jueves, 2 de junio de 2016

Juan Villoro

EL MAL FOTOGRAFO
Recuerdo a mi padre alejarse del grupo donde se servía limonada. En las playas o los jardines, siempre tenía algún motivo para apartarse de nosotros, como si los niños causáramos insolación y tuviese que buscar sombra en otra parte.
Puedo ver su cara recortada en el quicio de una puerta, fumando con desgano, con la rutina parda del adicto que hace mucho dejó de disfrutar el vicio. Nunca se quitaba la corbata. Para él las vacaciones eran el momento en que se manchaba la corbata y no le importaba. Sólo se ponía otra al volver al trabajo.
Supongo que nunca se adaptó a nosotros. Nos tomaba en cuenta con la calmosa dedicación con que alguien deja caer gotas azules en un acuario.
También el verdadero sol lo molestaba. Le sacaba pecas en los antebrazos, cubiertos de vellos rojizos. No era un hombre de intemperie. Lo único que disfrutaba de las vacaciones era el trayecto, las muchas horas a bordo del coche. Entonces cantaba una canción sobre un caballo de carreras. Aunque el caballo perdía siempre, su voz sonaba feliz y libre. Una voz hecha para el camino.
Distanciarse estaba en su carácter. Nunca lo vimos tomar una fotografía, pero las fotos que encontramos muchos años después deben ser suyas. Estuvo suficientemente cerca y suficientemente lejos de nosotros para retratarnos. Lo imagino con una de esas cámaras que se colgaban del hombro y tenían estuche de cuero.
Las fotos recogen jardines olvidados y casas donde tal vez dormimos una noche, en camino a otra parte. Entonces éramos más rubios, más blancos, más antiguos. Una época pálida, antes de que la fotografía a color se volviera enfática. A mi padre le iban bien esos tonos indecisos, donde un coche azul parecía más gris de lo que era.
Nadie guardó las fotos en un álbum, tal vez porque eran malas, tal vez porque pertenecían a una época que se volvió complicado recordar.
En las tomas aparecen objetos que sólo a mi padre le hubiera interesado retratar. Las bancas, los postes de luz, los tejados, los coches –sobre todo los coches- sobreviven mejor que nosotros. Ciertas fotos oblicuas o movidas parecen tomadas desde un auto en movimiento.
El dato final y decisivo para asociarlas con mi padre es que después no hubo otras. Una tarde subió a su Studebacker y no volvimos a saber de él.
Las fotografías aparecieron en un desván, dentro de una maleta con correas, estampada con nombres de hoteles a los que no fuimos nosotros. Supongo que las dejó ahí para que lo conociéramos de otro modo, para que supiéramos lo mal fotógrafo que había sido, cuán frágil era su pulso, la falta de concentración que determinaba su mirada. Un detective a sueldo hubiera hecho mejor trabajo.
¿Es posible que el autor de las fotografías sea otro? No lo creo. La torpeza, el desapego, la atención vacilante son una firma clara.
De mi padre sabemos lo peor: huyó; fuimos la molestia que quiso evitarse. Las fotos confirman su dificultad para vernos. Curiosamente, también muestran que lo intentó. Con la obstinación del mediocre, reiteró su fracaso sin que eso llegara a ser dramático. Nunca supimos que sufriera. Ni siquiera supimos que fotografiaba.
Hubo un tiempo en que vivimos con un fotógrafo invisible. Nos espiaba sin que ganáramos color. Que alguien incapaz de enfocar nos mirara así, revela un esfuerzo peculiar, una forma secreta del tesón. Mi padre buscaba algo extraviado o que nunca estuvo ahí. No dio con su objetivo, pero no dejó de recargar la cámara. Sus ojos, que no estaban hechos para vernos, querían vernos.
Las fotos, desastrosas, inservibles, fueron tomadas por un inepto que insistía.
Una tarde subió al Studebacker. Supongo que cantó su canción del caballo, una y otra vez, hasta que en un recodo solitario ganó, al fin, una carrera.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Hebe Uhart

El budín esponjoso


Yo quería hacer un budín esponjoso. No quería hacer galletitas porque les falta la tercera dimensión. Uno come galletitas y parece que le faltara alguna cosa; por eso se comen sin parar. Las galletitas parecen hechas con pan rallado o reconstituido. Los únicos que saben comer galletitas como corresponde son los perros: las cazan en el aire, las destrozan con un ruido fuerte y ya las tragaron en un suspiro, levantando un poco la cabeza.
Tampoco quería hacer un flan, porque el flan es un proto-alimento y se parece a las aguas vivas. Ni un bizcochuelo borracho, que es una torta ladina. Es una masa a la que se le pone vino; uno va confiado, esperando sabor a torta y resulta que tiene otro; un gusto fuerte y rancio.
El bizcochuelo esponjoso que yo quería hacer era como una torta que comí una vez, que venía hermosamente envasada en una cajita: se llamaba torta Paradiso. En la caja había una figura de una mujer, con un vestido largo: no recuerdo bien si era una mujer y un hombre o una mujer solamente; pero si era una mujer solamente, estaba esperando a un hombre.
La torta Paradiso era tan esponjosa como nunca volví a comer nada igual; no es que se deshiciera en la boca; apenas se masticaba suavemente y uno sentía que todos los procesos de masticación, deglución, etc., eran perfectos. Además no era como las galletitas, que son para comer cuando uno está aburrido; era para pensar en la torta Paradiso alguna tarde y comerla, alguna tarde de lindos pensamientos. Cuando vi la receta “Budín esponjoso”, dije: Con esto, voy a hacer una cosa semejante. Le pedí a mi mamá que me dejara usar la cocina económica para hacerla.
—Ni en sueños —me dijo.
La cocina económica nunca se encendía; era un artefacto negro y grande que tenía una tapa también negra. Nunca supe cómo era por dentro ni cómo funcionaba. No se usaba porque parece que era fastidiosa. Estaba todos los días en la cocina como un fastidio desconocido. Era como el horno para hacer pan; en el fondo había un horno para hacer pan pero yo no vi nunca hacer pan allí ni asar nada. Este era considerado otro fastidio, pero al aire libre. Pero para mí eran diferentes; de la existencia de la cocina económica yo rara vez me acordaba porque era como un mueble. Del horno sí, porque cada vez que me iba a jugar, iba a saltar desde la base del horno (previa mirada adentro, a lo oscuro, ya que estaba, lleno de ceniza vieja, de mucho tiempo atrás) hasta el suelo. Parecía un palomar el horno y si alguna vez habían hecho pan ahí, nadie recordaba y parecía que no quisieran recordar, como si ese horno trajera malos o despreciativos recuerdos. En la cocina económica no era posible que yo hiciera budín esponjoso, en la cocina común, tampoco. Entonces pregunté:
—Puedo hacerla en el galpón?
—Sí —me dijo mi mamá.
Podía hacerlo en el galpón con un calentador.
En la cocina no, porque los chicos enchastran la cocina. En el galpón mi mamá iba a prender un calentador (es peligroso, los chicos no deben manejarlo).
Hice el budín en una cacerolita que por su tamaño ni era apta para hacer sopa ni nada. Yo no conocía a esa cacerolita verde, sería de algún juego anterior cuando yo no había nacido.
Si el calentador era tan peligroso, como decían, yo no sé cómo mi mamá se arriesgaba a darle fuelle con ese inflador. A cada bombeada mi mamá se arriesgaba a ser quemada por un estallido; puede ser que la muerte no le importara.
Como ese budín tenía que dorarse arriba, sobre la cacerolita verde había unas brasas peligrosas. Para esta empresa yo quería que me ayudara mi amiga que vivía enfrente. Desde el día anterior le dije que tenía permiso para hacer el budín esponjoso y quedó en venir. Vino con cara de haber venido por no tener otra cosa mejor que hacer y participó en calidad de observadora reticente. Ella tampoco tenía miedo de la muerte por estallido de calentador y cuando se bajaban las llamas, bombeaba dándose el lujo de dar una última bombeada fuerte, como diciendo “Lista esta merda”. Pero yo advertí que no bombeaba como contribución al budín, sino por el ejercicio en sí, por hacer algo, porque ella estaba acostumbrada a manejar ese artefacto y le resultaba una cretinada que se apagara, por el hecho en sí.
Ya la cacerolita estaba al fuego con el budín esponjoso adentro; pero yo quería ver si ya estaba cocinado; mejor dicho, quería ver cómo se iba cocinando. Igual que un japonés que tenía un vivero y se levantaba de noche para ver cómo crecían las plantas.
Pero no podía levantar esa tapa que estaba llena de brasas; le pregunté a mi amiga y se encogió de hombros.
—Ah, ya sé —Pensé— Con un palo largo.
Agarré un palo largo de escoba y traté de pasarlo por la manija de la tapa; mi amiga me ayudaba, con reticencias. Cuando intentábamos abrirla, vino mi mamá y mi amiga puso cara y aspecto general (lo que además era cierto) de que no tenía nada que ver con esa idea luminosa del palo. Mi mamá supo enseguida que esa idea era mía.
—¡Qué manía! —Dijo— De mirar las cosas crudas, antes de que se hagan! A eso le falta mucho.
Cuando ella se fue, pude levantar la tapa con un palo más fino y pude espiar apenas un momento el pastel. Tuve una idea vaga, pero todavía parecía un panqueque, no tenía la tercera dimensión.
—A lo mejor todavía sube —me dijo mi amiga y me propuso hacer otra cosa mientras. Pero yo no me iba a mover hasta ver qué pasaba.
Al rato lo abrí, ya definitivamente, porque no se podían sacar y poner las brasas a cada momento: el pastel se había puesto de color marrón subido, se había replegado en si mismo en todas direcciones: a lo largo y a lo ancho. Quedó como una factura marrón, de esas que llaman vigilantes.
Mi mamá dijo:
—Es lógico, yo ya suponía.
Yo pensé que para los grandes la confección de soretes era una cosa lógica e inevitable.
Pero yo no lo comí ni nadie lo comió. Usted tampoco hubiera podido comer eso.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Ernest Hemingway

El fin de algo


Antes, Horton Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno de sus habitantes estaba libre del ruido de las grandes máquinas de un aserradero que había junto al lago. Pero un año se acabaron los troncos para aserrar. Entonces, las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron y se llevaron toda la madera amontonada en el patio. Desmantelaron el aserradero de toda la maquinaria transportable, que los mismos hombres que habían trabajado allí embarcaron en una de las goletas. La embarcación se alejó por el lago llevando las dos grandes sierras, el aparato que arrojaba los troncos contra las sierras circulares giratorias y todas las ruedas, correas y herramientas que cabían en ese enorme cargamento de madera. La bodega abierta estaba tapada con lona y de un modo hermético. Una vez henchidas las velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había hecho del aserradero, un aserradero, y de Horton Bay, un pueblo.
Las casas de un piso, la cantina, el almacén de la compañía, las oficinas del aserradero y el mismo aserradero quedaron desiertos en medio de la pantanosa pradera cubierta de serrín que se extendía a la orilla del lago.
Diez años más tarde no quedaba nada del aserradero, excepto los cimientos de piedra caliza que Nick y Marjorie vieron a través del bosque renacido, mientras remaban a lo largo de la costa. Estaban pescando en bote al borde del banco que partía repentinamente desde los bajíos arenosos hacia las negras aguas de doce pies de profundidad. Se dirigían al lugar más apropiado para colocar los sedales nocturnos que atraían a las truchas arcoiris.
-He aquí nuestra vieja ruina, Nick -dijo Marjorie.
Mientras remaba, Nick miró hacia las piedras blancas que se veían entre los árboles verdes.
-Allí está -expresó.
-¿Te acuerdas cuando estaba el aserradero? -preguntó Marjorie.
-Sí, me acuerdo.
-Parece más bien un castillo -opinó la muchacha.
Nick no dijo nada. Remaron hasta perder de vista los restos del aserradero, siguiendo la costa. Luego, Nick atravesó la bahía.
-No están picando -dijo.
-No -respondió Marjorie, absorta en la caña mientras remaban. No se distraía ni siquiera al hablar. Le gustaba pescar. Le gustaba mucho pescar con Nick.
Cerca del bote, una trucha enorme sacudió la superficie del agua. Nick remó fuerte con un solo remo, haciendo girar el bote para que el anzuelo pasase por donde se hallaba la trucha. Cuando asomó su espinazo, los peces que usaba como cebo saltaron en forma salvaje. Se desparramaron por la superficie como un puñado de municiones arrojadas al agua. Del otro lado de la embarcación saltó otra trucha, en busca del preciado alimento.
-Están comiendo -indicó Marjorie.
-Pero no van a picar -dijo Nick.
Volvió a dar la vuelta con el bote pasando entre los hambrientos peces, y se dirigió a la costa. Marjorie no recogió el sedal hasta que llegaron a la orilla.
Detuvieron la embarcación en la playa y Nick sacó un balde con percas vivas que nadaban en el agua del recipiente. Después cogió tres con las manos y les cortó la cabeza y las peló, mientras Marjorie introducía las manos en el balde. Finalmente sacó una perca y empezó a hacer lo mismo que Nick. Nick miró el pez de Marjorie.
-No es necesario arrancarle la aleta ventral -dijo-. Lo mismo sirve como cebo, pero es mejor que la tenga.
Enganchó las colas de las percas peladas en los dos anzuelos del sedal de cada caña. Había dos anzuelos colocados en una guía para cada caña. Marjorie, por su parte, remó hacia el banco arenoso. Sostenía el hilo entre los dientes y miraba a Nick, que estaba con la caña en la playa, mientras el sedal se desenrollaba.
-Ya está bien -gritó.
-¿Lo suelto? -dijo Marjorie, con el sedal en la mano.
-Claro. Suéltalo.
Marjorie dejó caer el hilo y miró cómo los cebos penetraban en el agua.
Luego volvió con el bote y se llevó el segundo sedal de la misma manera. A cada oportunidad, Nick colocó una pesada tabla haciendo cruz con el extremo de la caña para que no se moviera, y un trozo de madera más pequeño para formar el ángulo. Después devanó el sedal con lentitud hasta dejarlo tirante y establecer una línea recta desde donde el anzuelo descansaba sobre el fondo arenoso, y por último aseguró el carrete regulador. De este modo cuando alguna trucha se acercaba a comer, el hilo daba un tirón y el ruido del trinquete fijo indicaba su presencia.
Al principio, Marjorie avanzó lentamente para no mover el sedal, pero una vez que estuvo fuera de esa zona, remó con rapidez hacia la playa, acompañada por pequeñas olas. La muchacha salió del bote y Nick lo arrastró por la arena.
-¿Qué te pasa, Nick? -preguntó Marjorie.
-No sé -contestó este mientras juntaba leña para el fuego.
Encendieron el fuego con la madera que el agua había llevado a la costa. Marjorie fue al bote en busca de una manta. La brisa nocturna impulsaba el humo hacia el lugar, por lo que extendió la manta entre el fuego y el lago.
Después se sentó sobre la manta, de espaldas al fuego, y esperó a Nick. Éste volvió enseguida y se sentó a su lado. Detrás de ellos estaba el bosque renacido, en el promontorio, y enfrente, la bahía con la desembocadura del arroyo de Hortons. La oscuridad no era completa. La luz de la fogata iluminaba el agua. Ambos pudieron ver las dos cañas de pescar de acero, inclinadas sobre el lago. El fuego provocaba destellos en los carretes.
Marjorie abrió la cesta de la cena.
-No tengo ganas de comer -dijo Nick.
-Vamos, Nick. Come.
-Bueno.
Comieron sin decir nada, observando las dos cañas y el fuego reflejado en el agua.
-Esta noche va a haber luna -expresó Nick, que miraba hacia el otro lado de la bahía. Las colinas se recortaban ya contra el cielo. Se dio cuenta de que la luna estaba ya por asomarse, más allá de las colinas.
-Ya lo sé -dijo Marjorie con alegría.
-Tú lo sabes todo.
-¡Oh! ¡Cállate, Nick! Te lo ruego. ¡No seas así, por favor! 
-No puedo evitarlo. Tú tienes la culpa. Lo sabes todo. Ese es el problema, y también lo sabes.
Marjorie no dijo nada.
-Te lo enseñado todo -continuó Nick-. No lo niegues. ¿Qué es lo que no sabes, entonces?
-¡Oh! ¡Cállate! Ahí viene la luna.
Se quedaron sentados sobre la manta, sin tocarse, observando cómo aparecía la luna.
-No tienes por qué decir tonterías -protestó Marjorie-. ¿Qué te ocurre en realidad?
-No sé.
-Por supuesto que lo sabes
-No. No sé.
-Anda. Dilo.
Nick miró la luna, que se empinaba encima de las colinas.
-Ya no me divierte esto.
Tenía miedo de mirar a la muchacha, pero la miró. Marjorie le daba la espalda. Siguió mirándola.
-Ya no me divierte. Nada. En absoluto.
Ella no dijo nada. Nick continuó:
-Me encuentro como si todo se hubiera ido al demonio en mi alma. No sé, Marge. No sé qué decir.
Todavía miraba la espalda de la mujer.
-¿Ya no te divierte el amor? -preguntó Marjorie.
-No.
Marjorie se puso de pie. Nick permaneció sentado, con la cabeza entre las manos.
-Voy a usar el bote -le dijo Marjorie-. Tú puedes volver a pie por el promontorio.
-Bueno -dijo Nick-. Espera, que iré a desatracar el bote.
-No hace falta -cuando dijo esto, Marjorie estaba ya dentro de la embarcación, en el agua, bajo la luz de la luna.
Nick regresó y se acostó boca abajo, sobre la manta junto al fuego. Oyó el rítmico movimiento de los remos, mientras Marjorie se alejaba.
Permaneció allí largo rato. Estaba acostado cuando Bill apareció en el claro después de atravesar el bosque. Sintió que el recién llegado se acercaba al fuego. Pero Bill no lo tocó.
-¿Salió todo bien con ella? -preguntó Bill.
-Sí -contestó Nick sin abandonar su posición, con la cara pegada a la manta.
-¿Hubo una escena?
-No, no hubo ninguna escena.
-¿Cómo te sientes?
-¡Oh! ¡Vete, Bill! Vete por un rato.
Bill eligió un sándwich de la cesta y fue a echar un vistazo a las cañas.

de "The End of Something", In Our Time, 1925

viernes, 29 de abril de 2016

Antonio Di Benedetto

Volamos


Como puesta ante un apacible e inofensivo misterio, que puede serlo, con ganas de hablar, que a mí me faltan, me cuenta de su gato.
Es, sí. Claro que es; pero... Ante todo, como es huérfano, recogido por compasión, se ignora su ascendencia. Es gato y le agrada el agua. De las acequias no prefiere los albañales, sino la corriente barrosa. Se lanza acezante, pisa fuerte y salpica: hunde las fauces y hace que toma, pero no toma, porque es de puro goloso que lo hace. Puede pensarse que no es un gato, que es un perro. También por su actitud indiferente en presencia de los demás gatos. Pero es que asimismo se limita a observar desde lejos a los perros y ni siquiera se enardece frente a una pelea callejera. Como al emitir la voz desafina espantosamente y además es ronco, no puede saberse si maúlla o ladra.
Hago como que me asombro. Pero no abro la boca, porque de preguntar o comentar me preguntaría por qué pienso así y tendría que explicar y complicarme en un diálogo. Empero ya no me habla: se habla. Revisa lo que sabe y quiere saber más.
Es gato y le gusta el agua. Eso no autoriza a concluir que sea un perro. Ni siquiera está la cuestión en que sea perro o gato, porque ni uno ni otro vuelan, y este animalito vuela; desde hace unos días se ha puesto a volar.
Yo espero que me pregunte si creo que se trata de una brujería. Pero no; al parecer, no cree en eso. Yo tampoco; aunque lo pensé. Mejor dicho, pensé que ella lo pensaba. Pero no.
¿No te maravillas?
Sí; seguramente. Me maravillo. Cómo no. Me maravillo.
Podría maravillarme, cómo no. Pero no. Puedo maravillarme porque el gato-perro vuela. Pero es que no sólo hablo. Estoy pensando. Pienso que ella supone que he de maravillarme porque lo que creyó era gato puede ser perro o lo que puede ser gato o perro puede ser un ave o cualquier otro animal que vuele. Debiera maravillarme porque, lo que se cree que es, no es. No puedo. ¿Acaso me maravilla que tú no seas lo que tu esposo cree que eres? ¿Acaso me maravilla no ser lo que mi esposa cree que soy? Tu animalejo es un cínico, nada más. Un cínico ejercitado.


del libro "Mundo Animal", de Antonio Di Benedetto

jueves, 28 de abril de 2016

Roberto Bolaño(Santiago de Chile, 28 de abril de 1953-Barcelona, 15 de julio de 2003)


Llamadas telefónicas


B está enamorado de X. Por supuesto, se trata de un amor desdichado. B, en una época de su vida, estuvo dispuesto a hacer todo por X, más o menos lo mismo que piensan y dicen todos los enamorados. X rompe con él. X rompe con él por teléfono. Al principio, por supuesto, B sufre, pero a la larga, como es usual, se repone. La vida, como dicen en las telenovelas, continúa. Pasan los años.

Una noche en que no tiene nada que hacer, B consigue, tras dos llamadas telefónicas, ponerse en contacto con X. Ninguno de los dos es joven y eso se nota en sus voces que cruzan España de una punta a la otra. Renace la amistad y al cabo de unos días deciden reencontrarse. Ambas partes arrastran divorcios, nuevas enfermedades, frustraciones. Cuando B toma el tren para dirigirse a la ciudad de X, aún no está enamorado. El primer día lo pasan encerrados en casa de X, hablando de sus vidas (en realidad quien habla es X, B escucha y de vez en cuando pregunta); por la noche X lo invita a compartir su cama. B en el fondo no tiene ganas de acostarse con X, pero acepta. Por la mañana, al despertar, B está enamorado otra vez. ¿Pero está enamorado de X o está enamorado de la idea de estar enamorado? La relación es problemática e intensa: X cada día bordea el suicidio, está en tratamiento psiquiátrico (pastillas, muchas pastillas que sin embargo en nada la ayudan), llora a menudo y sin causa aparente. Así que B cuida a X. Sus cuidados son cariñosos, diligentes, pero también son torpes. Sus cuidados remedan los cuidados de un enamorado verdadero. B no tarda en darse cuenta de esto. Intenta que salga de su depresión, pero sólo consigue llevar a X a un callejón sin salida o que X estima sin salida. A veces, cuando está solo o cuando observa a X dormir, B también piensa que el callejón no tiene salida. Intenta recordar a sus amores perdidos como una forma de antídoto, intenta convencerse de que puede vivir sin X, de que puede salvarse solo. Una noche X le pide que se marche y B coge el tren y abandona la ciudad. X va a la estación a despedirlo. La despedida es afectuosa y desesperada. B viaja en litera pero no puede dormir hasta muy tarde. Cuando por fin cae dormido sueña con un mono de nieve que camina por el desierto. El camino del mono es limítrofe, abocado probablemente al fracaso. Pero el mono prefiere no saberlo y su astucia se convierte en su voluntad: camina de noche, cuando las estrellas heladas barren el desierto. Al despertar (ya en la Estación de Sants, en Barcelona) B cree comprender el significado del sueño (si lo tuviera) y es capaz de dirigirse a su casa con un mínimo consuelo. Esa noche llama a X y le cuenta el sueño. X no dice nada. Al día siguiente vuelve a llamar a X. Y al siguiente. La actitud de X cada vez es más fría, como si con cada llamada B se estuviera alejando en el tiempo. Estoy desapareciendo, piensa B. Me está borrando y sabe qué hace y por qué lo hace. Una noche B amenaza a X con tomar el tren y plantarse en su casa al día siguiente. Ni se te ocurra, dice X. Voy a ir, dice B, ya no soporto estas llamadas telefónicas, quiero verte la cara cuando te hablo. No te abriré la puerta, dice X y luego cuelga. B no entiende nada. Durante mucho tiempo piensa cómo es posible que un ser humano pase de un extremo a otro en sus sentimientos, en sus deseos. Luego se emborracha o busca consuelo en un libro. Pasan los días.

Una noche, medio año después, B llama a X por teléfono. X tarda en reconocer su voz. Ah, eres tú, dice. La frialdad de X es de aquellas que erizan los pelos. B percibe, no obstante, que X quiere decirle algo. Me escucha como si no hubiera pasado el tiempo, piensa, como si hubiéramos hablado ayer. ¿Cómo estás?, dice B. Cuéntame algo, dice B. X contesta con monosílabos y al cabo de un rato cuelga. Perplejo, B vuelve a discar el número de X. Cuando contestan, sin embargo, B prefiere mantenerse en silencio. Al otro lado, la voz de X dice: bueno, quién es. Silencio. Luego dice: diga, y se calla. El tiempo —el tiempo que separaba a B de X y que B no lograba comprender— pasa por la línea telefónica, se comprime, se estira, deja ver una parte de su naturaleza. B, sin darse cuenta, se ha puesto a llorar. Sabe que X sabe que es él quien llama. Después, silenciosamente, cuelga.

Hasta aquí la historia es vulgar; lamentable, pero vulgar. B entiende que no debe telefonear nunca más a X. Un día llaman a la puerta y aparecen A y Z. Son policías y desean interrogarlo. B inquiere el motivo. A es remiso a dárselo; Z, después de un torpe rodeo, se lo dice. Hace tres días, en el otro extremo de España, alguien ha asesinado a X. Al principio B se derrumba, después comprende que él es uno de los sospechosos y su instinto de supervivencia lo lleva a ponerse en guardia. Los policías preguntan por dos días en concreto. B no recuerda qué ha hecho, a quién ha visto en esos días. Sabe, cómo no lo va a saber, que no se ha movido de Barcelona, que de hecho no se ha movido de su barrio y de su casa, pero no puede probarlo. Los policías se lo llevan. B pasa la noche en la comisaría.

En un momento del interrogatorio cree que lo trasladarán a la ciudad de X y la posibilidad, extrañamente, parece seducirlo, pero finalmente eso no sucede. Toman sus huellas dactilares y le piden autorización para hacerle un análisis de sangre. B acepta. A la mañana siguiente lo dejan irse a su casa. Oficialmente, B no ha estado detenido, sólo se ha prestado a colaborar con la policía en el esclarecimiento de un asesinato. Al llegar a su casa B se echa en la cama y se queda dormido de inmediato. Sueña con un desierto, sueña con el rostro de X, poco antes de despertar comprende que ambos son lo mismo. No le cuesta demasiado inferir que él se encuentra perdido en el desierto.

Por la noche mete algo de ropa en un bolso y se dirige a la estación en donde toma un tren con destino a la ciudad de X. Durante el viaje, que dura toda la noche, de una punta a otra de España, no puede dormir y se dedica a pensar en todo lo que pudo haber hecho y no hizo, en todo lo que pudo darle a X y no le dio. También piensa: si yo fuera el muerto X no haría este viaje a la inversa. Y piensa: por eso, precisamente, soy yo el que está vivo. Durante el viaje, insomne, contempla a X por primera vez en su real estatura, vuelve a sentir amor por X y se desprecia a sí mismo, casi con desgana, por última vez. Al llegar, muy temprano, va directamente a casa del hermano de X. Éste queda sorprendido y confuso, sin embargo lo invita a pasar, le ofrece un café. El hermano de X está con la cara recién lavada y a medio vestir. No se ha duchado, constata B, sólo se ha lavado la cara y pasado algo de agua por el pelo. B acepta el café, luego le dice que se acaba de enterar del asesinato de X, que la policía lo ha interrogado, que le explique qué ha ocurrido. Ha sido algo muy triste, dice el hermano de X mientras prepara el café en la cocina, pero no veo qué tienes que ver tú con todo esto. La policía cree que puedo ser el asesino, dice B. El hermano de X se ríe. Tú siempre tuviste mala suerte, dice. Es extraño que me diga eso, piensa B, cuando yo soy precisamente el que está vivo. Pero también le agradece que no ponga en duda su inocencia. Luego el hermano de X se va a trabajar y B se queda en su casa. Al cabo de un rato, agotado, cae en un sueño profundo. X, como no podía ser menos, aparece en su sueño.

Al despertar cree saber quién es el asesino. Ha visto su rostro. Esa noche sale con el hermano de X, entran en bares y hablan de cosas banales y por más que procuran emborracharse no lo consiguen. Cuando vuelven a casa, caminando por calles vacías, B le dice que una vez llamó a X y que no habló. Qué putada, dice el hermano de X. Sólo lo hice una vez, dice B, pero entonces comprendí que X solía recibir ese tipo de llamadas. Y creía que era yo. ¿Lo entiendes?, dice B. ¿El asesino es el tipo de las llamadas anónimas?, pregunta el hermano de X. Exacto, dice B. Y X pensaba que era yo. El hermano de X arruga el entrecejo; yo creo, dice, que el asesino es uno de sus ex amantes, mi hermana tenía muchos pretendientes. B prefiere no contestar (el hermano de X, a su parecer, no ha entendido nada) y ambos permanecen en silencio hasta llegar a casa.

En el ascensor B siente deseos de vomitar. Lo dice: voy a vomitar. Aguántate, dice el hermano de X. Luego caminan aprisa por el pasillo, el hermano de X abre la puerta y B entra disparado buscando el cuarto de baño. Pero al llegar allí ya no tiene ganas de vomitar. Está sudando y le duele el estómago, pero no puede vomitar. El inodoro, con la tapa levantada, le parece una boca toda encías riéndose de él. O riéndose de alguien, en todo caso. Después de lavarse la cara se mira en el espejo: su rostro está blanco como una hoja de papel. Lo que resta de noche apenas puede dormir y se lo pasa intentando leer y escuchando los ronquidos del hermano de X. Al día siguiente se despiden y B vuelve a Barcelona. Nunca más visitaré esta ciudad, piensa, porque X ya no está aquí.


Una semana después el hermano de X lo llama por teléfono para decirle que la policía ha cogido al asesino. El tipo molestaba a X, dice el hermano, con llamadas anónimas. B no responde. Un antiguo enamorado, dice el hermano de X. Me alegra saberlo, dice B, gracias por llamarme. Luego el hermano de X cuelga y B se queda solo.

martes, 5 de abril de 2016

Juan José Saer


Cicatrices (Fragmento) Veo el limpiaparabrisas rasar con ritmo regular el parabrisas sobre el que las gotitas de llovizna estallan imperceptibles cayendo de la masa blancuzca que rodea el automóvil adensándose alrededor a medida que se distancia y dejando entrever apenas las fachadas húmedas que chorrean agua y se desvanecen por momentos para reaparecer después entre los desgarramientos de la niebla, y las dos hileras de fachadas separadas por la angosta calle reluciente por la que rueda el automóvil, desplazándose hacia atrás. Los vidrios laterales están empañados; si trato de mirar por ellos, no veo más que los manchones de niebla moviéndose lentamente, las miríadas destellantes de partículas húmedas y los manchones grises o amarillos de las fachadas. En la primera esquina, un gorila solitario, envuelto en un impermeable azul y con un sombrero hundido en el cráneo, de modo tal que apenas si se le ve la cara, se encoge para toser. Después paso a su lado y queda atrás. Doblo por Mendoza, hacia donde debiera estar saliendo el sol, y el coche se desliza lento, pasando por delante de la estación de ómnibus. Hay algunos gorilas en los andenes. Se pasean o están inmóviles, junto a montones de bultos y valijas. Abiertos en el fondo, los andenes se ciegan de niebla detrás, y la sombra de la noche, que todavía no se ha esfumado del todo, contrasta con la niebla y está como deslumbrante. Una sombra lisa, densificada, pulida. Y los gorilas que mueven la cabeza o levantan una mano para pasársela por los ojos o llevarse el cigarrillo a los labios, insertan unas manchas pálidas, que desaparecen enseguida, en la penumbra negra. No hay un solo colectivo en ninguno de los andenes, y las ventanillas cerradas impiden escuchar nada del exterior. No sé si los altoparlantes que anuncian la llegada y la salida de los colectivos se encuentran funcionando, ni si los pasos o las voces de los gorilas resonando sobre el cemento sucio de lubricante y el techo combo de los andenes, suenan altos o bajos. No escucho más que el ruido monótono del motor que cambia a veces cuando cambio la marcha para doblar en las esquinas o acelerar de golpe y apenas por un momento, ya que por distracción he oprimido un poco más el pedal del acelerador. Doblo hacia la izquierda y paso frente al Correo que ya está iluminado. Gorilas se pasean detrás de los ventanales de la planta baja, detrás incluso de los largos mostradores. Al rasgarse la niebla, puedo ver sus bustos desplazándose como si un carril los impulsara sobre la superficie de los mostradores. El empedrado de la avenida del puerto reluce y el coche avanza ahora con una marcha menos regular. Veo a través del parabrisas venir hacia mí las altas palmeras que relucen, envueltas en niebla, y las columnas del alumbrado que rematan en los globos blancos que emiten una claridad débil, comida ya por la mañana. Las grandes hojas de las palmeras están inmóviles y se extienden por encima de las columnas del alumbrado. Los troncos chorrean agua. La avenida del puerto está completamente desierta. Las palmeras y los globos del alumbrado vienen hacia mí y enseguida desaparecen detrás. También el empedrado húmedo avanza hacia las ruedas del automóvil y cuando paso por un hundimiento de la calle en el que se ha formado un charco de agua viene desde debajo de las ruedas un rumor líquido que se mezcla al zumbido monótono del motor; durante un momento, el parabrisas se llena de unas gruesas salpicaduras que el limpiaparabrisas comienza a arrasar diseminándolas primero sobre el cristal en el lugar que han golpeado, y arrastrándolas después hacia los bordes del parabrisas, dejándome el espacio suficiente como para ver el camino, adelante. El espacio limpio del vidrio va borroneándose hacia los costados, y las gotitas que caen incansablemente sobre él permanecen intactas durante un momento, emitiendo una delgadísima franja de brillo, y después desaparecen. Llego por fin a la boca del puente colgante, que he visto avanzar hacia mí, con sus mástiles envueltos en una niebla que los deja entrever, oscurecidos y relumbrantes por la humedad, por sus desgarrones y de tanto en tanto. Un gorila envuelto en un capote negro, la cabeza cubierta por una gorra de vigilante, está parado a la puerta de una garita gris. Tiene los ojos fijos en la niebla, y está completamente inmóvil. Después desaparece. Queda atrás. El puente también queda atrás. Se extiende ahora delante de mí la costanera vieja, con su asfalto lleno de grietas y resquebrajaduras, manchado de lubricante. La baranda de concreto muestra su hilera interminable de balaustres manchados por la intemperie. De tanto en tanto, la ausencia de alguno rompe la uniformidad. Y a veces, también, el balaustre roto ha caído en pedazos sobre la ancha vereda de enormes lajas grises. Del otro lado de la costanera, veo los álamos altísimos, ya deshojados, avanzar hacia mí y después desaparecer. Delante está la niebla. Forma un murallón blanco, cerrado. El automóvil va entrando en ella como una cuña reluciente, detrás de la cual la niebla se vuelve a cerrar. Al entrar en la costanera nueva, más amplia, sin puntos inmediatos de referencia, por un momento no hay más que el automóvil y la niebla, en una especie de inmovilidad. No hay más que el gran globo blancuzco cuyas partículas giran en su lugar, como planetas diminutos, y el automóvil moviéndose y dando la ilusión de no avanzar, tan uniforme es la densidad de la niebla. Pero de pronto a un costado la copa carcomida de un árbol que chorrea agua avanza lentamente y después desaparece, quedando atrás, de modo que se revela por un momento que he estado avanzando aunque el volver a entrar en la niebla más completa vuelva a tener la ilusión de la inmovilidad. Los gorilas estarán a esta hora saliendo de sus guaridas, dejando sus jergones malolientes, observando sus dentaduras carcomidas frente al espejo del baño, deponiendo sus excrementos, mirando por la ventana la niebla, revolviéndose modosamente en las camas donde han copulado con sus hembras de sexo rojizo, entre rugidos apagados y lamentos brutales, las hembras han de estar mirando a los machos desde la cama, oyéndolos moverse por las cocinas mal iluminadas mientras se preparan el desayuno antes de salir a trabajar. Después entornarán los ojos, se harán un ovillo entre las frazadas calientes y volverán a dormirse hasta media mañana. Después se levantarán y saldrán al mercado a comprar alimentos, mientras los machos escriben unos trazos ininteligibles sobre grandes libros de caja en oficinas de techo altísimo y piso de madera. Los veo abrir la puerta de calle, lanzando los primeros eructos pasmados, mirar la niebla, y encorvarse después mientras caminan en la llovizna hasta la primera esquina, para tomar el colectivo. En el colectivo se aplastarán unos contra otros, refregándose los culos carnosos y echándose el aliento sobre la cara todavía hinchada por el sueño. Emitirán unos sonidos roncos, sacudiendo la cabeza, abriendo desmesuradamente los ojos y moviendo las manos en ademanes ininteligibles. Un refugio en la parada del colectivo, de paredes amarillas, me saca por un momento de la inmovilidad ilusoria en que permanezco, y después pasa y queda atrás. Las primeras casas sobre la costanera nueva, del lado opuesto al río, se divisan mustias y borrosas. Sus techos de tejas rojas, no obstante, brillan por el agua. Del otro lado, el río ha desaparecido. En el lugar en que la costanera hace una curva amplia, avanzando sobre el río, detengo el automóvil. El silencio del motor apagado se vuelve para mí más monótono que el zumbido monótono del motor en marcha, que ha dejado una especie de eco que resuena un momento más en mi mente y después se esfuma. Miro fijamente la niebla hacia donde supongo está la orilla del agua. Desgarrones muy leves me dejan imaginar, más que ver, la superficie. De pronto, una mancha negra, brillante, aparece y se borra. Vuelve a aparecer y se vuelve a borrar. Después reaparece permaneciendo un momento. Alcanzo a distinguir la grupa y la cola de un caballo. La cola se sacude, y después todo vuelve a borrarse. Queda otra vez la niebla vacía, a través del parabrisas. La inmovilidad del limpiaparabrisas hace que el vidrio se llene de gotitas diminutas que presentan una línea muy delgada de destello. Hago funcionar otra vez el limpiaparabrisas y veo nuevamente las gotitas aplastarse y desaparecer, de modo que el cristal queda limpio otra vez. Espero para ver reaparecer la mancha oscura del caballo, pero durante tres minutos no pasa nada, de modo que pongo otra vez el motor en marcha, bruscamente, y continúo avanzando. Llego a Guadalupe, rodeo la rotonda, y comienzo a recorrer otra vez la costanera en sentido contrario. A no ser por el recuerdo de haber llegado hasta el final de la costanera y haber rodeado la rotonda, ahora parece no sólo no haber movimiento, sino tampoco dirección. Ninguna dirección, salvo que doy el frente hacia alguna parte –mi cara mira hacia alguna parte, de igual modo que la parte delantera del automóvil– pero, si no recordara que he dado la vuelta a la rotonda de Guadalupe, no sabría hacia dónde. Después un árbol vuelve a emerger, fragmentario y húmedo, en la altura, la copa comida por la niebla, y avanza lentamente y queda atrás. Retomo la costanera vieja, y al llegar a la boca del puente colgante –el gorila con gorra de policía ha desaparecido y queda únicamente la garita gris– doblo por el bulevar en vez de seguir en dirección a la avenida del puerto. Ruedo por el bulevar hacia el oeste, paso las vías, y después veo el gran edificio de la vieja estación de trenes. Sus paredes pardas están húmedas, las grandes puertas y ventanas ciegas, sin que ninguna luz las ilumine desde el interior. Dos gorilas hembras, con paraguas lilas, idénticos, salen por la gran puerta principal. Una hilera de taxis vacíos permanece inmóvil en la calle, frente a la gran fachada. Percibo, en algunos, las medias figuras borrosas de los gorilas conductores. Apenas si se los distingue. Los grandes árboles del bulevar están quietos y mojados. Ahora hay un poco más de tránsito en el bulevar, un tránsito lento, de ómnibus y automóviles. Cuando llego al primer semáforo, diez cuadras después de la avenida, la niebla está ya disipándose, y la luz roja me induce a detenerme instintivamente. El motor queda en marcha, y el limpiaparabrisas se desliza en semicírculo con su rumor regular, arrasando las gotas. La luz roja se apaga, y en el momento en que se enciende la verde estoy ya atravesando la bocacalle, y la aguja gótica de las Adoratrices aparece semiborrada, en la altura, por la niebla. Cinco cuadras más adelante, antes de llegar al segundo semáforo, aminoro para pasar las vías frente al Molino, y como la luz verde está encendida, doblo hacia el norte, tomando la calle Rivadavia: la vereda izquierda presenta una hilera de casas antiguas y modestas, de una planta, y a la derecha tengo los baldíos del ferrocarril y más allá el largo paredón del Molino, al que distingo borroso a través del vidrio lateral. El paredón ciego, larguísimo, de ladrillos sin revocar, se deforma por momentos hacia el baldío en unas estructuras cilíndricas que vistas a través del vidrio lateral toman las proporciones más locas y las formas más extrañas. Después doblo otra vez hacia la izquierda, recorro una cuadra de grueso empedrado, que hace vibrar y retumbar la carrocería. y doblo hacia el sur, por 25 de Mayo. Recorro una cuadra y atravieso el bulevar, siempre en dirección al sur, por 25 de Mayo. Las calles están llenándose de gorilas, mientras la niebla se disipa, pero la llovizna continúa. Al pasar delante del Banco Provincial veo que sus puertas están abiertas, y que gorilas entran y salen apresurados. Veo primero el reloj redondo marcando las ocho y doce minutos en sus números romanos, y después el reflejo fugaz de los vidrios de la puerta giratoria, que escupe y traga a los gorilas. Después queda todo atrás. Vienen, sucesivamente, la esquina del hotel Palace, y al final de la misma vereda, en la otra esquina, el bar Montecarlo. A la izquierda están los fondos del Correo, más allá de la plazoleta, y en la vereda de enfrente los andenes de la estación de ómnibus. Cruzo la bocacalle, siempre por 25 de Mayo hacia el sur, y todo eso queda atrás.

Borges x Adolfo Bioy Casares

«Jueves, 17 de diciembre de 1959

Come en casa Borges. Dice que un muchacho, que en aquella época era conscripto del regimiento 2 de infantería, le contó los fusilamientos de junio de 1956. Fusilaron a nueve, todos compañeros del 2. Los fusiladores eran cuarenta y nueve. Los fusilados y los que fusilaban estaban vestidos con idéntico uniforme de fajina. Los llevaron en camiones. Los fusilaron en el patio de la penitenciaría, en la calle Las Heras, a la luz de los faros de los camiones. Entre los fusilados había un sargento músico, muy buena persona, muy querido de todos. Este sargento músico vio que al relator se le escapaba una lágrima: "No es nada, muchacho; apuntá acá", le dijo, señalándose el corazón. Otro de los fusiladores se puso a llorar. Los fusiladores estaban en dos filas; una, primera, con una pierna arrodillada; otra, atrás, de pie: eran como un muro erizado de máuseres, a dos alturas. Antes de morir, uno gritó: "¡Viva el 2 de infantería!". BORGES: "Mirá todas las cosas enormes que hay en ese grito. Es como decir: "Yo sé que ustedes no tienen la culpa. Yo sé que ustedes y nosotros somos los mismos". Si hubiera gritado "Viva Perón" o "Viva la patria" sería una idiotez. Como los tiros de máuser son muy fuertes, aquello fue una carnicería: los despedazaron. Sin embargo, el oficial que mandaba el pelotón, dio un tiro de gracia en la cabeza a cada uno de los fusilados: lo que está bien, porque sería una crueldad que uno estuviera sufriendo, y lo que es impresionante, porque era matar a muertos. Uno de los fusilados quedó sentado; cuando retiraron al de al lado, cayó; se vio entonces que también estaba muerto, pero que había quedado sostenido por el otro. ¿Por qué los fusiladores serían del mismo regimiento que los fusilados? Tal vez por algún reglamento que venía de antes, de cuando había rivalidad entre los regimientos: hubiera sido peligroso que los de uno fusilaran a los de otro". »

del Borges, de Adolfo Bioy Casares ( Destino, Bs As, 2006)