miércoles, 1 de abril de 2015

Ray Bradbury El otro yo

Ray Bradbury



El otro yo 


No escribo yo…
el otro que hay en mí
pide aflorar constantemente.
Mas si me apresuro a volverme y mirarlo
él vuelve a escabullirse
al momento y al lugar
en donde estaba antes
pues sin saberlo entorné la puerta
y lo dejé salir.
A veces un grito encendido lo llama;
comprende que lo necesito,
y yo también. Su tarea
será decirme quién soy bajo la máscara.
Él es Fantasma, yo fachada
que oculta la ópera que él escribe con Dios,
en tanto yo, ciego del todo,
espero impávido a que su mente
se me deslice brazo abajo,
por la muñeca, hasta la mano
y las puntas de los dedos
y furtiva encuentre
esas verdades que caen de las lenguas
con sonido quemante,
todo surgido de una sangre secreta
y alma secreta de secreto suelo.
Con alegría
él se asoma a escribir, y luego corre
a esconderse una semana
hasta que reanuda el juego
en el cual yo finjo, diligente,
que no es mi propósito tentarlo.
Pero lo tiento,
mientras simulo mirar hacia otro lado,
para que no se esconda todo el día.
Echo a correr e inicio un juego simple
un salto distraído
¿Cuál convoca del sueño
la bestia que brilla y acecha?
¿De quién las reservas y el coto de caza?
De mi aliento, mi sangre,
mis nervios.
Pero ¿qué lugar de esa materia
habita él?
¿Dónde está su madriguera?
¿Tras esta oreja de grasa?
¿Dónde cuelga el sombrero
el joven descarriado?
No hay caso. Ermitaño nació
y vive recluido.
Nada que hacer sino
seguir sus triquiñuelas
dejar que corra y cosechar la fama.
En la cual yo pongo el nombre
a una materia que le he birlado,
y todo porque le atraje
con dulces aromas creativos.
¿Escribió R.B. ese poema,
ese diálogo, esa línea?
No: el simio interior, invisible,
fue quien lo instruyó.
Vestido con mi carne,
su alcance es misterioso.
No digan mi nombre.
Elogien a ese otro.

martes, 31 de marzo de 2015

Inés Fernández Moreno


El fallecimiento del cisne A veces, mientras estudia, mi hija suele usarme como su diccionario ambulante. Mamá, qué quiere decir esto; mamá, qué quiere decir aquello. Para qué negarlo, a mí me encanta ese uso, me relamo como un gato frente al desafío de atajar la palabra que me toque, a ver si podré con ella. "Vislumbrar", me grita desde su cuarto. Eso sí, lo admito, soy un diccionario lento y no ilustrado. Una palabra, dice Gianni Rodari, es como una piedra lanzada a un estanque, provoca ondas concéntricas y también movimientos invisibles que se propagan hasta el fondo y afectan a cuanto esté flotando en el agua: "a la ninfa y a la caña, al barquito de papel y a la balsa del pescador". Vislumbrar es ver apenas. Contesto lo primero que se me pasa por la cabeza, porque ella se impacienta rápido. Después me quedo sumida en mis ondas concéntricas. ¿Vis-lumbrar? ¿No vendrá del participio pasado latino visus, de donde provendrían a su vez las palabras visage en francés y viso en italiano? ¿Alumbrar la cara de alguien? Empiezo a imaginarme a un legionario romano de ronda, un hombre se desliza con sigilo contra una muralla de piedra, el soldado levanta la antorcha y logra distinguir, a la luz incierta de la llama, la cara del sospechoso. Vislumbra. Encantada con mi hipótesis, irrumpo en el cuarto de ella. Ella me mira con esa cara. "Lo malo de preguntarte -me dice- es que nunca podés parar", como si lo mío fuera un vicio inconfesable. Ya he hecho en varias oportunidades mi defensa. (No hay que quedarse con la primera ni con una única explicación; cada palabra, como un pentimento, guarda la génesis de la cultura.) Así que me retiro mascullando por lo bajo. Será por eso que uno escribe, pienso, será una estrategia -ardua pero efectiva- para hablar sin que nadie nos interrumpa. Recuerdo, también, que al menos tres veces por día alguien me dice "listo", esa expresión con la que se da por zanjada cualquier cuestión. Toda variante lingüística o tecnológica capaz de machacar el tiempo y de simplificar las cosas -hacerlas "al toque"- es bienvenida. El mismo día del vislumbre, por la noche, fui a ver un espectáculo de Ana Padovani en homenaje a Niní Marshall. Era en un club de barrio, en un salón aderezado para la ocasión como sala de teatro. Recreados admirablemente por el talento de Ana Padovani, los personajes y los textos de Niní volvieron a brillar, incisivos, llenos de hallazgos, desopilantes. Yo lloraba de risa como lo hacía de chica frente a la radio. Hasta me dio un poco de vergüenza -algunos asistentes me miraban de soslayo-. Pero no era yo el enigma, sino aquel público que se mostró bastante apático desde el principio hasta el fin de la función. ¿Por qué aquellos hombres y mujeres permanecían tan tibios frente a Catita, a la Niña Jovita, a Cándida, a Minguito? Aquellos adorables personajes descendientes directos del sainete. ¿Habría también allí un problema de lenguaje? ¿Un salto cultural de qué tipo? Porque gran parte del talento de Niní proviene de un oído finísimo para descubrir en los discursos de la gente los más variados registros y jugar después con la plasticidad de esa materia de la manera más desprejuiciada. Catita, "angustionada" por el abandono de su novio, cuenta un agitado paseo familiar en auto donde suceden todo tipo de incidentes. Entre ellos, la bataraza -el paseo dominguero incluye a las mascotas- pone un huevo precoz (sin cáscara, o sea) y, en un barquinazo, pasa lo peor: el gallo fallece. La idea del fallecimiento del gallo me hizo reír tanto que recibí una nueva descarga de miradas. Me sentí propiamente un ave de otro corral. Al día siguiente, abro el diario y leo las novedades de la temida gripe aviar. Sé bien que hay allí un drama en potencia, que no paramos de vivir catástrofe tras catástrofe. Sin embargo, pudo más el humor cuando leí la noticia de la muerte de un loro sudamericano y del "fallecimiento" de doce cisnes. En la nota las aves "ingresan" al país, "poseen" enfermedades y luego, por último "fallecen". La fiesta de Niní seguía en marcha. También me encontré sobre la mesa de la cocina un mensaje de mi hija donde me decía que vislumbrar viene del adverbio latino vix (apenas) más el verbo luminare. Con lo que mi etimología también resultaba un disparate. Una etimología imaginaria con la que, sin embargo, hubiera podido convencer a más de un desprevenido. Porque, entre otras cosas, las palabras sirven para usarlas como pequeños soldados al servicio de nuestras ideas. Para el hablante -dice Charles Bally- "el espíritu del interlocutor es como una plaza fuerte que quiere tomar por asalto". En un mundo plagado de huracanes, terremotos, sequías, hambrunas, injusticias y crueldades atroces, esta atención a las palabras podría parecer una tontería. Sin embargo no lo es. En el abandono del lenguaje, en su achatamiento, los cisnes no son los únicos que "fallecen". Desfallece y se diluye el mismo pensamiento. En una lengua rica e imaginativa también está el germen de soluciones nuevas y creativas para los problemas que acosan a la humanidad.

sábado, 21 de marzo de 2015

Correspondencia de Flaubert y George sand.




Gustave Flaubert
“No sabe lo que es permanecer todo un día con la cabeza entre las manos, estrujándola, la pobre, para encontrar una palabra”.
G.Flaubert a G.Sand, desde Croisset el 27 de noviembre de 1866.



Georges Sand( Amantine Aurore Lucile Dupin)

“El viento toca mi arpa como le apetece tocarla. Tiene sus altos y sus bajos, sus grandes notas y sus desfallecimientos, en el fondo me da igual
siempre que se produzca la emoción, (…). Deje que el viento corra un poco por sus 
cuerdas. Creo que se preocupa más de lo necesario y que debería dejar que el otro
 actuara con más frecuencia. Funcionaría y sin cansarse. En ciertos momentos, el instrumento podría sonar débilmente, pero recuperaría su fuerza al prolongarse”.

G.Sand a G. Flaubert desde Palaiseau, el 29 de noviembre de 1866



en “Querida maestra,…” escritoras en la correspondencia de Flaubert
(El Olivo Azul, Colección Errantes,2009)


miércoles, 18 de febrero de 2015

Roberto Bolaños

                                         El gaucho insufrible               
                                                            para Rodrigo Fresan 


 A juicio de quienes lo trataron íntimamente dos virtudes tuvo Héctor Pereda por encima de todo: fue un cuidadoso y tierno padre de familia y un abogado intachable, de probada honradez, en un país y en una época en que la honradez no estaba, precisamente, de moda. Ejemplo de lo primero es el Bebe y la Cuca Pereda, sus hijos, que tuvieron una infancia y adolescencia feliz y que luego, cargando la intensidad del reproche en cuestiones prácticas, le echaron en cara a Pereda el haberles secuestrado la realidad tal cual era. De su oficio de abogado poco es lo que se puede decir. Hizo dinero e hizo más amistades que enemistades, que no es poco, y cuando estuvo en su mano ser juez o presentarse como candidato a diputado de un partido, prefirió, sin dudarlo, la promoción judicial, donde iba a ganar, es bien sabido, mucho menos dinero que el que a buen seguro ganaría en las lides de la política. Al cabo de tres años, sin embargo, decepcionado con la judicatura, abandonó la vida pública y se dedicó, al menos durante un tiempo, que tal vez fueron años, a la lectura y a los viajes. Por supuesto, también hubo una señora Pereda, de soltera Hirschman, de la que el abogado, según cuentan, estuvo locamente enamorado. Hay fotos de la época que así lo atestiguan: en una se ve a Pereda, de terno negro, bailando un tango con una mujer rubia casi platino, la mujer mira al objetivo de la cámara y sonríe, los ojos del abogado, como los ojos de un sonámbulo o de un carnero, sólo la miran a ella. Desgraciadamente la señora Pereda falleció de forma repentina, cuando la Cuca tenía cinco años y el Bebe siete. Viudo joven, el abogado jamás volvió a casarse, aunque tuvo amigas (nunca novias) bastante connotadas en su círculo social, que cumplían, además, con todos los requisitos para convertirse en las nuevas señoras Pereda. Cuando los dos o tres amigos íntimos del abogado le preguntaban al respecto, éste invariablemente respondía que no quería cargar con el peso (insoportable, según su expresión) de darles una madrastra a sus retoños. Para Pereda, el gran problema de Argentina, de la Argentina de aquellos años, era precisamente el problema de la madrastra. Los argentinos, decía, no tuvimos madre o nuestra madre fue invisible o nuestra madre nos abandonó en las puertas de la inclusa. Madrastras, en cambio, hemos tenido demasiadas y de todos los colores, empezando por la gran madrastra peronista. Y concluía: Sabemos más de madrastras que cualquier otra nación latinoamericana. Su vida, pese a todo, era una vida feliz. Es difícil, decía, no ser feliz en Buenos Aires, que es la mezcla perfecta de París y Berlín, aunque si uno aguza la vista, más bien es la mezcla perfecta de Lyon y Praga. Todos los días se levantaba a la misma hora que sus hijos, con quienes desayunaba y a quienes iba después a dejar al colegio. El resto de la mañana lo dedicaba a la lectura de la prensa, invariablemente leía al menos dos periódicos, y después de tomar un tentempié a las once (compuesto básicamente de carne y embutidos y pan francés untado con mantequilla y dos o tres copitas de vino nacional o chileno, salvo en las ocasiones señaladas, en las que el vino, necesariamente, era francés), dormía una siesta hasta la una. La comida, que hacía solo en el enorme comedor vacío, leyendo un libro y bajo la observación distraída de la vieja sirvienta y de los ojos en blanco y negro de su difunta mujer, que lo miraba desde las fotos enmarcadas en marcos de plata labrada, era ligera, una sopa, algo de pescado y algo de puré, que dejaba enfriar. Por las tardes repasaba con sus hijos las lecciones del colegio o asistía en silencio a las clases de piano de la Cuca y a las clases de inglés y francés del Bebe, que dos profesores de apellidos italianos iban a darles a casa. A veces, cuando la Cuca aprendía a tocar algo entero, acudían la sirvienta y la cocinera a oírla y el abogado, transido de orgullo, las escuchaba murmurar palabras de elogio, que al principio le parecían desmedidas pero que luego, tras pensárselo dos veces, le parecían acertadísimas. Por las noches, después de darles las buenas noches a sus hijos y recordarles por enésima vez a sus empleadas que no abrieran la puerta a nadie, se marchaba a su café favorito, en Corrientes, donde podía estar hasta la una, pero no más, escuchando a sus amigos o a los amigos de sus amigos, que hablaban de cosas que él desconocía y que sospechaba que, si conociera, lo aburrirían soberanamente, y luego se retiraba a su casa, donde todos dormían. Pero un día los hijos crecieron y primero se casó la Cuca y se fue a vivir a Río de Janeiro y luego el Bebe se dedicó a la literatura, es decir, triunfó en la literatura, se convirtió en un escritor de éxito, algo que llenaba de orgullo a Pereda, que leía todas y cada una de las páginas que publicaba el hijo menor, quien aún permaneció en casa durante unos años (¿dónde iba a estar mejor?), al cabo de los cuales, como hiciera su hermana antes que él, emprendió el vuelo. Al principio el abogado intentó resignarse a la soledad. Tuvo una relación con una viuda, hizo un largo viaje por Francia e Italia, conoció a una jovencita llamada Rebeca, al final se conformó con ordenar su vasta y desordenada biblioteca. Cuando el Bebe volvió de Estados Unidos, en una de cuyas universidades trabajó durante un año, Pereda se había convertido en un hombre prematuramente avejentado. Preocupado, el hijo se afanó en no dejarlo solo y a veces iban al cine o al teatro, en donde el abogado solía dormirse profundamente, y otras veces lo obligaba (pero sólo al principio) a acudir junto a él a las tertulias literarias que se organizaban en la cafetería El Lápiz Negro, donde los autores nimbados por algún premio municipal disertaban largamente sobre los destinos de la patria. Pereda, que en estas tertulias no abrió nunca la boca, comenzó a interesarse por lo que decían los colegas de su hijo. Cuando hablaban de literatura, francamente se aburría. Para él, los mejores escritores de Argentina eran Borges y su hijo, y todo lo que se añadiera al respecto sobraba. Pero cuando hablaban de política nacional e internacional el cuerpo del abogado se tensaba como si le estuvieran aplicando una descarga eléctrica. A partir de entonces sus hábitos diarios cambiaron. Empezó a levantarse temprano y a buscar en los viejos libros de su biblioteca algo que ni él mismo sabía qué era. Se pasaba las mañanas leyendo. Decidió dejar el vino y las comidas demasiado fuertes, pues comprendió que ambas cosas abotargaban el entendimiento. Sus hábitos higiénicos también cambiaron. Ya no se acicalaba como antes para salir a la calle. No tardó en dejar de ducharse diariamente. Un día se fue a leer el periódico a un parque sin ponerse corbata. A sus viejos amigos de siempre a veces les costaba reconocer en el nuevo Pereda al antiguo y en todos los sentidos intachable abogado. Un día se levantó más nervioso que de costumbre. Comió con un juez jubilado y con un periodista jubilado y durante toda la comida no paró de reírse. Al final, mientras tomaban cada uno una copa de coñac, el juez le preguntó qué le hacía tanta gracia. Buenos Aires se hunde, respondió Pereda. El viejo periodista pensó que el abogado se había vuelto loco y le recomendó la playa, el mar, ese aire tonificante. El juez, menos dado a las elucubraciones, pensó que Pereda se había salido por la tangente. Pocos días después, sin embargo, la economía argentina cayó al abismo. Se congelaron las cuentas corrientes en dólares, los que no habían sacado su capital (o sus ahorros) al extranjero, de pronto se hallaron con que no tenían nada, unos bonos, unos pagarés que de sólo mirarlos se ponía la piel de gallina, vagas promesas inspiradas a medias en un olvidado tango y en la letra del himno nacional. Yo ya lo anuncié, dijo el abogado a quien quiso escucharlo. Después, acompañado de sus dos sirvientas, hizo lo que hicieron muchos porteños por aquel entonces: largas colas, largas conversaciones con desconocidos (que le resultaron simpatiquísimos) en calles atestadas de gente estafada por el Estado o por los bancos o por quien fuera. Cuando el presidente renunció, Pereda participó en la cacerolada. No fue la única. A veces, las calles le parecían tomadas por viejos, viejos de todas las clases sociales, y eso, sin saber por qué, le gustaba, le parecía un signo de que algo estaba cambiando, de que algo se movía en la oscuridad, aunque tampoco le hacía ascos a participar en manifestaciones junto con los piqueteros que no tardaban en convertirse en algaradas. En pocos días Argentina tuvo tres presidentes. A nadie se le ocurrió pensar en una revolución, a ningún militar se le ocurrió la idea de encabezar un golpe de Estado. Fue entonces cuando Pereda decidió volver al campo. Antes de partir habló con la sirvienta y la cocinera y les expuso su plan. Buenos Aires se pudre, les dijo, yo me voy a la estancia. Durante horas estuvieron hablando, sentados a la mesa de la cocina. La cocinera había estado en la estancia tantas veces como Pereda, que solía decir que el campo no era lugar para gente como él, padre de familia y con estudios y preocupado por darles una buena educación a sus hijos. La misma figura de la estancia se había ido desdibujando en su memoria hasta convertirse en una casa sin un centro, un árbol enorme y amenazador y un granero donde se movían sombras que tal vez fueran ratas. Aquella noche, sin embargo, mientras tomaba té en la cocina, les dijo a sus empleadas que ya casi no tenía dinero para pagarles (todo estaba en el corralito bancario, es decir todo estaba perdido) y que su propuesta, la única que se le ocurría, era llevárselas con él al campo, en donde al menos comida, o eso quería creer, no les iba a faltar. La cocinera y la sirvienta lo escucharon con lástima. El abogado en un momento de la conversación se puso a llorar. Para tratar de consolarlo le dijeron que no se preocupara por la plata, que ellas estaban dispuestas a seguir trabajando aunque no les pagara. El abogado se opuso de tal forma que no admitía réplica. Ya no estoy en edad de convertirme en macró, les dijo con una sonrisa en la que, a su manera, les pedía perdón. A la mañana siguiente hizo la maleta y se fue en taxi a la estación. Las mujeres lo despidieron desde la acera. El viaje en tren fue largo y monótono, lo que le permitió reflexionar a sus anchas. Al principio el vagón iba repleto de gente. Los temas de conversación, según pudo colegir, eran básicamente dos: la situación de bancarrota del país y el grado de preparación de la selección argentina de cara al mundial de Corea y Japón. La masa humana le recordó los trenes que salían de Moscú en la película El doctor Zhivago, que había visto hacía tiempo, aunque en los trenes rusos de aquel director de cine inglés la gente no hablaba de hockey sobre hielo ni de esquí. No tenemos remedio, pensó, aunque estuvo de acuerdo en que, sobre el papel, el once argentino parecía imbatible. Cuando se hizo de noche las conversaciones cesaron y el abogado pensó en sus hijos, en la Cuca y en el Bebe, ambos en el extranjero, y también pensó en algunas mujeres a las que había conocido íntimamente y de las que no esperaba volver a acordarse y que surgían del olvido, silenciosas, la piel cubierta de transpiración, insuflando en su espíritu agitado una especie de serenidad que no era serenidad, una disposición a la aventura que tampoco era precisamente eso, pero que se le parecía. Luego el tren empezó a rodar por la pampa y el abogado juntó la frente al cristal frío de la ventana y se quedó dormido. Cuando despertó, el vagón iba medio vacío y junto a él un tipo aindiado leía un cómic de Batman. ¿En dónde estamos?, le preguntó. En Coronel Gutiérrez, dijo el hombre. Ah, bueno, pensó el abogado, yo voy a Capitán Jourdan. Después se levantó y estiró los huesos y se volvió a sentar. En el desierto vio a un conejo que parecía echarle una carrera al tren. Detrás del primer conejo corrían cinco conejos. El primer conejo, al que tenía casi al lado de la ventana, iba con los ojos muy abiertos, como si la carrera contra el tren le estuviera costando un esfuerzo sobrehumano (o sobreconejil, pensó el abogado). Los conejos perseguidores, por el contrario, parecían correr en tándem, como los ciclistas perseguidores en el Tour de Francia. El que relevaba daba un par de saltos y el que iba en cabeza bajaba hasta el último puesto, el tercero se ponía en el segundo, el cuarto en el tercero y así el grupo cada vez iba restando más metros al conejo solitario que corría bajo la ventanilla del abogado. ¡Conejos!, pensó éste, ¡qué maravilla! En el desierto, por otra parte, no se veía nada, una enorme e inabarcable extensión de pastos ralos y grandes nubes bajas que hacían dudar de que estuvieran próximos a un pueblo. ¿Usted va a Capitán Jourdan?, le preguntó al lector de Batman. Éste daba la impresión de leer las viñetas con extremo cuidado, sin perderse ningún detalle, como si se paseara por un museo portátil. No, le contestó, yo me bajo en El Apeadero. Pereda hizo memoria y no recordó ninguna estación llamada así. ¿Y eso qué es, una estación o una fábrica?, dijo. El tipo aindiado lo miró fijamente: una estación, contestó. Me parece que se ha molestado, pensó Pereda. La pregunta había sido improcedente, una pregunta dictada no por él, de común un hombre discreto, sino por la pampa, directa, varonil, sin subterfugios, pensó. Cuando volvió a apoyar la frente en la ventanilla vio que los conejos perseguidores ya habían dado alcance al conejo solitario y que se le arrojaban encima con saña, clavándole las garras y los dientes, esos largos dientes de roedores, pensó espantado Pereda, en el cuerpo. Mientras el tren se alejaba vio una masa amorfa de pieles pardas que se revolvía a un lado de la vía. En la estación de Capitán Jourdan sólo se bajó Pereda y una mujer con dos niños. El andén era mitad de madera y mitad de cemento y por más que buscó no halló a un empleado del ferrocarril por ninguna parte. La mujer y los niños echaron a caminar por una pista de carretas y aunque se alejaban y sus figuras se iban haciendo diminutas, pasó más de tres cuartos de hora, calculó el abogado, hasta que desaparecieron en el horizonte. ¿Es redonda la tierra?, pensó Pereda. ¡Por supuesto que es redonda!, se respondió, y luego se sentó en una vieja banca de madera pegada a la pared de las oficinas de la estación y se dispuso a matar el tiempo. Recordó, como era inevitable, el cuento El Sur, de Borges, y tras imaginarse la pulpería de los párrafos finales los ojos se le humedecieron. Después recordó el argumento de la última novela del Bebe, vio a su hijo escribiendo en un ordenador, en la incomodidad de una habitación en una universidad del Medio Oeste norteamericano. Cuando el Bebe regrese y sepa que he vuelto a la estancia…, pensó con entusiasmo. La resolana y la brisa tibia que llegaba a rachas de la pampa lo adormecieron y se durmió. Despertó al sentir que una mano lo remecía. Un tipo tan mayor como él y vestido con un viejo uniforme de ferrocarrilero le preguntó qué estaba haciendo allí. Dijo que era el dueño de la estancia Álamo Negro. El tipo se lo quedó mirando un rato y luego dijo: El juez. Así es, contestó Pereda, hubo un tiempo en que fui juez. ¿Y no se acuerda de mí, señor juez? Pereda lo miró con atención: el hombre necesitaba un uniforme nuevo y un corte de pelo urgente. Negó con la cabeza. Soy Severo Infante, dijo el hombre. Su compañero de juego, cuando usted y yo éramos chicos. Pero, che, de eso hace mucho, cómo me podría acordar, respondió Pereda, y hasta la voz, no digamos las palabras que empleó, le parecieron ajenas, como si el aire de Capitán Jourdan ejerciera un efecto tónico en sus cuerdas vocales o en su garganta. Es verdad, tiene razón, señor juez, dijo Severo Infante, pero yo igual lo pienso celebrar. Dando saltitos, como si imitara a un canguro, el empleado de la estación se perdió en el interior de la boletería y cuando salió llevaba una botella y un vaso. A su salud, dijo, y le ofreció a Pereda el vaso que llenó hasta la mitad de un líquido transparente que parecía alcohol puro y que sabía a tierra quemada y a piedras. Pereda probó un sorbo y dejó el vaso sobre la banca. Dijo que ya no bebía. Luego se levantó y le preguntó hacia dónde quedaba su estancia. Salieron por la puerta trasera. Capitán Jourdan, dijo Severo, queda en esa dirección, nada más cruzar el charquito seco. Álamo Negro queda en esa otra, un poco más lejos, pero no hay manera de perderse si uno llega de día. Tené cuidado con la salud, dijo Pereda, y echó a andar en dirección a su estancia. La casa principal estaba casi en ruinas. Aquella noche hizo frío y Pereda trató de juntar algunos palitos y encender una fogata, pero no encontró nada y al final se arrebujó en su abrigo, puso la cabeza encima de la maleta y se quedó dormido pensando que mañana sería otro día. Se despertó con las primeras luces del alba. El pozo aún funcionaba, aunque el balde había desaparecido y la cuerda estaba podrida. Necesito comprar cuerda y balde, pensó. Desayunó lo que le quedaba de una bolsita de maní que había comprado en el tren e inspeccionó las innumerables habitaciones de techo bajo de la estancia. Luego se dirigió a Capitán Jourdan y por el camino se extrañó de no ver reses y sí conejos. Los observó con inquietud. Los conejos de vez en cuando saltaban y se le acercaban, pero bastaba con agitar los brazos para que desaparecieran. Aunque nunca fue aficionado a las armas de fuego, en ese momento le hubiera gustado tener una. Por lo demás, la caminata le sentó bien: el aire era puro, el cielo era claro, no hacía ni frío ni calor, de vez en cuando divisaba un árbol perdido en la pampa y esta visión se le antojaba poética, como si el árbol y la austera escenografía del campo desierto hubieran estado allí sólo para él, esperándolo con segura paciencia. Capitán Jourdan no tenía pavimentada ninguna de sus calles y las fachadas de las casas exhibían una gruesa costra de polvo. Al entrar en el pueblo vio a un hombre durmiendo junto a unos maceteros con flores de plástico. Qué dejadez, Dios mío, pensó. La plaza de armas era grande y el edificio de la municipalidad, de ladrillos, confería al conjunto de edificaciones chatas y abandonadas un ligero aire de civilización. Le preguntó a un jardinero que estaba sentado en la plaza fumándose un cigarrillo dónde podía encontrar una ferretería. El jardinero lo miró con curiosidad y luego lo acompañó hasta dejarlo en la puerta de la única ferretería del pueblo. El dueño, un indio, le vendió todo el cordel que tenía, cuarenta metros de soga trenzada, que Pereda examinó largo rato, como si buscara hilachas. Apúntelo a mi cuenta, dijo cuando hubo elegido las mercancías. El indio lo miró sin entender. ¿A la cuenta de quién?, dijo. A la cuenta de Manuel Pereda, dijo Pereda mientras amontonaba sus nuevas posesiones en un rincón de la ferretería. Después le preguntó al indio dónde podía comprar un caballo. El indio se encogió de hombros. Aquí ya no quedan caballos, dijo, sólo conejos. Pereda pensó que se trataba de un chiste y soltó una risa seca y breve. El jardinero, que los miraba desde el umbral, dijo que en la estancia de don Dulce podía uno agenciarse un overo rosado. Pereda le pidió las señas de la estancia y el jardinero lo acompañó un par de calles, hasta un solar lleno de escombros. Más allá sólo había campo. La estancia se llamaba Mi Paraíso y no parecía tan abandonada como Álamo Negro. Unas gallinas picoteaban por el patio. La puerta del galpón estaba arrancada de sus goznes y alguien la había apoyado a un lado, contra una pared. Unos niños de rasgos aindiados jugaban con unas boleadoras. De la casa principal salió una mujer y le dio las buenas tardes. Pereda le pidió un vaso de agua. Mientras bebía le preguntó si allí vendían un caballo. Tiene que esperar al patrón, dijo la mujer, y volvió a entrar en la casa. Pereda se sentó junto al aljibe y se entretuvo espantando las moscas que salían de todas partes, como si en el patio estuvieran encurtiendo carne, aunque los únicos encurtidos que Pereda conocía eran los picles que hacía muchos años compraba en una tienda que los importaba directamente de Inglaterra. Al cabo de una hora, oyó los ruidos de un jeep y se levantó. Don Dulce era un tipo bajito, rosado, de ojos azules, vestido con una camisa blanca de manga corta pese a que a esa hora ya empezaba a refrescar. Junto a él se bajó un gaucho ataviado con bombachas y chiripá, aún más bajo que don Dulce, que lo miró de reojo y luego se puso a trasladar pieles de conejo al galpón. Pereda se presentó a sí mismo. Dijo que era el dueño de Álamo Negro, que tenía pensado hacer algunos arreglos en la estancia y que necesitaba comprar un caballo. Don Dulce lo invitó a comer. A la mesa se sentaron el anfitrión, la mujer que había visto, los niños, el gaucho y él. La chimenea la usaban no para calentarse sino para asar trozos de carne. El pan era duro, sin levadura, como el pan ácimo de los judíos, pensó Pereda, cuya mujer era judía, como recordó con un asomo de nostalgia. Pero ninguno de la estancia Mi Paraíso parecía judío. Don Dulce hablaba como un criollo aunque a Pereda no se le pasaron por alto algunas expresiones de compadrito porteño, como si don Dulce se hubiera criado en Villa Luro y llevara relativamente poco tiempo viviendo en la pampa. No hubo ningún problema a la hora de venderle el caballo. En cualquier caso Pereda no se vio en el brete de escoger, pues sólo había un caballo a la venta. Cuando dijo que tal vez iba a tardar un mes en pagárselo don Dulce no puso objeción, pese a que el gaucho, que no dijo una palabra durante toda la cena, lo miró con ojos desconfiados. Al despedirse le ensillaron el caballo y le indicaron el rumbo que tenía que tomar. ¿Cuánto tiempo hace que no monto?, pensó Pereda. Durante unos segundos temió que sus huesos, hechos al confort de Buenos Aires y los sillones de Buenos Aires, se fueran a romper. La noche era oscura como boca de lobo. La expresión le pareció a Pereda una estupidez. Probablemente las noches europeas fueran oscuras como bocas de lobo, no las noches americanas, que más bien eran oscuras como el vacío, un sitio sin agarraderos, un lugar aéreo, pura intemperie, ya fuera por arriba o por abajo. Que le llueva finito, oyó que le gritaba don Dulce. A la buena de Dios, le respondió desde la oscuridad. En el camino de regreso a su estancia se quedó dormido un par de veces. En una vio una lluvia de sillones que sobrevolaba una gran ciudad que al final reconoció como Buenos Aires. Los sillones, de pronto, entraban en combustión y procedían a quemarse iluminando el cielo de la ciudad. En otra se vio a sí mismo montado en un caballo, junto a su padre, alejándose ambos de Álamo Negro. El padre de Pereda parecía compungido. ¿Cuándo volveremos?, le preguntaba el niño. Nunca más, Manuelito, decía su padre. Despertó de esta última cabezada en una calle de Capitán Jourdan. En una esquina vio una pulpería abierta. Oyó voces, alguien que rasgueaba una guitarra, que la afinaba sin decidirse jamás a tocar una canción determinada, tal como había leído en Borges. Por un instante pensó que su destino, su jodido destino americano, sería semejante al de Dalhman, y no le pareció justo, en parte porque había contraído deudas en el pueblo y en parte porque no estaba preparado para morir, aunque bien sabía Pereda que uno nunca está preparado para ese trance. Una inspiración repentina lo hizo entrar montado en la pulpería. En el interior había un gaucho viejo, que rasgueaba la guitarra, el encargado y tres tipos más jóvenes sentados a una mesa, que dieron un salto no más vieron entrar el caballo. Pereda pensó, con íntima satisfacción, que la escena parecía extraída de un cuento de Di Benedetto. Endureció, sin embargo, el rostro y se arrimó a la barra recubierta con una plancha de zinc. Pidió un vaso de aguardiente que bebió con una mano mientras con la otra sostenía disimuladamente el rebenque, ya que aún no se había comprado un facón, que era lo que la tradición mandaba. Al marcharse, después de pedirle al pulpero que le anotara la consumición en su cuenta, mientras pasaba junto a los gauchos jóvenes, para reafirmar su autoridad, les pidió que se hicieran a un lado, que él iba a escupir. El gargajo, virulento, salió casi de inmediato disparado de sus labios y los gauchos, asustados y sin entender nada, sólo alcanzaron a dar un salto. Que les llueva finito, dijo antes de perderse una vez más en la oscuridad de Capitán Jourdan. A partir de entonces Pereda iba cada día al pueblo montado en su caballo, al que puso por nombre José Bianco. Generalmente iba a comprar utensilios que le servían para reparar la estancia, pero también se entretenía conversando con el jardinero, el pulpero, el ferretero, cuyas existencias mermaba diariamente, engordando así la cuenta que tenía con cada uno de ellos. A estas tertulias pronto se añadieron otros gauchos y comerciantes, y a veces hasta los niños iban a escuchar las historias que contaba Pereda. En ellas, por supuesto, siempre salía bien parado, aunque no eran precisamente historias muy alegres. Contaba, por ejemplo, que había tenido un caballo muy parecido a José Bianco, y que se lo habían matado en un entrevero con la policía. Por suerte yo fui juez, decía, y la policía cuando topa con los jueces o ex jueces suele recular. La policía es el orden, decía, mientras que los jueces somos la justicia. ¿Captan la diferencia, muchachos? Los gauchos solían asentir, aunque no todos sabían de qué hablaba. Otras veces se acercaba a la estación, donde su amigo Severo se entretenía recordando las travesuras de la infancia. Para sus adentros, Pereda pensaba que no era posible que él hubiera sido tan tonto como lo pintaba Severo, pero lo dejaba hablar hasta que se cansaba o se dormía y entonces el abogado salía al andén y esperaba el tren que debía traerle una carta. Finalmente la carta llegó. En ella su cocinera le explicaba que la vida en Buenos Aires era dura pero que no se preocupara pues tanto ella como la sirvienta seguían yendo una vez cada dos días a la casa, que relucía. Había departamentos en el barrio que con la crisis parecían haber caído en una entropía repentina, pero su departamento seguía tan limpio y señorial y habitable como siempre, o puede que más, ya que el uso, que desgasta las cosas, había disminuido casi hasta desaparecer. Luego pasaba a contarle pequeños chismes sobre los vecinos, chismes teñidos de fatalismo, pues todos se sentían estafados y no vislumbraban ninguna luz al final del túnel. La cocinera creía que la culpa era de los peronistas, manta de ladrones, mientras que la sirvienta, más demoledora, echaba la culpa a todos los políticos y en general al pueblo argentino, masa de borregos que finalmente habían conseguido lo que se merecían. Sobre la posibilidad de girarle dinero, ambas estaban en ello, de eso podía tener absoluta certeza, el problema es que aún no habían dado con la fórmula de hacerle llegar la plata sin que los crotos la sustrajeran por el camino. Al atardecer, mientras volvía a Álamo Negro al tranco, el abogado solía ver a lo lejos unas taperas que el día anterior no estaban. A veces, una delgada columna de humo salía de la tapera y se perdía en el cielo inmenso de la pampa. Otras veces se cruzaba con el vehículo en el que se movían don Dulce y su gaucho y se quedaban un rato hablando y fumando, unos sin bajarse del jeep y el abogado sin desmontar de José Bianco. Durante esas travesías don Dulce se dedicaba a cazar conejos. Una vez Pereda le preguntó cómo los cazaba y don Dulce le dijo a su gaucho que le mostrara una de sus trampas, que era un híbrido entre una pajarera y una trampa de ratones. En el jeep, de todas formas, nunca vio ningún conejo, sólo las pieles, pues el gaucho se encargaba de desollarlos en el mismo lugar donde dejaba las trampas. Cuando se despedían, Pereda siempre pensaba que el oficio de don Dulce no engrandecía a la patria sino que la achicaba. ¿A qué gaucho de verdad se le puede ocurrir vivir de cazar conejos?, pensaba. Luego le daba una palmada cariñosa a su caballo, vamos, che, José Bianco, sigamos, le decía, y volvía a la estancia. Un día apareció la cocinera. Le traía dinero. El viaje de la estación a la estancia lo hicieron ella montada al anca y la otra mitad ambos a pie, en silencio, contemplando la pampa. Por entonces la estancia estaba más habitable que como la encontrara Pereda y comieron guisado de conejo y luego la cocinera, a la luz de un quinqué, le hizo las cuentas del dinero que traía, de dónde lo había sacado, qué objetos de la casa había tenido que malvender para conseguirlo. Pereda no se tomó la molestia de contar los billetes. A la mañana siguiente, al despertar, vio que la cocinera había trabajado toda la noche en adecentar algunas habitaciones. La reprendió dulcemente por ello. Don Manuel, le dijo ella, esto parece un chiquero de chanchos. Dos días más tarde la cocinera, pese a los ruegos del abogado, tomó el tren y volvió a Buenos Aires. Yo sin Buenos Aires me siento otra, le explicó mientras esperaban, únicos viajeros, en el andén. Y ya soy demasiado vieja para sentirme otra. Las mujeres siempre son las mismas, pensó Pereda. Todo está cambiando, le explicó la cocinera. La ciudad estaba llena de mendigos y la gente decente hacía ollas comunes en los barrios para tener algo que echarse al estómago. Había como diez tipos de moneda, sin contar la oficial. Nadie se aburría. Se desesperaban, pero no se aburrían. Mientras hablaba, Pereda miraba los conejos que se asomaban al otro lado de las vías. Los conejos los miraban a ellos y luego pegaban un salto y se perdían por el campo. A veces pareciera que estas tierras estén llenas de piojos o de pulgas, pensó el abogado. Con el dinero que le trajo la cocinera canceló sus deudas y contrató a un par de gauchos para arreglar los techos de la estancia, que se estaban viniendo abajo. El problema era que él no sabía nada de carpintería y los gauchos menos. Uno se llamaba José y debía de andar por los setenta años. No tenía caballo. El otro se llamaba Campodónico y probablemente era menor, aunque tal vez fuera mayor. Los dos vestían bombachas, pero se cubrían la cabeza con gorros hechos por ellos mismos con pieles de conejo. Ninguno de los dos tenía familia, por lo que al cabo de poco tiempo se instalaron a vivir en Álamo Negro. Por las noches, a la luz de una hoguera, Pereda mataba el tiempo contándoles aventuras que sólo habían sucedido en su imaginación. Les hablaba de Argentina, de Buenos Aires y de la pampa, y les preguntaba con cuál de las tres se quedaban. Argentina es una novela, les decía, por lo tanto es falsa o por lo menos mentirosa. Buenos Aires es tierra de ladrones y compadritos, un lugar similar al infierno, donde lo único que valía la pena eran las mujeres y a veces, pero muy raras veces, los escritores. La pampa, en cambio, era lo eterno. Un camposanto sin límites es lo más parecido que uno puede hallar. ¿Se imaginan un camposanto sin límites, pibes?, les preguntaba. Los gauchos se sonreían y le decían que francamente era difícil imaginar algo así, pues los camposantos son para los humanos y los humanos, aunque numerosos, ciertamente tenían un límite. Es que el camposanto del que les hablo, contestaba Pereda, es la copia fiel de la eternidad. Con el dinero que aún le quedaba se fue a Coronel Gutiérrez y compró una yegua y un potro. La yegua se dejaba montar, pero el potro no servía casi para nada y encima había que atenderlo con extremo cuidado. A veces, por las tardes, cuando se aburría de trabajar o de no hacer nada, se iba con sus gauchos a Capitán Jourdan. Él montaba a José Bianco y los gauchos montaban la yegua. Cuando entraba en la pulpería un silencio respetuoso se extendía por el local. Alguna gente jugaba al truco y otros a las damas. Cuando el alcalde, un tipo depresivo, aparecía por allí, no faltaban cuatro valientes para echarse una partida de monopoly hasta el amanecer. A Pereda esta costumbre de jugar (ya no digamos de jugar al monopoly) le parecía bastarda y ofensiva. Una pulpería es un sitio donde la gente conversa o escucha en silencio las conversaciones ajenas, pensaba. Una pulpería es como un aula vacía. Una pulpería es una iglesia humeante. Ciertas noches, sobre todo cuando aparecían por allí gauchos provenientes de otras zonas o viajantes de comercio despistados, le entraban unas ganas enormes de armar una pelea. Nada serio, un visteo, pero no con palitos tiznados sino con navajas. Otras veces se quedaba dormido entre sus dos gauchos y soñaba con su mujer que llevaba de la mano a sus niños y le reprochaba el salvajismo en el que había caído. ¿Y el resto del país qué?, le contestaba el abogado. Pero eso no es una excusa, che, le reprochaba la señora Hirschman. Entonces el abogado pensaba que su mujer tenía razón y se le llenaban los ojos de lágrimas. Sus sueños, sin embargo, solían ser tranquilos y cuando se levantaba por las mañanas estaba animoso y con ganas de trabajar. Aunque la verdad es que en Álamo Negro se trabajaba poco. La reparación del techado de la estancia fue un desastre. El abogado y Campodónico intentaron hacer una huerta y para tal fin compraron semillas en Coronel Gutiérrez, pero la tierra parecía rechazar cualquier semilla extraña. Durante un tiempo el abogado intentó que el potro, al que llamaba «mi semental», cruzara a la yegua. Si luego ésta paría una potrilla, mejor que mejor. De esta manera, imaginaba, podía en poco tiempo hacerse con una cuadra equina que impulsaría todo lo demás, pero el potro no parecía interesado en cubrir a la yegua y en varios kilómetros a la redonda no encontró a ningún otro dispuesto a hacerlo, pues los gauchos habían vendido sus caballos al matadero y ahora andaban a pie o en bicicleta o pedían autostop por las interminables pistas de la pampa. Hemos caído muy bajo, decía Pereda a su auditorio, pero aún podemos levantarnos como hombres y buscar una muerte de hombres. Para sobrevivir, él también tuvo que poner trampas para conejos. Durante los atardeceres, cuando salían de la estancia, a menudo dejaba que fueran José y Campodónico, más otro gaucho que se les había unido, apodado el Viejo, quienes vaciaran las trampas, y él enfilaba en dirección a las taperas. La gente que encontraba allí era gente joven, más joven que ellos, pero al mismo tiempo era gente tan mal dispuesta al diálogo, tan nerviosa, que no valía la pena ni siquiera invitarla a comer. Los cercos de alambre, en algunas partes, aún se mantenían en pie. De vez en cuando se acercaba a la línea férrea y se quedaba largo rato esperando que pasara el tren, sin desmontarse del caballo, comiendo ambos briznas de hierba, y en no pocas ocasiones el tren no pasó nunca, como si ese pedazo de Argentina se hubiera borrado no sólo del mapa sino de la memoria. Una tarde, mientras trataba inútilmente de que su potro montara a la yegua, vio un auto que atravesaba la pampa y se dirigía directamente a Álamo Negro. El auto se detuvo en el patio y de él descendieron cuatro hombres. Le costó reconocer a su hijo. Lo mismo le pasó al Bebe cuando vio a aquel viejo barbado y de larga melena enmarañada que vestía bombachas y llevaba el torso desnudo y requemado por el sol. Hijo de mi alma, dijo Pereda al abrazarlo, sangre de mi sangre, justificación de mis días, y habría podido seguir si el Bebe no lo hubiera detenido para presentarle a sus amigos, dos escritores de Buenos Aires y el editor Ibarrola, que amaba los libros y la naturaleza y subvencionaba el viaje. En honor a los invitados de su hijo, aquella noche el abogado mandó hacer una gran fogata en el patio y trajo de Capitán Jourdan al gaucho que mejor rasgueaba la guitarra, advirtiéndole antes que se limitara estrictamente a eso, a rasguearla, sin emprender ninguna canción en particular, tal como correspondía hacer en el campo. De Capitán Jourdan, asimismo, le enviaron diez litros de vino y un litro de aguardiente, que Campodónico y José trajeron en la camioneta del intendente. También hizo acopio de conejos y asó uno por persona, aunque la gente de la ciudad no mostró un entusiasmo muy grande por dicho tipo de carne. Aquella noche, además de sus gauchos y de los porteños, se juntaron más de treinta personas alrededor de la fogata. Antes de que empezara la fiesta Pereda, en voz alta, advirtió que no quería peleas, algo que estaba fuera de lugar, pues los lugareños eran gente pacífica, a la que le costaba trabajo matar a un conejo. Pese a esto, sin embargo, el abogado pensó en habilitar uno de los innumerables cuartos para que quienes se sumaran al jolgorio depositaran allí los cuchillitos y facas, pero luego pensó que tal medida, ciertamente, era un poco exagerada. A las tres de la mañana los hombres de respeto habían emprendido el camino de vuelta a Capitán Jourdan y en la estancia sólo quedaban algunos jóvenes que no sabían qué hacer, pues ya se había acabado la comida y la bebida y los porteños hacía rato que dormían. Por la mañana el Bebe intentó convencer a su padre de que regresara con él a Buenos Aires. Las cosas, allí, le dijo, poco a poco se estaban solucionando y a él, personalmente, no le iba mal. Le entregó un libro, uno de los muchos regalos que le había traído, y le dijo que se había publicado en España. Ahora soy un escritor reconocido en toda Latinoamérica, le aseguró. El abogado, francamente, no sabía de qué le hablaba. Cuando le preguntó si se había casado y el Bebe respondió que no, le recomendó que se buscara una india y que se viniera a vivir a Álamo Negro. Una india, repitió el Bebe con una voz que al abogado le pareció soñadora. Entre los otros regalos que le trajo su hijo estaba una pistola Beretta 92, con dos cargadores y una caja de munición. El abogado miró la pistola con asombro. Francamente, ¿crees que la voy a precisar?, dijo. Eso nunca se sabe. Aquí estás muy solo, dijo el Bebe. En lo que quedaba de mañana le ensillaron la yegua a Ibarrola, que quería echar una miradita a los campos, y Pereda lo acompañó montado en José Bianco. Durante dos horas el editor se deshizo en elogios de la vida bucólica y asilvestrada que, según él, hacían los vecinos de Capitán Jourdan. Cuando vio la primera tapera echó a galopar pero antes de llegar a ésta, que estaba mucho más lejos de lo que había imaginado, un conejo le saltó al cuello y le mordió. El grito del editor se apagó de inmediato en la inmensidad. Desde su posición, Pereda sólo vio una mancha oscura que salía del suelo, trazaba un arco hasta la cabeza del editor y luego desaparecía. Vasco de mierda, pensó. Espoleó a José Bianco y cuando alcanzó a Ibarrola, éste se cubría el cuello con una mano y la cara con la otra. Sin una sola palabra le apartó la mano. Debajo de la oreja tenía un arañazo y sangraba. Le preguntó si tenía un pañuelo. El editor respondió afirmativamente y sólo entonces se dio cuenta de que estaba llorando. Póngase el pañuelo en la herida, le dijo. Luego cogió las riendas de la yegua y se acercaron a la tapera. No había nadie y no descabalgaron. Mientras volvían a la estancia el pañuelo que Ibarrola sujetaba contra la herida se fue tiñendo de rojo. No hablaron. Ya en la estancia, Pereda ordenó a sus gauchos que desvistieran de cintura para arriba al editor y lo tumbaran sobre una mesa en el patio, luego le lavó la herida, calentó un cuchillo y con la hoja al rojo vivo procedió a cauterizarla y finalmente le improvisó un apósito con otro pañuelo que sujetó con un vendaje improvisado: una de sus camisas viejas, que hizo empapar en aguardiente, en el poco aguardiente que quedaba, una medida más ritual que efectiva, pero que con probarla nada se perdía. Cuando su hijo y los dos escritores regresaron de dar un paseo por Capitán Jourdan encontraron a Ibarrola desmayado aún sobre la mesa y a Pereda sentado en una silla junto a él, mirándolo con la misma concentración que un estudiante de medicina. Detrás de Pereda, absortos asimismo en el herido, estaban los tres gauchos de la estancia. Sobre el patio caía un sol inmisericorde. La madre que lo parió, gritó uno de los amigos del Bebe, tu papá nos ha matado al editor. Pero el editor no estaba muerto y cuando se recuperó, salvo por la cicatriz, que solía mostrar con orgullo y que explicaba era debida a la picadura de una culebra saltadora y a su posterior cauterización, dijo sentirse mejor que nunca, aunque esa misma noche se marchó con los escritores a Buenos Aires. A partir de ese momento las visitas de la ciudad no escasearon. En ocasiones aparecía el Bebe solo, con su traje de montar y sus cuadernos en donde escribía historias vagamente policiales y melancólicas. En otras ocasiones llegaba el Bebe con personalidades porteñas, que generalmente eran escritores pero entre las que no era raro encontrar a un pintor, que era el tipo de invitado que Pereda más apreciaba, pues los pintores, vaya uno a saber por qué, sabían mucho más de carpintería y albañilería que el gauchaje que solía mosconear todo el día alrededor de Álamo Negro. Una vez llegó el Bebe con una psiquiatra. La psiquiatra era rubia y tenía los ojos azules acerados y los pómulos altos, como una figurante de El anillo de los Nibelungos. Su único defecto, según Pereda, era que hablaba mucho. Una mañana la invitó a salir a dar un paseo. La psiquiatra aceptó. Le ensillaran la yegua y Pereda montó a José Bianco y partieron en dirección oeste. Durante el paseo la psiquiatra le habló de su trabajo en un sanatorio de Buenos Aires. La gente, le dijo o se lo dijo a los conejos que a veces, subrepticiamente, acompañaban durante un trecho a los jinetes, estaba cada día más desequilibrada, hecho comprobado que llevaba a la psiquiatra a deducir que tal vez el desequilibrio mental no fuera una enfermedad sino una forma de normalidad subyacente, una normalidad vecina a la normalidad que el común de los mortales admitía. A Pereda estas palabras le sonaban a chino, pero como la belleza de la invitada de su hijo lo cohibía se guardó de realizar ningún comentario al respecto. Al mediodía se detuvieron y comieron charqui de conejo y vino. El vino y la carne, una carne oscura que brillaba como el alabastro al ser tocada por la luz y que parecía hervir literalmente de proteínas, propiciaron en la psiquiatra la vena poética y a partir de entonces, según pudo apreciar con el rabillo del ojo Pereda, se desmelenó. Con voz bien timbrada se puso a citar versos de Hernández y de Lugones. Se preguntó en voz alta dónde se había equivocado Sarmiento. Enumeró bibliografías y gestas mientras los caballos, a buen trote, seguían impertérritos hacia el oeste, hasta lugares adonde el mismo Pereda no había llegado nunca y a los cuales se alegraba de encaminarse en tan buena aunque en ocasiones latosa compañía. A eso de las cinco de la tarde divisaron en el horizonte el esqueleto de una estancia. Felices, espolearon a sus cabalgaduras en aquella dirección, pero cuando dieron las seis aún no habían llegado, lo que llevó a la psiquiatra a observar lo engañosas que resultaban a veces las distancias. Cuando por fin llegaron salieron a recibirlos cinco o seis niños desnutridos y una mujer vestida con una pollera amplísima y excesivamente abultada, como si debajo de la pollera, enroscada sobre sus piernas, portara un animal vivo. Los niños no le quitaban ojo a la psiquiatra, la cual al principio insistió en un comportamiento maternal, del que no tardaría en renegar al sorprender en los ojos de los pequeños una intención torva, como luego le explicó a Pereda, un plan avieso escrito, según ella, en una lengua llena de consonantes, de gañidos, de rencores. Pereda, que cada vez estaba más convencido de que la psiquiatra no estaba muy bien de la cabeza, aceptó la hospitalidad de la mujer, la cual, durante la cena, que hicieron en un cuarto lleno de fotografías antiguas, les explicó que hacía mucho tiempo que los patrones se habían marchado a la ciudad (no supo decirles qué ciudad) y que los peones de la estancia, al verse privados de un jornal mensual, poco a poco fueron desertando. También les habló de un río y de unas crecidas, aunque Pereda no tenía ni idea de dónde se encontraba ese río ni nadie en Capitán Jourdan le había hablado de crecidas. Comieron, como era de esperar, guisado de conejo, que la mujer sabía cocinar con maña. Antes de marcharse Pereda les indicó dónde estaba Álamo Negro, su estancia, por si algún día se cansaban de vivir allí. Pago poco, pero al menos hay compañía, les dijo con voz grave, como si les explicara que tras la vida venía la muerte. Luego reunió a su alrededor a los niños y procedió a darles tres consejos. Cuando hubo terminado de hablar vio que la psiquiatra y la mujer polleruda se habían quedado dormidas, sentadas en sendas sillas. Comenzaba a amanecer cuando se marcharon. Sobre la pampa rielaba la luna llena y de tanto en tanto veían el salto de algún conejo, pero Pereda no les hacía caso y tras permanecer largo rato en silencio se puso a canturrear una canción en francés que a su difunta le gustaba. La canción hablaba de un muelle y de neblina, de amantes infieles, como son todos los amantes a fin de cuentas, pensó comprensivo, y de escenarios rotundamente fieles. A veces Pereda, mientras recorría montado en José Bianco o a pie los lindes difusos de su estancia, pensaba que nada sería como antes si no volvía el ganado. Vacas, gritaba, ¿dónde están? En invierno la mujer polleruda llegó seguida de los niños a Álamo Negro y las cosas cambiaron. Alguna gente de Capitán Jourdan ya la conocía y se alegró de volverla a ver. La mujer no hablaba mucho pero sin duda trabajaba más que los seis gauchos que para entonces Pereda tenía en nómina, lo cual es un decir, pues a menudo se pasaba meses sin pagarles. De hecho, algunos de los gauchos tenían una noción del tiempo, por llamarlo así, distinta de la normal. El mes podía tener cuarenta días sin que eso les causara dolor de cabeza. Los años cuatrocientos cuarenta días. En realidad, ninguno de ellos, incluido Pereda, procuraba pensar en ese tema. Había gauchos que hablaban al calor de la lumbre de electroshocks y otros que hablaban como comentaristas deportivos expertos, sólo que los partidos de fútbol que mentaban habían sucedido mucho tiempo atrás, cuando ellos tenían veinte años o treinta y pertenecían a alguna barra brava. La puta que los parió, pensaba Pereda con ternura, una ternura varonil, eso sí. Una noche, harto de oír a aquellos viejos soltar frases deshilachadas sobre hospitales psiquiátricos y barrios miserables donde los padres dejaban sin leche a sus hijos por seguir a su equipo en desplazamientos legendarios, les preguntó qué opinión tenían sobre la política. Los gauchos, al principio, se mostraron renuentes a hablar de política, pero, tras animarlos, al final resultó que todos ellos, de una forma o de otra, añoraban al general Perón. Hasta aquí podemos llegar, dijo Pereda, y sacó su cuchillo. Durante unos segundos pensó que los gauchos harían lo mismo y que aquella noche se iba a cifrar su destino, pero los viejos retrocedieron temerosos y le preguntaron, por Dios, qué le pasaba, qué le habían hecho ellos, qué mosca le había picado. La luz de la fogata concedía a sus rostros un aspecto atigrado, pero Pereda, temblando con el cuchillo en la mano, pensó que la culpa argentina o la culpa latinoamericana los había transformado en gatos. Por eso en vez de vacas hay conejos, se dijo a sí mismo mientras se daba la vuelta y se dirigía a su habitación. No los carneo aquí mismo porque me dan pena, les gritó. A la mañana siguiente temió que los gauchos hubieran regresado a Capitán Jourdan, pero los encontró a todos, algunos trabajando en el patio, otros mateando junto a la fogata, como si no hubiera pasado nada. Pocos días después llegó la polleruda de la estancia del oeste y Álamo Negro empezó a progresar, empezando por la comida, pues la mujer sabía cómo cocinar de diez maneras diferentes un conejo, dónde encontrar especias, cuál era la técnica para hacer un huerto y así tener verduras y hortalizas. Una noche la mujer recorrió la galería y se metió en el cuarto de Pereda. Vestía únicamente unas enaguas y el abogado le hizo sitio en su cama y se pasó el resto de la noche mirando el cielo raso y sintiendo junto a sus costillas ese cuerpo tibio y desconocido. Cuando ya amanecía se durmió y al despertar la mujer ya no estaba allí. Amancebado con una china, dijo el Bebe después de que su padre lo pusiera al corriente. Sólo técnicamente, puntualizó el abogado. Para entonces, pidiendo préstamos aquí y allá, había logrado aumentar la cabaña caballar y conseguido cuatro vacas. Las tardes en que estaba aburrido ensillaba a José Bianco y salía a pasear a las vacas. Los conejos, que en su vida habían visto una vaca, las miraban con asombro. Parecía que Pereda y las vacas se dirigían hacia el fin de! mundo, pero sólo habían salido a dar una vuelta. Una mañana aparecieron en Álamo Negro una doctora y un enfermero. Después de haberse quedado cesantes en Buenos Aires ahora trabajaban para una ONG española como servicio móvil de atención primaria. La doctora quería hacerles pruebas a los gauchos para comprobar que no tuvieran hepatitis. Cuando volvieron, al cabo de una semana, Pereda los agasajó lo mejor que pudo. Hizo arroz con conejo, que la doctora dijo que sabía mejor que una paella valenciana, y luego procedió a vacunar gratis a todos los gauchos. A la cocinera le entregó un frasco con comprimidos, diciéndole que le suministrara uno a cada niño todas las mañanas. Antes de que se marcharan Pereda quiso saber cómo se encontraba su gente. Anémicos, le respondió la doctora, pero nadie tiene hepatitis B o C. Es un alivio saberlo, dijo Pereda. Sí, en cierta forma es un alivio, dijo la doctora. Antes de que se marcharan Pereda le echó una ojeada al interior de la camioneta en la que viajaban. En la parte trasera había un revoltijo de sacos de dormir y cajas con medicinas y desinfectantes para primeros auxilios. ¿Adonde van ahora?, quiso saber. Al sur, le dijo la doctora. Tenía los ojos enrojecidos y el abogado no supo si era por falta de sueño o por haber estado llorando. Cuando la camioneta se alejó y sólo quedó la polvareda, pensó que los iba a echar de menos. Esa noche les habló a los gauchos reunidos en la pulpería. Yo creo, les dijo, que estarmos perdiendo la memoria. En buena hora, por lo demás. Los gauchos por primera vez lo miraron como si entendieran el alcance de sus palabras mejor que él. Poco tiempo después le llego una carta del Bebe en la que le anunciaba que tenía que ir a Buenos Aires a firmar unos papeles para proceder a la venta de su casa. ¿Qué hago, pensó Pereda, tomo el tren o voy a caballo? Aquella noche casi no pudo dormir. Se imaginaba a la gente que se agolpaba en las aceras mientras él entraba montado en José Bianco. Autos detenidos, policías mudos, un canillita sonriendo, potreros desolados en donde sus compatriotas jugaban al fútbol con la parsimonia que provoca la malnutrición. Pereda entrando en Buenos Aires, bajo esta escenografía, tenía la misma resonancia que Jesucristo entrando en Jerusalén o en Bruselas, según un cuadro de Ensor. Todos los seres humanos, pensó dando vueltas en la cama, en alguna ocasión de nuestras vidas entramos en Jerusalén. Sin excepciones. Algunos luego ya no salen. Pero la mayoría sale. Y luego somos prendidos y luego crucificados. Máxime si se trata de un pobre gaucho. También imaginó una calle del centro, una calle muy bonita que tenía lo mejor de cada calle de Buenos Aires, en donde él se adentraba montado en su fiel José Bianco, mientras de los pisos superiores empezaba a caer una lluvia de flores blancas. ¿Quiénes arrojaban las flores? Eso no lo sabía, pues tanto la calle como las ventanas de los edificios estaban vacías. Deben ser los muertos, reflexionó Pereda en su duermevela. Los muertos de Jerusalén y los muertos de Buenos Aires. A la mañana siguiente habló con la cocinera y los gauchos y les comunicó que iba a ausentarse durante un tiempo. Nadie dijo nada, pero por la noche, mientras cenaban, la polleruda le preguntó si iba a Buenos Aires. Pereda movió la cabeza afirmativamente. Entonces cuídese y que le llueva finito, dijo la mujer. Dos días después tomó el tren y rehizo de vuelta el camino que había emprendido hacía más de tres años. Cuando llegó a la estación Constitución alguna gente lo miró como si estuviera disfrazado, pero a la mayoría no parecía importarle gran cosa ver a un viejo vestido a medias de gaucho y a medias de trampero de conejos. El taxista que lo llevó hasta su casa quiso saber de dónde venía y como Pereda permanecía enclaustrado en sus cavilaciones le preguntó si sabía hablar en español. Por toda respuesta Pereda extrajo de la sisa su cuchillo y comenzó a cortarse las uñas, que tenía largas como gato montes. En su casa no halló a nadie. Debajo del felpudo estaban las llaves y entró. La casa parecía limpia, incluso excesivamente limpia, pero olía a bolitas de alcanfor. Agotado, Pereda se arrastró a su dormitorio y se tiró en la cama sin sacarse las botas. Cuando despertó había anochecido. Se dirigió a la sala sin encender ninguna luz y telefoneó a su cocinera. Primero habló con su marido, que quiso saber quién llamaba y que no pareció muy convencido cuando le dijo quién era. Luego la cocinera se puso al aparato. Estoy en Buenos Aires, Estela, le dijo. La cocinera no pareció sorprendida. Aquí cada día ocurre algo nuevo, respondió cuando Pereda le preguntó si no le alegraba saberlo en casa. Luego quiso llamar a su otra empleada, pero una voz femenina e impersonal le anunció que el número al que acababa de llamar estaba fuera de servicio. Desanimado, tal vez hambriento, quiso recordar los rostros de sus empleadas y la imagen que apareció fue vaga, sombras que recorrían el pasillo, un revolar de ropa limpia, murmullos y voces en sordina. Lo increíble es que recuerde sus números de teléfono, pensó Pereda sentado a oscuras en la sala de su casa. Poco después salió. Imperceptiblemente, sus pasos lo llevaron hasta el café donde el Bebe solía reunirse con sus amigos artistas. Desde la calle vio el interior del local, bien iluminado, amplio y bullicioso. El Bebe presidía, junto a un viejo (¡Un viejo como yo!, pensó Pereda), una de las mesas más animadas. En otra, más cercana a la ventana desde donde espiaba, distinguió a un grupo de escritores que más bien parecían empleados de una empresa de publicidad. Uno de ellos, con pinta de adolescente, aunque ya pasaba la cincuentena y posiblemente también los sesenta, cada cierto tiempo se untaba con polvos blancos la nariz y peroraba sobre literatura universal. De pronto, los ojos del falso adolescente y los ojos de Pereda se encontraron. Durante un instante se contemplaron mutuamente como si la presencia del otro constituyera una rajadura en la realidad circundante. Con gesto decidido y una agilidad insospechada, el escritor con pinta de adolescente se levantó de un salto y salió hacia la calle. Antes de que Pereda se diera cuenta, lo tuvo encima. ¿Qué miras?, dijo mientras de un manotazo se quitaba los restos de polvo blanco de la nariz. Pereda lo estudió. Era más alto que él y más delgado y posiblemente también más fuerte. ¿Qué miras, viejo insolente? ¿Qué miras? Desde el interior del café, la patota del falso adolescente contemplaba la escena como si cada noche sucediera algo parecido. Pereda se supo empuñando el cuchillo y se dejó ir. Avanzó un paso y sin que nadie percibiera que iba armado le clavó la punta, sólo un poco, en la ingle. Más tarde recordaría la cara de sorpresa del escritor, la cara espantada y como de reproche, y sus palabras que buscaban una explicación (¿Qué hiciste, pelotudo?), sin saber todavía que la fiebre y la náusea no tienen explicación. Me parece que precisas una compresa, añadió todavía Pereda, con voz clara y firme, indicando la entrepierna tinta en sangre del cocainita. Mi madre, dijo éste cuando se miró. Al levantar la vista, rodeado por sus amigos y colegas, Pereda ya no estaba. ¿Qué hago, pensó el abogado mientras deambulaba por la ciudad de sus amores, desconociéndola, reconociéndola, maravillándose de ella y compadeciéndola, me quedo en Buenos Aires y me convierto en un campeón de la justicia, o me vuelvo a la pampa, de la que nada sé, y procuro hacer algo de provecho, no sé, tal vez con los conejos, tal vez con la gente, esos pobres gauchos que me aceptan y me sufren sin protestar? Las sombras de la ciudad no le ofrecieron ninguna respuesta. Calladas, como siempre, se quejó Pereda. Pero con las primeras luces del día decidió volver.

miércoles, 28 de enero de 2015

Juan José Saerr ( Argentina, 1937 - Francia, 2005)


SOMBRAS SOBRE VIDRIO ESMERILADO 
a Biby Castellaro


¡Qué complejo es el tiempo, y sin embargo, qué sencillo! Ahora estoy sentada en el sillón de Viena, en el living, y puedo ver la sombra de Leopoldo que se desviste en el cuarto de baño. Parece muy sencillo al pensar "ahora", pero al descubrir la extensión en el espacio de ese "ahora", me doy cuenta enseguida de la pobreza del recuerdo. El recuerdo es una parte muy chiquitita de cada "ahora", y el resto del "ahora" no hace más que aparecer, y eso muy pocas veces, y de un modo muy fugaz, como recuerdo. Tomemos el caso de mi seno derecho. En el ahora en que me lo cortaron, ¿cuántos otros senos crecían lentamente en otros pechos menos gastados por el tiempo que el mío? Y en este ahora en el que veo la sombra de mi cuñado Leopoldo preyectándose sobre los vidrios de la puerta del cuarto de baño y llevo la mano hacia el corpiño vacío, relleno con un falso seno de algodón puesto sobre la blanca cicatriz, ¿cuántas manos van hacia cuántos senos verdaderos, con temblor y delicia? Por eso digo que el presente es en gran parte recuerdo y que el tiempo es complejo aunque a la luz del recuerdo parezca de lo más sencillo. Soy la poetisa Adelina Flores. ¿Soy la poetisa Adelina Flores? Tengo cincuenta y seis años y he publicado tres libros: "El camino perdido", "Luz a lo lejos" y "La dura oscuridad". Ahora veo la sombra de mi cuñado Leopoldo proyectándose agrandada sobre el vidrio de la puerta del baño. La puerta no da propiamente al living, sino a una especie de antecámara, y solamente por casualidad, porque está más cerca de la puerta de calle, que he dejado abierta para tomar aire, he traído el sillón de Viena a este lugar y estoy hamacándome lentamente en él. El sillón de Viena cruje levemente. No podía soportar mi cuarto, y no únicamente por el calor. Por eso vine aquí. Es difícil soportar encerrada entre libros polvorientos los atardeceres de este terrible enero. Susana ha salido. No sale nunca, pero hoy dijo que su pierna derecha le dolía y pidió turno para el médico. Así que está afuera desde las seis. Hamacándome lentamente veo como Leopoldo se desabrocha con cuidado la camisa, se la saca, y después se da vuelta para colgarla de la percha del baño. Ahora comienza a desabrocharse el pantalón. Advierto que tengo la mano sobre el puñado de algodón que le da forma al corpino en la parte derecha de mi cuerpo, y bajo la mano. He visto crecer y cambiar ciudades y países como a seres humanos, pero nunca he podido soportar ese cambio en mi cuerpo. Ni tampoco el otro: porque aunque he permanecido intacta, he visto con el tiempo alterarse esa aparente inmutabilidad. Y he descubierto que muchas veces es lo que cambia en una lo que le permite a una seguir siendo la misma. Y que lo que permanece en una intacto, puede cambiarla para mal. La sombra de Leopoldo se proyecta sobre el vidrio esmerilado, de un modo extraño, moviéndose, ahora que Leopoldo se inclina para sacarse el pantalón, encorvándose para desenfundar una pierna primero, irguiéndose al conseguirlo, y volviéndose a encorvar para sacar la otra, irguiéndose otra vez en seguida. ("Sombras" "Sombras sobre" "Cuando una sombra sobre un vidrio veo" No.) Ese chico, ¿cómo se llamaba? Tomatis. Él me dijo una vez lo que piensa de mí, en la mesa redonda sobre la influencia de la literatura en la educación de la adolescencia. Yo no quería estar en ese escenario de la universidad. Pero vino el editor y me dijo: "¿No te parece que si te presentaras más seguido en público para exponer tus puntos de vista "La dura oscuridad" podría salir un poco más, Adelina? " Así que me vi sentada en el escenario frente a la sala llena. Había cientos de caras que me miraban esperando que yo diera mi opinión, en ese salón frío y lleno de ecos. Tomatis estaba sentado en el otro extremo de la mesa. Hice una corta exposición, aunque la presencia de toda esa gente expectante me inhibía mucho. (Leopoldo acomoda cuidadosamente el pantalón, sosteniéndolo desde las botamangas, con el brazo alzado para conservar la raya. Después lo dobla y comienza a pasarlo por el travesaño de una percha; lo veo.) Cuando terminé de hablar, Tomatis se echó a reír. "La señorita Flores -dijo, riéndose y poniéndose como pensativo— ha dicho hermosas palabras sobre la condición de los seres humanos. Lástima que no sean verdaderas. Digo yo, la señorita Flores, ¿ha estado saliendo últimamente de su casa? " Los cientos de personas que estaban sentadas contemplándonos se echaron a reír. Yo no dije una palabra más; y cuando terminó la mesa redonda y fuimos a la comida que nos ofreció la universidad, Tomatis se sentó al lado mío. Se lo pasó todo el tiempo charlando y riendo, fumando y tomando vino. Y en un aparte se volvió hacia mí y me dijo: "¿Usted no cree en la importancia de la fornicación, Adelina? Yo sí creo. Eso les pasa a ustedes, los de la vieja generación: han fornicado demasiado poco, o en su defecto nada en absoluto. ¿Sabe? Se dice que usted tiene un seno de menos. No, no estoy borracho. O sí, capaz que un poco sí. ¿Es cierto? ¿No piensa que usted misma lo ha matado? Yo pienso que sí. ¿Sabe? Usted me cae muy simpática, Adelina. Tiene un par de sonetos por ahí que valen la pena. Perdóneme la franqueza, pero yo soy así. Usted debería fornicar más, Adelina, sabe, romper la camisa de fuerza del soneto -porque las formas heredadas son una especie de virginidad— y empezar con otra cosa. Me juego la cabeza de que usted es capaz de salir adelante. Usted que la tiene cerca, páseme esa botella de vino. Gracias". Recuerdo perfectamente el lugar: un restaurante del centro con manteles cuadriculados, rojos y blancos, los platos sucios, los restos de pescado, y las botellas de vino tinto a medio vaciar. Ahora Leopoldo se ha sacado el calzoncillo y lo observa. Ha quedado completamente desnudo. Se inclina para dejarlo caer en el canasto de la ropa sucia que está en el costado del baño, junto a la bañadera. Puedo ver su sombra agrandada, pero no desmesuradamente, sobre los vidrios esmerilados de la puerta del baño que da a la antecámara. En este momento, únicamente esa sombra es "ahora", y el resto del "ahora" no es más que recuerdo. Y a veces, tan diferente del "ahora", ese recuerdo, que es cosa de ponerse a llorar. Es terrible pensar que lo único visible y real no son más que sombras. Si pienso que en este mismo momento los bañistas se pasean en traje de baño bajo los árboles tranquilos del parque del Sur, sé que eso no es ahora, sino recuerdo. Porque es posible que en este momento no haya ni un solo bañista en el parque del Sur, o, si hay alguno, no esté paseándose precisamente bajo los árboles que yo creo recordar; hasta es probable que estén todos echados en la arena de la playa, o en el agua, mientras el sol del crepúsculo vuelve roja la laguna y dos chicos se tiran uno al otro una pelota de goma que retumba en medio del silencio cuando choca contra la tierra. Pero me gusta imaginar que en este momento, en los barrios, las chicas se pasean en grupos de tres o cuatro tomadas del brazo, recién bañadas y perfumadas, y que grupos de muchachos las contemplan desde la esquina. Puedo ver las calles del centro abarrotadas de coches y colectivos y a Susana bajando lentamente, con cuidado por su pierna dolorida, las escaleras de la casa del médico. Es como si estuviera aquí y al mismo tiempo en cada parte. ¡Es tan complejo y sin embargo, tan sencillo! Ahora vuelvo ligeramente la cabeza y veo la mampara que da al patio. Entreveo los vidrios encortinados y el último resplandor de la tarde que penetra en el living a través de las grandes cortinas verdes. También veo los sillones vacíos, abandonados — ¡y cuántas veces nos hemos sentado en ellos Susana, Leopoldo, o yo o las visitas! — forrados en provenzal floreado. Las flores son verdes y azules, sobre fondo blanco. Hay una lámpara de pie, al lado de uno de los sillones, apagada. Pero yo me he traído el viejo sillón de Viena de mamá desde mi habitación y me he sentado en él —estoy hamacándome lentamente— para que el aire de la calle atraviese el living y se impregne como agua fría o como un olor sobre mi cuerpo. Ahora que no veo la puerta de vidrios esmerilados del baño, ¿qué estará proyectándose sobre ella? Seguramente el cuerpo desnudo de Leopoldo — ¡el cuerpo desnudo de Leopoldo! —, pero ¿en qué posición? ¿Tendrá los brazos alzados, se rascará el pecho con las dos manos, se tocará el cabello, o se habrá echado ligeramente hacia atrás para mirarse en el espejo? Es terrible, pero ese ahora, tan cercano, no es más que recuerdo; y si vuelvo la cabeza otra vez hacia la puerta que da a la antecámara el "ahora" de los sillones de funda floreada, vacíos y abandonados, y las cortinas a través de las cuales penetra la luz crepuscular, no será más que recuerdo. Vuelvo la cabeza; ahora. La sombra de Leopoldo ha desaparecido. Ha de estar sentado, haciendo sus necesidades. ("Veo una sombra sobre un vidrio" "Veo" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo.") En el vidrio vacío no se ve más que el resplandor difuso de la luz eléctrica, encendida en el interior del cuarto de baño. Es uno de esos días terribles de enero, de luz cenicienta; no está nublado ni nada, pero la luz liene un color ceniza, como si el sol se hubiese apagado hace mucho tiempo y llegara al planeta el reflejo de una luz muerta. Mi sencillo vestido gris y mi pelo gris condensan esa luz húmeda y muerta, y están como nimbados por un resplandor pútrido; y como acabo de hañarme no he hecho más qué condensar humedad sobre mi vieja piel blanca llena de vetas como de cuarzo. Tengo los brazos apoyados sobre la madera curva del sillón de Viena. Con el tiempo, si es que estoy viva, tomaré el rolor de la esterilla del sillón, me iré volviendo amarillenta y lustrosa, pulida por el tiempo. En eso fundo su sencillez. En que solamente pule y simplifica y preserva lo inalterable, reduciendo todo a simplicidad. Me dicen que destruye, pero yo no lo creo. Lo único que hace es simplificar. Lo que es frágil y pura carne que se vuelve polvo desaparece, pero lo que tiene un núcleo sólido de piedra o hueso, eso se vuelve suave y límpido con el tiempo y permanece. Ahora Susana debe estar bajando lentamente las escaleras de mármol blanco de la casa del médico, agarrándose del pasamanos para cuidar su pierna dolorida; ahora acaba de llegar a la calle y se queda un momento parada en la vereda sin saber qué dirección (porque sale muy poco y siempre se desorienta en centro de la ciudad; está con su vestido azul, sus anteoios (siempre creen que Adelina Flores es ella, por anteojos, y no yo) y sus zapatones negros de grueso taco bajo, que tienen cordones como los zapatos masculinos, mira como desconcertada en distintas direcciones, porque por un momento no sabe cuál tomar, mientras a la luz del crepúsculo pasa gente apurada y vestida de verano por la vereda, y un estruendo de colectivos y automóviles por la calle. Ahora con un movimiento de cabeza y un gesto que no revela el menor sentido del humor, sacándose los dedos de los labios, donde los había puesto mecánicamente al adoptar una actitud pensativa, Susana recuerda en qué dirección se encuentra la esquina donde debe tomar el colectivo y comienza a caminar con lentitud, decrépita y reumática, hacia ella. Hay como una fiebre que se ha apoderado de la ciudad, por encima de su cabeza -y ella no lo nota- en este terrible enero. Pero es una fiebre sorda, recóndita, subterránea, estacionaria, penetrante, como la luz de ceniza que envuelve desde el cielo la ciudad gris en un círculo mórbido de claridad condensada. ("Veo una sombra sobre un vidrio. Veo.") Veo a Susana atravesar lentamente el aire pesado y gris dirigiéndose hacia la parada de ómnibus donde debe esperar el dieciséis para volver en él a casa. Eso si es que ya ha salido de lo del médico porque es problable que ni siquiera haya entrado todavía al consultorio y esté sentada leyendo una revista en la sala de espera. El techo de la sala de espera es alto, yo he estado ahí cientos de veces, muy alto, y el juego de sillones de madera con la mesita central para las revistas y el cenicero es demasiado frágil y chico en relación con ese techo altísimo y la extensión de la sala de espera, que originariamente era en realidad el vestíbulo de la casa. ("algo que amé" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé" "hecho sombra, proyectado" "hecho sombra y proyectado" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado") Puedo escuchar el crujido lento y uniforme del sillón de Viena. Sé pasarme las horas hamacándome con lentitud, la cabeza reclinada contra el respaldar, mirando fijamente un punto del vacío, sin verlo, en el interior de mi habitación, rodeada de libros polvorientos, oyendo crujir la vieja madera como si estuviera oyendo a mis propios huesos. Desde mi habitación he venido escuchando durante treinta años los ruidos de la casa y de la ciudad, como celajes de sonido acumulados en un horizonte blanco. Ahora escucho el ruido súbito de la cadena del inodoro y el del agua en un torrente rápido, lleno de tintineos como metálicos; después el chorro que vuelve a llenar el tanque. La sombra de Leopoldo reaparece en los vidrios esmerilados de la puerta; se pone de perfil; ha de estar mirándose en el espejo. ¿Se afeitará? Veo cómo se pasa la mano por la cara. Ha mantenido la línea, durante tantos años, pero se ha llenado de endeblez y fragilidad. Al hamacarme, yendo para adelante y viniendo para atrás, la sombra da primero la impresión de que avanzara, y después la de que retrocediera. Vino a casa por mí la primera vez, pero después se casó con Susana. Todo es terriblemente literario, ("en el reflejo oscuro"). Fue un alivio, después de todo. Pero los primeros dos años, antes de que se casaran y Leopoldo empezara a trabajar como agente de publicidad del diario de la ciudad, —el primer agente de publicidad de la ciudad, creo, y en eso fue un verdadero precursor— los primeros dos años nos divertimos como locos, sin descansar un solo día, yendo y viniendo de día y de noche por la ciudad, en invierno y verano, hasta un día cuya víspera pasamos entera en la playa, en que Leopoldo vino a la noche a casa y le pidió al finado papá la mano de Susana después de la cena. Pero el día antes había sido una verdadera fiesta. Fue un viernes, me acuerdo perfectamente. Leopoldo pasó a buscarnos muy de mañana, cuando recién había amanecido, estaba todo de blanco, igual que nosotras, que llevábamos unos vestidos blancos y unos sombreros de playa blancos como estoy segura de que ni hasta hoy se ha atrevido a llevar nadie en esta bendita ciudad. Yo llevaba conmigo los versos de Alfonsina. [Va a afeitarse, sí. Ahora ha abierto el botiquín y mira su interior buscando los elementos ("en el reflejo oscuro" "sobre la transparencia" "del deseo") Alza los brazos y comienza a sacar los elementos]. Ya era diciembre, pero hacía fresco de mañana. Yo misma manejaba el Studebaker de papá, y Susana iba sentada al lado mío. En el asiento de atrás iba Leopoldo al lado de la canasta de la merienda, tapada con un mantel blanco. El aire ("sobre la transparencia del deseo" "como sobre un cristal esmerillado") fresco, limpio, resplandecía, penetrando por el hueco de las ventanillas bajas que vibraban con la marcha del automóvil. Yo podía ver por el retrovisor la cara de Leopoldo vuelta ligeramente hacia la ventanilla mirando pensativa el río. Nos fuimos a una playa desierta, lejos de la ciudad, por el lado de Colastiné. Había tres sauces inclinados hacia el río —la sombra parecía transparente— y arena amarilla. Nadamos toda la mañana y yo les leí poemas de Alfonsina: y cuando llegué a donde dice "Una punta de cielo/rozará/la casa humana", me separé de ellos y me fui lejos, entre los árboles, para ponerme a llorar. Ellos no se dieron cuenta de nada. Después extendimos el mantel blanco y comimos charlando y riéndonos bajo los árboles. Habíamos preparado riñón —a Leopoldo le gustan mucho las achuras— y yo no sé cuántas cosas más, y habíamos dejado toda la mañana una botella de vino blanco en el agua, justo debajo de los tres sauces, para que el agua la enfriara. Fue el mejor momento del día: estábamos muy tostados por el sol y Leopoldo era alto, fuerte, y se reía por cualquier cosa. Susana estaba extraordinariamente linda. Lo de reírnos y charlar nos gustó a todos, pero lo mejor fue que en un determinado momento ninguno de los tres habló más y todo quedó en silencio. Debemos haber estado así más de diez minutos. Si presto atención, si escucho, si trato de escuchar sin ningún miedo de que la claridad del recuerdo me haga daño, puedo oír con qué nitidez los cubiertos chocaban contra la porcelana de los platos, el ruido de nuestra densa respiración resonando en un aire tan quieto que parecía depositado en un planeta muerto, el sonido lento y opaco del agua viniendo a morir a la playa amarilla. En un momento dado me pareció que podía oír cómo crecía el pasto a nuestro alrededor. Y en seguida, en medio del silencio, empezó lo de las miradas. Estuvimos mirándonos unos a otros como cinco minutos, serios, francos, tranquilos. No hacíamos más que eso: nos mirábamos, Susana a mí, yo a Leopoldo, Leopoldo a mí y a Susana, terriblemente serenos, y después no me importó nada que a eso de las cinco, cuando volvía sin hacer ruido después de haber hecho sola una expedición a la isla —y volvía sin hacer ruido para sorprenderlos y hacerlos reír, porque creía que jugaban todavía a la escoba de quince-, los viese abrazados desde la maleza y oyese la voz de Susana que hablaba entre jadeos diciendo: "Sí. Sí. Sí. Sí. Pero ella puede venir. Puede venir. Ella puede venir. Sí. Sí. Pero puede venir." Los vi, claramente: él estaba echado sobre ella y tenía el traje de baño más abajo de las rodillas. La parte de su cuerpo que yo no había visto nunca era blanca, lechosa, y a mí se me ocurrió lisa y la idea de tocarla alguna vez me revolvió el estómago. En ese momento se oyó un crujido en la maleza y Leopoldo se paró de un salto, dejando ver enteramente a Susana que había dejado correr los breteles de su traje de baño y había sacado los brazos por entre ellos de modo tal que el traje de baño había bajado hasta el vientre. Yo conocía ya esas partes del cuerpo de Susana que no estaban tostadas, las había visto muchas veces. Pero cuando Leopoldo saltó, dificultosamente, con el traje de baño más abajo de la rodilla, se volvió en la dirección en que yo estaba, por pudor, ya que el ruido se había oído en dirección contraria al lugar donde yo estaba. Vi eso, enorme, sacudiéndose pesadamente, desde un matorral de pelo oscuro; lo he visto otras veces en caballos, pero no balanceándose en dirección a mí. Fue un segundo, porque Leopoldo se subió en seguida el traje de baño y se sentó rápidamente frente a Susana - y no pude ver en qué momento Susana se alzó el traje de baño, se acomodó el pelo y recogió los naipes, pero ya lo estaba esperando cuando él se sentó manoteando apresuradamente dos o tres cartas del suelo. Me quedé inmóvil más de quince minutos, hasta que los vi tranquilos, y yo misma me sentí así. Después nos bañamos desde el crepúsculo hasta que anocheció —me parece oír todavía el chapoteo de nuestros cuerpos húmedos que relumbraban en la oscuridad azul —y al otro día Leopoldo le pidió al pobre papá la mano de Susana. En este momento puedo ver cómo Leopoldo, imprimiendo un movimiento circular a su mano, se llena la cara de espuma con la brocha. Lo hace rápidamente; ahora baja el brazo y la sombra de su cara, sobre el vidrio esmerilado que refleja también la luz confusa del interior del cuarto de baño, se ha transformado: la sombra de la espuma que le cubre las mejillas parece la sombra de una barca, un matorral de pelo oscuro. Alza el brazo otra vez y con la punta de la brocha se golpea el mentón, varias veces y suavemente, como si se hubiese quedado pensativo; pero eso no puede verse. Deja la brocha y después de un momento alza otra vez las dos manos, en una de las cuales tiene la navaja, y comienza a rasurarse lentamente, con cuidado. Lentamente, con cuidado, Susana ha de estar bajando ya las escaleras blancas de la casa del médico, en dirección a la calle. Va a pararse un momento en la vereda, para orientarse, porque no va casi nunca al centro. La sombra de Leopoldo se proyecta ahora mostrando cómo se rasura, lentamente, con cuidado, con la navaja; ahora cambia la navaja de mano y se pasa el dorso de la mano libre por la mejilla, a contrapelo, para comprobar la eficacia de la rasurada. Sé qué va a hacer cuando termine de afeitarse y de bañarse: va a llevar la perezosa al patio, entre las macetas llenas de begonias, de helechos, de amarantos y de culandrillos, y va a sentarse en la perezosa en medio del patio; va a estar un rato ahí, fumando en la oscuridad; va a decir: "¿Quedan espirales, Susana, querida? " y después va a ponerse a tararear por lo bajo. Todos los anocheceres de setiembre a marzo hace exactamente eso. Después de un momento va a servirse el primer vermut con amargo y yo podré saber cuándo va a llenar nuevamente su vaso porque el tintineo del hielo contra las paredes del vaso semivacío me hará saber que ya lo está acabando. Va a ("En confusión, súbitamente, apenas"). Siento crujir los huesos del sillón de Viena. Apenas se haya afeitado y se haya bañado lo va a hacer: va a llevar la perezosa al centro del patio de mosaicos, la perezosa de lona anaranjada, después de ponerse su pijama recién lavado y planchado y va a fumar un cigarrillo antes de ("vi que estallaba" "vi" "vi el estallar de un cuerpo y de una" "y de su " "la explosión" "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra" "En confusión, súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra") La brasa del cigarrillo, un punto rojo, va a parecer un ojo único, insomne y sin parpadeos, avivándose a cada chupada. Y cuando escuche el tintineo del hielo contra las paredes frías del vaso, voy a saber que ha tomado su primer vermut con amargo y que va a servirse el segundo. El tiempo de cada uno es un hilo delgado, transparente, como los de coser, al que la mano de Dios le hace un nudo de cuando en cuando y en el que la fluencia parece detenerse nada más que porque la vertiente pierde linealidad. O como una línea recta marcada a lápiz con una cruz atravesándola de trecho en trecho, que se alarga ilusoriamente ante los ojos del que mira porque su visión divide la línea en los fragmentos comprendidos entre cruz y cruz. Lo de la cruz está bien, porque cruz significa muerte. Papá y mamá murieron el cuarenta y ocho, con seis meses de diferencia uno del otro. El peronismo se llevó a papá: fue algo que no pudo soportar. Y mamá terminó seis meses después que él, porque siempre lo había seguido. "Después del primer año de casados —me dijo mamá en su lecho de muerte— nunca tuvo la menor consideración conmigo. Pero, ¿qué puedo hacer sin él? " Yo estaba con un traje sastre gris, me acuerdo perfectamente; mamá se incorporó y me agarró de las solapas, y me atrajo hacia ella; tenía los ojos extraordinariamente abiertos y la cara apergaminada y llena de arrugas, y eso que no era demasiado vieja. Nunca la había visto así. Y no era que le tuviese miedo a la muerte. Nunca se lo había tenido. Comenzó a hacer un esfuerzo terrible, jadeando, pestañeando, estirando los labios gastados y lisos que se le llenaban de saliva o de baba —no sé qué era— y me di cuenta de que quería decirme algo. No lo consiguió. Murió aferrada a las solapas de mi traje sastre gris y -("ahora el silencio teje cantilenas") Durante todos estos años no hago más que reflexionar sobre lo que mamá trató de decirme. Tuve que hacer un esfuerzo terrible para arrancar de mis solapas sus manos aferradas; y estaban tan tensas y blancas que yo podía notar la blancura feroz de los huesos y de los cartílagos. Cuando doce años después me cortaron el pecho, yo soñé que arrancaba de mis solapas las manos de mamá ("más largas" "ahora el silencio teje cantilenas", "más largas") y que una de sus manos se llevaba mi pecho. Pero no se lo llevaba para hacerme mal, sino para protegerme de algo. Ese sueño vuelve casi todas las noches, como si una aguja formara con mi vida, de un modo mecánico y regular, un tejido con un único punto. Sé que esta noche va a volver. Voy a despertarme jadeando y sollozando apagadamente en mi cama solitaria, rodeada de libros polvorientos, cerca de la madrugada, pero después voy a respirar con alivio. Cada uno conoce secretamente el significado de sus propios sueños, y sé que si mamá quiere llevarse mi pecho a la tumba, hay algo bienintencionado en ella, aunque su acto pueda parecer malo —y capaz que lo sea. No podemos juzgar nuestros actos más que en relación con lo que hemos esperado de la vida y lo que ella nos ha dado. A mamá y a mí nos dio también esa mañana —ese nudo, esa cruz— en la que papá se sentó muy temprano a desayunar con nosotros. Fue al día siguiente de haberse afiliado al partido peronista. ("Ahora el silencio teje cantilenas" "más largas") Papá estaba sentado en la cabecera y no le dirigíamos la palabra porque nos dábamos cuenta de que estaba muy nervioso ("que duran más.") No nos hablaba cuando estaba irritado. Siempre me había llamado la atención la piel de su cara por lo blanca que la tenía y cómo sin embargo, en la parte alta de las mejillas, cerca de los pómulos, se le habían ido formando unas redes tenues, complicadas, de venillas rojas. Papá tomó su segunda taza de café y después se recostó sobre el respaladar de la silla y empezó a roncar. Eran unos ronquidos silbantes, secos, recónditos y cavernosos ("que duran más que el cuerpo" "y que la sombra" "que duran más que el cuerpo y que la sombra"). Primero vi la mosca recorriendo la red de venillas rojas sobre la mejilla derecha, como una señal negra desplazándose por una red ferroviaria dibujada en líneas rojas en un mapa proyectado en una pared transparente. Pero no empecé a murmurar "Mamá. Mamá" —sin desviar ni un momento la mirada del rostro de papá— hasta que no vi cómo la mosca comenzaba a bajar, con la misma facilidad con que podría haberlo hecho sobre una piedra, desde el pómulo hasta la comisura de los labios, y después entraba en la boca. No parecía haber entrado en la boca de papá, haber estado recorriendo el cuerpo de papá, sino nada más que una reproducción en piedra de él, porque ya ni siquiera roncaba. Ahora Leopoldo vuelve a cambiar la navaja de mano y sigue rasurándose. Cuando se inclina hacia el espejo para verse mejor el perfil de su sombra desaparece, cortado rectamente por el marco de madera de la puerta, y sobre el vidrio se ve reflejo difuso —como unas escaras de luz dispuestas de un modo concéntrico, puntillista— de la luz eléctrica. Me balanceo suavemente en el sillón de Viena. Doy vuelta la cabeza y veo cómo la luz gris penetra en la habitación a través de las cortinas verdes, empalideciendo todavía más. Los sillones vacíos saben estar ocupados a veces —pero eso no es más que recuerdo. Con levantarme y llegar al patio y alzar la cabeza, podría ver un fragmento de cielo, vaciándose en el hueco que dejan las paredes de musgo, agrisadas. Saliendo a la puerta miraría la calle vacía, sin árboles,llena de casas de una planta, enfrentándose en dos hileras rectas y regulares a través de la vereda de baldosas grises y de la calle empedrada. De noche, en las proximidades de la luz de la esquina se ve relucir opacamente el empedrado. Los insectos revolotean alrededor de la luz, ciegos y torpes, chocan contra la pantalla metálica con un estallido, y después se arrastran por el adoquín con las alas rotas. Puede vérselos de mañana aplastados contra las piedras grises por las ruedas de los automóviles. De noche sé escuchar su murmullo. Y cuando había árboles en la cuadra, a esta hora empezaba el estridor monótono de las cigarras. Comenzaban separadamente, la primera muy temprano, a eso de las cinco, y en seguida empezaba a oírse otra, y después otra y otra, como si hubiese habido un millón cantando al unísono. Yo no lo podía soportar. El haber cedido y venirme a vivir con ellos ya me resultaba insoportable. Tenía miedo, siempre, de abrir una puerta, cualquiera, la del cuarto de baño, la del dormitorio, la de la cocina, y verlo aparecer a él con eso a la vista, balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí desde un matorral de pelo oscuro. Nunca he podido mirarlo de la cintura para abajo, desde aquella vez. Pero lo de las cigarras ya era verdaderamente terrible. Así que me vestía y salía sola, al anochecer; a ellos les decía que me faltaba el aire. Primero recorría el parque del Sur, con su lago inmóvil, de aguas pútridas, sobre el que se reflejaban las luces sucias del parque; atravesaba los caminos irregulares y después me dirigía hacia el centro por San Martín, penetrando cada vez más la zona iluminada; de allí iba a dar una vuelta por la estación de ómnibus y después recorría el parque de juegos que se extendía frente a ella antes de que construyeran el edificio del Correo; iba hasta el palomar, un cilindro de tejido de alambre, con su cúpula roja terminada en punta, y escuchaba durante un largo rato el aleteo tenso de las palomas. Nunca me atreví a caminar sola por la avenida del puerto para cortar camino y llegar a pie al puente colgante. Al puente llegaba en ómnibus o en tranvía. Me bajaba de la parada del tranvía y caminaba las dos cuadras cortas hacia el puente, percibiendo contra mi cuerpo y contra mi cara la brisa fría del río. Me gustaba mirar el agua, que a veces pasa rápida, turbulenta y oscura, pero emite un relente frío y un olor salvaje, inolvidable, y es siempre mejor que un millón de cigarras ocultas entre los árboles y - ("Ah") Volvía después de las once, con los pies deshechos; y mientras me aproximaba a mi casa, caminando lentamente, haciendo sonar mis tacos en las veredas, prestaba atención tratando de escuchar si oía algún rumor proveniente de aquellos árboles porque ("Ah si un cuerpo nos diese" "Ah si un cuerpo nos diese" "aunque no dure" "una señal" "cualquier señal" "de sentido" "oscuro" "oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no dure" "una señal" "cualquier señal oscura" "Ah si un cuerpo nos diese aunque no dure" "cualquier señal oscura de sentido" "Veo una sombra sobre un vidrio. Veo" "algo que amé hecho sombra y proyectado" "sobre la transparencia del deseo" "como sobre un cristal esmerilado" "En confusión, súbitamente, apenas", "vi la explosión de un cuerpo y de su sombra" "Ahora el silencio teje cantilenas" "que duran más que el cuerpo y que la sombra" "Ah si un cuerpo nos diese, aunque no dure" "cualquier señal oscura de sentido") Si podían oírse, entonces, me volvía y caminaba sin ninguna dirección, cuadras y cuadras, hasta la madrugada. Porque estar sentada en el patio, o echada en la cama entre los libros polvorientos, oyendo el estridor unánime de ese millón de cigarras, era algo insoportable, que me llenaba de terror. Ahora la sombra sobre el vidrio esmerilado me dice que Leopoldo ha terminado de afeitarse, porque ya no tiene la navaja en las manos y se pasa el dorso de las manos suavemente por las mejillas ("como un olor" "salvaje" "como un olor salvaje") Había migas, restos de comida, manchas de vino tinto sobre el mantel cuadriculado rojo y blanco. Era un salón largo, y el sonido polítono de las voces se filtraba por mis tímpanos adormecidos, atentos únicamente a las fluctuaciones hondas de mí misma, parecidas a voces. Me he estado oyendo a mí misma durante años sin saber exactamente qué decía, sin saber siquiera si eso era exactamente una voz. No se ha tratado más que de un rumor constante, sordo, monótono, resonando apagadamente por debajo de las voces audibles y comprensibles que no son más que recuerdo, ("que perdure") sombras. Él me daba frecuentemente la espalda, mientras hablaba a los gritos con el resto de los invitados. Parecía reinar sobre el mundo. Yo lo hubiese llevado conmigo esa noche, me habría desvestido delante de él y agarrándolo del pelo le hubiese inclinado la cabeza y lo hubiese obligado a mirar fijamente la cicatriz, la gran cicatriz blanca y llena de ramificaciones, la marca de los viejos suplicios que fueron carcomiendo lentamente mi seno, para que él supiese. Porque así como cuando lloramos hacemos de nuestro dolor que no es físico, algo físico, y lo convertimos en pasado cuando dejamos de llorar, del mismo modo nuestras cicatrices nos tienen continuamente al tanto de lo que hemos sufrido. Pero no como recuerdo, sino más bien como signo. Y él no paraba de hablar. "¿De veras, Adelina? ¿No le parece, Adelina? ¿Qué cómo me siento? ¡Cómo quiere que me sienta! Harto de todo el mundo, lógicamente. No, por supuesto, Dios no existe. Si Dios existiera, la vida no sería más que una broma pesada, como dice siempre Horacio Barco. Somos dos generaciones diferentes, Adelina. Pero yo la respeto a usted. Me importa un rábano lo que digan los demás y sé que a la generación del cuarenta más vale perderla que encontrarla, pero hay un par de poemas suyos que funcionan a las mil maravillas. Dirán que los dioses los han escrito por usted, y todo eso, sabe, pero a mí me importa un rábano. Hágame caso, Adelina: fornique más, aunque en eso vaya contra las normas de toda una generación." Era una noche de pleno ("contra las diligencias"). Era una noche de pleno invierno. Los ventanales del restaurante estaban empañados por el vaho de la helada. Y cuando nos separamos en la calle la niebla envolvía la ciudad; parecía vapor, y a la luz de los focos de las esquinas parecía un polvo blanco y húmedo, una miríada de partículas blancas girando en lenta rotación. Apenas nos separábamos unos metros los contornos de nuestras figuras se desvanecían, carcomidos por esa niebla helada. Me acompañaron hasta la parada de taxis y Tomatis se inclinó hacia mí antes de cerrar de un golpe la portezuela: "La casualidad no existe, Adelina", me dijo. "Usted es la única artífice de sus sonetos y de sus mutilaciones." Después se perdió en la niebla, como si no hubiese existido nunca. Lo que desaparece de este mundo, ya no falta. Puede faltar dentro de él, pero no estando ya fuera. Existen los sonetos, pero no las mutilaciones: hay únicamente corredores vacíos, que no se han recorrido nunca, con una puerta de acceso que el viento sacude con lentitud y hace golpear suavemente contra la madera dura del marco; o desiertos interminables y amarillos como la superficie del sol, que los ojos no pueden tolerar; o la hojarasca del último otoño pudriéndose de un modo inaudible bajo una gruta de helechos fríos, o papeles, o el tintineo mortal del hielo golpeando contra las paredes de un vaso con un resto aguado de amargo y vermut; pero no las mutilaciones. Las cicatrices sí, pero no las mutilaciones. El taxi atravesaba la niebla, reluciente y húmedo, y en su interior cálido el chofer y yo parecíamos los únicos cuerpos vivos entre las sólidas estructuras de piedra que la niebla apenas si dejaba entrever, ("las formaciones" "contra las diligencias" "contra las formaciones") Afuera no había más que niebla; pero yo vi tantas cosas en ella, que ahora no puedo recordar más que unas pocas: unos sauces inclinados sqbre el agua, proyectando una sombra transparente; unas manos aferradas —los huesos y los cartílagos blanquísimos— a las solapas de mi traje sastre; una mosca entrando a una boca abierta y dura, como de mármol; algunas palabras leídas mil veces, sin acabar nunca de entenderlas; un millón de cigarras cantando monótonamente y al unísono ("del olvido"), en el interior de mi cráneo; una cosa horrible, llena de venas y nervios, apuntando hacia mí, balanceándose pesadamente desde un matorral de pelo oscuro; una imagen borrosa, impresa en papel de diario, hecha mil pedazos y arrojada al viento por una mano enloquecida. Todo eso era visible en las paredes mojadas por la niebla, mientras el taxi atravesaba la ciudad. Y era lo único visible. En este momento ("Y que por ese olor") En este momento Susana debe estar bajando lentamente, con cuidado, las escaleras de mármol blanco de la casa de médico. Puedo verla en la calle ("y que por ese olor reconozcamos"), en el crepúsculo gris, parada en medio de la vereda, tratando de orientarse ("el solar en el que" "dónde debemos edificar" "el lugar donde levantemos' "cuál debe ser el sitio"). Está con su vestido azul, que tiene costuras blancas, semejantes a hilvanes, alrededor de los grandes bolsillos cuadrados y en los bordes de las solapas. Sus ojos marrones, achicados por las formaciones adiposas de la cara, como dos pasas de uvas incrustadas en una bola de masa cruda, se mueven inquietos y perplejos detrás de los anteojos. Está tratando de saber dónde queda exactamente la parada de colectivos. Leopoldo pasa ahora a la bañadera. Lo hace de un modo dificultoso, ya que advierto que su sombra se bambolea y se mueve con lentitud. Trata de no resbalar ("de la casa humana") Ahora Susana descubre por fin cuál es la dirección conveniente y comienza a caminar con dificultad, debido a sus dolores reumáticos. Aparece envuelta en la luz del atardecer: la misma luz gris que penetra ahora a través de las cortinas verdes y se condensa en mi batón gris y a mi alrededor, como una masa tenue que resplandece opaca y se adelanta y retrocede rígidamente adherida a mí mientras me hamaco en el sillón de Viena. Atraviesa las calles de la ciudad, pesada y compacta. Puedo escuchar el rumor inaudible de su desplazamiento. Las calles están llenas de gente, de coches y de colectivos. El rumor de la ciudad se mezcla, se unifica y después se eleva hacia el cielo gris, disipándose, ("el lugar de la casa humana" "cuál es el lugar de la casa humana" "cuál es el sitio de la casa humana") Ahora la escalera en la casa del médico está vacía. La vereda delante de la casa del médico está vacía. Susana extiende el brazo delante del colectivo número dieciséis, que se detiene con el motor en marcha. Susana sube dificultosamente. Alguien la ayuda. Susana siente ("como reconocemos por los") en la cara el calor que asciende desde el motor del colectivo. Se tambalea cuando el colectivo arranca. Le ceden el asiento y ella se sienta con dificultad, agarrándose del pasamanos, sacudiéndose a cada sacudida del colectivo, tambaleándose, resoplando, murmurando distraídamente "Gracias", sin saber exactamente a quien ("por los ramos") Estaba verdaderamente ("por los ramos" "de luz solar") hermosa esa tarde, alrededor de las cinco, cuando Leopoldo se levantó de un salto, volviéndose hacia mí con el traje de baño a la altura de las rodillas —la cosa, balanceándose pesadamente, apuntando hacia mí—, dejando ver al saltar las partes de Susana que no se habían tostado al sol. No era la blancura lisa y morbosa de Leopoldo, sino una blancura que deslumbraba. Pero no piensa en eso. No piensa en eso. No piensa en nada. Mira la ciudad gris —un gris ceniciento, pútrido— que se desplaza hacia atrás mientras el colectivo avanza hacia aquí. Leopoldo abre la ducha y comienza a enjabonarse. Todos sus movimientos son lentos, como si estuviera tratando de aprenderlos ("de luz solar la piel de la mañana") Como si estuviera tratando de aprenderlos y grabárselos. Se refriega con duros movimientos el pecho, los brazos, el vientre, y ahora sus dos manos se encuentran debajo del vientre y comienzan a refregar con minucia; eso es lo que me dice su sombra reflejándose sobre los vidrios esmerilados de la puerta del cuarto de baño. Mis huesos crujen como la madera del sillón, pulida y gastada por el tiempo, mientras me inclino hacia adelante y vuelvo hacia atrás, hamacándome lentamente, rodeada por la luz gris del atardecer que se condensa alrededor de mi cabeza como el resplandor de una llama ya muerta. ("Y que por ese olor reconozcamos" "cuál es el sitio de la casa humana" "como reconocemos por los ramos" "de luz solar la piel de la mañana"). ENVIO Sé que lo que mamá quiso decirme antes de morir era que odiaba la vida. Odiamos la vida porque no puede vivirse. Y queremos vivir porque sabemos que vamos a morir. Pero lo que tiene un núcleo sólido —piedra, o hueso, algo compacto y tejido apretadamente, que pueda pulirse y modificarse con un ritmo diferente al ritmo de lo que pertenece a la muerte— no puede morir. La voz que escuchamos sonar desde dentro es incomprensible, pero es la única voz, y no hay más que eso, excepción hecha de las caras vagamente conocidas, y de los soles y de los planetas. Me parece muy justo que mamá odiara la vida. Pero pienso que si quiso decírmelo antes de morirse no estaba tratando de hacerme una advertencia sino de pedirme una refutación. Juan José Saer * Juan José Saer (Serodino, 1937 - París, 2005). Narrador y poeta argentino cuya extensa y rica obra permaneció al margen de las vanguardias, pero al que se sitúa sin embargo como un innovador de la ficción contemporánea. En su singular estilo consigue una fusión de lo local y lo universal. Abandonó los estudios de derecho y en 1962 comenzó a enseñar en el Instituto de Cinematografía de la Universidad Nacional del Litoral. En 1968 viajó a Francia con una beca y desde entonces residió en ese país y dictó clases de literatura. Se inició en el mundo literario escribiendo poesía, que recogería años después en El arte de narrar (1977). Su residencia en el pueblo de Colastiné, sobre el río Paraná, a finales de la década de 1950, le permitió crear un espacio geográfico-literario habitado por personajes recurrentes. Publicó los relatos de En la zona (1960), Palo y hueso (1965), Unidad de lugar (1967), Cicatrices (1969) y las novelas Responso (1964) y La vuelta completa (1966). En 1974, con la publicación de la novela El limonero real, Juan José Saer se desprendió del acento realista de sus primeros libros de relatos para dar comienzo a una de las obras más rigurosas y originales de la literatura argentina contemporánea. La influencia de Jorge Luis Borges y del objetivismo francés sirve de base para la singular operación realizada por Saer. De Borges tomó el perfil no psicologista y antirrealista de sus relatos, y la exaltación del artificio; de los objetivistas, el trabajo experimental con las categorías narrativas de personajes, espacio y tiempo, y la descomposición detenida de los gestos y de la mirada. La forma en que se plasmaron estas influencias -la de Borges, cuando recién comenzaba a ocupar un lugar central en el sistema literario argentino; la del objetivismo, cuando la literatura del país vivía bajo el auge de la exaltación subjetivista de Rayuela- provocó un fenómeno muy singular de recepción de la obra de Saer. Primero fue reconocida por la crítica literaria y sólo mucho después, recién a mediados de la década de 1980, por el público. El premio Nadal de novela, que le fue otorgado en 1987, en Barcelona, por La ocasión, y la consiguiente repercusión pública, representaron, en efecto, el primer momento de coincidencia entre las sanciones del público y de la crítica literaria con respecto a su obra. Publicó además La mayor (1976), Nadie nada nunca (1980), El entenadoGlosa (1986) y El río sin orillas (1993), que propone un recorrido por la historia argentina a través de un curso fluvial. Con La pesquisa (1995) incursionó en el género policial, y en Las nubes (1997), falsa epopeya, viaje irónico y sentimental de un joven psiquiatra y cinco locos, ambientada en 1804, apunta sus ideas sobre el tiempo, el espacio y la historia. El concepto de ficción (1997), por otra parte, recoge sus ensayos literarios. Su obra ha sido traducida a diversas lenguas europeas. En 2006 apareció su novela póstuma titulada La grande(1983). * Un poema de Saer En "El arte de narrar" el volumen que reúne la obra poética de Saer hay sólo dos poemas escritos bajo rigurosos parámetros clásicos, uno es el segundo poema de la serie "Quevedo", "Relox de sol" y el otro, "Escalera real servida", ambos sonetos, el primero en endecasílabos y el segundo en alejandrinos. Este es el poema que Adelina Flores va creando en el cuento "Sombras sobre vidrio esmerilado", y que no se lee sino por fragmentos intercalados en el relato. Sólo hay un verso que aceptaría dos posibilidades: "contra las formaciones del olvido" o "contra las diligencias del olvido"; me he inclinado por la primera, ya que Adelina evalúa dos veces la palabra "formaciones" y sólo una, "diligencias". El resto es fácil de armar siguiendo las reglas de rima y medida de un poema bien clásico. Veo una sombra sobre un vidrio. Veo algo que amé hecho sombra y proyectado sobre la transparencia del deseo como sobre un cristal esmerilado. En confusión, súbitamente, apenas, vi la explosión de un cuerpo y de su sombra, ahora el silencio teje cantilenas que duran más que el cuerpo y que la sombra. Ah, si un cuerpo nos diese aunque no dure cualquier señal oscura de sentido como un olor salvaje que perdure contra las formaciones del olvido, Y que por ese olor reconozcamos cuál es el sitio de la casa humana como reconocemos por los ramos de luz solar la piel de la mañana