lunes, 3 de marzo de 2014

consejos del maestro:STEPHEN KING

LOS CONSEJOS DEL REY DEL TERROR: STEPHEN KING

¡Sé sincero! El hombre que ha escrito algunos de los libros más aterradores en los últimos tiempos es Stephen King. Cuenta con más de 50 novelas y 30 películas, todas ellas con esos matices escalofriantes. No obstante, King también es muy conocido por sus citas sobre la escritura como arte y oficio.
De hecho, publicó Mientras escribo, un manual muy respetado sobre el oficio de escribir. En él, King ofrece consejos prácticos para llegar a convertirse en un escritor de éxito. Los siguientes son los siete consejos más destacados.
Todo empieza con un rechazo

Stephen King
Muy pocos escritores logran que los publiquen al primer intento, y King no fue la excepción. Comenzó a presentar sus historias cuando todavía estaba en la escuela y, a la edad de 14 años, ya había acumulado una gran colección de cartas de rechazo. King perseveró y dice que, de hecho, aprendió algunas de sus mejores lecciones de las notas garabateadas en los márgenes de esas cartas. En una le recomendaban reducir la verborrea y eso hizo que cambiara su forma de escribir “de una vez y para siempre”.
Lee mucho, y escribe mucho
¡Tal vez la siguiente sea su cita más famosa sobre el oficio de escribir! En ella, King sostiene que para ser un escritor tienes que hacer dos cosas por encima de todo.
"Si no tienes tiempo para leer, no dispones de los medios para escribir. Leer suministra el combustible para escribir. Crea una “facilidad e intimidad” con la escritura, permitiéndole al escritor deslizarse sin problemas dentro del proceso creativo.


Domina los fundamentos de la escritura

Para ser un buen escritor, debes dominar los 
fundamentos del vocabulario, la gramática y el estilo. Utiliza únicamente el vocabulario con el que te sientas más cómodo. Conoce tu gramática. Evita los adverbios y la voz pasiva como si fueran la peste. Como dice King, el dominio de estas habilidades elementales puede conducir eventualmente a la magia de una novela en toda regla
















En su forma más básica, sólo estamos hablando de una habilidad que se aprende, pero ¿no estamos de acuerdo en que a veces las habilidades más elementales pueden crear cosas mucho más allá de tus expectativas? Estamos hablando de herramientas y carpintería, de palabras y estilo... pero a medida que avancemos, harías bien en recordar que también estamos hablando de magia”.
Escribir es un trabajo, así que prepárate para hacerlo
En sus primeros días, King escribía incesantemente. Él dice.
“A veces tienes que seguir aunque no quieras”. Escribir requiere compromiso, y “... si no quieres trabajar hasta partirte el culo, no tiene ningún sentido que pretendas escribir bien”.
Las historias se pueden encontrar en cualquier lugar, en cualquier momento
Uno de los primeros consejos de King es que no existe ningún catálogo de ideas esperando a ser encontrado. Las buenas ideas para una historia pueden salir de cualquier parte, y la labor del escritor consiste en detectarlas. La mayor parte de las ideas de King salieron de fragmentos de conversaciones y de crear escenarios alrededor de ellos.
Siempre sé sincero
King insiste repetidamente en que los escritores necesitan ser fieles a sí mismos:
“Escribe aquello que te guste, y luego dótalo de vida y hazlo único al mezclarle tu propio conocimiento personal de la vida, la amistad, las relaciones, el sexo y el trabajo”. En una variante de la regla “escribe sobre lo que sabes”, King anima a los escritores a escribir sobre aquello que sienten como verdadero. Utilizando lo que sabes y lo que es único en ti, le 
darás sinceridad y veracidad a tus personajes, diálogos y escenarios.
El apoyo te llevará lejos

La relación con su esposa, Tabitha, está incrustada en el libro de King. Él la describe como la persona a la que acude en busca de apoyo y consejos. Él la considera su lector ideal. El apoyo ayuda mucho, y King lo expresa mejor:

“Escribir es un trabajo solitario. Tener a alguien que crea en ti hace una gran diferencia. No tienen que darte discursos. Por lo general, basta con que crean en ti”.




domingo, 2 de marzo de 2014

LAS 10 REGLAS PARA ESCRIBIR BIEN DE ELMORE LEONARD

Introducimos una nueva serie ocasional de artículos y consejos para escribir, provenientes de muchas de las grandes figuras de la literatura. Comenzamos con el gran Elmore Leonard que tristemente falleció en 2013.

Las primeras novelas publicadas de Leonard fueron westerns, pero luego se especializó en novela negra y muchas de sus obras fueron adaptadas al cine.
Entre las más conocidas están Get Shorty (Cómo conquistar Hollywood), Hombre, y Rum Punch, la cual se filmó bajo el título de Jackie Brown.

Elmore Leonard
  • Jamás empieces un libro hablando del tiempo.
  • Evita los prólogos.
  • Nunca utilices un verbo distinto a “dijo” para llevar los diálogos.
  • Nunca utilices un adverbio para modificar el verbo “dijo”… advirtió seriamente.
  • Mantén tus signos de exclamación bajo control. No te puedes permitir más de dos o tres por cada 100.000 palabras de prosa.
  • Nunca utilices las palabras “de repente” o “se armó la gorda”.
  • Utiliza los dialectos regionales con moderación.
  • Evita las descripciones detalladas de los personajes.
  • No entres en mucho detalle al describir lugares y cosas.
  • Intenta descartar las partes que los lectores tienden a saltarse.

Ocho reglas para escribir ficción de Neil Gaiman


Las ocho reglas para escribir ficción de Neil Gaiman son:


1-Escribe. 

2-Pon una palabra después de otra. Encuentra la palabra correcta. Déjala ahí. 

3-Termina lo que estás escribiendo. Sea lo que tengas que hacer para terminarlo, termina. 

4-Déjalo a un lado. Léelo como si nunca antes lo hubieras leído. Muéstrelo a algunos amigos, aquellos cuya opinión respetes y que gusten de ese tipo de textos. 

5-Recuerda: Cuando la gente te dice que hay algo que va mal o que simplemente no está funcionando para ellos, casi siempre estarán en lo cierto. Cuándo te dicen qué es lo que está mal y cómo arreglarlo, casi siempre estarán equivocados. 

6-Trabaja en ello. Recuerda que, tarde o temprano y antes de que llegue la perfección, tendrás que dejarlo ir y continuar escribiendo otras cosas. La perfección es como perseguir el horizonte. Sigue adelante. 

7-Ríete de tus propias bromas. 

8-La regla principal para escribir es que si lo haces con confianza y seguridad, podrás hacer lo que quieras (esto puede funcionar tanto en la vida como en la escritura, pero definitivamente es cierto en cuanto a la escritura). Así que escribe tu historia cómo debe ser escrita, escribe honestamente y cuéntala lo mejor que puedas. No estoy seguro de que haya otras reglas. Al menos, no de las que cuentan.

sábado, 1 de marzo de 2014

CONSEJOS PARA ESCRITORES PRINCIPIANTES DE ONETTI



I. No busquen ser originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa de serlo.
II. No intenten deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando le amenazan el bolsillo.
III. No traten de complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
IV. No escriban jamás pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
V. No sacrifiquen la sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo. Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que llevamos dentro y no es posible engañar.
VI. No sigan modas, abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
VII. No se limiten a leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
VIII. No olviden la frase, justamente famosa: 2 más dos son cuatro; pero ¿y si fueran 5?
IX. No desdeñen temas con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es necesario.
X. Mientan siempre.
XI. No olviden que Hemingway escribió: “Incluso di lecturas de los trozos ya listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor puede caer.”

DECÁLOGO DEL PERFECTO CUENTISTA, DE HORACIO QUIROGA



I
Cree en un maestro —Poe, Maupassant, Kipling, Chejov— como en Dios mismo.
II
Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en domarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.
III
Resiste cuanto puedas a la imitación, pero imita si el influjo es demasiado fuerte. Más que ninguna otra cosa, el desarrollo de la personalidad es una larga paciencia.
IV
Ten fe ciega no en tu capacidad para el triunfo, sino en el ardor con que lo deseas. Ama a tu arte como a tu novia, dándole todo tu corazón.
V
No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra adónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la importancia de las tres últimas.
VI
Si quieres expresar con exactitud esta circunstancia: “Desde el río soplaba el viento frío”, no hay en lengua humana más palabras que las apuntadas para expresarla. Una vez dueño de tus palabras, no te preocupes de observar si son entre sí consonantes o asonantes.
VII
No adjetives sin necesidad. Inútiles serán cuantas colas de color adhieras a un sustantivo débil. Si hallas el que es preciso, él solo tendrá un color incomparable. Pero hay que hallarlo.
VIII
Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trazaste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.
IX
No escribas bajo el imperio de la emoción. Déjala morir, y evócala luego. Si eres capaz entonces de revivirla tal cual fue, has llegado en arte a la mitad del camino.
X
No pienses en tus amigos al escribir, ni en la impresión que hará tu historia. Cuenta como si tu relato no tuviera interés más que para el pequeño ambiente de tus personajes, de los que pudiste haber sido uno. No de otro modo se obtiene la vida del cuento.

Herramientas para futuros escritores: Decálogo de Augusto Monterroso.

Decálogo de Augusto Monterroso.

Primero.
Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.
Segundo.
No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.
Tercero.
En ninguna circunstancia olvides el célebre díctum: “En literatura no hay nada escrito”.
Cuarto.
Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.
Quinto.
Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.
Sexto.
Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.
Séptimo.
No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.
Octavo.
Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de estas dos únicas fuentes.
Noveno.
Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.
Décimo.
Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea; pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.
Undécimo.
No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.
Duodécimo.
Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

martes, 4 de febrero de 2014

Menos que cero: ROBERT WALSER, ensayo de Alan Pauls

Menos que cero: ROBERT WALSER, ensayo de Alan Pauls



A lo largo de toda su vida (1878-1956), el escritor suizo Robert Walser persigue un propósito supremo: postergar la literatura. Aunque es simple, su método, que se propaga en el tiempo y el espacio formando una singular familia de renuentes (Kafka, por supuesto, pero también Svevo, J. R. Wilcock, Felisberto Hernández), pide la constancia obtusa que pide cualquier pasión. Se trata de preferir siempre otra cosa. En lo posible, trabajos anónimos, oscuros, subalternos, cuya ejecución, condenada a la mala luz de los subsuelos, sólo requiera del ejecutante la competencia necesaria para borrarlo literalmente del mapa.
Walser no es un improvisado. Salvo la torpeza, “típicamente suiza”, como él mismo reconoce, todo lo que sabe –la obediencia, la cortesía silenciosa, el arte de volverse invisible– lo aprendió en Berlín, durante su estadía en una escuela de formación de empleados domésticos. El mes que pasa entre todos esos aspirantes a criados basta para proporcionarle sus primeras satisfacciones profesionales: seducido por su habilidad para no sobresalir, el valet de cámara de un conde lo contrata para trabajar en un castillo de la Alta Silesia, donde invierte seis meses en limpiar habitaciones, lustrar cucharas de plata, sacudir alfombras y servir, vestido de frac, la mesa de una pomposa familia de aristócratas que se dirigen a él llamándolo “Señor Robert”. En Zurich, tras una fallida incursión por los talleres Escher-Wyss, se emplea como criado en casa de una mujer judía de la alta sociedad. Luego vuelve a Biel, su ciudad natal, en el cantón de Berna, donde no trabaja por un tiempo y es milagrosamente feliz. “Vivía en un altillo por veinte francos y estaba rodeado de sirvientas, una sarta de muchachas encantadoras cuyo aspecto francés me gustaba muchísimo.” Pero toca fondo y, alertado por su hermana Fanny, se muda a Berna, donde se quema las pestañas otros seis meses en los Archivos cantonales. Pasa, naturalmente, por la experiencia kafkiana de la compañía de seguros, pero es difícil saber aquí quién plagia a quién. (Dicen que el jefe de Kafka en el Instituto de seguros de Praga solía comparar a Kafka con los personajes soñadores de Walser, y que el propio Kafka, no se sabe si conmovido o qué, le recomendó un día que leyera Los hermanos Tanner, el segundo libro de su colega suizo.) Lo cierto es que la pasión esclava de Walser es mucho más nómade que la de Kafka. Es –sucesivamente– dependiente de librería, secretario de un abogado, empleado en dos bancos, obrero en una fábrica de máquinas de coser. En dos ocasiones, acosado por la pobreza, traiciona a Kafka con Bartleby, el célebre amanuense de Herman Melville, y consagra su pulso de escritor –lo único propio que se supone que tiene– a dos deliciosos goces de burócrata: redactar avisos clasificados para una revista de Stuttgart y transcribir datos para la “Cámara de escritura para desocupados”, una institución que parece fundada por el propio Walser. “Allí –recuerda R. Mächler–, sentado en un viejo taburete, al atardecer, a la pálida luz de un quinqué de petróleo, Walser se servía de su graciosa escritura para copiar direcciones o hacer trabajillos de ese género que le encomendaban empresas, asociaciones o personas privadas.”
Ahora bien, ¿qué hace Walser en sus ratos libres, cuando no agacha la cabeza ni ejecuta órdenes? Lo que cualquier artista romántico: escribe y camina. A los 26 años, en un cuarto de la Spiegelgasse, “no muy lejos de donde estuvo Lenin y murió Büchner”, escribe Las composiciones de Fritz Kocher (1904), la obrita maestra que Eudeba editó el año pasado, flanqueada por once renglones indigentes de Hermann Hesse y un bello posfacio de Guillermo Piro, e ilustrada con los dibujos que Karl Walser, hermano de Robert, hizo para la primera edición. Simulando compilar una veintena de trémulas redacciones escolares (“El hombre”, “El otoño”, “Tema libre”, “La patria”, “Nuestra ciudad”, etc.), Walser inventa el primer avatar de su linaje de héroes anémicos –Fritz Kocher, un estudiante muerto en plena juventud– y sienta las bases de una poética menor, monocromática, a la vez frágil e irreductible, cuyas frases se despliegan, en palabras de Walter Benjamin, con la gracia pobre y soberana de una guirnalda. “Nada es más seco que la sequedad, y para mí nada vale más que la sequedad, que la insensibilidad”, escribe Kocher, y la frase suena como la señal precoz de esa táctica del renunciamiento con la que Walser, de allí en más, deshidratará toda imaginación, todo estilo literario.
Poco después, en Berlín, entre 1907 y 1909, cuando frisa la treintena, Walser redacta las tres ficciones a las que debe su fama de artista imperceptible: Los hermanos Tanner, El dependiente (incluida en el volumen de Eudeba) y Jakob von Gunten, también conocida como El Instituto Benjamenta. Llamarlas novelas es necio y, sobre todo, un poco tosco; son libros sin corregir ni terminar, en los que nada añora, sin embargo, esas cláusulas del oficio narrativo; son documentos íntimos, informes autobiográficos apenas travestidos, pero lo que importa en ellos no es tanto la verdad que encierran como el modo raído y rutinario en que la impersonalizan. Lisa, la hermana que Walser idolatró, es sin duda el original de Hedwig, la institutriz abnegada de Los hermanos Tanner; es fácil reconocer en El dependiente rastros múltiples de la temporada que Walser pasó como empleado contable en Wädenswil, y el instituto que regentea el señor Benjamenta, dedicado a formar “ceros a la izquierda magníficos, redondos como una pelota”, calca la academia berlinesa donde el joven Walser aprendió a servir. Pero ¿qué valor pueden tener esas referencias, ancladas todas en una vida preexistente, comparadas con la extraña forma de vida que esas páginas hacen existir? Como Kafka, Walser habló y escribió mucho sobre sí mismo, pero lo que anima esa verborragia es una voluntad encarnizada de extinción, el sueño –paradójico, tal vez imposible– de no ser nadie, de ser menos que nadie, de ser cero.
En cuanto al caminar... El método Walser tiene un recurso secreto, suerte de salida (o entrada) de emergencia a la que el escritor recurre cuando los obstáculos interpuestos por la serie de los trabajos dejan de ser eficaces. Ese recurso, muy solicitado por la tradición romántica alemana, es el hospicio. A fines de los años ‘20, despedido de un empleo por insolente, Walser sale de su madriguera, redescubre las luces de Berna y la escritura y empieza a recibir numerosos encargos de diarios y revistas extranjeras. Resultado: surménage intelectual. Lo acosan sueños poblados de truenos, voces con eco y manos que le buscan la garganta, de los que despierta aullando de terror. Se vuelve dromómano. Camina de día y de noche, sin parar. Una vez sale de Berna a las dos de la mañana y llega a Thonon a las seis; a primera hora de la tarde hace una parada a orillas del Niesen, donde apura una lata de sardinas con un trozo de pan; vuelve a Thonon al anochecer; a medianoche está otra vez en Berna. “Todo a pie, por supuesto”, declara. Otra de sus hazañas peatonales es el tramo Berna Ginebra de un tirón, con noche en Ginebra y regreso a Berna a la mañana siguiente. Mientras descubre “lo difícil que es escribir buenos relatos de viaje”, el Berliner Tageblatt, que solía encomendarle colaboraciones, le aconseja por carta que “deje de escribir durante seis meses”. Walser se queda literalmente seco, “como una estufa a la que se le acaba el combustible”. Insiste, atormentando sus “meninges para no extraerles más que pavadas”. Intenta, por fin, suicidarse, pero es incapaz de hacer un nudo corredizo como la gente. Su hermana Lisa lo lleva al hospicio de Waldau. Ante el portón del establecimiento, Walser le pregunta: “¿Te parece que es la solución?”. Lisa permanece en silencio.
Walser se interna en Waldau en 1929, a los 51 años. En 1933 lo transfieren al asilo de Herisau, donde permanecerá hasta su muerte, veintitrés años más tarde. Allí lo encuentra Carl Seelig, un discretísimo benefactor de artistas que, interesado en publicar sus obras, inicia en 1933 una serie de visitas que sólo la muerte interrumpirá, y que aparecen pormenorizadas en un melancólico libro de walking & talking, Paseos con Robert Walser, donde el lirismo ambulatorio de Rousseau (otro suizo) se confunde con la conversada precisión de Goethe y Eckermann. Gracias a Seelig sabemos hasta qué punto la vida de hospicio es, para Walser, un paraíso de la subordinación, el ecosistema ideal para llevar hasta las últimas consecuencias su política de aplazamientos y suspensiones.
Por la mañana, Walser colabora con los empleados del asilo en las tareas de limpieza; por la tarde, durante las horas de trabajo reglamentarias, ordena lentejas, habas y castañas en tres montañitas separadas, o arma bolsas de papel. “Se esfuerza por trabajar lo más posible y refunfuña si lo molestan”, escribe Seelig, “y en los ratos de ocio se sumerge en revistas amarillentas o en libros viejos”. Según el director del hospicio, el doctor Pfister, Walser jamás muestra el menor deseo de entregarse a alguna actividad artística. ¿Y la escritura?, pregunta Seelig, intrigado. Walser alega que “es absurdo y grosero, sabiendo que estoy en un hospicio, pedirme que siga escribiendo libros”. Sólo puede escribir en libertad, dice, y hasta tanto no se cumpla esa condición, ni siquiera podrá considerar la posibilidad de retomar la escritura. “Tengo la impresión de que usted no aspira en absoluto a esa libertad”, observa Seelig. “No hay nadie que me la ofrezca, así que hay que esperar”, contesta Walser. Pero Seelig insiste: “Una vez fuera del hospicio, ¿volvería usted a escribir?”. Walser: “Ante esa pregunta sólo hay una reacción posible: no contestar”.
La escena –kafkiana de punta a punta– sirve, entre otras cosas, para comprender hasta qué punto cualquier efusión de miserabilismo o misericordia sucumbe ante la ley de Walser. Como sucede con Kafka, el caso Walser sólo podría despertar piedad en las celebridades y las damas de caridad. (Walser sobre Hölderlin, otra víctima sempiterna: “Estoy convencido de que durante los últimos treinta años de su vida no fue tan desdichado como se complacen en pintárnoslo los profesores de literatura. Poder dedicarse tranquilamente a soñar por los rincones, sin tener que estar haciendo deberes todo el tiempo, eso no es de mártires. Sólo que la gente cree que sí”.) En los lectores, en cambio, no puede despertar sino asombro, admiración y risa: una risa desenfrenada, abrupta, que hace vacilar y da vuelta todas las cosas. Tuvieron que pasar años hasta que alguien, hurgando en las páginas del Kafka de Max Brod, encontrara el fragmento en el que Brod describía las carcajadas que habían celebrado la primera lectura pública de El proceso. Y fue el mismo Brod, albacea impagable, quien hacia 1960 evocó el día en que Kafka irrumpió en su casa enarbolando el Jakob von Gunten de Walser y se puso a leerle unos pasajes en voz alta, interrumpiendo la lectura sólo una vez, definitivamente, para reírse “de un modo estrepitoso y continuo”.
Según la secuencia cronológica, Walser escribió primero y “enloqueció” después. Pero su literatura invierte ese orden radicalmente. Los suyos son textos que parecen escritos después de la locura, por alguien que asoma la cabeza entre escombros y, muy despacio, como si temiera astillarse los huesos, reanuda lo que la catástrofe había interrumpido. Opaca y aniñada, la prosa de Walser se abre paso en la lengua con cautela, delicadamente, como quien mueve un brazo alguna vez roto y que meses de yeso entumecieron. Sus frases tienen la corrección nítida, un poco alucinatoria, de los ejemplos que aparecen en las gramáticas de las lenguas extranjeras: prosa de rehabilitado. En ese sentido, el cero al que Walser aspira es menos un descenso, una autodegradación, que una meseta laboriosamente conquistada, la zona neutral donde no hay nada todavía, pero donde todo, sin embargo, puede ser posible. Es lo que explica a menudo la perplejidad ideológica de la crítica frente a sus libros: ¿qué es Jakob von Gunten? ¿Una exaltación totalitaria o un llamado a la resistencia? ¿Y El dependiente? ¿Hay acaso una ficción más conservadora y más subversiva? El cero es casto, es célibe y es insípido, pero es un monstruo de versatilidad: “Puede rebelarse u obedecer, maldecir o rezar, puede retorcerse o disgustarse, mentir o decir la verdad, adular o alardear. En su alma hallan sitio los sentimientos más diversos, tan bien como en las almas de otros hombres”. Como el Bartleby de Melville, el Walser cero (el nadie, el cualquiera) es todo lo contrario de una figura del desvalimiento: es potencia pura. No desea nada, ha renunciado a todo: sólo quiere estar allí, en lo neutro, en la nieve de la indiferencia, y limitarse a anunciar lo que está a punto de aparecer.
“La nieve es un canto bastante monótono”, se lee en la composición del joven Fritz Kocher sobre el otoño. El 25 de diciembre de 1956, un día después de pasear con Carl Seelig por el camino de Saint Gall, Robert Walser aparece muerto en la nieve, bajo un sol pálido, dice Seelig, “pálido como una muchacha un poco anémica”.

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