domingo, 27 de septiembre de 2015

Elvira Orphée(Argentina,1930)

¡Ay, enrique! 


quedaba en un paraje de mosquitos, de maderas podridas, de río. las circunstancias me habían obligado a vivir en esa casa extraña. del piso habían desaparecido algunas tablas y se abría un boquete de más de medio metro. para no caerme dentro caminaba por el medio de la pieza. como yo vivía allí desde hacía poco, no había tenido tiempo para los peligros. era un sitio bastante claro. la claridad se metía por el boquete para iluminar una escalera que llevaba al sótano o lo que fuere, quizá lleno de ratas y de resacas algo inmundas. si hubiera tenido ganas de limpiar habría bajado a sacar las carroñas o los bichos vivos dejados por alguna creciente. pero mi espíritu estaba intranquilo y ni siquiera había limpiado la gran pieza en la que estaba viviendo; hasta había dejado colgando como grandes hamacas los telones desprendidos del techo, esos que ya no se hacen más, tan inútiles, tan estremecedores cuando empiezan a soltarse. no sé en qué pasaba mi vida entonces porque no me acuerdo de ningún sentimiento intenso, excepto del amor por enrique. pero no había tenido la energía de prohibirle que bajara al misterioso sótano, tan fuertes eran mi cansancio y mis ganas de despreocupación. él, allí, seguramente se divertía como sólo puede hacerlo un ser nuevo y asombradizo. un día se me ocurrió que, entre ratas y sucias formas de la vida, debía de haber atrapado lombrices. así que busqué a un hombre de la zona, especialista en bichos repugnantes, para que se las sacara. llegó vestido con un overall blanco, muy limpio, como uniforme de médico. me asomé al boquete del piso y llamé a enrique que andaba correteando abajo. asombrosamente, obedeció y subió alegre el tramo de escalera rota. con orgullo miré al hombre. uno siempre magnifica cualquier señal de inteligencia de los que ama. enrique estaba contentísimo. vaya a saber qué podredumbres, qué maravillas mefíticas lo tenían tan entusiasmado allá abajo. el hombre se dispuso a darle su remedio, pero me advirtió 
que se sentiría mal. enrique era mi amigo. no, mi hijo. el que me quería incondicionalmente y dependía de mí para todo. yo, que tuve tanto asco de tantas cosas, no lo tenía de sus patitas sucias ni de su pelambre refregada en sitios contaminados. le gustaba ensuciarse, yo lo amaba, luego era necesario que lo dejara ensuciarse. enrique y yo nos queríamos con un amor que dolía. era una tumefacción en el alma. de tanto como tuve, de tanta gente, lo único que me quedaba era enrique. pero eso único era una inmensidad. entonces, ¿por qué salí, dejándolo solo con el hombre del overall? por algo tan tonto y tan inexplicable como la llegada de el petiso fatum, que me invitó a pasear. yo nunca paseo por pasear. es como decidirse a perder vida. hay que pasear por algo, con una intención más allá del mero paseo: pasear por amor a través de junglas vegetales, pasear en busca de jardines que hagan descubrir misterios en uno mismo y en los demás, pasear para que los paisajes traspasen el alma y le dejen pequeños agujeros por donde entren muchas cosas que normalmente no pueden entrar porque las almas están demasiado cerradas. pero, ¿pasear porque sí? ¿y con el petiso fatum? simpático y divertido en las ocurrencias que nacen de noche, entre mucha gente, pero incapaz de exprimirle las posibilidades a una flor. pese a eso; increíblemente, salí con el petiso fatum mientras a mi criatura le hacían ingerir drogas dañinas. nos metimos por entre la maraña de un paisaje tan húmedo que parecía despedir vapor, y llegamos a una casa rodeada de plantas, de verde, de sombra. una gran casa oculta y chorreada de verdín, de esas que tienen imán porque están como saturadas de maleficio. producen un miedo muy atrayente. el petiso estaba pasando allí algunos días, no sé por qué ya que tenía su casa en la ciudad y era apasionadamente ciudadano. habíamos abierto la verja y estábamos por llegar a la puerta, cuando oí una especie de llanto lejano. quién sabe qué me impulsó a correr para acercarme al llanto. el petiso me siguió entre risas y comentarios que le quitaban el aliento. según él no se había oído nada. y quizá tenía razón porque debimos correr bastante hasta llegar a la casa donde parecía estar el llanto. al revés de la que acabábamos de dejar, y aunque estaba en un paraje lleno de verdor, era luminosa. la luminosidad interna se distinguía por debajo de la rendija de la puerta. llamamos. nandie contestó. Imposible entrar si no era por la puerta. las tapias de los costados no lo permitían. saqué mis llaves y empecé a probarlas. el petiso se puso pálido. —no se oye ningún llanto. ¿te has vuelto ladrona y me estás complicando? me voy de aquí. pero se puso aun más pálido cuando oyó de repente el llanto espantoso. llanto, queja, alarido, todo eso era, más la desesperación. fui siempre especialista en encontrar entradas insuficientemente cerradas. desde chica me he divertido en violar casas de vecinos ausentes. un único obstáculo tuve a veces; los perros, tan defensores de lo que no les pertenece, tan del partido de sus dueños, pobrecitos. hasta he llegado a entrar en casas con enfermos que ni se daban cuenta de que la familia los había dejado solos; en casas con imágenes de santa teresita y rosarios gruesos, negros y diabólicos; en casas llenas de jazmines del paraguay que, aunque no tienen un perfume exaltado, lo tienen, sí, extraño (casi un no perfume, muy refinado). y de repente, mientras hurgaba la cerradura, me invadió el ansia de perfumes que siempre me ha perseguido como si me señalara un camino. hablé para distraer a el petiso, mientras seguía con mi trabajo. pero su cara trastornada rompió mi cháchara y me volvió a la urgencia. tenía que entrar en la casa. lo había hecho antes en tantas otras, atraída por sus extraños habitantes ausentes que dejaban visibles sus ritos o por sus insólitos ensamblajes, ajenos a las ordenanzas, rebeldes a cualquier prohibición opuesta a la originalidad. por fin di con el resquicio que me permitió abrir. una casa rectangular y luminosa. se entraba por un pasillo lindante con los vidrios de la cocina que, a su vez, tenía ventanas hacia otra calle. y entonces volvimos a oír el quejido. ¿quejido? un gemido rabioso, un aullido. venía de afuera, de detrás de las ventanas de la cocina que daban a la otra calle. me precipité a abrir una y algo huyó hacia abajo. El petiso ya estaba junto a mí. Me incliné a mirar y, con asombro, con desazón, casi con náusea, descubrí lo que había afuera. la casa, al ras del suelo por donde habíamos entrado, de este otro lado estaba sobre un terraplén oblicuo de unos dos metros o más de elevación. tirado en la calle había un blando muñeco de trapo, bastante grande, con una pierna doblada. a su lado aullaba el perro que quiso entrar en la casa violada por mí o quiso algo que no comprendimos, quizá sólo ayuda. en el balcón de la casa vecina, blanco y lleno de sol, tres monjas cuchicheaban. yo no apartaba los ojos de la calle. —está rabioso —dijo el petiso en voz baja. —está hambriento. —y el hombre, borracho. —no. cuando yo me emborracho, enrique no se pone a aullar. el petiso me miró con curiosidad y quizá repugnancia. —¿te emborrachás? —sí. sola y no en reuniones. —¿por qué has decaído tanto? ¿no te da pena? inútil contestarle. era curiosidad de chismes, no de vida. mientras ahí abajo, en la calle, ¡qué desarticulado estaba ese pobre hombre, qué pálido, qué vestido con bolsas en lugar de ropas, como para que yo lo hubiese tomado por un muñeco de trapo! el muchacho tirado y su perro, dos seres que se habían amado, que se amaban seguramente todavía a pesar de la espantosa barrera entre ellos. porque no se podía dudar: sólo la muerte da actitudes tan antinaturales como la que tenía el hombre caído. todo era tan blanco de este lado de la casa, como en un paisaje de andalucía, como si del otro lado no hubiera tanta cantidad de sombra, de verdín, de agua oscura. de repente, ese dolor que se elevaba desde la calle me dio en el pecho y me sofocó. el muchacho tirado ¿de qué había muerto? ¿de hambre? ¿de caminar sin esperanzas? ¿de tanto amar? ¿cómo no supo que junto a él tenía el amor? ¿qué necesidad de un ser humano para vivir el amor más desgarrador? —las personas son nada más que el instrumento para el cuerpo de otras personas —susurré. el petiso estaba descolorido, entendiendo sólo la muerte, sin entender la separación. —el amor que rompe las paredes está en otra parte. tenemos casas para resguardar el cuerpo, tenemos cuerpos para resguardar quién sabe qué belleza desconocida. pero la resguarda y al mismo tiempo la comprime, la domina, la retiene —hablé con voz de llanto—. ¿quién es capaz de romper las paredes del cuerpo? ya había algunos curiosos mirando al muchacho caído. todos parecíamos paralizados. nadie actuaba. y en el balcón vecino, tres monjas comentaban pacatas el espectáculo. —hagamos algo —les supliqué—. quizás esté vivo todavía. —es la voluntad del señor —dijeron, indiferentes. —pero quizá no esté muerto sino por morir —y pensé: de una enfermedad tan pobre que la obliga a transportarla por los caminos y la intemperie. ellas siguieron en su impasibilidad de monjas. es la voluntad del señor. entonces, dulcemente, les aconsejé: —¿por qué no cambian de señor? se persignaron y huyeron a la desbandada. yo entré a llamar a una de esas instituciones nuestras que tardan tanto para lo urgente y no llegan nunca para lo demás. luego salí de la casa. arrastré a el petiso en la gran vuelta que se precisaba hacer para llegar del lado sombra al lado andalucía. —¿así que te emborrachás sola? —mientras corríamos. —sí. ¿no lo ves? —sin dejar de correr—. estoy borracha de rabia. otras veces lo estoy de música y tantas de eternidad. entonces enrique se echa a mi lado y participa de lo que me pasa. pero para que te quedés contento, a veces me emborracho con dos vasos de vino con frutas. y mi voz sonaba entre los lamentos que se desgarraban en el aire y volvían a nacer en algo más hondo que la garganta del pobre animal desesperado. sus ojos, fijos en algún zodíaco lejano, pero con lagunas del llanto de la tierra, estaban atados al espectro del muchacho que seguramente se despedía de él en ese momento en una estratósfera del alma inalcanzable para nosotros. el muchacho ya se iba, derivando por las regiones privadas de los muertos. el perro quería irse con él, y su cuerpo imperante le cerraba el paso. la corriente de su desesperación era por minutos más intensa. el muchacho se iba empapando de desconocido; el perro de desdicha irreversible. de repente, la mirada del perro cambió de lugar y de expresión. me miró a mí, y el horror pareció traspasarle los límites de los párpados. —dios, dios —dije—. no abandones al perro. lo recogeré yo. y salí corriendo mientras el petiso me gritaba. ¿quién era él para llamarme? ¿quién era para haberme hecho dejar a enrique solo? era nada más que el hermano de el alto fatum. corrí hasta sentir estrellas de plata ante mis ojos, y sus duras puntas clavadas en un costado del cuerpo. corrí abriéndome paso entre estrellas de dolor, ya viejas conocidas, pero nunca tan brutalmente desafiadas. entré en mi extraña casa. yo no vi el espectro de enrique, como vio el perro el del muchacho, alejarse translúcido o centelleante hacia los parajes de la disolución. lo vi simplemente muerto, enroscado alrededor de un dolor insoportable. me eché a su lado. enrique, enrique, mi amigo, mi criatura, te has muerto para dejarme toda la libertad. me lo contó la mirada de horror del otro perro. me dijo: la tristeza es ahora el pulso de enrique, en eso lo ha convertido tu abandono. ¡no! ¡no! quise contestarle. le contesté que no, enrique, con los ojos, con todas las mataduras del alma. te dejé esta tarde a que te las arreglaras solo con tu enfermedad, pero no sospeché que te morirías. no fue esta tarde cuando en realidad te dejé solo, fueron todas las veces que te abandoné antes, hasta casi olvidarte. quizá creíste que volvía a abandonarte. el otro perro lo sabía; a eso se refería su horror al mirarme. semejante a agua opaca y profunda se había vuelto el bello color dorado de los ojos de enrique. junto a él, echada, y casi sin darme cuenta, la barrera que nos separaba ahora, como a esos dos pobrecitos de la calle, se deshizo y dejó de ser barrera. tuve una náusea, una sola, y no caí muerta porque ya había caído antes de morir. ya en el suelo estaba muerta. enseguida vi luces titilantes en horizontes muy oscuros, sentí esa inmensa sensación de felicidad que da volar en sueños, aunque lo hiciera por cielos intermitentemente alumbrados, y después me encontré en este sitio. todavía tengo recuerdos de la tierra, pero ya algo me golpea magnéticamente la cabeza para que no recuerde más que alguna vez hablé con palabras, tuve la posibilidad de hacer algo con mis manos y amé a enrique en su desvalimiento de animal. estamos de nuevo juntos; enrique y yo, él con su cuerpo, igual a lo que era; yo con mi cuerpo, igual a lo que fue. enrique me quiere, me habla con palabras y yo contesto con extraños sonidos, desagotados de significación para él, porque ya no puedo hablar más con palabras. me tiro en el suelo, a sus pies, y me quedo en postura de esfinge, y él, desde el sitial donde está sentado, se inclina a acariciarme el lomo desnudo. me concede su tiempo perdido, nada más, porque ya se le desencadenó el torrente de cieno que en la tierra nos lleva compulsivamente hacia otro ser de nuestra especie y nos obliga a descuidar a todos los enrique del mundo. sí, enrique, te dejé muchas veces solo allá en la tierra, no a causa de el petiso, con su borboteante insignificancia, sino a causa de el alto fatum, su hermano, que me proporcionaba la risa y andanadas de sensaciones. pero no supe nunca que te estremecías como un astro (igual que yo ahora) con cada latido de abandono. te dejé muchas veces solo a causa de el alto fatum, que al fin y al cabo no tenía más que risa, inferioridad, mugre y un cuerpo que podía acoplarse al mío. no entiendo este mundo en el que estamos ahora ni entiendo su cielo —si es cielo esa especie de pesadilla que veo aquí—. me desespera que no comprendas lo que te dicen los escasos sonidos de mi garganta, que no haya flores blancas de exaltado perfume, sino sólo vegetales con olor amoniacal. pero quizá dentro de poco algo cambie. ya los recuerdos de lo que fue antes empiezan a flotar como una tenue columna sobre mi cabeza. en las nieblas que veo ahora —que tus ojos no pueden distinguir— hay figuras que se parecen a la mía, y me pongo a aullar de miedo por lo que te rodea y no ves. enrique, que te enamoraste de un cuerpo semejante al tuyo en este enervante, extraño mundo, y que me abandonas a causa de él, antes de que pierda del todo la memoria de lo que fue, te suplico que no me dejes como te dejaba yo, con tanta soledad, con tanta hambre, durante tantos días. que no me dejes por un cuerpo de tu misma especie, esos que nunca traen el amor sino la desgracia.

sábado, 19 de septiembre de 2015

Sara Gallardo(Argentina, 1931-1988)


En la montaña 

"si dejo de mirarlo." y dejaba de mirarlo vaya a saber por cuánto rato. estaban mis heridas. estaba el sol, también. a esa altura el sol es otro, no imaginable. correspondiendo, la sombra también es otra. buscar reparo es meterse en el hielo; buscar abrigo, ir a la hoguera. así se muere, de dos zarpazos, en la indi­ferencia de la montaña. sin cordillera, sin cóndores, sin sol, sin sombra, las heridas hubieran seguido, estando: mi pierna rota, mi bra­zo roto, mis costillas rotas, algo en el costado de la cara. y estaba la sed. la sed valía por todo. alrededor, picos nevados, cortes de carne cruda, pampas de oro falso como la muerte. ¿por qué estaba solo? una herradura cerca de mi pie, un cañón, eran mi compañía. ni un cadáver, ni una voz, ni un arma. y el cóndor esperando. pensé: estoy muerto. el dolor me desmintió. comprendí que me había desbarrancado, a no du­dar por culpa de la mula. siempre nos odiamos. habrá caído, de pura maldad, arrastrando pedruscos, arras­trándome, el cañón saltaría de su lomo. podía jurarlo: siguió de largo —la herradura era su tarjeta de despedi­da—, y estaba más abajo según insinuaba el atareo de los cóndores sobre algo cercano. si podía alegrarme me alegré. sirvieron de señal, supongo, los cóndores. abrí los ojos —la luz había cambiado—, una mordaza me ahogaba, era mi lengua. un hongo se deslizaba a mi lado, o tortuga (volví a pensar que estaba muerto), o más bien figura humana bajo un cuero, furtiva, encor­vada, armada. luchaba con los cóndores por la mula. dije: —por dios... no me salió la voz. grité: —hermano, por el amor de dios. el recuerdo siguiente es la oscuridad, sin sed, atado como un salame. hay un ruidito: chac-chac. es mi yes­quero. una pequeña llama surge, veo al ser, veo un brillo en su frente calva. se inclina a hacer fuego. el fuego se levanta. él solloza inclinado ante la llama. es de día. el lugar resulta ser una cueva. sigo atado —medicinalmente— con tiras de cuero peludas. unas ro­cas cierran la entrada. a cierta hora las oigo remover, cierro los ojos, espío. el personaje envuelto en cueros de pelambre pálida vuelve a clausurar la entrada; antes de mirarme se concentra en el rescoldo, que le interesa mu­cho más que yo. ¿por qué me cuesta decir el hombre? su emoción an­te el fuego, su cuidado por mí son bien humanos. su calvicie habla de sangre blanca. algo me lo vuelve temi­ble.ante todo, su negativa a hablar. frente a él cambio. yo, espontáneo, me vuelvo astuto. corajudo, le temo. agradecido, me obliga al rencor. dos recuerdos más: días en que ahumó los pedazos de mula arrancados a los cóndores, la papilla con que me alimentó. al restablecerme descubrí que era carne de la mula masticada por él. pasaron meses. ceñudo, gigante, ojos celestes pegados a la nariz de pico rojo, agazapado ante el fuego. y yo que­riendo hacerlo hablar cuento historias, canto, hasta recito décimas, para nada. sordomudo, ni pensarlo. cuántas ve­ces no le hablé sobresaltándolo con el sonido, haciéndole volver la espalda furioso. mi batalla era hablarle. la de él, callar. como no pudo convencerme, una vez me tiró una piedra. pequeña, pero de efecto suficiente sobre mis heri­das. acepté el silencio. era renunciar a la amistad. español, decidí. vasco, montañés. desertor. a co­mo yo, un desecho. ¿qué me lo decía? lo de vasco, su físico. lo demás, sensaciones. llegué a pensar que mi uniforme le impedía hablar­me. gusano que roía el imperio. pero allá arriba, ¿qué era esto? sonaba a nada. la verdad para mí era que se negaba a lo humano. a pesar de que me había salvado a costa de muchos trabajos éramos enemigos. por eso, por el silencio. pero ¿por qué quería callar? para dormir desaparecía en un rincón, supuse que la cueva hacía un codo, después lo comprobé. el miedo —como si la montaña con toda su maldad se hubiera concentrado en su persona— hizo que al me­jorar me fingiera más débil de lo que estaba. cuando sa­lía y todo ruido se extinguía —menos el viento y los ru­mores de la altura— me atrevía a sentarme. después me arrastré, gimiendo, comprendiendo que mi salud estaba lejos, que debía entregarme al tiempo y a mi anfitrión si quería vivir. entregarme, qué palabra. Entregarse es hablar, decir su nombre, ponerse al tanto. cuando pude dar unos pasos vi su yacija, sus teso­ros: el cañón, correajes, restos de uniformes, de armas patriotas y españolas, el arnés de la mula, herramientas de piedra. pasaba horas y horas solo. él salía de caza. com­prendí que en previsión del invierno. ¡el invierno! fui herido en primavera, y ya el frío no se aguantaba en el vivac, qué decir en las marchas. el invierno. me aferra­ba a la cueva como al vientre de mi madre. morir no es cosa rara. pero en la montaña... vamos a la primera nevada. el frío en la cueva era de solemnidad. me incorporé como cada vez que él salía. qué mareos, me apoyé en la roca. flexioné como siempre las piernas y los brazos. una pierna y un brazo. los otros eran un par de estacas. había jurado poder más que ellos y me pasaba las horas friccionándolos, obligándolos a ceder. resistían pero había progreso. y ese progre­so era mi idea fija, el sentido de mis días. la luz distinta me hizo espiar el exterior. vi la neva­da reciente. vi las huellas. casi redondas. un codo de diámetro. con un pul­gar aparte y el resto indeciso. bípedas, descalzas. a juz­gar por el hundimiento de la nieve el peso del dueño iba en proporción. me puse a temblar como una liebre. Imaginé el olfa­to del monstruo, mi debilidad. Imaginé a mi salvador afuera, a su merced. estaba por arrastrarme en busca del sable cuando las piedras de la entrada se movieron. retrocedí hacia el fuego dispuesto a incendiar la manta co­mo primera defensa; pero apenas vislumbré la mano envuelta en tiras de lana que ya conocía volvió a primar la astucia, me eché al suelo bajo la manta, fingí dormir. esta vez me estudió antes que al fuego. es verdad, yo no estaba en el sitio de siempre, pero era natural bus­car calor con ese clima. quería asegurarse de algo a mi respecto. su respiración era contenida, no agitada. él, que venía de ver las huellas, quería cerciorarse de mi sueño. sabía del monstruo. sólo le preocupaba saber si yo sabía. me sacudió.fingí despertar aunque mi pulso brin­caba. señaló mi rincón. señalé las brasas. enseguida, para no contagiarme su habla por señas: —desde hoy pienso dormir cerca del fuego. hizo que no, las mechas grises que bordeaban su calva le barrían los hombros. arrancó la manta, la tiró a mi rincón. sigue un período en el que hubo algunos cambios. mis piernas empezaron a funcionar mejor, mi brazo res­pondía. era algo que él parecía estar esperando. inició un trabajo de herrería que al principio no entendí. caños de fusil por pinzas, piedras por yunques. y el fuego, na­turalmente. y un fuelle que había cosido con cueros an­te mis ojos sin que me percatara de su uso. empecé a admirarlo. como esclavista en primer término. yo había nota­do que las gentes de montañas, las gentes de europa, trabajaban como seres sin corazón, todo el tiempo. me tu­vo con ese fuelle durante un millar de horas. se trataba de convertir mi cañón en otra cosa. y lo logró. lo logra­mos. en un par de palas, de especies de palas. si habremos paleado nieve. a veces pensaba en las huellas como en una alucina­ción. a veces oía un ruido y saltaba a defenderme. y veía como si ocurriera la escena de mi sable quebrado como paja entre las manos de un oso, de un mastodonte que se abalanza sobre mí, veía sus colmillos. un día era peludo, otro cubierto de escamas, otro un gigante que agarraba en cada mano a un hombre y de un mordisco les rebanaba la cabeza. el fuego era mi idea: brasas a los ojos para empezar, una antorcha en seguida al ho­cico, al pecho, a la panza. oía su alarido. lo veía, retro­cediendo, encogido, las garras retraídas. y nunca hablé de él. solo, sobando cueros, sacando tientos, cosiendo, ahumando carnes (mi actividad era doméstica; no esta­ba bien visto que saliera), pensaba. Imaginaba muchas cosas. la luz del día, cómo nos equilibra. yo vivía en pe­numbras. imaginé que mi hombre había domesticado al monstruo y lo hacía cazar para nosotros. Imaginé dema­siado. pretextando el viento rodeé mi cama de piedras, quería tener proyectiles a mano. cómo salté hacia ellos esa noche. horrible, una voz me despertó. clamaba con mil ecos. el monstruo. no. un resplandor sereno echaba el rescoldo bajo las bóve­das oscuras. todo tranquilo. salvo esa voz, esos ecos, salvo el idioma no de gente, en que flotaban vocablos conocidos: maría luisa, cayetano. mi compañero soñaba en vascuence. me acostumbré a tantas cosas en aquel tiempo que ­acostumbrarme a sus sueños no fue un esfuerzo del otro mundo. del otro mundo eran su voz, su idioma, el re­sonar. y el frío. En una de mis inspecciones descubrí un hueco ta­pado con pedrisca, y muy sobado, el documento mili­tar de miguel cayetano echeverrigoitía, nacido en hornachuelos, vizcaya, soldado del 4 de Infantería ca­zadores del rey. qué inteligente me sentí. hasta llegué a reírme. yo, a su merced, me sentí por un instante su dueño. eso me despertó la locuacidad, caída hasta el mono­sílabo, y en forma inesperada: conté chistes subidos. nunca me divirtieron; en los vivacs se oyen demasiados. los repetí uno por uno. mi intención era despertar algo en él, no sabía bien qué. risa. eso, la risa; después de la palabra, es lo más humano (si se exceptúa la traición). Sentí que una risa, una sonrisa, pueden ser aurora de una palabra. una palabra, y el murallón de su locura podía caer. lo estoy viendo esa noche, en la luz rojiza, un hueso metido en la boca como una flauta mientras sorbe la médula. los chistes, no le hacen gracia. su respiración se agita. lamento la posibilidad de haber removido su lu­juria. callo, tristísimo. me fijé fecha para hablarle del monstruo. “mañana ape­nas amanezca.” el amanecer es la mentira más cruel de la montaña. hasta parece inocente; hasta bello. no hubo amanecer. desperté sin luz. la nieve nos bloqueaba. ni pensar en las palas. sepultados. él parecía tranquilo. decidí estarlo también. si ha­bía que morir que fuera dignamente. mi objeción: ya que era mi sino morir en la montaña, por qué no antes, en el desfiladero, entre el cañón y la herradura; por qué esta relación en la caverna, esta curación para llegar a lo mismo. bien. no había cóndores, y ya es algo. había... me sabía de memoria qué había. provisiones, ahu­madas; yuyos, colgados; combustible, apilado. mi vasco era hacendoso como un marino. siempre confié en salir de allí antes de que fuera ne­cesario consumir ciertas provisiones que ahumé durante el verano y el otoño. serpientes, por ejemplo, arranca­das por mi compañero a los cóndores con pedradas co­mo rayos. las encaré con filosofía, considerando el ali­mento a que debía mis fuerzas. empezó la convivencia que lleva al asesinato, la de dos tapiados. envueltos en pieles, pegados al fuego conservado en un pozo, vivíamos. las cabezas empaquetadas en ti­ras de uniformes de todos los regimientos, escarchadas, sin mostrar los ojos; las piernas y los pies en mandiles rellenos de paja y pelo de cabra. afuera el viento era, no sé, la montaña vuelta aire, dando tumbos. nosotros en su vientre éramos amebas listas a ser evacuadas ha­cia la nada. gusano del imperio, gusano de la libertad, retorciéndonos todavía un momento, ¿por cuánto? ¿para qué? y sin hablar. él mandaba. era dueño de casa. nada que objetar. qué se come, qué se bebe, qué se fabrica, cuándo se ha­ce ejercicio, todo, todo, mudo. ¿qué se bebe? ah, sí. cada comida se completaba con una tisana. la mía, descubrí, era para mí solo. amarga, de las raíces de un vegetal negruzco. tardé en notar que era narcótica. Empecé a dormir mucho. despertaba pesado, soñaba, andaba todo el día adormilado. mejor así, pensé. hasta los clamores de "¡maría luisa, cayetano!" pasaban sin despertarme. dormido estaría la noche que el monstruo entró en la cueva. dormido las horas que tardó en cavar la nieve exterior, los días que le llevó llegar a la entrada, dormido cuando se abrió paso removiendo las rocas. el viento no apagó el fuego. no nos mató de frío. porque una mano estaba lista para rodear el rescoldo con piedras, para ce­rrar la abertura desde dentro, para dejar salir y cerrar otra vez. la mano de un cómplice del monstruo. noté los cambios al otro día, luz por los resquicios, el parapeto que rodeaba el fuego, las piedras de la entra­da puestas de otro modo. y cierto olor. mi despertar era vigilado con tal atención que com­prendí: vida o muerte. decidí ser imbécil. exulté: —¡ah! ¡se derritió la nieve afuera! la alianza de don miguel cayetano echeverrigoitía con un monstruo de especie desconocida era bastante para borrar los efectos de su narcótico. encaucé mi exal­tación. Inclinado sobre las piedras que entrechocaba desde semanas atrás para lograr algo parecido a un ha­cha, obligué a mi sistema nervioso a entrar en la regula­ridad de los golpes. la percepción de mi compañero podía notar el cambio. supe, como si lo viera escrito con letras sobre el mu­ro, que mi muerte había sido decretada, que dependía de mi capacidad de disimulo. que mi hacha, los cueros que sobé y cosí, las carnes que ahumé, mis propias car­nes, ahumadas, servirían para la supervivencia del que me había salvado, porque el despotismo del invierno estaba a punto de descubrirme su secreto. de ese descubrimiento dependía mi vida. decidí demorarlo. sería el más idiota de los idiotas. pero como la curiosidad es común a los idiotas y a los otros, no quise beber la tisana. conté para ello con el pudor de mi compañero, que apenas uno iba hacia el pozo preparado junto a un correspondiente montón de arenisca, volvía la espalda. allí fue a parar el té, y su hu­mo no difirió de otros habituales al sitio. fingí la mayor somnolencia. me eché a dormir. y dormí, como todas las noches siguientes. porque del monstruo no hubo más noticias. hasta hacer olvidar que existía. hasta hacer pensar en otra alucinación. olvidar, no del todo. la excavación que lo condujo hasta nuestra puerta fue mantenida a pala viva por los dos. era para morirse de cansancio. y la inmensidad blanca era para morirse de pesar. y no preguntar qué milagro había abierto esa brecha era casi, casi, suicidio. hice un comentario sobre la buena suerte que nos había deparado ese "derretimiento". desperté la más fe­roz, atenta de las miradas. inclinado sobre mi pala pare­cía inocente. mi despreciable condición de hombre de llanura podía explicar esa falla y otras. ¿dije que la curiosidad es común a muchos? sí. también a los monstruos. mi hombre se había fabricado algo parecido a ra­quetas para los pies. se las arreglaba para salir sin ale­jarse, cosa que una gran nevada no lo cortara de la cue­va. es decir que yo volvía a pasar mis horas solo. con qué alivio. solo estaba pues puliendo mi hacha, cuando me sentí observado. los pelos se me pusieron lentamente de punta. seguí en mi tarea. pensé que el vasco, en un giro de su locura, había resuelto matarme. o bien... como para agregar combustible a la brasa hice un ademán y espié. algo, fuera de las piedras, pispeaba ha­cia el interior. algo que cubría más resquicios de luz que los que cubriría un hombre, aun con pieles, aun con turbante. una gran sombra. traje las antorchas. traje un fusil con bayoneta que había junto a la cama del vasco. traje la pala y la llené de brasas. me rodeé de piedras. desapareció. la triste luz de afuera volvió a entrar por las junturas. secidí: terminemos esa vida de rata; a pelear; a pelear. y pensé. el pensamiento, como a muchos, me vol­vió escéptico. así matara al monstruo, y matara a mi bienhechor, ¿qué podría hacer en el invierno en aquel sitio? había que esperar al deshielo antes de intentar cualquier partida. bien. esperaría. ahora llega la noche en que entró el monstruo. en que la ráfaga de frío me despertó. en que vi su silueta encaminarse al rincón del vasco. me incorporé, el grito de alarma sofocado por el sonido de una voz, la de mi compañero, en una orden bre­ve. después... que dios me perdone, aquellos gruñidos, qué puedo decir de ellos. qué puedo decir de la luna cuando iluminó al gigantesco ser en su retirada, las ma­mas colgando sobre el vientre, sí, preñado. era una hembra. de la vida a partir de esa noche diré: armas en mano, es­paldas al muro, comíamos sin hablar, sin un gesto. el secreto era más fuerte que toda alianza. y cobré simpatía por aquel que no quería volver al mundo de la pala­bra, el gran desterrado, que había cedido a la compasión por un semejante para su vergüenza. así la cosa. así la cosa hasta el deshielo. así hasta el sonido de la caballería, de un clarín, en un desfiladero, abajo. salté, frenético, moví los brazos. después vi la ban dera, roja y oro. la bandera del rey. algo me agarró por los hombros. no el monstruo, aunque lo parecía por la fuerza. mi compañero, los oji­llos como vidrios al sol, me pone un papel en la mano, su matrícula. me empuja, desbarrancándome, igual que mi mula. así caí inconsciente entre las tropas del rey, gusanos de la libertad, yo, gusano del imperio. así se rompió otra vez mi pierna. así me transformé en miguel caye­tano echeverrigoitía, natural de vizcaya, vestido de pieles, mudo por razones de prudencia, no sordo según notaron y comentaron mis compañeros. atado sobre una mula, entablillado exhausto supe que los precipicios, barrancos, cavernas, paredones, em­pezaban a quedar atrás. sólo eso pedía. entonces fue el alarido. el más extraño, el más terrible. resonó allá arriba. golpeó en los abismos, botó, rebotó. mis compañeros andaluces se miraron temblando. un artillero aragonés murmuró: —el irrintzi... había oído mencionar aquello: el grito de los vascos. las sospechas empezaron después. por el momento quedaron mudos. —¿qué celebra? —preguntó un joven a mi lado. y yo, para mí, mudo: —celebra una raza nueva. me reí, con carcajada espantosa. pero todos me te­nían por loco

lunes, 24 de agosto de 2015

Juan José Morosoli(Uruguay(1890.1957)

Dos viejos




Fue una amistad que se inició en la ventanilla de una oficina de pagos para jubilados. Don Llanes tenía que escribir algunos datos personales. 
-¿Y usted no me la puede escribir? -preguntó al empleado. 
-No. Pero aquel hombre tal vez lo ayude. 
Señaló a un hombre que estaba esperando. Este se paró y se acercó a la ventanilla, cobró y luego fue a hacerle el trabajo a Llanes. A fin este presentó el papel, recibió el dinero y salió con el otro de la oficina. 
Ya en la calle Llanes invitó: 
-¿Vamos a tomar una copa? 
-Le agradezco, pero no bebo.
-Entonces acépteme unos bizcochos. 
-Mire, le digo la verdad, pero a esta hora no apetezco. 
Don Llanes lo miró de frente. Advirtió que era un "viejo poquito". Suave. Delgado. Atildado. Tenía buena corbata. Buenos botines lustrados. Y unas manos finas y blancas. Parecían de mujer. 
-Ta bien -dijo-. Yo cuando cobro, como alguna golosina y me paso alguna caña para adentro ... 
*** 
La mañana estaba linda. Bien soleada la plaza. Bajo las acacias de sombra redonda, medallones de sol se hamacaban suavemente. Había un silencio agujereado por los píos de los gorriones. Don Uanes miró hacia los árboles. Sacó la tabaquera y se la tendió al otro. 
-Haga uno. Es de contrabando. 
-Gracias, no fumo. 
Entonces Llanes preguntó: 
-¿Es enfermo usted? 
-No señor, pero me cuido. 
Se hizo una pausa. En el centro de la plaza, bajo una acacia dorada, el banco donde siempre se sentaba a comer bizcochos, parecía esperados. 
-¿Qué le parece si nos sentamos a prosear? 
-Sí. Eso sí. 
Don Llanes era un hombre bajo, de cuello corto. Vestía bombacha ancha, de abrochar bajo el tobillo y calzaba alpargatas. De él se desprendía una fuerza tranquila. Su cara era plácida. Sin sonrisas, de mirada fuerte pero no dura. Una mirada que se quedaba un poco en las cosas. 
Hablaba despacio con voz gruesa y baja. Una afeitada reciente hacía resaltar más el tostado de la piel en el cuello y en la frente. Un tostado color ladrillo. 
-Yo estoy acostumbrado a sentarme aquí cuando cobro.
-Yo lo he visto. Vengo seguido, pero después me canso. Pero al rato vuelvo a venir. .. 
-¡Fíjese! 
Entonces "el viejito" -así lo había bautizado Llanes- ya seguro del interés del otro por su charla, prosiguió:
-Como no tengo familia vivo en una pensión. 
-Una cosa que yo no podría, ¿ve? -acotó don Llanes.
-Sí, es triste... pero... 
Don Llanes esperó un poco la continuación del relato y preguntó después: 
-¿Y? 
-Eso. Tres en una pieza. Los otros son jóvenes. Trabajan.
Vienen a comer y se van. Después vuelven y se acuestan.
La necesidad de contar algo de su vida parecía haber desbordado su prudencia frente a aquel hombre con quien hablaba por primera vez Y que parecía tan diferente de él. 
Siguió: 
-Y no han caído en las camas y ya están dormidos. 
-Las camas son para eso... 
-Sí. Eso sí. Pero yo me acuesto y demoro en dormirme. Y después que me duermo me despierto otra vez. Me cuesta volver a dormirme. Hasta que me levanto temprano a esperar.
-¿A esperar qué? 
-¡Nada! ¿Usted sabe lo que es esperar nada? 
-Si le digo que no entiendo. 
-Espero la hora de almorzar... Salgo y entro y salgo otra vez... Doy vuelta la manzana y vuelvo... Me siento aquí y espero. Calculo que son las doce y son las diez... Las doce demoran mucho en venir... Almuerzo y tengo que esperar que pase la tarde y la tarde no se va nunca. 
Cuando llega la noche espero la cena... Me acuesto... No me duermo y lo peor es que me tengo que quedar quieto porque tengo miedo de despertar a los otros... 
Llanes le escuchaba. No entendía bien la tragedia del hombre pero se daba cuenta de que aquello era una cosa de esas que parece que no pueden ser. 
El otro seguía y Llanes se iba fastidiando con él porque aguantaba aquello y lo contaba con una lentitud que no estaba de acuerdo con su deseo de que terminara en algo. Que le pasara algo, en fin. Hasta que lo interrumpió: 
-Pero amigo -le dijo-, ¿usted no se enloquece?.. Porque eso es peor que estar tullido. 
-¿Cómo peor que estar tullido? 
-¡Pues! Un tullido está tullido. Pero usted puede andar. Irse. Hacer algo. Usted no está atado ni enfermo, ni preso, ¡ni yo qué sé qué es lo que le pasa! 
-Sí, sí. Tiene razón, pero ... 
Los dos se habían desahogado. Parecían quedar vacíos. El silencio ni los separaba ni los unía. Como si hubieran vuelto a su natural soledad. 
Así hasta que Llanes invitó: 
-¿Qué le parece si vamos a mi rancho y comemos un asado? 
El viejito aceptó porque le faltó resolución para rechazar la invitación. No se explicaba por qué había ocurrido esto que le sacaba de su orden, de su destino de pieza engranada en un vacío que le hacía funcionar sin que hiciera falta. Que le hacía funcionar porque sí. Sin explicación posible. 
Palabras fueron y palabras vinieron. La tarde se les fue sin advertirlo. Habían recorrido la quintita de Llanes. 
Llegaron hasta las barrancas del arroyo que distaba unas centenas de metros. 
Ya estaban cerca de la pensión. Habían caminado dos o tres cuadras sin hablar cuando Llanes dijo esto: 
-Lo que tiene que hacer usted es venirse a vivir conmigo. Pruebe. Si no le gusta se va ... 
El viejito vaciló. Miró a Llanes y contestó tímidamente: 
-Bueno... Si usted quiere... 
El rancho era amplio. Limpio. Paredes de ladrillo y techo de quincha, plantado en un terreno de dos mil metros bien cultivado. En dos horqueras clavadas en la tierra, el mazo de cañas de pescar, con una bolsita enfundando las puntas. 
Llanes al lado del fogón tomaba mate. Era la primera mañana que iban a compartir. El viejito se lavó, se peinó y se acercó al fogón. 
-Buen día -dijo. 
Llanes por contestación le entregó el mate. Más que invitado le ordenó: 
-¡Tome! 
-Es temprano -dijo el otro-, usted madruga. 
-¿Temprano? Son las seis... 
Tras breve pausa, siguió: 
-Cómo va a dormir de noche si se levanta a media mañana... 
El otro no dijo nada. Pero pensó: 
-Si le llama media mañana a las seis, se levantará a las cuatro ... 
Tomaron cuatro o cinco mates. Llanes volvió a ordenar. 
-Vamos al mercado... Hoy vamos a pucheriar... 
Cuando volvieron Llanes fue por verduras y leña. Al viejito le pareció que su deber era ayudar al amigo y se puso a lavar la carne. Cuando Llanes volvió lo encontró en eso. 
-¿Pero qué está haciendo, hombre? -le preguntó fastidiado-. ¿Se cree que la carne es una camisa? ¿No ve que le saca todo el jugo? 
El otro se quedó callado. Abrumado por la reprimenda. Llanes lo advirtió y le dio lástima. 
"Parece una criatura", pensó. Y dijo: 
-Usted no haga nada sin preguntar. .. ¿No ve que no sabe?
El viejito empezó a agrandarse en la estimación de Llanes aquel día en que leyó el diario "para los dos". Leía y hacía consideraciones sobre lo que leía. Explicaba todo y Llanes le entendía. Le parecía "estar viendo" lo que él le relataba. Se le "representaban" las cosas, según le dijo. Era una crónica policial y al final comentó Llanes: 
-Es grandemente claro ... Pero la muerte está bien hecha. 
-Sí -dijo el lector-. Pero una muerte es una muerte ... 
-Según. El que sabe cómo fue es él... 
-Sí. Pero la cárcel... 
-Eso no es nada. Yo le digo porque sé... Feo es dormir con un muerto abajo la almohada... Si usted mata pa defenderse el muerto se va... Si no, se queda... La justicia es usted ¿no le parece? 
-Eso sí... Pero... 
Callaron un momento. Luego preguntó el viejito: 
-¿Usted conoció algún caso? 
-Sí. Me tocó a mí. Tuve preso y después salí... Y si le digo que no me acuerdo de la cara ni del nombre del muerto, no le miento... 
Y tras un silencio: 
-Bueno... Si las cosas no entraran y salieran de uno... ¡Dios nos libre! 
*** 
Estaban tomando mate cuando llegó aquel hombre. Erajoven. Descendió de un camión. 
-Buen día -díjo. Y se dirigió a Llanes-: ¿Cómo está? 
-Bien... ¿Y vos? 
-Bien. 
Señaló el camión y dijo: 
-Ahora trabajando bien... Es mío... 
-¿Y tu madre? 
-Bien. 
Se callaron. Parecían haber dicho todo hasta que Llanes preguntó: 
-¿Querés quedarte a comer? 
-No. Me tengo que ir... Tengo que cargar leña... 
Otro silencio. Pesado. 
-Así que me vaya ir... 
Le tendió la mano a Llanes y siguió: 
-Bueno... Que siga bien... 
-Gracias. Y dale recuerdos a tu madre. 
El joven subió al camión y partió. 
El viejito preguntó: 
-¿Y este mozo? 
-Dicen que es hijo mío... 
Se asombró el viejito. Nunca había oído a Llanes hablar de su familia. 
-¿Así que es casado entonces? 
El que se asombró ahora fue Llanes. 
-¿Casado? ¡no! Pero hijos debo tener dos o tres... 
-¡Ajá! 
-He caminado mucho. Uno anda por aquí y por allá. Y como ni ayuda ni pide ayuda ... Y los hijos son de la madre, no del padre ... Si uno sigue y ella queda, quedan ellos. 
El viejito calló. Se concentró. ¡Qué hombre este Llanes! Sembró hijos. Mató un hombre. Olvidó a los vivos ya los muertos. Está solo y es feliz. 
Comprendió que los hechos de su vida los iba dejando olvidados, como si no hubieran tenido consecuencias. Como hechos que al realizarse murieran. 
*** 
Llamaban a la misa las campanas de la Iglesia. El viejito se levantó, se vistió con su traje dominguero y salió del rancho. Llanes mateaba. 
-Se durmió -le dijo y le alcanzó un mate. 
-Gracias -dijo el otro-. Hoy no puedo. Tengo que estar en ayunas. 
Esperó que Llanes le preguntara algo. Que le averiguara por qué se había vestido con aquel traje que desde que vivía con él no se había puesto nunca. Pero Llanes no pareció interesarse ni por la contestación que él dio al rechazar el mate, ni por el traje nuevo. 
-Voy a la Iglesia -dijo-. A comulgar... Voy medio seguido... -y preguntó después-: ¿Usted no va? 
Llanes pareció asombrarse.
-¿Para qué? -preguntó a su vez. Y siguió-: No estoy enfermo... No preciso nada... ¿Para qué vaya ir?... ¿No le parece? 
El viejito no le contestó y ganó la calle. Camino a la Iglesia pensaba: 
-Sí. Algo iba a pedir él... Pero no era para ahora. Era para después... Pero Llanes ni eso precisaba... Y recordó algo que le oyó decir un día. ¿Pedir lo que a uno le tienen que dar?.. Si se lo tienen que dar y no se lo dan el que está mal es el que lo tiene que dar... Entonces usted lo agarra... Por eso él no pedía nada... 
*** 
Ahora la vida de ambos tenía un ritmo parejo. De yunta. Comían tomaban mate pescaban. A veces recorrían la costa del arroyo. Hablaba el viejito y Llanes callaba. A veces hasta preguntaba algo, parando las lecturas del otro. Llanes cavaba la tierra. El viejito le seguía con fidelidad de perro, o iba al costado de él o le alcanzaba pequeñas plantas que el otro trasplantaba. 
*** 
Aquella tarde fueron al arroyo. El viejito vio cómo Llanes se desnudaba y zambullía en la laguna desde la alta barranca. Después iba y venía nadando de orilla a orilla. Cuando salió le dijo: 
-¡Pero qué hombre es usted Llanes! 
No entendió Llanes y preguntó: 
-¿Qué dijo? 
-¡Que sería lindo ser como usted! 
Se fastidió Llanes. 
-Déjese de bobadas -dijo. Y luego-: ¡Decirme eso a mí que no sé leer! ¡Cállese!
El viejo caminó dos o tres pasos, recogió la ropa de Llanes, y al tiempo que la alcanzaba dijo: 
-Vístase ligero Llanes... ¡Hace frío!... 
Llanes sonrió. 
Desde que estaban juntos era la primera vez que sonreía.

jueves, 20 de agosto de 2015

Juan Josè Saer


Otros, ellos, antes, podían. Mojaban, despacio, en la cocina, en el atardecer, en el invierno, la galletita, sopando, y subían, después, la mano, de un solo movimiento, a la boca, mordían y dejaban, durante un momento, la pasta azucarada sobre la punta de la lengua, para que subiese, desde ella, de su disolución, como un relente, el recuerdo, masticaban despacio y estaban de golpe ahora, fuera de sí, en otro lugar, conservando mientras hubiese, en primer lugar, la lengua, la galletita, el té que humea, los años: mojaban, en la cocina, en invierno, la galletita en la taza de té, y sabían inmediatamente, al probar, que estaban llenos, dentro de algo y trayendo, dentro, algo, que habían, en otros años, porque había años, dejado, fuera, en el mundo, algo, que se podía, de una u otra manera, por decir así, recuperar, y que había, por lo tanto, en alguna parte, lo que llamaban o lo que creían que debía ser, ¿no es cierto?, un mundo. Y yo ahora…
de La mayor (fragmento) 

martes, 18 de agosto de 2015

Elena Garro



LA CULPA ES DE LOS TLAXCALTECAS

Nacha oyó que llamaban en la puerta a la puerta de la cocina y se quedó quieta. Cuando volvieron a insistir abrió con sigilo y miró la noche. La señora Laura apareció con un dedo en los labios en señal de silencio. Todavía llevaba el traje blanco quemado y sucio de tierra y sangre.
—¡Señora!... —suspiró Nacha.
La señora Laura entró de puntillas y miró con ojos interrogantes a la cocinera. Luego, confiada, se sentó junto a la estufa y miró su cocina como si no la hubiera visto nunca.
—Nachita, dame un cafecito... Tengo frío.
—Señora, el señor... el señor la va a matar. Nosotros ya la dábamos por muerta.
—¿Por muerta?
Laura miró con asombro los mosaicos blancos de la cocina, subió las piernas sobre la silla, se abrazó las rodillas y se quedó pensativa. Nacha puso a hervir el agua para hacer el café y miró de reojo a su patrona; no se le ocurrió ni una palabra más. La señora recargó la cabeza sobre las rodillas, parecía muy triste.
—¿Sabes, Nacha? La culpa es de los tlaxcaltecas.
Nacha no contestó, prefirió mirar el agua que no hervía.
Afuera la noche desdibujaba a las rosas del jardín y ensombrecía a las higueras. Muy atrás de las ramas brillaban las ventanas iluminadas de las casas vecinas. La cocina estaba separada del mundo por un muro invisible de tristeza, por un compás de espera.
—¿No estás de acuerdo, Nacha?
—Sí, señora...
—Yo soy como ellos: traidora... —dijo Laura con melancolía.
La cocinera se cruzó de brazos en espera de que el agua soltara los hervores.
—¿Y tú, Nachita, eres traidora?
La miró con esperanzas. Si Nacha compartía su calidad traidora, la entendería, y Laura necesitaba que alguien la entendiera esa noche.
Nacha reflexionó unos instantes, se volvió a mirar el agua que empezaba a hervir con estrépito, la sirvió sobre el café y el aroma caliente la hizo sentirse a gusto cerca de su patrona.
—Sí, yo también soy traicionera, señora Laurita.
Contenta, sirvió el café en una tacita blanca, le puso dos cuadritos de azúcar y lo colocó en la mesa, frente a la señora. Ésta, ensimismada, dio unos sorbitos.
—¿Sabes, Nachita? Ahora sé por qué tuvimos tantos accidentes en el famoso viaje a Guanajuato. En Mil Cumbres se nos acabó la gasolina. Margarita se asustó porque ya estaba anocheciendo. Un camionero nos regaló una poquita para llegar a Morelia. En Cuitzeo, al cruzar el puente blanco, el coche se paró de repente. Margarita se disgustó conmigo, ya sabes que le dan miedo los caminos vacíos y los ojos de los indios. Cuando pasó un coche lleno de turistas, ella se fue al pueblo a buscar un mecánico y yo me quedé en la mitad del puente blanco, que atraviesa el lago seco con fondo de lajas blancas. La luz era muy blanca y el puente, las lajas y el automóvil empezaron a flotar en ella. Luego la luz se partió en varios pedazos hasta convertirse en miles de puntitos y empezó a girar hasta que se quedó fija como un retrato. El tiempo había dado la vuelta completa, como cuando ves una tarjeta postal y luego la vuelves para ver lo que hay escrito atrás. Así llegué en el lago de Cuitzeo, hasta la otra niña que fui. La luz produce esas catástrofes, cuando el sol se vuelve blanco y uno está en el mismo centro de sus rayos. Los pensamientos también se vuelven mil puntitos, y uno sufre vértigo. Yo, en ese momento, miré el tejido de mi vestido blanco y en ese instante oí sus pasos. No me asombré. Levanté los ojos y lo vi venir. En ese instante, también recordé la magnitud de mi traición, tuve miedo y quise huir. Pero el tiempo se cerró alrededor de mí, se volvió único y perecedero y no pude moverme del asiento del automóvil. “Alguna vez te encontrarás frente a tus acciones convertidas en piedras irrevocables como ésa”, me dijeron de niña al enseñarme la imagen de un dios, que ahora no recuerdo cuál era. Todo se olvida, ¿verdad Nachita?, pero se olvida sólo por un tiempo, En aquel entonces también las palabras me parecieron de piedra, sólo que de una piedra fluida y cristalina. La piedra se solidificaba al terminar cada palabra, para quedar escrita para siempre en el tiempo. ¿No eran así las palabras de tus mayores?
Nacha reflexionó unos instantes, luego asintió convencida.
—Así eran, señora Laurita.
—Lo terrible es, lo descubrí en ese instante, que todo lo increíble es verdadero. Allí venía él, avanzando por la orilla del puente, con la piel ardida por el sol y el peso de la derrota sobre los hombros desnudos. Sus pasos sonaban como hojas secas. Traía los ojos brillantes. Desde lejos me llegaron sus chispas negras y vi ondear sus cabellos negros en medio de la luz blanquísima del encuentro. Antes de que pudiera evitarlo lo tuve frente a mis ojos. Se detuvo, se cogió de la portezuela del coche y me miró. Tenía una cortada en la mano izquierda, los cabellos llenos de polvo, y por la herida del hombro le escurría una sangre tan roja, que parecía negra. No me dijo nada. Pero yo supe que iba huyendo, vencido. Quiso decirme que yo merecía la muerte, y al mismo tiempo me dijo que mi muerte ocasionaría la suya. Andaba malherido, en busca mía.
—La culpa es de los tlaxcaltecas— le dije.
El se volvió a mirar al cielo. Después recogió otra vez sus ojos sobre los míos.
“—¿Qué te haces? —me preguntó con su voz profunda. No pude decirle que me había casado, porque estoy casada con él. Hay cosas que no se pueden decir, tú lo sabes, Nachita.
“—¿Y los otros? —le pregunté.
“—Los que salieron vivos andan en las mismas trazas que yo—. Vi que cada palabra le lastimaba la lengua y me callé, pensando en la vergüenza de mi traición.
“—Ya sabes que tengo miedo y que por eso traiciono...
“—Ya lo sé —me contestó y agachó la cabeza. Me conoce desde chica, Nacha. Su padre y el mío eran hermanos y nosotros primos. Siempre me quiso, al menos eso dijo y así lo creímos todos. En el puente yo tenía vergüenza. La sangre le seguía corriendo por el pecho. Saqué un pañuelito de mi bolso y sin una palabra, empecé a limpiársela. También yo siempre lo quise, Nachita, porque él es lo contrario de mí: no tiene miedo y no es traidor. Me cogió la mano y me la miró.
“—Está muy desteñida, parece una mano de ellos —me dijo.
“—Hace ya tiempo que no me pega el sol—. Bajó los ojos y me dejó caer la mano: Estuvimos así, en silencio, oyendo correr la sangre sobre su pecho. No me reprochaba nada, bien sabe de lo que soy capaz. Pero los hilitos de su sangre escribían sobre su pecho que su corazón seguía guardando mis palabras y mi cuerpo. Allí supe, Na­chita, que el tiempo y el amor son uno solo.
“—¿Y mi casa? —le pregunté.
“—Vamos a verla—. Me agarró con su mano caliente, como agarraba a su escudo y me di cuenta de que no lo llevaba. “Lo perdió en la huida”, me dije, y me dejé llevar. Sus pasos sonaron en la luz de Cuitzeo iguales que en la otra luz: sordos y apacibles. Caminamos por la ciudad que ardía en las orillas del agua. Cerré los ojos. Ya te dije, Nacha, que soy cobarde. O tal vez el humo y el polvo me sacaron lágrimas. Me senté en una piedra y me tapé la cara con las manos.
“—Ya no camino... —le dije.
“—Ya llegamos —me contestó. Se puso en cuclillas junto a mí y con la punta de los dedos acarició mi vestido blanco.
“—Si no quieres ver cómo quedó, no lo veas —me dijo quedito.
Su pelo negro me hacía sombra. No estaba enojado, nada más estaba triste. Antes nunca me hubiera atrevido a besarlo, pero ahora he aprendido a no tenerle respeto al hombre, y me abracé a su cuello y lo besé en la boca.
“—Siempre has estado en la alcoba más preciosa de mi pecho —me dijo. Agachó la cabeza y miró la tierra llena de piedras secas. Con una de ellas dibujó dos rayitas paralelas, que prolongó hasta que se juntaron y se hicieron una sola.
“—Somos tú y yo —me dijo sin levantar la vista. Yo, Nachita, me quedé sin palabras.
“—Ya falta poco para que se acabe el tiempo y seamos uno solo... por eso te andaba buscando—. Se me había olvidado, Nacha, que cuando se gaste el tiempo, los dos hemos de quedarnos el uno en el otro, para entrar en el tiempo verdadero convertidos en uno solo. Cuando me dijo eso lo miré a los ojos. Antes sólo me atrevía a mirárselos cuando me tomaba, pero ahora, como ya te dije, he aprendido a no respetar los ojos del hombre. También es cierto que no quería ver lo que sucedía a mi alrededor... soy muy cobarde. Recordé los alaridos y volví a oírlos: estridentes, llameantes en mitad de la mañana. También oí los golpes de las piedras y las vi pasar zumbando sobre mi cabeza. Él se puso de rodillas frente a mí y cruzó los brazos sobre mi cabeza para hacerme un tejadito.
“—Éste es el final del hombre —dije.
“—Así es —contestó con su voz encima de la mía. Y me vi en sus ojos y en su cuerpo. ¿Sería un venado el que me llevaba hasta su ladera? ¿O una estrella que me lanzaba a escribir señales en el cielo? Su voz escribió signos de sangre en mi pecho y mi vestido blanco quedó rayado como un tigre rojo y blanco.
“—A la noche vuelvo, espérame... —suspiró. Agarró su escudo y me miró desde muy arriba.
“—Nos falta poco para ser uno —agregó con su misma cortesía.
Cuando se fue, volví a oír los gritos del combate y salí corriendo en medio de la lluvia de piedras y me perdí hasta el coche parado en el puente del Lago de Cuitzeo.
“—¿Qué pasa? ¿Estás herida? —me gritó Margarita cuando llegó. Asustada, tocaba la sangre de mi vestido blanco y señalaba la sangre que tenía en los labios y la tierra que se había metido en mis cabellos. Desde otro coche, el mecánico de Cuitzeo me miraba con sus ojos muertos.
“—¡Estos indios salvajes!... ¡No se puede dejar sola a una señora! —dijo al saltar de su automóvil, dizque para venir a auxiliarme. Al anochecer llegamos a la ciudad de México. ¡Cómo había cambiado, Nachita, casi no puede creerlo! A las doce del día todavía estaban los guerreros y ahora ya ni huella de su paso. Tampoco quedaban escombros. Pasamos por el Zócalo silencioso y triste; de la otra plaza, no quedaba ¡nada! Margarita me miraba de reojo. Al llegar a la casa nos abriste tú. ¿Te acuerdas?
Nacha asintió con la cabeza. Era muy cierto que hacía apenas dos meses escasos que la señora Laurita y su suegra habían ido a pasear a Guanajuato. La noche en que volvieron, Josefina la recamarera y ella, Nacha, notaron la sangre en el vestido y los ojos ausentes de la señora, pero Margarita, la señora grande, les hizo señas de que se callaran. Parecía muy preocupada. Más tarde Josefina le contó que en la mesa el señor se le quedó mirando malhumorado a su mujer y le dijo:
—¿Por qué no te cambiaste? ¿Te gusta recordar lo malo?
La señora Margarita, su mamá, ya le había contado lo sucedido y le hizo una seña como diciéndole: “¡Cállate, tenle lástima!”. La señora Laurita no contestó; se acarició los labios y sonrió ladina. Entonces el señor, volvió a hablar del presidente López Mateos.
“—Ya sabes que ese nombre no se le cae de la boca —había comentado Josefina, desdeñosamente.
En sus adentros ellas pensaban que la señora Laurita se aburría oyendo hablar siempre del señor presidente y de las visitas oficiales.
—¡Lo que son las cosas, Nachita, yo nunca había notado lo que me aburría con Pablo hasta esa noche! —comentó la señora abrazándose con Pablo hasta esa noche dándoles súbitamente la razón a Josefina y Nachita.
La cocinera se cruzó de brazos y asintió con la cabeza.
—Desde que entré a la casa, los muebles, los jarrones y los espejos se me vinieron encima y me dejaron más triste de lo que venía. ¿Cuántos días, cuántos años tendré que esperar todavía para que mi primo venga a buscarme? Así me dije y me arrepentí de mi traición. Cuando estábamos cenando me fijé en que Pablo no hablaba con palabras sino con letras. Y me puse a contarlas mientras le miraba la boca gruesa y el ojo muerto. De pronto se calló. Ya sabes que se le olvida todo. Se quedó con los brazos caídos. “Este marido nuevo, no tiene memoria y no sabe más que las cosas de cada día.”
“—Tienes un marido turbio y confuso —me dijo él volviendo a mirar las manchas de mi vestido. La pobre de mi suegra se turbó y como estábamos tomando el café se levantó a poner un twist.
“—Para que se animen —nos dijo, dizque sonriendo, porque veía venir el pleito.
“Nosotros nos quedamos callados. La casa se llenó de ruidos. Yo miré a Pablo. “Se parece a...” y no me atreví a decir su nombre, por miedo a que me leyeran el pensamiento. Es verdad que se le parece, Nacha. A los dos les gusta el agua y las casas frescas. Los dos miran al cielo por las tardes y tienen el pelo negro y los dientes blancos. Pero Pablo habla a saltitos, se enfurece por nada y pregunta a cada instante: “¿En qué piensas?” Mi primo marido no hace ni dice nada de eso.
—¡Muy cierto! ¡Muy cierto que el señor es fregón! —dijo Nacha con disgusto.
Laura suspiró y miró a su cocinera con alivio. Menos mal que la tenía de confidente.
—Por la noche, mientras Pablo me besaba, yo me repetía: “¿A qué horas vendrá a buscarme?”. Y casi lloraba al recordar la sangre de la herida que tenía en el hombro. Tampoco podía olvidar sus brazos cruzados sobre mi cabeza para hacerme un tejadito. Al mismo tiempo tenía miedo de que Pablo notara que mi primo me había besado en la mañana. Pero no notó nada y si no hubiera sido por Josefina que me asustó en la mañana, Pablo nunca lo hubiera sabido.
Nachita estuvo de acuerdo. Esa Josefina con su gusto por el escándalo tenía la culpa de todo. Ella, Nacha, bien se lo dijo: “¡Cállate! ¡Cállate por el amor de Dios, si no oyeron nuestros gritos por algo sería!”. Pero, qué esperanzas, Josefina apenas entró a la pieza de los patrones con la bandeja del desayuno, soltó lo que debería haber callado.
“—¡Señora, anoche un hombre estuvo espiando por la ventana de su cuarto! ¡Nacha y yo gritamos y gritamos!
“—No oímos nada... —dijo el señor asombrado.
“—¡Es él...! —gritó la tonta de la señora.
“—¿Quién es él? —preguntó el señor mirando a la señora como si la fuera a matar. Al menos eso dijo Josefina después.
La señora asustadísima se tapó la boca con la mano y cuando el señor le volvió a hacer la misma pregunta, cada vez con más enojo, ella contestó:
“—El indio... el indio que me siguió desde Cuitzeo hasta la ciudad de México...
Así supo Josefina lo del indio y así se lo contó a Nachita.
“— ¡Hay que avisarle inmediatamente a la policía! —gritó el señor.
Josefina le enseñó la ventana por la que el desconocido había estado fisgando y Pablo la examinó con atención: en el alféizar había huellas de sangre casi frescas.
“—Está herido... —dijo el señor Pablo preocupado.
Dio unos pasos por la recámara y se detuvo frente a su mujer.
“—Era un indio, señor —dijo Josefina corroborando las palabras de Laura.
Pablo vio el traje blanco tirado sobre una silla y lo cogió con violencia.
“—¿Puedes explicarme el origen de estas manchas?
La señora se quedó sin habla, mirando las manchas de sangre sobre el pecho de su traje y el señor golpeó la cómoda con el puño cerrado. Luego se acercó a la señora y le dio una santa bofetada. Eso lo vio y lo oyó Josefina.
—Sus gestos son feroces y su conducta es tan incoherente como sus palabras. Yo no tengo la culpa de que aceptara la derrota —dijo Laura con desdén.
—Muy cierto —afirmó Nachita.
Se produjo un largo silencio en la cocina. Laura metió la punta del dedo hasta el fondo de la taza, para sacar el pozo negro del café que se había quedado asentado, y Nacha al ver esto volvió a servirle un café calientito.
—Bébase su café, señora —dijo compadecida de la tristeza de su patrona. ¿Después de todo de qué se quejaba el señor? A leguas se veía que la señora Laurita no era para él.
—Yo me enamoré de Pablo en una carretera, durante un minuto en el cual me recordó a alguien conocido, a quien y o no recordaba. Después, a veces, recuperaba aquel instante en el que parecía que iba a convertirse en ese otro al cual se parecía. Pero no era verdad. Inmediatamente volvía a ser absurdo, sin memoria, y sólo repetía los gestos de todos los hombres de la ciudad de México. ¿Cómo querías que no me diera cuenta del engaño? Cuando se enoja me prohíbe salir. ¡A ti te consta! ¿Cuántas veces arma pleitos en los cines y en los restaurantes? Tú lo sabes, Nachita. En cambio mi primo marido, nunca, pero nunca, se enoja con la mujer.
Nacha sabía que era cierto lo que ahora le decía la señora, por eso aquella mañana en que Josefina entró a la cocina espantada y gritando: “¡Despierta a la señora Margarita, que el señor está golpeando a la señora!”, ella, Nacha, corrió al cuarto de la señora grande.
La presencia de su madre calmó al señor Pablo. Margarita se quedó muy asombrada al oír lo del indio, porque ella no lo había visto en el Lago de Cuitzeo, sólo había visto la sangre como la que podíamos ver todos.
“—Tal vez en el Lago tuviste una insolación, Laura, y te salió sangre por las narices. Fíjate, hijo, que llevábamos el coche descubierto. Dijo casi sin saber qué decir.
La señora Laura se tendió boca abajo en la cama y se encerró en sus pensamientos, mientras su marido y su suegra discutían.
—¿Sabes, Nachita, lo que yo estaba pensando esa mañana? ¿Y si me vio anoche cuando Pablo me besaba? Y tenía ganas de llorar. En ese momento me acordé de que cuando un hombre y una mujer se aman y no tienen hijos están condenados a convertirse en uno solo. Así me lo decía mi otro padre, cuando yo le llevaba el agua y él miraba la puerta detrás de la que dormíamos mi primo marido y yo. Todo lo que mi otro padre me había dicho ahora se estaba haciendo verdad. Desde la almohada oí las palabras de Pablo y de Margarita y no eran sino tonterías. “Lo voy a ir a buscar”, me dije. “Pero ¿adónde?”. Más tarde cuando tú volviste a mi cuarto a preguntarme qué hacíamos de comida, me vino un pensamiento a la cabeza: “¡Al Café de Tacuba!”. Y ni siquiera conocía ese café, Nachita, sólo lo había oído mentar.
Nacha recordó a la señora como si la viera ahora, poniéndose su vestido blanco manchado de sangre, el mismo que traía en este momento en la cocina.
“—¡Por Dios, Laura, no te pongas ese vestido! —le dijo su suegra. Pero ella no hizo caso. Para esconder las manchas, se puso un sweater blanco encima, se lo abotonó hasta el cuello y se fue a la calle sin decir adiós. Después vino lo peor. No, lo peor no. Lo peor iba a venir ahora en la cocina, si la señora Margarita se llegaba a despertar.
—En el Café de Tacuba no había nadie. Es muy triste ese lugar, Nachita. Se me acercó un camarero, “¿Qué le sirvo?”. Yo no quería nada, pero tuve que pedir algo. “Una cocada”. Mi primo y yo comíamos cocos .de chiquitos... En el café un reloj marcaba el tiempo. “En todas las ciudades hay relojes que marcan el tiempo, se debe estar gastando a pasitos. Cuando ya no quede sino una capa transparente, llegará él y las dos rayas dibujadas se volverán una sola y yo habitaré la alcoba más preciosa de su pecho”. Así me decía mientras comía la cocada.
“—¿Qué horas son? —le pregunté al camarero.
“—Las doce, señorita.
“A la una llega Pablo”, me dije, “si le digo a un taxi que me lleve por el Periférico, puedo esperar todavía un rato”. Pero no esperé y me salí a la calle. El sol estaba plateado, el pensamiento se me hizo un polvo brillante y no hubo presente, pasado ni futuro. En la acera estaba mi primo, se me puso delante, tenía los ojos tristes, me miró largo rato.
“—¿Qué haces? —me preguntó con su voz profunda.
“—Te estaba esperando.
Se quedó quieto como las panteras. Le vi el pelo negro y la herida roja en el hombro.
“—¿No tenías miedo de estar aquí sólita?
“Las piedras y los gritos volvieron a zumbar alrededor nuestro y yo sentí que algo ardía a mis espaldas.
“—No mires —me dijo.
“Puso una rodilla en tierra y con los dedos apagó mi vestido que empezaba a arder. Le vi los ojos muy afligidos.
“—¡Sácame de aquí! —le grité con todas mis fuerzas, porque me acordé de que estaba frente a la casa de mi papá, que la casa estaba ardiendo y que atrás de mí estaban mis padres y mis hermanitos muertos. Todo lo veía retratado en sus ojos, mientras él estaba con la rodilla hincada en tierra apagando mi vestido. Me dejé caer sobre él, que me recibió en sus brazos. Con su mano caliente me tapó los ojos.
“—Éste es el final del hombre —le dije con los ojos bajo su mano.
“— ¡No lo veas!
“Me guardó contra su corazón. Yo lo oí sonar como rueda el trueno sobre las montañas. ¿Cuánto faltaría para que el tiempo se acabara y yo pudiera oírlo siempre? Mis lágrimas refrescaron su mano que ardía en el incendio de la ciudad. Los alaridos y las piedras nos cercaban, pero yo estaba a salvo bajo su pecho.
“—Duerme conmigo... —me dijo en voz muy baja.
“—¿Me viste anoche? —le pregunté.
“—Te vi...
“Nos dormimos en la luz de la mañana, en el calor del incendio. Cuando recordamos, se levantó y agarró su escudo.
“—Escóndete hasta el amanecer. Yo vendré por ti.
“Se fue corriendo ligero sobre sus piernas desnudas... Y yo me escapé otra vez, Nachita, porque sola tuve miedo.
“—Señorita, ¿se siente mal?
Una voz igual a la de Pablo se me acercó a media calle.
“—¡Insolente! ¡Déjeme tranquila!
“Tomé un taxi que me trajo a la casa por el Periférico y llegué...
Nacha recordó su llegada: ella misma le había abierto la puerta. Y ella fue la que le dio la noticia. Josefina bajó después, desbarrancándose por las escaleras.
“—¡Señora, el señor y la señora Margarita están en la policía!
Laura se le quedó mirando asombrada, muda.
“— ¿Dónde anduvo, señora?
“—Fui al Café de Tacuba.
“—Pero eso fue hace dos días.
Josefina traía el Últimas Noticias. Leyó en voz alta: “La señora Aldama continúa desaparecida. Se cree que el siniestro individuo de aspecto indígena que la siguió desde Cuitzeo, sea un sádico. La policía investiga en los estados de Michoacán y Guanajuato”.
La señora Laurita arrebató el periódico de las manos de Josefina y lo desgarró con ira. Luego se fue a su cuarto. Nacha y Josefina la siguieron, era mejor no dejarla sola. La vieron echarse en su cama y soñar con los ojos muy abiertos. Las dos tuvieron el mismo pensamiento y así se lo dijeron después en la cocina: “Para mí, la señora Laurita anda enamorada”. Cuando el señor llegó ellas estaban todavía en el cuarto de su patrona.
“—¡Laura! —gritó. Se precipitó a la cama y tomó a su mujer en su brazos.
“—¡Alma de mi alma! —sollozó el señor.
La señora Laurita pareció enternecida unos segundos.
“—¡Señor! —gritó Josefina—. El vestido de la señora está bien chamuscado.
Nacha la miró desaprobándola. El señor revisó el vestido y las piernas de la señora.
“—Es verdad... también las suelas de sus zapatos están ardidas... Mi amor, ¿qué pasó?, ¿dónde estuviste?
“—En el Café de Tacuba —contestó la señora muy tranquila.
La señora Margarita se torció las manos y se acercó a su nuera.
“—Ya sabemos que anteayer estuviste allí y comiste una cocada. ¿Y luego?
“—Luego tomé un taxi y me vine acá por el Periférico.
Nacha bajó los ojos, Josefina abrió la boca como para decir algo y la señora Margarita se mordió los labios. Pablo, en cambio, agarró a su mujer por los hombros y la sacudió con fuerza.
“—¡Déjate de hacer la idiota! ¿En dónde estuviste dos días?... ¿Por qué traes el vestido quemado?
“—¿Quemado? Si él lo apagó... —dejó escapar la señora Laura.
“—¿Él?... ¿el indio asqueroso? —Pablo la volvió a zarandear con ira.
“—Me lo encontré a la salida del Café de Tacuba... —sollozó la señora muerta de miedo.
“—¡Nunca pensé que fueras tan baja! —dijo el señor y la aventó sobre la cama.
“—Dinos quién es —preguntó la suegra suavizando la voz.
—¿Verdad Nachita, que no podía decirles que era mi marido? —preguntó Laura pidiendo la aprobación de la cocinera.
Nacha aplaudió la discreción de su patrona y recordó que aquel mediodía, ella, apenada por la situación de su ama, había opinado:
“—Tal vez el indio de Cuitzeo es un brujo.
Pero la señora Margarita se había vuelto a ella con ojos fulgurantes para contestarle casi a gritos:
“—¿Un brujo? ¡Dirás un asesino!
Después, en muchos días no dejaron salir a la señora Laurita. El señor ordenó que se vigilaran las puertas y ventanas de la casa. Ellas, las sirvientas, entraban continuamente al cuarto de la señora para echarle un vistazo. Nacha se negó siempre a exteriorizar su opinión sobre el caso o a decir las anomalías que sorprendía. Pero, ¿quién podía callar a Josefina?
—Señor, al amanecer, el indio estaba otra vez junto a la ventana —anunció al llevar la bandeja con el desayuno.
El señor se precipitó a la ventana y encontró otra vez la huella de sangre fresca. La señora se puso a llorar.
“—¡Pobrecito!... ¡pobrecito!... —dijo entre sollozos.
Fue esa tarde cuando el señor llegó con un médico. Después el doctor volvió todos los atardeceres.
—Me preguntaba por mi infancia, por mi padre y por mi madre. Pero, yo, Nachita, no sabía de cuál infancia, ni de cuál padre, ni de cuál madre quería saber. Por eso le platicaba de la Conquista de México. ¿Tú me entiendes, verdad? —preguntó Laura con los ojos puestos sobre las cacerolas amarillas.
—Sí, señora... —Y Nachita, nerviosa, escrutó el jardín a través de los vidrios de la ventana. La noche apenas si dejaba ver entre sus sombras. Recordó la cara desganada del señor frente a su cena y la mirada acongojada de su madre.
—Mamá, Laura le pidió al doctor la Historia de Bernal Díaz del Castillo. Dice que eso es lo único que le interesa.
La señora Margarita había dejado caer el tenedor.
“—¡Pobre hijo mío, tu mujer está loca!
“—No habla sino de la caída de la Gran Tenochtitlán —agregó el señor Pablo con aire sombrío.
Dos días después, el médico, la señora Margarita y el señor Pablo decidieron que la depresión de Laura aumentaba con el encierro. Debía tomar contacto con el mundo y enfrentarse con sus responsabilidades. Desde ese día, el señor mandaba el automóvil para que su mujer saliera a dar paseítos por el Bosque de Chapultepec. La señora salía acompañada de su suegra y el chofer tenía órdenes de vigilarlas estrechamente. Sólo que el aire de los eucaliptos no la mejoraba, pues apenas volvía a su casa, la señora Laurita se encerraba en su cuarto para leer la Conquista de México de Bernal Díaz.
Una mañana la señora Margarita regresó del Bosque de Chapultepec sola y desamparada.
“—¡Se escapó la loca! —gritó con voz estentórea al entrar a la casa.
—Fíjate, Nacha, me senté en la misma banquita de siempre y me dije: “No me lo perdona. Un hombre puede perdonar una, dos, tres, cuatro traiciones, pero la traición permanente, no.” Este pensamiento me dejó muy triste. Hacía calor y Margarita se compró un helado de vainilla; yo no quise, entonces ella se metió al automóvil a comerlo. Me fijé que estaba tan aburrida de mí, como yo de ella. A mí no me gusta que me vigilen y traté de ver otras cosas para no verla comiendo su barquillo y mirándome. Vi el heno gris que colgaba de los ahuehuetes y no sé por qué, la mañana se volvió tan triste como esos árboles. “Ellos y yo hemos visto las mismas catástrofes”, me dije. Por la calzada vacía, se paseaban las horas solas. Como las horas estaba yo: sola en una calzada vacía. Mi marido había contemplado por la ventana mi traición permanente y me había abandonado en esa calzada hecha de cosas que no existían. Recordé el olor de las hojas de maíz y el rumor sosegado de sus pasos. “Así caminaba, con el ritmo de las hojas secas cuando el viento de febrero las lleva sobre las piedras. Antes no necesitaba volver la cabeza para saber que él estaba ahí mirándome las espaldas”... Andaba en esos tristes pensamientos, cuando oí correr al sol y las hojas secas empezaron a cambiar de sitio. Su respiración se acercó a mis espaldas, luego se puso frente a mí, vi sus pies desnudos delante de los míos. Tenía un arañazo en la rodilla. Levanté los ojos y me hallé bajo los suyos. Nos quedamos mucho rato sin hablar. Por respeto yo esperaba sus palabras.
“—¿Qué te haces? —me dijo.
Vi que no se movía y que parecía más triste que antes.
“—Te estaba esperando —contesté.
“—Ya va a llegar el último día...
Me pareció que su voz salía del fondo de los tiempos. Del hombro le seguía brotando sangre. Me llené de vergüenza, bajé los ojos, abrí mi bolso y saqué un pañuelito para limpiarle el pecho. Luego lo volví a guardar. El siguió quieto, observándome.
“—Vamos a la salida de Tacuba... Hay muchas traiciones...
Me agarró de la mano y nos fuimos caminando entre la gente, que gritaba y se quejaba. Había muchos muertos que flotaban en el agua de los canales. Había mujeres sentadas en la hierba mirándolos flotar. De todas partes surgía la pestilencia y los niños lloraban corriendo de un lado para otro, perdidos de sus padres. Yo miraba todo sin querer verlo. Las canoas despedazadas no llevaban a nadie, sólo daban tristeza. El marido me sentó debajo de un árbol roto. Puso una rodilla en tierra y miró alerta lo que sucedía a nuestro alrededor. El no tenía miedo. Después me miró a mí.
“—Ya sé que eres traidora y que me tienes buena voluntad. Lo bueno crece junto con lo malo.
Los gritos de los niños apenas me dejaban oírlo. Venían de lejos, pero eran tan fuertes que rompían la luz del día. Parecía que era la última vez que iban a llorar.
“—Son las criaturas... —Me dijo.
“—Éste es el final del hombre —repetí, porque no se me ocurría otro pensamiento.
El me puso las manos sobre los oídos y luego me guardó contra su pecho.
“—Traidora te conocía y así te quise.
“—Naciste sin suerte —le dije. Me abracé a él. Mi primo marido cerró los ojos para no dejar correr las lágrimas. Nos acostamos sobre las ramas rotas del pirú. Hasta allí nos llegaron los gritos de los guerreros, las piedras y los llantos de los niños.
“—El tiempo se está acabando... —suspiró mi marido.
Por una grieta se escapaban las mujeres que no querían morir junto con la fecha. Las filas de hombres caían una después de la otra, en cadena como si estuvieran cogidos de la mano y el mismo golpe los derribara a todos. Algunos daban un alarido tan fuerte, que quedaba resonando mucho rato después de su muerte.
Falta poco para que nos fuéramos para siempre en uno solo cuando mi primo se levantó, me juntó ramas y me hizo una cuevita.
“—Aquí me esperas.
Me miró y se fue a combatir con la esperanza de evitar la derrota. Yo me quedé acurrucada. No quise ver a las gentes que huían, para no tener la tentación, ni tampoco quise ver a los muertos que flotaban en el agua para no llorar. Me puse a contar los frutitos que colgaban de las ramas cortadas: estaban secos y cuando los tocaba con los dedos, la cáscara roja se les caía. No sé por qué me parecieron de mal agüero y preferí mirar el cielo, que empezó a oscurecerse. Primero se puso pardo, luego empezó a coger el color de los ahogados de los canales. Me quedé recordando los colores de otras tardes. Pero la tarde siguió amoratándose, hinchándose, como si de pronto fuera a reventar y supe que se había acabado el tiempo. Si mi primo no volvía, ¿qué sería de mí? Tal vez ya estaba muerto en el combate. No me importó su suerte y me salí de allí a toda carrera perseguida por el miedo. “Cuando llegue y me busque...” No tuve tiempo de acabar mi pensamiento porque me hallé en el anochecer de la ciudad de México. “Margarita ya se debe haber acabado su helado de vainilla y Pablo debe de estar muy enojado”... Un taxi me trajo por el Periférico. ¿Y sabes, Nachita?, los Periféricos eran los canales infestados de cadáveres... por eso llegué tan triste... Ahora, Nachita, no le cuentes al señor que me pasé la tarde con mi marido”.
Nachita se acomodó los brazos sobre la falda lila.
—El señor Pablo hace ya diez días que se fue a Acapulco. Se quedó muy flaco con las semanas que duró la investigación —explicó Nachita satisfecha.
Laura la miró sin sorpresa y suspiró con alivio.
—La que está arriba es la señora Margarita —agregó Nacha volviendo los ojos hacia el techo de la cocina.
Laura se abrazó las rodillas y miró por los cristales de la ventana a las rosas borradas por las sombras nocturnas y a las ventanas vecinas que empezaban a apagarse.
Nachita se sirvió sal sobre el dorso de la mano y la comió golosa.
—¡Cuánto coyote! ¡Anda muy alborotada la coyotada! —dijo con la voz llena de sal.
Laura se quedó escuchando unos instantes.
—Malditos animales, los hubieras visto hoy en la tarde —dijo.
—Con tal de que no estorben el paso del señor, o que le equivoquen el camino —comentó Nacha con miedo.
—Si nunca los temió ¿por qué había de temerlos esta noche? —preguntó Laura molesta.
Nacha se aproximó a su patrona para estrechar la intimidad súbita que se había establecido entre ellas.
—Son más canijos que los tlaxcaltecas —le dijo en voz muy baja.
Las dos mujeres se quedaron quietas. Nacha devorando poco a poco otro puñito de sal. Laura escuchando preocupada los aullidos de los coyotes que llenaban la noche. Fue Nacha la que lo vio llegar y le abrió la ventana.
—¡Señora!... Ya llegó por usted... —le susurró en una voz tan baja que sólo Laura pudo oírla.
Después, cuando ya Laura se había ido para siempre con él, Nachita limpió la sangre de la ventana y espantó a los coyotes, que entraron en su siglo que acababa de gastarse en ese instante. Nacha miró con sus ojos viejísimos, para ver si todo estaba en orden: lavó la taza de café, tiró al bote de la basura las colillas manchadas de rojo de labios, guardó la cafetera en la alacena y apagó la luz.
—Yo digo que la señora Laurita, no era de este tiempo, ni era para el señor —dijo en la mañana cuando le llevó el desayuno a la señora Margarita.
—Ya no me hallo en casa de los Aldama. Voy a buscarme otro destino, le confió a Josefina—. Y en un descuido de la recamarera, Nacha se fue hasta sin cobrar su sueldo.