domingo, 26 de julio de 2009

Raymond Carver( E.E. U. U., 1938-1998)

Sala de autopsias


En esos tiempos yo era joven y tenía la fuerza
de diez hombres
para todas las cosas que me proponía.
Parte de mi trabajo nocturno
cuando el forense terminaba sus tareas
era limpiar la sala de autopsias.
Ahora bien, algunas veces
terminaban temprano, otras demasiado tarde.
Para que no me aburriera
dejaban objetos olvidados en la mesa de trabajo.
Un pequeño bebé quieto como una piedra y frío como la nieve
o un negro corpulento de pelo blanco
con el pecho partido al medio y todos sus órganos vitales
flotando en una bandeja junto a su cabeza.
El agua fluyendo del tubo de goma,
las luces resplandecientes sobre mi cabeza.
Una vez dejaron una pierna de mujer
bien formada y pálida sobre la mesa.
Yo sabía para qué era la pierna,
en ocasiones los había observado.
A pesar de eso me quedé sin aliento.
Al llegar a casa a la noche mi mujer me decía
“Dulce, todo va a salir bien. Podemos hacer cambios
vivir de otro modo”. Pero esto no es tan fácil.
Ella tomaba mi mano entre las suyas, con fuerza,
yo me reclinaba en el sillón y cerraba los ojos.
Pensaba en…cualquier cosa. No sabía en qué.
Dejaba que ella llevara mi mano a sus senos.
En ese punto yo abría los ojos y miraba el cielorraso o el piso…
Entonces mis dedos se perdían hacia su pierna, tibia y bien formada,
que ante la más suave caricia se levantaba ligeramente y temblaba.
Mi mente estaba confundida y vacilante.
Nada sucedía. Todo sucedía.
La vida era una piedra que se iba gastando y afilando.

en  Poesía minimalista norteamericana

viernes, 10 de julio de 2009

Juan Carlos Onetti (Uruguay, 1909- 1994)



Tan Triste Como Ella

Para M. C.
Querida Tan Triste:
Comprendo, a pesar de ligaduras indecibles e innumerables, que llegó el momento de agradecernos la intimidad de los últimos meses y decirnos adiós. Todas las ventajas serán tuyas. Creo que nunca nos entendimos de veras; acepto mi culpa, la responsabilidad y el fracaso. Intento excusarme -sólo para nosotros, claro- invocando la dificultad que impone navegar entre dos aguas durante X páginas. Acepto también, como merecidos, los momentos dichosos. En todo caso, perdón. Nunca miré de frente tu cara, nunca te mostré la mía.
J.C.O.

Años atrás, que podían ser muchos o mezclarse con el ayer en los escasos momentos de felicidad, ella había estado en la habitación del hombre. Un dormitorio imaginable, un cuarto de baño en ruinas y desaseado, un ascensor trémulo; sólo eso recordaba de la casa. Fue antes del matrimonio, pocos meses antes.
Quería ir, deseaba que ocurriera cualquier cosa -la más brutal, la más anémica y decepcionante-, cualquier cosa útil para su soledad y su ignorancia. No pensaba en el futuro y se sentía capaz de negarlo. Pero un miedo que nada tenía que ver con el dolor antiguo la obligó a decir no, a defenderse con las manos y la rigidez de los muslos. Sólo obtuvo, aceptó, el sabor del hombre manchado por el sol y la playa.
Soñó, al amanecer, ya separada y lejos, que caminaba sola en una noche que podía haber sido otra, casi desnuda con su corto camisón, cargando una valija vacía. Estaba condenada a la desesperación y arrastraba los pies descalzos por calles arboladas y desiertas, lentamente, con el cuerpo erguido, casi desafiante.
El desengaño, la tristeza, al decir que sí a la muerte, sólo podían soportarse porque, a capricho, el gusto del hombre renacía en su garganta en cada bocacalle que ella lo pedía y ordenaba. Los pasos doloridos se iban haciendo lentos hasta la quietud. Entonces, a medias desnuda, rodeada por la sombra, el simulacro del silencio, alguna pareja lejana de faroles, se detenía para absorber ruidosa el aire. Cargada con la valija sin peso, saboreaba el recuerdo y continuaba caminando de regreso.
De pronto vio la enorme luna que se alzaba entre el caserío gris, negro y sucio; era más plateada a cada paso y disolvía velozmente los bordes sanguinolentos que la habían sostenido. Paso a paso, comprendió que no avanzaba con la valija hacia ningún destino, ninguna cama, ninguna habitación. La luna ya era monstruosa. Casi desnuda, con el cuerpo recto y los pequeños senos horadando la noche, siguió marchando para hundirse en la luna desmesurada que continuaba creciendo.
El hombre estaba más flaco cada día y sus ojos grises perdían color, aguándose, lejos ya de la curiosidad y la súplica. Nunca se le había ocurrido llorar y los años, treinta y dos, le enseñaron, por lo menos, la inutilidad de todo abandono, de toda esperanza de comprensión.
La miraba sin franqueza ni mentira todas las mañanas, por encima de la poblada, renga mesa del desayuno que había instalado en la cocina para la felicidad del verano. Tal vez no fuera totalmente suya la culpa, tal vez resulte inútil tratar de saber quién la tuvo, quién la sigue teniendo.
A escondidas ella le miraba los ojos. Si puede darse el nombre de mirada a la cautela, al relámpago frío, a su cálculo. Los ojos del hombre, sin delatarse, se hacían más grandes y claros, cada vez, cada mañana. Pero él no trataba de esconderlos; sólo quería desviar, sin grosería, lo que los ojos estaban condenados a preguntar y decir.
Tenía entonces treinta y dos años y se iba extendiendo, desde las nueve hasta las cinco, a través de oficinas de un local enorme. Amaba el dinero, siempre que fuera mucho, así como otros hombres se sienten atraídos por mujeres altas y gordas, tolerando que sean viejas, sin importarles. Creía también en la felicidad de los fatigosos fines de semana, en la salud que descendía para todos desde el cielo, en el aire libre.
Estaba allá o aquí, presentía el dominio sobre cualquier forma de dicha, de tentación. Había amado a la pequeña mujer que le daba comida, que había parido una criatura que lloraba incesante en el primer piso. Ahora la miraba con asombro: era, fugazmente, algo peor, más abajo, más muerto que una desconocida cuyo nombre no nos llegó nunca.
A la hora irregular del desayuno el sol entraba por las altas ventanas; los olores del jardín se complicaban en la mesa, desfallecidos aún, como el fácil principio de una sospecha. Ninguno de ellos podía negar el sol, la primavera; en último caso, la muerte del invierno.
A los pocos días de la mudanza, cuando nadie había pensado aún en transformar el jardín salvaje y enmarañado en una sucesión tumularia de peceras, el hombre se levantó de madrugada y aguardó el alba. Con las primeras luces, clavó una lata en la araucaria y tomó distancia con el diminuto revólver nacarado colgando de una mano. Alzó el brazo y sólo pudo oír los golpecitos frustrados del percutor. Volvió a la casa con una exagerada sensación de ridículo y mal humor; sin cuidado, sin respeto por el sueño de la mujer, tiró el arma en un rincón del ropero.
- ¿Qué pasa? -murmuró ella mientras el hombre comenzaba a desnudarse para entrar al baño.
-Nada. O las balas están picadas, no hace ni un mes que las compré, me estafaron, o el revólver se terminó. Era de mi madre o de mi abuela, tiene el gatillo flojo. No me gusta que estés sola aquí, de noche, sin algo para defenderte. Pero me voy a ocupar de eso hoy mismo.
-No tiene importancia -dijo la mujer mientras caminaba descalza para traer al niño-. Tengo buenos pulmones y los vecinos me van a oír.
-Estoy enterado -dijo el hombre y rió. Se miraron con cariño y burla. La mujer estuvo esperando el ruido del coche y volvió a dormirse con el niño colgado de un pezón.
La sirvienta entraba y salía y no era posible saber siempre por qué. La mujer estaba acostumbrada, no creía ya en la súplica de los ojos del hombre, tantas veces entrevista, como si la mirada, la expresión, el húmedo silencio no importaran más que el color del iris, la inclinación heredada de los párpados. El, por su parte, era incapaz, ahora, de aceptar el mundo; ni los negocios, ni la hija inexistente, con frecuencia olvidada, con frecuencia viva, tenaz, endurecida, distinta a pesar de las premeditadas borracheras, los ineludibles negocios, las compañías y las soledades. Es probable, también, que ni ella ni él creyeran ya del todo en la realidad de las noches, en sus felicidades cortas y previsibles.
No tenían nada que esperar de las horas en que estaban juntos, pero tampoco aceptaban esa pobreza. El continuaba jugando con el cigarrillo y el cenicero; ella estiraba manteca y jalea sobre el pan tostado. Durante aquellas mañanas él no trataba, en realidad, de mirarla; se limitaba a mostrarle los ojos, como un mendigo casi desinteresado, sin fe, que exhibiera una llaga, un muñón.
Ella hablaba de los restos del jardín, de los proveedores, del niño rosado en la habitación de arriba. Cuando el hombre se hartaba de esperar la frase, la palabra imposible, se movía para besarle la frente y dejaba órdenes para los obreros que construían las peceras.
El hombre comprobaba todos los meses que estaba más rico, que sus cuentas en los bancos iban creciendo sin esfuerzo ni propósitos. No lograba inventar un destino cierto, ambicioso, para el dinero nuevo.
Hasta las cinco o seis de la tarde vendía repuestos de automóvil, de tractores, de cualquier clase de máquina. Pero a partir de las cuatro usaba el teléfono, paciente y sin rencor, para asegurarse contra la angustia, para asegurarse una mujer en una cama o en una mesa de restaurante. Se conformaba con poco, estrictamente con lo que le era necesario: una sonrisa, una caricia en los pómulos que pudiera ser confundida con la ternura o la comprensión. Después, claro, los actos de amor, escrupulosamente pagados con ropas, perfumes, objetos inútiles. Pagados también -el vicio, el dominio, la noche entera- con la resignación a las charlas versátiles e imbéciles.
Al regreso, en la madrugada, ella le respiraba los olores ordinarios, inocultables, y le espiaba la cara huesuda que perseguía, tan equivocada, la placidez. El hombre no traía nada para contarle. Miraba la fila de botellas en el armario y elegía, al azar, cualquiera. Hundido en el sillón, calmoso, con un dedo entre las páginas de un libro, bebía frente al silencio de ella, frente a sus simulacros de sueño, frente a sus ojos inmóviles y fijos en el techo. Ella no gritaba; durante un tiempo trató de comprender sin desprecio, quiso acercarle parte de la lástima que sentía por sí misma, por la vida y su final.
A mediados de setiembre, imperceptiblemente al principio, la mujer empezó a encontrar consuelo, a creer que la existencia está, como una montaña o una piedra, que no la hacemos nosotros, que no la hacían ni el uno ni el otro.
Nadie, nadie puede saber cómo ni por qué empezó esta historia. Lo que tratamos de contar se inició una tarde quieta de otoño, cuando el hombre sombreó el crepúsculo aún soleado del jardín y se detuvo para mirar alrededor, para olisquear el pasto, las últimas flores de los arbustos mal crecidos y salvajes. Estuvo inmóvil un rato, la cabeza caída sobre un costado, los brazos colgando y como muertos. Después avanzó hasta el cerco de cinacina y desde allí comenzó a medir el jardín con pasos regulares, contenidos, de alrededor de un metro cada uno. Caminó de sur a norte, después desde el este al oeste. Ella lo miraba protegida por las cortinas del piso alto; cualquier cosa fuera de la rutina podía ser el nacimiento de una esperanza, la confirmación de la desgracia. El niño chillaba sobre el fin de la tarde; tampoco nadie puede afirmar si estaba vestido ya de rosa, si lo habían vestido así desde el nacimiento o desde antes.
Aquella noche de domingo, el día más triste de la semana, el hombre dijo en la cocina mientras revolvía la taza de café:
-Tanto terreno y no sirve para nada.
Ella le espió la cara ascética, su diluido tormento incomprendido. Vio una novedosa languidez maligna, un nacimiento de la voluntad.
-Siempre pensé... -dijo la mujer, comprendiendo mientras hablaba que en realidad estaba mintiendo, que no había tenido tiempo ni ganas de pensarlo, comprendiendo que la palabra siempre había perdido todo sentido-. Siempre pensé en árboles frutales, en canteros hechos con un plan, en un jardín de verdad.
Aunque ella había nacido allí, en la casa vieja alejada del agua de las playas que había bautizado, con cualquier pretexto, el viejo Petrus. Había nacido, se había criado allí. Y cuando el mundo vino a buscarla, no lo comprendió del todo, protegida y engañada por los arbustos caprichosos y mal criados, por el misterio -a luz y sombra- de los viejos árboles torcidos e intactos, por el pasto inocente, alto, grosero. Tuvo una madre que compró una máquina para el césped, un padre que supo prometer, en cada sobremesa nocturna, que el trabajo comenzaría mañana. Nunca lo hizo. Aceitaba a veces la máquina durante horas o la prestaba a un vecino durante meses.
Pero el jardín, el contrahecho remedo de selva, nunca fue tocado. Entonces la chiquilina aprendió que no hay palabra comparable a mañana: nunca, nada, permanencia y paz.
Muy niña descubrió la broma cariñosa de los arbustos, el pasto, cualquier árbol anónimo y torcido; descubrió con risas que amenazaban invadir la casa, para retroceder a los pocos meses, encogidos, satisfechos.
El hombre bebió el café y luego estuvo moviendo la cabeza con lentitud y resuelto. Hizo una pausa o la dejó llegar y extenderse.
-Puede quedar, cerca de los ventanales, un rincón para estirarse y tomar cosas frescas cuando vuelva el verano. Pero el resto, todo, hay que aplastarlo con cemento. Quiero hacer peceras. Ejemplares raros, difíciles de criar. Hay gente que gana mucho dinero con eso.
La mujer sabía que el hombre estaba mintiendo; no creyó en su interés por el dinero, no creyó que nadie pudiera talar los viejos árboles inútiles y enfermos, matar el pasto nunca cuidado, las flores sin nombre conocido, pálidas, fugaces, cabizbajas.
Pero los hombres, los obreros, tres, se acercaron a conversar una mañana de domingo. Ella los miraba desde el piso alto; dos estaban de pie, rodeando el casi horizontal sillón del jardín de donde se alzaban las instrucciones, las preguntas sobre precio y tiempo; el tercero, agachado, con boina, enorme y plácido, mascaba un tallo.
Lo recordó hasta el final. El más viejo, el jefe, encorvado, con el pelo abundante y blanco, con las manos colgantes, se detuvo un rato de espaldas al portón enrejado. Contempló sin asombro los árboles despojados, la vasta superficie de yuyos entremezclados. Los otros dos avanzaron, cargados inútilmente con guadañas y palas, con picos, y el desconcierto que iba trabándoles las piernas. El más joven y grande, el más perezoso, continuaba mordisqueando el tallo rematado por la florcita sonrosada. Era una mañana de domingo y la primavera estremecía las hojas del jardín; ella los miraba tratando de equivocarse, la boca del niño colgada de un pecho.
Ella conocía el rencor, las ganas de dañarla del hombre. Pero todo había sido conversado tantas veces, comprendido hasta donde uno cree comprenderse y entender al otro, que no creyó posible la venganza, la destrucción del jardín y de su propia vida. A veces, cuando ambos aceptaban el sueño de haber olvidado, el hombre la encontraba tejiendo en algún lugar del jardín y reanudaba sin prólogo:
-Todo está bien, todo está tan muerto como si nunca hubiera sucedido -la cara flaca y obsesiva se negaba a mirarla-. Pero, ¿por qué tuvo que nacer varón? Tantos meses comprándole lanas rosadas y el resultado fue ése, un varón. No estoy loco. Sé que lo mismo da, en el fondo. Pero una niña podría llegar a ser tuya, exclusivamente tuya. Ese animalito, en cambio...
Ella estuvo un rato quieta, sosegó las manos y por fin lo miró. Más flaco, más grandes los ojos claros, perniabierto a su lado, desolándose y burlón. Mentía, ambos sabían que el hombre estaba mintiendo; pero lo comprendían de manera muy distinta.
-Ya hablamos tanto de esto -dijo aburrida la mujer-. Tantas veces tuve que escucharte...
-Es posible. Menos veces, siempre, que mis impulsos de volver al tema. Es un varón, tiene mi nombre, yo lo mantengo y tendré que educarlo. ¿Podemos tomar distancia, mirar desde afuera? Porque, en ese caso, yo soy un caballero o un pobre diablo. Y vos, una putita astuta.
-Mierda -dijo ella, suavemente, sin odio, sin que pudiera saberse a quién hablaba.
El hombre volvió a mirar el cielo que se apagaba, la primavera indudable. Giró y se puso a caminar hacia la casa.
Tal vez toda la historia haya nacido de esto, tan sencillo y terrible; depende, la opción, de que uno quiera pensarlo o se distraiga: el hombre sólo creía en la desgracia y en la fortuna, en la buena o en la mala suerte, en todo lo triste y alegre que puede caernos encima, lo merezcamos o no. Ella creía saber algo más; pensaba en el destino, en errores y misterios, aceptaba la culpa y -al final- terminó admitiendo que vivir es culpa suficiente para que aceptemos el pago, recompensa o castigo. La misma cosa, al fin y al cabo.
A veces el hombre la despertaba para hablarle de Mendel. Encendía la pipa o un cigarrillo y aguardaba para asegurarse de que ella estaba resignada y escuchando. Tal vez esperara, él, un milagro en su alma o en el de su mujer desnuda, cualquier cosa que pudiera ser exorcizada y les diera la paz o un engaño equivalente.
- ¿Por qué con Mendel? Podías haber elegido entre tantos mejores, entre tantos que me avergonzaran menos.
Quería volver a escuchar el relato de los encuentros de la mujer con Mendel; pero, en realidad, retrocedía siempre, miedoso de saber del todo, definitivamente; resuelto, en el fondo, a salvarse, a ignorar el porqué. Su locura era humilde y podía ser respetada.
Mendel o cualquier otro. Lo mismo daba. No tenía nada que ver con el amor. Una noche el hombre trató de reír:
-Y, sin embargo, así estaba escrito. Porque las cosas se han enredado, o se pusieron armónicas, de tal manera que hoy puedo mandarlo a Mendel a la cárcel. A Mendel, a ningún otro. Un papelito falsificado, una firma dibujada por él. Y no me muevo por celos. Tiene una mujer y tres hijos totalmente suyos. Una casa o dos. Sigue pareciendo feliz. No se trata de los celos sino de la envidia. Es difícil de entender. Porque a mí, personalmente, de nada me sirve destrozar todo eso, hundir o no a Mendel. Deseaba hacerlo desde mucho antes del descubrimiento, desde antes de saber que era posible. Imagino, ¿sabes?, la posibilidad de la envidia pura, sin motivos concretos, sin rencor. A veces, muy pocas, la encuentro posible.
Ella no contestó. Acurrucada contra el primer frío del alba pensaba en el niño, esperaba el primer llanto del hambre. El, en cambio, esperaba el milagro, la resurrección de la chica encinta que había conocido, la suya propia, la del amor que se creyeron, o fueron construyendo durante meses, con resolución, sin engaño deliberado, abandonados tan cerca de la dicha.
Los hombres empezaron a trabajar un lunes, aserrando sin prisa los árboles que se llevaban al final de la jornada en un camión destartalado, rugiente de vejez, siempre torcido. Días después comenzaron a guadañar los yuyos floridos, el pasto que se había hecho jugoso y recto. No cumplían ningún horario regular; tal vez hubieran contratado la totalidad del trabajo, directamente, dejando de lado el engorro de los jornales, las faltas y las perezas. Sin embargo, tampoco mostraron nunca apresurarse.
El hombre no le hablaba nunca de lo que estaba ocurriendo en el jardín. Seguía flaco y callado, fumaba y bebía. El cemento se extendía ahora sobre la tierra y sus recuerdos, blanco, grisáceo en seguida.
Entonces, al final de un desayuno, rencoroso e incauto, el hombre apagó el cigarrillo en el fondo de una taza y, casi sonriendo, como si comprendiera de verdad el destino de sus palabras, dijo lento, sin mirarla:
-Sería bueno que vigilaras el trabajo de los poceros. Entre una y otra mamadera. No veo que el portland avance.
Desde aquel momento los tres peones se convirtieron en poceros. Ahora traían grandes chapas de vidrio para hacer las peceras, enormes, distribuidas con deliberada asimetría, desproporcionadas para toda clase de fauna que quisiera criarse allí.
-Sí -dijo ella-. Puedo hablar con el viejo. Ir al lugar donde estaba el jardín y mirarlos trabajar.
-El viejo -se burló el hombre-. ¿Sabe hablar? Creo que los dirige moviendo las manos y las cejas.
Empezó a bajar diariamente al cemento, de mañana y de tarde, aprovechando los horarios caprichosos que ellos elegían. Acaso también podía decirse de ella que estaba rencorosa e incauta.
Caminaba despacio, más crecida ahora sobre el piso duro y parejo, desconcertada, moviéndose en sesgo, restaurando los antiguos desvíos, los perdidos atajos que habían impuesto alguna vez los árboles y los canteros. Miraba a los hombres, veía erguirse las enormes peceras. Olía el aire, esperaba la soledad de las cinco de la tarde, el rito diario, el absurdo conquistado, hecho casi costumbre.
Primero fue la incomprensible excitación del pozo por sí mismo, el negro agujero que se hundía en la tierra. Le hubiera bastado. Pero pronto descubrió, en el fondo, la pareja de hombres trabajando, con los torsos desnudos. Uno, el del yuyo mascado, moviendo con descuido los enormes bíceps; el otro, largo y flaco, más lento, más joven, provocando la lástima, el afán de ayudarlo y pasarle un trapo por la frente sudada.
No sabía cómo alejarse y mentirse a solas.
El viejo fumaba mal acomodado en un tronco. La miraba impasible.
- ¿Trabajan? -preguntó ella, sin interés. -Sí señora, trabajan. Exactamente lo que tienen que hacer cada día, cada jornada. Para eso estoy yo. Para eso, y otras cosas que adivino. Pero no soy Dios. Presiento, apenas, y ayudo cuando puedo.
Los poceros la saludaban moviendo una vez las cabezas cordiales y taciturnas. Muy pocas veces podían inventar un tema de conversación, pretextos que rebotaran algunos minutos. Ella y la pareja de poceros, el gigante tranquilo, con la boina siempre puesta y mascando un yuyo que ya no podía haber arrancado del jardín cegado, el otro, muy joven y delgado, tonto de hambre, enfermo. Porque el viejo no hablaba y podía pasar inmóvil la jornada entera, de pie o sentado en la tierra, haciéndose cigarrillos, uno tras otro. \
Cavaban, medían y sudaban como si algo de esto pudiera importarle a ella, como si estuviera viva y fuese capaz de participar. Como si hubiera sido dueña algún día de los árboles desaparecidos y los pastos muertos. Hablaba de cualquier cosa, exagerando la cortesía, el respeto, esa forma de la tristeza que ayuda a unir. Hablaba de cualquier cosa y dejaba siempre sin final las frases, esperando las cinco de la tarde, esperando que los hombres se fueran.
La casa estaba rodeada por un cerco de cinacinas. Ya eran árboles, de casi tres metros de altura, aunque los troncos conservaban una delgadez adolescente. Los habían plantado muy juntos pero supieron crecer sin estorbarse, apoyándose uno en el otro, entreverando las espinas.
A las cinco de la tarde los poceros imaginaban escuchar una campana y el viejo alzaba un brazo. Guardaban, tiraban las herramientas en la sombra fresca del galpón, saludaban y se iban. El viejo adelante, el animal de la boina y el flaco encorvado después, para que las nubes y el resto del sol se enteraran del respeto a las jerarquías. Lentos los tres, fumando calmosos, sin ganas.
En el piso alto, de espaldas al griterío en la cuna, la mujer los espiaba para asegurarse. Aguardaba inmóvil diez o quince minutos. Entonces bajaba hacia lo que había sido en un tiempo su jardín, esquivando obstáculos que ya no existían, taconeaba sobre el cemento hasta llegar al cerco de cinacinas. No ensayaba siempre el mismo lugar, claro. Podía marcharse por el gran portón de hierro que usaban los poceros, las imaginarias visitas; podía escapar por la puerta del garaje, siempre abierta cuando el coche estaba afuera.
Pero elegía, sin convicción, sin deseo de verdad, el juego inútil y sangriento con las cinacinas, contra ellas, plantas o árboles. Buscaba, para nada, sin ningún fin, abrirse un camino entre los troncos y las espinas. Jadeaba un tiempo, abriéndose las manos. Concluía siempre en el fracaso, aceptándolo, diciéndole que sí con una mueca, una sonrisa.
Después atravesaba el crepúsculo, lamiéndose las manos, mirando el cielo de esta primavera recién nacida y el cielo tenso, promisorio, de primaveras futuras que tal vez transcurriera su hijo. Cocinaba, atendía al niño, y con un libro siempre mal elegido comenzaba la espera del hombre, en uno de los dos sillones floreados o tendida en la cama. Escondía los relojes y esperaba.
Pero todas las noches, los regresos del hombre eran idénticos, confundibles. Cerca de octubre le tocó leer: "Figúrense ustedes el pesar creciente, el ansia de huir, la repugnancia impotente, la sumisión, el odio". El hombre escondió el coche en el garaje, cruzó el cemento y subió. Era el mismo de siempre, la frase recién leída por ella no logró transformarlo. Se paseaba por el dormitorio haciendo sonar el llavero, contando historias simples o complejas de la jornada, mintiéndole, inclinando a veces en las pausas la cara pomulosa, los ojos crecientes. Tan triste como ella, acaso.
Aquella noche la mujer se abandonó, exigió, como no lo había hecho desde muchos meses antes. Todo lo que los hiciera felices o los ayudara a olvidar era bienvenido, sagrado. Bajo la pequeña luz semiescondida, el hombre terminó por dormirse, casi sonriente, aquietado. Insomne, regresando, ella descubrió sin asombro, sin tristeza, que desde la infancia no había tenido otra felicidad verdadera, sólida, aparte de los verdes arrebatados al jardín. Nada más que eso, esas cosas cambiantes, esos colores. Y estuvo pensando, hasta el primer llanto del niño, que él lo había intuido, que quiso privarla de lo único que le importaba en realidad. Destruir el jardín, continuar mirándola manso con los ojos claros y ojerosos, jugar su sonrisa, indirecta, ambigua.
Cuando empezaron los ruidos de la mañana, la mujer mostraba los dientes al techo, pensando, una vez y otra, en la primera parte del Ave María. Nada más, porque no podía admitir la palabra muerte. Reconocía no haber sido engañada nunca, aceptaba haber acertado en los desconciertos, los miedos, las dudas de la infancia: la vida era una mezcla de imprecisiones, cobardías, mentiras difusas, no por fuerza siempre intencionadas.
Pero recordaba, aún ahora y con mayor fuerza, la sensación de estafa iniciada al final de la infancia, atenuada en la adolescencia gracias a deseos y esperanzas. Nunca había pedido nacer, nunca había deseado que la unión, tal vez momentánea, fugaz, rutinaria, de una pareja en la cama (madre, padre, después y para siempre) la trajeran al mundo. Y sobre todo, no había sido consultada respecto a la vida que fue obligada a conocer y aceptar. Una sola pregunta anterior y habría rechazado, con horror equivalente, los intestinos y la muerte, la necesidad de la palabra para comunicarse e intentar la comprensión ajena.
-No -dijo el hombre cuando ella trajo el desayuno desde la cocina-. No pienso hacer nada contra Mendel. Ni siquiera ayudar.
Estaba vestido con un cuidado extraño, como si no fuera a la oficina sino a una fiesta. Ante el traje nuevo, la camisa blanca, la corbata nunca usada, ella gastó minutos en recordar y creer en su recuerdo. Así había estado para ella durante el noviazgo. Estuvo moviéndose deslumbrada e incrédula, aliviada de angustias y de años.
El hombre mojó un pedazo de pan en la salsa y apartó el plato. La mujer vio brillar tímida, tanteadora, la nueva mirada que le llegaba desde la mesa o que ella tuvo que inventarse.
-Voy a quemar el cheque de Mendel. O puedo regalártelo. De todos modos, es cuestión de días. El pobre hombre.
Ella tuvo que esperar un tiempo. Luego consiguió apartarse de la chimenea y fue a sentarse frente al hombre flaco, sin sufrir y paciente, esperando que se fuera.
Cuando escuchó morir el ruido del coche en la carretera, subió al dormitorio; encontró en seguida el pequeño inútil revólver con cachas de nácar y estuvo mirándolo sin tocarlo. Fuera de ella, tampoco había llegado el verano, aunque la primavera avanzaba enfurecida y los días, las pequeñas cosas, no podían ni hubieran querido detenerse.
Por la tarde, luego del rito con las espinas y las perezosas líneas de sangre en las manos, la mujer aprendió a silbar con los pájaros y supo que Mendel había desaparecido junto con el hombre, flaco. Era posible que nunca hubieran existido. Quedaba el niño en la planta alta y de nada le servía para atenuar su soledad. Nunca había estado con Mendel, nunca lo había conocido ni le había visto el cuerpo corto y musculoso; nunca supo de su tesonera voluntad masculina, de su risa fácil, de su despreocupada compenetración con la dicha. El tajo de la frente goteaba ahora con lentitud a lo largo de la nariz.
Lloró el niño y tuvo que subir. El viejo fumaba sentado en una piedra, tan quieto, tan nada, que parecía formar parte de su asiento. Los otros dos estaban invisibles en el fondo de un pozo. Arriba, consoló al niño y vio en el suelo el traje arrugado del hombre. Estuvo escarbando, miró papeles llenos de cifras, monedas, un documento. Por fin, la carta.
Estaba hecha con una letra femenina, muy hermosa y clara, impersonal. No llegaba a las dos carillas y la firma ostentaba un significado incomprensible: Másam. Pero el sentido de la carta, la acumulación de tonterías, de juramentos, de frases que pretendían, simultáneamente, el ingenio y el talento, era muy claro. "Debe ser muy joven -pensó la mujer, sin lástima ni envidia-; así escribía yo, le escribía." No encontró fotografías.
Al pie de Másam el hombre había escrito con tinta roja: "Tendrá dieciséis años y vendrá desnuda por encima y debajo de la tierra para estar conmigo tanto tiempo como duren esta canción y esta esperanza".
Nunca llegó a tener celos del hombre ni pudo odiarlo; acaso, un poco, a la vida, a su propia incomprensión, a una indefinida mala jugada que le había hecho el mundo. Durante semanas continuaron viviendo como siempre. Pero él no tardó en sentir el cambio, en percibir que los rechazos y los perdones se iban transformando en una lejanía mansa, sin hostilidad.
Decían cosas, pero en realidad ya no conversaban. Ella soslayaba impasible las chispas de súplica que a veces saltaban de los ojos del hombre. "Es lo mismo que si estuviera muerto desde meses atrás, que no nos hubiéramos conocido nunca, que no se encontrara a mi lado." Ninguno de los dos tenía nada que esperar. La frase no vendría, esquivaban los ojos. El hombre jugaba con el cigarrillo y el cenicero; ella estiraba manteca y jalea sobre el pan.
Cuando él regresaba a medianoche, la mujer dejaba de leer, fingía dormir o hablaba del trabajo en el jardín, de las camisas mal lavadas, del niño y del precio de la comida. El la escuchaba sin hacer preguntas, incurioso, sin traer nada verdadero para contar. Después sacaba una botella del armario y bebía en la madrugada, solo o con un libro.
Ella, en el aire nocturno de verano, le espiaba el perfil aguzado, la parte posterior de la cabeza, donde aparecían canas imprevistas días antes, donde el cabello empezaba a ralear. Dejó de tenerse lástima y la colocó en el hombre. Ahora, en los regresos, él se negaba a comer. Iba hasta el armario y bebía en la noche, en el alba. Tendido en la cama, hablaba a veces con una voz ajena, sin dirigirse a ella ni al techo; contaba cosas felices e increíbles, inventaba personas y acciones, circunstancias simples o dudosas.
Se decidió una noche en que el hombre llegó muy temprano, no quiso leer ni desvestirse, le estuvo sonriendo antes de hablar. "Quiere ayudar el paso del tiempo. Me contará una mentira exactamente tan larga como le convenga. Algo incrustado absurdamente en nuestras vidas, en la mortecina historia que estamos viviendo." El hombre trajo una copa apenas mediada y le ofreció otra llena. Sabía, desde años atrás, que ella no iba a tocarla. No le había dado tiempo a meterse en la cama, la sorprendió en el gran sillón mientras ella miraba una vez y otra el libro, las palabras que conocía de memoria: "Figúrense ustedes el pesar creciente, el ansia de huir, la repugnancia impotente, la sumisión, el odio".
El hombre se sentó frente a ella, escuchó las rutinarias novedades, asintiendo en silencio. Cuando se acercaba la muerte de la pausa, dijo, con otras palabras:
-El viejo. Ese que cobra, fuma, mira despreocupado el trabajo de los peones. Estudió un año en el seminario, estudió arquitectura unos meses. Habla de un viaje a Roma. ¿Con qué dinero, el pobre diablo? No sé cuánto tiempo después, varios años en todo caso, eligió reaparecer por estos lugares, por la ciudad. Estaba disfrazado de cura. Mentía, sin alarde, confundiendo y despistando. No se sabe cómo, pudo vivir dos días y dos noches en el seminario. Trató de conseguir ayuda para construir una capilla. Exhibía, desplegaba, con una obstinación semejante al furor, planos azulosos. Finalmente, volvieron a echarlo, a pesar de que él ofreció hacerse cargo de los gastos, reunir personalmente el dinero necesario.
-Tal vez haya sido entonces, no antes, que se disfrazó con la sotana y anduvo golpeando puerta por puerta para pedir ayuda. No para él sino para la capilla. Parece que lograba convencer con su fervor y con la vaga historia de su fracaso. Había tenido la astucia de ir depositando en el juzgado el dinero que recibía. De modo que cuando intervinieron los verdaderos curas no hubo más remedio que conformarse con una multa, que no pagó él, y algunos días de cárcel. Después, nadie pudo impedirle que se dedicara a hacer casas. Puso el techo a tantos horrores que nos rodean, aquí, en Villa Petrus, que la gente le dice "el constructor". Tal vez alguno le llame "señor arquitecto". No sé si es verdad o mentira. Quién perdería tiempo en averiguarlo.
- ¿Y si fuera verdad? -murmuró ella sobre el vaso.
-De todos modos, no es historia nuestra.
Ella giró en la cama. Pensó en cualquiera que estuviera vivo o hubiera cumplido el rito incomprensible de vivir, en cualquiera que estuviera viviendo o lo hubiera hecho siglos atrás, con preguntas que sólo obtenían el consabido silencio. Hombre o mujer, ya daba lo mismo. Pensó en el pocero gigantesco, en cualquiera, en la compasión.
-Mientras cumpla... -comenzó a decir él; entonces sonó el teléfono y el hombre se levantó, delgado y ágil, retardando los largos pasos. Habló en el corredor oscuro y volvió al dormitorio con cara de fastidio, casi rabioso.
-Es Montero, desde la oficina. Se había quedado por el balance y ahora... Ahora me dice que hay algo raro, que necesita verme en seguida. Si no te molesta...
Ella no tuvo necesidad de examinarle la cara para comprender, para recordar que había sabido desde el principio el porqué del incongruente relato sobre el viejo; que él había hablado y ella escuchó sólo para esperar juntos el llamado telefónico, la confirmación de la cita.
-Más Am -pronunció la mujer, sonriendo apenas, sintiendo que la lástima crecía sin volver hacia ella. Tomó su vaso de un trago y se alzó para traer la botella y colocarla en la pequeña mesa, a su lado.
El hombre no entendió, se mantuvo sin entender ni contestar.
-Pero si te parece mejor que me quede... -insistió.
La mujer volvió a sonreír mirando recta hacia la cortina que se movía con pereza en la ventana.
-No -repuso. Volvió a llenar su vaso y se inclinó para beber sin derramar, sin ayuda de las manos.
El hombre permaneció un rato de pie, silencioso e inmóvil. Después volvió al corredor para buscar un sombrero y un abrigo. Ella esperó quieta el ruido del coche; luego, casi feliz en el centro exacto de la soledad y del silencio, estuvo sacudiendo la cabeza atontada y otra vez más puso coñac en la copa. Estaba decidida, segura ya de que era inevitable, sospechando que lo había querido desde el momento que vio el pozo y, adentro, el tórax del hombre que cavaba, los brazos enormes y blancos cumpliendo sin esfuerzo el ritmo del trabajo. Pero no podía renunciar a la desconfianza: no lograba convencerse de que era ella quien estaba eligiendo, pensaba que alguien, otros o algo había decidido por ella.
Fue fácil y ella lo sabía de tiempo atrás. Esperó en el jardín, en sus restos, tejiendo sin interés como siempre, hasta que la bestia salió de la cueva, tomó un jarro de agua y anduvo buscando la manguera para refrescarse. Le hizo una seña y lo trajo. Junto al garaje, aventuró preguntas tontas. No se miraban. Ella preguntó si podrían volver a trepar allí flores y plantas, arbustos o yuyos, cualquier forma vegetal y verde.
El hombre se agachó, estuvo escarbando con las uñas sucias y roídas el pedazo de tierra arenosa que le ofrecían.
-Puede -dijo al levantarse-. Es cuestión de querer, un poco de paciencia y cuidado.
Rápida y susurrante y voluntariosa, sin haberlo oído, con las manos unidas en la espalda, mirando el cielo nuboso y su amenaza, la mujer ordenó:
-Después que se vayan. Y que nadie lo sepa. ¿Jura?
Impasible, ajeno, sin enterarse, el hombre se tocó la sien y asintió con su voz pesada.
-Vuelva a la seis y entre por el portón.
El gigante se alejó sin despedirse, lento, balanceándose. El viejo estuvo escuchando a los ángeles que anunciaban las cinco de la tarde y ordenó el regreso. Aquella tarde ella dejó en paz las cinacinas; lenta, sonámbula, arrepentida e incrédula fue trepando la escalera y cuidó al niño. Luego, desde la ventana, se puso a vigilar el camino, a mirar el creciente añil del cielo. "Estoy loca, o estuve y lo sigo estando y me gusta", se repetía con una invisible sonrisa feliz. No pensaba en la venganza, en el desquite; apenas, levemente, en la infancia lejana e incomprensible, en un mundo de mentira y desobediencia.
El hombre llegó al portón a las seis, con el yuyo mascado adornándole una oreja. Ella lo dejó caminar, muy lento, un rato, sobre el cemento que cubría el jardín asesinado. Cuando el gigante se detuvo, bajó corriendo -el tambor veloz y acompasado de los peldaños bajo sus tacos- y se acercó empequeñecida, hasta casi tocar el cuerpo enorme. Le olió el sudor, estuvo contemplando la estupidez y la desconfianza en los ojos parpadeantes. Empinándose, con un pequeño furor, sacó la lengua para besarlo. El hombre jadeó y fue torciendo la cabeza hacia la izquierda. -Está el galpón -propuso.
Ella rió suavemente, breve; estuvo mirando calmosa las cinacinas, como si se despidiera. Había manoteado una muñeca del hombre.
-No en el galpón -repuso por fin y con dulzura-. Muy sucio, muy incómodo. O arriba o nada -como a un ciego lo guió hasta la puerta, lo ayudó a subir la escalera. El niño dormía. Misteriosamente, el dormitorio se conservaba idéntico, invicto. Persistían la cama ancha y rojiza, los escasos muebles, el armario de las bebidas, las cortinas inquietas, los mismos adornos, floreros, cuadros, candelabro.
Sorda, lejana, lo dejó hablar sobre el tiempo, jardines y cosechas. Cuando el pocero estaba terminando la segunda copa se le acercó a la cama y dio otras órdenes. Nunca había imaginado que un hombre desnudo, real y suyo pudiera ser tan admirable y temible. Reconoció el deseo, la curiosidad, un viejo sentimiento de salud dormido por los años. Ahora lo miraba acercarse; y empezó a tomar conciencia del odio por la superioridad física del otro, del odio por lo masculino, por el que manda, por quien no tiene necesidad de hacer preguntas inútiles.
Lo llamó y tuvo al pocero con ella, hediondo y obediente. Pero no se pudo, una vez y otra, porque habían sido creados de manera definitiva, insalvable, caprichosamente distinta. El hombre se apartó rezongando, con la garganta atascada y odiosa:
-Siempre es así. Siempre me pasó -hablaba con tristeza y recordando, sin rastro de orgullo.
Oyeron el llanto del niño. Sin palabras, sin violencia, ella consiguió que el hombre se vistiera, le dijo mentiras mientras le acariciaba la mejilla barbuda:
-Otra vez -murmuró como despedida y consuelo.
El hombre se metió de regreso en la noche, mordiendo acaso un yuyo, pisoteando la ira, el antiguo, injusto fracaso.
(En cuanto al narrador, sólo está autorizado a intentar cálculos en el tiempo. Puede reiterar en las madrugadas, en vano, un nombre prohibido de mujer. Puede rogar explicaciones, le está permitido fracasar y limpiarse al despertar lágrimas, mocos y blasfemias.)
Tal vez haya sucedido al día siguiente. Tal vez el viejo, la cara flaca, más vieja que él, libre de expresión, haya esperado un tiempo más. Media semana, supongamos. Hasta que la vio ambular por lo que había sido jardín, entre la casa y el galpón, colgando pañales de un alambre.
Encendió el flojo cigarrillo y, antes de moverse, susurró malhumorado a los peones:
-Quiero saber si nos adelantan la quincena.
Muy lento, casi gimiendo logró desprenderse del asiento y anduvo rengueando hacia la mujer. La encontró sin esperanza, más infantil que nunca, casi tan liberada del mundo y sus promesas como él mismo. El seminarista arquitecto la miró con lástima, fraternal.
-Escuche, señora -pidió-. No necesito respuesta. Ni siquiera, con usted, palabras.
Trabajosamente extrajo de un bolsillo del pantalón un puñado de rosas recién abiertas, pequeñas hasta el prodigio, vulgares, con los tallos quebrados. Ella las tomó sin vacilar, las envolvió en un trapo húmedo y continuó esperando. No desconfiaba; y los ojos cansados del viejo sólo servían para dar paso a unas antiguas ganas de llorar que no estaban ya relacionadas con su vida actual, con ella misma. No dijo gracias.
-Escuche, hija -volvió a pedir el viejo-. Eso, las rosas, son para que usted olvide o perdone. Es lo mismo. No importa, no queremos saber de qué estamos hablando. Cuando las flores se mueran y tenga que tirarlas, piense que somos, nos guste o no, hermanos en Cristo. Le habrán dicho muchas cosas de mí, aunque usted vive sola. Pero no estoy loco. Miro y soporto.
Agachó la cabeza para saludar y se fue. Fatigado por el monólogo empezaba a escuchar en el aire quieto y tormentoso de la tarde el preludio de las cinco campanadas.
-Vamos -dijo a los poceros-. No hay quincena adelantada, parece.
Después de varias noches entre la espera y una esperanza sin destino, una, antes del aburrimiento del libro y el sueño indominable, oyó el ruido del coche en el garaje, el atenuado silbido que trepaba cuidadoso la escalera. Ignorante, inocente en definitiva de tantas cosas, el hombre silbaba "The man I love".
Ella lo miró moverse, le hizo una mueca de saludo, aceptó la copa que le acercaron.
- ¿Fuiste al médico? -preguntó la mujer-. Lo habías prometido, ¿o lo juraste?
El perfil huesudo sonrió sin volverse, feliz por darle algo.
-Sí. Fui. No pasa nada. Un hombre esquelético desnudo frente a un gordo apacible. La rutina de las placas y los análisis. Un hombre gordo en guardapolvo, tal vez no exageradamente limpio, que no creía en su martillito, en su estetoscopio, en las órdenes que se puso a escribir. No; no pasa nada que ellos puedan comprender, curar.
Ella aceptó, por primera vez, otra copa rebosante. Movió los dedos y tuvo un cigarrillo. Estuvo riendo y envaró el cuerpo para suprimir la tos. El hombre la miraba, asombrado, casi feliz. Dio un paso para sentarse en la cama, pero ella, lenta, se fue apartando de las sábanas, de la caricia paternal. Conservaba medio cigarrillo encendido y continuó fumando, cautelosa.
Estaba de espaldas cuando dijo:
- ¿Por qué te casaste conmigo?
El hombre le miró un rato las formas flacas, el pelo enrevesado en la nuca; luego caminó hacia atrás, hacia el sillón y la mesa. Otra copa, otro cigarrillo, rápido y seguro. La pregunta de la mujer había envejecido, marcaba arrugas, se extendía en desorden como una planta de hiedra aferrada a un muro con sus uñas. Pero tuvo que ganar tiempo; porque la mujer, aunque nunca llegaron a saberlo ellos, aunque nunca lo supo nadie, era más inteligente y desdichada que el hombre flaco, su marido.
-No tenías dinero, no fue por eso -trató de bromear el hombre-. El dinero vino después, sin culpa mía. Tu madre, tus hermanos.
-Ya estuve pensando en eso. Nadie lo hubiera adivinado. Y además, no te interesa el dinero. Lo que es peor, se me ocurre a veces. Entonces vuelvo: ¿por qué te casaste conmigo?
El hombre fumó un rato en silencio, diciendo que sí con la cabeza, dilatando los labios exangües encima de la copa.
- ¿Todo? -preguntó por fin; estaba lleno de cobardía y de lástima.
-Todo, claro -la mujer se incorporó en la cama para verle enflaquecer la cabeza endurecida y resuelta.
-Tampoco lo hice porque estuvieras esperando un hijo de Mendel. No hubo piedad, ningún deseo de ayudar al prójimo. Entonces era muy simple. Te quería, estaba enamorado. Era el amor.
-Y se fue -afirmó ella desde la cama, casi gritando. Pero, inevitablemente, también preguntaba.
-Con tanta astucia y disimulo y traición. Se fue; no podría decir si eligió semanas o meses o prefirió desvanecerse suavemente, una hora y otra. Es tan difícil de explicar. Suponiendo que yo sepa, que entienda. Aquí, en el balneario que inventó Petrus, eras la muchacha. Con o sin el feto removiéndose. La muchacha, la casi mujer que puede ser contemplada con melancolía, con la sensación espantosa de que ya no es posible. El pelo se va, los dientes se pudren. Y, sobre todo, saber que para vos nacía la curiosidad y yo empezaba a perderla. Es posible que mi matrimonio contigo haya sido mi última curiosidad verdadera.
Ella continuó esperando, en vano. Por fin se levantó, se puso una bata y enfrentó al hombre en la mesa.
- ¿Todo? -preguntó-. ¿Estás seguro? Te pido por favor. Y si es necesario que me arrodille... Por este pequeño pasado que nos ayudamos a pisotear, sin acuerdo, libres, por este pasado encima del cual, hombro contra hombro, por razones de espacio, nos agachamos para aliviarnos...
El hombre, con el cigarrillo colgando de la boca adelgazada, se volvió hacia ella y las vértebras le sonaron en la nuca. Sin piedad ni sorpresa, apagada por la costumbre, ella estuvo mirando el rostro de cadáver.
- ¿Todo? -se burló el hombre-. ¿Más todo? -hablaba hacia la copa en alto, hacia momentos perdidos, hacia lo que creía ser-. ¿Todo? Tal vez no lo comprendas. Ya hablé, creo, de la muchacha. -De mí.
-De la muchacha -porfió él.
La voz, las confusiones, la cuidada lentitud de los movimientos. Estaba borracho y próximo a la grosería. Ella sonrió, invisible y feliz.
-Eso dije -continuó el hombre, despacio, vigilante-. La que todo tipo normal busca, inventa, encuentra, o le hacen creer que encontró. No la que comprende, protege, mima, ayuda, endereza, corrige, mejora, apoya, aconseja, dirige y administra. Nada de eso, gracias.
- ¿Yo?
-Sí, ahora; y todo el maldito resto -se apoyó en la mesa para ir al baño.
Ella se quitó la bata, el camisón de pupila de orfelinato y lo estuvo esperando. Lo esperó hasta verlo salir desnudo y limpio del baño, hasta que le hizo una vaga caricia y, tendido a su lado en la cama, comenzó a respirar como un niño, en paz, sin recuerdo ni pecado, inmerso en el silencio inconfundible donde una mujer ahoga su llanto, su exasperación domada, su sentido atávico de la injusticia.
El segundo pocero, el flaco y lánguido, el que parecía no entender la vida y pedirle un sentido, una solución, resultó más fácil, más suyo. Acaso por la manera de ser del hombre, acaso porque lo tuvo muchas veces.
Después de las cinco se hería con las cinacinas, cerrando los ojos. Se lamía lentamente las manos y las muñecas. Desgarbado, vacilante, sin comprender, el segundo pocero llegaba a las seis y se dejaba llevar al galpón que olía a encierro y oveja.
Desnudo, se hacía niño y temeroso, suplicante. La mujer usó todos sus recuerdos, sus repentinas inspiraciones. Se acostumbró a escupirlo y cachetearlo, pudo descubrir, entre la pared de zinc y el techo, un rebenque viejo, sin grasa, abandonado.
Disfrutaba llamándolo con silbidos como a un perro, haciendo sonar los dedos. Una semana, dos semanas o tres.
Sin embargo, cada golpe, cada humillación, cada cobro y alegría la introducían en la plenitud y el sudor del verano, en la culminación que sólo puede ser continuada por el descenso.
Había sido feliz con el muchacho y a veces lloraron juntos, ignorando cada uno el porqué del otro. Pero, fatalmente y lenta, la mujer tuvo que regresar de la sexualidad desesperada a la necesidad de amor. Era mejor, creyó, estar sola y triste. No volvió a ver a los poceros; bajaba en el crepúsculo, después de las seis, y se acercaba cautelosa a los árboles del cerco.
-Sangre -la despertaba el hombre al volver de madrugada-; sangre en las manos y en la cara.
-No es nada -respondía ella esperando el regreso del sueño-. Todavía me gusta jugar con los árboles.
Una noche el hombre volvió para despertarla; se sirvió una copa mientras se aflojaba la corbata. Sentada en la cama, la mujer le oyó la risa y la estuvo comparando con el ruido claro, fresco, incontenible que le había escuchado años atrás.
-Mendel -dijo por fin-. Tu maravilloso, irresistible amigo Mendel. Y, en consecuencia, mi amigo del alma. Está preso desde ayer. Y no por mis papeles, documentos, sino porque era forzoso que terminara así.
Ella pidió una copa sin soda y la tomó de un trago.
-Mendel -dijo con asombro, incapaz de entender, de adivinar.
-Y yo -murmuró el hombre en tono de verdad- no sabiendo todo el día si le hago un favor entregándole al juez los sucios papeles o quemándolos.
Hasta que, en mitad del verano, llegó la tarde prevista mucho tiempo antes, cuando tenía su jardín salvaje y no habían llegado poceros a deshacerlo.
Caminó por el jardín que aplastaba el cemento y se arrojó sonriente, con técnica muy vieja y sabida, contra las cinacinas y sus dolores.
Rebotó en blanduras y docilidades, como si las plantas se hubieran convertido repentinamente en varas de goma. Las espinas no tenían ya fuerza para herir y goteaban, apenas, leche, un agua viscosa y lenta, blancuzca, perezosa. Probó otros troncos y todos eran iguales, manejables, inofensivos, rezumantes.
Se desesperó al principio y terminó por aceptar; tenía la costumbre. Ya habían pasado las cinco de la tarde y los peones se habían ido. Arrancando al paso algunas flores y hojas se detuvo para rezar, de pie, debajo de la araucaria inmortal. Alguien gritaba, hambriento o asustado en el primer piso. Con una flor magullada en la mano, comenzó a subir la escalera. Amamantó al niño hasta sentirlo dormido. Después se bendijo y fue refregando los pasos hacia el dormitorio. Escarbó en el ropero y pudo encontrar, casi en seguida, entre camisas y calzoncillos, el Smith and Wesson, inútil, impotente. Todo era un juego, un rito, un prólogo.
Pero volvió a rezar, mirando el brillo azuloso del arma, dos primeras mitades del Ave María; fue resbalando hasta caer en la cama, reconstruyó la primera vez y tuvo que abandonarse, llorar, ver de nuevo la luna de aquella noche, entregada, como una niña. El caño helado del revólver muerto atravesó los dientes, se apoyó en el paladar.
De vuelta al cuarto del niño le robó la bolsa de agua caliente. En el dormitorio, envolvió en ella el Smith and Wesson, aguardando con paciencia que el caño adquiriera temperatura humana para la boca ansiosa.
Admitió, sin vergüenza, la farsa que estaba cumpliendo. Luego escuchó, sin prisa, sin miedo, los tres golpes fallidos del percutor. Escuchó, por segundos, el cuarto tiro de la bala que le rompía el cerebro. Sin entender, estuvo un tiempo en la primera noche y la luna, creyó que volvía a tener derramado en su garganta el sabor del hombre, tan parecido al pasto fresco, a la felicidad y al veraneo. Avanzaba pertinaz en cada bocacalle del sueño y el cerebro deshechos, en cada momento de fatiga mientras remontaba la cuesta interminable, semidesnuda, torcida por la valija. La luna continuaba creciendo. Ella, horadando la noche con sus pequeños senos resplandecientes y duros como el zinc, siguió marchando hasta hundirse en la luna desmesurada que la había esperado, segura, años, no muchos.

sábado, 4 de julio de 2009

Nathaniel Hawthorne(E.E.U.U., 1804 - 1864)


Wakefield Recuerdo haber leído en alguna revista o periódico viejo la historia, relatada como verdadera, de un hombre -llamémoslo Wakefield- que abandonó a su mujer durante un largo tiempo. El hecho, expuesto así en abstracto, no es muy infrecuente, ni tampoco -sin una adecuada discriminación de las circunstancias- debe ser censurado por díscolo o absurdo. Sea como fuere, este, aunque lejos de ser el más grave, es tal vez el caso más extraño de delincuencia marital de que haya noticia. Y es, además, la más notable extravagancia de las que puedan encontrarse en la lista completa de las rarezas de los hombres. La pareja en cuestión vivía en Londres. El marido, bajo el pretexto de un viaje, dejó su casa, alquiló habitaciones en la calle siguiente y allí, sin que supieran de él la esposa o los amigos y sin que hubiera ni sombra de razón para semejante autodestierro, vivió durante más de veinte años. En el transcurso de este tiempo todos los días contempló la casa y con frecuencia atisbó a la desamparada esposa. Y después de tan largo paréntesis en su felicidad matrimonial cuando su muerte era dada ya por cierta, su herencia había sido repartida y su nombre borrado de todas las memorias; cuando hacía tantísimo tiempo que su mujer se había resignado a una viudez otoñal -una noche él entró tranquilamente por la puerta, como si hubiera estado afuera sólo durante el día, y fue un amante esposo hasta la muerte. Este resumen es todo lo que recuerdo. Pero pienso que el incidente, aunque manifiesta una absoluta originalidad sin precedentes y es probable que jamás se repita, es de esos que despiertan las simpatías del género humano. Cada uno de nosotros sabe que, por su propia cuenta, no cometería semejante locura; y, sin embargo, intuye que cualquier otro podría hacerlo. En mis meditaciones, por lo menos, este caso aparece insistentemente, asombrándome siempre y siempre acompañado por la sensación de que la historia tiene que ser verídica y por una idea general sobre el carácter de su héroe. Cuando quiera que un tema afecta la mente de modo tan forzoso, vale la pena destinar algún tiempo para pensar en él. A este respecto, el lector que así lo quiera puede entregarse a sus propias meditaciones. Mas si prefiere divagar en mi compañía a lo largo de estos veinte años del capricho de Wakefield, le doy la bienvenida, confiando en que habrá un sentido latente y una moraleja, así no logremos descubrirlos, trazados pulcramente y condensados en la frase final. El pensamiento posee siempre su eficacia; y todo incidente llamativo, su enseñanza. ¿Qué clase de hombre era Wakefield? Somos libres de formarnos nuestra propia idea y darle su apellido. En ese entonces se encontraba en el meridiano de la vida. Sus sentimientos conyugales, nunca violentos, se habían ido serenando hasta tomar la forma de un cariño tranquilo y consuetudinario. De todos los maridos, es posible que fuera el más constante, pues una especie de pereza mantenía en reposo a su corazón dondequiera que lo hubiera asentado. Era intelectual, pero no en forma activa. Su mente se perdía en largas y ociosas especulaciones que carecían de propósito o del vigor necesario para alcanzarlo. Sus pensamientos rara vez poseían suficientes ímpetus como para plasmarse en palabras. La imaginación, en el sentido correcto del vocablo, no figuraba entre las dotes de Wakefield. Dueño de un corazón frío, pero no depravado o errabundo, y de una mente jamás afectada por la calentura de ideas turbulentas ni aturdida por la originalidad, ¿quién se hubiera imaginado que nuestro amigo habría de ganarse un lugar prominente entre los autores de proezas excéntricas? Si se hubiera preguntado a sus conocidos cuál era el hombre que con seguridad no haría hoy nada digno de recordarse mañana, habrían pensado en Wakefield. Únicamente su esposa del alma podría haber titubeado. Ella, sin haber analizado su carácter, era medio consciente de la existencia de un pasivo egoísmo, anquilosado en su mente inactiva; de una suerte de vanidad, su más incómodo atributo; de cierta tendencia a la astucia, la cual rara vez había producido efectos más positivos que el mantenimiento de secretos triviales que ni valía la pena confesar; y, finalmente, de lo que ella llamaba "algo raro" en el buen hombre. Esta última cualidad es indefinible y puede que no exista. Ahora imaginémonos a Wakefield despidiéndose de su mujer. Cae el crepúsculo en un día de octubre. Componen su equipaje un sobretodo deslustrado, un sombrero cubierto con un hule, botas altas, un paraguas en una mano y un maletín en la otra. Le ha comunicado a la señora de Wakefield que debe partir en el coche nocturno para el campo. De buena gana ella le preguntaría por la duración y objetivo del viaje, por la fecha probable del regreso, pero, dándole gusto a su inofensivo amor por el misterio, se limita a interrogarlo con la mirada. Él le dice que de ningún modo lo espere en el coche de vuelta y que no se alarme si tarda tres o cuatro días, pero que en todo caso cuente con él para la cena el viernes por la noche. El propio Wakefield, tengámoslo presente, no sospecha lo que se viene. Le ofrece ambas manos. Ella tiende las suyas y recibe el beso de partida a la manera rutinaria de un matrimonio de diez años. Y parte el señor Wakefield, en plena edad madura, casi resuelto a confundir a su mujer mediante una semana completa de ausencia. Cierra la puerta. Pero ella advierte que la entreabre de nuevo y percibe la cara del marido sonriendo a través de la abertura antes de esfumarse en un instante. De momento no le presta atención a este detalle. Pero, tiempo después, cuando lleva más años de viuda que de esposa, aquella sonrisa vuelve una y otra vez, y flota en todos sus recuerdos del semblante de Wakefield. En sus copiosas cavilaciones incorpora la sonrisa original en una multitud de fantasías que la hacen extraña y horrible. Por ejemplo, si se lo imagina en un ataúd, aquel gesto de despedida aparece helado en sus facciones; o si lo sueña en el cielo, su alma bendita ostenta una sonrisa serena y astuta. Empero, gracias a ella, cuando todo el mundo se ha resignado a darlo ya por muerto, ella a veces duda que de veras sea viuda. Pero quien nos incumbe es su marido. Tenemos que correr tras él por las calles, antes de que pierda la individualidad y se confunda en la gran masa de la vida londinense. En vano lo buscaríamos allí. Por tanto, sigámoslo pisando sus talones hasta que, después de dar algunas vueltas y rodeos superfluos, lo tengamos cómodamente instalado al pie de la chimenea en un pequeño alojamiento alquilado de antemano. Nuestro hombre se encuentra en la calle vecina y al final de su viaje. Difícilmente puede agradecerle a la buena suerte el haber llegado allí sin ser visto. Recuerda que en algún momento la muchedumbre lo detuvo precisamente bajo la luz de un farol encendido; que una vez sintió pasos que parecían seguir los suyos, claramente distinguibles entre el multitudinario pisoteo que lo rodeaba; y que luego escuchó una voz que gritaba a lo lejos y le pareció que pronunciaba su nombre. Sin duda alguna una docena de fisgones lo habían estado espiando y habían corrido a contárselo todo a su mujer. ¡Pobre Wakefield! ¡Qué poco sabes de tu propia insignificancia en este mundo inmenso! Ningún ojo mortal fuera del mío te ha seguido las huellas. Acuéstate tranquilo, hombre necio; y en la mañana, si eres sabio, vuelve a tu casa y dile la verdad a la buena señora de Wakefield. No te alejes, ni siquiera por una corta semana, del lugar que ocupas en su casto corazón. Si por un momento te creyera muerto o perdido, o definitivamente separado de ella, para tu desdicha notarías un cambio irreversible en tu fiel esposa. Es peligroso abrir grietas en los afectos humanos. No porque rompan mucho a lo largo y ancho, sino porque se cierran con mucha rapidez. Casi arrepentido de su travesura, o como quiera que se pueda llamar, Wakefield se acuesta temprano. Y, despertando después de un primer sueño, extiende los brazos en el amplio desierto solitario del desacostumbrado lecho. -No -piensa, mientras se arropa en las cobijas-, no dormiré otra noche solo. Por la mañana madruga más que de costumbre y se dispone a considerar lo que en realidad quiere hacer. Su modo de pensar es tan deshilvanado y vagaroso, que ha dado este paso con un propósito en mente, claro está, pero sin ser capaz de definirlo con suficiente nitidez para su propia reflexión. La vaguedad del proyecto y el esfuerzo convulsivo con que se precipita a ejecutarlo son igualmente típicos de una persona débil de carácter. No obstante, Wakefield escudriña sus ideas tan minuciosamente como puede y descubre que está curioso por saber cómo marchan las cosas por su casa: cómo soportará su mujer ejemplar la viudez de una semana y, en resumen, cómo se afectará con su ausencia la reducida esfera de criaturas y de acontecimientos en la que él era objeto central. Una morbosa vanidad, por lo tanto, está muy cerca del fondo del asunto. Pero, ¿cómo realizar sus intenciones? No, desde luego, quedándose encerrado en este confortable alojamiento donde, aunque durmió y despertó en la calle siguiente, está efectivamente tan lejos de casa como si hubiera rodado toda la noche en la diligencia. Sin embargo, si reapareciera echaría a perder todo el proyecto. Con el pobre cerebro embrollado sin remedio por este dilema, al fin se atreve a salir, resuelto en parte a cruzar la bocacalle y echarle una mirada presurosa al domicilio desertado. La costumbre -pues es un hombre de costumbres- lo toma de la mano y lo conduce, sin que él se percate en lo más mínimo, hasta su propia puerta; y allí, en el momento decisivo, el roce de su pie contra el peldaño lo hace volver en sí. ¡Wakefield! ¿Adónde vas? En ese preciso instante su destino viraba en redondo. Sin sospechar siquiera en la fatalidad a la que lo condena el primer paso atrás, parte de prisa, jadeando en una agitación que hasta la fecha nunca había sentido, y apenas sí se atreve a mirar atrás desde la esquina lejana. ¿Será que nadie lo ha visto? ¿No armarán un alboroto todos los de la casa -la recatada señora de Wakefield, la avispada sirvienta y el sucio pajecito- persiguiendo por las calles de Londres a su fugitivo amo y señor? ¡Escape milagroso! Cobra coraje para detenerse y mirar a la casa, pero lo desconcierta la sensación de un cambio en aquel edificio familiar, igual a las que nos afectan cuando, después de una separación de meses o años, volvemos a ver una colina o un lago o una obra de arte de los cuales éramos viejos amigos. ¡En los casos ordinarios esta impresión indescriptible se debe a la comparación y al contraste entre nuestros recuerdos imperfectos y la realidad. En Wakefield, la magia de una sola noche ha operado una transformación similar, puesto que en este breve lapso ha padecido un gran cambio moral, aunque él no lo sabe. Antes de marcharse del lugar alcanza a entrever la figura lejana de su esposa, que pasa por la ventana dirigiendo la cara hacia el extremo de la calle. El marrullero ingenuo parte despavorido, asustado de que sus ojos lo hayan distinguido entre un millar de átomos mortales como él. Contento se le pone el corazón, aunque el cerebro está algo confuso, cuando se ve junto a las brasas de la chimenea en su nuevo aposento. Eso en cuanto al comienzo de este largo capricho. Después de la concepción inicial y de haberse activado el lerdo carácter de este hombre para ponerlo en práctica, todo el asunto sigue un curso natural. Podemos suponerlo, como resultado de profundas reflexiones, comprando una nueva peluca de pelo rojizo y escogiendo diversas prendas del baúl de un ropavejero judío, de un estilo distinto al de su habitual traje marrón. Ya está hecho: Wakefield es otro hombre. Una vez establecido el nuevo sistema, un movimiento retrógrado hacia el antiguo sería casi tan difícil como el paso que lo colocó en esta situación sin paralelo. Además, ahora lo está volviendo testarudo cierto resentimiento del que adolece a veces su carácter, en este caso motivado por la reacción incorrecta que, a su parecer, se ha producido en el corazón de la señora de Wakefield. No piensa regresar hasta que ella no esté medio muerta de miedo. Bueno, ella ha pasado dos o tres veces ante sus ojos, con un andar cada vez más agobiado, las mejillas más pálidas y más marcada de ansiedad la frente. A la tercera semana de su desaparición, divisa un heraldo del mal que entra en la casa bajo el perfil de un boticario. Al día siguiente la aldaba aparece envuelta en trapos que amortigüen el ruido. Al caer la noche llega el carruaje de un médico y deposita su empelucado y solemne cargamento a la puerta de la casa de Wakefield, de la cual emerge después de una visita de un cuarto de hora, anuncio acaso de un funeral. ¡Mujer querida! ¿Irá a morir? A estas alturas Wakefield se ha excitado hasta provocarse algo así como una efervescencia de los sentimientos, pero se mantiene alejado del lecho de su esposa, justificándose ante su conciencia con el argumento de que no debe ser molestada en semejante coyuntura. Si algo más lo detiene, él no lo sabe. En el transcurso de unas cuantas semanas ella se va recuperando. Ha pasado la crisis. Su corazón se siente triste, acaso, pero está tranquilo. Y, así el hombre regrese tarde o temprano, ya no arderá por él jamás. Estas ideas fulguran cual relámpagos en las nieblas de la mente de Wakefield y le hacen entrever que una brecha casi infranqueable se abre entre su apartamento de alquiler y su antiguo hogar. -¡Pero si sólo está en la calle del lado! -se dice a veces. ¡Insensato! Está en otro mundo. Hasta ahora él ha aplazado el regreso de un día en particular a otro. En adelante, deja abierta la fecha precisa. Mañana no... probablemente la semana que viene... muy pronto. ¡Pobre hombre! Los muertos tienen casi tantas posibilidades de volver a visitar sus moradas terrestres como el autodesterrado Wakefield. ¡Ojalá yo tuviera que escribir un libro en lugar de un artículo de una docena de páginas! Entonces podría ilustrar cómo una influencia que escapa a nuestro control pone su poderosa mano en cada uno de nuestros actos y cómo urde con sus consecuencias un férreo tejido de necesidad. Wakefield está hechizado. Tenemos que dejarlo que ronde por su casa durante unos diez años sin cruzar el umbral ni una vez, y que le sea fiel a su mujer, con todo el afecto de que es capaz su corazón, mientras él poco a poco se va apagando en el de ella. Hace mucho, debemos subrayarlo, que perdió la noción de singularidad de su conducta. Ahora contemplemos una escena. Entre el gentío de una calle de Londres distinguimos a un hombre entrado en años, con pocos rasgos característicos que atraigan la atención de un transeúnte descuidado, pero cuya figura ostenta, para quienes posean la destreza de leerla, la escritura de un destino poco común. Su frente estrecha y abatida está cubierta de profundas arrugas. Sus pequeños ojos apagados a veces vagan con recelo en derredor, pero más a menudo parecen mirar adentro. Agacha la cabeza y se mueve con un indescriptible sesgo en el andar, como si no quisiera mostrarse de frente entero al mundo. Obsérvelo el tiempo suficiente para comprobar lo que hemos descrito y estará de acuerdo con que las circunstancias, que con frecuencia producen hombres notables a partir de la obra ordinaria de la naturaleza, han producido aquí uno de estos. A continuación, dejando que prosiga furtivo por la acera, dirija su mirada en dirección opuesta, por donde una mujer de cierto porte, ya en el declive de la vida, se dirige a la iglesia con un libro de oraciones en la mano. Exhibe el plácido semblante de la viudez establecida. Sus pesares o se han apagado o se han vuelto tan indispensables para su corazón que sería un mal trato cambiarlos por la dicha. Precisamente cuando el hombre enjuto y la mujer robusta van a cruzarse, se presenta un embotellamiento momentáneo que pone a las dos figuras en contacto directo. Sus manos se tocan. El empuje de la muchedumbre presiona el pecho de ella contra el hombro del otro. Se encuentran cara a cara. Se miran a los ojos. Tras diez años de separación, es así como Wakefield tropieza con su esposa. Vuelve a fluir el río humano y se los lleva a cada uno por su lado. La grave viuda recupera el paso y sigue hacia la iglesia, pero en el atrio se detiene y lanza una mirada atónita a la calle. Sin embargo, pasa al interior mientras va abriendo el libro de oraciones. ¡Y el hombre! Con el rostro tan descompuesto que el Londres atareado y egoísta se detiene a verlo pasar, huye a sus habitaciones, cierra la puerta con cerrojo y se tira en la cama. Los sentimientos que por años estuvieron latentes se desbordan y le confieren un vigor efímero a su mente endeble. La miserable anomalía de su vida se le revela de golpe. Y grita exaltado: -¡Wakefield, Wakefield, estás loco! Quizás lo estaba. De tal modo debía de haberse amoldado a la singularidad de su situación que, examinándolo con referencia a sus semejantes y a las tareas de la vida, no se podría afirmar que estuviera en su sano juicio. Se las había ingeniado (o, más bien, las cosas habían venido a parar en esto) para separarse del mundo, hacerse humo, renunciar a su sitio y privilegios entre los vivos, sin que fuera admitido entre los muertos. La vida de un ermitaño no tiene paralelo con la suya. Seguía inmerso en el tráfago de la ciudad como en los viejos tiempos, pero las multitudes pasaban de largo sin advertirlo. Se encontraba -digámoslo en sentido figurado- a todas horas junto a su mujer y al pie del fuego, y sin embargo nunca podía sentir la tibieza del uno ni el amor de la otra. El insólito destino de Wakefield fue el de conservar la cuota original de afectos humanos y verse todavía involucrado en los intereses de los hombres, mientras que había perdido su respectiva influencia sobre unos y otros. Sería un ejercicio muy curioso determinar los efectos de tales circunstancias sobre su corazón y su intelecto, tanto por separado como al unísono. No obstante, cambiado como estaba, rara vez era consciente de ello y más bien se consideraba el mismo de siempre. En verdad, a veces lo asaltaban vislumbres de la realidad, pero sólo por momentos. Y aun así, insistía en decir "pronto regresaré", sin darse cuenta de que había pasado veinte años diciéndose lo mismo. Imagino también que, mirando hacia el pasado, estos veinte años le parecerían apenas más largos que la semana por la que en un principio había proyectado su ausencia. Wakefield consideraría la aventura como poco más que un interludio en el tema principal de su existencia. Cuando, pasado otro ratito, juzgara que ya era hora de volver a entrar a su salón, su mujer aplaudiría de dicha al ver al veterano señor Wakefield. ¡Qué triste equivocación! Si el tiempo esperara hasta el final de nuestras locuras favoritas, todos seríamos jóvenes hasta el día del juicio. Cierta vez, pasados veinte años desde su desaparición, Wakefield se encuentra dando el paseo habitual hasta la residencia que sigue llamando suya. Es una borrascosa noche de otoño. Caen chubascos que golpetean en el pavimento y que escampan antes de que uno tenga tiempo de abrir el paraguas. Deteniéndose cerca de la casa, Wakefield distingue a través de las ventanas de la sala del segundo piso el resplandor rojizo y oscilante y los destellos caprichosos de un confortable fuego. En el techo aparece la sombra grotesca de la buena señora de Wakefield. La gorra, la nariz, la barbilla y la gruesa cintura dibujan una caricatura admirable que, además, baila al ritmo ascendiente y decreciente de las llamas, de un modo casi en exceso alegre para la sombra de una viuda entrada en años. En ese instante cae otro chaparrón que, dirigido por el viento inculto, pega de lleno contra el pecho y la cara de Wakefield. El frío otoñal le cala hasta la médula. ¿Va a quedarse parado en ese sitio, mojado y tiritando, cuando en su propio hogar arde un buen fuego que puede calentarlo, cuando su propia esposa correría a buscarle la chaqueta gris y los calzones que con seguridad conserva con esmero en el armario de la alcoba? ¡No! Wakefield no es tan tonto. Sube los escalones, con trabajo. Los veinte años pasados desde que los bajó le han entumecido las piernas, pero él no se da cuenta. ¡Detente, Wakefield! ¿Vas a ir al único hogar que te queda? Pisa tu tumba, entonces. La puerta se abre. Mientras entra, alcanzamos a echarle una mirada de despedida a su semblante y reconocemos la sonrisa de astucia que fuera precursora de la pequeña broma que desde entonces ha estado jugando a costa de su esposa. ¡Cuán despiadadamente se ha burlado de la pobre mujer! En fin, deseémosle a Wakefield buenas noches. El suceso feliz -suponiendo que lo fuera- sólo puede haber ocurrido en un momento impremeditado. No seguiremos a nuestro amigo a través del umbral. Nos ha dejado ya bastante sustento para la reflexión, una porción del cual puede prestar su sabiduría para una moraleja y tomar la forma de una imagen. En la aparente confusión de nuestro mundo misterioso los individuos se ajustan con tanta perfección a un sistema, y los sistemas unos a otros, y a un todo, de tal modo que con sólo dar un paso a un lado cualquier hombre se expone al pavoroso riesgo de perder para siempre su lugar. Como Wakefield, se puede convertir, por así decirlo, en el Paria del Universo.

miércoles, 10 de junio de 2009

MARGARA AVERBACH (Argentina, 1957)



 

El invierno del colibrí

Leonardo odiaba el invierno. Y esa mañana congelada, después de una noche de tormenta, le daba rabia todo, hasta el verde del único pino que había en el camino a la escuela. -Lo hacés a propósito -le murmuró al pino con los labios partidos -. Tanto verde me da ganas de verano. Caminaba rápido haciendo nubes con la boca cuando vio una mancha en la vereda. Primero se desvió hacia la pared para no pisarla. En un día como ése, tenía que ser algo que había dejado un perro para que él tuviera que lavarse la zapatilla con agua helada cuando llegara al colegio. Dio un paso más y de pronto, la mancha le brilló en los ojos, como si adentro ardiera una llama oscura. Así que Leonardo dio un paso atrás y se agachó. Ese paso empezó esta historia. Ahí, en el piso, había un pájaro mojado. Leonardo se levantó y miró el cielo gris. Le daba un poco de asco la idea de tocar un pájaro muerto pero por alguna razón misteriosa, volvió a agacharse y puso una mano en la panza blanca. Y en el mismo instante, vio el pico largo y sintió el calor, como un sol diminuto, en el dedo índice. Miró a un lado, a otro y como un ladrón, levantó el picaflor en la palma y se lo metió con cuidado en el bolsillo del guardapolvo. Después, dio media vuelta y volvió a casa corriendo. -¿Qué pasa? ¿No hay clase? La mamá de Leonardo sonaba un poco asustada. Él sacó la mano del bolsillo y abrió la palma. La mamá se agachó y miró el picaflor aterido en la palma de su hijo. -Ay, no, Leo... ¿Para qué lo trajiste? Yo no sé qué podemos hacer... Seguramente está enfermo y... además, tenemos gato y... los picaflores no viven en jaula y... Leonardo la miró con algo que estaba entre la furia y la lástima. De computadoras, tal vez, pero de animales, mamá no sabía nada. -No está enfermo, ma... Está mojado. Lo agarró la tormenta. Así que terminaron llamando por teléfono al papá de Gerardo, el veterinario. Después, la mamá dejó a Leonardo y al pájaro en el consultorio y se fue a trabajar. La sala de espera era chica y al principio, no había nadie. Mientras esperaba, Leonardo habló bajito con el picaflor, que miraba para todos lados dentro de la jaulita prestada. Y entonces, llegó la nena del gato. El gato era hermoso, gris, suave y grande y ronroneaba con fuerza en brazos de su dueña. La dueña... bueno, la dueña era casi tan linda como el gato, de cabello negro y grandes ojos negros. Pero cuando el picaflor los vio, empezó a golpearse con las rejas de la jaula en un esfuerzo desesperado por alejarse. Sin sonido. Leonardo se puso pálido, se paró y se alejó lo más que pudo. -No te preocupes -dijo la chica -.A mí no se me escapa. Además, nunca cazó un pájaro. Pero el gato miraba al picaflor con ojos amarillos, atentos, embelesados. --Está muy asustado -dijo Leo -. Voy a llamar al doctor. -Yo lo llamo -dijo la nena y preguntó: -¿Qué es eso? ¿Un picaflor? -Y golpeó la puerta del consultorio. Lo miraba, extrañada. No es muy fácil ver un picaflor en un consultorio de gatos y perros y canarios. El doctor fue rápido en el diagnóstico. Al picaflor no le pasaba nada. La tormenta lo había mojado y le había arrancado algunas plumas. Pero la jaula, dijo el doctor, la jaula no. Eso sí que puede matarlo. Lo que había que hacer era llevarlo al campo. A cualquier lugar verde, lejos de los edificios. -Acá no viven mucho -le dijo. Ahora Leonardo tenía un problema más grave. Bajó la vista y puso la mano en la jaula para irse. El papá de Gerardo se dio cuenta enseguida porque sonrió y dijo: -¿Sabés el teléfono del trabajo de tu mamá? Yo tengo que ir esta tarde a ver unos caballos, al campo. Ya que no fuiste a la escuela, si querés venir, te invito. Bajaron de la camioneta junto a un bosque de eucaliptos. A lo lejos, un caballo ruano corría junto a un alambrado, jugando con el aire, como juegan los potrillos. Leonardo llevaba el picaflor en una bolsita oscura, para que no se asustara. La oscuridad tibia de la bolsa lo tenía quieto y callado. El pasto del invierno parecía amarillo y seco, tan cálido como el trigo de enero. Leonardo miró alrededor y no vio ni una sola flor. -No veo cómo va a vivir. -También toman la savia de las coníferas, Leonardo -dijo el doctor -. Creo que va a estar bien. Esperá que sacamos unas fotos. Así que Leonardo tomó el picaflor y lo sostuvo con cuidado sin apretarlo entre los dedos de la mano derecha. Trató de poner cara de contento. Pero cuando el pájaro salió volando con un chirridito que parecía el ruido de dos maderas que se rozan, a Leonardo se le llenaron los ojos de lágrimas y se subió un poco más el cierre de la campera anaranjada. Y entonces, lo vio de nuevo. Primero fue un roce verdoso en el costado del ojo, como el reflejo del sol del invierno sobre el agua. Leonardo levantó la vista que tenía en el suelo como si fuera un paquete pesado y húmedo. El picaflor que había tocado con asco esa misma mañana camino al colegio (parecía mucho tiempo antes, como si hubiera pasado un mes, un año), estaba volando frente a su cara, como frente a una flor, y las dos maderas de su canción silvestre hacían la música ronca y chiquita de los picaflores en la brisa fría. Duró poco. Apenas un instante. Después, el picaflor se alejó volando bajo hacia el bosquecito y Leonardo se quedó solo. Cuando se lo contó a la dueña del gato, le dijo que no se acordaba del viaje de vuelta. (Había estado pensado en preguntarle el nombre y el teléfono de la chica al padre de Gerardo durante todo el viaje, pero no hizo falta: ella lo llamó primero; quería saber qué había pasado con el picaflor). Leonardo le contó que esa noche lloró en la cama aunque todos en la casa se entusiasmaron con la historia. Había algo triste en esa historia alegre y él no conseguía saber qué era. A la mañana siguiente, en el frío helado de las cuadras que había entre su casa y el colegio, un auto se paró a su lado. Una camioneta. (A Leonardo, la rabia le daba vueltas alrededor otra vez, pero más lejos porque ahora llevaba el recuerdo del picaflor en el bolsillo y era un recuerdo tibio.) -Ey, Leo -le gritó el doctor -. Tengo las fotos. Leo paró un momento junto al cordón para que el doctor le alcanzara un manojo de papeles de colores. -Ésta es especial -dijo el papá de Gerardo y sacó un sobre blanco por la ventanilla. Leonardo abrió el sobre y miró. (Más tarde la miró de nuevo con la nena del gato y la espiö todo el día en el colegio, y esa noche la colgó sobre la cama para verla cuando estuviera por dormirse.) Ahí estaba él y atrás los campos amarillos del invierno y el bosque de eucaliptos y el cielo un poco gris y ahí al lado, cerca, muy cerca, como un manchón borroso, un picaflor oscuro y brillante, tan rápido que apenas se le veían las alas. Una foto de invierno. Pero ese invierno era distinto. El invierno del picaflor, dijo la nena del gato la primera vez que oyó la historia. Y cuando la dijo ella, la palabra “invierno” sonó casi a sol, casi a septiembre. de LOS EXPLORADORES,(Edit. Sudamericana, colección Pan Flauta, 2000) Ilustraciones GUSTAVO DEVEZE.

jueves, 28 de mayo de 2009

Tiempos revueltos de Raymond Carver

Tiempos revueltos de Raymond Carver

“Furious Seasons”

Esa duración que convierte a las Pirámides en columnas de hielo que se derriten. Todo es pasado en un instante.

Thomas Browne



Amenaza tormenta. La niebla gris oscurece las cumbres a lo largo del valle. Nubes negras con pliegues y capas blancas en la superficie se acercan desde las colinas en rápidos desplazamientos, descienden hasta el valle y pasan sobre los campos y baldíos que hay frente a la casa. Dando rienda suelta a su imaginación, Farrell ve las nubes como caballos negros sobre los que cabalgan fantasmales almas en pena y, detrás, las carrozas negras girando lenta e inexorablemente, a veces un cochero con plumas blancas en el pescante. Cierra la puerta del porche y observa tras el cristal a su mujer que baja lentamente las escaleras. Se vuelve y le sonríe. Abre de nuevo y la saluda. Más tarde, ella se aleja en el coche. Vuelve a la habitación y se sienta en el sillón de cuero, bajo la lámpara de cobre. Se estira extendiendo los brazos por fuera del sillón.

La habitación está un poco más oscura cuando Iris sale del baño envuelta en una bata blanca abierta. Saca el taburete de debajo del tocador y se sienta frente al espejo. Coge con la mano derecha el cepillo blanco de plástico y comienza a peinarse con movimientos rápidos y rítmicos provocando un leve chasquido. Sujeta con la mano izquierda el cabello sobre uno de los hombros y realiza los largos, rápidos y rítmicos movimientos con la mano derecha. Se detiene un instante y enciende la lamparilla del espejo. Farrell coge una revista de fotos del aparador que está al lado del sofá y se estira para encender la lámpara golpeando sin querer el pergamino de la pantalla al buscar la cadenilla. La lámpara está unos centímetros por encima de su hombro derecho y la pantalla marrón cruje cuando la toca.

Afuera está oscuro y el aire huele a lluvia. Iris le pregunta si cerró la ventana. Mira hacia la ventana, luego al espejo, ve su propio reflejo y detrás a Iris observándole sentada frente al tocador, con otro Farrell más borroso mirando fijamente desde la ventana que ella tiene al lado. Tiene que llamar a Frank para confirmar que salen de caza mañana por la mañana.

Pasa las páginas. El cepillo se tambalea sobre la superficie del vestidor.

“¿Sabes que estoy embarazada, Lew?”, le dice.

Las páginas satinadas de la revista muestran bajo la lámpara una catástrofe natural. La fotografía de un terremoto en algún lugar del Oriente Próximo. Se ve a cinco hombres gruesos vestidos con bombachos blancos de pie ante una casa aplastada. Uno de ellos, quizá el líder, lleva un sucio sombrero blanco inclinado sobre un ojo, lo que le da un aspecto sombrío, maligno. Mira de lado a la cámara, señalando tras el revoltijo de ladrillos hacia un río o entrante de mar al otro lado de los escombros. Farrell cierra la revista y la deja resbalar al ponerse de pie.

Apaga la luz y antes de encaminarse hacia el baño, le pregunta:

“¿Qué vas a hacer?”

Sus palabras suenan secas y apresuradas como hojas arremolinándose en los oscuros rincones de la habitación. Farrell siente al instante que esa pregunta ya ha sido hecha hace tiempo en otro lugar. Entra en el baño.

El olor de Iris; un olor cálido y húmedo, ligeramente pegajoso; polvos de talco New Spring y colonia King’s Idyll. Su toalla tirada detrás del retrete. Se le han caído polvos de talco en el lavabo y forman con el agua un reguero amarillo de pasta. Lo frota con agua y lo empuja todo por el desagüe.

Se está afeitando y al mover la cara puede ver la habitación. Iris de perfil, sentada en el taburete ante la vieja cómoda. Posa la navaja y se lava la cara, luego coge la navaja otra vez. En ese momento escucha las primeras gotas de lluvia en el techo.

Un rato después apaga la luz de la cómoda y se sienta de nuevo en el sillón de cuero a escuchar la lluvia. Llega a ráfagas, golpeando a intervalos la ventana. Como el suave revoloteo de un pájaro blanco.

Su hermana ha cazado uno. Lo mete en una caja y le tira flores dentro. Agita la caja para poder oír el batir de alas, pero una mañana se la enseña y ya no se oyen las alas, tan sólo el leve arañazo que provoca el pájaro cuando mueve la caja. Se la da para que se libre de ella y él la tira con todo lo que hay dentro al río, sin querer abrirla porque empieza a oler raro. La caja es de cartón y tiene dieciocho pulgadas de largo, seis de ancho y cuatro de profundidad. Está seguro de que era una caja de galletas Snowflake porque son las que utilizaba ella con los primeros pájaros.

Corre en paralelo a la caja por el lodo de la orilla. Es una barca fúnebre y el río fangoso es el Nilo. Pronto la barca entrará en el océano, pero antes se incendiará y el pájaro blanco saldrá volando hacia las tierras de su padre donde lo espantará de entre la espesa hierba de una pradera verde, con huevos y todo. Corre por la orilla, siente el latigazo de los matojos en los pantalones, un limbo le golpea en la oreja y aún no se ha incendiado. Coge piedras sueltas y se las tira a la barca. Y entonces empieza a llover, enormes e impetuosas gotas que salpican el agua barriendo el río de lado a lado.

Farrell llevaba en la cama unas cuantas horas, no estaba seguro de cuánto tiempo. Con cuidado de no molestar a su esposa, se incorporó ligeramente apoyándose en el hombro y con los ojos entrecerrados intentó echar una ojeada al reloj de la mesita de ella. El reloj apenas estaba vuelto hacia su lado, así que, teniendo además tanto cuidado, sólo pudo ver que las manecillas amarillas marcaban las 3.15 o las 2.45.

La lluvia golpeaba contra la ventana. Se volvió de espaldas y estiró las piernas bajo las sábanas rozando el pie izquierdo de su mujer, escuchando las manecillas del reloj sobre la mesita. Se metió bajo el edredón y luego, como tenía demasiado calor y le sudaban las manos, echó hacia atrás el cobertor y pasó los dedos por la sábana, estrujándola hasta que se le secaron.

La lluvia venía por rachas, arremetiendo en oleadas y atravesando la tímida luz como miríadas de pequeños insectos amarillos que se arrojaran haciendo rizos contra la ventana.

Se dio la vuelta otra vez y se acercó a Lorraine hasta tocarle la espalda con el pecho. Durante un instante se abrazó a ella suavemente, con cuidado, extendiendo la mano por el hueco de su estómago, pasando los dedos por debajo del elástico de sus bragas, rozando el espeso penacho de vello.

Sintió una extraña sensación entonces, como si resbalara en un baño caliente y le anegaran los recuerdos sintiéndose niño otra vez. Retiró la mano, se dio la vuelta y se libró de las sábanas encaminándose al torrente de la ventana.

Una pesadilla vasta y remota la de ahí fuera. La farola parecía un demacrado y solitario obelisco desafiando la lluvia con su débil punto de luz amarilla. En la base, el lustre negro de la calle, la oscuridad acometiendo su pequeño contorno de luz. No podía ver el resto de casas, como si ya no existieran, arrasadas como en la foto que había estado mirando unas horas antes.

La lluvia iba y venía como una oscura máscara en la ventana. Anegaba los bordillos calle abajo. Se acercó hasta sentir una fría bocanada de aire en la frente al contemplar la niebla de su aliento en el cristal. Había leído que en algún sitio, se veía a sí mismo mirando las fotos, quizá en National Geographic, vivían tribus de piel cobriza que se quedaban de pie ante sus chozas contemplando la salida del sol bajo la helada. El titular decía que esa gente creía que el alma era visible en el aliento, que escupían y soplaban en las palmas de las manos ofreciendo sus almas a Dios. Su aliento desaparecía mientras lo contemplaba, dejando solamente un círculo diminuto, luego un punto y nada. Se alejó de la ventana y fue a por sus cosas.

Buscó a tientas sus botas en el armario empotrado y rastreó con los dedos las mangas de cada chaqueta hasta tocar el suave impermeable de caucho. Fue hasta el cajón por calcetines y calzoncillos largos, luego descolgó una camisa y un pantalón, lo cogió todo en una brazada y lo llevó por el pasillo hasta la cocina sin encender la luz. Se vistió y se calzó las botas antes de poner el café. Le habría gustado encender la luz del porche para Frank pero por algún motivo no le pareció bien con Iris allí en la cama. Mientras se hacía el café, preparó sándwiches y llenó los termos. Sacó una taza del armario, la llenó y se sentó cerca de la ventana para ver la calle. Encendió un cigarrillo y se puso a fumar mientras tomaba el café y escuchaba el chasquido del reloj del horno. Se derramó un poco de café, miró las gotas caer lentamente por la taza y frotó con los dedos el círculo que dejó la taza sobre la rugosa superficie de la mesa.

Está en la habitación de su hermana, ante la mesa de estudio, sentado sobre un grueso diccionario en una silla de respaldo recto. Los pies doblados bajo el asiento, los talones de los zapatos acoplados al travesaño. Cuando se apoya excesivamente sobre la mesa una de las patas se levanta del suelo y tiene que meter debajo una revista. Está haciendo un dibujo del valle en el que vive. Al principio pensó en copiar algo de uno de los libros escolares de su hermana, pero después de gastar tres hojas sin conseguir que le saliera bien, decidió dibujar el valle y su casa. De vez en cuando deja de dibujar y frota los dedos en la superficie granulosa de la mesa.

Afuera el aire de abril es todavía húmedo y fresco, ese frescor que alienta tras las tardes de lluvia. La tierra, los árboles y las montañas ya están verdes y por todas partes hay un aliento vaporoso: en los abrevaderos de los corrales, en el estanque que hizo su padre y también en las praderas, elevándose en lentas columnas que parecen lápices, cruzando por encima del río y subiendo hasta las montañas como si fuera humo. Oye a su padre gritarle a uno de los hombres y a éste soltar una maldición por detrás. Posa el lápiz y salta de la silla. Abajo, enfrente del ahumadero, ve a su padre trabajando con la polea. A sus pies hay un rollo de cuerda marrón y empuja la barra de la polea para intentar colgarla fuera del granero. Lleva en la cabeza un gorro de lana del ejército y el cuello de la vieja chaqueta de cuero levantado, dejando a la vista la lana sucia del forro. Con un último golpe a la polea se vuelve hacia los hombres. Dos de ellos, dos canadienses grandes y de mejillas coloradas que llevan unos sombreros de franela llenos de grasa, arrastran un carnero hacia donde está su padre. Lo abrazan hundiendo los puños en la lana y uno de ellos grapa con los brazos sus patas delanteras. Van hacia el granero, medio arrastrándolo, medio caminando el carnero sobre sus patas traseras. Parece una danza salvaje. A otra voz de su padre empujan al carnero contra la pared, uno de ellos lo monta a horcajadas, forzándole la cabeza hacia atrás y hacia arriba, hacia su ventana. Se fija en las grietas oscuras de sus ollares, en las gotas de mucosidad que le caen de la boca. Los vidriosos ojos de anciano se clavan en él un instante antes de intentar soltar un balido, pero el sonido se convierte en un chillido agudo cuando su padre lo interrumpe con una embestida rápida del cuchillo. La sangre sale a borbotones entre sus manos antes de que pueda moverse. En pocos minutos tienen al animal en la polea. Puede oír el monótono cran—cran—cran de la polea cuando su padre lo sube un poco más. Los hombres están sudando pero siguen con las chaquetas abotonadas hasta arriba.

Su padre lo abre en canal mientras los dos hombres cogen unos cuchillos más pequeños y empiezan a quitarle la piel empezando por las patas. Del vientre vaporoso se escurren unas tripas grises que caen a tierra formando un grueso rollo. Su padre gruñe y las carga en una caja, diciendo algo de un oso. Los hombres ríen. Escucha que alguien tira de la cadena en el baño y luego el gorgoteo del agua en el retrete. Se vuelve hacia la puerta cuando oye pasos que se acercan. Su hermana entra en la habitación exhalando un ligero vapor. Por un instante se queda paralizada a la puerta con la toalla enrollada en la cabeza, una mano sujetando los extremos y la otra sobre la manilla. Sus pechos redondos como si fueran planos, sus pezones como los rabillos de la cálida fruta de porcelana sobre la mesa del comedor. Deja caer la toalla que se desliza por el cuello tocando sus pechos y formando una pila a sus pies. Sonríe, lentamente se tapa la boca con la mano y empuja la puerta para que se cierre. Él se vuelve hacia la ventana encogiendo los dedos de los pies en los zapatos.

Farrell seguía sentado a la mesa tomando el café y fumando con el estómago vacío. Oyó el ruido de un coche, se levantó rápidamente y fue hasta la ventana del porche. El coche redujo a segunda y frenó frente a la casa para tomar despacio la curva, con el agua batiendo en los tapacubos, pero siguió adelante. Se sentó de nuevo. Apretando la taza entre los dedos, escuchó durante un rato el chasquido del reloj eléctrico del horno. Entonces vio las luces. Venían dando rápidas sacudidas a la oscuridad, como dos faroles que hacían cortas señales desde una pequeña proa. La densa lluvia, blanqueada por la luz al traspasarla, golpeaba con fuerza la calle por delante. El coche salpicó al disminuir la velocidad y descansar bajo la ventana.

Cogió sus cosas y salió al porche. Iris estaba allí, acostada bajo una pila de edredones. Buscando una excusa para hacerlo, como si hubiera un motivo y lo hiciera despreocupadamente, se arrodilló al otro lado de la cama y se vio a sí mismo avanzar a tientas hasta donde sabía que estaba ella.

No pudo evitar inclinarse sobre su silueta como si colgara suspendido en el aire, todos los sentidos relajados excepto el olfato, respirando fugazmente el olor de su cuerpo. Inclinándose un poco más hasta tocar con la cara el cobertor percibió de nuevo ese olor, durante un instante, y luego desapareció. Retrocedió y se acordó de su rifle, salió y cerró la puerta. La lluvia le flagelaba el rostro. Se sintió casi mareado al agarrar el fusil y posarlo sobre la balaustrada, apoyándose en ella. Durante un momento, mirando desde el porche hacia abajo, hacia la oscuridad rizada de la acera, se sintió como si estuviera en un puente en medio de ninguna parte, y de nuevo tuvo la misma sensación de la noche anterior, que eso ya había ocurrido con el presentimiento de que volvería a ocurrir, como ahora sabía. La lluvia le cortaba la cara, le caía por la nariz y en la boca. Frank tocó la bocina un par de veces y Farrell bajo las escaleras con cuidado de no resbalar.

“¡Menudo aguacero!”, dijo Frank. Un tipo grande. Llevaba una gruesa chaqueta acolchada con la cremallera hasta la barbilla y una gorra marrón con visera que le daba un aire siniestro de árbitro de béisbol. Movió las cosas del asiento de atrás para que Farrell pudiera poner las suyas. El agua subía de nivel en las canaletas, retrocedía en los desagües de los aleros y de vez en cuando pasaban junto a un bordillo o un patio anegados. Siguieron la calle hasta el final y giraron a la derecha tomando otra calle que les llevaría directamente a la autopista.

“Esto nos obliga a ir más despacio, qué van a hacer esos gansos sin nosotros”.

De nuevo Farrell se dejó ir y los vio, rescatándolos de la memoria, un instante en el que la niebla había llegado a helar las rocas y estaba tan oscuro que podía ser medianoche o el final de la tarde. Se acercan volando a poca altura por el barranco, en silencio, saliendo repentinamente de la niebla, como espectros, batiendo alas sobre su cabeza. Salta para intentar separar del grupo al más cercano mientras quita el seguro pero se atasca y el dedo enguantado permanece encorvado en la guarda, presionando el gatillo cerrado. Vinieron hacia él, saliendo de la niebla por el barranco, sobre su cabeza. En largas filas, regañándole. Así había ocurrido hace tres años.

Se quedó mirando los prados húmedos captados por las luces del coche pasando al lado y quedándose atrás. El limpiaparabrisas chirriaba de un lado a otro. Iris suelta el pelo sobre el hombro con la mano izquierda mientras coge el cepillo con la otra. Inicia un movimiento rítmico alisando la melena con un leve chasquido al pasar el cepillo, una y otra vez, arriba y abajo. Le acaba de decir que está embarazada.

Lorraine ha ido a una exposición. Él tiene aún que llamar a Frank para confirmar la jornada de caza. La fotografía en papel satinado de la revista que tiene en su regazo muestra la escena de un desastre natural. Uno de los tipos de la foto, el líder evidentemente, señala una extensión de agua. “¿Qué vas a hacer?” Se vuelve y va hacia el baño. Una toalla detrás del retrete, el olor a polvos de talco New Spring y a colonia King’s Idyll. Hay un círculo amarillo de polvos talco en el lavabo que frota con agua antes de afeitarse. Mientras se afeita puede verla cepillándose el pelo en la sala. Cuando ya se ha lavado y secado la cara, al coger de nuevo la navaja, golpean en el tejado las primeras gotas de lluvia.

Miró el reloj del tablero de instrumentos pero estaba parado.

“¿Qué hora es?”

“No te fíes de ese reloj”, le dijo Frank levantando el pulgar del volante para señalar el gran reloj de números amarillos que sobresalía del tablero. “Está parado. Son las seis y media. ¿Te dijo tu mujer que tenías que estar en casa a una hora?”, le preguntó sonriendo.

Farrell negó con la cabeza pero Frank no lo vio. “No, sólo quería saber la hora”. Encendió un cigarrillo y se echó hacia atrás en el asiento, mirando la lluvia a través de las luces de los coches, salpicando el parabrisas. Conducen desde Yakima, van a recoger a Iris. Comenzó a llover cuando llegaban a la autopista Columbia River y al cruzar Arlington es ya un torrente.

Parece que avanzaran por un túnel oblicuo. Ruedan por el asfalto envueltos en la opacidad de los grandes árboles inclinados sobre el coche, el agua cayendo en cascadas por delante. Lorraine extiende el brazo por el respaldo del asiento, su mano se posa levemente en el hombro izquierdo de él. Está sentada tan cerca que puede sentir su pecho izquierdo alzarse con la respiración. Ha intentado sintonizar algo en la radio pero hay demasiada interferencia.

“Se puede poner una cama en el porche y que se instale allí”, dice Farrell sin levantar la vista de la carretera. “No estará mucho tiempo”.

Lorraine se vuelve hacia él inclinándose un poco en el asiento. Posa la mano libre en su pierna. Con los dedos de la otra mano le acaricia el hombro y apoya la cabeza contra él. Un rato después, le dice:

“Tú eres solo mío, Lew. Odio tener que compartirte con alguien aunque sea poco tiempo. Aunque sea tu propia hermana”.

Va dejando de llover y los árboles apenas se inclinan.

Farrell alza la vista y mira la luna, en creciente, afilada y pálida, brillando entre nubes grises. Dejan atrás el bosque y las curvas para entrar en un valle que se abre al río del fondo. Ha dejado de llover y el cielo es una alfombra negra en la que han esparcido puñados de estrellas.

“¿Cuánto tiempo se quedará?”, le pregunta Lorraine.

“Un par de meses. Tres como mucho. Tiene que volver a su empleo en Seattle antes de Navidad”. Siente el estómago revuelto. Enciende un cigarrillo. Expulsa el humo por la nariz y lo empuja por la ventanilla.

El cigarrillo comenzaba a picarle en la punta de la lengua, abrió la ventanilla y lo tiró. Frank dejó la autopista para avanzar ahora sobre un firme resbaladizo que les llevaría al río. Estaban en la región del trigo. Grandes extensiones de trigo se extendían hacia el oscuro esbozo de las colinas, interrumpidas aquí y allá por fangosas porciones de terreno que parecían mantequeras por las pequeñas bolsas de agua. El año que viene se cosecharán y en verano el trigo estará tan alto que les llegará hasta la cintura, siseando y meciéndose cuando sople el viento.

“Es una vergüenza, toda esta tierra sin grano la mayor parte del tiempo y tanta gente sin nada que llevarse a la boca”, dijo Frank meneando la cabeza. “Si el gobierno no metiera la mano en los cultivos la maldita vista sería mejor”.

El firme de la carretera acababa en un saliente lleno de baches y el coche empezó a saltar por una carretera elástica y ponzoñosa hacia las colinas que se veían a lo lejos.

“¿Has visto morirse de hambre a alguien, Lew?”.

“No”.

El cielo encanecía. Farrell observaba los campos de rastrojo teñirse de un falso amarillo. Alzó la vista por la ventanilla y las nubes se fragmentaban y se deshacían en múltiples pedazos.

“Parece que va a dejar de llover”.

Fueron hasta el final, al pie de las colinas. Luego giraron y avanzaron por el borde de los cultivos siguiendo las colinas hasta que llegaron al cañón. Más allá, al fondo del acanalado de piedra, se extendía el río, la orilla más alejada cubierta por un banco de niebla.

“Ha dejado de llover”, dijo Farrell.

Frank maniobró en una pequeña hondonada rocosa y dijo que aquél era un buen sitio. Farrell cogió su escopeta y la apoyó contra el guardabarros de atrás para sacar las cartucheras y otra chaqueta. Cogió la bolsa de papel con los sándwiches y apretó los termos con las manos para sentir el calor. Se alejaron del coche sin hablar y caminaron a lo largo del cerro para luego bajar por uno de los pequeños valles que se abrían al cañón. La tierra estaba tachonada aquí y allá de roca afilada o matas negras que goteaban.

El suelo se ablandaba bajo los pies, tiraba de sus botas a cada paso y hacía un ruido succionador cuando las levantaba. Llevaba la cartuchera en la mano derecha, sujeta por la correa, balanceándola como si fuera un tiragomas. Sintió en la cara la brisa húmeda que venía del río. Los pequeños farallones que daban al río estaban profundamente acanalados por ambos lados, recortados en la roca dejando salientes como planchas que señalaban la altura del agua hace miles de años. En los salientes se amontonaban pilas de troncos blancos pelados e incontables trozos de madera que parecían huesos de algún pájaro gigante. Farrell intentó adivinar por dónde habían aparecido los gansos tres años antes. Se detuvo justo donde la colina empezaba a bajar hacia el cañón y apoyó la escopeta en una roca. Cogió matas y piedras que tenía a mano y bajó hacia el río recogiendo también restos de madera para hacer un escondite.

Se sentó sobre el impermeable con la espalda apoyada en un grueso arbusto y la barbilla en las rodillas, mirando los huecos azules del cielo al desplazarse las nubes. Los gansos estaban graznando bajo la niebla en la otra orilla. Se relajó, encendió un cigarrillo y se quedó mirando el humo que de repente salía de su boca. Esperaría a que saliera el sol. Son las cuatro de la tarde. El sol acaba de ocultarse tras unas nubes grises dejando el coche bajo una sombra enana que le sigue mientras lo rodea para abrirle la puerta a su mujer. Se besan.

Iris y él quedan en volver a recogerla, exactamente, dentro de una hora y cuarenta y cinco minutos. Tienen que ir a la ferretería y luego al supermercado. Volverán a recogerla a las seis menos cuarto. Se sienta al volante de nuevo y, mirando a ambos lados, se adentran lentamente en el tráfico. En la avenida que sale de la ciudad se encuentran todos los semáforos en rojo, luego gira a la izquierda para tomar la carretera secundaria, acelera a fondo y los dos se van un poco hacia atrás en sus asientos. Son las cuatro y veinte. Giran en diversos cruces y avanzan por una carretera con huertos a ambos lados. Sobre las copas de los árboles se divisan unas colinas bajas y, al fondo, las montañas coronadas de blanco. La hilera de árboles provoca sombras que oscurecen el arcén y que avanzan delante del coche. El boj forma hileras blancas que señalan los lindes de cada huerto, apiñándose contra los árboles. Hay escaleras apoyadas en las horcaduras de los árboles. Frena y se detiene en el arcén. Iris sólo tiene que abrir la puerta para alcanzar la rama de uno de los árboles. La rama raspa la puerta cuando la suelta. Las manzanas son grandes y amarillas. Le chorrea entre los dientes cuando muerde una.

Cuando se termina la carretera, siguen por un camino lleno de polvo que llega hasta las colinas, hasta donde se acaban los huertos. Todavía podrían alejarse más tomando la carretera que avanza paralela al canal de riego. El canal está vacío y los bordes empinados tan sucios y tan secos que se desmigajan. Cambia a segunda. La carretera va cuesta abajo, hay que conducir despacio, con cuidado. Detiene el coche bajo un pino, al lado de la compuerta que conduce el agua hasta una artesa circular de cemento. Iris estira la mano y la posa en su pierna. Está oscureciendo. Sopla el viento. Escucha el crujido de las copas de los árboles. Sale del coche y enciende un cigarrillo. Camina hasta el borde de la colina para ver el valle. El viento arrecia; el aire es más frío. La hierba es rala, con alguna flor bajo sus pies. El cigarrillo hace una leve espiral roja cuando vuela sobre el valle. Son las seis en punto.

El frío era intenso. Entumecía los dedos de los pies y se abría camino por las pantorrillas hacia las rodillas. También sentía las manos rígidas de frío aunque las tuviera en los bolsillos. Quería esperar a que saliera el sol. Unas nubes enormes tomaban diversas formas al dispersarse sobre el río. Al principio apenas lo notó, una especie de hilera negra avanzando entre las nubes más bajas. Cuando la tuvo al alcance de la vista creyó que era una nube de mosquitos cerrando filas ante sus ojos y luego le pareció una grieta oscura abriéndose entre cielo y tierra. Se volvió hacia él girando sobre las colinas del fondo. Estaba asustado, pero intentaba mantener la calma. El corazón le latía en las sienes, quería correr pero apenas se podía mover, como si llevara piedras en los bolsillos. Intentó ponerse al menos de rodillas pero el matorral en el que se apoyaba le dañó el rostro y bajó la cabeza. Le temblaban las piernas, intentó estirar las rodillas. Las piernas se le entumecían cada vez más, hundió la mano en el suelo moviendo los dedos, extrañado de su calidez. Entonces oyó el suave graznido de los gansos y el zumbido de sus alas al moverse. Sus dedos buscaron el gatillo. Oyó su réplica inmediata, irritados, provocando una estridente sacudida hacia arriba cuando le vieron. Farrell ya estaba de pie, apuntando a un ganso y luego a otro, y de nuevo al anterior, así hasta que se disolvieron rompiendo filas hacia el río. Disparó una vez, dos, y los gansos seguían volando, en plena algarabía, disgregándose y alejándose de la zona de tiro, sus humildes siluetas difuminándose entre las ondulantes colinas. Disparó una vez más antes de caer de rodillas con la vista nublada. Tras él, un poco a la izquierda, escuchó el eco de los disparos de Frank retumbando por todo el cañón como el chasquido de un latigazo. Le confundió ver que salían más gansos del río, sobrevolaban las bajas colinas y tomaban altura hacia el cañón, volando en formaciones en V sobre la cima y los sembrados.

Volvió a cargar la escopeta con cuidado, apoyando el cañón en la hierba, la culata en las costillas, provocando un chasquido hueco al meter los casquillos en la recámara. Seis harían el trabajo mejor que tres. Quitó rápidamente el taco del cañón y guardó el resorte espiral y el taco en el bolsillo. Oyó a Frank disparar otra vez y, de pronto, pasó a su lado una bandada que no había visto. Cuando los estaba mirando se dio cuenta de que venían otras tres más abajo. Esperó a que estuvieran a su altura, meciéndose en el aire a unas treinta yardas de la colina, moviendo levemente la cabeza de derecha a izquierda, los ojos negros y brillantes. Cuando pasaban a su lado, se irguió apoyando una rodilla en el suelo y les dio ventaja, acosándoles un instante antes de que se abrieran. El que estaba más cerca se contrajo y cayó al suelo en picado. Disparó de nuevo cuando regresaban, viendo al ganso detenerse como si hubiera chocado con una pared, aleteando contra ella para intentar traspasarla sin dar la vuelta, agachando la cabeza, las alas hacia fuera, en lenta espiral hacia abajo. Vació el cargador en el tercer ganso cuando casi ya no lo tenía a tiro y lo vio detenerse al quinto disparo, quedándose casi quieto tras una rápida sacudida de la cola, pero aleteando aún. Durante un buen rato estuvo viéndole volar cada vez más cerca del suelo hasta que desapareció tras uno de los cañones.

Farrell puso cabeza abajo los dos gansos dentro del escondite y acarició su vientre blanco y liso. Eran gansos canadienses, graznadores. A partir de ahora ya le daría igual si los gansos volaban muy alto o salían de más abajo, de cerca del río. Se sentó contra el arbusto y encendió un cigarrillo viendo girar el cielo sobre su cabeza. Un poco más tarde, quizá al principio de la tarde, se durmió. Se despertó entumecido, sudando en frío. El sol se había puesto, el cielo era un grueso sudario gris. Podía oír el graznido de los gansos al marcharse, dejando tras de sí aquellos ecos agudos y extraños por todo el valle, pero no podía ver nada que no fueran las húmedas colinas negras cubiertas en la base por una niebla que tapaba el río. Se frotó el rostro con las manos y empezó a tiritar. Se puso de pie. Podía ver avanzar la niebla envolviendo las colinas y el cañón, ovillándose en el suelo. Sintió el aliento del aire húmedo y frío alrededor, palpándole la frente, las mejillas, los labios. Se abrió paso a tientas y comenzó a subir la colina. Se quedó de pie junto al coche y tocó la bocina en una ráfaga continua hasta que Frank llegó corriendo y le apartó el brazo de la ventanilla. “¿Qué te pasa? ¿Estás loco o qué?” “Tengo que ir a casa, ya te lo dije”. “Joder, vale. Entra, por Dios. Entra”. A no ser por un par de preguntas que hizo Farrell antes de abandonar la región del trigo, permanecieron todo el rato en silencio. Frank llevaba un cigarrillo entre los dientes, sin quitar la vista de la carretera. Cuando atravesaron los primeros parches de niebla a la deriva encendió las luces del coche. Al entrar en la autopista la niebla se levantó y las primeras gotas de lluvia comenzaron a golpear el parabrisas. Tres patos pasaron volando frente a las luces del coche y fueron a posarse en un charco al lado de la carretera. Farrell pestañeó.

“¿Has visto eso?”, pregunto Frank.

Farell asintió.

“¿Cómo te encuentras ahora?”

“Estoy bien”.

“¿Cazaste alguno?”

Farrell se frotó las manos y entrelazó los dedos, luego las apoyó en el regazo. “No, supongo que no”.

“Vaya. Te oí disparar”. Cambió el cigarrillo de lado e intentó fumar, pero se había apagado. Lo mascó durante un rato, luego lo dejó en el cenicero y miró de reojo a Farrell.

“No es asunto mío, desde luego, pero me parece que algo te preocupa en casa…Mi consejo es que no te lo tomes demasiado en serio. Aún vivirás mucho, no tienes canas como yo”. Tosió, se rió. “Ya sé, me solía pasar lo mismo. Recuerdo…”

Farrell está sentado en el sillón de cuero bajo la lámpara de cobre observando a Iris desenredar el pelo. Tiene una revista sobre las piernas cuyas páginas satinadas están abiertas en la escena de un desastre natural, un terremoto en alguna parte del Oriente Próximo. A no ser por la pequeña luz del tocador, la habitación está a oscuras. El cepillo se mueve con rapidez por el pelo de Iris, largos movimientos rítmicos que causan un ligero chasquido. Todavía tiene que llamar a Frank y confirmar que se van de caza al día siguiente. Entra un aire frío y húmedo por la ventana de al lado. Ella deja el cepillo sobre el borde del tocador. “Lew”, dice, “¿Sabes que estoy embarazada?”

El olor del baño le marea. Su toalla tirada tras el retrete. Le han caído polvos de talco en el lavabo. Al mojarse se convirtieron en un reguero amarillo de pasta. Lo frota y lo empuja todo por el desagüe.

Se está afeitando. Al mover la cara puede ver la salita.

Iris de perfil sentada en el taburete frente al viejo tocador. Se alisa el pelo. Posa la navaja y se lava la cara, luego la coge de nuevo. En ese instante escucha las primeras gotas de lluvia en el tejado…

La lleva en brazos afuera, al porche. Le vuelve la cabeza hacia la pared y la cubre entera con el edredón. Vuelve al baño, se lava las manos y arroja la toalla empapada de sangre en el canasto de la ropa. Un rato después apaga la luz del tocador y se sienta de nuevo en su sillón junto a la ventana, escuchando la lluvia.

Frank se rió.

“Así que no pasó nada, nada en absoluto. Nos va bien después de eso. La típica trifulca de siempre, pero cuando se dio cuenta de quién llevaba los pantalones, no hubo más problema”. Le dio a Farrell un toque amistoso en la rodilla.

Avanzaban por los arrabales de la ciudad, pasando ante la larga fila de moteles con sus letras de neón intermitentes, ante los cafés de ventanas humeantes, los coches agrupados frente a la puerta, y ante los pequeños negocios de barrio, cerrados y a oscuras hasta el día siguiente. Frank giró a la derecha, en la siguiente a la izquierda y ya estaban en la calle de Farrell. Frank entró detrás de un coche blanco y negro que ponía en pequeñas letras blancas pintadas en el maletero SHERIFF’S OFFICE. A través de las luces de su propio coche, pudieron ver la alambrera que separaba el asiento de atrás como una jaula. El vaho salía del capó de su coche y se mezclaba con la lluvia.

“Puede que te busquen a ti, Lew”. Comenzaba a abrir la puerta cuando se rió entre dientes. “Puede que se hayan enterado de que cazas sin licencia. Vamos, te llevaré a mi casa”.

“No, tú sigue, Frank, todo irá bien. Estaré bien, déjame salir”.

“¡Ah, ya sabías que venían a verte! Espera un momento, toma tu escopeta”. Bajó la ventanilla y le pasó el arma a Farrell. “Parece que nunca va a dejar de llover”.

“Ya”.

Todas las luces de la casa estaban encendidas y unas siluetas empañadas permanecían frente a la ventana mirando la lluvia. Farrell permaneció detrás del coche del sheriff apoyado sobre la aleta lisa y húmeda. La lluvia le caía sobre la cabeza y le bajaba por el cuello. Frank se alejó unos metros y luego se detuvo, mirando hacia atrás. Farrell estaba apoyado en la aleta, columpiándose levemente, la lluvia cercándole.

El agua salió a chorros del badén sobre sus pies, formando un remolino en la rejilla del desagüe de la esquina y precipitándose al centro de la tierra.