viernes, 16 de mayo de 2008

Gilbert K. Chesterton (reino unido, 1874 - 1936):Cómo escribir un cuento policíaco


Cómo escribir un cuento policíaco 

Que quede claro que escribo este articulo siendo totalmente consciente de que he fracasado en escribir un cuento policíaco. pero he fracasado muchas veces. mi autoridad es por lo tanto de naturaleza práctica y científica, como la de un gran hombre de estado o estudioso de lo social que se ocupe del desempleo o del problema de la vivienda. no tengo la pretensión de haber cumplido el ideal que aquí propongo al joven estudiante; soy, si les place, ante todo el terrible ejemplo que debe evitar. sin embargo creo que existen ideales para la narrativa policíaca, como existen para cualquier actividad digna de ser llevada a cabo. y me pregunto por qué no se exponen con más frecuencia en la literatura didáctica popular que nos enseña a hacer tantas otras cosas menos dignas de efectuarse. como, por ejemplo, la manera de triunfar en la vida. la verdad es que me asombra que el título de este articulo nos vigile ya desde lo alto de cada quiosco. se publican panfletos de todo tipo para enseñar a la gente las cosas que no pueden ser aprendidas como tener personalidad, tener muchos amigos, poesía y encanto personal. incluso aquellas facetas del periodismo y la literatura de las que resulta más evidente que no pueden ser aprendidas, son enseñadas con asiduidad. pero he aquí una muestra clara de sencilla artesanía literaria, más constructiva que creativa, que podría ser enseñada hasta cierto punto e incluso aprendida en algunos casos muy afortunados. más pronto o más tarde, creo que esta demanda será satisfecha, en este sistema comercial en que la oferta responde inmediatamente a la demanda y en el que todo el mundo esta frustrado al no poder conseguir nada de lo que desea. más pronto o más tarde, creo que habrá no sólo libros de texto explicando los métodos de la investigación criminal sino también libros de texto para formar criminales. apenas será un pequeño cambio de la ética financiera vigente y, cuando la vigorosa y astuta mentalidad comercial se deshaga de los últimos vestigios de los dogmas inventados por los sacerdotes, el periodismo y la publicidad demostrarán la misma indiferencia hacia los tabúes actuales que hoy en día demostramos hacia los tabúes de la edad media. el robo se justificará al igual que la usura y nos andaremos con los mismos tapujos al hablar de cortar cuellos que hoy tenemos para monopolizar mercados. los quioscos se adornaran con títulos como la falsificación en quince lecciones o ¿por qué aguantar las miserias del matrimonio?, con una divulgación del envenenamiento que será tan científica como la divulgación del divorcio o los anticonceptivos. pero, como a menudo se nos recuerda, no debemos impacientarnos por la llegada de una humanidad feliz y, mientras tanto, parece que es tan fácil conseguir buenos consejos sobre la manera de cometer un crimen como sobre la manera de investigarlos o sobre la manera de describir la manera en que podrían investigarse. me imagino que la razón es que el crimen, su investigación, su descripción y la descripción de la descripción requieren, todas ellas, algo de inteligencia. mientras que triunfar en la vida y escribir un libro sobre ello no requieren de tan agotadora experiencia. en cualquier caso, he notado que al pensar en la teoría de los cuentos de misterio me pongo lo que algunos llamarían teórico. es decir que empiezo por el principio, sin ninguna chispa, gracia, salsa ni ninguna de las cosas necesarias del arte de captar la atención, incapaz de despertar o inquietar de ninguna manera la mente del lector. lo primero y principal es que el objetivo del cuento de misterio, como el de cualquier otro cuento o cualquier otro misterio, no es la oscuridad sino la luz. el cuento se escribe para el momento en el que el lector comprende por fin el acontecimiento misterioso, no simplemente por los múltiples preliminares en que no. el error sólo es la oscura silueta de una nube que descubre el brillo de ese instante en que se entiende la trama. y la mayoría de los malos cuentos policíacos son malos porque fracasan en esto. los escritores tienen la extraña idea de que su trabajo consiste en confundir a sus lectores y que, mientras los mantengan confusos, no importa si les decepcionan. pero no hace falta sólo esconder un secreto, también hace falta un secreto digno de ocultar. el clímax no debe ser anticlimático. no puede consistir en invitar al lector a un baile para abandonarle en una zanja. más que reventar una burbuja debe ser el primer albor de un amanecer en el que el alba se ve acentuada por las tinieblas. cualquier forma artística, por trivial que sea, se apoya en algunas verdades valiosas. y por más que nos ocupemos de nada más importante que una multitud de watsons dando vueltas con desorbitados ojos de búho, considero aceptable insistir en que es la gente que ha estado sentada en la oscuridad la que llega a ver una gran luz; y que la oscuridad sólo es valiosa en tanto acentúa dicha gran luz en la mente. siempre he considerado una coincidencia simpática que el mejor cuento de sherlock holmes tiene un titulo que, a pesar de haber sido concebido y empleado en un sentido completamente diferente, podría haber sido compuesto para expresar este esencial clarear: el título es "resplandor plateado" ("silver blaze"). el segundo gran principio es que el alma de los cuentos de detectives no es la complejidad sino la sencillez. el secreto puede ser complicado pero debe ser simple. esto también señala las historias de más calidad. el escritor esta ahí para explicar el misterio pero no debería tener que explicar la propia explicación. ésta debe hablar por sí misma. debería ser algo que pueda decirse con voz silbante (por el malo, por supuesto) en unas pocas palabras susurradas o gritado por la heroína antes de desmayarse por la impresión de descubrir que dos y dos son cuatro. ahora bien, algunos detectives literarios complican más la solución que el misterio y hacen el crimen más complejo aun que su solución. en tercer lugar, de lo anterior deducimos que el hecho o el personaje que lo explican todo, deben resultar familiares al lector. el criminal debe estar en primer plano pero no como criminal; tiene que tener alguna otra cosa que hacer que, sin embargo, le otorgue el derecho de permanecer en el proscenio. tomaré como ejemplo el que ya he mencionado, "resplandor plateado". sherlock holmes es tan conocido como shakespeare. por lo tanto, no hay nada de malo en desvelar, a estas alturas, el secreto de uno de estos famosos cuentos. a sherlock holmes le dan la noticia de que un valioso caballo de carreras ha sido robado y el entrenador que lo vigilaba asesinado por el ladrón. se sospecha, justificadamente, de varias personas y todo el mundo se concentra en el grave problema policial de descubrir la identidad del asesino del entrenador. la pura verdad es que el caballo lo asesinó. pues bien, considero el cuento modélico por la extrema sencillez de la verdad. la verdad termina resultando algo muy evidente. el caballo da título al cuento, trata del caballo en todo momento, el caballo está siempre en primer plano, pero siempre haciendo otra cosa. como objeto de gran valor, para los lectores, va siempre en cabeza. verlo como el criminal es lo que nos sorprende. es un cuento en el que el caballo hace el papel de joya hasta que olvidamos que una joya puede ser un arma. si tuviese que crear reglas para este tipo de composiciones, esta es la primera que sugeriría: en términos generales, el motor de la acción debe ser una figura familiar actuando de una manera poco frecuente. debería ser algo conocido previamente y que esté muy a la vista. de otra manera no hay autentica sorpresa sino simple originalidad. es inútil que algo sea inesperado no siendo digno de espera. pero debería ser visible por alguna razón y culpable por otra. una gran parte de la tramoya, o el truco, de escribir cuentos de misterio es encontrar una razón convincente, que al mismo tiempo despiste al lector, que justifique la visibilidad del criminal, más allá de su propio trabajo de cometer el crimen. muchas obras de misterio fracasan al dejarlo como un cabo suelto en la historia, sin otra cosa que hacer que delinquir. por suerte suele tener dinero o nuestro sistema legal, tan justo y equitativo, le habría aplicado la ley de vagos y maleantes mucho antes de que lo detengan por asesinato. llegamos al punto en que sospechamos de estos personajes gracias a un proceso inconsciente de eliminación muy rápido. por lo general, sospechamos de él simplemente porque nadie lo hace. el arte de contar consiste en convencer, durante un momento, al lector no sólo de que el personaje no ha llegado al lugar del crimen sin intención de delinquir si no de que el autor no lo ha puesto allí con alguna segunda intención. porque el cuento de detectives no es más que un juego. y el lector no juega contra el criminal sino contra el autor. el escritor debe recordar que en este juego el lector no preguntará, como a veces hace en una obra seria o realista: ¿por qué el agrimensor de gafas verdes trepa al árbol para vigilar el jardín del medico? sin sentirlo ni dudarlo, se preguntará: ¿porque el autor hizo que el agrimensor trepase al árbol o cuál es la razón que le hizo presentarnos a un agrimensor?. el lector puede admitir que cualquier ciudad necesita un agrimensor sin reconocer que el cuento pueda necesitarlo. es necesario justificar su presencia en el cuento (y en el árbol) no sólo sugiriendo que lo envía el ayuntamiento sino explicando por qué lo envía el autor. más allá de las faltas que planea cometer en el interior de la historia debe tener alguna otra justificación como personaje de la misma, no como una miserable persona de carne y hueso en la vida real. el lector, mientras juega al escondite con su auténtico rival el autor, tiende a decir: sí soy consciente de que un agrimensor puede trepar a un árbol, y sé que existen árboles y agrimensores. ¿pero qué esta haciendo con ellos? ¿por qué hace usted que este agrimensor en concreto trepase a este árbol en particular, hombre astuto y malvado? esto nos conduce al cuarto principio que debemos recordar. la gente no lo reconocerá como práctico ya que, como en los otros casos, los pilares en que se apoya lo hacen parecer teórico. descansa en el hecho que, entre las artes, los asesinatos misteriosos pertenecen a la gran y alegre compañía de las cosas llamadas chistes. la historia es un vuelo de la imaginación. es conscientemente una ficción ficticia. podemos decir que es una forma artística muy artificial pero prefiero decir que es claramente un juguete, algo a lo que los niños juegan. de donde se deduce que el lector que es un niño, y por lo tanto muy despierto, es consciente no sólo del juguete, también de su amigo invisible que fabricó el juguete y tramó el engaño. los niños inocentes son muy inteligentes y algo desconfiados. e insisto en que una de las principales reglas que debe tener en mente el hacedor de cuentos engañosos es que el asesino enmascarado debe tener un derecho artístico a estar en escena y no un simple derecho realista a vivir en el mundo. no debe venir de visita sólo por motivos de negocios, deben ser los negocios de la trama. no se trata de los motivos por los que el personaje viene de visita, se trata de los motivos que tiene el autor para que la visita ocurra. el cuento de misterio ideal es aquel en que es un personaje tal y como el autor habría creado por placer, o por impulsar la historia en otras áreas necesarias y después descubriremos que está presente no por la razón obvia y suficiente sino por las segunda y secreta. añadiré que por este motivo, a pesar de las burlas hacia los noviazgos estereotipados, hay mucho que decir a favor de la tradición sentimental de estilo más lector o más victoriano. habrá quien lo llame un aburrimiento pero puede servir para taparle los ojos al lector. por último, el principio de que los cuentos de detectives, como cualquier otra forma literaria, empiezan con una idea. lo que se aplica también a sus facetas más mecánicas y a los detalles. cuando la historia trata de investigaciones, aunque el detective entre desde fuera el escritor debe empezar desde dentro. cada buen problema de este tipo empieza con una buena idea, una idea simple. algún hecho de la vida diaria que el escritor es capaz de recordar y el lector puede olvidar. pero en cualquier caso la historia debe basarse en una verdad y, por más que se le pueda añadir, no puede ser simplemente una alucinación.

jueves, 24 de abril de 2008

Samanta Schweblin


Matar a un perro 

 El Topo dice: nombre, y yo contesto. Lo esperé en el lugar indicado y me pasó a buscar en el Peugeot que ahora conduzco. Acabamos de conocernos. No me mira, dicen que nunca mira a nadie a los ojos. Edad, dice, cuarenta y dos, digo, y cuando dice que soy viejo pienso que él seguro tiene más. Lleva unos pequeños anteojos negros y debe ser por eso que le dicen el Topo. Me ordena conducir hasta la plaza más cercana, se acomoda en el asiento y se relaja. La prueba es fácil pero es muy importante superarla y por eso estoy nervioso. Si no hago las cosas bien no entro, y si no entro no hay plata, no hay otra razón para entrar. Matar a un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la prueba para saber si uno es capaz de hacer algo peor. Ellos dicen: algo peor, y miran hacia otro lado, como si nosotros, la gente que todavía no entró, no supiéramos que peor es matar a una persona, golpear a una persona hasta matarla. Cuando la avenida se divide en dos calles opto por la menos transitada. Una línea de semáforos rojos cambia a verde, uno tras otro, y permite avanzar rápido hasta que entre los edificios surge un espacio oscuro y verde. Pienso que quizá en esa plaza no haya perros y el Topo ordena detenerse. Usted no trae palo, dice. No, digo. Pero no va a matar un perro a palazos si no tiene con qué. Lo miro pero no contesto, sé que va a decir algo, porque ahora lo conozco, es fácil conocerlo. Pero disfruta el silencio, disfruta pensar que cada palabra que diga son puntos en mi contra. Entonces traga saliva y parece pensar: no va a matar a nadie. Y al fin dice: hoy tiene una pala en el baúl, puede usarla. Y seguro que, bajo los anteojos, los ojos le brillan de placer. Alrededor de la fuente central duermen varios perros. La pala firme entre mis manos, la oportunidad puede darse en cualquier momento, me voy acercando. Algunos comienzan a despertar. Bostezan, se incorporan, se miran entre sí, me miran, gruñen, y a medida que me voy acercando se hacen a un lado. Matar a alguien en especial, alguien ya elegido, es fácil. Pero tener que elegir quien deberá morir requiere tiempo y experiencia. El perro más viejo o el más joven o el de aspecto más agresivo. Debo elegir. Es seguro que el Topo mira desde el auto y sonríe. Debe pensar que nadie que no sea como ellos es capaz de matar. Me rodean y me huelen, algunos se alejan para no ser molestados y vuelven a dormirse, se olvidan de mí. Para el Topo, tras los vidrios oscuros del auto, y los oscuros vidrios de sus anteojos, debo ser pequeño y ridículo, aferrado a la pala y rodeado de perros que ahora vuelven a dormir. Uno blanco, manchado, le gruñe a otro negro y cuando el negro le da un tarascón un tercer perro se acerca, ladra y muestra los dientes. Entonces el primero muerde al negro y el negro, los dientes afilados, lo toma por el cuello y lo sacude. Levanto la pala y el golpe cae sobre las costillas del manchado que, aullando, cae. Está quieto, va a ser fácil transportarlo, pero cuando lo tomo por las patas reacciona y me muerde el brazo, que enseguida comienza a sangrar. Levanto otra vez la pala y le doy un golpe en la cabeza. El perro vuelve a caer y me mira desde el piso, con la respiración agitada, pero quieto. Lentamente al principio y después con más confianza junto las patas del perro, lo cargo y lo llevo hacia el auto. Entre los árboles se mueve una sombra, el borracho que se asoma dice que eso no se hace, que después los perros saben quien fue y se lo cobran. Ellos saben, dice, saben, ¿entiende?, se sienta en un banco y me mira nervioso. Cuando voy llegando al auto veo al Topo sentado, esperándome en la misma posición en la que estaba antes, y sin embargo noto abierto el baúl del Peugeot. El perro cae como un peso muerto y me mira cuando cierro el baúl. En el auto, el Topo dice: si lo dejabas en el piso se levantaba y se iba. Sí, digo. No, dice, antes de irte tenías que abrir el baúl. Sí, digo. No, tenías que hacerlo y no lo hiciste, dice. Sí, digo, y me arrepiento enseguida, pero el Topo no dice nada y me mira las manos. Miro las manos, miro el volante y veo que todo está manchado, hay sangre en mi pantalón y sobre la alfombra del auto. Tendrías que haber usado guantes, dice. La herida duele. Venís a matar a un perro y no traés guantes, dice. Sí, digo. No, dice. Ya sé, digo y me callo. Prefiero no decir nada del dolor. Enciendo el motor y el coche sale suavemente. Trato de concentrarme, descubrir cuál de todas las calles que van apareciendo podría llevarme al puerto sin que el Topo tenga que decir nada. No puedo darme el lujo de otra equivocación. Quizá estaría bien detenerse en una farmacia y comprar un par de guantes, pero los guantes de farmacia no sirven y las ferreterías a esta hora están cerradas. Una bolsa de nylon tampoco sirve. Puedo quitarme la campera, enrollarla en la mano y usarla de guante. Sí, voy a trabajar así. Pienso en lo que dije: trabajar, me gusta saber que puedo hablar como ellos. Tomo la calle Caseros, creo que baja hasta el puerto. El Topo no me mira, no me habla, no se mueve, mantiene la mirada hacia delante y la respiración suave. Creo que le dicen el Topo porque debajo de los anteojos tiene ojos pequeños. Después de varias cuadras Caseros cruza Chacabuco. Después Brasil, que sale al puerto. Volantéo y entro con el coche inclinándose hacia un lado. En el baúl, el cuerpo golpea contra algo y después se escuchan ruidos, como si el perro todavía tratara de levantarse. El Topo, creo que sorprendido por la fuerza del animal, sonríe y señala a la derecha. Entro por Brasil frenando, las ruedas hacen ruido y con el coche de costado otra vez hay ruido en el baúl, el perro tratando de arreglárselas entre la pala y las otras cosas que hay atrás. El Topo dice: frená. Freno. Dice: acelerá. Sonríe, acelero. Más, dice, acelerá más. Después dice frená y freno. Ahora que el perro se golpeó varias veces, el Topo se relaja y dice: seguí, y no dice nada más. Sigo. La calle por la que conduzco ya no tiene semáforos ni líneas blancas, y las construcciones son cada vez más viejas. En cualquier momento llegamos al puerto. El Topo señala a la derecha. Dice que avance tres cuadras más y doble a la izquierda, hacia el río. Obedezco. Enseguida llegamos al puerto y detengo el auto en una playa de estacionamiento ocupada por grandes grupos de containers. Miro al Topo pero no me mira. Sin perder tiempo, bajo del auto y abro el baúl. No preparé mi abrigo alrededor del brazo pero ya no necesito guantes, ya está todo hecho, hay que terminar pronto para irse. En el puerto vacío solo se ven, a lo lejos, luces débiles y amarillas que iluminan un poco unos pocos barcos. Quizá el perro ya esté muerto, pienso que sería lo mejor, que la primera vez le tendría que haber pegado más fuerte y seguro ahora estaría muerto. Menos trabajo, menos tiempo con el Topo. Yo lo hubiera matado directamente, pero el Topo hace las cosas así. Son caprichos, traerlo medio muerto hasta el puerto no hace más valiente a nadie. Matarlo delante de todos esos otros perros era más difícil. Cuando lo toco, cuando junto las patas para bajarlo del auto, abre los ojos y me mira. Lo suelto y cae contra el piso del baúl. Con la pata delantera raspa la alfombra manchada de sangre, trata de levantarse y la parte trasera del cuerpo le tiembla. Todavía respira y respira agitado. El Topo debe estar contando el tiempo. Vuelvo a levantarlo y algo le debe doler porque aúlla aunque ya no se mueve. Lo apoyo en el piso y lo arrastro para alejarlo del auto. Cuando vuelvo al baúl a buscar la pala el Topo se baja. Ahora está junto al perro, mirándolo. Me acerco con la pala, veo la espalda del Topo y detrás, en el piso, el perro. Si nadie se entera de que maté a un perro nadie se entera de nada. El Topo no gira para decirme ahora. Levanto la pala. Ahora, pienso. Pero no la bajo. Ahora, dice el Topo. No la bajo ni sobre la espalda del Topo ni sobre el perro. Ahora, dice, y entonces la pala baja cortando el aire y golpea en la cabeza del perro que, en el suelo, aúlla, tiembla un momento, y después todo queda en silencio. Enciendo el motor. Ahora el Topo va a decirme para quien voy a trabajar, cual va a ser mi nombre, y por cuanta plata, que es lo que importa. Tomá Huergo y después doblá en Carlos Calvo, dice. Hace rato que conduzco. El Topo dice: en la próxima frená sobre el lado derecho. Obedezco y por primera vez el Topo me mira. Bájese, dice. Me bajo y él se pasa al asiento del conductor. Me asomo por la ventanilla y le pregunto qué va a pasar ahora. Nada, dice: usted dudó. Enciende el motor y el Peugeot se aleja en silencio. Cuando miro a mi alrededor me doy cuenta de que me dejó en la plaza. En la misma plaza. Desde el centro, cerca de la fuente, un grupo de perros se incorpora, poco a poco, y me mira.


 de El núcleo del disturbio(2001)

sábado, 23 de febrero de 2008

El libro de Margarite Duras


EL LIBRO 

 El libro es la historia de dos personas que aman. Esto, es: que aman sin estar prevenidas. Esto ocurre fuera del libro. Digo algo que no he querido decir en el libro, pero que no debía olvidarme de decir ahora, incluso si es un poco difícil encontrar las palabras para hacerlo. Este amor se mantiene en la imposibilidad de ser escrito. Es un amor que todavía no ha sido abordado por la escritura. Es demasiado fuerte, más fuerte que estas personas. No está organizado. Se vive por la noche y la mayor parte del tiempo entre sueños. No, todo amor que empieza en general se organiza, e incluso si hay un impedimento central para vivirlo, lo hace, se crea hábitos, costumbres, las personas comen, duermen, se besan, discuten, se reconcilian, hacen tentativas de suicidio, tienen ternura el uno por el otro, a veces, a veces se abandonan, vuelven, a veces hablan también de otra cosa, no lloran todo el rato. Aquí, no hacen nada, no hacen en el amor, esperan en la oscuridad, algunas veces él quiere matarla. Yo creo que él habría debido matarla, que él debería matarla, llegar a ello, pero me ha parecido una solución un tanto forzada, precoz. Puedo decir que se trata de un amor absurdo, sin sujetos, al igual que la sonrisa de Alicia no tiene rostro a través del espejo, pero esto sería abstracto y falso. No, vuelvo a lo que decía, que es un amor que ama ya, que invade y que permanece más acá de todo lo que se podría decir de él por razones de orden religioso y que por este hecho podría estar cerca de una necesidad de sufrimiento, de una razón oscura de tener que sufrir para acordarse de una ausencia sin imagen, sin rostro, sin voz, pero que se lleva el cuerpo entero, como bajo el efecto de la música, hacia la emoción que acompaña la liberación de no se sabe qué peso formal. Sí, este libro es la historia de un amor inconfesado entre personas que evitan decirse que se aman debido a una fuerza que ignoran. Y que se aman. Esto no está claro. Esto no puede declararse. Esto huye todo el tiempo. Es impotente. Y sin embargo está ahí. En una confusión que ellos tienen en común, que es personal, suya, y que es la identidad de sus sentimientos. ¿Es que perciben algo de lo que ocurre entre ellos y que los ata? No lo sé. Ellos saben más que los demás en el sentido del silencio a mantener sobre el amor, pero no saben vivirlo. viven en su lugar otra historia como si fueran otras personas. Cuando se dice que las personas se aman, en general se aman de amor. Son personas que no saben amarse y que viven un amor. Pero la palabra no acude a sus labios para decirla, ni el deseo al sexo, paa expresarlo, vaciarlo, y poder seguidamente charlar y beber alcohol. No, sólo lágrimas. Estas personas, del libro, las conozco, aunque no conozco su historia como no conozco mi historia. Carezco de historia. De la misma manera que no tengo vida. Mi historia se pulveriza cada día, cada segundo de cada día, mediante el presente de la vida, y no tengo ninguna posibilidad de percibir claramente lo que se llama así: su vida. Sólo el pensamiento de la muerte me recoge o el amor de este hombre y de mi hijo. Siempre he vivido como si no tuviera ninguna posibilidad de aproximarme a un modelo cualquiera de la existencia. Me pregunto en qué se basa la gente para contar su vida. Lo cierto es que hay tantos modelos de relatos que se hacen a partir del de la cronología, de los hechos exteriores. Se toma este modelo en general. Se parte del principio de la vida de uno y sobre los raíles de los acontecimientos, las guerras, los cambios de domicilio, las bodas, se desciende hacia el presente. Hay libros intangibles, L'Eté 80, El hombre atlántico, El Vicecónsul, que grita por los jardines de Shalimar, la mendiga, el olor a lepra, M. D., Lol V. Stein, El amante, El dolor, El dolor, El dolor, El amante, Hèléne Lagonelle, los dormitorios, la luz del río. Le Barrage se volvió intangible, los camuflajes, la sustitución de ciertos factores personales por otros que se prestaban menos a la curiosidad del lector y corrían menos peligros de alejarse del relato que yo quería que él leyera, todo se integró en la primera historia, que por otra parte, desapareció. Hasta El amante. De modo que hay dos niñas y yo en mi vida. La del Barrage. La del amante. Y la de las fotografías de familia. No alcanzo a ver lo que ocurrió mientras escribía este último libro, en el transcurso de este verano 86 tan terrible. En esta historia, por cierto desplazada, pero que fue vivida, es difícil descubrir la mentira, el lugar donde el libro miente, sobre qué plano, en qué adverbio. Puede que no mienta más que en una palabra. No creo que mienta respecto al deseo. Esto siempre debe ocurrir de esta manera cuando el hombre es rechazado por nuestro cuerpo. Y sin embargo, este libro cuenta la historia que ha sido vivida. Yo he hecho de él un caso particular y no un caso de especie. El tiempo de escribirlo estaba, tal vez, superado, era preciso que yo me acordara de haber sufrido. El sufrimiento permanecía, pero siempre igual. La emoción también. La emoción en El amante o en El dolor todavía está tibia, palpitante. Resuena en estos libros, el menor soplo, las voces también las oigo. Aquí, no, no oigo nada, no veo nada. Me confundo con estas personas, y lo que hago es contar una historia imposible entre una mujer y un homosexual, cuando lo que yo quiero contar es una historia de amor que es siempre posible incluso cuando se presenta como imposible a los ojos de las personas que están lejos de la escritura -no esando la escritura afectada por este género de lo posible o no de la historia -. Puede queyo haya querido decir esto mismo que digo aquí sin conseguirlo, saber que no ha habido historia de amor entre la gente, sino amor. Que tal vez, lo que quería decir, era que una vez en los confines de sus relaciones, cierta noche, el amor se había mostrado como un hilillo de luz en la oscuridad. Que una vez, cierto momento, la historia había llegado hasta el amor. Si escribir en falso, incluso apenas en falso, me produce tanto efecto, es que esto debe ocurrirme raramente. Sin duda, todavía estoy demasiado bajo el impacto de la escritura de este libro para saberlo. Es preciso que tenga sentimientos mejores para con el libro, y que no lo trate más como un objeto hiriente, hostil y un arma dirigida contra mí. Qué es lo que ha sucedido. Es como si aprendiera que todo no puede emanar de la escritura, que esto se detiene quiérase o no ante puertas que están cerrradas, poco importa la razón por qué. Hay algo en este libro como un ensayista larvado a lo Barthes, tengo ideas, y hago alarde de ello, y la novela está, a veces, justificada como la de los premios literarios. Dicho de otro modo, no me he salido de ello. He implantado el mar en medio de la historia, un río, pero no ha sido suficiente para hacer salvaje al amor, a la gente, me concernía demasiado. Ha quedado lejos ésto. No sé lo que habría debido hacer. Lo que ocurría cada día no era lo que sucedía cada día. Sucedía que lo que no ocurría era lo más importante del día. Cuando no sucedía nada era lo que daba más qué pensar. Habría debido entrar en el libro con mis maletas, mi rostro devastado, mi edad, mi oficio, mi brutalidad, mi locura, y tú habrías debido quedarte igualmente en el libro, con tus maletas, tu rostro liso, tu edad, tu ocio, tu terrible brutalidad, tu locura y tu angelismo fabuloso. Y esto no habría sido suficiente. Hemos hecho asco a todos los compromisos, a todos los "arreglos" habituales entre los géneros, hemos afrontado la imposibilidad de este amor, no hemos retrocedido, no nos hemos librado, era un amor que venía de muy lejos, que no podíamos imaginar, era tan extraño, nos burlábamos, no lo reconocíamos y lo hemos vivido tal como se presentaba, imposible, verdaderamente, y sin intervenir, sin hacer nada para sufrir menos, sin rehuírle, sin masacrarlo ni partir. Y esto no ha sido suficiente. En el período que precedió a la entrega del manuscrito hasta el último día, creí que todavía podía evitar darlo a editar, pero en este momento yo era la única en pensarlo y era demasiado tarde y finalmente tuvieron razón de publicarlo.


 de: La vida material. Plaza & Janes Editores, S.A., 1988, Barcelona.

miércoles, 16 de enero de 2008

Lydia Davis(E.E.U.U.,1943)


La luna
Me levanto de la cama en mitad de la noche para ir al baño. La habitación en la que estoy es grande y, salvo por el perro blanco sobre el suelo, oscura. El distribuidor, ancho y largo, parece inmerso en algún tipo de crepúsculo submarino. Cuando alcanzo la puerta del baño veo que está inundado por un resplandor. La luna llena brilla, suspendida, en lo alto. Alumbra a través de la ventana e ilumina directamente el asiento del retrete, como si estuviera enviada por un dios servicial. De vuelta en la cama me echo un rato sin dormirme. La habitación se ve más iluminada de lo que estaba. Pienso que la luna ha debido dar la vuelta al edificio. Pero no, es el inicio del amanecer.


En la estación de trenes
La estación de trenes está muy concurrida. La gente camina al mismo tiempo en todas direcciones. Algunos permanecen parados. Un monje budista tibetano con la cabeza afeitada y una larga túnica color vino está en medio de la multitud, con aspecto preocupado. Yo estoy de pie, contemplándole. Tengo mucho tiempo antes de la salida de mi tren porque acabo de perder el anterior. El monje me ve mirarle. Se acerca hasta mí y me dice que está buscando el andén número 3. Sé dónde están los andenes. Le enseño el camino.


(Traducción de A. Jiménez Morato)



domingo, 16 de diciembre de 2007

Philip K. Dick(E.E.U.U.,1928-1982)


El mundo que ella deseaba Larry Brewster, medio dormido, contempló las colillas, botellas de cerveza vacías y cajas de cerillas aplastadas que se amontonaban sobre la mesa ante él. Alargó la mano y alineó una botella de cerveza con las demás para lograr de esta manera el efecto adecuado. La pequeña orquesta de dixieland tocaba ruidosamente en la parte trasera del Wind-Up. El áspero sonido del jazz se mezclaba con el murmullo de voces, la semipenumbra, el tintineo de vasos en la barra. Larry Brewster suspiró, feliz y satisfecho. —Esto es el nirvana —declaró. Asintió con la cabeza lentamente, aprobando las palabras que había pronunciado—. O, al menos, el séptimo nivel del cielo budista zen. —No hay siete niveles en el cielo budista zen —corrigió una competente voz femenina, directamente sobre él. —Es cierto —admitió Larry, reflexionando sobre el tema—. Estaba hablando metafóricamente, no literalmente. —Deberías ir con más cuidado; has de decir justo lo que quieres decir. —¿Y decir justo lo que usted quiere oír? —Larry levantó la vista—. ¿Tengo el placer de conocerla, jovencita? La esbelta muchacha de cabello dorado se dejó caer en la silla que había al otro lado de la mesa; sus ojos acerados brillaron en la semioscuridad del bar. Le sonrió exhibiendo sus blancos dientes centelleantes. —No —respondió—. No nos conocemos, pero ahora ha llegado nuestro momento. —¿Nuestro..., nuestro momento? Larry enderezó poco a poco su cuerpo larguirucho. Había algo en el rostro inteligente de la muchacha que le alarmaba y atravesaba la muralla de su bruma alcohólica. Su sonrisa era demasiado serena, demasiado segura. —¿A qué se refiere, en concreto? ¿De qué va el rollo? La joven se quitó la chaqueta y mostró unos senos llenos y redondeados, y una figura flexible. —Tomaré un martini —dijo—. Por cierto... Me llamo Allison Holmes. —Larry Brewster. —Larry examinó a la chica con suma atención—. ¿Qué ha dicho que quiere? —Un martini. Seco. —Allison le sonrió con frialdad—. Y pide otro para ti, ¿no? Larry gruñó para sí. Hizo una seña al camarero. —Un martini seco, Max. —Muy bien, señor Brewster. Max volvió al cabo de pocos minutos con un martini, que depositó sobre la mesa. Cuando se hubo ido, Larry se inclinó hacia la rubia. —Y ahora, señorita Holmes... —¿Tú no quieres? —No. Larry la miró beber. Sus manos eran menudas y delicadas. No tenía mal aspecto, pero le desagradaba la serenidad autosuficiente de sus ojos. —¿Qué significa eso de que nuestro momento ha llegado? Dame alguna pista. —Es muy sencillo. Te vi sentado aquí y supe que eras la persona. A pesar de la mesa desordenada. —Arrugó la nariz ante la visión de las botellas y las cajas de cerillas—. ¿Por qué no mandas que la limpien? —Porque la prefiero así. ¿Supiste que yo era la persona? ¿Qué persona? —El interés de Larry aumentaba—. Continúa. —Larry, éste es un momento de mi vida muy importante. —Allison miró a su alrededor—. ¿Quién iba a pensar que te encontrada en un lugar semejante? Pero siempre me ha ocurrido lo mismo. Es un eslabón más de una cadena que se remonta a..., bueno, hasta donde llega mi memoria. —¿Qué cadena es ésa? —Mi pobre Larry —rió Allison—. No entiendes nada. —Se inclinó hacia él y sus maravillosos ojos danzaron—. Larry, sé algo que nadie más sabe..., nadie en este mundo. Algo que averigüe de niña. Algo... —Espera un momento. ¿Qué significa "este mundo"? ¿Quieres decir que hay mundos más agradables que éste? ¿Mundos mejores, como decía Platón? Este mundo no es más que... —¡Por supuesto que no! —Allison frunció el ceño—. Este es el mundo mejor, Larry. El mejor de todos los mundos posibles. —Oh. Herbert Spencer. —El mejor de todos los mundos posibles... para mí. Le dedicó una sonrisa fría, secreta. —¿Por qué para ti? Cuando respondió, captó un matiz casi depredador en el rostro finamente cincelado de la joven. —Porque —dijo con calma— éste es mi mundo. —¿Tu mundo? —Larry enarcó una ceja, y después sonrió, divertido—. Por supuesto, pequeña; es de todos nosotros. —Hizo un ademán que abarcó el resto de la sala—. Tu mundo, mi mundo, el mundo del tío que toca el banjo. —No. —Allison sacudió la cabeza con firmeza—. No, Larry. Mi mundo; me pertenece a mí. Todas las cosas y todas las personas. Todo es mío. —Movió la silla para acercarse más a él. Larry olió su perfume, cálido, dulce, tentador—. ¿No lo entiendes? Esto es mío. Todas estas cosas están hechas para mí, para hacerme feliz. Larry se apartó un poco. —¿De veras? Voy a decirte una cosa: como principio filosófico no se sostiene. Admitiré que Descartes dijo que sólo conocemos el mundo mediante nuestros sentidos, y que nuestros sentidos reflejan nuestra... Allison posó su pequeña mano sobre el brazo de Larry. —No me refiero a eso. Existen muchos mundos, Larry. Todo tipo de mundos. Millones y millones. Tantos como personas. Cada persona posee su propio mundo, Larry, su mundo particular. Un mundo que existe para ella, para su felicidad. —Bajó la vista con modestia—. Pero da la casualidad de que éste es mi mundo. Larry meditó unos segundos. —Muy interesante, pero ¿y los demás? Yo, por ejemplo. —Tú existes para proporcionarme felicidad, por supuesto; es lo que te estoy diciendo. —La presión de su pequeña mano aumentó—. En cuanto te vi, supe que eras la persona idónea. Llevo varios días pensando en esto. Ya es hora de que le encuentre. El hombre que me está destinado. El hombre con el que me he de casar... para que mi felicidad sea completa. —¡Oye! —exclamó Larry, retrocediendo. —¿Qué te pasa? —¿Y yo? —preguntó Larry—. ¡Eso no es justo! ¿No cuenta mi felicidad? —Sí..., pero aquí no, en este mundo no. —Hizo un gesto vago—. Tienes un mundo en otro lugar; tu propio mundo. En éste, eres una simple parte de mi vida. No eres completamente real. Yo soy la única persona completamente real de este mundo. Los demás estáis a mi servicio. Sólo sois... parcialmente reales. —Entiendo. —Larry se reclinó en la silla poco a poco, acariciándose el mentón—. Por tanto, existo en un montón de mundos diferentes. Una pizca aquí, otra allí, según lo que se necesite de mí. Como ahora, por ejemplo, en este mundo. Llevo veinticinco años dando tumbos, a fin de salirte al paso cuando me necesitaras. —Exacto. —Los ojos de Allison bailaron de alegría—. Has captado la idea. —De pronto, consultó su reloj—. Se está haciendo tarde. Vámonos. —¿Nos vamos? Allison se puso en pie de un brinco, cogió su diminuto bolso y se puso la chaqueta. —¡Quiero hacer tantas cosas contigo, Larry! ¡Hemos de ir a tantos sitios! ¡Nos queda tanto por hacer! —Le asió por el brazo—. Vamos, date prisa. Larry se levantó con parsimonia. —Escucha... —Nos vamos a divertir muchísimo. —Allison le arrastró hacia la puerta—. Veamos... Sería estupendo... Larry se detuvo, irritado. —¡La cuenta! No puedo marcharme. —Rebuscó en su bolsillo—. Debo algo así como... —Nada de cuentas esta noche. Esta es mi noche especial. —Allison se volvió hacia Max, que limpiaba la mesa—. ¿No es cierto? El viejo camarero levantó la vista lentamente. —¿Qué sucede, señorita? —Esta noche no pagamos. Max sacudió la cabeza. —Esta noche no se paga, señorita. Es el cumpleaños del jefe; bebida gratis para todo el mundo. —¿Cómo? —murmuró Larry. —Vamos. —Allison le arrastró hacia las pesadas puertas hasta salir a la fría y oscura acera neoyorquina—. Vamos, Larry... ¡Hemos de hacer muchas cosas! —No sé de dónde demonios ha salido el taxi —murmuró Larry. El taxi arrancó y se alejó. Larry miró a su alrededor. ¿Dónde estaban? Las oscuras calles estaban silenciosas y desiertas. —Primero, quiero una flor —dijo Allison Holmes—. Larry, ¿no crees que deberías regalarle a tu prometida una flor? Quiero entrar radiante. —¿Una flor? ¿A estas horas de la noche? —Larry señaló las calles silenciosas y oscuras—. ¿Estás bromeando? Allison pensó durante unos segundos y después, de pronto, cruzó la calle. Larry la siguió. Allison se detuvo ante una floristería cerrada. El letrero estaba apagado. Golpeó el cristal de la puerta con una moneda. —¿Te has vuelto loca? —gritó Larry—. ¡A estas horas de la noche no hay nadie ahí dentro! Alguien se movió en la parte trasera de la floristería. Un anciano se acercó con parsimonia al escaparate. Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo. Se inclinó y abrió la puerta. —¿Qué desea, señora? —Quiero el mejor ejemplar que tenga. Allison entró en la tienda y admiró las flores con arrobo. —Olvídelo, amigo —murmuró Larry—. No le haga caso. Está... —No pasa nada —suspiró el viejo—. Estaba repasando mi declaración de impuestos. Me tomaré un descanso. Encontraremos algo adecuado. Abriré la cámara frigorífica. Cinco minutos después volvían a estar en la calle. Allison contemplaba extasiada la gran orquídea prendida con un alfiler a su chaqueta. —¡Es tan hermosa, Larry! —susurró. Le apretó el brazo, mirándole a la cara—. Muchas gracias. Ahora, vámonos. —¿Adónde? Es posible que encuentres a un viejo sudando la gota gorda sobre su declaración de impuestos a la una de la mañana, pero te reto a que encuentres a alguien más en este cementerio olvidado de Dios. Allison miró a su alrededor. —Veamos... Por aquí. Vamos a ese caserón. No me sorprendería nada que... Obligó a Larry a continuar. Sus tacones resonaron en el silencio de la noche. —Muy bien —murmuró Larry, esbozando una sonrisa—. Te acompañaré. Hasta podría ser interesante. No se veía ninguna luz en la gran casa cuadrada. Todas las persianas estaban bajadas. Allison avanzó a toda prisa por el sendero, orientándose en la oscuridad, hasta llegar al porche de la casa. —¡Oye! —exclamó Larry, alarmado de repente. Allison ya había aferrado el pomo de la puerta, que se abrió sin dificultades. Una explosión de luz y sonido les recibió. Murmullo de voces. Una enorme cantidad de gente deambulaba al otro lado de una pesada cortina. Hombres y mujeres vestidos de noche, inclinados sobre mesas largas y mostradores. —Oh, oh —murmuró Larry—. En menudo lío nos hemos metido. Este lugar no es para nosotros. Tres gorilas de aspecto duro se precipitaron sobre ellos, sin sacar las manos de los bolsillos. —Muy bien, señor. Fuera. Larry empezó a recular. —Por mí, encantado. Soy una persona razonable. —Tonterías. —Allison le agarró por el brazo. Sus ojos brillaban de excitación—. Siempre quise visitar una sala de juegos. ¡Mira todas esas mesas! ¿Qué están haciendo? ¿Qué pasa ahí? —Por el amor de Dios —jadeó Larry, desesperado—. Salgamos de aquí. Esta gente no nos conoce. —Ya puede apostar a que no —dijo con voz rasposa uno de los tres voluminosos matones. Movió la cabeza en dirección a sus compañeros—. Vamos p’allá. Se apoderaron de Larry y lo llevaron a empellones hacia la puerta. —¿Qué le están haciendo? —Allison parpadeó—. ¡Basta! —Se concentró, moviendo los labios—. Déjenme..., déjenme hablar con Connie. Los tres matones se quedaron petrificados. Se volvieron hacia ella poco a poco. —¿Con quién? ¿Qué nombre ha dicho, señora? —Con Connie... —sonrió Allison—, me parece. ¿No es eso lo que he dicho? Connie. ¿Dónde está? —Miró a su alrededor—. ¿No está allí? Un hombrecillo de aspecto pulido que jugaba en una mesa se volvió de mala gana al oír su nombre; hizo una mueca de fastidio. —Olvídelo, señora —se apresuró a decir un matón—. No moleste a Connie; no le gusta que le molesten. Cerró la puerta mientras empujaba a Larry y a la joven hacia la gran sala, al otro lado de la cortina. —Vayan a jugar. Diviértanse. Que lo pasen bien. Larry miró a la chica y meneó la cabeza débilmente. —Creo que me apetece una copa... bien cargada. —Muy bien —dijo Allison, risueña, sin apartar la vista de la ruleta—. Ve a tomar una copa. ¡Voy a jugar! Después de un buen par de whiskys escoceses con agua, Larry bajó del taburete y se alejó del bar en dirección a la mesa de la ruleta, situada en el centro de la sala. Una gran multitud se había congregado alrededor de la mesa. Larry cerró los ojos para controlarse; ya sabía lo que pasaba. Tras serenarse, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la mesa. —¿Qué significa ésta? —preguntaba Allison al croupier, sosteniendo en alto una ficha azul. Frente a ella se alzaba una inmensa columna de fichas.., de todos los colores. Todo el mundo murmuraba y hablaba, mirándola. Larry se colocó a su lado. —¿Cómo te va? ¿Ya has perdido hasta la camisa? —Todavía no. Según este hombre, voy ganando. —Sí él lo dice... —suspiró Larry—. Está en el rollo. —¿Quieres jugar? —preguntó Allison, recogiendo una tonelada de fichas—. Quédate éstas; tengo más. —Ya lo veo, pero... no, gracias. No es mi fuerte. Vamos. —Larry se la llevó de la mesa—. Creo que ya es hora de que tú y yo sostengamos una pequeña charla. En aquel rincón estaremos tranquilos. —¿Una charla? —He de pensar en todo esto; la cosa ya ha ido demasiado lejos. Allison le siguió. Larry se encaminó a grandes zancadas hacia una esquina de la sala. Un brillante fuego ardía en una enorme chimenea. Larry se desplomó sobre una mullida butaca mientras señalaba la contigua. —Siéntate. Allison obedeció. Cruzó las piernas y se alisó la falda. Se reclinó en el respaldo y suspiró. —¿No es bonito, el fuego y todo lo demás? Justo lo que siempre había imaginado... Cerró los ojos con languidez. Larry sacó los cigarrillos y encendió uno, absorto en sus pensamientos. —Vamos a ver, señorita Holmes... —Allison. Al fin y al cabo, vamos a casarnos. —Allison, pues. Escucha, Allison, todo esto es absurdo. Mientras estaba en el bar, me entretuve pensándolo. Tu demencial teoría no es cierta. —¿Por qué no? —Su voz era soñolienta, distante. Larry movió las manos, irritado. —Te lo explicaré. Afirmas que yo sólo soy parcialmente real. Eso no es cierto. Y que tú eres la única completamente real. —Exacto —aprobó Allison. —¡Escucha! No sé nada sobre esa gente... —Larry señaló la multitud con un gesto despreciativo—. Quizá tengas razón acerca de ellos. Quizá sólo sean fantasmas. ¡Pero yo no! No puedes decir que yo soy un fantasma. —Descargó su puño sobre el brazo de la butaca—. ¿Lo ves? ¿Te atreves a decir que esto es sólo parcialmente real? —La butaca sólo es real en parte. —Maldita sea —rugió Larry—, llevo veinticinco años en este mundo, y sólo hace unas horas que te conozco. ¿Debo creer que no estoy vivo? ¿Que no soy..., que no soy realmente yo? ¿Que sólo soy una especie de... decorado en tu mundo, un simple accesorio? —Larry, querido. Tú tienes tu propio mundo. Todos tenemos nuestro mundo. Pero sucede que éste es mío, y que tú estás en él a mi servicio. —Allison abrió sus grandes ojos azules—. En tu mundo real yo también existo un poco para ti. Todos nuestros mundos se superponen, querido, ¿no lo entiendes? Tú existes para mí en mi mundo. Es probable que yo exista para ti en el tuyo. —Sonrió—. El Gran Diseñador ha de ser económico..., como los buenos artistas. Hay muchos mundos similares, casi idénticos, pero cada uno pertenece a una sola persona. —Y éste es el tuyo. —Larry dejó escapar un suspiro—. De acuerdo, muñeca. Estás convencida de lo que dices; te seguiré la broma..., durante un rato, al menos. Te seguiré la corriente. —Contempló a la muchacha reclinada en la butaca vecina—. No estás mal, ¿sabes?, nada mal. —Gracias. —Sí, morderé el anzuelo. Durante un rato, al menos. Tal vez seamos el uno para el otro, pero has de calmarte un poco. Tientas en exceso a la suerte. Si vamos a seguir juntos, será mejor que te lo tomes con calma. —¿Qué quieres decir? —Todo esto. Este lugar. ¿Y si viene la poli? Juegos, persecuciones. —La mirada de Larry se perdió en la distancia—. No, esto no está bien. Esta no es la clase de vida que me había imaginado. ¿Sabes lo que tengo metido en la cabeza? —El rostro de Larry se iluminó de nostálgico placer—. Una casita, muñeca. En el campo. Muy lejos. Tierra de labranza. Campos llanos. Tal vez Kansas o Colorado. Una cabañita. Con un pozo. Y vacas. —¿Sí? —Allison frunció el ceño. —¿Y sabes qué mas? Yo, en la parte trasera. Trabajando la tierra, o... dando de comer a los pollos. ¿Has dado de comer a los pollos alguna vez? —Larry movió la cabeza, feliz—. Es muy divertido, muñeca. Y las ardillas. ¿Nunca has ido a un parque y has dado de comer a las ardillas? Ardillas grises de largas colas. Colas tan largas como su propio cuerpo. Allison bostezó. Se levantó con brusquedad y cogió el bolso. —Creo que es hora de irnos. Larry se levantó con parsimonia. —Si, yo también lo creo. —Mañana va a ser un día muy ajetreado. Quiero levantarme temprano. —Allison avanzó hacia la puerta, abriéndose paso entre la gente—. Lo primero de todo, creo que deberíamos ir a buscar... —Tus fichas —la interrumpió Larry. —¿Qué? —Tus fichas. Ve a cambiarlas. —¿A cambiarlas? —Por dinero... Creo que así lo llaman ahora. —Oh, qué fastidio. —Allison se volvió hacia un hombre corpulento sentado a la mesa de black-jack—. ¡Tome! —Tiró las fichas en el regazo del hombre—. Cójalas. Muy bien, Larry. ¡Vámonos! El taxi frenó en el apartamento de Larry. —¿Vives aquí? —preguntó Allison, mirando el edificio—. No es muy moderno, ¿verdad? —No. —Larry abrió la puerta—. Y las cañerías no están en muy buen estado, pero me importa una mierda. —¿Larry? —Allison le detuvo cuando se disponía a salir. —¿Sí? —No olvidarás lo de mañana, ¿verdad? —¿Mañana? —Tenemos muchas cosas que hacer. Quiero que te levantes a primera hora de la mañana. Hay que visitar varios sitios y ultimar detalles. —¿Qué te parecen las seis de la tarde? ¿Te va bien? Larry bostezó. Era tarde y hacía frío. —Oh, no. Pasaré a buscarte a las diez de la mañana. —¡A las diez! ¿Y mi trabajo? ¡He de ir a trabajar! —Mañana no. Mañana es nuestro día. —¿Cómo cojones voy a vivir si no...? Allison le rodeó con sus esbeltos brazos. —No te preocupes, todo saldrá bien. ¿No te acuerdas? Éste es mi mundo. Le atrajo hacia ella y le besó en la boca. Sus labios eran dulces y fríos. Le abrazó con fuerza y cerró los ojos. Larry se apartó. —Vale, vale. Se enderezó la corbata. —Mañana, pues. Y no te preocupes por tu trabajo. Adiós, querido Larry. Allison cerró la puerta. El coche siguió por la oscura calle. Larry lo acompañó con la mirada, todavía aturdido. Por fin, se encogió de hombros y entró en el edificio. En la mesa del vestíbulo encontró una carta dirigida a su nombre. La abrió mientras subía la escalera. La carta era de su oficina, la Compañía de Seguros Bray. Se informaba del horario de vacaciones anuales de la plantilla y precisaba las dos semanas concedidas a cada empleado. No necesitó localizar su nombre para saber cuándo empezaban las suyas. "No te preocupes", había dicho Allison. Larry sonrió con tristeza y sepultó la carta en el bolsillo de la chaqueta. Abrió la puerta de su casa. ¿Había dicho a las diez? Bueno, al menos dormiría a gusto. El día era caluroso y claro. Larry Brewster se sentó en los escalones del edificio, fumando y pensando mientras esperaba a Allison. La chica se lo montaba muy bien; no cabía duda. Montones de cosas parecían caer como ciruelas maduras en su regazo. No era de extrañar que considerase este mundo de su propiedad... Todo le salía a pedir de boca, de acuerdo, pero también le ocurría a otras personas. Cuestión de suerte. La fortuna siempre les sonreía. Ganaban concursos radiofónicos; encontraban dinero en la cuneta; apostaban al caballo ganador. ¿Su mundo? Larry sonrió. Por lo visto, Allison se lo creía a pies juntillas. Interesante. Bien, le seguiría la corriente un poco más, al menos. Era una tía agradable. Sonó una bocina. Larry levantó la vista. Un descapotable pintado en dos tonos estaba aparcado frente a él. Allison le saludó con la mano. —¡Hola! ¡Date prisa! Larry se levantó y caminó hacia el coche. —¿De dónde lo has sacado? Abrió la puerta y se deslizó en su interior. —¿Esto? —Allison puso el motor en marcha y se zambulló en el tráfico—. Lo he olvidado. Creo que alguien me lo regaló. —¡Te has olvidado! —La miró, y después se reclinó contra el suave tapizado del asiento—. ¿Y bien? ¿Por dónde empezamos? —Vamos a ver nuestra nueva casa. —¿La casa de quién? —Nuestra. Tuya y mía. Larry se hundió en el asiento. —¡Cómo! Pero tú... El coche giró por una esquina. —Te encantará; es una maravilla. ¿Cuántas habitaciones tiene tu piso? —Tres. Allison lanzó una alegre carcajada. —Esta tiene once habitaciones. Dos plantas. Dos mil metros cuadrados de jardín. Eso me han dicho, al menos. —¿No la has visto? —Todavía no. Mi abogado me ha llamado esta mañana. —¿Tu abogado? —Forma parte de una propiedad que me han dejado en herencia. Larry se controló poco a poco. Allison, ataviada con un traje de dos piezas escarlata, miraba con semblante feliz la carretera que se extendía ante ellos. —Deja que me aclare. Nunca la has visto; tu abogado acaba de llamarte; forma parte de una propiedad que has heredado. —Exacto. Un tío mío. He olvidado su nombre. No esperaba que me dejara nada. —Se volvió hacia Larry y le miró con ternura—. Es un momento muy especial para mí. Es importante que todo vaya bien. Todo mi mundo... —Sí, todo tu mundo. Bien, espero que te guste la casa cuando la veas. —Me gustará —rió Allison—. Después de todo, existe para mí; es su única razón de existir. —Consigues que todo funcione como una ciencia exacta —murmuró Larry—. Todo lo que te sucede es estupendo. Todo te complace. Deduzco, por tanto, que ha de ser tu mundo. Tal vez estás mejorando las cosas... Diciéndote que te gusta de verdad todo cuanto te sucede. —¿Lo crees así? Larry frunció el ceño y se abismó en sus pensamientos. —Dime —preguntó por fin—, ¿cómo averiguaste la existencia de estos múltiples mundos? ¿Por qué estás tan segura de que éste es el tuyo? —Lo deduje por mis propios medios —sonrió la joven—. Estudié lógica, filosofía, historia... y siempre había algo que me desconcertaba. ¿Por qué se producían tantos cambios vitales en la suerte de personas o naciones, cambios providenciales, que ocurrían en el momento oportuno? ¿Por qué daba la impresión de que mi mundo tenía que ser como era, a fin de que a lo largo de la historia ocurrieran una serie de acontecimientos extraños que le hicieran evolucionar así? "Leí la teoría de Éste es el mejor de todos los mundos posibles, pero a medida que la pensaba le encontraba menos sentido. Estudié las religiones de la humanidad, y especulaciones científicas sobre la existencia de un Creador..., pero algo faltaba, algo de lo que no se podía dar cuenta o que se pasaba por alto. —Sí, claro —asintió Larry—. Es muy fácil: si éste es el mejor de todos los mundos posibles, ¿por qué hay tantos sufrimientos, sufrimientos innecesarios, si existe un Creador benevolente y todopoderoso, como tantos millones de seres han creído, creen y creerán en el futuro, sin duda? ¿Y cómo explicas la existencia del mal? —Larry sonrió—. Y tú encontraste la respuesta a todo esto, ¿eh? Como quien prepara un martini. —Tampoco hace falta que te pongas así —dijo Allison con altivez—. Bueno, es sencillo y no soy la única que lo ha descubierto, aunque es obvio que soy la única en este mundo... —De acuerdo —cortó Larry—. Me guardaré las objeciones hasta que me digas cómo lo hiciste. —Gracias, querido. Vas comprendiendo, ¿te das cuenta? Aunque no estés de acuerdo conmigo en todo... Bien, se haría muy aburrido, estoy segura. Será mucho más divertido si he de esforzarme por convencerte... Oh, no seas impaciente, todo llegará. —Gracias. —Es sencillo, como lo del huevo y la gallina, en cuanto le coges el truco. La razón por la que tanto el Creador benevolente como la teoría del Mejor de todos los mundos posibles no parecen convincentes estriba en que empezamos con una suposición injustificada: que éste es el único mundo. Supón que probamos un nuevo enfoque: imagínate un Creador de infinito poder. Un ser semejante podría crear infinitos mundos..., o al menos, un número tan elevado como para que nos pareciera infinito. "Si das eso por sentado, todo lo demás adquiere sentido. El Creador puso fuerzas en movimiento. Creó mundos diferentes para cada ser humano existente; cada uno existe para un solo ser humano. Es un artista, pero Él aplica la economía de medios, de modo que temas, acontecimientos y motivos se repiten de mundo en mundo. —Oh, empiezo a adivinar adónde diriges tus tiros —replicó Larry con suavidad—. En algunos mundos, Napoleón ganó la batalla de Waterloo..., si bien sólo en su propio mundo le salieron bien las cosas. En éste, perdió... —No estoy segura de si Napoleón existió en mi mundo —dijo Allison en tono pensativo—. Me parece que es un simple nombre en los anales, aunque alguna persona semejante existió en otros mundos. En el mío, Hitler fue derrotado. Roosevelt murió... Me supo mal, aunque no lo conocía, y tampoco era muy real; ambos eran imágenes llegadas del mundo de otras personas... —Muy bien. Todo te salió a las mil maravillas, durante toda tu vida, ¿verdad? Nunca estuviste enferma, ni te sentiste herida o hambrienta... —Más o menos —asintió la joven—. He sufrido algunos contratiempos y frustraciones, pero nada realmente..., bien, realmente doloroso. He conseguido todo lo que deseaba y logrado comprender cosas importantes, gracias a que todo el mundo ha aportado su granito de arena en ese sentido. Ya ves, Larry, la lógica es perfecta; todo lo deduje de las pruebas. No hay otra respuesta que se sostenga. —¿Qué importa lo que yo piense? —sonrió Larry—. No vas a cambiar de opinión. Larry contempló el edificio con notable desagrado. —¿Eso es una casa? —murmuró por fin. Los ojos de Allison bailaron de alegría cuando la joven alzó la vista hacia la gran mansión. —Perdón, querido. ¿Qué has dicho? La casa era inmensa.., y supermoderna, como la pesadilla de un pastelero. Grandes columnas, conectadas mediante barras de hierro y contrafuertes inclinados, se elevaban hacia el cielo. Las habitaciones estaban colocadas unas sobre otras como cajas de zapatos, cada una en un ángulo diferente. Todo el edificio estaba coronado por una especie de tejas metálicas brillantes, de un espeluznante amarillo mantequilla. La casa relumbraba y centelleaba bajo el sol de la mañana. —¿Qué..., qué son esas cosas? —Larry indicaba unas horrísonas plantas que trepaban por los costados irregulares de la casa—. ¿Es preciso que estén ahí? Allison parpadeó y frunció el ceño levemente. —¿Qué has dicho, querido? ¿Te refieres a las buganvillas? Son plantas muy exóticas. Las traen del sur del Pacífico. —¿Para qué sirven? ¿Para impedir que la casa se desplome como un castillo de naipes? La sonrisa de Allison se desvaneció. Enarcó una ceja. —Querido, ¿te encuentras bien? ¿Te molesta algo? Larry retrocedió hacia el coche. —Volvamos a la ciudad. Tengo hambre. —De acuerdo —dijo Allison, mirándole de una forma extraña—. De acuerdo, volvamos. Aquella noche, después de cenar, Larry parecía taciturno y abúlico. —Vamos al Wind-Up —dijo de repente—. Me apetece ver algo conocido, para variar. —¿Qué quieres decir? Larry indicó con un movimiento de cabeza el carísimo restaurante del que acababan de salir. —Todas esas luces extravagantes, camareros uniformados bajitos susurrándote al oído. En francés. —Si quieres pedir algunos platos has de saber un poco de francés —sentenció Allison. Frunció los labios, irritada—. Larry, me estás intrigando. Tu reacción al ver la casa, las cosas extrañas que dijiste... —Verla me provocó una crisis de locura temporal. Larry se encogió de hombros. —Bien, espero que te recuperes. —Me voy recuperando a cada minuto que pasa. Fueron al Wind-Up. Allison cruzó el umbral. Larry se detuvo para encender un cigarrillo. El querido Wind-Up; verlo ya le hacía sentirse mejor. Caluroso, oscuro, ruidoso, el sonido de la orquesta de dixieland en la parte trasera. Recobró los ánimos. La paz y la comodidad de un buen bar cutre. Suspiró y empujó la puerta. Y se quedó petrificado, sin dar crédito a sus ojos. El Wind-Up había cambiado. Estaba bien iluminado. En lugar de Max, el camarero, había camareras sirviendo con inmaculados uniformes blancos. El local estaba atestado de mujeres bien vestidas, que charlaban y bebían combinados. Y en la parte trasera había una falsa orquesta de gitanos. Un patán de pelo largo, disfrazado para la ocasión, torturaba un violín. —¡Vamos! —le apremió Allison, impaciente—. Estás llamando la atención, parado ahí en la puerta. Larry contempló durante largo rato la orquesta gitana de imitación, a las emperifolladas camareras, a las mujeres que cotorreaban, las luces de neón. Se sentía atontado, sin fuerzas. —¿Qué pasa? —Allison le agarró por el brazo, malhumorada—. ¿Qué te ocurre? —¿Qué..., qué ha sucedido? —Larry señaló con un débil gesto de la mano el interior del local—. ¿Ha ocurrido un accidente? —Ah, esto. Olvidé decírtelo. Hablé con el señor O’Mallery sobre ello. Antes de que nos encontráramos anoche. —¿El señor O’Mallery? —Es el propietario del edificio. Somos viejos amigos. Le indiqué lo..., lo sucio y deprimente que se estaba poniendo el local. Comenté los cambios que sería preciso introducir. Larry salió a la acera. Aplastó el cigarrillo con el tacón del zapato y hundió las manos en los bolsillos. Allison corrió tras él, con las mejillas rojas de indignación. —¡Larry! ¿Adónde vas? —Buenas noches. —¿Buenas noches? —La joven le miró con estupefacción—. ¿Qué quieres decir? —Que me voy. —¿Te vas adónde? —Lejos. A mi casa. Al parque. A cualquier sitio. Larry se puso a caminar, con la espalda encorvada y las manos en los bolsillos. Allison corrió y se plantó frente a él, presa de cólera. —¿Has perdido la cabeza? ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo? —Claro. Te dejo. Hemos terminado. Bien, fue bonito mientras duró. Ya nos veremos. Los dos puntos rojos que cubrían las mejillas de Allison brillaron como carbones incandescentes. —Espera un momento, señor Brewster. Me parece que has olvidado algo. Su voz era dura e hiriente. —¿He olvidado algo? ¿Como qué? —No puedes irte; no puedes dejarme tirada. —¿No puedo? Larry enarcó una ceja. —Creo que deberías reconsiderarlo, ahora que aún tienes tiempo. —No te entiendo—bostezó Larry—. Creo que volveré a mi casa de tres habitaciones y me meteré en la cama. Estoy cansado. Pasó por delante de la joven. —¿Te has olvidado? —le espetó Allison—. ¿Has olvidado que no eres completamente real? ¿Que sólo existes como parte de mi mundo? —¡Santo Dios! ¿Vas a empezar el rollo otra vez? —Será mejor que lo pienses antes de irte. Existes para hacerme feliz, señor Brewster. Este es mi mundo, recuérdalo. Es posible que en el tuyo las cosas sean diferentes, pero éste es mi mundo. Y en mi mundo sucede lo que yo digo. —Hasta la vista —dijo Larry Brewster. —¿Todavía..., todavía insistes en marcharte? Larry Brewster meneó la cabeza lentamente. —No —dijo—. En realidad, no. He cambiado de idea. Me causas demasiados problemas. La que se marcha eres tú. Y mientras hablaba, un globo de luz radiante rodeó suavemente a Allison Holmes y la envolvió en su brillante aura de esplendor. El globo luminoso se elevó, transportando por los aires a la señorita Holmes, alzándola sin el menor esfuerzo sobre los edificios, hacia el cielo del anochecer. Larry Brewster contempló con calma como el globo luminoso se llevaba a la señorita Holmes. No se sorprendió al ver que la joven se desvanecía y difuminaba gradualmente... hasta que de repente desapareció por completo. Apenas un débil resplandor en el cielo. Allison Holmes se había marchado. Larry Brewster permaneció inmóvil durante largo rato, inmerso en sus pensamientos, acariciándose el mentón con aire pensativo. Echaría de menos a Allison. En ciertos aspectos le gustaba; había significado una diversión temporal. Bien, ahora se había ido. En este mundo, Allison Holmes no había sido completamente real. Lo que Larry había conocido, lo que él llamaba "Allison Holmes", no era más que una apariencia parcial de la joven. Después, recordó un detalle: cuando el globo de luz radiante se la llevó, vislumbró algo... Vislumbró, tras ella, un mundo diferente, obviamente su mundo, su mundo real, el mundo que la joven deseaba. Los edificios eran inquietantemente familiares; aún se acordaba de la casa... Por tanto... Allison había sido real, después de todo... Existió en el mundo de Larry, hasta que llegó el momento de ser transportada al suyo. ¿Encontraría en él a otro Larry Brewster..., uno que le fuera como anillo al dedo? El pensamiento le produjo un escalofrío. De hecho, toda la experiencia había sido un poco desconcertante. —Me pregunto por qué —murmuró en voz baja. Recordó otros acontecimientos desagradables que, sin embargo, le habían ocasionado grandes satisfacciones, experiencias que no habría saboreado sin ellos. —Bueno —suspiró—, no hay mal que por bien no venga. Se puso a caminar con parsimonia, con las manos en los bolsillos, echando un vistazo al cielo de vez en cuando, como si quisiera asegurarse...

miércoles, 14 de noviembre de 2007

Peter Handke (Austia,1942)


Las Alas del Deseo Cuando el niño era niño andaba con los brazos colgando, quería que el arroyo fuera un río, que el río fuera un torrente y que este charco fuera el mar. Cuando el niño era niño no sabía que era niño para él todo estaba animado, y todas las almas eran una. Cuando el niño era niño no tenía opinión sobre nada, no tenía ninguna costumbre se sentaba en cuclillas, tenía un remolino en el cabello y no ponía caras cuando lo fotografiaban. Cuando el niño era niño era el tiempo de preguntas como: ¿Por qué estoy aquí? ¿Por qué no allí? ¿Cuando empezó el tiempo y dónde termina el espacio? ¿Acaso la vida bajo el sol no es sólo un sueño? Lo que veo oigo y huelo, ¿no es sólo la apariencia de un mundo ante el mundo? ¿Existe de verdad el mal y gente que en verdad son los malos? ¿Cómo puede ser que yo, el que yo soy, no fuera antes de devenir; y que un día yo, el que yo soy, no seré más ese que soy? Diálogo entre Daniel y Cassiel (ángeles) Daniel: -¿Y bien? Cassiel: -Hace veinte años se estrelló un caza soviético cerca de Spandau, en el lago Stossen. Hace cincuenta años… D.: -Fue la Olimpíada. C.: -Hace doscientos años Blanchard voló sobre la ciudad en un globo aerostático. D.: -Como los refugiados del otro día. Y hoy, en el lago Lilienthal, alguien ha aminorado el paso y ha mirado a sus espaldas, en el vacío… En Correos alguien quería acabar para siempre, pegó sellos especiales en sus cartas de despedida, uno en cada una; y luego en Mariannenplazt habló con un soldado americano en inglés, por vez primera desde el colegio y, además, con soltura. En Plotzenzee un preso antes de tirarse de cabeza contra el muro dijo «ahora». En el metro zoo, el conductor en lugar del nombre de la estación, gritó de pronto «¡Tierra del fuego!»… D.: -¡Qué bonito! C.: -En Renbergen un anciano leía La Odisea a un niño y el pequeño oyente había dejado de parpadear… Y tu, ¿tienes algo para contar? D.: -Un transeúnte que cerró el paraguas en medio de la lluvia y se dejó calar… Un colegial que describía a su profesor cómo crece el helecho de la tierra y sorprendió al profesor. Un ciego que palpó su reloj al sentir mi presencia. Es maravilloso vivir sólo en espíritu, día a día para la eternidad, atestiguar sólo lo espiritual de la gente. Pero a veces me hastía mi presencia de espíritu. Y ya no quisiera ese flotar eterno, quisiera sentir un peso que anulara en mí lo ilimitado y me atara a la tierra. Poder, a cada paso, a cada golpe de viento, decir «ahora» y «ahora» y «ahora»… Y ya no más «desde siempre» y «para siempre». Tomar el asiento libre de un partido de cartas, ser saludado aunque sea sólo con un gesto. Siempre que hemos participado ha sido sólo en apariencia: nos hemos dejado dislocar la cadera en peleas nocturnas, en apariencia. Hemos capturado un pez, en apariencia. Nos hemos sentado a las mesas, hemos comido y hemos bebido, en apariencia. Nos hicimos asar corderos y servir vino allá en las tiendas, sólo en apariencia. No pido engendrar un niño o plantar un árbol, pero ya sería algo, de vuelta a casa tras un largo día, dar de comer al gato como Philip Marlowe. Tener fiebre, tener los dedos negros de leer el periódico. Fascinarme no sólo por el espíritu, si no, al fin, por una comida, por la curva de una nuca, por una oreja. ¡Mentir como respirar! Sentir que al andar, tu esqueleto anda contigo. Intuír, por fin, en vez de saberlo todo. Poder decir «Ay» y «Ts» y «Ah» y «Aj», en vez de «Si» y «Amén». Sentir al fin lo que es quitarse los zapatos debajo de la mesa y estirar los dedos de los pies así descalzo. C.: ¡Quedarse solo! ¡Dejar que las cosas ocurran! ¡Permanecer serios! Sólo podemos ser salvajes mientras permanezcamos serios. ¡No hacer otra cosa que mirar, recolectar, testimoniar, preservar! ¡Permanecer espíritu! ¡Mantener la distancia! ¡Mantener la palabra! Monólogo de Homero (viejo) Cuéntanos musa del narrador, del infante, del anciano apartado a los lindes del mundo y haz que en él se reconozca cada hombre. Con el tiempo los que me escuchaban se han convertido en mis lectores. Ya no se sientan en círculo sino solos, y cada uno no sabe nada del otro. Soy un viejo, con la voz quebrada, pero el relato sigue elevándose desde las profundidades. Y la boca entreabierta lo repite, tan poderoso como apacible. Una liturgia para la que nadie necesita estar iniciado en el sentido de las palabras y de las frases. Monólogo de Marion (trapecista) -Ahí está, se acabó. Vuelve a faltarme tiempo para acabar algo. ¿Lo del circo? Recuerdos para dentro de diez años. Esta es la última noche de mi querido número y además hay luna llena; y la trapecista se rompe la crisma… ¡Cállate! Nunca me imaginé así. La despedida del circo. La última noche no viene nadie, tocáis como zoquetes y yo vuelo por la carpa como un pollo en el puchero. Y luego otra vez de camarera. ¡Mierda! A menudo hablo de mí sólo por apuro. En momentos como este, momentos como ahora mismo… El tiempo lo curará. ¿Y si el tiempo fuera la enfermedad? Como si hubiera que encorvarse para seguir viviendo. ¡Vivir!, una mirada basta… el circo, lo echaré de menos. Es extraño, no siento nada. Como si el dolor no hubiera pasado. Toda esa gente que he conocido, que queda, quedará en mi cabeza. Todo termina siempre cuando acaba de empezar. Era demasiado bonito… Por fin fuera, en la ciudad. Hallar quién soy, en quién me he convertido. Suelo ser demasiado consciente para estar triste. Esperé una eternidad que alguien me dijera algo cariñoso, luego me fui al extranjero. Alguien que me dijera «¡Hoy te quiero tanto!». ¡Sería tan bonito! Miro ante mí y el mundo se alza ante mis ojos, me llega al corazón. De niña sentía deseos de vivir en una isla. Una mujer sola, plenamente sola. Sí, esos es. Vaciada, incompatible. El vacío, el miedo, el miedo, el miedo. La mirada de un animalito perdido en el bosque. «Quién eres tu?» Yo no lo sé. Pero algo sé: no seré trapecista. Decisiones imprevistas en las que uno cree. No llorar. No quiero llorar. ¡Para nada! Ocurre, así son las cosas. No siempre salen como uno quiere. El vacío, el vacío… Ya no pensar en nada… Estar aquí. Aquí soy extranjera pero todo me resulta familiar, en todo caso, no puedo perderme. Siempre se llega al muro. Esperaré la foto. Saldrá una con diferente rostro y así podría comenzar una historia. Los rostros, tengo ganas de ver rostros. Quizá encuentre un trabajo de camarera. Tengo miedo de esta noche. Qué tontería. La angustia me pone enferma, porque una parte de mí se preocupa y otra no se lo cree. ¿Cómo debo vivir? Quizá no sea esta la pregunta. ¿Cómo debo pensar? Sé tan pocas cosas… Tal vez sea demasiado curiosa. A menudo pienso en forma tan equivocada… Porque pienso como si hablara a otro. Dentro de los ojos cerrados, cerrar aún más los ojos… Entonces incluso las piedras cobran vida. Ser por los colores. ¡Los colores! Los neones en el cielo del atardecer, los tranvías rojos y amarillos. Sólo tengo que estar lista y todos los hombres del mundo me mirarán. Nostalgia. Nostalgia de una ola de amor que creciese en mí. Eso es lo que me hace resultar torpe: la ausencia de placer. Deseo de amor. ¡Deseo de amar! Monólogo de Homero -El mundo parece ahogarse en el crepúsculo, pero yo narro, como al principio, en mi cantinela que me sostiene a salvo, por el relato, de las revueltas del presente y protegido para el futuro. Se acabó el remontarse muy atrás de antaño. El ir y venir a través de los siglos… Ya sólo puedo pensar de un día para el otro. Mis héroes ya no son los guerreros y los reyes, sino las cosas de la paz, todas iguales entre sí: las cebollas que se secan tan valiosas como el tronco del árbol que atraviesa el pantano. Pero nadie a logrado aún, cantar una epopeya de la paz. ¿Qué le ocurre que no puede seguir fascinando por mucho tiempo, que se deja apenas narrar por alguien? ¿Debo renunciar ahora? Si renuncio, entonces la humanidad perderá su narrador. Y si alguna vez la humanidad pierde su narrador, al mismo tiempo habrá perdido su infancia. ¿Dónde están los míos, los simples, los primigenios? Nómbrame, musa, al pobre cantor inmortal quien, abandonado por sus mortales oyentes, ha perdido su voz. El que del ángel del relato, se convirtió en el ignorado o burlado organillero, fuera, en el umbral de la tierra de nadie. Monólogo de Cassiel -¿Aún hay fronteras? ¡Más que nunca! Cada calle tiene su propia barrera o línea divisoria. Entre las manzanas hay franjas de nadie, camoufladas por un seto o un pozo. Quien por casualidad cae en ella, cae sobre un alambrado o es alcanzado por un rayo láser. Las truchas en el agua son en realidad torpedos. Cada cabeza de familia o simple propietario clava su nombre, como un blasón, en la puerta; y estudia el periódico como si fuera el dueño del mundo. El pueblo alemán cayó en tantos estados como individuos. Y los estados aislados son móviles: cada uno lleva el suyo consigo y, si alguien quiere pasar, exige un impuesto de entrada como una mosca atrapada en ámbar o una bota de vino. Y esto sólo para la frontera, pero uno sólo puede adentrarse en cada estado con las contraseñas oportunas. El alma alemana de hoy sólo la conquistará y la podrá dirigir aquél que logre llegar a cada estado con dicha contraseña. Por suerte, actualmente nadie es capaz de ello. Así, cada uno se desbanda por tierra extranjera y hace ondear a los cuatro vientos la cima de su imperio solitario. También sus niños agitan sus sonajeros y tiran su mierda alrededor suyo. Cuando el niño era niño no podía pasar las espinacas, los porotos, el arroz con leche y el coliflor saltado. Ahora se lo come todo y no porque lo obliguen. Cuando el niño era niño despertó una vez en una cama extraña y ahora, una y otra vez. Muchas personas le parecían bellas, y ahora sólo con suerte. Imaginaba claramente un paraíso y ahora apenas puede intuírlo. Nada podía pensar de la nada, y ahora esta idea lo estremece. Cuando el niño era niño jugaba con entusiasmo, y ahora se mete en sus cosas como antes sólo cuando esas cosas son su trabajo. Diálogo entre Daniel y Cassiel Daniel: -¿Recuerdas la primera vez que estuvimos aquí? La historia aún no había empezado. Dejábamos transcurrir el día y la noche y aguardábamos. Pasó mucho tiempo hasta que el río encontró su lecho y el agua quieta empezó a fluir. ¡Cuenca del río primitivo! Un día, todavía lo recuerdo, el glaciar se derritió y los hielos navegaron hacia el norte. Flotaba un tronco, todavía verde. Durante miríadas de años sólo saltaron los peces y luego fue cuando el enjambre de abejas se ahogó. Cassiel: -Un tiempo después los dos ciervos se batieron en la orilla. Después la nube de moscas y la cornamenta, como ramas, río abajo. Sólo la hierba volvió siempre a enderezarse, creciendo sobre los cadáveres de los gatos salvajes, jabalíes, búfalos. ¿Recuerdas cómo una mañana surgió de la sabana, con la hierba pegada en la frente, el ser a nuestra imagen, el bípedo esperado tanto tiempo, y cómo su primer palabra fue un grito? ¿Fue «aj», «ah» o un simple grito? Por fin pudimos reírnos de ese hombre por vez primera, y de sus gritos y las llamadas de sus sucesores, aprendimos a hablar. D.: -¡Una larga historia! El sol, los rayos y truenos, en el cielo y abajo, en la tierra, los fuegos, las cabriolas, las danzas, los signos, la escritura. Después uno se salió del círculo y corrió derecho hacia adelante. Mientras corría derecho, virando a veces, tal vez por rápido parecía libre, y pudimos reírnos con él. Pero luego, de repente, corrió en zig zag y las piedras volaron. Con su fuga empezó otra historia, la historia de la guerra. Hoy dura todavía. ¿Aún recuerdas como un día construyeron la calzada que al día siguiente vio la retirada napoleónica y después fue recubierta de guinea, hoy invadida de hierbas y hendiduras como una vía romana con marcas de tanques? D.: -Nosotros ni siquiera éramos espectadores. Siempre fuimos ángeles… C.: -¿De verdad quieres? D.: -Sí. ¡Conquistar por mí mismo una historia mía! Lo que mi atemporal mirar abajo me ha enseñado, transformarlo para sostener una mirada repentina, un grito breve, un olor acre. He estado fuera suficiente tiempo, suficiente tiempo ausente, bastante tiempo fuera del mundo. ¡Meterme en la historia del mundo aunque sólo sea para tocar una manzana! Mira las plumas ahí, sobre el agua, ya desvanecidas. Mira las marcas de las frenadas sobre el asfalto, mira como rueda la colilla, y como se seca el río primitivo, como sólo los charcos del día tiemblan aún. ¡Basta del mundo detrás del mundo! Monólogo de Homero -Sólo las vías romanas conducen aún a lo lejos, sólo las huellas más antiguas conducen aún más lejos. ¿Dónde está el puerto de montaña?. También la planicie, también Berlín tiene sus recónditos puertos, y ahí es dónde empieza mi tierra, la tierra de la narración. ¿Por qué no todos ven de niño los puertos, los portones, los intersticios, abajo en la tierra y arriba en el cielo? Si cada uno los viera habría una historia sin sacudidas mortales y sin guerra. Dialogo entre Cassiel y Daniel (en el muro de Berlín) Cassiel: -¿Y bien? Daniel: -Me adentré en el río. Vieja máxima humana oída a menudo. Por fin hoy la comprendo. Ahora o nunca: instante del vado. Pero no habrá otra. Sólo hay vado si estamos en el río. ¡Entremos en el vado del tiempo, en el vado de la muerte! ¡Dejemos el mirador de los no nacidos! Mirar no es mirar desde arriba sino de la altura de los ojos. Primero me tomaré un baño. Después iré a afeitarme, de ser posible, a un barbero turco. Que me hagan masajes hasta la punta de los dedos. Luego compraré el periódico y leeré desde los titulares hasta el horóscopo. El primer día dejaré que me sirvan. Si me piden algo los mandaré al vecino. El que tropiece conmigo me pedirá disculpas. Me darán empujones y los devolveré. En el bar lleno, el patrón me buscará una mesa. En la calle, el coche del alcalde parará y me acercará un trecho. A todos seré familiar, a nadie sospechoso. No diré una palabra y entenderé todas las lenguas. Así será mi primer día. C.: -Pero nada de eso será verdad. D.: -La tomaré en mis brazos, me tomará en sus brazos… Cuando el niño era niño las manzanas y el pan le bastaban de alimento, y todavía es así. Cuando el niño era niño, las bayas le caían en la mano sólo como caen las bayas, y ahora todavía. Las nueces frescas le ponían áspera la lengua, y ahora todavía. Encima de cada montaña tenía el anhelo de una montaña más alta y en cada ciudad el anhelo de una ciudad más grande, y siempre es así todavía. En la copa del árbol tiraba de las cerezas con igual deleite como hoy todavía. Se asustaba de los extraños y todavía se asusta; esperaba las primeras nieves, y todavía las espera. Cuando el niño era niño, lanzó un palo como una lanza contra un árbol, y hoy vibra ahí todavía. Monólogo de Mariom - No podría decir quién soy. No tengo la menor idea. Soy alguien sin orígenes, sin historia, sin país; y me gusta así. Aquí estoy, libre. Puedo imaginármelo todo. Todo es posible. Basta que alce la mirada y vuelvo a hacer el mundo. Ahora en este sitio, un sentimiento de felicidad que podría tener siempre. Monólogo de Daniel - Ella no se ha ido, Cassiel, lo sé. La encontré. Algo va a suceder esta noche que será importante. ¡Cassiel! Ella me enseñará todo. Hay otros soles aparte de los del cielo, Cassiel. En la noche profunda, hoy empezará la primavera. Me nacerán alas muy distintas a las habituales, alas de las que al fin podré sorprenderme. Marion a Daniel -Algún día tiene que ir en serio. He estado muy sola, pero nunca he vivido sola. Cuando estaba con alguien solía estar contenta, pero al mismo tiempo todo me parecía casual. Estas personas eran mis padres pero podrían haber sido otros. ¿Por qué mi hermano era el de los ojos marrones y no el de los ojos verdes, del andén de enfrente. La hija del taxista era mi amiga, pero igual podría haber rodeado con mi brazo el cuello de un caballo. Estaba con un hombre, estaba enamorada y lo mismo podría haberlo dejado plantado y haber seguido al extraño que nos cruzamos en la calle. Mírame o no me mires. Dame la mano o no me la des. No, no me des la mano y aparta tu mirada de mí. Creo que esta noche hay luna nueva: ninguna noche más serena, ninguna sangre correrá en toda la ciudad. Nunca he jugado con alguien y sin embargo nunca he abierto los ojos y he pensado: ahora va en serio. Ahora al fin irá en serio. Así han ido pasando mis años¿Sólo yo era tan poco seria? ¿Eran tan poco serios los tiempos? Nunca fui solitaria, ni cuando estaba sola ni con otros. Pero me habría gustado al fin ser solitaria. Soledad quiere decir: al fin estoy entera. Ahora puedo decirlo porque al fin esta noche soy solitaria. Hay que acabar con el azar. Luna nueva de la decisión. No sé si hay un destino, pero hay una decisión: decídete. Ahora nosotros somos el tiempo. No sólo la ciudad entera, el mundo entero toma parte ahora mismo en nuestra decisión. Ahora los dos somos más que sólo dos. Nosotros encarnamos algo. Estamos sentados en la plaza del pueblo y toda la plaza está llena de gente que anhela lo mismo que nosotros. Nosotros decidimos el juego por todos. Estoy lista, ahora es tu turno. Tienes el juego en tus manos. Ahora o nunca. Me necesitas y me necesitarás. No hay historia mayor que la nuestra, la del hombre y la mujer. Será una historia de gigantes, invisibles, transmisibles, una historia de nuevos ancestros. Mira mis ojos, son la imagen de la necesidad, del futuro de todos en la plaza. Anoche soñé con un desconocido, con mi hombre. Sólo con él podía ser solitaria. Abrirme a él, toda abierta, toda para él, acogiéndolo entero como un todo dentro de mí, rodeándole con el laberinto de la dicha común. Lo sé eres tú. Monólogo de Daniel -Algo ha sucedido… que sigue sucediendo… que me vincula. Fue por la noche y ahora es por el día. Ahora más que nunca. ¿Quién era quién? Yo estaba en ella y ella alrededor mío ¿Quién en el mundo puede asegurar que estuvo alguna vez junto a otro ser humano? Yo ESTOY junto. No ha sido concebido ningún niño mortal sino una imagen común e inmortal. Esta noche he aprendido a sorprenderme. Ella me ha traído al hogar, y yo he encontrado mi hogar. Erase una vez… fue UNA vez y por lo tanto será. La imagen que hemos concebido será la que me acompañe en mi muerte, habré vivido dentro de ella. Sólo el asombro entre nosotros dos. El asombro ante el hombre y la mujer, me ha hecho humano. Yo sé ahora lo que ningún ángel sabe. Monólogo de Homero -Nombradme a los hombres, mujeres y niños que me buscarán, a mí, su narrador, su cantor y portavoz, porque me necesitan, más que a nada en el mundo. Hemos embarcado.

domingo, 21 de octubre de 2007

Pedro Mairal

Hoy temprano



Salimos temprano. Papá tiene un Peugeot 404 bordó, recién comprado. Yo me trepo a la luneta trasera y me acuesto ahí a lo largo. Voy cómodo. Me gusta quedarme contra el vidrio de atrás porque puedo dormir. Siempre estoy contento de ir a pasar el fin de semana a la quinta, porque en el departamento del centro, durante la semana, lo único que hago es patear una pelota de tenis en el patio del pozo de aire y luz que está sobre el garaje, un patio entre cuatro paredes medianeras altísimas y sucias por el hollín de los incineradores. Si miro para arriba, en ese patio parece que estuviera adentro de una chimenea; si grito, el grito apenas sube pero no llega hasta el cuadrado de cielo. El viaje a la quinta me saca de ese pozo.

En la calle hay poco tránsito, quizá porque es sábado o porque todavía no hay tantos autos en Buenos Aires. Llevo un autito Matchbox adentro de un frasco para capturar insectos y unos crayones que ordeno por tamaño y que no me tengo que olvidar al sol porque se derriten. A nadie le parece peligroso que yo vaya acostado en la luneta. Me gusta el rincón protector que se hace con el vidrio de atrás, al lado de la calcomanía de la Proveeduría Deportiva. En el camino miro el frente de los autos porque parecen caras: los faros son ojos, los paragolpes son bigotes, y las parrillas son los dientes y la boca. Algunos autos tienen cara de buenos; otros, cara de malos. Mis hermanos prefieren que yo vaya en la luneta porque así tienen más lugar para ellos. Yo no viajo en el asiento hasta más adelante, cuando hace demasiado calor o cuando ya no quepo en la luneta porque crecí un poco. Tomamos una avenida larga. No sé si es porque hay muchos semáforos pero vamos despacio, además después ya el Peugeot está medio roto, tiene el caño de escape libre y hay que gritar para hablar; una de las puertas de atrás está falseada y mamá la ató con el hilo del barrilete de Miguel.

El viaje es larguísimo. Sobre todo cuando no están sincronizados los semáforos. Nos peleamos por la ventana, ninguno de los tres quiere sentarse en el medio. En la General Paz nos turnamos para sacar la cabeza por la ventana con las antiparras de agua de Vicky, para que no nos lloren los ojos por el viento. Papá y mamá no dicen nada. Salvo cuando pasamos por la policía, ahí hay que sentarse derechos y estar callados. Cuando ya tenemos el Renault 12, a Miguel se le vuela por la ventana medio pilón de figuritas de Titanes en el Ring y papá frena en la banquina para juntarlas porque Miguel grita como un enloquecido. Yo veo de repente que se nos acercan dos soldados apuntándonos con la metralleta, diciendo que estamos en zona militar. Le hacen preguntas a papá, lo palpan de armas, le revisan los documentos y después tenemos que seguir viaje sin juntar las figuritas que quedan ahí desparramadas, incluso la autografiada por Martín Karadagián.

Papá busca música clásica en la radio, a veces consigue sintonizar bien la emisora del Sodre. Nosotros estamos a las patadas en el asiento de atrás cuando de repente papá sube el volumen y dice "escuchen esto, escuchen esto" y hay que hacer una pausa silenciosa en medio de una toma de judo para escuchar una parte de un aria o de un adagio. Después, cuando llegan los pasacassettes para autos, el viaje a la quinta se hace bajo el dominio absoluto de Mozart. Miramos pasar hacia atrás el camino prolijo, los árboles podados con los troncos pintados de blanco, y escuchamos los quintetos para cuerdas, las sinfonías, los conciertos para piano, las óperas. Vicky lidera rebeliones para tapar a las sopranos de Las bodas de Fígaro o de Don Giovanni con nuestro cántico filial favorito que dice "Queremos comer, queremos comer, sangre coagulada revuelta en ensalada...". Pero después Vicky empieza a traer libros para el viaje y los lee sin prestarle atención a nadie, en silencio, cada vez más enojada, porque la obligan a venir, hasta que le dan permiso para quedarse los fines de semana en el centro para ir al cine con sus amigas, que ya salen con chicos, y entonces Miguel y yo tenemos cada uno su ventana indiscutible, aunque invitemos a un amigo.

Sentimos que no vamos a llegar nunca. Hay largas esperas a medio camino mientras mamá compra muebles de jardín o plantas, aprovechando que papá se quedó trabajando en casa. Con Miguel jugamos en el asiento de atrás a ver quién aguanta más sin respirar; cada uno le tapa el tubo del snorkel al otro para que no haga trampa, o, si no, improvisamos un partido de paleta con un bollo de papel y las dos patas de rana. Esperamos tanto que Tania se pone a ladrar, porque no aguanta más encerrada en la parte de atrás de la Rural Falcon que tenemos después del Renault. Entonces aparece mamá, con plantas o macetas o algún mueble que hay que atar al techo, y seguimos viaje.

Los amigos que invita Miguel van cambiando. Yo los miro con asombro, con ansiedad perversa, porque sé que cuando lleguemos van a empezar a caer en las trampas que Miguel deja siempre preparadas: el ratón muerto dentro de las botas de goma para el invitado, el fantasma del galpón, la farsa de los chanchos asesinos, el pozo tapado con hojas y ramas al lado de la fila de palmeras que se ve desde la casa. Dentro del auto, en los embotellamientos de la ruta a media mañana, yo miro a los amigos de Miguel y paladeo por primera vez el mal. Prefiero a los confiados y prepotentes, porque sé que les va a resultar más intensa la humillación de esas trampas en las que yo colaboro de un modo oblicuo, indefinido. Los invitados de Miguel casi nunca vuelven a venir.

Cuando terminan el primer tramo de la autopista y ponen el peaje, el tráfico avanza mejor. Vicky va por su cuenta, con amigas que tienen auto. Papá ya casi no viene. En la Rural destartalada, mientras mamá maneja, Miguel me usa el cuaderno de dibujo garabateando planos y elaborando estrategias para espiar a las amigas de Vicky cuando se cambian. Después Miguel empieza a venir cada vez menos, y yo tengo todo el asiento de atrás para dormir. Mamá frena y me despierta para que le ponga agua al radiador, que pierde y recalienta el motor. Compramos una sandía al costado de la ruta.

En la barrera del tren, donde antes había uno o dos vendedores ambulantes, ahora hay amputados o paralíticos que piden limosna y otros que ofrecen revistas, pelotas, biromes, herramientas, muñecos. También en los semáforos del pueblo que atravesamos piden una moneda o venden flores y latas de gaseosa. A papá le dieron el Ford Sierra de la empresa, que tiene botones automáticos y, como a Miguel lo asaltaron hace poco, mamá me hace bajar los seguros y cerrar las ventanas en los semáforos porque le dan miedo los vendedores. Dice que se le tiran encima y que, además, Duque los puede morder. Después, la excusa del aire acondicionado ayuda a que ya no vayamos más con la ventana abierta. El auto comienza a ser una cápsula de seguridad, con un microclima propio. Afuera cada vez hay más basura, más pintadas políticas. Adentro, la música suena nítida en el estéreo nuevo y mamá tolera con paciencia los cassettes que yo pongo de Soda o de Police.

El auto es más rápido y todo el tiempo parece que estamos por llegar. Sobre todo cuando empiezo a manejar yo, que aumento la velocidad sin que mamá se dé cuenta porque viene tranquila en el asiento del acompañante mirándose en el espejo su último lifting, que le tira la piel para atrás como si fuera un efecto de la aceleración. Después, cuando muere papá, mamá prefiere que maneje Miguel, que volvió como el hijo pródigo, porque Vicky ya está viviendo en Boston. Para mí la ruta se empieza a enrarecer porque manejo el Taunus amarillo del padre del Chino, en el que dejamos cerradas las ventanas, no por miedo a que nos roben sino para que el humo de la marihuana no pierda densidad. Escuchamos Wild horses y hay momentos casi espirituales en los que la velocidad total de la ruta parece cobrar una lentitud serena en el paisaje enorme y chato. Después manejo el auto de la madre de Gabriela, que por suerte es gasolero y no gasta demasiado en las escapadas que nos hacemos cualquier día de semana para estar solos un rato. Ya se está hablando el tema de la expropiación pero es apenas una advertencia, faltan todavía dos gobiernos. Gabriela se pone unos vestiditos que me obligan a manejar con una sola mano y a acariciarle los muslos con la otra, subiendo desde las rodillas lentamente, sin necesidad de poner los cambios porque dejo el motor a fondo mientras Gabriela me pide al oído que no me apure, que esperemos a llegar. Nunca se hizo tan largo el viaje. La quinta está allá lejos, inalcanzable.

Más adelante, a Gabriela le empieza a crecer la panza y viajamos para tratar de integrarnos a la vida familiar. Vamos en el Volkswagen que nos presta su hermano. Ya usamos cinturón de seguridad, ya empezamos a tener miedo de morirnos y faltan pocos kilómetros. Los años pasan hacia atrás cada vez más rápido. Hay muchos más autos en la ruta y más peajes. Están terminando la autopista. Frenamos en una estación de servicio, discutimos. Gabriela llora en el baño. Tengo que pedirle que salga. Después compramos el baby-seat para Violeta y ella va chiquitita y dormida en el asiento de atrás, también con cinturón de seguridad. Los tres atados.

Piso el acelerador porque quiero llegar temprano para almorzar. Gabriela dice que no importa, que podemos parar en el Mc Donald's. Discutimos. Gabriela me desprecia. Yo me pongo los anteojos negros y acelero más. Aprovecho el viaje para escuchar demos de jingles para radio. Aprieto con las manos el volante del Escort. Falta poco. Gabriela me pide que vaya más despacio, después deja de venir, se va con Violeta a lo de la madre los fines de semana. Manejo solo, escucho los conciertos para piano de Mozart en compacts que suenan perfectos. El motor de la 4x4 no hace ruido. La autopista está terminada, con alambre a los costados para que no cruce la gente. Voy por el carril rápido. Miro el velocímetro: ciento sesenta y cinco. Estoy por pasar por el lugar exacto. Veo de lejos las tres palmeras y espero a que se alineen. Se acercan, me acerco, hasta que la primera palmera tapa a las otras dos y digo "acá", y es como si lo gritara, pero lo digo despacio, lo digo en el punto exacto donde estaba la casa antes de la expropiación, antes de que la demolieran y construyeran arriba la autopista. Siento que por una milésima de segundo paso por adentro de los cuartos, por arriba de la cama donde jugábamos con Miguel a Titanes en el Ring, paso por las tumbas de Tania y Duque entre las plantas de mamá, paso por un olor húmedo y metálico, por un sabor a ciruelas verdes tiradas en el fondo de la pileta para bucearlas más tarde, paso por el miedo a una culebra que salió cuando dimos vuelta una chapa, por la noche de lluvia en que jugamos a embocar una pelota en el único cuadrado roto de la ventana para obligarnos a buscarla con linterna entre los sapos y los charcos. Ahora es un malón incesante de autos que pasa por encima del fantasma de la casa. Son las doce en punto y el sol resplandece en el asfalto. Soy un hombre divorciado, un publicista que va al country de su hermano por primera vez y se olvidó las instrucciones de cómo llegar y está perdido, un hombre que no sabe dónde frenar y sigue viajando en el auto desde que salió hoy temprano, hace mucho, acostado en la luneta de atrás.

de Hoy temprano ( Aguilar, 2001)