martes, 18 de agosto de 2015

Elena Garro



LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS

Nacha oyó que llamaban en la puerta a la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.
—¡Señora!... —suspiró Nacha.
La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca.
—Nachita, dame un cafecito... Tengo frío.
—Señora, el señor... el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.
—¿Por muerta?
Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.
—¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.
Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.
—¿No estás de acuerdo, Nacha?
—Sí, señora...
—Yo soy como ellos: traidora... —dijo Laura con melancolía.
La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.
—¿Y tú, Nachita, eres traidora?
La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.
—Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.
Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.
—¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo, En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?
Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.
—Así eran, señora Laurita.
—Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.
—La culpa es de los tlaxcaltecas— le dije.
El se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.
“—¿Qué te haces? —me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.
“—¿Y los otros? —le pregunté.
“—Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición.
“—Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono...
“—Ya lo sé —me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.
“—Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.
“—Hace ya tiempo que no me pega el sol—. Bajó los ojos y me dejó caer la mano: Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Na­chita, que el tiempo y el amor son uno solo.
“—¿Y mi casa? —le pregunté.
“—Vamos a verla—. Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.
“—Ya no camino... —le dije.
“—Ya llegamos —me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.
“—Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas —me dijo quedito.
Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.
“—Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho —me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
“—Somos tú y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.
“—Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo... por eso te andaba buscando—. Se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor... soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
“—Éste es el final del hombre —dije.
“—Así es —contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.
“—A la noche vuelvo, espérame... —suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.
“—Nos falta poco para ser uno —agregó con su misma cortesía.
Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
“—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.
“—¡Estos indios salvajes!... ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no puede creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?
Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:
—¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?
La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos.
“—Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca —había comentado Josefina, desdeñosamente.
En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.
—¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! —comentó la señora abrazándose con Pablo hasta esa noche dándoles súbitamente la razón a Josefina y Nachita.
La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.
—Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”
“—Tienes un marido turbio y confuso —me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist.
“—Para que se animen —nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.
“Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a...” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.
—¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! —dijo Nacha con disgusto.
Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.
—Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.
Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!”. Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.
“—¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!
“—No oímos nada... —dijo el señor asombrado.
“—¡Es él...! —gritó la tonta de la señora.
“—¿Quién es él? —preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.
La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:
“—El indio... el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México...
Así supo Josefina lo del indio y así se lo contó a Nachita.
“— ¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! —gritó el señor.
Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.
“—Está herido... —dijo el señor Pablo preocupado.
Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.
“—Era un indio, señor —dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.
Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.
“—¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?
La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.
—Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota —dijo Laura con desdén.
—Muy cierto —afirmó Nachita.
Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.
—Bébase su café, señora —dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.
—Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien y o no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer.
Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.
La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.
“—Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.
La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.
—¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al Café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.
Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en este momento en la cocina.
“—¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! —le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweater blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.
—En el Café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero, “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos .de chiquitos... En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía la cocada.
“—¿Qué horas son? —le pregunté al camarero.
“—Las doce, señorita.
“A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el Periférico, puedo esperar todavía un rato”. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.
“—¿Qué haces? —me preguntó con su voz profunda.
“—Te estaba esperando.
Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.
“—¿No tenías miedo de estar aquí sólita?
“Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.
“—No mires —me dijo.
“Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.
“—¡Sácame de aquí! —le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.
“—Éste es el final del hombre —le dije con los ojos bajo su mano.
“— ¡No lo veas!
“Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.
“—Duerme conmigo... —me dijo en voz muy baja.
“—¿Me viste anoche? —le pregunté.
“—Te vi...
“Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo.
“—Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.
“Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas... Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.
“—Señorita, ¿se siente mal?
Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.
“—¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!
“Tomé un taxi que me trajo a la casa por el Periférico y llegué...
Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.
“—¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!
Laura se le quedó mirando asombrada, muda.
“— ¿Dónde anduvo, señora?
“—Fui al Café de Tacuba.
“—Pero eso fue hace dos días.
Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados de Michoacán y Guanajuato”.
La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.
“—¡Laura! —gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en su brazos.
“—¡Alma de mi alma! —sollozó el señor.
La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.
“—¡Señor! —gritó Josefina—. El vestido de la señora está bien chamuscado.
Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.
“—Es verdad... también las suelas de sus zapatos están ardidas... Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?
“—En el Café de Tacuba —contestó la señora muy tranquila.
La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.
“—Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?
“—Luego tomé un taxi y me vine acá por el Periférico.
Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.
“—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?... ¿Por qué traes el vestido quemado?
“—¿Quemado? Si él lo apagó... —dejó escapar la señora Laura.
“—¿Él?... ¿el indio asqueroso? —Pablo la volvió a zarandear con ira.
“—Me lo encontré a la salida del Café de Tacuba... —sollozó la señora muerta de miedo.
“—¡Nunca pensé que fueras tan baja! —dijo el señor y la aventó sobre la cama.
“—Dinos quién es —preguntó la suegra suavizando la voz.
—¿Verdad Nachita, que no podía decirles que era mi marido? —preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.
Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:
“—Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.
Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:
“—¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!
Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?
—Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunció al llevar la bandeja con el desayuno.
El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.
“—¡Pobrecito!... ¡pobrecito!... —dijo entre sollozos.
Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.
—Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? —preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.
—Sí, señora... —Y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.
—Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.
La señora Margarita había dejado caer el tenedor.
“—¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!
“—No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán —agregó el señor Pablo con aire sombrío.
Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.
Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
“—¡Se escapó la loca! —gritó con voz estentórea al entrar a la casa.
—Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”... Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.
“—¿Qué te haces? —me dijo.
Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.
“—Te estaba esperando —contesté.
“—Ya va a llegar el último día...
Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. El siguió quieto, observándome.
“—Vamos a la salida de Tacuba... Hay muchas traiciones...
Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. El no tenía miedo. Después me miró a mí.
“—Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.
Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.
“—Son las criaturas... —Me dijo.
“—Éste es el final del hombre —repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.
El me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.
“—Traidora te conocía y así te quise.
“—Naciste sin suerte —le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.
“—El tiempo se está acabando... —suspiró mi marido.
Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.
Falta poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.
“—Aquí me esperas.
Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo. Si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque...” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”... Un taxi me trajo por el Periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los Periféricos eran los canales infestados de cadáveres... por eso llegué tan triste... Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido”.
Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.
—El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación —explicó Nachita satisfecha.
Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.
—La que está arriba es la señora Margarita —agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.
Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.
Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.
—¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! —dijo con la voz llena de sal.
Laura se quedó escuchando unos instantes.
—Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde —dijo.
—Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino —comentó Nacha con miedo.
—Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? —preguntó Laura molesta.
Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.
—Son más canijos que los tlaxcaltecas —le dijo en voz muy baja.
Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.
—¡Señora!... Ya llegó por usted... —le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.
Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.
—Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor —dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.
—Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino, le confió a Josefina—. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.

viernes, 31 de julio de 2015

Guy de Maupassant: Una viuda

La viuda(Une veuve)

Ocurrió el suceso, durante la  época de caza, en el Castillo de  Banneville. El otoño era lluvioso y triste; las hojas secas, en vez de crujir bajo los pies, se pudrían en las rodadas de los caminos empapadas por los aguaceros.
Casi desnudo ya de hojas, el bosque desprendía humedad como una sala de baños. Al penetrar en él, se sentía bajo los árboles, azotados por los chubascos, un tufo mohoso, un vaho de agua pantanosa, de hierbas humedecidas, de tierra mojada, y los cazadores, abrumados por aquella inundación continua; los perros, macilentos, con el rabo entre las patas y el pelo pegado sobre los lomos, y las jóvenes cazadoras, con los vestidos calados  por la lluvia, regresaban todas  las tardes, fatigadas de cuerpo y alma.
Después de comer, en el gran salón jugaban a la lotería, displicentes y sin animación, mientras el viento empujaba con violencia los postigos y hacia girar las veletas como un trompo. Quisieron entretenerse narrando cuentos, como dicen las novelas que se hace; pero a ninguno se le ocurrió nada que distrajera. Los cazadores explicaban aventuras a escopetazos, matanzas de conejos, y las mujeres se quebraban la cabeza sin hallar algo semejante a la imaginación de Scheherezade.
Se disponían a buscar otra diversión, cuando una muchacha, jugando distraídamente con la mano de una tía suya, vieja solterona, tropezó en una sortija hecha con cabellos rubios, que había visto ya otras veces sin que fijara su atención, y haciéndola girar en el dedo, preguntó:
-Dime, tía: ¿qué significa esto? Parece pelo de niño.
La señorita se ruborizó, luego palideció y dijo al fin con voz temblorosa:
-Es una historia tan triste, tan triste, que jamás quiero referirla, porque originó la desgracia de toda una vida. Entonces era yo muy joven, pero me ha quedado un recuerdo tan doloroso, que aún me hace llorar.
Todos quisieron conocer la historia, pero la solterona se negaba a explicarla; por fin, tanto y tanto le rogaron, que la explicó:
-Ustedes me han oído hablar muchas veces de la familia Santéze, ya extinguida. Yo he conocido a  los tres últimos hombres de la casa; los tres murieron de igual manera; este pelo es del último, que a los trece años se mató por mí. Les parece a ustedes  raro, ¿verdad?
"¡Oh!, era una raza original, raza de locos acaso, pero de una locura encantadora: eran locos de amor. Todos, de padres a hijos, tenían pasiones violentas, ímpetus que los lanzaban a las más extraordinarias empresas, a fanáticos sacrificios, a criminales intentos. El amor era en su familia tan exaltado como la piedad lo es en ciertas almas. Los trapenses no tienen la misma naturaleza que los trasnochadores.
"Entre los parientes se decía: «Enamorado como un Santéze.» Su aspecto los delataba; tenían el pelo ondulado, sobre la frente; la barba, rizada; rasgados los ojos, y sus penetrantes miradas eran perturbadoras.
"El abuelo del último, cuyo recuerdo conservo, después de muchas aventuras, raptos y desafíos, a los sesenta y cinco años se enamoró perdidamente de la hija de su colono. He conocido a los dos. Ella era rubia, pálida, fina; hablaba lentamente con voz suave, y su mirada era dulce, tan dulce como la de una Virgen. El anciano se la llevó consigo, y se sintió tan cautivado por la moza, que no podía estar un minuto sin ella. Su hija y su nuera, viviendo en el castillo, encontraban aquello muy corriente; hasta ese punto era el amor tradicional en la familia. Tratándose de apasionamientos, nada podía sorprenderlas, y si se hablaba en su presencia de inclinaciones contrariadas, de amantes desunidos y hasta de venganzas que siguieron a traiciones amorosas, decían las dos con el mismo tono compasivo: «¡Ah! ¡Cuánto habrá sufrido para llegar a ese extremo!» Y nada más. Los dramas del corazón las emocionaban, pero no las indignaban nunca, aun cuando fuesen verdaderos crímenes.
"Un otoño, el joven señor de Gradelle, que había sido invitado a cazar, se llevó a la moza. El señor de Santéze pareció tranquilo, como si nada hubiese pasado; pero a los pocos días lo encontraron ahorcado en una cuadra. Su hijo murió de igual modo, en un hotel de Paris, durante un viaje que hizo en mil ochocientos cuarenta y uno, después de haber sido burlado por una cantante de ópera. Dejó un hijo de doce años y una viuda, hermana de mi madre. Los dos se fueron a vivir a casa, en nuestras posesiones de Bertillón. Entonces tenía yo diecisiete años.
"No pueden ustedes figurarse la precocidad asombrosa de aquel niño. Parecía que toda la ternura, toda la exaltación de su raza se habían condensado en aquel último vástago. Deliraba siempre y se paseaba solo, durante horas y horas, por una calle de olmos, del castillo al bosque. Yo lo contemplaba desde mi balcón andar lentamente, con las manos a la espalda, la cabeza inclinada y deteniéndose de trecho en trecho para levantar los ojos, cual si percibiera, comprendiera y sintiera emociones impropias de su edad.
"Muchas veces, después de comer, en las noches claras, me decía: «Prima, vamos a soñar...» Y salíamos juntos al parque. Se detenía bruscamente al llegar a una plazoleta, donde flotaba como neblina ligera y blanca el claror de luna, y me decía oprimiéndome las manos: «Mira, mira. Pero tú no me comprendes, lo adivino; si me comprendieras, seríamos felices. Es necesario amar para comprender.» Yo reía y besaba tiernamente al niño, amante hasta morir.
"Con frecuencia, durante la velada se sentaba sobre las rodillas de mi madre, diciéndole: «Vamos, tía, cuéntanos historias de amor.» Mi madre, para entretenerle, le refería todas las leyendas de su familia, todas las apasionadas aventuras de sus antecesores, pues eran muchas las que se contaban, verdaderas y falsas. Fue su misma fama lo que perdió a todos los hermanos Santéze; se exaltaban y se enorgullecían de no desmentir el renombre de su casa.
"El niño se entusiasmaba con los relatos amorosos o terribles, y aplaudía, exclamando: « ¡Yo también, yo también sé amar, y mejor que todos ellos! » Luego comenzó a galantearme; un galanteo tímido y tierno, del que nos reíamos los demás encontrándolo muy gracioso. Todas las mañanas tenía yo flores, cogidas por él, y todas las noches, antes de retirarse a su habitación, me besaba la mano murmurando: «¡Te amo!»
"Fui culpable, muy culpable; lloro sin cesar por ello, y por ello toda mi vida hice penitencia, quedando soltera o, mejor dicho, novia y viuda: su viuda. Me divertía con aquella pueril ternura, hasta la excitaba; fui coqueta, seductora, como si se tratase de un hombre; fui pérfida y atractiva. Enloquecí al pobre niño. Era un juego para mí y una distracción alegre para nuestras madres. ¡Figúrense ustedes, tenía doce años! ¡Quién habría tomado en serio aquella pasión infantil ¡A su ruego, yo lo besaba y escribía para él cartas amorosas que leían nuestras madres; me contestaba en cartas ardientes que aún conservo. El desgraciado creía secreta nuestra intimidad amorosa, juzgándose un hombre. ¡Todos habíamos olvidado que era un Santéze!
"Aquello duró casi un año. Una noche, en el parque, arrodillándose ante mí y besando el borde de mi vestido en un arranque furioso, repetía: «¡Te amo! ¡Te amo! ¡Te amaré hasta muerte! Si algún día me burlas, óyelo bien, si me abandonas por otro, haré como mi padre... » Y añadió con voz firme, que hacía estremecer: «Ya sabes lo que hizo.»
"Viendo mi sorpresa se levantó y, alzándose sobre las puntas de los pies para llegar hasta mi oído -pues no era tan alto como yo-, moduló mi nombre: «¡Genoveva!» con voz tan suave, tan amorosa, que me hizo temblar de pies a cabeza. Yo murmuré: «Retirémonos, retirémonos.» Él me siguió en silencio, pero al llegar junto a la escalinata, me detuvo para decirme: «Ya sabes que si me abandonas, me mato.»
"Entonces comprendí que había llegado muy lejos y procuré mostrarme reservada. Un día en que me reprochó mi conducta le dije: «Eres ya poco niño para jugar así con una mujer, y poco hombre para enamorarla. Esperemos.» En otoño le pusieron interno en un colegio. Cuando volvió en el verano siguiente yo tenía novio. Él lo comprendió al punto, y durante ocho días lo vi tan reflexivo que me tuvo inquieta. Al día noveno, cuando desperté, vi un papel echado por debajo de la puerta. Lo cogí, lo abrí, leyendo lo siguiente: «Me has abandonado y ya sabes lo que te dije. Has decretado mi muerte. Como quiero que seas tú quien me encuentre, baja al parque, acércate al mismo lugar donde el año pasado te dije que te adoraba y mira hacia arriba.»
"Creí volverme loca. Me vestí de prisa y corrí sin detenerme, al lugar indicado. Su gorrita de colegial estaba en el suelo, en el barro, porque durante la noche había llovido. Levanté los ojos y distinguí algo que se mecía entre las ramas al impulso del viento. No sé lo que hice luego. Debí de gritar, desvanecerme, desplomarme o correr al castillo. Cuando recobré los sentidos, estaba en mi cama, con mi madre a la cabecera. Creí que todo aquello lo había soñado en un delirio horroroso, y pregunté: «¿Y él?... ¿Y él?» No me contestaron. ¡Era verdad!
"No me atreví a verlo otra vez, pero pedí un mechón de sus cabellos. Esto..., esto..."
Y la vieja señorita, con ademán desesperado, alargaba su mano temblorosa.
Luego se sonó repetidas veces, se limpió los ojos y añadió:
-Sin decir la causa, renuncié al matrimonio, decidiendo ser para siempre... la... la viuda de aquel niño de trece años.
Después inclinó la cabeza sobre su pecho y quedó llorando largo rato.
Cuando se retiraban todos a sus habitaciones para dormir, un grueso cazador, cuya tranquilidad habitual se había perturbado con aquella historia, murmuró al oído de su vecino:
-¿No es una desdicha ser sentimental hasta ese punto?

miércoles, 29 de julio de 2015

"LA DAMA DE LA CASA DEL AMOR", DE ANGELA CARTER

La dama de la casa del amor


Con el tiempo, cuando el acoso de las almas en pena llegó a hacerse intolerable, los campesinos abandonaron la aldea dejándola a la sola merced de esos sutiles y vengativos habitantes que manifiestan su presencia en sombras, sombras casi imperceptiblemente sesgadas, sombras y más sombras incluso a mediodía, sombras que no provienen de nada visible; o en el rumor, a veces, de sollozos en una alcoba inhóspita donde un resquebrajado espejo que cuelga de una pared no refleja una presencia; o en una cierta desazón que ha de afligir al viajero lo bastante incauto como para detenerse a beber en la fuente de la plaza que de un grifo incrustado en la boca de un león de piedra gorgotea aún chorros de agua cristalina. Un gato deambula por un jardín cubierto de maleza; hace una mueca y escupe, arquea el lomo, huye de algún intangible saltando sobre sus cuatro patas tiesas de terror. Y ahora nadie se acerca ya a esa aldea al pie del castillo donde la bella sonámbula perpetúa sin remedio sus crímenes ancestrales.
Vestida con un antiguo traje de novia, la hermosa reina de los vampiros se sienta a solas en su mansión alta y lóbrega bajo la mirada delirante y atroz de los retratos de sus ancestros, cada uno de los cuales revive, a través de ella, una ominosa existencia póstuma; ella cuenta y recuenta las cartas del Tarot proyectando sin cesar una constelación de posibilidades, como si la azarosa caída de los naipes sobre la carpeta de felpa roja pudiera precipitada desde su gélido y oscuro encierro a una comarca de perpetuo estío y obliterar, así, la perenne tristeza de una joven que es a la vez la Muerte y la Doncella.
Su voz vibra cargada de sonoridades distantes como ecos en una caverna; ahora te hallas en el lugar de la aniquilación, ahora te hallas en el lugar de la aniquilación. Ella, ella misma es una caverna poblada de ecos, un sistema de repeticiones, un circuito cerrado. «¿Puede un pájaro cantar tan sólo la canción que sabe, o podrá quizás aprender una nueva?» Ella acaricia con sus largos dedos de uñas afiladas los barrotes de la jaula donde canta su alondra, arrancándole un tañido quejumbroso como si rasgase las cuerdas del corazón de una mujer de metal. Sus cabellos caen como lágrimas.
Aunque el castillo ha sido casi enteramente abandonado a la merced de los ocupantes fantasmales ella tiene sus propios aposentos, su salón y su alcoba; postigos cerrados herméticamente y cortinas de tupido terciopelo impiden que se filtre el más leve rayo de luz natural. Hay una mesa redonda de una sola pata cubierta de un rojo tapete de felpa sobre el que ella extiende su inevitable tarot; este cuarto nunca está más que mortecinamente iluminado por una lámpara de gruesa pantalla en el manto de la chimenea y las figuras barrocas del empapelado granate han sido oscuras, tétricamente desdibujadas por la lluvia que se cuela a través del techo resinoso y que va dejando a su paso zonas de manchas dispersas, huellas ominosas como las que han dejado sobre las sábanas los amantes muertos. Depreciaciones de la podredumbre, hongos por doquier. La araña que jamás se enciende está tan cubierta de polvo que los cairel es han perdido su forma; arañas industriosas han tejido marquesinas en los rincones de este ámbito ornamentado y decadente, han apresado en sus suaves redes grises los vasos de porcelana del manto de la chimenea. Pero la dueña y señora de toda esta decrepitud no advierte nada.
Delante de la mesa redonda, sentada en una silla de apolillado terciopelo borravino, distribuye las cartas; a veces la alondra canta, pero casi siempre permanece en silencio, un taciturno montón de plumas pardas. De vez en cuando, rasgando los barrotes de la jaula, la condesa la despertará para una breve cadenza; le place oída anunciar que no puede escaparse.
Cuando el sol se pone ella se levanta y va inmediatamente a la mesa donde juega su eterno solitario hasta que empieza a sentir hambre, hasta que se convierte en una bestia rapaz. Es tan hermosa que no es natural; su belleza es una anomalía, una aberración, ya que ninguno de sus rasgos posee ninguna de esas conmovedoras asimetrías que nos reconcilian con lo imperfecto de la condición humana. Su belleza es un síntoma de su diferencia, de que ella no es humana.
Las blancas manos de la bella tenebrosa barajan los naipes del destino. Las uñas de sus dedos son más largas que las de los mandarines de la antigua China; y cada una de ellas acaba en una punta finísima. Estas uñas, y los dientes agudos y blancos como púas de azúcar nieve, son los signos visibles del destino que melancólicamente intenta eludir con la ayuda de los arcanos; con esas garras y dientes afilados en centurias de cadáveres, ella es el último retoño del árbol ponzoñoso crecido de los ijares de Vlad el Empalador, aquel que merendaba cadáveres en los bosques de
Transilvania.
Las paredes de su alcoba están tapizadas de negro satén bordado con lágrimas de perlas. En los cuatro rincones hay urnas funerarias y pebeteros que exhalan intensas y adormecedoras humaredas de incienso. En el centro, rodeado por enormes candelabros de plata, hay un complicado catafalco de ébano. Envuelta en un négligé de encaje blanco un poco manchado de sangre,
la condesa cada día al amanecer trepa hasta su catafalco y se acuesta en un ataúd abierto.
Un rodetudo sacerdote de la fe ortodoxa estaqueó al malvado de su padre en una encrucijada cárpata cuando a ella no le habían salido aún los dientes de leche. En el momento en que lo estaqueaba, el fatídico conde exclamó: «Nosferatu ha muerto. ¡Viva Nosferatu!
Ahora ella es la dueña y señora de todos los bosques de almas en pena y de las misteriosas moradas de los vastos dominios de su padre; es la comandante hereditaria del ejército de sombras que acampa en la aldea al pie de su castillo, esas sombras que penetran en los bosques transformadas en búhos, murciélagos y zorros, las que hacen que la leche se agrie y que la nata rehúse batirse en mantequilla, las que montan los caballos toda la noche en desenfrenada carrera y los abandonan por la mañana convertidos en sacos de piel y hueso, las que desagotan las ubres de las vacas y, especialmente, atormentan a las niñas púberes con desmayos, desarreglos menstruales, enfermedades de la imaginación.
Pero a ese poder suyo, sobrenatural, la condesa, ella, es indiferente, como si lo estuviera soñando. En su sueño, ella desearía ser humana, pero no sabe si es posible. El tarot despliega siempre la misma configuración; invariablemente, da vuelta La Papesse,
La Mort, La Tour Abolie, sabiduría, muerte, disolución.
En las noches sin luna su guardiana le permite salir al jardín.
Este jardín, un lugar inusualmente lóbrego, ofrece una estrecha semejanza con un cementerio, y todos los rosales que plantara su difunta madre han crecido hasta conformar un murallón espinoso que la encarcela en el castillo de su heredad. Cuando la puerta trasera se abra, la condesa husmeará el aire y aullará. Se deja ahora caer en cuatro patas; agazapada, temblorosa, olisquea su presa.
Delicioso crujir de huesos frágiles de los conejos y las pequeñas alimañas peludas que ella persigue con su efímera velocidad cuadrúpeda; llorosa, furtivamente, volverá a casa con las mejillas embadurnadas de sangre. Vierte agua de la jarra en el lebrillo; se lava la cara con los respingos, los mohínes melindrosos de una gata.
Ese margen voraz de sus noches de cazadora en el jardín umbrío -agazaparse, saltar sobre la presa- cerca su habitual sonambulismo atormentado, su vida o imitación de vida. Las pupilas de esta alimaña nocturna se dilatan y brillan. Toda garras y dientes, ella ataca, devora. Nada, sin embargo, puede consolarla del horror de su condición, nada. Recurre al mágico consuelo del mazo del tarot y baraja las cartas, las despliega, las lee, las recoge con un suspiro, las baraja otra vez, construyendo constantemente hipótesis en torno de un futuro que es irreversible.
Una vieja muda vela por ella, para asegurar que nunca vea el sol, que permanezca todo el día en su ataúd, para mantenerla alejada de los espejos y de cualquier superficie que pueda reflejarla, para cumplir con todas las funciones de los sirvientes de los vampiros.
Todo en esta dama hermosa y espectral, reina de la noche, reina del terror, es como debe ser... salvo la horrible repugnancia por su propia condición.
No obstante, si un aventurero desprevenido hace un alto en la plaza de la aldea abandonada para refrescarse en la fuente, una vieja con un vestido negro y un delantal blanco emerge al instante de una casa. Ella te invitará con sonrisas y ademanes; tú la seguirás.
La condesa necesita carne fresca. De pequeña, era como un zorro y se contentaba con los conejillos que chillaban lastimeramente cuando ella, con voluptuosa repulsión, les hincaba los dientes en la garganta; con los ratones de agua y los ratones de campo que palpitaban apenas un momento entre sus dedos de bordadora. Pero ahora ella es una mujer, necesita hombres. Si te detienes demasiado tiempo junto al risueño surtidor, te llevarán de la mano a la alacena de la condesa.
Durante todo el día, yace en su ataúd envuelta en su negligé de encaje manchado de sangre. Cuando el sol se pone detrás de la montaña, ella bosteza, se estira y se pone el único vestido que posee, el traje de novia de su madre, para sentarse y leer sus cartas hasta que empieza a sentir hambre. Ella aborrece el alimento que
come; le gustaría llevarse los conejillos a casa, darles lechuga, mimarlos y hacerles un nido en su secreter chinesco rojo y negro, pero el hambre siempre acaba por rendirla. Hinca los dientes en la garganta donde una arteria late de miedo; con un gritito de dolor y repugnancia soltará el desinflado pellejo del cual ha extraído todo el alimento. Y lo mismo les sucede a los pastores y gitanillos que, ignorantes o temerarios, vienen a lavarse los pies en el agua de la fuente; el ama de llaves de la condesa los conduce a la sala donde, encima de la mesa, los naipes siempre muestran La Parca. La condesa en persona les servirá café en unas tacitas preciosas y resquebrajadas, y bizco chitos de azúcar. Los gañanes se sientan con una taza temblorosa en una mano y un bizcocho en la otra y miran boquiabiertos a la condesa en sus galas de satén,
que les sirve café de una cafetera de plata y parlotea volublemente para que ellos se sientan a sus anchas, un sentirse a sus anchas que les será fatal. Una cierta inmovilidad en sus ojos sugiere que su tristeza es inconsolable. A ella le gustaría acariciar esas mejillas enjutas y cetrinas, peinar con sus dedos los hirsutos cabellos.
Cuando ella los toma de la mano y los conduce a su alcoba, casi no pueden creer la suerte que han tenido.
Más tarde, su ama de llaves juntará los despojos en un ordenado montón y los envolverá en las ropas ya no más necesarias. Luego, discretamente, enterrará este paquete mortal en el jardín. En las mejillas de la condesa la sangre estará mezclada con lágrimas; su guardiana le escarba las uñas de las manos con un pequeño mondadientes de plata para limpiar los fragmentos de piel y hueso que hayan quedado en ellas.
Fa fu fo fef
siento olor a sangre de inglés.
Hacia el fin de un bochornoso verano en los años púberes del presente siglo, un joven oficial del ejército británico, rubio, vigoroso y de ojos azules, después de visitar a amigos en Viena, decidió pasar el resto de su licencia explorando las poco conocidas altiplanicies de Rumania. Al escoger quijotescamente la bicicleta para su travesía por los trillados caminos de tierra, no dejó de percibir la humorada de su elección: «Al país de los vampiros, rueda que rueda». Y así, riendo, emprende su aventura.
Tiene esa característica propia de la virginidad, el más y el menos ambiguo de los estados; ignorancia pero, al mismo tiempo, poder en latencia; y, además, inexperiencia, que no es lo mismo que ignorancia. Él es más de lo que sabe, y posee, por añadidura, el encanto peculiar de esa generación para la cual la historia ha reservado ya un destino específico y ejemplar en las trincheras de Francia. Este ser afincado en el cambio y el tiempo está a punto de colisionar con la eternidad gótica e intemporal de los vampiros, para quienes todo es como siempre ha sido y será, cuyas cartas forman siempre la misma figura.
Pese a ser tan joven, es también racional, y ha elegido para su gira por los Cárpatos el medio de transporte más racional del mundo. Montar una bicicleta entraña, de por sí, una cierta protección contra los temores supersticiosos, por cuanto la bicicleta es el producto de la razón pura aplicada al movimiento. ¡La geometría al servicio del hombre! Dadme dos esferas y una línea recta y os mostraré cuán lejos puedo llevadas. Voltaire mismo pudo haber inventado la bicicleta, que tanto ha contribuido al bienestar del hombre y para nada a su ruina. Beneficiosa para la salud, no despide humos malsanos y sólo permite las velocidades más decorosas.
¿Cómo podría una bicicleta ser jamás un instrumento del mal?
Un beso, sólo uno, despertó a la Bella Durmiente del Bosque.
Los dedos de la condesa, dedos cerosos de imagen santa, dan vuelta una carta llamada Les Amoureux. Nunca, nunca antes... nunca antes la condesa se ha echado una suerte que entrañara amor. Tiembla, se estremece, sus grandes ojos se cierran bajo los párpados finamente estriados, nerviosamente trémulos; la hermosa cartomante se ha servido, esta vez, la primera, una mano de amor y de muerte.
Llegue vivo o llegue muerto
he de moler sus huesos para hacer mi alimento.
Con los albores violáceos del anochecer, el m'sieu inglés asciende trabajosamente la colina rumbo a la aldea que ha atisbado desde muy lejos; debe desmontar la bicicleta y empujada, la senda es demasiado empinada para pedalear. Espera hallar una posada acogedora en donde pasar la noche; tiene calor, hambre, sed, está cansado, polvoriento... Al principio, qué decepción descubrir los tejados hundidos de las cabañas y las altas malezas abriéndose paso a empellones a través de las pilas de tejas caídas, los postigos colgando desconsolados de sus goznes, un paraje enteramente desierto y la vegetación exuberante cuchichea secretos, obscenos se diría, aquí donde si uno fuera lo suficientemente imaginativo podría casi imaginar caras que haciendo muecas sarcásticas asoman fugazmente bajo los ruinosos aleros... Pero la aventura misma, y el consuelo de la vívida luminosidad de las malvalocas que aún se atreven a florecer en los hirsutos jardines, y la belleza del fulgurante atardecer, pronto prevalecieron sobre su desencanto y hasta mitigaron la vaga desazón que había comenzado a sentir. Y aún manaba agua límpida, cristalina de la fuente a la que las mujeres de la aldea iban a lavar la ropa; agradecido, se lavó los pies y las manos, acercó la boca a la espita, y dejó correr por su rostro el chorro helado.
Cuando levantó la empapada, gratificada cabeza de la boca del león, vio, junto a él, llegada a la plaza en silencio, a una mujer vieja que le sonreía efusiva, casi conciliadora. Llevaba un vestido negro y un delantal blanco con un manojo de llaves atado a la cintura; y el pelo gris pulcramente enroscado en un rodete bajo la toca de hilo blanco que usan las mujeres de edad de la región.
Lo saludó con una reverencia, y le hizo señas de que la siguiera.
Como él titubeara, señaló la mole de la mansión que alzaba su siniestra fachada por encima de la aldea; se frotó el estómago, señaló su boca, volvió a frotarse el estómago, la clara mímica de una invitación a cenar. Luego, una vez más, le hizo señas de que lo siguiera, para volverse resueltamente sobre sus talones como si
no fuera a admitir negativa alguna.
Una violenta vaharada del perfume embriagador a rosas rojas le golpeó el rostro no bien salieron de la aldea, una ráfaga de opulento dulzor, vagamente corrupto, que le suscitó un vértigo sensual lo bastante intenso como para casi derribarlo. Demasiadas rosas. Demasiadas rosas florecían en las enormes matas que flanqueaban el sendero, matorrales erizados de espinas, y las flores mismas eran casi demasiado exuberantes, cada flor una inmensa multitud de pétalos aterciopelados, un tanto obscenos en su exceso, los tallos agresivos de tan cargados de retoños. De esta jungla emergía a regañadientes la mansión.
A esa luz dorada, sutil y espectral del sol poniente, siempre embargada de nostalgias por el día que se va, el rostro sombrío de la mansión, en parte casa solariega, en parte alquería fortificada, inmensa, anfractuosa, una desmantelada aguilera en la cresta del peñasco a cuyo pie serpenteaba el villorrio, le trajo a la memoria los cuentos de la infancia en las noches de invierno, cuando él y sus hermanos se contaban unos a otros historias de aparecidos que tenían como escenario lugares como éste, y luego muertos de miedo a la cama, con candiles para alumbrar las escaleras que repentinamente se habían vuelto aterradoras. Estuvo casi a punto de arrepentirse de haber aceptado la muda invitación de la vieja; pero ahora, de pie ante esa puerta de roble erosionada por el tiempo -mientras ella escogía una gran llave de hierro de la tintineante argolla que llevaba a la cintura- supo que era demasiado tarde para volverse atrás y se recriminó con impaciencia que al fin y al cabo ya no era un niño para asustarse de sus propias fantasías.
La anciana abrió la puerta, que giró hacia atrás sobre goznes que chirriaron con acentos melodramáticos, y luego, sin pérdida de tiempo y pese a sus protestas, se apoderó de su bicicleta. Él sintió que el corazón se le encogía al ver el hermoso símbolo biciclo de la racionalidad desvanecerse en las oscuras entrañas de la mansión, para ser arrumbado sin duda en alguna dependencia húmeda donde nadie la aceitaría ni revisaría sus neumáticos.
Pero, perdido por perdido -para bien o para mal- con su juventud y su vigor y su blonda belleza, al amparo del invisible y por él ignorado pentáculo mágico de su virginidad, traspuso los umbrales del castillo de Nosferatu y ni siquiera tembló en la ráfaga de aire frío que, como de la boca de una tumba, emanaba del oscuro y cavernoso intenor.
La vieja lo condujo hasta una pequeña cámara donde había una negra mesa de roble, cubierta con un limpio mantel blanco, y sobre este mantel, cuidadosamente dispuesta, una pesada vajilla de plata, un tanto empañada como si alguien de aliento fétido hubiese respirado sobre ella, pero con un solo cubierto. Curiosísimo pero que curiosísimo: invitado a cenar en el castillo, ahora tendría que cenar a solas. De todos modos, a una indicación de la vieja se sentó. Aunque aún no había caído la noche, las cortinas estaban herméticamente cerradas y sólo por la luz escasa que goteaba de una única lámpara de petróleo pudo ver cuán lúgubre era aquella estancia. La anciana comedida y diligente sacó para él de un antiguo bargueño de roble carcomido una botella de vino y un vaso; mientras él, pensativo, bebía su vino, ella desapareció pero no tardó en volver trayendo una humeante bandeja del guiso típico de la región, carne condimentada, pastas y una rebanada de pan negro. Hambriento después un largo día de viaje, comió con ganas y hasta limpió el plato con la miga, pero esta rústica comida no era por cierto el agasajo que él había esperado de la aristocracia provinciana, y además le intrigaban las ojeadas catadoras que mientras comía le lanzaba la muda.
Pero la vieja corrió a buscar una segunda porción no bien él hubo terminado la primera, y parecía por lo demás tan amable y servicial que él tuvo la certeza de que amén de esta cena podría contar con una cama para pasar la noche en el castillo, de modo que se reprendió ásperamente por el infantil desánimo que le causaran el tétrico silencio, el frío viscoso del lugar.
Cuando terminó el segundo plato la anciana se acercó indicándole con gestos que debía levantarse de la mesa y seguirla una vez más. Hizo una pantomima de beber; él supuso que ahora lo invitarían a tomar café en otra estancia, con algún miembro más encumbrado de la casa que no habría deseado cenar en su compañía pero que de todas maneras desearía ahora conocerlo. Un honor, sin duda; por deferencia a la opinión que su huésped pudiera formarse de él se enderezó la corbata y sacudió las migas de su chaqueta de tweed.
Lo sorprendió descubrir cuán ruinoso era el interior de la casa -telarañas, vigas roídas por la carcoma, mampostería en derrumbe- pero la vieja muda lo arrastraba resueltamente, como atado al hilo de luz del carrete de su linterna, a lo largo de interminables corredores, subiendo escaleras de caracol, atravesando galerías donde los ojos pintados de los retratos de familia parpadeaban fugazmente a su paso, ojos que pertenecían, advirtió, todos y cada uno, a rostros de una bestialidad absolutamente memorable.
Al fin la vieja se detuvo delante de una puerta y él oyó un leve tañido metálico, quizá el sonido de las cuerdas de un clavicémbalo. Y acto seguido, oh maravilla, la líquida cascada del canto de una alondra trayéndole, como del corazón mismo de la tumba de Julieta -ah, si él lo hubiera sabido-, todo el frescor de la mañana.
La vieja llamó a la puerta con los nudillos; la voz más acariciadoramente seductora que él jamás oyera respondió en un francés con marcado acento extranjero, la lengua adoptiva de la aristocracia rumana: «Entrez». Al principio, sólo vio una forma, una forma imbuida de una tenue luminosidad, una forma que captaba y reflejaba en sus superficies ambarinas la poca luz que alumbraba la estancia; la forma se definió al cabo como un vestido de miriñaque de satén blanco, drapeado con encaje aquí y allá, un vestido pasado de moda hacía ya cincuenta o sesenta años pero obviamente alguna vez destinado a una boda. Y entonces vio a la joven que lo vestía; una muchacha frágil como el esqueleto de una libélula, tan etérea, tan leve, que el traje parecía colgar suspendido en el aire denso como si nadie lo habitara, una aparición fabulosa, una prenda articulada en la que ella habitaba como un espectro en una máquina.
Toda la luz de la habitación provenía de una lámpara con la mecha apenas encendida y protegida por una gruesa pantalla verdosa en el manto de la distante chimenea; la vieja que lo acompañaba resguardó su linterna con la mano como si quisiera proteger a su señora de una visión demasiado repentina, o al invitado de verla a ella demasiado de súbito. De manera que fue así, poco a poco, a medida que sus ojos fueron acostumbrándose a la semioscuridad, como vio lo hermoso e increíblemente joven que era aquel emperifollado espantapájaros. Y se le antojó una niña que se hubiera puesto las ropas de su madre, una niña quizá vestida con la ropa de su madre muerta, con la intención de devolverla, siquiera por un instante, nuevamente a la vida. La condesa estaba de pie, detrás de una mesa baja, al lado de una jaula vulgar, bonita, de alambre dorado; absorta, las manos extendidas en una actitud casi de vuelo; pareció tan sorprendida de verlos entrar como si no fuera ella quien los invitara a hacerla.
Con su rostro blanquísimo, la adorable cabeza de muerte circundada por los largos y oscuros cabellos que caían tan lacios como si estuviesen empapados, parecía una novia salvada de un naufragio. Los ojos negros, enormes, con esa expresión de absoluto desamparo, de criatura huérfana de amor, casi le partieron el alma, y sin embargo se sintió turbado, casi repelido por su boca extraordinariamente carnosa, una boca de labios gruesos, llenos, prominentes, de un rojo púrpura vibrante, una boca mórbida.
Más aún -aunque al punto apartó la idea de su mente-, la boca de la ramera. Ella tiritaba sin cesar, un temblor famélico, una palúdica agitación de los huesos. Se dijo que no podía tener más de dieciséis o diecisiete años, con la belleza febril, malsana de una tísica. Ella era la chatelaine de toda esta decadencia.
Con un sinfín de tiernas precauciones la vieja alzó ahora su linterna para mostrar a la señora el rostro de su invitado. Al verlo, la condesa dejó escapar un débil maullido y agitó las manos en un ademán ciego, aterrorizado, como si quisiera empujarlo fuera de la estancia, y al hacerla chocó contra la mesa y una relampagueante mariposa de naipes cayó al suelo. Su boca se abrió en una «o» redonda de dolor; se tambaleó un momento y luego se dejó caer en su silla, donde permaneció como si ya no pudiera moverse.
Una recepción desconcertante. Chistando, chasqueando la lengua, la vieja tanteó apresuradamente la mesa hasta encontrar un enorme par de gafas verde oscuro, semejantes a las que usan los mendigos ciegos, y las colocó sobre la nariz de la condesa.
Él se adelantó para levantar las cartas de una alfombra que -notó con sorpresa- estaba en parte podrida, en parte encostrada de toda suerte de hongos de aspecto virulento. Las recogió y las apiló casi sin mirarlas, porque no significaban nada para él, si bien le parecieron un juguete un tanto extraño para una jovencita.
¡Qué imagen tan macabra, un esqueleto haciendo cabriolas!
La cubrió con una más alegre -una joven pareja de enamorados sonriéndose el uno al otro- y puso otra vez los juguetes en una mano tan delgada que casi podía verse la frágil red de huesos bajo la piel translúcida, una mano de uñas tan largas, tan aguzadas como púas de banjo.
Al contacto de sus dedos, ella pareció revivir un poco y hasta casi sonrió al erguirse.
-Café -dijo- Debéis tomar café. -Amontonó a un lado el mazo de barajas para que la vieja pudiera poner delante de ella un hervidor de plata, una cafetera de plata, la jarrita de crema, el azucarero, las tazas de porcelana, todo dispuesto ya en una bandeja también de plata, un insólito aunque deslucido toque de elegancia en este interior devastado cuya señora brillaba etérea como con un resplandor propio, malsano, submarino.
La vieja acercó una silla para el joven y, parloteando sin voz, abandonó la estancia dejándola aún un poco más oscura.
Mientras la joven dama se ocupaba de la preparación del café, él tuvo tiempo de contemplar, con cierta repugnancia, una nueva serie de retratos de familia que decoraban las paredes mohosas y desconchadas de la habitación; todos aquellos rostros lívidos parecían crispados por una demencia febril, y los labios carnosos, los ojos inmensos, extraviados, que todos tenían en común, guardaban una alarmante semejanza con los de la infeliz víctima de la endogamia que ahora filtraba con paciencia su fragante brebaje, aun cuando en su caso cierta gracia extraña hubiese transformado tan exquisitamente aquellos rasgos. La alondra, concluido su ritornello, estaba muda desde hacía largo rato. Ningún sonido salvo el tintinear de la plata sobre la porcelana. Al cabo de un momento, ella le tendió una tacita diminuta con rosas pintadas.
-Bienvenido -dijo, con esa voz suya que tenía las sonoridades tumultuosas del océano, una voz que no parecía brotar de su inmóvil, blanquísima garganta-o Bienvenido a mi chateau.
Rara vez recibo visitas, y es una gran desgracia, pues nada me anima tanto como la presencia de un forastero... Este lugar, ahora que la aldea ha sido abandonada, es tan solitario..., y mi única compañera, pobrecita, no puede hablar. A menudo paso tanto tiempo en silencio que a veces imagino que pronto yo misma olvidaré las palabras y ya nunca en esta casa nadie volverá a hablar.
Le ofreció un bizcochito de azúcar de un plato de Limoges; sus uñas arrancaban carillones de la antigua porcelana. Su voz, brotando de esos labios rojos semejantes a las rosas obesas de su jardín, labios que no se mueven..., su voz curiosamente descarnada; es como una muñeca, pensó él, el muñeco de un ventrílocuo o, más bien, una ingeniosa pieza de relojería. Porque parecía accionada por una especie de energía lenta, incongruente, ajena a ella, una energía que ella no podía controlar; como si al nacer, años atrás, la hubieran provisto de una cuerda como de reloj, y el mecanismo, al desgranarse inexorablemente, fuera a dejarla exánime, sin vida. Esta idea, la idea de que ella pudiera ser un autómata, una marioneta de terciopelo blanco y piel negra, incapaz de moverse por sus propios medios, no lo abandonaba del todo; y en verdad lo conmovía profundamente. El aire carnavalesca de su vestido blanco acentuaba su irrealidad, como si fuera una triste colombina extraviada en los bosques tiempo ha, y que nunca llegara a la feria.
- Y la luz. Debo disculparme por la falta de luz... Una dolencia de los ojos, un mal hereditario...
Las gafas de ciego reflejaban dos veces su rostro agraciado; si lo mirara sin ellas, sin la protección de los oscuros cristales, él la deslumbraría, como el sol que a ella le estaba vedado mirar, y al instante la consumiría. Pobre pájaro nocturno, pobre ave carnicera.
Vous serez ma proie.
Qué hermosa garganta tenéis, monsieur, es como una columna de mármol. Cuando entrasteis por la puerta nimbado por la dorada luz del día estival, del que yo nada sé, nada, la carta llamada Les Amoureux acababa de emerger del turbulento caos de imágenes; y me pareció que habíais descendido del naipe a mi oscuridad y por un momento pensé que tal vez vos mismo la irradiabais.
No quiero hacerte daño. Te esperaré en la oscuridad, en mi traje de novia.
El prometido ha llegado; y entrará en la cámara que le ha sido preparada.
Yo estoy condenada a la soledad y a las tinieblas; no quiero hacerte daño.
Seré muy dulce, lo prometo.
(¿Y podrá el amor liberarme de las sombras? ¿Puede un pájaro cantar tan sólo la canción que sabe, o podrá quizás aprender una nueva?)
Mira, mira cómo me he preparado para ti. Siempre he estado preparada para ti. Te he estado esperando con mi traje de novia, ¿por qué has tardado tanto? Muy pronto todo habrá concluido, todo.
No sentirás ningún dolor, amado mío.
Ella misma es una casa habitada por fantasmas. No se posee a sí misma. Sus antepasados vienen, a veces, y espían por las ventanas de sus ojos, yeso es terrible, aterrador. Ella tiene la misteriosa soledad de los estados ambiguos, flota en una tierra de nadie entre la vida y la muerte, durmiendo y despertando detrás del matorral de flores dentadas, el sanguinario botón de rosa de Nosferatu.
Los bestiales antepasados de las paredes la condenan a la perpetua repetición de sus propias pasiones.
(Un beso, sin embargo, sólo uno, despertó a la Bella Durmiente del Bosque.)
Nerviosamente, para ocultar sus voces interiores, ella mantiene una fachada de charla insubstancial en francés, mientras sus ancestros le hacen guiñas y muecas desde las paredes; por mucho que ella intenta imaginar alguna otra, sólo conoce una forma de consumación.
Una vez más lo desconcertaron esas garras como de ave de rapiña que coronaban aquellas manos maravillosas; la sensación de creciente extrañeza que empezó a adueñarse de él desde que en la aldea se había empapado la cabeza bajo el agua de la fuente, desde que había traspuesto los lóbregos portales del castillo fatal, lo dominaba ahora por completo. De haber sido un gato, habría huido de esas manos saltando hacia atrás sobre sus cuatro patas rígidas de terror, pero él no es un gato, él es un héroe.
Una incredulidad esencial en lo que ven sus ojos lo sostiene, incluso allí, en el boudoir de la mismísima condesa de Nosferatu; tal vez hubiera dicho que hay ciertas cosas que no debiéramos creer posibles aun cuando sean reales. Podría haber dicho: es absurdo creer lo que los ojos ven. No tanto porque él no crea en ella; él puede verla, ella es real. Si ella se quita las gafas oscuras, de sus ojos manarán a raudales todas las imágenes que pueblan esta tierra habitada por ánimas de vampiros; pero como él a causa de su virginidad (aún no sabe lo que es el miedo) y de su heroísmo (que lo iguala al sol) es inmune a las sombras, ve frente a él, antes que nada, a una muchacha fruto de la endogamia, extremadamente sensitiva, sin padre, sin madre, que ha permanecido demasiado tiempo a oscuras, pálida como una planta que nunca ve la luz y casi ciega a causa de una enfermedad hereditaria de los ojos. Y aunque hay un algo que lo desasosiega, no puede sentir terror; de modo que es como el niño del cuento de hadas, ese niño que no sabe temblar y para quien ni los aparecidos ni los ogros ni las alimañas ni el Diablo con todo su séquito surtirán el efecto deseado.
Es esta falta de imaginación lo que confiere al héroe su heroísmo.
Él aprenderá a temblar en las trincheras. Pero esta muchacha no puede hacerla temblar.
Ha caído la noche. Los murciélagos bajan en picada y chillan del otro lado de las ventanas herméticamente condenadas. Se ha bebido todo el café y ha comido los bizcochitos de azúcar. La charla de ella ha ido decayendo, diluyéndose y ha cesado al fin; ahora, en silencio, ella se retuerce los dedos, juega con el encaje de su vestido, se agita nerviosa en su silla. Chistan las lechuzas, y también su mobiliario chirría y cuchichea en torno de nosotros.
Ahora te hallas en el lugar de la aniquilación, ahora te hallas en el lugar de la aniquilación. Ella vuelve la cabeza para eludir la luminosidad azul de sus ojos; sabe que no puede ofrecerle más consumación que la única que conoce. Hace tres días que no come. Es hora de cenar. Es hora de dormir.
Suivez moi.
Je vous attendais.
Vous serez ma proie.
En el tejado maldito el cuervo grazna. «Hora de cenar, hora de cenar», repican los retratos en las paredes. Un hambre pavorosa le roe las entrañas; ella lo ha esperado toda su vida sin saberlo.
El apuesto ciclista, casi sin poder creer en la suerte que ha tenido, la seguirá a su alcoba; las bujías encendidas en torno del altar propiciatorio arden con una llama baja, clara, la luz cabrillea en las lágrimas de plata engarzadas en la pared. Ella prometerá, con la voz misma de la tentación: «Tan pronto caigan mis vestidos, presenciarás una sucesión de misterios».
Ella no tiene una boca con la cual besar, ni tiene manos para acariciar; sólo los colmillos y las garras de una bestia de presa.
Tocar el brillo mineral de la carne que descubre el frío resplandor de las velas es invitar a su abrazo fatal; con su voz grave, dulce, ella entonará la nana de la casa de Nosferatu.
Abrazos, besos; tu cabeza dorada, tu dorada cabeza de león, aunque nunca haya visto un león, sólo lo he imaginado; tu cabeza de sol, aunque sólo en la carta del tarot haya visto su imagen; tu cabeza dorada, la del amante que soñé que alguna vez vendría por fin a liberarme, caerá hacia atrás, con los ojos en blanco, en un espasmo que tu tomarás por el del amor, y no el de la muerte. En mi invertido lecho nupcial, es el desposado el que se desangra.
Desnudo y muerto, pobre ciclista; ha pagado el precio de una noche con la condesa, un precio para algunos demasiado alto, y para otros no.
Mañana su fiel servidora enterrará los huesos al pie de los rosales.
El alimento de que se nutren las rosas les confiere ese color opulento, ese perfume embriagador que insinúa, lascivamente, placeres prohibidos.
Suivez moi.
-¡Suivez moi!
El apuesto ciclista, que duda de la cordura de su anfitriona, acata prudentemente su histérico mandato y la sigue a la otra habitación; desearía tomarla entre sus brazos y protegerla de esos antepasados suyos que la espían desde las paredes.
¡Qué alcoba tan macabra!
Su coronel, un viejo libertino de apetitos morbosos, le había dado la tarjeta de un burdel de París en donde, aseguraba el sátiro, con sólo diez luis es pagaría una alcoba tan lúgubre como ésta, con una muchacha desnuda en un ataúd; entre bambalinas, el pianista del burdel tocaba en un armonio el Dies Irae, y en medio de todos los perfumes del gabinete de un embalsamador, el cliente obtenía el placer necrofílico de un supuesto cadáver. Él había rechazado bonachonamente la sugerencia del viejo de tan extraña iniciación; ¿podría ahora acaso aprovecharse como un criminal de la infeliz criatura delirante, con esas manos descarnadas ardientes de fiebre, las uñas como garras yesos ojos que con su terror, su tristeza y su terrible y frustrada ternura desmentían todas las promesas de su cuerpo?
Tan delicada y condenada, pobrecita. Irremediablemente condenada.
Sin embargo creo, estoy seguro de que ella no sabe lo que hace.
Tiembla como si sus miembros no estuvieran correctamente articulados, como si pudiera desarmarse al temblar. Levanta las manos para desabrochar el cuello de su vestido y sus ojos se arrasan de lágrimas, lágrimas que se deslizan bajo el aro de sus gafas oscuras. No puede quitarse el vestido de novia de su madre si no se quita antes los anteojos; ha malogrado el ritual, y éste ya no es inexorable. El mecanismo que hay en ella le ha fallado ahora, ahora, cuando más lo necesita. Cuando se quita las gafas oscuras éstas se le escapan de los dedos y se hacen añicos contra el embaldosado. En su drama no cabe la improvisación; y este ruido imprevisto, mundano, de cristales al romperse, rompe por completo el perverso hechizo de la alcoba. Busca a ciegas en el suelo, boquiabierta, las esquirlas, y con el puño se enjuga en vano las lágrimas que le bañan el rostro. Y ahora, ¿qué va a hacer?
Cuando se agacha para tratar de recoger los fragmentos de vidrio, una esquirla filosa se le clava en la yema del pulgar; lanza un grito agudo, real. Se arrodilla en medio de los cristales rotos y observa cómo la brillante cuenta de sangre forma una gota.
Nunca había visto antes su propia sangre, no su propia sangre.
Y ejerce sobre ella una terrible fascinación.
En esa alcoba vil, asesina, el apuesto ciclista aporta los remedios inocentes de la infancia; él mismo, por su sola presencia, es un exorcismo. Toma con dulzura la mano de ella y enjuga la sangre con su propio pañuelo, pero sigue manando a borbotones, y entonces él pone su boca contra la herida. Élla enjugará mejor al besada, como lo habría hecho su madre si viviera.
Todas las lágrimas de plata caen de la pared con un delicado tintineo. Sus ancestros pintados desvían la mirada y rechinan los colmillos.
¿Cómo puede ella soportar el dolor de volverse humana?
El final del exilio es el final del ser.
Lo despertó el canto de la alondra. Los postigos, las cortinas, y hasta las ventanas largo tiempo condenadas de la horrenda alcoba se hallaban abiertas de par en par, y la luz y el aire entraban a raudales; ahora podía verse lo charro que era todo, lo delgado y barato que era el satén, y el catafalco no de ébano sino de papel pintado de negro y estirado sobre varillas de madera, como de utilería. El viento había arrancado multitud de pétalos de las rosas del jardín, y esta resaca carmesí revoloteaba fragante por el suelo. Las bujías se habían consumido y ella debió haber soltado a su alondrita, ya que ahora estaba posada en el borde del ridículo ataúd, y entonaba para él su extático canto matutino. Él tenía los huesos rígidos y doloridos. Después de acostada en la cama, había dormido en el suelo con su chaqueta por almohada.
Pero ahora no quedaba de ella ningún rastro visible, excepto un négligé de encaje abandonado al descuido sobre el arrugado satén negro del edredón, ligeramente manchado como por la sangre menstrual de una mujer, y una rosa proveniente quizá de los espinosos matorrales que se sacudían al otro lado de la ventana.
El aire cargado de incienso y de olor a rosas le hacía toser. Sin duda la condesa se había levantado temprano para disfrutar del sol, y se habría deslizado al jardín en busca de una rosa para él. Se puso de pie, atrajo la alondra a su muñeca y la llevó hasta la ventana.
Al principio el ave mostró ante el cielo la renuncia natural de una criatura largo tiempo enjaulada, pero cuando él la lanzó a las corrientes del aire, extendió las alas y se elevó alejándose hacia la límpida bóveda azul del firmamento. Él siguió la trayectoria de su vuelo con el corazón ensanchado de júbilo.
Luego entró de puntillas en el boudoir; la mente le bullía de proyectos. La llevaremos a Zurich, a una clínica, allí tratarán su histeria nerviosa. Luego a un oculista, por su fotofobia, y a un dentista, para que arregle sus dientes. Cualquier manicura competente podría ocuparse de sus garras. Haremos que vuelva a ser la joven encantadora que en realidad es; yo la curaré de todas estas pesadillas.
Las pesadas cortinas están descorridas y dejan entrar los brillantes fucilazos de las primeras luces de la mañana; en la desolación del boudoir ella está sentada delante de su mesa redonda, con su vestido blanco, las cartas extendidas frente a ella. Se ha quedado dormida sobre las cartas del destino, tan manoseadas, tan manchadas, tan gastadas por el constante barajar que en ninguna puede verse ya la imagen.
Ella no duerme.
En la muerte parecía mucho más vieja, menos hermosa, y así, por primera vez, plenamente humana.
Me desvaneceré en la luz de la mañana; yo no era más que un invento de la oscuridad. Y te dejo como recuerdo la oscura rosa dentada que arranqué de entre mis muslos, como una flor sobre una sepultura. Sobre una sepultura.
Mi guardiana se ocupará de todo.
Nosferatu siempre asiste a sus propias exequias; ella no irá al cementerio sin un séquito. Y ahora la vieja se materializa llorando y con un gesto le indica que se vaya. Luego de una búsqueda por varios cobertizos pestilentes, él descubrió su bicicleta y renunciando a sus vacaciones pedaleó directamente hasta Bucarest, donde en el poste restante encontró un telegrama que le ordenaba incorporarse de inmediato a su regimiento. Mucho después, cuando ya en los cuarteles volvió a vestir el uniforme, descubrió que aún tenía la rosa de la condesa; debió guardada en el bolsillo del pecho de su chaqueta, después de hallar el cadáver. Y qué extraño, pese a que la había traído de tan lejos, desde Rumania, la flor no parecía del todo marchita, y en un impulso, puesto que la joven había sido tan adorable y su muerte tan imprevista y patética, decidió tratar de revivir su rosa. Llenó el vaso de lavarse los dientes con agua de la garrafa y puso en él la rosa con la corola ajada a flor de agua.
Cuando volvió del rancho esa noche salió a su encuentro por el corredor de piedra de la barraca la embriagadora fragancia de las rosas del conde de Nosferatu, y en su cuarto espartano flotaba el perfume de una flor deslumbrante, aterciopelada, monstruosa, cuyos pétalos habían recobrado su primitiva lozanía y elasticidad; su corrupto, brillante, ominoso esplendor.
Al día siguiente su regimiento se embarcó con destino a Francia.


En The bloody chamber and other stories, 1979
Publicado en España como: La cámara sangrienta y otros cuentos. Traducción de Matilde Horne. Barcelona, Minotauro, 1991. 
192 p.


Toda la obra traducida por MATILDE HORNE 

El presente listado fue preparado por María Florencia Ferre y completado por los lectores de la obra traducida por Matilde Horne. La compilación final es de Virginia y Martín HoRNE. Publicada e n AEAESTHETHIKA.ORG

http://www.aesthethika.org/Obra-traducida

miércoles, 15 de julio de 2015

Tobias Wolff: DI QUE SÍ

 DI QUE SÍ
Estaban fregando los platos; su mujer lavaba mientras él secaba. Él había lavado la noche antes. A diferencia de la mayoría de los hombres que conocía, él arrimaba el hombro en las tareas de la casa. Unos meses antes había oído casualmente que una amiga de su mujer la felicitaba por tener un marido tan considerado, y pensó: «Lo intento». Ayudar con los platos era un modo de demostrar lo considerado que era. Hablaron de diferentes cosas y por algún motivo trataron el asunto de si los blancos deberían casarse con los negros. Él dijo que, considerándolo todo, creía que era una mala idea.
—¿Por qué? —preguntó ella.
A veces su mujer ponía aquella expresión en que fruncía las cejas, se mordía el labio inferior y miraba fijamente hacia abajo. Cuando la veía así, él sabía que debía mantener la boca cerrada, pero nunca lo hacía. En realidad le llevaba a hablar más. Ahora tenía esa expresión.
—¿Por qué? —preguntó ella otra vez, y se quedó parada con la mano dentro de un cuenco, no lavándolo sino sólo sosteniéndolo sobre el agua.
—Escucha —dijo él—. Yo fui al colegio con negros, he trabajado con negros y vivido en la misma calle que negros, y siempre nos hemos llevado bien. No me vengas ahora tú dando a entender que soy un racista.
—Yo no he dado a entender nada —dijo ella, y se puso a lavar el cuenco de nuevo, haciéndolo girar en la mano como si le estuviera dando forma—. Lo que pasa es que yo no veo qué hay de malo en que un blanco se case con una negra, o un negro con una blanca, eso es todo.
Él le echó una ojeada. Ella le estaba mirando, y tenía los ojos brillantes.
—Mira —dijo él, adoptando un tono razonable—, esto es estúpido. Si fueras negra, no serías tú —al decir eso se dio cuenta de que era absolutamente cierto. No existía argumento posible en contra del hecho de que ella no sería la misma si fuera negra. Así que repitió—: Si fueras negra, no serías tú.
—Lo sé —dijo ella—, pero vamos a suponerlo.
Él respiró hondo. Había ganado la discusión pero todavía se sentía acorralado.
—¿A suponer qué? —preguntó.
—Que yo soy negra, pero siendo yo, y nos enamoramos. ¿Te casarías conmigo?
Él pensó en eso.
—¿Bien? —dijo ella, y se acercó a él. Sus ojos todavía estaban más brillantes—. ¿Te casarías conmigo?
—Lo estoy pensando —dijo él.
—No te casarías, lo puedo asegurar. Vas a decir que no.
—No vayamos tan deprisa —dijo él—. Hay que tener en cuenta muchas cosas. No queremos hacer algo que podríamos lamentar el resto de nuestra vida.
—No lo pienses más. Sí o no.
—Si lo planteas de ese modo…
—Sí o no.
—Dios santo, Ann. De acuerdo… no.
—Gracias —dijo ella, y salió de la cocina entrando en el cuarto de estar. Un momento después él la oyó pasar las páginas de una revista. Sabía que estaba demasiado enfadada para leerla de verdad, pero no pasaba las páginas bruscamente como habría hecho él; las pasaba despacio, como si estuviera estudiando cada palabra. Le estaba demostrando su indiferencia, y tenía el efecto que él sabía que pretendía ella. Le dolía.
Él no tenía más opción que demostrarle también indiferencia. En silencio, con cuidado, fregó el resto de los platos. Luego los secó y los guardó. Secó la encimera y la cocina, y fregó el linóleo donde había caído la gota de sangre. Mientras estaba en eso, decidió que pasaría la fregona a todo el suelo. Cuando terminó, la cocina parecía nueva, justo como cuando les enseñaron la casa, antes de que vivieran en ella.
Agarró el cubo de la basura y salió. La noche era clara y pudo ver unas cuantas estrellas al oeste, donde las luces de la ciudad no las ocultaban. En El Camino la circulación era constante y ligera, pacífica como un río. Se avergonzó de que su mujer le hubiera empujado a reñir. Dentro de otros treinta años o así estarían muertos los dos. ¿Qué importaría entonces todo esto? Pensó en los años que habían pasado juntos, y lo unidos que estaban y lo bien que se conocían el uno al otro, y se le hizo un nudo en la garganta que apenas le permitía respirar. La cara y el cuello le empezaron a hormiguear. El calor le inundó el pecho. Se quedó allí un rato, disfrutando de esas sensaciones, luego agarró el cubo y salió por la puerta de atrás del jardín.
Los dos chuchos del final de la calle le habían vuelto a volcar el cubo de basura colectivo. Uno de ellos estaba revolcándose en el suelo y el otro tenía algo en la boca. Cuando le vieron venir se alejaron con pasos cortos, afectados. Normalmente les habría tirado una piedra o dos, pero esta vez los dejó irse.
La casa estaba a oscuras cuando volvió a entrar. Ella se encontraba en el cuarto de baño. Él se quedó delante de la puerta y la llamó. Oyó ruido de frascos, pero ella no le respondió.
—Ann, de verdad que lo siento —dijo—. Te compensaré por ello, lo prometo.
—¿Cómo? —preguntó ella.
Él no se esperaba aquello. Pero por el sonido de su voz, un tono claro y definitivo que le resultó extraño, supo que tenía que dar la respuesta adecuada. Se apoyó contra la puerta.
—Me casaré contigo —susurró.
—Ya veremos —dijo ella—. Vete a la cama. Estaré contigo en un momento.
Él se desnudó y se metió a la cama. Por fin oyó que la puerta del cuarto de baño se abría y se cerraba.
—Apaga la luz —dijo ella desde el umbral.
—¿Qué?
—Que apagues la luz.
Él estiró la mano y tiró de la cadenita de la lamparilla de noche. La habitación quedó a oscuras.
—Ya está —dijo. Permaneció allí tumbado y no pasó nada—. Ya está —dijo de nuevo. Entonces oyó movimiento en la habitación. Se sentó pero no podía ver nada. La habitación estaba en silencio. Su corazón latía con fuerza como la primera noche que pasaron juntos, como todavía latía cuando le despertaba un ruido en la oscuridad y esperaba oírlo de nuevo… el sonido de alguien que se movía por la casa, un extraño.