hasta la acera de sombra.
Eran casi las dos. A esa hora, agobiado por el sopor, el pueblo hacía la siesta. Los almacenes, las oficinas públicas, la escuela municipal, se cerraban desde las once y no volvían a abrirse hasta un poco antes de las cuatro, cuando pasaba el tren de regreso. Sólo permanecían abiertos el hotel frente a la estación, su cantina y su salón de billar, y la oficina del telégrafo al lado de la plaza. Las casas, en su mayoría construídas sobre el modelo de la compañía bananera, tenían las puertas cerradas por dentro y las persianas bajas. En algunas hacía tanto calor que sus habitantes almorzaban en el patio. Otros recostaban un asiento a la sombra de los almendros y hacían la siesta sentados en plena calle.
Buscando siempre la protección de los almendros, la mujer y la niña penetraron en el pueblo sin perturbar la siesta. Fueron directamente a la casa cural. La mujer raspó con la uña la red metálica de la puerta, esperó un instante y volvió a llamar.
-Necesito al padre -dijo.
-Ahora está durmiendo.
-Es urgente -insistió la mujer.
-Sigan -dijo, y acabó de abrir la puerta.
La mujer de la casa las condujo hasta un escaño de madera y les hizo señas de que se sentaran. La puerta del fondo se abrió y esta vez apareció el sacerdote limpiando los lentes con un pañuelo.
-Que se les ofrece? -preguntó.
-Las llaves del cementerio -dijo la mujer.
-Con este calor -dijo-. Han podido esperar a que bajara el sol. La mujer movió la cabeza en silencio. El sacerdote pasó del otro lado de la baranda, extrajo del armario un cuaderno forrado de hule, un plumero de palo y un tintero, y se sentó a la mesa. El pelo que le faltaba en la cabeza le sobraba en las manos.
-Que tumba van a visitar? -preguntó.
-La de Carlos Centeno -dijo la mujer.
-Quién?
-Carlos Centeno -repitió la mujer.
El padre siguió sin entender.
-Es el ladrón que mataron aquí la semana pasada -dijo la mujer en el mismo tono-. Yo soy su madre.
-De manera que se llamaba Carlos Centeno -murmuró el padre cuando acabó de escribir.
-Centeno Ayala -dijo la mujer-. Era el único barón.
-Firme aquí.
La mujer garabateó su nombre, sosteniendo la cartera bajo la axila. La niña recogió las flores, se dirigió a la baranda arrastrando los zapatos y observó atentamente a su madre.
El parroco suspiró.
-Nunca trató de hacerlo entrar por el buen camino?
La mujer contestó cuando acabó de firmar.
-Era un hombre muy bueno.
El sacerdote miró alternativamente a la mujer y a la niña y comprobó con una especie de piadoso estupor que no estaban a punto de llorar.
La mujer continuó inalterable:
-Yo le decía que nunca robara nada que le hiciera falta a alguien para comer, y él me hacía caso. En cambio, antes, cuando boxeaba, pasaba tres días en la cama postrado por los golpes.
-Se tuvo que sacar todos los dientes -intervino la niña.
-Así es-confirmó la mujer-. Cada bocado que comía en ese tiempo me sabía a los porrazos que le daban a mi hijo los sabados a la noche.
-La voluntad de Dios es inescrutable -dijo el padre.
Desde antes de abrir la puerta de la calle el padre se dio cuenta de que había alguien mirando hacia adentro, las narices aplastadas contra la red metálica. Era un grupo de niños. Cuando la puerta se abrió por completo los niños se dispersaron. Suavemente volvió a cerrar la puerta.
-Esperen un minuto -dijo, sin mirar a la mujer.
Su hermana apareció en la puerta del fondo, con unachaqueta negra sobre la camisa de dormir y el cabello suelto en los hombros. Miró al padre en silencio.
-Qué fue? -preguntó el.
-La gente se ha dado cuenta -murmuró su hermana.
-Es mejor que salgan por la puerta del patio -dijo el padre.
-Es lo mismo -dijo su hermana-. Todo el mundo está en las ventanas.
La mujer parecía no haber comprendido hasta entonces. Trató de ver la calle a través de la red metálica. Luego le quitó el ramo de flores a la niña y empezó a moverse hacia la puerta. La niña siguió.
-Esperen a que baje el sol -dijo el padre.
-Se van a derretir -dijo su hermana, inmóvil en el fondo de la sala-. Espérense y les presto una sombrilla.
-Gracias -replicó la mujer-. Así vamos bien.
Tomó a la niña de la mano y salió a la calle.

jueves, 6 de julio de 2006

Antón Chéjov

La tristeza, cuento de Antón Chéjov


La tristeza    

La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

           El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Se diría que ni un alud de nieve que le cayese encima le sacaría de su quietud.

          Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Se halla sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.

Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
        
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.

        -¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.

        -¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?

Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
       
-¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
     
 -¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
       Siguen oyéndose los insultos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confundido, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabase de despertar de un sueño profundo.

-¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
      
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.

El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
-¿Qué hay?

Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
-Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...

-¿De veras?... ¿Y de qué murió?

Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
-No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.

-¡A la derecha! -oye de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

-¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.

Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!

Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y jorobado.
-¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte kópeks por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte kópeks es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.

Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.

           -¡Bueno, en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...

            -¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...

            -¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.

            -Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-.
      Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.

      -¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
      -¡Palabra de honor!

     -¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.

     Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe agudamente.

     -¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!

     -¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el jorobado-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale firme al perezoso de tu caballo. ¡Qué diablo!

     Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, le insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:

     -Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...

     -¡Todos nos hemos de morir! -contesta el jorobado-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.

     -Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.

     -¿Oyes, viejo, estas enfermo?-grita el deforme-. Te la vas a ganar si esto continúa.

     Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
     -¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!

     -Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.

     -¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.

     Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el jorobado, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:

     -¡Por fin, hemos llegado!

     Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.

     Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

     Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría el mundo entero.

     Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.

     -¿Qué hora es? -le pregunta, amable.

     -Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.

     Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.

     Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.

     -No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.

     El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.

      Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.

     Yona se arrepiente de haber vuelto, tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.

     En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.

     -¿Quieres beber? -le pregunta Yona.

     -Sí.

     -Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital...

     ¡Qué desgracia!

     Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho, caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.

     Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea a una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar a alguien que se prestase a escucharle, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndole! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.

     Yona decide ir a ver a su caballo.
     Se viste y sale a la cuadra.

     El caballo, inmóvil, come heno.

    -¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho?

Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...

     Tras una corta pausa, Yona continúa:

     -Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera...
Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...

     El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

     Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.

miércoles, 12 de abril de 2006

Ray Bradbury

El lago

Un cielo a mi medida arrojado sobre el lago Michigan; sobre la arena amarilla, algunos críos gritones botando pelotas; una o dos gaviotas, una madre criticona y yo huyendo de una ola y encontrando este mundo nublado y húmedo.
Subí corriendo por la playa.
           Mamá me frotó con una esponjosa toalla.
           -Quédate aquí y sécate -dijo.
Me quedé allí y observé cómo el sol evaporaba las gotas de agua de mis brazos. Las sustituí por carne de gallina.
          -Hace viento -dijo mamá-. Ponte el suéter.
          -Espera que vea mi carne de gallina -dije.
          -Harold -dijo mamá.
         Me embutí en el suéter y contemplé alzarse y caer las olas sobre la playa. Pero no desmañadamente, sino adrede, con una especie de verde elegancia. Ni siquiera un hombre borracho podría derrumbarse con la misma elegancia que aquellas olas.
         Eran los últimos días de septiembre, cuando las olas se vuelven tristes sin ninguna razón. Con sólo seis personas en ella, la playa aparecía demasiado larga y solitaria. Los críos habían dejado de botar la pelota Porque también el viento los ponía tristes, silbando como silbaba, y permanecían sentados, sintiendo avanzar el otoño por la larga playa.
       Todos los puestos de perritos calientes estaban cerrados con maderas doradas, clausurando los olores a mostaza, a cebolla y a carne, del largo y alegre verano. Era como clavetear el verano dentro de una hilera de féretros. Uno tras otro, los puestos bajaron sus toldos, cerraron con candados sus puertas, y el viento llegó y barrió la arena, borrando las millones de huellas de pisadas de julio y agosto. Así era en septiembre, no quedaba nada más que la señal de mis zapatillas de tenis, de goma, y los pies de Donald y Delaus Schabold y su padre bajaron por la curva del agua. 
      Cortinas de arena soplaban sobre las aceras, y el tiovivo estaba tapado con lonas, con todos los caballos paralizados entre el cielo y la tierra en sus barras de latón, mostrando los dientes, galopando. Con sólo la música del viento deslizándose a través de la lona.
Yo estaba allí. Todos los demás estaban en la escuela. Yo no. Mañana estaría de camino hacia el oeste, atravesando en un tren los Estados Unidos. Mamá y yo habíamos llegado a la playa para pasar un último y breve momento.
        Había algo en la soledad que me hizo desear alejarme.
        -Mamá, quiero correr por la playa.
        -De acuerdo, pero date prisa en volver, y no te acerques al agua.
       Corrí. La arena giraba bajo mis pasos y el viento me levantaba. Ya se sabe cómo es eso al correr, los brazos extendidos mientras se siente como velas entre los dedos, causadas por el viento. Como alas.
        Mamá apartada en la distancia, sentada. Pronto no fue más que una mota oscura y yo me encontraba completamente solo. Permanecer solo es una novedad para un niño de doce años. Está acostumbrado a verse siempre rodeado de gente. El único modo de estar solo está en su mente. Por eso es que los niños se imaginan cosas tan fantásticas. Hay tantas personas a su alrededor, diciéndoles lo que tienen que hacer y cómo, que los niños tienen necesidad de escaparse a correr por aunque sólo sea en su mente, para encontrarse en su propio mundo con sus propios valores diminutos.
        De manera que yo estaba realmente solo.
Me metí en el agua y sentí el frío en el vientre. Antes, con la multitud, no me había atrevido a mirar. Pero ahora... un hombre serrado por la mitad. Un mago. El agua es así. Se siente como si uno estuviera serrado por la mitad, y que una parte se disuelve como si fuera azúcar. Agua fría, y de vez en cuando una ola que rompe elegantemente, con una ostentación de encajes.
Pronuncié su nombre. La llamé una docena de veces:
        -¡Tally! ¡Tally! ¡Oh, Tally!
        Es curioso, pero uno espera respuestas a sus llamadas cuando es joven. Uno siente que lo que piensa tiene que ser real. Y, a veces, quizá eso no es tan erróneo. Pensé en Tally, nadando en el agua en el pasado mayo, con sus trenzas colgando, rubia. Se fue riéndose, y el sol caía sobre sus pequeños hombros de doce años. Pensé en el agua que permanecía quieta, en el salvavidas saltando al agua, en la madre de Tally gritando, y en que Tally nunca salió...
       -El salvavidas intentó convencer a Tally de que saliera, pero no salió. El salvavidas regresó con sólo hebras de entre sus grandes dedos huesudos, y Tally desapareció. Ya no se sentaría más frente a mí en la escuela, ni perseguiría la pelota en las losas de la calle las noches de verano. Se había internado demasiado y el lago no le permitiría regresar.
Y ahora, en el solitario otoño, cuando el cielo era enorme y el agua era enorme y la playa tan larga, yo había bajado por última vez, solo.
       Grité su nombre una y otra vez.
       -¡Tally! ¡Oh, Tally!
       El viento soplaba suavemente en mis oídos, como sopla en la boca de las conchas marinas, haciéndoles murmurar. El agua subió y se abrazó a mi pecho y luego a mis rodillas, y subió y bajó, absorbiendo la arena bajo mis talones.
       -¡Tally! ¡Oh, Tally, vuelve!
       Yo sólo tenía doce años. Pero sabía lo mucho que amaba a Tally. Era ese amor anterior a todo significado del cuerpo y de la moral. Era ese amor que estaba hecho de todos los días calurosos pasados en la playa y de los tranquilos días en la escuela. Todos los largos días de otoño de los pasados años, cuando yo le llevaba los libros a casa desde la escuela.
       -¡Tally!
       Grité su nombre por última vez. Tirité. Sentí el agua en la cara y no supe cómo había llegado allí. Las olas no habían subido a esa altura.
       Volviéndome, me retiré a la arena y me quedé allí durante media hora, esperando un destello, una señal, un pequeño indicio que me recordara a Tally. Luego, como una especie de símbolo, me arrodillé e hice un castillo de arena, hermoso y alto, como los que Tally y yo habíamos hecho tantas veces. Pero esta vez sólo hice la mitad. Luego me levanté.
        -Tally, si me oyes, ven y haz tú lo que falta.
       Empecé a caminar hacia la lejana mota que era mamá. El agua avanzó en círculos sucesivos y se mezcló con la arena del castillo, desmoronándolo poco a poco en la uniformidad original.
        No pude evitar pensar que no hay castillos que uno edifique en la vida que alguna ola no desmorone.
        Subí silenciosamente por la playa.
        Un tiovivo, a lo lejos, cascabeleaba débilmente, pero era sólo el viento.
        Salí en el tren al día siguiente.
       Atravesamos los campos de trigo de Illinois. El tren tiene escasa memoria. Pronto lo deja todo atrás. Olvida los ríos de la niñez, los puentes, los lagos, los valles, las casas de campo, los dolores y alegrías. Los va esparciendo detrás y se hunden en el horizonte.
       Mis huesos se alargaron y se cubrieron de carne; mi mente se cambió en otra más vieja; me despojé de lo que ya no era apropiado; cambié la escuela primaria por el instituto, y los libros del colegio por los libros de Derecho. Y entonces hubo una joven en Sacramento y hubo palabras y besos.
       Continué con mis estudios de Derecho. Tenía a la sazón veintidós años y casi había olvidado cómo era el Este.
        Margaret sugirió que nuestro aplazado viaje de luna de miel fuera en esa dirección.
El tren actúa en dos sentidos, como la memoria. Devuelve rápidamente todas aquellas cosas que uno dejó atrás hace muchos años.

        Lake Bluff, una ciudad de diez mil habitantes, surgió perfilada contra el cielo. Margaret estaba encantadora con su precioso vestido nuevo. Se dedicó a observarme al tiempo que yo miraba mi viejo mundo. Sus fuertes y blancas manos sujetaron las mías mientras el tren se deslizaba en la estación de Bluff y sacaban nuestro equipaje.
        ¡Hay que ver lo que cambian los años los rostros y cuerpos de las personas! Cuando paseamos por la ciudad, cogidos del brazo, no reconocí a nadie. Había rostros que traían recuerdos. Recuerdos de excursiones por barrancos. Rostros con pequeñas risas, procedentes de escuelas primarias ya cerradas, y columpiándose en balancines, y subiendo y bajando en subibajas. Pero no hablé. Me limité a pasear y mirar y llenarme de aquellos recuerdos, como hojas amontonadas en otoño para ser quemadas.
        Pasamos allí días felices. Dos semanas en total, volviendo a visitar juntos todos los lugares. Pensé que amaba mucho a Margaret. Por lo menos pensé que la amaba.
         Era uno de los últimos días y habíamos bajado a pasear por la costa. El año no estaba tan avanzado como aquel de hacía muchos años, pero en la playa se advertían las primeras señales de abandono. La gente se dispersaba, varios de los puestos de perritos calientes habían cerrado y el viento, como siempre, zumbaba.
        Casi vi a mamá sentada en la arena tal como solía sentarse. De nuevo tenía el sentimiento de querer estar solo. Pero no podía decidirme a decírselo a Margaret. Me limité a cogerme a ella y esperé.
        Era tarde. La mayor parte de los niños se había ido a casa, Y sólo unos pocos hombres y mujeres permanecían tomando el sol, acariciados por el viento.
         La barca del salvavidas subió a la orilla. El salvavidas salió de ella con algo en los brazos.
Me estremecí. Contuve la respiración y me sentí pequeño, sólo con doce años, muy pequeño, muy infinitesimal. y asustado. El viento aullaba. No veía a Margaret. Sólo podía ver la playa, al salvavidas emergiendo lentamente de su barca con un saco gris en las manos, no muy pesado, y su cara, casi tan gris y arrugada.
        -Quédate aquí, Margaret -dije, sin saber por qué lo decía.
        -Pero ¿por qué?
        -Quédate aquí, eso es todo...
        Bajé lentamente por la arena hacia donde estaba el salvavidas. El hombre me miró.
        -¿Qué es eso? -le pregunté.
        El salvavidas se quedó mirándome durante un largo rato, sin poder hablar. Dejó el saco gris en la arena -el agua murmuró a su alrededor- y retrocedió.
         -¿Qué es? -insistí.
         -Está muerta -dijo el salvavidas tranquilamente.
         Esperé.
         -Raro -dijo él en voz baja-. La cosa más rara que he visto jamás. Lleva muerta... mucho tiempo.
         Repetí sus palabras.
         -¿Mucho tiempo?
         -Diez años, diría yo-. Este año no se ha ahogado ningún niño. Desde 1933 se han ahogado aquí doce niños, pero recuperamos los cuerpos de todos ellos a las pocas horas. De todos menos de uno, que yo recuerde. Este cuerpo, que debe de llevar diez años en el agua. No es... agradable.
         -Abra el saco -dije, sin saber por qué.
         El viento era más fuere. El salvavidas toqueteó el saco torpemente.
        -Me parece que es una niña pequeña, porque todavía lleva trenzas. No hay mucho más que decir.
        -¡Vamos, ábralo! -grité.
       -Es mejor que no lo haga -dijo, y quizá vio el aspecto de mi rostro-. Era una niña pequeña...
        Abrió el saco lo justo.
        La playa estaba desierta. Solamente el cielo y el viento y el agua y el otoño. La miré.
        Dije algo, una y otra vez. El salvavidas me miró.
       -¿Dónde la encontró? -pregunté.
       -Abajo, en la playa, en agua profunda. Es mucho, mucho tiempo para ella, ¿verdad?
       Sacudí la cabeza.
       -Sí, lo es. Oh, Dios, sí lo es.
      Las personas crecen, pensé. Yo he crecido. Pero ella no ha cambiado. Ella es todavía pequeña. Ella es todavía joven. La muerte no permite crecer ni cambiar. Ella es todavía joven. Todavía tiene el pelo rubio. Será siempre joven, y yo la amaré siempre, oh Dios, la amaré siempre.
        El salvavidas ató el saco de nuevo.
        Pocos minutos después, yo paseaba solo por la playa. Encontré algo que verdaderamente no esperaba.
        -Este es el lugar donde el salvavidas descubrió su cuerpo -me dije a mí mismo.
Allí, al borde del agua, permanecía el castillo de arena, sólo a medio construir. Tally y yo solíamos hacer castillos. Ella, medio. Y yo, medio.
Lo miré. Allí era donde habían encontrado a Tally. Me arrodillé junto al castillo de arena y vi las pequeñas huellas de pies que procedían del lago y que volvían al lago de nuevo... y no retornaban nunca.
      Entonces... me di cuenta.
      -Te ayudaré a acabarlo -dije.
      Así lo hice. Construí el resto del castillo muy lentamente y luego, levantándome, me di la vuelta y me alejé para no ver cómo se desmoronaba en las olas, como todas las cosas se desmoronan.
      Volví por la playa hacia donde una mujer extraña llamada Margaret me esperaba, sonriendo...