lunes, 19 de mayo de 2008

Julio Cortázar( Belgica-Argentina, 1916-1984).El sentimiento de lo fantástico*

El sentimiento de lo fantástico

Yo he sido siempre y primordialmente considerado como un prosista. la poesía es un poco mi juego secreto, la guardo casi enteramente para mí y me conmueve que esta noche dos personas diferentes hayan aludido a lo que yo he podido hacer en el campo de la poesía. (...) he pensado que me gustaría hablarles concretamente de literatura, de una forma de literatura: el cuento fantástico. 
yo he escrito una cantidad probablemente excesiva de cuentos, de los cuales la inmensa mayoría son cuentos de tipo fantástico. el problema, como siempre, está en saber qué es lo fantástico. es inútil ir al diccionario, yo no me molestaría en hacerlo, habrá una definición, que será aparentemente impecable, pero una vez que la hayamos leído los elementos imponderables de lo fantástico, tanto en la literatura como en la realidad, se escaparán de esa definición. 
ya no sé quién dijo, una vez, hablando de la posible definición de la poesía, que la poesía es eso que se queda afuera, cuando hemos terminado de definir la poesía. creo que esa misma definición podría aplicarse a lo fantástico, de modo que, en vez de buscar una definición preceptiva de lo que es lo fantástico, en la literatura o fuera de ella, yo pienso que es mejor que cada uno de ustedes, como lo hago yo mismo, consulte su propio mundo interior, sus propias vivencias, y se plantee personalmente el problema de esas situaciones, de esas irrupciones, de esas llamadas coincidencias en que de golpe nuestra inteligencia y nuestra sensibilidad tienen la impresión de que las leyes, a que obedecemos habitualmente, no se cumplen del todo o se están cumpliendo de una manera parcial, o están dando su lugar a una excepción. 
ese sentimiento de lo fantástico, como me gusta llamarle, porque creo que es sobre todo un sentimiento e incluso un poco visceral, ese sentimiento me acompaña a mí desde el comienzo de mi vida, desde muy pequeño, antes, mucho antes de comenzar a escribir, me negué a aceptar la realidad tal como pretendían imponérmela y explicármela mis padres y mis maestros. yo vi siempre el mundo de una manera distinta, sentí siempre, que entre dos cosas que parecen perfectamente delimitadas y separadas, hay intersticios por los cuales, para mí al menos, pasaba, se colaba, un elemento, que no podía explicarse con leyes, que no podía explicarse con lógica, que no podía explicarse con la inteligencia razonante. 
ese sentimiento, que creo que se refleja en la mayoría de mis cuentos, podríamos calificarlo de extrañamiento; en cualquier momento les puede suceder a ustedes, les habrá sucedido, a mí me sucede todo el tiempo, en cualquier momento que podemos calificar de prosaico, en la cama, en el ómnibus, bajo la ducha, hablando, caminando o leyendo, hay como pequeños paréntesis en esa realidad y es por ahí, donde una sensibilidad preparada a ese tipo de experiencias siente la presencia de algo diferente, siente, en otras palabras, lo que podemos llamar lo fantástico. eso no es ninguna cosa excepcional, para gente dotada de sensibilidad para lo fantástico, ese sentimiento, ese extrañamiento, está ahí, a cada paso, vuelvo a decirlo, en cualquier momento y consiste sobre todo en el hecho de que las pautas de la lógica, de la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta desde aristóteles como inamovible, seguro y tranquilizado se ve bruscamente sacudido, como conmovido, por una especie de, de viento interior, que los desplaza y que los hace cambiar. 
un gran poeta francés de comienzos de este siglo, alfred jarry, el autor de tantas novelas y poemas muy hermosos, dijo una vez, que lo que a él le interesaba verdaderamente no eran las leyes, sino las excepciones de las leyes; cuando había una excepción, para él había una realidad misteriosa y fantástica que valía la pena explorar, y toda su obra, toda su poesía, todo su trabajo interior, estuvo siempre encaminado a buscar, no las tres cosas legisladas por la lógica aristotélica, sino las excepciones por las cuales podía pasar, podía colarse lo misterioso, lo fantástico, y todo eso no crean ustedes que tiene nada de sobrenatural, de mágico, o de esotérico; insisto en que por el contrario, ese sentimiento es tan natural para algunas personas, en este caso pienso en mí mismo o pienso en jarry a quien acabo de citar, y pienso en general en todos los poetas; ese sentimiento de estar inmerso en un misterio continuo, del cual el mundo que estamos viviendo en este instante es solamente una parte, ese sentimiento no tiene nada de sobrenatural, ni nada de extraordinario, precisamente cuando se lo acepta como lo he hecho yo, con humildad, con naturalidad, es entonces cuando se lo capta, se lo recibe multiplicadamente cada vez con más fuerza; yo diría, aunque esto pueda escandalizar a espíritus positivos o positivistas, yo diría que disciplinas como la ciencia o como la filosofía están en los umbrales de la explicación de la realidad, pero no han explicado toda la realidad, a medida que se avanza en el campo filosófico o en el científico, los misterios se van multiplicando, en nuestra vida interior es exactamente lo mismo. 
si quieren un ejemplo para salir un poco de este terreno un tanto abstracto, piensen solamente en eso que utilizamos continuamente y que es nuestra memoria. cualquier tratado de psicología nos va a dar una definición de la memoria, nos va a dar las leyes de la memoria, nos va a dar los mecanismos de funcionamiento de la memoria. y bien, yo sostengo que la memoria es uno de esos umbrales frente a los cuales se detiene la ciencia, porque no puede explicar su misterio esencial, esa memoria que nos define como hombres, porque sin ella seríamos como plantas o piedras; en primer lugar, no sé si alguna vez se les ocurrió pensarlo, pero esa memoria es doble; tenemos dos memorias, una que es activa, de la cual podemos servirnos en cualquier circunstancia práctica y otra que es una memoria pasiva, que hace lo que le da la gana: sobre la cual no tenemos ningún control. 
jorge luis borges escribió un cuento que se llama “funes el memorioso”, es un cuento fantástico, en el sentido de que el personaje funes, a diferencia de todos nosotros, es un hombre que posee una memoria que no ha olvidado nada, y cada vez que funes ha mirado un árbol a lo largo de su vida, su memoria ha guardado el recuerdo de cada una de las hojas de ese árbol, de cada una de las irisaciones de las gotas de agua en el mar, la acumulación de todas las sensaciones y de todas las experiencias de la vida están presentes en la memoria de ese hombre. curiosamente en nuestro caso es posible, es posible que todos nosotros seamos como funes, pero esa acumulación en la memoria de todas nuestras experiencias pertenecen a la memoria pasiva, y esa memoria solamente nos entrega lo que ella quiere. 
para completar el ejemplo si cualquiera de ustedes piensa en el número de teléfono de su casa, su memoria activa le da ese número, nadie lo ha olvidado, pero si en este momento, a los que de ustedes les guste la música de cámara, les pregunto cómo es el tema del andante del cuarteto 427 de mozart, es evidente que, a menos de ser un músico profesional, ninguno de ustedes ni yo podemos silbar ese tema y, sin embargo, si nos gusta la música y conocemos la obra de mozart, bastará que alguien ponga el disco con ese cuarteto y apenas surja el tema nuestra memoria lo continuará. comprenderemos en ese instante que lo conocíamos, conocemos ese tema porque lo hemos escuchado muchas veces, pero activamente, positivamente, no podemos extraerlo de ese fondo, donde quizá como funes, tenemos guardado todo lo que hemos visto, oído, vivido. 
lo fantástico y lo misterioso no son solamente las grandes imaginaciones del cine, de la literatura, los cuentos y las novelas. está presente en nosotros mismos, en eso que es nuestra psiquis y que ni la ciencia, ni la filosofía consiguen explicar más que de una manera primaria y rudimentaria. 
ahora bien, si de ahí, ya en una forma un poco más concreta, nos pasamos a la literatura, yo creo que ustedes están en general de acuerdo que el cuento, como género literario, es un poco la casa, la habitación de lo fantástico. hay novelas con elementos fantásticos, pero son siempre un tanto subsidiarios, el cuento en cambio, como un fenómeno bastante inexplicable, en todo caso para mí, le ofrece una casa a lo fantástico; lo fantástico encuentra la posibilidad de instalarse en un cuento y eso quedó demostrado para siempre en la obra de un hombre que es el creador del cuento moderno y que se llamó edgar allan poe. a partir del día en que poe escribió la serie genial de su cuento fantástico, esa casa de lo fantástico, que es el cuento, se multiplicó en las literaturas de todo el mundo y además sucedió una cosa muy curiosa y es que américa latina, que no parecía particularmente preparada para el cuento fantástico, ha resultado ser una de las zonas culturales del planeta, donde el cuento fantástico ha alcanzado sus exponentes, algunos de sus exponentes más altos. piensen, los que se preocupan en especial de literatura, piensen en el panorama de un país como francia, italia o españa, el cuento fantástico no existe o existe muy poco y no interesa, ni a autores, ni a lectores; mientras que, en américa latina, sobre todo en algunos países del cono sur: en el uruguay, en la argentina... ha habido esa presencia de lo fantástico que los escritores han traducido a través del cuento. cómo es posible que en un plazo de treinta años el uruguay y la argentina hayan dado tres de los mayores cuentistas de literatura fantástica de la literatura moderna. estoy naturalmente citando a horacio quiroga, a jorge luis borges y al uruguayo felisberto hernández, todavía, injustamente, mucho menos conocido. 
en la literatura lo fantástico encuentra su vehículo y su casa natural en el cuento y entonces, a mí personalmente no me sorprende, que habiendo vivido siempre con la sensación de que entre lo fantástico y lo real no había límites precisos, cuando empecé a escribir cuentos ellos fueran de una manera casi natural, yo diría casi fatal, cuentos fantásticos. 
(...) elijo para demostrar lo fantástico uno de mis cuentos, la noche boca arriba, y cuya historia, resumida muy sintéticamente, es la de un hombre que sale de su casa en la ciudad de parís, una mañana, en una motocicleta y va a su trabajo, observando, mientras conduce su moto, los altos edificios de concreto, las casas, los semáforos y en un momento dado equivoca una luz de semáforo y tiene un accidente y se destroza un brazo, pierde el sentido y al salir del desmayo, lo han llevado al hospital, lo han vendado y está en una cama, ese hombre tiene fiebre y tiene tiempo, tendrá mucho tiempo, muchas semanas para pensar, está en un estado de sopor, como consecuencia del accidente y de los medicamentos que le han dado; entonces se adormece y tiene un sueño; sueña curiosamente que es un indio mexicano de la época de los aztecas, que está perdido entre las ciénagas y se siente perseguido por una tribu enemiga, justamente los aztecas que practicaban aquello que se llamaba la guerra florida y que consistía en capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de los dioses. 
todos hemos tenido y tenemos pesadillas así. siente que los enemigos se acercan en la noche y en el momento de la máxima angustia se despierta y se encuentra en su cama de hospital y respira entonces aliviado, porque comprende que ha estado soñando, pero en el momento en que se duerme la pesadilla continúa, como pasa a veces y entonces, aunque él huye y lucha es finalmente capturado por sus enemigos, que lo atan y lo arrastran hacia la gran pirámide, en lo alto de la cual están ardiendo las hogueras del sacrificio y lo está esperando el sacerdote con el puñal de piedra para abrirle el pecho y quitarle el corazón. mientras lo suben por la escalera, en esa última desesperación, el hombre hace un esfuerzo por evitar la pesadilla, por despertarse y lo consigue; vuelve a despertarse otra vez en su cama de hospital, pero la impresión de la pesadilla ha sido tan intensa, tan fuerte y el sopor que lo envuelve es tan grande, que poco a poco, a pesar de que él quisiera quedarse del lado de la vigilia, del lado de la seguridad, se hunde nuevamente en la pesadilla y siente que nada ha cambiado. en el minuto final tiene la revelación. eso no era una pesadilla, eso era la realidad; el verdadero sueño era el otro. él era un pobre indio, que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios de concreto, de luces que no eran antorchas, y de un extraño vehículo, misterioso, en el cual se desplazaba, por una calle. 
si les he contado muy mal este cuento es porque me parece que refleja suficientemente la inversión de valores, la polarización de valores, que tiene para mí lo fantástico y, quisiera decirles además, que esta noción de lo fantástico no se da solamente en la literatura, sino que se proyecta de una manera perfectamente natural en mi vida propia. 
terminaré este pequeño recuento de anécdotas con algo que me ha sucedido hace aproximadamente un año. ocho años atrás escribí un cuento fantástico que se llama “instrucciones para john howell”, no les voy a contar el cuento; la situación central es la de un hombre que va al teatro y asiste al primer acto de una comedia, más o menos banal, que no le interesa demasiado; en el intervalo entre el primero y el segundo acto dos personas lo invitan a seguirlos y lo llevan a los camerinos, y antes de que él pueda darse cuenta de lo que está sucediendo, le ponen una peluca, le ponen unos anteojos y le dicen que en el segundo acto él va a representar el papel del actor que había visto antes y que se llama john howell en la pieza. 
“usted será john howell”. él quiere protestar y preguntar qué clase de broma estúpida es esa, pero se da cuenta en el momento de que hay una amenaza latente, de que si él se resiste puede pasarle algo muy grave, pueden matarlo. antes de darse cuenta de nada escucha que le dicen “salga a escena, improvise, haga lo que quiera, el juego es así”, y lo empujan y él se encuentra ante el público... no les voy a contar el final del cuento, que es fantástico, pero sí lo que sucedió después. 
el año pasado recibí desde nueva york una carta firmada por una persona que se llama john howell. esa persona me decía lo siguiente: “yo me llamo john howell, soy un estudiante de la universidad de columbia, y me ha sucedido esto; yo había leído varios libros suyos, que me habían gustado, que me habían interesado, a tal punto que estuve en parís hace dos años y por timidez no me animé a buscarlo y hablar con usted. en el hotel escribí un cuento en el cual usted es el protagonista, es decir que, como parís me ha gustado mucho, y usted vive en parís, me pareció un homenaje, una prueba de amistad, aunque no nos conociéramos, hacerlo intervenir a usted como personaje. luego, volví a n.y., me encontré con un amigo que tiene un conjunto de teatro de aficionados y me invitó a participar en una representación; yo no soy actor, decía john, y no tenía muchas ganas de hacer eso, pero mi amigo insistió porque había otro actor enfermo. insistió y entonces yo me aprendí el papel en dos o tres días y me divertí bastante. en ese momento entré en una librería y encontré un libro de cuentos suyos donde había un cuento que se llamaba “instrucciones para john howell”. ¿cómo puede usted explicarme esto, agregaba, cómo es posible que usted haya escrito un cuento sobre alguien que se llama john howell, que también entra de alguna manera un poco forzado en el teatro, y yo, john howell, he escrito en parís un cuento sobre alguien que se llama julio cortázar. 
yo los dejo a ustedes con esta pequeña apertura, sobre el misterio y lo fantástico, para que cada uno apele a su propia imaginación y a su propia reflexión y desde luego, a partir de este minuto estoy dispuesto a dialogar y a contestar, como pueda, las preguntas que me hagan.

* conferencia dictada en la u.c.a.b.

sábado, 17 de mayo de 2008

juan rulfo (1917 - 1986). El desafío de la creación


El desafío de la creación 

Desgraciadamente yo no tuve quién me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí. están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: "hoy parece que por ahí vienen las nubes..." en fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. a veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. de pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. en la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje. a mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad. cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de médium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando. creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar. ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. no hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien sea. mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás. onforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo. en mi caso personal, tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. ese es el misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla inmediatamente. estoy hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor. el problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida. una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer, precisamente, es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración; llega uno hasta a meter sus propias ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que movía las acciones del hombre. cuando sucede eso, se vuelve uno ensayista. conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género que se presta menos a eso es el cuento. para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. el poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa. lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones. la novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas; ésa es, más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio de la creación literaria; claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy hablando de una forma muy elemental, porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado. como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.

viernes, 16 de mayo de 2008

Gilbert K. Chesterton (reino unido, 1874 - 1936):Cómo escribir un cuento policíaco


Cómo escribir un cuento policíaco 

Que quede claro que escribo este articulo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. pero he fracasado muchas veces. mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. no tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. la verdad es que me asombra que el título de este articulo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad. pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo esta frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la edad media. el robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. los quioscos se adornaran con títulos como la falsificación en quince lecciones o ¿por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos. pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia. en cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector. lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. el cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. el error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. el clímax no debe ser anticlimático. no puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente. siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de sherlock holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es "resplandor plateado" ("silver blaze"). el segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. el secreto puede ser complicado pero debe ser simple. esto también señala las historias de más calidad. el escritor esta ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. ésta debe hablar por sí misma. debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución. en tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. el criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, "resplandor plateado". sherlock holmes es tan conocido como shakespeare. por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. a sherlock holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. la pura verdad es que el caballo lo asesinó. pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. la verdad termina resultando algo muy evidente. el caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. verlo como el criminal es lo que nos sorprende. es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma. si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. de otra manera no hay autentica sorpresa sino simple originalidad. es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. el arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. porque el cuento de detectives no es más que un juego. y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor. el escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del medico? sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿porque el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?. el lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. el lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿pero qué esta haciendo con ellos? ¿por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado? esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. la gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. la historia es un vuelo de la imaginación. es conscientemente una ficción ficticia. podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. de donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. e insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. no debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. no se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. el cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por las segunda y secreta. añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector. por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.

jueves, 24 de abril de 2008

Samanta Schweblin


Matar a un perro 

 El Topo dice: nombre, y yo contesto. Lo esperé en el lugar indicado y me pasó a buscar en el Peugeot que ahora conduzco. Acabamos de conocernos. No me mira, dicen que nunca mira a nadie a los ojos. Edad, dice, cuarenta y dos, digo, y cuando dice que soy viejo pienso que él seguro tiene más. Lleva unos pequeños anteojos negros y debe ser por eso que le dicen el Topo. Me ordena conducir hasta la plaza más cercana, se acomoda en el asiento y se relaja. La prueba es fácil pero es muy importante superarla y por eso estoy nervioso. Si no hago las cosas bien no entro, y si no entro no hay plata, no hay otra razón para entrar. Matar a un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la prueba para saber si uno es capaz de hacer algo peor. Ellos dicen: algo peor, y miran hacia otro lado, como si nosotros, la gente que todavía no entró, no supiéramos que peor es matar a una persona, golpear a una persona hasta matarla. Cuando la avenida se divide en dos calles opto por la menos transitada. Una línea de semáforos rojos cambia a verde, uno tras otro, y permite avanzar rápido hasta que entre los edificios surge un espacio oscuro y verde. Pienso que quizá en esa plaza no haya perros y el Topo ordena detenerse. Usted no trae palo, dice. No, digo. Pero no va a matar un perro a palazos si no tiene con qué. Lo miro pero no contesto, sé que va a decir algo, porque ahora lo conozco, es fácil conocerlo. Pero disfruta el silencio, disfruta pensar que cada palabra que diga son puntos en mi contra. Entonces traga saliva y parece pensar: no va a matar a nadie. Y al fin dice: hoy tiene una pala en el baúl, puede usarla. Y seguro que, bajo los anteojos, los ojos le brillan de placer. Alrededor de la fuente central duermen varios perros. La pala firme entre mis manos, la oportunidad puede darse en cualquier momento, me voy acercando. Algunos comienzan a despertar. Bostezan, se incorporan, se miran entre sí, me miran, gruñen, y a medida que me voy acercando se hacen a un lado. Matar a alguien en especial, alguien ya elegido, es fácil. Pero tener que elegir quien deberá morir requiere tiempo y experiencia. El perro más viejo o el más joven o el de aspecto más agresivo. Debo elegir. Es seguro que el Topo mira desde el auto y sonríe. Debe pensar que nadie que no sea como ellos es capaz de matar. Me rodean y me huelen, algunos se alejan para no ser molestados y vuelven a dormirse, se olvidan de mí. Para el Topo, tras los vidrios oscuros del auto, y los oscuros vidrios de sus anteojos, debo ser pequeño y ridículo, aferrado a la pala y rodeado de perros que ahora vuelven a dormir. Uno blanco, manchado, le gruñe a otro negro y cuando el negro le da un tarascón un tercer perro se acerca, ladra y muestra los dientes. Entonces el primero muerde al negro y el negro, los dientes afilados, lo toma por el cuello y lo sacude. Levanto la pala y el golpe cae sobre las costillas del manchado que, aullando, cae. Está quieto, va a ser fácil transportarlo, pero cuando lo tomo por las patas reacciona y me muerde el brazo, que enseguida comienza a sangrar. Levanto otra vez la pala y le doy un golpe en la cabeza. El perro vuelve a caer y me mira desde el piso, con la respiración agitada, pero quieto. Lentamente al principio y después con más confianza junto las patas del perro, lo cargo y lo llevo hacia el auto. Entre los árboles se mueve una sombra, el borracho que se asoma dice que eso no se hace, que después los perros saben quien fue y se lo cobran. Ellos saben, dice, saben, ¿entiende?, se sienta en un banco y me mira nervioso. Cuando voy llegando al auto veo al Topo sentado, esperándome en la misma posición en la que estaba antes, y sin embargo noto abierto el baúl del Peugeot. El perro cae como un peso muerto y me mira cuando cierro el baúl. En el auto, el Topo dice: si lo dejabas en el piso se levantaba y se iba. Sí, digo. No, dice, antes de irte tenías que abrir el baúl. Sí, digo. No, tenías que hacerlo y no lo hiciste, dice. Sí, digo, y me arrepiento enseguida, pero el Topo no dice nada y me mira las manos. Miro las manos, miro el volante y veo que todo está manchado, hay sangre en mi pantalón y sobre la alfombra del auto. Tendrías que haber usado guantes, dice. La herida duele. Venís a matar a un perro y no traés guantes, dice. Sí, digo. No, dice. Ya sé, digo y me callo. Prefiero no decir nada del dolor. Enciendo el motor y el coche sale suavemente. Trato de concentrarme, descubrir cuál de todas las calles que van apareciendo podría llevarme al puerto sin que el Topo tenga que decir nada. No puedo darme el lujo de otra equivocación. Quizá estaría bien detenerse en una farmacia y comprar un par de guantes, pero los guantes de farmacia no sirven y las ferreterías a esta hora están cerradas. Una bolsa de nylon tampoco sirve. Puedo quitarme la campera, enrollarla en la mano y usarla de guante. Sí, voy a trabajar así. Pienso en lo que dije: trabajar, me gusta saber que puedo hablar como ellos. Tomo la calle Caseros, creo que baja hasta el puerto. El Topo no me mira, no me habla, no se mueve, mantiene la mirada hacia delante y la respiración suave. Creo que le dicen el Topo porque debajo de los anteojos tiene ojos pequeños. Después de varias cuadras Caseros cruza Chacabuco. Después Brasil, que sale al puerto. Volantéo y entro con el coche inclinándose hacia un lado. En el baúl, el cuerpo golpea contra algo y después se escuchan ruidos, como si el perro todavía tratara de levantarse. El Topo, creo que sorprendido por la fuerza del animal, sonríe y señala a la derecha. Entro por Brasil frenando, las ruedas hacen ruido y con el coche de costado otra vez hay ruido en el baúl, el perro tratando de arreglárselas entre la pala y las otras cosas que hay atrás. El Topo dice: frená. Freno. Dice: acelerá. Sonríe, acelero. Más, dice, acelerá más. Después dice frená y freno. Ahora que el perro se golpeó varias veces, el Topo se relaja y dice: seguí, y no dice nada más. Sigo. La calle por la que conduzco ya no tiene semáforos ni líneas blancas, y las construcciones son cada vez más viejas. En cualquier momento llegamos al puerto. El Topo señala a la derecha. Dice que avance tres cuadras más y doble a la izquierda, hacia el río. Obedezco. Enseguida llegamos al puerto y detengo el auto en una playa de estacionamiento ocupada por grandes grupos de containers. Miro al Topo pero no me mira. Sin perder tiempo, bajo del auto y abro el baúl. No preparé mi abrigo alrededor del brazo pero ya no necesito guantes, ya está todo hecho, hay que terminar pronto para irse. En el puerto vacío solo se ven, a lo lejos, luces débiles y amarillas que iluminan un poco unos pocos barcos. Quizá el perro ya esté muerto, pienso que sería lo mejor, que la primera vez le tendría que haber pegado más fuerte y seguro ahora estaría muerto. Menos trabajo, menos tiempo con el Topo. Yo lo hubiera matado directamente, pero el Topo hace las cosas así. Son caprichos, traerlo medio muerto hasta el puerto no hace más valiente a nadie. Matarlo delante de todos esos otros perros era más difícil. Cuando lo toco, cuando junto las patas para bajarlo del auto, abre los ojos y me mira. Lo suelto y cae contra el piso del baúl. Con la pata delantera raspa la alfombra manchada de sangre, trata de levantarse y la parte trasera del cuerpo le tiembla. Todavía respira y respira agitado. El Topo debe estar contando el tiempo. Vuelvo a levantarlo y algo le debe doler porque aúlla aunque ya no se mueve. Lo apoyo en el piso y lo arrastro para alejarlo del auto. Cuando vuelvo al baúl a buscar la pala el Topo se baja. Ahora está junto al perro, mirándolo. Me acerco con la pala, veo la espalda del Topo y detrás, en el piso, el perro. Si nadie se entera de que maté a un perro nadie se entera de nada. El Topo no gira para decirme ahora. Levanto la pala. Ahora, pienso. Pero no la bajo. Ahora, dice el Topo. No la bajo ni sobre la espalda del Topo ni sobre el perro. Ahora, dice, y entonces la pala baja cortando el aire y golpea en la cabeza del perro que, en el suelo, aúlla, tiembla un momento, y después todo queda en silencio. Enciendo el motor. Ahora el Topo va a decirme para quien voy a trabajar, cual va a ser mi nombre, y por cuanta plata, que es lo que importa. Tomá Huergo y después doblá en Carlos Calvo, dice. Hace rato que conduzco. El Topo dice: en la próxima frená sobre el lado derecho. Obedezco y por primera vez el Topo me mira. Bájese, dice. Me bajo y él se pasa al asiento del conductor. Me asomo por la ventanilla y le pregunto qué va a pasar ahora. Nada, dice: usted dudó. Enciende el motor y el Peugeot se aleja en silencio. Cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que me dejó en la plaza. En la misma plaza. Desde el centro, cerca de la fuente, un grupo de perros se incorpora, poco a poco, y me mira.


 de El núcleo del disturbio(2001)

sábado, 23 de febrero de 2008

El libro de Margarite Duras


EL LIBRO 

 El libro es la historia de dos personas que aman. Esto, es: que aman sin estar prevenidas. Esto ocurre fuera del libro. Digo algo que no he querido decir en el libro, pero que no debía olvidarme de decir ahora, incluso si es un poco difícil encontrar las palabras para hacerlo. Este amor se mantiene en la imposibilidad de ser escrito. Es un amor que todavía no ha sido abordado por la escritura. Es demasiado fuerte, más fuerte que estas personas. No está organizado. Se vive por la noche y la mayor parte del tiempo entre sueños. No, todo amor que empieza en general se organiza, e incluso si hay un impedimento central para vivirlo, lo hace, se crea hábitos, costumbres, las personas comen, duermen, se besan, discuten, se reconcilian, hacen tentativas de suicidio, tienen ternura el uno por el otro, a veces, a veces se abandonan, vuelven, a veces hablan también de otra cosa, no lloran todo el rato. Aquí, no hacen nada, no hacen en el amor, esperan en la oscuridad, algunas veces él quiere matarla. Yo creo que él habría debido matarla, que él debería matarla, llegar a ello, pero me ha parecido una solución un tanto forzada, precoz. Puedo decir que se trata de un amor absurdo, sin sujetos, al igual que la sonrisa de Alicia no tiene rostro a través del espejo, pero esto sería abstracto y falso. No, vuelvo a lo que decía, que es un amor que ama ya, que invade y que permanece más acá de todo lo que se podría decir de él por razones de orden religioso y que por este hecho podría estar cerca de una necesidad de sufrimiento, de una razón oscura de tener que sufrir para acordarse de una ausencia sin imagen, sin rostro, sin voz, pero que se lleva el cuerpo entero, como bajo el efecto de la música, hacia la emoción que acompaña la liberación de no se sabe qué peso formal. Sí, este libro es la historia de un amor inconfesado entre personas que evitan decirse que se aman debido a una fuerza que ignoran. Y que se aman. Esto no está claro. Esto no puede declararse. Esto huye todo el tiempo. Es impotente. Y sin embargo está ahí. En una confusión que ellos tienen en común, que es personal, suya, y que es la identidad de sus sentimientos. ¿Es que perciben algo de lo que ocurre entre ellos y que los ata? No lo sé. Ellos saben más que los demás en el sentido del silencio a mantener sobre el amor, pero no saben vivirlo. viven en su lugar otra historia como si fueran otras personas. Cuando se dice que las personas se aman, en general se aman de amor. Son personas que no saben amarse y que viven un amor. Pero la palabra no acude a sus labios para decirla, ni el deseo al sexo, paa expresarlo, vaciarlo, y poder seguidamente charlar y beber alcohol. No, sólo lágrimas. Estas personas, del libro, las conozco, aunque no conozco su historia como no conozco mi historia. Carezco de historia. De la misma manera que no tengo vida. Mi historia se pulveriza cada día, cada segundo de cada día, mediante el presente de la vida, y no tengo ninguna posibilidad de percibir claramente lo que se llama así: su vida. Sólo el pensamiento de la muerte me recoge o el amor de este hombre y de mi hijo. Siempre he vivido como si no tuviera ninguna posibilidad de aproximarme a un modelo cualquiera de la existencia. Me pregunto en qué se basa la gente para contar su vida. Lo cierto es que hay tantos modelos de relatos que se hacen a partir del de la cronología, de los hechos exteriores. Se toma este modelo en general. Se parte del principio de la vida de uno y sobre los raíles de los acontecimientos, las guerras, los cambios de domicilio, las bodas, se desciende hacia el presente. Hay libros intangibles, L'Eté 80, El hombre atlántico, El Vicecónsul, que grita por los jardines de Shalimar, la mendiga, el olor a lepra, M. D., Lol V. Stein, El amante, El dolor, El dolor, El dolor, El amante, Hèléne Lagonelle, los dormitorios, la luz del río. Le Barrage se volvió intangible, los camuflajes, la sustitución de ciertos factores personales por otros que se prestaban menos a la curiosidad del lector y corrían menos peligros de alejarse del relato que yo quería que él leyera, todo se integró en la primera historia, que por otra parte, desapareció. Hasta El amante. De modo que hay dos niñas y yo en mi vida. La del Barrage. La del amante. Y la de las fotografías de familia. No alcanzo a ver lo que ocurrió mientras escribía este último libro, en el transcurso de este verano 86 tan terrible. En esta historia, por cierto desplazada, pero que fue vivida, es difícil descubrir la mentira, el lugar donde el libro miente, sobre qué plano, en qué adverbio. Puede que no mienta más que en una palabra. No creo que mienta respecto al deseo. Esto siempre debe ocurrir de esta manera cuando el hombre es rechazado por nuestro cuerpo. Y sin embargo, este libro cuenta la historia que ha sido vivida. Yo he hecho de él un caso particular y no un caso de especie. El tiempo de escribirlo estaba, tal vez, superado, era preciso que yo me acordara de haber sufrido. El sufrimiento permanecía, pero siempre igual. La emoción también. La emoción en El amante o en El dolor todavía está tibia, palpitante. Resuena en estos libros, el menor soplo, las voces también las oigo. Aquí, no, no oigo nada, no veo nada. Me confundo con estas personas, y lo que hago es contar una historia imposible entre una mujer y un homosexual, cuando lo que yo quiero contar es una historia de amor que es siempre posible incluso cuando se presenta como imposible a los ojos de las personas que están lejos de la escritura -no esando la escritura afectada por este género de lo posible o no de la historia -. Puede queyo haya querido decir esto mismo que digo aquí sin conseguirlo, saber que no ha habido historia de amor entre la gente, sino amor. Que tal vez, lo que quería decir, era que una vez en los confines de sus relaciones, cierta noche, el amor se había mostrado como un hilillo de luz en la oscuridad. Que una vez, cierto momento, la historia había llegado hasta el amor. Si escribir en falso, incluso apenas en falso, me produce tanto efecto, es que esto debe ocurrirme raramente. Sin duda, todavía estoy demasiado bajo el impacto de la escritura de este libro para saberlo. Es preciso que tenga sentimientos mejores para con el libro, y que no lo trate más como un objeto hiriente, hostil y un arma dirigida contra mí. Qué es lo que ha sucedido. Es como si aprendiera que todo no puede emanar de la escritura, que esto se detiene quiérase o no ante puertas que están cerrradas, poco importa la razón por qué. Hay algo en este libro como un ensayista larvado a lo Barthes, tengo ideas, y hago alarde de ello, y la novela está, a veces, justificada como la de los premios literarios. Dicho de otro modo, no me he salido de ello. He implantado el mar en medio de la historia, un río, pero no ha sido suficiente para hacer salvaje al amor, a la gente, me concernía demasiado. Ha quedado lejos ésto. No sé lo que habría debido hacer. Lo que ocurría cada día no era lo que sucedía cada día. Sucedía que lo que no ocurría era lo más importante del día. Cuando no sucedía nada era lo que daba más qué pensar. Habría debido entrar en el libro con mis maletas, mi rostro devastado, mi edad, mi oficio, mi brutalidad, mi locura, y tú habrías debido quedarte igualmente en el libro, con tus maletas, tu rostro liso, tu edad, tu ocio, tu terrible brutalidad, tu locura y tu angelismo fabuloso. Y esto no habría sido suficiente. Hemos hecho asco a todos los compromisos, a todos los "arreglos" habituales entre los géneros, hemos afrontado la imposibilidad de este amor, no hemos retrocedido, no nos hemos librado, era un amor que venía de muy lejos, que no podíamos imaginar, era tan extraño, nos burlábamos, no lo reconocíamos y lo hemos vivido tal como se presentaba, imposible, verdaderamente, y sin intervenir, sin hacer nada para sufrir menos, sin rehuírle, sin masacrarlo ni partir. Y esto no ha sido suficiente. En el período que precedió a la entrega del manuscrito hasta el último día, creí que todavía podía evitar darlo a editar, pero en este momento yo era la única en pensarlo y era demasiado tarde y finalmente tuvieron razón de publicarlo.


 de: La vida material. Plaza & Janes Editores, S.A., 1988, Barcelona.

miércoles, 16 de enero de 2008

Lydia Davis(E.E.U.U.,1943)


La luna
Me levanto de la cama en mitad de la noche para ir al baño. La habitación en la que estoy es grande y, salvo por el perro blanco sobre el suelo, oscura. El distribuidor, ancho y largo, parece inmerso en algún tipo de crepúsculo submarino. Cuando alcanzo la puerta del baño veo que está inundado por un resplandor. La luna llena brilla, suspendida, en lo alto. Alumbra a través de la ventana e ilumina directamente el asiento del retrete, como si estuviera enviada por un dios servicial. De vuelta en la cama me echo un rato sin dormirme. La habitación se ve más iluminada de lo que estaba. Pienso que la luna ha debido dar la vuelta al edificio. Pero no, es el inicio del amanecer.


En la estación de trenes
La estación de trenes está muy concurrida. La gente camina al mismo tiempo en todas direcciones. Algunos permanecen parados. Un monje budista tibetano con la cabeza afeitada y una larga túnica color vino está en medio de la multitud, con aspecto preocupado. Yo estoy de pie, contemplándole. Tengo mucho tiempo antes de la salida de mi tren porque acabo de perder el anterior. El monje me ve mirarle. Se acerca hasta mí y me dice que está buscando el andén número 3. Sé dónde están los andenes. Le enseño el camino.


(Traducción de A. Jiménez Morato)



domingo, 16 de diciembre de 2007

Philip K. Dick(E.E.U.U.,1928-1982)


El mundo que ella deseaba Larry Brewster, medio dormido, contempló las colillas, botellas de cerveza vacías y cajas de cerillas aplastadas que se amontonaban sobre la mesa ante él. Alargó la mano y alineó una botella de cerveza con las demás para lograr de esta manera el efecto adecuado. La pequeña orquesta de dixieland tocaba ruidosamente en la parte trasera del Wind-Up. El áspero sonido del jazz se mezclaba con el murmullo de voces, la semipenumbra, el tintineo de vasos en la barra. Larry Brewster suspiró, feliz y satisfecho. —Esto es el nirvana —declaró. Asintió con la cabeza lentamente, aprobando las palabras que había pronunciado—. O, al menos, el séptimo nivel del cielo budista zen. —No hay siete niveles en el cielo budista zen —corrigió una competente voz femenina, directamente sobre él. —Es cierto —admitió Larry, reflexionando sobre el tema—. Estaba hablando metafóricamente, no literalmente. —Deberías ir con más cuidado; has de decir justo lo que quieres decir. —¿Y decir justo lo que usted quiere oír? —Larry levantó la vista—. ¿Tengo el placer de conocerla, jovencita? La esbelta muchacha de cabello dorado se dejó caer en la silla que había al otro lado de la mesa; sus ojos acerados brillaron en la semioscuridad del bar. Le sonrió exhibiendo sus blancos dientes centelleantes. —No —respondió—. No nos conocemos, pero ahora ha llegado nuestro momento. —¿Nuestro..., nuestro momento? Larry enderezó poco a poco su cuerpo larguirucho. Había algo en el rostro inteligente de la muchacha que le alarmaba y atravesaba la muralla de su bruma alcohólica. Su sonrisa era demasiado serena, demasiado segura. —¿A qué se refiere, en concreto? ¿De qué va el rollo? La joven se quitó la chaqueta y mostró unos senos llenos y redondeados, y una figura flexible. —Tomaré un martini —dijo—. Por cierto... Me llamo Allison Holmes. —Larry Brewster. —Larry examinó a la chica con suma atención—. ¿Qué ha dicho que quiere? —Un martini. Seco. —Allison le sonrió con frialdad—. Y pide otro para ti, ¿no? Larry gruñó para sí. Hizo una seña al camarero. —Un martini seco, Max. —Muy bien, señor Brewster. Max volvió al cabo de pocos minutos con un martini, que depositó sobre la mesa. Cuando se hubo ido, Larry se inclinó hacia la rubia. —Y ahora, señorita Holmes... —¿Tú no quieres? —No. Larry la miró beber. Sus manos eran menudas y delicadas. No tenía mal aspecto, pero le desagradaba la serenidad autosuficiente de sus ojos. —¿Qué significa eso de que nuestro momento ha llegado? Dame alguna pista. —Es muy sencillo. Te vi sentado aquí y supe que eras la persona. A pesar de la mesa desordenada. —Arrugó la nariz ante la visión de las botellas y las cajas de cerillas—. ¿Por qué no mandas que la limpien? —Porque la prefiero así. ¿Supiste que yo era la persona? ¿Qué persona? —El interés de Larry aumentaba—. Continúa. —Larry, éste es un momento de mi vida muy importante. —Allison miró a su alrededor—. ¿Quién iba a pensar que te encontrada en un lugar semejante? Pero siempre me ha ocurrido lo mismo. Es un eslabón más de una cadena que se remonta a..., bueno, hasta donde llega mi memoria. —¿Qué cadena es ésa? —Mi pobre Larry —rió Allison—. No entiendes nada. —Se inclinó hacia él y sus maravillosos ojos danzaron—. Larry, sé algo que nadie más sabe..., nadie en este mundo. Algo que averigüe de niña. Algo... —Espera un momento. ¿Qué significa "este mundo"? ¿Quieres decir que hay mundos más agradables que éste? ¿Mundos mejores, como decía Platón? Este mundo no es más que... —¡Por supuesto que no! —Allison frunció el ceño—. Este es el mundo mejor, Larry. El mejor de todos los mundos posibles. —Oh. Herbert Spencer. —El mejor de todos los mundos posibles... para mí. Le dedicó una sonrisa fría, secreta. —¿Por qué para ti? Cuando respondió, captó un matiz casi depredador en el rostro finamente cincelado de la joven. —Porque —dijo con calma— éste es mi mundo. —¿Tu mundo? —Larry enarcó una ceja, y después sonrió, divertido—. Por supuesto, pequeña; es de todos nosotros. —Hizo un ademán que abarcó el resto de la sala—. Tu mundo, mi mundo, el mundo del tío que toca el banjo. —No. —Allison sacudió la cabeza con firmeza—. No, Larry. Mi mundo; me pertenece a mí. Todas las cosas y todas las personas. Todo es mío. —Movió la silla para acercarse más a él. Larry olió su perfume, cálido, dulce, tentador—. ¿No lo entiendes? Esto es mío. Todas estas cosas están hechas para mí, para hacerme feliz. Larry se apartó un poco. —¿De veras? Voy a decirte una cosa: como principio filosófico no se sostiene. Admitiré que Descartes dijo que sólo conocemos el mundo mediante nuestros sentidos, y que nuestros sentidos reflejan nuestra... Allison posó su pequeña mano sobre el brazo de Larry. —No me refiero a eso. Existen muchos mundos, Larry. Todo tipo de mundos. Millones y millones. Tantos como personas. Cada persona posee su propio mundo, Larry, su mundo particular. Un mundo que existe para ella, para su felicidad. —Bajó la vista con modestia—. Pero da la casualidad de que éste es mi mundo. Larry meditó unos segundos. —Muy interesante, pero ¿y los demás? Yo, por ejemplo. —Tú existes para proporcionarme felicidad, por supuesto; es lo que te estoy diciendo. —La presión de su pequeña mano aumentó—. En cuanto te vi, supe que eras la persona idónea. Llevo varios días pensando en esto. Ya es hora de que le encuentre. El hombre que me está destinado. El hombre con el que me he de casar... para que mi felicidad sea completa. —¡Oye! —exclamó Larry, retrocediendo. —¿Qué te pasa? —¿Y yo? —preguntó Larry—. ¡Eso no es justo! ¿No cuenta mi felicidad? —Sí..., pero aquí no, en este mundo no. —Hizo un gesto vago—. Tienes un mundo en otro lugar; tu propio mundo. En éste, eres una simple parte de mi vida. No eres completamente real. Yo soy la única persona completamente real de este mundo. Los demás estáis a mi servicio. Sólo sois... parcialmente reales. —Entiendo. —Larry se reclinó en la silla poco a poco, acariciándose el mentón—. Por tanto, existo en un montón de mundos diferentes. Una pizca aquí, otra allí, según lo que se necesite de mí. Como ahora, por ejemplo, en este mundo. Llevo veinticinco años dando tumbos, a fin de salirte al paso cuando me necesitaras. —Exacto. —Los ojos de Allison bailaron de alegría—. Has captado la idea. —De pronto, consultó su reloj—. Se está haciendo tarde. Vámonos. —¿Nos vamos? Allison se puso en pie de un brinco, cogió su diminuto bolso y se puso la chaqueta. —¡Quiero hacer tantas cosas contigo, Larry! ¡Hemos de ir a tantos sitios! ¡Nos queda tanto por hacer! —Le asió por el brazo—. Vamos, date prisa. Larry se levantó con parsimonia. —Escucha... —Nos vamos a divertir muchísimo. —Allison le arrastró hacia la puerta—. Veamos... Sería estupendo... Larry se detuvo, irritado. —¡La cuenta! No puedo marcharme. —Rebuscó en su bolsillo—. Debo algo así como... —Nada de cuentas esta noche. Esta es mi noche especial. —Allison se volvió hacia Max, que limpiaba la mesa—. ¿No es cierto? El viejo camarero levantó la vista lentamente. —¿Qué sucede, señorita? —Esta noche no pagamos. Max sacudió la cabeza. —Esta noche no se paga, señorita. Es el cumpleaños del jefe; bebida gratis para todo el mundo. —¿Cómo? —murmuró Larry. —Vamos. —Allison le arrastró hacia las pesadas puertas hasta salir a la fría y oscura acera neoyorquina—. Vamos, Larry... ¡Hemos de hacer muchas cosas! —No sé de dónde demonios ha salido el taxi —murmuró Larry. El taxi arrancó y se alejó. Larry miró a su alrededor. ¿Dónde estaban? Las oscuras calles estaban silenciosas y desiertas. —Primero, quiero una flor —dijo Allison Holmes—. Larry, ¿no crees que deberías regalarle a tu prometida una flor? Quiero entrar radiante. —¿Una flor? ¿A estas horas de la noche? —Larry señaló las calles silenciosas y oscuras—. ¿Estás bromeando? Allison pensó durante unos segundos y después, de pronto, cruzó la calle. Larry la siguió. Allison se detuvo ante una floristería cerrada. El letrero estaba apagado. Golpeó el cristal de la puerta con una moneda. —¿Te has vuelto loca? —gritó Larry—. ¡A estas horas de la noche no hay nadie ahí dentro! Alguien se movió en la parte trasera de la floristería. Un anciano se acercó con parsimonia al escaparate. Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo. Se inclinó y abrió la puerta. —¿Qué desea, señora? —Quiero el mejor ejemplar que tenga. Allison entró en la tienda y admiró las flores con arrobo. —Olvídelo, amigo —murmuró Larry—. No le haga caso. Está... —No pasa nada —suspiró el viejo—. Estaba repasando mi declaración de impuestos. Me tomaré un descanso. Encontraremos algo adecuado. Abriré la cámara frigorífica. Cinco minutos después volvían a estar en la calle. Allison contemplaba extasiada la gran orquídea prendida con un alfiler a su chaqueta. —¡Es tan hermosa, Larry! —susurró. Le apretó el brazo, mirándole a la cara—. Muchas gracias. Ahora, vámonos. —¿Adónde? Es posible que encuentres a un viejo sudando la gota gorda sobre su declaración de impuestos a la una de la mañana, pero te reto a que encuentres a alguien más en este cementerio olvidado de Dios. Allison miró a su alrededor. —Veamos... Por aquí. Vamos a ese caserón. No me sorprendería nada que... Obligó a Larry a continuar. Sus tacones resonaron en el silencio de la noche. —Muy bien —murmuró Larry, esbozando una sonrisa—. Te acompañaré. Hasta podría ser interesante. No se veía ninguna luz en la gran casa cuadrada. Todas las persianas estaban bajadas. Allison avanzó a toda prisa por el sendero, orientándose en la oscuridad, hasta llegar al porche de la casa. —¡Oye! —exclamó Larry, alarmado de repente. Allison ya había aferrado el pomo de la puerta, que se abrió sin dificultades. Una explosión de luz y sonido les recibió. Murmullo de voces. Una enorme cantidad de gente deambulaba al otro lado de una pesada cortina. Hombres y mujeres vestidos de noche, inclinados sobre mesas largas y mostradores. —Oh, oh —murmuró Larry—. En menudo lío nos hemos metido. Este lugar no es para nosotros. Tres gorilas de aspecto duro se precipitaron sobre ellos, sin sacar las manos de los bolsillos. —Muy bien, señor. Fuera. Larry empezó a recular. —Por mí, encantado. Soy una persona razonable. —Tonterías. —Allison le agarró por el brazo. Sus ojos brillaban de excitación—. Siempre quise visitar una sala de juegos. ¡Mira todas esas mesas! ¿Qué están haciendo? ¿Qué pasa ahí? —Por el amor de Dios —jadeó Larry, desesperado—. Salgamos de aquí. Esta gente no nos conoce. —Ya puede apostar a que no —dijo con voz rasposa uno de los tres voluminosos matones. Movió la cabeza en dirección a sus compañeros—. Vamos p’allá. Se apoderaron de Larry y lo llevaron a empellones hacia la puerta. —¿Qué le están haciendo? —Allison parpadeó—. ¡Basta! —Se concentró, moviendo los labios—. Déjenme..., déjenme hablar con Connie. Los tres matones se quedaron petrificados. Se volvieron hacia ella poco a poco. —¿Con quién? ¿Qué nombre ha dicho, señora? —Con Connie... —sonrió Allison—, me parece. ¿No es eso lo que he dicho? Connie. ¿Dónde está? —Miró a su alrededor—. ¿No está allí? Un hombrecillo de aspecto pulido que jugaba en una mesa se volvió de mala gana al oír su nombre; hizo una mueca de fastidio. —Olvídelo, señora —se apresuró a decir un matón—. No moleste a Connie; no le gusta que le molesten. Cerró la puerta mientras empujaba a Larry y a la joven hacia la gran sala, al otro lado de la cortina. —Vayan a jugar. Diviértanse. Que lo pasen bien. Larry miró a la chica y meneó la cabeza débilmente. —Creo que me apetece una copa... bien cargada. —Muy bien —dijo Allison, risueña, sin apartar la vista de la ruleta—. Ve a tomar una copa. ¡Voy a jugar! Después de un buen par de whiskys escoceses con agua, Larry bajó del taburete y se alejó del bar en dirección a la mesa de la ruleta, situada en el centro de la sala. Una gran multitud se había congregado alrededor de la mesa. Larry cerró los ojos para controlarse; ya sabía lo que pasaba. Tras serenarse, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la mesa. —¿Qué significa ésta? —preguntaba Allison al croupier, sosteniendo en alto una ficha azul. Frente a ella se alzaba una inmensa columna de fichas.., de todos los colores. Todo el mundo murmuraba y hablaba, mirándola. Larry se colocó a su lado. —¿Cómo te va? ¿Ya has perdido hasta la camisa? —Todavía no. Según este hombre, voy ganando. —Sí él lo dice... —suspiró Larry—. Está en el rollo. —¿Quieres jugar? —preguntó Allison, recogiendo una tonelada de fichas—. Quédate éstas; tengo más. —Ya lo veo, pero... no, gracias. No es mi fuerte. Vamos. —Larry se la llevó de la mesa—. Creo que ya es hora de que tú y yo sostengamos una pequeña charla. En aquel rincón estaremos tranquilos. —¿Una charla? —He de pensar en todo esto; la cosa ya ha ido demasiado lejos. Allison le siguió. Larry se encaminó a grandes zancadas hacia una esquina de la sala. Un brillante fuego ardía en una enorme chimenea. Larry se desplomó sobre una mullida butaca mientras señalaba la contigua. —Siéntate. Allison obedeció. Cruzó las piernas y se alisó la falda. Se reclinó en el respaldo y suspiró. —¿No es bonito, el fuego y todo lo demás? Justo lo que siempre había imaginado... Cerró los ojos con languidez. Larry sacó los cigarrillos y encendió uno, absorto en sus pensamientos. —Vamos a ver, señorita Holmes... —Allison. Al fin y al cabo, vamos a casarnos. —Allison, pues. Escucha, Allison, todo esto es absurdo. Mientras estaba en el bar, me entretuve pensándolo. Tu demencial teoría no es cierta. —¿Por qué no? —Su voz era soñolienta, distante. Larry movió las manos, irritado. —Te lo explicaré. Afirmas que yo sólo soy parcialmente real. Eso no es cierto. Y que tú eres la única completamente real. —Exacto —aprobó Allison. —¡Escucha! No sé nada sobre esa gente... —Larry señaló la multitud con un gesto despreciativo—. Quizá tengas razón acerca de ellos. Quizá sólo sean fantasmas. ¡Pero yo no! No puedes decir que yo soy un fantasma. —Descargó su puño sobre el brazo de la butaca—. ¿Lo ves? ¿Te atreves a decir que esto es sólo parcialmente real? —La butaca sólo es real en parte. —Maldita sea —rugió Larry—, llevo veinticinco años en este mundo, y sólo hace unas horas que te conozco. ¿Debo creer que no estoy vivo? ¿Que no soy..., que no soy realmente yo? ¿Que sólo soy una especie de... decorado en tu mundo, un simple accesorio? —Larry, querido. Tú tienes tu propio mundo. Todos tenemos nuestro mundo. Pero sucede que éste es mío, y que tú estás en él a mi servicio. —Allison abrió sus grandes ojos azules—. En tu mundo real yo también existo un poco para ti. Todos nuestros mundos se superponen, querido, ¿no lo entiendes? Tú existes para mí en mi mundo. Es probable que yo exista para ti en el tuyo. —Sonrió—. El Gran Diseñador ha de ser económico..., como los buenos artistas. Hay muchos mundos similares, casi idénticos, pero cada uno pertenece a una sola persona. —Y éste es el tuyo. —Larry dejó escapar un suspiro—. De acuerdo, muñeca. Estás convencida de lo que dices; te seguiré la broma..., durante un rato, al menos. Te seguiré la corriente. —Contempló a la muchacha reclinada en la butaca vecina—. No estás mal, ¿sabes?, nada mal. —Gracias. —Sí, morderé el anzuelo. Durante un rato, al menos. Tal vez seamos el uno para el otro, pero has de calmarte un poco. Tientas en exceso a la suerte. Si vamos a seguir juntos, será mejor que te lo tomes con calma. —¿Qué quieres decir? —Todo esto. Este lugar. ¿Y si viene la poli? Juegos, persecuciones. —La mirada de Larry se perdió en la distancia—. No, esto no está bien. Esta no es la clase de vida que me había imaginado. ¿Sabes lo que tengo metido en la cabeza? —El rostro de Larry se iluminó de nostálgico placer—. Una casita, muñeca. En el campo. Muy lejos. Tierra de labranza. Campos llanos. Tal vez Kansas o Colorado. Una cabañita. Con un pozo. Y vacas. —¿Sí? —Allison frunció el ceño. —¿Y sabes qué mas? Yo, en la parte trasera. Trabajando la tierra, o... dando de comer a los pollos. ¿Has dado de comer a los pollos alguna vez? —Larry movió la cabeza, feliz—. Es muy divertido, muñeca. Y las ardillas. ¿Nunca has ido a un parque y has dado de comer a las ardillas? Ardillas grises de largas colas. Colas tan largas como su propio cuerpo. Allison bostezó. Se levantó con brusquedad y cogió el bolso. —Creo que es hora de irnos. Larry se levantó con parsimonia. —Si, yo también lo creo. —Mañana va a ser un día muy ajetreado. Quiero levantarme temprano. —Allison avanzó hacia la puerta, abriéndose paso entre la gente—. Lo primero de todo, creo que deberíamos ir a buscar... —Tus fichas —la interrumpió Larry. —¿Qué? —Tus fichas. Ve a cambiarlas. —¿A cambiarlas? —Por dinero... Creo que así lo llaman ahora. —Oh, qué fastidio. —Allison se volvió hacia un hombre corpulento sentado a la mesa de black-jack—. ¡Tome! —Tiró las fichas en el regazo del hombre—. Cójalas. Muy bien, Larry. ¡Vámonos! El taxi frenó en el apartamento de Larry. —¿Vives aquí? —preguntó Allison, mirando el edificio—. No es muy moderno, ¿verdad? —No. —Larry abrió la puerta—. Y las cañerías no están en muy buen estado, pero me importa una mierda. —¿Larry? —Allison le detuvo cuando se disponía a salir. —¿Sí? —No olvidarás lo de mañana, ¿verdad? —¿Mañana? —Tenemos muchas cosas que hacer. Quiero que te levantes a primera hora de la mañana. Hay que visitar varios sitios y ultimar detalles. —¿Qué te parecen las seis de la tarde? ¿Te va bien? Larry bostezó. Era tarde y hacía frío. —Oh, no. Pasaré a buscarte a las diez de la mañana. —¡A las diez! ¿Y mi trabajo? ¡He de ir a trabajar! —Mañana no. Mañana es nuestro día. —¿Cómo cojones voy a vivir si no...? Allison le rodeó con sus esbeltos brazos. —No te preocupes, todo saldrá bien. ¿No te acuerdas? Éste es mi mundo. Le atrajo hacia ella y le besó en la boca. Sus labios eran dulces y fríos. Le abrazó con fuerza y cerró los ojos. Larry se apartó. —Vale, vale. Se enderezó la corbata. —Mañana, pues. Y no te preocupes por tu trabajo. Adiós, querido Larry. Allison cerró la puerta. El coche siguió por la oscura calle. Larry lo acompañó con la mirada, todavía aturdido. Por fin, se encogió de hombros y entró en el edificio. En la mesa del vestíbulo encontró una carta dirigida a su nombre. La abrió mientras subía la escalera. La carta era de su oficina, la Compañía de Seguros Bray. Se informaba del horario de vacaciones anuales de la plantilla y precisaba las dos semanas concedidas a cada empleado. No necesitó localizar su nombre para saber cuándo empezaban las suyas. "No te preocupes", había dicho Allison. Larry sonrió con tristeza y sepultó la carta en el bolsillo de la chaqueta. Abrió la puerta de su casa. ¿Había dicho a las diez? Bueno, al menos dormiría a gusto. El día era caluroso y claro. Larry Brewster se sentó en los escalones del edificio, fumando y pensando mientras esperaba a Allison. La chica se lo montaba muy bien; no cabía duda. Montones de cosas parecían caer como ciruelas maduras en su regazo. No era de extrañar que considerase este mundo de su propiedad... Todo le salía a pedir de boca, de acuerdo, pero también le ocurría a otras personas. Cuestión de suerte. La fortuna siempre les sonreía. Ganaban concursos radiofónicos; encontraban dinero en la cuneta; apostaban al caballo ganador. ¿Su mundo? Larry sonrió. Por lo visto, Allison se lo creía a pies juntillas. Interesante. Bien, le seguiría la corriente un poco más, al menos. Era una tía agradable. Sonó una bocina. Larry levantó la vista. Un descapotable pintado en dos tonos estaba aparcado frente a él. Allison le saludó con la mano. —¡Hola! ¡Date prisa! Larry se levantó y caminó hacia el coche. —¿De dónde lo has sacado? Abrió la puerta y se deslizó en su interior. —¿Esto? —Allison puso el motor en marcha y se zambulló en el tráfico—. Lo he olvidado. Creo que alguien me lo regaló. —¡Te has olvidado! —La miró, y después se reclinó contra el suave tapizado del asiento—. ¿Y bien? ¿Por dónde empezamos? —Vamos a ver nuestra nueva casa. —¿La casa de quién? —Nuestra. Tuya y mía. Larry se hundió en el asiento. —¡Cómo! Pero tú... El coche giró por una esquina. —Te encantará; es una maravilla. ¿Cuántas habitaciones tiene tu piso? —Tres. Allison lanzó una alegre carcajada. —Esta tiene once habitaciones. Dos plantas. Dos mil metros cuadrados de jardín. Eso me han dicho, al menos. —¿No la has visto? —Todavía no. Mi abogado me ha llamado esta mañana. —¿Tu abogado? —Forma parte de una propiedad que me han dejado en herencia. Larry se controló poco a poco. Allison, ataviada con un traje de dos piezas escarlata, miraba con semblante feliz la carretera que se extendía ante ellos. —Deja que me aclare. Nunca la has visto; tu abogado acaba de llamarte; forma parte de una propiedad que has heredado. —Exacto. Un tío mío. He olvidado su nombre. No esperaba que me dejara nada. —Se volvió hacia Larry y le miró con ternura—. Es un momento muy especial para mí. Es importante que todo vaya bien. Todo mi mundo... —Sí, todo tu mundo. Bien, espero que te guste la casa cuando la veas. —Me gustará —rió Allison—. Después de todo, existe para mí; es su única razón de existir. —Consigues que todo funcione como una ciencia exacta —murmuró Larry—. Todo lo que te sucede es estupendo. Todo te complace. Deduzco, por tanto, que ha de ser tu mundo. Tal vez estás mejorando las cosas... Diciéndote que te gusta de verdad todo cuanto te sucede. —¿Lo crees así? Larry frunció el ceño y se abismó en sus pensamientos. —Dime —preguntó por fin—, ¿cómo averiguaste la existencia de estos múltiples mundos? ¿Por qué estás tan segura de que éste es el tuyo? —Lo deduje por mis propios medios —sonrió la joven—. Estudié lógica, filosofía, historia... y siempre había algo que me desconcertaba. ¿Por qué se producían tantos cambios vitales en la suerte de personas o naciones, cambios providenciales, que ocurrían en el momento oportuno? ¿Por qué daba la impresión de que mi mundo tenía que ser como era, a fin de que a lo largo de la historia ocurrieran una serie de acontecimientos extraños que le hicieran evolucionar así? "Leí la teoría de Éste es el mejor de todos los mundos posibles, pero a medida que la pensaba le encontraba menos sentido. Estudié las religiones de la humanidad, y especulaciones científicas sobre la existencia de un Creador..., pero algo faltaba, algo de lo que no se podía dar cuenta o que se pasaba por alto. —Sí, claro —asintió Larry—. Es muy fácil: si éste es el mejor de todos los mundos posibles, ¿por qué hay tantos sufrimientos, sufrimientos innecesarios, si existe un Creador benevolente y todopoderoso, como tantos millones de seres han creído, creen y creerán en el futuro, sin duda? ¿Y cómo explicas la existencia del mal? —Larry sonrió—. Y tú encontraste la respuesta a todo esto, ¿eh? Como quien prepara un martini. —Tampoco hace falta que te pongas así —dijo Allison con altivez—. Bueno, es sencillo y no soy la única que lo ha descubierto, aunque es obvio que soy la única en este mundo... —De acuerdo —cortó Larry—. Me guardaré las objeciones hasta que me digas cómo lo hiciste. —Gracias, querido. Vas comprendiendo, ¿te das cuenta? Aunque no estés de acuerdo conmigo en todo... Bien, se haría muy aburrido, estoy segura. Será mucho más divertido si he de esforzarme por convencerte... Oh, no seas impaciente, todo llegará. —Gracias. —Es sencillo, como lo del huevo y la gallina, en cuanto le coges el truco. La razón por la que tanto el Creador benevolente como la teoría del Mejor de todos los mundos posibles no parecen convincentes estriba en que empezamos con una suposición injustificada: que éste es el único mundo. Supón que probamos un nuevo enfoque: imagínate un Creador de infinito poder. Un ser semejante podría crear infinitos mundos..., o al menos, un número tan elevado como para que nos pareciera infinito. "Si das eso por sentado, todo lo demás adquiere sentido. El Creador puso fuerzas en movimiento. Creó mundos diferentes para cada ser humano existente; cada uno existe para un solo ser humano. Es un artista, pero Él aplica la economía de medios, de modo que temas, acontecimientos y motivos se repiten de mundo en mundo. —Oh, empiezo a adivinar adónde diriges tus tiros —replicó Larry con suavidad—. En algunos mundos, Napoleón ganó la batalla de Waterloo..., si bien sólo en su propio mundo le salieron bien las cosas. En éste, perdió... —No estoy segura de si Napoleón existió en mi mundo —dijo Allison en tono pensativo—. Me parece que es un simple nombre en los anales, aunque alguna persona semejante existió en otros mundos. En el mío, Hitler fue derrotado. Roosevelt murió... Me supo mal, aunque no lo conocía, y tampoco era muy real; ambos eran imágenes llegadas del mundo de otras personas... —Muy bien. Todo te salió a las mil maravillas, durante toda tu vida, ¿verdad? Nunca estuviste enferma, ni te sentiste herida o hambrienta... —Más o menos —asintió la joven—. He sufrido algunos contratiempos y frustraciones, pero nada realmente..., bien, realmente doloroso. He conseguido todo lo que deseaba y logrado comprender cosas importantes, gracias a que todo el mundo ha aportado su granito de arena en ese sentido. Ya ves, Larry, la lógica es perfecta; todo lo deduje de las pruebas. No hay otra respuesta que se sostenga. —¿Qué importa lo que yo piense? —sonrió Larry—. No vas a cambiar de opinión. Larry contempló el edificio con notable desagrado. —¿Eso es una casa? —murmuró por fin. Los ojos de Allison bailaron de alegría cuando la joven alzó la vista hacia la gran mansión. —Perdón, querido. ¿Qué has dicho? La casa era inmensa.., y supermoderna, como la pesadilla de un pastelero. Grandes columnas, conectadas mediante barras de hierro y contrafuertes inclinados, se elevaban hacia el cielo. Las habitaciones estaban colocadas unas sobre otras como cajas de zapatos, cada una en un ángulo diferente. Todo el edificio estaba coronado por una especie de tejas metálicas brillantes, de un espeluznante amarillo mantequilla. La casa relumbraba y centelleaba bajo el sol de la mañana. —¿Qué..., qué son esas cosas? —Larry indicaba unas horrísonas plantas que trepaban por los costados irregulares de la casa—. ¿Es preciso que estén ahí? Allison parpadeó y frunció el ceño levemente. —¿Qué has dicho, querido? ¿Te refieres a las buganvillas? Son plantas muy exóticas. Las traen del sur del Pacífico. —¿Para qué sirven? ¿Para impedir que la casa se desplome como un castillo de naipes? La sonrisa de Allison se desvaneció. Enarcó una ceja. —Querido, ¿te encuentras bien? ¿Te molesta algo? Larry retrocedió hacia el coche. —Volvamos a la ciudad. Tengo hambre. —De acuerdo —dijo Allison, mirándole de una forma extraña—. De acuerdo, volvamos. Aquella noche, después de cenar, Larry parecía taciturno y abúlico. —Vamos al Wind-Up —dijo de repente—. Me apetece ver algo conocido, para variar. —¿Qué quieres decir? Larry indicó con un movimiento de cabeza el carísimo restaurante del que acababan de salir. —Todas esas luces extravagantes, camareros uniformados bajitos susurrándote al oído. En francés. —Si quieres pedir algunos platos has de saber un poco de francés —sentenció Allison. Frunció los labios, irritada—. Larry, me estás intrigando. Tu reacción al ver la casa, las cosas extrañas que dijiste... —Verla me provocó una crisis de locura temporal. Larry se encogió de hombros. —Bien, espero que te recuperes. —Me voy recuperando a cada minuto que pasa. Fueron al Wind-Up. Allison cruzó el umbral. Larry se detuvo para encender un cigarrillo. El querido Wind-Up; verlo ya le hacía sentirse mejor. Caluroso, oscuro, ruidoso, el sonido de la orquesta de dixieland en la parte trasera. Recobró los ánimos. La paz y la comodidad de un buen bar cutre. Suspiró y empujó la puerta. Y se quedó petrificado, sin dar crédito a sus ojos. El Wind-Up había cambiado. Estaba bien iluminado. En lugar de Max, el camarero, había camareras sirviendo con inmaculados uniformes blancos. El local estaba atestado de mujeres bien vestidas, que charlaban y bebían combinados. Y en la parte trasera había una falsa orquesta de gitanos. Un patán de pelo largo, disfrazado para la ocasión, torturaba un violín. —¡Vamos! —le apremió Allison, impaciente—. Estás llamando la atención, parado ahí en la puerta. Larry contempló durante largo rato la orquesta gitana de imitación, a las emperifolladas camareras, a las mujeres que cotorreaban, las luces de neón. Se sentía atontado, sin fuerzas. —¿Qué pasa? —Allison le agarró por el brazo, malhumorada—. ¿Qué te ocurre? —¿Qué..., qué ha sucedido? —Larry señaló con un débil gesto de la mano el interior del local—. ¿Ha ocurrido un accidente? —Ah, esto. Olvidé decírtelo. Hablé con el señor O’Mallery sobre ello. Antes de que nos encontráramos anoche. —¿El señor O’Mallery? —Es el propietario del edificio. Somos viejos amigos. Le indiqué lo..., lo sucio y deprimente que se estaba poniendo el local. Comenté los cambios que sería preciso introducir. Larry salió a la acera. Aplastó el cigarrillo con el tacón del zapato y hundió las manos en los bolsillos. Allison corrió tras él, con las mejillas rojas de indignación. —¡Larry! ¿Adónde vas? —Buenas noches. —¿Buenas noches? —La joven le miró con estupefacción—. ¿Qué quieres decir? —Que me voy. —¿Te vas adónde? —Lejos. A mi casa. Al parque. A cualquier sitio. Larry se puso a caminar, con la espalda encorvada y las manos en los bolsillos. Allison corrió y se plantó frente a él, presa de cólera. —¿Has perdido la cabeza? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —Claro. Te dejo. Hemos terminado. Bien, fue bonito mientras duró. Ya nos veremos. Los dos puntos rojos que cubrían las mejillas de Allison brillaron como carbones incandescentes. —Espera un momento, señor Brewster. Me parece que has olvidado algo. Su voz era dura e hiriente. —¿He olvidado algo? ¿Como qué? —No puedes irte; no puedes dejarme tirada. —¿No puedo? Larry enarcó una ceja. —Creo que deberías reconsiderarlo, ahora que aún tienes tiempo. —No te entiendo—bostezó Larry—. Creo que volveré a mi casa de tres habitaciones y me meteré en la cama. Estoy cansado. Pasó por delante de la joven. —¿Te has olvidado? —le espetó Allison—. ¿Has olvidado que no eres completamente real? ¿Que sólo existes como parte de mi mundo? —¡Santo Dios! ¿Vas a empezar el rollo otra vez? —Será mejor que lo pienses antes de irte. Existes para hacerme feliz, señor Brewster. Este es mi mundo, recuérdalo. Es posible que en el tuyo las cosas sean diferentes, pero éste es mi mundo. Y en mi mundo sucede lo que yo digo. —Hasta la vista —dijo Larry Brewster. —¿Todavía..., todavía insistes en marcharte? Larry Brewster meneó la cabeza lentamente. —No —dijo—. En realidad, no. He cambiado de idea. Me causas demasiados problemas. La que se marcha eres tú. Y mientras hablaba, un globo de luz radiante rodeó suavemente a Allison Holmes y la envolvió en su brillante aura de esplendor. El globo luminoso se elevó, transportando por los aires a la señorita Holmes, alzándola sin el menor esfuerzo sobre los edificios, hacia el cielo del anochecer. Larry Brewster contempló con calma como el globo luminoso se llevaba a la señorita Holmes. No se sorprendió al ver que la joven se desvanecía y difuminaba gradualmente... hasta que de repente desapareció por completo. Apenas un débil resplandor en el cielo. Allison Holmes se había marchado. Larry Brewster permaneció inmóvil durante largo rato, inmerso en sus pensamientos, acariciándose el mentón con aire pensativo. Echaría de menos a Allison. En ciertos aspectos le gustaba; había significado una diversión temporal. Bien, ahora se había ido. En este mundo, Allison Holmes no había sido completamente real. Lo que Larry había conocido, lo que él llamaba "Allison Holmes", no era más que una apariencia parcial de la joven. Después, recordó un detalle: cuando el globo de luz radiante se la llevó, vislumbró algo... Vislumbró, tras ella, un mundo diferente, obviamente su mundo, su mundo real, el mundo que la joven deseaba. Los edificios eran inquietantemente familiares; aún se acordaba de la casa... Por tanto... Allison había sido real, después de todo... Existió en el mundo de Larry, hasta que llegó el momento de ser transportada al suyo. ¿Encontraría en él a otro Larry Brewster..., uno que le fuera como anillo al dedo? El pensamiento le produjo un escalofrío. De hecho, toda la experiencia había sido un poco desconcertante. —Me pregunto por qué —murmuró en voz baja. Recordó otros acontecimientos desagradables que, sin embargo, le habían ocasionado grandes satisfacciones, experiencias que no habría saboreado sin ellos. —Bueno —suspiró—, no hay mal que por bien no venga. Se puso a caminar con parsimonia, con las manos en los bolsillos, echando un vistazo al cielo de vez en cuando, como si quisiera asegurarse...