miércoles, 2 de abril de 2014

Kafka

Franz Kafka



"Esta historia de La condena la he escrito de un solo tirón en la noche del 22 al 23, desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Me costó mucho trabajo sacar mis piernas tiesas de tanto estar sentado debajo del escritorio. Ese terrible esfuerzo y la alegría de ver cómo la historia iba desarrollándose ante mí, cómo iba avanzando sobre las aguas. Varias veces en esta noche mis espaldas cargaron con mi peso. Cómo pueden decirse todas las cosas, cómo para todo, para las más extrañas ocurrencias, hay dispuesto un enorme fuego, en el cual se consumen y renacen. Tras la ventana se hizo el azul. Pasó un coche. Dos hombres cruzaron el puente. A las dos consulté por última vez el reloj. Cuando la criada pasó por primera vez por la antesala, escribí la última frase. Apagué la lámpara; luz diurna. Esos débiles dolores de corazón. Ese cansancio que desapareció mediada la noche. Mi trémula entrada en la alcoba de las hermanas. Lectura en voz alta. Antes, el estirarse ante la criada y decir: "He escrito hasta en la historia sólo vive a través de la relación con el amigo, esto es, con el elemento común, y que debido a la ausencia de boda no puede integrarse en los lazos de sangre que enmarcan a padre e hijo, esa huyentada con facilidad por el padre. Todo lo común se alza en torno al padre...".
11 de febrero de 1913
Diarios.

Eduardo Galeano

La casa de las palabras


A la casa de las palabras, soñó Helena Villagra, acudían los poetas. Las palabras, guardadas en viejos frascos de cristal, esperaban a los poetas y se les ofrecían, locas de ganas de ser elegidas: ellas rogaban a los poetas que las miraran, que las olieran, que las tocaran, que las lamieran. Los poetas abrían los frascos, probaban palabras con el dedo y entonces se relamían o fruncían la nariz. Los poetas andaban en busca de palabras que no conocían, y también buscaban palabras que conocían y habían perdido.
En la casa de las palabras había una mesa de los colores. En grandes fuentes se ofrecían los colores y cada poeta se servía del color que le hacía falta: amarillo limón o amarillo sol, azul de mar o de humo, rojo lacre, rojo sangre, rojo vino…

de El libro de los abrazos

Michel Eyquem de Montaigne

Capítulo LI

De la vanidad de las palabras

Decía un antiguo retórico que su oficio consistía «en abultar las cosas haciendo ver grandes las que son pequeñas»; algo así como un zapatero que acomodara unos zapatos grandes a un pie chico. En Esparta hubieran azotado al tal retórico por profesar un arte tan artificial y embustero. Arquidamo, rey de aquel Estado, oyó con extrañeza grande la respuesta de Tucídides al informarle de quién era más fuerte en la lucha, si Pericles o él: «Eso, dijo el historiador, no es fácil de saber, pues cuando yo le derribo por tierra en la pelea, convence a los que le han visto caer de que no ha habido tal cosa.»
Los que disfrazan y adoban a las mujeres son menos dañosos que los retóricos, porque al cabo no es cosa de gran monta dejar de verlas al natural, mientras que aquéllos tienen por oficio engañar no a nuestros ojos, sino a nuestra razón, bastardeando y estropeando la esencia de la verdad. Las repúblicas que se mantuvieron mejor gobernadas, como las de Creta y Lacedemonia, hicieron poco mérito de los oradores. Aristón define cuerdamente la retórica: «Ciencia para persuadir al pueblo». Sócrates y Platón la llamaban: «Arte de engañar y adular»; los que niegan que esa sea su esencia, corrobóranlo luego en sus preceptos. Al prescindir los mahometanos de la instrucción para sus hijos por considerarla inútil, y al reflexionar los atenienses que la influencia de la misma, que era omnímoda en su ciudad, resultaba perniciosa, ordenaron la supresión de la parte principal de la retórica, que es mover los afectos del ánimo: juntamente exordios y peroraciones. Es un instrumento inventado para agitar y manejar las turbas indómitas y los pueblos alborotados, que no se aplica más que a los Estados enfermos, como un medicamento; en aquellos en que el vulgo o los ignorantes tuvieron todo el poderío como en Atenas, Rodas y Roma; donde los negocios públicos estuvieron en perpetua tormenta, allí afluyeron los oradores. Muy pocos personajes se ven en esas otras repúblicas que gozaran de gran crédito sin el auxilio de la elocuencia. Pompeyo, César, Craso, Luculo, Lentulo y Metelo, encontraron en ella su supremo apoyo para procurarse la autoridad y grandeza que alcanzaron; más se sirvieron de la palabra que de las armas; lo contrario aconteció en tiempos más florecientes, pues hablando al pueblo L. Volumnio en favor de la elección consular de Q. Fabio y P. Decio, decía: «Ambos son hombres nacidos para la guerra, grandes para la acción; desacertados en la charla oratoria; espíritus verdaderamente consulares por todas sus cualidades; oís que son sutiles, elocuentes y sabios, no son aptos sino para la ciudad, para administrar justicia en calidad de pretores». La elocuencia floreció más en Roma cuando el estado de los negocios públicos fue peor; cuando la tempestad de las guerras civiles agitaba a la nación: del propio modo un campo que no se ha roturado se cubre de más frondosos matorrales. Parece desprenderse de aquí que los gobiernos que dependen de un monarca han menester menos de la elocuencia que los otros, pues la torpeza y docilidad de la generalidad, impeliéndola a ser manejada y moldeada por el oído al dulce son de aquella música, sin que pueda pesar ni conocer la verdad de las cosas por la fuerza de la razón, no se encuentra fácilmente en un solo hombre, siendo más viable librar al pueblo por el buen gobierno y el buen consejo de la impresión de aquel veneno. Macedonia y Persia no produjeron ningún orador de renombre.
Todo lo que precede me ha sido sugerido por un italiano, con quien acabo de hablar, que sirvió de maestresala al cardenal Caraffa, hasta la muerte del prelado; me ha referido aquél los deberes de su cargo, endilgándome un discurso sobre la ciencia de la bucólica con gravedad y continente magistrales, lo mismo que si me hubiese hablado de alguna grave cuestión teológica; me ha enumerado menudamente la diferencia de apetitos: el que se siente cuando se está en ayunas; el que se experimenta al segundo o tercer plato; los medios que existen para satisfacerlo ligeramente o para despertarlo y aguzarlo; la técnica de sus salsas, primero en general, luego particularizando las cualidades de cada una; los ingredientes que las forman y los efectos que producen en el paladar y en el estómago; la diferencia de verduras conforme a las estaciones del año: cuáles han de servirse calientes y cuáles deben comerse frías, y la manera de presentarlas para que sean más gratas a la vista. Después de este discurso me ha hablado del orden con que deben servirse los platos en la mesa, y sus reflexiones abundaban en puntos de vista muy importantes y elevados

Nec minimo sano discrimine refert,
quo gestu lepores, et quo gallina secetur;

todo ello inflado con palabras magníficas y ricas, las mismas que se emplean cuando se habla del gobierno de un imperio. Tratándose de elocuencia he creído oportuno traer a colación a mi hombre:

Hoc salsum est, hoc adustum est, hoc lautum est parum
illud recte; iterum sic memento: sedulo
moneo, quae possum, pro mea sapientia.
Postremo, tamquam in speculum, in patinas,Demea,
inspicere jubeo, et moneo, quid facto usus sit.

Los griegos mismos alabaron grandemente la disposición y el orden que Paulo Emilio observó en un banquete que dio en honor de aquéllos cuando volvieron de Macedonia. Pero no hablo aquí de los efectos; hablo sólo de las palabras.

Yo no sé si a los demás les sucede lo que a mí; yo no puedo precaverme, cuando oigo a nuestros arquitectos inflarse con esos majestuosos términos de pilastras, arquitrabes, cornisas, orden corintio o dórico y otros análogos de su jerga, mi imaginación va derecha al palacio de Apolidón, y luego veo que todo ello no son más que las mezquinas piezas de la puerta de mi cocina.

Al oír pronunciar los nombres de metonimia, metáfora, alegoría y otros semejantes de la retórica, ¿no parece que quiere significarse alguna forma de lenguaje rara y peregrina? pues en el fondo todo ello no son más que palabras con las cuales se califica la forma del discurso que vuestra criada emplea en su sencilla charla.

Artificio análogo a éste es el distinguir los empleos de nuestro estado con nombres soberbios sacados de los romanos, aunque no tengan con los antiguos ninguna semejanza, y todavía menos autoridad y poderío. También constituye otro engaño, de que algún día se hará justo cargo a nuestro siglo, el aplicar indignamente, a quien mejor se nos antoja, los sobrenombres más gloriosos, que la antigüedad no concedió sino a uno o dos personajes en cada siglo. Platón llevó el dictado de divino por universal consentimiento, y nadie ha intentado disputárselo. Los italianos que se vanaglorian, con motivo, de tener el espíritu más despierto y la razón más sana que las demás naciones de su tiempo, acaban de gratificar al Aretino con el mismo sobrenombre que a Platón acompaña. Ese escritor, salvo una forma hinchada, en la que sin duda abundan los rasgos ingeniosos, pero que tienen mucho de artificiales y rebuscados, y alguna elocuencia, no veo que sobrepase en nada a los demás autores de su tiempo; ¡le falta tanto para alcanzar aquella divinidad antigua! El calificativo de grandes se lo colgamos a príncipes que en nada sobrepasan la grandeza popular.

de LA VANIDAD DE LAS PALABRAS
Michel Eyquem de Montaigne
El siguiente extracto pertenece al Libro I, escrito posiblemente entre 1578-1580

martes, 1 de abril de 2014

Lao Tse

Lao Tse

Las palabras que expresan la verdad, no son siempre agradables.
Las palabras que son agradables, no son siempre la verdad.
Un hombre bueno, no siempre las discute.
El que las discute, no es siempre bueno.
El sabio no necesita ser culto.
El culto no siempre es sabio.
El sabio no acumula para sí.
Por lo tanto, vive para los demás y vive plenamente.
Da a los demás y vive en la abundancia.
El Tao del cielo beneficia sin perjudicar.
El Tao del sabio realiza sin competir.


Tao Te King de Lao Tse

Sigmund Freud

“Palabras y magia fueron al principio una y la misma cosa, e incluso hoy las palabras siguen reteniendo gran parte de su poder mágico. Con ellas podemos darnos unos a otros la mayor felicidad o la más grande de las desesperaciones, con ellas imparte el maestro sus enseñanzas a sus discípulos, con ellas arrastra el orador a quienes le escuchan, determinando sus juicios y sus decisiones. Las palabras apelan a las emociones y constituyen, de forma universal, el medio a través del cual influimos sobre nuestros congéneres”.


Sigmund Freud: (Introducción al psicoanálisis)

Fernando Pessoa

Escribo arrullándome, como una madre loca a un hijo muerto. En verdad, no poseemos más que nuestras propias sensaciones; en ellas, que no en lo que ellas ven, tenemos que fundamentar la realidad de nuestras vidas.

Fernando Pessoa


Julio Cortázar: Las palabras

Julio Cortázar
Las palabras



Si algo sabemos los escritores es que las palabras pueden llegar a cansarse y a enfermarse, como se cansan y se enferman los hombres o los caballos. Hay palabras que a fuerza de ser repetidas, y muchas veces mal empleadas, terminan por agotarse, por perder poco a poco su vitalidad. En vez de brotar de las bocas o de la escritura como lo que fueron alguna vez, flechas de la comunicación, pájaros del pensamiento y de la sensibilidad, las vemos o las oímos caer como piedras opacas, empezamos a no recibir de lleno su mensaje, o a percibir solamente una faceta de su contenido, a sentirlas como monedas gastadas, a perderlas cada vez más como signos vivos y a servirnos de ellas como pañuelos de bolsillo, como zapatos usados. (…)
Sin la palabra no habría historia y tampoco habría amor; seriamos, como el resto de los animales, mera sexualidad. El habla nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero somos porque hablamos. Y es entonces que en las encrucijadas críticas, en los enfrentamientos de la luz contra la tiniebla, de la razón contra la brutalidad, de la democracia contra el fascismo, el habla asume un valor supremo del que no siempre nos damos plena cuenta. (…)
Es tiempo de decirlo: las hermosas palabras de nuestra lucha ideológica y política no se enferman y se fatigan por sí mismas, sino por el mal uso que les dan nuestros enemigos y que en muchas circunstancias les damos nosotros. Una crítica profunda de nuestra naturaleza, de nuestra manera de pensar, de sentir y de vivir, es la única posibilidad que tenemos de devolverle al habla su sentido más alto, limpiar esas palabras que tanto usamos sin acaso vivirlas desde adentro, sin practicarlas auténticamente desde adentro, sin ser responsables de cada una de ellas desde lo más hondo de nuestro ser. Sólo así esos términos alcanzarán la fuerza que exigimos en ellos, sólo así serán nuestros y solamente nuestros. La tecnología le ha dado al hombre máquinas que lavan las ropas y la vajilla, que le devuelven el brillo y la pureza para su mejor uso. Es hora de pensar que cada uno de nosotros tiene una máquina mental de lavar, y que esa máquina es su inteligencia y su conciencia; con ella podemos y debemos lavar nuestro lenguaje político de tantas adherencias que lo debilitan. Sólo así lograremos que el futuro responda a nuestra esperanza y a nuestra acción, porque la historia es el hombre y se hace a su imagen y a su palabra.

de Las palabras(frag.)

Extraído de la charla pronunciada en el centro cultural La Villa de Madrid en 1981