viernes, 28 de mayo de 2010

Gustavo (Barón de Hakeldama) Bernal Vidal


El arte de pedorrear

Prefacio
Es vergonzoso, lector, que desde que os tiráis pedos, no sepáis todavía cómo lo hacéis y cómo debiérais hacerlo.
Se imagina comunmente que los pedos no difieren el pequeño del grande, y que en el fondo, son todos de la misma especie: grosero error.
Esta reflexión que hoy os ofrezco, analizada con toda la exactitud posible,-había sido negligida en extremo hasta el presente, pero no porque se la juzgara indigna de ser considerada, sino más bien porque no se la estimaba susceptible de un cierto método y de nuevos descubrimientos. Tremenda equivocación.
Tirarse pedos es un arte, y por consiguiente, una cosa útil a la vida, como ya señalaban Luciano, Hermógenes, Quintiliano, etc. Es en efecto más importante de lo que se piensa ordinariamente saber tirarse pedos deliberadamente y a tiempo.
Un pedo que, para salir, ha realizado un esfuerzo vano trasladando su ímpetu a las entrañas desgarradas a menudo causa la muerte.
En una diarrea mortal que se desliza hacia su orlaun pedo lanzado a tiempo podría salvar la vida.
En definitiva, un pedo puede ejecutarse con disciplina y gusto, tal como os lo haré notar a lo largo de esta obra.
Por consiguiente, paso a hacer participar al público de mis investigaciones y descubrimientos acerca de un Arte sobre el cual nada de satisfactorio se encuentra en los más amplios diccionarios: en efecto, no se menciona allí nada en absoluto—cosa increíble—ni tan siquiera de la nomenclatura de este Arte, cuyos principios presento yo hoy a los curiosos.

CAPITULO I
Definición de pedo en general
El Pedo, que los latinos llamaban crepitus ventis, los germanos, fartzen y los ingleses, fart, es una composición de vientos que expiran emitiendo ruido o, por el contrario, silenciosamente.
Existen, sin embargo, autores de poco alcance e incluso bastante temerarios que llegan a sostener con terquedad, arrogancia y de una manera absurda, incluso a pesar de Calepin y todos los demás diccionarios hechos y por hacer, que el término pedo, propiamente dicho, es decir, considerado en su sentido natural, sólo es aquél que se emite produciendo ruido; y para hablar así se fundamentan en un verso de Horacio que a mi juicio no es suficiente para ace rcarnos a la idea exacta del pedo:
Nam displosa sonat quantum vesica pepedi.
De hecho, yo mismo me he llegado a peer con tanto bullicio que bien hubiera podido inflar una vejiga hasta hacerla reventar.
¿Pero quién no advierte que en este verso, Horacio ha tomado el verbo peerse en sentido genérico?, ¿y qué era necesario, si mplemente para hacerse entender que peerse entraña un sonido claro y que el sabio únicamente se limitaba a señalar el género de pedo que estalla al salir?
Saint-Evremont, este agradable filósofo, tenía una idea del pedo bien diferente de su consideración vulgar: según él, se trataba de un suspiro. Cierto día le decía a su amada, delante de la cual se acababa de tirar un soberbio pedo:

Mi corazón, indignado de disgustos
tanto se habia henchido de suspiros
que viendo vuestro humor tan bravio
uno de entre ellos se vio obligado
a no osar salir por la boca
y expresar su sentimiento en mejor forma.

Así pues, el pedo es, en general, viento encerrado en el bajo vientre, causado, tal como pretenden los médicos, por el desbordamiento de una mucosidad tibia que un calor débil ha disgregado sin disolverla; o producida, según los campesinos y el vulgo, por el uso de ciertos ingredientes ventosos o de alimentos de esta misma naturaleza. Se le puede todavía definir como un vórtice de aire comprimido que, buscando escapar de cualquier modo, recorre las partes internas del cuerpo y sale al fin con precipitación cuando encuentra una salida, por todos conocida, y que la decencia impide nombrar.
Pero nosotros no vamos a ocultar nada aquí: esta peculiar criatura se manifiesta a través del ano, bien sea por medio de un estallido, o sin él. La sabia naturaleza lo arroja sin esfuerzo; sólo más tarde se invoca el socorro prestado por el arte, que, con el auxilio de esta misma naturaleza, le procura un nacimiento acomodado, causa siempre de delectación, y a menudo incluso de voluptuosidad. Precisamente esto ha dado lugar al nacimiento de un interesante proverbio.
Para vivir sano y largamente, es necesario ventear el culo.
Pero volvamos de nuevo a nuestra definición y demostremos que se halla conforme a los postulados más sanos y estrictos de la filosofía, ya que encierra el género, la materia y la diferencia, quia nempe constat genere, materia et differentia: 10. Porque dicha definición encierra todas las causas y todas las especies; esto lo veremos por orden; 2° como también es constante por el género, no existe la menor duda de que lo sea igualmente por la causa remota, que es precisamente aquella que engendra los vientos, a saber, las mucosidades y los alimentos mal asimilados.

Discutamos estos puntos con fundamento antes de analizar las especies.
Manifestamos pues que la materia del pedo está entibiada y ligeramente atenuada. Utilizaremos a continuación una equivalencia para que nuestra reflexión quede perfectamente clara.
En los países cálidos no llueve jamás y el excesivo calor absorve toda clase de humos y vapores; por idéntica razón, en los países fríos las grandes heladas impiden la exhalación natural de estos vahos. Como por el contrario llueve abundantemente en las regiones medias de clima templado, dichos vapores se producen con asiduidad (como muy bien han observado Bodin, Scaliger y Cardan), recuérdense si no las abundantes nieblas y fenómenos semejantes producidos en estas zonas.
De la misma forma, cuando el calor producido por la digestión es excesivo, no sólo son violentamente triturados y deshechos los alimentos, sino que también son disueltos y consumidos todos los vapores, lo cual el frío no sabría hacer—paradógicamente vemos como un agente contrario produce de hecho el mismo resultado—ya que él mismo impide la formación de ninguna clase de vaho. Lo contrario sucede cuando el calor es dulce y temperado—como en las zonas de clima templado—. Su debilidad le impide cocer perfectamente los alimentos; tan sólo los disuelve ligeramente, la mucosidad del ventrículo y de los intestinos pueden excitar gran cantidad de vientos que llegan a ser más enérgicos en proporción a la ventosidad de las sustancias ingeridas, las cuales, sometidas a la fermentación por un calor mediocre, producen una vorágine de vahos sumamente espesos. Esto se advierte con claridad comparando la primavera y el otoño con el verano y el invierno, y por la correcta comprensión del arte de la destilación de un fuego o un calor mediocres.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Haroldo Conti(Argentina,1925-1976)


Sobre el Paraná


“No se puede decir que el río cambie de una manera en invierno y de otra manera en verano. Cambia. Eso es todo. Las islas, por el contrario, parecen distintas con cada estación que llega. No sólo por la intensidad del verde, en el verano, sino por algo mucho más sutil. En el invierno, desde el río abierto, se pierden en una lejanía brumosa. De pronto están, de pronto no están. Uno duda del río y piensa que es imposible llegar alguna vez, a pesar de toda esa tenue ansiedad que lo aísla y lo mece y lo acongoja en parte. Más bien son un borde ilusorio, una sombra que oscila con el horizonte, hacia el oeste. Si por fin logra acercarse, entonces parecen todavía más remotas, habitadas por el silencio y la soledad y por una tristeza irreparable.
En el invierno la luz se refugia en lo alto. Amanece y oscurece en lo más encumbrado del cielo, muy lejos de la superficie. En verano sucede lo contrario. La luz comienza a brotar desde las mismas islas, y, empujando por allí, desborda hacia el resto del día. En la mitad de la mañana, las islas parecen alegres barcazas mecidas por el agua. Si uno navega hacia las islas, navega hacia la claridad. Y hacia ese extraño bullicio que ha ido cobrando intensidad a medida que madura el estío.
Todo esto sucede en forma imperceptible. Esto de la madurez. Uno mismo es invierno, uno mismo es verano. Pero, de cualquier forma, está bastante claro que todo proviene del norte. La ansiedad y el bullicio y la propia luz. Toda esa exaltación y ese frenesí del verano.
Entre la media mañana y la media tarde, las islas brillan con una luz intensa y pareja, adormecidas al sol. Parecen un poco chatas. Un trazo de luz, un trazo de sombra. Nada de medios tonos. El aire sofoca. La arena en las playas cruje levemente. Hay un silencio espeso e hirviente. La atmósfera es arriba diáfana, pero a ras de suelo vibra y ondula de manera extraña. Luego el silencio se transforma en un zumbido interminable. Pero esto es una parte del verano. En el amanecer y en el anochecer, el día da lo mejor de sí. Y después queda la noche. La brisa del amanecer es fresca y el pescador se estremece levemente. Llega desde el río y sobresalta a las islas. Entonces comienza ese bullicio y ese cosquilleo en la sangre y esa ansiedad que empuja al hombre hacia el horizonte. Un ángel, o algo por el estilo, acaba de pasar rozando el agua y los cabellos adormilados del hombre dormido dentro del bote. Es demasiado veloz para los ojos del hombre y vino hendiendo la media luz del amanecer, que hace confusas todas las cosas. Apenas se siente el roce pero es suficiente para turbarlo a uno. Ahora debe estar allá, hacia el norte, detrás de las primeras islas. Lo convoca a uno y lo apremia. Es necesario partir.”
de Sudeste (fragmento) 1962.
Haroldo Conti y Rodolfo Walsh en el Tigre

Acuérdate de Juan Rulfo

Acuérdate de Juan Rulfo


Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el "rezonga ángel maldito" cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos "el Abuelo" por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

Acuérdate que a su madre le decían la Berenjena porque siempre andaba metida en líos y de cada lío salía con un muchacho. Se dice que tuvo su dinerito, pero se lo acabó en los entierros, pues todos los hijos se le morían recién nacidos y siempre les mandaba cantar alabanzas, llevándolos al panteón entre música y coros de monaguillos que cantaban "hosannas" y "glorias" y la canción esa de "ahí te mando, Señor, otro angelito". De eso se quedó pobre, porque le resultaba caro cada funeral, por eso de las canelas que les daba a los invitados del velorio. Sólo le vivieron dos, el Urbano y la Natalia, que ya nacieron pobres y a los que ella no vio crecer, porque se murió en el último parto que tuvo, ya de grande, pegada a los cincuenta años.


La debes haber conocido, pues era muy discutidora y cada rato andaba en pleito con las vendedoras en la plaza del mercado porque le querían dar muy caros los jitomates, pegaba gritos y decía que la estaban robando. Después, ya pobre, se le veía rondando entre la basura, juntando rabos de cebolla, ejotes ya sancochados y alguno que otro cañuto de caña "para que se les endulzara la boca a sus hijos". Tenía dos, como ya te digo, que fueron los únicos que se le lograron. Después no se supo ya de ella.

Ese Urbano Gómez era más o menos de nuestra edad, apenas unos meses más grande, muy bueno para jugar a la rayuela y para las trácalas. Acuérdate que nos vendía clavellinas y nosotros se las comprábamos, cuando lo más fácil era ir a cortarlas al cerro. Nos vendía mangos verdes que se robaba del mango que estaba en el patio de la escuela y naranjas con chile que compraba en la portería a dos centavos y que luego nos las revendía a cinco. Rifaba cuanta porquería y media traía en el bolso: canicas ágata, trompos y zumbadores y hasta mayates verdes, de esos a los que se les amarra un hilo en una pata para que no vuelen muy lejos. Nos traficaba a todos, acuérdate.

Era cuñado de Nachito Rivero, aquel que se volvió tonto a los pocos días de casado y que Inés, su mujer, para mantenerse tuvo que poner un puesto de tepeche en la garita del camino real, mientras Nachito se vivía tocando canciones todas refinadas en una mandolina que le prestaban en la peluquería de don Refugio.


Y nosotros íbamos con Urbano a ver a su hermana, a bebernos el tepeche que siempre le quedábamos a deber y que nunca le pagábamos, porque nunca teníamos dinero. Después hasta se quedó sin amigos, porque todos al verlo, le sacábamos la vuelta para que no fuera a cobrarnos.

Quizá entonces se vio malo, o quizá ya era de nacimiento.

Lo expulsaron de la escuela antes del quinto año, porque lo encontraron con su prima la Arremangada jugando a marido y mujer detrás de los lavaderos, metidos en un aljibe seco. Lo sacaron de las orejas por la puerta grande entre el risón de todos, pasándolo por una fila de muchachos y muchachas para avergonzarlo. Y él pasó por allí, con la cara levantada, amenazándolos a todos con la mano y como diciendo: "Ya me las pagarán caro".

Y después a ella, que salió haciendo pucheros y con la mirada raspando los ladrillos, hasta que ya en la puerta soltó el llanto; un chillido que se estuvo oyendo toda la tarde como si fuera un aullido de coyote.

Sólo que te falle mucho la memoria, no te has de acordar de eso

Dicen que su tío Fidencio, el del molino, le arrimó una paliza que por poco y lo deja parálisis, y que él, de coraje, se fue del pueblo.

Lo cierto es que no lo volvimos a ver sino cuando apareció de vuelta aquí convertido en policía. Siempre estaba en la plaza de armas, sentado en la banca con la carabina entre las piernas y mirando con mucho odio a todos. No hablaba con nadie. No saludaba a nadie. Y si uno lo miraba, él se hacía el desentendido como si no conociera a la gente.

Fue entonces cuando mató a su cuñado, el de la mandolina. Al Nachito se le ocurrió ir a darle una serenata, ya de noche, poquito después de las ocho y cuando las campanas todavía estaban tocando el toque de Ánimas. Entonces se oyeron los gritos y la gente que estaba en la Iglesia rezando el rosario salió a la carrera y allí los vieron: al Nachito defendiéndose patas arriba con la mandolina y al Urbano mandándole un culatazo tras otro con el máuser, sin oír lo que le gritaba la gente, rabioso, como perro del mal. Hasta que un fulano que no era ni de por aquí se desprendió de la muchedumbre y fue y le quitó la carabina y le dio con ella en la espalda, doblándolo sobre la banca del jardín donde se estuvo tendido.

Allí lo dejaron pasar la noche. Cuando amaneció se fue. Dicen que antes estuvo en el curato y que hasta le pidió la bendición al padre cura, pero que él no se la dio.

Lo detuvieron en el camino. Iba cojeando, y mientras se sentó a descansar llegaron a él. No se opuso. Dicen que él mismo se amarró la soga en el pescuezo y que hasta escogió el árbol que más le gustaba para que lo ahorcaran.


Tú te debes acordar de él, pues fuimos compañeros de escuela y lo conociste como yo.

viernes, 23 de abril de 2010

Donald Ray Pollock

La vida real

Mi padre me enseñó a hacer daño a la gente una noche de agosto en el autocine Torch cuando yo tenía siete años. Era lo único que se le dio bien alguna vez. Fue hace muchos años, cuando la experiencia de ver películas al aire libre todavía era de lo más popular en el sur de Ohio. Ponían Godzilla, junto con una película cutre de platillos voladores que demostraba que los moldes de tartas podían conquistar el mundo.
Aquella noche hacía un calor que se caían los pájaros, y para cuando empezó la película en la enorme pantalla de madera contrachapada, el viejo ya estaba de un humor de perros. No paraba de despotricar contra el calor y de secarse el sudor de la frente con una bolsa de papel marrón. Hacía dos meses que no llovía en el condado de Ross. Todas las mañanas mi madre sintonizaba la KB98 en la radio de la cocina y escuchaba cómo la señorita Sally Flowers le pedía a Dios que hubiera tormenta. Luego salía y se quedaba mirando aquel cielo blanco y vacío que pendía como una sábana sobre la hondonada. A veces todavía la recuerdo allí de pie, en medio de aquella hierba reseca y marrón, estirando el cuello con la esperanza de ver aunque fuera una triste nube oscura.
—Eh, Vernon, mira esto —dijo mi madre aquella noche.
Desde que habíamos aparcado, había estado intentando demostrarle al viejo que era capaz de meterse un perrito caliente en la boca sin estropearse el reluciente pintalabios. Hay que tener en cuenta que mi madre llevaba todo el verano sin salir de Knockemstiff. El mero hecho de ver un par de luces rojas ya la tenía toda alborotada. Pero cada vez que se atragantaba con la salchicha, a mi viejo se le retorcían un poco más aquellos músculos como sogas que tenía en el pescuezo, y daba la impresión de que la cabeza le iba a salir disparada en cualquier momento. Mi hermana mayor, Jeannette, había sido lista y se había pasado todo el día fingiéndose enferma, y así era como los había convencido para que la dejaran quedarse en casa de una vecina. De manera que allí estaba yo, atrapado a solas en el asiento trasero, mordiéndome la piel de los dedos y confiando en que mamá no cabreara demasiado al viejo antes de que Godzilla destrozara Tokio a pisotones.
Pero la verdad es que ya era demasiado tarde. Mamá se había olvidado de llevar la taza especial del viejo, de modo que por lo que a él respectaba todo era una puta mierda. Ni siquiera Popeye le arrancó una risita, así que mucho menos se iba a emocionar porque su mujer hiciera trucos con una salchicha Oscar Mayer arrugada. Además, mi viejo odiaba las películas.
«Son un montón de mentiras de mierda —decía siempre que alguien mencionaba que había visto la última película de John Wayne o de Robert Mitchum—. ¿Qué fregados tiene de malo la vida real?» Para empezar, si había aceptado ir al autocine era sólo por el escándalo que le había montado mi madre la noche antes, cuando apareció en casa con un coche nuevo, un Impala de 1965.
Era el tercer coche que se compraba en lo que iba de año. Nos alimentábamos a base de sopa de alubias y pan frito, pero íbamos en coche por Knockemstiff como ricos. Aquella misma mañana había oído a mi madre tomar el teléfono y ponerse a rajar con su hermana, la que vivía en el pueblo.
—Está loco, el cabrón, Margie —le dijo—. El mes pasado no pudimos ni pagar la factura de la luz.
Yo estaba sentado delante de la tele muerta, mirando cómo le goteaba sangre aguada por sus pálidas pantorrillas. Se las había intentado afeitar con la navaja del viejo, pero tenía las piernas como barras de mantequilla. Una mosca negra no paraba de zumbar alrededor de sus tobillos huesudos y de esquivar sus palmadas cabreadas.
—Lo digo en serio, Margie —dijo por el auricular negro—, si no fuera por los críos me largaría de este hoyo de mala muerte sin pensarlo.
Nada más empezar Godzilla, mi viejo sacó el cenicero del salpicadero y lo llenó de whisky de su botella.
—Por el amor de Dios, Vernon —dijo mi madre. Se había quedado con el perrito caliente en alto, a punto de metérselo otra vez en la boca.
—Eh, ya te he dicho que no pienso beber de la botella. Empiezas con esa mierda y acabas como un pinche borracho de la calle.
Dio un trago del cenicero, tuvo una arcada y escupió una colilla empapada por la ventanilla. Después de dar un par de sorbos más del cenicero, el viejo abrió la puerta de golpe y sacó sus flacas piernas. Se le escapó un chorro de vómito que le empapó de Old Grand-Dad los bajos de los pantalones azules de trabajo. La camioneta que teníamos al lado arrancó y se colocó en otro sitio de la hilera de coches. El viejo se pasó un par de minutos con la cabeza colgando entre las piernas, pero al fin se incorporó y se limpió la barbilla con el dorso de la mano.
—Bobby —me dijo—, como tu pobre padre se coma uno más de esos buñuelos de patata grasientos de tu madre, lo van a tener que enterrar.
Con lo que comía mi viejo no sobreviviría ni una rata, pero cada vez que vomitaba el whisky le echaba la culpa a la comida que le hacía mamá. Ésta se rindió, envolvió el perrito caliente en una servilleta y me lo devolvió.
—Vernon, acuérdate de que nos tienes que llevar en coche a casa —lo avisó.
—Carajo —dijo él, encendiendo un cigarrillo—, pero si este coche se conduce solo.
Luego vació el cenicero y se acabó lo que le quedaba de bebida. Estuvo unos minutos mirando la pantalla y se fue hundiendo lentamente en la tapicería acolchada como si fuera un sol poniente. Mi madre estiró el brazo y bajó un poco el volumen del altavoz que colgaba de la ventanilla. Nuestra única esperanza era que el viejo se quedara dormido antes de que la noche entera se fuera al garete. Pero en cuanto Raymond Burr aterrizó en el aeropuerto de Tokio, se incorporó de golpe en su asiento y se volvió para fulminarme con su mirada inyectada en sangre.
—Me cago en la puta, mocoso. ¿Cuántas veces tengo que decirte que no te muerdas las uñas? Haces más ruido que un puto ratón royendo un saco de maíz.
—Déjalo en paz, Vernon —intervino mi madre—. Además, no se las muerde.
—Joder, ¿y qué diferencia hay? —dijo, rascándose la barba del cuello—. Vete a saber dónde ha metido esas zarpas de pajillero.
Yo me saqué los dedos de la boca y me senté encima de las manos. Era la única forma que tenía de mantenerlas apartadas cuando estaba con mi padre. El viejo llevaba todo el verano amenazándome con rebozarme de mierda de pollo hasta los codos para quitarme el hábito. Ahora se echó más whisky en el cenicero y se lo tragó con un escalofrío. Justo cuando estaba desplazándome sigilosamente por el asiento para sentarme detrás de mi madre, la luz del techo se encendió.
—Venga, Bobby —dijo—. Tenemos que echar una meada.
—Pero si acaba de empezar la película, Vernon —protestó mamá—. Lleva todo el verano esperando para verla.
—Eh, ya sabes cómo es —dijo el viejo lo bastante alto como para que lo oyera la gente de la hilera de al lado—. Cuando vea ese rollo del Godzilla, no quiero que se mee en los asientos nuevos.
Se deslizó fuera del coche, se apoyó en el poste metálico de los altavoces y se remetió la camiseta en los anchos pantalones. Yo salí a regañadientes y seguí a mi viejo mientras él cruzaba el solar de grava haciendo eses. Unas adolescentes con mini shorts pasaron pavoneándose a nuestro lado, con las piernas iluminadas por la luz resplandeciente de la pantalla. Cuando se detuvo a mirarlas, choqué contra sus piernas y me caí a sus pies.
—Me cago en la puta, mocoso —me dijo, levantándome de un tirón del brazo como si yo fuera una muñeca de trapo—.
A ver si miras por dónde vas. Cada día te pareces más a tu puñetera madre.
El edificio de bloques de hormigón que había en medio del solar del autocine estaba abarrotado de gente. El proyector, que traqueteaba con estruendo, estaba en la parte de delante, el tenderete de refrescos en el medio y los retretes en la parte de atrás. El olor a meados y a palomitas flotaba en el aire caluroso y estancado como si fuera insecticida. En los lavabos había una hilera de hombres y muchachos con las pollas colgando a lo largo de una artesa de metal verde. Todos estaban mirando al frente, con la vista clavada en una pared pintada de color barro.
Otros esperaban en fila tras ellos sobre el suelo mojado y pegajoso, meciéndose sobre las puntas de sus zapatos y esperando su turno con impaciencia. Un gordo con peto y un sombrero de paja raído salió de un cubículo de madera dando tumbos y masticando una chocolatina Zero, y el viejo aprovechó para empujarme adentro y cerrar de un portazo detrás de mí.
Yo tiré de la cadena y me quedé un rato allí conteniendo la respiración, fingiendo que meaba. Del exterior me llegaban fragmentos de diálogo de la película, y yo trataba de imaginarme las partes que me estaba perdiendo cuando el viejo empezó a aporrear la puerta endeble.
—Joder, mocoso, ¿por qué tardas tanto? —gritó—. ¿Te la estás cascando o qué? —Volvió a aporrear la puerta y oí que alguien se reía. Luego dijo—: Te lo juro, estos putos mocosos te vuelven loco.
Me subí el cierre y salí del cubículo. El viejo le estaba dando un cigarro a un tipo gordo con el pelo negro y grasiento repeinado con serrín. Una mancha color púrpura con forma de porción de tarta le cubría los faldones de su sucia camisa.
—Te lo juro por Dios, Cappy —le estaba diciendo mi padre al hombre—, este mocoso le tiene miedo a su puñetera sombra.
Un puto gusano tiene más pelotas que él.
—No, si yo te entiendo —dijo Cappy. Le arrancó el filtro al cigarrillo de un mordisco y lo escupió en el suelo de cemento—.
Mi hermana tiene uno igual. El pobre desgraciado no es capaz ni de poner la mosca en el anzuelo.
—Bobby tendría que haber salido niña —soltó el viejo—.
Joder, cuando yo tenía su edad, ya estaba cortando leña para la cocina.
Cappy se sacó una cerilla larga de madera del bolsillo de la camisa, encendió el cigarrillo y dijo con un encogimiento de hombros:
—Bueno, aquéllos eran otros tiempos, Vern. —Luego se metió la cerilla por la oreja y se hurgó la cabeza entera.
—Lo sé, lo sé —continuó el viejo—, pero aun así, uno se pregunta a dónde fregados va este país.
De pronto un hombre con gafas de montura negra se salió de su sitio en la fila de los urinarios y le dio unos golpecitos en el hombro a mi padre. Era el cabrón más grande que había visto en mi vida; tenía un cabezón enorme que prácticamente tocaba el techo y unos brazos del tamaño de postes. Detrás de él había un muchacho de mi altura, vestido con un bañador de colores vivos y una camiseta con una foto descolorida de Davy Crockett en la pechera. Llevaba el pelo al rape recién engominado y la barbilla manchada de gaseosa de naranja. Cada vez que respiraba, emergía de su boca un globo de chicle Bazooka que parecía una flor redonda de color rosa. Tenía pinta de ser feliz y yo lo odié al instante.
—Cuidado con las palabrotas —advirtió el hombre. Su vozarrón retumbó por la sala y todo el mundo se volvió para mirarnos.
Mi viejo se giró de golpe y se dio con la nariz en el pecho del hombretón. Salió rebotado hacia atrás y levantó la vista hacia el gigante que se erguía por encima de él.
—Joder —dijo.
La cara sudorosa del hombre se empezó a poner roja.
—¿Es que no me has entendido? —le dijo a mi padre—.
Te he pedido que no sueltes palabrotas. No quiero que mi hijo oiga ese vocabulario. —Y luego dijo muy despacio, como si estuviera hablando con un retrasado—: No... te lo voy... a pedir... otra vez.
—No me lo has pedido ni una puta vez —le soltó mi padre.
Mi viejo tenía el cuerpo duro como una roca, pero en aquella época estaba hecho un fideo, y nunca sabía callarse a tiempo.
Se quedó mirando a la multitud que se empezaba a congregar, después se volvió hacia Cappy y le guiñó un ojo.
—Ah, ¿te parece gracioso? —dijo el hombre. Cerró las manos para formar unos puños del tamaño de pelotas de softball y dio un paso hacia mi padre. Alguien al fondo de la sala dijo:
—Dale una paliza.
Mi padre retrocedió dos pasos, dejó caer el cigarrillo y levantó las palmas de las manos.
—Quieto parado, colega. Carajo, no iba con mala intención. Luego bajó la vista y se quedó mirando los zapatos negros del grandulón durante unos segundos. Yo vi que se estaba mordiendo el interior de las mejillas. No paraba de abrir y cerrar las manos como si fueran las pinzas de una cigala—. Eh —dijo por fin—, esta noche no queremos problemas por aquí.
El grandulón echó un vistazo a la gente. Estaban todos esperando a ver qué hacía a continuación. Se le empezaron a resbalar las gafas por la ancha nariz y se las volvió a subir. Respiró hondo, tragó saliva aparatosamente y le clavó un dedazo a mi padre en el pecho huesudo.
—Escucha, lo digo en serio —dijo, escupiendo gotitas de saliva—. Aquí vienen muchas familias. No me importa que seas un maldito borracho. ¿Me entiendes? Yo miré furtivamente al hijo del tipo y él me sacó la lengua.
—Sí, lo entiendo —oí que mi padre decía en voz baja.
Una sonrisa petulante se dibujó en la cara de aquel cabronazo de gigante. Hinchó el pecho como si fuera un pavo real y se le tensaron los botones de la camisa blanca y limpia. Echó una mirada a la panda de hombres que confiaban en ver una pelea, soltó un profundo suspiro y encogió sus anchos hombros.
—Me temo que esto es todo, muchachos —dijo sin dirigirse a nadie en particular.
A continuación, con la mano apoyada suavemente sobre la cabeza de su hijo, empezó a darse la vuelta.
Yo miré nerviosamente cómo la multitud, decepcionada, negaba con la cabeza y comenzaba a alejarse. Recuerdo haber deseado poder largarme a hurtadillas con ellos. Supuse que mi viejo me iba a culpar a mí de lo mal que había ido aquello.
Pero en el mismo momento en que el rugido de Godzilla, chirriante como el gozne de una puerta, arrancaba ecos de los lavabos, mi padre se abalanzó hacia el grandulón y le arreó un puñetazo en toda la sien. La gente nunca me cree, pero una vez vi a mi viejo tumbar a un caballo con aquella misma mano. Un crujido espantoso reverberó por la sala de cemento.
El hombre se tambaleó y de pronto a su cuerpo se le escapó todo el aire, como si se estuviera tirando un pedo. Agitó las manos frenéticamente en el aire, igual que si intentara agarrar una cuerda de salvamento, y por fin se desplomó en el suelo con un ruido sordo.
La sala se quedó un momento en silencio, pero en cuanto el hijo del tipo se puso a chillar, mi padre estalló. Rodeó al hombre, atizándole patadas en las costillas con sus botas de trabajo, y le pisoteó la mano izquierda hasta que la alianza de oro le cortó la carne y se le vio el hueso del dedo. Se puso de rodillas, le quitó las gafas, se las partió por la mitad y le pegó en la cara con tanta fuerza que un diente le atravesó la mejilla carnosa.
Por fin Cappy y otros tres hombres agarraron a mi padre por detrás y se lo llevaron a rastras. Tenía los puños cubiertos de sangre reluciente. De la barbilla le colgaba un fino hilo de espuma blanca. Oí que alguien gritaba que llamaran a la policía.
Sin soltar a mi padre, Cappy dijo:
—Joder, Vern, ese hombre está malherido.
Justo cuando yo estaba levantando la vista del cuerpo tirado en el suelo para mirar a los ojos desquiciados de mi padre, el hijo del tipo se volvió y me arreó en toda la oreja. Yo me cubrí la cabeza con los brazos y me agaché mientras el chico se ponía a darme de golpes.
—¡Maldito seas! —oí que mi padre gritaba con voz ronca—.
¡Como no des la cara, te doy una tunda!
Los perritos calientes que me había comido me subieron por la garganta y me los volví a tragar. Yo no quería pelear, pero el chico no era nada comparado con mi viejo. Justo cuando me levanté para mirarlo me pegó un puñetazo en la boca. Me eché hacia atrás y di un manotazo a ciegas. De alguna manera conseguí acertarle en la cara. Oí que mi padre volvía a gritar y seguí dando porrazos. Al cabo de tres o cuatro puñetazos el mocoso bajó las manos y se echó a lloriquear, atragantándose con el chicle. Dirigí una mirada a mi viejo y él me gritó:
—¡Rómpele la cara!
Yo volví a pegar al chico, y de la nariz le salió un chorro de sangre de color rojo brillante.
Zafándose de los hombres que lo sujetaban, mi padre me cogió del brazo y me sacó por la puerta. Cruzó corriendo el estacionamiento, llevándome a rastras y buscando el coche en la oscuridad. De pronto se detuvo y se arrodilló ante mí. Estaba intentando respirar.
—Lo has hecho bien, Bobby —dijo, secándose el sudor de los ojos. Me agarró de los hombros y me los estrujó—. Lo has hecho muy bien.
Cuando encontramos el coche, mi padre me empujó al asiento trasero y levantó el altavoz de la ventanilla. Lo dejó caer al suelo con un estruendo, se abalanzó hacia el interior y puso la llave en el contacto. Mi madre se despertó de golpe.
—¿Ya se ha acabado? —preguntó con voz soñolienta.
Por el sistema de megafonía se oyó una voz crepitante suplicando que, si había algún médico o enfermera, se presentara de inmediato en el tenderete de refrescos.
—Dios, ¿qué ha pasado? —dijo mamá, irguiéndose en el asiento y frotándose la cara.       
—Un gordo hijo de puta ha intentado decirnos cómo tenemos que hablar, eso es lo que ha pasado —respondió el viejo—.
Pero les hemos dado una buena, ¿eh, Bobby? Arrancó el motor. Los dos levantamos la vista hacia la pantalla justo cuando Godzilla estaba mordiendo una torre de alta tensión—.
Uta madre, mocoso, ese bicho tiene unos dientes así de largos —se rió mi viejo, extendiendo los dos brazos. Luego se inclinó y le dijo a mi madre en voz baja—: Esta vez van a avisar a las autoridades. Estiró el brazo y puso el Chevy en marcha.
Pisando a fondo el acelerador, el viejo bajó el coche del montículo donde habíamos aparcado y salió coleando por entre los demás vehículos. La grava suelta los salpicó. Un viejo y una mujer se chocaron mientras intentaban apartarse de nuestro camino. Empezaron a sonar bocinas y a encenderse faros.
Nos largamos a toda prisa por la salida y llegamos patinando a la carretera, donde pusimos rumbo al oeste en dirección a casa. Una ambulancia pasó a toda velocidad a nuestro lado, con la sirena aullando. Yo miré atrás, hacia el cine, en el preciso momento en que la pantalla parpadeaba y se apagaba.
—Agnes, tendrías que haberlo visto —dijo mi viejo, aporreando el volante con la mano ensangrentada—. Le ha arreado una buena tunda a ese mocoso. —Agarró la botella de debajo del asiento, la destapó y dio un trago largo—. ¡Ésta es la mejor noche de mi puta vida! —gritó por la ventanilla.
—¿Has metido a Bobby en una pelea?
—Pues claro, faltaría más, joder —replicó mi viejo.
Mi madre se inclinó por encima del asiento delantero, me palpó la cabeza con las manos y echó un vistazo a mi cara en la oscuridad.
—Bobby, ¿estás herido? —me preguntó.
—Tengo sangre.
—Dios mío, Vernon —dijo ella—. ¿Qué has hecho esta vez, cabrón de mierda?
Alcé la mirada justo cuando él le arreaba un golpe con el antebrazo. La cabeza de mi madre rebotó contra la ventanilla.
—¡Hijo de puta! —gritó ella, cubriéndose la cabeza con las manos.
—No lo trates como a un bebé. Y tampoco me llames «cabrón».
Yo pegué un salto y me senté detrás de mi padre mientras volvíamos a casa a toda velocidad. Cada vez que se cruzaba con un coche, daba otro trago de la botella. El viento entraba a ráfagas por su ventanilla abierta y me secaba el sudor. El Impala daba la impresión de estar flotando por encima de la carretera. «Lo has hecho bien», me repetía a mí mismo una y otra vez. Fue la única maldita cosa que me dijo el viejo en toda mi vida que no traté de olvidar.  Más tarde me despertó el ruido de una tormenta que se avecinaba. Yo estaba tumbado en la cama, todavía vestido.
A través de la ventana vi relámpagos por encima de las Mitchell Flats. Un inmenso retumbar de truenos avanzaba por la hondonada, seguido de cerca por un aullido agudo y espantoso; pensé en Godzilla y en la película que me había perdido.
Solamente cuando los truenos se alejaron me di cuenta de que aquel aullido era el ruido que hacía mi viejo al vomitar en el cuarto de baño.
Se abrió la puerta de mi dormitorio y mi madre entró con una vela encendida en las manos.
—¿Bobby? —dijo.
Yo fingí que estaba dormido. Ella se inclinó sobre mí y me acarició la mejilla dolorida con su suave mano. Luego levantó el brazo y me cerró la ventana. A la luz de la vela, le eché un vistazo furtivo al moretón que se le extendía por la cara como una mancha de mermelada de uva.
Salió de puntillas de la habitación, dejando la puerta entreabierta, y se alejó por el pasillo.
—Ten —oí que le decía a mi padre—, ¿verdad que alivia?
—Creo que me lo he roto —dijo éste—. El cabrón ese tenía la cabeza dura como una piedra.
—No deberías beber, Vernon.
—¿Está dormido?
—Está agotado.
—Me apuesto un sueldo a que le ha roto la nariz a ese mocoso, por cómo sangraba —dijo mi padre.
—Tendríamos que irnos a la cama.
—No me lo podía creer, Agnes. Ese pinchi mocoso era el doble de grande que Bobby, lo juro por Dios.
—No es más que un niño, Vernon.
Pasaron despacio por delante de mi puerta, apoyados el uno en el otro, y entraron en su dormitorio. Oí que mi madre decía «Ni hablar», pero al cabo de unos minutos la cama comenzó a chirriar como una sierra oxidada. Fuera, la tormenta por fin se desató y unos goterones enormes empezaron a aporrear el tejado de hojalata de la casa. Oí que mi madre gemía y que mi padre llamaba a Dios. Un relámpago trazó un arco en el cielo negro y unas sombras largas se pusieron a danzar por las paredes de yeso desnudo de mi habitación. Me tapé la cabeza con la fina sábana y me metí los dedos en la boca.
Un sabor dulce y salado me hizo escocer el labio partido y se esparció por mi lengua. Era la sangre del otro chico, que yo todavía tenía en las manos.
Mientras la cama de mis padres aporreaba con fuerza el suelo de la habitación contigua, yo me lamí la sangre de los nudillos. Los grumos secos se me disolvieron en la boca y convirtieron mi saliva en sirope. Aun después de tragarme toda aquella sangre, me seguí lamiendo las manos. Quería más. Ya siempre querría más.

domingo, 4 de abril de 2010

Continuidad de los parques de Julio Cortázar

Continuidad de los parques de Julio Cortázar


Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.







en Final del juego,(1956)

miércoles, 27 de enero de 2010

J. D. Salinger (E.E.U.U.,1919-2010)


Justo antes de la guerra con los esquimales Durante cinco sábados seguidos, por las mañanas, Ginnie Maddox había jugado al tenis en las pistas del East Side con Selena Graff, compañera suya en la clase de la señorita Basehaar. Ginnie pensaba francamente que Selena era la más boba de toda la clase-en la que abundaban ostensiblemente las bobas de marca mayor-, pero al mismo tiempo no había nadie como Selena para traer continuamente nuevas cajas de pelotas de tenis. Su padre las fabricaba, o algo por el estilo. (Una noche durante la cena, para ilustración de toda la familia Maddox, Ginnie había evocado la visión de una comida en casa de los Graff; la escena suponía un criado perfecto que servía a todos por la izquierda, aunque en lugar de un vaso de jugo de tomate dejaba una lata de pelotas de tenis.) Pero esta historia de dejar a Selena en su casa con un taxi después del tenis y luego cargar-en cada ocasión-con el pago de todo el importe del viaje, era algo que a Ginnie le estaba alterando los nervios. Después de todo, la idea de coger un taxi en lugar del autobús había sido de la propia Selena. Y ese quinto sábado, mientras el taxi arrancaba dirigiéndose hacia el norte por la avenida York, Ginnie dijo de pronto: -Oye, Selena... -¿Qué?-dijo Selena, ocupada en tantear con una mano el suelo del taxi-. ¡No encuentro la funda de mi raqueta!-se lamentó. Pese a la templada temperatura de ese mes de mayo, las dos chicas llevaban abrigos sobre sus shorts. -La guardaste en el bolsillo-dijo Ginnie-. Escúchame ahora... -¡Oh, menos mal! ¡Me has salvado la vida! -Oye-dijo Ginnie, a quien no le interesaba la gratitud de Selena. -¿Qué? Ginnie decidió ir al grano. El taxi se estaba acercando a la casa de Selena. -No tengo ganas de cargar otra vez con el pago de todo el viaje-dijo-. No soy millonaria, ¿sabes? Selena puso primero expresión de asombrada, después de ofendida: -¿Acaso no pago siempre la mitad?-preguntó con ingenuidad. -No-replicó Ginnie rotundamente-. Pagaste la mitad el primer sábado, a comienzos del mes pasado. Y desde entonces, nunca más. No quiero ser mezquina, pero estoy viviendo con cuatro dólares y medio por semana. Y de ahí tengo que... -Yo siempre traigo las pelotas de tenis, ¿no es cierto? -preguntó Selena con tono desagradable. A veces Ginnie sentía ganas de matar a Selena. -Tu padre las fabrica o algo así-dijo-. No te cuestan nada. Yo no tengo que pagar hasta la más mínima cosa que. . . -Está bien, está bien-dijo Selena levantando la voz y con un aire de suficiencia como para asegurarse la última palabra. En forma displicente, se revisó los bolsillos del abrigo. -Sólo tengo treinta y cinco centavos-dijo, fríamente-. ¿Es bastante? -No. Lo siento, pero me debes un dólar sesenta y cinco. He llevado la cuenta de cada... -Tendré que subir y pedírselo a mamá. ¿No puedes esperar hasta el lunes? Podría llevarte el dinero a la clase de gimnasia, si eso te hace más feliz. La actitud de Selena no invitaba a la clemencia. -No-dijo Ginnie-. Tengo que ir al cine esta noche. Necesito el dinero. Sumidas en un silencio hostil, las dos chicas miraron por ventanillas opuestas hasta que el taxi se detuvo frente a la casa de Selena. Entonces Selena, sentada del lado de la acera, se bajó. Dejando apenas abierta la puerta del automóvil, caminó con vivacidad y soltura hasta el edificio, como si fuera una reina de Hollywood de visita. Ginnie, con la cara ardiendo, pagó el importe del viaje. Después recogió sus cosas de tenis-raqueta, toalla y sombrero para el sol-y fue detrás de Selena. A sus quince años, Ginnie medía alrededor de un metro setenta y cinco y su calzado de tenis era del número 40. Al entrar en el hall de la casa su sensación de torpeza caminando sobre suelas de goma le daba un aire de oso. Selena juzgó preferible contemplar fijamente el indicador de pisos del ascensor. -Ahora me debes un dólar noventa-dijo Ginnie, acercándose al ascensor con grandes zancadas. Selena se dio la vuelta. -Tal vez te interese saber-dijo-que mi madre está muy enferma. -¿Qué le pasa? -Prácticamente tiene pulmonía, y si te parece que me divierte molestarla sólo por un asunto de dinero...-Selena pronunció la frase incompleta con todo el aplomo posible. A Ginnie esta información la desconcertó un poco, aunque no sabía hasta qué punto podía ser verdad, pero no por eso cayó en sentimentalismos. -Yo no se la contagié-dijo, y entró en el ascensor. Luego que Selena tocó el timbre del piso, las hicieron pasar, o, mejor dicho, la puerta fue entornada por una criada negra con la que, al parecer, Selena no se hallaba en muy buenas relaciones. Ginnie dejó caer sus cosas de tenis en una silla del vestíbulo y siguió a Selena. En la sala, Selena se volvió y dijo: -¿Te molesta esperar aquí? Tal vez tenga que despertar a mamá y todo eso. -De acuerdo -dijo Ginnie, y se dejó caer en un sofá. -Nunca hubiera creído que podías ser tan mezquina -dijo Selena, que estaba lo bastante enojada como para usar la palabra «mezquina», aunque le faltaba valor para poder subrayarla. -Ahora estás enterada-dijo Ginnie, y le abrió en la cara un ejemplar de Vogue. Mantuvo en esa posición la revista hasta que Selena abandonó la habitación, y después volvió a dejarla sobre el aparato de radio. Examinó el cuarto con la mirada, redistribuyendo los muebles mentalmente, tirando lámparas de mesa, quitando flores artificiales. En su opinión, era una habitación totalmente horrible, lujosa, pero cursi. De pronto se oyó una voz masculina que gritaba desde otra parte de la vivienda: -¡Eric! ¿Eres tú? Ginnie supuso que era el hermano de Selena, a quien ella no conocía. Cruzó sus largas piernas, arregló los bajos de su abrigo sobre las rodillas y esperó. Un joven con gafas, en pijama, descalzo, se precipitó en la habitación, con la boca abierta. -Diablos, creí que era Eric-dijo. Sin detenerse y con un aire extremadamente lamentable, siguió a través de la habitación apretando algo contra su pecho estrecho. Se sentó en el otro extremo del sofá. -Acabo de cortarme este asqueroso dedo-dijo con cierta ansiedad. Miró a Ginnie como si fuera natural que la joven estuviera sentada allí-. ¿Alguna vez te has cortado un dedo? ¿Hasta el hueso?-preguntó. Su voz chillona contenía un verdadero ruego, como si Ginnie, con su respuesta, pudiera evitarle la desagradable tarea de romper el hielo. Ginnie lo contempló extrañada. -Bueno, no precisamente hasta el hueso-dijo-. Pero me he cortado. Era el muchacho, o el hombre-le era difícil determinarlo-, más cómico que había visto jamás. Tenía el pelo revuelto como si acabara de levantarse, y una barba rala y rubia, como de dos días o más. Su aspecto era... bueno, parecía un tonto. -¿Cómo te has cortado?-preguntó Ginnie. Con la boca floja y entreabierta, tenía la vista fija en el dedo lastimado. -¿Qué?-dijo él. -¿Cómo te has cortado? -¿Cómo diablos puedo saberlo?-dijo, dando a entender con su entonación que la respuesta a esa pregunta era irremisiblemente oscura-. Buscaba algo en la asquerosa papelera, y estaba llena de hojas de afeitar. -¿Eres hermano de Selena?-preguntó Ginnie. -Sí, diablos, me estoy desangrando. No te vayas. Tal vez necesite una de esas inmundas transfusiones. -¿Te has puesto algo? El hermano de Selena apartó un poco la mano herida del pecho y se quitó la venda para que Ginnie disfrutara de su aspecto. -Sólo papel higiénico-dijo-. Para la sangre. Como cuando uno se corta al afeitarse -de nuevo miró a Ginnie-. ¿Quién eres?-preguntó-, ¿amiga de esa estúpida? -Vamos a la misma clase. -¿Sí? ¿Cómo te llamas? -Virginia Maddox. -¿Eres Ginnie?-dijo, observándola con los ojos entrecerrados tras las gafas-. ¿Eres Ginnie Maddox? -Sí-dijo Ginnie, descruzando las piernas. El hermano de Selena volvió a fijarse en el dedo, evidentemente su verdadero y único centro de atención. -Conozco a tu hermana-le dijo con tono de indiferencia-. Es una asquerosa esnob. Ginnie se enderezó. -¿Quién? -Ya me has oído. -Mi hermana no es una esnob. -Vaya si lo es-dijo el hermano de Selena. -No lo es. -¡Ya lo creo! Es la reina. La reina de todas las esnobs. Ginnie observaba cómo levantaba los gruesos pliegues de papel higiénico y miraba por debajo. -¡Ni siquiera conoces a mi hermana! -¿Que no la conozco? -¿Cómo se llama?... ¿Cuál es su nombre de pila? -preguntó Ginnie enfáticamente: -Joan... Joan, la esnob. Ginnie se calló. -¿Cómo es?-preguntó de pronto. No hubo respuesta. -¿Cómo es?-insistió Ginnie. -Si fuera la mitad de bonita de lo que cree ser, tendría una suerte endiablada-dijo el hermano de Selena. Esta respuesta alcanzaba el nivel de interesante, según la opinión secreta de Ginnie. -Nunca la oí hablar de ti-dijo. -¡No me digas! Se me parte el corazón. -De todos modos, está comprometida-dijo Ginnie, observándolo-. Se casa el mes que viene. -¿Con quién?-preguntó él, levantando los ojos. Ginnie aprovechó la ocasión: -Con nadie a quien tú conozcas. De nuevo empezó él a escarbar su obra de primeros auxilios: -Lo compadezco-dijo. Ginnie resopló. -Sigue sangrando como un loco. ¿Crees que tendría que ponerle algo? ¿Qué será bueno? ¿Crees que la mercromina servirá de algo? -El yodo es mejor-dijo Ginnie. Luego, pensando que su respuesta era demasiado cortés dadas las circunstancias, añadió:-Para eso la mercromina no sirve de nada. -¿Por qué no? ¿Qué tiene? -Simplemente, que para eso no sirve, nada más. Ahí hay que poner yodo. -Pero escuece muchísimo, ¿no?-preguntó, mirando a Ginnie-. ¿No quema como el demonio? -Si -dijo Ginnie-, pero no te vas a morir por eso. Sin ofenderse, al parecer, por el tono de voz de Ginnie, el hermano de Selena dedicó otra vez su atención al dedo lastimado. -Si quema, no me gusta-dijo. -A nadie le gusta. -Así es-dijo, asintiendo con la cabeza. Ginnie lo observó por un instante. -Deja de tocarte-exclamó repentinamente. El hermano de Selena apartó la mano sana como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Se irguió un poco o mejor dicho, se repantigó un poco menos. Fijó la vista en algún objeto situado en el otro lado de la habitación. Una expresión casi soñadora inundó sus facciones irregulares. Metió la uña del dedo índice de la mano sana en el intersticio entre los incisivos, sacó una partícula de comida y se volvió hacia Ginnie. -¿Ya has comido?-preguntó. -¿Como? -Que si ya has comido.. Ginnie negó con la cabeza. -Comeré cuando llegue a casa-dijo-. Mi madre siempre me tiene la comida lista cuando llego. -Tengo medio bocadillo de pollo en mi cuarto. ¿No lo quieres? Ni lo he tocado. -No, gracias. De verdad. -Vamos, acabas de jugar al tenis. ¿No tienes hambre? -No es eso-dijo Ginnie, cruzando las piernas-. Es que mi madre me tiene la comida lista cuando llego a casa. Quiero decir que, si no tengo hambre cuando llego, se pone mala. Al parecer, el hermano de Selena aceptó esa explicación. Por lo menos, asintió con la cabeza y miró hacia otro lado. Pero de pronto se volvió: -¿Y un vaso de leche?-dijo. -No, gracias... pero te lo agradezco. Luego, distraídamente, él se inclinó y se rascó el tobillo desnudo. -¿Cómo se llama ese tipo con el que se va a casar? -preguntó. -¿Quién...? ¿Joan?-dijo Ginnie-. Dick Heffner. El hermano de Selena continuó rascándose el tobillo. -Es un capitán de fragata-dijo Ginnie. -¡Qué bárbaro! Ginnie lanzó una risita. Lo miró rascarse el tobillo hasta que se le puso rojo. Cuando empezó a arrancarse con una uña una costrita que tenía en la piel, dejó de mirarlo. -¿De qué conoces a Joan?-preguntó-. Nunca te vi en casa ni en ningún otro sitio. -Nunca estuve en tu asquerosa casa. Ginnie esperó, pero no hubo nada después de esta. -¿Dónde la conociste, entonces?-preguntó. -En una fiesta. -¿En una fiesta? ¿Cuándo? -No sé. En la Navidad del 42. Con dos dedos sacó del bolsillo superior del pijama un cigarrillo que parecía haber pasado allí toda la noche. -¿Me tiras esos fósforos?-dijo. Ginnie le pasó una cajita de fósforos que estaba sobre la mesa junto a ella. Encendió el arrugado cigarrillo y guardó el fósforo quemado en la cajita. Inclinando la cabe za hacia atrás, exhaló lentamente una enorme cantidad de humo por la boca y lo inhaló por la nariz. Siguió fumando en este estilo «a la francesa». Muy probablemente no era una escena de vodevil en un sofá, sino más bien la exhibición privada de un joven que, en un momento u otro, podía haber intentado afeitarse con la mano izquierda. -¿Por qué dices que Joan es esnob?-preguntó Ginnie. -¿Por qué? Porque lo es. ¿Cómo diablos voy a saber por qué? -Sí, pero ¿por qué dices que lo es? Volvió con cansancio la cabeza hacia ella. -Escucha. Le escribí ocho malditas cartas. Ocho. No me contestó ni una. Ginnie vaciló. -Bueno, a lo mejor tenía mucho que hacer. -Claro, estaría ocupada como una laboriosa abejita de mierda. -¿Tienes necesidad de hablar de esa manera?-preguntó Ginnie. -¡Mierda, es verdad que hablo mal! Ginnie se echó a reír. -De todas maneras, ¿cuánto tiempo hace que la conoces? -Bastante tiempo. -Quiero decir, ¿la has llamado por teléfono o algo por el estilo? -No. -Bueno, si nunca la llamaste ni nada... -¡No podía hacerlo, diablos! -¿Por qué no? -¡Porque ni siquiera estaba en Nueva York! -Ah... ¿Y dónde estabas? -¿Yo? En Ohio. -¿En la universidad? -No. Lo dejé. -¿En el ejército? -No-con la mano que sostenía el cigarrillo, el hermano de Selena se dio un golpecito en el costado izquierdo del pecho-. La maquinita-dijo. -¿El corazón?-preguntó Ginnie-. ¿Qué le pasa? -No sé qué diablos le pasa. Tuve fiebre reumática cuando era pequeño. Un dolor infernal en... -Bueno, pero ¿no tienes que dejar de fumar? ¿No te dijeron que no debes fumar más y todo eso? El médico le dijo a mi... -Oh, te dicen un montón de chorradas-dijo él. Ginnie dejó de ametrallarlo durante un breve momento. Muy breve. -Y, en Ohio, ¿qué hacías?-preguntó. -¿Yo? Trabajaba en una asquerosa fábrica de aviones. -¿En serio?-dijo Ginnie-. ¿Te gustaba? -«¿Te gustaba?»-remedó él-. Me encantaba. Adoro los aviones. Son tan «ricos»... Ginnie estaba demasiado interesada ahora como para sentirse ofendida. -¿Cuánto tiempo trabajaste? En la fábrica de aviones, quiero decir. -Diablos, no sé. Treinta y siete meses-se puso de pie y se acercó a la ventana. Miró hacia la calle mientras se rascaba la columna vertebral con el pulgar-. Míralos -dijo-. Imbéciles de mierda. -¿Quiénes?-dijo Ginnie. -Yo qué sé. Cualquiera. -Si pones el dedo hacia abajo va a sangrarte de nuevo -dijo Ginnie. La escuchó. Apoyó el pie izquierdo en el reborde de la ventana y descansó su mano herida sobre el muslo en posición horizontal. Seguía mirando hacia la calle. -Todos van a esa inmunda oficina de reclutamiento -dijo-. En la próxima pelearemos con los esquimales. ¿No lo sabías? -¿Con quiénes?-dijo Ginnie. -Con los esquimales... presta atención, ¡demonios! -¿Por qué con los esquimales? -Yo que sé. ¿Cómo diablos voy a saberlo? Esta vez van a ir todos los viejos. Los tipos de sesenta años. No podrá ir nadie si no anda por los sesenta-dijo-. Les darán menos horas de trabajo, nada más... Es fenomenal. -Tú no irías de todos modos -replicó Ginnie, quien no quería decir más que la verdad, aunque sabía, aun antes de terminar la frase, que había dicho lo que no debía. -Ya lo sé-dijo rápidamente, y bajó el pie. Subió un poco la ventana y arrojó el cigarrillo a la calle. Después se volvió-: Oye. Hazme un favor. Cuando venga ese tipo, dile que estaré listo en dos segundos, ¿quieres? Sólo tengo que afeitarme, nada más. ¿De acuerdo? Ginnie asintió. -¿Quieres que le diga a Selena que se dé prisa o algo? ¿Sabe que estás aquí? -Sí, ya lo sabe-dijo Ginnie-. Y no tengo prisa. Gracias. El hermano de Selena asintió. Acto seguido echó una última y larga mirada a su dedo herido, como para comprobar que estaba en condiciones de efectuar el viaje de vuelta a su habitación. -¿Por qué no le pones una venda adhesiva? ¿No tienes una o cualquier otra cosa? -Noo...-dijo-. Bueno. Cuídate-y salió de la habitación. Pocos segundos después estaba de vuelta con el medio bocadillo en la mano. -Cómetelo-dijo-. Está bueno. -En realidad, no tengo... -¡Demonios, tómalo! No le he puesto veneno ni nada por el estilo. -Bueno, te lo agradezco mucho-dijo Ginnie, aceptando el medio bocadillo. -Es de pollo-explicó de pie junto a ella, observándola-. Lo compré anoche en una asquerosa Delikatessen. -Tiene muy buen aspecto. -Bueno, ¡cómelo, entonces! Ginnie le dio un mordisco. -Está bueno, ¿verdad? Ginnie tragó con gran dificultad. -Muy bueno-dijo. El hermano de Selena asintió. Paseó la mirada por la habitación, rascándose el pecho. -Bueno, supongo que tendré que vestirme... ¡Maldita sea! ¡El timbre! ¡Abur!-Desapareció. Al quedarse sola, Ginnie miró a su alrededor, sin levantarse, en busca de un buen sitio donde arrojar el bocadillo. Oyó que alguien venía a través del vestíbulo. Metió el bocadillo en el bolsillo de su abrigo. Un hombre de unos treinta años, ni alto ni bajo, entró en la habitación. Sus facciones regulares, el corte de su traje, su cabello corto, el dibujo de su foulard no daban ninguna información precisa sobre él. Podía pertenecer a la redacción de una revista, o ser aspirante a redactor. Quizá estuviera en el elenco de una obra de teatro que acababa de representarse en Filadelfia, o tal vez trabajase en un bufete de abogado. -Hola-dijo, cordialmente, a Ginnie. -Hola. -¿Has visto a Franklin?-preguntó. -Está afeitándose. Me dijo que te dijera que lo esperaras. En seguida sale. -¿Afeitándose? Dios mío-el joven consultó su reloj. Luego se sentó en un sillón tapizado de rojo, cruzó las piernas y se cubrió la cara con las manos. Se frotó los párpados con las puntas de los dedos como si estuviera muy cansado o como si hubiera estado forzando los ojos-. Esta mañana ha sido la más horrible de toda mi vida-dijo, quitándose las manos de la cara. Hablaba exclusivamente con la laringe, como si estuviera demasiado cansado como para poner en sus palabras el aire de sus pulmones. -¿Qué pasó?-preguntó Ginnie, mirándolo. -Es demasiado largo de contar. Por norma, nunca aburro a la gente que no conozco desde hace por lo menos mil años -miró vagamente hacia la ventana-. Pero nunca intentaré, ni por asomo, juzgar a la naturaleza humana. Puedes decírselo tranquilamente a quien quieras. -¿Qué pasó?-repitió Ginnie. -Es una persona que está compartiendo el piso conmigo desde hace meses y meses y meses... Ni siquiera quiero comentar el tema... Este escritor-agregó con satisfacción, acordándose probablemente de la maldición favorita de una novela de Hemingway. -¿Qué hizo?-repitió Ginnie. -Francamente, ahora preferiría no entrar en detalles -dijo el joven. Sacó un cigarrillo de su paquete, sin hacer caso de una pitillera transparente que había sobre la mesa, y le prendió fuego con su propio encendedor. Sus manos eran grandes. No parecían fuertes, ni hábiles, ni sensibles. Y, sin embargo, las usaba como si tuvieran un poder estético propio, incontrolable-. Me he propuesto no pensar siquiera en ese asunto. Pero estoy tan furioso...-dijo-. Fíjate: aparece este personaje espantoso de Altoona, Pensilvania, o de algún lugar así. Muerto de hambre, al parecer. Yo fui lo bastante decente y bondadoso (soy el buen samaritano auténtico) para aceptarlo en mi piso, un piso tan microscópico que apenas puedo moverme yo mismo dentro de él. Lo presento a todos mis amigos. Dejo que llene toda la casa con sus horrorosos originales, sus colillas, las porquerías que come y todo lo demás. Lo presento a cuanto productor teatral hay en Nueva York. Le llevo y le traigo sus inmundas camisas de la lavandería. Y encima de todo eso...-el hombre se calló. Y el producto de toda mi amabilidad y decencia-siguió-es que se va de mi casa a las cinco o a las seis de la mañana, sin dejar siquiera una carta, llevándose todo, absolutamente todo lo que pudo coger con sus puercas manos-hizo una pausa para aspirar el humo de su cigarrillo y luego lo echó por la boca en una delgada y silbante nube-. No quiero hablar de eso. En serio, no quiero-miró a Ginnie-. Me encanta tu abrigo-dijo, ya de pie. Se acercó a ella y tomó la solapa del abrigo entre los dedos-. Es precioso. Es el primer pelo de camello realmente bueno que veo desde la guerra. ¿Dónde lo conseguiste? -Lo trajo mi madre de Nassau. El hombre asintió pensativo y retrocedió hasta su silla. -Es uno de los pocos lugares donde se puede conseguir pelo de camello realmente bueno-dijo. Se sentó-. ¿Estuvo mucho tiempo? -¿Cómo?-dijo Ginnie. -¿Estuvo tu madre allí mucho tiempo? Te lo pregunto porque mi madre estuvo en diciembre. Y parte de enero. Generalmente yo voy con ella, pero este año fue tan agitado que no pude ir. -Estuvo en febrero-dijo Ginnie. -Bárbaro. ¿Sabes dónde se hospedó? -En casa de mi tía. Movió la cabeza. -¿Puedo saber tu nombre? Supongo que eres amiga de la hermana de Franklin. -Estamos en la misma clase-dijo Ginnie, contestando solamente la segunda parte de la pregunta. -Tú eres la famosa Maxine de la que Selena habla tanto, ¿verdad? -No-dijo Ginnie. De pronto el joven empezó a sacudirse los bajos del pantalón con la palma de la mano. -Estoy de pelos de perro de la cabeza a los pies-dijo-. Mi madre fue a pasar el fin de semana a Washington y me dejó la bestia en el piso. En realidad, es muy cariñoso. Pero tiene costumbres inmundas. ¿Tienes perro? -No. -Realmente pienso que es una crueldad tenerlos en la ciudad-dejó de sacudirse el pelo, se recostó en el asiento y miró nuevamente su reloj-. Este chico nunca es puntual. Vamos a ver La bella y la bestia, de Cocteau. Es la única película que merece la pena que uno llegue a tiempo. ¿La has visto? -No. -Tienes que verla. Yo la he visto ocho veces. Genio puro genio-dijo-. Hace meses que trato de que Franklin la vea-movió la cabeza con desencanto-. ¡El gusto que tiene! Durante la guerra, los dos trabajábamos en el mismo sitio horroroso y él insistía en llevarme a ver las películas más increíbles del mundo. Vimos películas de pistoleros, musicales... -¿También trabajabas en la fábrica de aviones?-preguntó Ginnie. -Sí, claro. Durante años y años y años. Por favor, no hablemos de eso. -¿Tú también tienes un problema cardíaco? -No, por favor. Toco madera-golpeó dos veces un brazo del sillón-. Soy fuerte como un... Al entrar Selena en la habitación, Ginnie se levantó inmediatamente y se dirigió a su encuentro. Selena se había puesto un vestido en lugar de los shorts, detalle que normalmente habría molestado a Ginnie. -Lamento haberte hecho esperar-dijo Selena sin sinceridad-. Pero tuve que esperar a que mamá se despertara... Hola, Eric. -¡Hola, hola! -De todos modos, el dinero no lo quiero-dijo Ginnie, en voz baja para que sólo la oyera Selena. -¿Cómo? -Estuve pensando. Después de todo, tú siempre traes las pelotas de tenis. Me había olvidado. -Como dijiste que yo, en cualquier caso, no las pagaba... -Acompáñame a la puerta-dijo Ginnie, dirigiéndose a la puerta, sin decir adiós a Eric. -¿Pero no dijiste que esta noche ibas al cine y necesitabas el dinero y qué sé yo?-dijo Selena en el vestíbulo. -Estoy muy cansada-dijo Ginnie. Se inclinó y recogió todas sus cosas de tenis-. Escúchame. Te llamaré después de la cena. ¿Haces algo especial esta noche? A lo mejor, me doy una vuelta por aquí. Selena la miró extrañada y dijo: -De acuerdo. Ginnie abrió la puerta del piso y caminó hasta el ascensor. Apretó el botón. -He conocido a tu hermano-dijo. -¿De veras? ¿No te parece un personaje? -Por cierto, ¿a qué se dedica?-preguntó Ginnie con fingido descuido-. ¿Trabaja o qué? -Acaba de abandonar los estudios. Papá quiere que vuelva a la universidad, pero él no va a ir. -¿Por qué no? -No lo sé. Dice que está muy viejo y todo eso. -¿Cuántos años tiene? -No sé. Veinticuatro. Se abrieron las puertas del ascensor. -¡Te llamaré más tarde!-dijo Ginnie. Una vez fuera del edificio empezó a caminar hacia la avenida Lexington para tomar el autobús. Entre la Tercera y Lexington metió la mano en el bolsillo para sacar el monedero y encontró el bocadillo. Lo extrajo y empezó a bajar la mano para dejarlo caer en la calle, pero volvió a guardardo en el bolsillo. Pocos años atrás, le había llevado tres días tirar el pollito de Pascua que había encontrado muerto en el serrín del fondo de papelera.