viernes, 25 de mayo de 2012

De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981) Raymond Carver




De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981) 
Estaba hablando mi amigo Mel McGinnis. -Mel McGinnis es cardiólogo, y eso le da a veces derecho a hacerlo. Estábamos los cuatro sentados a la mesa de la cocina de su casa, bebiendo ginebra. El sol, que entraba por el ventanal de detrás del fregadero, inundaba la cocina. Estábamos Mel y yo y su segunda mujer, Teresa –la llamábamos Terri- y Laura, mi mujer. Entonces vivíamos en Alburquerque. Pero todos éramos de otra parte.
            Había un cubo con hielo encima de la mesa. La ginebra y la tónica circulaban sin parar, y surgió no sé cómo el tema del amor. Mel opinaba que el verdadero amor no era otra cosa que el amor espiritual. Dijo que se había pasado cinco años en un seminario antes de salirse para estudiar medicina. Dijo que aún recordaba aquellos años del seminario como los más importantes de su vida.
            Terri dijo que el hombre con quien vivía antes de vivir con Mel la quería tanto que había intentado matarla. Luego continuó:
            -Una noche me dio una paliza. Me arrastró por toda la sala tirando de mis tobillos. Y me decía una y otra vez: <Te quiero, te quiero, zorra.> Y mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas. –Terri nos miró-. ¿Qué se puede hacer con un amor así?
            Era una mujer de huesos finos y cara bonita, ojos oscuros y una melena castaña que le caía por la espalda.
            Le gustaban los collares de turquesas y los pendientes largos.
            -Dios mío, no seas boba. Eso no es amor, y tú lo sabes –dijo Mel-. No sé cómo podríamos llamarlo, pero estoy seguro de que no debemos llamarlo amor.
            -Tú dirás lo que quieras, pero sé que era amor –protestó Terri-. Puede sonarte a disparate, pero es verdad. La gente es diferente, Mel. Algunas veces actuaba como un loco, es cierto. Lo admito. Pero me amaba. A su modo, quizá pero me amaba. En todo aquello había amor, Mel. No digas que no.
            Mel suspiró. Levantó el vaso y se volvió a Laura y a mí.
            -Me amenazó con matarme –dijo. Apuró el vaso y alargó la mano hacia la botella de ginebra-. Terri es una romántica. Terri es de la escuela de dame una patada-y-así-sabré-que-me amas. Terri, cariño, no pongas esa cara.
            -Mel alargó la mano por encima de la mesa y tocó la mejilla de Terri con los dedos. Y le sonrió.
            -Ahora quiere arreglarlo –dijo Terri.
            -¿Arreglar qué? –saltó Mel-. ¿Qué es lo que tengo que arreglar? Yo sé lo que sé. Eso es todo.
            -De todas formas, ¿cómo nos hemos puesto a hablar de esto? –Terri llevantó el vaso, bebió y añadió-: Mel siempre tiene metido el amor en la cabeza. ¿No es verdad cariño? –sonrió. Pensé que el tema iba a quedar zanjado.
            -Yo no llamaría amor al comportamiento de Ed. Eso es lo único que he dicho, cariño –puntualizó Mel-. ¿Y qué opináis vosotros) –Mel se dirigía a Laura y a mí-. ¿Os parece que eso es amor?
            -No soy la persona más apropiada para responder –respondí yo-. Ni siquiera conocí a ese Ed. Sólo lo he oído mencionar de pasada. No me atrevo a juzgarle. Tendría que conocer los detalles. Pero creo que lo que estás diciendo es que el amor es un absoluto.
            Mel aclaró:
            -Lo es el tipo de amor al que me refiero. El tipo de amor al que me refiero no te lleva a intentar matar gente. Laura intervino:
            -Yo no sé nada de Ed ni de la situación. Pero ¿quién puede juzgar la situación de otro?
            Toqué el dorso de la mano de Laura. Me envió una rápida sonrisa. Le cogí la mano. Estaba cálida: las uñas pulidas: una perfecta manicura. Rodeé su ancha muñeca con los dedos, y la abracé.
            -Cuando me fui, se tomó un matarratas –explicó Terri. Se apretó los brazos con las manos-. Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Vivíamos allí entonces, a unas diez millas. Le salvaron la vida pero se le enloquecieron las encías. Quiero decir que era como si se le separaran de los dientes. Desde entonces, los dientes le sobresalían, como colmillos. Dios mío –suspiró Terri. Aguardó unos instantes; luego se soltó los brazos y cogió el vaso.
            -¡Qué cosas llega a hacer la gente! –exclamó Laura.
            -Ahora está fuera de juego –dijo Mel-. Murió.
            Mel me pasó el plato de limas. Cogí un trozo. Lo exprimí en mi vaso y removí los cubitos con los dedos.
            -Es más grave que eso –dijo Terri-. Se pegó un tiro en la boca. Pero tampoco le salió bien. Pobre Ed –Sacudió la cabeza.
            -Ni pobre Ed ni nada –dijo Mel-. Era peligroso.
            Mel tenía cuarenta y cinco años. Era alto y ágil y tenía el pelo rizado y suave. Cara y brazos bronceados por el tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, sus movimientos, eran precisos, en extremo cuidadosos.
            -Pero me amaba, Mel. Concédeme eso –insistió Terri-. Es lo único que te pido. No me amaba de la forma que tú me amas. No estoy diciendo eso. Pero me amaba. Podrás concederme eso, ¿no?
            -¿Qué quieres decir con que no le salió bien? –pregunté.
            Laura se inclinó hacia delante con el vaso. Apoyó los codos sobre la mesa y sostuvo el vaso con ambas manos. Miró a Mel y luego a Terri, y aguardó con expresión de perplejidad en su cara franca, como si se asombrara de que tales cosas les pudieran suceder a los amigos.
            -¿Cómo dices que le salió mal si se mató? –inquirí.
            -Te lo contaré yo –dijo Mel-. Cogió su pistola del veintidós, la que se había comprado para amenazarnos a Terri y a mí. Hablo en serio, ese hombre siempre estaba amenazándonos. Deberías haber visto el tipo de vida que llevábamos entonces. Éramos como fugitivos. Hasta yo me compré una pistola. ¿Podéis creerlo? ¡Un tipo como yo! Pero lo  hice. Me la compré para defenderme, y la llevaba en la guantera. A veces tenía que salir del apartamento en mitad de la noche. Para ir al hospital, ya sabéis. Terri y yo no nos habíamos casado todavía, y mi primera mujer se había quedado con la casa y los chicos, con el perro, con todo. Y Terri y yo vivíamos en este apartamento. A veces, como digo, me llamaban en mitad de la noche y tenía que ir al hospital a las dos o las tres de la madrugada. El aparcamiento estaba completamente oscuro, y antes de llegar al coche me ponía a sudar. Nunca sabía si iba a salir de unos arbustos o de detrás de un coche y empezar a dispararme. Quiero decir que ese hombre estaba loco. Era capaz de ponerte una bomba, de cualquier cosa. Llamaba al servicio médico a todas horas, y decía que necesitaba hablar con el doctor, y cuando me ponía al aparato me decía: Y nimiedades por el estilo. Era algo que daba miedo. Creedme.
            -A mí me sigue dando lástima –confesó Terri.
            -Parece una pesadilla –dijo Laura-. ¿Pero qué sucedió exactamente después de que se pegara el tiro?
            Laura es secretaria jurídica. Nos habíamos conocido en el campo profesional. Y antes que nos diéramos cuenta éramos novios. Tiene treinta y cinco años, tres menos que yo. Además de estar enamorados nos gustamos y disfrutamos de nuestra mutua compañía. Es una mujer con la que es fácil llevarse bien.
            -¿Qué sucedió? –insistió Laura.
            Mel explicó:
            -Se pegó un tiro en la boca, en su cuarto. Alguien oyó el disparo y avisó al gerente. Entraron con una llave maestra y vieron lo que pasaba y llamaron una ambulancia. Coincidió que yo estaba allí cuando lo llevaron, pero su estado era irreversible. Vivió tres días. La cabeza se le hinchó, se le puso de tamaño doble al de una cabeza normal. Nunca había visto nada semejante, y espero no volver a verlo. Terri, al enterarse, quiso ir al hospital para estar con él. Reñimos por culpa de eso. Yo opinaba que no debía verlo en aquel estado. Pensaba que no debía verlo, y sigo pensando lo mismo.
            -¿Quién se salió con la suya? –dijo Laura.
            -Yo estaba con él en su habitación cuando murió –precisó Terri-. No recuperó el conocimiento en ningún momento. Pero me quedé con él. No tenía a nadie más.
            -Era peligroso –dijo Mel-. Si quieres llamarlo amor, allá tú.
            -Era amor –repitió Terri-. Ya sé que era un amor anormal para la mayoría de la gente. Pero estaba dispuesto a morir por su amor. Murió por él.
            -Pues para mí eso no era amor, puedes estar segura –dijo Mel-. Lo que quiero decir es que nadie sabe por qué lo hizo. He visto muchos suicidas, y en mi opinión nadie ha sabido nunca por qué lo hicieron.
            Mel se puso las manos en la nuca e inclinó la silla hacia atrás.
            -No me interesa ese tipo de amor –declaró-. Si para ti eso es amor, allá tú.
            Terri explicó:
            -Estábamos asustados. Mel incluso hizo testamento, y escribió a su hermano, que había sido Boina Verde y vivía en California, diciéndole a quién debía buscar si algo le sucedía.
            Terri bebió de su vaso. Prosiguió:
            -Pero Mel tiene razón: vivíamos como fugitivos. Teníamos miedo. Mel tenía miedo, ¿verdad, cariño? Yo, llegado cierto momento, hasta llamé a la policía, pero no sirvió de nada. Me aseguraron que no podían actuar mientras Ed no hiciera algo concreto. ¿No tiene gracia? –dijo Terri.
            Se sirvió lo que quedaba de ginebra y agitó la botella. Mel se levantó y fue al aparador. Sacó otra botella.
            -Bien, Nick y yo sabemos lo que es amor –dijo Laura-. Para nosotros, por lo menos. –Laura me dio un golpecito en la rodilla con la suya-. Se supone que ahora debes decir algo –insinuó, y se volvió hacia mí sonriendo.
            A modo de respuesta, cogí la mano de Laura y me la llevé a los labios. La besé con gran fruición y vehemencia. Todos mostraron su regocijo.
            -Somos afortunados –declaré.
            -Eh, chicos –exclamó Terri-. Dejadlo. Me estáis poniendo mala. Aún seguís en la luna de miel, santo Dios. Aún seguís alejados, ¿será posible? Pero ya veréis. ¿Cuánto tiempo lleváis juntos? ¿Cuánto tiempo hace? ¿Un año? ¿Más de un año?
            -Un año y medio –contestó Laura, ruborizada y sonriente.
            -Oh, vaya –dijo Terri-. Pues esperad un poco. Levantó el vaso y miró a Laura.
            -Sólo estoy bromeando –puntualizó Terri.
            Mel abrió la botella y nos sirvió ginebra
            -Vamos, muchachos –intervino-. Brindemos. Quiero proponer un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor verdadero.
            Hicimos chocar los vasos.
            -Por el amor –coreamos.
Fuera, en el patio, empezó a ladrar uno de los perros. Las hojas del álamo temblón que pendían al otro lado de la ventana golpeaban tenuemente el cristal. El sol de la tarde era como una presencia en la cocina: la ancha luz de la calma y la generosidad. Podríamos haber estado en cualquier otro lugar, en algún lugar encantado. Volvimos a alzar los vasos y nos sonreímos unos  a otros como niños que han pactado algo prohibido.
            -Voy a explicaros lo que es el amor verdadero –dijo Mel-. Voy a poneros un buen ejemplo. Luego podréis sacar vuestras propias conclusiones. –Se sirvió ginebra. Añadió un cubito de hielo y una rodajita de lima. Esperamos, bebimos a pequeños sorbos. Laura y yo volvimos a juntar nuestras rodillas. Le puse la mano en el cálido muslo y la dejé allí encima.
            -¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor? –dijo Mel?- creo que en el amor no somos más que participantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, también vosotros os amáis. Ya sabéis a qué tipo de amor me refiero ahora. Al amor físico, ese impulso que te arrastra hacia alguien concreto, y al amor que inspira el ser de otra persona. La esencia de esa persona, podríamos decir. El amor carnal y, bueno, digamos el amor sentimental, ese cuidado cotidiano para con la otra persona. Pero a veces me resulta difícil explicarme el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que supongo que soy como Terri a ese respecto. Como Terri y Ed. –Se quedó pensando en ello y luego continuó-: Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi ex mujer más que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué ha sido de aquel amor? Qué ha sido de él, eso es lo que quisiera yo saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Ahí tenemos a Ed. De acuerdo, otra vez a Ed. Ama tanto a Terri que trata de matarla, y acaba matándose a sí mismo.
-Calló y bebió un trago de ginebra-. Vosotros lleváis juntos dieciocho meses, y os amáis. Se os nota en todo.
Rebosáis amor. Pero los dos habéis amado a otra gente antes de encontraros. Los dos habéis estado casados antes, igual que nosotros. Y probablemente habréis amado a otras personas antes de vuestro primer matrimonio. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible, aunque también lo bueno, la gracia salvadora, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, perdonadme que lo diga, si algo nos pasara a alguno de nosotros, mañana, creo que el otro, la otra persona, lo pasaría mal una temporada, entendéis, pero, luego, el que sobreviviese saldría y volvería a amar, tendría a alguien muy pronto. Y todo esto, todo el amor del que hablamos no sería sino un recuerdo. Y puede que ni siquiera un recuerdo.  ¿Me equivoco? ¿Estoy desbarrando? Porque quiero que me corrijáis si no estoy en lo cierto. Quiero saber. Porque no sé nada, ¿Entendéis? Y soy el primero en admitirlo.
            -Mel, por amor de Dios –intervino Terri. Se inclinó hacia él y le tomó de la muñeca-. ¿Ya la has cogido, cariño? ¿Estás borracho?
            -Cariño, solo estoy hablando –protestó Mel-. ¿Vale? No necesito estar borracho para decir lo que pienso. Estamos hablando, ¿no es eso? –dijo, y fijó la mirada en ella.
            -No te estoy criticando –aseguró Terri.
            Terri cogió su vaso.
            -Hoy no estoy de guardia –puntualizó Mel-. Permíteme que te lo recuerde. No estoy de guardia.
            -Mel, te queremos –dijo Laura.
            Mel miró a Laura. La miró como si no lograra situarla, como si no fuera la mujer que era.
            -Yo también te quiero, Laura –dijo Mel-. Y a ti, Nick. También te quiero a ti. ¿Sabéis una cosa? –se interrumpió-. Sois nuestros amigos –afirmó y cogió el vaso.
            -Iba a contarnos algo –empezó Mel-. Bueno, iba a demostrar algo. Veréis: sucedió hace unos meses, pero sigue sucediendo en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor.
            -Vamos, Mel –le regañó Terri-. No hables como si estuvieras borracho si no lo estás.
            -Cállate por una vez en la vida –le pidió Mel con suma calma-. ¿Me harás ese favor, sólo durante un minuto? Como iba diciendo, hay una vieja pareja que tuvo un accidente en la autopista interestatal. Un jovencito chocó con ellos y los dejó hechos mierda. Nadie les daba muchas probabilidades de salir con vida.
            Terri nos miró y luego miró a Mel. Parecía ansiosa, aunque quizá ésta sea una palabra demasiado fuerte.
            Mel nos pasaba la botella.
            -Yo estaba de guardia aquella noche –explicó- era mayo, o quizá junio. Terri y yo acabábamos de sentarnos a la mesa cuando llamaron del hospital. Era por lo de ese accidente de una interestatal. Un jovencito borracho, un quinceañero, había estrellado la camioneta de su papá contra el coche-caravana de los viejos. Tenían unos setenta y tantos años, los viejos. El chico dieciocho o diecinueve o algo así, murió al llegar al hospital. Se había hundido el volante en el esternón. La pareja de ancianos seguía con vida, ya veis. Bueno, malamente. Tenían de todo. Fracturas múltiples, heridas internas, hemorragias, contusiones, desgarrones, de todo… Y conmoción cerebral, los dos. Creedme, un estado lamentable. Y, claro está, la edad lo empeoraba todo. Creo que ella estaba bastante peor que él. Se le había reventado el bazo, para acabar de arreglarlo. Y tenía las dos rótulas fracturadas. Pero llevaban puestos los cinturones de seguridad, y bien sabe Dios que eso fue lo que les salvó de una muerte instantánea.
            -Chicos, he aquí un aviso del Consejo Nacional de Seguridad Vial. Vuestro portavoz, el doctor Melvin R. McGinnis, al habla –Terri rió-. Mel –prosiguió-, a veces demasiado. Pero te quiero, cariño.
            -Cariño, te quiero –declaró Mel.
            Adelantó el cuerpo por encima de la mesa. Terri fue a su encuentro. Se besaron.
             -Terri tiene razón –corroboró Mel, de nuevo en su silla-. Usad siempre los cinturones de seguridad. Pero hablando en serio, los viejos estaban muy mal. Cuando llegué abajo, el chico había muerto, como ya os he dicho. Estaba en un rincón, tendido en una camilla. Reconocí por encima a los viejos y le dije a la enfermera de urgencias que hiciera bajar inmediatamente a un neurólogo y a un traumatólogo y a un par de cirujanos.
            Bebió un trago de ginebra.
            -Trataré de no extenderme –continuó-. Los subimos al quirófano y estuvimos casi toda la noche con ellos. Qué increíble resistencia la de esos viejos. Raras veces se ve algo parecido. De modo que hicimos todo lo que estaba en nuestra mano, y al filo de la mañana les dábamos un cincuenta por ciento de probabilidades, quizá algo menos a ella. Y ahí los tenéis por la mañana, vivos. Bien, pues los instalamos en Vigilancia Intensiva, se pasaron dos semanas luchando por sobrevivir, mejorando poco a poco en todos los aspectos. Así que los trasladamos a una habitación.
            Mel hizo una pausa.
            -Venga –prosiguió-. Acabemos esta maldita ginebra barata. Y nos vamos a cenar, ¿de acuerdo? Terri y yo conocemos un sitio nuevo. Cenaremos allí, en ese sitio. Pero no nos moveremos hasta que acabemos esta maldita ginebra.
            Terri aclaró:
            -En realidad aún no hemos comido allí nunca. Pero tiene buen aspecto. Por fuera, quiero decir.
            -Me gusta comer –comentó Mel-. Si volviera a empezar de nuevo, me haría chef, ¿sabéis? ¿Te parece bien Terri?
            Rió. Hurgó en los cubitos de hielo con los dedos.
            -Terri lo sabe –explicó-. Terri puede contároslo. Pero dejad que os diga una cosa. Si pudiera volver a nacer, vivir una vida diferente, en un tiempo diferente y todo eso, ¿sabéis qué? Me gustaría ser un caballero andante. Uno tenía que sentirse muy seguro con aquellas armaduras. Tuvo que estar muy bien eso de ser caballero, hasta que inventaron la pólvora y los mosquetones y las pistolas.
            -A Mel le gustaría ir a caballo con la lanza en ristre –añadió Terri.
            -Y llevar siempre consigo un pañuelo de mujer –apostilló Laura.
            -O simplemente una mujer –redondeó Mel.
            -¿No te da vergüenza? –saltó Laura.
            Terri dijo:
            -Supón que volvieras a vivir y fueses un siervo. Los siervos no lo tenían tan fácil en aquellos tiempos.
            -Los siervos no lo han tenido nunca fácil –dijo Mel-. Pero imagino que hasta los caballeros eran vesallos[1] de alguien. ¿No era así como funcionaban las cosas? Pero incluso hoy todos somos siempre vesallos de alguien. ¿No es cierto? ¿Eh, Terri? Pero lo que me gusta de los caballeros, aparte de sus damas, es esa armadura que llevaban. No era nada fácil herirles. No había coches en aquel tiempo. No había jovencitos borrachos que te embistieran y te rompieran la crisma.
            -Vasallos –corrigió Terri.
            -¿Qué? –preguntó Mel.
            -Vasallos –repitió Terri-. Es vasallos, no vesallos.
            -Vasallos, vesallos –protestó Mel-. ¿Qué diferencia hay, mierda? Me has entendido, ¿no? Muy bien –reconoció-. No soy culto. He aprendido lo mío. Soy cirujano del corazón, perfecto, pero no soy más que un mecánico. Voy y me meto por allí y arreglo cosas. Mierda.
            -La modestia no te sienta bien –dijo Terri.
            -No es más que un humilde matasanos –intervine yo-. A veces, Mel, los caballeros se asfixiaban dentro de aquellas armaduras. Sufrían incluso ataques al corazón si las armaduras se calentaban en exceso, o si ellos estaban demasiado cansados y desfallecidos. He leído en alguna parte que a veces se caían del caballo y no podían levantarse, porque el cansancio les impedía mantenerse en pie con toda aquella armadura encima. Y a veces los pisoteaban sus propios caballos.
            -Terrible –exclamó Mel-. Es terrible, Nicky. Los imagino tendidos en el suelo, a la espera de que apareciera alguien y los convirtiera en pinchos morunos.
            Algún vesallo como ellos –dijo Terri.
            -Exacto –apoyó Mel-. Aparecería algún vasallo y atravesaría a los muy bastardos en nombre del amor. O en nombre de la jodida causa por la que lucharan en aquellos tiempos.
            -Las mismas por las que luchamos hoy en día –dijo Terri.
            Laura sentenció:
            -Nada ha cambiado.
            Las mejillas de Laura seguían subidas de color. Sus ojos brillaban. Se llevó el vaso a los labios.
            Mel se sirvió otra copa. Miró la etiqueta detenidamente, como si estudiara la larga hilera de números. Luego dejó la botella sobre la mesa, con lentitud, y alargó la mano despacio hacia el agua tónica.
            -¿Qué pasó con la pareja de ancianos? –quiso saber Laura-. No has acabado de contar la historia.
            Laura tenía dificultades para encender su cigarrillo. Las cerillas se le apagaban una y otra vez.
            La luz del sol, dentro de la cocina, era ahora diferente; cambiaba, se hacía más tenue. Pero las hojas del otro lado de la ventana seguían trémulas, y me puse a mirar las formas que dibujaban en los cristales y en el tablero de formica. No eran formas iguales, claro está.
            -¿Qué pasó con los viejos? –pregunté.
            -Más viejos pero más sabios –comentó Terri.
            Mel la miró con fijeza.
            Terri prosiguió:
            -Sigue con la historia, cariño. Era una broma. ¿Qué pasó?
            -Terri, a veces… -empezó Mel.
            -Mel, por favor –le interrumpió Terri-. No seas tan serio siempre, cariño. ¿No soportas una broma?
            -¿Dónde está la broma? –inquirió Mel.
            Mantuvo el vaso en la mano y miró fijo a su mujer.
            -¿Qué pasó? –insistió Laura.
            Mel clavó la mirada en Laura. Dijo:
            -Laura, si no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de ti. Y te raptaría.
            -Cuéntanos la historia –le insistió  Terri-. Y luego nos vamos a ese restaurante nuevo, ¿de acuerdo?
            -De acuerdo –dijo Mel-. ¿Dónde estaba? –Se quedó mirando la mesa; luego siguió con la historia-: Iba a verlos a los dos todos los días, y hasta dos veces al día cuando tenía que quedarme a visitar a otros enfermos. Escayolas y vendajes, de la cabeza a los pies, ambos. Ya sabéis, lo habéis visto en las películas. Ese era el aspecto que tenían, igual que en las películas. Sólo unos agujeritos para los ojos y para la nariz y para la boca. Y ella, para colmo con las piernas en alto. Bien, pues el marido estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Incluso después de enterarse de que su mujer saldría de aquélla. Seguía muy deprimido. Pero no por el accidente. Me refiero a que el accidente era una cosa, sí, pero no lo era todo. Yo me acercaba al agujero de su boca, y él me decía que no, que no era por el accidente exactamente, sino porque no podía verla por los agujeros de los ojos. Decía que era eso lo que le hacía sentirse así de mal. ¿Os lo imagináis? Podéis creerme, al hombre le rompía el corazón no poder volver la maldita cabeza para ver a su maldita esposa.
            Mel nos miró a unos y a otros y, ante lo que estaba a punto de decir, meneó la cabeza.
            -Digo que lo que estaba matando a aquel pendejo era que no podía mirar a su jodida mujer.
            Los tres miramos a Mel.
            -¿Entendéis lo que quiero decir? –preguntó.
            Puede que para entonces estuviéramos ya un poco borrachos. Sé que nos resultaba difícil mantener las cosas en su justo punto. La luz abandonaba ya la cocina, se retiraba a través de la ventana hacia el lugar de donde había venido. Y sin embargo nadie hizo el más mínimo ademán de levantarse para encender la luz de encima de nuestras cabezas.
            -Escuchad –propuso Mel-. Acabemos esta puta ginebra. Todavía queda para una ronda más. Luego nos vamos a cenar. A ese sitio nuevo.
            -Está deprimido –observó Terri. Mel, ¿por qué no te tomas una pastilla?
            Mel sacudió la cabeza.
            -He tomado todo lo que hay.
            -A todos nos hace falta una pastilla de vez en cuando –dije.
            -Hay gente que las necesita desde que nace –comentó Terri.
            Frotaba con el dedo algo que había encima de la mesa. Luego dejó de hacerlo.
            -Creo que me apetece llamar a mis hijos –dijo Mel-. ¿Os importa? Voy a llamar a mis hijos.
            Terri le avisó:
            -¿y si Marjorie contesta al teléfono? Eh, chicos ¿os hemos hablado de Marjorie? Cariño, sabes muy bien que no quieres hablar con Marjorie. Te hará sentirte peor.
            -No quiero hablar con Marjorie –reconoció Mel- Pero quiero hablar con mis hijos.
            -No pasa un día sin que Mel diga que tiene ganas de que su ex mujer vuelva a casarse. O que se muera –explicó Terri-. En primer lugar –afirmó-, nos está arruinando. Mel dice que si no se casa es sólo para fastidiarle. Tiene un novio que vive con ella y con los niños. Así que Mel mantiene también al novio.
            Marjorie es alérgica a las abejas –contó Mel-. Cuando no rezo para que vuelva a casarse, rezo para que se le eche encima un maldito enjambre de abejas y la mate a aguijonazos.
            -Qué vergüenza –dijo Laura.
            -Bzzzzz –susurró Mel, convirtiendo sus dedos en abejas y haciéndolas zumbar en dirección a la garganta de Terri. Después dejó caer las manos a ambos lados.
            >>Es perversa –dijo Mel-. A veces se me ocurre ir a su casa vestido de apicultor. Ya sabes: esa especie de yelmo con la plancha que te tapa la cara, los grandes guantes y el traje acolchado. Llamo a la puerta y suelto el enjambre dentro de la casa. Pero antes tendría que asegurarme de que no estuvieran los chicos, por supuesto.
            Cruzó las piernas. Le llevó su tiempo hacerlo. Luego puso ambos pies en el suelo y se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa y la barbilla en el hueco de las manos.
            -Puede que no llame a mis hijos. Puede que no fuera tan buena idea. Puede que lo que hagamos sea irnos a cenar. ¿Qué os parece?
            -A mí me parece bien –asentí-. Comer o no comer. O seguir bebiendo. Yo podría seguir hasta que anochezca.
            -¿Qué quieres decir, cariño? Preguntó Laura.
            -Exactamente lo que he dicho –respondí-. Que podría seguir. Eso es todo lo que he dicho.
            -pues yo comentaría algo –confesó Laura-. Creo que no he tenido tanta hambre en mi vida. ¿Hay algo para picar?
            -Sacaré queso y galletas –dijo Terri.
            Pero Terri siguió sentada. No se levantó ni trajo nada.
            Mel volcó su vaso. Lo derramó sobre la mesa.
            -Se acabó la ginebra –anunció.
            -¿Y ahora qué? –dijo Terri.
            Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.
[1]  Mel dice vessels (vasijas, navíos) en lugar de vassals (vasallos). La confusión es en inglés quizá venial merced a la gran similitud fonética entre ambos vocablos. En castellano, sin embargo, al no existir una palabra susceptible de confundirse verosímil y equiparablemente con <>, se ha juzgado inevitable recurrir a una deformación –harto forzada- de la palabra misma. (N. del T.)

sábado, 14 de abril de 2012

Patricia Highsmith

La Mano// The hand
Little Tales of Misogyny  

          Un joven le pidió a un padre la mano de su hija y la recibió en una caja; era su mano izquierda.
PADRE: Me pediste su mano y ya la tienes. Pero, en mi opinión, querías otras cosas y las tomaste.
JOVEN: ¿Qué quiere decir con eso?
PADRE: ¿Tú qué crees que quiero decir? No me negarás que soy más honrado que tú, porque tú cogiste algo de mi familia sin pedirlo, mientras que cuando me pediste la mano de mi hija, yo te la di.
En realidad, el joven no había hecho nada deshonroso. Simplemente, el padre era suspicaz y mal pensado. El padre consiguió legalmente hacer responsable al joven del mantenimiento de su hija y le exprimió económicamente. El joven no pudo negar que tenía la mano de la hija… aunque, desesperado, la había enterrado ya, después de besarla. Pero la mano iba para dos semanas.
El joven quería ver a la hija, e hizo un esfuerzo, pero se encontró bloqueado por los comerciantes que la asediaban. La hija estaba firmando cheques con la mano derecha. Lejos de haberse desangrado, estaba lanzada a toda marcha.
El joven anunció en los periódicos que ella había abandonado el domicilio conyugal. Pero tenía que probar que lo hubiera compartido antes. Aún no era “un matrimonio”, ni en el juzgado ni por la iglesia. Sin embargo, no había duda de que él tenía su mano y había firmado un recibo cuando le entregaron el paquete.
 —Su mano, ¿para qué? —preguntó el joven a la Policía, desesperado y sin un céntimo—. Su mano está enterrada en mi jardín.
 —¿Es que, encima, es un criminal?  No solamente desordenado en su manera de vivir, sino, además un sicópata. ¿No le habrá usted cortado la mano a su mujer?
—¡No! ¡Y ni siquiera es mi mujer!
—¡Tiene su mano, pero no es su mujer! —se burlaron los hombres de la ley—. ¿Qué podemos hacer con él? No es responsable, puede que incluso esté loco.
—Encerradle en un manicomio. Además, está arruinado, por tanto tendrá que ser en una institución del Estado.
Así que encerraron al joven y, una vez al mes, la chica cuya mano había recibido venía a mirarle a través de la alambrada, como una esposa sumisa. Y, como la mayoría de las esposas, no tenía nada que decirle. Pero sonreía dulcemente. El trabajo de él comportaba una pequeña pensión que ella cobraba ahora. Ocultaba su muñón en un manguito.
Debido a que el joven llegó a estar tan asqueado de ella que no podía ni mirarla, le trasladaron a una sala más desagradable, privado de libros y de compañía, y se volvió loco de verdad.
Cuando se volvió loco, todo aquello que le había sucedido, el haber pedido y recibido la mano de su amada, se le hizo inteligible. Comprendió la horrible equivocación, crimen incluso, que había cometido al pedir algo tan bárbaro como la mano de una chica.
Habló con sus captores, diciéndoles que ahora comprendía su error.
—¿Qué error? ¿Pedir la mano de una chica? Lo mismo hice yo cuando me casé.
El joven, sintiendo entonces que estaba loco sin remedio, puesto que no podía establecer contacto con nada, se negó a comer durante muchos días y, al fin, se tumbó en la cama de cara a la pared y murió.

martes, 3 de abril de 2012

Gustavo Roldán(Argentina,1935-2012)


Cuento: Como si el ruido pudiera molestar Fue como si el viento hubiera comenzado a traer las penas. Y de repente todos los animales se enteraron de la noticia. Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir. Es que no había nada que decir. Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y apenas fue una palabra que corrió de boca en boca hasta que se perdió en la distancia. Ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto de morir. Por eso los animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin saber qué hacer. —Es que no hay nada que hacer —dijo el tatú con una voz que apenas se oía—. Además, me parece que ya era hora. Muchos hijos y muchísimos nietos tatucitos miraban con una tristeza larga en los ojos. —¡Pero, don tatú, no puede ser! —dijo el piojo—, si hasta ayer nomás nos contaba todas las cosas que le hizo al tigre. —¿Se acuerda de las veces que lo embromó al zorro? —¿Y de las aventuras que tuvo con don sapo? —¡Y cómo se reía con las mentiras del sapo! Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy chicos, que no habían oído hablar de la muerte, miraban sin entender. —¡Eh, don sapo! —dijo en voz baja un monito—. ¿Qué le pasa a don tatú? ¿Por qué mi papá dice que se va a morir? —Vamos, chicos —dijo el sapo—, vamos hasta el río, yo les voy a contar. Y un montón de quirquinchos, corzuelas y monitos lo sigueron hasta la orilla del río, para que el sapo les dijera qué era eso de la muerte. Y les contó que todos los animales viven y mueren. Que eso pasaba siempre, y que la muerte, cuando llega a su debido tiempo, no era una cosa mala. —Pero don sapo —preguntó una corzuela—, ¿entonces no vamos a jugar más con don tatú? —No. No vamos a jugar más. —¿Y él no está triste? —Para nada. ¿Y saben por qué? —No, don sapo, no sabemos... —No está triste porque jugó mucho, porque jugó todos los juegos. Por eso se va contento. —Claro —dijo el piojo—. ¡Cómo jugaba! —¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre! —No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo dejó descansar tranquilo al tigre. También por eso se va contento. —¡Cierto! —dijo el piojo—. ¡Cómo peleaba! —Y además, siempre anduvo enamorado. También es muy importante querer mucho. —¡Él sí que se divertía con sus cuentos, don sapo! —dijo la iguana. —¡Como para que no! Si más de una historia la inventamos juntos, y por eso se va contento, porque le gustaba divertirse y se divirtió mucho. —Cierto —dijo el piojo—. ¡Cómo se divertía! —Pero nosotros vamos a quedar tristes, don sapo. —Un poquito sí, pero... —la voz le quedó en la garganta y los ojos se le mojaron al sapo —. Bueno, mejor vamos a saludarlo por última vez. —¿Qué está pasando que hay tanto silencio? —preguntó el tatú con esa voz que apenas se oía—. Creo que ya se me acabó la cuerda. ¿Me ayudan a meterme en la cueva? Al piojo, que estaba en la cabeza del ñandú, se le cayó una lágrima, pero era tan chiquita que nadie se dio cuenta. El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza, cerró los ojos, y murió. Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se apretaron, por muchos cuerpos pasó un escalofrío. Todos sintieron que los oprimía una piedra muy grande. Nadie dijo nada. Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera molestar, los animales se fueron alejando. El viento sopló y sopló, y comenzó a llevarse las penas. Sopló y sopló, y las nubes se abrieron para que el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo ruido con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos. —¿Se acuerdan —dijo el sapo— cuando hizo el trato con el zorro para sembar maíz? del libro Como si el ruido pudiera molestar (Bogotá, Grupo Editorial Norma, 1998. Colección Torre de Papel; Serie Torre Roja).

martes, 20 de marzo de 2012

Bárbara Jacobs

Un justo acuerdo



       Por diferentes delitos, la condenaron a cadena perpetua más noventa y seis años de estricta prisión.

        Como era joven, los primeros cincuenta los pasó viva. Al principio no faltó quien la visitara; en varias ocasiones concedió ser entrevistada, hasta que dejó de ser noticia. Su rutina sólo se vio interrumpida cuando, durante los últimos años y a pesar de que las autoridades la consideraron siempre una mujer sensata, fue confinada al pabellón de psiquiatría. Ahí aprendió cómo entretenerse sin necesidad de leer ni escribir; acaso ni de pensar. Para entonces ya había prescindido del habla, y no tardó en acostumbrarse a la inmovilidad. Al final parecía dominar el arte de no sentir.

        Cuando murió la llevaron, en un ataúd sencillo, a una celda iluminada y con bastante ventilación, donde cumplió buena parte de su condena: a lo largo de este período, el celador en turno rara vez olvidó de llevarle flores, aunque marchitas, obedeciendo la orden, transmitida de sexenio en sexenio, de mantenerla aislada, si bien no por completo.

          Hace poco, debido a razones de espacio, las autoridades decidieron enterrarla; pero, con el fin de no transgredir la ley y de no conceder a esa reo ningún privilegio, acodaron que el tiempo que le faltaba purgar fuera distribuido entre dos o tres presas desconocidas que todavía tenían muchos años por vivir.

 en la compilación  Por favor, sea breve (Páginas de Espuma, compilación curada por Clara obligado,Madrid, 2001, 11).

viernes, 13 de enero de 2012

Marguerite Duras


El cortador de aguas Era un día de verano, hace unos años, en un pueblo del este de Francia, tres años tal vez, o cuatro años, por la tarde. Un empleado de las Aguas vino a cortar el agua de una gente que estaba un poco marginada, que era un poco diferente de los demás, digamos atrasada. Vivía en una estación desalojada -el T.G.V. pasaba por la región- que el municipio les había dejado. El hombre hacía pequeños trabajos en casa de la gente del pueblo. Y debían contar con el auxilio de la alcaldía. Tenían dos hijos, de cuatro años y de un año y medio. Por delante de su casa, muy cerca, pasaba esta línea del T.G.V. Eran personas que no podían pagar su recibo de gas ni de electricidad, ni de agua. Vivían en una gran pobreza. Y un día, apareció un hombre para cortar el agua en la estación donde vivían. Él vio a la mujer silenciosa. El marido no estaba allí. La mujer un poco atrasada con un niño de cuatro años y uno pequeño de un año y medio. El empleado aparentemente era un hombre como todos los hombres. A este hombre le llamé el Cortador del agua. Él vio que era pleno verano. Sabía que era un verano muy caluroso, puesto que lo vivía. Vio al niño de un año y medio. Se le había ordenado que cortara el agua, y lo hizo. Respetó su empleo del tiempo: cortó el agua. Dejó a la mujer sin agua para bañar a los niños, y para darles de beber. La misma noche, esta mujer y su marido cogieron a los dos niños con ellos y fueron a arrojarse sobre los raíles del T.G.V.; que pasaba por delante de la estación desalojada. Murieron juntos. Sólo tuvieron que andar. Arrojarse. Mantener a los niños tranquilos. Adormecerlos quizá con canciones. El tren se detuvo, dicen. Ésta es la historia. El empleado habló. Dijo que había ido a cortar el agua. No dijo que había visto al niño, que el niño estaba allí con su madre. Dijo que ella no se había defendido, que no le había pedido que no cortara el agua. Esto es lo que se sabe. Cojo este relato que acabo de hacer, y de pronto oigo mi voz. Ella no hizo nada, no se defendió. Así es. Se debe saber por el empleado de las aguas. Él no tenía motivo para hacerlo, puesto que ella no le pidió que lo hiciera. ¿Es esto lo que se ha de comprender? Es una historia que enloquece. Prosigo. Intento ver. Ella no dijo al empleado de las aguas que había los dos niños, puesto que los veía, a los dos niños, ni que el verano era caluroso, puesto que estaba allí, en el verano caluroso. Ella dejó marchar al Cortador del agua. Se quedó sola con los niños, un momento, y luego se fue al pueblo. Se fue a una taberna que conocía. No sé si la patrona habló. Lo que se sabe es que no habló de la muerte. Tal vez le contó la historia, pero no le dijo que quería matarse, matar a sus dos nihos y a su rnarido y matarse ella. Los periodistas, al no saber lo que ella había dicho a la patrona del café, no señalaron este suceso. Entiendo por «suceso» el instante en que esta mujer salió de su casa con sus dos hijos, después de haber decidido la muerte de toda la familia, con una finalidad que se ignora, de hacer algo o de decir algo, que ella tenía que hacer o decir antes de morir. Aquí, restablezco el silencio de la historia, entre el momento del corte del agua y el momento en que ella volvió del café. Es decir que restablezco la literatura con su silencio profundo. Es lo que me hace avanzar; es lo que me hacer penetrar en la historia, sin esto, me quedo fuera. Ella habría podido esperar a su marido y anunciarle la noticia de la muerte que había decidido. Pero, no. Se fue al pueblo, allá abajo, a esta taberna. Si esta mujer se hubiera explicado, no me habría interesado. Christine Villemin, que no es capaz de alinear dos frases, me apasiona, porque tiene lo que esta mujer también tiene: la violencia insondable. Hay un comportamiento instintivo, que uno puede tratar de explorar, que se puede traducir en silencio. Traducir en silencio un comportamiento masculino es mucho más difícil, mucho más falso, porque los hombres no son el silencio. En tiempos remotos, desde hace milenios, el silencio es las mujeres. Luego, la literatura es las mujeres. Se hable en ésta de ellas o la hagan, es ellas. Luego, esta mujer de la que se creía qúe no hablaría, porque no hablaba jamás, debió hablar. No debió hablar de su decisión. No. Debió decir una cosa en su lugar, en lugar de su decisión y que para ella era el equivalente y seguiría siendo el equivalente para toda la gente que se enterara de la historia. Tal vez era una frase sobre el calor. Se habría vuelto sagrada. Es en estos momentos cuando el lenguaje alcanza su poder último. Dijera lo que dijera a la patrona de la taberna, sus palabras lo decían todo. Estas tres palabras, las últimas que precedían a la ejecución de la muerte eran el equival ente de l silencio de esta gente durante su vida. Estas palabras nadie las retuvo. Esto ocurre todos los días así en la vida, en el momento de una partida, de una muerte, de un suicidio que la gente no sospecha. La gente olvida lo que se ha dicho, y lo que ha precedido'y habría debido alarmarla. Los cuatro juntos fueron a arrojarse sobre los raíles del T.G.V. delante de la estación, cada uno con un niño en los brazos, y esperaron el tren. El Cortador del agua no tuvo ninguna molestia. Añado a la historia del Cortador del agua, que esta mujer -que decían atrasada- por lo menos sabía algo de manera definitiva : es que nunca podría contar ya, al igual que nunca había podido, con alguien para que la sacara de allí donde estaba con su familia. Que estaba abandonada por todos, por toda la sociedad, y que sólo le quedaba una cosa por hacer, y era morir. Ella lo sabía. Es un conocimiento terrible, muy grave, muy profundo que tenía. Luego, incluso sobre el atraso de esta mujer, a partir de este suicidio, habría que insistir, si se hablara de ella alguna vez, lo que no sucederá jamás. Sin duda, es aquí donde su memoria se evoca por última vez. Iba a decir su nombre, pero no lo conozco. El asunto ha sido archivado. Queda en la cabeza la sed fresca y viva de un niño en el verano demasiado caluroso a unas horas de la muerte, y la vuelta en redondo de la joven madre atrasada esperando la hora.

jueves, 6 de octubre de 2011

Anatole France (Francia, 1844-1924)

LOS PANES NEGROS

En aquel tiempo, Nicolás Nerli era banquero en la noble ciudad de Florencia. A la hora de tercia se encontraba ya sentado ante su pupitre, y a la hora de nona aún estaba allí sentado, haciendo cuentas todo el día en sus tablillas. Nicolás Nerli prestaba dinero al Emperador y al Papa. Y si no le prestaba dinero al diablo era porque temía hacer malos negocios con el que nombramos el Maligno y que no carece de artimañas.

Era audaz y desconfiado. Había adquirido grandes riquezas y despojado a mucha gente. Por ello era respetado en la ciudad de Florencia. Vivía en un palacio en el que la luz que Dios creó no entraba sino por estrechas ventanas; eso era por prudencia, pues la mansión de un rico debe ser como una ciudadela y los que poseen grandes bienes hacen bien en defender por la fuerza lo que han adquirido por la astucia.
El palacio de Nicolás Nerli se encontraba pues provisto de rejas y cadenas. En su interior, los muros estaban decorados con pinturas de expertos maestros que habían representado en ellas las Virtudes como mujeres, los patriarcas, los profetas y los reyes de Israel. Los tapices expuestos en las habitaciones ofrecían a la vista las historias de Alejandro y de Tristán tal como las cuentan en los libros. Nicolás Nerli hacía brillar su riqueza en toda la ciudad por medio de fundaciones piadosas.
Había mandado construir un hospital en la zona de extramuros cuyo friso, esculpido y pintado, representaba las acciones más honorables de su vida; en reconocimiento por las sumas de dinero que había donado para acabar Santa María la Nueva, su retrato se hallaba expuesto en el coro de esta iglesia. Se le veía en él arrodillado, con las manos juntas, a los pies de la Santísima Virgen. Se le reconocía por su gorro de lana roja, su abrigo forrado, su rostro rollizo y sus ojillos despiertos. Su buena esposa, Mona Bismantova, con expresión honesta y triste, que se podría pensar que jamás nadie hubiera obtenido de ella algún placer, se hallaba al otro lado de la Virgen, en humilde actitud orante. Aquel hombre era uno de los primeros ciudadanos de la República; como no había hablado jamás mal de las leyes y no se preocupaba en absoluto de los pobres ni de aquellos a los que los poderosos del momento condenan a pagar multas o al exilio, no había disminuido nada, en la opinión de los magistrados, la estima que había adquirido a sus ojos por su gran riqueza.
Una noche de invierno, al regresar a su palacio algo más tarde de lo habitual, fue rodeado ante el umbral de su puerta por un grupo de mendigos medio desnudos que le tendían la mano. Los apartó con duras palabras. Pero el hambre hace a los hombres ariscos y osados como los lobos: formaron un círculo a su alrededor y le pidieron pan con voz quejumbrosa y ronca. Estaba inclinándose ya para recoger piedras y lanzárselas, cuando vio llegar a uno de sus criados que llevaba sobre la cabeza una cesta de panes de centeno, destinados a los empleados de las cuadras, de la cocina y de los jardines.
Hizo una señal al de los panes para que se acercara, y, sacándolos de la cesta con ambas manos, les arrojó los panes a los menesterosos. Luego, entró en su casa, se acostó y se quedó dormido. Mientras dormía, sufrió un ataque de apoplejía y murió tan de repente que creía que se encontraba aún en su lecho cuando vio, en un rincón oscuro, a San Miguel iluminado por el resplandor que irradiaba de su propio cuerpo. El arcángel, con la balanza en la mano, estaba cargando los platillos. Al reconocer en el platillo que pesaban más las joyas de las viudas que guardaba como fianza, la multitud de recortes de escudos indebidamente retenidos y algunas piezas de oro muy bellas, que sólo él poseía y que había adquirido por usura o por fraude, Nicolás Nerli reconoció que era su vida, ya finalizada, lo que san Miguel estaba pesando en su presencia. Miró atento y preocupado.
-Señor San Miguel -le dijo-, si ponéis en un platillo todas las ganancias que he obtenido en mi vida, colocad en el otro, os lo ruego, las hermosas fundaciones con las que he puesto de manifiesto mi piedad. No olvidéis la cúpula de Santa María la Nueva a la que contribuí financiando la tercera parte, ni el hospital de extramuros, que he construido por completo con mi dinero.
-No temáis, Nicolás Nerli -respondió el arcángel-. No me olvidaré de nada.
Y con sus manos gloriosas colocó en el otro platillo la cúpula de Santa María la Nueva y el hospital con el friso esculpido y pintado. Pero el platillo no se movió. El banquero sintió gran inquietud.
-Señor san Miguel -dijo de nuevo-, buscad bien. No habéis colocado en ese platillo de la balanza ni mi hermosa pila del agua bendita de San Juan, ni el púlpito de San Andrés, en donde está representado el bautismo del Nuestro Señor a tamaño natural. Es una obra que me costó muy cara.
El arcángel colocó el púlpito y la pila encima del hospital en el platillo, que tampoco se movió. Nicolás Nerli empezó a notar que su frente se inundaba de un sudor frío.
-Señor arcángel -preguntó-, ¿estáis seguro de que vuestra balanza funciona correctamente?
San Miguel respondió sonriendo que, al no ser la balanza como las que usan los lombardos de París ni como las que usan los cambistas de Venecia, aquélla no carecía en absoluto de exactitud.
-¡Cómo! -suspiró Nicolás Nerli, completamente lívido-, ¿la cúpula, el púlpito, la pila, el hospital con todas sus camas, no pesan, pues, más que una brizna de paja o que el plumón de un pájaro?
-Ya lo estáis viendo, Nicolás -dijo el arcángel-, y, hasta el momento, el peso de vuestras iniquidades es muy superior al peso ligero de vuestras buenas acciones.
-Voy a ir al infierno, pues -dijo el florentino. Y sus dientes castañeteaban de espanto.
-¡Tened paciencia, Nicolás Nerli -prosiguió el pesador celeste-, paciencia! No hemos terminado aún. Nos queda esto.
Y el bienaventurado Miguel tomó los panes de centeno que el rico les había lanzado a los pobres la víspera. Los colocó en el platillo de las buenas obras, que descendió de repente, mientras que el otro subía, quedando ambos platillos al mismo nivel. El fiel de la balanza no se inclinaba ni a la derecha ni a la izquierda y la aguja indicaba la igualdad perfecta de los dos pesos. El banquero no podía creer lo que veían sus ojos. El glorioso arcángel le dijo:
-Como estás viendo, Nicolás Nerli, no eres apto ni para el cielo ni para el infierno. ¡Anda, regresa a Florencia! Multiplica en tu ciudad esos panes que diste con tus manos, de noche, sin que nadie te viera, y serás salvo. Pues no basta con que el cielo se abra para el ladrón que se arrepiente y para la prostituta que llora. La misericordia de Dios es infinita: es capaz de salvar incluso a un rico. Sé tú ese rico. Multiplica los panes cuyo peso puedes ver en mi balanza. ¡Anda!
Nicolás Nerli se despertó en su lecho. Decidió seguir el consejo del arcángel y multiplicar el pan de los pobres para lograr entrar en el reino de los cielos.
Durante los tres años que pasó sobre la tierra después de su primera muerte, fue caritativo con los menesterosos y muy generoso en limosnas.
Le puits de Sainte Claire (1895), trad. Anne-Claire Girod

viernes, 12 de agosto de 2011

VICENTE HUIDOBRO (Chile, 1893-1948)


LA POESÍA ES UN ATENTADO CELESTE

Yo estoy ausente pero en el fondo de esta ausencia
Hay la espera de mí mismo
Y esta espera es otro modo de presencia
La espera de mi retorno
Yo estoy en otros objetos
Ando en viaje dando un poco de mi vida
A ciertos árboles y a ciertas piedras
Que han esperado muchos años

Se cansaron de esperarme y se sentaron

Yo no estoy y estoy
Estoy ausente y estoy presente en estado de espera
Ellos querrían mi lenguaje para expresarse
Y yo querría el de ellos para expresarlos
He aquí el equívoco el atroz equívoco

Angustioso lamentable
Me voy adentrando en estas plantas
Voy dejando mis ropas
Se me van cayendo las carnes
Y mi esqueleto se va revistiendo de cortezas

Me estoy haciendo árbol
Cuántas veces me he ido convirtiendo en otras cosas…
Es doloroso y lleno de ternura

Podría dar un grito pero se espantaría la transubstanciación
Hay que guardar silencio Esperar en silencio

18

Heme aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias
Me voy tiernamente como una luz
Hacia el camino de las apariencias
Volveré a sentarme en las rodillas de mi padre
Una hermosa primavera refrescada por el abanico de las alas
Cuando los peces deshacen la cortina del mar
Y el vacío se hincha por una mirada posible

Volveré sobre las aguas del cielo

Me gusta viajar como el barco del ojo
Que va y viene en cada parpadeo
He tocado ya seis veces el umbral
Del infinito que encierra el viento

Nada en la vida
Salvo un grito de antesala
Nerviosas oceánicas qué desgracia nos persigue
En la urna de las flores impacientes
Se encuentran las emociones en ritmo definido


SINO Y SIGNO

Has hablado bastante y no te agrada
No te gusta mostrar tus vísceras secretas
Y sin embargo vuelves a caer en ello
Protestas y repites la causa que te irrita


Hablas te exhibes te rompes la carne
Y permites la entrada a los ojos intrusos
Quieres cortar las cuerdas que te unen a los otros
y vuelves a anudarlas
Coges el aire lo haces tuyo y lo regalas
Conquistas horizontes y los repartes
Haces luz en la sombra y la entregas
Como un paquete de soledades arrepentidas de su propia fuerza

¿Qué entierro es este en que te entierras
En los pechos extraños?

Te exaltas y te ablandas
Te ablandas y te haces flecha de corazón
Más ciego que cualquier huracán
Hablas y protestas
y vuelves a hablar y a protestar
Te haces árbol y das tus hojas a los vientos
Te haces piedra y das tu dureza a los ríos
Te haces mundo y te disuelves en el mundo
Oh voluntad contraria en todo instante
Favor de tierra y grandes fríos y calores
Todo grano ¡malhaya! lleva signos futuros
Un destino de ola que debe hacer su ruido
Y morir dulcemente

Has hablado bastante y estás triste
Quisieras un país de sueño
Donde las lunas broten de la tierra
Donde los árboles tengan luz propia
y te saluden con voz tan afectuosa que tu espalda tiemble

Donde el agua te haga señas
Y las montañas te llamen a grandes voces
Y luego quisieras confundirte en todo
y tenderte en un descanso de pájaros extáticos
En un bello país de olvido
Entre ramajes sin viento y sin memoria
Olvidarte de todo y que todo te olvide







EL ESPEJO DE AGUA

Mi espejo, corriente por las noches,
Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.

Mi espejo, más profundo que el orbe
Donde todos los cisnes se ahogaron.

Es un estanque verde en la muralla
Y en medio duerme tu desnudez anclada.

Sobre sus olas, bajo cielos sonámbulos,
Mis ensueños se alejan como barcos.

De pie en la popa siempre me veréis cantando.
Una rosa secreta se hincha en mi pecho
Y un ruiseñor ebrio aletea en mi dedo.