jueves, 12 de marzo de 2009

Tente-en-el-aire, de "Por si el recuerdo" de Alfredo Zitarrosa (Urgugay,1936-1989)

En estos cuentos, dolidos, dolorosos, Alfredo tiene el coraje de revelar sus adentros. Estas páginas hablan de fantasmas despiadados y de batallas perdidas. ...l no escribe para felicitarse, ni escribe por gustar, ni escribe por escribir; y yo le creo.
(Eduardo Galeano)


Tente-en-el-aire
Aquí son verde esmeralda. Los llamamos colibríes, picaflores, pájaros-mosca, tente-en-el-aire, o pájaros-joya. Son los enanos del mundo de las aves, apodiformes (clasificados sistemáticamente en esa forma, justamente porque reciben toda clase de apodos: joya-mosca-flor) y pertenecen a la familia de los troquílidos, que apenas alcanzan el tamaño de un abejón. Sus alitas vibran de setenta y cinco a cien veces por segundo, de modo que pueden permanecer inmóviles, si eso necesitan, aguardando la apertura de una flor o para capturar un pequeñísimo insecto. Curiosamente, los nuestros responden por sus características a los pigmeos entre los pigmeos de esta especie, casi idénticos a los llamados “sunsún de Cuba”, que miden menos de seis centímetros, de los cuales más de dos y medio corresponden al delgado pico y a la pequeña cola, formada por doce timoneras. En Cuba tienen la garganta carmesí; aquí no; su garganta es de un gris oscuro; pero por todo lo demás, por su pico negro, la parte superior del cuerpo y la cola azul-verde, son iguales, esta criaturas primaverales, a los colibríes cubanos, de verano eterno.
Me jacto de conocerlos mejor que muchos a estos animalitos y voy a decir por qué.
Alfredo Zitarrosa - Cuento: "Tente en el aire"
El jardincito era interior. Yo había alquilado el apartamento del fondo de una casona, donde vivía, solitario, no solo porque el dóberman era temible, sino porque, después de una segunda separación de mi mujer fabuladora –dicen que la tercera es la vencida-, quería tomarme mi tiempo para razonar, elaborar el porqué de nuestras desdichas padecidas. Exiliados, desexiliados, amándonos, necesitándonos, mi mujer y yo habíamos sido compañeros a pesar de carecer, ambos, de una familia sólida. Yo también fabulaba a veces, en particular cuando se trataba de hablar de mi pasado. Era como si ambos fuésemos pájaros pigmeos desde nacidos.
Los colibríes tienen un tronco minúsculo, pero, sin embargo muy fuerte: las patitas cortas, provistas con uñas idóneas, son capaces de agarrarse a las más pequeñas rugosidades. Creo que así vivimos, mi ex –mujer y yo, durante años, posándonos cada uno en el otro, alternativamente, en las finas grietas de nuestras almas respectivas que se amaron entre remotos dolores durante casi veinte años. El apartamento que yo alquilaba, mientras aguardaba una tercera oportunidad –ella tal vez ya no-, tenía una puerta de hierro con doble traba, porque había sido depósito de zapatos. Caros, zapatos caros, de artesanía. Y tenía un porchecito, recubierto, como forrado finamente por una santarrita bermeja. Ese septiembre, yo había descubierto, colgado brevemente de un gajo grueso, cierto nido minúsculo del tamaño de una ciruela, al que acudían, zumbando, y en horas desparejas, colibríes. Estaba frente a la puerta el pequeño nido, que los primeros días me parecía ser algo así como un fruto de la enredadera. Hasta que comprendí que era un nido escondido, disimulado, inverosímil, comparado con los de cualquier otro pájaro.
María Jimena y yo, una noche, después de analizar nuestras vidas durante tres horas o más, decidimos que no había una vencida, una tercera oportunidad. Nuestras hijas iban a quedar a su cargo, yo me comprometía a pasarle una pensión alimenticia, la casa adquirida iba a quedar a su nombre, yo resignaba mi parte asumiéndome como arrendatario, ella a su vez dijo quererme bien, desearme lo mejor, etc. pero el caso es que allí, esa madrugada, yo comprendí que la santarrita no fructifica en nidos, sino que es una planta trepadora, que se adorna a sí misma, con flores carmesí.
Esa noche de nuestra despedida con María Jimena, no pude dormir. A las seis de la mañana preparé el mate, abrí la puerta de hierro, encendí la grabadora para escuchar ciertos sonidos previos al hundimiento definitivo de mis mejores recuerdos, y mientras en la grabadora sonaban aquellas cosas registradas la víspera, escuhé “zzzzz....”, “zzzz”... Eran los colibríes. Octubre. Iban y venían y eran dos. Por aquella capsulita torda, mimetizada con la enredadera, asomaban dos piquitos negros que nunca había visto. Macho y hembra, padre y madre, iban y venían de las flores al nidito, deteniéndose incomprensibles para inyectar néctar en aquellos piquitos minúsculos. Suspendí a Eric Satie, que sonaba a mi gusto esa mañana, me bañé, me vestí y salí en la bicicleta, encargándole al dóberman, como si pudiera entenderme, que cuidase aquel nido. Había dejado abierta la puerta de hierro y la radio encendida. No podía sacarme a mi mujer de la cabeza. Pedaleé toda la mañana, hasta agotarme. Almorcé en un pequeño balneario de la cosa de Canelones y emprendí el regreso.
Con muy bajo volumen en la radio sonaba la “Patética” y en la habitación contigua a la salita un zumbido estridente, como el de un abejorro, se interrumpía, sonaban los cristales de la ventana cerrada como si alguien arrojase piedrecitas, y recomenzaba, penetrante, acompañado de un “¡¡zzzzzz!!”... “¡¡zzzzzz!!” yo diría de desesperación. Era uno de los colibríes, que sin duda había entrado por la puerta y no acertaba a encontrar la salida. Por lo demás, los techos muy altos quedaban por lo menos a un metro y medio de los dinteles y el animalito solo atinaba a subir, volar en círculos y estrellarse contra la claridad de la ventana. ¿qué podía hacer yo por él? Pensé en esos embudos de tul para cazar mariposas. Pero ¿dónde hallar semejante cosa antes de que el pajarito se matara?
Se me ocurrió arrimar un taburete a la puerta de entrada y desde allí, trepado de modo que mi cabeza quedaba un poco más arriba del marco de la puerta, más o menos a la altura por la que volaba el piclaflor, con la mano derecha cerrada a la altura del pecho de modo que solo quedaba extendido el dedo índice, empecé a imitar sus “¡¡zzzzzz!!”, agregándoles breves íes que sólo expresaban mi propia angustia. Fueron apenas unos segundos. El pajarito voló hacia mí, bajó, se posó en mi dedo índice y salió disparado por la puerta, chillando de alegría. Su pareja acudió de inmediato y sosteniéndose, quietos, vibrando en el aire bajo el tibio sol, los vi besarse.
Y digo que sé de colibríes más que muchos, porque no creo que mucha gente haya tenido a uno de ellos, posado en su dedo índice, siquiera por un brevísimo instante. Su peso era el de un alma.

de Por si el recuerdo,Trilce, 1988.
Alfredo Zitarrosa

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domingo, 1 de marzo de 2009

Leila Guerriero (Junín, 1967)

La sala no es muy grande y está en penumbras. Unas veinte personas permanecen en silencio. No toman notas: miran. No cuchichean: miran. Un dedo de luz galáctica brota de un proyector y se estrella en la pantalla que tiembla como un párpado flojo. Allí, en la pantalla, un hombre joven y otro no tan joven tocan el piano. O mejor: el hombre joven toca una sonata de Beethoven y, cada tanto, el hombre no tan joven lo interrumpe y dice cosas como ésta: "El primer sonido es importante: es el que rompe el silencio, y debe quedar muy claro cuándo termina el silencio y cuándo comienzas tú". Entonces el hombre joven vuelve a tocar y la primera nota ya no es una nota sino una sustancia venida de otro mundo que se clava en las encías de las paredes mudas y las hace añicos. 


En la sala no muy grande y en penumbras todos continúan en silencio. No toman notas: miran. No cuchichean: miran. En la pantalla, el pianista joven arremete con otro pasaje y el no tan joven interrumpe y dice: "Ten cuidado: debes obtener un sonido que no sea sólo color, sino también sustancia". Entonces el pianista joven vuelve a tocar y las notas son pequeños ríos radiactivos que se hinchan bajo sus dedos: mundos con respiración y muerte y luz y oscuridades.

En la sala no muy grande y en penumbras todos continúan en silencio cuando el pianista joven emprende un crescendo y el no tan joven le dice que no, que así no, que debe "tener el coraje de hacer el crescendo como si fueras a saltar y, en el último momento, como en el precipicio, no saltas". Pero, entonces, en la sala en penumbras, un hombre se remueve, incómodo, y murmura algo que es claramente una queja y dice que no entiende:

-No entiendo -dice.

Porque él es periodista y está allí -dice- para hacer un seminario de escritura creativa y periodismo, y no entiende -dice- qué tiene que ver esto con el periodismo, donde esto quiere decir la música: eso que sucede en la pantalla: una clase magistral del músico argentino Daniel Barenboim. Una clase que el hombre no entiende.

-No entiendo cómo algo de todo esto puede servirme para escribir mejor -dice- y se levanta, dos grados por encima de la indignación; y empieza a irse, enfurecido por la pérdida de tiempo; y se va, iracundo porque a quién se le ocurrió; y desaparece, embravecido porque esto es periodismo: porque esto es periodismo y entonces ritmo y entonces tono y entonces forma no aportan, a lo que se dice, nada. Porque esto es periodismo y no hay diferencia entre romper el silencio de una página con una sustancia gris o con un tajo inolvidable. Porque esto es periodismo y tampoco hay relación entre el coraje necesario para tocar un crescendo y el que hace falta para guiar a un lector hacia el centro donde, como una angustia lejana, como una enfermedad antigua, late la semilla de una historia. Porque esto es periodismo y, entonces, da lo mismo escribir un texto herido -un río de sustancia radiactiva- o unos cuantos párrafos retráctiles: viscosos. Porque esto es periodismo y no hay por qué tomarse todo ese trabajo si se puede -con menos sudor, con menos riesgo- ser un notario.

No un periodista: un funcionario de la prosa.

 

CRÓNICAS-Música y Periodismo, Leila Guerriero

Publicado en Babelia, Suplemento del diario El País, el 30/08/2008

jueves, 12 de febrero de 2009

Julio Cortazar, Belgica-Argentina, 1914-1984)




Lucas, sus largas marchas
En los departamentos de ahora ya se sabe, el invitado va al baño y los otros siguen hablando de Biafra y de Michel Foucault, pero hay algo en el aire como si todo el mundo quisiera olvidarse de que tiene oídos y al mismo tiempo las orejas se orientan hacia el lugar sagrado que naturalmente en nuestra sociedad encogida está apenas a tres metro del lugar donde se desarrollan estas conversaciones de alto nivel, y es seguro que a pesar de los esfuerzos que hará el invitado ausente para no manifestar sus actividades, y los de los contertulios para activar el volumen del diálogo, en algún momento reverberará uno de esos sordos ruidos que oír se dejan en las circunstancias menos indicadas, o en el mejor de los casos el rasguido patético de un papel higiénico de calidad ordinaria cuando se arranca una hoja del rollo rosa o verde.
Si el invitado que va al baño es Lucas, su horror sólo puede compararse a la intensidad del cólico que lo ha obligado a encerrarse en el ominoso reducto. En ese horror no hay neurosis ni complejos, sino la certidumbre de un comportamiento intestinal recurrente, es decir que todo empezará lo mas bien, suave silencioso, pero ya al final, guardando la misma relación de la pólvora con los perdigones en un cartucho de caza, una detonación más bien horrenda hará temblar los cepillos de dientes en sus soportes y agitarse la cortina de plástico de la ducha.
Nada puede hacer Lucas para evitarlo; ha probado todos los métodos, tales como inclinarse hasta tocar el suelo con la cabeza, echarse hacia atrás al punto de que los pies rozan la pared de enfrente, ponerse de costado e incluso, recurso supremo, agarrarse las nalgas y separarlas lo más posible para aumentar el diámetro del conducto proceloso. Vana es la multiplicación de silenciadores tales como echarse sobre los muslos todas las toallas al alcance y hasta las salidas de baño de los dueños de casa; prácticamente siempre, al término de lo que hubiera podido ser una agradable transferencia, el pedo final prorrumpe tumultuoso.
Cuando le toca a otro ir al baño, Lucas sufre por él pues está seguro que de un segundo a otro resonará el primer halalí de la ignominia; lo asombra un poco que la gente no parezca preocuparse demasiado por cosas así, aunque es evidente que no están desatentas de lo que ocurre e incluso lo cubren con choques de cucharitas en las tazas y corrimientos de sillones totalmente inmotivados. Cuando no sucede nada, Lucas se siente feliz y pide de inmediato otro coñac, al punto que termina por traicionarse y todo el mundo se da cuenta de que había estado tenso y angustiado mientras la señora de Broggi cumplimentaba sus urgencias. Cuán distinto, piensa Lucas, de la simplicidad de los niños que se acercan a la mejor reunión y anuncian: Mamá, quiero caca. Qué bienaventurado, piensa a continuación Lucas, el poeta anónimo que compuso aquella cuarteta donde se proclama que no hay placer más exquisito / que cagar bien despacito / ni placer más delicado / que después de haber cagado. Para remontarse a tales alturas ese señor debía estar excento de todo peligro de ventosidad intempestiva o tempestuosa, a menos que el baño de su casa estuviera en el piso de arriba o fuera esa piecita de chapas de zinc separada del rancho por una buena distancia.
Ya instalado en el terreno poético, Lucas se acuerda del verso del Dante en el que los condenados avevan dal cul fatto trombetta, y con esta remisión mental a la más alta cultura se considera un tanto disculpado de meditaciones que poco tienen que ver con lo que está diciendo el doctor Berenstein a propósito de la ley de alquileres.

martes, 13 de enero de 2009

Hector Viel Temperley (Argentina, 1933-1987)

La Tristeza


Para lavar esta tristeza
hoy llevaría cuerpo y alma
a los chorros helados
de la pampa de Achala.

A caballo iría al alba
bajo su cielo gris,
camino a una hondonada
a donde fui una vez, hace ya tanto.

Escucharía el viento,
miraría unos cóndores volando,
y después,
laja
a laja
bajaría el caballo,
dando golpes de agua
sus manos
y asustado.

Como un casco de guerra
olvidado allá abajo,
llenándose de paz,
de ramas y de cielo
ya sin nubes, la hoya
estaría esperando.

Me quitaría las botas
una a una
durante largo rato,
miraría una vez más
sobre el poncho el revólver,
las crines del caballo,
respiraría, me santiguaría,
y avanzaría despacio…

Que para lavar esta tristeza,
un año dejaría cuerpo y alma
bajo los chorros solitarios
de la pampa de Achala.

de El nadador (1957).

lunes, 12 de enero de 2009

Clarice Lispector (Ucrania-Brasil, 1920-1977)



Las aguas del mar

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser hu­mano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volvién­dose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar.
Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognos­cibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.
Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.
Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar.
Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en re­lación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es esa exi­güidad que la vuelve pobre y libre, con su parte de liber­tad de perro en las arenas. Ese cuerpo entrará en el ilimi­tado frío que sin rabia ruge en el silencio de las seis. La mujer no lo sabe, pero está realizando una hazaña. Con la playa vacía a esa hora de la mañana, ella no tiene el ejemplo de otros seres humanos que transforman la en­trada en el mar en simple juego liviano de vivir. Ella está sola. El mar salado no está solo porque es salado y gran­de, y eso es una realización. A esa hora ella se conoce menos todavía de lo que conoce el mar. Su hazaña es, sin conocerse, entretanto, proseguir. Es fatal no cono­cerse, y no conocerse exige valor.
Va entrando. El agua salada está tan fría que le eriza en ritual las piernas. Pero una alegría fatal —y la alegría es una fatalidad— ya la posee, aunque todavía no se le ocurra sonreír. Por el contrario, está muy seria. El olor es de una marejada atontadora que la despierta de sus más adormecidos sueños seculares. Y ahora ella está aler­ta, aun sin pensar. La mujer es ahora compacta y leve y aguda; se abre camino en la gelidez que, líquida, se opo­ne a ella, mientras la deja entrar, como en el amor, en que la oposición puede ser una petición.
El camino lento aumenta su valor secreto. Y de repente ella se deja cubrir por la primera ola. La sal, el yodo, todo líquido, la dejan por un instante ciega, escurrién­dose (espantada, de pie, fertilizada).
Ahora el frío se convierte en hielo. Avanzando, ella abre el mar por el medio. Ya no precisa valor, ahora ya es antigua en el ritual. Baja la cabeza dentro del brillo del mar, y retira una cabellera que sale escurriéndose so­bre los ojos salados que arden. Brinca con la mano en el agua, pausada, los cabellos al sol, casi inmediatamen­te endurecidos por la sal. Con la concha de las manos hace lo que siempre hace en el mar, y con la altivez de los que nunca dan explicaciones ni a ellos mismos: con la concha de las manos llenas de agua, bebe en grandes sorbos, buenos.
Era eso lo que le faltaba: el mar por dentro como el líquido espeso de un hombre. Ahora ella está toda igual a sí misma. La garganta alimentada se contrae por la sal, los ojos enrojecen por el sol, las olas suaves la golpean y retroceden, pues ella es una muralla compacta.
Se sumerge de nuevo, de nuevo bebe, más agua, aho­ra sin ansiedad, pues no precisa más. Ella es la amante que sabe que lo tendrá todo, otra vez. El sol se abre más y la eriza, al secarla, ella se sumerge de nuevo; está cada vez menos ansiosa y menos aguda. Ahora sabe lo que quiere. Quiere quedar de pie, parada en el mar. Así que­da, pues. Como contra los costados de un navio, el agua bate, vuelve, bate. La mujer no recibe transmisiones. No precisa comunicación.
Después camina dentro del agua, de regreso a la pla­ya. No está caminando sobre las aguas —ah, nunca ha­ría eso después de que hace miles de años ya alguien ca­minara sobre las aguas—, pero nadie le puede quitar eso: caminar dentro de las aguas. A veces el mar le opone re­sistencia, empujándola con fuerza hacia atrás, pero en­tonces la proa de la mujer avanza un poco más dura y áspera.
Y ahora pisa en la arena. Sabe que está brillante de agua, y de sal, y de sol. Aunque lo olvide dentro de unos minutos, nunca podrá perder todo eso. Y sabe de algún modo oscuro que sus cabellos escurridos son de náufra­go. Porque sabe que ha corrido un riesgo. Un riesgo tan antiguo como el ser humano.


Traducción de Cristina Peri Rossi.

viernes, 9 de enero de 2009

felisberto hernández (1902 - 1964): Nadie encendía las luces

Nadie encendía las lámparas


hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. a mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. en las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. en algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. de pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. a mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. de pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse. pero todos los días surgían obstáculos. mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
la mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. en una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. después de mirarla a ella, miré la estatua. yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
la gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. miré a la mujer del pelo esparcido y vi con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-no crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
los tres nos reímos. él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
las viudas llamaron a la sobrina. ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "parece que te hubieran lambido las vacas." el recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡ah, dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
de buena gana yo le hubiera dicho: "¿y usted?, ¿tan femenino?" pero le pregunté:
-¿cómo se llama?
-¿quién?
-el señor... recalcitrante.
-ah, no recuerdo. tiene un nombre patricio. es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡y qué le vamos a hacer!"
cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino" sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. y enseguida dijo:
-no estoy de acuerdo con ustedes.
-¿por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿cómo?
-se repite a largos pasos.
le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. el pudor y el placer la hicieron enrojecer. aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
la sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡jesús, pareces blancanieves!
y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡oh!, habría que preguntárselo a ella.
-y usted, ¿no lo podría hacer?
-sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
ella sonrió y bajó los ojos. entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. el movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. la sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡señora! ¡no estamos en un gallinero!
cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
me pidieron que tocara el piano. al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. el piano era pequeño, viejo y desafinado. yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. la hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
los invitados empezaron a irse. y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. nadie encendía las lámparas.
yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-tengo que hacerle un encargo.
pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.

sábado, 8 de noviembre de 2008

Bram Stoker(Irlanda, 1847-1912)

La squaw

En aquella época, Nuremberg estaba muy lejos de ser la ciudad conocida y frecuentada en que se ha convertido en nuestros días.
Esta antigua ciudad no evocaba demasiadas cosas para los viajeros de aquel entonces. Mi esposa y yo estábamos en la segunda semana de nuestro viaje de bodas; y, sin mencionarlo, comenzamos a desear la presencia de un tercero. Por ello acogimos con satisfacción la compañía de un tal Elias P. Hutcheson, de Isthmain City, Bleeding Gulch, condado de Maple Tree (Nebraska), cuando ese alegre sujeto, apenas salir de la estación de Frankfurt del Main, declaró, con marcado acento yanqui, que se proponía visitar una maldita vieja ciudad de Europa que, por lo menos, tenía los años de Matusalén, pero que un viaje así requería, necesariamente, alguna compañía. Todo hombre, explicó, aunque tenga un carácter activo y sensato, se arriesga, a fuerza de viajar siempre solo, a acabar sus días encerrado entre las cuatro paredes de un manicomio. Tanto Amelia como yo constatamos algunos días más tarde, al comparar nuestros respectivos diarios, que habíamos decidido no relacionarnos con él sino de forma circunspecta y controlada con el fin de no parecer demasiado contentos de haberlo conocido, lo cual no hubiera parecido demasiado compatible con un inicio de vida conyugal. Pero, por muy laudable que fuese, esta resolución quedó en agua de borrajas por el hecho de empezar a hablar los dos al interrumpirnos los dos al mismo tiempo y luego volver a empezar a hablar los dos al mismo tiempo. De todas maneras, no importaba cómo, ya estaba hecho, y Elias P. ya,, no se apartó de nuestro lado. Y Amelia y yo sacamos de ello un buen beneficio; en vez de pelearnos, como habíamos estado haciendo, descubrimos que la influencia restrictiva de una tercera persona era tal que ahora aprovechábamos todas las oportunidades para besarnos por los rincones. Amelia afirma que desde entonces, y como resultado de esa experiencia, aconseja a todas sus amigas que lleven a un amigo en su luna de, miel. Bien, «hicimos» Nuremberg juntos; y nos lo pasamos muy bien con la sabrosa forma de hablar de nuestro nuevo amigo del otro lado del Atlántico, el cual, tanto por sus pruebas de ingenio como por los alucinantes relatos de sus aventuras pasadas, parecía salido directamente de alguna novela picaresca. Habíamos decidido, reservar como plato fuerte la visita al castillo imperial de Nuremberg, el Kaiserburg, y el día prefijado para la visita rodeamos la muralla exterior de la ciudad por su lado este.
El Kaiserburg se alza sobre una escarpada roca que domina la ciudad; inmensos fosos, muy profundos, defienden el acceso por la parte norte. Nuremberg tuvo la fortuna de no haber sido saqueada jamás; de otra manera no habría podido mostrar aquel aspecto nuevo y flamante que contemplamos entonces. Los fosos ya no servían desde hacía siglos: el fondo estaba ocupado por casas de té al aire libre y plantaciones de árboles frutales, algunos de los cuales alcanzaban un tamaño respetable. Avanzamos junto al largo muro fortificado bajo el ardiente sol de julio, deteniéndonos a menudo para admirar la vista que se abría ante nosotros, en especial la gran llanura cubierta de ciudades y pueblos y enmarcada en una línea azul de colinas, como un paisaje de Claude Lerraine. Las torres del Kaiserburg, ahora cercanas, se alzaban a nuestra derecha; y más cerca aún, la altiva, la orgullosa Torre de las Torturas que era, y quizá lo sea todavía, el lugar más interesante de la ciudad. Durante siglos se ha citado a la Virgen de Hierro de Nuremberg como el ejemplo más claro de los horrores y la crueldad en los que puede caer el hombre. Por nuestra parte, siempre habíamos deseado poder verla algún día; y hete aquí que finalmente nos hallábamos a la entrada de lo que era su hogar.
Durante uno de nuestros altos en el camino, nos asomamos por encima del muro que circundaba los fosos. Allá abajo, muy al fondo, estaban los jardines somnolientos bajo el sol, quizás a quince o veinte metros de profundidad, aplastados bajo el sofocante y opresivo calor. Más allá, unas enormes murallas grises y hoscas, de una altura impresionante, se perdían a izquierda y derecha en los ángulos del bastión y la contraescarpa. Árboles y arbustos coronaban la cumbre. Detrás se alzaban altivas mansiones a las que el tiempo había dado una belleza aún mayor.
El calor nos agobiaba; caminábamos lentamente. Sin prisa alguna, nos detuvimos allí mismo y nos volvimos a asomar por en 1 cima del muro. Entonces se nos ofreció un cuadro encantador: una gran gata negra estaba tendida cuan larga era al sol, mientras un gatito del mismo color correteaba alegremente a su alrededor. La madre agitaba lentamente la cola para divertir a su pequeño y lo empujaba con la pata para animarlo a jugar. Los dos animales estaban al pie del muro, a nuestro nivel, y Elias P. Hutcheson se inclinó y tomó una piedra de tamaño bastante considerable con el fin de participar en sus juegos.
-¡Miren! -nos dijo con su divertido acento yanqui-. La voy a lanzar cerca del gatito, y se van a quedar preguntando de donde habrá salido.
-¡Oh!, vaya con cuidado -le recomendó mi esposa-, podría herir al pobre gatito
-¿Yo? Jamás lo intentaría, mi querida amiga -replicó Elias P.-. Tengo un corazón tan tierno como un cerezo de New Hampshire. ¡Por Dios!, tengo tan pocas intenciones de dañar a ese hermoso animalillo como de arrancarle la cabellera a un niño de teta. Por lo demás, no hay ningún peligro. ¡Mire, podría apostar lo que quisiera, hasta sus medias de fantasía, a que no voy a fallar! Fíjese, la voy a lanzar un poco hacia un lado, así...
Dicho esto, se inclinó hacia adelante, extendió el brazo y lanzó la piedra. Tal vez exista una fuerza de atracción que haga que un cuerpo, sea cual sea su volumen, acabe siempre por alcanzar a otro más grande que él, o quizá simplemente el muro no fuera totalmente vertical, cosa que no podíamos comprobar desde el punto en que nos hallábamos. Fuera lo que fuese, nos llegó un ruido blando, desgarrador, a través del cálido aire: la piedra acababa de dar de lleno en la cabeza del gatito y le había reventado el cráneo. La gata negra lanzó una rápida mirada en nuestra dirección; y vimos sus pupilas verdes y llameantes fijarse intensamente en Elias P. Hutcheson. Luego se volvió hacia el cuerpecillo tendido junto a ella, cuyas patitas todavía se agitaban imperceptible, presas de convulsiones, mientras un hilillo de sangre brotaba de la herida abierta. Entonces, con un sollozo ahogado, casi humano, se inclinó sobre el gatito, ahora inerte, y se puso a lamerle gimoteando la herida.
De pronto pareció darse cuenta de su muerte; y, una vez más, alzó su mirada hacia nosotros. Una mirada que nunca voy a olvidar, tal era el odio que de ella se desbordaba. Un fuego enconado ardía en el fondo de sus ojos verdes; sus dientes blancos y agudos parecían, brillar bajo la sangre que manchaba sus labios y bigotes. Y esos dientes rechinaban, mientras el animal descubría y alargaba unas enormes uñas afiladas. De pronto saltó desesperadamente hacia el muro para intentar alcanzamos; pero no lo logró y volvió a caer sobre el pequeño cadáver. Cuando se volvió a alzar, todavía nos pareció más horrible, tan pegajoso estaba su pelo oscuro por la sangre y los sesos. Amelia se desvaneció. Fue preciso que la transportase hasta un banco próximo, bajo la sombra de un plátano, donde recobró lentamente el conocimiento. En ese momento regresé junto a Hutcheson que, inmóvil de pie, observaba la enfurecida gata.
-¡Vaya por Dios! -exclamó al ver que me acercaba-. No creo haber visto un aspecto más feroz que el de esa bestia..., excepto en cierta ocasión, en una india de la tribu de los apaches, una squaw, como las llaman allí. Recuerdo cuando la squaw apache tuvo entre sus manos a un mestizo al que llamaban Astillas, para vengarse de lo que éste le había hecho al papoose, o sea el niño de esa squaw, al que había raptado en una correría para vengarse a su vez de la forma en que los apaches habían aplicado la tortura del fuego a su madre. La india estuvo mirando lo que le hacía el mestizo a su papoose, como si no quisiera olvidar un solo detalle. Persiguió a Astillas durante más de tres años, hasta que al final los bravos de su tribu lo atraparon y se lo entregaron. Dicen que ningún hombre, blanco o indio, ha tardado tanto en morir bajo las torturas apaches... La única vez que la vi sonreír fue cuando la eliminé. Llegué a su campamento justo cuando Astillas exhalaba su último suspiro, y les aseguro que a él tampoco le supo mal morir. Era un tipo demasiado duro, y yo nunca le había mostrado ninguna amistad después de lo del crío indio, pues había sido una gran canallada, y eso que tenía todo el aspecto de un hombre blanco. Pero pagó su deuda hasta el último centavo, y más aún, con creces. ¡Lo único que pude hacer con él fue conservar un trozo de su piel, ya que lo habían despellejado totalmente, y mandar que me forraran una agenda con ella! Aquí está -dijo, palmeándose el bolsillo del chaleco.
Mientras hablaba, la gata trataba de alcanzar frenéticamente la parte alta del muro. Primero tomaba impulso y luego saltaba, llegando a veces a una altura sorprendente. Aunque siempre volvía a caer al fondo, no parecía importarle: volvía a intentarlo con creciente ardor. Hutcheson era un buen muchacho- tanto mi mujer como yo nos habíamos fijado en la amabilidad con que trataba tanto a personas como a animales, y parecía sinceramente entristecido por el estado de furor en que veía a la gata.
-Lamento mucho no poder hacer nada -dijo-. Pobre animal, parece tan desesperado... Mira, no es culpa mía, ha sido un accidente. Y todo esto no te devolverá a tu pequeño. Lo lamento, nunca hubiera deseado que sucediese tal cosa, ni siquiera por un fajo de billetes... Espero, coronel -una de sus diversiones habituales era la de atribuirnos títulos imaginarios-, que su esposa no esté demasiado irritada conmigo por este desgraciado incidente. La culpa no es mía, y no se pue de llegar a imaginar hasta qué punto lo lamento.
Se aproximó a Amelia y se deshizo en excusas. Ella lo confortó, asegurándole que nunca había dudado de que se tratase de un accidente. Luego regresamos al muro para ver lo que hacía la gata. Ésta, al no ver a Hutcheson, se había quedado al acecho al borde del foso, dispuesta a abalanzarse de nuevo. En cuanto lo vio, saltó con un furor ciego que hubiera parecido
risible en otras circunstancias. Ya no trataba de alcanzar la parte alta del muro; simplemente se limitaba a lanzarse hacia Hutcheson como si la violencia de su odio, prestándole alas, pudiera permitirle franquear aquella gran distancia que los separaba. Amelia, con el infalible instinto de su sexo, se dio cuenta de inmediato del peligro.
-Tenga cuidado -le dijo a Elias P. con voz inquieta-, porque es seguro que, si estuviera aquí, ese animal trataría de matarlo. La muerte brilla en sus ojos.
-Perdóneme, mi pequeña amiga -replicó Hutcheson con una carcajada-, pero no puedo impedir reírme. ¡Es demasiado divertido! ¡Yo! ¡Yo, que he cazado al oso pardo y al indio, quiere que tenga cuidado de una gata!
Cuando el animal oyó las risas interrumpió sus intentos. Fue a sentarse lentamente junto al cadáver de su pequeño, y comenzó a lamerlo como si aún estuviera vivo.
-Ahí tienen –dije- los resultados de la acción de la voluntad de un hombre fuerte. La misma gata, a pesar de su furor, ha reconocido a su dueño y se inclina ante él.
-¡Exactamente igual que una squaw! -fue el único comentario de Elias P. Hutcheson, mientras reemprendíamos nuestro camino a lo largo de los fosos.
De vez en cuando nos volvíamos para mirar por encima del muro y, cada vez, veíamos a la gata que nos seguía. A veces regresaba al lado del pequeño cadáver. Pero, como la distancia no dejaba de aumentar, lo tomó en su boca, y así nos siguió. Sin embargo, al cabo de un tiempo lo abandonó, pues la vimos seguirnos sola; evidentemente había escondido el cadáver en alguna parte. La alarma de Amelia empezó a crecer ante la persistencia de la gata, y más de una vez repitió su advertencia; pero el americano se reía siempre, divertido, hasta que finalmente, viendo que comenzaba a estar Preocupada, le dijo:
-Le aseguro, señora, que no debe asustarla esa gata. ¡Soy un hombre prevenido, puede estar segura! -Y se palmeó el bolsillo de la parte trasera de su pantalón, donde siempre llevaba una pistola-. Vaya, antes que seguir viéndola preocupada estoy dispuesto a matar de un tiro a ese animalillo, aquí mismo, y arriesgarme a que la policía se mezcle en los asuntos de un ciudadano de los Estados Unidos por llevar un arma sin permiso.
Mientras hablaba miró por encima del muro. Pero la gata, al verle, se retiró con un gruñido y se ocultó en un macizo de flores.
-Vaya por Dios -dijo Hutcheson-. Ese animal tiene más sentido común que el que poseen la mayoría de cristianos. ¡Supongo que ya no la veremos nunca más! Les apostaría cualquier cosa a que ahora va a buscar a: su cría para hacerle un hermoso entierro.
Amelia no dijo nada más, por miedo a que en un erróneo acto de amistad hacia ella cumpliese su amenaza de matar a la gata; así que proseguimos nuestro camino y cruzamos el pequeño puente de madera que llevaba a la puerta en la que se iniciaba la empinada senda: enlosada entre el Kaiserburg y la pentagonal Torre de las Torturas. Mientras cruzábamos el puente vimos de nuevo a la gata debajo de nosotros. Cuando nos vio, su furia pareció ganarla de nuevo, e hizo frenéticos esfuerzos por escalar la pared vertical. Hutcheson se rió al verla y le dijo:
-Adiós, vieja amiga. Lamento haber herido tus sentimientos, pero ya se te pasará el enfado. ¡Hasta otra!
Y atravesamos la alta y oscura arcada y llegamos a la puerta del Kaiserburg.
Cuando salimos de nuevo, tras nuestra exploración de aquel hermoso lugar antiguo, que ni siquiera los bienintencionados esfuerzos de los restauradores góticos de hace cuarenta años habían logrado estropear (pese a que esta restauración era de un blanco brillan te), parecíamos haber olvidado por completo el poco placentero episodio de la mañana. El viejo tilo con gran tronco retorcido por el paso de casi nueve siglos, profundo pozo excavado en el corazón de la roca p aquellos cautivos de la antigüedad y la hermosa vista desde las murallas de la ciudad en las que oímos, durante casi un cuarto de hora, el sonido de los múltiples carillones.... todo había contribuido a borrar de nuestras mentes el incidente del gatito muerto.
Éramos los únicos visitantes que habían entrado aquella mañana en la Torre de las Torturas, al menos eso es lo que nos dijo el viejo guardián, así que teníamos el lugar para nosotros solos, y pudimos llevar a cabo una visita mucho más detallada y satisfactoria de lo que habría sido posible en otras circunstancias. El guardián, viendo en nosotros la única fuente de ingresos de aquel día, se mostró dispuesto a cumplir todos nuestros deseos. La Torre de las Torturas es ciertamente un lugar opresivo, incluso ahora, cuando muchos millares de visitantes le han dado una cierta chispa de vida y la alegría que ella comporta. Pero en aquel tiempo al que yo me refiero aún mantenía su aspecto más primitivo y terrible. El polvo de los siglos parecía estar en todas partes, y la oscuridad y el horror de sus recuerdos parecían haberse hecho sensibles de una forma que hubiera satisfecho a las almas panteístas de Filo o Espinoza. La cámara inferior, por la que entramos, estaba al parecer normalmente en tinieblas, y hasta la cálida luz diurna que entraba a chorros por la puerta parecía perderse en el grosor de las paredes, y solo mostraba los burdos ladrillos tal y como los había dejado el constructor, pero cubiertos de polvo y teñidos aquí y allá por manchas oscuras que, si las paredes pudieran hablar, habrían contado terribles recuerdos de miedo y sufrimiento.
Por todo ello, nos sentimos satisfechos al subir por la polvorienta escalera de madera, dejando el guardián abierta la puerta exterior para que nos iluminase algo el camino, pues, para nuestros ojos, la única y maloliente vela colocada en un candelabro clavado a la pared no daba bastante luz. Cuando salimos por la trampilla de un rincón de la cámara superior, Amelia se apretó tan fuertemente contra mí que pude notar cómo palpitaba su corazón.
Por mi parte debo decir que no me sorprendió su temor, Pues esa sala aún era más terrible que la que acabábamos de abandonar. Ciertamente, aquí había más luz, pero esto sólo contribuía a que pudiésemos contemplar mejor los horribles detalles del lugar. Evidentemente, los constructores de la torre habían pensado que sólo los que llegasen a la cima debían beneficiarse de la luz y de la visión, pues en todo el resto de la torre solo había algunas estrechas troneras como las de las construcciones militares medievales.
Unas pocas de éstas iluminaban la cámara, y estaban colocadas a tanta altura que desde ningún lugar podía verse el cielo a causa del grosor de las paredes. Desordenadamente, en unos armeros a lo largo de los muros, se veían espadas de decapitar, grandes armas de larga empuñadura, ancha hoja y afilados bordes. Junto a ellas, varios tajos en los que habían descansado las cabezas de las víctimas, en los que se veían los profundos cortes hechos por el acero que había cercenado las carnes, clavándose en la madera. Por toda la cámara, dispuestos al azar, se veían muchos aparatos de tortura que hacían estremecer el corazón: sillas llenas de clavos que daban idea de un terrible dolor; sillas y camastros tachonados de puntas romas cuya tortura parecía menor, pero que, aunque más lenta, era igualmente eficaz; potros, cinturones, guantes, collares, todos ellos dispuestos para comprimir a voluntad; caperuzas de acero en las que las cabezas podían ser machacadas lentamente; garfios de largos mangos y afiladas puntas muy utilizados por la antigua policía de Nuremberg; y muchos, muchos otros artefactos creados por el hombre para hacer daño a sus semejantes.
Amelia se puso muy pálida ante lo horrible de todas aquellas cosas, pero afortunadamente no se desmayó, aunque se sintió algo mareada y se sentó en una de las sillas de tortura, poniéndose inmediatamente en pie de un salto, con un grito, desaparecido su comienzo de mareo. Ambos hicimos ver como si hubieran sido las herrumbrosas púas lo que la habían asustado, y el señor Hutcheson aceptó nuestra explicación con una risita amable.
Pero el objeto principal de aquella cámara de los horrores era el artilugio conocido como la Virgen de Hierro, colocado en el centro de la habitación. Tenía la forma aproximada de una mujer de amplias formas. Uno apenas hubiera reconocido en ella la figura humana si no se hubiera preocupado el herrero de dar a su rostro una forma más cuidada. El artefacto estaba cubierto por una capa de óxido y polvo; había una cuerda atada a una anilla en la parte delantera, más o menos donde debiera de haber tenido la cintura, cuerda que pasaba por una polea clavada a la viga de madera que sostenía el techo. Tirando de la cuerda, el guardián nos mostró que la parte frontal se movía sobre unas bisagras como si fuera una puerta; entonces vimos que el artilugio tenía unas paredes de considerable grosor, que apenas dejaban lugar en su interior para que en él fuera introducido un cuerpo humano. La puerta era de grosor similar y gran peso, pues fue necesario todo el esfuerzo del guardián, ayudado por la polea, para abrirla.
Este peso era debido en parte al hecho de que evidentemente se había diseñado la puerta de forma que colgase de tal modo que su propio peso la hiciera cerrarse en cuanto se soltase la cuerda. El interior estaba manchado por el óxido, pero no solo por eso, pues el óxido producido por el tiempo no hubiera podido morder tan profundamente las paredes de hierTo, y las señales interiores eran verdaderamente profundas. Tan sólo cuando nos acercamos a mirar detenidamente el interior de la puerta fue cuando nos dimos cuenta de su diabólica misión. Había allí varias largas púas, cuadradas y gruesas, de amplia base y afilado extremo, colocadas de tal forma que cuando se cerrase la puerta las superiores atravesasen los ojos de la víctima y las inferiores su corazón y otras partes vitales. La visión fue demasiado para la pobre Amelia y esta vez cayó desmayada, y tuve que bajarla por la escalera de madera y llevarla hasta un banco del exterior, donde se recuperó. La impresión que sintió fue tan grande que mi primogénito tiene un antojo en el pecho que, según toda mi familia, representa a la Virgen de Nuremberg.
Cuando regresamos a la cámara nos encontramos a Hutcheson frente a la virgen de hierro. Evidentemente, había estado reflexionando, y ahora nos transmitió el fruto de sus meditaciones en forma de exordio:
-Bueno, creo que he estado aprendiendo algo mientras la señora se recuperaba de su desmayo. Me parece que estamos muy atrasados en nuestro lado del gran charco. Allá en las llanuras solíamos pensar que los indios nos daban lecciones en lo referente a cómo hacer que un hombre se sintiera mal, pero me parece que sus defensores de la ley y el orden medievales los superaban absolutamente. Los apaches saben hacer muy bien las cosas, pero esta jovencita de aquí les tenía ganada la mano. Las puntas de estas púas aún siguen estando bien afiladas, aunque los bordes estén embotados por lo mucho en lo que se clavaron. Seria una buena cosa que la Oficina de Asuntos Indios se hiciese con unos cuantos ejemplares de este juguetito para llevarlos a las, reservas: esto iba a meter en cintura a los bravos, y también a sus squaws, mostrándoles cómo la vieja civilización todavía tiene mucho que enseñarles. ¡Francamente, me gustaría entrar un momento en esa caja para ver lo que se siente!
-¡Oh, no, no! -dijo Amelia-. ¡Es demasiado terrible!
-Mi pequeña amiga, no hay nada demasiado terrible para una mente inquisitiva. Me he metido muchas veces en buenos líos. Pasé toda una noche en el interior del cadáver de un caballo mientras ardía toda la pradera del territorio de Montana.... y en otra ocasión dormí en el interior de un búfalo muerto cuando los comanches estaban en el sendero de la guerra y no me quedaba otro remedio si es que no quería hacer compañía al animal. he pasado dos días en un túnel derrumbado en la mina de oro de Billy Broncho en Nuevo Méjico, y fui uno de los cuatro que permaneció encerrado durante las tres cuartas partes de un día en la campana estanca que rompió las amarras cuando estábamos excavando los cimientos del puente de Buffalo. No me he dejado perder ni una sola sensación extraña hasta ahora, y no pienso perderme ésta.
Vimos que nada podría disuadirle, así que le dije:
-Bueno, entonces apresúrese, amigo, y acabemos de una vez.
-De acuerdo, mi general -me contestó-. Pero aún falta una cosa. Mis predecesores, los caballeros que se encontraron anteriormente en esta lata de sardinas, no lo hicieron voluntariamente.... ¡seguro que no! Imagino que los debían de traer bien atados antes de dejar caer el telón. Deseo hacer bien las cosas, así que primero necesito que me aten a conciencia. Me imagino que este buen hombre podrá encontrar un poco de cuerda para ello, ¿no, jefe?
Esto último se lo preguntó al viejo guardián, pero éste, que comprendía a grosso modo nuestra conversación, aunque quizá no entendiese todas las palabras, negó con la cabeza. Sin embargo, su negativa era un puro formulismo que únicamente buscaba una mayor propina. El americano le colocó una moneda de oro en la mano y le dijo:
-Tenga, compañero, para que beba un trago. Y no tenga miedo: desde luego no tengo ninguna intención de acabar aquí mis días.
Entonces el guardián buscó un trozo de cuerda, delgada y desgastada, y procedió a atar a nuestro amigo, dispuesto a cumplir con sus deseos. Cuando la parte superior de su cuerpo estuvo atada, Hutcheson le dijo:
-¡Un momento, señor juez! Evidentemente peso demasiado para que pueda meterme en vilo en la lata de sardinas. Déjeme meter, y entonces podrá acabar de atarme las piernas.
Mientras así hablaba se había introducido por la 1 abertura, que apenas si era lo bastante grande como para dejarle paso: el lugar era mínimo para un hombre de su corpulencia. Amelia lo contemplaba con temor en sus ojos, pero evidentemente sin deseos de intervenir. Entonces el guardián completó su tarea atando los pies del americano de forma que quedase por completo inerme y obligado a permanecer en su voluntaria prisión. Parecía estar disfrutando del momento, y la sonrisa habitual en su rostro se hizo más grande cuando dijo:
-¡Vaya, esta Eva debió ser hecha de la costilla de un enano! No hay en ella sitio para un ciudadano adulto de los Estados Unidos. En el territorio de Idaho acostumbramos a hacer los ataúdes más grandes. Ahora, señor juez, puede comenzar a dejar caer, muy lentamente, la, puerta sobre mí. Quiero sentir el mismo placer que los otros muchachos cuando las púas empezaban a moverse hacia sus ojos.
-¡Oh, no, no, no! ---estalló histéricamente Amelia-. ¡Es demasiado terrible! ¡No deseo verlo! ¡No puedo! ¡No puedo!
Pero el americano era testarudo:
-Oiga, coronel -me dijo-. ¿Por qué no se lleva a la señora a dar un paseo? Por nada del mundo querría herir sus sentimientos, pero ahora que estoy aquí, tras atravesar doce mil kilómetros, me costaría mucho dejar¡ de sentir la sensación que ando buscando. ¡No todos los días tiene un hombre la oportunidad de ser enlatado! Yo y el juez arreglaremos este asunto en un momento, y cuando vuelvan todos nos reiremos de ello.
Una vez más triunfó la resolución nacida de la curiosidad, y Amelia se quedó allí, aferrada a mi brazo y estremeciéndose mientras el guardián comenzaba a soltar, centímetro a centímetro, la cuerda que sujetaba la puerta de hierro. El rostro de Hutcheson estaba radian te mientras sus ojos seguían el movimiento de las púas.
-¡Bueno! -dijo-. Creo no haberme sentido tan dichoso desde que salí de Nueva York. Excepto una pelea que tuve en Wapping con un marino francés, y eso que tampoco fue gran cosa, no ha habido nada que me complaciera realmente en este podrido continente, en el que no hay ni osos ni indios y en el que los hombres van desarmados. ¡Atento ahora, señor juez! ¡No se dé prisa! ¡Deseo un buen trabajo por mi dinero!
El guardián debía de tener en sus venas algo de la sangre de sus predecesores en aquella siniestra torre, pues maniobró la puerta con tal deliberada lentitud que al cabo de cinco minutos, en los que la puerta apenas si se había movido, Amelia comenzó a perder el control de sus nervios. Vi cómo sus labios perdían el color, y noté que su presión sobre mi brazo disminuía. Miré a mi alrededor para buscar un lugar donde depositarla, y cuando la contemplé de nuevo vi que su mirada estaba clavada en un lugar al lado de la virgen. La seguí, y vi a la gata negra acurrucada en un rincón. Sus ojos verdes brillaban como luces de peligro en la penumbra del lugar, y su color se veía resaltado por la sangre que aún manchaba su piel y enrojecía su boca. No pude evitar el gritar:
-¡La gata! ¡Cuidado con la gata!
Pero ya había saltado frente al artefacto. En aquel momento parecía un demonio triunfante. Sus ojos brillaban feroces, su pelo se erizó hasta que pareció doblar su tamaño, y su cola azotaba el aire como la de un tigre cuando tiene su presa ante él. En cuanto la vio, Elias P. Hutcheson sonrió divertido, y sus ojos chisporrotearon al decir:
-¡Vaya, la squaw se ha puesto sus pinturas de guerra! Denle una patada si intenta buscarme las cosquillas, pues el jefe me ha atado tan bien que no podría evitar que me sacase los ojos si lo intentase. ¡Cuidado, señor juez! ¡No suelte esa cuerda o estoy frito!
En aquel momento Amelia se desmayó al fin, y tuve que aferrarla por la cintura para que no se desplomase, al suelo. Mientras me ocupaba de ella, vi cómo la gata negra se acurrucaba para saltar, y me volví para apartarla.
Pero en aquel instante, con un maullido infernal, se lanzó, no contra Hutcheson como esperábamos, sino directamente a la cara del guardián. Sus garras parecieron rasgar salvajemente su rostro, como se ve en los dibujos chinos de los dragones rampantes. Y, mientras miraba, vi cómo una de sus patas caía sobre el ojo del pobre hombre y le rasgaba toda la mejilla, dejándole una profunda herida sangrante.
Con un aullido de puro terror, sentido antes que el dolor, el hombre saltó hacia atrás, soltando al mismo tiempo la cuerda que sostenía la puerta de hierro. Yo salté a por ella, pero ya era tarde, pues la cuerda voló como un rayo por la polea y la pesada masa cayó por su propio peso.
Mientras se cerraba la puerta entreví el rostro de nuestro pobre compañero. Parecía paralizado por el terror. Sus ojos se abrieron con terrible angustia, anonadados, y ningún sonido salió de sus labios.
Y las púas hicieron su trabajo. Por fortuna, el final fue rápido, pues cuando abrí la puerta de un tirón ya se habían clavado tan profundamente que su cráneo machacado quedó clavado en ellas, y con mi tirón lo arranqué de su prisión, por lo que, atado como estaba, cayó al suelo hacia adelante con un repugnante sonido blando, volviendo lo que antes había sido su cara hacia mí al derrumbarse. Corrí hacia mi esposa, la alcé y me la llevé fuera, pues temía por su razón si, al recobrarse del desmayo, veía aquella escena. La dejé sobre el banco del exterior y corrí de nuevo dentro. Apoyado contra una columna de madera estaba el guardián, sollozando de dolor mientras se cubría los ojos con un pañuelo ensangrentado. Y sentada sobre la cabeza del pobre americano estaba la gata, ronroneando fuertemente mientras lamía la sangre que brotaba de las reventadas pupilas.
Creo que nadie me podrá acusar de crueldad si confieso que tomé una de las antiguas espadas de ejecución y partí en dos a la gata, que ni se movió.